Autorretrato con pájaro, 1975.



No quería yo mucho a Juárez ni a Margarita Maza de Juárez hasta que Toledo insistió. Lo conocí muy joven, muy greñudo, muy bonito. Caminaba por la calle mirando sus pies. Y me hizo pensar: “¡Qué bonitos pies!” Delgaditos, sensibles. Dicen que nadie ha tenido pies más bellos que María Asúnsolo. Muchos hombres se enamoraron de sus pies. Seguro, muchas mujeres también se enamoraron de los de Francisco Toledo porque son una joya. También valen porque supieron tomar el buen camino.

Francisco. ¿por qué no me dices cómo empezaste a dibujar de niño y todo eso?
–Eso ya es muy lejano, ya...
Pero ¿cómo fue?
(Sonríe y deja caer una de sus manos delgadísimas y nerviosas).
–Pues como todos los niños, ¿no? todos los niños dibujan, todos, pues ya.
¿Y luego?
–Pues dibujaba yo y ya.
–Y luego.
–Pues ya.
Pero ¿dónde dibujabas? ¿En las paredes?
–Sí, (sonríe) a veces en las paredes.
¿Te regañaba tu papá?
–No.
¿Expusiste en Juchitán tus primeros dibujos?
–No… Mi familia emigró hacia el sur de Veracruz; mi padre siempre tuvo la idea de que debía yo ir a Oaxaca a estudiar y como a los trece años entré a la secundaria en Oaxaca. Allá supe que había una escuela de pintura y un tío mío me llevó a inscribir.
¿Dependía de Bellas Artes?
–Era la escuela de Bellas Artes de Oaxaca. La escuela era mala, los maestros no iban ni nada, pero había una cosa muy importante, una biblioteca de arte donde vi lo primero que más me impresionó; curiosamente en un catálogo de la Galería de Inés Amor vi una exposición de don Manuel Álvarez Bravo. Esa es una de las cosas de las que me acuerdo, así como dibujos de Blake, eran poquitos libros, pero me sirvieron mucho; fueron importantes para mi desarrollo.
(En William Blake hay una visión apocalíptica del mundo encabezada por un ángel exterminador. ¿Por qué se identificó este niño zapoteca, delgadísimo y fino con el fin del mundo y sobre todo con Blake?)

Manos como pinceles
de carne y hueso
–La primera enseñanza y la primera cosa importante para mí fue Blake. Había en la escuela otros muchachos que ya eran pintores y ya sabían un poco más y ellos fueron realmente maestros de los jóvenes porque los otros tenían tal vez el puesto por ser señores de edad y si llegaban a dar clase era de poco interés lo que enseñaban. En cambio, con muchachos un poquito mayores que nosotros, nos íbamos a pintar al río, a hacer paisaje, a ver. Tal vez lo más importante era la convivencia... Y la biblioteca… Dejé de ir a la escuela en segundo año de secundaria porque no pasaba de año, creo que repetí dos veces el segundo año. Yo ya quería ser pintor, yo pensaba que eso era lo que yo quería. Entonces mi familia me mandó a México para ver si cambiando podía yo... y llegué a México en
el ’56, solo; bueno, tenía unos primos aquí; vivimos juntos un grupo de paisanos en el mismo edificio. Me inscribí de nuevo en la secundaria, porque los estudios de Oaxaca no son los mismos que los de aquí (sonríe) o no lo eran en ese entonces y todo lo que había yo estudiado no servía (echa un suspiro muy hondo, muy aburrido) Y ¿qué más? (El mismo se responde). Me inscribí en una cosa que estaba allí en la Ciudadela que era un taller libre de arte o no sé qué cosa...
Y ¿de quién era ese taller?
–Creo que dependía de Bellas Artes y creo que lo dirigía Chávez Morado. Entonces empecé a hacer litografías; había un maestro Castelar, pero yo era el único alumno porque era una escuela recién fundada, sólo yo trabajé con él un año. Después me cambié a una casa que era de gente del sur de Veracruz y una de las veracruzanas estaba casada con el pintor Roberto Doniz (hermano de Rafael) y Doniz llegó un día a comer a esa casa y le dijeron que yo vivía allí y que yo era pintor. Entonces Roberto Doniz vio mis cosas y se las llevó a Antonio Souza, y Antonio Souza dijo que quería conocerme y Doniz me presentó con Souza y ya.
¿Qué te dijo Antonio Souza?
–Que le llevara yo más trabajo y que un día íbamos a hacer una exposición.
¿Te ayudó?
–Sí, Souza vio el trabajo; hizo la primera exposición en ’58 o en ’59 en Estados Unidos, en un lugar de Texas. En México, Souza hizo la primera exposición en su galería en la calle de Génova y me fue muy bien en ventas y todo y logré reunir un dinero y Souza me dijo: “Antes de que te lo gastes, deberías de ir a Europa, creo que puede ser muy importante para ti, conocer, ver museos” y entonces, pues fui… (Toledo echa otro suspiro muy hondo, pero ahora me sonríe. Otra vez deja caer sus manos encogidas, pero no dobladas en dos, sino a todo lo largo como tacos, de suerte que el pulgar y el meñique deben tocarse. Se ven muy bonitas así, parecen pinceles de carne; se parecen también a las figuras fálicas ocres y rojas que él pinta en sus cuadros).
–Para mí fue muy importante conocer a Souza porque él tenía una visión de las cosas.
–Pero si no hubieras expuesto en la galería Souza, de todos modos habrías salido adelante, ¿no? Porque tu talento hubiera reventado, hubiera explotado…
(Sonríe)
–Esas cosas no se saben. No sé.
¿El destino? ¿No crees en él?
–No sé.
Tampoco yo sé. En fin, ¿qué pasó allá en Europa?
–Souza me dio direcciones de gente que había que ver... bueno, me dio la dirección de Tamayo, que vivía entonces en París y entonces fui a su casa, creo que a una casa en el Barrio Latino, ¿no? Allá lo vi.
¿Y Tamayo también fue generoso?
–Mucho muy generoso. Cuando vio mis primeras cosas me dijo: “Pues tráigalas porque cuando yo venda mis cosas, también puedo vender las suyas.”
¿De veras?
–De veras, eso fue en el ’60. Entonces tenía esa ayuda de Tamayo, de lo que él vendía... pues...
Entonces le tienes mucha devoción a Tamayo...
–Cariño, sí.
Mucho cariño.
–Sí, claro. Es que es un gran, gran pintor. Después él se tuvo que regresar a México pero logró que una persona me diera una beca para ayudarme a vivir, ¿no?
¿Y no tenías ni un solo centavo?
–Bueno, mi familia podía ayudarme, pero ya teniendo las relaciones de Tamayo y la venta, pues no necesitaba gran cosa…
Oye, pero ¿eras un niño que no tenía nada? –No, no.
¿Muy pobre?
–No. Bueno, o sea mi padre sí fue muy pobre; él era hijo de zapatero, yo le ayudé a mi abuelo a los zapatos, a pegar las suelas, a traer la goma. Y mi madre sí tenía una posición un poquito mejor porque en su familia eran matanceros, mataban cochinos; ellos son de Ixtaltepec, un pueblo entre Ixtepec y Juchitán y cuando vino la Revolución, muchas familias se fueron a refugiar a Ixtepec y
la familia de mi padre que por el lado materno eran familiares del Che Gómez, el líder de ese entonces tuvo que huir porque mi abuela estaba casada con un hombre que era contrario al Che Gómez. José f. Gómez. El Che Gómez, o sea que los rojos y los verdes estaban allí en mi familia… (ríe)
¿Y entonces?
–Se fueron a vivir a Ixtepec y bueno, pues era una familia muy grande la mía, mi abuelo era zapatero y, ella, mi abuela, vendía en el mercado, iba a comprar cosas a Juchitán para venderlas en Ixtepec. Y cuando se casó mi mamá, mi padre, pues no tenía trabajo y se fue a Arriaga, Chiapas, y allí estuvo trabajando de dependiente en el comercio. Después se tuvo que regresar a Ixtepec y después se fue al sur de Veracruz...
¿De qué trabajaba él?
–En la talabartería, porque como mi abuelo era zapatero, él conocía un poco. Entonces en el sur de Veracruz había muchas pieles, lagarto, mucho lagarto y entonces él hacía cinturones. Y entonces toda esa época fue una época difícil para él, pero después prosperó y entonces a una parte de mis hermanos sí les tocó pobreza, pero a mí me tocó un poco menos pobreza, menos que a mis hermanos. Nosotros éramos siete hermanos, tres hombres y cuatro mujeres. Uno murió en un accidente.
¿De coche?
–Sí. Y mi padre también en un accidente de coche; hace poco, hace tres años. Pues eso.
(A veces la voz de Francisco Toledo se adelgaza hasta ser sólo un murmullo. Tengo que preguntar: ¿Qué? ¿Qué? Y entonces la levanta un poco. A veces, cuando se anima y habla largo, lo interrumpo imprudentemente para que me aclare tal o cual nombre, y rompo así el flujo de sus palabras. En algunas se detiene; cuando dice “mi padre” lo siento triste. Cuando dice que su abuelo era zapatero, como que mira muchos zapatos o muchas suelas; se multiplican los zapatos. Con su abuelo Benjamín iba a buscar el pegamento para las suelas.

El Nuevo Catecismo, la Iguana Rajada y otras historias
Carlos Monsiváis a veces se despide con un: “Voy a Nueva York a ver a Toledo”, y yo le pregunto por su Nuevo Catecismo para indios remisos:
¿Qué hace Toledo en Nueva York?
–Pinta.
Entonces los visualizo a los dos bajo los altísimos rascacielos; “little Mexican jumping beans”, como llaman a mi hijo Mane en Estados Unidos, y me pregunto qué hará Toledo, quien viste de manta y guaraches y cruza un paliacate sobre su frente, entre el frío, la nieve, la dureza del acero, del vidrio, del plástico, del inglés y las exigencias de una galería de arte.
–En Nueva York, me representaba una galería; es más fácil ir allá que mandar las cosas, empacarlas, pagar seguro, porque antes tuve que ir a preparar las exposiciones allá. He estado allá un año, la última vez me quedé ocho meses.
¿Y en Europa?
–Más. Aguanté más. Creo que cuatro años más.
¿Cómo que aguantaste más? ¿Sufriste allá?
Sí (quien sabe qué murmura; no alcanzo a oírlo).
¿Por qué sufriste?
–El clima y esas cosas.
¿Te dio frío? ¿No pintaste bien allá?
(Ríe ahora sí)
–No, pues sí, pero bueno, pues la nostalgia, la soledad, estar aislado, no pertenecer a ese lugar, sentirse aparte.
Y ¿no te resulta estimulante?
–Pues claro que sí es estimulante, pero por otro lado, está lo otro...
Leonora Carrington se fue a Nueva York para entender para qué es esta vida y allá se quedó con su perro Baskerville.
–Pues tal vez tenga ella más capacidad de adaptación, no sé.
¿Ya no irías a Nueva York ni a Europa?
–Por temporadas cortas sí, por razones de trabajo sí, pero creo que regresaría a Juchitán también por temporadas para trabajar y seguir trabajando en la revista.
En esos años, la revista trimestral Guchachi Reza, “Iguana Rajada” florecía como floreció la Casa de la Cultura en Juchitán en 1972 gracias a Toledo, a Víctor de la Cruz, a Macario Matus, a Gloria de la Cruz, que publicaron además de un diccionario castellano–zapoteco, una cosecha de canciones zapotecas de Tehuantepec, poemas, fotografías, historia, que Víctor de la Cruz reunió en su Antología de la literatura Zapoteca: la flor de la palabra.
A partir de ese momento, la gran dádiva que es Francisco Toledo a nuestro país, se abrió de par en par y regaló todo, como quien reparte panes, pintura, libros, fotografías no sólo de Manuel Álvarez Bravo sino de Sotero Constantino Jiménez, un entrañable fotógrafo juchiteco, y siguió regalando, hasta el 5 de septiembre de 2019, costumbres, tradiciones, formas de vida e imágenes de mujeres tan rotundas como las juchitecas que retrata Graciela Iturbide. A partir de entonces, Oaxaca, tan culturalmente asombroso no sólo por Monte Albán o Hierve el Agua, sino por la maravilla de Toledo, contagió a todos, los hizo recuperar la memoria colectiva, les crecieron flores en la cabeza y dijeron la historia verdadera de los héroes verdaderos que son los oaxaqueños que hoy lloran a Toledo porque antes lucharon a su lado en la cocei (Confederación Obrera, Campesina, Estudiantil del Istmo) y levantaron la cabeza para ver volar al cielo a quien voló papalotes con el nombre de los 43 estudiantes normalistas asesinados en Ayotzinapa y donó tesoros y talentos y caminos y tejidos. Además de las mujeres de Juchitán que retrató Graciela Iturbide y la desmacdonalización de Oaxaca, le debemos a Toledo la total luminosidad de un estado fuera de serie que el pintor cobija con su corazón y en el que campea el talento de seguidores pintores, alfareros, grabadores que tejen con el cuidado de las tortugas o saltan como conejos, coyotes, sapos, burros, escarabajos y un sinfín de bordadoras y maestras mezcaleras y dibujantes que aspiran a ser como él, aunque pronto descubren que Toledo es único e irremplazable .
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Toledo nunca muere
Conocido, venerado y respetado en su terruño simplemente como “el Maestro”, al cual no había necesidad de agregar un nombre o apellido, el Maestro era sólo uno, el único, y lo seguirá siendo. El Maestro de Maestros: un ser humano de una calidad ética y moral intachable, generoso, honorable, valiente, y poseedor de una creatividad que no conoció límite alguno. Era además un caballero absolutamente encantador, un conversador de pocas palabras pero sustanciales, de un humor agudo y sagaz, matizado por una fina ironía que salpimentaba sus relatos hablados y pintados. No veremos más al Maestro caminando apresurado y apesadumbrado por las calles oaxaqueñas, saludando con su acostumbrada timidez y gentileza a propios y a extraños, pero en realidad el Maestro no se va porque su huella permanece en su portentosa obra artística y en sus invaluables proyectos culturales y sociales. Al escuchar en estos días la composición musical de Macedonio Alcalá que se ha convertido en el “himno” de Oaxaca, pensé con sentida nostalgia: Toledo nunca muere.
La mirada del Maestro
Conocí a Toledo a mediados de los años noventa cuando se comenzaba a hablar del boom de la pintura oaxaqueña, fenómeno propiciado por el regreso del Maestro a la ciudad de Oaxaca después de una estancia en Europa, su incursión en la creación de museos y centros culturales, y el surgimiento de las primeras galerías de arte. Tuve el privilegio de tejer una amistad con ese personaje que admiraba profundamente desde mi juventud y conté con su generosidad para realizar numerosas entrevistas para este diario y para la realización de la película El informe Toledo, del director Albino Álvarez, estrenada en 2010 y en la que quedó plasmada su actividad humanista y su vocación de servicio a la comunidad. En el filme expresa: “Cuando yo participaba en Juchitán en los ochentas, Tamayo me decía: ´Ya deje de hacer cosas y póngase a trabajar. Usted es un pintor, no un político. Con esa voz que tiene tan chiquitita no va a hacer gran cosa´. Y bueno, debí de haberlo escuchado. Pero no, hay algo que me jala para otro lado”. Tamayo no percibió que su paisano de “voz chiquitita” tenía un corazón grandotote en el que palpitaban su amor por su tierra y el compromiso de atender, denunciar y resolver las injusticias de la sociedad. Qué fortuna que el Maestro no le hizo caso a su coetáneo y siguió adelante, contra viento y marea, en sus incansables luchas que corrieron paralelas a su inagotable quehacer artístico.
A lo largo de este año el Maestro organizó tres exhibiciones: Francisco Toledo. Obra reciente, en la Bodega Quetzalli en la ciudad de Oaxaca, e Imagen y texto en la Galería de Arte Mexicano (gam) en Ciudad de México; ambas versaron sobre la relación del artista con la literatura, que fue una inagotable fuente de inspiración desde sus inicios, a la par de las historias y leyendas de los pueblos del Istmo de Tehuantepec que se transmiten por tradición oral. La tercera continúa actualmente en exhibición en el Museo Nacional de Culturas Populares en Coyoacán y se titula Toledo ve. Esta ambiciosa muestra está integrada por cerca de ochocientos cincuenta piezas y muchos se preguntarán por qué un artista contemporáneo de la dimensión de Toledo se exhibe en un recinto dedicado a las culturas indígenas. Unos días previos al deceso del Maestro tuve el privilegio de hacer el recorrido con la directora del recinto, Lluvia Sepúlveda, quien, hablando todavía del artista en vida, me expresó lo siguiente: “Esta exposición intenta reflejar lo que el Maestro ve y cómo se inspira en la naturaleza, en los objetos de la vida cotidiana, todo lo que adopta, adapta y transforma en algo totalmente personal y contemporáneo. Toledo quiere transmitir a los jóvenes diseñadores que no volteen hacia el exterior en busca de inspiración, sino que dirijan su mirada a su entorno, a nuestras culturas indígenas. Por eso eligió este museo cuyo rango de actividades es muy amplio. No somos un museo de arte popular, nuestra misión se expande a todo lo que tiene que ver con el mundo indígena y los artistas contemporáneos que trabajan con las comunidades tienen cabida aquí. Ahora mismo tenemos una pequeña exhibición de un joven artista mixteco, Olegario Hernández, y los diseños de joyería en papel de la estadunidense Kiff Slemmons, quien colabora con Toledo en el Taller Arte Papel Vista Hermosa en Etla.”
La directora y también curadora del museo me explicó la complejidad que significó la selección y montaje de una exposición tan vasta y diversa que integra obras provenientes de colecciones particulares, de instituciones y del acervo personal del Maestro. Pero lo más significativo es que el propio Toledo, en coordinación con su esposa Trine y su hija Sara, cuidó de principio a fin hasta el más mínimo detalle de esta epopeya curatorial y museográfica. El resultado es de una belleza y elegancia sublimes. Toledo invirtió largas horas en la organización de esta muestra que ahora resulta imprescindible y que percibo como su gran despedida. Quiso presentar al público capitalino un extenso panorama de la incansable labor que desarrolló a lo largo de su vida con los artesanos oaxaqueños y que fue una de sus más grandes pasiones. Toledo ve destaca su faceta de diseñador, quehacer que desarrolló en forma paralela a su pintura, escultura y grabado desde sus remotos años de
formación en el Taller Libre de Grabado de la Escuela de Diseño y Artesanías. Y al ver aquí este “gabinete de maravillas” nos preguntamos: ¿Qué veían esos ojos inquietos y pispiretos que convirtieron lo más insignificante en obras de arte? Unos ojos intensos cuya luminosidad hablaba mucho más que sus palabras. Toledo observaba, escudriñaba, oteaba a su alrededor y captaba todo lo que para la mayoría pasa inadvertido: petates, comales, anafres, cucharas, parrillas, ollas, juguetes, tejidos, canastas… el repertorio infinito de enseres domésticos y utilitarios que conforman ese universo de prodigios que son los mercados mexicanos y que fueron su fuente inagotable de inspiración. Toledo atrapó con su mirada alacranes, tortugas, caracoles, gusanos, gatos, murciélagos, arañas, peces, elefantes, pulpos… y construyó su propia arca de Noé fantástica en vidrio, bordados, felpa, metal, papel, madera, piel, barro, mica, plumaria, mosaicos hidráulicos, plata, oro, toda suerte de materiales y técnicas tanto tradicionales como experimentales. Quienes han viajado a Oaxaca y visitado el Instituto de Artes Gráficas (IAGO) y el Centro de las Artes de San Agustín en Etla (CASA), dos pilares del movimiento cultural oaxaqueño creados y auspiciados por el propio Maestro, estarán familiarizados con esta producción, pero seguramente para muchos de los miles de visitantes que ha recibido el museo, esta exposición ha sido una revelación. Aquí se comprueba que todo lo que Toledo vio, lo convirtió en arte.
El arte que hace ver”
Ahora que el Maestro ya no está con nosotros, intuyo que su presencia en el Museo de Culturas Populares se entiende por su generosa intención de expresar su reconocimiento a los artesanos anónimos que fueron coautores de muchas de las piezas. En estas obras queda patente el amor que profesó a su cultura zapoteca, su incansable labor en la preservación de las lenguas indígenas y de las tradiciones, y su vocación de lucha en la defensa del medio ambiente y de las causas justas. Muchas de las piezas en esta exhibición dan cuenta de sus batallas perennes: los papalotes dedicados a los desparecidos de Ayotzinapa, los carteles contra el maíz transgénico, los libros de iluminar para niños que promueven la salvaguarda de las lenguas originarias, los juegos didácticos bilingües en zapoteco y español. Hay que subrayar que su trabajo con los artesanos ha generado un importante modelo de economía local sustentable.
Decía María Zambrano que “el arte que se ve como arte es distinto del arte que hace ver”. El de Toledo es un arte que hace ver más allá de sus formas, que atrapa y conmueve, que sacude e inquieta, que revela y desvela por su capacidad de provocar sorpresa, ese sentimiento que difícilmente se experimenta hoy en día en tantas gélidas muestras de arte contemporáneo reiterativas en mensajes vacuos y banales. Toledo vio a su alrededor con ojos de niño arrobado y creó piezas que fascinan porque expresan el valor de nuestras tradiciones ancestrales en un lenguaje plenamente contemporáneo. En sus diseños, tradición e innovación forman un lazo indisoluble, son tramas de la misma urdimbre. El artista deviene artesano y, a través de su mirada, el artesano oaxaqueño se vuelve artista: la unión de ambos dio origen a un arte auténtico que tiene sus raíces bien plantadas en nuestra tierra, y trasciende las fronteras del arte contemporáneo. Por eso, Francisco Toledo es el Maestro de Maestros, y nuestro más grande artista 





Francisco Toledo

(Juchitán, Oaxaca, 1940) Polifacético artista mexicano, considerado el más destacado del país, que ha trabajado con extraordinario colorismo la acuarela, el óleo, el gouache y el fresco, pero también la litografía, el grabado, el diseño de tapices, la cerámica o la escultura en piedra, madera y cera, buscando siempre renovar formas y técnicas. Hombre comprometido con sus orígenes indígenas, es uno de los máximos promotores de la defensa del patrimonio artístico del estado de Oaxaca.


Francisco Toledo
Desde muy pequeño Francisco Toledo demostró una especial habilidad para el dibujo, y su padre alentó esa temprana tendencia al ceder a sus colores las paredes de la casa. Su abuelo Benjamín, zapatero del pueblo de Ixtepec, multiplicó su imaginación con salidas campestres en busca de resina vegetal, perladas de relatos populares en los que los seres fantásticos se entremezclaban con todo tipo de animales y personajes legendarios.
A los once años se instaló en la ciudad colonial de Oaxaca, para cursar la escuela secundaria. Y después en México, D. F., para tomar clases en el taller de grabado de la Escuela de Diseños y Artesanías, con la experiencia de haber realizado sus primeros grabados en el taller oaxaqueño de Arturo García Bustos. Con apenas diecinueve años, expuso sus obras en México y en Fort Worth (Texas).
El gran contraste y el mestizaje enriquecedor se produjeron entre 1960 y 1965, cuando Toledo vivió becado en París para estudiar y trabajar en el taller de grabado de Stanley Hayter. A los tres años de estar en Europa presentó su primera muestra en una galería parisiense; un año más tarde expuso en Toulouse, pero también en la Tate Gallery de Londres, con catálogo escrito por Henry Miller, y en Nueva York. En Francia fue reconocido en seguida como un artista singular, especialmente celebrado, como escribió André Pierre de Mandiargues en 1964, por su «desarrollo de lo mítico» y su «sentido sagrado de la vida».
Regresó a México con una técnica pictórica depurada que no dejaría de enriquecer, así como con la influencia de ideas plásticas de artistas de distintas escuelas europeas, como Alberto DureroPaul Klee o Marc Chagall. Aunque, en realidad, su mayor influencia provino de los códices que recogieron los símbolos prehispánicos: con todas sus formas rabiosamente contemporáneas, el artista será un tlacuilo, un moderno e ilustre pintor de códices, y un chamán dispuesto a purificar el espíritu para devolver el goce al cuerpo.
A partir de entonces se dedicó a crear febrilmente, y sus exposiciones se multiplicarían de Nueva York a Tokio, de Oslo a Buenos Aires, y siempre en Oaxaca. No obstante, los críticos consideran que nunca se ha preocupado de promover su obra, y mucha de ella pasa directamente a manos de coleccionistas que la adquieren por adelantado. No en vano, en octubre de 2004 presentó su primera exposición en diez años, «Pinturas recientes de Francisco Toledo», en la Latin American Masters de Beverly Hills, California.
Una estética particular
Toledo recupera técnicas antiguas e investiga con otras nuevas, tanto en la pintura como en la escultura y la cerámica. Diseña tapices que realiza con los artesanos de Teotitlán del Valle. El color y la riqueza étnica y cultural de Oaxaca catalizan su creatividad y su obra, como la de tantos otros artistas plásticos locales y extranjeros. En 1977 viajó a Nueva York, ciudad a la que regresó en 1981 para ampliar sus técnicas en la cerámica. Un año antes, el Museo de Arte Moderno de México había organizado una gran exposición retrospectiva de su obra. En 1983 presentó el libro de grabados originales El inicio, e inició también una larga carrera como editor. En 1997 presentó en México las exposiciones (y los libros) «Zoología fantástica», a partir de textos de Jorge Luis Borges, e «Insectario», mientras encandilaba en la Bienal de Venecia con las esculturas de la titulada «La fragilidad del alma».


Visita al penal (2002), óleo de Francisco Toledo
Los críticos resaltan que el modo obsesivo con que el artista trabaja las texturas y los materiales, tales como la arena o el papel amate (el papel precolombino, hecho con corteza machacada del árbol llamado amatl o amate), así como la maestría con la que materializa su creación consiguen el efecto de que su obra parezca vibrar como si la criatura híbrida de animal y hombre, o el insecto, o la iguana, o cualquiera de sus seres tropicales pugnaran por cobrar vida real. Esa sensación inquietante que percibe el observador de la obra acaba por meterlo irremisiblemente en la visión, en el realismo fantástico del autor.
Los animales a través de los que Toledo refleja su apreciación estética de la naturaleza no se asocian con la belleza: son insectos, serpientes, sapos, iguanas, murciélagos. Y son fantásticos, como sus monstruos son juguetones, porque él no sabe de pudor ni pecado y un humor acre y delirante recorre cada pincelada de sus lienzos o cada incisión de su buril, para dejar un rastro de crudo y juicioso estudio social disfrazado de fábula, de alegoría de la crítica situación del hombre y el mundo actuales.
Observador, crítico y ecologista, su obra es también una denuncia de la deforestación y la destrucción de la naturaleza. En 2003, el artista presentó «Matando la muerte», grabados de cañones disparando contra esqueletos. El año anterior, pasó once meses pintando en un suburbio de Los Ángeles, California.
Maestro de pintores
Tanto su estilo como su forma metafórica de representar el mundo crearon escuela, sobre todo entre los pintores oaxaqueños, y muchos son los que pintan como Toledo. Pero su obra y su personalidad son únicas. Entre los cuadros que Luis Cardoza y Aragón llamó «cantos a la fertilidad» y otros amores, tres mujeres le dieron cinco hijos. Cena tamalitos de chipil (una hoja silvestre que le da sabor a esa masa de harina de maíz) sentado en la acera de la calle. Calificado de huraño y retraído, prefiere el silencio y se ríe con las versiones dispares que corren sobre su vida. Se junta más que con pintores, con poetas juchitecos amigos, con otros poetas mexicanos de los que ha publicado numerosos libros en Ediciones Toledo. Su obra habla por él. Y también sus actos.
Con los años, Francisco Toledo se afianzó como la gran personalidad de Oaxaca, capital indígena, provinciana y cosmopolita. El artista fundó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), que cuenta con el mayor acervo de obra gráfica de creadores internacionales y una completa biblioteca de arte, además de publicar El Alcaraván, una revista imprescindible en el mundo del grabado.


Arañas (2004)
Promovió también la creación del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca (MACO), inaugurado en 1992 y ubicado en la denominada Casa de Cortés, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo y el Museo de los Pintores, así como la restauración del emblemático monasterio agustino donde funciona ahora el Centro Cultural Santo Domingo. Con su biblioteca, rescató también las labores de encuadernación y cuidado de los libros.
Toledo creó en Etla, cerca de la ciudad de Oaxaca, un Taller de Papel de materiales orgánicos que da trabajo a la población y rescató parte de una factoría de hilados; en la ciudad, abrió un cine club gratuito, El Pochote, con muros recubiertos con sus bajorrelieves. Potencia el mundo cultural y las posibilidades artísticas de los invidentes con bibliotecas, exposiciones palpables o escuelas de arte y fotografía; lleva libros a las cárceles.
Al frente de la organización Pro-Oax, recupera ex conventos, logra canalizar y tratar aguas negras, o encabeza en la calle movimientos para defender las tradiciones y la comida oaxaqueñas, e igual se opone tenazmente a la apertura de una hamburguesería en la plaza central de su ciudad, que organiza «tamalizas» o reparte tortillas de maíz criollo para mostrar el valor culinario local frente a las compañías multinacionales o los alimentos transgénicos. Casi siempre desaliñado y con huaraches en los pies, resecos como su tierra, Francisco Toledo se ha convertido, como su obra, en símbolo y expresión de los más profundos mitos de México.

Vain, 1976 - Francisco Toledo
Rape of Europa, 1972 - Francisco Toledo

Rape of Europa Francisco Toledo  Fecha: 1972

Fernando Mires 

Publicado septiembre 15, 2019
Mi amigo y (ex) colega Rainar Fabián, quien practicando sus conocimientos del castellano sigue con atención sociológica mis artículos, me hizo llegar un interesante texto del también sociólogo Bernd Graff cuyo título (traducido) es “En el remolino digital del fascismo “(Süddetutsche Zeitung).
Al comienzo tuve ciertas reservas: pienso que la extensión del concepto fascismo a realidades que no tienen mucho que ver con el fascismo originario, producen más confusión que orden. Mas, pronto me di cuenta de que el concepto “fascismo digital” es más bien una hipótesis. Se trata sin duda de un artículo altamente interesante.
La intención del autor es mostrar la alta eficacia con que los nacional-populistas (para otros, neo-fascistas) de nuestro tiempo –sea en el voto-Brexit, en la elección de Trump, en la campaña electoral de Salvini, e incluso en la del brasileño Bolsonaro– utilizan los medios sociales y las redes digitales. Importante al respecto ha sido la publicación de un estudio de la Friedrich-Ebert Stiftung en donde se muestra que, en Alemania, AfD, el partido de la ultra derecha, tiene más seguidores en Facebook que los dos partidos históricos juntos, CDU/CSU y SPD. ¿Estamos verdaderamente frente a la emergencia de un fascismo digital?
1.
El concepto de fascismo digital fue acuñado por Roger Griffin, profesor de Historia Contemporánea en Oxford. Su éxito deriva de haber comprobado que las redes son efectivamente movimientos virtuales de masa y, por lo mismo, objetos de permanente manipulación por parte de empresas y consorcios en lo económico, sectas y neo-iglesias en lo religioso y, naturalmente, partidos políticos post-modernos, entre los que sobresalen los de índole xenófobo como son la mayoría de los nacional-populistas europeos (y latinoamericanos, agrego yo) díganse de izquierda o derecha. Según Griffin estos últimos comparten con los fascistas del pasado la instrumentalización de los miedos sociales, muy agudos en periodos como el que vivimos, caracterizado por el pasaje que lleva del modo de producción industrial al digital.
Los miedos, por supuesto, no son mostrados como tales, sino como amenazas representadas por contingentes de emigrantes cuyos propósitos son inundar Europa (el verbo inundar es usado hasta la saciedad), superpoblar a Occidente, crear células terroristas, violar a “nuestras” mujeres para después embutirlas en burcas y así sustituir a la religión cristiana por la musulmana. Particularmente efectivo es el mensaje digital del neo-populismo entre individuos disociados, náufragos sociales que convertidos en masa digital se sienten unidos por supuestos objetivos comunes. Los hilos se transforman en redes, las redes en organizaciones digitales y estas últimas en seres agresivos de carne y hueso, atizando la violencia en las calles.
Puede ser que no estemos frente a un nuevo tipo de fascismo, pero sí estamos frente a un antiguo tipo de barbarie formada por personas cuyos objetivos son renegar de los principios básicos de la sociedad liberal, ridiculizar a los defensores de los derechos humanos como “buenistas” o “progres” y luego erigirse como heraldos que llaman a combatir a todo lo que sea “políticamente correcto”
En ese punto hay una evidente concordancia entre la masa tuitera y la masa callejera del antiguo fascismo. ¿Qué hacer frente a ellos?
No hay otra alternativa –opina el citado Bernd Graff– que enfrentarlos en su propio terreno. Al respecto cita una iniciativa del partido de los conservadores de Baviera, CSU, orientada a formar expertos digitales que busquen revertir el mensaje del nacional-populismo. Pero tal como está presentada la idea, parece conceder más importancia a detalles técnicos que a políticos. Más importante sería que todos los partidos democráticos tomaran la decisión de enfrentar en conjunto el discurso de la nueva barbarie digital. Para realizar esa tarea habría que partir de un principio: los problemas nombrados por los nacional-populistas no son inventados; existen. De ahí el éxito que obtienen.
Las migraciones, las pérdidas temporales de puestos de trabajo, la globalización de la producción y tantos otros fenómenos, son hechos reales. Pero cada uno de esos problemas tiene soluciones diferentes, y ninguna de ellas debe pasar necesariamente por el desmontaje de la democracia, por la negación de los derechos humanos, por la destrucción de organismos supranacionales como la UE.
Lo dicho lleva a deducir que la defensa de los valores democráticos debe ser asumida de modo activo y militante, no solo por las fuerzas políticas sino también por quienes están encargados de preservar los valores culturales de nuestro tiempo
Sí: me refiero a los intelectuales (sin comillas) entendiendo bajo esa rúbrica a todos los profesionales que tienen que ver más con la elaboración de ideas que con su aplicación.
2.
¿Qué haces tú Fernando metido en medio de esa chusma tuitera? No hay día en el que no tenga que escuchar una advertencia similar de conocidos, amigos y personas que me rodean. Mi respuesta inmediata es la de que uno no elige los campos del antagonismo. Simplemente están ahí.
Naturalmente, agrego, uno quisiera discutir a través de ensayos y libros, pero el hecho objetivo es que los enemigos reales, no los virtuales, están organizados en redes. Puedo naturalmente ignorarlos y afirmar con arrogancia que la tarea del intelectual no pasa por mezclarse con el vulgo. Pero si quiero de verdad enfrentar a quienes considero enemigos, es mi obligación salir a buscarlos en sus propios nidos.
Y no lo voy a negar, a veces me gusta hacerlo.
Pienso que un tuit bien escrito es un buen ejercicio mental. No pocas veces, inspirado en discusiones tuiteras, he escrito artículos extensos. Una frase bien tuiteada, dicha en el momento preciso, puede desarticular a más de alguna idea preconcebida, diluir un prejuicio negativo, desorganizar un tabú opresivo.
Así como ayer hubo profesionales de la cultura que decidían abandonar momentáneamente sus bibliotecas para combatir en las barricadas, hay otros que sentimos la necesidad de acudir a las redes y enfrentar allí mismo a los representantes de la barbarie organizada. El escritor español Arturo Pérez Reverte lo dijo muy claro: “la atracción que ejerce Twitter es la de un territorio peligroso frecuentado por muchos hijos de puta”.
Nadie va a objetar a un pensador si no quiere introducirse en las redes. Después de tantos fallidos imperativos categóricos he llegado al convencimiento de que cada uno es dueño de hacer lo que quiera en esta vida, siempre que no transgreda las normas derivadas del derecho público. Se trata de una opción estrictamente personal.
En lo que respecta a este servidor, ir a las redes significa contribuir a impedir que esos vástagos de meretrices, mencionados por Pérez- Reverte, se adueñen del espacio comunicacional. Un espacio cada día más decisivo en la formación de los llamados discursos políticos.
Con Gramsci estoy de acuerdo en que la lucha política es lucha por la hegemonía. Conmigo estoy de acuerdo en que, por lo menos parte de esa lucha, hay que librarla al interior de las redes, arriesgando, naturalmente, que cientos de descendientes de la tal por cual, te calumnien, te difamen y te insulten.
Al fin y al cabo, todas las guerras han sido y serán sucias

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