Madrid 

Es el momento que marcó el punto de inflexión de la contienda después del ataque de Pearl Harbor y el fracaso nazi en la URSS


Foto de Robert Capa en un barco aliado, en 1943. La imagen forma parte de la exposición 'Capa en color', en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. ROBERT CAPA | EL PAÍS VÍDEO
Diciembre de 1941 fue el momento en que las potencias del Eje, la Alemania naziy el Japón imperial, perdieron la II Guerra Mundial. Sin embargo, todavía quedaban cuatro años de batallas, los peores, durante los que alemanes y japoneses cometieron la mayoría de las atrocidades, incluyendo las cámaras de gas y el exterminio del pueblo judío. Tuvieron que ver cómo sus dos países eran borrados del mapa bajo los bombardeos aliados para rendirse. La guerra se acabó en Europa en mayo de 1945 y en Asia en agosto, tras la devastación atómica de Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, algunos no tardaron en ver el principio del fin. El primer ministro británico, Winston Churchill, que recibió con enorme alivio el ataque contra la base estadounidense de Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 ya que significaba la entrada en la guerra de EE UU, afirmó: "La suerte de Hitler está sellada. Y los japoneses serán reducidos a polvo".
La ofensiva contra Pearl Harbor, el puerto estadounidense en Hawái que este martes visita por primera vez el primer ministro japonés, Shinzo Abe, tenía como objetivo la destrucción de los portaviones estadounidenses y fue un fracaso. Tuvo lugar en el mismo momento en que las tropas nazis combatían desesperadamente a las puertas de Moscú, pero tampoco alcanzaron a conquistar la capital rusa, lo que condenó a su Ejército a una derrota segura a manos del general invierno ruso. La invasión alemana de la URSS empezó el 22 de junio de 1941 y el avance fue fulminante durante el verano. Sin embargo, las tropas de Hitler quedaron embarradas —literalmente— cuando empezaron las lluvias otoñales en las inmensas estepas.
Pearl Harbor también representó un gigantesco error de cálculo. Como relata en BBC History Magazine el investigador Nicholas Best, autor de Seven Days of Infamy: Pearl Harbor Across the World, el ataque se planificó un domingo por la mañana porque, normalmente, los portaviones estadounidenses se encontraban en puerto. Su importancia estratégica era mucho mayor que la de cualquier otro buque. Sin embargo, sólo cuando los aviones ya estaba en el aire y no podían dar marchas atrás se dieron cuenta de que los barcos habían zarpado. El almirante japonés Yamamoto no se unió a la celebración general tras la ofensiva por ese motivo.
El gran investigador británico Antony Beevor explica ese momento clave en La II Guerra Mundial (Pasado y Presente): "Muchos oficiales alemanes que estaban luchando en el frente del Este no sabían muy bien qué pensar cuando escucharon la noticia del ataque sobre Pearl Harbor. Los más lúcidos intuían que esta guerra mundial, con EE UU, el Imperio Británico y la URSS unidos en el mismo bando contra ellos, no se podía ganar. El rechazo en las puertas de Moscú combinado con la entrada en guerra de Estados Unidos convirtieron diciembre de 1941 en el punto de inflexión geopolítico de la guerra. Desde ese momento, Alemania pasa a ser incapaz de ganar la II Guerra Mundial, aunque mantiene un poder enorme para causar muerte y destrucción".
Max Hastings, otro gran experto en el conflicto, ofrece un punto de vista similar en Se desataron todos los infiernos. Historia de la Segunda Guerra Mundial(Crítica): "Con todo, aún habrían de transcurrir muchos meses para que los aliados advirtieran que habían cambiado las tornas. En 1942, el Eje aún logró triunfos espectaculares y, sin embargo, la realidad histórica crucial es que los altos funcionarios del Tercer Reich consideraron, ya en diciembre de 1941, que era imposible obtener la victoria militar al no haber logrado derrotar a la URSS. Aunque hubo quien se aferró a la esperanza de que Alemania negociase una paz aceptable, todos, incluido tal vez el mismísimo Hitler, en lo más recóndito de su conciencia, sabían que había pasado el momento decisivo".
Por un lado, la potencia industrial de EE UU puesta al servicio de los aliados era imbatible y permitió no sólo interminables reservas de armamento, sino también mantener las líneas de aprovisionamiento a través de las distancias siderales del Pacífico. Por otro, el desgaste en hombres y armas de los nazis en la URSS —como relata Hastings, sólo en la batalla de Moscú, que se desarrolló entre octubre de 1941 y enero de 1942, participaron "seis Ejércitos alemanes, 1,9 millones de combatientes, 14.000 cañones, un millar de carros de combate y 1.390 aviones"— hizo también que Alemania perdiese cualquier oportunidad de victoria.
Sin embargo, el punto de inflexión no quedó claro hasta por lo menos un año más tarde, cuando tanto los japoneses en el Pacífico como los alemanes en Rusia y el norte de África comenzaron a sufrir claras derrotas. Sólo con la rendición nazi en Stalingrado, en febrero de 1943, los aliados supieron que habían ganado la guerra, aunque lo más difícil quedaba por delante: echar a japoneses y alemanes de los países que habían ocupado y luego derrotarlos en su territorio. Millones de personas sufrirían y morirían todavía bajo el horror totalitario. Fueron, además, los años cruciales del Holocausto: solamente en Auschwitz, entre julio de 1942 y octubre de 1943, 750.000 seres humanos fueron asesinados. La guerra tal vez había terminado, la muerte no había hecho más que empezar.


HOLLYWOOD NEUTRAL


Tanto la invasión de la URSS como Pearl Harbor fueron ataques a traición: Stalin y Hitler habían firmado un pacto, mientras que EE UU se había mantenido celosamente neutral. Nada refleja con tanta precisión esa voluntad de mantenerse fuera del conflicto como Hollywood, cuyas producciones se estrenaban —con éxito— en los países del Eje. Nicholas Best relata que, justo cuando se produjo el ataque japonés, se estaba rodando La señora Miniver, una historia ambientada en Inglaterra durante los bombardeos nazis dirigida por William Wyler.
El tono del filme cambió completamente y se transformó el guion, que pasó de ser una historia principalmente romántica a convertirse en una película de propaganda bélica. Fue en ese momento cuando se añadió el famoso discurso del vicario rural: "No es la guerra de los soldados en uniforme, es la guerra de la gente y no debe ser combatida sólo en los campos de batalla, sino en las ciudades y los pueblos, las factorías y las granjas, en el corazón de cada mujer, hombre, niño que ame la libertad". La voluntad absoluta y el sacrificio de millones de personas fueron decisivos para derrotar a los totalitarismos. Sin embargo, lo cierto es que en diciembre de 1941 la locura belicista de dos países que quisieron construir imperios milenarios los llevó a derrotarse a sí mismos en medio de un baño de sangre como no ha vuelto a conocer la historia.

El Desafío Mundial – (Jean-Jacques Servan-Schreiber)
¿Sabía usted que los Estados Unidos hicieron un doble juego con Arabia y el Iran, prometiendo a aquélla influir cerca del Sha para que no subiera el precio del petróleo, mientras se dejaba al monarca iraní las manos libres para hacerlo, pues era la única forma de que pudiese pagar la enorme cantidad de armamentos adquiridos en los Estados Unidos y que éstos estaban interesados en suministrar para asegurarse suposición estratégica en el golfo?
¿Y sabía usted también que Roosevelt tuvo conocimiento anticipado de la fecha exacta del ataque japonés contra Pearl Harbor y nada hizo por evitarlo, ya que ello le proporcionaba el pretexto para entrar en la II Guerra Mundial, de la que había prometido a su pueblo mantenerse alejado?
¿Y no sabía usted que la OPEP, aliada del tercer mundo, puede poner de rodillas al super-civilizado mundo occidental y, al dejarlo sin petróleo ni materias primas, detener su enorme maquinaria tecnológica?
Así, los países super-civilizados no tienen más alternativa: o cooperar con el tercer mundo, o la ruina.
¿Sabrán escoger sensatamente? Este es el tema fundamental desarrollado por el famoso autor de El Desafío AmericanoEl Desafío Mundial es un llamamiento a la unidad entre todos los hombres, a las asociación entre todos los países,desarrolladossubdesarrollados y en vías de desarrollo, para salir de una situación crítica, de unas circunstancias que constituyen un verdadero desafío a todo el mundo y que amenazan con su destrucción.
El enorme desafío, apremiante, casi salvaje, que lanza la OPEP al mundo industrial:desarrollar el universo o perecer todos juntos…
Contenido:
Una tarde en Taif – Los rayos del cielo – Sorpresa en Libia – El juramento de Argel – Tecnología o nada – El milagro negro – Carta a la OPEP – El cálculo Faisal – El juego Kissinger – URSS: El imperio minado – Ilusión industrial – Tormentas sobre el Golfo – El cobre de Kuanda – Los hombres de Bandung – El testamento de Fanon – Un informe secreto de Bonn – Claridad en Brioni – Complot en París – Castigo de la India – El clamor de McNamara – El cometa brasileño – El Zaire a toda costa – La Gloria de las armas – El razonamiento del Norte – El enviado de Doko en París – El futuro del empleo – El código púrpura – Duelo en el Pacífico – Los caprichos del destino – La explosión creadora – Del cero al infinito – Harvard quiere comprender – El coraje de un Vikingo – La risa de «Honda» – Esos 47.000 robots – David y Goliat – El cálculo domesticado – Paso al microprocesador – Sin leer ni escribir – La Revolución social – Como la corriente, como el aire – Ordenadores y hombres – Los próximos tormentos – India se interroga – Un sudista que trabaja – Viena llama a Marshall – Lo más cerca de la vida – El fin de la negociación – El grupo de París.



Fogwill - Efectos personales

Yo tenía un encendedor Dupont, una lapicera Montblanc, un reloj Rolex. El Dupont, de plata, era extrachato y tenía una trama en cuadrillé Príncipe de Gales. La Montblanc, negra con virolas doradas —de oro—, era desproporcionadamente grande y tenía una pluma revival similar a las de las lapiceras de los abuelos de los abuelos. En la virola podía leerse «Meisterstück», obra maestra. El Rolex era pequeño, un modelo para jóvenes, de la serie Junior. De acero inoxidable, tenía esfera intensamente blanca y pequeños números romanos. Siempre perdía los Dupont. Los compraba por pares, y siempre estaba reponiéndolos: un derroche. La Montblanc a veces la perdía, otras la regalaba. Las compraba por pares y hasta de a tres, pero siempre debía reponer mi stock porque las perdía o las regalaba. Regalé muchas Montblanc, pero jamás regalé un Dupont. ¿Curioso? Algo debe explicarlo. Blanco, fuego, fumar, cuadrado, negro, signos, escribir, redondo. Algo debe servir para explicar todo esto. Jamás perdí mi Rolex: lo regalé.

La mujer tenía uno idéntico. Se llamaba Elsa. Se lo robaron en el ferrocarril, en la estación Retiro del Ferrocarril Mitre. Costaba mil seiscientos dólares. Yo estaba loco, de lástima. No por la violación de la propiedad, sino por la violencia. El brazo o la vida: un ratero. Sin alternativas: el tren zarpa, la mina desde lo alto mira despectivamente hacia el andén. Desde lo alto, desde la ventana del vagón del ferrocarril, desde el Rolex, desde el cigarrillo recién encendido, desde el marido que viajará más tarde en su automóvil, desde el asiento conseguido a precio de esperar media hora viendo zarpar dos o tres trenes llenos de gente apremiada por llegar a. Así miraba la mina. El ratero opera desde abajo. Sale con planes, con ilusiones y ganas de robar Rolex, el ratero. Se pone en marcha, pesadamente, el tren. El ratero actúa por reflejos largamente adiestrados. Sus dedos como pinzas penetran entre la piel y la esfera del Rolex. Las falanges se pliegan sobre el cristal. La mano firme se prolonga en un brazo relajado que sigue el movimiento del tren. Cuerpo pegado a la pared del vagón, nadie verá al ratero desde el vagón. La mujer grita. Las huellas de la malla de acero se ahondan: marcas violetas aflorarán muy pronto. La mano de la mujer se hincha. Muy pronto aflorarán marcas violetas. Grita. Gritará más fuerte y pedirá auxilio a un señor con paraguas, a un señor con diario y a un señor con paquetes próximo a su asiento. Ahora viene una vieja columna que sostiene la vieja manguera de cargar agua en las viejas locomotoras de vapor. Aquí el ratero se separa del tren. Es el encuentro de la alternativa: el brazo o el reloj. «Es un abrir y cerrar de ojos», contarán más tarde. El señor del paraguas, el señor del diario y el señor del paquete han escuchado el grito, el reclamo de auxilio de la putísima de la ventana. También lo han escuchado el señor de la pistola y la muchacha de los planos de arquitectura. La malla del Rolex cede siempre un eslabón más débil, diseñado ex profeso por estándares de seguridad de fábrica, han dicho. Hay una vida, hay una juventud perdida en cuidadoso adiestramiento. Hay horas de estudio de las topografías del andén y de umbrales de reacción de la gente común, desprevenida: siete segundos. Lo primero que se piensa es que la mujer ha enloquecido. Es una ley. Así declaran días después en la delegación policial: «Una loca o una broma». Y todos prometen que la próxima vez estarán prevenidos. Después lo olvidan, ocho o diez días bastan para olvidar cualquier proyecto de previsión. Hay toda una teoría que se aprende en la práctica y se generaliza en los pabellones de la cárcel de contraventores. «¿Y Lucecita?». «Está guardado —dicen—, fue a la escuela». «¿De qué se había olvidado Lucecita?». «De no confundirse de cliente», «de no repetir lugares», «de atar la zapatilla», «de no tomar vino desde el día antes», «de ir con el estómago vacío». Siempre se filtra un olvido, un error. Se entiende. La mujer tarda un tiempo que ya no puede medir para reponerse. Baja en la estación siguiente, por la denuncia. Después no se explica por qué tanto gesto inútil. Pasa una hora o dos o tres (¿cómo saber sin Rolex?) y siente aún la contracción del vientre, el sobresalto del corazón, la soledad del tren cuando los señores de paquete, diario, pistola, libro, etc., la miran, oyen, no comprenden. Queda la marca, una especie de condecoración, tema para las charlas de las próximas semanas. La cara del muchacho, inolvidable. Los ojos grandes, parecían tristes. Los dientes, muy blancos, indicaban que él sí sería capaz de matar. El marido la calma. El moretón y la pequeña lesión en la muñeca muy pronto pasarán. Marcan la indignación, mi indignación, no por la violación de la muñeca de la muñeca, sino por ese abrir y cerrar de ojos donde el reloj no pertenece a nadie sino a la ley de ofertar la vida por el trac del eslabón más débil. ¿Débil? Yo le di mi Rolex igual al suyo, y nunca lo repuse. Solía reponer los Dupont que perdía y las Montblanc que perdía o regalaba, nunca repuse el Rolex. Así era mi vida por entonces. En esos días mi maestro estaba lejos, en Mar del Plata. Dictaba clases de algo que se parecía al psicoanálisis para médicos y profesores de letras y lógica de colegios privados de la ciudad. En primavera, cuando regresan los guardavidas a preparar sus playas para recibir a los turistas, solía pasar algunas noches en las casetas de madera donde se guardan las carpas y las reposeras de mimbre y lona y todo huele a pintura y resaca de mar, hablaba con los bañeros y su corte de ayudantes sobre literatura, bebiendo vino blanco y comiendo pescados que alguien recoge con el trasmallo y otro fríe para mezclar el olor a mejillones, mimbre recién pintado y humo de tabaco que va impregnando todo a medida que avanza la charla con olor a aceite comestible: algo quemado que pone notas hogareñas en la precaria habitación expuesta al fuerte viento del sur de los acantilados. Él podría explicar mejor que yo todo esto. No. Tal vez ya no: aprendimos.

Acero, blanco, tiempo, muñeca, sólido. Plata, gris, fuego, cuerpo, gas. Ébano, negro, letra, mano, líquido. Restituir, perder, regalar, perder. ¿Y por qué a Elsa?

1978

En Cuentos completos

El escritor Rodolfo Fogwill, esta semana en Madrid.

Rodolfo Enrique Fogwill (QuilmesBuenos Aires15 de julio de 1941 – Buenos Aires21 de agosto de 2010) fue un escritor y sociólogo argentino que alcanzó renombre, primero, como directivo de empresas de publicidad y de marketing y, luego, como escritor.


"Fogwill Uno de los tres escritores argentinos más destacados de la actualidad, Rodolfo Enrique Fogwill, que se hacía llamar sólo Fogwill, "como Sócrates, Platón y Aristóteles", ha fallecido a los 69 años en Buenos Aires por un enfisema pulmonar. Lo mató la afición al cigarrillo, esa misma que había observado en él Jorge Luis Borges en sus últimos años de vida, cuando Fogwill comenzaba a hacerse un novelista conocido. Borges también dijo que aquel sociólogo y exitoso publicitario sabía mucho de coches. "Yo me puse contentísimo -recordaba Fogwill sin temor al ridículo-. 'Pero tarado', me dijo Enrique Pezzoni (otro crítico argentino). 'Quiso decir que no sos un escritor'." Buenos Aires 


Marina Tsvietáieva - Hora del alma

1

En la hora profunda de la noche y el alma,
que no está comprendida en los cuadrantes,
a los ojos del niño miré en calma,
que no había contemplado noches antes

todavía en ninguno, gemelos estanques,
- ¡sin recuerdos y hasta la orilla! -
Reposados… Desde aquí
comienza para ti la vida.

De encanecida, romana loba
la mirada, que en el lactante ve:
¡Roma! Maternidad soñadora
de la roca… No tiene nombre

mi desprendimiento… Todos los mantos
quitándome, - ¡me crezco en la privación!
Como sobre una cesta de junco antaño
la hija de Egipto se inclinó.


14 Julio de 1923


2

En la hora profunda del alma,
en la profunda - de la noche…
(Paso gigante del alma,
del alma en la noche.)

Ahora gobierna, alma,
los mundos, donde deseas
reinar, - la morada del alma,
alma, gobierna.

Enmohece los labios, las pestañas
empolva - con nieve.
(Suspiro atlante del alma,
alma - en la noche…)

En esa hora, alma, haz oscuros
los ojos donde, Vega,
surgirás… El dulcísimo fruto,
alma, acerba.

Oscurece y acerba:
crece: gobierna.


8 Agosto de 1923


3

Hay una hora del alma, como una de la luna,
hora de la lechuza, hora de la oscuridad,
hora de la niebla. Hora del alma como una
hora de las cuerdas de David en el soñar

de Saul… En esa hora - ¡tiembla,
vanidad, mi carmín quita!
Hay una hora del alma, como de la tormenta,
niño, - y esa hora es mía.

Hora de la más recóndita hondura
del pecho. - ¡Descenso del estuario!
Todas las cosas arrancadas de sus enclavaduras,
todas las más profundas - ¡de los labios!

De los ojos - ¡todo velo! Todas las trazas -
¡atrás! En el pentágrama - notas -
¡no hay! - Hora del alma como hora de desgracia,
niño, - y cómo pulsa esa hora.

¡Desgracia mía! Así has de llamarme.
Así, martirizados por el cuchillo
del partero - los niños - a la madre
reprochan: «¿Por qué vivimos?»

Y ellas mitigando el delirio
con las palmas: «Es necesario - reposa»
Sí, hora del alma, como hora del cuchillo,
niño, - y esta hora es bondadosa.


14 Agosto de 1923

En Antología 100 poemas


Marina

Considerada por Joseph Brodsky como la poeta más grande del siglo XX, Marina Tsvietáieva es un ejemplo emblemático de la manera como el genio artístico era devorado por la aguda distorsión que en la URSS se hacía del compromiso del creador: o estás incondicionalmente con el régimen o el régimen te aniquila.(...)

Pero tendrá lo que llama su biógrafo, Tzvetan Todorov, encandilamientos, relaciones muy íntimas, algunas hasta el erotismo, con literatos y artistas, hombres y mujeres, entre ellos, Boris Pasternak. Ella lo explica así:

“Yo quiero ligereza, libertad, comprensión –¡no quiero retener a nadie ni que nadie me retenga! Mi vida entera es un idilio con mi alma, con la ciudad en que vivo, con el árbol a la orilla del camino –con el aire. Y soy infinitamente feliz”.


Anna Ajmátova - Canción del último encuentro


Mi pecho se enfriaba sin remedio,
pero seguía mi camino con paso ligero.
(Me puse en mi mano derecha
el guante de la mano izquierda).

Creí bajar muchos escalones
¡aunque sabía que sólo eran tres!
Bajo el susurro otoñal de los arces
me dijo: «¡Muere conmigo!

Me engañó mi melancólica
Veleidosa y perversa suerte».
Le dije: «Descuida, querido,
también yo moriré contigo…».

Esta es la canción del último encuentro.
Lancé una mirada hacia la casa a oscuras:
en el cuarto ardían
cansinas, amarillas, las velas.

 
Tsárskoye Seló, 29 de septiembre de 1911

Cesare Pavese - El verano


De todo el verano que pasé en la ciudad medio vacía no sé qué decir. Si cierro los ojos, la sombra ha recobrado su función de frescura, y las calles son justamente eso, sombra y luz, en una alterna transición que embiste y devora. Nos gustaba el atardecer, las nubes tórridas que pesan sobre las casas, la hora tranquila. Por lo demás, también la noche nos hacía el efecto de esa breve penumbra que traga a quien desde el pleno sol regresa a casa. Nos encontrábamos al oscurecer, y ya era mañana, era otro día apacible. Recuerdo que toda la ciudad nos pertenecía, las casas, los árboles, las mesitas, las tiendas. En las tiendas y en los mostradores vuelvo a ver montañas de fruta. Recuerdo el perfume cálido y las voces en las calles. Sé dónde cae a cierta hora el recuadro de sol sobre el embaldosado del cuarto.

   De nosotros, en cambio, y de nuestras palabras no hallo casi nada. Sé que comí mucha fruta; que me amodorré muchas veces abrazado y abrazando; que al rezagarme por la tarde en la calle disfrutaba con los transeúntes, los colores, los instantes, sabiéndome esperado. Sé que mis manos y mi cuerpo se habían convertido en algo tierno y vivo, como justamente las nubes, el aire y las colinas en aquellas tardes de verano. Todo esto me fue familiar, y diría cotidiano si el sucederse de aquellos días no me pareciera todavía ilusorio, tanto que a veces la estación entera me resulta, al evocarla, como un solo día que viví en común. Este día estaba dentro de mí, y la compañía que terminó con el verano le daba un sentido y una voz. Cuando nos dejábamos no nos parecía separarnos, sino ir a esperarnos a otro lugar, como en una cita, como al fondo de las calles desaparece y reaparece la colina. Todas las tardes la veíamos cubrirse de sombras, y nos gustaba tanto en su calma que se convirtió en una de las cosas del cuarto, se convirtió en parte de la ventana y de la calle. Durante la breve noche no desaparecía, tan próxima estaba. El día comenzaba y terminaba con ella. Comíamos fruta mirándola. Ahora sólo quedaba la colina y la fruta.

   La ciudad medio vacía me parecía desierta. El juego de la sombra y del sol la animaba tanto que era hermoso pararse y mirar desde la ventana al cielo y a un empedrado. Saber que al margen de la luz y de la sombra fresca había algo que me interesaba mucho y que renacía con el sol y apresuraba la noche daba un sentido a cualquier encuentro que se produjese en aquellas calles. Estaban los árboles que bebían el sol, estaban los gritos de las mujeres, había un gran silencio. Salía del cuarto presintiendo otros olores y la frescura de la tarde. Podía mirar y amar cualquier cosa.

   A veces, en otra parte muy distinta de la ciudad, había una plaza que me esperaba, con sus nubes y su calmo calor. Nadie la cruzaba, no se abría ninguna ventana, pero se abrían las perspectivas de las calles desiertas a la espera de una voz o de un paso. Si aguzaba el oído, en la plaza el tiempo se paraba. Era pleno día. Más tarde, por la noche, pensaba en ella y la volvía a hallar inmutable.

   En aquellas tardes el verano no perdía vigor, ya que sabíamos que cada uno de nosotros pensaba en el otro. Cada encuentro rutinario agitaba en mi corazón esta certeza, moviéndola apenas, y hacía que se desbordara. Entonces se encrespaba la luz, que yo veía como un joven recuerdo, como si regresase de improviso a un verano distinto, más allá de los cuerpos y de las voces, y el cuarto que había dejado me hubiera valido como una sombra que, discreta, me acogía. Cualquier cosa, al ocurrir, se convertía en recuerdo, porque ocurría en mi interior antes que fuera. Era como si el largo día lo fuese haciendo yo, y por eso nada, en el cuarto y en la tarde, me era ajeno; ni siquiera el cuerpo que daba cobijo al mío, y la voz sumisa.

   Una tarde las nubes se adensaron y llovió toda la noche. Yo esperaba ante una ventana que no era la nuestra, y las salpicaduras y las gotitas me llegaban a la cara. Sabía que al día siguiente la luz sería más viva y más fresca la sombra, y no tuve prisa por regresar a donde me esperaban. Era la última lluvia del verano, y cambió el color de la ciudad. Habría podido esperar, al abrigo, pero descendí bajo la lluvia y recorrí otras calles. Pensaba intensamente en nuestra ventana, pensaba en ella y me alejaba de ella. La colina estaba al fondo de las calles, oscurecida y acercada por la sombra creciente. Vi alféizares bajo la lluvia y portales que había visto siempre al sol. Todo estaba fresco y próximo, y verdaderamente esta vez mi ciudad estaba desierta. Crucé muchas plazas. Cuando regresé, enamorado y pensando en las calles del día siguiente, encontré el cuarto vacío, y así estuvo hasta la noche. Me acerqué entonces a la ventana.

   Todavía estuvimos juntos muchos días, mientras duró la estación, pero ambos sabíamos que todo acabaría al entrar el otoño. Y así fue, en efecto.