Cesare Pavese - Casa en el mar


Aquel trozo de mar violáceo delante de la ventana refrescaba todo el cuarto.

Ocurrió que me desperté de madrugada, un poco inquieta, y sentada contra la almohada contemplé un momento la ventana abierta, luego recuerdo que me dio la risa y encendí un cigarrillo. Que estaba nublado me lo decía el sitio vacío de Andrea. Igual que mi padre, también en esto: si en el aire hay un poco de humedad Andrea se despierta antes de que sea de día y no puede quedarse en la cama. Dice que son los nervios, pero yo creo más bien que es esa necesidad de aislamiento que todos los hombres llevan en la sangre. Una vez me dijo que lo hacía por mí: le había confiado que me produce escalofríos la idea de que alguien me mire mientras duermo.

Probablemente fumaba un cigarrillo en el jardincito —uno de esos jardincitos de la Riviera compuestos por un árbol entre cuatro muros— y me lo figuraba paseando sin gafas, con ese rostro desnudo e infantil que yo me sé, fumando como un descosido y rezongando para sí.
  
Pero no; por aquellos días Andrea estaba recién enamorado, y que me hubiera casado con él le daba aún cierta arrogancia. No es que ahora sea más tibio —pobre Andrea—, pero ha comprendido que a mí me interesa quererlo mucho, como una hija al padre 

Se ha vuelto casi más tímido —extraña cosa en un hombre resuelto y serio como él— y tiene la deferencia de dejarme sola cuando le entra la manía de rezongar. Estoy convencida de que ha renunciado al frenesí de «amarme» sin remisión, como si no tuviéramos todos una necesidad de distracción secreta para concentrarnos y considerar las cosas sin mentiras. Ahora sus celos se han convertido realmente en lo que yo quería: el cariñoso interés de quien se preocupa con mucha discreción y deja vivir.

Estoy segura de que aquella mañana en el jardincito disfrutaba de una felicidad total, acrecentada incluso por aquel tiempo fresco y amenazador que a él, cansado de una semana de trabajo urbano, debía de prometerle algo más que la consabida y tórrida obligación de la playa. Ya la noche anterior se había puesto de morros entre bromas y veras por mi piel bronceada —quemada, decía él, por las miradas públicas— y había negado con la cabeza y dicho que iba a cortarme los suministros, pero éstos eran juegos que ya se sabe cómo acaban. Lo que no le gustaba en absoluto era aparecer a mi lado —«yo hervido y tú asada»— entre tantos conocidos bobos, llenos de cumplidos con los recién casados —y en eso le doy la razón—, pero llenos también de familiaridades y alusiones que él no entendía y hacían que pareciera un intruso.


En el parvulario de mi hijo había una niña cuyos padres estaban tramitando el divorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arquitectónicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltó la suerte necesaria para convencer a los marchantes de que apoyaran su obra. La única vez que expuso, la galería quebró al poco tiempo.

B. no era un íntimo amigo, pero lo pasábamos bien juntos, y, siempre que lo veía, yo volvía a casa con renovada admiración por su tenacidad y su calma interior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lástima de mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los últimos años (infinitos problemas de dinero, falta éxito artístico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecía desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasión de siempre, y, al revés que muchos, nunca mostró ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a él.

A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacía copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copió un día y que me pareció extraordinario. No era una copia, sino más bien una réplica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millonario tejano vio trabajar a B. y quedó tan impresionado que le encargó la copia de un Renoir para regalársela a su novia.

B. era sumamente alto (casi dos metros), guapo y amable, cualidades que lo hacían especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superó el divorcio y volvió a la circulación, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sólo lo veía dos o tres veces al año, pero cada vez había una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por él. Sólo tenías que ver cómo miraban a B. para adivinar lo que sentían, pero, por una u otra razón, ninguna de sus relaciones duraba demasiado.

Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estudio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.

Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volvió a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo también estábamos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cómo había conocido a su futura mujer.

Unos seis meses antes, nos contó, había hablado por teléfono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezó a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de mujeres atractivas e interesantes. Pero ninguna te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios quieres?

No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la encontrarás, le respondió su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sólo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?

Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionó sobre el asunto detenidamente. Sí, dijo por fin. Había una. Una mujer que se llamaba E., a la que había conocido en Harvard cuando era estudiante, hacía más de veinte años. Pero entonces E. salía con otro, y B. salía con otra (su futura ex mujer), y no había habido nada entre ellos. No tenía ni idea de dónde estaba E. ahora, dijo, pero si encontrara a alguien como ella, no dudaría en casarse de nuevo.

Ése fue el final de la conversación. Antes de hablarle de E. a su amigo, B. no se había acordado de aquella mujer durante más de diez años, pero, ahora que le había vuelto al pensamiento, no se la podía quitar de cabeza. En los tres o cuatro días siguientes, pensó en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensación de que hacía varios años había perdido una oportunidad única de ser feliz. Entonces, como si la intensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a través del mundo, el teléfono sonó una noche y allí estaba E., al otro lado de línea.

B. la tuvo al teléfono más de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decía, pero habló y habló hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordinario había sucedido y no podía dejarlo escapar otra vez.

Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresó en una compañía de baile y durante los últimos veinte años se había dedicado exclusivamente a su carrera. Nunca se había casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenía familia (sus padres se habían matado en un accidente de coche cuando era niña) y se había criado con dos tías que ya habían muerto.

B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.

Para que la historia sea aún más perfecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que significaba que B. no sólo había hallado el verdadero amor, sino que los incesantes problemas de dinero que lo habían agobiado durante años habían desaparecido de repente. Todo de golpe.

Un año o dos después de la boda, tuvieron un hijo. Según mis últimas noticias, el padre, la madre y el niño están bien.


En Experimentos con la verdad

Serbia es un pequeño país en Yugoslavia. Estaba dominada por su vecina Austria, que entonces era grande y poderosa y era conocida como el Imperio Austrohúngaro. Austria deseaba absorber a Serbia, así que Serbia buscó la protección de Rusia. Sin importarle eso, en 1908 Austria se anexionó un extenso territorio de Serbia, una provincia llamada Bosnia. En 1914 un grupo de estudiantes nacionalistas serbios asesinaron un archiduque austríaco en la ciudad de Sarajevo, la capital de Bosnia. Entonces:

1. Los austríacos, que ya tenían planes previstos relativos a Serbia, usaron el asesinato como un pretexto y declararon la guerra a Serbia (sin embargo en realidad no atacaron)

2. Rusia, que se suponía era el protector de Serbia, movilizó su ejército sin mucho convencimiento (la movilización significa llamar a los reservistas, armarlos y enviarlos a la frontera por ferrocarril). Al principio Rusia se movilizó sólo parcialmente contra Austria. Pero entonces los generales rusos se dieron cuenta que esa movilización parcial les hacía vulnerables contra un ataque de Alemania, aliado de Austria, así que ordenaron la movilización total.

3. Una vez que Rusia se movilizó contra Austria y Alemania, por supuesto, Alemania se vio obligada a movilizarse. Sin embargo, el problema de Alemania era que Rusia estaba aliada con Francia, y los generales alemanes temieron que mientras ellos se movilizaban contra Rusia en el Este, Francia podría atacarles desde el Oeste. Decidieron resolver este problema intentando dejar a Francia fuera de combate con un ataque relámpago. Así que Alemania invadió Francia.

4. El plan alemán para invadir Francia suponía atravesar Bélgica. A nadie le importaba mucho Bélgica, a pesar de que existía un antiguo tratado (1839) que permitía (pero no obligaba) a Inglaterra defender la neutralidad de Bélgica. Sin embargo, a Inglaterra sí le preocupaba Alemania, que estaba creciendo con rapidez y amenazada el control británico de los océanos, el comercio mundial y las colonias. Así que cuando Alemania invadió Bélgica, Gran Bretaña usó el tratado de 1839 como una excusa para declarar la guerra a Alemania.
Y así es como una disputa entre Austria y Serbia condujo a la guerra entre Inglaterra y Alemania. 

(Writing the Blockbuster Novel, por Albert Zuckerman, pág. 43-44)



PRIMER BORRADOR DE “EL HOMBRE DE SAN PETERSBURGO”, por KEN FOLLET (1980)




Publicado el Martes, 16 marzo 2010
Cerca del final de la primera década del siglo XXI quizá dispongamos de suficiente perspectiva como para hacer una recopilación de imágenes del siglo pasado. En el siglo XX nacimos y vivimos aún la mayoría de los que habitamos este planeta en la actualidad, por lo que con toda seguridad esta selección resultará familiar y cercana, en mayor o menor medida, a prácticamente todos nosotros. Al menos éso es lo que hemos intentado…

El siglo de las luces y las sombras

Izquierda: Un ciudadano de París llora impotente ante el desfile de tropas alemanas por los Campos Elíseos el 14 de junio de 1940. Derecha: Soldados republicanos españoles de “La Nueve” (9ª Compañía de la División Acorazada Leclerc). Esta compañía tuvo el honor de ser el primer destacamento aliado que liberó París de los nazis en agosto de 1944. De los 160 soldados que integraban La Nueve, 144 eran españoles.
No hemos pretendido recopilar veinte imágenes que definan o resuman los acontecimientos históricos del siglo XX; sino, sobre todo, algo tan subjetivo (y difícil) como seleccionar 20 imágenes que se nos hayan quedado grabadas en la memoria de entre los millones que pasaron a través de nuestra retina en una centuria en la que la representación gráfica de la realidad por medios diversos, empezando por la fotografía, adquirió carta de naturaleza como fenómeno masivo.
A pesar de que, como hemos dicho, no se trata de un resumen histórico del siglo XX en 20 instantáneas, con toda seguridad una buena parte de ellas —si no todas— definen de alguna manera la trayectoria de cien años que podríamos definir, parafraseando a Alejo Carpentier, como el siglo de las luces y las sombras… los dos elementos básicos que componen una fotografía.
Ver el álbum: “Las 20 imágenes el siglo XX” »
1918: El hombre del siglo. Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) se dirige al pueblo de Moscú durante la celebración del primer aniversario de la Revolución socialista de Octubre en la Plaza Roja. La francesa (128 años antes) y la rusa fueron las dos revoluciones inicialmente de ámbito nacional que marcaron posteriormente el devenir histórico de la Humanidad con carácter global y, en el caso de la rusa, la consolidación de un movimiento político que fue —en términos objetivos— el más poderoso, masivo e influyente del siglo XX: el comunismo. Parte de la historiografía mantiene que la revolución de los soviets de obreros, campesinos y soldados liderada por Lenin y los bolcheviques —que triunfó bajo el lema “Por el pan, la paz y la libertad” (versión actualizada del tríptico “Libertad, igualdad y fraternidad” de la revolución francesa)— fue el verdadero punto de partida del siglo XX si se considera la Primera Guerra Mundial como el último conflicto por el reparto del mundo entre los grandes imperios europeos del siglo XIX.
1921: El ingenioso hidalgo de los tiempos modernos. El genial cómico británico Charles Spencer Chaplin (1889-1977) en su papel de Charlot en el film The boy. Con Charlot, Chaplin construye un personaje universal que representa al héroe anónimo. Charlot es el working class hero que, sin apenas recursos y armado sólo de su ingenio, hace frente a los desafíos que le plantea el entorno deshumanizado y hostil de la nueva sociedad industrial, los llamados Tiempos modernos (otro de sus films). Charlot se convierte así en el ingenioso hidalgo universal del siglo XX.
1936: Una bala en el corazón de España. Un miliciano leal a la República cae abatido por un proyectil de las tropas fascistas en una de las primeras batallas de la Guerra de España; conflicto que según muchos historiadores supuso un ensayo general de los planes de conquista que se cernían sobre Europa por parte del Eje Roma-Berlín, que prestó el apoyo decisivo a los militares rebeldes para su asalto al poder democrático de la España republicana. (Foto: Robert Capa)
1939: Comienza la guerra en Europa. El 1 de septiembre soldados alemanes quiebran un paso de vehículos en la frontera polaca iniciando la invasión. A raíz de este hecho, Gran Bretaña y Francia declaran la guerra al III Reich alemán dos días después: comienza la guerra en Europa.
1943: El infierno está en la Tierra. Tropas nazis desalojan a vecinos de un edificio del Gueto de Varsovia. Durante los tres años de su existencia, el Gueto de la capital de Polonia pasó de 400.000 a 50.000 habitantes como consecuencia de las deportaciones a campos de exterminio y las muertes por hambre y enfermedades.
1945: Los tres grandes. Del 4 al 11 de febrero se celebra en la ciudad soviética de Yalta (Península de Crimea) una decisiva Conferencia en la que los líderes de las tres grandes potencias aliadas acordaron el futuro nuevo orden en el continente europeo tras su inminente liberación del yugo nazi-fascista. De izquierda a derecha (sentados): Winston Churchill (primer ministro de Gran Bretaña), Franklin D. Roosevelt (presidente de EEUU) y Iósif Stalin(presidente del Consejo de ministros de la URSS). De pie, tras ellos, oficiales asesores británicos, estadounidenses y soviéticos que participaron en la Conferencia. (Foto: US Signal Corps)
1945: ‘Good bye!, Japan’. El 23 de febrero soldados estadounidenses erigen la bandera de las barras y las estrellas en la cima del Monte Suribachi, en la isla volcánica de Iwo Jima (1.200 km al sur de Tokio). Tras la victoria de EEUU en la Batalla de Iwo Jima, la derrota militar del Imperio de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial eran ya sólo cuestión de tiempo. (Foto: Joe Rosenthal)
1945: La hoz y el martillo sobre Berlín. El 2 de mayo un soldado soviético hace ondear la bandera roja de la victoria sobre el Reichstag berlinés; de fondo, las ruinas humeantes de la capital del Reich alemán “de los mil años”. La guerra en Europa llega a su final con la derrota militar de Alemania y la liberación del continente tras una larga guerra contra el fascismo en la que murieron millones de personas. (Foto: Yevgueni Jaldei)
1945: El ángel de la muerte visita Hiroshima. La ciudad japonesa de Hiroshima convertida en una planicie arrasada tras el ataque nuclear perpetrado por Estados Unidos el 6 de agosto de 1945. Una única bomba atómica lanzada (bautizada como Little boy) ocasionó la muerte instantánea de 120.000 personas, en su inmensa mayoría civiles, y más de 300.000 heridos. Tres días después EEUU hizo detonar otro artefacto nuclear sobre Nagasaki cuyo macabro saldo sumó otras 75.000 muertes directas. Las letales consecuencias de la radioactividad de estos dos crímenes contra la Humanidad aún persisten en nuestros días entre la población nipona.
1945-1946: Criminales nazis en el banquillo. Algunos de los criminales de la plana mayor del partido nazi alemán durante una de las sesiones de los llamados Juicios de Núremberg. En la imagen, el banquillo de los acusados en el Proceso principal. A la izquierda (de arriba a abajo): Hermann Goering, Rudolf Hess, Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel; a la derecha (de arriba a abajo): Karl Doenitz, Erich Raeder, Baldur von Schirach y Fritz Sauckel. Los procesos de Núremberg han sido considerados el punto de partida para la posterior aplicación del concepto de justicia universal en la persecución de los delitos tipificados como crímenes de guerra, genocidio, guerra de agresión y crímenes contra la Humanidad. Conceptos jurídicos que desde entonces sólo han sido implementados en contadas ocasiones y sólamente en un sentido: vencedores frente a vencidos. Crímenes contra la Humanidad como los bombardeos indiscriminados angloamericanos que tuvieron como principal objetivo ocasionar decenas de miles de muertos entre la población civil de ciudades alemanas como Dresde o Hamburgo o los salvajes ataques nucleares de EEUU sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, nunca fueron vistos ni juzgados por tribunal internacional alguno. (Foto: Deutsches Bundesarchiv).
1951: El genio del siglo. El científico de origen alemán Albert Einstein (1879-1955), autor de la Teoría General de la Relatividad y de la más famosa aunque no tan comprendida ecuación de la historia (e=mc²) posa ante la cámara de forma provocadora e irreverente a la salida de la fiesta de su 72 cumpleaños en la Universidad de Princeton (Nueva Jersey, EEUU). Einstein, al que bien prodríamos definir como “ciudadano del mundo”, fue un personaje comprometido con los ideales de la justicia y la igualdad que tuvo tres nacionalidades a lo largo de su vida: alemana, suiza y estadounidense. A este respecto él mismo afirmó en una entrevista: “Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadounidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos, que era un científico alemán; y los alemanes que era un astrónomo judío”. (Foto: Arthur Sasse)
1954: El ‘star system’ en todo su esplendor. Esta popular imagen de la actriz estadounidense Marylin Monroe(1926-1962), sex symbol por excelencia de la década de los años 50 que aún hoy permanece, proyecta de forma luminosa la consolidación del star system de Hollywood, máxima expresión de la cultura de masas americana convertida en un fenómeno de alcance mundial. La década feliz que emerge tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial tiene un cierto paralelismo con los “Felices años 20” posteriores a la Gran Guerra de principios del siglo. Pero, bajo el oropel de Hollywood, los 50 también tienen sus sombras, como los primeros años de la Guerra Fría, el MacCartysmo y el acceso al poder del complejo militar-industrial en EEUU o la Guerra de Corea.
1960: La Foto del siglo. El revolucionario comunista argentino-cubano Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967), mundialmente conocido como Che Guevara o ‘El Che’ es captado en esta instantánea de un reportero gráfico cubano durante un acto en La Habana. El Che mira desde el estrado hacia el cortejo fúnebre de los caídos en un acto de sabotaje terrorista promovido por la CIA el 5 de marzo de 1960, transcurrido poco más de un año desde el triunfo de la Revolución en la antigua colonia española. Se diría que, por su nítida y profunda expresión, el Che mira de frente desafiando a La Historia, con mayúsculas. La imagen recorre y traspasa rápidamente océanos, continentes y fronteras y se convierte no sólo en un símbolo de la Revolución cubana, sino también de varias generaciones de jóvenes que quieren cambiar el mundo de verdad. Es el icono del hombre nuevo. El símbolo y lo que simboliza el Che siguen igual de vigentes en nuestros días a lo largo y ancho del planeta. Da igual dónde estemos o dónde vayamos, por doquier El Che nos atravesará con esa profunda mirada desde un mural, un póster o una camiseta. Con esta imagen, que podríamos definir con toda seguridad como la foto más reproducida y con más impacto de la historia, comienzan los años 60, La década prodigiosa. (Foto: Alberto Korda)
1961: La URSS, en lo más alto. El piloto soviético Yuri Alekseiévich Gagarin (1934-1968), seleccionado entre otros 20 cosmonautas, se convierte en el primer ser humano en viajar al espacio. El 12 de abril de 1961 la nave Vostok 1 despega del cosmódromo de Baikonur (RSS de Kazajistán, URSS). Tras realizar un vuelo orbital automático sin complicaciones, Gagarin aterrizó en la estepa rusa. Una campesina fue la primera persona en ver al cosmonauta cubierto por su traje espacial. “¿Vienes del espacio exterior?”, preguntó la anciana. “Ciertamente, sí”, dijo Gagarin que, para calmar a la campesina, se apresuró a añadir: “Pero no se alarme, soy soviético”. Cuatro años antes, en 1957, la URSS puso en órbita el primer ingenio espacial humano: el satélite Sputnik 1.
1969: El cuarteto prodigioso. Los Beatles cruzan Abbey Road (Londres). Esta foto se convirtió en imagen de la portada del disco homónimo Abbey Road, considerado por muchos la obra cumbre del grupo musical británico, editado poco antes de su disolución. The Beatles, cuyo origen está en la ciudad inglesa de Liverpool lo conformaban John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr. Tal fue la repercusión internacional y el éxito popular de esta banda de rock que a ellos mismos se les atribuye la frase: “Somos más famosos que Jesucristo”.
1969: Nuestra huella en otro mundo. El 21 de julio el ciudadano estadounidense Neil A. Armstrong, ingeniero aeroespacial y comandante de la misión Apolo XI de la Agencia Espacial Norteamericana (NASA), es el primer ser humano en poner el pie en la Luna acompañado del piloto militar Edwin E. Aldrin. El 24 de julio los tres astronautas que formaron parte de la expedición (los dos anteriormente citados y Michael Collins) amerizaron sanos y salvos en aguas del Océano Pacífico. Las misiones del Programa Apolo de la NASA constituyen un récord imbatido en décadas de historia de la exploración espacial: fueron las primeras y, hasta el momento, las últimas expediciones tripuladas a otros cuerpos celestes. Más de cuarenta años después, las huellas de los astronautas del Apolo XI siguen grabadas en la superficie de la Luna debido a la ausencia de atmósfera o factores de erosión a corto plazo en su inerte suelo. Huellas que también siguen impresas en nuestra memoria. (Foto: Edwin E. Aldrin)
1972: Vietnam, el mártir victorioso. El 8 de junio de 1972 las Fuerzas Aéreas de EEUU bombardean con napalm a la población vietnamita en Trang Bang. Cinco niños huyen aterrorizados del lugar. En el centro de la imagen destaca la frágil figura desnuda de la niña vietnamita Kim Phuc, con quemaduras de tercer grado en todo su pequeño cuerpo. Su ropa se volatilizó calcinada por la ola de fuego ocasionada por la bomba estadounidense. Esta foto, realizada por un corresponsal coreano y galardonada con el premio Pulitzer, resume en si misma el horror de la guerra, y su visión sigue provocando rabia e indignación. Tres años después de ser captada la imagen, las tropas comunistas vietnamitas del Norte y del Sur, formadas en su mayoría por campesinos pobres, tomaron Saigón e infligieron a la gran superpotencia una derrota militar sin paliativos. Y ello a pesar de que EEUU arrojó en la Guerra de Vietnam más toneladas de bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial. (Foto: Nick Ut)
1980: La imagen de la muerte. Estremecedora imagen de la mano de un niño sentenciado a muerte por el hambre en Uganda. (Foto: Mike Wells)
1989: Un beso envenenado. Este efusivo saludo en Berlín (capital de la República Democrática Alemana) entre Mijáil Gorbachov, secretario general del PCUS, y Erich Honecker (1912-1994), presidente del Consejo de Estado de la RDA, resume dos acontecimientos interrelacionados del final del siglo XX: la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS. Ambos hechos dan inicio a la fase histórica en que aún nos encontramos: un nuevo orden internacional mucho más inestable que el surgido de los Acuerdos de Yalta tras la Segunda Guerra Mundial y que se caracteriza por un aumento de las guerras, las desigualdades, la pobreza, los nacionalismos y el fanatismo religioso.
1993: En pie con el puño en alto. Nelson Mandela, líder de la nueva República de Sudáfrica nacida tras el final del régimen racista del Apartheid, saluda con el puño en alto durante su visita a una escuela en las afueras de Johannesburgo. La eminente figura de Mandela aún sigue siendo por méritos propios uno de los más destacados símbolos de la lucha por la libertad y la igualdad en África y en el resto del mundo.
Localización de las ’20 imágenes del siglo XX’:
Moscú (RSFS de Rusia, URSS), Los Ángeles (California, EEUU), Provincia de Córdoba (República Española), Frontera polaco-alemana (Polonia-Alemania), Varsovia (Polonia), Yalta (Crimea, URSS), Isla de Iwo Jima (Japón), Berlín (Alemania), Hiroshima (Japón), Núremberg (Baviera, Alemania), Universidad de Princeton (Nueva Jersey, EEUU), La Habana (República de Cuba), Cosmódromo de Baikonur (RSS de Kazajistán, URSS), Abbey Rd.(Londres, Gran Bretaña), Mare Tranquilitatis (Luna), Trang Bang (Vietnam), Región de Karamoya (Uganda) y Johannesburgo (República de Sudáfrica).
Número de imágenes por década y años:


  • Primeros años, 1900-1919 (1): 1918 (1)
  • Década de los 20 (1): 1921 (1)
  • Década de los 30 (2): 1936 (1), 1939 (1)
  • Década de los 40 (6): 1943 (1), 1945 (5)
  • Década de los 50 (2): 1951 (1), 1954 (1)
  • Década de los 60 (4): 1960 (1), 1961 (1), 1969 (2)
  • Década de los 70 (1): 1972 (1)
  • Década de los 80 (2): 1980 (1), 1989 (1)
  • Década de los 90 (1): 1993 (1)

  • “Las 20 imágenes del siglo XX” está publicado bajo una licencia Creative Commons.
    Texto de introducción y pies de foto: Paco Arnau / Ciudad futura • Madrid, MMX