20/01/2018


El pasado 8 de noviembre de 2016 Donald Trump gana las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América contra todo pronóstico, haciendo triunfar una nueva manera de hacer política que marca la entrada a una nueva era de interrelación entre países a nivel mundial. Pocos meses antes parecía -según todos los sondeos- que Hillary Clinton tenía las elecciones ganadas, gracias a disponer del soporte de una gran parte del poder político, económico, cultural y periodístico, incluidos los periódicos tradicionalmente republicanos. Pero en las últimas semanas Donald Trump y su “autoconstrucción” de una imagen de líder antiélites, y a partir de un discurso xenófobo, en contra de la inmigración y con ataques frontales a la prensa tradicional, consiguieron una mayor presencia en los medios de comunicación hasta el punto de convertirse en decisiva para su elección. Creó un discurso político y lo emitió a través de instituciones políticas, el cual fue difundido en los medios de comunicación a través de declaraciones controvertidas que eran recibidas como aceptables por la sociedad donde y para las que eran emitidas. La estrategia de Trump iba dirigida a dominar la producción y la difusión de la verdad al estilo de los cinco puntos que explicaba Michel Foucault(1):
“en sociedades como las nuestras la «economía política» de la verdad está caracterizada por cinco rasgos históricamente importantes: la «verdad» está centrada en la forma del discurso científico y en las instituciones que lo producen; está sometida a una constante incitación económica y política (necesidad de verdad tanto para la producción económica como para el poder político); es objeto bajo formas diversas de una inmensa difusión y consumo (circula en aparatos de educación o de información cuya extensión es relativamente amplia en el cuerpo social pese a ciertas limitaciones estrictas); es producida y transmitida bajo el control no exclusivo pero si dominante de algunos grandes aparatos políticos o económicos (universidad, ejército, escritura, medios de comunicación); en fin, es el núcleo de la cuestión de todo un debate político y de todo un enfrentamiento social (luchas «ideológicas»)”.
Del conjunto de estas estrategias salió un nuevo concepto, la posverdad, que no se puede desligar de la crisis de credibilidad de los medios de comunicación tradicionales y de dicho “objetivos”, junto con la fuerza de les redes sociales con las que consiguió llegar al electorado y dar el vuelco a sus intenciones de voto. Como afirmaba Foucault, el poder se tiene que analizar de una manera circular y en cadena, y sin poderse centralizar en manos de unos pocos, sin capacidad del poder de apropiárselo. El poder funciona y se ejerce en red, donde los individuos no sólo lo pueden sufrir si no también lo pueden ejercer.
Como antecedente teníamos la sorpresa que había supuesto el Brexit en el Reino Unido, del golpe al proceso de paz con las FARC en Colombia y de la visión que Black Mirror nos había dado del mundo. Entonces nos llega el triunfo de Donald Trump que supone la oclusión de la palabra “Post truth” como definición del tiempo actual en el que vivimos.  Michel Foucault decía que el discurso no refleja la realidad, sino que la construye, para lo cual intentaba entender los contextos y la genealogía del discurso. En este sentido no buscaba mostrar la verdad o falsedad de las proposiciones, sino los “regímenes de verificación” referidos al contexto y a las estructuras que permiten que un discurso se acabe convirtiendo en verdad.
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Donald Trump
El neologismo “Posverdad” o verdad emotiva, “Post truth”, permite describir una forma actual de crear y modelar la opinión pública donde los hechos objetivos tienen menos capacidad de influencia que la apelación a las emociones y a las creencias personales. Es decir, que lo que nos hace sentir lo que pasa es más importante que lo que realmente está pasando.
En política el debate se enmarca en las apelaciones a las emociones desconectadas de los hechos. Tampoco es un hecho excepcional ya que el 80% de las campañas políticas recurren a un sentimiento, y sobre todo, al miedo. Pero nos encontramos en que la posverdad puede que no cambie el fondo pero si la forma. Se sobrepasa el hecho de falsificar la verdad al entender que la apariencia de verdad es más importante que la propia verdad, es decir, que los hechos reales pasan en un segundo plano después de la modificación de la realidad con unos fines concretos. En este sentido la política metamorfosea los contextos, mezcla los conceptos y da la vuelta a la verdad según sus objetivos. En definitiva es sencillamente mentira, estafa o falsedad encubierta bajo el nombre convertido en políticamente correcto de posverdad. En el año 2016 los diccionarios de Oxford la consideraron la palabra del año “Post truth”(2) debido al aumento de su utilización de un 2.000% respeto al año 2015 debido a su uso en relación con el Brexit y en estas últimas elecciones presidenciales en los Estados Unidos.
La excesiva exposición en las redes sociales, su popularidad y la sobre información que ofrece Internet sirven a los partidos políticos y a sus partidarios como canal directo de comunicación con los ciudadanos sin pasar por ningún tipo de filtro ni periodístico ni de reconocimiento de las fuentes de información, haciendo desaparecer así la categoría de autor que desarrolla Michel Foucault(3). El uso intensivo de Internet ha transformado la naturaleza de la comunicación en las sociedades contemporáneas, un entorno que resulta cada vez más problemático y complejo después de haber superado la comunicación pensada exclusivamente en clave unidireccional. Esto permite desarrollar una serie de estrategias de propaganda negra basada en el desprestigio, la falsedad y la desinformación con unos objetivos concretos como ya había desarrollado Joseph Goebbels, ministro de propaganda Nazi. Por lo tanto son ideas que no son nuevas, ya a mediados del s.XX Orwell hablaba del Ministerio de la Verdad y de la neolengua en su novela “1984” y al mismo tiempo que Foucault lo hacía sobre el panóptico y los medios como mecanismo de control social a “Vigilar y castigar” no muy lejos de lo que intenta la posverdad: propaganda, desinformación y distracción masiva; unos significados que no son pasos nuevos. Para los postestructuralistas como Michel Foucault nada une ya el significante con el significado trayendo a la deriva del significado y de la verdad (4).
Muchos políticos han transformado el costoso arte de encontrar la verdad en una construcción de verdades fastnews. No elaboran sus efímeras verdades sobre las bases filosóficas de la verdad, derivada de la postmodernidad, sino por su uso pragmático, abusivo e ignorando que manifiesta el escepticismo y el cansancio con los grandes ideales del pasado. Es cierto que la imposibilidad de una cimentación inequívoca, última y única de la verdad es el aspecto más llamativo de la posmodernidad, un aspecto que en parte denuncia Michel Foucault entendiendo la verdad como un relato construido con el único fin del control totalitario de la ciudadanía.
Al mismo tiempo la discusión sobre la posverdad durante las elecciones presidenciales en Estados Unidos fue acompañada por la campaña de “fake news”, una serie de noticias falsas que la gente replicaba básicamente por Facebook. Ante la demanda de noticias por parte de los seguidores políticos de los candidatos, nuevos emprendedores encontraron una manera fácil de ganar dinero con la producción de noticias con el único objetivo de que acabaran convirtiéndose en virales, buscando el máximo de reproducciones y transmisiones por Facebook y por las redes sociales.
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Unas noticias eran el producto de la más pura mentira o de quienes sencillamente manipulaban las noticias ya existentes para producir el efecto deseado en sus lectores. Esta oferta de noticias fue muy bien recibida por un tipo de público, sobre todo por parte del público conservador estadounidense. Un electorado que ya hace algunos años que el partido republicano ha aislado del mundo ilustrado, dando cabida al discurso negacionista de la evolución y del cambio climático, a la retirada de los fondos públicos de los centros de planificación familiar, que ha combatido la negociación colectiva y ha bloqueado el sistema público de salud, o ha protegido el lobby de la posesión de armas mientras invocaba a la libertad, una demostración más de que el concepto de posverdad no es tampoco tan reciente. Como dice Foucault(1)
“la verdad no está fuera del poder, ni sin poder (no es, a pesar de un mito, del que sería preciso reconstruir la historia y las funciones, la recompensa de los espíritus libres, el hijo de largas soledades, el privilegio de aquellos que han sabido emanciparse)”.
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Michel Foucault
Ciertamente, y según Foucault(1), el saber transmitido adopta siempre una apariencia positiva mientras juega a la exclusión para los que no tienen derecho al conocimiento o sólo para un tipo impuesto por un filtro escondido bajo un aspecto desinteresado, universal y objetivo de conocimiento. Un saber que es dirigido por los “circuitos reservados del saber” que forman el aparato de producción, la administración y el gobierno, en definitiva los poderes que tienen la capacidad de dirigir los mensajes que quieren dar a sus electores y que implica su formación, para acabar obteniendo su conformidad política. Donald Trump rompe así la dicotomía que el saber oficial representa al poder político dentro de una clase acomodada en contraposición con la lucha de los movimientos populares por sus derechos. Él busca, aprovecha y manipula el discurso de la defensa de las clases populares para hacerse con el poder del saber oficial. Entiende la expresión del orden del discurso de Michel Foucault para cambiar los referentes comunicativos y de influencia que habían hasta ahora mientras manipula el discurso, las prácticas y los eventos que hasta el momento constituían los lenguajes del poder, condicionando la creación, la producción y la manera de difundir los mensajes dentro de la sociedad, y creando un discurso verdadero parasu propia sociedad. Como plantea Foucault(1):
“La verdad es de este mundo; está producida aquí gracias a múltiples imposiciones. Tiene aquí efectos reglamentados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su «política general de la verdad»: es decir, los tipos de discursos que ella acoge y hace funcionar como verdaderos; los mecanismos y las instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o falsos, la manera de sancionar unos y otros; las técnicas y los procedimientos que son valorizados para la obtención de la verdad; el estatuto de aquellos encargados de decir qué es lo que funciona como verdadero.”
De este modo logra que su electorado desconfíe de los grandes medios de noticias tradicionales, unos medios que de manera mayoritaria habían apoyado la candidatura de Hillary Clinton y que se encontraron sorprendidos al ver que su capacidad de influencia había sido superada por otras formas de transmisión de noticias y de información a través de las redes. Una oferta nueva y que ha resultado mucho más efectiva.
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Un redactor de noticias falsas, en una entrevista al diario The Washington Post(5), explica cómo los electores de Trump no verificaban ninguna noticia antes de hacerla viral por Facebook y cómo de manera compulsiva apoyaban cualquier noticia que estuviera alineada con sus tésis políticas. En las semanas precedentes al día de la victoria de Donald Trump en las elecciones del 8 de noviembre, proliferó una gran cantidad de informaciones falsas y fantasiosas que circulaban por Facebook, provocando la acusación a esta red social de haber contribuido a su victoria al dejar circular por su red las noticias falsas. En este caso la estrategia de Trump tiene en cuenta que lo importante no es la verdad, sino el conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso, tal como explica Foucault(1): “Existe un combate «por la verdad», o al menos «alrededor de la verdad» —una vez más entiéndase bien que por verdad no quiero decir «el conjunto de cosas verdaderas que hay que descubrir o hacer aceptar», sino «el conjunto de reglas según las cuales se discrimina lo verdadero de lo falso y se ligan a lo verdadero efectos políticos de poder»; se entiende asimismo que no se trata de un combate «en favor» de la verdad sino en torno al estatuto de verdad y al papel económico-político que juega. Hay que pensar los problemas políticos de los intelectuales no en términos de «ciencia/ideología» sino en términos de «verdad/poder»”.
Hay que ser conscientes de que las redes sociales son la segunda fuente de información de noticias políticas estadounidenses por detrás de la televisión. Mark Zuckerberg, presidente y fundador de Facebook, negó la acusación pero si reconoció que los usuarios estaban inclinados a compartir y leer los artículos que están alineados con sus posiciones ideológicas personales previas. Entonces es cuando Mark Zuckerberg anuncia 7 puntos(6) para intentar controlar las noticias falsas, al tiempo que se defendía diciendo que podía certificar que el 99% de las noticias que corren por Facebook(7) tienen la garantía de veracidad, un hecho absolutamente imposible de comprobar. Igualmente intentó defenderse meses antes de las elecciones diciendo que Facebook era sólo una plataforma tecnológica y que no era responsable de sus contenidos, pero cuando dice estas palabras olvida su capacidad de censurar el sexo y los desnudos en sus páginas, una buena muestra de lo que puede llegar a hacer si se lo propone y le interesa. Pero lo que dice Quarz (8) es que Donald Trump invirtió 56 millones de dólares en propaganda en Facebook, casi lo mismo que en televisión (68 millones). Como dice Foucault (1)
 La «verdad» está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que induce y que la acompañan. «Régimen» de la verdad”. 
Este conjunto de declaraciones contradictorias de Mark Zuckerberg sólo sirven para explicar que la forma de uso de estas plataformas está por delante de los que sus propietarios pueden llegar a pensar y planificar. Según BuzzFeed(9) la mayoría de las 20 historias falsas que vendían webs especializadas “hoax” o blogs partidistas provocaron 8,7 millones de interacciones, mientras que las 20 de los lugares considerados serios The New York Times, The Washington Post y el Huffington Post obtuvieron 7,4 millones de reacciones.
El jefe de campaña de Donald Trump y dueño de la web ultra Breibart, Steve Bannon, tuvo claro que una de las claves para llevar a Trump a ganar las elecciones era su capacidad de expansión dentro de Facebook y con él la expansión de su web Breitbart al público de masas. Una expansión que tuvo una segunda parte enfocada hacia una mirada a Europa y en las elecciones presidenciales en Francia. Una investigación de BuzzFeed(10), desvela que las noticias falsas que fueron colgadas en Facebook para la campaña electoral de Trump supusieron el 38% de los total de los mensajes emitidos a través de las redes sociales, mientras que los de Clinton fueron el 20%.
 En un estudio de Antoni Gutiérrez-Rubí(11), que analiza el uso de Facebook por parte de Clinton y Trump durante la campaña (del 12 de septiembre al 19 de noviembre) dice que la televisión de Trump fue realmente Facebook Live y sus diarios fueron verdaderamente los muros de esta plataforma utilizada por el 70% de los ciudadanos norteamericanos. Trump convirtió Facebook en su herramienta de persuasión, convicción y movilización, saltándose a cualquier intermediario, ya fuesen los periodistas, los programas, los canales, los propietarios, etcétera.
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También en El Orden del Discurso(12), Michel Foucault nos plantea que el poder se puede lograr mediante la normalización y aceptación por parte de la sociedad de una ideología o un discurso. Los discursos del poder buscan la manera de dejar claro y separar lo que para esta sociedad se considera normal o aceptable, y al mismo tiempo lo que se considera indeseable y rechazable. Un principio básico de exclusión que explica Foucault es absolutamente estratégico para Donald Trump en el momento que busca fijar en las mentes de sus votantes americanos mensajes como que la inmigración o la economía se pueden solucionar fácilmente desterrando a inmigrantes y convirtiéndolos en indeseables. Así desculpabiliza a los “buenos americanos” y responsabiliza a la parte de público que no le interesa. Una estrategia para construir una posverdad que en un principio parecía una gran farsa, pero que dio una visión de solución a un 40% de los norteamericanos.
“La cuestión política, en suma, no es el error, la ilusión, la conciencia alienada o la ideología: es la verdad misma”. Foucault(1)
 Marc Chalamanch

 Bibliografía:

(1) Foucault, Michel, Alvarez-Uría, F., & Varela, J. (1992). Microfísica del poder. La Piqueta. Disponible a: https://docs.google.com/viewer?a=v&pid=sites&srcid=ZGVmYXVsdGRvbWFpbnxhcG9ydGFjaW9uZXNmaWxvc29maWNhczRzZWN8Z3g6MmRjMjI0YmY4ZTMwNjgxZQ[Consulta 15 març 2017] capítol “Verdad y Poder” pàg. pàg.175- 189
(2) the Oxford Dictionaries Word of the Year 2016 is post-truth https://en.oxforddictionaries.com/word-of-the-year/word-of-the-year-2016
(3) Foucault, Michel (1969) “¿Qué es un autor?” . A: Obras esenciales de Michel Foucault I. barcelona: Paidós, 1999.
(4) Tubella, imma; Alberich, Jordi (2011) “Els media en la societat de la informació” Mòdul 1. Nous vells mitjans, noves velles teories. FUOC, 2011
(5) Dewey, Caitlin (2016) Facebook fake-news writer: ‘I think Donald Trump is in the White House because of me’. Washington Post
https://www.washingtonpost.com/news/the-intersect/wp/2016/11/17/facebook-fake-news-writer-i-think-donald-trump-is-in-the-white-house-because-of-me/?tid=sm_tw
(6) Bernish, Claire (2016) Zuckerberg Just Revealed Facebook’s 7-Point Plan to Censor “Fake News” and It’s Chilling. The free Thought project. http://thefreethoughtproject.com/facebook-censor-fake-news-zuckerberg/
(7) Ge, Linda (2016) “Mark Zuckerberg: over 99 percent of Facebook content is authentic” . Engadget.com  https://www.engadget.com/2016/11/13/mark-zuckerberg-says-99-percent-of-facebook-is-authentic/
(8) Fernholz, Tim (2016) “Mark Zuckerberg says fake news on Facebook could not have influenced the 2016 election”. Qz.com     https://qz.com/836079/mark-zuckerberg-says-fake-news-on-facebook-could-not-have-influenced-the-2016-election-of-donald-trump/
(9) Silverman, Craig (2016) “This Analysis Shows How Viral Fake Election News Stories Outperformed Real News On Facebook” Buzzfeed.com
https://www.buzzfeed.com/craigsilverman/viral-fake-election-news-outperformed-real-news-on-facebook?utm_term=.wvXALYk0L#.diBYkaGAk
(10) Silverman, Craig; Hall, Ellie; Strapagiel, Lauren; Singer-Vine, Jeremy; Shaban, Hamza (2016) “Hyperpartisan Facebook Pages Are Publishing False And Misleading Information At An Alarming Rate”. Buzzfeed.com https://www.buzzfeed.com/craigsilverman/partisan-fb-pages-analysis?utm_term=.xsYqlyM3l#.wlVREpBLE
(11) Gutierrez-rubi, Antoni (2016) “¿Tiene Facebook la clave del éxito electoral de Trump?”. Gutierrez-rubi.es
 


Marc Chalamanch, Barcelona, 2010
Paulatinamente nos convertimos en nómadas sin un espacio propio ni definido. Estamos obligados a vivir en un tiempo que no controlamos y que oscila entre diferentes mundos que tenemos que lograr interpretar para gestionar los compromisos a los que nos obliga. Vivimos inmersos en universos diferentes que se superponen e interactúan formando un gran mosaico en movimiento perpetuo dentro de un mundo global. Nos encontramos en un entorno de cambio permanente y de futuro indescifrable en el que se está construyendo un mundo formado por redes globales sustentadas por las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), que se convierten en el eje sobre el que gira un nuevo paradigma informacional, y del que somos partícipes desde la vivencia de una realidad digital tan real como la física. Dicho conjunto de realidades es capaz de impulsar el desarrollo de un nuevo orden informacional que nos permitirá, si queremos, ser actores activos de los cambios paradigmáticos que vivimos. El informacionalismo está estructurando nuestra sociedad de forma permanente y ubicua a través de tecnologías de código abierto, sometidas a un nuevo neodarwinismo ahora informacional, que modifica la noción que tenemos de espacio y tiempo, y donde la materialidad de la sociedad industrial se está transformando para convertirse en una digitalización que no entiende de límites.
A partir de aquí empezamos a explicar nuestro posicionamiento como arquitectos y urbanistas. Una posición que, a imagen de la sociedad en la que vivimos, viene marcada por la gestión de un entorno informacional cada vez más complejo y sumido en una continua y rápida transformación. Una transformación sin un rumbo predecible que afecta a todos los ámbitos de nuestro trabajo, y nos obliga a posicionarnos delante de una sociedad en perpetuo cuestionamiento. Este cambio estructural, consecuencia de la Sociedad Red, ha llevado a redefinir dos de las bases de nuestra existencia, el espacio y el tiempo. Como consecuencia, estamos obligados a dar respuesta a los dos pilares sobre los que se estructura nuestra sociedad, un nuevo concepto de espacio, el espacio flujo, y otro de tiempo, el tiempo atemporal, que inevitablemente coexistirán con los anteriores. Nuevos conceptos de espacio y tiempo que son producto de una transformación histórica, donde la tecnología marca la promesa de un nuevo devenir.
Tenemos que entender, como arquitectos, que el espacio ya no se organiza solamente alrededor de la idea de progreso o está destinado al desarrollo de las fuerzas productivas, como ocurría hasta ahora en la sociedad industrial. En la actualidad aparece el concepto de espacio de los flujos como la herramienta para dar forma material y soporte a procesos y funciones constituidos por nodos y redes que surgen de la Sociedad Red. Es el espacio que se construye alrededor de los flujos: de capital, de información, de tecnología, de interacción organizativa, de imágenes, sonidos y símbolos, pero también de personas e ideas. Flujos que se componen de múltiples y simultáneas secuencias de intercambio e interacción entre los diferentes actores sociales en todos los ámbitos de nuestra sociedad (políticos, económicos y simbólicos), es decir,la Sociedad Red se ha convertido realmente en una procesadora de flujos. A partir de aquí nos encontramos con la consecuencia de que los lugares, basados en la contigüidad y la práctica, el significado, la función y la localidad, ya no forman parte de espacios únicos, sino que adquieren un papel nodal entre múltiples espacios fragmentados y, en muchas ocasiones, desconectados. Como plantea Manuel Castells, estamos frente a “una nueva forma espacial característica de las prácticas sociales que dominan y conforman la Sociedad Red: el espacio de los flujos. El espacio de los flujos es la organización material de las prácticas sociales en tiempo compartido que funcionan a través de los flujos”1.
Paralelo a estos planteamientos, tenemos que gestionar una nueva noción de tiempo, un tiempo atemporal que queda, por primera vez, separado de la idea de lugar. Este tiempo deja de estar subordinado al espacio para dar lugar a una secuencia de acontecimientos desordenados y simultáneos. Se vuelve creación de y sobre lo imprevisible, e igual que se adapta a la aleatoriedad también tiene la facultad de reelaborarse. Un nuevo tiempo que ya no viene regulado por los ritmos biológicos ni por la esclavitud del reloj como en la sociedad industrial, sino que parece buscar la negación de la secuenciación para definir su propia existencia. Un tiempo que aparece comprimiendo y difuminando las secuencias de nuestras prácticas sociales, incluyendo las nociones de pasado, presente y futuro. Un tiempo atemporalque no es un tiempo único, sino que viene a sumarse a los anteriores, al tiempo biológico, altiempo burocrático, al tiempo industrial y dando origen a un tiempo que se convertirá en el activador de otros nuevos tiempos, como el tiempo glacial2. Nos encontramos dentro de un collage de tiempos múltiples que existen simultáneamente, a modo de una hipercronía que comparte una misma temporalidad en diferentes tiempos.
El lugar y el tiempo ya no son una misma unidad de construcción social, sino que están redefinidos por la aparición de la Sociedad Red, y este hecho cambia radicalmente la manera de afrontar la arquitectura y la reflexión sobre la ciudad y el desarrollo territorial. El lugar y el tiempo se han convertido en la máxima expresión de los cambios de las estructuras sociales y culturales de la Sociedad Red, que constituyen cambios que son articulados alrededor del paradigma Informacional.
En todo caso no podemos más que reconocer, como plantea Luis Mansilla3 “sospecho que el espacio, en realidad, no forma parte de nuestras preocupaciones, sólo el tiempo, que se derrama y escapa entre los dedos cuando intentamos atraparlo” y que en definitiva no tenemos nada salvo nuestro tiempo, porque es el tiempo el que se manifiesta en el espacio y el que acaba creando los lugares. Lugares que ahora se están empezando a desmaterializar convirtiéndose en sinapsis invisibles donde a los arquitectos solo nos queda la capacidad de generar temporalidades capaces de ser reconocidas en el espacio. Dichas temporalidades se transforman en un mundo en constante movimiento y donde el tiempo es quien nos permite percibir el lugar, es el que lo crea.
Marc Chalamanch


El tiempo biológico, característico de la mayoría de la existencia humana y todavía del grueso de la existencia humana), está definido por la secuencia programada de los ciclos vitales de la naturaleza.
El tiempo burocrático, es el tiempo biológico modelado por a lo largo de la historia, es decir, la organización del tiempo, en instituciones y en la vida cotidiana, en función de los códigos de los aparatos ideológico-militares que funcionan sobre los ritmos del tiempo biológico.
El tiempo industrial, con la paulatina imposición del tiempo de reloj en la era industrial se llega a constituir la medida y la organización de una secuenciación suficientemente precisa como para asignar tareas y orden a cada momento de la vida, comenzando por la estandarización del tiempo industrial y el cálculo del horizonte temporal de las transacciones financieras, dos componentes fundamentales del capitalismo que no podrían funcionar sin un tiempo reglado por el reloj.
El tiempo glacial, es el tiempo propuesto  por movimientos ecologistas, vivir el tiempo con una prespectiva cosmológica de longue durée, contemplando nuestras vidas como parte de la evolución de nuestra especie, y sintiéndonos solidarios con las futuras generaciones, y con nuestra herencia cosmológica. Concepto desarrollado por Scott Lash y John Urry en el libro “Economies of signs and space” 1994.

Artículo publicado en el blog personal de Marc Chalamanch el 25 de enero de 2014
Artículo publicado en Veredes el 30 de marzo del 2015


Entrevista de largo recorrido a un referente internacional de las ciencias sociales, que ante la situación presente afirma: “Las élites dirigentes españolas enlazan con una tradición centenaria de un Estado teocrático-imperial”


Pocos españoles hay hoy tan globales y citados como Manuel Castells.
Él, que nació y creció en el franquismo, se formó en el antifranquismo, vivió la revolución del mayo francés de 1968, experimentó la transición y fue pionero en ver las implicaciones de lo que crecía en Silicon Valley y –cerca– en el nuevo movimiento gay.
Él, que como pocos pueden hablar de esta España ahora a debate tras nacer en una provincia (Hellín, Albacete, 1942) que con el paso de Franco a la democracia pasó de la región de Murcia a Castilla-La Mancha; que estudió en la Barcelona de los movimientos universitarios; que vivió el cambio al Estado de derecho (con sus logros y sus olvidos) desde Madrid, pasando antes por el exilio de París y luego por el auge contracultural e innovador de San Francisco. Y después por Boston, Oxford, Cambridge, Tokio, Ciudad de México y un largo etcétera.

Él, que hoy responde desde Los Ángeles como catedrático de Comunicación y Sociedad de la University of Southern California, la Universitat Oberta de Catalunya y, también, del Instituto de Estudios Globales de París. Sociólogo y economista, innovador, ¿revolucionario fallido?, habla de crisis, crisis y más crisis. Las preguntas, extensas, tratan del ayer y el hoy. Sus respuestas piensan en el mañana.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
Se implicó en la política contra el franquismo en los años 60 en la Universitat de Barcelona, cuando era estudiante. En alguna entrevista ha recordado que, como mucho, había “50 militantes antifranquistas”. Hoy se recuerda aquella época como el punto de inicio de un (aún) débil movimiento universitario –rápidamente reprimido. Pero también por ser el punto de origen de gran parte de las élites políticas en la posterior transición y democracia. ¿De las rémoras de entonces surgen los posibles miedos y/o limitaciones de hoy?
El dato de “50” (simbólico, más que estadístico) se refiere a 1962, cuando iniciamos una serie de manifestaciones. Y claro que nos reprimieron y duro, aunque menos duro que a los obreros, porque todavía hay clases. Además, las redes de resistencia se reconstruyeron rápidamente y en los setenta había un verdadero movimiento de masas contra la dictadura, en un momento en que todo parecía posible. Por eso el franquismo institucional (no el mental) se descompuso de inmediato tras la muerte del dictador, si bien la visión y la personalidad de Adolfo Suárez como mediador entre lo viejo y lo nuevo fueron decisivas. De esa experiencia no perduran miedos. Pero sí limitaciones, aquellas que fueron plasmadas en la Constitución y en la permanencia de las reglas y ataduras que Franco dejó, aunque no pudiera atar todo como pensaba. La unidad de la nación española era la obsesión del dictador y es lo que dejó más asentado en el nuevo sistema institucional que se fue creando.

En pleno franquismo, escribió en la revista de la facultad de Derecho un artículo que se censuró. La publicación acabó desapareciendo. Luego realizó teatro en las calles y actos de movilización. Le acusaron de promover la homosexualidad por representar a Calígula de Albert Camus. Fue a la cárcel. ¿Aquello lo ve como algo lejano, o cree que aquellos tiempos de censura por cuestionar el orden establecido se repiten ahora dentro del sistema democrático, aunque con otras aristas? Hay quien cita como un ejemplo reciente el caso del joven andaluz multado por poner su cara en una estampa de Jesucristo.
La represión cultural sistemática, de hecho inspirada por la Iglesia en ese momento, y la censura política exterior a los medios de comunicación, se han generalmente superado en la democracia. Pero no así la mentalidad censora, el prohibir la palabra o la imagen por declararlas ofensivas (¿para quién?). Como es el caso reciente de la retirada forzosa de la instalación en Arco sobre los presos políticos catalanes. Hay formas represivas en el arsenal de textos legales que se activan cuando alguien con poder se molesta. Y sobre todo, hay censura interna en muchos medios de comunicación contra la que luchan diariamente los periodistas.


Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
En el antifranquismo los comunistas y la izquierda reivindicaban a la clase obrera, pero, en la práctica, era conocido el dicho de “sólo tienen un obrero y lo sacan a pasear los domingos”. ¿Es inevitable utilizar figuras difusas pero útiles para lo concreto e inmediato?
Bueno, los comunistas si tenían obreros. Los demás bastantes menos… La reivindicación de la clase obrera, como clase y no sólo como pobres o explotados, ha sido central para las luchas y transformaciones de la sociedad industrial. Desde hace tiempo ha perdido su centralidad. Pero lo que no ha cambiado es la persistencia de la explotación y de la desigualdad social. Y sobre todo la reproducción sistémica de esa desigualdad social, como ha demostrado [Thomas] Piketty a escala global. En general, los hijos de los ricos son ricos, los hijos de los pobres son pobres (aunque algunos puedan por méritos llegar a arriba, si bien tienen que ser 100 veces más listos que los que están), y los de medio pelo, mediopelean como pueden. Ahora bien, pensando en actores de cambios sociales fundamentales, son las mujeres (en movimiento y como individuos) las que, al tomar conciencia de su opresión/represión, la más antigua del mundo, están cambiando en unas décadas las coordenadas milenarias de la injusticia social.

En la universidad se reivindicaba como “revolucionario” pero no comunista, por cuestiones de “libertad”. Buscaban ser la “nueva generación del antifranquismo”, según ha relatado en alguna otra ocasión. ¿Qué planteamientos de entonces cree que se han cumplido con la democracia, y, en cambio, cuáles siguen sin llegar?
En lo esencial, las libertades características de la democracia liberal, aun con manchones y restricciones. Obviamente, la prioridad era acabar con el franquismo como dictadura opresiva y retrograda en todos los ámbitos de la sociedad. Y eso se consiguió en términos políticos e institucionales, aunque una mentalidad franquista subsiste en un sector de las élites dirigentes españolas, porque enlazan con una tradición centenaria de un Estado teocrático-imperial.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
“Lo importante era encontrar formas contra la dictadura que se podían hacer”, decía en una entrevista sobre los años de la transición. ¿Hoy también se trata de ‘amoldarse’ pero en un entorno democrático?
Tuve que amoldarme a la actitud razonable, absolutamente mayoritaria en la izquierda, de que teníamos que dejar atrás no sólo la dictadura, sino también el horror de la guerra civil. En eso estaba y estoy de acuerdo. Pero en aras de un consenso necesario sacrificamos cosas como la memoria histórica, sin la cual ningún pueblo puede superar los traumas. No había que olvidar ni perdonar, porque no nos concedieron la democracia, la conquistamos. Sólo ahora, con unas fuerzas armadas que en lo esencial son democráticas, empezamos a atrevernos a salir de la prudencia excesiva. Aun así, la represión sin contemplaciones del nacionalismo catalán demuestra que el Estado español y muchos dirigentes no entienden la importancia del diálogo para la convivencia y remiten a una Constitución que en muchos aspectos ha quedado desfasada porque la negociación fue sesgada por la amenaza latente de prolongar la dictadura.

“La imaginación al poder”



En 1962 se traslada a París, a un entorno del que siempre ha destacado el “sentimiento de libertad” que le transmitió en contraste con la realidad española; era ir al exilio, a una sociedad crítica y de una amplia vida intelectual (allí estaban Touraine, Deleuze, Foucault, etcétera.) Hoy se dice que este contexto creativo ya no existe ni en París ni en una ‘acomodada’ Europa (o incluso en Occidente). Y si así es, ¿hacia dónde cree que se ha trasladado?
Es cierto, en los años 60 y 70 París era el medio intelectual y de pensamiento más creativo del mundo, y ejerció una enorme influencia. Los pensadores de entonces aún siguen siendo la referencia en el mundo actual. Y desgraciadamente, es cierto que ese medio hace tiempo dejó de existir. En parte se debe a que el estilo de investigación y exploración es distinto; se ha profesionalizado. Pero sobre todo a que ese medio de elaboración intelectual de grandes temas no existe en ninguna parte, ni siquiera en Londres/Cambridge/Oxford o Nueva York, que sería lo que más se aproximaría al centro de irradiación intelectual que fue París. Lo esencial es que toda esa elaboración ha ido a redes globales de intercambio académico e intelectual, no sólo en Internet sino en relaciones e interacciones múltiples a través de lazos personales y de colaboraciones institucionales. Los maîtres à penser han desaparecido, no porque en la actual generación seamos más tontos o menos creativos, sino porque pertenecemos a un mundo globalmente conectado en el que hemos aceptado aprender de los demás en lugar de dictar nuestro pensamiento como individuos.

Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
A los 24 años fue profesor de Sociología y compañero de departamento de Alain Touraine, Henrique Cardoso, Henri Lefrebvre, etc., en Nanterre. Y en su clase empezó el mayo de 1968, un movimiento espontáneo (y compartido) que llevó a convocar elecciones generales en Francia y que, como ha reivindicado, “cambió la mentalidad del país” –aunque acabara aplastado y amenazado por los tanques. ¿Una revuelta parecida sería posible hoy, en una sociedad hiperconectada y online pero, quizá por ello, en cierta medida ‘desconectada’ de su posterior reflejo en las calles? ¿Tantas “interacciones”, como señala, no nos han hecho más descreídos e individualistas hasta hacer difícil movimientos tangibles como los de entonces?
No, al contrario. Las redes sociales han incrementado extraordinariamente la capacidad autónoma de los movimientos sociales, como demuestra, entre otros, el 15-M en España: ahí se gestó la crisis del sistema político. Y es que el poder institucional siempre se basó en el control de la comunicación y la información, y ese control ha sido desbordado en la era Internet. En realidad, los movimientos suelen gestarse en las redes de deliberación y movilización, luego salen a la calle, al fin llegan a las instituciones, pero siempre perduran en la red adonde se repliegan en caso de represión insostenible. Así fue en España y en otros países, con trayectorias variables. El último, en Chile.
Foucault decía que el mundo lo han hecho los locos. Los locos ahora parece que tienen que ser globales ante un capitalismo global, una élite global… ¿qué ‘loco global’ puede considerarse que puede existir ante esta otra “élite global”, como usted la ha denominado?
Estoy de acuerdo con Foucault, aunque él lo decía elogiando la locura de los que crean nuevos valores cuando todo parece imposible. En ese sentido los movimientos sociales, empíricamente observados como los actores del cambio histórico, son movimientos de locos que se atreven a desafiar al sistema contra toda lógica. Pero hay también locos peligrosos como Trump o el presidente norcoreano, que pueden cambiar este mundo haciéndolo estallar para no ceder en su narcisismo. Ante eso, la red global de locos que se atreven a pensar en otro mundo y a luchar por él, comprometidos y enredados, es la única pócima a nuestros instintos asesinos como especie.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
Usted señala una ruptura entre gobernantes y gobernados. Habla de desconfianza; del “colapso gradual de un modelo de representación y gobernanza: la democracia” con protestas que piden “democracia real ya” y “un torbellino de múltiples crisis”. Una galaxia “dominada por la mentira, ahora llamada posverdad” que ve surgir a Macron (definido como “enterrador de partidos”), Trump, el Brexit y Le Pen (como expresiones pos liberales); la descomposición política en Brasil; México como víctima de un narcoestado; Venezuela, un país casi en guerra civil; el derrocamiento popular de Park Geun-hye en Corea del Sur; un presidente filipino que practica la ejecución sumaria como método contra la inseguridad, una extrema derecha que sube a lo largo de Europa, las alternativas de Bolivia o Ecuador y un largo etcétera. ¿Sólo queda lo local e inmediato y falta perspectiva a largo plazo?
Eso es lo que dice la observación del mundo actual. No sólo no hay perspectiva a largo plazo; ni siquiera a corto. En la Casa Blanca todo cambia cada día. Y la Unión Europea se resquebraja. Los mercados financieros siguen siendo volátiles, cuando ya se había anunciado su estabilización. La nueva ola de revolución tecnológica –la inteligencia artificial– sacude industrias fundamentales, como la del automóvil, y desestructura los mercados laborales. Y los políticos profesionales sobreviven como pueden apurando sus últimas oportunidades. Lo que queda no es lo local, que también está carcomido por la lucha entre lo viejo y lo nuevo. Lo que queda son las personas. De lo que hagan los humanos como humanos, no como clase, o creyentes o votantes, depende en último término que seamos capaces de convivir.
Los Estados para sobrevivir necesitan el apoyo ciudadano. Pero la participación cae y la crítica se expande. Vemos la vuelta del nacionalismo y de los partidos de extrema derecha ante las que se consideran amenazas exteriores-globales, una alternativa que simplifica la complejidad existente. Una respuesta al miedo ya conocida en un pasado no tan lejano. ¿Qué nos denota su renovado auge?
Que la identidad, eso que tanto desprecian los autoproclamados “ciudadanos del mundo” (porque se lo pueden permitir), es el refugio comunitario que da sentido a quienes ya no confían en las instituciones. Ante el miedo a lo desconocido y a la pérdida de control sobre los mecanismos esenciales de la sociedad (con un dinero abstracto en mercados globales, unas fronteras permeables a gentes extrañas, unos flujos de comunicación y de imágenes sin códigos comunes), se apela a la tribu. Y aunque la invocación parece siniestra, la feroz competición individualista donde impera la ley de la selva tiene como consecuencia el protector espacio de lo comunitario. La cuestión entonces es de saber cómo tender puentes entre las comunidades, o sea las culturas.

“La peor forma de gobierno”



Una referencia de todo movimiento es “conectar ideológicamente con la gente”. Lo rememoraba con sus primeros pasos en la política española antifranquista. Ahora la política parece asentada en un juego de ‘catch all parties’ y ‘catch all candidates’ (o partidos y candidatos ‘atrapalotodo’), donde llevar la contraria se evita. ¿Faltan liderazgos? ¿Sobrevuela el miedo a llevar la contraria a una mayoría que se cree paralela a las encuestas de opinión?
En realidad hay dos tipos de políticas que se entremezclan en la actualidad. Una es la disputa de posiciones de poder dentro de un sistema institucional monopolizado por la clase política profesional y que trata al voto ciudadano como mercado y luego negocia entre sí, con poca atención a valores básicos de qué puede ser un país o un mundo mejores –donde todos juegan de defensa e incluso de cerrojo. Pero hay otra dimensión, que en realidad es ideológica, cultural, que conectan con sectores de la sociedad en términos de valores, identitarios o de proyecto. Esa política cultural es de hecho lo que está dominando la escena mundial. Eso es Trump. Eso es Brexit. Eso son los partidos nuevos como Ciudadanos (de nacionalismo español) o Podemos (para un cambio en los valores de vida). Esa es la política xenófoba y nacionalista del Este de Europa. Y eso es el islamismo, que se erige en un desafío intratable frente a nuestra envejecida democracia. Intentan realimentarse con la jalea real de las ‘grandes coaliciones’, o sea, todos juntos a aguantar a los bárbaros, mientras dure. Pero bárbaros de múltiples tribus ya acampan en las puertas de nuestros aterrados países.
Los límites a la soberanía hoy día son evidentes. ¿Cuál es el significado de patria, nación, etc., en un mundo global? Usted mantiene que “la democracia tal y como la conocimos ha colapsado”.
La soberanía cambia, pero la nación como comunidad cultural histórica y sentimiento colectivo, inductor de identidad y de movilización, es más fuerte que nunca. Y precisamente como reacción a la globalización. Lo que vivimos en España es el enfrentamiento de dos nacionalismos: el catalán y el español (en realidad tres, si añadimos el vasco –y tal vez mañana el gallego.) El Brexit es una reacción nacionalista. Y sobre todo Trump es un movimiento nacionalista identitario que no se va a disolver por ahora. Los globalizadores han sido nacionalizados. La democracia liberal ha colapsado porque ha perdido legitimidad en las mentes de los ciudadanos en todo el mundo. Y aunque hoy no hay alternativas –porque tienen que ir descubriéndose–, lo seguro es que las formas actuales de democracia se mantienen por inercia o represión. Poca gente se las cree. Y en último término son los humanos los que deciden cómo quieren vivir aunque cueste tiempo, sudor y lágrimas.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
Usted ha hablado del “Estado-red” como respuesta estatal a las amenazas de la globalización a su soberanía y para así poder ‘jugar’ en un mundo global, como lo sería en el ejemplo más logrado: la Unión Europea. Pero si el Estado-nación se ha organizado en redes de Estados ante un mundo de redes, ¿precisamente por ser en redes, es difuso y resulta difícil democratizarlo?
Exactamente. En un mundo de redes globales en todas las dimensiones esenciales de la existencia, las instituciones tienen que articularse en red, compartir proyectos comunes. La Unión Europea fue el proyecto institucional más innovador de la historia. Pero se olvidaron de los ciudadanos, se olvidaron de la nación y se olvidaron de la democracia. Mientras todo iba bien, fantástico no tener fronteras, moneda común y lo demás. Pero en cuanto hubo crisis de cualquier tipo, sean crisis financieras o crisis migratorias, nadie se fía de Bruselas y todos los países se re-nacionalizan.
La crisis ahondó en la legitimidad de las instituciones. Se critica la corrupción y se piden reformas, no que desaparezcan. ¿El reformismo más o menos radical es ahora la única alternativa? ¿La democracia liberal es, como decía Churchill en 1947, “la peor forma de gobierno excepto todas las otras que se han intentado”?
Todo depende de qué instituciones estamos hablando. Las actuales, características de la democracia liberal, parecen haber terminado su recorrido histórico porque en la práctica no siguen los mismos principios sobre los que la legitimidad estaba asentada. Las instituciones son siempre necesarias y siempre existirán, aunque en momentos de transición histórica pueden colapsar induciendo un periodo de caos hasta que los actores sociales y políticos las vayan recomponiendo, como ocurrió de hecho en los orígenes de la democracia liberal, por ejemplo en la revolución francesa.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
¿Las revoluciones sociopolíticas, como las crisis económicas dentro del capitalismo, son no sólo recurrentes sino en cierta medida ‘necesarias’ para equilibrar el propio sistema?
Las revoluciones políticas, violentas o pacíficas, son una constante de la historia porque corrigen los desfases que se producen en la práctica de las sociedades entre la evolución de la conciencia y la rigidez de las instituciones. Sin movimientos sociales y/o revoluciones políticas no existiría el cambio social. Y el cambio es ley de vida.

“Redes, redes, redes...”



Señala que “las redes se combaten con redes”, aunque estas redes hoy se den sobre todo en Internet, sean múltiples y, por lo tanto, sea complejo dar con una red similar a la que significaba –por ejemplo– una Internacional en los tiempos del dogma comunista, los Foros Mundiales, etc. ¿Cómo articularlas y hacerlas realidad?
Las redes de especulación financiera se combaten con redes institucionales de los Estados. Las redes de Estados sin participación ciudadana se combaten con redes de movimientos sociales para los que Internet es el espacio público común, permanente e invulnerable. Esto ya sucede a escala global. El Estado puede ser la vía para el cambio siempre y cuando sea transformado por movimientos sociales autónomos. Si no es así estamos en el gatopardiano aforismo de que todo cambie para que todo siga igual.
Manuel Castells
Manuel Castells (Mario Chaparro)
El independentismo en Catalunya como el 15-M a lo largo de España, espontáneos y en un principio minoritarios, cogieron auge con la crisis económica. Son redes. Y uno y otro pasan ahora, tras unos años de reivindicación, a intentar plasmarlo en los hechos tangibles. ¿Pedir demasiados cambios (algo similar al “seamos realistas, pidamos lo imposible”) es contraproducente o la única forma de estimular el cambio aunque con un resultado final parcial?
Es la única forma de que haya cambio real. ¿Quién se movilizaría por aumentar el PIB en un 1,35% o para eliminar las Diputaciones Provinciales? Le cuento una confidencia. En una asamblea durante el movimiento del mayo francés del 68 francés, en la que la mayoría insistíamos en boicotear las elecciones al considerarlas una trampa, Alain Touraine, que era solidario con el movimiento, pero no parte de él, trató de hacernos entrar en razón. Y Daniel Cohn-Bendit le espeto lo siguiente, literalmente: “Profesor Touraine, para que usted pueda ser un reformista con éxito, nosotros tenemos que ser revolucionarios fallidos”. No se puede expresar mejor la relación entre movimiento social y reforma institucional.
En España, precisamente, parece haberse roto el consenso constitucional de la transición y se piden reformas de fondo. ¿Es una oportunidad? ¿Cómo encarar esta pluralidad identitaria cuando los sistemas parlamentarios, en la base de las democracias liberales, los tiempos son largos y se centran en ir poniendo –por decirlo así– puntos sobre las íes?
En España se dan dos hechos políticos únicos en Europa. Por un lado, sobre el trasfondo del 15-M surgió una constelación política (Podemos y las confluencias) que a pesar de su inexperiencia, torpeza y bombardeo mediático y político, claramente se sitúa como agente de cambio social y en ruptura con el sistema aunque por dosis y etapas. El otro factor es la reconstrucción gradual de un PSOE claramente situado ahora en la tradición socialdemócrata renovada hacia la izquierda, mediante el liderazgo, refrendado por las bases y en oposición directa al aparato y a los históricos, de Pedro Sánchez. La perspectiva de futuro, a la izquierda y con una institucionalización del nacionalismo catalán y vasco, existe. Todo ello es una oportunidad para la reforma institucional, incluso constitucional, si hay una transformación más profunda del sistema político (pese al fardo del Senado, porque ahí empiezan a verse las limitaciones impuestas) y si se detiene la histeria nacionalista española que ha surgido no sólo en partidos o políticos, sino en buena parte del electorado más viejo.

Manuel Castells
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