Ahora que por fin empiezan a agrietarse los muros de la prohibición se hace patente una verdad incontrovertible: las drogas legales que consumimos cotidianamente, como el tabaco y el alcohol, son tan nocivas o más que las drogas ilegales, que los consumidores sólo pueden obtener en el mercado negro, arriesgando su salud y su libertad.
El gráfico que abre este artículo está extraído de un famoso artículo publicado en la revista médica The Lancet en 2010 en el que se planteaba un enfoque nuevo a la hora de calibrar la peligrosidad de las drogas: si el prohibicionismo se había basado en el daño –real o atribuido- de las diversas sustancias en el consumidor, el profesor David Nutt incluyó un criterio extra: el perjuicio que el consumo de esas drogas provocaba a la sociedad.
Profesor David Nutt. Ian Nicholson/PA Wire.

El resultado es clarificador: si bien las tres drogas más nocivas para el consumidor son ilegales –heroína, crack y metanfetamina, por ese orden-, la suma de los daños sociales e individuales provocados sitúa al alcohol como la droga más peligrosa, con mucha diferencia respecto a la segunda. Entre los criterios considerados a la hora de valorar los efectos sociales de cada sustancia están “los accidentes de tráfico, el impacto en la familiar o el daño medioambiental”, entre otros 7 criterios sociales.
Como era de esperar, la peligrosidad del alcohol (72 sobre 100) es mucho mayor que el del cannabis (20 sobre 100) y muchísimo más que el éxtasis, los hongos o el LSD, incluidas en la oprobiosa lista sobre estupefacientes de la ONU desde hace décadas.
La prohibición de las drogas se funda más en argumentos morales y en prejuicios de los legisladores que en argumentos científicos, que es lo que trata de reivindicar David Nutt con su estudio. Porque la ilegalidad del éxtasis, el LSD o la ayahuasca no sólo empuja a sus consumidores hacia la marginalidad sino que cercena de raíz la posibilidad de investigar sus potenciales beneficios terapéuticos. Según explicaba Nutt en una entrevista con Eduardo Punset en ‘Redes’,
“Sabemos que el éxtasis es útil para luchar contra el estrés postraumático, la psilocibina para combatir las migrañas y el LSD es muy útil para tratar a pacientes deprimidos y moribundos”.
El segundo gráfico, traducido por El Gato y la Caja a partir del original de The Lancet, muestra el daño físico y la dependencia de las distintas drogas. Los colores corresponden a la legalidad de las distintas sustancias en el Reino Unido: amarillas y rojas están prohibidas, mientras las naranjas (la franja central) se pueden vender y recetar legalmente.
Con información de The LancetNew AtlasWikipedia y TVE.
El gráfico traducido al español aparece en ‘Un libro sobre drogas’, recientemente publicado por la editorial argentina El Gato y la Caja.

¿Por qué escribir? reúne artículos, prólogos, discursos, conversaciones con el autor de Pastoral americana, y entrevistas que él mismo realizó con Levi, Kundera y otros.  

Roth envió una Carta a Wikipedia con correcciones a la información sobre algunas de sus novelas, pero el administrador del sitio se negó a modificarla porque consideró al escritor como fuente poco confiable. Foto: Adriana Groisman

EZEQUIEL ALEMIAN
Treinta y siete artículos (ensayos, entrevistas y discursos) de Philip Roth (1933-2018), aparecidos entre 1960 y 2013 en revistas diversas, seleccionados por el mismo autor, integran ¿Por qué escribir? El volumen, de casi 600 páginas, está organizado en tres secciones. La primera, “Lecturas de mí mismo”, recoge textos referidos principalmente a la irrupción literaria de Roth. Los cuentos de Goodbye Columbus (1959), no tanto sus novelas Deuda y dolores(1962) y Cuando ella era buena (1967), pero sobre todo El mal de Portnoy (1969), generaron intensos debates públicos, incluso con la intervención de rabinos, en los que se acusó a Roth de judío que se odia a sí mismo y antisemita.
Probablemente hoy pocos en la literatura considerarían desafiante la voz psicoanalítica de un judío lujurioso, adúltero y onanista, eufórico y vengativo, lleno de remordimientos. “Desmadrarse en público es lo último que se espera de la seriedad moral de un judío. Portnoy no era un personaje, era una explosión”, escribe Roth.
Si hasta entonces ninguno de sus libros había vendido más de 25 mil ejemplares, Portnoy llega rápidamente a los 420 mil. Roth vive en una zona boscosa a 160 kilómetros de Nueva York. Escribe durante todo el día, aislado en una habitación, pasea al atardecer y lee por la noche. Seis meses al año los dedica a la docencia. Cuando le piden que mencione escritores jóvenes que le gusten, nombra a Edward Hoagland, Sandra Hochman, Alison Lurie, Thomas Rogers, Richard Stern.
“Hasta que no me hube apropiado de la culpa como una idea cómica no empecé a notar que me alzaba libre y despejado”, le contesta Roth a George Plimpton en 1969. Antes le había recordado a Chéjov, para quien entre la solución del problema y una correcta presentación del mismo, “solo la última es obligatoria para el artista”. ¿En qué lectores piensa Roth? En “aquellos cuyas sensibilidades se han entregado por completo al escritor, a cambio de la seriedad de éste”.
Roth asegura que su escritura avanza por bloques de conciencia, a través de pedazos de material de diversas formas y tamaños que se mantienen unidos por asociación más que por cronología. Para Joyce Carol Oates el reconocimiento de una pérdida en la vida, el pesar por la pérdida y la aceptación irónica de esa pérdida resumen los momentos de los recorridos de los personajes de Roth. “¿Qué significa ser una celebridad en un país dominado por los medios de comunicación?” y “¿Cómo lo ha recibido el feminismo?” son dos de las preguntas que le hace Alain Finkielkraut en 1981.
En 1985 Roth ya ha publicado, entre otras, la serie de novelas que protagoniza su alter ego, Nathan Zuckerman (La visita al maestro, 1979, Zuckerman desencadenado, 1981, La lección de anatomía, 1984, y La orgía de Praga, 1985). “Zuckerman abandona cualquier pretensión de ser tomado en serio, se transforma en un recipiente de lo profano. Él es quien más dificultades crea a su dignidad”, dice Roth. Una narrativa con la marca de la excentricidad y la obsesión por lo bufonesco, esa es para él la gran herencia del modernismo de Joyce, Kafka, Beckett, Celine,e incluso la de Proust. La consiga no es “que sea nuevo” sino “que sea serio, de la manera menos plausible”.
La segunda parte del volumen corresponde a El oficio (salió como libro, en 2001). Ahora es Roth quien entrevista. Viaja a Turín para encontrarse con Primo Levi. Pasa por la fábrica de pintura en que Levi estuvo empleado y de la que luego fue gerente, hasta su jubilación. 50 operarios, una pyme. “Los escritores dividen al resto de la humanidad en dos categorías: los que escuchan y los que no escuchan”, anota Roth principio. “Después del campo de concentración, mi trabajo, o más bien mis dos modalidades de trabajo (la química y la literatura), empezaron a desempeñar un papel importantísimo en mi vida”, dice Levi. Y agrega : “Escribí Si esto es un hombre sin una definida intención literaria. Mi modelo (o, si te gusta más, mi estilo) era el “informe semanal” que generalmente se utiliza en las fábricas”.
Roth le cuenta que también Sherwood Anderson fue gerente de un fábrica de pintura, en Elyria, Ohio, y Levi le revela a Roth que el mismo fue el caso de Italo Svevo, “judío converso”, director comercial de una compañía de pintura en Trieste, que pertenecía a su suegro.
¿Por qué escribir? no es un libro sobre la literatura de Philip Roth ni siquiera cuando el tema parecen ser los libros de Philip Roth. ¿Por qué escribir? es un libro sobre literatura a secas. Literatura: los mundos que nos rodean, las formas en que se trabaja. En ningún momento el volumen nos dice por qué Roth es un gran escritor. Siempre se refiere a los otros. Y cuando se refiere a los otros los otros son también transiciones. Roth es un escritor sin ego, apasionado, moral.
Sus ensayos, a diferencia de su ficción, son siempre de una amabilidad exquisita, de desplazamientos suaves. Hay exposición, hipótesis, ejemplos. Quizás más que narrador, acá Roth se considere un docente; varias veces en los artículos menciona su trabajo como profesor en diversas instituciones, desde 1956. “Releyendo a Bellow”, un artículo publicado en el New Yorker, bien podrían ser una especie de apuntes de clase editados.
Si Bellow, Malamud y en menor medida Mailer son los escritores de alguna manera reconocidos como pares por Roth, Theodore Dreiser, nacido en Indiana, Sherwood Anderson, en Ohio, Ring Lardner, en Michigan, Sinclair Lewis, en Minnesota, Thomas Wolfe, en Carolina del Norte, Erskine Caldwell, en Georgia, “moldeados por la industrialización de la Norteamérica agraria que se inició en la década de 1870”, son los nombres en los que Roth encontró el atractivo lírico más poderoso cuando joven.
“Aclaraciones”, la tercera parte del libro, recoge charlas y discursos de sus últimos años, en un gran nivel, más una Carta a Wikipedia con correcciones a información sobre algunas de sus novelas más destacadas (Operación Shylock, 1993, Pastoral Americana, 1997, La mancha humana, 2000), que el administrador del sitio se negaba a modificar por considerar a Roth fuente poco confiable.
“La implacable intimidad de la ficción”, discurso que da con motivo de sus ochenta años, cierra el libro. La pasión por la materialidad hipnótica del mundo en que uno se encuentra es el corazón de la labor de los escritores norteamericanos, dice. Y cierra el discurso leyendo siete páginas de su El teatro de Sabbath (1995). ¿Por qué escribir? termina con el breve párrafo final de esa larga cita: “Aquí estoy”.
¿Por qué escribir?, Philip Roth. Literatura Random House, 564 págs.

Entrevista

La guerra actual según Dardo Scavino. El papel de los mártires, ¿héroes o víctimas?

Entrevista con Dardo Scavino. El pensador argentino analiza desde Francia el terrorismo islámico y sus espejos dentro y fuera de Occidente. De ello habla en su libro que fue premio Anagrama de ensayo 2018.

"Apoyo a los que se han posicionado contra el genocidio étnico y cultural”, escribió Brenton Tarrant antes de asesinar a 50 personas en las dos mezquitas de Nueva Zelanda. La primera ministra de ese país afirmó que jamás pronunciaría el nombre del autor de los crímenes, de tan solo 28 años. Sin embargo, hoy se puede ver en la red el video que Tarrant filmó mientras cometía el atentado. No es algo nuevo. Tarrant apenas se limitó a replicar algunos de los contenidos que circulan y han circulado en Internet. El filósofo argentino –residente en Francia– Dardo Scavino recuerda algunos casos. Por ejemplo, cuando Salah Abdeslam posteó en Facebook un video con la bandera del Estado islámico tres semanas antes del atentado del 13 de noviembre de 2015 en París; u Omar Mateen se saca selfies mientras dispara contra sus víctimas en Orlando (12/6/2016). De acuerdo a un informe elaborado por el Comité de Seguridad Nacional de la Cámara de EE.UU., la mayoría de quienes se incorporan al Estado islámico no lo hace a través de una mezquita sino por amigos o contactos en las redes sociales.
No obstante, Scavino advierte en la superficie de estos datos otras huellas. “Esos jóvenes no crecieron en un pueblo de Afganistán o Siria, donde, más allá de la lectura del Corán, existían ciertos usos y costumbres particulares de esas colectividades. Esos jóvenes nacieron y vivieron en metrópolis europeas y en familias que, aunque tuvieran en muchos casos un origen musulmán, se habían adaptado a la manera de vivir y de pensar de esas ciudades”. Es así como su libro reciente, El sueño de los mártires, además de recibir el 46° Premio Anagrama de Ensayo 2018, es una referencia valiosa para pensar al islamismo lejos de aquel concepto que lo sitúa como inicio de una violencia irracional. Según Scavino, debe ser interpretado como desenlace, como destino de los hijos de inmigrantes que durante años se vieron expulsados por el sistema.
En 2004, musulmanas protestaron contra el gobierno francés por prohibir su vestimenta en escuelas. 
Foto: AP/Laurent Rebours
En 2004, musulmanas protestaron contra el gobierno francés por prohibir su vestimenta en escuelas. Foto: AP/Laurent Rebours
–El libro comienza con una escena de 2004, cuando sus alumnos piden un minuto de silencio por las víctimas del atentado de Atocha…
–Sí, y podría afirmarse que casi todo el libro es una gran interpretación de la frase que entonces me dicen otros siete estudiantes de apellido magrebí frente a ello: “Cuando nos matan a nosotros, ellos no hacen un minuto de silencio”. Allí se resume buena parte de la problemática de los musulmanes en Europa. Cuando dicen “nuestros muertos”, esos chicos no están hablando de los héroes de la causa musulmana. Están hablando de las víctimas inocentes de los bombardeos en Bagdad un año antes.
–Resulta interesante una cita que usted toma de Olivier Roy advirtiendo que el islamismo europeo hoy es ante todo una rebelión generacional…
–Es una constatación que han hecho todos los que se volcaron a estudiar en profundidad el fenómeno yihadista. Incluso durante mucho tiempo los servicios de inteligencia creían que eran agentes camuflados, y en realidad se dieron cuenta de que no, que en gran parte de los casos se trataba de jóvenes no comprometidos con el islamismo radical y que ni siquiera provenían de familias practicantes. En los interrogatorios no podían siquiera responder cuáles son los cinco pilares fundamentales del islam.
–¿Cómo explicar entonces ese viraje, si la conversión religiosa llega después?
–En primer lugar, se puede identificar un cambio histórico en los años 90. Hasta ese tiempo, muchos de los jóvenes musulmanes tenían ideas cercanas a un marxismo o a los movimientos de liberación nacional. Lo pude ver en el campus universitario, donde jóvenes argelinos con posiciones marxistas muy marcadas comienzan a apoyar a partir de ese período al Frente Islámico de Salvación (FIS), en Argelia. El Frente gana las elecciones en 1991 y, sin embargo, los comicios son anulados con un golpe de estado para que no tomen el poder. De este modo, asistimos allí a un traslado de una radicalidad generacional anticapitalista de los movimientos de liberación nacional, que eran más bien laicos, a movimientos con connotaciones religiosas.
–Y se suma el fin de la Guerra Fría...
–En efecto. No debemos olvidar que hasta 1993 o 1994 Occidente apoya a los grupos islamistas, EE.UU. lo hace en Afganistán por ejemplo. Incluso Azzam, que es líder de los muyahidines afganos, realiza giras por EE.UU. para juntar fondos. Justamente, 1989 es un año clave porque tenemos dos hechos importantes. Por un lado, la caída del Muro; y por otro, el asesinato del propio Azzam. A partir de allí se da el ascenso de Al Zawahirí, ideólogo de Al Qaeda, que propone un cambio de estrategia convirtiendo a EE.UU. en el nuevo enemigo de la Yihad.
Un periodista del semanario satírico Charlie Hebdo muestra la portada del último ejemplar en las afueras de las oficinas de la revista en París (Francia), el 2 de noviembre de 2011. Las oficinas fueron incendiadas con cócteles molotov después de que el periódico publicase un número sobre la victoria de los islamistas en las elecciones celebradas en Túnez.
Un periodista del semanario satírico Charlie Hebdo muestra la portada del último ejemplar en las afueras de las oficinas de la revista en París (Francia), el 2 de noviembre de 2011. Las oficinas fueron incendiadas con cócteles molotov después de que el periódico publicase un número sobre la victoria de los islamistas en las elecciones celebradas en Túnez.
–¿Y cómo se caracteriza la trayectoria de las familias migrantes de estos jóvenes en Europa?
–Durante todo el período inmediatamente posterior a las revoluciones de la independencia, tenemos un gran flujo de inmigrantes de los países árabes a Europa, sobre todo a Francia –donde hay unos 6 millones de musulmanes–, a Alemania –en su mayoría provienen de Turquía– y a Inglaterra. Esos inmigrantes comienzan a trabajar como obreros o empleados de servicios, y sufrirán mucho las consecuencias de las crisis económicas de los años 70 y 80. Esto coincide con una estigmatización del islamismo en los 90, que se reafirma en Europa tras el primer atentado importante en el subte de París en 1995. Y serán los hijos de esos inmigrantes los que vivan el rechazo. Ellos ven a sus padres como personas que renunciaron a sus tradiciones y a pesar de esto sufren el rechazo de los europeos, por eso quieren volver a los valores tradicionales. Una idea de retorno que, como vimos en el atentado en Nueva Zelanda, coincide con el relato de una extrema derecha occidental, que también defiende una especie de vuelta al estado pre-democrático y pre-moderno. Estamos ante una polarización que se va retroalimentando y en la cual los dos extremos son cómplices. El giro del voto europeo hacia la extrema derecha es una consecuencia de este proceso.
–No obstante, pese a ese discurso, el terrorismo islámico también hace uso de las nuevas tecnologías y el lenguaje de la cultura neoliberal.
–Exactamente, el yihadismo moderno está estrechamente relacionado a los fenómenos de los nuevos medios. Casi todo el Estado islámico recluta a sus yihadistas por Internet, y hasta la estética de propaganda que utilizan está hecha sobre ese lenguaje. Los videos con música de rock de fondo o esta narrativa del heroic fantasy muy ligada a los juegos de video, refiere a prácticas de consumo de los jóvenes. A su vez aparece un exhibicionismo ligado a la lógica de Internet, obviamente llevado al extremo. Se trata de hacer un atentado, pero de mostrarlo al mismo tiempo en las redes. Todo tiene que estar espectacularizado.
–Ahora bien, siguiendo la tesis del libro, si entendemos al islamismo como fenómeno político, ¿la solución es política?
–Tras los acuerdos de Oslo, que parecían resolver las relaciones entre Israel y Palestina, Occidente viene atravesando una gran contradicción. Durante buena parte de la Guerra Fría, EE.UU. y otros países apoyaron a los yihadistas no solo para combatir a los soviéticos en Afganistán, sino también para combatir a los regímenes nacionalistas laicos, o, por ejemplo, al régimen nacionalista de Nasser en Egipto. Ese apoyo fue el que permitió el crecimiento de estos grupos, sin contar que uno de sus principales financistas es Arabia Saudita, aliado de EE.UU.. A su vez las organizaciones tienen un funcionamiento muy difícil de desmantelar. El Estado islámico publica una serie de blancos en Internet y cualquier persona puede cometer el atentado. No existe un lazo vertical o cadena mando entre el ejecutante y el que da la orden.
–El ensayo explora mucho la dimensión imaginaria y cultural del problema.
–Me refiero a esta dicotomía entre la interpretación del mártir como aquel héroe que cae en defensa de su comunidad, como lo interpreta el yihadismo, y el héroe que ha sido víctima de los atentados, como aparece en los discursos de Occidente. En el libro lo ilustro con la figura del yihadista y la figura del soldado que maneja un dron. Esa tecnología pone en evidencia un vínculo del individuo con la sociedad neoliberal en el que la libertad es entendida como la no obligación de morir o de sacrificar algo en nombre de la comunidad. El otro caso es todo lo contrario. Tal como afirman los teóricos del martirio, la auténtica libertad pasa por la capacidad de un individuo de sacrificar sus bienes, y hasta su vida, en nombre de sus hermanos. Lo que, en realidad, responde a la tradición crística del sacrificio.
–Exactamente, y en referencia a esta construcción, plantea una suerte de genealogía de la violencia política donde, incluso, encuentra un cruce con la ideología de la lucha armada…
–Es que el “Patria o muerte” es también eso. Pero no solo es una idea instalada en la izquierda. Aquí en cada una de las plazas de Francia hay un monumento a “nuestros muertos”, que son los soldados que cayeron defendiendo la patria, y es una idea que también podemos escuchar en la última estrofa del himno de EE.UU., la imagen del “valiente” como defensor de la patria. En realidad, es una tradición que en Occidente duró hasta los 60. Allí se plantea una crítica muy grande a la Guerra de Vietnam, y después de 1991 con la Primera Guerra del Golfo, ya se legitima la doctrina de “Cero muertos” hacia el interior de las Fuerzas Armadas de EE.UU.. Pero lo que primaba en el pensamiento militar hasta entrada la Guerra Fría era el culto del heroísmo. El culto de la víctima que sustituye al culto del heroísmo es algo muy reciente.
–Sin embargo, volviendo a la escena inicial, sus alumnos musulmanes tampoco adscriben al imaginario del mártir.
–Exactamente, y es que, a pesar de ser musulmanes, tienen una perspectiva occidental y moderna del asunto. Esta identificación con la idea de “víctimas” me parece muy relevante porque justamente supone un cambio radical en relación con lo que ocurría antes, cuando la sociedad se identificaba con la idea de “héroes”. La frase revela el hecho de que esos estudiantes pertenecen, a pesar de ser musulmanes, a una cultura occidental contemporánea.
–En el libro cita a la égira como un concepto relevante para entender la conversión.
–Se refiere al momento fundacional del islam, que es el exilio de Mahoma a la Meca. Eso atravesará mucho la tradición musulmana. Por eso esa rotura de los lazos que nos atan a un determinado lugar se ve como un signo de conversión importante.
–¿El mesianismo podría considerarse entonces un punto de encuentro entre el relato sionista y el relato islamista?
–En uno de los capítulos finales, recuerdo el atentado cometido en 1994 por un médico israelí en la mezquita de Ibrahim, que asesinó a unos 29 palestinos que se encontraban en una ceremonia. El atentado en Nueva Zelanda me recordó esta escena. Estamos ante un ascenso de los extremos, que incluye una radicalización también del movimiento sionista respecto al sionismo histórico de Ben Gurión, que era un movimiento nacionalista y socializante y hoy se ha convertido en una política religiosa de extrema derecha incurriendo en muchísimas contradicciones, como el acercamiento del premier Benjamín Netanyahu a Trump o Bolsonaro, que son notorios antisemitas… Se produjo un desplazamiento de las alianzas e identidades muy curioso en nombre de ese combate contra el islam, y las respuestas de extrema derecha no hacen más que confirmar que la estrategia del yihadismo está dando resultado.