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    domingo, 16 de diciembre de 2018

    .“El cuaderno del año del Nobel” José Saramago y un registro íntimo de su serena elegancia



    Juan Cruz

    Saramago desayuna en el aeropuerto de Frankfurt sobre un periódico que da la noticia de su Nobel en primera plana. Juan Cruz tomó la fotografía.

    ¿Qué siente un escritor cuando le anuncian el premio más célebre de su oficio? Aquí, el detrás de escena.








    No hay ninguna impostura, ninguna, en esas pocas palabras con las que José Saramago imprime en el diario del día del Nobel, 8 de octubre de 1998, la noticia que recibió al subirse a un avión de Iberia que lo iba a devolver a Madrid ese mediodía en que los suecos anunciaron que él era el agraciado.
    Esa entrada, que se conoce ahora gracias a la impenitente paciencia de su mujer, Pilar del Río, que encontró aquel diario de 1998 en una computadora vieja, dice escuetamente lo que pasó, como si él, periodista de oficio, tuviera que enviar un parte de guerra, o de paz, sobre un hecho que no le concernía sino como informador: “8 de octubre. Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas”. En pocos libros Saramago se comportaba como un militante, pero en estos discursos él era un militante tranquilo.


    Veinte años después de la primera vez, Saramago y Pilar del Río en su casamiento español, en 2007.
    Veinte años después de la primera vez, Saramago y Pilar del Río en su casamiento español, en 2007.
    Sin la asistencia de un papel, mirando al frente, su cabeza brillante ante la luz opaca de la sala, Saramago improvisaba un discurso en portugués. Nunca dejó su acento, y nunca dejó de ser atrevido y sensato a la vez, proclamaba la revolución comunista con palabras que podría haber firmado, por su tono, por sus formas, el papa Juan XXIII, o el papa actual, Bergoglio, pues nunca fueron palabras de cuchillo sino más bien palabras mansas que guardaban en resquicios sabios su desprecio por las lacras sociales que entonces también dejaba el capitalismo sobre la piel de los seres menesterosos.
    En pocos libros Saramago se comportaba como un militante, pero en estos discursos él era un militante tranquilo, tenía el compromiso contra las guerras presentes, era activista ecológico en Lanzarote y en su tierra, estaba en contra de las satrapías de Israel, defendía a los palestinos, fue primera línea, en España y en el mundo, de la lucha contra la estúpida guerra de Irak. Y era un ciudadano europeo al que una vez decepcionó su propio país, Portugal, que le negó el apoyo para un premio continental al que optaba su muy respetuoso, y comprometido, El Evangelio según Jesucristo.
    Era un hombre políticamente rabioso, que había ido a Chiapas a expresar su solidaridad frente a los desmanes olvidadizos del Gobierno mexicano, y su llanto ante la matanza de Acteal. Pero nunca levantó la voz más allá del susurro sencillo con el que aquel mediodía del 8 de octubre expresó en su diario el hecho principal de su vida literaria. “Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel”.
    Se desató un tumulto al que él fue ajeno, no porque no participara en cada una de las celebraciones que hubo luego; aceptó además las flores (las que huelen y las que hablan) que vinieron en seguida; fue transportado en andas por la Feria de Frankfurt, a la que volvió en seguida que se supo aquella noticia. Fue ajeno porque, en realidad, siempre estuvo en otra cosa. Quizás en su infancia, pues su infancia, su abuelo y los árboles, fueron parte imprescindible del semblante de su memoria; quizá en los libros futuros. Y sin duda en Pilar del Río, la novia que había conocido algo más de media década antes cuando ella fue a entrevistarle por un libro que desde entonces fue un fetiche para los dos, El año de la muerte de Ricardo Reis.
    Lo cierto es que aquel día para el insomnio lo halló a él sereno como siempre, como si un sedante sin medicina estuviera actuando sobre su cerebro para que nada de lo que aquel día resultaba perentorio le afectara más allá de lo que un hombre así podía resistir sin soliviantarse. ¿Era resignación? Era Saramago. Al día siguiente, ese diario que Pilar ha rescatado del polvo en el que la cibernética convierte el tiempo, registra tan solo un hecho propio del oficio de ser famoso. “9 de octubre. Madrid. Rueda de prensa”.


    Saramago y García Márquez, dos Nóbeles en Cuba, en el 40° aniversario de la revolución, en 1999.
    Saramago y García Márquez, dos Nóbeles en Cuba, en el 40° aniversario de la revolución, en 1999.
    Para que esas seis o siete palabras (9 no es una palabra) pesaran para la historia habría que escribir un tratado, no sólo estos 8.000 caracteres que me depara Ñ. Cierta controversia ha habido, y me temo que aquí el culpable de la controversia habida soy yo mismo, sobre el hecho de que Saramago volviera a Madrid y no a su pueblo, no a Azinhaga, en Portugal, sino a Lisboa, para ser allí celebrado. La verdad es que aquello todo fue de tal atolondramiento que me parece ingenuo ahora quitarme a mí mismo culpas que quizá tuve, pero lo más cierto es que ni él ni yo mismo, que lo acompañé en el viaje, sentimos que estábamos contraviniendo un mandato civil o religioso. Él quería llegar cuanto antes a donde estuviera Pilar del Río, que desde lejos vivió muy cerca (mucho más cerca que él, seguramente) los prolegómenos de la noticia y la noticia misma. Y quería volver adonde estaba volviendo el día anterior a la noticia de que era Nobel de Literatura.
    Así que al día siguiente, muy temprano, nos fuimos al aeropuerto aquel hombre tranquilo y yo mismo, él con su maleta zen, como si solo contuviera ropa y suspiros, y yo con los miles de papeles que en un solo día había generado la noticia más grande de la vida de José (y de Pilar). En la jornada anterior, según le contó él a todo el mundo, en las ruedas de prensa y fuera de ellas, se sintió solo, solo, solo, alrededor no había nadie, nadie, nadie, nada, cuando supo la noticia en el aeropuerto del que ahora partíamos. Aquella vez se encontró con su amiga Isabel Polanco, su editora de Alfaguara, se abrazó a ella, fue su más concreto saludo, el más verdadero, el más íntimo también, el que lo alivió de tener tan lejos a su Pilar. Después se encontró con Amaya, con su editor portugués Zeferino Coelho…, ya era Saramago acompañado, sereno, hecho a las multitudes, fuerte y sensato en medio del tumulto.
    Pero en el aeropuerto, otra vez, volviendo a España, era de nuevo el ser anónimo, este hombre de traje gris, camisa blanca, corbata discreta, que deambulaba por aquellas salas impersonales acompañado de un tipo bajito que no paraba de moverse, de gesticular y de comunicarse con un teléfono móvil que, por otra parte, mareaba al Nobel.


    En la Feria de Frankfurt, apenas conocida la noticia del Premio Nobel, Saramago rodeado de flashes en una rueda de prensa, octubre de 1998.
    En la Feria de Frankfurt, apenas conocida la noticia del Premio Nobel, Saramago rodeado de flashes en una rueda de prensa, octubre de 1998.
    En uno de esos espacios vacíos que produce la histeria de los aeropuertos, Saramago quiso desayunar algo, se sentó y puso sobre el periódico en el que él era noticia un café en taza de papel y un croissant, que esperaron a que él dejara de pensar y se dispusiera a comer. En ese momento aquel ciudadano bajito de pelo casi blanco que era yo le hizo una fotografía. Ricardo Viel, escritor y periodista brasileño ha publicado ahora, a la vez que sale El cuaderno del año del Nobel, un bello libro (Un país levantado en alegría, traducción de Pilar del Río, los dos en Alfaguara) sobre aquel año en que Saramago afrontó con serenidad una de las grandes noticias de Portugal en el siglo XX. Ahí está esa fotografía en la que quizá se ve como en ninguna otra imagen.
    Pero volvamos a ese instante. Saramago sube al avión, y en esas tres horas que lo distancian de Madrid, adonde Pilar se ha desplazado desde Lanzarote, para esperarle, el Nobel dormita, mira por la ventanilla, ojea periódicos, calla. Nunca vi a este hombre de piernas largas, de mirada igualmente larga, como de animal de selvas tranquilas, su piel curtida por el aire de Lanzarote, nunca vi, digo, tan sereno a este admirable ser humano.


    Saramago en la isla de Lanzarote, España, donde vivió desde 1991. Murió allí en junio de 2010.
    Saramago en la isla de Lanzarote, España, donde vivió desde 1991. Murió allí en junio de 2010.
    Dotado por la capacidad que tienen los marineros de saber cuánto falta para el final del viaje solo con mirar la calidad de la luz del horizonte, Saramago trazaba ese surco que iba haciendo el avión como si lo contara en interminables segundos. Ausente de urgencia alguna, alegre, sin duda, era el pasajero menos urgido de aquel avión mañanero. Como si entre aquella noticia del día 8 y este día 9 que empezaba a surgir bajo sus pies no hubiera habido un terremoto sino que se hubiera abierto una zanja de tiempo en la que él se sentía plantado como uno de aquellos árboles a los que abrazaba su abuelo.
    Lo esperaban Madrid, Lanzarote, Lisboa, Azinhaga, amigos de todas partes, de la política, de la nueva política, de la literatura, de las artes, lo esperaban las flores en A Casa (“10 de octubre. Lanzarote. A Casa estaba llena de flores”) y lo esperaba una vida que él iba a seguir contando minuciosa, serenamente, hasta el último suspiro de ese año (“31 de diciembre. Nochevieja en La Habana”) y hasta el último suspiro de 2010, cuando ya no pudo más su cuerpo sereno y murió un día más triste que todos los días del mundo para quienes amaron, y siguieron amando, a este hombre sencillo que jamás dejó de abrazar, con serenidad, con convencimiento, las ideas que colgaban de los árboles de Azinhaga y de la lava que lo vio caminar descalzo sobre Lanzarote.
    Sereno siempre, como si el aire de la infancia lo estuviera acunando. José Saramago, nunca conviví otra vez con alguien de este temple.
    https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/jose-saramago-registro-intimo-serena-elegancia_0_5_n1tZhL2.html
    Resultado de imagen para El cuaderno del año del Nobel”


    Adelanto del nuevo libro de Saramago

    Fragmentos de “El cuaderno del año del Nobel”

    José Saramago Premio Nobel Literatura
    ​1 de enero de 1998

    Durante la noche, el viento ha andado con la cabeza perdida, dando continuas vueltas a la casa, sirviéndose de cuantos salientes y hendiduras encontraba para hacer sonar la gama completa de los instrumentos de su orquesta particular, sobre todo los gemidos, los silbidos y los rugidos de las cuerdas, punteados de vez en cuando por el golpe de timbal de una persiana mal cerrada. Nerviosos, los perros se abalanzaban impetuosamente por la gatera de la puerta de la cocina (el ruido es inconfundible) para salir a ladrarle al enemigo invisible que no los dejaba dormir. Por la mañana temprano, antes incluso de desayunar, bajé al jardín para ver los desperfectos, si los había. La fuerza del vendaval no había amainado, al contrario, sacudía con injusta ferocidad las ramas de los árboles, sobre todo las de la acacia, que se mueven con una simple y apacible brisa. Los dos olivos y los dos algarrobos, aún jóvenes, peleaban con valentía, oponiendo a los tirones del malvado la elasticidad de sus fibras juveniles. Y las palmeras, ya se sabe, no las arranca ni un tifón. Por los cactus tampoco valía la pena que me preocupara, lo resisten todo, llega a dar la impresión de que el viento da un rodeo al verlos, pasa de largo, con miedo a clavarse las espinas (...)

    28 de mayo

    Una lectora israelí, Miriam Ringuel, estudiante universitaria, me pregunta, entre otras cosas, si es correcto decir que «descanonizo» poetas (Fernando Pessoa) y obras canónicas (Biblia) para parodiarlas y expresar ideas humanistas. Le he respondido que el concepto de «parodia» es, en mi opinión, demasiado equívoco para usarse en el análisis de mis libros. En sentido etimológico, sí, ya que «parodia» significa «canto que está al lado» (algunas de mis novelas, efectivamente, están al lado de obras de otros autores); pero ese sentido se ha perdido en el lenguaje común y lo que ha quedado es una idea de «imitación burlesca», lo que, como se sabe, no tiene nada que ver con mi trabajo. Estaría de acuerdo con el concepto de «descanonización», pero entendiéndolo como «retorno de humanización» de lo que antes había sido divinizado o mitificado. Nunca como «imitación burlesca». Además, no creo ni he creído nunca que la risa pueda cambiar nada en el mundo. Mientras me estoy riendo del poder, por ejemplo, ese mismo poder estará, también por ejemplo, matando a alguien. Y la muerte no da (o no debería dar) ganas de reír. (...)

    9 de julio

    Soria. Conferencia: «Confesiones de autor». Paseo: Calatañazor, El Burgo de Osma. Aquí el hombre que fue a su casa a buscar tres libros para que se los firmase. En la cena: la chica que se acercó: «Vengo de los Sanfermines. Quiero darle las gracias por todo lo que ha escrito y la manera como está en la vida. Lo necesitamos, lo necesitamos mucho. Siga, por favor. Y también quiero decirle otra cosa: es usted mi abuelo preferido». Se marchó llorando”.

    8 de agosto

    Un día dejé anotada en estos Cuadernos la única idea absolutamente original que había tenido hasta entonces (y sospecho que desde ese momento no he conseguido sacarme de la cabeza otra de semejante quilate); aquella luminosísima ocurrencia de que en la publicación de la obra completa de un escritor debería haber un volumen o más con las cartas de los lectores. Se habla, se discute, se discurre sobre las teorías de la recepción (¿empujando puertas abiertas?), y parece que nadie se fija en el inagotable campo de trabajo que ofrecen las cartas de los lectores.

    7 de octubre

    Frankfurt. Coloquio en la Feria sobre comunismo.

    8 de octubre

    Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas.

    9 de octubre

    Madrid. Rueda de prensa.

    ​10 de octubre

    Llegada a Lanzarote.

    A Casa estaba llena de flores.


    "El cuaderno del año del Nobel", de José Saramago, fue editado por Alfaguara.

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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