Easy Rider
Título
Easy rider. Buscando mi destino (España)
Busco mi camino (Argentina)
Ficha técnica
Dennis Hopper
Virgil Frye
Donn Cambern
Datos y cifras
País(es)
Duración
94 minutos
Compañías
Productora
Columbia Pictures Corporation
Pando Company Inc.
Raybert Productions.
Distribución
Ficha en IMDb
B & W photo of Peter and Dennis (Wyatt and Billy in the film) riding over a bridge side by side
Easy Rider es una película estadounidense de 1969, del género road movie, dirigida porDennis Hopper, protagonizada por Peter Fonda, Dennis Hopper y Jack Nicholson en los papeles principales. Ganadora de numerosos premios y nominada a otros tantos más.
]Argumento
Wyatt (Peter Fonda) y Billy (Dennis Hopper) son dos jóvenes que se embarcan en un viaje cruzando Estados Unidos con el objetivo de asistir al carnaval Mardi Gras. Se compran unas motocicletas y emprenden un viaje en el que conocen diversas caras de la sociedad estadounidense.
En el camino se encuentran a diversos y poco habituales personajes, un ranchero y su familia, un autoestopista hippie, acaban siendo arrestados en un pueblecito por desfilar sin un permiso, donde conocen a un abogado borracho que les saca de la cárcel y luego decide unirse a ellos.

Comentarios

Desde el momento de su estreno se convirtió en referencia para toda una generación de moteros y simpatizantes de la contracultura estadounidense. Su inesperado éxito llevó a su director a un relativo estrellato que no administró bien, pues como modesta producción independiente, fue una de las más taquilleras de esos años, recaudando 100 veces más de su coste inicial.
Su importancia histórica es indiscutible y se convirtió en uno de los precedentes del nuevo cine estadounidense que se hizo en la década de 1970.
La banda sonora, con temas de Byrds, Steppenwolf, The Band y Jimi Hendrix, que cedieron los derechos de las canciones (caso único inaudito en la historia del rock), es igualmente importante pues ayuda a crear el tono libertario del filme.

http://es.wikipedia.org/wiki/Easy_Rider



 Las Cinco Tierras son Parque Nacional y desde 1997 Patrimonio de la humanidad  


La particular formación territorial de las Cinco Tierras es el resultado del empuje y la presión de las rocas durante miles de años. 
La erosión del agua ha creado un sucederse de bahías y pequeñas calas. 
Monterosso, Vernazza, Corniglia, Manarola, Riomaggiore son los pueblos que forman las Cinco Tierras. Ya pobladas en tiempos remotos, las Cinco Tierras han desarrollado el propio aspecto actual gracias al duro y paciente trabajo humano. Los cultivos a terraza son característicos de los cinco países, enrocados a pique sobre estrechas tiras sobre el mar, delimitadas por un número impensable de muros en seco. Según un estudio, sumando los varios muros, las Cinco Tierras serían recorridas por una muralla de dos metros de alto y once mil kilómetros de largos, como la muralla china.
 
El olvido en que cayeron bajo la República de Génova, ha sido la salvación por la conservación de su belleza natural. Hoy no es facilísimo alcanzar en coche las Cinco Tierras y el ferrocarril es el mejor medio de transporte.
 

EN TREN
Las Cinco Tierras son fácilmente alcanzables en tren, a lo largo de la línea férrea Génova-Roma con trenes regionales que alrededor de cada hora paran en todos los pueblos de las Cinco Tierras. 

Vernazza




Vernazza


FOTOGRAFÍAS DE MONTEROSSO AL MARE

La playa de Fegina

El casco antiguo de Monterosso

Caruggio

Caruggio

Caruggio y la iglesia

El castillo Doria de Vernazza

Riomaggiore

Manarola

Corniglia
Son una de las áreas mediterráneas más incontaminadas de la Liguria y la costa Tirrena. Cinco millas de costa rocosa encerradas por dos promontorios, cinco pueblecitos enrocados sobre espuelas de piedra en minúsculas caletas: un reino de naturaleza y perfumes salvajes, conservado como era en pasado. Riomaggiore, Corniglia, Manarola, Vernazza, Monterosso son los cinco pueblos que forman las Cinco Tierras, suspendidos entre mar y tierra.

El principal tema de discusión de la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, cómo se relacionaban el anarquismo y la disciplina bélica en el bando republicano, señala el historiador británico. El fracaso del antifascismo, pese a su abrumador consenso internacional, lo lleva a subrayar el enfrentamiento Marx-Bakunin.

La película Casablanca (1943) se ha convertido en uno de los íconos permanentes de cierto tipo de cultura, al menos para las generaciones de más edad. Sus frases han pasado a ser parte de nuestro discurso, como la de "Play it again, Sam" (Tócala otra vez, Sam), eternamente mal citada, o "Round up the usual suspects" (Reúne a los sospechosos de siempre). Si dejamos de lado el tema central de la historia de amor, esta película trata sobre las relaciones entre la Guerra Civil española y los aspectos políticos más amplios de ese extraño pero decisivo período histórico del siglo XX, la era de Adolfo Hitler. Rick, el protagonista, ha combatido por los republicanos en la Guerra Civil española. Vuelve de ella derrotado y pesimista para abrir un café en Marruecos, y la película termina con su retorno a la lucha en la Segunda Guerra Mundial. En pocas palabras, Casablanca habla de la movilización del antifascismo en los años 30. Y los que se movilizaron contra el fascismo antes que la mayoría, y con más pasión, fueron los intelectuales occidentales.
Hoy es posible ver la Guerra Civil, aporte español a la trágica historia del más brutal de los siglos, el XX, en su contexto histórico. No fue, como debería haber sido según el neoliberal Fran©ois Furet, tanto una guerra contra la ultraderecha como contra la Internacional Comunista — opinión que comparte, desde un ángulo sectario trotskista, el vigoroso filme de Ken Loach Land and Freedom (Tierra y Libertad, 1995)—. La única elección se planteaba entre dos bandos, y la opinión democrática liberal abrumadoramente eligió el antifascismo. Por ello, cuando a los estadounidenses se les preguntó a comienzos de 1939 qué país querían que ganara una guerra entre Rusia y Alemania, el 83 por ciento prefirió una victoria rusa. España estaba en guerra contra Franco —es decir, contra las fuerzas del fascismo con las cuales estaba alineado Franco— y el 87 por ciento de los estadounidenses apoyaba a la República. Lamentablemente, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, ganó el bando equivocado. Pero en gran medida es mérito de los intelectuales, los artistas y escritores, que se movilizaron tan abrumadoramente a favor de la República, que en este caso la historia no haya sido escrita por los vencedores.
Para situar a la Guerra Civil española en el marco general de la era antifascista, tenemos que tener presentes tanto el fracaso de la resistencia contra el fascismo como el desproporcionado éxito de la movilización antifascista entre los intelectuales europeos. Me refiero no solamente al éxito del expansionismo fascista y la imposibilidad de las fuerzas partidarias de la paz de detener la llegada, aparentemente inevitable, de otra guerra mundial. También tengo en cuenta que sus adversarios no lograron modificar la opinión pública.
Y, sin embargo, si puedo reconstruir los sentimientos de esa generación apoyándome en mi memoria personal, mi generación de la izquierda, ya fuéramos intelectuales o no, no se veía a sí misma como una minoría en retirada. No creíamos que el fascismo inevitablemente continuaría avanzando. Estábamos seguros de que sobrevendría un mundo nuevo. Dada la lógica de la unidad antifascista, sólo la incapacidad de los gobiernos y los partidos progresistas para unirse contra el fascismo explicaba nuestra serie de derrotas.

El consenso intelectual


Esto ayuda a explicar el desproporcionado vuelco hacia los comunistas de aquellos que ya estaban en la izquierda. Pero también ayuda a explicar nuestra confianza en nosotros mismos como intelectuales jóvenes, porque este grupo social fue el que más fácil, y desproporcionadamente, se movilizó contra el fascismo. La razón es obvia. El fascismo —incluso el fascismo italiano— se oponía de manera fundamental a las causas que definían y movilizaban a los intelectuales como tales, es decir los valores de la Ilustración y las revoluciones estadounidense y francesa. Salvo en Alemania, con sus poderosas escuelas de teoría adversas al liberalismo, no había un cuerpo significativo de intelectuales seculares que no pertenecieran a esta tradición. La Iglesia Católica Romana tenía muy pocos intelectuales destacados que fueran conocidos y respetados como tales fuera de sus propias filas. No niego que en algunos campos, fundamentalmente el de la literatura, algunas de las figuras más prestigiosas fueran claramente de derecha —T. S. Eliot, Knut Hamsun, Ezra Pound, W. B. Yeats, Paul Claudel, Céline, Evelyn Waugh— pero, incluso en los ejércitos de la literatura, la derecha políticamente consciente formaba un modesto regimiento en los años 30, salvo quizá en Francia. Una vez más, esto se hizo evidente en 1936. Los escritores estadounidenses, ya fuera que aceptaran o no la neutralidad de su país, se oponían mayoritariamente a Franco, y Hollywood aún más. De los escritores británicos a quienes se les preguntó, cinco (Waugh, Eleanor Smith y Edmund Blunden entre ellos) estaban a favor de los nacionalistas, 16 eran neutrales (entre otros, Eliot, Charles Morgan, Pound, Alec Waugh, Sean O''Faolain, H. G. Wells y Vita Sackville-West) y 106 estaban a favor de la República, muchos de ellos en forma apasionada. En cuanto a España, no hay dudas de cuál era la posición de los poetas de lengua española —aquellos que hoy se recuerdan: García Lorca, Machado, Alberti, Miguel Hernández, Neruda, Vallejo, Guillén.
El atractivo de la resistencia armada, el poder combatir y no simplemente hablar, fue casi con certeza decisivo. Cuando se le pidió que fuera a España por el valor propagandístico de su nombre, W. H. Auden le escribió a un amigo: "Seguramente voy a ser un malísimo soldado. ¿Pero cómo puedo dirigirme a ellos y hablar en su nombre sin convertirme en uno?" Creo que es prudente decir que la mayoría de los estudiantes británicos políticamente conscientes, de mi edad, sentían que tenían que combatir en España y tenían cargo de conciencia si no lo hacían. La notable oleada de voluntarios que fueron a pelear por la República es, creo, única en el siglo XX.
Eran un grupo muy heterogéneo, socialmente, culturalmente y por su historia personal. Y, sin embargo, como expresó uno de ellos, el poeta inglés Laurie Lee: "Creo que compartíamos algo más, algo único para nosotros en aquel momento: la oportunidad de realizar un gesto noble y poco complicado de sacrificio personal y fe, que quizá nunca volvería a repetirse... Pocos sabíamos que habíamos venido a una guerra de mosquetes que eran reliquias y ametralladoras que se trababan, para ser conducidos por aficionados valientes pero desconcertados. Pero, por el momento, no había verdades a medias ni titubeos, habíamos encontrado una nueva libertad, casi una nueva moral, y descubierto un nuevo Satán: el fascismo". No digo que las brigadas estuvieran integradas por intelectuales, aunque servir como voluntario en España, a diferencia de la incorporación a la Legión Extranjera francesa, implicaba un nivel de conciencia política, y sin duda de conocimiento del mundo, que la mayoría de los trabajadores no politizados no tenía. Para la mayor parte de ellos, a excepción de los provenientes de la vecina Francia, España era terra incognita —en el mejor de los casos, una forma en el atlas escolar—. Sabemos que el cuerpo más numeroso de brigadistas internacionales, el francés (apenas por debajo de 9.000), en su casi totalidad había surgido de la clase obrera —92 por ciento— y comprendía sólo un 1 por ciento de estudiantes y profesionales liberales, prácticamente todos comunistas. Dadas sus habilidades técnicas, la mayoría de estos en realidad trabajaron detrás de las líneas del frente. Sin embargo, dentro o fuera de las Brigadas, el compromiso, y a veces el compromiso práctico, de los intelectuales no está en duda. Los escritores apoyaban a España no sólo con dinero, discursos y firmas sino que también escribían sobre ella, como lo hicieron Hemingway, Malraux, Bernanos y casi todos los jóvenes poetas británicos contemporáneos destacados: Auden, Spender, Day Lewis, MacNeice. España fue la experiencia fundamental de sus vidas entre 1936 y 1939, aun cuando más tarde la mantuvieran fuera de la vista.
Entre los perdedores, las polémicas acerca de la Guerra Civil, a menudo airadas, nunca se han interrumpido desde 1939. No ocurrió lo mismo durante el desarrollo de la guerra, aunque incidentes tales como la prohibición del partido marxista disidente POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y el asesinato de su líder, Andrés Nin, provocaron protestas internacionales. Evidentemente, cierta cantidad de voluntarios extranjeros, intelectuales o no, que llegaban a España quedaron consternados por lo que veían allí, por el sufrimiento y la atrocidad, por lo despiadado de la guerra, por la brutalidad y la burocracia de su propio bando o, en la medida que las conocían, por las disputas e intrigas políticas dentro de la República, por el comportamiento de los rusos y muchas otras cosas. También en este aspecto, las discusiones entre los comunistas y sus adversarios nunca cesaron. Pero, durante la guerra, los que tenían dudas permanecían en silencio una vez que partían de España. No querían darles argumentos a los enemigos de la gran causa. Después de su regreso, Simone Weil, aunque ostensiblemente desilusionada, no dijo una palabra. Auden no escribió nada, aunque modificó su gran poema de 1937 "España" en 1939 y no autorizó a que se lo reeditara en 1950. Ante el terror desatado por Stalin, Louis Fischer, periodista de estrechos vínculos con Moscú, renegó de sus pasadas lealtades, pero se tomó el trabajo de hacerlo recién cuando su gesto ya no podía perjudicar a la República española. La excepción que confirma la regla: el Homenaje a Cataluña de George Orwell. El libro fue rechazado por el editor de Orwell, Victor Gollancz, "quien creía, como mucha gente de izquierda, que debía sacrificarse todo para preservar el frente común contra el avance del fascismo". La misma razón dio Kingsley Martin, editor del influyente semanario New Statesman & Nation, para aceptar la crítica adversa de un libro. Estos representaban la opinión abrumadoramente mayoritaria en la izquierda. El mismo Orwell reconoció, luego de su regreso de España, que "una serie de personas me ha dicho con diverso grado de franqueza que no se debe contar la verdad sobre lo que está sucediendo en España y el papel que cumplió el Partido Comunista porque hacerlo predispondría a la opinión pública contra el gobierno español y así beneficiaría a Franco". De hecho, como el mismo Orwell reconoció en una carta a un crítico amigo, "lo que usted dice sobre no anoticiar a los fascistas en razón de las disensiones que hay entre nosotros es muy cierto". Lo que es más: el público no mostró ningún interés por el libro. Recién en la época de la Guerra Fría, Orwell dejó de ser una figura incómoda y marginal.

El principal tema de debate


Naturalmente, las polémicas póstumas sobre la guerra española son legítimas y, en verdad, esenciales pero sólo si separamos el debate sobre cuestiones reales de las posiciones tomadas del sectarismo político, la propaganda de la Guerra Fría y la pura ignorancia de un pasado olvidado. El principal tema de discusión sobre la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, cómo se relacionaban la revolución social y la guerra en el bando republicano. La Guerra Civil española fue, o empezó siendo, las dos cosas. Fue una guerra nacida de la resistencia de un gobierno legítimo, con la ayuda de una movilización popular, contra un golpe militar parcialmente exitoso y, en importantes partes de España, la transformación espontánea de la movilización en una revolución social. Para llevar adelante una guerra seria, un gobierno necesita estructura, disciplina y cierto grado de centralización. Lo que caracteriza a las revoluciones sociales como la de 1936 es la iniciativa local, la espontaneidad, la independencia de las máximas autoridades o incluso la resistencia a ellas —estos rasgos estuvieron especialmente presentes dada la singular fuerza del anarquismo en España.
En pocas palabras, lo que se discutía y se sigue discutiendo en estos debates es lo que separaba a Marx de Bakunin. Las polémicas sobre el disidente POUM no vienen al caso aquí y, dadas las reducidas dimensiones de esa agrupación y su papel marginal, prácticamente carecen de importancia. Pertenecen a la historia de las luchas ideológicas ocurridas dentro del movimiento comunista internacional o, si se prefiere, de la despiadada guerra de Stalin contra el trotskismo con el cual sus agentes (equivocadamente) lo identificaban. El conflicto entre el entusiasmo libertario y la organización disciplinada, entre la revolución social y el ganar una guerra, sigue siendo real en la Guerra Civil española, aun cuando supongamos que la URSS y el Partido Comunista querían que la guerra acabara en revolución y que las partes de la economía socializadas por los anarquistas funcionaban bastante bien. Las guerras, por flexibles que sean las cadenas de mando, no pueden librarse, ni las economías de guerra administrarse, de manera libertaria. La Guerra Civil española no podría haberse llevado a cabo, y menos ganado, siguiendo los lineamientos orwellianos.
Sin embargo, en un sentido más general, el conflicto entre la revolución como aspiración de libertad y el ganar una guerra no es puramente español. Surgió con toda su fuerza después del triunfo de las revoluciones en las guerras de liberación: en Argelia, probablemente en Vietnam, sin duda en Yugoslavia. Dado que la izquierda perdió en la Guerra Civil española, en este caso el debate es póstumo y cada vez más alejado de las realidades de la época. La repugnancia moral hacia el estalinismo y el comportamiento de sus agentes en España está justificada. Es lícito criticar la convicción comunista de que la única revolución que importaba era la que le diera al partido el monopolio del poder. Pero estas consideraciones no tienen una importancia fundamental. Marx habría tenido que enfrentarse a Bakunin aun cuando todos los que peleaban en el bando republicano hubiesen sido ángeles. Pero debe decirse que la mayoría de los que lucharon por la República como soldados consideraba que Marx era más pertinente que Bakunin, pese a que algunos sobrevivientes recuerden la euforia espontánea, aunque ineficiente, de la fase anarquista de la liberación, con ternura y exasperación a la vez.
Fuera de España, la Guerra Civil siguió viva, como todavía lo está entre sus cada vez más escasos contemporáneos no españoles. Para los que eran jóvenes en aquel momento, fue y sigue siendo como el recuerdo acongojante e indestructible de un primer gran amor perdido. 
ERIC HOBSBAWM
ALEJANDRIA, 1917
De padres judíos, nacido en Egipto y educado en Viena y Berlín, en su familia jamás se dejó de hablar en inglés. Huérfanos de padre y madre, él y su hermana fueron adoptados por sus tíos y se radicaron en Londres a comienzos de los años 30. Se doctoró en Cambridge y formó parte del grupo de historiadores del Partido Comunista. La Revolución Francesa y la Revolución Industrial fueron temas centrales en sus obras. Escribió una monumental historia del siglo XX y se especializó lateralmente en el tema de los bandoleros sociales. Fue reconocido por su rigor intelectual en todos los círculos académicos de cualquier orientación ideológica. Integró durante un tiempo la Academia Británica. 

 Traducción: Elisa Carnelli
Clarín Revista Ñ, 17 marzo 2007
  
El poeta ruso-americano Joseph Brodsky pronunció estas palabras en 1989 en la Universidad de Dartmouth.
Una parte sustancial de lo que les espera va a ser reclamada por el aburrimiento. De ahí que hoy, en esta solemne ocasión, quiera ponerles el tema, porque creo que ninguna universidad de artes liberales los está preparando para esa eventualidad; y Dartmouth no es la excepción. Ni las humanidades ni la ciencia ofrecen cursos sobre el aburrimiento. En el mejor de los casos, es posible que los familiaricen con la sensación al infligírselas. Pero ¿qué es un contacto casual frente a una enfermedad incurable? El más monótono susurro proveniente de una cátedra o el texto que hiere los ojos en un idioma pomposo no representan nada en comparación con el Sahara psicológico que comienza directamente en el dormitorio y desprecia el horizonte. Conocido bajo diversos alias —angustia, ennui, tedio, murria, jartera, apatía, desgano, estolidez, letargo, languidez, acidia—, el aburrimiento es un fenómeno complejo y en general producto de la repetición; parecería así que el mejor antídoto en su contra sería la constante inventiva y originalidad. Es lo que ustedes, jóvenes y despiertos, esperarían. Ay, pero la vida no va a darles tal opción, porque el medio principal de la vida es precisamente la repetición. Se puede alegar, por supuesto, que los intentos repetidos de originalidad e inventiva son el vehículo del progreso y —por ahí derecho— de la civilización. Pero si lo miramos en retrospectiva, tal intento no es de los más valiosos. Porque si dividiéramos la historia de nuestra especie según los descubrimientos científicos, para no mencionar los conceptos éticos, el resultado no estará a nuestro favor. Conseguiríamos, hablando técnicamente, siglos de aburrimiento. La sola noción de originalidad o innovación plantea la monotonía de la realidad corriente de la vida, cuyo medio —no cuyo idioma— principal es el tedio. En eso la vida difiere del arte, cuyo peor enemigo, como probablemente lo sepan, es el cliché. No es de extrañarse, pues, que el arte tampoco sirva para instruirlos en cómo manejar el aburrimiento. Hay pocas novelas sobre este tema; los cuadros son todavía más escasos, y en cuanto a la música, es principalmente no semántica. En conjunto, el arte trata al aburrimiento de una manera defensiva, satírica. La única forma como el arte puede convertirse para ustedes en un solaz contra el aburrimiento, contra el equivalente existencial del cliché, es si ustedes mismos se vuelven artistas. Dado su número, sin embargo, la perspectiva es tan poco halagadora como improbable. Pero incluso si todos ustedes salen en masa de esta inauguración en busca de máquinas de escribir, caballetes y Steinways de cola, ello no los preservará por completo del aburrimiento. Si la repetición es la madre del aburrimiento, ustedes, jóvenes y despiertos, pronto se verán abrumados por la falta de reconocimiento y la mala paga, ambas crónicas en el mundo del arte. En estos aspectos, escribir, pintar y componer música son evidentemente ocupaciones inferiores a trabajar para una firma de abogados, un banco o incluso un laboratorio. Y es allí, por supuesto, donde reside la gracia salvadora del arte. Al no ser lucrativa, es más bien difícil que caiga víctima de la demografía. Porque si, como hemos dicho, la repetición es la madre del aburrimiento, la demografía (que va a desempeñar en sus vidas un papel mucho mayor que cualquier disciplina que hayan aprendido aquí) es el padre. Esto puede sonar misantrópico, pero tengo más del doble de su edad y he vivido para ver duplicarse la población de nuestro globo. Para cuando ustedes tengan mi edad, se habrá cuadruplicado, y no exactamente de la manera en que lo esperan. Por ejemplo, para el año 2000 serán tales las modificaciones culturales y étnicas, que pondrán a prueba la noción de su propia humanidad. Esto nada más reduce las perspectivas de originalidad e inventiva como antídotos contra el aburrimiento. Pero incluso en un mundo más monocromático, el otro problema con la originalidad y la inventiva es que literalmente pagan. En la medida en que ustedes sean capaces de una de las dos, podrían progresar con rapidez. Por deseable que esto pueda parecer, la mayor parte de ustedes saben de primera mano que nadie se aburre tanto como el rico, porque el dinero compra tiempo y el tiempo es repetitivo. Suponiendo que no busquen la pobreza —pues de lo contrario no hubieran entrado a la universidad—, es de esperar que el aburrimiento los golpee tan pronto como dispongan de las primeras herramientas de autosatisfacción. Gracias a la tecnología moderna, estas herramientas son tan numerosas como los sinónimos de aburrimiento. A la luz de su función —hacerles olvidar la redundancia del tiempo—, su abundancia es reveladora. Igualmente reveladora es la función de su poder de compra, hacia cuyo aumento ustedes van a salir de este salón con el repiqueteo de esos instrumentos sostenidos fuertemente por sus padres y parientes. Es una escena profética, señoras y señores de la promoción de 1989, porque ustedes están entrando en un mundo en el que registrar un evento empequeñece al propio evento: el mundo del video, del estéreo, del control remoto, del vestido para trotar y de la máquina de ejercicios para mantenerlos dispuestos a revivir su propio pasado o el de algún otro, éxtasis enlatado que pide carne fresca.Todo lo que muestra un patrón está impregnado de aburrimiento. Ello es aplicable al dinero en más de una forma, tanto a los billetes de banco como a su posesión. No se trata, por supuesto, de promocionar la pobreza como una escapatoria al aburrimiento, aunque san Francisco, al parecer, logró exactamente eso. Pero a pesar de todas las privaciones que nos rodean, la idea de nuevas órdenes monásticas no parece particularmente atractiva en esta era de videocristiandad. Además, jóvenes y despiertos, ustedes están más ansiosos por hacer el bien en Sudáfrica o en algún lugar parecido que en hacerlo en el vecindario, y antes dejarían de tomar su marca favorita de gaseosa que aventurarse por el lado malo de la calle. De modo que nadie les está recomendando pobreza. Todo lo que uno puede sugerirles es que sean un poco más aprensivos con el dinero, porque los ceros en sus cuentas pueden ser preludio de los equivalentes mentales. En cuanto a la pobreza, el aburrimiento es la parte más brutal de su tortura, y el apartarse de ella adopta formas más radicales: de rebelión violenta o de adicción a las drogas. Ambas son temporales, porque la tortura de la pobreza es infinita; ambas, debido a esa infinitud, son costosas. En general, un hombre que se inyecta heroína en las venas lo hace casi por las mismas razones por las que ustedes se compran un video: para eludir la redundancia del tiempo. La diferencia, sin embargo, es que él gasta más de lo que tiene, y que su medio de escape se vuelve tan redundante como aquello de lo que está escapando, sólo que a un ritmo todavía más raudo que el de ustedes. En suma, la diferencia tangible entre el extremo de una aguja y el botón de un estéreo corresponde a grandes rasgos a aquella que existe entre la agudeza y la vacuidad del impacto del tiempo entre los que no tienen y los que tienen. En resumen, sean ricos o sean pobres, tarde o temprano se verán afligidos por esta redundancia del tiempo. Ricos en potencia, ustedes acabarán aburriéndose del trabajo, los amigos, los cónyuges, los amantes, la vista desde la ventana, los muebles o el papel de colgadura de la alcoba, los pensamientos o de ustedes mismos. En consecuencia, tratarán de buscar caminos de escape. Aparte de la autocomplacencia con los artilugios antes citados, pueden dedicarse a cambiar de empleo, residencia, compañía, país, clima; podrán ensayar la promiscuidad, el alcohol, los viajes, las lecciones de cocina, las drogas, el psicoanálisis. De hecho, pueden juntar todas estas cosas y por un tiempo funcionarán. Hasta el día, por supuesto, en que se despierten en medio de una familia nueva y un papel de colgadura diferente, en un estado y un clima diferentes, con un cerro de cuentas del agente viajero y del analista, pero con el mis-mo sentimiento rancio hacia la luz del día que se filtra a través de las ventanas. Se pondrán los mocasines sólo para descubrir que necesitarían de los cordones para sobreponerse a lo ya conocido. Dependiendo del temperamento o de la edad, les dará pánico o bien se resignarán a la familiaridad de la sensación; o se lanzarán una vez más al galimatías del cambio. La neurosis y la depresión entrarán en sus léxicos; los gabinetes del baño estarán llenos de píldoras. Básicamente, no hay nada de malo en convertir la vida en una búsqueda constante de alternativas, en pasar por encima de empleos, cónyuges, ambientes, etc., siempre que uno pueda hacerse cargo de la pensión alimenticia y del enredo con los recuerdos. Este tipo de situaciones, al fin de cuentas, ha sido suficientemente idealizado en la pantalla y en la poesía romántica. El riesgo, no obstante, es que en menos que nada la búsqueda se vuelva una ocupación de tiempo completo, y que la necesidad de una alternativa acabe siendo comparable a la dosis diaria de un adicto.Pero hay otra salida. No mejor, quizás, desde su punto de vista, y no necesariamente segura pero recta y económica. Quienes entre ustedes hayan leído el poema “Del sirviente a los sirvientes” de Robert Frost, quizás recuerden un verso suyo: “La mejor manera de salir es siempre atravesar”. Por eso lo que voy a sugerirles es una variante so­bre el tema. Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo. En general, con las cosas desagradables, la regla es: mientras más pronto toquen fondo más pronto volverán a flotar. La idea aquí, para parafrasear a otro gran poeta de la lengua inglesa, es mirar de frente a lo peor. La razón por la que el aburrimiento merece semejante escrutinio es que representa el tiempo puro, incontaminado, en todo su repetitivo, redundante y monótono esplendor. Para decirlo de alguna manera, el aburrimiento es nuestra ventana sobre el tiempo, sobre esas propiedades suyas que uno tiende a ignorar con peligro probable del propio equilibrio mental. En suma, es nuestra ventana sobre la infinitud del tiempo, es decir, sobre nuestra insignificancia en él. Esto es lo que cuenta, tal vez, en nuestro horror por los atardeceres solitarios y torpes, en la fascinación con la que a veces miramos una mota de polvo flotar en un rayo de sol, cuando en alguna parte repica un reloj, hace calor y nuestra fuerza de voluntad es nula. Una vez abierta esa ventana, no intenten cerrarla; déjenla, por el contrario, de par en par. Porque el aburrimiento habla el lenguaje del tiempo y va a enseñarles la lección más valiosa de la vida —la que no obtuvieron aquí, en estos verdes prados—: la lección de su completa insignificancia. Será valiosa para ustedes, así como para aquellos con quienes se codeen. “Eres finito”, les dirá el tiempo con voz de aburrimiento, “y hagas lo que hagas, desde mi punto de vista es fútil”. Por supuesto que esto no será música para sus oídos; pero el sentido de futilidad, de significación limitada incluso para las mejores acciones, para las más ardientes, es mejor que la ilusión de sus consecuencias y el consiguiente autobombo. Pues el aburrimiento es una invasión del tiempo en nuestro repertorio de valores. Pone nuestra existencia en perspectiva, con un resultado neto que siempre implica precisión y humildad. La primera, debe notarse, engendra la segunda. Mientras aprendemos sobre nuestro propio tamaño, más humildes y más compasivos nos volvemos con nuestros semejantes, con ese polvo flotante en un rayo de luz o ya inmóvil sobre la mesa. ¡Ah, cuánta vida hubo en esas motas! No desde nuestro punto de vista, sino desde el de ellas. Nosotros somos para ellas lo que el tiempo es para nosotros; por eso es que parecen tan pequeñas. ¿Y saben lo que dice el polvo cuando lo limpian de la mesa?“Recuérdame”,susurra el polvo.Nada podría estar más lejos de la agenda mental de ustedes, jóvenes y despiertos, que el sentimiento expresado en estos dos versos por el poeta alemán Peter Huchel, ya muerto.Lo he citado porque me gustaría inculcar en ustedes la afinidad con las cosas pequeñas —semillas y plantas, granos de arena o mosquitos—, pequeñas pero numerosas. Cité estos dos versos porque me gustan, porque me reconozco en ellos y, si a ello vamos, en cualquier organismo vivo que debe ser limpiado de la superficie disponible. “Recuérdame, susurra el polvo”. Y lo que oímos es que si de vez en cuando aprendemos algo sobre nosotros por cuenta del tiempo, quizás el tiempo pueda, a su vez, aprender algo de nosotros. ¿Qué habría de ser? Que aunque inferiores en significación, tenemos la ventaja de la sensibilidad.Esto es lo que significa ser insignificante. Si se necesita un aburrimiento que paralice la voluntad, bienvenido el aburrimiento. Somos insignificantes porque somos finitos. Pero mientras más finita es una cosa, más cargada está de vida, emociones, dicha, temor, compasión. Pues el infinito no es ni muy vivo ni muy emocional. Nuestro aburrimiento nos enseña al menos esto, porque nuestro aburrimiento es el aburrimiento del infinito.Respétenlo, entonces, por sus orígenes, como por los de ustedes mismos. Porque es la anticipación de ese infinito inanimado la que da cuenta de la intensidad de los sentimientos humanos, que a menudo conducen a la concepción de una nueva vida. Eso no quiere decir que ustedes hayan sido concebidos en el aburrimiento, o que lo finito engendre lo finito (aunque ambas cosas pueden resultar ciertas). Es más bien para sugerir que la pasión es el privilegio del insignificante.Por lo tanto, traten de mantener la pasión, dejen la frialdad para las constelaciones. La pasión es, ante todo, un remedio contra el aburrimiento. Otra cosa, por supuesto, es el dolor —físico más que psicológico—, que suele ser consecuencia de la pasión; aunque no les deseo ninguno de los dos. Aun así, cuando sentimos dolor sabemos que al menos no hemos sido engañados (por el cuerpo o por la psique). De ahí que lo bueno del aburrimiento, de la angustia y del sentimiento de la in­significancia de la existencia, de todas las existencias, sea que no entrañan un engaño.Pueden ensayar también las novelas de detectives o las películas de acción —algo que los deje donde no han estado antes verbal/visual/mentalmente—, algo que se sostenga, aunque sólo sea durante un par de horas. Eviten la televisión, especialmente el cambio de canales: es la redundancia encarnada. Pero si fracasan estos remedios, déjenlo entrar, “arrojen su alma a la creciente oscuridad”. Traten de abrazar, o déjense abrazar por el aburrimiento y la angustia, que de todas maneras son más grandes que ustedes. Sin duda les parecerá sofocante, pero traten de soportarlo cuanto puedan, y a veces más. Ante todo, no piensen que se equivocaron en algún momento, no traten de rehacer sus pasos para corregir el error. No, como dijo el poeta, “crean en su dolor”. Este horrible abrazo del oso no es un error. Nada de lo que los molesta lo es. Recuerden todo el tiempo que en este mundo no hay abrazo que finalmente no pueda deshacerse.Si todo esto les parece sombrío, no saben lo que es sombrío. Si esto les parece irrelevante, espero que el tiempo les dé la razón. Si lo encuentran poco apropiado para tan solemne ocasión, estaré en desacuerdo.Convendría en ello si esta ocasión fuera para celebrar su permanencia aquí; pero marca su partida. Mañana estarán lejos de aquí, pues sus padres pagaron sólo cuatro años, ni un día más. De modo que tienen que ir a alguna parte para seguir sus carreras, para obtener dinero, para formar una familia, para enfrentarse a sus destinos únicos. Y en lo que hace a esa “otra parte”, ni en las estrellas ni en los trópicos ni al otro lado de la frontera en Vermont se han enterado de que exista esta ceremonia en el prado de Dartmouth. Uno ni siquiera apostaría a que el sonido de la banda llegue hasta White River Junction.Están a punto de abandonar este lugar, miembros de la promoción de 1989. Están entrando al mundo, un mundo que estará más densamente habitado que este rincón de los bosques y en el que se les prestará menos atención que la que les prestaron en estos cuatro años. Están por su cuenta sin remedio. Hablando de la significancia de ustedes, pueden calcularla rápidamente comparando los 1.100 que son contra los cuatro mil novecientos millones que hay en el mundo. La prudencia, entonces, es tan apropiada en esta ocasión como la fanfarria.No les deseo más que felicidad. Aun así, habrá muchas horas oscuras y, lo que es peor, sosas, causadas tanto por el mundo exterior como por sus propias mentes. Tendrían que fortalecerse contra eso de alguna manera; y es lo que he estado tratando de hacer con ésta, mi débil exposición, aunque obviamente sepa que es insuficiente.Pues el que les espera es un viaje notable pero fatigoso; hoy están abordando, por así decirlo, un tren fuera de control. Nadie puede decirles lo que les espera en adelante, mucho menos aquellos que quedan atrás. Hay algo, sin embargo, que pueden asegurarles, y es que no se trata de un viaje de ida y vuelta. Intenten, por lo tanto, extraer alguna comodidad de la noción de que por intragable que sea ésta o aquella estación, el tren no se quedará allí para siempre. Por consiguiente, nunca estarán varados, ni siquiera cuando así lo sientan; porque este lugar se convierte hoy en su pasado. De ahora en adelante se les irá perdiendo, ya que el tren se halla en constante movimiento. El lugar se irá desvaneciendo, incluso cuando sientan que están varados... De manera que échenle una mirada cuando todavía tiene su tamaño natural, mientras todavía no es una fotografía. Mírenlo con toda la ternura de que sean capaces porque están mirando su pasado. Extraigan, por decirlo así, la mejor mirada posible. Dudo que vayan a encontrar algo mejor que eso.