Provocadora. Insultante. Náuseabunda. Cruel. Inmoral. Misántropa. Todos estos adjetivos son perfectamente aplicables a Viaje al fin de la noche, novela capital para comprender buena parte de la literatura del siglo XX, especialmente la producción francesa. Él es, sin duda, el padre de estos nuevos pesimistas, Michel Houellebecq y Frédéric Beigdeber; y su primera novela, Viaje al fin de la noche, es su obra más representativa: jamás logró superarla.

El narrador de nuestra historia es Ferdinand Bardamu, un antihéroe al uso excepto en que éste no logra ser educado ni siquiera con el propio lector: una de las señas de identidad de la literatura de Céline es su lenguaje, directo por lo transgresor o transgresor por lo directo, que penetra en la mente del lector como una puñalada: no nos encontramos ante un elegante pero desafortunado Quijote, sino ante un colgado.
Bardamu se alista en el ejército por una especie de broma (memorable su discurso sobre el nacionalismo: "Hatajo de granujas, ¡es la guerra! -nos dicen-. Vamos a abordarlos, a esos cabrones de la patria nº2, ¡y les vamos a reventar la sesera! ¡Venga! ¡Venga! ¡A bordo hay todo lo necesario! ¡Todos a coro! Pero antes quiero veros gritar bien: "Viva la patria nº1!"".) acaba sufriendo la estupidez de los oficiales sumergido en una soldadesca mayoritariamente cobarde. Así, es herido y vuelve a París donde, entre otras muchas peripecias, acaba compitiendo con otros para contar la aventura más absurdamente heroica y lograr así la atención del público femenino. Posteriormente, nuestro héroe viaja a las colonias francesas en África, que describe como un infierno de calor, mierda, comida repugnante y más mierda. Los avatares del destino le llevan a los Estados Unidos, donde persigue su particular american dream. Así el autor nos describe el trabajo industrial, con toda su magnitud de ruido y monotonía; eso sí, nos deja claras las virtudes de las americanas. De regreso a Francia, trabaja de médico aprovechando esta vez para explicarnos la mezquindad de los más desfavorecidos -como podemos ver, Céline es un narrador sin pelos en la lengua-; destaca entre estas últimas hazañas la que protagoniza su intermitentemente inseparable Léon Robinson, actuando de asesino a sueldo teniendo como víctima a una vieja para que su hijo y su nuera puedan alquilar la casita que ocupa.

El mundo es un lugar repugnante, parece decirnos Céline. Sin embargo, debo admitir que el feeling que parece querer transmitirnos, creo que un lector del siglo XXI lo alcanzará más fácilmente leyendo Las partículas elementales de Michel Houellebecq. Sin embargo, si tratara de evaluar algo tan abstracto como la calidad literaria debería poner por delante a nuestro antisemita protagonista de hoy.
http://cafemarat.blogspot.com/2006/05/viaje-al-fin-de-la-noche-de-louis.html

NSN.-El mundo de la moda, como ejemplo de expresión en constante movimiento, no ha sido ajeno a una crisis económica mundial que ha agudizado sus problemas de falta de ideas y escasa creatividad.
Prada, Marc Jacobs, Tom Ford, Martin Margiela e Isabel Marant, David Delfín, Zara, H&M, pasarán a la historia como las referencias que han marcado la diferencia en estos últimos diez años de moda.
Prada, es la importancia de la firma italiana en esta década del tercer milenio y es que se empezó a forjar en los noventa, cuando Miuccia Prada, tomó las riendas del imperio de su abuelo, de las mochilas de cuero a los bolsos hay más de un paso.
Marc Jacobs, empezó la década lanzando su primer perfume y diversificando su producto: ropa de casa, gafas, relojes, nada se le resiste al diseñador favorito de los fashionistas más cool, recientemente recibió el Óscar de la moda.
El Council of Fashion of América (CFDA), la asociación americana de creadores de moda, distinguió al director creativo de Louis Vuitton como mejor diseñador de moda femenina, Victoria Beckham lidera el club de fans by Jacobs.





El Da Vinci del tercer milenio, Tom Ford, protagonizó uno de los mayores logros del periodo que repasamos, al sacar de la ruina total a Gucci y para sorpresa de todos, descolgarse después del trapecio de la moda para convertirse en director de cine y lanzar la marca de cosméticos Tom Ford, desde entonces, mujeres de medio mundo llevan a Tom en los labios.



En Europa, el belga Martin Margiela, maestro del reciclaje, ha dado en estos diez años una lección de cómo extremar la extravagancia, tras su paso por los dominios de Jean Paul Gaultier y Hermés, su Maison Martin Margiela está en los apuntes de todo estudiante de moda que quiera presumir de saber algo de costura. ¿Lo más? las prendas desestructuradas, como la chaqueta de cuero de la imagen inferior izquierda. También Isabel Marant puede presumir de nombre propio en la historia de la moda, empezó rehaciendo ropa y en el año 2000 lanzó su segunda línea, el chic parisino de Isabel Marant seduce a las celebridades y las top (como Kate Moss o Mila Jovovich) pelean por ser imagen de la firma.










La llegada de la primavera de 2000, con el gigante sueco H&M es uno de los hitos más importantes de la moda en la primera década del siglo XXI, la mezcla de diseño, con colecciones de Madonna, Lavin, Jimmy choo y precio popular funciona internacionalmente.



Proenza Schouler resumen en  pocas 

prendas el espíritu 
neoyorquino del nuevo siglo. 

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En la mayoría de los países africanos, los pobres no tienen abogado en los juicios. Y la mayoría de los presos pasan años en la cárcel antes de recibir su sentencia. Miles de niños en África viven en prisiones, conviviendo con adultos y en condiciones tan extremas que su supervivencia está en peligro (…)
Moleres es un fotógrafo español, con una larga trayectoria detrás de la cámara, y realizó las instantáneas a principios de este mismo año 2010. Se trata de una situación gravísima, que debería preocupar mucho a las autoridades correspondientes y a las organizacionse que luchan a favor de la infancia, pero de la que nunca hasta ahora había oído hablar. ¿Cuántas violaciones de los Derechos Humanos se suceden cada día sin que apenas sepamos nada de ellas?
http://es.paperblog.com/ninos-africanos-en-prisiones-369601/








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Fotografía de Nikola Tesla en 1895 a los 39 años de edad.

Nikola Tesla (cirílico: Никола Тесла, Smiljan (Imperio austrohúngaro, actual Croacia), 10 de julio de 1856 – Nueva York, 7 de enero de 1943) fue un inventor, ingeniero mecánico e ingeniero eléctrico y uno de los promotores más importantes del nacimiento de la electricidad comercial. Se le conoce, sobre todo, por sus numerosas y revolucionarias invenciones en el campo del electromagnetismo, desarrolladas a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Las patentes de Tesla y su trabajo teórico formaron las bases de los sistemas modernos de potencia eléctrica por corriente alterna (CA), incluyendo el sistema polifásico de distribución eléctrica y el motor de corriente alterna, que tanto contribuyeron al nacimiento de la Segunda Revolución Industrial.

Tesla era étnicamente serbio y nació en el pueblo de Smiljan, en el Imperio Austrohúngaro (actual Croacia). Era ciudadano del imperio austriaco por nacimiento y más tarde se convirtió en ciudadano estadounidense.1 Tras su demostración de comunicación inalámbrica por medio de ondas de radio en 1894 y después de su victoria en la guerra de las corrientes, fue ampliamente reconocido como uno de los más grandes ingenieros eléctricos de los EE. UU. de América.2 Gran parte de su trabajo inicial fue pionero en la ingeniería eléctrica moderna y muchos de sus descubrimientos fueron de suma importancia. Durante este periodo en los Estados Unidos la fama de Tesla rivalizaba con la de cualquier inventor o científico en la historia o la cultura popular,3 pero debido a su personalidad excéntrica y a sus afirmaciones aparentemente increíbles y algunas veces casi inverosímiles, acerca del posible desarrollo de innovaciones científicas y tecnológicas, Tesla fue finalmente relegado al ostracismo y considerado un científico loco.4 5 Tesla nunca prestó mucha atención a sus finanzas. Se dice que murió empobrecido a la edad de 86 años.6

La unidad de medida del campo magnético B del Sistema Internacional de Unidades (también denominado densidad de flujo magnético e inducción magnética), el Tesla, fue llamado así en su honor en la Conférence Générale des Poids et Mesures (París, en 1960), como también el efecto Tesla de transmisión inalámbrica de energía a dispositivos electrónicos (que Tesla demostró a pequeña escala con la lámpara incandescente en 1893) el cual pretendía usar para la transmisión intercontinental de energía a escala industrial en su proyecto inconcluso, la Wardenclyffe Tower (Torre de Wardenclyffe).7

Aparte de su trabajo en electromagnetismo e ingeniería electromecánica, Tesla contribuyó en diferente medida al desarrollo de la robótica, el control remoto, el radar, las ciencias de la computación, la balística, la física nuclear,8 y la física teórica. En 1943, la Corte Suprema de los Estados Unidos lo acreditó como el inventor de la radio.9 Algunos de sus logros han sido usados, no sin controversia, para justificar varias pseudociencias, teorías sobre OVNIS y sobre anti-gravedad, así como el ocultismo de la Nueva era y teorías sobre la teletransportación.
http://es.wikipedia.org/wiki/Nikola_Tesla


LLEGÓ DEMASIADO LEJOS

Llegar demasiado lejos es peligroso. Sobre todo si vuelves para contarlo, porque el porvenir que te espera será el descrédito, la prisión, la pobreza o la muerte.
Hoy voy a hablar de uno de esos héroes platónicos que regresaron a la caverna con descubrimientos que podían haber cambiado la Historia de la Humanidad. Su objetivo en la vida era lograr la energía libre y gratuita para cualquier persona en cualquier lugar. Estuvo muy cerca de lograrlo. Y hay indicios más que notables de que lo consiguió. Aseguraba que cualquier aparato podía funcionar conectándolo con la energía que proporcionaba la naturaleza, y con mucha más potencia que cualquier central eléctrica.
Sea como fuere, aquello era intolerable para las multinacionales de la energía, que consiguieron encerrarlo en las zahúrdas del olvido.
Se llamaba Nikola Tesla, un croata de origen serbio, que convirtió a Thomas Alva Edison en uno de los hombres más célebres y ricos del mundo. Edison no hubiera sido más que un empresario mediocre sin la colaboración de Nikola Tesla, cuyo destino fue el de dar fama y fortuna a otros con sus ideas.
Si alguien pregunta: ¿Quién inventó la radio? Podemos responder: Marconi, por supuesto. Pues no. En 1943, la Corte Suprema de Estados Unidos reconoció que su inventor fue Tesla. Marconi había utilizado 17 patentes de Nikola Tesla para componer su aparato.  Durante años Tesla pleiteó con Marconi sin éxito (Tesla tenía muchos enemigos) Y no fue hasta después de su muerte cuando se hizo algo de justicia. No obstante, conforme pasan los decenios, su figura va siendo lentamente rescatada.
A principios de 1891, demostró que la energía en general y la electricidad en particular podía transmitirse de forma inalámbrica. Pero los grandes banqueros, inversionistas y dueños de multinacionales ya habían comprado las minas de cobre de medio mundo para producir cables eléctricos.
Tesla era un incendio que había que sofocar con el pretexto de que podía desestabilizar la economía mundial, basada en el cobre y el petróleo.
Ideó un sistema de propulsión mediante electromagnetismo que hubiera acabado con los motores de gasolina o aquellos otros que tenían que conectarse a una red eléctrica. El motor magnético, del que tanto se sabe hoy día, simple y económico de producir, que tan sólo precisa de imanes para su funcionamiento, es su heredero.
Cientos y cientos de patentes, la mayoría robadas o intencionadamente desaparecidas, llevaron su nombre: la radio, la propulsión electromagnética, la robótica, el control remoto, el motor de corriente alterna, la luz de alta frecuencia con pastillas de carbono, las bombillas sin filamento, los rayos X, el radar, el uso de la radiación de fondo de microondas, la transmisión inalámbrica de imágenes, la extracción de energía libre en cualquier lugar y su transmisión inalámbrica a través de la resonancia Schumann del espectro radioeléctrico de la Tierra como medio de transporte… Y otras muchas de las que nunca sabremos nada o que serán adjudicadas, si no queda más remedio, a cualquier equipo de investigación debidamente acreditado por nuestros pastores financieros.
Fue el Leonardo Da Vinci del siglo XX. Pero a diferencia del florentino, tuvo como enemigos a los monstruos que aún pastorean con nuestras vidas. En el alma de Nikola Tesla cabía el bienestar de toda una civilización; en el alma de sus enemigos sólo había lugar para el porcentaje y el dividendo.
Nikola Tesla murió a los 86 años, pobre y abandonado en una habitación de hotel. El día que lo encontraron muerto (una más que sospechosa forma de morir para algunos) el FBI requisó todos sus documentos: cajas y más cajas de escritos y bocetos con ideas, inventos y patentes que pensaba registrar. Algunos fueron devueltos a sus herederos, pero varios de ellos siguen siendo, hoy día, documentos clasificados como secretos de estado. ¿Por qué? Creo que todos sabemos la respuesta.

Si las predicciones de la NASA sobre la posibilidad de una futura eyección de masa coronal del sol (CME: Coronal Mass Ejection) produjera algún día lo que se conoce como “Evento Carrington” y dañara los circuitos eléctricos, los transformadores y los sistemas de comunicación durante largo tiempo, tal vez entonces, para recomponer la civilización, salgan a la luz aquellos descubrimientos de Tesla que se desacreditaron como fantasías propias de una novela de ciencia ficción. Pero en ese hipotético caso, la novela de ciencia ficción se habrá convertido en una novela histórica, una novela histórica que aparecerá con más de un siglo de retraso.




Durante la Primera Guerra Mundial, Martin Niemöller fue comandante de submarinos. Después se convirtió en predicador. En 1933, ganó popularidad con su libro “Del submarino al púlpito”, en el que describió su transformación en pastor. Un año después conversó con Hitler en una reunión con los líderes de las iglesias protestantes de Alemania. Hitler dijo:  

-No deben preocuparse: sus iglesias seguirán exentas de impuestos y mantendrán su cobertura legal.
-Nuestra preocupación no es ésa –respondió Niemöller, ante el pasmo de sus colegas-; nuestra preocupación es el alma de los alemanes.
-El alma de Alemania déjemela a mí –replicó Hitler.  

En 1937, poco antes de ser arrestado por oponerse a la nazificación de las iglesias, advirtió en uno de sus sermones: “No estamos dispuestos a guardar silencio por mandato del hombre cuando Dios nos ordena hablar”.  
En 1938 se celebró el juicio que lo condenó a sus primeros 7 meses de prisión.  

-¿Cómo se atreve usted a desobedecer al Führer? –preguntó el juez.
-Mi único Führer es Dios –contestó Niemöller.  

Al salir de la cárcel, fue arrestado por orden directa de Hitler como su “prisionero personal” y enviado a los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau.  
Con la derrota alemana en la guerra, fue liberado por las tropas estadounidenses. Habían pasado ocho años, su hija menor había muerto de difteria y dos de sus hijos habían caído en el campo de batalla. Puso sobre sus hombros el peso de la culpa y en uno de los sermones más célebres de la historia, durante la Semana Santa de 1946 en Kaiserslautern, dijo:

 Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada. 

Estas palabras, transmitidas oralmente, que fueron atribuidas erróneamente a Bertolt Brecht, calaron tan hondamente durante la posguerra que se convirtieron en uno de los textos morales de mayor peso en la historia.
Hitler había perdido militarmente su guerra, pero acababa de sufrir una segunda derrota en el más allá. Esta vez en el alma de los alemanes.






VISITAS ; MICHEL HOUELLEBECQ EN BUENOS AIRES

El pesimista sentimental

Dueño de una prosa fría y distante, pero también de una mirada sentimental, de un personaje público provocador, pero de un pensamiento sereno y decimonónico, el escritor francés Michel Houellebecq es, con cinco novelas, quien más ha explorado con fruición, pesar e inteligencia las endemias del mundo occidental poscapitalista: el consumo, el corporativismo, el turismo sexual, la experimentación genética, el terrorismo, la pornografía, la obscenidad hedonista, la saturación de información. La semana pasada, ante un pequeño y repleto auditorio en la Alianza Francesa, el autor dialogó con Alan Pauls sobre su obra y su visión del mundo. A continuación, para todos los que se quedaron afuera o no llegaron, Radar reproduce el texto leído por Pauls y algunos de los mejores pasajes de la charla ofrecida por Houellebecq.

 Por Alan Pauls
Michel Houellebecq es uno de esos escritores que ya no tienen currículum sino prontuario. A esta altura del partido no son tanto sus libros los que llaman la atención en lo que los medios dicen de él; son sobre todo sus apariciones públicas, sus escándalos, sus monosílabos, sus exilios, sus performances como poeta-rapper, sus condenas a muerte, sus cambios de editor. Curiosa inflación de la figura de un escritor que si de algo puede jactarse es de haber apostado todo, incluso –o empezando por– su capital personal, a una sola ficha: convertirse en una máquina de describir, un dispositivo a la vez muy viejo y muy nuevo dedicado a relevar, a observar, a registrar... ¿qué, exactamente? No el yo, sin duda, no la subjetividad ni la interioridad humanas, sino la lógica fluida y monstruosa y asordinada que los corroe, los ridiculiza y quizá los extingue: la lógica de un mundo colonizado por el mercado, el mundo poscapitalista.
Es fácil leer la obra de este ex ingeniero agrónomo como una literatura “de agenda”. A lo largo de trece años y cinco novelas (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, Lanzarote, Plataforma, La posibilidad de una isla), Houellebecq ha explorado con una puntualidad asombrosa el repertorio de endemias más representativo y espectacular del occidente contemporáneo: el corporativismo, el consumo, el turismo sexual, la clonación, los experimentos biogenéticos, las ingenierías poshumanas, el terrorismo, el milenarismo, las sectas, los desastres naturales, la saturación hedonista, la pedofilia, el poder tecnocientífico, la información... Nada que haya gozado de quince minutos de fama en la primera plana de un diario o un noticiero de televisión puede faltar en una novela de Houellebecq. Gran balzaciano, este panoramista impasible tiene un ojo clínico que no tiene nadie y siempre se empeña en orientarlo hacia un objeto informe, irritante, a la vez ineludible y pedestre, que la literatura sólo toca con pinzas o para reducirlo a un mero decorado. Ese objeto es “la actualidad”, esa compulsiva vidriera de goces donde coexisten en pie de igualdad Steve Jobs y la estrella porno de moda, las vacas locas y David Bisbal, la nueva conjetura sobre el origen del universo y el último grito en atentados fundamentalistas, Philippe Sollers y el lanzamiento de la cámara Sony DSCF-101 con tres millones de pixeles. Enfrentado con la actualidad, Houellebecq actúa como un escáner implacable. Caracteriza universos, cataloga tipos, señala tendencias. Nada de la industria del presente parece escapársele. Pero esa perspicacia luminosa está teñida, como cortada por una especie de sarcasmo amargo, casi tóxico, el tipo de mal gusto que dejan en la boca todos esos saberes que sociólogos, semiólogos y mitólogos acuñaron a fines de los años ‘60 para criticar el capitalismo posindustrial y ahora, cuarenta años más tarde, son bibliografía obligatoria en las sesiones de marketing donde se piensa cómo seguir reproduciéndola.
Ese efecto de resaca histórica es uno de los factores más notables de la ficción de Houellebecq, mucho más, quizá, que el cinismo que reivindican a menudo sus personajes o que los sopapos que sus provocaciones políticas propinan al lector biempensante. Otro factor, que hace un juego perfecto con la resaca, es el tono que esa ficción elige para desplegarse. Es el tono crudo, neutro y como anestesiado de un informante escrupuloso pero exhausto, obligado a informar sobre un estado de cosas que no necesita de él, ni de su informe, ni de su tono, ni de nada que no sea él mismo, la propia compulsión que ese estado de cosas experimenta para seguir, para ir más allá, básicamente más allá de lo humano. Es el tono –para hacernos una rápida idea– de un Albert Camus que permanece en vela, pero ya no tiene una sola gota de energía, lobotomizado por años y años de estadísticas, cálculo de trends, trabajos de campo, sondeos de opinión, compulsas motivacionales. Es el tono de un burócrata vitalicio atrapado en la peor de las situaciones: no poder evitar ocuparse de un mundo que ya no lo desea. Mucho más que los temas calientes, las bravuconadas sexuales o la incorrección política, es ese idioma implacable y deshidratado lo que nos corta el aliento en los libros de Houellebecq, del mismo modo en que, en un escritor como Sade, el escándalo viene menos de las aberraciones eróticas que de la prosa distante y gélida que las narra. Hay en efecto algo en esa lengua administrativa de Houellebecq –escritor “frío”, “sin alma”, “desapegado”, como lo describe a menudo la prensa– que recuerda inevitablemente al decir maquínico de Sade, el escritor más candente de la literatura francesa: el mismo talento descriptivo, la misma capacidad de razonar el goce del Mal, la misma impunidad para mimetizarse con posiciones intolerables. La misma adicción a una risa negra, sin fondo. Y la misma arte para reducir un gran fantasma occidental, el sexo, a un manual de instrucciones seco pero eficaz, que cualquier hijo de vecino puede poner en práctica en casa sin dificultades.
Hay mucho sexo en los libros de Houellebecq; quizás el mejor, el sexo menos erótico y más contagioso que pueda rastrearse en la ficción contemporánea. Es un sexo que tiene al menos tres variantes. La primera –sin duda una de las más originales– es problemática, desdichada, siempre insatisfactoria: es un sexo de gente traumatizada o vaciada de deseo. Otra es el sexo eficaz, exitoso, en el que cada órgano y cada deseo buscan y encuentran siempre su lugar; el sexo literal que Houellebecq parece calcar del cine porno como nadie, asordinando siempre el énfasis virtuoso que lo envuelve en la pantalla. La tercera es el sexo extático, el que corona o transgrede la voluntad de eficacia con un plus inclasificable que se vive como un trance (un desvanecimiento, un deseo de muerte). Cada una de esas variantes sexuales implica una cierta economía del tiempo: la primera es la interrupción; la segunda, la continuidad mecánica; la tercera, una especie de abolición abrupta y brutal. De las tres, la segunda es la que mejor responde al mundo pleno y autosuficiente de las novelas de Houellebecq, donde dos ideas como fornicar y vomitar pueden tentar al mismo tiempo, con las mismas chances de ganar, al tipo que mira a una mujer que le sonríe. Las otras dos, la torpe y la mística, brillan siempre como dos anomalías aristocráticas. Una es un síntoma, el rastro tragicómico pero vivo que deja una humanidad en retirada; la otra es sin duda una felicidad, pero una felicidad imposible, siempre condenada al desastre. Ambas encierran, sin embargo, esa energía desesperada y romántica que tarde o temprano termina tajeando como un relámpago el famoso depresionismo houellebecquiano.
Ampliación del campo de batalla cita a Barthes: “De pronto me fue indiferente no ser moderno”. Houellebecq se apropia de esa indiferencia y parece dictaminar: las alternativas al desierto poscapitalista no son, no podrían ser modernas, porque la modernidad es la madre del poscapitalismo; las alternativas sólo podrían ser anacrónicas. Las alternativas son la poesía (que por algún milagro siempre parece sobrevivir al desencanto houellebecquiano), las evidencias de cierto sentido común existencial (“En el fondo uno nace solo, vive solo y muere solo”, reflexiona en algún momento un personaje), la emoción simple, el sentimiento desnudo, el afecto del que prácticamente es imposible decir nada, nada al menos que pueda corromperlo con alguna dosis de inteligencia. Esas son las únicas islas posibles. “He tenido que conocer/ Lo mejor que hay en la vida,/ Dos cuerpos que disfrutan de su felicidad/ Uniéndose y renaciendo sin fin”, dice el último poema de La posibilidad de una isla, el poema que enciende la mecha y empuja a una mujer neohumana a desertar del posmundo en el que vegeta y a buscar una nueva utopía humana.
¿Y si el cínico, el pesimista, el gran desapegado fuera en el fondo un sentimental? ¿Y si la apatía con que las ficciones de Houellebecq constatan la lógica de un presente atroz estuviera siempre acechada por la sombra de un sueño crédulo: el sueño de que “dos cuerpos que disfrutan de su felicidad” rompan el cerco de lo actual y reintroduzcan un poco de tiempo real –un poco de pasado y de futuro–, no sé si en nuestras vidas pero sí, al menos, en nuestras novelas? En su primera novela, Houellebecq ya confesaba el desafío que había asumido al escribir ficción: encontrar la forma novelesca capaz de retratar la indiferencia, el vacío, la nada. La forma más adecuada a una civilización que –salvo las sardinas en lata– ya no concibe nada de larga duración. Las cuatro novelas que publicó prueban que la encontró, pero que al mismo tiempo que esa forma adecuada al mundo encontró también su resistencia y su antídoto: una suerte de neoinocencia, el extraño tipo de entusiasmo y de confianza que –inyectándole tiempo, todo ese tiempo que el mundo ya no tiene– la contradicen y la ponen en peligro.
DOMINGO, 16 DE DICIEMBRE DE 2007

El mundo en el espejo
Por Michel Houellebecq
Cómo me convertí en el mejor Al principio, durante bastante tiempo, sólo escribí poemas. Creo que si hubiese tenido dinero, podría haber continuado así toda mi vida. Me gustaba mucho, me sentía bien, pero lamentablemente tuve que ponerme a trabajar. Traté de demorar un poco el momento, pero al final tuve que ponerme a trabajar. Y entonces me pareció que mi vida se había terminado. Me di cuenta al mismo tiempo de que en el mundo, la vida que yo llevaba no tenía rastros en ningún libro de mi época. Entonces escribí Ampliación del campo de batalla porque eso faltaba en los libros. No lo veía aparecer para nada.
Es un libro bastante violento, una insolencia real que tuvo un cierto impacto y creo que perdí algo de esa insolencia (lo lamento) al volverme un poco humilde y más armonioso, pero es por cierto un libro insolente. Y creo que puede ser sorprendente, porque la única idea expresada realmente en ese libro, luego de que verifico que algunas personas tienen una vida sexual rica, otros una vida sexual pobre o nula, es que eso no es una cuestión de moral ni nada por el estilo. Hay personas que son seductoras o no, simplemente. No es una idea brillante. Pero incluso eso no estaba dicho en la literatura francesa. Me volví muy fácilmente el mejor escritor francés, pero el nivel de arranque era muy bajo. Si hubiera estado en la época de Balzac nadie se habría fijado en mí, pero de golpe me volví famoso. Me volví célebre y casi casi me consideran un intelectual. Pero insisto: porque el nivel de partida era bajo.
La maté porque era mía (el hombre que amaba a las mujeres) Ester, en La posibilidad de una isla, me cansó de una manera que ustedes no pueden imaginar. Y tengo bastante mérito porque no la maté a pesar de eso. Cuando un personaje me cansa realmente, lo liquido. Me reprochan que siempre mato a las mujeres, lo que pasa que me cansan más las mujeres. Pero no soy malo, me parece que los personajes me salen bastante bien y, a pesar de que soy un escritor no tan bueno como Dostoievski, que es quien más me ha marcado en mi adolescencia por cierto, junto a Pascal, creo que mis mujeres me salen mejor. Me parece que a él las mujeres no le interesaban demasiado. A mí sí. Y hay que interesarse por esos personajes, porque si no uno no llega a nada.
Somos nuestra clase Mis libros están más del lado de lo sociológico que de lo psicológico. Verdaderamente, creo que los seres humanos están más explicados por su nivel y su posición social, que por su historia personal. Y eso es muy violento. Si uno le dice a alguien: “Vos pensás tal cosa, pero es normal porque son las ideas típicas de tu ambiente”, la gente lo toma muy mal. Prefieren ser explicados por una neurosis infantil o por sus signos astrales. Pero si uno le dice: “Tenés la opinión típica de un gran burgués”, desprecian la explicación. Pero esa reducción a la sociología es sumamente violenta, de una violencia inusitada. Y explica muchas de las complicaciones que tuve.
Céline hundió Francia: En Francia hay algo que empieza a irritarme bastante: hay una tendencia a volver hacia libros más modestos que no son deprimentes. Hay un retorno a los buenos sentimientos. Yo no soy para nada cínico, soy un romántico, evidentemente. Pero, a pesar de eso, hay que tener en cuenta la parte mala y deprimente.
Desdichadamente si se trata de saber si la literatura norteamericana merece dominar en Francia, globalmente –aparte de algunas excepciones– diría que sí. El nivel no es excepcional, pero me parece que Louis-Ferdinand Céline le causó bastante daño a la literatura francesa. El tenía un estilo, como todo el mundo tiene un estilo, pero se alzó mucho contra las ideas. Eso es normal porque él mismo no tenía ideas, y cuando tuvo ideas eran bastante estúpidas, como el antisemitismo y esas cosas. Además, tiene una forma de escritura que quiere hacerse notar: con puntuaciones visibles, cosas extrañas, y eso hizo bastante mal a la literatura francesa. Hay que decir también que el nivel de los periodistas es bastante malo en Francia. Cuando se les habla de estilo, entienden Céline. Tienen poca cultura.
Otros en vez de Marx: El comienzo del siglo XIX francés es un período bastante brillante. Lo que es bastante normal, porque la Revolución Francesa fue un acontecimiento sin precedentes; todas las bases del antiguo sistema social se vinieron abajo y hubo un esfuerzo intelectual para imaginar lo que podría dar nuevas bases a la sociedad. Ese esfuerzo fue impresionante. Vale la pena leer a Fourier, Comte, Tocqueville. Tocqueville escribe de una manera estupenda, en cambio Auguste Comte y Fourier son, a veces, ilegibles.
Marx llegó un poco después. Y se quedó con las apuestas que habían hecho otros porque tenía fórmulas de choque. No muy profundo, pero con fórmulas de choque. Por ejemplo, “la religión es el opio del pueblo” o “la filosofía sólo se contentó con describir el mundo, hay que transformarlo”. Es un autor más bien de fórmulas de choque. Sería excelente publicitario actualmente. Pero en realidad, la reducción a lo económico no funciona para nada.
Fourier tuvo el mérito de haber planteado problemas de conformación de familias. Comte se planteó la pregunta de si la sociedad podía sobrevivir sin religión, lo que es una buena pregunta. Esos autores merecen una relectura.
En cambio no tengo una gran estima por el siglo XX, en general. El nivel cambió mucho y últimamente estoy bastante contento de haber cambiado de siglo. También hay que reconocer que alguien como Balzac, por ejemplo, tuvo una suerte extraordinaria. Posiblemente sea el novelista mejor dotado que existió. Y llegó en el momento en que la sociedad se transformaba, ahí, delante de sus ojos.
En el mundo actual es mucho menos interesante estar en Francia que en Rusia. Es una sociedad que evoluciona poco. Entonces, bueno, hago lo que puedo en las condiciones en que estoy ubicado. Pero es cierto que algunos otros y yo mismo hemos encontrado la literatura francesa en un estado bastante lamentable. Hay que decirlo así como es.
Botellas Una vez fui fotografiado por un fotógrafo francés que retrata a muchos escritores, y me dijo: “¿Por qué tantos escritores beben?”. No es para buscar inspiración, por cierto, es por la misma razón que los obreros, porque es un trabajo de fuerza, un esfuerzo, escribir. Yo escribía poemas y no pensaba mucho en todo eso, pero ahora que escribo novelas es cierto, es un trabajo de esfuerzo.
Un estilo cuesta abajo: Trato de escribir de una manera no muy complicada, no más complicada que la frase que estoy tratando de armar. Escribo un poco como se baja una cuesta en bicicleta, digamos. Hay que estar listo para salirse de la ruta en cualquier momento y hacer pequeños movimientos para corregir la trayectoria y no salirse del camino.
En general creo que mis libros no son difíciles de leer, no es una lectura penosa, digamos. En cambio los libros que están concebidos como una subida, como un ascenso, uno generalmente no los termina.
El mundo USAdo Es interesante hablar de la democracia porque es el producto de marca de los Estados Unidos. Ellos se ven como quienes llevan la democracia a todas partes en el mundo.
En lo que hace al dominio cultural norteamericano hay que admitir que ya el mundo no puede seguir girando sin una lengua universal. El francés, en realidad, es bastante complicado. A veces tiene complicaciones inútiles. No creo que haya un destino del francés como lengua mundial. Tal vez funcionó en el siglo XVIII, porque los nobles en las cortes tenían tiempo libre para dedicarse más al idioma. El español podría haber tenido una buena chance, pero lamentablemente se olvidaron de colonizar países asiáticos que van a volver a convertirse en potencia dominante en el futuro.
Creo que, en general, los Estados Unidos perdieron: no tienen ninguna chance futura frente a India y China, pero su dominio cultural va a seguir existiendo, porque ellos están muy aferrados a eso.
Se podría hablar muy bien del dominio cultural norteamericano, pero el problema es que la mayor parte de los habitantes del mundo van a acostumbrarse a hablar dos idiomas. Uno lo hablarán bien, con toda claridad, el español, el portugués, el checo. Y otro lo hablarán bastante mal y sin placer. He visto chinos que hablan en inglés. Directamente no les interesa para nada, les jode bastante. Lo que les importa es el chino, el inglés lo hablan para salir del paso. Hablan en inglés para el business, para los negocios y basta. Mucha gente es lo suficientemente inteligente para hacer eso.
Pero si el inglés se convirtiera también en lengua de cultura, sería molesto. Porque se volvería a una situación en que la cultura sería súbitamente accesible a una pequeña minoría que habla la lengua de la cultura. Algo parecido a la Edad Media cuando se trataba del latín. Creo que habría que evitar más bien que desaparezcan las culturas en lenguas locales.
¿Cómo hacer esto?
Yo pensé una idea. Una idea un poco extraña. Hay que desarrollar el orgullo. Cuando uno está muy consciente de su propio valor, y consciente de que al lado nuestro los otros no valen gran cosa, como los norteamericanos en este momento, entonces los otros terminan por creer eso. Entonces, hay que desarrollar el orgullo nacional. Claro que esto tiene muchos inconvenientes, porque el orgullo nacional es la causa típica de las guerras. Es una fuerza peligrosa, realmente. Pero estando de visita en Rusia me di cuenta de que era útil eso. Me impresionó mucho.
Allí, un lector me hizo una pregunta bastante extraña. Era un hombre de unos sesenta años. Me preguntó: “¿A usted no le parece que hicimos mal en renunciar a la conquista del espacio?”.
Yo realmente no sabía nada de ese tema y sigo sin saberlo. Pero mi editor me dijo que el que había hecho la pregunta era alguien bastante conocido en Rusia, un ex cosmonauta. Y ahí me di cuenta de que Rusia, en efecto, tiene un nacionalismo y guardó una sensación de haber sido un gran país. Hay una cierta nostalgia de las estrellas de aquellos tiempos en que podía competir. Y esa nostalgia, ese orgullo, puede hacerlos capaces de grandes cosas nuevamente. Por lo tanto, el orgullo nacional no es una fuerza netamente negativa.
Entonces cómo utilizar las fuerzas negativas. Muy poca gente se ha planteado esa pregunta. Charles Fourier, por ejemplo. Muy conocido por sus fantasías sexuales, los falansterios y todas esas cosas. Hay otro tema que le preocupa mucho a Fourier: cómo utilizar las pasiones negativas, o sea la vanidad, el deseo de ser más que los demás, incluso la maldad, la avaricia. Cómo utilizar eso.
Habría que leerlo en detalle, pero tiene soluciones para esos temas. Hay un párrafo bastante divertido: “Cómo utilizar el gusto de los chicos por la mugre”. A veces da la impresión de una cierta locura, pero esto irrumpe de manera agradable entre las personas que imaginan una humanidad modificada y que reconstruyen la sociedad a partir de una humanidad modificada, sin pensar en el modo en que esa modificación tiene que hacerse.
Fourier se dio cuenta de que con el fin de la aristocracia, del Antiguo Régimen por supuesto, lo que iba a modificarse también era el matrimonio por conveniencia. Las uniones matrimoniales, sin preocuparse por los sentimientos. Entonces llegó a la conclusión de que la infidelidad conyugal, que no era un problema en tiempos del Antiguo Régimen, se iba a convertir en una cuestión dramática. Iba a provocar desdichas de gran importancia. Entonces la solución utópica: hay que imaginar que las personas son fieles. Solución de Fourier: no, no es posible.
Lo que observamos actualmente es que las personas se casan a partir de un deseo sexual, básicamente. Entre otras cosas, pero también sexual. Cuando ese deseo desaparece, a la pareja no le va muy bien. Las parejas tienen menos chicos, entonces la humanidad va desapareciendo de a poco, se va achicando.
No es un problema menor. En el fondo los problemas económicos, estratégicos, no pesan mucho de acuerdo con los problemas demográficos. Europa está achicándose demográficamente, para decirlo de una manera simple. Ni más ni menos que eso. Y todo eso porque no fueron resueltas esas cuestiones de moral sexual. Bastante triste, ¿no?
Para esto no tengo solución. Pero habría que leer un poco a Fourier, creo que valdría la pena.
La desgrabación y traducción fueron gentilmente cedidas por Patricio Zunini, del blog hablandodelasunto.com.ar



Fundador conjuntamente con otros intelectuales entre los que se contaban Li Dazhao y Chen Duxiu, del Partido Comunista Chino en 1921, desde sus primeros escritos, Mao Tse Tung (1893 – 1976) señaló como problema fundamental en la sociedad china la cuestión del conflicto, de las contradicciones entre las provincias más desarrolladas de la costa y el interior campesino más pobre. Así, supo expresar: “No hay un marxismo abstracto: hay un marxismo concreto, adaptado a las realidades de China, a los árboles desnudos como la gente, porque la gente se ve obligada a comérselos”. 
Ya desde la década de 1920, empieza a señalar que el campesinado chino encerraba un gran potencial revolucionario. Así escribió atento los avances de ese sector contra las estructuras del sistema feudal imperante en China: “Quien tenga arraigadas concepciones revolucionarias y vaya alguna vez al campo y vea lo que allí sucede, de seguro se sentirá más alegre de lo que nunca ha estado. Millones de esclavos, los campesinos, están derribando a sus enemigos, los devoradores de hombres. Lo que hacen los campesinos es perfectamente justo, y lo hacen muy bien! ‘Muy bien’ es la teoría de los campesinos y de los demás revolucionarios. Todos los camaradas revolucionarios deben comprender que la revolución nacional exige una gran transformación en el campo”. En cuanto al sujeto constructor de la revolución, Mao destacó el valor del campesino como agente del cambio social y político asegurando que en él convergían las antiguas tradiciones y la voluntad revolucionaria. 


La alianza de los comunistas con el partido nacionalista chino (KMD), nacida con el objeto de hacer frente a los gobiernos militares del norte y centro del país, llegó a su fin con el alzamiento al poder del líder nacionalista Chiang Kai Shek quien lanzó un asedio a los primeros. En 1927, Mao se interna conjuntamente con unos cientos de campesinos en las montañas de Jinggang desde donde lanzaría la ofensiva guerrillera. El acoso de las tropas oficiales –comenzado por la quinta campaña de exterminio de los comunistas lanzada por Chiang Kai Shek desde 1931-, hizo que en octubre de1934 condujera a su Ejército Rojo hacia el noroeste del país en el marco del período conocido como la “Larga Marcha” acompañado de noventa mil hombres y mujeres. 
A partir de la segunda mitad de la década del 30, el PCCH, comenzó a crecer como movimiento en el medio rural con el apoyo esencial del campesinado sometido en aquel momento a relaciones de servidumbre y dominio por parte de la clase terrateniente. En 1935, Mao asume la jefatura del Partido con el cargo de Secretario General y poco más tarde crea una república soviética en Yan’an. 


En 1936, escribe sus obras Problemas estratégicos de la guerra revolucionaria china y para 1940 se publican La revolución china y el Partido Comunista Chino y Sobre la nueva democracia. 
En todos sus escritos de la época, señaló la necesidad de la unidad de las fuerzas revolucionarias frente a los poderes constituidos del capitalismo y el imperialismo chino y mundial, asegurando: “Está perfectamente claro que, en China, ganará la confianza del pueblo quien sepa dirigirlo en la lucha por derrocar al imperialismo y a las fuerzas feudales, porque tanto aquél como éstas, en especial el imperialismo, son los enemigos mortales del pueblo. En la actualidad, el salvador del pueblo será quien sepa dirigirlo en la lucha por expulsar al imperialismo japonés y establecer un sistema democrático. La historia ha probado que la burguesía china no es capaz de cumplir esta tarea, la cual, por lo tanto, recae inevitablemente sobre los hombros del proletariado. En consecuencia, como quiera que sea, el proletariado, el campesinado y los intelectuales y demás sectores de la pequeña burguesía de China constituyen las fuerzas fundamentales que deciden el destino del país. Estas clases, unas ya conscientes y otras en vías de serlo, necesariamente se convertirán en los elementos básicos en la estructura del Estado y del Poder de la república democrática china, con el proletariado como fuerza dirigente. La república democrática china que queremos establecer ahora, sólo puede ser una república democrática bajo la dictadura conjunta de todos los sectores antiimperialistas y antifeudales, dirigida por el proletariado, es decir, una república de nueva democracia”. 
La posterior invasión a China por parte de las tropas imperialistas de Japón hizo que surgiera una nueva alianza entre el PCCH y el KMD. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo tenía cerca de un millón de soldados y el Partido Comunista dirigía a más de noventa millones de chinos. 


Sobre la necesidad de un frente único contra la agresión imperialista extranjera expresó: “Los comunistas chinos debemos combinar el patriotismo con el internacionalismo. Somos a la vez internacionalistas y patriotas, y nuestra consigna es ‘Luchar contra el agresor en defensa de la patria’. Para nosotros, el derrotismo es un crimen, y pugnar por la victoria en la Guerra de Resistencia, un deber ineludible. Pues únicamente luchando en defensa de la patria podremos derrotar a los agresores y lograr la liberación nacional, y sólo logrando la liberación nacional será posible que el proletariado y todo el pueblo trabajador conquisten su propia emancipación. La victoria de China y la derrota de los imperialistas que la invaden constituirán una ayuda para los pueblos de los demás países. De ahí que, en las guerras de liberación nacional, el patriotismo sea la aplicación del internacionalismo”. 


En 1949, el Partido Comunista Chino y el Ejército Rojo lograron imponerse militarmente a los nacionalistas del KMD haciendo triunfar la revolución socialista. Nacía de ese modo, la nueva República Popular de China. Mao fue designado como su primer presidente. 
En el gobierno hasta su muerte el 9 de septiembre de 1976, Mao impulsó fuertes cambios en China que tocaron desde su organización política a la económica, que incluyó la industrialización en una región que hasta ese momento estaba básicamente vinculada a la agricultura y el comercio exterior. En el marco de esos cambios revolucionarios, se produjo en la década de 1960 el distanciamiento del PCCH con el Partido Comunista de la Unión Soviética y de ambos estados socialistas debido a las diferencias entre el tipo de construcción del socialismo que uno y otro buscaban. 


fuente:http://www.biografiaantifa.***/
http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2544632/Mao-Tse-Tung.html