Título:"Trabajo, consumismo y nuevos pobres"  Autor: Zygmunt Bauman

A través de los años la sociedad se ha transformado para adaptarse a un mundo cada vez más mecanizado, pasando así por diversas actitudes y posiciones ideológicas respecto al trabajo como fenómeno social; desde la llamada ética del trabajo en la primera época de la industrialización, hasta nuestros días, viviendo en una sociedad de consumidores y con una clase marginada cada día más pobre.Zygmunt Bauman en su libro Trabajo, Consumismo y Nuevos Pobres intenta explicar cómo los gobiernos de los países, en su afán de tener un crecimiento económico, han orillado a la gente a someterse a un régimen fabril, anulando sus costumbres, implantando patrones de conducta en las fabricas, los hospicios y los asilos para pobres, dejándole como disyuntiva única trabajar o morir.
La sociedad ha venido transformando sus valores, hoy en día nada es gratis, todo tiene un costo, nada se da sin pretender recibir algo a cambio, ya no hay amor al trabajo como el que un artesano tenía a sus creaciones, la industria ha convertido al trabajo en una simple rutina disciplinada sin mayor sentido que el de la supervivencia. Así la industria cooptó el trabajo de la gente, y se apropió de su libertad.
La ética del trabajo fue en aquella época sólo un instrumento, el fin era la aceptación de la norma impuesta por la industria, de una existencia precaria con salarios bajos, hacer del trabajo una necesidad, pero a medida de que transcurre el tiempo las necesidades de la gente van cambiando, pasando así de la necesidad de supervivencia, a la de satisfacer sus deseos.
Así la sociedad productora cambió a consumidora y durante este proceso las relaciones de producción sufrieron grandes transformaciones, los empleos ya no son para toda la vida, ahora son temporales, flexibles.
El trabajo y la producción no fue lo único que cambió, la gente productora, hoy consumidora, vive individualmente su actividad para aliviar sus deseos, dejándose seducir por sensaciones desconocidas o nuevas, no hay consumo colectivo –afirma Bauman– todo consumidor es solitario.
En esta comunidad de consumidores, el principio que rige es la estética, dejando atrás a la ética del trabajo, esta sociedad consumidora sólo se preocupa por estar en donde abunden las oportunidades de elegir entre varios productos, admira a la gente que tiene lo suficiente para elegir lo que desee y no lo que esté al alcance de sus posibilidades, ya no se reconoce el trabajo de la gente que ha sobresalido a pesar de vivir en condiciones precarias, sólo se aspira a tener una vida como la gente de elevados recursos, sin preocupaciones.
Ser pobre en una sociedad de consumo, es no tener acceso a una vida normal, ser un consumidor frustrado, incapaz de adaptarse y por tanto llevar una vida aburrida, sin libertad de elección, orillándolos así a desafiar el orden y la ley para no aburrirse, - explica Bauman.
El autor, profesor emérito de la Universidad de Leeds, Inglaterra, afirma que el Estado benefactor tiene como principal objetivo garantizar una vida digna, mediante el otorgamiento de servicios de educación, salud, vivienda, alimentación y otros, sin embargo la calidad y accesibilidad de éstos reproducen las condiciones para la permanencia de la miseria, proporcionando así a la industria capitalista los futuros trabajadores como una simple mercancía. Estos servicios que brinda el Estado benefactor, son principalmente para la clase marginada, una clase que corresponde a las personas que no realizan ninguna contribución útil para la vida de los demás, a la gente que la sociedad ve con dos sentimientos contradictorios, por un lado les teme y repudia y por el otro les crea por una parte un sentimiento de compasión y misericordia, y por otra, –en esto el autor es implacable– un miedo que llega a estructurar todo un aparatodefensivo encauzado en sistemas penales cuya expresión máxima es la pena de muerte, ante la cual los más expuestos son, precisamente, los pobres.
Este libro nos hace reflexionar sobre qué es lo que queremos para nuestra sociedad y nuestra vida personal, no somos tan inhumanos y no hemos perdimos la capacidad de dar, para querer desterrar a la clase marginada, para olvidarnos de que existen seres humanos que necesitan de la ayuda de otros para poder salir adelante, y que necesitan que el Estado actúe como benefactor, que les dé servicios, que funcione como plataforma para el despegue, de otro modo sería Estado sin sustento ni razón de ser ante una industria capitalista cada día con menos demanda de recursos humanos y mayores ganancias millonarias para unos cuantos, que no coincide con el crecimiento económico que se pretende alcanzar.
¿A costa de cuántos valores más se logrará éste crecimiento? Bauman se apoya en otro pensador, C. Castoriadis, y en la observación de la historia, para alentar a la sociedad: «la humanidad puede cambiar como lo ha hecho ya tantas veces».
Por Claudia Ivette López

http://www.galeon.com/gentealternativa/babel/libro5.htm


Zygmunt Bauman: Trabajo, Consumismo y Nuevos Pobres (2000)

Bauman reconstruye en esta o
bra el cambio de la condición de la pobreza desde la revolución industrial y su «ética del trabajo» hasta la sociedad del consumo y su «estética», y muestra en la situación actual todas las consecuencias de esta evolución. Además, analiza hasta qué punto son adecuados o no los viejos métodos para detener la pobreza creciente y mitigar sus penurias. En una reflexión final, Bauman considera el futuro de los pobres y plantea la posibilidad de dar un nuevo significado a la ética del trabajo, más conforme a la condición actual de las sociedades desarrolladas.

Del capitalismo como "sistema parásito"

"Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad impulsada a crédito y consumo", afirma el sociólogo polaco. Para el autor deModernidad líquida gobiernos e instituciones han aprendido muy poco de la crisis económica reciente: la respuesta a la quiebra fue endeudarse aun más.

Por: Zygmunt Bauman

WALL STREET, octubre de 2008. Pérdidas millonarias y caras de preocupación ganaron los mercados internacionales.
Tal como el reciente "tsunami financiero" demostró a millones de personas que creían en los mercados capitalistas y en la banca capitalista como métodos evidentes para la resolución exitosa de problemas, el capitalismo se especializa en la creación de problemas, no en su resolución.

Al igual que los sistemas de los números naturales del famoso teorema de Kurt Gödel, el capitalismo no puede ser al mismo tiempo coherente y completo. Si es coherente con sus propios principios, surgen problemas que no puede abordar; y si trata de resolverlos, no puede hacerlo sin caer en la falta de coherencia con sus propias premisas. Mucho antes de que Gödel escribiera su teorema, Rosa Luxemburgo publicó su estudio sobre la "acumulación capitalista" en el que sugería que el capitalismo no puede sobrevivir sin economías "no capitalistas"; puede proceder según sus principios siempre cuando haya "territorios vírgenes" abiertos a la expansión y la explotación, si bien cuando los conquista con fines de explotación, el capitalismo los priva de su virginidad precapitalista y de esa forma agota las reservas que lo nutren. En buena medida es como una serpiente que se devora la cola: en un primer momento la comida abunda, pero pronto se hace cada vez más difícil de tragar, y poco después no queda nada que comer ni tampoco quien lo coma...

El capitalismo es en esencia un sistema parásito. Como todos los parásitos, puede prosperar un tiempo una vez que encuentra el organismo aún no explotado del que pueda alimentarse, pero no puede hacerlo sin dañar al anfitrión ni sin destruir tarde o temprano las condiciones de su prosperidad o hasta de su propia supervivencia.

Rosa Luxemburgo, que escribió en una era de imperialismo rampante y conquista territorial, no pudo prever que las tierras premodernas de continentes exóticos no eran los únicos posibles "anfitriones" de los que el capitalismo podía alimentarse para prolongar su vida e iniciar sucesivos ciclos de prosperidad. El capitalismo reveló desde entonces su asombroso ingenio para buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie explotada con anterioridad se debilitaba. Una vez que anexó todas las tierras vírgenes "precapitalistas", el capitalismo inventó la "virginidad secundaria". Millones de hombres y mujeres que se dedicaban a ahorrar en lugar de a vivir del crédito fueron transformados con astucia en uno de esos territorios vírgenes aún no explotados.

La introducción de las tarjetas de crédito fue el indicio de lo que se avecinaba. Las tarjetas de crédito habían hecho irrupción en el mercado con una consigna elocuente y seductora: "elimine la espera para concretar el deseo". ¿Se desea algo pero no se ahorró lo suficiente para pagarlo? Bueno, en los viejos tiempos, que por fortuna ya quedaron atrás, había que postergar las satisfacciones (esa postergación, según Max Weber, uno de los padres de la sociología moderna, era el principio que hizo posible el advenimiento del capitalismo moderno): ajustarse el cinturón, negarse otros placeres, gastar de manera prudente y frugal y ahorrar el dinero que se podía apartar con la esperanza de que con el debido cuidado y paciencia se reuniría lo suficiente para concretar los sueños.

Gracias a Dios y a la benevolencia de los bancos, ya no es así. Con una tarjeta de crédito, ese orden se puede invertir: ¡disfrute ahora, pague después! La tarjeta de crédito nos da la libertad de manejar las propias satisfacciones, de obtener las cosas cuando las queremos, no cuando las ganamos y podemos pagarlas.

A los efectos de evitar reducir el efecto de las tarjetas de crédito y del crédito fácil a sólo una ganancia extraordinaria para quienes prestan, la deuda tenía que (¡y lo hizo con gran rapidez!) transformarse en un activo permanente de generación de ganancia. ¿No puede pagar su deuda? No se preocupe: a diferencia de los viejos prestamistas siniestros, ansiosos de recuperar lo que habían prestado en el plazo fijado de antemano, nosotros, los modernos prestamistas amistosos, no pedimos el reembolso de nuestro dinero sino que le ofrecemos darle aun más crédito para devolver la deuda anterior y quedarse con algún dinero adicional (vale decir, deuda) para pagar nuevos placeres. Somos los bancos a los que les gusta decir "sí". Los bancos amistosos. Los bancos sonrientes, como afirmaba uno de los comerciales más ingeniosos.

La trampa del crédito

Lo que ninguno de los comerciales declaraba abiertamente era que en realidad los bancos no querían que sus deudores reembolsaran los préstamos. Si los deudores devolvieran con puntualidad lo prestado, ya no estarían endeudados. Es su deuda (el interés mensual que se paga sobre la misma) lo que los prestamistas modernos amistosos (y de una notable sagacidad) decidieron y lograron reformular como la fuente principal de su ganancia ininterrumpida. Los clientes que devuelven con rapidez el dinero que pidieron son la pesadilla de los prestamistas. La gente que se niega a gastar dinero que no ganó y se abstiene de pedirlo prestado no resulta útil a los prestamistas, así como tampoco las personas que (motivadas por la prudencia o por un sentido anticuado del honor) se apresuran a pagar sus deudas a tiempo. Para beneficio suyo y de sus accionistas, los bancos y proveedores de tarjetas de crédito dependen ahora de un "servicio" ininterrumpido de deudas y no del rápido reembolso de las mismas. Por lo que a ellos concierne, un "deudor ideal" es el que nunca reembolsa el crédito por completo. Se pagan multas si se quiere reembolsar la totalidad de un crédito hipotecario antes del plazo acordado... Hasta la reciente "crisis del crédito", los bancos y emisores de tarjetas de crédito se mostraban más que dispuestos a ofrecer nuevos préstamos a deudores insolventes para cubrir los intereses impagos de créditos anteriores. Una de las principales compañías de tarjetas de crédito de Gran Bretaña se negó hace poco a renovar las tarjetas de los clientes que pagaban la totalidad de su deuda cada mes y, por lo tanto, no incurrían en interés punitorio alguno.

Para resumir, la "crisis del crédito" no fue resultado del fracaso de los bancos. Al contrario, fue un resultado por completo esperable, si bien inesperado, el fruto de su notable éxito: éxito en lo relativo a transformar a la enorme mayoría de los hombres y mujeres, viejos y jóvenes, en un ejército de deudores. Obtuvieron lo que querían conseguir: un ejército de deudores eternos, la autoperpetuación de la situación de "endeudamiento", mientras que se buscan más deudas como la única instancia realista de ahorro a partir de las deudas en que ya se incurrió.

Ingresar a esa situación se hizo más fácil que nunca en la historia de la humanidad, mientras que salir de la misma nunca fue tan difícil. Ya se tentó, sedujo y endeudó a todos aquellos a los que podía convertirse en deudores, así como a millones de otros a los que no se podía ni debía incitar a pedir prestado.

Como en todas las mutaciones anteriores del capitalismo, también esta vez el Estado asistió al establecimiento de nuevos terrenos fértiles para la explotación capitalista: fue a iniciativa del presidente Clinton que se introdujeron en los Estados Unidos las hipotecas subprime auspiciadas por el gobierno para ofrecer crédito para la compra de casas a personas que no tenían medios para reembolsar esos préstamos, y para transformar así en deudores a sectores de la población que hasta el momento habían sido inaccesibles a la explotación mediante el crédito...

Sin embargo, así como la desaparición de la gente descalza significa problemas para la industria del calzado, la desaparición de la gente no endeudada anuncia un desastre para el sector del crédito. La famosa predicción de Rosa Luxemburgo se cumplió una vez más: otra vez el capitalismo estuvo peligrosamente cerca del suicido al conseguir agotar la reserva de nuevos territorios vírgenes para la explotación...

Hasta ahora, la reacción a la "crisis del crédito", por más impresionante y hasta revolucionaria que pueda parecer una vez procesada en los titulares de los medios y las declaraciones de los políticos, fue "más de lo mismo", con la vana esperanza de que las posibilidades vigorizadoras de ganancia y consumo de esa etapa aún no se hayan agotado por completo: un intento de recapitalizar a los prestadores de dinero y de hacer que sus deudores vuelvan a ser dignos de crédito, de modo tal que el negocio de prestar y tomar prestado, de endeudarse y permanecer así, pueda retornar a lo "habitual".

El Estado benefactor para los ricos (que, a diferencia de su homónimo para los pobres, nunca vio cuestionada su racionalidad, y mucho menos interrumpidas sus operaciones) volvió a los salones de exposición tras abandonar las dependencias de servicio a las que se había relegado sus oficinas de forma temporaria para evitar comparaciones envidiosas.

Lo que los bancos no podían obtener –por medio de sus habituales tácticas de tentación y seducción–, lo hizo el Estado mediante la aplicación de su capacidad coercitiva, al obligar a la población a incurrir de forma colectiva en deudas de proporciones que no tenían precedentes: gravando/hipotecando el nivel de vida de generaciones que aún no habían nacido...

Los músculos del Estado, que hacía mucho tiempo que no se usaban con esos fines, volvieron a flexionarse en público, esta vez en aras de la continuación del juego cuyos participantes hacen que esa flexión se considere indignante, pero inevitable; un juego que, curiosamente, no puede soportar que el Estado ejercite sus músculos pero no puede sobrevivir sin ello.

Ahora, centenares de años después de que Rosa Luxemburgo diera a conocer su pensamiento, sabemos que la fuerza del capitalismo reside en su asombroso ingenio para buscar y encontrar nuevas especies de anfitriones cada vez que la especie que se explotó antes se debilita demasiado o muere, así como en la expedición y la velocidad virulentas con que se adapta a las idiosincrasias de sus nuevas pasturas. En el número de noviembre de 2008 de The New York Review of Books (en el artículo "La crisis y qué hacer al respecto"), el inteligente analista y maestro del arte del marketing George Soros presentó el itinerario de las empresas capitalistas como una sucesión de "burbujas" de dimensiones que excedían en mucho su capacidad y explotaban con rapidez una vez que se alcanzaba el límite de su resistencia.

La "crisis del crédito" no marca el fin del capitalismo; sólo el agotamiento de una de sus sucesivas pasturas... La búsqueda de un nuevo prado comenzará pronto, tal como en el pasado, alentada por el Estado capitalista mediante la movilización compulsiva de recursos públicos (por medio de impuestos en lugar de a través de una seducción de mercado que se encuentra temporariamente fuera de operaciones). Se buscarán nuevas "tierras vírgenes" y se intentará por derecha o por izquierda abrirlas a la explotación hasta que sus posibilidades de aumentar las ganancias de accionistas y las bonificaciones de los directores quede a su vez agotada.

Como siempre (como también aprendimos en el siglo XX a partir de una larga serie de descubrimientos matemáticos desde Henri Poincaré hasta Edward Lorenz) un mínimo paso al costado puede llevar a un precipicio y terminar en una catástrofe. Hasta los más pequeños avances pueden desencadenar inundaciones y terminar en diluvio...

Los anuncios de otro "descubrimiento" de una isla desconocida atraen multitudes de aventureros que exceden en mucho las dimensiones del territorio virgen, multitudes que en un abrir y cerrar de ojos tendrían que volver corriendo a sus embarcaciones para huir del inminente desastre, esperando contra toda esperanza que las embarcaciones sigan ahí, intactas, protegidas...

La gran pregunta es en qué momento la lista de tierras disponibles para una "virginización secundaria" se agotará, y las exploraciones, por más frenéticas e ingeniosas que sean, dejarán de generar respiros temporarios. Los mercados, que están dominados por la "mentalidad cazadora" líquida moderna que reemplazó a la actitud de guardabosques premoderna y a la clásica postura moderna de jardinero, seguramente no se van a molestar en plantear esa pregunta, dado que viven de una alegre escapada de caza a otra como otra oportunidad de posponer, no importa qué tan brevemente ni a qué precio, el momento en que se detecte la verdad.

Todavía no empezamos a pensar con seriedad en la sustentabilidad de nuestra sociedad impulsada a crédito y consumo. "El regreso a la normalidad" pronostica un regreso a vías malas y siempre peligrosas. La intención de hacerlo es alarmante: indica que ni la gente que dirige las instituciones financieras, ni nuestros gobiernos, llegaron al fondo del problema con sus diagnósticos, y mucho menos con sus actos.

Parafraseando a Héctor Sants, el director de la Autoridad de Servicios Financieros, que hace poco confesó la existencia de "modelos empresarios mal equipados para sobrevivir al estrés (...), algo que lamentamos", Simon Jenkins, un analista de The Guardian de extraordinaria agudeza, observó que "fue como si un piloto protestara porque su avión vuela bien a excepción de los motores".

© Zygmunt Bauman y Clarín, 2009. Traducción de Joaquín Ibarburu.




http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2009/12/27/_-02107667.htm
HISTORIAS MINIMAS
Argentina, 2002






Dirigida por 
Carlos Sorín, con Javier Lombardo, Antonio Benedictis, Javiera Bravo, Francis Sandoval, Carlos Montero, Aníbal Maldonado.







Con una escasa filmografía, Carlos Sorín ha demostrado ser uno de los más interesantes directores del cine argentino. La película del rey (1986) llamó la atención por su originalidad, creatividad y proyecciones metafóricas sobre la creación artística posible en un país como el nuestro, y ganó numerosos premios. Siempre se negó a estrenar en Argentina su segunda obra, Una eterna sonrisa de New Jersey, filmada en los Estados Unidos, por considerarla una frustración personal. Después, durante quince años se dedicó exclusivamente al cine publicitario. En Historias mínimas, vuelve a demostrar que es una especie de Rey Midas del cine, con una película sólida, emocionante, que nos permite un momento de felicidad.Una vez más, como en las oportunidades anteriores, Sorín filma en la Patagonia, que ya parece su ámbito natural. Entre el paraje Fitz Roy y Puerto San Julián, el camino que atraviesa parte del desierto con sus larguísimos horizontes es el escenario donde se desarrollan historias pequeñas de varios personajes menores, mínimos en esta vida cotidiana.
Se trata de una road movie sobre personajes sencillos y reales que viajan tras una ilusión. Don Justo es un viejo que deja su casa y sale caminando en busca de su perro extraviado, que alguien ha visto en San Julián, 400 kilómetros más al sur. La distancia no es obstáculo para este hombre que debe saldar algunas cuentas con su conciencia. El viento lo llevará a cruzarse con Roberto, un pintoresco viajante de comercio que carga en su coche una torta de cumpleaños para el hijo de un posible amor. Al mismo tiempo María, una chica muy humilde que okupael edificio de una vieja estación de ferrocarril, sabe que ha salido sorteada en un concurso televisivo y también se dirige a San Julián con su bebé en un colectivo, atraída por las falsas luces de la televisión. En los inmensos espacios patagónicos los personajes –al igual que su deseo– van creciendo con los largos kilómetros, sometidos sin embargo a las maniobras del destino.
Durante esas jornadas de viaje se ponen a prueba las señales de solidaridad, de comprensión y de humanidad de la gente patagónica. En parajes donde suele no pasar nadie en mucho tiempo, la compañía obligada en cada escala es la televisión, siempre encendida como un personaje más en escena. Sorín elabora una sutil y aguda crítica a lo peor de la televisión satelital, que inunda la Patagonia con situaciones –mundos– que nada tienen que ver con lo que ocurre aquí.

Historias mínimas es un bellísimo film que habla sobre las posibilidades de un cine sin estridencias, sin la utilización, incluso, de ciertos detalles de grandilocuencia presentes en las películas anteriores de Sorín. Al contrario. Las historias son mínimas y no llegan a constituir una épica, pero tienen tal significación humana y emocional que provocan la inmediata identificación del espectador, y su solidaridad sin condiciones. Y que el título no engañe: esta película está muy lejos del minimalismo de moda entre tantos nuevos directores argentinos.
Es notable el trabajo de casting que realizó Sorín, que viene a desmentir a quienes consideran imprescindible la presencia de actores consagrados para lograr una buena película. Después de una búsqueda y selección amplísima de actores no profesionales en varios puntos del país, el guión –excelente trabajo de Pablo Solarz– fue terminado en función de los actores elegidos, y muchas escenas fueron filmadas en tomas únicas. Así, el hombre que interpreta a don Justo es un mecánico jubilado de Montevideo, la joven que corporiza a María es docente de música en Santiago del Estero, un chamamecero de Corrientes interpreta a Don Fermín, el panadero y la mujer que fabrica tortas en su casa hacen de sí mismos, y todos ofrecen actuaciones óptimas, aportando a sus personajes una frescura y naturalidad nada profesionales. Junto a ellos, la directora de cine Julia Solomonoff concreta su primera actuación ante cámaras, mientras que Javier Lombardo, actor de El descanso y cortos publicitarios, da al personaje de Roberto la variedad de matices cómicos y emocionales que lo hacen absolutamente atractivo y creíble. Y son tan interesantes los tres protagonistas como los personajes secundarios que encuentran en su camino.
Sorín orienta su mirada hacia los valores humanos perdurables, eternos: la comprensión, la solidaridad, la ingenuidad, el sostenimiento del deseo y la ilusión, en un país y un momento en que podrían parecer una utopía.

Josefina Sartora  



Historias minimas


Historias mínimas  Parte 4 

Parte 5


Historias mínimas 6


Hace un tiempo, no demasiado, no hacía falta mucha cosa para ser feliz. Bastaba con tener la barriga llena, un techo sobre la cabeza y un poco de calor para pasar el invierno. Eso era todo lo que el humano necesitaba, y todo lo que el humano necesitaba para ser feliz (que no es lo mismo). Pero las cosas cambiaron. Y cambiaron mucho. Ya no basta con cubrir nuestras necesidades básicas para estar bien con uno mismo. Siempre hay que tener más, consumir lo último, lo mejor, lo que está de moda.

¿Cambiamos tanto como sociedad para que una cosa así pudiese ocurrir? Pues sí, como sociedad cambiamos un montón. Los avances tecnológicos lograron que el precio de las necesidades básicas bajara. Las naciones ricas se enriquecieron aún más. Y nació una nueva necesidad de los mercados. Cuando tú tienes la panza llena, difícilmente te intereses en comprar más alimentos. Una vez que tienes un techo, ¿para que molestarse en conseguir otro? Con un pedazo de madera o una poca de energía eléctrica puedes tener suficiente calor para soportar el frío. Y ningún mercado que quiera enriquecerse puede sobrevivir con esas limitantes. Se necesitó, entonces, encarar el comercio desde otro lugar: si hay un límite de bienes imprescindibles, entonces había que crear la necesidad de bienes prescindibles. Ergo, el incremento de la oferta generó una transformación de nuestros hábitos de consumo. Y así nació el consumismo. Mala cosa.

De Consumo, Consumismo y Materialismo
Consumir está bien. Pero, consumir desmedidamente, no tanto. Según Wikipedia, "el consumismo es un término que se utiliza para describir los efectos de igualar la felicidad personal a la compra de bienes y servicios o al consumo en general."  El Compro, luego existo, en reemplazo del Pienso, luego existo. Es esa necesidad que tienen algunos de cambiar constantemente sus teléfonos móviles, por miedo a perder status social, a ser menos que sus pares. Es lo que obliga a miles de personas a hacer filas frente a las tiendas para comprar, por ejemplo, un iPhone. Es ese enceguecimiento, esa compulsión, que nos obliga a comprar algo antes de preguntarnos si realmente lo necesitamos.

Muchos atribuyen esa necesidad de consumir a la falta de identidad, de propósito, de realización personal, de la humanidad actual. Al tener la vida más fácil que nuestros antepasados, las sociedades ricas pierden su propósito. Y aquellos individuos que no encuentran "su misión en la vida", tratan de comprarla.
El consumismo, comprar por comprar, también es un mandato social, agudizado por lo que las corporaciones nos han hecho creer. Porque, en definitiva, ¿no son las personas con el último teléfono móvil, que siguen ciegamente las modas, que tienen el mejor coche del mercado, las que gozan de mejor status social? Consumir, tener tal o cual cosa, no solo habla de nuestros gustos, sino deja en claro que tenemos el dinero suficiente como para dárnoslos. Y el dinero, es poder, es status. Pero el dinero sin bienes que lo acrediten es algo intangible. La demostración de status pasa entonces por tener cosas que hablen de cuanto dinero tenemos.

Lo peor del caso es que ha quedado demostrado que la felicidad no se puede comprar. Las sociedades ricas, presas del consumismo, son las que, estadísticamente, registran mayores casos de depresión, alcoholismo, crimen, ansiedad, obesidad y suicidios. Ya lo dicen en la película El Club de la Pelea: "La publicidad nos tiene persiguiendo autos y ropas, trabajando en trabajos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos". Y eso las empresas lo saben, razón por la cual la obsolescencia planeada es regla.

Los sociedades ricas, y consumistas, son las que registran mayor grado de depresión y obesidad
Los sociedades ricas, y consumistas, son las que
 registran mayor grado de depresión y obesidad

Pero, entonces, ¿cómo es posible que esto suceda? ¿No somos seres pensantes, acaso? Y hay que decirlo, aunque a muchos les pueda resultar ofensivo, está comprobado que una de las causas primarias del consumismo es la baja autoestima. Según un estudio de la Universidad de Chicago, hay evidencia que señala una relación entre la baja autoestima y el materialismo. Pero, lo que es más importante e interesante, también hay evidencia que el consumismo y el materialismo son causantes de baja autoestima. Una paradoja perfecta. Veámoslo así: Tú tienes baja autoestima. Te compras el último y más caro gadget del mercado, y te sientes bien contigo mismo. Pero, pronto descubres (al menos inconcientemente), que mides tu valor en relación a las cosas que tienes, y no por lo que eres. Eso te genera más baja autoestima y compras otra cosa. Y así, en un círculo vicioso. El mismo estudio, asegura que a medida que la autoestima se incrementa (por la realización personal, y no por consumir), el materialismo (y, por lo tanto, el consumismo) decrece. Y no es ilógico si lo piensas. ¿O acaso no es el que tiene el coche más grande el que, se supone, tiene el pene más pequeño?

Seres primitivos
Otra causa primaria del consumismo está totalmente relacionada con nuestros cerebros primitivos. Y eso es ineludible para cualquier individuo, tenga o no baja autoestima. El mismo mecanismo que logró nuestra supervivencia a través de las eras más despiadadas, que logró que sobreviviéramos a periodos glaciares, a pestes y hambrunas, a desastres y guerras, es el que nos obliga a consumir para sobrevivir. Es que, en nuestros cerebros, tenemos la noción de que más, es mejor. Para nuestros antepasados esto era una realidad, una verdad absoluta. Mientras más comida, por ejemplo, mayores oportunidades de supervivencia tenían. El problema ahora es, como ya dijimos, que estamos más allá de nuestras necesidades básicas, las tenemos saciadas. No tenemos depredadores que amenacen nuestra existencia. Las hambrunas son cosas de países menos desarrollados. La sociedad nos brinda todo lo que necesitamos. Aún así, el mecanismo primitivo sigue activo. La sociedad, nuestra sociedad, evolucionó más que nuestro instinto y no tenemos la capacidad de decir: "es suficiente". Siempre queremos más, porque estamos programados para que así sea. Pero, y hete aquí el problema, aunque estamos programados para querer más, no estamos programados para disfrutar más de lo que tenemos.

Estudios de la Universidad de Emory descubrieron que, ante la anticipación y el deseo de comprar un producto, somos recompensados por nuestro cerebro con un estallido de dopamina. Solo la anticipación lanza esta recompensa, no la compra. Pero, al sentirnos bien ante esta sensación, la mayoría de los individuos (y más los que tienen baja autoestima) compran el producto en cuestión. El resultante es que la sensación de satisfacción se esfuma en cuestión de minutos luego de la compra.
Por esto, y así como hay algunos adictos al peligro (por la adrenalina resultante), hay otros que son adictos a las compras (por los escasos minutos de satisfacción que les brinda la anticipación). Siguiendo con nuestros cerebros primitivos, investigadores de la Universidad de Bonn, descubrieron que los humanos no es que desean tener más, realmente, sino que desean tener más que los demás. La competencia, totalmente necesaria para la evolución de la especie, hoy nos está jugando una mala pasada.

¿Y por qué la recompensa ante del deseo y insatisfacción ante las compras? Eso es un estado paradójico de nuestros cerebros. Por un lado, deseamos más, porque así estamos programados. Pero, por el otro, nuestro cerebro está acostumbrado que a los humanos nos falten cosas. Requiere, pide, ante la escasez de nuestros antepasados. Pero se confunde ante la sobreabundancia que nos rodea.

El consumismo como religión y filosofía de vida
El consumismo como religión y filosofía de vida


¿El consumismo es malo? Sí, lo es. Consumir está bien. Así sostenemos la economía del mundo globalizado y nos damos algún que otro lujo necesario. Pero el consumismo, ese que te obliga a cambiar de móvil cada vez que sale un nuevo modelo, es depredador para el ambiente y va en detrimento de tu individuo.

¿Y cómo combatimos esas ansías de consumir, las insistentes publicidades con las que nos bombardean, a aquellos que se jactan de ser mejores personas por tener un mejor coche que el tuyo? Simple, racionaliza el consumo y recuerda este artículo. Seguir como una oveja las modas no te hace mejor individuo. Y, aquellos que se crean ser mejor que ti por tener lo último en tecnología, no son más que seres primitivos que no han podido reponerse al instinto de nuestros antepasados. Eso, o tienen la autoestima baja y un pene pequeño.

Como dice este excelente artículo del diario La Nación, siempre ten en cuenta que "el consumo es la vida en su adecuada y saludable conexión con lo que somos o con lo que necesitamos ser en cada coyuntura o en cada momento. O, en todo caso, con lo que aspiramos a ser en un futuro razonablemente cercano. El consumismo, en cambio, es el hijo dilecto de una fantasía que altera o distorsiona nuestra propia realidad o nuestra propia imagen, convirtiéndonos en esclavos, en un remedo de lo que somos o en la imagen de lo que nunca seremos."

http://www.neoteo.com/consumismo-realmente-necesitamos-tantas-porquerias.neo

AmericaLatina,EE.UU

Riqueza y futuro en visión bolivariana y gringa

Ricardo Ángel Cardona


Volviendo al libro reciente “ Revolución de la Riqueza” del autor norteamericano reconocido Alvin Toffler, se presenta por esta vía la visión estadounidense o gringa sobre creación de riqueza mundial y la llamada revolución de la riqueza que se generaría por nuevos métodos, es decir con aplicación de conocimientos nueva era, aplicados tanto a agricultura, industria y conocimientos, produciendo más productividad y producción de riqueza, como nunca antes la humanidad pudo haber pensado o soñado que era posible.

Esta nueva riqueza - según Toffler - será generada en primer término en el país que mejores condiciones presenta para esta tarea, y que lógicamente no podría ser de otra manera que EE.UU.. Sin descartar secundariamente a Europa, Japón, China, Rusia, India y otros. Es decir Toffler plantea que EE.UU. y su sistema de tercera ola basado en investigación y conocimiento - aplicados en forma consecuente - permitirá dejar el imperialismo actual de lado, porque el conocimiento se aplicaría tanto endógena como universalmente. Es decir compartiendo.

La humanidad, de esta forma, se libraría del imperialismo actual de un EE.UU. todavía afincado en etapas industriales e intercambio de mercancías, hecho que lo presenta ante el mundo como potencia imperial por el comercio desigual en contra del tercer mundo. Por contrario, un EE.UU. de conocimientos necesariamente deberá compartirlos con el mundo amigo y no tan amigo, debido a que en esencia el conocimiento es universalidad y descentralización.

En otras palabras EE.UU. se haría amigo de forma directa e indirecta de todos los que comparten conocimientos para crear riqueza conjuntamente y planear de alguna manera un futuro idóneo para todos. Esta visión Toffler es forma digna cómo científicos y líderes de EE.UU. expresan teorías con noble sentimiento de compartir riqueza con mundo y humanidad, y de alguna manera disculpar y justificar la situación actual que es casi contraria, por culpa de esta estrategia imperial. De hecho Toffler no critica al gobierno de su país y las guerras imperiales.

La visión bolivariana se hace eco de la nueva etapa que vive la humanidad que es de revolución del conocimiento, pero agrega otros elementos para comprender mejor y más profundamente la realidad que el ofrecido por Toffler y otros. En primer lugar la necesidad de nivelar a todos los países del mundo en forma inmediata con el conocimiento actual y la investigación de nuevos procesos y productos en función de eliminar la miseria. Eso es moral y dignidad.

Las multinacionales reservan sus conocimientos para ganar más dinero y los patentan para ganar aún más, en caso de que otros países o empresas desearan producir riqueza con ellos. Es decir el conocimiento no es libre y tiene dueño. Acumulación de riqueza, conocimientos y finanzas está al servicio de empresas y bancos que hacen uso de su poder para acumular más riqueza no compartida. Esta es la visión real gringa del futuro. Pero Toffler concluye al revés.

Si se compara el PIB de EE.UU. de doce trillones con dinero transado a nivel de banca mundial que es de 160 trillones en 2006 año, se observa la concentración de riqueza en entidades financieras. La revolución del conocimiento por sí sola no puede distribuir la riqueza a escala planetaria, se necesita nuevas relaciones de propiedad y producción y solidaridad activa.

Visión bolivariana ha surgido precisamente para oponerse al poder financiero mundial mediante la creación de poderosas economías públicas con control social. Estas economías estatales son base necesaria para palanquear otros tipos de economía social, cooperativa, comunitaria y hasta privada con orientación popular. En otras palabras concentra riqueza de pueblos y naciones aprovechando el valor de sus materias primas con valor agregado - cada vez más requeridas por el globo - y la aplica en plan económico-social generalizado a todo nivel y en todos los sectores. El que presta y concede créditos es el Estado para incubar empresas sociales con aporte propio.

En este punto se acepta visión de productividad del conocimiento, pero en manos y cerebros de todos y no sólo de empresas multinacionales que actúan de hecho como enclaves sin contacto con la realidad integral de países donde invierten. No transfieren tecnologías. Para este fin cada país que aceptara visión bolivariana del futuro deberá investigar in situ necesidades de empresas e instituciones para elevar productividad de manufacturas y conocimientos.

La concepción bolivariana pretende crear una nueva civilización social, ecológica y socialmente sostenible, es decir con criterios de productividad y retorno de inversiones, pero también creando tecnointeligencia en trabajadores y gerencia integral. Mientras más control de calidad y normas ambientales exista, la producción tendrá mayor acogida en consumidores y proveedores.

Proveedores serán de sí mismos y de sus regiones consumidoras, tanto de manufacturas, generación energética, investigación aplicada y servicios. Pensar y actuar en el lugar de trabajo deberá ser patrimonio de todos los involucrados y todas las empresas sociales y cooperativas. Trabajo manual, intelectual y de innovación de cada individuo, con coordinación y control colectivos, en función de objetivos superiores, será esencial para generar socialismo y paz.

Toffler no menciona prácticamente a Sudamérica, excepto cuando hace referencia que se trata de un continente a punto de entrar en erupción. Es cierto que este continente ya está en erupción, pero no para actuar como terroristas, sino para inventar y crear ideologías y programas alternativos a la visión imperialista del mundo, que es de monopolio y de aprovechamiento de los demás para beneficio propio. Se trata de emerger como potencia continental pacífica.

Visión bolivariana, por contrario, siente alegría por justicia y apoya nivelación de pobres y países endeudados con ricos y pudientes. Aplica comercio de pueblos con insospechados resultados inmediatos en producción, complementación y seguridad alimenticia. Sólo Bolivia con producción de papa, quinua, maíz, soya y frutas podría alimentar a todos y cada uno de los países ALBA y África, a cambio ésta requiere financiamiento apropiado para industrializar el gas natural y otras materias primas. Con comercio dinámico y equitativo en la región, la juventud ya podría ir planificando un mundo más justo y culto a todo nivel y a largo plazo.

En conclusión, es más adecuado impulsar conocimientos en regiones bolivarianas - tanto en Sudamérica como el mundo - por conciencia de sus líderes que desean compartir inventos y tecnología con el pueblo y sus pequeñas empresas, que en EE.UU. donde el poder imperial de gobiernos impide adecuada diseminación del conocimiento a nivel industrial y energético. De lo contrario hace décadas que EE.UU. ya debería haber reemplazado hidrocarburos en transporte colectivo por vehículos híbridos a batería eléctrica. Si no lo hizo no fue por falta de conocimientos sino por intereses creados de las multinacionales. Conclusión válida para todos, incluyendo a líderes del norte industrializado que no la tienen en cuenta ni se enfrentan contra ella. Revolución del conocimiento y futuro comienza con lucha política contra intereses egoístas. 

http://alainet.org/active/15607&lang=es
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Alvin Toffler conversa sobre la “riqueza revolucionaria”

A más de 30 años de la publicación del polémico libro Future Shock, muchas de cuyas predicciones fueron convalidadas por la realidad, Alvin Toffler – ahora con su mujer Heidi – hablan con Strategy + Business sobre el conocimiento como activo.
En 1970 Toffler dijo en Future Shock que los años que vendrían estarían marcados por sobrecarga de información y una aceleración del cambio tecnológico que provocaría una conmoción social semejante a una enfermedad mental. A treinta años de eso se comprueba no sólo la confiabilidad de las profecías sino lo maravilloso de la síntesis. No siempre puede decirse tal cosa de las predicciones.
En el último libro -- Revolutionary Wealth (2006), escrito en colaboración con su mujer Heidi – la idea central es que la actividad económica se realiza mediante procesos que no implican intercambio de moneda contante y sonante. El surgimiento de este sistema de riqueza no monetaria, dicen, es una revolución que afectará a todo el planeta.
En conversación con S+B, Toffler habló sobre uno de los temas que toca en su libro: el conocimiento como un activo “no rival”, o sea que no disminuye porque mucha gente lo use.
“Las empresas en todo el mundo están tratando de poner un precio a ciertas formas de propiedad intelectual. Pero si, como decimos, el conocimiento está en el corazón de la economía monetaria, entonces debemos comprender el conocimiento mucho mejor de lo que lo hacemos. Hay un pasaje en Revolutionary Wealth que presenta las 10 maneras en que el conocimiento difiere de los demás recursos con los que estamos acostumbrados a trabajar. Por ejemplo, el conocimiento es inherentemente no-rival. Usted y millones de otras personas pueden usar la misma porción de conocimiento sin disminuirlo un ápice. Es no lineal. Un análisis diminuto puede dar enormes resultados. Los estudiantes de Stanford Jerry Yang y David Filo comenzaron Yahoo simplemente categorizando sus sitios predilectos. A Fred Smith, mientras todavía era estudiante, se le ocurrió la idea que en una economía acelerada, la gente estaría dispuesta a pagar más por obtener velocidad – y fundó Federal Express.
El conocimiento es promiscuo. Se asocia con otro conocimiento. Y cuanto más hay, más numerosas y variadas las posibles combinaciones. Y puede ser guardado en espacios cada vez más pequeños. Toshiba entró al Guinness World Records en 2004 con una disquetera para computadora más pequeña que una estampilla.
Pronto tendremos almacenamiento a nanoescala, que se mide en billonésimas de un metro.



REVOLUCION DE LA RIQUEZA, LA
TOFFLER, ALVIN TOFFLER, HEIDI
Editorial: DEBATE
ISBN: 9871117256
Cantidad de Páginas: 650


Desde la publicación de los grandes éxitos internacionales "La tercera ola" y "El shock del futuro", Alvin y Heidi Toffler se erigieron como referentes fundamentales a la hora de reflexionar sobre el futuro y acertar con las claves que rigen el desarrollo de la sociedad por su agudeza, imaginación y capacidad de análisis. Lúcidos pero optimistas, porque predicar pesimismo es uno de los modos más fáciles de disfrazarse de sabio, con "La revolución de la riqueza" han logrado un libro de actualidad y análisis que nos invita a reflexionar sobre el mundo que nos rodea y los cambios que se avecinan. Esta obra, fruto de doce años de trabajo, habla del futuro de la riqueza visible e invisible, una forma revolucionaria de riqueza que redefinirá nuestras vidas, nuestras empresas y el mundo. Para explicar lo que esto significa, analizaremos de mano de los Toffler desde la vida familiar y los empleos hasta las urgencias del tiempo y la creciente complejidad de la vida cotidiana y nos enfrentaremos a las nuevas profesiones, los oficios obsoletos, los mercados y el dinero. El resultado arroja una luz sorprendente sobre la colisión entre el cambio y la continuidad en el mundo y en nuestro propio interior. La revolución actual de la riqueza abrirá incontables oportunidades y nuevas trayectorias de vida no sólo para los empresarios tradicionales, sino también para los empresarios sociales, culturales y de la educación. Pero esta invitación a un futuro brillante irá acompañada de una advertencia: no es que los riesgos se estén multiplicando, sino que ya dan vértigo. El futuro está aquí y no es para los pusilánimes.




La nueva fase de desarrollo económico y social del capitalismo mundial
José de Jesús Rodríguez Vargas


I TEORÍAS DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO

 I.5 LOS FUTURISTAS

Lo expuesto anteriormente corresponde a corrientes del pensamiento económico claramente encuadradas en la teoría o economía política. Pero no son las únicas que explican las causas de la riqueza de las naciones; hay autores contemporáneos, también economistas o administradores, o sociólogos -pero no miembros de las vertientes académicas- que han aportado una visión más amplia y futurista del capitalismo. Son autores y consultores conocidos e influyentes en los medios gubernamentales, empresariales y sociales, que han difundido ampliamente sus ideas por medio de best sellers. Son creadores y divulgadores de términos como la sociedad “poscapitalista”, la era de la “información”, del “conocimiento”, de los “servicios” y “la tercera ola”.
Peter F. Drucker es considerado uno de los pioneros en estudios administrativos de los negocios y de los primeros futuristas que previeron cambios que ha sufrido el capitalismo. Drucker (1994) plantea, que se vive una “notable transformación” que sucede cada cientos de años; “se está creando la sociedad postcapitalista” desde fines de la Segunda Guerra Mundial, por tanto estamos aún en medio de esta transformación y prevé que concluirá hasta el año 2010 o 2020. Es una sociedad nueva y distinta al capitalismo de los últimos 250 años donde el “recurso económico básico” ya no es el capital, los recursos naturales ni el trabajo sino que “es y será el conocimiento”; el valor “se crea hoy por la productividad y por la innovación, ambas (son) aplicaciones del conocimiento al trabajo”.
Drucker ve una sociedad actual, que “ya está aquí”, que no es anticapitalista, pero tampoco no-capitalista, está en transición de dejar de ser la “Era del capitalismo” y pudiera ser llamada la “Era del conocimiento”. Drucker pone al “conocimiento altamente especializado”, no como un recurso productivo más, sino lo ubica como el recurso decisivo para la creación de riqueza y para la conformación de la nueva estructura de la sociedad postcapitalista. Así como el capital fue el componente principal en la sociedad industrial capitalista, el conocimiento lo es para la sociedad moderna. Los factores tradicionales “no han desaparecido, pero han pasado a ser secundarios”, y se pueden obtener fácilmente siempre que se tenga conocimiento, por tanto, éste es “el único recurso significativo”.
Sin los recursos tradicionales el conocimiento no puede producir, pero éste último es el que determina la productividad del trabajo, y por tanto la producción, los ingresos reales y el desarrollo. Drucker lo ejemplifica con el creciente aumento de la producción manufacturera de Estados Unidos, que se logra con el mismo empleo y la disminución de los trabajadores como porcentaje y, en términos absolutos, con relación a la fuerza de trabajo total. Ya no se define la situación de prosperidad de una nación con el número de trabajadores industriales, del trabajo manual “de hacer y mover objetos”, sino de “trabajadores del conocimiento”, que tienen un “caudal considerable” de conocimientos, educación formal y capacidad de aprendizaje continuo .
Alvin Toffler (1982), es otro connotado “explorador del futuro” (así se hace llamar), coincidente con Drucker, periodiza una nueva Era, a partir de la década de 1950, cuando por primera vez los servicios superaron al resto de los sectores económicos en el producto total de Estados Unidos, había nacido la “primera economía de servicios del mundo”. Es una “nueva civilización” que llama la “tercera ola”, consecuencia de una “primera” que duró diez mil años que corresponden a la revolución agrícola, y de una “segunda ola” que tuvo vigencia 200 años con la revolución industrial. La tercera ola surge como una superación de la etapa industrial del capitalismo y es una nueva sociedad en donde “el conocimiento es la clave del crecimiento económico del siglo XXI”.
Toffler analiza los “revolucionarios” cambios de la nueva Era, a partir del “motor tecnológico” y del conocimiento como su “carburante”. La tercera ola, es la sustitución de las tecnologías del “trabajo físico” por aquéllas basadas en el conocimiento; es el surgimiento de una “nueva economía del conocimiento”, de un “nuevo sistema de creación de riqueza”, en donde el carácter del trabajo es diferente y, por tanto, se requiere un trabajador completamente distinto. No es el trabajador duro, fuerte, y simple apéndice de la máquina sino un trabajador más inteligente, más informado, con pericia o conocimiento especializado, el que requieren las empresas de la tercera ola para producir e incrementar las ganancias. “La brutalidad” del trabajo “ya no paga dividendos, sino que es contraproductiva”, el “sudor ya no paga en la forma en que alguna vez lo hizo”.
Toffler considera falsa la idea de que el “valor procede sólo del sudor de los trabajadores, (o) que el valor lo produce (sólo) el glorioso emprendedor capitalista”; en la nueva economía, que Toffler analiza, “el valor es el resultado de un esfuerzo total, más que un paso aislado en el proceso”, de tal manera, que en conjunto el recepcionista, el banquero, el perforista, el vendedor, el diseñador de sistemas, el especialista de telecomunicaciones, agregan valor, e “incluso el cliente” . Éste planteamiento de Toffler, coloca a debate la concepción del trabajo productivo e improductivo; porque la vieja idea fisiocrática de que sólo el trabajo agrícola es productivo, al igual que la de idea de Smith, de que, además del trabajo agrícola, sólo es productivo el trabajo “útil” del manufacturero que “produce valor y se concreta y se realiza en algún objeto especial o mercancía”, son aún aplicadas al capitalismo actual; aunque, las definiciones fisiocráticas y smithianas fueron elaboradas para sociedades muy limitadas sectorialmente, sólo agricultura y manufacturas.
Alguna de las variadas y contradictorias definiciones de Marx puede ser más útil para una sociedad con un amplio y predominante sector servicios, que no necesariamente produce “tangibles”, pero pudiera producir valor y plusvalor . Marx definió al “trabajo productivo al que produce plusvalor” y no vio trabajo productivo sólo en la agricultura y en la industria sino también, en el transporte (de mercancías) e incluso en el trabajo del maestro, del actor, del payaso, del escritor, “siempre y cuando trabaje al servicio de un capitalista a quien devuelve más trabajo del que recibe de él en forma de salarios”, siempre que “cambie el trabajo por capital y no por renta” . Esta, es una definición más elástica, que puede abarcar a ramas y trabajadores del sector servicios, y por tanto explicar el mismo crecimiento del sector. De ahí, que el reconocimiento de la importancia de actividades que producen ideas, conocimientos, información, sea un reflejo de sectores productores de valor y no de la redistribución de plusvalor creado anteriormente. Aunque, también hay actividades de servicios improductivas que son necesarias para la realización rápida del plusvalor y la obtención de masa de ganancia. Situación que también explica la expansión del sector terciario.