"Los últimos días de la Humanidad" 
(versión escénica del propio autor)

Karl Kraus
Traductor: Adan Kovacsics

Cuando leemos Los últimos días de la Humanidad, que es un Apocalipsis cómico y patético del horror de la Primera Guerra Mundial, reír es... una forma de llorar y, así mismo y sobre todo, de tomar conciencia de la gravedad de estos problemas; y más cuando se hace una lectura actual de la obra, desde el conocimiento histórico de que la humillación que sufrieron los alemanes en el Tratado de Versalles fue una causa muy importante de que naciera el huevo de aquella serpiente del nazismo que definitivamente estalló en 1939 con el comienzo de unos nuevos “últimos días de la Humanidad” (Segunda Guerra Mundial), que acabaría en el doble espanto de Hiroshima y Nagasaki, ya profetizado de algún modo en la obra de Karl Kraus.
Kraus nos introduce su obra con palabras como éstas: “Los actos más inverosímiles aquí presentados ocurrieron realmente ... Los diálogos más increíbles que aquí se mantienen fueron dichos palabra por palabra ... Dejes y acentos recorren rechinando el tiempo y se van inflando hasta convertirse en el coro de este sacrificio cruento ... La gente que vivió entre la humanidad y la ha sobrevivido termina reducida a sombras y marionetas, larvas y lémures, máscaras de este carnaval trágico...”. ¿De qué se trataba en aquella guerra y en todas las habidas desde entonces? El drama, dice Kraus, “ha sido ideado para su puesta en escena en un teatro del planeta Marte: el público de este mundo no sería capaz de soportarlo”. Porque era “sangre de su sangre”, y el contenido era “el de todos estos años irreales, impensables, inasibles para una mente despierta, años en que unos personajes de opereta interpretaron la tragedia de la humanidad”.
                    Oskar Kokoschka's 1925 portrait of Karl Kraus. Oil on canvas, 65 x 100 cm, Museum Moderner Kunst, Vienna.
Karl Kraus (28 de abril de 1874 - 12 de junio de 1936) fue un eminente escritor y periodista austriaco, conocido como satírico, ensayista, aforista, dramaturgo y poeta. Generalmente es considerado un escritor satírico de lengua alemana del siglo XX, sobre todo es conocido por su crítica ingeniosa de la prensa, la cultura y la política alemana y austriaca.

 La muerte heroica

Karl Kraus (1874-1936)
De «Los últimos días de la humanidad»*
(Die letzten Tage der Menschheit. Austria, 1922).
Transcripción para La Insignia: J.G.

Escena vigesimonovena

Karl Kraus

El optimista.- Ajá, ¿y qué sería para usted la muerte heroica?
El criticón.- Un azar lamentable.
El optimista.- Si la patria opinara como usted, ¡mal le irían las cosas!
El criticón.- Pues la patria opina como yo.
El optimista.- ¿Qué? ¿Califica acaso de azar lamentable, de fatalidad, la muerte heroica?
El criticón.- Poco más o menos; la llama un cruel golpe del destino.
El optimista.- ¿Quién? ¿Dónde? No existe necrológica militar donde no figure que el soldado en cuestión ha tenido el honor de morir por la patria y no se publica una sola esquela donde el ciudadano más humilde, que en otras circunstancias sin duda habría hablado de un duro golpe del destino, no anunciara la heroica muerte de su hijo con palabras sencillas y, casi diría, con orgullo. Mire usted aquí, por ejemplo, en la Neur Freie Presse de hoy.
El criticón.- Ya veo. Pero retroceda usted unas cuantas páginas. Eso. ¿Ve? El jefe de Estado Mayor, Conrad von Hötzendorf, agradece aquó al alcalde su pésame "con ocasión del cruel golpe del destino", sufrido al morir su hijo en acción de guerra. Y emplea las mismas palabras en el recordatorio. Tiene usted toda la razón, cualquier comerciante cuyo hijo haya caído adopta la postura de padre de un héroe prescrita por el Estado. El jefe de Estado Mayor renuncia a tal máscara y vuelve al viejo y humilde sentimiento, más justificado en esta muerte que en cualquier otra y aún vivo en las fórmulas convencionales. Una princesa bávara felicitó a un pariente suyo por la muerte heroica de su hijo. En las altas esferas de la sociedad todavía existe cierta obligación a comportarse como arpías. El jefe de nuestro Estado Mayor, en cambio, no sólo acepta el pésame, sino que no cesa de lamentarse del cruel destino. El hombre que precisamente está más cerca de dicho destino que todo el reparto de este drama, es decir, que todos los soldados a los que el destino podría golpear y los padres que podrían lamentarlo; el hombre que si no es precisamente su autor, sí es su escenógrafo o su director artístico responsable, digamos, o como mínimo su traspunte... precisamente ese hombre habla del cruel golpe del destino. Y dice la verdad, mientras todos los demás se ven obligados a mentir. Con su dolor personal se ha liberado felizmente de la obligación del heroísmo. Los demás, en cambio, se han quedado atrapados. Tienen que mentir.
El optimista.- No, no mienten. El pueblo adopta una postura totalmente patética ante la muerte heroica, y la perspectiva de morir en el campo del honor suele tener para los hijos del pueblo algo embriagador.
El criticón.- Y por desgracia también para las madres, que han renunciado a su poder de salvar esta época del oprobio.
El optimista.- Pues aún no estaban maduras para digerir el pensamiento corrosivo que usted profesa. Y todavía menos lo está la patria en cuanto tal. Que los superiores tengan que pensar así es algo evidente. El caso que acaba usted de mencionar es mera casualidad. El barón Conrad ha usado simplemente una fórmula convencional. Se le ha escapado...
El criticón.- Sí, un sentimiento.
El optimista.- Como sea, pero el caso no demuestra nada. Hay otra cosa que quiero enseñarle a usted y que corrobora al cien por cien mi opinión. Hasta usted tendrá que rendirse a la evidencia.
El criticón.- ¿De qué?
El optimista.- De la concordia francamente prodigiosa que reina, de esa solidaridad en el sufrimiento compartido, donde todos los estamentos compiten...
El criticón.- ¡Venga, al grano!
El optimista.- Ya, ya... espere, que tengo que leerle esto en voz alta para asegurarme de que no se le escapará ni una palabra: "Un comunicado del Ministerio de la Guerra. La Oficina de Correos y Telégrafos comunica lo siguiente: el Imperial y Real Ministerio de la Guerra autoriza que a todo el personal contratado en las empresas de producción y elaboración de municiones, así como de material de transporte bélico, el día 18 de agosto del presente año le sea concedido, excepcionalmente, como día festivo a todos los efectos. El Ministerio de la Guerra desea aprovechar esta ocasión para destacar el especial sentido del deber y el infatigable celo de todos aquellos trabajadores que con el esfuerzo de sus manos han contribuido a que nuestras tropas consigan, con incomparable arrojo y desdeñando la muerte, los augustos laureles de la victoria." ¿Qué le parece?
(El criticón calla).
Parece haberse quedado sin habla, ¿eh? La prensa socialdemócrata lo publica bajo el altivo titular: "Reconocida la aportación de los trabajadores". Y cuántos de estos trabajadores estarán descontentos porque sólo les dan un día libre, aunque sea el cumpleaños del emperador...
El criticón.- Ciertamente.
El optimista.- ... en vez de premiarlos sacándolos definitivamente de la fábrica...
El criticón.- Por descontado.
El optimista.- ...¡Y dándoles, por fin, la oportunidad de probar en el mismísimo frente las municiones que en la empresa deben limitarse a fabricar! Los más valientes estarán sin duda desolados porque sólo pueden apoyar a sus compatriotas y compañeros de clase con el esfuerzo de sus manos y no uniéndose a ellos y compartiendo su valeroso desdén por la muerte. La posibilidad de ir al frente es la máxima distinción a la que un mortal...
El criticón.- Ser mortal es, por lo visto, el primer requisito en el certificado de calidad. Vamos a ver, usted afirma que ser destinado al frente es la máxima recompensa a los ojos de... ¿quienes la reciben?
El optimista.- Exactamente.
El criticón.- Puede que así sea. Pero, ¿cree usted también que ese destino se les otorga como la máxima recompensa?
El optimista.- ¡Por descontado! Parece que se ha quedado usted sin habla, ¿eh?
El criticón.- Efectivamente, y por eso, en vez de usar mis propias palabras, sólo puedo desquitarme recurriendo al texto de un comunicado. Se lo leeré en voz alta para asegurarme de que no se le escapará ni una palabra.
El optimista.- ¿Es de algún periódico?
El criticón.- No, sería prácticamente imposible publicarlo. Sería demasiado chocante. Sin embargo, lo han pegado en todas aquellas fábricas que, gracias al beneficio de la protección estatal, han sabido quitarse de encima el descontento de los trabajadores.
El optimista.- Pero usted ha oído que los trabajadores apoyan la causa con entusiasmo y que su único motivo de descontento es no poder participar de otra manera. Si hasta el propio Ministerio de la Guerra reconoce la entrega...
El criticón.- Usted parece querer compensar el habla que yo he perdido. ¡Cédale la palabra al Ministerio de la Guerra! " 14 de junio de 1915. Se ha puesto en conocimiento del Ministerio de la Guerra que el comportamiento de los obreros en numerosas plantas industriales requeridas de conformidad con la Ley de Producción de Guerra deja mucho que desear desde un punto de vista disciplinario y moral. Los actos de desobediencia, impertinencia y rebeldía contra oficiales y capataces, la resistencia pasiva, el daño intencional causado a las máquinas, el abandono arbitrario de los lugares de trabajo, etc., son delitos contra los cuales hasta la aplicación de procedimientos penales ha resultado ineficaz en muchos casos... "
El optimista.- Al parecer, la gente ya no ve la hora de marchar al frente. Y se les niega esa distinción...
El criticón.- No, se la ofrecen. "Por ello, el Ministerio de la Guerra se ve obligado a decretar que en tales casos las sanciones judiciales se apliquen sin excepción. Las condenas previstas para estos casos son severas y podrán serlo aún más si se aplican los agravamientos correspondientes, además, el condenado no percibirá sueldo alguno durante el arresto, de modo y manera que la condena judicial podría ser, precisamente en estos casos, un medio altamente eficaz de intimidación y enmienda..."
El optimista.- Pues bien, son penas duras, y estos elementos perderían, además, la oportunidad de ser enviados algún día al frente.
El criticón.- No del todo. "Los trabajadores sujetos al servicio militar que hayan sido identificados como cabecillas de cualquier disturbio sancionable por la ley, no serán devueltos a la planta tras la conclusión del procedimiento judicial y una vez cumplida la pena, sino entregados por la dirección militar de las plantas respectivas a la comandancia de reclutamiento más próxima para ser incorporados a la unidad del ejército que les corresponda. Ahí, dichas personas serán sometidas de inmediato a instrucción militar y asignadas al batallón de combate más cercano. Si el obrero movilizado por esta medida sólo está calificado como apto para el servicio de guardia, se procurará que el mismo, después de recibir la instrucción, sea asignado a un cuerpo de guardia activo en el ámbito del ejército o cercano a él. Por el ministro: Schleyer, firmado de su puño y letra."
(El optimista se queda sin habla.)
El criticón.- Al parecer, se ha quedado usted sin habla, ¿eh? Pues ya lo ve: los hombres que arden en deseos de ir al frente y lo consideran una bendición, son enviados allí en castigo.
El optimista.- Sí... ¡E incluso como agravamiento de la pena!
El criticón.- Exactamente. La patria interpreta la oportunidad de morir por ella como un castigo y, para colmo, como el más severo. El ciudadano, sin embargo, lo interpreta como el máximo honor. Quiere morir como un héroe. Y en lugar de ello le imparten instrucción y lo asignan al batallón de combate más próximo. Aspira a incorporarse a filas, y en lugar de ello acaba movilizado.
El optimista.- No me lo puedo creer... ¡Un castigo!
El criticón.- Hay matices. Primero, castigo disciplinario; segundo, condena judicial; tercero, agravamiento de la pena de arresto y cuarto, como máximo agravamiento de la pena de arresto, ¡al frente! Envían a los incorregibles al campo de honor. ¡A los cabecillas! Si tienen más de un antecedente penal, los condenan a morir como héroes. La muerte heroica es para el jefe de Estado mayor un duro golpe del destino, si la víctima es su hijo; el ministro de la Guerra, en cambio, la llama castigo. Los dos tienen razón... En ambos casos son las primeras palabras verdaderas pronunciadas en esta guerra.
El optimista.- Pues sí, con usted es difícil ser optimista.
El criticón.- ¡Qué va! Si estoy admitiendo que también se dicen palabras verdaderas en la guerra. Sobre todo en relación con lo principal. Y eso que se me olvidaba la más verdadera.
El optimista.- ¿Qué sería?
El criticón.- Una que casi podría reconciliarnos con el hecho de ser movilizados, el desquite por la degradación de la humanidad al nivel de material humano: ¡el enrolamiento mientras dure la movilización o enrolamiento MOB! ¡Después de FLAK y KAG y RAG y demás siglas atroces, estos abreviadores de la lengua y de la vida te dan por fin una alegría! Ya que MOB significa "populacho" en inglés, ¡pues estamos todos, indefinidamente, MOB-enrolados!
El optimista.- Su procedimiento decolora todas las banderas de la patria. ¿Todo mentira, todo prostitución? ¿Quién tiene la verdad?
El criticón.- ¡Las prostitutas!
¡Ay de aquel que se atreva a despreciar
hoy la memoria de las que cayeron
a un enemigo mayor enfrentadas!
¡Mujer contra hombre! No las abatió
la máquina a la que uno sólo puede
escapar por designio del azar.
No, cayeron por propia voluntad,
dando la cara, en lucha desigual,
en el alud de una moral granítica.
¡Honor a aquellas que por el honor
murieron! ¡Fueron víctimas heroicas,
consagradas a la naturaleza,
madre patria, entre todas la mayor!
(Cambia la escena.)

(*) Tusquets Editores. España, 1991. Traducción de Adan Kovacsics, con la colaboración de Juan José del Solar y el asesoramiento de Feliu Formosa.

http://www.lainsignia.org/2007/enero/cul_043.htm