Modernidad líquida y fragilidad humana; de Zygmunt Bauman a Sloterdijk.
__________________________
Por  Adolfo Vásquez Rocca
         
      En Modernidad Líquida [1] Zygmunt Bauman [2] explora cuáles son los atributos de la sociedad capitalista que han permanecido en el tiempo y cuáles las características que han cambiado. El autor busca remarcar los trazos que eran levemente visibles en las etapas tempranas de «la acumulación» pero que se vuelven centrales en la fase tardía de la modernidad. Una de esas características es el individualismo que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles. La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: «los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados» [3] 
      Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones no sólo sociales sino también existenciales que se generan cuando los humanos nos relacionamos.
      La caracterización de la modernidad como un «tiempo líquido» —la expresión, acuñada por Zygmunt Bauman [4] —da cuenta del tránsito de una modernidad «sólida» —estable, repetitiva— a una «líquida» —flexible, voluble— en la que los modelos y estructuras sociales ya no perduran lo suficiente como para enraizarse y gobernar las costumbres de los ciudadanos y en el que, sin darnos cuenta, hemos ido sufriendo transformaciones y pérdidas como el de «la duración del mundo», vivimos bajo el imperio de la caducidad y la seducción en el que el verdadero «Estado» es el dinero. Donde se renuncia a la memoria como condición de un tiempo post histórico. La modernidad líquida esta dominada por una inestabilidad asociada a la desaparición de los referentes a los que anclar nuestras certezas.
 

2.- La fragilidad de los vínculos humanos.
      La incertidumbre en que vivimos se corresponde a transformaciones como el debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían al individuo y la renuncia a la planificación de largo plazo: el olvido y el desarraigo afectivo se presentan como condición del éxito. Esta nueva (in)sensibilidad exige a los individuos flexibilidad, fragmentación y compartimentación de intereses y afectos, se debe estar siempre bien dispuesto a cambiar de tácticas, a abandonar compromisos y lealtades. Bauman se refiere al miedo a establecer relaciones duraderas y a la fragilidad de los lazos solidarios que parecen depender solamente de los beneficios que generan. Bauman se empeña en mostrar cómo la esfera comercial lo impregna todo,  que las relaciones se miden en términos de costo y beneficio  —de «liquidez» en el estricto  sentido financiero.
 

3.- Superfluidad y desvinculación.
 
      Bauman se vale de conceptos tan provocadores como el de «desechos humanos» para referirse a los desempleados (parados), que hoy son considerados «gente superflua, excluida, fuera de juego». Hace medio siglo los desempleados formaban parte de una reserva del trabajo activo que aguardaba en la retaguardia del mundo laboral una oportunidad. Ahora, en cambio, «se habla de excedentes, lo que significa que la gente es superflua, innecesaria, porque cuantos menos trabajadores haya, mejor funciona la economía». Para la economía sería mejor si los desempleados desaparecieran. Es el Estado del desperdicio, el pacto con el diablo: la decadencia física, la muerte es una certidumbre que azota. Es mejor desvincularse rápido, los sentimientos pueden crear dependencia. Hay que cultivar el arte de truncar las relaciones, de desconectarse, de anticipar la decrepitud, saber cancelar los «contratos» a tiempo. 
4.- Decrepitud; estados transitorios y volátiles. 
      El amor, y también el cuerpo decaen. El cuerpo no es una entelequia metafísica de nietzscheanos y fenomenólogos. No es la carne de los penitentes ni el objeto de la hipocondría dietética. Es el jazz, el rock, el sudor de las masas. Contra las artes del cuerpo, los custodios de la vida sana hacen del objeto la prueba del delito. La «mercancía», el «objeto malo» de Mélanie Klein aplicado a la economía política, es la extensión del cuerpo excesivo. Los placeres objetables se interpretan como muestra de primitivismo y vulgaridad masificada. 
      ¿Quién soy? Esta pregunta sólo puede responderse hoy de un modo delirante, pero no por el extravío de la gente, sino por la divagación infantil de los grandes intelectuales. Para Bauman la identidad en esta sociedad de consumo se recicla. Es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, tanto como su monótona metáfora preferida: la liquidez. No sería mejor hablar de una metáfora de lo gaseoso. Porque lo líquido puede ser más o menos denso, más o menos pesado, pero desde luego no es evanescente. Sería preferible pensar que somos más bien «densos» —como la imagen de la Espuma que propone Sloterdijk para cerrar su trilogía Esferas, allí con la implosión de las esferas— se intenta dar cuenta del carácter multifocal de la vida moderna, de los movimientos de expansión de los sujetos que se trasladan y aglomeran hasta formar espumas donde se establecen complejas y frágiles interrelaciones, carentes de centro y en constante movilidad expansiva o decreciente [5].  
      La imagen de la espuma [6]  es funcional para describir el actual estado de cosas, marcado por el pluralismo de las invenciones del mundo, por la multiplicidad de micro-relatos que interactúan de modo agitado, así como para formular una interpretación antropológico-filosófica del individualismo moderno. Con ello Espumas responde a la pregunta de cuál es la naturaleza del vínculo que reúne a los individuos, formando lo que la tradición sociológica llama «sociedad», el espacio interrelacional del mundo contemporáneo. 
      Sloterdijk, como en su momento lo hiciera Bauman [en una empresa de menor aliento que Esferas], quiere describir con su metafórica de laEspuma un agregado de múltiples celdillas, frágiles, desiguales, aisladas, permeables, pero sin efectiva comunicación. La esfera deja así de ser la imagen morfológica del mundo poliesférico que habitamos para dar paso a la espuma. Fragilidad, ausencia de centro y movilidad expansiva o decreciente son las características esta nueva estructura que mantiene una «estabilidad por liquidez», divisa posmoderna que refleja la íntima conformación de la espuma.
 

5.- Desterritorialización
      Lo «líquido» de la modernidad —volviendo a  la concepción de  Baumam—  se refiere a la conclusión de una etapa de «incrustación» de los individuos en estructuras «sólidas», como el régimen de producción industrial o las instituciones democráticas, que tenían una fuerte raigambre territorial. Ahora, «el secreto del éxito reside (…) en evitar convertir en habitual todo asiento particular». La apropiación del territorio ha pasado de ser un recurso a ser un lastre, debido a sus efectos adversos sobre los dominadores: su inmovilización, al ligarlos a las inacabables y engorrosas responsabilidades que inevitablemente entraña la administración de un territorio.
6.- Adicción a la seguridad y miedo al miedo.
      Nuestras ciudades, afirma Bauman, son metrópolis del miedo, lo cual no deja de ser una paradoja, dado que los núcleos urbanos se construyeron rodeados de murallas y fosos para protegerse de los peligros que venían del exterior. Lo que Sloterdijk llamó «la ciudad amurallada» [7] hoy ya no es un refugio, sino la fuente esencial de los peligros.
      Nos hemos convertidos en ciudadanos «adictos a la seguridad pero siempre inseguros de ella» [8], lo aceptamos como si fuera lógico, o al menos inevitable, hasta tal punto que, en opinión de Zygmunt Bauman, contribuimos a «normalizar el estado de emergencia».
      El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible situarla en un lugar concreto. «Miedo» es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que no se puede hacer para detenerla o para combatirla [9].
      Los temores son muchos y variados, reales e imaginarios… un ataque terrorista, las plagas, la violencia, el desempleo, terremotos, el hambre, enfermedades, accidentes, el otro… Gentes de muy diferentes clases sociales, sexo y edades, se sienten atrapados por sus miedos, personales, individuales e intransferibles, pero también existen otros globales que nos afectan a todos, como el miedo al miedo…
      Los miedos nos golpean uno a uno en una sucesión constante aunque azarosa, ellos desafían nuestros esfuerzos (si es que en realidad hacemos esos esfuerzos) de engarzarlos y seguirles la pista hasta encontrar sus raíces comunes, que es en realidad la única manera de combatirlos cuando se vuelven irracionales. El miedo ha hecho que el humor del planeta haya cambiado de manera casi subterránea.
 

7.- Mundo globalizado y policéntrico.
      El dominio económico y militar europeo no tuvo rival los cinco últimos siglos, de manera que Europa actuaba como punto de referencia y se permitía premiar o condenar las demás formas de vida humana pasadas y presentes, como una suerte de corte suprema. Bastaba con ser europeo para sentirse dueño del mundo, pero eso ya no ocurrirá más: pueblos que hace sólo medio siglo se postraban ante Europa muestran una nueva sensación de seguridad y autoestima, así como un crecimiento vertiginoso de la conciencia de su propio valor y una creciente ambición para obtener y conservar un puesto destacado en este nuevo mundo multicultural, globalizado y policéntrico.
      Sociólogos especializados en movimientos migratorios y demógrafos prevén que el número de musulmanes que vive en Europa puede duplicarse nuevamente para el año 2015. La Oficina de Análisis Europeos del Departamento de Estado de Estados Unidos calcula que el 20% de Europa será musulmana en el año 2050 [10], mientras otros predicen que un cuarto de la población de Francia podría ser musulmana en el año 2025 y que si la tendencia continúa, los musulmanes superarán en número a los no musulmanes en toda Europa occidental a mediados de este siglo, puestas así las cosas, Europa será islámica a finales de este siglo.
      A este respecto y volviendo sobre los miedos globales, pensemos en la  inestabilidad generada por los atentados de Nueva York, allí sin duda tuvo lugar  una mutación del terrorismo, el 11 de septiembre de 2001 marca un cambio de época en la historia del miedo;  así el régimen del sabotaje y la lógica del pánico vino a ser el argumento central de la política y la base de justificación de una política exterior norteamericana que sembraría otros miedos que nos marcarían a fuego, como los atentados de Atocha  —el 11-M.

8.- El régimen del sabotaje y 
la lógica del pánico como argumento central de la política en Sloterdijk [11].
      Como crónica de las relaciones entre teoría y política de Estado, cabe apuntar que cuando Sloterdijk fue convocado por el canciller Schröder para debatir sobre las consecuencias del nuevo escenario mundial en la era del atmo-terrorismo y las guerras de rehenes,[12] Sloterdijk se refirió al binomio miedo y seguridad, en relación con la política exterior estadounidense, que suele presentar Washington bajo la rúbrica «intereses de seguridad». Destacó el filósofo cómo «vivimos en una sociedad obsesionada por la seguridad», por las pólizas y las políticas de climatización [13] corriendo el riesgo de perder nuestra libertad. Se refirió también al miedo como un elemento clave para el desarrollo del intelecto. «El miedo —señaló Sloterdijk—  [14] está al comienzo del intelecto, el miedo de alguna manera hizo al hombre». 
      La amenaza fundamentalista, que parecía una amenaza periférica, se ha desplazado hacia el centro, rumbo a una hegemonía que a los ojos de muchos resulta pavorosa. Hoy un grupo, monitoreando artefactos desde las montañas más remotas y más miserables del mundo, es capaz de hacer estallar el icono más importante del poderío económico global, como son las Torres Gemelas.
      Frente a esto las reacciones neoliberales contra el terror son siempre inadecuadas, puesto que magnifican el fantasma insustancial de Al Qaeda, ese conglomerado de odio, desempleo y citas del Corán, hasta convertirlo en un totalitarismo con rasgos propios, y algunos, incluso, creen ver en él un «fascismo islámico» que, no se sabe con qué medios imaginarios, amenaza a la totalidad del mundo libre. Dejaremos abierta la pregunta por los motivos que han conducido a aquella infravaloración y a esta magnificación. Sólo esto es seguro: los realistas se hallan de nuevo en su elemento; por fin pueden ponerse, una vez más, al frente de los irresolutos, con los ojos clavados en el fantasma del enemigo fuerte, medida antigua y nueva de lo real. Con el pretexto de la seguridad, los voceros de la nueva militancia dan rienda suelta a tendencias autoritarias cuyo origen hay que buscar en otro sitio; la angustia colectiva, cuidadosamente mantenida, hace que la gran mayoría de los mimados consumidores de seguridad de Occidente se sume a la comedia de lo inevitable.





N O T A S

[1]  BAUMAN,  Zygmunt, Modernidad líquida,  Editorial Fondo de Cultura Económica, México DF, 2003
[2] Jubilado emérito por la Universidad de Leeds, ciudad inglesa en la que vive desde hace más de treinta años, Zygmunt Bauman contempla su vida con más optimismo que nostalgia. Atrás quedó su Polonia natal, de donde huyó con su familia judía del terror nazi de 1939, rumbo a la Unión Soviética. Tras su paso por el ejército polaco en el frente ruso, regresó a Polonia y fue profesor en la Universidad de Varsovia durante años, pero una feroz campaña antisemita le hizo exiliarse de nuevo en 1968. La Universidad de Tel Aviv fue su destino, tampoco definitivo, porque también ha impartido clases en Estados Unidos y Canadá. Tres años más tarde se instaló en Gran Bretaña, donde sigue viviendo, rodeado de libros y recuerdos de una Europa que ya no existe y que sigue resultando, tras un siglo convulso, una «aventura inacabada». De eso tratan sus últimos libros publicados en España.
[3]  BAUMAN, Zygmunt, Modernidad líquida,  Editorial Fondo de Cultura Económica, México DF, 2003
[4]  BAUMAN, Zygmunt, Modernidad líquida,  Editorial Fondo de Cultura Económica, México DF, 2003.
[5] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, “Peter Sloterdijk; espumas, mundo poliesférico y ciencia ampliada de invernaderos" En Konvergencias: Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo, ISSN 1669-9092, Nº. 16, 2007 , 217-228  http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2377372&orden=135468&info=link
[6] SLOTERDIJK, Peter, Esferas III , Espumas, Editorial Siruela, Barcelona, 2005
[7] SLOTERDIJK, Peter,  Esferas II, Editorial Siruela,  Madrid, 2004
[8] BAUMAN, Zygmunt, Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores, Paidos, Barcelona, 2007.
[9] Ibid.
[10] RODRÍGUEZ MAGDA, Rosa M., Migraciones, Monográfico, Revista Debats Nº 99, 2008, Institució Alfons el Magnànim, Valencia, España
[11] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, Peter Sloterdijk; Temblores de aire, atmoterrorismo y crepúsculo de la inmunidad., En NÓMADAS,  Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas. Universidad Complutense de Madrid, | ISSN 1578-6730, Nº. 17, 2008, págs. 159-170
 http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2518577&orden=146944&info=link
[12] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, Peter Sloterdijk; miembro de la Academia de las Artes de Berlín y de 'Das Philosophische Quartett', en Escáner Cultural, Revista de arte contemporáneo y nuevas tendencias, Nº 96, 2007, Santiago,http://revista.escaner.cl/node/273
[13] VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, Peter Sloterdijk;. Esferas, helada cósmica y políticas de climatización, En Debats, ISSN 0212-0585, Nº 94, 2006, págs. 6-13, Valencia; y Eikasia, Revista de Filosofía, 5 (julio 2006); http://www.revistadefilosofia.com/SLOTERDIJK.pdf
[14] SLOTERDIJK, Peter, Temblores de aire, en las fuentes del terror, Ed. Pre-Textos, Valencia 2003.

Zygmunt Bauman: Textos líquidos
Pocos son los autores de ensayos que ocupan las mesas de novedades de las librerías junto con best sellers y libros de autoayuda. Al parecer, el estilo de Zygmunt Bauman ha logrado conquistar al público contemporáneo con sus teorías sociales sobre la liquidez.
 De origen polaco y con estudios en sociología, sus textos traducidos al español se publican a ritmo vertiginoso. En los últimos cinco años, se han publicado más de diez de sus obras.
Zygmunt Bauman es una de las figuras clave del pensamiento social actual. Su obra abarca desde las cuestiones éticas hasta la cultura y la política. Nunca olvida que el pensamiento social debería ayudar a que hombres y mujeres dieran sentido a sus vidas y aspirasen a algo diferente. Sus libros y ensayos siempre se concentran en el aquí y ahora: violencia e indiferencia moral, globalización, consumismo, política, individualismo. Puede dirigir su mirada crítica tanto a toda panacea que se pretenda "sin alternativas" como al boom, tan de moda, de todos esos consejeros, asesores y consultores que pretenden hacer posible que hombres y mujeres alcancen soluciones biográficas a lo que, de hecho, son problemas del sistema.
Nacido en Poznan, Polonia, en 1925, Bauman abandonó su país natal frente al ascenso del nazismo debido a su ascendencia judía. Cursó sus estudios de sociología en la Unión Soviética y cuando terminó la Segunda Guerra Mundial regresó a Polonia para trabajar en la Universidad de Varsovia. En 1968 debió emigrar nuevamente por causas políticas. A partir de aquel momento, se instaló en Israel donde fue docente en la Universidad de Tel Aviv.
Estos son algunos de sus títulos más importantes:


-- La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones



Zygmunt Bauman y Keith Tester entablan cinco conversaciones claras y simpleas sobre las premisas y compromisos implícitos en el pensamiento social de Bauman. A través de estos diálogos es posible comprender sus conceptos sobre la modernidad, la posmodernidad y la llamada “modernidad líquida”. Se trata de una interesante introducción para quienes deseen sumergirse en su obra.  Amor líquido


Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. 



En esta ocasión, Bauman explora las consecuencias de la globalización sobre el amor. Se refiere al miedo a establecer relaciones duraderas y a la fragilidad de los lazos solidarios que parecen depender solamente de los beneficios que generan. Postula que el amor al prójimo, uno de los fundamentos de la vida civilizada y de la moral, ha distorsionado hasta tal punto que se teme a los extraños. Bauman se empeña en mostrar cómo la esfera comercial lo impregna todo, en el sentido de que las relaciones se miden en términos de costo y beneficio. A través de audaces y originales reflexiones, Bauman revela las injusticias y las angustias de la modernidad sin abandonarse al pesimismo, confiando en la esperanza humana para superar los problemas de la sociedad líquida.

- Comunidad, en busca de seguridad en un mundo hostil. 



Existen términos que denotan sensaciones placenteras. Uno de ellos, a juicio de Bauman, es la palabra “comunidad”. La comunidad ofrece seguridad y protección en un mundo en el que acechan los peligros. Pero a la vez, el privilegio de estar en comunidad implica ciertos costos. Si bien la comunidad promete un cuidado especial, parece privar al hombre de su libertad, de la posibilidad de ser uno mismo. Libertad y seguridad son valores deseables, aunque su equilibrio suele ser definitivamente frágil y difícil. Bauman se propone evaluar las oportunidades y peligros que alberga el dilema de la comunidad y la individualidad, intentando evitar los errores del pasado.

- La cultura como praxis. 



Bauman clasifica los significados de la cultura distinguiendo entre la cultura como concepto, la cultura como estructura y la cultura como praxis. Analiza cómo aquellos enfoques que priorizan una faceta de la cultura en detrimento de las otras corren el riesgo de producir una comprensión sesgada de la realidad. En este libro, Bauman incluye una acertada introducción que demuestra la relevancia de la cultura como praxis en torno a la modernidad, la posmodernidad y la ética. El libro se convierte así en un eslabón crucial en el desarrollo de su pensamiento.

- Etica posmoderna. 



Según Bauman, la ética contemporánea se resume en una maraña de experiencias en la que no hay jerarquías de valores y normas sin dejarse llevar por el “crepúsculo del deber”. Postula que en la posmodernidad, el comportamiento ético correcto se evalúa en función de términos económicos sin criterios únicos, sino convenientes a cada situación.

- Identidad. 



Zygmunt Bauman analiza en este libro los cambios que se han producido en la noción de identidad del mundo moderno. En el medio líquido en el que transcurren las vidas de los hombres en la actualidad, dicho concepto de identidad se ha vuelto ambiguo hasta convertirse en una idea contradictoria. Un término que queriendo unir, divide, que si en algún momento fue sinónimo de emancipación, hoy puede convertirse en signo de opresión.

- Trabajo, consumismo y nuevos pobres. 



Si en otras épocas ser pobre significaba estar sin trabajo, hoy este calificativo se refiere, sobre todo, a los apuros de unos consumidores expulsados del mercado. Esta diferencia cambia la situación radicalmente y afecta tanto la experiencia misma de la pobreza como las oportunidades y perspectivas de superarla. En una reflexión final, Bauman considera el futuro de los pobres y plantea la posibilidad de dar un nuevo significado a la ética del trabajo, más conforme a la condición actual de las sociedades desarrolladas.

- Vidas desperdiciadas. 

La propagación global de la modernidad ha dado lugar a un número cada vez más elevado de seres humanos que se encuentran privados de medios adecuados de subsistencia, a lo cual se suma el hecho de que el planeta se está quedando sin lugares donde ubicarlos. De ahí las nuevas inquietudes acerca de los «inmigrantes» y los que piden «asilo», así como la importancia creciente del papel que desempeñan los difusos «temores relativos a la seguridad» en la agenda política contemporánea. Zygmunt Bauman desentraña el impacto de esta transformación sobre la cultura y la Zygmunt Bauman (1925-)


PERFIL BIOGRÁFICO Y ACADÉMICO

Nacido en Poznan (Polonia), de familia judía, huyó a la Unión Soviética tras la ocupación nazi. Estudió y se doctoró en la Universidad de Varsovia, de la que fue profesor durante más de quince años. En 1968, emigró a Israel, donde impartió docencia en la Universidad de Tel Aviv y, más tarde, se trasladó al Reino Unido, como profesor de la Universidad de Leeds (1971-90). Es profesor emérito de la Universidad de Varsovia, premio europeo Amalfi de Sociología y Ciencias Sociales (1992) y premio Theodor W. Adorno (1998).
Entre su muy amplia producción, Between Class and Elite. The Evolution of the British Labour Movement(1972), Culture as Praxis (1973), Socialism: The Active Utopia (1976), Towards a Critical Sociology: An Essay on Common-Sense and Emancipation (1976),Hermeneutics and Social Science: Approaches to Understanding (1978), Memories of Class: The Pre-history and After-life of Class (1982), Legislators and interpreters. On Modernity, Post-Modernity, Intellectuals(1987), Thinking Sociologically. An introduction for Everyone (1990), Intimations of Postmodernity (1992),Postmodern Ethics (1993), Postmodernity and its discontents (1997), Work, consumerism and the new poor (1998), Globalization: The Human Consequences(1998), Liquid Modernity (2000), The Individualized Society (2001), City of fears, city of hopes (2003),Europe: An Unfinished Adventure (2004), Liquid Life(2005). Acerca del autor, Tony Blackshaw, Zygmunt Bauman, Routledge, Londres, 2005. 
En lengua española se encuentra traducida la mayor parte de la obra de Bauman: Fundamentos de sociología marxista, Alberto Corazón, Madrid, 1975;Libertad, Alianza, Madrid, 1992; Pensando sociológicamente, Nueva Visión, Buenos Aires, 1994;Modernidad y holocausto, Sequitur, Madrid, 1997;Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Gedisa, Barcelona, 2000; La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid, 2001; La cultura como praxis, Paidós, Barcelona, 2002; Ambivalencia de la moderidad y otras conversaciones, con Keith Tester, Paidós, 2002;Modernidad líquida, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2002; La hermenéutica y las ciencias sociales, Nueva Visión, Buenos Aires, 2002;Comunidad en busca de seguridad en un mundo hostil, Siglo XXI, Madrid, 2003; La posmodernidad y sus descontentos, Akal, Madrid, 2003; La globalización. Consecuencias humanas, Fondo de Cultura Económica, México DF, 2003; En busca de la política, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003; La sociedad sitiada, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004; Identidad, Losada, Madrid, 2005; Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Paidós, Barcelona, 2005; Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2005; Modernidad y ambivalencia, Anthropos, Barcelona, 2005; Ética posmoderna, Siglo XXI, Buenos Aires, 2005; Europa: una aventura inacabada, Losada, Madrid, 2006; Confianza y temor en la ciudad. Vivir con extranjeros, Arcadia, Barcelona, 2006.

PENSAMIENTO Y EXPRESIÓN CIENTÍFICA


El pensamiento crítico de Bauman parte del marxismo ortodoxo de su primera etapa biográfica, posteriormente abierto por la especial influencia de Antonio Gramsci. Sus análisis giran en torno a la vida cotidiana y a la aceleración de los cambios sociales bajo las marcas de la globalización y la posmodernidad. Transformaciones que acentúan la disolución de las instituciones sociales, la inducción del individualismo como debilitamiento de lo colectivo y la prevalencia del relativismo ético de los intereses comerciales.
En Modernidad líquida advierte que lo persistente, lo duradero, lo sólido son valores del pasado. El tiempo de la modernidad líquida es fluido, cambiante, diluyente... está desregulado, propende a la privatización del espacio público, a la desaparición del público en estado sólido, que es su dimensión social organizada, y a la fluidez del individuo. Conceptos que Bauman traslada al plano de las relaciones personales, a la dilución de los vínculos afectivos estables, víctimas de la esterilización afectiva a la que conduce la comercialización de la vida, en Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. 
La lectura crítica de Bauman nos lleva a una sociedad sitiada por los medios de comunicación y la construcción de un imaginario atomizado, donde el individuo carece de fuerza. En el tiempo de la posmodernidad, la ética tiene una naturaleza relativista, acomodaticia, que varía en función de los valores dominantes de la economía, en la que desaparecen conceptos como las obligaciones sociales, el compromiso solidario, la notición de humanidad, en una especie de crepúsculo del sentido del deber. Los medios de comunicación y, en especial, la televisión (v. As seen on TV), dependientes e integrados en las esferas del poder económico, crean la nueva atmósfera, la hegemonía dictada por la inducción del individualismo. Por ello, la crítica no es sobre la televisión o los medios en sí, sino sobre la sociedad que produce ese sistema de medios.


http://www.infoamerica.org/teoria/bauman1.htm

Filosofía finamente gasificada
 Por MARIANO DORR
Desde hace algunos años, con Zygmunt Bauman está ocurriendo algo extraño: nos sentimos familiarizados con él. Sus libros aparecen cada vez con mayor rapidez en las mesas de “novedades” de las librerías. Y no caben dudas: se venden bien. Esto es todo un problema, porque Bauman, en sus textos, no hace otra cosa que reflexionar sobre las consecuencias de la modernización, y especialmente sobre la “cruel y despiadada” lógica del consumo, o como él mismo prefiere denominar a los tiempos que corren: la modernidad líquida. Probablemente, el hecho de convertirse en un fenómeno de ventas a escala mundial, antes que contradecir al propio Bauman, le da la razón. A fin de cuentas: “Todos los seres humanos son y siempre han sido consumidores, y el interés humano por consumir no es nuevo. Precede, sin duda, a la llegada de la versión líquida de la modernidad”. Todos consumimos, es cierto, y desde siempre. El hombre desea, por naturaleza, consumir. Pero, ¿qué implica, para Bauman, el consumo? “El síndrome consumista –subraya– exalta la rapidez, el exceso y el desperdicio.” El destino obligado de todo objeto de consumo (aun cuando se trate de vidas humanas) no es otro que el “vertedero”, el tacho de la basura. Pasada la fecha de caducidad (o incluso antes), no queda otro remedio que deshacerse de él (regla de oro de la vida moderna líquida: la breve vida útil de las cosas). Pero, entonces, ¿qué haremos con Bauman y sus libros?
En Vida líquida (Paidós, 2006), a propósito de la gestión cultural y sus modernas características “líquidas”, Bauman recuerda una ingeniosa definición de best seller: “Libro que logró un elevado nivel de ventas simplemente porque se vendió bien”. Seríamos injustos con Bauman si lo enmarcáramos en esta clase de libros. De hecho, quizás haya en Vida líquida una clave para entender por qué tantos libros para un solo diagnóstico (aun cuando la lógica del consumo ponga en entredicho su propio trabajo). Bauman escribe como quien arroja “una botella al mar”, con un mensaje de esperanza. ¿Qué nos queda en la era de la globalización y de los seres humanos residuales? Una “metaesperanza”, escribe: “La esperanza que hace posible todas las esperanzas”. En el último capítulo del libro –“Pensar en tiempos oscuros (volver a Arendt y Adorno)”–, señala que la propia obra de Adorno es un mensaje en una botella y, como tal, “una prueba del carácter pasajero de la frustración y de la naturaleza temporal de la esperanza, de la indestructibilidad de las posibilidades, y de la debilidad de las adversidades que impiden que aquéllas –las viejas promesas– se hagan realidad” (las bastardillas son de Bauman). Si no fuera así, no se arrojarían botellas al mar. No se escribiría. Y Bauman, con 81 años (nació en Polonia, en 1925), sigue arrojando libros.
¿Por qué, entonces, nos es familiar? Porque si sus libros vendidos le dan la razón, nuestra propia vida (signada por la liquidez moderna), también. Leer a Bauman es –por momentos– la constatación de la lógica de los acontecimientos que rigen nuestra propia vida moderna y sus avatares. Una sociedad moderna líquida es “aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas”. La vida líquida se caracteriza por la precariedad y la incertidumbre, “el temor a que nos tomen desprevenidos, a que no podamos seguir el ritmo de unos acontecimientos que se mueven con gran rapidez, a que nos quedemos rezagados”, escribe Bauman. La vida líquida nos obliga a recomenzar siempre, enfrentado el trauma de estar, otra vez, en cero (nuevos comienzos que son, además, dolorosos finales, cada vez más apresurados). El único modo de continuar (sin ser eliminado como en el juego de las sillas) es deshacernos de aquello que (imprescindible ayer) se ha vuelto, ahora, inútil: “Entre las artes del vivir moderno líquido y las habilidades para practicarlas, saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas”. Modernizarse es sinónimo de cambiar una cosa obsoleta por otra “nueva”, pero no hay cambio ni modernización sin desperdicios. Según Bauman, la supervivencia y el bienestar de los miembros de la sociedad moderna líquida “dependen de la rapidez con la que los productos quedan relegados a meros desperdicios y de la velocidad y eficiencia con la que éstos se eliminan”. La industria de eliminación de residuos se convierte en un sector fundamental (si no el más importante) de la economía. Incluso en nuestra vida privada, amorosa, el principal problema no consiste en cómo iniciar una relación sino en cómo terminarla, cómo deshacerme de él o de ella, una vez que el amor se fue (siempre tan rápido).
Lo que importa no es la duración; únicamente la velocidad. Bauman nos lo recuerda en un epígrafe, citando a Emerson: “Cuando patinamos sobre hielo quebradizo, nuestra seguridad depende de nuestra velocidad”, otra vez, como en el juego de las sillas. Pero, por más veloces que podamos ser, nada nos garantiza que, en la próxima ronda (que se juega ahora mismo), no se nos adelanten y pasemos entonces al grupo de los eliminados; los que ya no tienen más oportunidad y observan desde afuera cómo se les niega el acceso a lo más elemental. Los eliminados constituyen lo que Bauman llama “la infraclase”: “La infraclase global podría considerarse un desecho producido por una solución saturada de sustancias solubles de las que aquélla no es más que una condensación sólida. La mencionada solución es la sociedad individualizada a la que todos pertenecemos”. “Los miembros de la sociedad –explica Bauman– buscan desesperadamente su ‘individualidad’, ser un individuo. Esto es, ser diferente a todos los demás. Sin embargo, si en la sociedad ser un individuo es un deber, los miembros de dicha sociedad son cualquier cosa menos individuos, distintos o únicos.” Ser un individuo, entonces, significa ser idéntico a todos los demás. Y si la individualidad pretende ser el rasgo que nos hace autónomos, libres, parece que no nos permite diferenciarnos, a menos que asumamos las terribles consecuencias de no pertenecer a la sociedad individualizada.
Los marginados del progreso económico son la escoria, los humillados, aquellos que no están en condiciones de elegir, relegados a la condición de residuos humanos: “Si se les pidiera a esas personas que relatasen los progresos de su individualización o que reflexionaran sobre ella a modo de deber o tarea, probablemente se tomarían esa petición como una broma cruel y de mal gusto. Si intentaran comprender lo que significa el extraño término individualidad, difícilmente podrían adscribirlo a nada en su experiencia vital que no fuera la agonía de la soledad, el abandono, la ausencia de un hogar, la hostilidad de los vecinos, la desaparición de amigos en los que se puede confiar y con cuya ayuda se puede contar, y la prohibición de entrada en lugares que a otros seres humanos se les permite recorrer, admirar y disfrutar a su voluntad”. Ya es demasiado tarde, como señala Bauman, necesitaríamos, no uno sino tres planetas –iguales al nuestro– para mantener a todos los seres humanos con el mismo nivel de confort que el ciudadano norteamericano medio. Entonces, ¿no serán, los excluidos, los desplazados (la abrumadora mayoría), condición sine qua non de la “individualidad” de unos pocos? En este sentido, ser un individuo es un privilegio.
EL NIÑO CONSUMISTA
En la era de la modernidad líquida, la distinción entre sujeto y objeto cedió su espacio (inevitablemente) a la de “consumidor” y “objeto de consumo”. Y así como todo sujeto corre peligro de ser tomado como objeto (por otro sujeto), todo consumidor corre el riesgo de convertirse en objeto de consumo (por otro consumidor). El homo eligens (el hombre elector –no el que realmente elige–) es “un yo permanentemente impermanente, completamente incompleto, definidamente indefinido y auténticamente inauténtico”, aquel que, ante un problema, no dudará en buscar su solución en un centro comercial (o en varios); única forma de encontrar consuelo en la vida líquida. Eterno insatisfecho, el homo eligens busca la felicidad como el motivo principal de su existencia pero no puede hallarla (la felicidad no es ni será nunca un objeto de consumo): “La infelicidad resultante añade motivación y vigor a una política de la vida de claros tintes egocéntricos; su efecto último es la perpetuación de la liquidez de la vida”, escribe Bauman. Es decir, el homo eligens, frustrado, insiste (y lo hará hasta el final de su crédito bancario). Esta vez, probablemente, en un shopping.
El arte del marketing –según Bauman– consiste en impedir que los deseos de los consumidores se vean completamente realizados. La insatisfacción asegura que los ciudadanos del moderno mundo líquido no dejemos de explorar, hasta la obsesión, cada comercio, en busca de quién sabe qué objeto que nos identifique (y si está a la moda, mucho mejor).
¿Y los hijos? ¿Es cierto que llegan con un pan debajo del brazo? Bauman no estaría de acuerdo: “Tener hijos cuesta dinero, mucho dinero”, y agrega: “A diferencia de tiempos pasados, el niño o la niña es hoy un consumidor puro y simple que no produce aportación alguna a los ingresos del hogar”. Niños y niñas, aun antes de aprender a leer, se comportan como perfectos consumidores. Conscientes de que “necesitan” determinados productos –en venta–, “se sienten inadecuados, deficientes y de inferior calidad si no responden con rapidez a la llamada” de los expertos en marketing infantil. Una empresa inglesa de investigación de mercados (a propósito del uso de cosméticos por parte de niñas de entre 7 y 14 años) sugirió, entre otras medidas, “la instalación de máquinas expendedoras de cosméticos en los centros educativos y los cines”. Indignado, Bauman recuerda que, algún día, los niños fueron considerados “el futuro de la nación”. Pero –ironiza–, si el crecimiento de la nación se mide hoy por el PBI, “es mejor que los niños empiecen pronto (si puede ser, desde el momento mismo de su venida al mundo) a prepararse para el rol de compradores/consumidores ávidos y avezados que se les vendrá encima”. Con el pretexto de estar llevando a cabo un acto de amor y profundamente moral hacia la figura sagrada del niño como “persona que sabe y elige”, los profesionales del marketing crean en el niño “un estado de insatisfacción perpetua a través de la estimulación del deseo de novedad y de la redefinición de lo precedente como basura inservible”.
Bauman se refiere, una y otra vez, a “los profesionales del marketing” casi como si se tratara de un verdadero complot contra la humanidad.
Bauman cita un trabajo de James McNeal sobre la influencia de los niños norteamericanos en el consumo de sus padres (es decir, niños que son consultados, que aconsejan, o imponen una compra determinada). Unos 300 mil millones de dólares, gastados por “influencia infantil”, sólo en 2002. Por si fuera poco, “McNeal también afirma que uno de cada cuatro niños y niñas ha visitado ya alguna tienda sin ir acompañado de sus padres antes de alcanzar la edad de inicio de la educación primaria, y que la edad mediana a la que se comienza a ir de compras de manera independiente es a los ocho años”. Así, el niño consumista se prepara para el gran salto hacia una vida líquida: la venta de sí mismo. El niño consumista no sólo se vende en persona sino que aprende a ver todas las relaciones interpersonales en términos de mercado (incluidos amigos y familiares).
EL AMOR LIQUIDO O LA COMEZON DEL SEGUNDO AÑO
En Vida líquida, Bauman repite algunos argumentos de trabajos anteriores (especialmente, Globalización. Consecuencias humanas, Modernidad líquida y Amor líquido, los tres disponibles en Fondo de Cultura Económica). En el prólogo a su Amor líquido, Bauman escribe: “En nuestro mundo de rampante individualización, las relaciones son una bendición a medias. Oscilan entre un dulce sueño y una pesadilla, y no hay manera de decir en qué momento uno se convierte en la otra. Casi todo el tiempo ambos avatares cohabitan, aunque en niveles diferentes de conciencia. En un entorno de vida moderno, las relaciones suelen ser, quizá, las encarnaciones más comunes, intensas y profundas de la ambivalencia. Y por eso, podríamos argumentar, ocupan por decreto el centro de atención de los individuos líquidos modernos, que las colocan en el primer lugar de sus proyectos de vida”.
Los problemas del amor líquido no son otros que los de la vida líquida.
En el mismo capítulo que se ocupa del niño consumista, Bauman hace un repaso por la cuestión del amor. ¿Qué tienen para decir “los expertos” del amor en la era de la modernidad líquida? En un número reciente del Observer Magazine, el Dr. John Marsden, un especialista en adicciones, comentaba un “descubrimiento científico” según el cual, lo que “llamamos enamorarse o estar enamorados se reduce a una mera excreción de oxitocina”, una sustancia química que nos permite disfrutar intensamente del sexo. Si hay atracción física, el cerebro libera un cocktail químico que activa la dopamina, haciéndonos sentir felices y enamorados. “El problema, no obstante, es que la droga en cuestión se produce sólo durante un tiempo limitado.” ¿Cuánto? Unos dos años. “Ese es el tiempo que, más o menos, han durado todas las relaciones serias que he tenido”, informa el columnista. Entonces, el amor dura, con suerte, dos años. No sólo eso, además, es una droga: “Todo era una cuestión de química, tonto”, agrega Bauman, con sarcasmo. En el actual escenario de vida líquida, el Dr. Marsden es bien recibido por los lectores, necesitados de una absolución de culpas tras una ruptura: “No te preocupes, a todos nos pasa”.
El contexto líquido favorece la fragilidad de los vínculos humanos, haciendo del amor un objeto de consumo como cualquier otro: “Ni esos dolores morales surgirían con tanta frecuencia, ni haría falta recurrir al engaño de forma tan habitual si el mundo fuera menos líquido, es decir, si no cambiara tan rápidamente, si los objetos de deseo no envejecieran en él tan pronto ni perdieran su encanto a una velocidad tan vertiginosa, si la vida humana (más duradera que la vida de prácticamente cualquier otro objeto) no tuviera que ser dividida en una serie de episodios independientes y de nuevos comienzos. Pero ese mundo no existe y las probabilidades de que los lazos interpersonales se vean exentos de las pautas consumistas (que son cognitivas además de conductuales) son ínfimas”. Son dolores morales; y tomemos la decisión que tomemos, Bauman nos asegura que no haremos más que acumular más problemas.
Hay algo del último Mario Bunge en Bauman, quejándose de todo y de todos. Una paranoia, a fin de cuentas, líquida.
(Las negritas son nuestras)