Chavales de Tiburtino y Pietralata
Permalink por Saravia @ 14:43:13 en Años 50Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

Riccetto y sus colegas a principios de los años 50, según Pasolini
Tramonto sulla Tiburtina (imagen de Air Force One, cargada en flickr.com el 4 de mayo de 2008).
Aunque allí (más o menos) vivían los principales protagonistas, los demás chavales del relato de Pasolini (Chavales del arroyo, Madrid, Nórdica, 2008; original italiano de 1955) procedían de otros barrios de Roma. De Ferrobedó, los Grattacieli y otras barriadas. En el libro aparecen más de 50 personajes que a finales de los años 40 y primeros 50 contaban con 14-18 años. Riccetto, Cacciotta, Begalone, Lenzetta, Alduccio, Mariuccio, Genesio, Borgo Antico, Marcello y muchos otros (casi todos chicos) viven su vida en los arrabales de una ciudad que podríamos calificar, al menos (como a casi todas casi siempre), de confusa. Recorramos con ellos ese territorio.
Sensaciones. El ecosistema que nos describe Pasolini es, antes que nada, un conjunto de sensaciones. Un estrépito ensordecedor, donde “los claxon y los motores retumbaban por curvas y por cuestas, llenando los arrabales”, los gramófonos y los altavoces amplificaban los sonidos en las ferias y los chavales, aquí y allá, “gritaban y metían bulla, desordenadamente como un jabardillo de moscas en una mesa sucia”. Pero también un silencio “cargado como una mina”. Un silencio cegador que “descendía del mediodía”. Un aire, un tacto. Un “aire tenso como la piel de un tambor”. Un asfalto que por todas partes se derretía al sol. A veces un viento que soplaba “libre como sopló en el origen del mundo”. Pero en ocasiones se notaba “la tibieza del vientecillo en que había como una somnolencia de abril”. Un olor también cambiante. Pestilente en los pozos ciegos, en “el agua pringosa, como meaos”, en los regueros cenagosos de los desagües. En los espigones de la Isola Tiberina, que “al calor del sol apestaban como urinarios”. Mugre en los huertos y en las riberas “apelmazadas entre matorrales carbonizados”. Mierda por todas partes.
Una luz violeta, “suspendida límpida en los espacios libres de las calles, entre edificio y edificio”. Una luz en la que “ardían los pilones llenos de faros, los reflectores de la central eléctrica, y por detrás, ya lejos, Tiburtino, con los caserones nuevos en fila contra el cielo negro. Al fondo, en la intensa aureola, brillaban las luces de las otras barriadas, hasta Centocelle, la Borgata Gordiani, Tor de´Schiavi, el Quatricciolo”. Otras veces flotaba “un reflejo de la luz del bar, abierto todavía, (que) arañaba la costra de asfalto de la Tiburtina”. Pero sobre todo estaba la luna. Una luna “que daba sobre los prados una luz infinita”. Una luz de la luna que aparece en el relato una y otra vez (preciosa la página 185). También el frío. Pero sobre todo un calor mucho más intenso que a pleno campo. “Un calor que no era siroco y que no era calina, era sólo calor. Era como una mano de pintura que se le hubiera dado al viento, a las fachadas amarillentas de la barriada, a los descampados, a los carros, a los autobuses apiñados de gente en las portezuelas”. Una tibieza, un calor animal. Algunos perros, una golondrina. Y una imagen desoladora.
Paisajes. Obras a medio hacer o a medio derrumbarse. En la avenida Quattro Venti “un tropel de basuras, casas sin acabar y ya en ruinas, grandes desmontes fangosos, terraplenes llenos de porquería”. Cerca de las tapias del cementerio de Verano y hacia las casuchas de la Vía Tiburtina, se veían “torres de reciente construcción, entre escombros, rodeadas de solares, en medio de almacenes de chatarra o de madera”. Los nuevos borghettos eran “un montón de casas pequeñas como cubiletes, o como gallineros, blancas como las de los árabes, negras como zahúrdas”. Y por doquier se levantaban “andamios, edificios en construcción; y grandes descampados, montones de escombros, terrenos edificables”. Por aquí y por allá “cuestas con una costra de dos cuartas de polvo, y entre canteras y cuevas, cejas, pradejones requemados, ramblizos”. El protagonismo de los baldíos. Terraplenes infectos. “Prados llenos de mierda”, ruinas de caserones, “rabales de tugurios”, caminos “que parecían hechos aposta para las cabras”. Los pinos verdes (“las copas de los pinos verdes como mesas de billar, entre las piedras desgajadas de las ruinas”).
Los Grattacieli, “grandes como cadenas montañosas, con cientos de ventanas, en hilera, en círculo, en diagonal, a la calle, al patio, a la escalera, al norte, al sur, con el sol de plano, en sombra, cerradas o de par en par, vacías o flameantes de ropa tendida, silenciosas o llenas de bulla de mujeres y lloriqueo de chiquillos. Alrededor se extendían aún prados abandonados llenos de mogotes y montículos, atiborrados de criaturas que jugaban con los mandilones sucios de mocos o medio desnudos”. En Monteverde Nuevo “había demasiada limpieza, demasiado orden, al Riccetto no le cabía en la cabeza”. En Tiburtino las calles eran “siempre iguales”, y entre los bloques “alguna brizna de hierba en el piso de tierra”. En La Elina dominaban “las sombras inmensas” de dos o tres torres en construcción y una ya construida, pero “aún sin calle ni patios delante, abandonada entre hierbajos y cochambre. Aquel bulto enorme con todas las ventanas iluminadas se levantaba solo en medio del cielo, donde alguna estrella chispeaba tristemente. La Elina se cobijaba tras él, cerca de las vallas y los matorrales que circundaban los terrenos parcelados, reducidos aún a enormes vertederos, con alguna chabola alrededor, o en medio, y algún montón de guijo”. (Una descripción sintética de la vida en Roma y sus barrios, en las páginas 261-264).
Pobreza y suciedad. Muchísima pobreza y suciedad. Derrumbes. Peligro. Bares, como el del Trapetto Verde. Cárceles (Porta Portese). Paradas de autobús (“punto de reunión de la tropa de mocosos y de las pandillas de machongos”). La curva del río. Miles de chabolas. La casa de Riccetto, de una sola habitación, “con cuatro camas en las esquinas de las paredes, que más eran mamparas que paredes”.
Actividades. Algunos muchachos dedicaban parte del tiempo a hacerse una casa (como la familia de Mariuccio). Pero la mayoría simplemente vivía. Sin más. Iban de aquí para allá. Enganchados al tranvía, en la barra de la bici de algún colega, en una moto robada. Casi siempre andando. Jugaban o se entretenían de cualquier forma. A las canicas, a la navaja, al balón. “Daban patadas a una pelota sin otra iluminación que la de la luna”. Jugaban a las cartas en el hueco de la escalera. Hacían saltar piedras en el agua. Se bañaban (en el río, en las charcas, en el mar). Iban al cine. Charlaban. Cantaban (el hijo de la señora Anita también tocaba la guitarra). Se daban un paseo “hacia Pietralata o a uno de los cines de allí cerca, en camiseta, o con la camisa por fuera”. Cogían una barca. Hacían fuego. Jugaban en el columpio. En el trampolín. Descansaban, dormitaban. Sentados al sol en un prado. O en un bordillo, esperando a que “se les pasara el sofocón”. Miraban desde el puente “a los tiberinos que tomaban el sol sobre la plataforma”. Tomaban la fresca. Dormían en cualquier sitio: en los bancos del parque, en un rellano, en unos grandes bidones abandonados, donde el Lenzetta había dispuesto algo de paja; o “debajo del toldo de un melonero, allí mismo, encima de las sandías”.
Comían, bebían, meaban y defecaban (en cualquier sitio). Fumaban (colillas). Cuando podían pagar, también follaban. Riccetto llegó a tener una pequeña novia (una de las hijas de Antonio). Pescaban a volantín. Comían sin orden, sin regularidad. A veces pasaban días enteros sin probar bocado. Conseguían dinero. Rebuscaban en las basuras. O se agenciaban un trabajo regular (de peón, o con un trapero). Pero eran especialistas en aliviar la cartera (“en los tranvías aliviándole la cartera a algún que otro pavo”). Y la bolsa a los ciegos. Preparaban engaños y timos. Robaban de noche en algunos almacenes de material. Muchas veces tenían que huir. Y circunstancialmente pasaban temporadas en la cárcel (Riccetto llegó a estar tres años seguidos). Enfermaban (a Begalone le daban un año de vida). Con frecuencia morían. Unos en accidente de coche, en una noche loca (los amigos de Álvaro; él no murió, pero perdió un brazo y quedó ciego). Otros como consecuencia de un derrumbe (Marcello). Alguno más, por los disparos de la policía (Amerigo). Y otros ahogados en el río, en un acto de chulería (Genesio).
Ecosistema. Porque la actitud chulesca era su sello. Eran perdonavidas que nunca renunciaban “a las tentaciones y menesteres propios de un chulo redomao”. Sin rastro alguno de piedad por nadie: “En Pietralata, por su propia formación, no había nadie que sintiera piedad por los vivos; a ver qué carajo iban a sentir por los muertos”. Se jugaban la vida (desobedecían el alto de la policía con este pensamiento: “No me irás a matar, supongo”). Y gozaban de una enorme sensación de vitalidad. Querían “provocar al mundo en general, a toda la especie humana que no sabían pasárselo bien como ellos”. A veces se tendían “panza arriba, cantando, llenos de gratitud hacia la vida, en la hierba reseca del ribazo, a esperar a que se hiciera un poco más tarde”. Por supuesto, ni rastro de lucha social. Sólo una vaga impresión de injusticia: “¿Pero cuándo coño se les acabará el chollo, cuándo cambiarán las tornas de una puta vez?” (Hay que decir que el enfado provenía de ver a un tío en un deportivo “con el peazo tía que lleva”).
Los baldíos (tan queridos por Pasolini) eran su ecosistema. Allí, finalmente, nadie les dijo lo que nos cantó, años más tarde, Paolo Conte (Via con me): “Vamos, vamos; sal de aquí; nada te ata a estos lugares; ni siquiera esas flores azules”.

La hermana de Shakespeare en su habitación
Permalink por Router @ 19:39:14 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Una habitación propia".
Cocina de la Casa de Cervantes de Valladolid. Foto de la página web del Ministerio de Cultura
Así pensaba Virginia Wolf: “Si vivimos aproximadamente otro siglo –me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos– y cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; si nos evadimos un poco de la sala de estar común y vemos a los seres humanos no siempre desde el punto de vista de su relación con la realidad; si además vemos el cielo, y los árboles, o lo que sea, en sí mismos; si tratamos de ver más allá del coco de Milton, porque ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado”.
Según Wolf, la hermana de Shakespeare podía haber sido, por qué no, una escritora tan buena o mejor que el propio William, si hubiese contado con “quinientas libras al año y una habitación propia”. El libro del que procede la cita (titulado precisamente Una habitación propia) ha sido tomado a menudo como referencia para reclamar un espacio propio individual para cada uno de los miembros del hogar, sea cual sea su composición. La vivienda es el espacio de la vida privada, y la condición de lo privado es la posibilidad de aislamiento y secreto. Un cuarto propio desde el que poder ver el cielo y los árboles. Pues finalmente parece que nos empeñamos en la libertad.
Hemos seguido la traducción de Laura Pujol (Virginia Wolf, Una habitación propia, Barcelona, Seix Barral, 2005; el texto original es A room of one´s own, Londres, The Hogarth Press Ltd., 1929). Cuando habla del “coco de Milton” se refiere al poeta y ensayista inglés Jonh Milton (1608-1874), sobre quien han recaído graves acusaciones de misoginia, tanto por sus tratados sobre el divorcio como por la descripción de Eva en su Paraíso perdido. El texto de Wolf corresponde a dos conferencias que dio en 1928, y su propósito no tenía nada que ver con la vivienda, desde luego, sino con “las mujeres y la novela”. Sin embargo, ya en la segunda página se puede leer la opinión que destacamos aquí: “que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas” (una idea que está presente en todo el libro: la cita es de la p. 153 de la edición en castellano que comentamos). Nos gusta acompañar el texto con una imagen de la casa de Cervantes de Valladolid, mejor que con otra, demasiado literal, de alguna de las casas del autor inglés. Y lo hacemos casi como una broma del destino, pues la vida de Cervantes entre “sus mujeres” puede poner un contrapunto curioso a la vida de la hermana de Shakespeare. Un trabajo actual sobre la mujer y la vivienda: . “Women and the Human Right to Adequate Housing” (United Nations, Economic and Social Council, 1997, http://www.hic-sarp.org/documents/SUB1997_19.doc).

La "casa per tutti". Cantidad de viviendas
Permalink por Router @ 15:42:07 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección "Una vivienda asequible y funcional".
London slum. Imagen procedente de gerald-massey.org.uk
Cuando Engels escribe sus famosos artículos sobre la creciente preocupación por el problema de la vivienda insiste en el carácter coyuntural de este interés, provocado por un “particular empeoramiento de las malas condiciones de vivienda de los obreros, como consecuencia de la afluencia repentina de la población hacia las grandes ciudades”. Estas situaciones de déficit coyuntural, que se han repetido en múltiples ocasiones, estuvieron en el origen de las políticas de vivienda de los estados europeos desde finales del siglo XIX. Si el problema era la escasez de viviendas, había que multiplicar su número, producir masivamente nuevos alojamientos, destinando recursos públicos y/o privados a ese fin. Es lo que se ha llamado la “opción cuantitativa”.
El compromiso público de los estados con esta opción significó un formidable impulso a la industria de la construcción de viviendas (creándose en muchos casos, allí donde era meramente artesanal), aunque con resultados diversos. Las políticas de reconstrucción de posguerra (años 1950-70) siguieron caminos diferentes: en la Europa rica del norte se levantó un parque inmobiliario público de alquiler, en tanto que la Europa meridional optó por la vivienda en propiedad. En cualquier caso el resultado compartido fue un incremento notable del número de viviendas, que se ha vuelto a reproducir en momentos posteriores (por ejemplo, en el recienteboom inmobiliario, todavía en activo), a pesar de que a partir de los años 1980 se ha ido produciendo un progresivo desentendimiento del interés directo de los estados, que han preferido dejar este asunto en manos del mercado. Desde hace algunos años la Administración pública actúa con pequeñas operaciones, puramente testimoniales. Una prueba más del carácter coyuntural de estas políticas.
La cita es de 1872, y se refiere a los tres artículos que Engels publica en la revista Volksstaat, de Leipzig, el órgano del Partido obrero socialdemócrata alemán. La “teoría cuantitativa” se caracteriza en el texto de B. Secchi Il raconto urbanistico. La politica della casa e del territorio in Italia, Turín, 1984. Una ponencia reciente sobre la evolución de las políticas de vivienda social en Europa puede verse en la publicación del Observatorio Europeo de la Vivienda Social de la Asociación Española de Promotores Públicos de Vivienda y Suelo, Vivienda social en la UE 2005. Estadísticas y políticas clave por países. (Boletín informativo nº 84, 2006; www.a-v-s.org/uploads/boletines/Boletin84.pdf).

Espacio público y vida ciudadana
Permalink por Router @ 10:24:17 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Integración o exclusión".
El martes 27 de abril de 2007 un grupo de mujeres se tiñe el pelo bajo un puente en Lagos, Nigeria. Imagen de news.bbc.co.uk
Un sugerente artículo de Margaret Crawford, “Desdibujando las fronteras: espacio público y vida privada”, se elaboró como reacción a un discurso que compartía pero que ahora necesitaba matizar: el del fin del espacio público, un temor reiterado por sociólogos y urbanistas. O por Mike Davis cuando expresa su alarma ante la “destrucción de cualquier espacio urbano verdaderamente democrático”. En Los Angeles los pocos fragmentos del espacio público tradicional están siempre desiertos, mientras que los centros comerciales y de entretenimiento con su paisaje urbano simulado están atestados de gente. “La existencia y popularidad de estos espacios públicos comerciales -señala Crawford- se usa para articular un discurso generalizado sobre la pérdida, que contrapone la actual degradación del espacio público con épocas y lugares dorados –el ágora griega, las cafeterías del primer modernismo en Londres y en Paris, la piazza italiana o sencillamente la plaza urbana (…) como lugares anteriormente vitales de la democracia en los que supuestamente se desarrolló el discurso público cohesivo”.
La crisis de estos espacios pondría en peligro las mismas ideas e instituciones democráticas. Esta percepción de ciertos críticos del espacio público, que siguen muy de cerca las conclusiones de autores como Habermas o Sennett, le parece a nuestra autora que se basa en unas definiciones extremadamente limitadas de los conceptos de espacio y de público. Que al buscar un espacio público único y omniabarcante, acaba confundiendo los espacios públicos monumentales con la totalidad de los espacios públicos.
La versión de una esfera pública presentada como un “espacio democrático” en el que todos los ciudadanos tienen derecho a intervenir, donde las desigualdades sociales y económicas se dejan de lado temporalmente con el fin de determinar un bien común, olvida que esos espacios siempre se han estructurado a partir de significativas exclusiones (mujeres y esclavos en Atenas, mujeres y trabajadores en la primera esfera pública burguesa). Y oculta que hay otros entornos físicos que a menudo representan más certeramente el espacio democrático, como muchos espacios cotidianos invisibles en el discurso de los profesionales sobre la ciudad, donde sin embargo se expresan públicamente diversos segmentos de la población. Lugares triviales y comunes (aceras, solares vacíos, aparcamientos) aparentemente sin significado, lo adquieren a medida que quienes los usan (sean manifestantes, paseantes o vendedores ambulantes) los reorganizan y reinterpretan.
La autora se refiere también a Los Ángeles, a los espacios de los coches que se transformaron temporalmente en lugares de protesta y rabia durante los disturbios urbanos de 1992, a los mercadillos domésticos dispuestos espontáneamente en los jardines delanteros de muchas casas de gente necesitada de unos ingresos suplementarios; o a los espacios marginales apropiados por vendedores ambulantes ocasionales. “En contraste con los espacios públicos normativos, que produce la ideología dominante, estos espacios contribuyen a desestabilizar el statu quo.
Porque ¿cuál es la relación entre el espacio público y la democracia? En determinadas circunstancias, “la intersección de gentes, espacios e identidades pueden empezar a delinear un nuevo terreno urbano para la acción democrática, que desafíe las definiciones normativas de la democracia y su modo de operar (…) podemos empezar a articular un nuevo discurso sobre el espacio público, un discurso que no se fundamente en la pérdida sino en la posibilidad”.
Nota. El artículo citado de Margaret Crawford, “Desdibujando las fronteras: espacio público y vida privada”, fue publicado en Quaderns 228 (Barcelona 2001).

La ventana
Permalink por Router @ 12:44:17 en Restos del naufragio -> Bitácora: Náufragos

Texto para incluir en la sección titulada "Exclusión social. Exigencias de integración”
“Escenas de La Habana”. Foto tomada prestada del blog unhomourbanus.net.
Por supuesto, la ventana practicable. Y abierta hacia la calle pública. No esos remedos de ventana impracticables, o que vierten a patio, por grande que sea. Porque nunca equivaldrá un gran patio de acceso restringido a una calle pública, donde cualquiera puede estar. El primero no forma parte de la red de espacios públicos urbanos, y la calle es la ciudad. Y nunca será ventana si no puede obedecer a los deseos cambiantes de apertura o cierre, integración o separación, iluminar u oscurecer, mostrarse o esconderse, interacción social o soledad buscada. ¿Cuál es el significado de la ventana?
Leamos, para empezar, un breve fragmento de una novela: La frontera, de Pascal Quignard. “Ella estaba en la ventana. Sufría por las heridas de su vientre. Miraba el río Tajo de color plomizo. Hacía calor. En el estuario había reflejos de cobre antiguo, desgastado por el aire y el paso del tiempo. Miraba a los mendigos en los escalones, que mendigaban a Dios con la mirada. Un gentilhombre minúsculo, a lo lejos, sujetaba por las riendas a su caballo. Vio sus calzones azules. De lejos, el hombre se parecía a Grezette. Se preparó”. La ventana, un instrumento para modular la intimidad.
Busquemos una etimología: la de las ventanas con burka, las celosías del convento o del harén. Según Corominas esta palabra tiene el influjo de celare, “ocultar”. Celar, en Juan de Mena, es velar, vigilar, tener celos. El vocablo “celosía” ya aparece en 1526. Se usa para denominar al enrejado de madera que se pone en determinadas ventanas, logias y balcones para que las mujeres que están en el interior puedan ver sin ser vistas. Y se llama así “por la causa que determina su uso” (otra vez Corominas). Nacido de la arquitectura islámica de Egipto (con los mamelucos del siglo XIII), pasó a Al-Andalus, donde evolucionó. Está presente en los palacios, al lado de las puertas secretas de las antecámaras. Con su filtrado, entrega una dulce luminosidad al interior (efectos de claroscuro); y también tamiza el excesivo calor (de hecho, la palabra árabe que designa este elemento deriva de la raíz š.r.b., que significa beber, aludiendo a la costumbre de hacerlo al amparo de su sombra fresca, donde se colocaban cántaros).
El paralelismo con el burka no es anecdótico. Esta prenda se introdujo en Afganistán a principios del siglo XX, durante el mandato del rey Habibulla, quien se lo impuso a las mujeres de su harén, para evitar que su rostro pudiese ser visto por otros hombres. En la década de los 50 su uso se generalizó entre las clases acomodadas, y los talibanes lo hicieron obligatorio en los años 90. Por fresca que sea la luz y la sombra, si no puedes ser visto, si no existe la posibilidad de que te vean, no tienes rostro. Tampoco hay ventana.
Recordemos una película: La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, 1954. Un fotógrafo profesional, L. B. Jeffries (James Stewart), accidentado y recluido en su apartamento, se entretiene observando (con sus cámaras y teleobjetivos) la vida de sus vecinos del patio de acceso. Participa de la vida exterior, e incluso de los sucesos de la casa de enfrente, que se pueden entrever a través de sus ventanas, no cerradas. Las ventanas, también para que otros puedan entrar en los pliegues de tu vida privada. Todas son indiscretas.
Veamos un cuadro conocido: Muchacha en la ventana, de Salvador Dalí, 1925. Un personaje, la hermana del pintor (Ana María), de espaldas al espectador, mira el mar de Cadaqués. Con la luz en la parte posterior de la muchacha, la composición y el contraste llevan al espectador hacia el paisaje. Atención ahora a esta fotografía de Ferdinando Scianna Sant’Elia (de Magnum Photo): Unafinestra popular, que también se abre hacia el Mediterráneo, esta vez en las costas de Sicilia. El paisaje, el afuera, entra en la casa, y la vivienda se vuelca en el paisaje por mediación de la ventana.
Estudiemos un texto científico: Ropa, sudor y arquitecturas. En él su autor, Fernando Ramón Moliner, nos recuerda lo que ya deberíamos saber: que el interés de la ventana no se acaba en la posibilidad de ver y ser vistos. La ventana (que comenta con esta imagen) "es el dispositivo multifuncional que nos permite, sin traspasar los límites del cerramiento, aprovecharnos del conjunto de circunstancias, ecotérmicas y otras, relativamente apetecibles que, fuera de él, en un momento dado, se estén dando: dejando pasar, o no, más o menos, el viento y/o el sol, dejando salir el aire al mismo tiempo, por la misma o por otra ventana, pero también, dejando pasar, o no, más o menos, la luz, la visión, el sonido, o incluso, dejando pasar, o no, personas y bienes". Siete funciones (ventilación, soleamiento, aireación, iluminación, visión, sonido y acceso de personas y bienes) con las que se juega en el mismo dispositivo. Un invento de interés ecológico y social insustituible.
Recordemos, por último, una vieja polémica: en torno a la idea de la ventana horizontal (fenêtre-bandeau) de Le Corbusier. Con ocasión del Salón de Otoño de 1923, M. Perret es entrevistado el 16 de diciembre siguiente en Paris Journal: Allí carga contra Le Corbusier: “Su desatención a los principios funcionales es curiosa, pues se jacta precisamente de ser un arquitecto funcional. Una ventana está hecha para iluminar, para dar luz de día a un interior. Esa es su razón de ser, su primera cualidad. También debe servir como ornato de la fachada por sus formas variadas, pero esto es sólo un detalle, y sería absurdo, tomando la parte por el todo, considerar una ventana únicamente como motivo ornamental. Le Corbusier, para conseguir efectos de volumen, reúne sus ventanas en paquetes (...), y los alarga exageradamente, bien en vertical, bien en horizontal”.
La crítica le afecta vivamente a Le Corbusier, que no duda en contestarle en la misma publicación, poco después: "Por fin, hay un último y sangriento reproche de Perret: que mis ventanas no iluminan. Y tengo que saltar, porque la injusticia es demasiado chirriante. Me esfuerzo por crear interiores claros, ese es mi primer objetivo (...), introducir flujos de aire y luz en mis casas (...). Y viene a acusarme de construir cuchitriles malsanos cuando eso es justamente lo que más odio, lo que me esfuerzo en evitar. Toda mi arquitectura depende de las ventanas. Ventanas totalmente adaptadas a las nuevas condiciones del cemento armado y de la metalurgia, pero readaptadas también a las funciones humanas. Las ventanas son mi preocupación capital, la preocupación del técnico y del esteta”. Luz, aire y sol, y la transformación de la vista del horizonte. Una ventana extraña, singular, pero ventana, al fin. Pues los tipos posibles de ventanas vívidas son infinitos.
Un dispositivo imprescindible. Porque se trata de un elemento vital e insustituible de la vivienda. Siempre se manifiesta en ella la tensión entre el adentro y el afuera, la vida privada y la escena pública. Tanto, que es lícito decir que sin ventana no hay vivienda.
Nota sobre fuentes:
La novela de Pascal Quignard, La frontera, está editada en Madrid, Funambulista, 2005 (la cita es de la pág. 102). Se ha consultado el vol. 2 del Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, de J. Corominas y J. A. Pascual (Madrid, Gredos, 1984). La foto de la celosía de El Cairo procede de wikipedia, de donde también se ha obtenido la información del burka. El cuadro de Dalí se encuentra en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Y la fotografía de Scianna se ha tomado de www.telefonica.net/web2/eoialbacete2.
El estudio de Fernando Ramón, Ropa, sudor y arquitecturas, está publicado en Madrid, Blume, 1980 (la cita es de la pág. 113; la foto está en la pág. 117, y lleva este pie: "Escrito sobre esta misma mesa: `Natacha se ha acercado a la ventana desde fuera y la ha abierto aún más para que el aire entre libremente en mi cuarto. Puedo ver la franja de un verde intenso al pie del muro y el cielo de un azul puro encima de él y la luz por todas partes. La vida es hermosa. Que las generaciones futuras la limpien de toda maldad, opresión y violencia y disfruten de ella plenamente´ (León Trostky, 27-2-1940. Coyoacán)".
Para la historia de la ventana horizontal de Le Corbusier, se ha consultado el texto de Bruno Reichlin, “Pour ou contre la `fenêtre en bande", en www.athenaeum.ch/bande.htm . La imagen corresponde a la «Petite maison» (publicada por el propio Le Corbusier en su Almanach d’architecture moderne, Paris, 1926).

Krugman, Camagni y Sennett en el restaurante
Permalink por Saravia @ 16:06:13 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

A vueltas con la competitividad territorial y los entornos innovadores
Café Comercial de Madrid. Foto de El Ángel de Olavide
La aparición, en los últimos años, de dos sugerentes libros de Roberto Camagni que insisten en el valor del concepto de "entornos innovadores" (original en francés: milieux innovateurs), merece un comentario. El primero de ellos es la edición en castellano de su "Economía urbana" (Antoni Bosch ed., 2005); y el segundo, el titulado "Una nueva cultura del territorio. Criterios sociales y ambientales en las políticas y el gobierno del territorio" (A. Tarroja y R. Camagni, coords., Diputació de Barcelona, 2006). En ambos el catedrático de Economía Urbana del Politécnico de Milán defiende "la solidez" del concepto de "competitividad territorial", por cuanto el espacio ya no es -dice- el principio básico de la economía urbana (como sugiere la teoría clásica de la localización). Por el contrario, las políticas urbanas deben orientarse hacia las tecnologías, la formaurbana y las características de los comportamientos individuales.
Según la teoría del entorno innovador, el poder de atracción de un territorio ya no está tanto en sus factores de localización, como en su aptitud para crear recursos y procesos de innovación. Se enfatiza así el papel de los recursos inmateriales (el "saber hacer”, especialmente en tecnología), la cercanía, los “activos relacionales”, la cooperación, etc. El “entorno”, se dice, es un agente colectivo reductor de la incertidumbre y dinamizador de las funciones de investigación, transformación y control de la información.
Y el “entorno innovador” es un ámbito territorial (a nuestros efectos podría ser una ciudad) abierto al exterior para asimilar los recursos que necesita, y con capacidad de crear “redes de innovación”. Un espacio en el que interactúan los elementos que hoy se consideran las principales fuentes de desarrollo económico y de cambio; los cuales se benefician de la proximidad geográfica y de las homogeneidades económicas y culturales que comparten, que a su vez les permiten definir territorialmente el propio medio o entorno local/regional.
Los fundamentos de la planificación urbana se desarrollarán ahora, preferentemente -sigue diciendo Camagni-, a partir de ese concepto de competitividad territorial que acabamos de definir. Y aquí es donde entra Paul Krugman, quien desde 1998 (especialmente en su libro Pop Internationalism) refuta la obsesión por la competitividad. Es verdad que se refiere a la competitividad internacional, pero algunas de sus críticas pueden ser extensibles a otros ámbitos de menor tamaño.
Niega este conocido economista de la Universidad de Princeton que "los resultados económicos dependan en gran medida de su éxito en los mercados internacionales". Y afirma que los países, por ejemplo, "no cesan el negocio" pase lo que pase, lo que no deja de ser un comportamiento completamente distinto al de las empresas, con las que no es posible la comparación. En consecuencia sostiene que la meta de la competitividad es "rotundamente errónea" y "peligrosamente equívoca", por cuanto lleva a las autoridades nacionales a intervenir, aludiendo a la ventaja competitiva de sus territorios, de forma que siempre acaban "en una especie de neomercantilismo perjudicial para la asignación justa de los recursos".
Camagni, director del GREMI (Grupo de Investigación Europeo de Entornos -Milieu- Innovadores) recoge de buena gana estas objeciones (ya expuestas hace tiempo), pero no ceja en su empeño (también de hace muchos años) de defender el valor del concepto de competitividad, aunque aplicado a entidades territoriales menores, no a países: se refiere ahora a los "territorios", que pueden ser tanto un "distrito industrial" como una ciudad, una comarca o incluso una región. Y enuncia una hipótesis provocadora: los territorios no compiten sobre la base de ventajascomparativas («el principio de la ventaja comparativa no se puede aplicar en el caso de competencia entre economías locales y de comercio interregional»), sino en base a ventajasabsolutas (competitivas). De esta forma, al no funcionar el principio de ventaja comparativa, no puede mantenerse que cada ciudad o región tenga siempre garantizado un papel y una especialización en la división internacional del trabajo.
Según nuestro autor, hay tres estrategias posibles para el desarrollo o incluso para la supervivencia de territorios subdesarrollados. La primera, asegurar más transferencias públicas (una estrategia que considera meramente defensiva); la segunda, atraer inversiones de otras regiones o del extranjero; y la tercera, "mejorar la competitividad del sistema local". Es, por tanto, concluye, totalmente justificable preocuparse por la competitividad y el atractivo, "dos metas que están adquiriendo una importancia creciente en el contexto de la Unión Monetaria Europea, cuyos países se hallan en una situación como la de las regiones en un solo país".
Los territorios compiten entre sí utilizando el instrumento de las "estrategias colectivas". Los más débiles y atrasados (en cuanto a competitividad del tejido económico, accesibilidad interna/externa, calidad de los factores humanos y ambientales, sinergia interna y capacidad de aprendizaje) corren el peligro de decaer aún más y quedar más excluidos que antes. Son precisas, por tanto (según Camagni) mayores inversiones "en conocimiento, capital humano, gestión, organización, cooperación e interconexión". De manera que las responsabilidades de la planificación espacial (y singularmente la urbana, como decíamos antes) deberían ampliarse, abordando también ahora "nuevos objetivos políticos y culturales": la integración de metas económicas y espaciales, el estímulo de las asociaciones y de las redes de cooperación locales, una mayor participación real de la gente, mejora del aprendizaje colectivo y del "capital relacional local", etc.
¿Con quién nos quedamos: Krugman o Camagni? Para resolverlo a nuestro gusto hacemos llegar aRichard Sennett, sociólogo, no economista, con su ya algo antiguo libro, pero aún vigente, "La corrosión del carácter" (ed. en castellano en Barcelona, Anagrama, 2000). En el capítulo 5, titulado "Riesgo", nos encontramos con estas afirmaciones: "Al parecer, para abrirse camino en el mundo de los bares de Nueva York hay que ponerse de moda o no preocuparse por la moda; lo primero significa atraer a la población flotante de modelos, ricos aburridos y peces gordos de los medios de comunicación que pasan por ser los `elegantes´ de la ciudad; lo segundo, atraer a una sedentaria clientela local. Rose escogió el segundo camino como el más seguro, y el Trout [su bar-restaurante] siempre estaba lleno". Y continuaba después relatando la significativa historia de Rose, que no vamos a comentar aquí.
Si Kruger criticaba a quienes igualaban la ciudad a una empresa, no vamos ahora a hacerla equivaler a un restaurante, por más que la idea nos resulte tentadora. Sin embargo, creo que está más cercana la postura de este economista de la de Sennett (de la de Rose, para ser exactos) que de la de Camagni. ¿Tiene necesariamente una ciudad que embarcarse por completo en la lucha por la competitividad, por mucho que ésta se matice como hace el autor milanés? ¿No sería provechoso, saludable y seguro, que dedicase una parte de sus esfuerzos y recursos (de todo tipo) simplemente a cumplir, con tranquilidad, sin la pulsión de competir, sus obligaciones de servicio? Pienso que es bueno que en la ciudad haya tanto restaurantes de diseño como casas de comidas. Porque cenar un día "ninfa de algodón, mozarella casera con albahaca, tempura de salicomia al azafrán con emulsión de ostra y ostra con emulsión de jamón y su perla" es, sin duda, una fiesta. Pero ninfas todos los días pueden acabar resultando indigestas.
(Publicado inicialmente el 10-10-07).

Hermano, ¿tienes un poco de accesibilidad?
Permalink por Saravia @ 00:20:30 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Top 10 de la economía urbana, 1: la accesibilidad.
Sin comentarios (imagen procedente de la versión de Bing Crosby del tema Brother, Can You Spare A Dime? en youtube.com).
El modelo económico que interpreta la compleja realidad urbana, no puede ser sino ecléctico. Hoy por hoy, ningún modelo puede imponerse como el modelo. De ahí que no podamos ofrecer más que una serie de principios de economía urbana (que siguen presentes en los manuales), no completamente integrados. Empezaremos por uno de los temas fundamentales: la accesibilidad. Es decir, la cualidad de lo accesible, de lo que puede alcanzarse. Podría decirse incluso de lo cercano (en el espacio, en el tiempo). Mide el grado en que las personas o las empresas pueden utilizar determinados objetos, visitar lugares, intercambiar bienes o conseguir informaciones o servicios. Se dice que la accesibilidad condiciona decisivamente la organización interna del espacio urbano.
Simplificaciones. Desde el viejo y elegante modelo de Von Thünen, del que se derivan todos los modernos tratamientos de la localización urbana basados en la accesibilidad, se admiten una serie de hipótesis simplificadoras para explicar la organización del espacio urbano (y sus alrededores) en función de la accesibilidad. Se admite que el suelo de la ciudad y su entorno es una llanura homogénea, isótropa, que cuenta con infraestructuras de transporte también homogéneas y uniformemente repartidas en todas las direcciones. Que sólo hay un centro urbano, que el coste de transporte unitario es constante, que hay una demanda ilimitada de productos, y algunas otras hipótesis más. Se considera que el centro ejerce fuerte atracción en cuanto sede de la mayoría de los puestos de trabajo, de las mejores oportunidades de recreo y cultura y de la más intensa interacción social. En algunas formulaciones se admite también que en el centro urbano se localiza el mercado. En este modelo la distribución de los usos está directamente relacionada con la renta. Y se entiende que la renta adquiere un carácter residual: es el residuo que se puede pagar al propietario de suelo después de haber restado el ingreso de todos los costes. Pero las más llamativas simplificaciones se refieren a las motivaciones de las empresas y los particulares para decidir sus localizaciones. Para las primeras, la preferencia por una localización central es función del coste medio por unidad de producción (que incluye un margen de beneficio y unos costes de transporte), y las funciones de ingreso por unidad de suelo, respectivamente crecientes y decrecientes con la distancia al centro. Para los segundos, la decisión localizativa se realizará optimizando el trinomio “accesibilidad / coste de las áreas / dimensión de la unidad residencial” respecto a la utilidad total del individuo. Como sabemos, las cosas no son exactamente así; pero, con todo, es posible que tales hipótesis sean útiles.
Desarrollos. Se considera que la organización de la ciudad derivará de la competencia entre las diversas actividades productivas y residenciales por asegurarse las localizaciones más ventajosas. El modelo de equilibrio general para toda la ciudad se derivará a su vez de los modelos de equilibrio parciales de localización productiva y residencial, que definen las decisiones óptimas para un sujeto (individuo o empresa), suponiendo que todos los demás sujetos ya han encontrado su localización, y que no tienen intención de cambiar por efecto de la decisión del sujeto en cuestión. Se concluye con la evidencia empírica de la existencia de un gradiente de la renta, con creciente densidad de uso del suelo en dirección hacia el centro urbano, y con el característico perfil vertical de la ciudad procediendo del centro hacia la periferia. En paralelo, también se configura un gradiente de salario urbano. Y si se extiende el modelo al total nacional, al conjunto de las ciudades de un país (en el modelo de “ciudad abierta”), podrían calcularse, al menos en teoría, tanto el tamaño de la ciudad como el volumen de inmigrantes previsible en un momento determinado. También se podrían derivar teóricamente las diferencias entre costes, ventajas y salarios existentes entre las ciudades grandes y las pequeñas.
Limitaciones. Este modelo, en primer lugar, es estático. Simula una ciudad "instantánea" en la cual todas las actividades son colocadas simultáneamente en el espacio. El problema está en la existencia de "vastas y extensas inmovilidades" que impiden la asignación perfecta de los recursos: nos referimos al stock de las construcciones existentes. El capital fijo heredado ejerce una clara influencia sobre las decisiones sucesivas de los actores económicos, puesto que no puede ser derribado o reestructurado sin incurrir en costes. En segundo lugar, y para superar ese carácter estático comentado, podría recordarse el modelo de “ecología urbana” de la Escuela de Chicago. Según él, cada zona tiene tendencia a expandirse e invadir el área sucesiva. Se fundamenta en un claro principio de accesibilidad y en un proceso de desplazamiento sucesivo, considerando explícitamente el envejecimiento del patrimonio edificado. La relación entre la accesibilidad y la renta del suelo es explícita. Una posición crítica es la de Hoyt: según él los procesos no se dan por círculos o anillos (como se planteaba en Chicago), sino por sectores circulares. Los diferentes sectores o tipologías residenciales no se desarrollan como si la distancia a un único centro fuera el único factor de organización espacial, sino que se concentran sobre áreas específicas, expandiéndose con el tiempo hacia el exterior, por efecto de un nuevo elemento estructurante: la repulsión entre sectores y actividades varias (residencial-industrial, residencial de alto y bajo nivel, etc.).
Verosimilitud. Partiendo de algunos supuestos similares a los del modelo de Von Thünen se derivan las condiciones de equilibrio localizativo de las empresas y de las familias, el perfil espacial del precio del suelo urbano, la distribución de las densidades y la dimensión de la ciudad. A pesar de la naturaleza abstracta del modelo, "sus predicciones son verosímiles y han sido contrastadas con éxito discreto en la realidad empírica bajo casi todos los aspectos, a excepción de la estructura de la demanda de transporte (...). La valoración empírica del modelo puede ser considerada suficiente" (Camagni, a quien hemos seguido en este post).
Consecuencias. ¿Qué concluir de estos planteamientos y de su "verosimilitud suficiente"? Si entendemos la política urbanística, o al menos una de sus principales facetas, como la búsqueda del reparto equitativo de la accesibilidad, al redactar el planeamiento y adoptar otras decisiones estructurantes, deberían corregirse las nocivas tendencias derivadas del desarrollo espontáneo del modelo (en cualquiera de sus versiones). Para lo cual podría actuarse sobre los usos, las densidades, los canales y las formas de acceso. Controlando el uso: fomentando el interés de los lugares menos atractivos y atenuando los efectos de la excesiva centralidad. Controlando la densidad: reduciendo la tendencia a la sobredensificación del centro y la excesivamente ligera densidad de los bordes (o de las ciudades menores). Actuando sobre los canales de tráfico (no sólo rodado) y el transporte público, favoreciendo el acceso de los espacios menos interesantes desde el punto de vista económico. Cuidando de adecuar las formas de moverse a las posibilidades efectivas de la población y las empresas de cada barrio o distrito. Usos, densidades, viario… Efectivamente, estamos hablando de la actualidad y de la necesidad del plano dezonificación.
En los años de la Depresión del 29 sonaba una canción (de E. Y. Harburg y Jay Gorney), que decía: "Una vez construí un ferrocarril, lo hice funcionar, fue una carrera contra el tiempo. Construí un ferrocarril, y ya está hecho. Hermano, ¿puedes darme una moneda? Una vez construí una torre hasta el sol. Ladrillos, remaches, cal. Construí una torre y ya está hecha. Hermano, ¿puedes darme una moneda?" Pues bien: ya hemos construido todos los ferrocarriles y todas las torres. La falta de accesibilidad de inmensos enclaves urbanos o periurbanos de grandes ciudades, de poblaciones enteras prácticamente aisladas, es también un signo dramático de pobreza. ¿Se podría repartir algo mejor esa moneda de la accesibilidad?

El aire del campo nos encadena
Permalink por Saravia @ 22:37:32 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Top 10 de la economía urbana, 2: la aglomeración.
Imagen de una aglomeración de gente. Wodstock, agosto de 1969 (imagen procedente de woodstock-anniversary.com).
Demos la vuelta al antiguo dicho alemán sobre la libertad que nos entregan las ciudades (Stadtluft macht frei), de validez literal en la época medieval, pero metafórica después. Si “el aire de la ciudad nos hace libres” es legítimo suponer también que “el aire del campo nos encadena”. Desde luego el campo y la ciudad son espacios característicos, pero también estados de ánimo (no sólo forma, no sólo posición). Y su definición es dinámica. Vemos aflorar el campo en el interior de las ciudades lo mismo que se observan brotes verdes de ciudad en ámbitos rurales insospechados. Sí: el campo de los economistas acabará siendo la cárcel.
Las ciudades son aglomeraciones. No hay más que verlas. En determinados espacios concentrados la población se ha ido aglutinando, estableciendo sus viviendas y desarrollando ciertos tipos de actividades. Decenas y cientos de miles de habitantes se han ido organizando en cada uno de esos ámbitos continuos para ejercer múltiples funciones, entre las que se encuentran las relacionadas con actividades de dirección de alto nivel, culturales, de dirección de industrias y terciario, de información; funciones de mando y de gobierno, de coordinación, militares, de mercado, de estímulo del progreso tecnológico, de control territorial y otras “funciones urbanas”. La gente se concentra en las ciudades por las economías de escala, de localización y urbanización que ofrecen a esas actividades. Por las ventajas de la proximidad. Pero lo hacen a costa del campo. A través de uno u otro mecanismo (generalmente por medio del propio mercado) se transfiere el excedente agrícola a la ciudad, pero con unos precios perjudiciales para los productores rurales. Lo expone sin paliativos Adam Smith, y Carlos Marx añade: “la mayor división del trabajo material e intelectual es la separación entre ciudad y campo”.
El párrafo anterior resume la explicación tradicional de la economía urbana del mecanismo campo-ciudad. Reconocida la aglomeración, vienen después las distintas metáforas que los economistas han puesto en marcha para explicar el funcionamiento urbano. La ciudad como espacio relacional (de relaciones productivas y distributivas), como sistema mecánico (accesibilidad, interacción gravitatoria), funcional, de flujos. Como organismo evolutivo, como ecosistema o como máquina informacional. Incluso sobre esa misma base se argumentan las ciudades como nodos de redes inter e intraurbanas: “Es el territorio en red que se forma ante nuestros ojos, radicalmente distinto del anterior en el sentido de que cada polo, ciudad o región, es un nodo de cruce y de conmutación de flujos múltiples, y se relaciona con el `sistema global´ ya no como una entidad bien definida en un juego de jerarquías, sino como un punto de condensación en una inmensa e indescifrable red” (P. Veltz, Mundialización, ciudades y territorios. La economía de archipiélago, Barcelona, Ariel, 1999).
Pero no es fácil mantener la dicotomía fundacional de la ciudad en sus propios términos. “El campo y la ciudad son realidades históricas variables, tanto en sí mismas como en las relaciones que mantienen entre sí” (Raymond Williams, El campo y la ciudad, Buenos Aires, Paidós, 2001). Y Cagmani sostiene que “gracias a la progresiva homogeneización de las remuneraciones en el territorio y gracias al desarrollo difuso de las telecomunicaciones, la misma capacidad de información y la misma capacidad para su utilización económica estarán disponibles en cualquier punto del territorio”. En los países avanzados, los potentes lobbies agrícolas “ya han compensado ampliamente el poder urbano”. Y concluye: “De todas formas, la contradicción no está destinada a desaparecer, sino sólo a desplazarse hacia otros niveles: a un nivel más elevado, en el cual la ciudad suministraría servicios destinados a necesidades de carácter superior (por ejemplo, necesidades estéticas o de conocimiento más que de simple información), o a un nivel más amplio, de conflicto y periferia a nivel internacional”.
En este punto convendría recordar dos trabajos recientes. Por un lado, la tesis doctoral de Patricia Kapstein (La periferia interior, Escuela de Arquitectura de Madrid, 2009), donde se describe la historia urbana de una serie de “áreas vulnerables” de las ciudades chilenas de Antofagasta y Arica, que han sido ámbitos marginales y de marginación, interiores al sistema urbano, desde su origen. Nunca han disfrutado de las ventajas urbanas que se enunciaron más arriba. Por otro lado, la publicación de Paul Collier donde recordaba que algunos países del “club de la miseria” no puede decirse que sean explotados por los países desarrollados, sino simplemente ignorados. De manera que entender la región o el planeta dividido en dos únicos sectores, uno explotador y otro explotado, puede ser una simplificación excesiva, por mucho que resulte operativo para algunas modelizaciones de la economía urbana. “Nuestra experiencia social real no se limita únicamente al campo y la ciudad, en sus formas más singulares, sino que existen muchos tipos de organizaciones intermedias y nuevos tipos de formaciones sociales y físicas” (R. Williams).
La imposibilidad de determinar el tamaño óptimo de la aglomeración urbana es sintomática de la debilidad actual de aquella explicación económica tradicional del juego entre ciudad y campo. Sabemos que a partir de cierto tamaño hay deseconomías y que, superado algún límite crítico la ciudad entra en rendimientos decrecientes. Pero nos es prácticamente imposible dibujar las curvas que representan costes y beneficios. Sabemos que hay una amplia variedad de “dimensiones críticas” de la ciudad, pero también que los papeles desempeñados por cada ciudad son diferentes y, en consecuencia, su tamaño óptimo también debería variar en función de ellos. Y tenemos que reconocer que el tamaño adecuado de una ciudad no puede determinarse si no se tiene información suficiente del sistema metropolitano o regional en que se encuentra inserto. O dicho de otra forma: nos es imposible determinar, sólo desde consideraciones económicas, ningún tamaño óptimo de una aglomeración urbana. Algo falla.
En su origen la ciudad explotó al campo. Pero no es impensable que en un futuro (más o menos lejano) no actúe ninguna dicotomía espacial general del tipo campo-ciudad o centro-periferia, sino que las relaciones de subordinación se establezcan en el interior de la cosmópolis global conforme a otras formas de explotación del espacio. Y visto así, habría que entender como herederos del campo, de la noción económica del campo, aquellos espacios que no sólo no liberan, sino que contribuyen al sometimiento. Y que se encuentran en cualquier lugar, dentro o fuera de la ciudad, en el interior o en el exterior de la aglomeración urbana. Veamos qué nos dice el poeta antillano Édouard Glissant, en su Poétique de la relation (París, Gallimard, 1990; citado por Veltz): “Las ciudades son los lugares donde se concentra la velocidad y donde se encuentra la respuesta. En todas partes están en acción los mismos mecanismos: la violencia de la miseria y de la suciedad, pero también la rabia inconsciente y desesperada de no comprender el caos del mundo. Los que dominan se benefician del caos, y los oprimidos se exasperan por ello”. En todas partes.

Los ascensores de la memoria
Permalink por Saravia @ 14:34:36 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Un paseo por el parque de Lancy, en Ginebra
Una imagen del parque de Lancy, Ginebra, Suiza (procedente de projetsdepaysage.fr)
Georges Descombes, para conseguir que en sus parques se crease una atmósfera adecuada, buscaba un clima igualmente apropiado en la fase de germinación del proyecto. Intentaba conseguir un aire “de experimentación y de conversación de donde surge su gestación”. Formulaba, en consecuencia, sus proyectos como “una especie de `jardín de amigos”. Y en ocasiones publicaba después esas conversaciones en un libro: “El proyecto y el libro funcionan de la misma manera, aunque con materiales distintos”. ¿Para qué se proyecta un libro? ¿Para quién se escribe un parque? ¿Se trata de preguntas sin respuesta? Cuando los propósitos funcionales se diluyen sólo queda, desnudo, crudo, el arte de la memoria.
Veamos, pues, lo que comenta Sébastien Marot en su Suburbanismo y el arte de la memoria(Barcelona, G. Gili, 2006), a propósito del parque que proyectó Descombes en el municipio de Lancy, del suroeste de la periferia de Ginebra. Enclavado a lo largo del pequeño arroyo Voiret, entre múltiples edificaciones (ver Terrains d'Aventure de Lancy-Voiret‎ en Google Earth), se planteó con el envidiable objetivo crear un pequeño “campo de aventuras” para los niños de la zona. Lo planteó con un espíritu realmente juguetón, ya que se trataba del espacio de su infancia, donde el arquitecto jugó de niño.
Descombes (y, supuestamente, sus amigos) dispuso, con gran sobriedad de medios, una serie de elementos discretos. 1º) Un “puente túnel” bajo la carretera de cuatro carriles, que en origen se planteó como un “contraproyecto”. Un paso de peatones a media altura, por encima del arroyo y por debajo de la autovía, que consiste en una pasarela de 96 m que penetra en un gran cilindro de chapa ondulada y lo atraviesa. Al ser de traza completamente recta permite apreciar mejor el cambiante discurrir del riachuelo y los movimientos topográficos. Actúa –nos dice Marot- como recuerdo del viejo paso que había bajo la carretera, cuando Descombes era niño. Mitad escondite y mitad observatorio, este paso “no sólo une lo de aquí y lo de allá, sino (que es) un puente entre el paisaje del pasado y el paisaje de ahora”.
2º) Tres intervenciones en otras tantas parcelas de huertos, entre la carretera y el arroyo, donde se actuó para “heredar la lógica de la implantación” que reflejaba el parcelario. Allí se instaló un muro, una fuente y un tramo de escalera, una zona de arena, una pérgola y un patio cubierto con un campo de petanca. Sobre el “muro-fuente” corre un canalón que “es un eco de los trabajos hidráulicos” que antaño huno en la zona. El recipiente de arena “sugiere los cimientos de una casa destruida, análoga a las casas que fueron sustituidas por los grandes edificios de viviendas vecinos”. La pérgola utiliza “la estructura metálica de los invernaderos de tela de plástico que están dispersos por toda la llanura agrícola”. Y todo ello contribuye a la “desoxidación de una situación demasiado `normal y corriente”, introduciendo esas curiosas “extrañezas”.
3º) Paralela a la carretera, otra vía atraviesa el pequeño valle. El proyecto realiza en esa zona un paseo alternativo a los recorridos superficiales, “una visita a los cimientos del paisaje trastornado”. Se propone “revelar los componentes del lugar, o bien indicar discretamente sus potencialidades. Así, la presencia de una malla en el suelo denota el recorrido del agua oculta (…). Algunos espejos y baldosas cerámicas, incrustados en los muretes o en el borde de un salto de agua, sirven para puntuar un elemento o para acentuar una cesura”.
¿Cómo se aplica el "arte de la memoria" en el proyecto de este parque? Citando a Rosenberg, “Descombes reinventa el sentido del lugar mediante la descripción de lo que hay en él y de lo que ya no hay”. Se dedica a la “acumulación sedimentaria de huellas”. Las arquitecturas de Descombes “se esfuerzan por distinguir los diferentes estratos y por preparar entre éstos un espacio donde el cuerpo y el pensamiento puedan circular de nuevo”. Los elementos proyectados se presentan “como los vehículos de una reactivación de la memoria”. Sin determinismos, como una metáfora abierta. Pues el proyecto permite y favorece (anhela) la libertad de interpretaciones. Lo decía el mismo Descombes: “Quise evitar cualquier forma de narración de una historia vivida allí, cualquier forma de `érase una vez´… quería jugar con las sensaciones, pero con ligereza, dejando sombras de duda”. Ante todo quería guardar para la periferia ese ambiente de libertad que le caracteriza. Se proponía una nueva apropiación del lugar, pero “no tanto como paisaje sino como experiencia”.
Todos los elementos que el arquitecto dispone en Lancy son “algo así como ascensores que permiten que el visitante evolucione, mediante una proyección mental consciente o distraída, entre los planos virtuales de la memoria del lugar”. Tienen el estatuto "de milhojas de emociones”. En su regreso sentimental al teatro suburbano de la infancia, el proyecto paisajístico que nos propone “no va dirigido sólo a la mirada”. Porque crear (en esta cita de William Carlos Williams que recoge Marot) "ya no es realizar obras de emperadores, lo cual es una futilidad (…), sino arrojar un rayo de luz en la oprimente y obsesiva confusión del mundo”.

La belleza de un paisaje está hecha de melancolía
Permalink por Saravia @ 19:42:27 en Territorio, paisaje -> Bitácora: Plaza

Leyendo un texto de Huysmans sobre el Bièvre
Un tramo del Bièvre, fotografiado por Eugène Atget en 1891 (imagen procedente de ravcov.blogspot.com)
Acaba de aparecer un libro con textos de Joris-Karl Huysmans, traducido por Martínez Sarrión (Aguas grises, Valladolid, Cuatro, 2010). Uno de los capítulos se titula “Paisajes”, y nos ofrece una inquietante manera de ver y sentir la naturaleza, explosiva, romántica, extraordinariamente expresiva, bastante alejada, según creemos, del exquisito pensamiento paisajista actual; pero, quizá por eso mismo, incomparablemente sugerente.
Su tesis es ésta: “En el fondo, la belleza de un paisaje está hecha de melancolía”. En el epígrafe que dedica al Bièvre (el riachuelo afluente del Sena, que desde 1912 está soterrado en todo su recorrido urbano), lo deja claro. “La naturaleza sólo resulta interesante mientras se muestra débil y lacerada”. No niega, dice, el interés de sus espacios exuberantes y risueños, de “risa amplia” y “pecho de verdes pezones”; “pero confieso –continúa- no experimentar ante sus fiestas de savia el piadoso encanto que en mí suscita un desolado rincón de la gran urbe o el reguero de agua que llora entre dos árboles escuálidos”. De ahí su apego por el paisaje que por entonces (1880) presentaba el Bièvre: “Me encanta más que ningún otro el [paisaje] del Bièvre, con su aspecto desesperado y su aire reflexivo, tan propios de quienes sufren, y deploro, como atentado supremo, la eliminación de sus torrenteras y el derribo de sus árboles. Tan sólo nos queda ya esa campiña dolorida, ese riachuelo en andrajos, esas llanuras harapientas ¡y se las va a despedazar!”.
La crítica se extiende, como era de esperar, a lo que ha de venir para sustituirlo: “los necios regocijos, las banales galas de las nuevas viviendas”. Describe Huysmans con delectación un cuadro que carga con todos los calificativos imaginables de la podredumbre, una atmósfera tan saturada y pestilente como no hemos visto jamás escrita. Se amontonan las imágenes: "fruta podrida, comida de moscas y de ceniza", charcos pestilentes “a causa de las húmedas entrañas de los jergones”, montañas de basura “que se hacinan en el turbión del fango”, “ese exutorio de todas las mugres”, “escupitajos turbios”, el agua “baldada y comida de lepra”, estancada a trechos, con su “hollín habitual”, “frenada por limos”, “hangares derrengados, paredes salitrosas, rezumantes ladrillos”, todo un conjunto “de tonos tristones”, “un montón de hollejo, en el cual picotea una gallina”, “verdosa podredumbre de los cañizos”, “hidrópicas tinas”, “fétidos relentes del estancamiento”, “rudos hedores de los pudrideros”, “barrizal de greda”, “una aglomeración de casuchas que trepan unas sobre otras y sórdidos establos, en los que una población de arrapiezos fermenta en las ventanas empavesadas de ropa sucia”.
En fin: la población fermenta entre la ropa sucia. Qué bruto es Huysmans. Mas continúa: “En efecto, el Bièvre no es más que un hirviente muladar; pero riega los últimos álamos de la ciudad”. Y su tesis (recordemos: la belleza del paisaje se hace de melancolía) desemboca en la crítica (¿No emocionaron nunca –se pregunta- estos parajes “a las gentes que han determinado el pillaje y saqueo de esas orillas”?), la exaltación (si escuchamos “la voz de una mendiga” que cante junto al agua, “veamos si ese gemido no se nos prende de las entrañas, si esa voz sollozante no se nos antoja el clamor desolado de todo un mísero arrabal”), y la melancolía por la inminente e inevitable pérdida (“en breve se ocultarán los grandes cielos grises (…). Bien pronto habrá concluido el eterno y cautivador paseo de los intimistas, a través de esa llanura por la que, con esfuerzo, se abre paso el activo y cautivador Bièvre”). Melancolía lleva a melancolía. El paisaje es la melancolía al cuadrado.