FOTOS-IMPACTOS

Geneviéve Serreau, en su libro sobre Brecht, recordaba aquella fotografía de Match en la que se ve una escena de ejecución de comunistas guatemaltecos; señalaba correctamente que esa fotografía no es terrible en sí y que el horror proviene del hecho de que nosotros la miramos desde el seno de nuestra libertad; una exposición de fotos-impactos en la galería d'Orsay, de las cuales muy pocas, precisamente, lograron impactarnos, dio razón, paradójicamente, a la observación de Geneviéve Serreau: no es suficiente que el fotógrafo signifique lo horrible para que nosotros lo experimentemos como tal. La mayoría de las fotografías reunidas en la exposición para chocarnos no nos produce ningún efecto, precisamente, porque el fotógrafo nos ha sustituido de modo demasiado generoso en la conformación de su tema: en casi todos los casos sobreconstruyó el horror que nos propone añadiendo al hecho, por contrastes o aproximaciones, el lenguaje intencional del horror. Una fotografía, por ejemplo, coloca un grupo de soldados al lado de un campo cubierto de cabezas de muertos; otra nos presenta a un joven militar mirando un esqueleto; otra, en fin, capta una columna de condenados o de prisioneros en el momento en que se cruza con un rebaño de carneros. Pero ninguna de esas fotografías, realizadas con tanta destreza, nos llega. Frente a ellas estamos como desposeídos de nuestro juicio: alguien se ha estremecido por nosotros, alguien ha reflexionado por nosotros, alguien ha juzgado por nosotros; el fotógrafo no nos ha dejado nada, salvo un simple derecho de aceptación intelectual. Lo único que nos vincula a esas imágenes es un interés técnico; cargadas de sobreindicación por parte del artista, no tienen ninguna historia para nosotros, no podemos inventar nuestra propia recepción a ese alimento sintético, ya totalmente asimilado por su creador.
Otros fotógrafos quisieron sorprendernos, a falta de impactarnos, pero el error de principio es el mismo; se esforzaron, por ejemplo, en captar con gran habilidad técnica el momento más extraño de un movimiento, su situación extrema, el planeo de un jugador de fútbol, el salto de una deportista o la levitación de los objetos en una casa encantada. Pero también en este caso el espectáculo, aunque directo y para nada compuesto por elementos contrastados, sigue siendo demasiado construido; la captación del instante único se presenta como gratuita, demasiado intencional, surgida de una voluntad de lenguaje que molesta y esas imágenes bien logradas no tienen ningún efecto sobre nosotros; el interés que pueden despertar no sobrepasa el tiempo de una lectura fugaz, no resuena, no perturba y nuestra recepción se concentra en seguida sobre un signo puro; la legibilidad perfecta de la escena, su conformación, nos dispensa de captar lo escandaloso que la imagen tiene profundamente; reducida al estado de puro lenguaje, la fotografía no nos desorganiza.
Algunos pintores tuvieron que resolver ese mismo problema de lo extremo, del apogeo del movimiento, pero lo lograron mucho mejor. Los pintores del imperio, por ejemplo, al tener que reproducir instantáneamente (caballo encabritándose, Napoleón extendiendo el brazo sobre el campo de batalla, etcétera) confiaron el movimiento al signo amplificado de lo inestable, lo que podría llamarse el numen, el estremecimiento solemne de una pose que, sin embargo, resulta imposible de instalar en el tiempo; este aumento inmóvil de lo imperceptible —lo que más tarde se llamará fotografía en el cine— es el lugar mismo donde comienza el arte. El leve escándalo de esos caballos exageradamente encabritados, de ese emperador congelado en un gesto imposible, esa terquedad de la expresión, que también se podría llamar retórica, añade a la lectura del signo una especie de captación turbadora que arrastra al lector de la imagen hacia un asombro visual más que intelectual, porque lo pega a las superficies del espectáculo, a su resistencia óptica y no inmediatamente a su significación.
La mayoría de las fotos-impactos que nos mostraron son falsas, porque han elegido precisamente un estado intermedio entre el hecho literal y el hecho aumentado: demasiado intencionales para fotografía y demasiado exactas para pintura, carecen a la vez del escándalo de la letra y de la verdad del arte; quisieron hacer signos puros, sin consentir en otorgar a esos signos, por lo menos, la ambigüedad, la lentitud de lo denso. Es lógico, pues, que las únicas fotos-impactos de la exposición (cuyo principio sigue siendo muy loable) resulten ser, precisamente, las fotografías de agencia, en las que el hecho sorprendido estalla en su terquedad, en su literalidad, en la evidencia misma de su naturaleza obtusa. Los fusilados guatemaltecos, el dolor de la novia de Aduan Malki, el sirio asesinado, el machete amenazante del policía, estas imágenes asombran porque parecen, a primera vista, extranjeras, casi calmas, inferiores a su leyenda: están visualmente disminuidas, desposeídas de ese numen que los pintores de composición no hubieran dejado de añadirles (y con todo derecho puesto que se trataba de pintura). Carente tanto de alegato como de explicación, lo natural de esas imágenes obliga al espectador a una interrogación violenta, lo encamina a un juicio que él mismo elabora sin ser molestado por la presencia demiúrgica del fotógrafo. Se trata, exactamente, de la catarsis crítica pregonada por Brecht y ya no de una purga emotiva, como en el caso de la pintura temática. Quizás aquí se vuelvan a encontrar las dos categorías de lo épico y de lo trágico. La fotografía literal introduce al escándalo del horror, no al horror mismo.
¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema..., ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el "yo" está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el "nosotros" está por completo ausente. Pero no estamos libres del "nosotros"; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del "yo" que lo desea, o el deseo es el "yo", y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.
Uno puede mirar un árbol. "Árbol" es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra "árbol" no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra "deseo" no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor... El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respues­tas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

LA MADEJA DEL PENSAMIENTO
Saanen, Suiza, 1 de julio de 1981
¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema..., ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el "yo" está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el "nosotros" está por completo ausente. Pero no estamos libres del "nosotros"; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del "yo" que lo desea, o el deseo es el "yo", y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.
Uno puede mirar un árbol. "Árbol" es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra "árbol" no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra "deseo" no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor... El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respues­tas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

LA MADEJA DEL PENSAMIENTO
Saanen, Suiza, 1 de julio de 1981





"Hank La vida de Charles Bukowski" (1991) de Neeli Cherkovski


"La acusación más grave que Bukowski hace a la sociedad, y que encontramos a lo largo de toda su obra, es que la gente, atemorizada por las condiciones sociales y económicas, acaba aceptando la humillación y el fracaso. Aceptan puestos que les roban individualidad y gradualmente van aceptando, e incluso admitiendo, la sumisión a otras personas con puestos de mayor poder. Así pierden la capacidad de pensar por sí mismos."

Pág 53.

"Nota: dije que no sabía escribir un prólogo y se me dijo que lo escribiera, simplemente como escritor, pero no soy escritor. De qué tengo miedo: de convertirme en uno, en uno muy bueno, de aprender a DARME AIRES...Me asusta y ya no confío en mí mismo. El miedo a quedarme fuera y ya no poder ver nunca más la verdadera luz con mis propios ojos...También es malo amar este libro; no confiamos en ese amor. Tengo tan mala suerte, voy calle abajo...pensando en eso, en mi suerte: OTRO LIBRO...las gentes (especialistas incluidos) hablan de mí en grupos -como poeta- como escritor de poemas, y saben más de Bukowski que él mismo...me arrastro hacia el agujero al que normalmente suelo arrastrarme después de un libro, olvidándome del sol de madera, olvidándome de la imagen, venderse o no venderse..."

Pág 148.

En Hank La vida de Charles Bukowski, Cherkovski, Neeli, Editorial Anagrama, Barcelona, 1993.

"Mujeres de Charles Bukowski



"Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido. Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era fuerte. Así que continuaba bregando con las mujeres, con la idea de las mujeres."

Pág 83.

"-No, me perdí por ignorancia y por miedo. No soy una persona completa, soy la caricatura urbana de un hombre. Más o menos una fallida escultura de mierda sin nada absolutamente que ofrecer."

Pág 94.

"La muchedumbre rugía y se desgañitaba y trasegaba cerveza. Habían escapado temporalmente de fábricas, almacenes, mataderos, garajes de limpieza de coches...volverían a la cautividad al día siguiente, pero ahora estaban fuera, enardecidos por la libertad. No estaban pensando en la esclavitud de la pobreza, ni en la esclavitud de la beneficencia y los sellos de comida. El resto de nosotros viviría tranquilo hasta que los pobres aprendiesen a construir bombas atómicas en sus sótanos."

Pág 110.

"Ese es el problema con la bebida, pensé, mientras me servía un trago. Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo."

Pág 188.

En Mujeres, Bukowski, Charles, Editorial Anagrama, Barcelona, 1994.