Stonehenge - Si las piedras hablaran














En busca del significado de Stonehenge




Suele vislumbrarse por primera vez, avanzando a toda velocidad, desde la autopista A303 que casi atraviesa con descuido la entrada del monumento.


Stonehenge aparece como un grupo de protuberancias insignificantes sobre una gran planicie, por lo demás anodina; sin embargo, incluso desde esta posición profana y ventajosa, la amplia silueta es tan inequívocamente prehistórica que, por un momento, el efecto que produce es un salto en el tiempo.




De cerca, entre la confusión de rocas rotas y erguidas, parece de menor tamaño que su reputación, pese a la evidente proeza representada por el montaje de las famosas rocas de arenisca; la mayor pesa 50 toneladas.


Único en la actualidad, quizá Stonehenge fue único en su propia época, hace unos 400 500 años: un monumento de piedra que siguió como modelo a algunos precedentes fabricados en madera. En efecto, sus enormes dinteles están unidos a los montantes por medio de ensambladuras de espiga tomadas directamente del arte de la carpintería: indicio elocuente de cuán radicalmente novedoso debió haber sido este monumento híbrido. Las personas que construyeron Stonehenge habían descubierto algo desconocido hasta entonces, hallaron una verdad, hicieron un cambio, no hay duda de que las piedras colocadas con determinación están cargadas de significado.


¿Pero qué simbolizan en realidad?


Pese a incontables teorías propuestas con el paso de los siglos, nadie lo sabe.




Stonehenge es la reliquia más famosa de la prehistoria europea y uno de los monumentos más reconocidos y contemplados del mundo (no tenemos una idea clara para qué lo usaban en realidad las personas que lo construyeron).




En el pasado, los arqueólogos buscaron develar este enigma obteniendo todos los datos que podían de las piedras mismas, sometiendo a escrutinio sus contornos, sus marcas e incluso sus sombras. Sin embargo, desde hace poco las investigaciones han llevado a los estudiosos a ampliar sus miras, por una parte, lejos de Stonehenge mismo hacia los restos de un pueblo neolítico cercano, y, por la otra, a un escarpado pico montañoso situado al suroeste de Gales.


Aunque aún no ha aparecido ninguna respuesta definitiva, estas dos muy distintas búsquedas en curso han suscitado nuevas y seductoras posibilidades.




Stonehenge surgió de una rica tradición de estructuras igual de enigmáticas. Los henges (bancales circulares de tierra colocados en paralelo mediante un foso interno), los terraplenes y montículos de tierra, las estructuras circulares de madera, los monolitos y los círculos y herraduras de piedra fueron comunes a lo largo del Neolítico en la actual Gran Bretaña y en partes de la Europa continental. En distintas etapas de su evolución, Stonehenge reflejó muchas de estas tradiciones.


Lo más probable es que las primeras rocas estructurales de Stonehenge de las que se tiene certeza, las doleritas azuladas, que se transportaron por flotación, y luego fueron arrastradas y acarreadas desde Gales, llegaron al sitio en otra época antes del año 2 500 a. C. Siguieron las rocas areniscas gigantes, que llenan el monumento, el cual en algún momento se comunicaba con el río Avon por una avenida.


Por consiguiente, Stonehenge, es el punto culminante de una evolución dinámica; los terraplenes construidos rápidamente en las praderas, anteriores a la Edad de Piedra, quizá encerraban creencias distintas a las del monumento posterior de piedra al que se relacionaba estrechamente con el agua. No es fácil descifrar el plano original del monumento que se yergue junto a los círculos que se vinieron abajo. Resulta más sencillo imaginar las acciones que estaban detrás de ello: la planificación y la ingeniería; la diplomacia necesaria para negociar el transporte de las piedras por distintos territorios; las maniobras para suministrar la mano de obra; la habilidad para engatusar, inspirar u obligar a hombres sanos a abandonar sus animales, sus campos y sus tierras de caza, en suma, los muchos actos humanos necesarios que seguimos reconociendo, aunque sabemos poco sobre quiénes eran estos primeros britanos, cómo estaban organizados o qué lengua hablaban.




Sabemos que algunos eran campesinos y pastores, además de que desde hacía mucho habían comenzado la tarea de domesticar su paisaje, adentrándose en los antiguos bosques de abedules, pinos y avellanos. Los restos de esqueletos indican que, pese a una vida de desgaste físico, los habitantes de la Gran Bretaña neolítica tenían una complexión más ligera que la nuestra. La ausencia relativa de deterioro dental sugiere una dieta baja en carbohidratos, y aunque es difícil calcular la expectativa de vida, al parecer la generalidad de los pobladores disfrutó de buena salud. Entonces, como ahora, la vida suponía peligros inesperados. “Entre 5 y 6 por ciento de estas poblaciones mostraba grandes traumatismos contundentes en el cráneo –según Michael Wysocki, profesor titular en ciencia forense e investigación de la Universidad Central de Lancashire–. Este también era el caso entre hombres y mujeres”.




Recientemente, los descubrimientos espectaculares y del todo azarosos suministraron perfiles biográficos de algunos hombres de aquella época. En 2002, unos arqueólogos que trabajaban en Boscombe Down, en la ribera este del Avon, a cuatro kilómetros al sureste de Stonehenge, desenterraron dos sepulturas que datan de entre 2500 y 2300 a. C. Estas contenían los restos de un hombre entre 35 y 45 años de edad cuya pierna había sido gravemente dañada (habría renqueado espantosamente) y un pariente más joven, quizá su hijo. La tumba del hombre mayor contenía los bienes funerarios más ricos de la era hallados en la Gran Bretaña: joyas de oro para el cabello, cuchillos de cobre, instrumentos de pedernal, dos muñequeras de arquero en roca pulida, una “piedra yunque” para labrar metales, así como piezas de cerámica del estilo del “vaso campaniforme” común en esa época en la Europa continental pero no en la Gran Bretaña. El análisis químico del esmalte de los dientes de los dos hombres tuvo resultados sorprendentes: el joven era de la región local de piedra caliza de Wessex; el mayor, apodado el “Arquero de Amesbury,” provenía de las estribaciones de los Alpes, de la región de las actuales Suiza y Alemania.




El hecho innegable sugiere un relato romántico. Al migrar desde Europa continental, llevando consigo su cerámica avanzada y su destreza en metalistería, el Arquero había prosperado en Wessex, acumulando riqueza y prestigio considerables, además de hacerse de una familia.




Apenas un año después del descubrimiento del Arquero y su acompañante y a menos de medio kilómetro de distancia, unos albañiles que colocaban tuberías se tropezaron con otra tumba más o menos del mismo período, esta contenía los restos de siete personas, de las cuales por lo menos cuatro eran varones, al parecer también emparentados y, como el Arquero, no eran autóctonos de la zona. El análisis de los premolares y los molares de los tres adultos reveló, según Fitzpatrick, “que estuvieron en un lugar hasta los seis años de edad y en otro hasta los trece”. Entre los posibles lugares donde pudieron haber pasado la infancia están el noroeste de la Gran Bretaña, Gales o Bretaña. “La cuestión principal no es de dónde vinieron –recalcó Fitzpatrick–, sino que las personas de esos tiempos viajaban. Este es el mejor ejemplo de la migración prehistórica en Europa encontrado a la fecha”.




Aunque no resulta descabellado conjeturar que estos inmigrantes vieron Stonehenge (quizá incluso ayudaron a construirlo), se han desenterrado nuevas y notables pruebas sobre la comunidad que seguramente lo utilizó. Desde 2003, el Proyecto de la Ribera de Stonehenge, encabezado por Mike Parker Pearson, de la Universidad de Sheffield, y otros cinco directores de grupo, apoyado por la Sociedad National Geographic, ha realizado una serie de excavaciones del paisaje más amplio de Stonehenge, centrándose en un enorme henge, de unos 450 metros de diámetro, conocido como Durrington Walls. Situado a casi tres kilómetros al noreste de Stonehenge, Durrington se conocía desde 1812 y fue excavado en los sesenta del siglo XX. En el interior y alrededor del henge gigante había tres estructuras circulares de madera cuyas huellas sobreviven en los rastros de sus hoyos para postes. Dos círculos, uno al norte y otro al sur, se hallaban dentro del henge mismo, mientras que un monumento posterior, conocido como Woodhenge, se hallaba justo fuera.




Hay pruebas que sugieren que los círculos de madera eran lugares reservados cuyo interior estaba oculto por biombos y agrupaciones de postes”, menciona Alex Gibson, especialista en círculos de madera, de la Universidad de Bradford. Hace poco, dentro de los bancales del henge, el Proyecto de la Ribera desenterró dos estructuras elevadas que se distinguen por acequias y palizadas, quizá las residencias de funcionarios de la elite que dominaban el círculo, o incluso casas de culto. Fuera del henge y bajo el terraplén, el proyecto excavó un grupo de siete casas pequeñas. Fechadas provisionalmente entre 2600 y 2 500 a.C., abarcan una avenida de 30 metros de ancho enlosada con roca caliza que llega hasta el Avon. Dentro del dibujo de los cimientos de una de las casas, Mike Parker Pearson señaló los detalles domésticos, como una chimenea oval en medio del suelo. “Estas son marcas de talones, o quizá de nalgas”, afirmó, poniéndose en cuclillas al lado de las hendiduras en el piso de yeso. Los restos del sector para cocinar estaban a un lado. Cinco de las casas muestran vestigios de muebles. Excavaciones de prueba y levantamientos geofísicos han detectado en el valle una multitud de otras posibles chimeneas. “Puede haber hasta 300 casas”, afirma, lo que lo convierte en el mayor asentamiento neolítico hallado en Gran Bretaña.




Con base en su experiencia de campo adquirida en Madagascar, Parker Pearson defiende una audaz interpretación sobre el sitio y, con ella, la “respuesta” a Stonehenge. En la cultura malgache, los antepasados son reverenciados con monumentos de piedra que significan el endurecimiento de los cuerpos hasta el hueso y la duradera conmemoración de la muerte; la madera, en contraste, que se descompone, se asocia con la vida pasajera.




La piedra es ancestral y masculina, mientras que la madera es, en palabras de Parker Pearson, “suave y blanda, como las mujeres y los bebés”.




Orientado por este modelo, Parker Pearson observa sugerentes asociaciones entre Durrington Walls, con sus distintivas estructuras de madera, y el sólido carácter monumental de Stonehenge. Durrington tiene un sendero que conduce hacia el Avon que podría ser una avenida ceremonial, mide poco más de 167 metros de longitud, mientras que el de Stonehenge recorre casi tres kilómetros, y su carácter procesional queda definido por las acequias y bancales que la flanquean. Para Parker Pearson, los contrastes son igual de sugerentes. Stonehenge está alineado sobre ambos ejes del amanecer durante el solsticio de verano y del ocaso en el solsticio de invierno, mientras que el Círculo meridional de Durrington Walls recibe el amanecer del solsticio de invierno. Las abundantes piezas de cerámica y los restos de osamentas de animales, en especial de cerdos, sugieren que Durrington Walls fue testigo de muchos banquetes, en tanto que en Stonehenge se han encontrado pocas de estas. En Durrington casi no se han hallado restos humanos, pero se han descubierto 52 cremaciones y otros muchos entierros en Stonehenge, que podría contener hasta 240: el mayor cementerio neolítico en Inglaterra. Durrington, según esta nueva teoría, representa el dominio de los vivos y Stonehenge el de los antepasados muertos, ambos sitios vinculados por procesiones estacionales que seguían un trayecto formado por las avenidas y el río. Las cenizas de casi todos los muertos se habrían confiado al río. Otros restos cremados, quizás de la elite de la sociedad, se depositaban ceremoniosamente en Stonehenge mismo.




“Muchos especialistas aceptan la teoría de los vivos y los muertos de una manera muy laxa”, afirma Mike Pitts, editor de la revista British Archaeology.




Son los detalles de la nueva teoría los que resultan problemáticos. El supuesto ha sido siempre que los restos de entierros en Stonehenge fueron comunes sólo durante el período de los terraplenes y estructuras de madera anteriores a la Edad de Piedra, aunque Parker Pearson cree ahora que continuaron hasta el período de las piedras. Sin embargo, los datos ambientales del paisaje inmediato alrededor de Stonehenge indican la presencia de actividades vitales usuales, como el pastoreo de animales y la agricultura, que no parecen compatibles con un mayor dominio ritualizado de los muertos. Además, no hay acuerdo sobre la fecha de la llegada de las rocas de arenisca. De modo parecido, la fecha de la avenida que conduce desde Stonehenge al Avon, el nexo necesario entre ambos sitios arqueológicos, debe resolverse con más datos. Llenar estos huecos es crucial si se quiere establecer cualquier correlación válida de actividades entre los dos. En suma, Pitts comentó sobre la teoría de Parker Pearson: “El valor de su interpretación está no sólo en la idea de relacionar las piedras con los antepasados, sino que funciona con todo el paisaje. Las explicaciones anteriores han considerado a los sitios arqueológicos independientes por separado”.




Paradójicamente, un acercamiento más directo al corazón de Stonehenge podría hallarse en el trabajo de campo lejos de su propio paisaje, a kilómetros de distancia en un pequeño yacimiento en medio de convulsionados y fracturados afloramientos de dolerita y esquisto en las montañas Preseli del sur de Gales, fuente de las rocas más antiguas de Stonehenge, las legendarias doleritas azuladas. El montaje de las doleritas azuladas marcó una transición crucial de los emplazamientos de madera hacia el monumento que tenemos hoy en día. “Espolvoreadas de magia”, fue como un arqueólogo me describió las famosas colinas brumosas, en una región conocida desde hace mucho tiempo por sus enigmáticos círculos de piedra, dólmenes y otros monumentos megalíticos. Ya en 1923, afloramientos específicos alrededor de Carn Menyn, en el extremo oriental de las montañas Preseli, habían sido identificados como la fuente de la dolerita azulada; una labor geoquímica posterior llevada a cabo en 1991 refinó esto a aproximadamente a 2.5 kilómetros cuadrados. Con todo, durante más de 80 años después del descubrimiento de la fuente de la dolerita azulada, “nadie en realidad sacó la pala para hacer algo –a decir de Timothy Darvill, profesor de arqueología de la Universidad de Bournemouth–. Verdaderamente, resulta perverso”. Junto con Geoffrey Wainwright, distinguida autoridad en el Neolítico y el excavador original de Durrington Walls en los sesenta, Darvill comenzó una investigación sistemática en los alrededores de Carn Menyn en 2001, acompañado por un pequeño grupo de investigadores de la Universidad de Bournemouth, que incluía a Yvette Staelens, profesora titular. “Es un lugar donde suceden cosas extrañas –afirma Staelens acerca de las colinas. Mencionó cómo en una ocasión alcanzó la cumbre de un afloramiento vertical de roca y halló un zorro incrustado en una roca–. Se derramaban tripas y sangre, creemos que una gran ave lo dejó caer.




Cosas así de raras”. “Es un monumento natural –dice Wainwright sobre las caóticas formaciones rocosas de columnas y pilares desparramados en el suelo–. Las piedras no fueron extraídas de una cantera; sólo había que llevárselas”. Con una altura de hasta 1.8 metros y cuatro toneladas de peso, los casi 80 bloques originales (no queda claro el número exacto localizado anteriormente en Stonehenge) son sobre todo dolerita manchada de feldespato de color blanco lechoso. Recién cortadas y mojadas por la lluvia, producen efectivamente un brillo azul. Pese a todo, estas no son las únicas piedras sorprendentes en las Islas Británicas. “¿Por qué fueron transportadas las piedras 400 kilómetros para construir Stonehenge? –pregunta Wainwright–. ¿Y por qué las conservaron a lo largo de su historia estructural”.




Hasta ahora, las montañas Preseli no han brindado una respuesta, pero sí ofrecen algunas pistas. Según recuerda Staelens, el primer día que Wainwright y Darvill comenzaron la medición del terreno, Wainwright posó su mano sobre una roca. “Y en esta había arte rupestre. El par tuvo una actitud muy de académico flemático con respecto al descubrimiento. Geoff dijo: ‘Mira esto, Tim’. Tim respondió, ‘Parece importante, Geoff’. Se quedaron de pie en el lugar, con la característica flema británica”.




El puñado de ejemplos del arte de “cazoletas” –cuya característica son los huecos circulares dentro de otros huecos– que descubrieron finalmente podía fecharse sólo de manera general entre 3800 y 2000 a. C. “No conseguimos nada que pudiéramos fechar con certeza”, dijo Darvill.




No obstante, se sabe lo siguiente: quizá ya en 4000 a. C., los pobladores construían monumentos en esta zona atmosférica donde las cimas rocosas parecen atravesar el cielo y conmemoraban el sitio con motivos asociados en otras partes con yacimientos “especiales”. “En el Neolítico los habitantes van a las montañas Preseli a venerarlas”, fue como lo describió un arqueólogo.




Se ignora si las rocas fueron movidas a la Llanura de Salisbury en una sola campaña sostenida o en una actividad continua durante una generación o más. De igual modo, a través de los años se ha debatido acaloradamente cómo se transportaron las rocas.




Esa es una cuestión de mano de obra –afirmó Wainwright, disfrutando al expresar su parlamento bien ensayado–, y yo no soy ingeniero”.




Aunque quizá los sedimentos glaciares aflojaron las rocas de las colinas, los estudios contemporáneos han descartado una antigua teoría de que los glaciares las arrastraron hasta la Llanura de Salisbury; los pobladores debieron trasladarlas de algún modo. Lo que se acepta como la ruta más corta (por el río a lo largo de la costa de Gales, a través del estuario Severn, hasta la cuenca alta del Avon) mide unos 400 kilómetros. Es imposible juzgar lo notable que fue en su momento esa hazaña de transporte. Como lo señala Darvill, en la Europa continental se arrastraban piedras aún más grandes. “El argumento esgrimido sobre el ‘inexplicable esfuerzo’ recibe cada vez más ataques –menciona Darvill–. El Gran Menhir de Bretaña pesa alrededor de 340 toneladas y fue movido por lo menos unas cuantas millas”.




Los arqueólogos sólo pueden conjeturar sobre el significado de las doleritas azuladas. Quizá Carn Menyn haya sido un hito cargado de un significado especial en una ruta terrestre fundamental para el comercio o los viajes. Algunos afirman que la disposición de los tipos de piedras ígneas (dolerita, riolita y toba) en Stonehenge refleja su disposición natural en Carn Menyn. De nuevo, quizá el esfuerzo mismo de transportar las piedras o su exótica naturaleza eran el objetivo, una especie de declaración de capacidad y de poder.




Darvill y Wainwright opinan que la respuesta se halla en una antigua tradición. En el siglo xii de nuestra era, Godofredo de Monmouth, en su anecdótico y divagante deambular por la historia de los reyes de la Gran Bretaña, dio una versión fantástica de cómo Stonehenge fue transportado totalmente (por órdenes del mismísimo Merlín, ni más ni menos) desde Irlanda hasta la Llanura de Salisbury, donde se colocó para ser un lugar de curación. El relato podría representar retazos de recuerdos tradicionales, tergiversados por una añeja tradición oral, en este caso de 3 o 600 años de antigüedad; después de todo, las piedras de Stonehenge fueron transportadas desde un lugar remoto situado al occidente, al parecer por medios mágicos. Redondea este relato una añeja creencia local, muy arraigada incluso en la actualidad, que atribuye poderes curativos a los manantiales que surgen de las montañas Preseli. La suma de estas dos tradiciones propone a Stonehenge como una especie de Lourdes del mundo prehistórico. “Bueno, es posible”, dijo un experto al mencionar esta teoría de la curación. Otros son más escépticos: “Bochornosamente extraña”, fue la displicente frase que escuché. Hasta que no se hallen nuevas pruebas, entonces, el rastro vuelve a donde comenzó, con sólo los hechos innegables más básicos: los habitantes encontraron algo especial en las montañas Preseli y transportaron esto al sur de Inglaterra.




En la época en la que las doleritas azuladas llegaron a la actual Llanura de Salisbury, el bosque de edad madura había sido talado y se había convertido desde hacía siglos en una pradera abierta. Si las hubieran llevado por el río, las piedras habrían sido arrastradas desde los bancos del Avon bordeados por sauces y juncos hasta el sitio. Salpicadas en forma decorativa, acanaladas y pulidas, las piedras se montaron en pares para formar un doble arco y quizá también sostenidos por dinteles que después se desprendieron.




Los antiguos terraplenes habían sido transformados para realzar la entrada noreste, confirmando así la importancia de la alineación del monumento con los solsticios, presunción que reflejaba quizá creencias acerca del significado de las rocas en el lugar que ocupaban en Preseli, o quizá nuevas ideas sobre una época cambiante. En alguna fecha posterior, las rocas gigantes de arenisca dura fueron arrastradas desde Marlborough Downs, situado entre 35 y 45 kilómetros de distancia. Aunque en épocas posteriores se modificó un poco el diseño interior, el montaje de las rocas de arenisca (enormes guardianas de anchas espaldas que protegían las piedras más pequeñas provenientes de Gales) dotó a Stonehenge de su aura perdurable de seguridad inexpugnable. Por desconcertante que parezca, no cabe duda de la confiada eficacia de sus imponentes características monumentales. Los estudios realizados por Michael Allen, experto en arqueología ambiental, demuestran que durante el largo período de la construcción de Stonehenge, los habitantes de la zona continuaron llevando a cabo las tareas mundanas de su vida. Restos de carbón vegetal, polen de malas hierbas asociadas con los cultivos y, lo más valioso, conchas de caracol (que pueden relacionarse con distintos hábitats) muestran que el paisaje de Stonehenge fue talado, rozado y cultivado. Sea cual haya sido su función, estaba arraigado en la comunidad a la que servía. “Yo lo veo utilizado como una catedral, o como el Estadio de Wembley –manifiesta Allen–. Los arqueólogos esperan excavar en Stonehenge por primera vez en un cuarto de siglo, en busca de restos que podrían corregir la hasta hoy poco satisfactoria datación del sitio. La obra prevista para la avenida podría revelar cuándo se extendió hacia el Avon, para aclarar en qué etapa el río se vinculó al monumento de manera ritual. Los restos de cremaciones que fueron excavados y vueltos a enterrar en 1935 podrían beneficiarse de nuevos análisis rigurosos con técnicas actualizadas. Del lado galés del relato, Wainwright y Darvill esperan determinar cuándo llegaron las doleritas azuladas. La labor que se realiza en las montañas Preseli quizá también revele hallazgos de enterramientos que podrían ser fechados, lo cual arrojaría luz sobre la importancia de las piedras de Preseli. Un nuevo estudio de los restos óseos exhumados de la zona de Stonehenge indicaría si un porcentaje elevado de la población tenía necesidad de “curarse”.




No hay textos que expliquen el propósito de Stonehenge. Seguro en su prehistoria sin palabras, puede así absorber una multitud de “significados”: templo del Sol, o de la Luna –para el caso es lo mismo–; calendario astronómico; ciudad de los antepasados muertos; centro de curación; representación lítica de los dioses; símbolo de condición social y de poder.




Stonehenge representó el final de una gran tradición de construcción de monumentos en la Inglaterra neolítica. Cayó en desuso cerca del año 1500 a. C. y, con el paso de los siglos, muchas de sus piedras se vinieron abajo, se quebraron o fueron sustraídas, bajas causadas por la naturaleza y por el hombre. A veces se presentaban informes sobre las enigmáticas ruinas. Un historiador griego del siglo I a. C., Diodoro Sículo, cita un testimonio perdido escrito tres siglos antes, que describía “un magnífico centro consagrado a Apolo y un notable templo esférico” situado en una gran isla al extremo norte, del otro lado de la actual Francia (curiosamente, Apolo es el dios de la curación). En la historiografía más reciente, Samuel Pepys, el gran diarista, visitó las piedras en el verano de 1668, para lo cual alquiló caballos y contrató los servicios de un guía para que lo condujera por la llanura. Su descripción sigue resonando en la actualidad. Las rocas, escribió, eran “…tan prodigiosas como los relatos que había escuchado al respecto y valió la pena hacer este viaje para verlas. Dios sabe cuál era el uso que se les daba”.

Dar la cara

No estaba programado para héroe, bastante le había costado ser el prototipo de la masculinidad for export. Cuando en 1985, muy poco antes de morir, Rock Hudson anunció al mundo que tenía sida, le puso rostro a una enfermedad que hasta el momento no tenía nombre y dejó abiertas las puertas de un gigantesco closet. Guste o no, existe un antes y un después de Rock.

El triángulo de la felicidad: Doris, Rock y Linda

Ser feliz en los ’60 era parecerse a ellos. Ni liberados, ni militantes, ni existenciales: felices. Doris Day y Rock Hudson fraguaron un molde cómico y romántico de pareja, con el codo apoyado en la revolución sexual y el resto del cuerpo en la moral puritana. Rock y Doris: células de la célula de la sociedad, dupla picante, pero sana. Ella, rubia y cantarina; él, apuesto, varonil, muy varonil, metro noventa, voz ronca, irresistible, ocho años consecutivos (entre 1957 y 1964) figurando en el top ten de las estrellas más amadas. Pero no hay molde que haya durado mucho en el siglo XX. Así es que en los ’80 la diversión de la familia se volvió camp. Si se busca una serie con estética gay furiosa, allí está Dinastía: con los vestidos más brillosos y ridículos que jamás se hayan visto en televisión, un elenco plagado de divas furiosas (no olvidar que Linda Evans, la buena, casi mata en serio a Joan Collins, la malísima, de un empujón demasiado verídico), maridos elegantes y hasta un hijo gay, Steven, dolor de cabeza del padre (John Forsythe) y regalón de la mamá (Collins), que como toda diva que se precie apañó al nene cuando éste dejó a su pérfida esposa por el atractivo Luke y disfrutó cuando ambos se dieron el escandaloso beso en la pantalla familiar. Pero no hay éxito que dure tanto y así fue que los empetrolados Carrington, luego de cuatro años de fidelidad, necesitaron calentar la pantalla con otro beso.

Hora de que vuelva Rock a escena. Sólo un auténtico macho, derroche de testosterona en la sonrisa y en esa espalda de cargador de pianos tan peinado podía poner un poco de orden en esta caja de locas y de paso hacer tambalear a la secretaria joven devenida Sra. Carrington. El objetivo de Rock (Daniel Reece): venir, besar, vencer. Romper la farsa, patear el tablero. Ni él mismo, ni los productores, ni el público, ni la pobre Linda Evans tenían idea de hasta qué punto iba a cumplir con lo que le estaban pidiendo.

El beso de la muerte

Dejó todo con tal de estar allí. Y todo, en ese momento, era un costosísimo protocolo que bajo la tutela del doctor Dominique Dormont le administraban con bastante éxito en París. Experimentaban con una nueva droga (HPA-23) contra el “cáncer rosa” que le habían diagnosticado hacía más de un año. El mismo cirujano que en 1981 lo convenció de hacerse su primera estética le había ordenado una biopsia por esa mancha roja en el cuello. La encargada de darle el resultado lo llamó por teléfono a su mansión, “El Castillo”, y le preguntó si estaba sentado. Después, recordaría Hudson en las memorias que dictó a Sara Davidson, la voz siguió así: “Será mejor que se siente, es un sarcoma de Kaposi. Tiene el síndrome de inmunodeficiencia adquirida”. Cuando consultó a otro médico sobre si la enfermedad era terminal, recibió un parlamento de película mala: “Si yo fuera usted, ya mismo estaría poniendo mis asuntos en orden”. Cuando llegó la propuesta de participar en unos capítulos de Dinastía, Hudson estaba en el inicio de ese tratamiento, sin que nadie más que tres amigos muy íntimos lo supieran. Le ofrecían 2 millones y medio de dólares que no iba a poder gastar. Era la oportunidad de despedirse de su público, amas de casa desesperadas por él, y provocarles, como antaño, el deseo imposible, el suspiro ardiente. Dejó todo y voló hacia los sets de Los Angeles.
La escena del beso llegó en marzo de 1985: Krystle Carrington, que viene resistiendo al acoso del galán en sucesivos capítulos, se cae del caballo, está más vulnerable que nunca. Daniel Reece intenta ayudarla, se agacha y ahí, tan cerca los labios, se funden en un apasionado beso que los hace rodar por el piso como dos bestias en celo.


¡Corten!

Ni Linda ni el director podían creer lo que estaba pasando: el plato fuerte de la temporada, por culpa de Rock, se convertía en un trámite anodino, beso casi casto que en nada se parecía a los que había dado en sus tiempos mozos, incluida la misma Linda. La escena se repitió una vez más, pero no hubo caso. Cuando apenas unos meses más tarde, el 25 de julio de 1985, desde París, se transmitía al mundo el anuncio oficial en la voz de su publicista Yanou Collart: “El señor Rock Hudson tiene el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, que le fue diagnosticado hace más de un año en los Estados Unidos”, este beso mezquino cobró sentido.

Nace el sida

Fue el primer indicio de hasta qué punto la llegada del sida iba a modificar las relaciones sexuales, amorosas, entre colegas, entre Estado y ciudadanía, y más. Linda Evans sintió, al menos hasta que tuvo los resultados de los análisis, el fuego del infierno, y no lo pudo disimular. ¿La había besado sabiendo que estaba enfermo? Había que hacerle juicio, había que matarlo. ¿Cómo? Ya estaba muerto. Se forjaba aquí la silueta del “sidoso” vengativo capaz de recurrir a los métodos más bizarros, como dejar agujas en teléfonos públicos o eyacular en ensaladas con tal de contagiar, y de quien había que cuidarse escondiendo los cepillos de dientes que hubiera en el baño. Rock había preguntado a sus médicos antes de hacer la escena y le habían dado permiso para besar. Extremó los cuidados, casi no abrió la boca. También nacía el mito de que todo contacto contagia, la saliva, el aliento, la caricia, la proximidad en el trabajo.

El beso de la infidelidad recorrió el mundo y fue repetido por TV con la misma obsesión que el primer paso del hombre en la Luna. No era para menos. Registro único del instante en que un hombre, no cualquiera sino el paladín de la heterosexualidad se transformaba en gay, así, homosexual como era, besaba a una mujer (¡a la Sra. Carrington!) y con esto le pasaba la posta rosa al hemisferio hétero que había mirado para otro lado mientras un mal sin nombre liquidaba pervertidos.

El actor, que declaró alguna vez “siempre he querido mantener mi intimidad. Nunca quise escribir un libro, ni permití que tomaran fotografías de mi casa y nunca he dejado que el público sepa lo que pienso”, salió del closet en un tiempo en que ni siquiera había closet, tuvo sida cuando sólo había sarcoma de Kaposi y, por más que mucho en esto haya actuado la casualidad, hizo avanzar años luz el trabajo de la militancia. El público, más allá de lo que quisiera hacer o pensar, reaccionó. Para bien y para mal. Como señala Carlos Monsiváis: “El prejuicio domina la primera etapa, enloquece a muchísimos enfermos y enferma la información. Durante sus ocho penosos años, el gobierno de Ronald Reagan hace lo imposible por no entender y por no actuar. Ya es una gran hazaña de Reagan llamar por teléfono a su gran amigo Rock Hudson y hasta allí le alcanza su apertura de criterio (supongo que el teléfono se desinfectó antes y después). Se extiende en los medios la descripción del sida como enfermedad moral. Como operación de asepsia, se enfrenta la pandemia con estadísticas, técnica aún ahora prevaleciente. Mientras tanto, como señalaba entonces Bruce Decaer, el responsable del área de salud de California, “entre que anunció su enfermedad y el día en que murió, en tres meses se recaudó más dinero para luchar contra el sida que en los anteriores tres años”. El día en que una víctima famosa “le ponía una cara al sida”, el Parlamento americano destinaba 189,7 millones de dólares para buscar un remedio. Rock dejaba para la causa gran parte de su herencia, incluidos los derechos de la autobiografía que jamás habría querido escribir. En el lecho de muerte, Elizabeth Taylor construía la columna celebrity de esta nueva cruzada, enunciando un epitafio que no por obvio dejó de ser mantra: “Que la muerte de Rock no haya sido en vano”.
El cholulismo, gran catalizador, consiguió inspirar más compasión que condena. Uno de los nuestros tiene sida. Uno de los nuestros es gay. ¿Dos enunciados falsos? Dos sensaciones térmicas que se instalaron bien en el fondo de los corazones criados a imagen y semejanza de Doris y Rock. Pocos días después del anuncio se organizó en Los Angeles una gala de honor para recaudar fondos: en una noche juntaron más de un millón de dólares con la venta de entradas; Hudson no pudo asistir, pero envió un telegrama que leyó Burt Lancaster: “No me alegra tener sida, pero si esto puede ayudar a otros, al menos mi desgracia tendrá algo bueno”.

¿A quién no le gusta ese closet?

Primero dijo que estaba a dieta, luego que estaba haciendo mucho ejercicio. Más tarde, que sufría de anorexia. Según Yanou Collart, “lo más duro que me tocó hacer en mi vida fue entrar a su habitación y leerle el comunicado para la prensa. Nunca voy a olvidarme de su cara. Cómo explicarlo... Muy poca gente sabía que él era gay. En sus ojos se leía que estaba destruyendo su propia imagen. Cuando terminé de leérselo, sólo dijo: ‘Está bien, tírenselo a los perros, es lo que hay que hacer’”. Aun así, más tarde quiso instalar la idea de que se había contagiado por una transfusión de sangre. No quería hacer lo que estaba haciendo. No tenía atrás una historia militante sino una carrera basada en la ficción. ¿Tantos besos mentidos para nada? ¿Quién querría?
Antes de la oferta de Dinastía le habían ofrecido el papel de Gene Barry en La jaula de las locas. Dijo que no. Jamás representó el rol de homosexual, ni en cine, ni en televisión. Sólo con sus amigos, en su castillo, en bambalinas, con amigas, cuando salía por las calles sin el menor disimulo a buscar chongos. Vivió en una época en que Hollywood respetaba la intimidad que pudiera hacer perder el negocio. Su secretario recuerda que, cuando le dieron el diagnóstico, le dijo: “Espero morirme de un infarto antes de que la gente se entere de esto”.
Muchas enamoradas habrían aceptado la hipótesis de la transfusión. Tal vez en los ’60, antes de Stonewall, habría sido posible seguir con la farsa; ahora ya era tarde. Al día siguiente del anuncio, el escritor, activista por los derechos de los gays y ex amante ocasional, Armistead Maupin, publicaba en su columna del diario Chronicle de San Francisco, intimidades y escenas sexuales de Rock con lujo de detalles mientras acotaba, como reproche y justificación, que “nunca me pareció interesado por el tema de los derechos de los gays”, y le rendía un homenaje confesando que su corta relación con el actor había servido para reconciliarse con su mamá: “Le conté a mi madre que estaba saliendo con Rock; si eso no me redimía, nada lo haría”.
Rock Hudson vivió en un closet de lujo desde que empezó a triunfar en Hollywood. Todos los hombres que se le antojaron pasaron por su cama. Fiestas faraónicas en “El Castillo”, corridas nocturnas y un aparato de prensa cuidadoso sirvieron para mantener oculta la doble vida. Un novio de años, los secretarios personales, los amantes golondrina, las estrellas, la exótica presencia del jardinero japonés y la piscina, el baño turco, el gimnasio, varios cocineros, el mayordomo que se paseaba en toallita cargando a la perrita Zil Tsu armaron una fiesta secreta. De haberlo sabido, qué alivio habrían tenido tantos hombres heterosexuales que trataban de imitarlo en vano. Cuánto se habrían preguntado las mujeres acerca de sus gustos y la masculinidad. El súmum de lo varonil estaba construido a fuerza de golpes y make up por un agente que se había acostado con él. Cada desastre matrimonial de Hollywood era cargado a su cuenta y cuando la verdad estuvo a punto de destaparse, le arreglaron un casamiento con una ingenua secretaria que, al mejor estilo Lady Di, creyó que tendría el amor del príncipe. “Acá hay muchos rumores —le dijo Hudson en la primera salida—. No vayas a creer jamás ninguno.” Phyllis Gates, la secretaria y esposa, tardó 3 años en pedir el divorcio y hubo que pagarle una indemnización de por vida para que no hablara, aunque no faltaron las lenguas del show business susurrando que ella era lesbiana y que el matrimonio había sido un arreglo desde el principio. De cualquier modo, en 1989, Phyllis se hizo unos pesitos más publicando Mi vida con Rock, donde explica todo lo que Rock no era.

La traición del final

Si algo faltaba para que su historia se consagrara como abecé de los tiempos del closet más cerrado, era la traición de algún oportunista. Marc Christian, un amante mucho más joven, fue quien terminó de sacar a la luz todas las intimidades a la escena más patéticamente mediática. El joven había llegado a su mansión promediando la década del ’70, cuando un cincuentón Rock Hudson comenzaba a ver su declive.
Frente al entrevistador estrella Larry King, Marc Christian contó que estaba en el living de la casa de Rock cuando escuchó en la tele que la secretaria francesa de su amante anunciaba que tenía sida y que lo habían diagnosticado un año atrás. Apenas Rock volvió de París, el entonces treintañero le preguntó por qué no se lo había dicho antes: “Cuando tenés una enfermedad como ésta, estás solo”, le contestó el actor. Marc no se dejó conmover. Esperó sigilosamente su muerte y también la apertura del testamento. Cuando vio que no había nada para él y sí para dos íntimos amigos, George Nader y Mark Miller, que lo habían acompañado durante 35 años, hizo desenterrar el cadáver.

En un primer juicio celebrado en 1989, el amante del actor obtuvo inicialmente 21,75 millones de dólares por daños y perjuicios, pero el tribunal de Casación redujo la cantidad a 5,5 millones. El tenaz demandante no se dio por satisfecho con esta cantidad, y en un segundo juicio logró que se admitiera la zozobra psicológica sufrida ante la perspectiva de “una muerte lenta e inexorable”. Un fallo eminentemente moral, sobre todo si se tiene en cuenta que los sucesivos test de VIH de Marc habían dado negativo al menos hasta cinco años después de la muerte del actor.
Rock Hudson sabía que esto iba a pasar, que su intimidad sería ventilada de alguna manera y es probable que eso lo empujara a decir la verdad públicamente, poniendo su cara y su historia a una enfermedad que marcaría el fin de siglo.
Luego decidió morir en su ley, en “El Castillo”. Por eso, 4 días antes abandonó Francia y el tratamiento que le habían propuesto pesando menos de la mitad de los 90 kilos que le habían dado la gloria. Contrató un Jet 747 para volver a Beverly Hills. Le costó 300 mil dólares. “Es el mismo presupuesto que me dan a mí para cuatro años de investigación”, comentó entonces el Dr. Dormont, mientras despedía a su paciente —su fracaso— más famoso. De todos modos, la brutal salida del closet del macho prototípico norteamericano cambió la historia del sida y obligó a buena parte del star system a comprometerse con una campaña que todavía no ha terminado.
Esculpiendo la “rocka”

No se llamaba Rock Hudson.


Cuando nació en Minnesota en 1925 le pusieron Roy Harold Scherer Jr, pero cuando su padre lo abandonó y su madre se casó de nuevo, pasó a llamarse Roy Fitzgerald. No siguió estudios académicos. Cuando intentó estudiar teatro, lo rechazaron por duro. Los 90 kilos y el metro noventa de altura lo habilitaron para desempeñarse como cargador de pianos. Otra changa, la de camionero, le permitió llegar a Hollywood y cruzarse con el productor Henry Wilson, gay orgulloso que declaraba su amor a los muchachos con talento o algo similar y, en la mayor parte de los casos, les conseguía una puerta a la fama. Con Rock tuvo que trabajar mucho. El muchacho siguió todos los consejos de su agente: tomó lecciones de actuación, cambió su guardarropas, practicó esgrima, levantó pesas en el gimnasio, bajó de peso, aprendió a caminar sin encorvarse y se sometió a un dentista que le confeccionó un dentadura acorde con su futuro rol de hombre feliz. La voz, un tanto afeminada, se curó con sesiones de gritos durante meses, hasta que casi le explotan las cuerdas y quedó ronco para siempre. Cuando estuvo listo, Wilson le cambió el nombre. Tenía que ser fuerte como el peñón (la roca) de Gibraltar e impetuoso como el río Hudson. Sí: así de ridículo nació Rock Hudson.
Soy Pagina1/2 Viernes, 3 de Octubre de 2008
Paisaje cerca del Elba, 1918 - 1922
Paisaje en Kutná Hora, 1921
La mañana en los muelles, 1922
Isla de Kolin, 1924 - 1926
Tranvía de Praga, 1924
Viaducto en Zuzkov, 1926
En la catedral de San Guido, 1924 - 1928
Paisaje cerca del Elba, 1918 - 1922

Josef Sudek




Josef Sudek es un fotógrafo atípico, por cuanto su obra puede considerarse totalmente personal.


En una época en la que Europa bullía en todos los aspectos, tanto políticos, como artísticos, él hace su trabajo recluído en su estudio de Malá Strana, en Praga.


Esto no quiere decir que ignorara los caminos de la fotografía europea y americana de la época, estaba inmerso en diferentes grupos fotográficos innovadores, sino que aún conociéndolos seguía su trabajo autónomo.Sudek está imbuído en su amor por una ciudad, por Praga. Prácticamente toda su obra gira en torno a esta ciudad.


Aunque se introdujo en otros caminos fotografíicos como el retrato, fotografía documental, así como reportajes o publicidad, para nosotros las mejores épocas suyas son cuando nos presenta su fotografía intimista.La que muestra en una primera época, los alrededores de su ciudad natal, Kolin, y posteriormente Praga.


Así como más adelante, cuando su ámbito de actuación se reduce, el círculo de sus fotografía se hace más cercano: su estudio, su jardín, los ventanales de su estudio.En este número nos hemos centrado en sus primeros trabajos, los realizados entre 1918 y 1928.Para nosotros tienen un encanto especial. E


l clima que respiran estas fotografías, las hacen totalmente sugerentes y evocadoras.Aunque hoy en día parecen fotografías de otra época, entendemos que no dejan de tener un punto de vista actual ya que son capaces de transmitir los sentimientos de su autor.




BIOGRAFIA


Josef Sudek (1896 - 1976)




Nace en Kolin, actual República Checa.En su juventud trabaja como encuadernador de libros y aprende fotografía.En 1917, en plena Primera Guerra Mundial es herido en un brazo por una granada y le amputan el brazo derecho a la altura del hombro.En 1918, finalizada la guerra no puede seguir con su trabajo de encuadernador y se dedica a la fotografia.En 1927 instala su estudio en Maá Strana en Praga.En 1932 realiza su primera exposición individual.En 1940 comienza a realizar positivados por contacto y utiliza cámaras de gran formato hasta 30 x 40 cms.En 1976 muere en Praga.
Comentario: Manuel Rodríguez
Un barquito cruza la bahía de La Habana hacia los barrios de Regla y Guanabacoa.
Percusión caribeña en las calles de Guanabacoa.
Los magníficos autos de la década del ’50 en las calles de Regla.


LA HABANA EN LOS BARRIOS DE REGLA Y GUANABACOA
Mi negra cubanía
Regla y Guanabacoa son dos barrios habaneros del otro lado de la bahía. Menos conocidos que los tradicionales Habana Vieja o Vedado, en ellos sobreviven las raíces de la cultura afrocubana. Una visita al santuario de la virgen negra de Regla, a una casa-templo de la religión yoruba y al imperdible Museo Municipal de Guanabacoa.
Por Julián Varsavsky



Hay una Habana muy conocida: la del céntrico casco colonial con el Castillo de El Morro y El Malecón que no por trillada pierde un ápice de su encanto. Pero también hay otra Habana con otros barrios que en las guías de turismo tienen apenas un párrafo de rigor. Esta Habana está del otro lado de la bahía, en los barrios vecinos de Regla y Guanabacoa, a donde se puede llegar navegando en la “lanchita de Regla”, en auto o en “guagua” colectiva, cuyo servicio ha mejorado mucho en los últimos años.
Esos dos barrios –bastiones de religión afrocubana– surgieron a extramuros de la ciudad colonial. Y hoy en día se respira en ellos un agradable aire pueblerino, casi la antítesis de cierto acoso al turista que hay en la Habana Vieja o de la superpoblación de Centro Habana. En estos barrios periféricos tampoco hay edificios altos, así que la sensación de viaje en el tiempo tan característica de Cuba es aún más exacta. Claro que sin los caserones coloniales de la Habana Vieja ni el modernismo ecléctico de la década del ’40 que la rodea, pero con autos que parecen aún más viejos y recauchutados que los que circulan por el centro de la ciudad.
La mayoría de las casas de Regla y Guanabacoa son bajas, levantadas en el siglo XIX y comienzos del XX, e incluso las hay aún de madera con muy buena manufactura. La gente de estos barrios tiene por costumbre caminar por el medio de la calle. Y un viajero curioso dispuesto a salir a buscar esa otra Habana sabrá que ya está en Guanabacoa al sentir un trueno de tambores batás estallando en alguna de las 14 casas templo que tiene el “barrio embrujado”, también conocido como “tierra de babalaos” o “aquel donde a cada hora se sacrifica un gallo”.

DEL CORAZON DE AFRICA


Guanabacoa fue fundada como Pueblo de indios el 12 de junio de 1554 por edicto del Cabildo de San Cristóbal de La Habana. Sus primeros pobladores fueron indígenas libres que estaban dispersos y errantes por todo el país, quienes fueron concentrados en ese lugar para ejercer un mayor control sobre ellos e inculcarles la religión católica. Siglos después, a la esencia india y española se le agregó la negra. Es decir, llegaron los esclavos. Eran esclavos cimarrones o fugitivos que se refugiaban en los palenques, territorios libres donde se reagrupaban.
¿Cómo puede un viajero sumergirse en el fascinante mundo de la santería yoruba casi pura de Guanabacoa?
Por un lado, si uno observa con atención las casas de puertas casi siempre abiertas del barrio, es probable que vea un altar o algún trono de religión africana. Y también se cruzará con seguridad por la calle con varias personas vestidas totalmente de blanco, que vienen de participar en algún ritual. Pero para llevarse una estampa viva de la mística actual no hay fórmulas definidas ni posibilidades concretas de tener éxito. Se impone la necesidad de tejer estrategias intuitivas para llegar, por ejemplo, al hogar de Zenaida, el cual es también un Ile Ochá o casa-templo. Zenaida es una mujer negra de 70 años con ojos de sabia, que nos guía por este submundo extraño donde se realizan rituales al ritmo de los tambores, incluyendo sacrificios y trances profundos cuando un orisha (santo africano) ingresa en el cuerpo de una persona. En una habitación están las cazuelas donde se colocan las piedras, en las que moran los orishas. Cada piedra es de diferente forma, origen y color, y se corresponde de manera específica con determinada deidad. Luego está el “comedero”, donde se alimenta al santo. Allí se descubren una serie de platos de comida, plumas, dulces y bebidas con fórmulas exclusivas para cada deidad. La sangre de los animales sacrificados se vierte sobre la piedra del santo para alimentar la “vibración” que las mantiene vivas.

Para quienes no consigan entrar a una casa-templo, el Museo Municipal de Guanabacoa es mucho más que un buen consuelo. En las diferentes salas se ven ejemplos de los misteriosos santuarios que hay en las casas, así como altares de templos más sofisticados. Allí un guía explicará que en Guanabacoa hay 25 organizaciones abacuá y 14 templos instalados en casas particulares. Y cada organización tiene entre 300 y 500 miembros. Al tratarse de cultos que por tradición se practican puertas adentro, no se sabe a ciencia cierta cuántas personas lo profesan.
El museo ofrece un “baño” de prácticas politeístas de la santería de la cultura yoruba, procedente de los reinos de Togo, Dahomey y Nigeria, cuyos pobladores eran capturados y traídos a América en los barcos negreros para ser vendidos como esclavos. Aunque en su nuevo destino los obligaron a adorar el panteón católico, nunca abandonaron sus costumbres y creencias religiosas. Es decir que la raza negra comenzó a simular el catolicismo, trastrocando las imágenes. Por ejemplo, la de Santa Bárbara pasó a representar a Changó, mientras que aquel santo con muletas y llagas en todo el cuerpo llamado San Lázaro fue llamado Babalú-Ayé.

En Cuba existen hasta hoy dos religiones africanas –la Regla de Ochá y el Palo Monte–, además de otras corrientes minoritarias. Y una de las salas más llamativas del misterioso museo es la dedicada al culto de las Reglas Congas o Palo Monte. Este culto llegó del Congo y Angola y se lo considera el más primitivo de todos. Lo practican los paleros, quienes adoran a la naturaleza y a los espíritus a través de unos recipientes llamados enganga, donde clavan palos, una cabeza de toro con sus cuernos, espadas y, por sobre todo, no puede faltar algún hueso humano. En el museo se exhiben varios de esos impresionantes elementos rituales.
Según explica el guía, cuando una persona es iniciada en esta religión se le practican pequeñas incisiones en la frente y la espalda, y el hilo de sangre que brote de su piel deberá caer en el recipiente para establecer la comunicación con los dioses que van a poseerla. En diferentes vitrinas se exhiben medios adivinatorios como conchas, caracolas y cáscaras de coco, amuletos protectores, collares y tambores rituales, además de los misteriosos tronos donde las estatuas de las deidades –que nunca se ven– están cubiertas por mantas de colores como fantasmas. En las paredes están dibujados los herméticos símbolos que sirven para descifrar los elementos de la naturaleza y que el sacerdote utiliza tanto para conjurar el mal como para producirlo.
Se dice que en Guanabacoa se da la síntesis más profunda de la cubanía. Sus hijos ilustres y universales –evocados en el Museo Municipal– fueron el legendario babalao Enriquito y los músicos Rita Montaner –quien inmortalizara “El Manicero”–, el cantante y pianista Bola de Nieve y el compositor Ernesto Lecuona.

BARRIO OBRERO


Desde el muelle de Luz en la Habana Vieja parte un barquito conocido como la lanchita de Regla, que cada 20 minutos cruza la bahía de La Habana colocando a sus pasajeros en otro mundo. Regla está en una zona portuaria muy bien delimitada por estar dentro de una península, lo cual propicia una fuerte identidad barrial en sus habitantes. Muchos de los obreros que viven allí son miembros de familias reglanas con raíces ancestrales en el barrio. Sus puntos de interés son el puerto y la ermita de la Virgen de Regla, un santuario sincrético muy venerado tanto por católicos como por santeros de tradición yoruba, quienes mantienen en Regla las formas más ortodoxas de esa religión.
El santuario está dedicado a la virgen negra de Regla –Jemanyá en el rito yoruba– y tiene su propia historia relacionada con el devenir político de la isla. A fines de la década del ’50, pocos días antes de la procesión anual de la virgen, los jóvenes rebeldes del Movimiento 26 de Julio decidieron dar un golpe de efecto para demostrar que estaban muy activos. Así como secuestraron a Fangio tratándolo muy bien, algo similar hicieron con la Virgen de Regla. Y con tanto tino que hasta le pidieron permiso al cura para llevársela. Fue así que la procesión debió hacerse con una imagen sustituta y el Movimiento 26 de Julio fue tapa de todos los diarios. A los pocos días la virgen reapareció sin un rasguño. Y no faltó quien hablara de un milagro.
El Liceo de Regla –en Máximo Gómez y Amorín– es otro de los lugares históricos del barrio, donde todavía existe el púlpito desde el cual José Martí pronunció en 1879 su primer discurso político llamando a todos los cubanos a unirse para luchar por la Independencia.
Regla es el camino de entrada a Guanabacoa, y también otro refugio de cultura negra. La misma que el escritor habanero Miguel Barnet definió con justeza en una entrevista: “a veces se piensa que la Regla de Ochá o la Regla del Palo son simple y llanamente religiones con sistemas de adivinación, sin saber que detrás hay una riqueza literaria, musical y artística; una mitología africana que merece ser estudiada como la mitología romana y griega... una mitología que tanto ha determinado los arquetipos del cubano”.

Vista nocturna de los Champs-Elysées, iluminados para Navidad.
La avenida desde el aire, con su magnífica perspectiva incluyendo el Arco del Triunfo.
Oh, Champs-Elysées
La avenida más elegante, la que encarna toda la “grandeur” a la que aspira Francia y una de las más bellas del mundo. No es casualidad que se llame Campos Elíseos, el nombre del paraíso de los antiguos griegos.

Por Graciela Cutuli

Allá por los ’60 Joe Dassin, uno de los románticos de la canción francesa, aseguraba que en los Champs-Elysées “al sol, bajo la lluvia, al mediodía o a medianoche, hay todo lo que ustedes quieran” (“au soleil, sous la pluie, à midi ou à minuit / il y a tout ce que vous voulez aux Champs-Elysées)”. El estribillo se hizo famoso, y todavía hoy parece acompañar el ritmo incesante de los parisienses y turistas que día y noche recorren una y otra vereda de la avenida, que los franceses –pero no sólo– consideran “la más bella del mundo”. Es difícil discutirle el título, como es difícil discutirle otro: es también una de las más caras, junto con la Quinta Avenida neoyorquina.
En el calendario, los Champs-Elysées marcan dos días con la piedra blanca de las fechas faustas: el 14 de julio, cuando toda París se viste de rojo, blanco y azul en recuerdo de la toma de la Bastilla, y algún día de fines de noviembre o principios de diciembre, cuando se encienden las luces navideñas y la ancha avenida se transforma, de pronto, en un concierto infinito de luces, multiplicadas en las vidrieras, en los autos y en los árboles, haciendo recordar que París es para siempre la Ciudad Luz.

Sin embargo, a lo largo de todo el año Champs-Elysées es uno de los lugares insoslayables de la capital francesa, de punta a punta, desde su comienzo, en la Place de la Concorde, hasta su glorioso final en la Place de l’Etoile y el Arco del Triunfo. Las cámaras de televisión la muestran en toda su extensión también en otra fecha señalada: el final del Tour de France, en pleno verano boreal, cuando se realiza la última etapa de la competencia ciclística. La tradición de terminar el Tour con una última carrera sobre la avenida comenzó en 1975, y desde entonces es un clásico transmitido en directo en más de la mitad del globo. Sin olvidar que el Arco del Triunfo es a los parisienses más o menos lo que a los porteños el Obelisco, de modo que allí se reúnen las multitudes que celebran victorias en elecciones, torneos de fútbol y otros eventos masivos.

EN EL COMIENZO ERA EL CABALLO


Lo que hoy es el reino de los autos, hace casi dos siglos era dominio exclusivo de los caballos. En el siglo XIX, la gran actividad de la avenida se concentraba en los paseos de los jinetes que iban rumbo a los Bois de Boulogne, lo que convocaba también a toda clase de vendedores de caballos, sillas, arneses y otros accesorios: se cuenta que los Champs-Elysées eran entonces, para un humorista de la época, “la mayor conquista del caballo”. Cuando le llegó al automóvil el turno de reemplazar a los cuadrúpedos, la avenida fue naturalmente su vidriera ideal: así se fueron sumando los negocios de accesorios de lujo, artículos para viajar, y numerosas compañías aéreas –allí tuvo sede Aerolíneas Argentinas– también supieron asentarse en ambas márgenes de los Champs-Elysées. Hoy prácticamente no quedan, culpa del elevado costo de tener una vidriera prestigiosa en una de las calles más conocidas del mundo: el precio de los alquileres es tan alto que prácticamente sólo pueden resistirlo los negocios del mundo textil, las embajadas u oficinas de promoción de algunos países, las automotrices y los cafés privilegiados por la historia que reciben un flujo incesante de turistas de todas partes del mundo.

Los Champs-Elysées entraron en el siglo XXI casi con la misma cara que le dieron, en el siglo XIX, el arquitecto Jacques Hittorff (a las órdenes de Louis Philippe y de Napoleón III) y más tarde el barón de Haussmann, artífice de la París moderna, de sus anchos bulevares y de los edificios elegantes de mansardas grises que reemplazaron a las laberínticas e insalubres callecitas medievales. Con él también quedó definitivamente atrás la avenida arbolada que hizo abrir en 1616 María de Medicis, prolongada en la perspectiva de las Tullerías por Le Nôtre, el paisajista del palacio de Versailles.

De una punta a la otra, el paseo lleva tanto tiempo como curiosidad tenga el caminante: un día entero podría llevar la recorrida de ambas veredas, la investigación minuciosa de las boutiques de lujo, prohibitivas para casi cualquier mortal pero no prohibidas a los ojos del simple turista, la degustación de las exquisitas especialidades dulces de Ladurée y otros pasteleros que hacen de cada bocado una experiencia sublime; y el examen de las placas que, de un edificio a otro, van jalonando de historia la avenida.

MI REINO POR UNA PERSPECTIVA


Los Champs-Elysées se extienden en total a lo largo de 1950 metros, de este a oeste, con un ancho de 70 metros. Son medidas imponentes, que ofrecen una perspectiva impresionante sobre el eje histórico del oeste parisiense, donde se alinean el Palacio del Louvre con la estatua ecuestre de Luis XIV, el Arco del Triunfo del Carrousel, el Jardín de las Tullerías, el Obelisco, el Arco del Triunfo y, bastante más allá –como para poner distancia entre el París clásico y el moderno– el Arco de la Defensa. A lo largo de las cuadras, el carácter le va cambiando poco a poco: en la parte inferior, es decir más cerca de la Place de la Concorde, se levantan teatros como el Marigny y centros de exposición como el Petit Palais y el Grand Palais, mientras a medida que la avenida sube hacia el Arco del Triunfo se van multiplicando las boutiques de lujo, los cines (todo un emblema, aunque también amenazados de extinción), salas de espectáculo como el Lido y cafés como el histórico Fouquet’s. Sin embargo, no todo es glamour: la elegante avenida, que pocos días atrás se preciaba de ser inmune a la crisis financiera que amenaza poner de vuelta y media las economías del mundo, tuvo que aceptar hace años el desembarco de los arcos dorados de McDonald’s, símbolo por excelencia del american way of life en términos gastronómicos.

Tampoco ambas veredas son iguales, al menos para los expertos que conocen cada adoquín como la palma de su mano: el lado par, o vereda norte, es aquel donde da el sol, un bien preciado en el gris invierno parisiense. No menos de medio millón de personas pasan por esta orilla –la que concentra la mayor cantidad de boutiques y negocios– cada día, mientras la circulación sobre el lado impar cae prácticamente a la mitad. Algo tiene que ver también el hecho de que las salidas del metro y el RER (una suerte de expreso regional con paradas más espaciadas dentro de París) se encuentren justamente de este lado.

UNA CALLE CELEBRE PARA HABITANTES CELEBRES


Hoy es cada día más difícil vivir sobre los Champs-Elysées; casi todos los interiores ocultos detrás de las bellas fachadas neoclásicas o las marquesinas de los locales de moda albergan oficinas. Pero no siempre fue así: quien recorra con atención ambas veredas no tardará en encontrar cuántas personalidades habitaron o pasaron alguna vez por estos edificios, en los tiempos en que no eran históricos sino nuevas construcciones en una de las más modernas avenidas de su tiempo.
Donde hoy se levanta el drugstore Publicis, el primero en su tipo en abrir día y noche en Francia, estuvo alguna vez el Hotel Astoria de París: allí tenía sus oficinas el cuartel general de las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, con el general Eisenhower –futuro presidente de Estados Unidos– a la cabeza. Casi enfrente, en el número 152, donde hoy está la boutique Montblanc, funcionaba a principios del siglo XX uno de los principales salones literarios de París, y muy cerca de éste se inauguró en 1928 la galería comercial Les Portiques, donde hoy se encuentran los cines UGC George V. Nuevamente del otro lado, en el número 123, funcionó después de la Liberación uno de los primeros restaurantes americanos de París. Los memoriosos recuerdan, además, que el antiguo Hotel Carlton (números 119-121), edificado en 1907, fue durante al menos seis décadas la vidriera de Air France. Cruzando la calle, en Champs-Elysées 140, vivió la familia de la poeta Anna de Noailles, muy cerca del inmueble donde residió el pionero de los globos aerostáticos Henri de La Vaulx, que en 1900 logró el record de unir en globo París con Ucrania. En la misma cuadra tiene sede el Lido, y casi en la esquina vivía el pionero de la aviación Santos-Dumont. Seguramente no es una casualidad que a pocos metros un bellísimo edificio de fachada Haussmann sea la sede del Aviation Club de Francia. Y si algunos edificios se conservan, otros fueron destruidos, como el del número 82, donde vivió la actriz Sarah Bernhardt; o dedicados a otros fines, como el ex Hotel Claridge, que frecuentaron Clark Gable y Ray Charles, y que la Cruz Roja ocupó durante la Primera Guerra Mundial y los alemanes en la Segunda (hoy es una galería comercial, enfrente de la sede histórica de Paris Match, que se mudó en 1994). Lo que hoy es el Disney Store fue el Café Colisée, y donde está el Virgin Megastore –cerca de Guerlain, creador del perfume Champs-Elysées– se levantaba un edificio al que se cuenta que asistió Napoleón Bonaparte, para un baile de disfraces, donde fue reconocido por su costumbre de cruzar los brazos detrás de la espalda. Para concluir la recorrida, no hay un “número uno” en la avenida: pero en los Archivos Nacionales de Francia se conserva la referencia a esa dirección hoy inexistente, donde vivía Joseph Oller, productor de espectáculos y dueño del Moulin Rouge. Pero eso ya es en otro barrio de París...