La sexualidad, además de ser "el conjunto de condiciones anatómicas y fisiológicas" que posibilitan la cópula, es una forma intensa del amor y, también, una construcción cultural. En este texto —confidencia o confesión de una mujer madura— Isabel Allende repasa su historia personal en relación con el sexo.


EL SEXO Y YO
Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de plástico.

—Te crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un bebé

Me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.

—Estoy embarazada —admití hipando.



Me vi cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal que podía conducirlos al infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

—¿Te has tocado el cuerpo con las manos?

—Sí, padre.

¿A menudo, hija?
—Todos los días...

—¡Todos los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer que no lo harás más!
Prometí, claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Este traumático episodio me sirvió para

"Eva Luna", treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe para qué se está entrenando).

Nací al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había viajado a la India y le quedó el gusto por los asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron de modelos —algo exagerados, lo admito— para Jaime y Nicolás en "La casa de los espíritus"). La casa estaba llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable, se reproducían ante nuestros ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

A los once años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba siempre con las orejas rojas y me enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recibían. Había que especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo. Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves.

En 1956 mi familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la flema británica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, había sucursales de las tiendas de los más famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro puro circulaban en las calles junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios separó a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salían solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos, para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo del colegio pasaban de mano en mano fotonovelas editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de El amante de Lady Chaterley y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro tenía Las Mil y Una Noches bajo llave en su armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor. Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas, pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar Coca Cola en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chofer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chofer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

Yo era plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los senos eran considerados la esencia de la feminidad. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico, faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su posición original, paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra civil. Después de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser, y el gobierno cristiano. El presidente Camile Chamoun pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la borrachera del pecado y del rock n'roll. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años. Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.

La píldora anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos debían seducirnos para que les diéramos "la prueba de amor" y nosotras debíamos resistir para llegar "puras" al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé exactamente cómo tuve dos hijos.
Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años. La ola de liberación de los sesenta recorrió América del Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde yo vivía. Arte pop, minifalda, droga, sexo, bikini y los Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía. Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 años sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar, pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India. Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada.

Mi primer reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo. Durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por un artículo de humor que había publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la comida. Pero a la hora del café la dueña de casa —treinta y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina gubernamental, traje Chanel— me llevó aparte y me dijo que si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel porque disponía de tiempo libre después del almuerzo, porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la propia estima y porque los hombres no estaban tan mal, después de todo. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una discreta garçonière que compartía con dos amigas tan liberadas como ella. Mi conclusión, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser sólo entre ellos o todos siempre con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre "la mujer fiel". Todavía estoy buscando una que los sea por buenas razones.

Eran tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas, pero no lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaban dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado, por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir viviendo bajo la dictadura del general Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un país cálido, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son de una música secreta que llevan en las caderas.

En la primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui con mi madre a ver El Imperio de los Sentidos y no se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con cualquier revista que podían comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el colegio por estampas de futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero después de algunas contorsiones muy peligrosas —como comprobamos más tarde en las radiografías de columna— amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología con especialización en sexualidad humana. Le advertí que era una imprudencia, que su vocación no sería bien comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió. Paula tenía un novio siciliano cuyos planes eran casarse por la Iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era experta en esas cosas. En medio del Seminario de Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por teléfono para pedirme que le trajera cierto material de estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija… Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia. Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales, lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un trozo de tripa.

La verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos de siete puntas, muñecas infladas con orificios practicables y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas, apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo. En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología, porque parece que ya no era rentable, y en cambio se propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.


Anticipo del nuevo libro de Miguel Bonnaso

En agosto de 1992, un equipo de cineastas y periodistas emprendía un viaje por América Latina para registrar dos fenómenos que marcarían toda la década siguiente: la implantación del modelo neoliberal y la crisis consecuente de los viejos populismos que abandonaban sus banderas históricas para sumarse al Consenso de Washington. Los testimonios a recoger serían ensamblados en un programa-ómnibus que emitiría el 12 de octubre de ese año Channel Four de Londres para conmemorar el Quinto Centenario de lo que el gobierno español llamaba, no sin cierta ironía involuntaria, el Encuentro de Dos Culturas. El equipo estaba integrado por los cineastas Jorge Denti y Ana de Skalon y un periodista, el autor de este libro.En Caracas logramos una entrevista excepcional, que fue primicia mundial: la exclusiva en la cárcel de Yare al joven teniente coronel Hugo Chávez Frías, jefe del alzamiento del 4 de febrero contra un desprestigiado Carlos Andrés Pérez y líder de un naciente Movimiento Bolivariano. Quienes todavía piensan que Chávez se inició como “un simple golpista”, un aventurero que no tenía muy claros sus objetivos, harían muy bien en asomarse a esta síntesis de aquella entrevista que publicó el diario argentino Página/12 el 27 de setiembre de aquel año de gracia de 1992. Tal vez, si no los ciega el prejuicio, coincidan con el autor de este libro en que el joven paracaidista preso ya la tenía muy clara en aquel momento.
Caracas, agosto de 1992

No fue tan fácil llegar hasta el enemigo público número 1 del gobierno de Carlos Andrés Pérez. El teniente coronel Hugo Chávez Frías, jefe del frustrado levantamiento militar del 4 de febrero pasado, se encuentra recluido, junto con otros cabecillas de la rebelión, como el comandante Francisco Arias Cárdenas, en el Departamento de Procesados Militares del Centro Penitenciario de Yare, una cárcel de máxima seguridad, ubicada a unos 100 kilómetros de Caracas. Varios días después de abandonar la capital venezolana, con un material que hubiera suscitado molestas preguntas por parte de la policía política en caso de que nos lo hubiera interceptado en el aeropuerto, una copia del video realizado se convertiría en motivo de choque entre manifestantes opositores y la policía caraqueña. Distribuido por los bolivarianos entre sus simpatizantes, el reportaje televisivo fue capturado por efectivos policiales, quienes, al cabo de un largo forcejeo, se vieron obligados a restituirlo a la multitud congregada para verlo en el centro de Caracas. La anécdota es ilustrativa del grado de popularidad alcanzado por estos oficiales de tropas de elite, que en la madrugada del 4 de febrero asaltaron el Palacio Presidencial de Miraflores y a quienes el habitante principal de esa residencia, popularmente conocida como La Casona, ha definido como “un puñado de fascistas”.


Según una encuesta, publicada por El Diario de Caracas en agosto pasado, el comandante Chávez, de 38 años, biznieto de Pedro Pérez Delgado, “Maisanta”, el legendario opositor del tirano Juan Vicente Gómez, ocupa el primer lugar de las preferencias electorales, con un 38,5 por ciento de las opiniones recabadas.


En un segundo lugar distante, con el 28,5 por ciento, figura el ex presidente Rafael Caldera, fundador del partido social cristiano COPEI. En esa misma muestra, el 65 por ciento de los encuestados dijo que el presidente Pérez debía renunciar. Hace pocos días el periódico El Nacional publicaba una nueva encuesta: Chávez ascendía en ella al 45 por ciento, en tanto el 75 por ciento de los encuestados manifestaba su rechazo al primer mandatario. Habituado a pelear con los militares en la Argentina (y a desconfiar tanto de los generales como de los cuadros medios) me costaba aceptar – al menos en el plano emocional – que buena parte de esa sociedad venezolana, que desde el “Carachazo” de 1989 hasta los “Cacerolazos” de este año, no ha cesado de movilizarse contra el programa neoliberal de Pérez, eligiera un liderazgo militar para sus reivindicaciones sociales y políticas.Aun así mantenía reservas, que se reflejaron en preguntas tales como “¿se identifican ustedes con los carapintadas de la Argentina?”. Antes de formularlas había mantenido una larga charla con su abogado Freddy Gutiérrez, un universitario progresista que ha ocupado posiciones en el gobierno y aun en la diplomacia venezolana. Según Gutiérrez el alzamiento del 4-F “demostró a nivel mundial que la democracia en Venezuela no es tal”.En los días que se sucedieron a esta conversación me dediqué a recabar opiniones sobre los “bolivarianos”. Excepto la senadora por el partido oficial (Acción Democrática), Paulina Gamus, que los descalificó como “golpistas clásicos, que hacen promesas demagógicas que luego no van a cumplir”, hubo una actitud respetuosa y aún admirativa en todos los entrevistados.


El general de división retirado Alberto Müller Rojas criticó el alzamiento, pero definió a Chávez como un oficial serio, bien formado en la Universidad Simón Bolívar y de indudable vocación democrática. José Vicente Rangel, que fue tres veces candidato a presidente de la República por distintas formaciones de izquierda y actualmente es el más prestigioso comentarista de la televisión venezolana, asignó a Chávez y a Movimiento Bolivariano un papel protagónico en la búsqueda de una salida a la actual crisis política. El obrero electricista Andrés Velázquez, gobernador de Bolívar, el estado más grande y estratégico del país caracterizó a los protagonistas del F-4 como “oficiales patrióticos” y la expresión – igual que él mismo – de un “nuevo tipo de liderazgo que reclama la sociedad venezolana ante el derrumbe total de la clase política”. Con cierta ironía, el ex presidente social cristiano Luis Herrera Campins afirmó que el Movimiento había crecido en base a una paradoja política: al no haber hecho explícitos sus propósitos en el momento del alzamiento se habían convertido en depositarios de todos los anhelos y reivindicaciones de una sociedad desesperada. “Tras perder militarmente – dijo Herrera Campins – ganaron políticamente. En tanto, el gobierno, que triunfó en el terreno militar, sufrió una derrota política”.Numerosas voces se han alzado demandando una amnistía para los 80 oficiales que aún permanecen detenidos. Jurídicamente no han podido ser todavía debidamente procesados porque se resisten a notificarse del auto de detención. Según su abogado, el tribunal militar que ha instruido el sumario depende del ministro de Defensa y del propio presidente (en su carácter de comandante en jefe), por lo cual “se trata de un tribunal que no actúa de modo imparcial”.


La entrevista se realizó en una habitación donde los presos recibían sus visitas conyugales. Los entrevistados, Arias y Chávez, hablaron a una cámara de video high eight vestidos con uniforme de combate, y con la cabeza cubierta por la boina roja de los paracaidistas. A sus espaldas había una bandera venezolana con la inscripción “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200”.


A continuación, los tramos sustanciales de una entrevista que se prolongó durante casi hora y media.-

Comandante Chávez, ¿Cuáles son las causas del levantamiento del 4 de febrero?-


La primera sería el alto grado de ilegitimidad e ilegalidad a los cuales llegaron el gobierno y los sectores del poder en el régimen que impera actualmente en Venezuela, mal llamado democrático, porque en realidad ha degenerado en tiranía. Otra condición que pudiéramos llamar contribuyente es el agotamiento del modelo de desarrollo económico aplicado en Venezuela en los últimos años que llevó a la crisis más profunda, quizá, de toda nuestra historia republicana. Una crisis económica que ha dejado en la miseria a más del 80 por ciento de la población; una crisis social signada por altos niveles de delincuencia, de inseguridad; una crisis política y, sobre todo, una crisis moral, caracterizada por la pérdida de los valores nacionales, donde la corrupción se apoderó de todo el tejido social. -


A partir del “Caracazo”, producido el 27 de febrero de 1989, a pocos días de que el presidente Carlos Andrés Pérez iniciara su segundo mandato, y más recientemente en las manifestaciones del año pasado y el actual se dieron situaciones que podrían llamarse preinsurrecionales. ¿Cómo influyeron en ustedes que, teóricamente al menos, debían ser los encargados de reprimirlas? -


Precisamente. Otra condición contingente fueron los planes de represión, de empleo indiscriminado de las fuerzas armadas y del ejército en particular para reprimir, para acosar a una población que día tras día salió a la calle, el año pasado, en los primeros días de enero de este año, a reclamar sus justos derechos, a reclamar una condición de vida digna, a reclamar alimentación adecuada, servicios básicos, seguridad. Mire, en la misma mañana del 3 de febrero (horas antes del alzamiento) hubo una manifestación de ancianos que marchó al Congreso Nacional para reclamar sus prestaciones sociales…


- Pero, ¿cómo empezó todo? quiero decir, ¿qué condiciones políticas y militares se dieron en el interior de la propia fuerza para que ustedes se atrevieran a romper la cadena de mandos?-


El pronunciamiento se vino gestando desde tiempo atrás. Una de las condiciones necesarias para llegar al 4 de febrero fue la conformación de un movimiento militar capaz de planificar y conducir la insurrección. Es decir la existencia de un grupo de militares que se fijó como meta irrumpir en el escenario político con un proyecto bien definido, un proyecto bien claro para romper la hegemonía dominante y abrir los cauces hacia un proceso de transformación que lleve al pueblo venezolano a una situación distinta, de dignidad y desarrollo. El ejército venezolano se fracturó, los altos mandos, las viejas generaciones de militares venezolanos olvidaron y dieron la espalda a la razón de ser de la propia institución armada, y nosotros, los oficiales de las nuevas generaciones, asumimos entonces la responsabilidad de ir organizando este movimiento militar. -


En el exterior se le ha dado mucha importancia al litigio con Colombia por la delimitación marítima del Golfo de Venezuela…


- Indudablemente ciertas declaraciones del presidente Carlos Andrés Pérez ante la problemática de las negociaciones del Golfo de Venezuela con la vecina República de Colombia fueron también factores que influyeron para la gesta de la salvación nacional.


- ¿Qué ha cambiado en Venezuela desde el 4 de febrero hasta el presente? El gobierno asegura que ha dado grandes pasos para resolver la crisis, ¿qué opina al respecto?-


Bueno, primero que nada hay que reconocer que el gobierno y los sectores poderosos de Venezuela sí han dado grandes pasos como ellos dicen… pero han sido pasos hacia atrás, en dirección contraria a una salida. En primer lugar se continúa aplicando un paquete económico de corte totalmente salvaje; un neoliberalismo salvaje que comenzó en 1989 con el tristemente célebre octavo plan de la Nación que provocó la reacción popular del “Caracazo”. En segundo lugar, el Congreso de la Nación cerró casi definitivamente el paso al referéndum revocatorio (del actual mandato presidencial) exigido por toda la Nación a través de distintos medios; cacerolazos, caravanas, manifestaciones, opiniones de sectores intelectuales, estudiantiles, obreros y hasta el sector militar en retiro. En tercer lugar, la cacería de brujas que se ha desatado dentro de las fuerzas armadas y especialmente en el ejército, orientada hacia los oficiales de media y baja graduación. En estos días se ha venido repitiendo el caso de oficiales muy jóvenes, de 21 años, de 23 años, con los grados de teniente o subteniente, que han estado desertando de sus unidades; algunos llevándose armas y solidarizándose con el Movimiento Bolivariano. Otro paso hacia atrás es un plan de represión como política de Estado. El ministro del interior, señor Luis Piñerúa, quien antes del 4 de febrero se presentaba como un gladiador de la lucha contra la corrupción, ahora incorporado al gabinete, se ha olvidado de aquellas listas de corruptos, se ha olvidado de lo que solía llamar “la lucha titánica contra la corrupción”, y se ha dedicado a perseguir estudiantes, a asesinar jóvenes venezolanos, en las calles, en las universidades…Ahora sí, tomando la otra parte de su pregunta, hay que reconocer que han cambiado muchas cosas en Venezuela a partir del 4 de febrero. Principalmente ha habido un despertar de conciencia de todo un pueblo adormecido.


- ¿Y qué salida política proponen ustedes?-


Nosotros proponemos la conformación de un gobierno de emergencia, la aplicación de un programa de transición, la elección de una Asamblea Nacional Constituyente que le restituya al pueblo el poder de constituirse en sociedad.


- ¿Cómo se ubican en relación con otros movimientos militares latinoamericanos del pasado y del presente? Por ejemplo, ¿se identifican con los “carapintadas” de la Argentina o con modelos como el “peruanista” del Velasco Alvarado o el de Omar Torrijos?-


Hay que ubicarse en la realidad de Venezuela. Nada tenemos que ver con lo que fueron las largas dictaduras militares del Cono Sur que violaron los derechos humanos. Los oficiales del ejército venezolano tenemos una tradición de defensa de los derechos populares. Tenemos la referencia histórica del general Ezequiel Zamora, que se llamó general del pueblo soberano. Hay que ubicarse en la realidad del ejército venezolano. A partir de 1974, de las promociones graduadas en 1974, hay una tendencia al estudio de la realidad nacional, un análisis de la situación del país que normalmente no se realiza en otros ejércitos. En términos generales y a partir de esta particularidad de nuestra fuerza podríamos decir, claro, que estamos más cerca de militares patriotas como Torrijos o Velasco Alvarado que de los gorilas del Cono Sur que violaron derechos humanos defendiendo los privilegios.


- Comandante Chávez, habla usted de movimiento cívico militar, las encuestas le atribuyen un alto nivel de popularidad; en caso de que las condiciones fueran propicias, ¿se lanzaría a la conformación de una nueva fuerza política?-


No está dentro de nuestros planes la conformación de un partido político tradicional. Sí aspiramos y lo estamos haciendo – porque es un clamor del pueblo venezolano – a conformar un movimiento de grandes magnitudes, de grandes proporciones…


- Ustedes se llaman “bolivarianos”, ¿qué significa ser bolivariano en la realidad actual?-


Ante todo es bueno enfocar el Bolívar de carne y hueso y no el Bolívar endiosado que nos han presentado historiadores en posiciones interesadas. Bolívar significa hoy – no solamente para el Movimiento Bolivariano, sino para todo el pueblo de Venezuela – una inspiración ideológica, el reencuentro con un proyecto de República que existió algún tiempo y fue sepultado en el siglo pasado por los intereses oligárquicos.


- Comandante Chávez, usted anunció hace unos días la inminencia de un nuevo alzamiento cívico militar, motivo por el cual le han instruido un nuevo sumario. ¿Es verdad, estamos a las puertas de un levantamiento similar al del 4 de febrero? -


Bien, lo primero que debemos precisar es que el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 desea de verdad una salida pacífica a la actual situación nacional. Nosotros no estamos promoviendo soluciones violentas que pudieran degenerar en un conflicto de grandes proporciones. Ahora bien, lo que yo señalé fue precisamente que si esta dirigencia no cede, como hasta ahora no ha querido ceder, pues la situación nacional va a obligar a los sectores o a las fuerzas de transformación a empuñar las armas nuevamente para romper el escenario de dominación y abrir el cauce a la participación de nuevos actores políticos, de nuevos actores sociales.
Traducido por Irene Agoff Amorrortu, Buenos Aires, 2001
Título original: Présentation de Sacher-Masoch.
Le froid et le cruel Editions de Minuit, París, 1967


Prólogo
Los principales datos sobre la vida de Sacher-Masoch provienen de su secretario, Schlichtegroll (Sacher-Masoch und der Masochismus), y de su primera mujer, quien adoptó el nombre de Wanda, heroína de La Venus de las pieles (Wanda von Sacher-Masoch, Confession de ma vie, traducción francesa publicada por Mercure de France). El libro de Wanda es muy be­llo. Los biógrafos ulteriores lo juzgaron con severidad, aunque a menudo se contentaran con plagiarlo. Wan­da presenta una imagen demasiado inocente de sí misma y, como Masoch fue masoquista, se pretendió que ella fue sádica. Pero quizás el problema no esté bien planteado así.
Leopold von Sacher-Masoch nació en Lemberg, Galitzia, en 1835. Sus ascendencias fueron eslavas, españolas y bohemias. Sus abuelos eran funcionarios del imperio a ustroh úngaro. Su padre, jefe de policía de Lemberg. Las escenas de amotinamiento y cárcel que presenció de niño dejaron en él marcas muy pro­fundas. Influye en toda su obra el problema de las mi­norías, las nacionalidades y los movimientos revolu­cionarios en el imperio: cuentos galitzianos, judíos, húngaros, prusianos...
[1] Son frecuentes las descrip­ciones de la comuna agrícola y su organización y de la doble lucha de los campesinos: contra la administra­ción austríaca pero sobre todo contra los propietarios locales. Es un paneslavista deslumbrado. Sus gran­des hombres son Pushkin y Lermontov, además de Goethe. A él mismo lo llaman «el Turgueniev de la Pe­queña Rusia».
Se desempeña primero como profesor de historia en Graz, y comienza su carrera literaria escribiendo no­velas históricas con las que obtiene un éxito inmediato. La mujer divorciada (1870), una de sus primeras no­velas de género, alcanzó vasta repercusión, América incluida. En Francia, las editoriales Hachette, CalmannLévy y Flammarion publicarán traducciones de sus novelas y cuentos. Una de sus traductoras llegó a presentarlo como un moralista severo, autor de nove­las folclóricas e históricas, sin aludir en lo más míni­mo a la entraña erótica de su obra. Es evidente que, atribuidos al alma eslava, sus fantasmas ya no inco­modaban tanto. Y aun es preciso tomar en cuenta una razón más general: por entonces, las condiciones de «censura» y tolerancia eran muy diferentes de las que imperaban en el siglo XIX entre nosotros; la sexuali­dad indefinida, poco detallista en lo orgánico y lo psí­quico, era más aceptada. Masoch habla un lenguaje en el que lo folclórico, lo histórico, lo político, lo místico y lo erótico, lo nacional y lo perverso se mezclan ínti­mamente, formando una nebulosa para los azotes. No le agrada, pues, ver a KrafftEbing servirse de su nom­bre para designar una perversión. Masoch fue un au­tor célebre y respetado. Hizo un viaje triunfal a París en 1886, donde se lo condecoró y recibió la entusiasta acogida de Le Figaro y de La Revue de Deux Mondes.
Son célebres los gustos eróticos de Masoch: jugar al oso o al bandido; hacerse cazar, atar, hacerse infligir castigos, humillaciones e incluso intensos dolores físi­cos por parte de una mujer opulenta envuelta en pieles y empuñando un látigo; vestirse de criada, multiplicar fetiches y disfraces; publicar avisos clasificados, fir­mar «contrato» con la mujer amada y, de ser necesario, prostituirla. Una primera aventura con Anna von Kottowitz inspira La mujer divorciada; otra con Fanny von Pistor, La Venus de las pieles. Luego, una tal señorita Aurore Rümelin se dirige a él en condiciones epistolares ambiguas, adopta el seudónimo de Wanda y se casa con Masoch en 1873. Será su compañera, a la vez dócil, exigente y desbordada. La suerte de Masoch es la decepción, como si el poder del disfraz fuese tam­bién el del malentendido: intenta permanentemente introducir un tercero en su matrimonio, a quien llama «el Griego». Pero, ya con Anna von Kottowitz, un su­puesto conde polaco resultó ser ayudante de farmacia, buscado por robo y peligrosamente enfermo. Con Au­roreWanda, una curiosa aventura parece tener por protagonista a Luis II de Baviera; podrá leerse el rela­to al final de este libro. Una vez más, los desdobla­mientos de persona, las máscaras, las trapisondas de un bando al otro montan un ballet extraordinario que acaba en decepción. Por último, la aventura con Armand, del Figaro —muy bien narrada por Wanda pe­se a lo que el propio lector tenga que corregir—, episo­dio que determina el viaje de 1886 a París pero que se­lla también el fin de su unión con Wanda. En 1887, Sacher-Masoch se casa con la institutriz de sus hijos. Una novela de Myriam Harry, Sonia en Berlín, hace un interesante retrato de Masoch en su retirada final. Muere en 1895, víctima del olvido en el que ya ha caí­do su obra.
Esta obra sin embargo es importante e insólita. Él la concibe como un ciclo o, mejor dicho, como una serie de ciclos. El principal se titula El legado de Caín e iba a tratar seis temas: el amor, la propiedad, el dinero, el Estado, la guerra y la muerte (sólo las dos primeras partes se terminaron, pero los otros temas están ya presentes en ellas). Los cuentos folclór icos o nacionales constituyen los ciclos secundarios. En particular, dos novelas negras que se cuentan entre las mejores de Masoch tratan de sectas místicas de Galitzia y alcan­zan un nivel de tensión y angustia rara vez igualado: Pecadora de almas y La Madre de Dios. ¿Qué significa la expresión «legado de Caín»? En primer lugar, pre­tende resumir la herencia de crímenes y sufrimientos que agobia a la humanidad. Pero la crueldad es tan sólo una apariencia sobre un fondo más secreto: la frialdad de la Naturaleza, la estepa, la imagen helada de la Madre en la que Caín descubre su propio destino. Y el frío de esta madre severa es, en rigor, una suerte de transmutación de la crueldad de la que surgirá el hombre nuevo. Hay, pues, un «signo» de Caín que muestra cómo se debe utilizar el «legado». De Caín a Cristo, el mismo signo desemboca en el Hombre en la cruz, «sin amor sexual, sin propiedad, sin patria, sin disputa, sin trabajo, que muere voluntariamente, per­sonificando la idea de la humanidad». La obra de Ma­soch condensa los recursos del romanticismo alemán. A nuestro entender, jamás otro escritor aprovechó así las potencialidades del fantasma y del suspenso. Ma­soch tiene una manera muy particular, a la vez de «desexualizar» el amor y de sexualizar toda la historia de la humanidad.
La Venus de las pieles, Venus im Pelz (1870), es una de las novelas más célebres de Masoch. Integra el primer volumen de El legado de Caín, acerca del amor. Una traducción debida al economista R. Ledos de Beaufort se publicó simultáneamente en francés y en inglés (1902), pero es extremadamente inexacta. Nosotros preferimos la nueva traducción francesa a cargo de Aude Willm
* Completan este volumen tres Apéndices: uno en el que Masoch expone su concepción general de la novela y refiere un singular recuerdo de infancia; el segundo reproduce dos «contratos» amoro­sos personales de Masoch con Fanny von Pistory Wan­da; en el tercero, Wanda Sacher-Masoch narra la aventura con Luis II.
El destino de Masoch es doblemente injusto. No porque su nombre haya servido para designar el masoquismo, al contrario; sino ante todo porque, a la par que ese nombre entraba en la circulación corriente, su obra iba cayendo en el olvido. Es indudable que sobre el sadismo se publican libros que no revelan ningún conocimiento de la obra de Sade. Pero esto es cada vez menos frecuente. Sade es cada vez más profundamen­te conocido, y la reflexión clínica sobre el sadismo se beneficia singularmente de la reflexión literaria sobre Sade; lo inverso también es verdad. En cuanto a Ma­soch, la ignorancia de su obra resulta sorprendente, aun en los mejores libros sobre el masoquismo. Sin embargo, ¿no ha de pensarse que Masoch y Sade son algo más que simples casos entre otros, y que ambos tienen algo esencial que enseñarnos, uno sobre el ma­soquismo tanto como el otro sobre el sadismo? Una se­gunda razón redobla la injusticia de la suerte de Ma­soch. La de que, clínicamente, sirve de complemento a Sade. ¿No es este el motivo por el que quienes se intere­san por Sade no manifestaron interés especial por Ma­soch? Demasiado de prisa se entiende que basta trocar los signos, invertir las pulsiones y figurarse la gran unidad de los contrarios para obtener Masoch a partir de Sade. El tema de una unidad sadomasoquista, de una entidad sadomasoquista, fue muy perjudicial pa­ra Masoch. Este no sólo padeció un olvido injusto sino también una injusta complementariedad, una injusta unidad dialéctica.
Porque, en cuanto lee uno a Masoch, siente cabal­mente que su universo no tiene nada que ver con el universo de Sade. No se trata sólo de técnicas, sino de problemas, inquietudes y proyectos en extremo dife­rentes. No vale objetar que el psicoanálisis mostró ha­ce tiempo la posibilidad y la realidad de las transfor­maciones sadismomasoquismo. Lo que está en cues­tión es la unidad misma de lo que se da en llamar sadomasoquismo. La medicina distingue entre síndro­mes y síntomas: los síntomas son signos específicos de una enfermedad, mientras que los síndromes son uni­dades de coincidencia o de cruce que remiten a genea­logías causales muy diferentes, a contextos variables. No estamos seguros de que la propia entidad sadomasoquista no sea un síndrome que deba ser disociado en dos genealogías irreductibles. Tanto se nos dijo que era sádico y masoquista, que al final nos lo creímos. Hay que volver a empezar de cero, y hacerlo por la lec­tura de Sade y de Masoch. Puesto que el juicio clínico está repleto de prejuicios, hay que volver a empezar to­do por un punto situado fuera de la clínica, el punto li­terario, desde donde fueron nombradas las perversio­nes. No es casual que el nombre de dos escritores sirva aquí de designador; es posible que la crítica (en el sentido literario) y la clínica (en el sentido médico) es­tén decididas a entablar nuevas relaciones donde la una enseñe a la otra, y recíprocamente. La sintomatología es siempre cuestión de arte. Las especificidades clínicas del sadismo y del masoquismo no son inde­pendientes de los valores literarios de Sade y de Ma­soch. Y, en lugar de una dialéctica que corra a reunir contrarios, deben intentarse una crítica y una clínica capaces de despejar tanto los mecanismos verdadera­mente diferenciales como las respectivas originalida­des artísticas.
[1] Una parte de los Contes galiciens fue reeditada por el Club Fran­cés del Libro (1963).
* Esta edición en castellano no incluye el texto La Venus de las pie­les en la citada traducción de Aude Willm, pero reproduce los tres Apéndices de Deleuze que completaban la edición original. (N. de la T.)



Juan Antonio Rosado
(Texto tomado del sitio en internet del periódico "unomásuno" -"unom@suno en línea"- en la dirección: http://www.unomasuno.com.mx/vernsuple.asp?id=50346, correspondiente al 1 de octubre del 2001)


Al contrario del discurso teológico, el misticismo es una experiencia inefable que sólo se manifiesta con un discurso muchas veces ambiguo y polisémico. Donald Attwater define al misticismo como el conocimiento experimental de la presencia divina, en que el alma tiene, como una gran realidad, un sentimiento de contacto con Dios. Es un movimiento espiritual ascendente, que lleva al hombre a la inefabilidad del éxtasis, a la experiencia de la otredad. En la mística se busca la unión más allá del límite que fija la identidad para perderse en una continuidad impersonal y trascendente con lo Otro. Pero: ¿por qué todos o la gran mayoría de los escritores místicos han comparado esa pérdida con la relación amorosa?


Mística posee la misma raíz que misterio, y es el misterio de la unión sexual humana quizá el más antiguo e indescifrable, no sólo por sus consecuencias en el campo de la fertilidad, sino en el mismo hecho del placer como algo cuya materialidad nos conduce a algo paradójicamente inmaterial e inefable. El misterio sigue siéndolo como absoluta inaccesibilidad, y su revelación no se hará por medios racionales; es interrogación abierta que escatima la mesura y el límite: no es un problema que pueda solucionarse con la inteligencia. La suma de contradicciones y paradojas, en el misticismo –como lo advierte Ramón Xirau–, anula toda significación y razón al pretender recuperar la totalidad en la otredad como misterio.


San Juan de la Cruz utiliza las paradojas como reunión de contrarios que en su misma contradicción anulan la palabra común para resaltar la palabra auténtica, esencial. Georges Bataille advierte que Hegel, en parte, extrajo de un místico como el maestro Eckhart no sólo sus conocimientos de teología, sino el mismo movimiento dialéctico que, por cierto, ya se había manifestado explícitamente desde el Rig Veda unos mil 500 años antes de Heráclito. En el Bhagavad-Gita todos los contrarios se hacen presentes cuando Arjuna contempla a la divinidad: un Ser en el que está todo: negación y afirmación, creación y destrucción. Krishna le aconseja a Arjuna que mate porque ese es su dharma, su deber como soldado, aunque en el otro bando estén sus mismos parientes.


Prostitución sagrada


En la búsqueda de la unión espiritual y del amor de Dios, hubo procedimientos muy vinculados a un arte erótica, entre los cuales destacan los fenómenos del éxtasis. Las hieródulas babilónicas de los templos, que permitían que todo extranjero gozara de sus cuerpos en el mismo espacio sagrado, lo sabían muy bien, como también los sacerdotes, ya que la unión mística ha sido simbolizada por medio de la intensidad e inefabilidad de los placeres mundanos y, sobre todo, con el placer más poderoso: el placer sexual. En Babilonia, las mujeres consagradas al templo eran esposas de la divinidad y, entre ellas, las hieródulas o cortesanas sagradas (gadishtum, en acadio; Nu.Gig, en sumerio) se dedicaban a la prostitución sagrada. La prostitución es el hecho de ofrecer al deseo. Antes del cristianismo la religión podía regularla y, en ese sentido –advierte Bataille– llegó a ser sagrada, como en efecto ocurrió en Babilonia y en el sur de la India, donde el acto sexual era comprendido como unio mystica con la gran diosa. Frazer escribe que, al parecer, en Chipre las mujeres, antes de casarse, tenían que prostituirse con los extranjeros en el santuario de la diosa Afrodita o Astarté. Al provocar el deseo de los hombres, Dios se entrega a quienes lo deseen: es una prostituta, al igual que el arte. Para comprender mejor estas ideas establezcamos paralelismos con ciertas imágenes en algunas obras de la literatura antigua y comparémoslas con obras del siglo XX donde hay sorpresivas coincidencias místicas. En la mitología hindú, Krishna, uno de los múltiples avatares del Alma Universal o Absoluto, hace el amor con su pastora favorita, Radha, en el Gita Govinda (siglo XII), de Jayadeva. Si bien para algunos sanscritistas, como Fernando Tola, el Gita Govinda es un poema esencialmente erótico, centrado en lo físico, en el que contemplamos los placeres que preceden a la unión sexual descritos por tratados técnicos como el Kama sutra, no debe olvidarse que Krishna es Dios, y en ese sentido es más factible la interpretación mística de este poema que del Cantar de los cantares, de Salomón, producto, según algunos, de la influencia de la tradición religiosa y erótica hindú sobre la civilización hebrea hasta el segundo milenio a.C., influencia testificada arqueológicamente. De hecho, este texto ha sido comparado en más de una ocasión con el Gita Govinda. En el Cantar..., cuyo sujeto y sentimiento dominante es el de una mujer, se expresan los amores de una pareja. Fue el rabino Akiba quien, gracias a su interpretación del poema salomónico como una alegoría mística, contribuyó a dar fin a la polémica en torno a esta obra en cuanto a que si era factible incluirla o no en la Biblia. Afortunadamente, fue incluido en ese libro, ya que es el único texto en la Biblia donde se representa el placer de la unión amorosa y donde no surge el androcentrismo característico de una religión patriarcal y excluyente. Gracias a la interpretación alegórica, San Agustín podrá exclamar: Conoce, oh alma, a tu esposo, abraza el deseado, embriágate con la corriente de sus afluentes gustos, chupa la leche dulce y miel sabrosa de los divinos pechos. Para Fray Luis de León el Amado es todo él deseo y por ello la mujer convida por todas partes a que le deseen y se pierdan por él los que le ven. Tal es mi amado y tal es mi querido, hijas de Jerusalén, como si añadiendo dijese: por que veáis si tengo razón de buscarle y de estar ansiosa en no hallarle. Fray Luis, al analizar esta parte del Cantar..., asocia el deseo a la percepción visual. Dice el erudito que el ánima del amante vive más en aquel a quien ama, que en sí mismo, y que verdadero amor no espera ser convidado primero, antes él se convida y se ofrece, como también ocurre con Krishna, que no sólo ejerce el erotismo con Radha –la cual, por cierto, no es su esposa–, sino que también copula con cientos de pastoras en el Bhagavata Purana, hecho que ha sido interpretado como la unión de las almas con lo Absoluto. Algo similar ocurre tanto en la novela como en la película Teorema, de Passolini, donde una extraña divinidad (el huésped) anunciada por Argelino (el ángel de la anunciación) hace el amor con una familia burguesa: se da el toque divino, la irrupción de lo sagrado, pero cuando Dios se va de la casa cada uno de los miembros de la familia llega al delirio, empieza a descomponer el ideal que compartió con el invitado a causa de la crisis espiritual que lo domina: cada uno empieza a buscar a su manera al huésped, el cual los ha dividido y abandonado en su soledad. Se trata de un teorema metafísico. Los integrantes de la familia cruzan la orilla de la razón hacia el delirio, pero Dios nunca regresa porque ellos nunca lo reencuentran. Sólo la criada, que empieza a realizar milagros y asciende al cielo en cuerpo y alma para después retornar a la tierra, posee una superioridad espiritual con respecto al resto de la familia, ya que nunca traicionó a Dios.


Extasis: salir del Yo


La interpretación mística de textos eróticos como el Cantar de los cantares –clara influencia en Teorema–, el Bhagavata Purana o el Gita Govinda, donde aparece el amor e incluso las sucesivas relaciones sexuales de Dios con la mujer, demuestra la validez de la asociación entre la pérdida en lo impersonal y el placer mundano. Y es que la unión en el orgasmo es acompañada por un desprendimiento que desintegra la mente y absorbe el cuerpo hasta fulminarlo en la continuidad de la impersonalidad y olvido de sí. El placer nos precipita a ese olvido de la razón para hacernos entrar en el desorden, en lo irracional. Si la memoria establece una continuidad del yo, el orgasmo como olvido del yo es desintegración de la identidad, pérdida en la continuidad con lo absoluto, con lo Otro. Sobre el orgasmo, dice un personaje de Henry Miller (Van Nodern): Por un segundo, me destruyo a mí mismo. En esos casos ni siquiera hay un yo mío [...] Es como recibir la comunión. [...] por unos segundos tengo una agradable sensación de ardor espiritual. No es propio de Miller comparar el orgasmo con la comunión, aunque otros autores o tradiciones van más lejos al compararlo e incluso realizarlo como símbolo de la unión o la fusión con Dios. La trascendencia que implica la unio mystica se expresa por medio de la representación del erotismo ritual; la transgresión, por su parte, hace que el lenguaje se movilice de modo simultáneo hacia lo obsceno y lo divino, mediante un discurso polisémico, ambivalente. La unión erótico-amorosa ha sido el único símbolo de la unio mystica utilizado por prácticamente todas las tradiciones místicas, incluida la cristiana, y a diferencia de cualquier otro símbolo sagrado, la sexualidad inmanente en el amor y en el erotismo es universal y ahistórica: el humano jamás ha podido prescindir de ella, y cuando lo ha hecho con ejercicios del ascetismo, recurre a metáforas o alegorías para hallar una vía que permita expresar la inefabilidad de la continuidad del ser, de la participación de Dios por medio de su símil con el acto amoroso. En el Chando-gya-Upanisad se compara el acto sexual con un sacrificio, pero además hay una afirmación del deseo sexual: Es el coito lo que se encuentra en la sílaba OM. Cuando se realiza el acto sexual cada una de las partes realiza el deseo de la otra. OM es una fórmula sagrada que representa lo Absoluto.


A Bataille le parece cómico que tanto el erotismo como el misticismo lleguen a utilizar las mismas palabras e imágenes y, sin embargo, se ignoren, ya que, para él ¡no hay pared medianera entre erotismo y mística!, si bien la experiencia mística se logra plenamente, mientras que el exceso erótico puede desembocar en la imposibilidad de seguir. Aun así, Bataille explica que la experiencia erótica es quizá cercana a la santidad en su intensidad extrema. Tanto en los trances místicos como en el orgasmo se opera un desbordamiento de una alegría de ser infinita, y la única diferencia entre la experiencia mística y la erótica radica en que en el místico todo se reduce a la conciencia, sin intervención voluntaria de los cuerpos. La exaltación sexual y la mística propician la anulación del yo y lo impersonal desconoce el sentimiento de posesión: el ser se abandona. Eckhart era enfático al hablar de la liberación del yo: sólo quien se libera del yo es dueño de sí. Este olvido es también suscitado por el orgasmo –llamado en francés petite mort–, acto en que culmina la experiencia erótica.


Desintegrarse o integrarse en la atemporal impersonalidad que produce el éxtasis –palabra que significa estar fuera de sí– se llega a convertir en deseo irreprimible. Cuando se rompen las normas del Tiempo –afirma Ramón del Valle-Inclán en La lámpara maravillosa–, el instante más pequeño se rasga como un vientre preñado de eternidad. El éxtasis es el goce de sentirse engendrado en el infinito de ese instante. En El Baphomet, al referirse a la estatua de Santa Teresa, Pierre Klossowski habla del éxtasis en estos términos: Fuera de sí, el interior convertido en exterior, desplegados los pliegues del alma en las fijas volutas de mármol. Extasis significa también desplazamiento, cambio, delirio o incluso la excitación producida por bebidas. La experiencia extática era siempre –sin importar que fuera un hecho individual o colectivo– el punto culminante de los misterios. En sus orígenes, la palabra ek-stasis se aplicaba en los misterios dionisiacos –colectivos, a diferencia de los iatromantes o extáticos solitarios, relacionados con Apolo Hiperbóreo– para designar el estado de delirio o extravío de los bacantes (hombres y mujeres) cuando Dionisio se apoderaba de su ser tras los ritos en que comulgaban con él al comer carne cruda (sobre todo del macho cabrío). En el mundo judío existían los Nebi’im (profetas, según la traducción de los 70 sabios), a quienes –dice loan Couliano– se ha comparado con los bacantes por sus experiencias frenéticas. En la mística el éxtasis es la irrupción de la divinidad y el arrobamiento del alma, unida a su objeto, porque, como dice Fray Luis, mi alma, muchas veces es lo mismo que mi afición y mi deseo. Pero a veces el objeto del deseo, del alma, es el propio sujeto, como ocurre con los místicos hindúes de la inmanencia; entonces se habla de éntasis, lo opuesto del éxtasis, donde de cualquier modo ya no hay sujeto-objeto: ambos se disuelven, han perdido su existencia distinta.


El éxtasis de la creación


Por su parte, la experiencia artística ha sido también tema de los escritores místicos. En principio, todo lo que las grandes religiones consideran como sagrado se fundamenta en libros, mitos o relatos, es decir, en representaciones. En la contemplación del arte sujeto y objeto se vuelven uno, como el amado y la amada. La vía contemplativa de los místicos se traduce en el voyeurismo como ritual. La vía contemplativa, al igual que las vías imaginativas (el acto imaginativo –dice Xirau– remite a una experiencia sensible previa) y descriptiva (la percepción de la imagen con los sentidos) son medios para acceder a la vía unitiva o unio mystica, representada a veces por el simple e improductivo orgasmo, después del cual se pasa nuevamente a la apertura, a lo Abierto para repetir el rito erótico y el éxtasis en el orgasmo. La paradoja es que la materia corporal conduce, en el erotismo, al vacío de imágenes. Un místico alemán de la Edad Media, Suso –discípulo del maestro Eckhart– nos habla del sentido vacío de imágenes en el éxtasis.


Aschenbach, en La muerte en Venecia, piensa que aquel que se esfuerza por alcanzar lo excelso nota el ansia de reposar en lo perfecto. ¿Y la nada no es acaso una forma de perfección? Esta perfección, donde se han unido los contrarios, se inició en la vía contemplativa, puesto que, ya desde ahí, surge la transformación del sujeto y del objeto. En la novela La vida interior, de Alberto Moravia, Desideria –casi siempre en compañía de la Voz que le dictaba la transgresión y la profanación desde la óptica de un misticismo revolucionario–, al comparar la manipulación devota que Erostrato hacía de su cuerpo virgen y bello con la de un sacerdote que prepara el altar antes de celebrar el rito, advierte que el hombre se dejó arrebatar por una contemplación casi religiosa. A través de la contemplación nos continuamos en la otredad porque ese perfeccionamiento implica el éxtasis, la impersonalidad y, como dice Bataille, la indiferencia por lo que pueda suceder, ya que se trata de una beatitud, de una soberanía que revela lo imposible y donde El objeto de la contemplación, al volverse igual a nada (los cristianos dicen igual a Dios), aún parece igual al sujeto que contempla.


Pero: ¿dónde está el vínculo propiamente dicho entre la experiencia extática y la artística? Si el impulso del artista es comunicar, es indispensable la contemplación, aunque sea de un solo espectador. En la experiencia estética puede haber también éxtasis. El artista posee un impulso hacia la perpetuación y la comunicación. El placer de exhibirse es el de anular la individualidad, objetivarse para sentir la continuidad del ser.


Pero si el artista desea comunicar, el místico en general carece de esa voluntad porque su experiencia es interior, aunque, por un lado, muchos místicos comunican sus experiencias (Raimundo Lulio, Ruysbroeck, San Juan de la Cruz, Teresa de Avila, Miguel de Molinos, los hindúes Kabir y Mira Bai, o los poetas místicos sufíes, entre innumerables nombres), y, por otro, el espectador ajeno al proceso creativo y, por tanto, el artista como espectador de su obra, son susceptibles de mantener una experiencia extática, salir de sí. En realidad, el artista, al crear, se coloca fuera de sí, hace suyo lo que ve y se hace prisionero de su creación: sobrepuja todos los exteriores sentidos, como sostiene Miguel de Molinos al referirse a la contemplación. El jesuita herético vincula su quietismo con la contemplación. Muy alejada de eso, para la iglesia los modos de comunicarse con Dios eran sólo la meditación y la oración. Al incitar al abandono, a la aniquilación del yo, Molinos desobedece esas leyes. Lo que Pierre Klossowski denomina orgasmo del espíritu, es un éxtasis que va más allá de la carne como conciencia de algo pasado en el momento en que el espíritu cree captarlo en la palabra: el éxtasis se da en la representación. En su novela Roberte esta noche, se expresa la experiencia del éxtasis como una operación que disocia el alma del cuerpo y el espíritu del alma, de modo que la sustancia razonable pierde su incomunicabilidad personal –se hace común– y la persona actual queda suspendida. No es otro el deseo de Cesare Pavese: negar el mundo del tiempo, pues Para que una experiencia tenga un valor metafísico debe huir del tiempo y tender hacia el éxtasis: Nuestro esfuerzo incesante e inconsciente es un tender hacia fuera del tiempo, al instante extático que realiza nuestra libertad. Si etimológicamente, existir es estar puesto fuera de la esencia, entonces el deseo es dejar de existir para recobrar esa esencia mediante la acentuación, hasta el paroxismo, de lo humano, de la demasiada humana materialidad corporal.


En cuanto a Bataille –para quien Dios ha muerto– la experiencia ateológica carece de cualquier objetivo. Para él, el último móvil es el no-móvil, lo Absoluto es el no-saber y no la constitución de otro orden. La única salida del no-saber es el éxtasis, aunque el movimiento anterior al éxtasis del no-saber es el éxtasis ante un objeto; pero al fusionarse y desaparecer el sujeto y el objeto, lo que permanece es el no-saber o la noche. Por ello el autor francés no está de acuerdo con la palabra místico. Para él la experiencia interior (los estados de éxtasis) es una experiencia desnuda, exenta de ataduras con cualquier confesión e incluso carece de origen; por tanto, la experiencia carece también de finalidad. Lo que Bataille califica de operación soberana no se subordina a nada y es indiferente a los efectos que se pueden derivar de ella. La existencia soberana, la pérdida inútil del excedente de energía, no se separa de lo imposible, de lo ilimitado (lo posible es un límite). El amado huye siempre en un poema de San Juan, donde la mujer –el alma– lo busca. Pero si el místico tiene ante Dios la actitud de súbdito, de siervo, en cambio, quien pone el ser ante sí mismo –dice Bataille– tiene la actitud de un soberano. Sólo un soberano conoce el éxtasis, a no ser que sea Dios quien lo conceda. La experiencia interior de Bataille –ateológica– es independiente de aquello a lo que los místicos la ligan. Como no hay Dios ni elementos mágicos, el misticismo plasmado por el escritor del siglo XX es en general un misticismo ateológico en el sentido de que, como en Bataille, es asistemático y no proviene de una revelación sobrenatural. La Voz que se escucha en La vida interior, de Moravia, carece de omnisciencia y desemboca en la ambigüedad en tanto posibilidad de ser interpretada como manifestación de locura. Pero, a pesar de todo esto, existe la vivencia interna. Dice Bataille: dispongo, si quiero, de estados místicos, pero a la vez opone a los misticismos la lucidez de la conciencia de sí mismo, que tiene por objeto la interioridad y, por tanto, no está subordinada al futuro, a un fin. La experiencia interior es ampliación de las posibilidades humanas hasta su límite y por ello todo apego, ya sea a un Dios, a los proyectos o a la moral, es un tipo de servidumbre, aunque Desideria, en La vida interior, llegue a servir a una supuesta Revolución, que en realidad es una voluntad de transgresión. Lo posible se experimenta siempre en el exceso y la experiencia interior no tiene otra salida que el éxtasis, donde el ser está en nosotros por exceso, de tal modo que parece que morimos. Al no haber Dios como ser sobrenatural, la experiencia mística de Bataille carece de utilidad. Esto es notorio en novelas como Madame Edwarda e Historia del ojo. También Salvador Elizondo y García Ponce conciben el erotismo místico desde una experiencia ateológica. El arte, pues, carece de utilidad en tanto palabra esencial. Así como los místicos niegan cuanto pertenece al mundo para que el alma alcance la sabiduría divina y el silencio, así el Arte niega la contingencia y se la apropia para que en el silencio lo contemplemos. Y así como el místico atribuye a Dios todo lo que es perfecto y elimina de éste todo lo negativo, todo el error (vías atributiva y negativa), el artista y el espectador percibirán el arte en términos semejantes: en el arte hay renuncia de la vida en el momento de su creación o de su goce, de modo que el contemplativo puede decir, con San Juan: Entréme donde no supe..., o Vivo sin vivir en mí.


La transformación de la amada en el Amado en San Juan de la Cruz es expresión del amor al otro como algo sagrado e intemporal. En el inicio de Noche oscura la mujer va en busca del máximo placer, que, como dice Nietzsche, quiere profunda, profunda eternidad. Eso es el cielo para los cristianos. Para el autor de un Kama Sutra español del siglo XVII –un morisco expulsado en 1609 que se exilió en Túnez–, el placer sexual nos lleva a la unión transformante con Dios. Este morisco nos aconseja que en el momento de introducir el pene, exclamemos: bismi illahi, que significa en el nombre de Dios, frase con que inicia el Corán. Una de las fuentes de este Kama Sutra fue un místico sufí apodado Zarruq, muy versado en el arte erótico con una visión espiritualizante que el Islam favorece, en contraste con la moral cristiana y a pesar de que el Islam considere a la mujer como un ser inferior. Y es que el Corán no reprime el placer carnal. Para el poeta místico sufí, Ibn Arabi (ca. 1215), su amada Nizam es alegoría del mismo Dios. Sus versos, como los de San Juan, son delirantes, al grado de que la arabista Annemarie Schimmel comenta que la poesía sanjuanista parece obra de un sufí. Tanto Ruysbroeck como Raimundo Lulio y su Art amativa son considerados como influencias de San Juan de la Cruz y de Santa Teresa. Pero es interesante advertir que Lulio, considerado por Helmut Hatzfeld como un sufí cristiano, haya sido un eslabón entre el misticismo musulmán de los sufíes y el cristiano. Lulio no sabía latín, pero podía escribir y leer en árabe. El jardín perfumado, de Nefzawi es otro ejemplo de tratado erótico espiritualizante en el mundo árabe. Incluso el Speculum al fodere (Espejo del coito), texto anónimo catalán, es un ars amandi sexual semejante a los tratados hindúes o árabes, anterior al Kama Sutra español, lo que implica que en la España medieval sí existió una tradición de literatura erótica, olvidada por años. Y si bien la fertilidad es tomada en cuenta y de ahí que estos tratados se refieran a relaciones heterosexuales, en el seno del heteroerotismo, y rechacen la sodomía, ello no impide que Zarruq le dé un lugar a la anticoncepción y hasta dé un consejo para lograrla si se desea. Asimismo, no debe olvidarse –como afirma Luce López-Baralt– que la contextualidad más significativa de los tratados eróticos de aquella época sobre el arte del amor sexual fue oriental antes que ovidiana, incluso en el Libro del buen amor, de Juan Ruiz. En otras palabras, los autores eróticos españoles –incluido San Juan, que le dio la espalda a la literatura española– recibieron más influencia oriental que de Ovidio, lo que implica que no hubo ninguna disociación de la vida erótica y la espiritual; al contrario: el placer sexual es interpretado, en el Kama Sutra español, como un anticipo del Paraíso y de la contemplación de Dios. En San Juan, por su parte, hay una anulación del espacio-tiempo, de las identidades individuales y de la razón lógica.


Por todo lo anterior no coincido con Jorge Guillén cuando, en Lenguaje y poesía, afirma que la trascendencia simbólica de los versos de San Juan es una trascendencia dentro del orden profano porque El lector, a solas con ella, no puede pasar al orden sagrado. Ahí, entre tales símbolos, no da lugar la alegoría que el autor, y sólo el autor, señala, porque sólo existe en su ánimo privado, y no de modo objetivo en el texto. Por una parte, Guillén reduce el terreno de lo sagrado al excluir el erotismo; por otro, no toma en cuenta los títulos asignados por el poeta a sus poemas, títulos que no dejan de ser parte del poema. Pero además –quizá lo más importante– a Guillén se le escapa el hecho de que, como dice Heidegger, la obra artística hace conocer abiertamente lo otro, revela lo otro; es alegoría. Amén de las interpretaciones en prosa que el mismo San Juan otorga, en su poesía hay una búsqueda de eternidad, de trascendencia. El verso sanjuanista Gocémonos, Amado se traduciría hoy por hagamos el amor, Amado. Hay síntomas claros de lo Otro, del ámbito sagrado. El misticismo, en definitiva, se aproxima al erotismo que la moral cristiana –influida por el platonismo y por los médicos griegos– lanzó al mundo profano al hacerlo culpable, y así se aleja de la sexualidad lícita, la que el cistianismo permite sólo en el seno del matrimonio y únicamente para reproducirnos, aspecto negado por las artes eróticas de Oriente. En la contemplación de lo divino –más allá de cualquier dios– nos descubrimos, no seres en el mundo, como quiere Heidegger, sino uno con el Ser (o con la Nada) en la inmaterialidad e impersonalidad del espíritu que surge de la materia corporal y que en la literatura místico-erótica se expresa con el cuerpo de palabras •

Juan Antonio Rosado (México, 1964) es ensayista, cuentista, investigador y profesor de literatura. De sus obras destacan: Bandidos, héroes y corruptos y El Presidente y el Caudillo. Fue becario del FONCA durante los años 1997-1998 y 1999-2000. El año pasado obtuvo el Premio de Ensayo Juan García Ponce.

Reseña
Juan Antonio Rosado (México, 1964) es doctor en letras por la UNAM. Además del presente tomo, es autor de los libros de ensayo Cómo argumentar (Editorial Praxis, 2004), El engaño colorido (2003), Bandidos, héroes y corruptos (2001), El presidente y el caudillo (2001) y En busca de lo absoluto (2000) y del volumen de cuentos Las dulzuras del limbo (Editorial Praxis, 2003). Colaboró como investigador en el Diccionario de literatura mexicana, siglo XX (2000, 2004). Ha publicado en las antologías Los mejores cuentos mexicanos (2001) y La escritura cómplice: Juan García Ponce ante la critica (1997). Fue dos veces becario del Fonca (en cuento y ensayo). En 2000 obtuvo el premio de ensayo Juan García Ponce, del Instituto de Cultura de la Ciudad de México. Ha sido profesor de literatura y redacción en más de diez instituciones. En la actualidad, es profesor de asignatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y el Centro de Cultura Casa Lamm.

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Erotismo y misticismo: la literatura erótico-teológica de Juan García Ponce en un contexto universal no escatima el análisis de la generación a la que pertenece García Ponce, ni la contextualidad literaria de su obra (influjos de autores universales); constituye un ensayo original en tanto que el acercamiento a la obra del escritor se lleva a cabo desde distintos enfoques, sin perder su unidad: el problema estético de la representación, el estudio pormenorizado del erotismo, el análisis del discurso de la transgresión, la fenomenología del personaje femenino, la irrupción del elemento sagrado y del misticismo, así como una reveladora lectura —basada en la misma poética del autor— del gnosticismo y otras corrientes filosóficas y religiosas. Todos estos rubros se hallan íntimamente relacionados. Juan Antonio Rosado ha realizado uno de los trabajos más completos sobre el tema.
Armando Pereira


Las dulzuras de Eros y otras transgresiones

1. ¿Por qué el interés en el erotismo? ¿El amor no es un tema agotado?


El interés radica en que el amor y el erotismo son fenómenos culturales y, como decía Terencio en El atormentador de sí mismo: "Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno". Por otro lado, en tu pregunta planteas dos conceptos que, en lo personal, no considero sinónimos. En principio, habría que distinguir entre el amor y el erotismo. Ambos fenómenos parten de la sexualidad humana, y digo "humana" porque la sexualidad existe en todo el reino animal y aun en toda la naturaleza. La sexualidad abarca la mente y el cuerpo y es básicamente un fenómeno biológico, químico, natural. Sin ella no habría reproducción ni instinto ni prurito de cercanía con el otro. Ahora bien, el erotismo es un fenómeno exclusivamente humano, al igual que cualquier otro fenómeno cultural. No se trata de la mera satisfacción de un instinto sexual, ni tampoco de considerar la sexualidad únicamente en sus fines reproductivos, como lo hace el cristianismo paulino en sus orígenes y todavía muchos que pretenden seguir estos preceptos fielmente. Al contrario, al erotismo -que fue condenado por esta religión- no le interesa la reproducción, sino el goce imaginativo, sensual y racional de la sexualidad. El erotismo es a la sexualidad lo que la gastronomía al instinto alimenticio. El ser humano, mediante su raciocinio y su imaginación, transforma , modifica radicalmente los elementos naturales. Un perro puede conformarse con un trozo de carne cruda y con una cópula rápida para satisfacer sus instintos y reproducirse. La gastronomía y el erotismo van más allá. Así como los seres humanos inventamos recetas y aderezamos la carne, es decir, la transformamos en un platillo, lo mismo hacemos con la sexualidad al transformarla en erotismo. En otras palabras: el erotismo es la sexualidad transfigurada mediante la razón, la imaginación, la sensibilidad, la cultura, y por ello es esencialmente estéril: su fin inmediato no es la reproducción, aunque ésta pueda darse. Es lo mismo que ocurre con el lenguaje: una cosa es el lenguaje con un mero fin comunicativo (como el de las ballenas o como el que usamos para pedir algo en la tienda) y otra cosa es la literatura, que transforma el lenguaje en arte; lo mismo ocurre con los sonidos con respecto a la música, con los trazos con respecto a la pintura o con los movimientos del cuerpo con respecto a la danza. La literatura, la música, la pintura, la danza, el erotismo son únicamente humanos porque transforman los signos naturales. Si hablamos de "danza" en el reino animal es una mera sobreinterpretación humana. La danza de cortejo de ciertas aves o la manera de copular de las especies animales no cambia ni ha cambiado nunca: se ha mantenido igual durante milenios y posee un fin que no es otro sino la satisfacción de un instinto. Por ello la homosexualidad puede darse y se ha dado de hecho en el reino animal. El erotismo entonces es un fenómeno cultural ; por lo tanto, eminentemente humano. El juego de caricias, miradas, posiciones sexuales, perfumes, así como el hecho de retardar la eyaculación para aumentar el deseo, por ejemplo, van más allá de la reproducción animal y de la mera satisfacción de un instinto. Las culturas orientales, como la hindú, la japonesa, la china y también la egipcia antigua y la árabe tuvieron sus artes eróticas , libros o manuales en los que se habla del goce sensual, y muchos de ellos aconsejan métodos anticonceptivos para no procrear y dedicarse al placer. Pasando ahora al tema del amor, hay que destacar que una relación erótica no necesariamente incluye el amor; y el amor, por su parte, no necesariamente incluye el erotismo. Se puede tener una relación erótica con una prostituta o con una amiguita o amiguito sin necesidad de amarlos, y se puede amar a un hermano, a un hijo, a una madre o a una esposa sin tener que mantener relaciones eróticas con ellos, ¿no es así? El amor es un sentimiento, una emoción de afirmación, de aceptación plena del otro . No me refiero específicamente al amor-pasión, de corte narcisista, con el que amamos la idea que nos hicimos del otro y no al otro tal como es, sino al amor entendido en su sentido más amplio. Ahora bien, cuando se ama a la pareja erótica, entonces se conjugan estos dos fenómenos de la sexualidad humana: el amor y el erotismo. Por último, para responder cabalmente tu pregunta, en la medida en que el amor es un tema cultural, humano, no sólo es inagotable, sino que es, al igual que la muerte, uno de los ocho o nueve grandes temas que se han tratado de diversas formas en la literatura y en el arte universales de todos los tiempos. De hecho, para algunas culturas, el amor ha sido considerado una locura y por eso se ha contrapuesto al matrimonio como contrato.
2. ¿Cuál es la conexión del amor y del erotismo con la mística?


Sin dudas, el éxtasis, es decir, la impersonalidad, el hecho de salir de nosotros mismos, aniquilando el egoísmo y el individualismo, para unirnos al otro, llámese como se llame. Los grandes místicos de todas las tradiciones religiosas han tratado de encontrar metáforas para describir esa sensación de éxtasis. Algunos recurren a la imagen de la embriaguez; otros, al erotismo o al sentimiento amoroso. Éxtasis no es otra cosa que salir de sí . Es una experiencia en la que dejamos de ser como individuos para sentirnos uno con el otro o con el universo entero. Teológicamente, aunque el cristianismo se haya autonombrado "la religión del amor y del perdón", es en verdad una religión anti-mística, pues para ésta Dios es personal, no impersonal; por lo tanto, como afirma el autor cristiano Denis de Rougemont, ninguna unión sustancial con ese Dios es posible, de ahí que las almas sigan siendo individuales después de que los cuerpos murieron; de ahí el concepto cristiano de los "cuerpos gloriosos". Incluso las tres personas de la Trinidad son masculinas (el espíritu es neutro en griego, pero los médicos anteriormente empleaban la palabra pneuma para designar el semen, que es masculino). En cambio, en el hinduismo, por ejemplo, tú eres Dios porque Dios no es personal, sino impersonal: es TODO, absolutamente todo el universo: lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, lo masculino y lo femenino. Entonces, después de reencarnar un determinado número de veces, se alcanza una perfección tal que simplemente ya no reencarnas: te unes sustancialmente a lo Absoluto. En ese sentido, el hinduismo es una religión erótica en que el misticismo puede caber perfectamente: se pretende una unión sustancial con el otro y el yo se convierte en otro. El cristianismo, en cambio, es teológicamente anti-erótico porque el alma sigue siendo individual después de la muerte y además puede ser condenada por toda la eternidad debido a sus pecados. En realidad, poetas místicos cristianos como Juan de la Cruz o Teresa de Ávila, que dicen: "la amada en el amado transformada" son -teológicamente, insisto- herejes: para ellos hay éxtasis, fusión, unión sustancial con el otro.
3. ¿Qué autores o artistas de este país te parecen exponentes del erotismo místico?


Más que de artistas o de autores, sería mejor hablar de obras. En materia de literatura, sin duda José Juan Tablada, con su poema erótico "Misa negra", o Efrén Rebolledo, con poemas como "Ante el ara", "Santa Teresa" o "El beso de Safo". Posteriormente, en narrativa, tres de los autores que han vinculado con gran fortuna el erotismo y el misticismo son Juan García Ponce, Salvador Elizondo e Inés Arredondo. Los tres son, en buena medida (mucho más Elizondo) herederos de la concepción erótica de Georges Bataille, quien distinguía entre el erotismo de los cuerpos, el de los corazones (o sea, la pasión amorosa) y el sagrado.
4. ¿Cómo es el erotismo en los tiempos de Google? ¿Sigue siendo transgresor?


Cuando hablamos de transgresión necesitamos, sin duda, un referente. ¿Trasgresión en relación con qué? ¿Transgresión de qué? El erotismo nunca fue transgresor en ciertos ámbitos de las llamadas religiones paganas ni en las orientales. Pensemos, por ejemplo, en el culto a Afrodita, aunque sí haya sido transgresor con respecto a la cotidianidad y al mundo del trabajo, que es eminentemente profano y no sagrado. En el judaísmo, el rabino Akiba sobreinterpretó el Cantar de los cantares como una alegoría y por ello este poema se mantiene como parte de la Biblia , libro esencialmente patriarcal, con un Dios masculino. Cuando hablamos de cristianismo ya cambia la cosa. Aunque haya cristianos progresistas e inteligentes en la actualidad, como la monja Ivone Gebara, esta religión en verdad desacralizó la sexualidad humana, restringiéndola a un mero fin reproductivo dentro del matrimonio; desacralizó a la naturaleza: dejó de haber árboles sagrados, piedras sagradas, etc. Y aunque haya cristianizado los elementos paganos que le convino, como el culto al Sol en el solsticio de invierno, que se transformó en la navidad, al desacralizar la sexualidad considerándola como impura, el cristianismo la condena cuando carece de un fin reproductivo. Lee La bruja de Jules Michelet; lee la Historia sexual del cristianismo, de Deschner o la Historia de la sexualidad, de Foucault. Los testimonios de anti-erotismo, misoginia, machismo exacerbado, pudor rídículo ante cuestiones sexuales, represión, odio al cuerpo (a tal grado de que en la Edad Media prácticamente nadie se bañaba) son tan numerosos, que podrían abarcar una enciclopedia entera. El erotismo es absolutamente transgresor desde un punto de vista judeo-cristiano, porque esta postura declara que el hombre es rey de la creación; que la mujer nació del varón (de una de sus costillas) y por lo tanto debe someterse a él; que el varón debe estar siempre sobre la mujer en la posición sexual; que la sexualidad humana sólo sirve para reproducirnos ("Creced y multiplicaos"... Incluso Jesucristo seca una higuera porque no daba frutos, aun cuando no era época de higos...). Esta concepción castrante del mundo ha llegado a lo más anti-erótico y grotesco: la sábana con el agujerito para que los cuerpos no puedan ni siquiera tocarse.
5. ¿Cuál es la diferencia entre una representación erótica y una pornográfica? ¿Cuál tiene mayor cabida en nuestra sociedad?


Yo no estoy de acuerdo con los autores que no distinguen entre pornografía y erotismo ni en los que dicen que la pornografía es el erotismo de los demás. Independientemente de su etimología y de la manera en que empleó la palabra "pornografía" Restif de la Bretonne (el que la inventó en el siglo XVIII), para mí las representaciones pornográficas carecen de un valor estético precisamente porque su único interés es mostrar la genitalidad, la unión sexual sin ningún otro fin. Más que representación, hay presentación, como ocurre en la exposición-reportaje de un crimen, sin ningún tipo de recreación. Tampoco estoy de acuerdo con quienes afirman que el fin de la pornografía es excitar. Esa es una apreciación totalmente subjetiva. En materia de literatura o de narración en general (incluidas las películas), la pornografía simplemente carece de personajes. Los personajes son falos y vulvas, senos y nalgas, piernas y muslos, semen y clítoris. No hay más personajes que ésos. Todo se centra en esa cuestión. En cambio, las representaciones eróticas -sean pictóricas, literarias, cinematográficas, etc.- tienen ingredientes formales, estructurales, estéticos, psicológicos, situacionales que hacen de dichas representaciones algo que va más allá de la genitalidad. No es lo mismo un coito anónimo que la escultura en un templo hindú de un coito. En el segundo caso hay arte y un fin eminentemente sagrado, pues el erotismo en la India nunca salió del ámbito sagrado. Nuevamente, no es lo mismo un vulgar coito anónimo, que una obra literaria con personajes que de repente practican un coito, aunque en ésta haya semen y todo lo que mencioné anteriormente. Hay un abismo entre erotismo y pornografía. Esta última es gratuita, repetitiva, monótona. Puede ser didáctica, pero no es erotismo. Para que se me entienda mejor: una cosa es la violencia y la sangre gratuitas (como en el cine gore o snuff ) y otra cosa es la violencia en un contexto determinado, que obedece a una trama, como la violencia física o psicológica que de repente aparece en el cine de un gran artista como Ingmar Bergman. La pornografía entonces es la sexualidad descontextualizada, anónima o carente de forma estética. Puedes argumentarme que la Maja desnuda es anónima y que está descontextualizada, al igual que los coitos esculpidos en Kahurajo. Yo te contestaría que la técnica, la huella del artista, las motivaciones estéticas, el fin estético o religioso hacen que estos fenómenos no sean simple pornografía, sino representaciones eróticas.
Este País, núm. 203, México, febrero, 2008


Luis Eduardo Saavedra Salazar (especial para ARGENPRESS.info)
Cortázar plantea sus reflexiones sobre el erotismo en Ultimo round, concretamente en su ensayo “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Reflexiones que no sólo tienen que ver con el erotismo en sí, sino con su papel en nuestro idioma. Cortázar habla de un “subdesarrollo de la expresión lingüística en lo que toca a la libido”, una carencia de lenguaje erótico en la narrativa latinoamericana que la lleva, en este terreno, al circunloquio, a la imagen poética, al eufemismo o, en su defecto, al tremendismo, a la literatura negra. Y, ¿en dónde se origina esa precariedad expresiva? En la gazmoñería heredada que no nos permite escribir lo que con tanto desenfado expresamos a nivel oral. “(...) nuestro subdesarrollo -dice Cortázar- nos impone la peor de las vedas, la parálisis de la escritura, ya que en materia oral no nos sentimos tan responsables como lo sabe cualquiera que frecuente tertulias de españoles y argentinos después de la tercera copa”. El mismo Cortázar sostiene que “en toda mi obra no he sido capaz de escribir ni una sola vez la palabra ‘concha’, que por lo menos en dos ocasiones me hizo más falta que los cigarrillos. Miedo de ser verdaderamente lo que somos, pueblos tan eróticos como cualquiera, necesitados de una cabal integración en un dominio que este siglo ha liberado y situado prodigiosamente”

Y necesitó cuatro años más, hasta la publicación en 1973 de Libro de Manuel, para escribir la palabreja y tantas otras de la rica cantera latinoamericana. Veamos una muestra: “(...) después de todo pija es una linda palabra, más personal que pene, por ejemplo, puro tratado de anatomía, o miembro viril que siempre me hizo pensar en la historia romana probablemente por lo de toga/ sí, pija suena bonito en argentino, me gusta más que la polla española/ Eso de los gustos, vos sabés, yo creo que la picha gallega y la pinga cubana están muy bien, o el pico chileno, que dicho sea de paso es un caso de masculinización porque todas las variantes argentinas o latinoamericanas son siempre femeninas, llamale pinchila o poronga o como quieras (...) pero si llega el caso vos a esto lo llamás pelotas o huevos y se acabó, no es ni peor ni mejor que testículos, de la misma manera que concha es una palabra hermosísima, la esencia misma del cuadro de Botticelli, si te fijás, y de todas las asociaciones sensuales y estéticas que quieras”. No es sino sustituir estas expresiones por sus colombianismos equivalentes y se quintuplica la intención de Cortázar de enriquecer el verbo erótico.

Enriquecerlo e instalarlo en un marco de cierta delicadeza que parta del “ejercicio natural de una libertad y una soltura que responda culturalmente a la eliminación de todo tabú en el plano de la escritura. Sólo así -dice Cortázar- se puede llegar a escribir algo como: ‘Marcelle, en effet, ne pouvait jouir sans s’inonder, non de sang, mais d’un jet d’urine claire, et même, á mes yeux, luminuex.’ (George Bataille), o: ‘(...) he stopped hearing the sound soup of her mouth and felt the brief pain of her teeth nipping the draw foreskin and the throb of his groin pumping fluid into her throat.’ (J.P. Donleavy, ‘The Ginger man’)”. Ejemplos que propone Cortázar en otros idiomas cuyo contexto histórico y cultural les permite esa frescura que Cortázar reclama para el español. En la narrativa, claro está. La poesía la considera un terreno privilegiado con exponentes tan esclarecidos como Paz, Neruda, Salinas, Molinari, Vitier, etc. Pero en la narrativa sólo señala a Lezama Lima, Fuentes, Vargas Llosa y a algunos escritores jóvenes que “tratan hoy de desflorar el idioma, pero en la mayoría de los casos no hacen más que violarlo previa estrangulación, lo que como acto erótico es bastante grueso. El tremendismo -prosigue Cortázar- no da nada en ese terreno como no sea algún espasmo más sádico que otra cosa, y la mayoría de las tentativas cubanas, colombianas o rioplatenses sólo han eruptado productos de un estilo que me permitiré llamar peludo”. Dicho esto en 1.969. Aunque increíblemente, a la fecha es muy poco lo que se puede agregar, salvo uno que otro escritor en nuestro medio: García Márquez o Andrés Caicedo, este último tan ligado a un aspecto muy caro en el erotismo cortazariano, el vampirismo-canibalismo, forma extrema de posesión, ceremonia que permite degustar el sabor de la sangre y la carne del ser amado, sentir que circula en las venas, que no pertenece a nadie más. En Ultimo round, Cortázar se pregunta: “¿Será necesario eso que llamamos lenguaje erótico cuando la literatura es capaz de transmitir cualquier experiencia, aun la más indescriptible, sin caer en manos de municipalidad atenta buenas costumbres en ciudad letras? Respuesta: no sea hipócrita, se trata de dos cosas diferentes. Por ejemplo en este libro algunos textos como ‘Tu más profunda piel’ y ‘Naufragios en la isla’ buscan transponer poéticamente instancias eróticas particulares y quizás lo consigan; pero en un contexto voluntariamente narrativo, es decir no poético”. Habría que añadir otros con una fuerte carga erótica, y más claramente insertos en el contexto narrativo, como “Ciclismo en Grignan” o “Silvia”. Sin embargo, transcribamos un aparte de “Tu más profunda piel”:

“Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se negaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada (...) No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre tí para lentamente reclamar las llaves de tu pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel (...) Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo”.

Texto que a despecho del autor está impregnado de pura poesía. Hasta el punto de pensarse que es un poema. Es en Libro de Manuel donde lo desarrolla plenamente en correspondencia con sus concepciones sobre el erotismo en la narrativa. En Libro de Manuel cristaliza toda la teoría erótica elaborada por Cortázar en “que sepa abrir la puerta para ir a jugar”. Constituye, además, un segundo tomo de Rayuela. Andrés Fava, el personaje central es una especie de vástago de Oliveira que obsesivamente busca liberarse y realizarse, hasta lograrlo, pero no en la mira individual de Oliveira, sino en el terreno de la lucha política, del auténtico compromiso social. No importa que ese castillo de naipes llamado socialismo se hubiese derrumbado aparatosamente 16 años después. En Libro de Manuel, Cortázar expresa hasta la fatiga sus reservas frente a este proceso. Y de todas maneras, la quiebra del comunismo no acabó con los pobres del mundo. Andrés Fava aceptó el compromiso revolucionario, pero dejaba en claro que no cedía nada de su reino individual, aquello que peyorativamente llamaban actitudes pequeño-burguesas, cuya enajenación configuró el infierno de la experiencia marxista. Lonstein le dice a Andrés:

“-El señor quiere cosas, pero no renuncia a nada.

-No, no renuncio a nada, viejo.

-¿Ni siquiera un poquito, digamos un autor exquisito, un poeta japonés que sólo él conoce?

-No, ni siquiera.

-¿Su Xenaquis, su música aleatoria, su freejazz, su Joni Mitchel, sus litografías abstractas?

-No, hermano, nada. Todo me llevo conmigo a donde sea”.

Y así tendrá que ser.

En este punto del análisis es preciso abandonar a Cortázar y sus concepciones sobre el erotismo para abordar la crítica cortazariana que advierte elementos no propuestos por el autor.

En general, la temática de Cortázar, desde Los reyes, su primera obra, hasta los últimos escritos, gira en torno de la transgresión de los fundamentos sobre los cuales se apoya la cultura occidental, la tradición judeo-cristiana. Se intenta desmoronar la base de esta civilización que se ha desarrollado a expensas de la infelicidad del hombre. Ya lo señalaba Freud en El malestar en la cultura. Marcuse sostenía: “La proposición de Sigmund Freud acerca de que la civilización está basada en la subyugación permanente de los instintos humanos ha sido pasada por alto. Su pregunta sobre si los sufrimientos infligidos de este modo a los individuos ha valido la pena por los beneficios de la cultura no ha sido tomada muy seriamente (...) La libre gratificación de las necesidades instintivas del hombre es incompatible con la sociedad civilizada: la renuncia y el retardo de las satisfacciones son los prerrequisitos del progreso. ‘La felicidad -dice Freud- no es un valor cultural’. La felicidad -prosigue Marcuse- debe estar subordinada a la disciplina del trabajo como una ocupación de tiempo completo, a la disciplina de la reproducción monogámica, al sistema establecido de la ley y el orden”. Entendida la felicidad, en el marco de la filosofía del psicoanálisis, como la liberación de la sensualidad, como la realización de un deseo prehistórico, subyugado en la cuna por el principio de la realidad. Así lo expresa Cortázar: “Nuestra realidad cotidiana enmascara una segunda realidad, que no es ni misteriosa ni teológica, sino profundamente humana. Y, sin embargo, a causa de una larga serie de equivocaciones permanece escondida bajo una realidad prefabricada por muchos siglos de cultura, una cultura en la que existen grandes hallazgos pero también profundas aberraciones, profundas distorsiones”. Es explicable, entonces, que ahora volvamos ansiosamente las miradas a las etnias milenarias.

Podría afirmarse que esa “segunda realidad”, de la que habla Cortázar, no vive enmascarada ni escondida, sino subyugada por la civilización. Tras su liberación se orientan los esfuerzos de Cortázar. Y no se equivoca cuando pone en la mira los elementos y circunstancias que rígidamente mantienen sometido ese reino. Por eso apunta contra “la alegría barata y sucia del trabajo”, por eso hace “saltar en mil pedazos el tiempo de los empleados”, por eso, de alguna manera, señala la miseria de la monotonía conyugal, el sexo aletargado por la monogamia, las ocho horas ineluctables de tortura laboral, las oficinas-calabozos, las fábricas que agotan la vida de los obreros, el vientre seco de las mujeres que marchitaron su belleza en la tarea de perpetuar la especie.

No es raro que en casi todos los cuentos de Cortázar, sus personajes sean seres anodinos, inmersos en la rutina de su cotidianidad. Y que, abruptamente, en cualquier momento de esa vida gris, caigan en el extrañamiento, en una dislocación de la realidad que, en ocasiones, los sitúa en el centro mismo del horror. Precio alto por escapar de la rutina ordinaria, pero válido. Cualquier cosa es válida si coadyuva a quebrantar esa vida chata, sin expectativas ni esperanza.

Pero es en Rayuela y en Libro de Manuel donde Cortázar ritualiza el erotismo en ceremonias que aparean el sexo con la muerte, como pasos previos al salto, al puente que conduce a la otredad, a su segunda realidad, a sus cielos. Es a la crítica Margery A. Safir a quien corresponde este fascinante análisis, cuya esencia está en las conductas extremas utilizadas por Cortázar, Sade y Lautréamont como recursos extremos “para el sufrimiento y para romper los límites de la conciencia”, tal como lo anota Susan Sontag.

“He elegido examinar este tipo de conducta -dice Margery A. Safir- en Rayuela y Libro de Manuel porque creo que se ha convertido en un tópico demasiado frecuente hablar de Libro de Manuel como una desviación radical de Rayuela, ignorando los notables paralelismos estructurales, lingüísticos y temáticos que coinciden en ambas novelas (...) Analizar cómo un modelo de comportamiento extremo, esencialmente transgresivo por naturaleza, se usa en ambas novelas pasando de la crisis a la liberación”.

El capítulo 36 de Rayuela muestra a Oliveira completamente solo. El club se ha disuelto, ha abandonado a sus amigos (“Ya va siendo tiempo de que me dejen solo, solito y solo. Admitirás que no me ando colgando de los levitones. Rajá, hijo de Bosnia, la próxima vez que me encontrés en la calle no me conozcas”, le dice Oliveira a Gregorovius). La Maga y Pola, sus mujeres, han desaparecido. Lo trabaja la obsesión de acceder a su cielo, al Kibbutz del deseo. Debe, al igual que Heráclito, para curar su hidropesía, hundirse “en la mierda hasta el cogote”. Baja a la orilla del Sena, debajo de un puente, y se une a Emmanuéle, una clocharde, una vagabunda. Se beben una botella de vino y Emmanuéle “se echa poco a poco sobre su amigo borracho y con una lengua manchada de tanino le lame humildemente la pija”.

En Libro de Manuel, Andrés sodomiza a Francine en una habitación del Hotel Terrass, frente al cementerio de Montmartre. Previamente la había conducido al balcón. “Le puse la mano en la boca para que no gritara, desnudos salimos al balcón, la forcé a ir hasta la barandilla, bajo la luz morada del cielo de Montmartre vio las cruces y las lápidas, la geometría coagulada de las tumbas”.

Obsérvese cómo, en ambas escenas, el acto sexual está ligado a la muerte en la medida en que no es reproductor. Cómo la clocharde no es más que una caricatura grotesca de la vida y Francine es virtualmente violada frente a un cementerio. En los ritos eróticos cortazarianos el Eros y el Tánatos se funden en un ceremonial que conduce al mandala, a ese cielo demencialmente perseguido por sus personajes.

“El descenso espacial de Oliveira a las orillas del Sena -dice Margery Safir- tiene también su paralelo en un descenso social que significa su ruptura con la sociedad burguesa. Oliveira avanza hacia el mundo de los clochards o vagabundos, un grupo social marginal que, en contraste con otros grupos marginales, se caracteriza por su abstinencia del trabajo. Este detalle es importante y da una clave para descubrir la naturaleza de la escena que contemplamos en este capítulo. Los avanzados estudios antropológicos y psicológicos del siglo XX sugieren que el trabajo es la actividad que separa al hombre del animal y que constituye la base de la sociedad. Como eje de la sociedad, el trabajo es también la fuente de toda represión. Tal vez George Bataille sea clarísimo en este punto al insistir en que todos los tabúes fundamentales nacen de la necesidad de restringir cualquier actividad cuyo libre reinado represente una amenaza para el trabajo. Así, pues, empezando desde la base, el único grupo humano que escapa de los tabúes más elementales es el que George Bataille llama el ‘inframundo’, una subcultura que, como los clochards de Rayuela, existe fuera de las exigencias del trabajo. En el inframundo, como entre los clochards de Cortázar, todos los límites de la sociedad normal desaparecen, incluida la racionalidad asociada con las obligaciones de la producción económica y la necesidad de reprimir explosiones de energía no productiva. En otras palabras, el descenso al mundo de los clochards es claramente un movimiento hacia ‘el otro lado”.

Movimiento en el que Oliveira debe deseducar los sentidos, “abrir a fondo la boca y las narices y aceptar el peor de los olores, la mugre humana”. Agarrar la botella de vino de la clocharde y bebérsela a sabiendas de que el cuello está untado de rouge y de saliva. Humillar la náusea y proseguir en el descenso hasta contemplar, en un mundo alucinatorio, a Emmanuéle como una diosa siria caída, “tirada en el polvo y pisoteada por soldados borrachos que se divertían en mear contra los senos mutilados hasta que el más payaso se arrodillaba, ante las exclamaciones de los otros, el falo erecto, masturbándose contra el mármol y dejando que la esperma le entrara por los ojos donde ya las manos de los oficiales habían arrancado las piedras preciosas”. La violencia y el erotismo hirviendo en el fondo del abismo, a un paso de dar el salto, de entrar en el camino que llevaba al kibbutz del deseo, por entre “los mocos y el semen y el olor de Emmanuéle...”

En Libro de Manuel, la escena de Andrés y Francine se prepara con los mismos ingredientes ya examinados en el capítulo 36 de Rayuela. Andrés propone un descenso simbólico: “Necesito bajar con vos estos peldaños de coñac y ver si en el sótano hay respuesta, si me ayudás a salir de la mancha negra...” Salir de la mancha negra es llegar al kibbutz del deseo. El acto sexual anal realizado con Francine está igualmente asociado con la muerte, por cuanto no está orientado a la reproducción de la especie. El cementerio frente al hotel Terrass reafirma esa presencia. La resistencia de Francine a participar del acto, y la forma como Andrés la somete, a despecho de su aquiescencia final, configura el entorno violento, la fundamentación sádica. Es, de otra parte, la forma acabada, según los planteamientos eróticos de Cortázar, de “Tu más profunda piel”.

“Estos aspectos del acto erótico que Andrés realiza con Francine -dice Margery Safir- son importantes porque demuestran hasta qué punto las acciones de Oliveira en el capítulo 36 de Rayuela se repiten en la escena del Hotel Terrass. En Rayuela existe una visión onírica de una figura femenina pasiva, una diosa caída que es violada a través de un acto erótico no reproductor y no heterosexual. La visión implica también la vinculación de excreta con el erotismo a través de la figura de un soldado que orina sobre la diosa caída. En Libro de Manuel la transgresión onírica de Oliveira se convierte en la transgresión real de Andrés. Una figura femenina pasiva, Francine, se usa como objeto sacrificial y es litúrgicamente violada a través de otro acto sexual no reproductor que se asocia con la actividad homosexual. Y nuevamente la excreción, esta vez a través del mismo acto sexual, queda vinculada con el erotismo”. Es mediante esta extraña liturgia como Andrés se libera de la mancha negra.

Quedaría por examinar el tratado sobre el onanismo que Lonstein desarrolla en Libro de Manuel. Igual podría decirse sobre el vampirismo en 62, Modelo para armar y las relaciones lesbianas que coincidencialmente la mayoría de los personajes femeninos de Cortázar experimentan. Pero sería imperdonable no transcribir el extraordinario capítulo 68 de Rayuela, un texto erótico escrito en glíglico, una especie de lunfardo montevideano inventado por la Maga. Disfrutemos este irrepetible pasaje:

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo como poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.”

Queda, finalmente, la extraña sensación de que la erótica permanece huérfana desde Cortázar. Que lo poco existente, en español y otros idiomas, es una erótica anacrónica que ni siquiera toca de lejos la increíble revolución sexual que se dio a partir de los sesenta y que el maestro vivió y percibió, pero que no alcanzó a expresar en su totalidad porque ya la vida se le agotaba. Se precisa otro Cortázar para que relate la praxis de esa revolución que perseguía la libertad y la felicidad a través de la liberación de la sensualidad, que buscaba los cielos de Freud y de Marcuse, los mandalas cortazarianos. Es necesario que se escriba sobre el erotismo de los últimos 30 años, sobre ese frenesí sexual, sin antecedentes en la historia de la humanidad, que brutalmente fue estrangulado por el sida: recurso siniestro que se inventó la madre naturaleza para que, de nuevo, prevaleciera la realidad sobre la felicidad.

Bogotá, 1991