El economista francés, gran teórico de la desigualdad, publica ‘Capital e ideología’, un monumental ensayo que propone “la circulación de bienes” para “superar el capitalismo”

El economista francés Thomas Piketty, autor de 'Capital e ideología', el 10 de septiembre pasado en París.  AFP



No es la lucha de clases, ni la mano invisible del mercado, ni menos aún la historia de los grandes líderes y batallas lo que mueve el mundo, sino las ideas, según el economista francés Thomas Piketty. Y el aleph que a casi todo da sentido, la llave de la evolución de las sociedades es la propiedad privada. Quién posee qué y en nombre de qué.

Las desigualdades crecientes de ingresos y patrimonio, que Piketty diseccionó en una obra anterior, el superventas El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 2014), son producto de una ideología. Cada momento tiene su justificación, un argumento que lo sostiene, y transformar el mundo obliga a cambiar de ideas. “Dar un sentido a las desigualdades, y justificar la posición de los ganadores, es una cuestión de importancia vital. La desigualdad es ante todo ideológica”, escribe en Capital e ideología, recién publicado en Francia y que lanzará Deusto en castellano.




El nuevo libro es ambicioso. Empezando por las dimensiones: 1.200 páginas. Abarca siglos, desde la Edad Media hasta hoy. Se extiende por cuatro continentes. Desborda las disciplinas académicas: de la economía a la historia, de la ciencia política a la teoría de la justicia y a la literatura. Las novelas de Jane Austen, Balzac o Carlos Fuentes ofrecen tanta o más información que una batería de gráficos y tablas, unas 170, sobre la historia de la propiedad privada y su efecto en las desigualdades.
“Hoy afrontamos una lógica de acumulación sin límite y de sacralización del derecho del propietario”, dijo esta semana Piketty en un encuentro con corresponsales en la Paris School of Economics, donde codirige el Laboratorio Mundial de la Desigualdad. “Y olvidamos que los grandes éxitos del siglo XX en la reducción de las desigualdades, pero también en el crecimiento económico, se obtuvieron reequilibrando los derechos del propietario con los del asalariado, el consumidor. Se hizo circular la propiedad”.
Capital e ideología contiene tres libros en uno. El primero y más extenso —las 800 primeras páginas— es una historia detallada de lo que el autor llama los “regímenes desigualitarios” o “de desigualdad”. Comienza por el Antiguo Régimen y la desigualdad “trifuncional” de las sociedades divididas en el clero, la nobleza y el tercer estado. Si aquel sistema perduró durante siglos, fue porque una ideología lo sostenía, disfrutaba de una legitimidad: se justificaba por la necesidad de seguridad, que debía garantizar la casta guerrera, y de sentido, del que se encargaba la casta sacerdotal.
De la ideología “trifuncional”, Piketty pasa a la “sociedad de propietarios”. La Revolución Francesa de 1789 abolió los privilegios, pero no la propiedad privada, que podía incluir a los esclavos. Entre 1800 y 1914 las desigualdades se disparan y superan los niveles del Antiguo Régimen. “El argumento de la época era que, si se cuestiona el derecho de propiedad, adquirido en un marco legal, nunca sabremos dónde parar, y el caos se impondrá”, explica Piketty.
El periodo de entreguerras en el siglo XX es una transición entre el “propietarismo” desigualitario y no regulado del siglo XIX y la era socialdemócrata de la posguerra mundial. Estados Unidos y Europa adoptan entonces la fiscalidad progresiva con tipos impositivos que superaron el 80%, sistemas de protección social avanzados y el acceso a la educación. Deja paso a partir de los ochenta, con la revolución reaganiana y la caída del bloque soviético, a lo que Piketty denomina el “hipercapitalismo”. La ideología desigualitaria, lo que en este periodo, que es el nuestro, legitima el statu quo, sería la meritocracia, “la necesidad de justificar las diferencias sociales apelando a capacidades individuales”.

La “izquierda brahmán”

Aquí termina el primero de los tres libros. El segundo, que ocupa las 300 páginas siguientes, es un estudio sobre la evolución del sistema de partidos en Europa y Estados Unidos. En unos años los socialdemócratas han pasado de ser el partido de la clase trabajadora al de la élite con diplomas universitarios y han abrazado las ideologías de la desigualdad. Son los cómplices necesarios del “hipercapitalismo”, según Piketty, que acuña el término de “izquierda brahmán” (por el nombre de la casta sacerdotal hindú). Esta domina la élite política junto a la “derecha mercader” (las élites económicas y empresariales). Es un eco de la sociedad “trifuncional” del Antiguo Régimen que deja a las clases populares en la intemperie política y a la merced de los mensajes nacionalistas y racistas.
El tercer y último libro dentro de Capital e ideología es el más breve, menos de cien páginas, pero el más debatido en Francia. En este capítulo, Piketty lanza su programa de “socialismo participativo” para “superar el capitalismo y la propiedad privada”. El objetivo es convertir la propiedad en “temporal” y “organizar una circulación permanente de los bienes y la fortuna”. Defiende una integración federal de la Unión Europea. Y aboga por un impuesto sobre el patrimonio con un tipo máximo del 90% para los supermillonarios, por una cogestión de las empresas, en las que los trabajadores compartan el poder, y por una especie de herencia para toda persona de 25 años de 120.000 euros.
“El hipercapitalismo del siglo XIX, previo a 1914, se estrelló contra la competencia muy fuerte entre países, que eran potencias coloniales. De tanto acumular activos en otras partes del mundo acabaron destruyéndose mutuamente”, concluyó Piketty en la citada conversación. “Hoy no ocurrirá lo mismo. Pero lo que puede ocurrir es que este divorcio con las clases populares conduzca a una explosión de la Unión Europea y a un repliegue en las identidades nacionales”.





UN INTELECTUAL DE IZQUIERDAS, OPTIMISTA Y TOTALIZADOR


El capital en el siglo XXI, publicado en 2013 en francés, vendió más de dos millones de ejemplares y marcó en Europa y Estados Unidos el debate sobre las desigualdades. Thomas Piketty, de 48 años, es el último ejemplar del intelectual totalizador. La novedad es que ahora el intelectual ya no es un filósofo, ni un sociólogo ni un novelista, sino un economista. Y no construye sus propuestas en el aire sino que se apoya en un andamiaje sólido en el que el big data tiene un papel central. El economista Branko Milanovic llama a este método, en un artículo en Le Monde, “turbo-Annales”, en alusión a la llamada escuela de la revista Annales, corriente histórica multidisciplinar y empírica de historiadores fundada a finales de los años veinte.
Piketty no es, como tantos en el paisaje intelectual francés, un declinólogo abonado a la retórica apocalíptica. “Soy fundamentalmente optimista”, declara. Y se refiere a su nuevo libro: “Capital e ideología parte de una constatación: ha habido una mejora prodigiosa de los niveles de educación y de salud. Y termina con otra constatación optimista: hay un aprendizaje de la justicia en la historia. Hay fases de regresión terrible, pero creo en una historia de progreso: no solo técnico, sino humano, por medio de la educación y la sanidad, y con una organización social que sea más igualitaria en el sentido de que permita acceder a la educación, a la cultura, a la riqueza”. Si un rasgo de la izquierda fue la fe en el progreso humano, Piketty la conserva.

Ideales, ecología y controversias a partir de un pensador siempre vigente
Michel Onfray y Peter Rock proponen volver al bosque con Henry David Thoreau
En los últimos años, editoriales independientes, alternativas y espacios dedicados al anarquismo han publicado sus textos ligados a la desobediencia civil, los ideales libertarios  o su defensa de una vida en armonía con la naturaleza. Henry David Thoreau es considerado uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana. Pero además fue tomado como un pensador fundante de la democracia y las libertades individules. Ahora se dan a conocer dos libros que de modos muy diferentes, vuelven a ponerlo en el centro de la escena. En Thoreau, el salvaje, Michel Onfray lo utiliza en su guerra eterna contra los intelectuales franceses. Y en la novela Mi abandono, Peter Rock revisa sin estridencias los conflictos actuales que implica llevar adelante sus ideales en el capitalismo avanzado. 

En los últimos años, sin mucho esfuerzo, puede detectarse una especie de proliferación de referencias, material publicado y hasta guiños evidentes a la figura de Henry David Thoreau (1817-1862). Quizás la manifestación más clara de esta tendencia es la gran cantidad de editoriales autogestivas o independientes que tienen en su catálogo el nombre propio de uno de los pensadores norteamericanos del siglo XIX más influyentes. La primera en la lista, aunque no necesariamente en el tiempo, es Nulú Bonsai, que en 2014 publicó una versión bilingüe y de bolsillo de Caminar/Walking, dentro de una colección inspirada en el activismo “thoreauiano”: “Ataque Emocional al Sistema Capitalista”. También se debe contar la publicación de su obra en espacios más vinculados al pensamiento anarquista, como la distribución de Desobediencia civil que lleva adelante hace ya bastante la editorial Terramar en la colección Utopía libertaria. Nuevas editoriales sumaron libros de Thoreau o ensayos dedicados a su figura. Por ejemplo, Barba de Abejas, sello manejado por Eric Schierloh, de tiradas escuetas e impresión a demanda, sacó una versión bilingüe de los poemas de Thoreau en 2012 (La canción del viajero & otros poemas) y en 2013, parte del enorme diario del autor (Diario de Walden. Notas en la laguna 1845-1847). Finalmente, Ediciones Godot dio a conocer su versión de Una vida sin principios hace algunos años para coronar el esfuerzo de publicar este material con la salida en 2019 de un ensayo de Michel Onfray titulado Thoreau, el salvaje y una novela de Peter Rock, Mi abandono, de claro espíritu “libertario”, aunque con sus matices. Parecería que todos estos emprendimientos encuentran en el nombre de Henry David Thoreau una clave que resume un modo de participación social independiente, determinado por una férrea defensa de la autonomía y de la contracultura a la norteamericana y un manifiesto de su lugar dentro del mercado editorial. La cuestión sería, precisamente, revisar hasta qué punto Thoreau puede seguir siendo leído como una figura en contra de la “máquina”, y no uno de los modos que ha encontrado el capitalismo contemporáneo de inocularse un conjunto de anticuerpos. Parafraseando a Marx, quien lejos de irse de la sociedad se puso a escribir El capital en el corazón del mundo capitalista del siglo XIX, Londres: el capitalismo es el único sistema que vive de crisis en crisis, adaptándose, transformándose y mejorando su peligrosa puntería.

PARA LA LIBERTAD LIBERTARIA
El último ensayo publicado de Michel Onfray, el filósofo francés que se presenta como cultor de una “contra-filosofía”, está dedicado, precisamente, a la vida y obra de Thoreau. La hipótesis central de Onfray es que Thoreau vivió lo que predicó, a diferencia de varios pensadores del ámbito francés que nombra como contraejemplos de la supuesta honestidad intelectual del norteamericano. Onfray vincula, sin ningún tipo de tapujos, a Henry David Thoreau con el ideal filosófico de Friedrich Nietzsche: alguien que no sólo escribe filosofía, sino que la vive ejemplarmente. Como postula Onfray desde Thoreau, hay más profesores de filosofía que auténticos filósofos, por lo que considera pertinente volver sobre alguien cuya vida parecería ser congruente con su prédica.
En Thoreau, el salvaje, Onfray hace un prolijo repaso de la vida y obra del autor de Desobediencia civil (1849) y Walden (1854), contraponiéndolo a lo que considera el mero palabrerío y la creación de conceptos inconducentes de tres nombres vinculados al pensamiento estructuralista y posestructuralista francés: Lacan y su lectura del psicoanálisis y, por sobre todo, Jacques Derrida y Gilles Deleuze. De estos últimos dos no se cansa de señalar que armaron una “glosolalia”, un “lenguaje de autistas” inentendible que les permitió granjearse un lugar como profesores en los más prestigiosos espacios académicos, aparentando rebeldía cuando en realidad establecían las bases de su difusión como grandes filósofos occidentales del siglo XX. En la misma línea, repasa la carrera de Heidegger, el principal responsable de este tipo de fenómenos: alguien que se perdió en los “bosques” metafísicos y ontológicos, que cultivó una falsa imagen, sobre todo en sus últimos años, de un intelectual que buscaba conectarse con la vida en el campo y la contemplación del ser, pero que no supo caminar de verdad los espacios verdes, o simplificar el asunto para decir y escribir menos y vivir más.
Por supuesto, Onfray hace una operación típica del ámbito intelectual francófono. Va a buscar en América (para cualquier francés, para cualquier europeo, nuestro continente se resume en la referencia a ese lejano y contradictorio país del norte), va a sacar de Estados Unidos un nombre propio para insertarlo en las discusiones con ciertos pares y deslegitimar su posición. Sin leer que aquello que critica, por ejemplo, en Heidegger, está en el propio Thoreau: a la larga, la admiración por la vida en la naturaleza o por su contemplación termina siendo un momento circunstancial y casi una pose. El propio Onfray ha escrito que encuentra más filosofía en la producción y degustación de un vaso de champaña antes que en De la gramatología o El Anti-Edipo, tal como afirmó en extensos libros como Cosmos, defendiendo un regreso a la vida conectada a los ciclos naturales antes que comentarlos e imprimirlos en páginas y páginas de gente que habla de la naturaleza sin experimentarla. Presume de que, en un mundo sometido a la barbarie capitalista, es posible volver a la naturaleza y vivir por fuera de su orden. Cuando su odiado Derrida termina teniendo razón al decir que no hay afuera del texto y que, extendiendo esa línea de pensamiento, tampoco hay afuera del libro neoliberal: la naturaleza en “estado puro” es también vendida como producto. No hay que caminar mucho para encontrar pruebas de esto: revisemos la cantidad de negocios que ofertan productos artesanales, la numerosa cantidad de bienes que se venden como más “naturales” por estar hechos de una materia prima especial o la idea de que existe algún punto del planeta que no se encuentre inmerso ya no en las frías aguas del lago Walden, sino en las aún más gélidas corrientes del orden capitalista globalizado.
La lectura que hace Onfray de Thoreau queda terriblemente expuesta en dos conceptos que el profesor francés escribe sin que le tiemble el pulso: “Thoreau fue un libertario, esa es su espina dorsal política”. El ideal libertario poco tiene que ver con la defensa de la libertad, por más que la única acción concreta a su favor hecha por Henry David haya sido no pagar impuestos por no querer defender la política bélica de Estados Unidos contra México o el sistema esclavista. El ideal libertario es la base ideológica del “espíritu” norteamericano. Es la piedra fundamental sobre la que se apoya el neoliberalismo a la Trump, a la Reagan, a la Bush: menos presencia del Estado, menos impuestos y más desarrollo individual (una forma sutil de hablar de la competencia). El mundo sería así de los grandes hombres, los héroes que viven según sus propios principios, alejados de la civilización que enturbia sus almas y restringe sus capacidades. Si bien eso está en el Rousseau de El contrato social, si bien esa es también la propuesta central del pensamiento democrático (el hecho de que todos somos iguales por un común origen “natural”), el ejercicio del pensamiento crítico del siglo XIX y del XX nos ha mostrado los peligros detrás de este tipo de justificaciones. Y la política argentina de los últimos años, aún más: achicar el Estado es aumentar las chances de ser sacudidos por el mercado internacional y sus leyes, vendidas como “naturales” y honestas por ser caóticas y fuertemente egoístas y anti-sociales. El lado amable de la relectura de Thoreau puede ser el hippismo (históricamente, una forma más de construir nuevos consumidores); el lado más descarnado puede ser la justificación intelectual del pensamiento libertario, que en nuestras costas ha cargado las tintas del ascenso de los economistas mediáticos como Milei o Espert (cuya proyección política es tangible) y del auge del evangelismo conservador, cuya idea se apoya en el vínculo “privado” del creyente con dios. No hay salida social, colectiva, sino individual, para el pensamiento libertario así entendido. Anota Onfray que para Thoreau “hay que cambiarse a sí mismo más que cambiar el orden del mundo”.
YO VIVÍA EN EL BOSQUE MUY CONTENTO
Thoreau es considerado no sólo una figura filosófica, sino también una especie de padre fundador de la literatura norteamericana. Basta con tener en cuenta el hecho de que, además de Emerson, Nathaniel Hawthorne estaba entre los nombres de las personas que frecuentaba, como si sus amistades marcaran también este doble origen, entre la filosofía de la vida y la ficción. Así, la genealogía de hombres de letras cautivados por las posibilidades de una vida “anti-literaria” y volcada a la épica de la existencia puede encontrarse en Walt Whitman, en Herman Melville, en Ernest Hemingway, en Jack Kerouac y los beatniks, en el New Journalism de Hunter S. Thompson, y la lista sigue. Pero también, como contrapartida, se puede pensar en una producción literaria que, con sutileza, acaricie a contrapelo el modelo libertario de Thoreau y sus consecuencias. Ahí debería ubicarse la novela de 2009 Mi abandono, de Peter Rock, recientemente traducida al castellano y editada por Ediciones Godot.
Rock nos presenta la historia de una niña de trece años llamada Caroline. Narrada en primera persona, Caroline retrata el día a día de la vida en un bosque de la zona de Oregon, ubicado entre el Monte Hood y el Monte Santa Helena, territorio en el que habita junto a Padre. Ambos pasan toda la jornada en compañía mutua, caminando sin dejar rastros, comiendo la cantidad justa de alimentos, bañándose en duchas improvisadas y teniendo clases de matemáticas o biología a partir de deberes que le va dejando Padre o de situaciones que cualquiera que vive en la intemperie encontraría, como un ciervo muerto que sirve de excusa perfecta para una lección de anatomía. Caroline y Padre llevan mucho tiempo viviendo así, sumergidos en lo profundo de los árboles, tratando de que nadie se entere de su existencia: fantasmas que buscan preservar el bien más único y puro que tienen, su privacidad, su individualidad. Pero Caroline parece cargar con vestigios de algo que no cierra con el panorama de vida en lo salvaje. Por ejemplo, lleva consigo un muñeco, Randy, con forma de caballo y con números anotados, en donde guarda un papel que parece que tiene un secreto fundamental para el personaje, una anotación que parece el resto de algo que se perdió hace mucho tiempo, mientras que su Padre, todas las noches, se despierta sobresaltado, a veces, llorando o incluso gritando, asustado por el sonido de los helicópteros que sólo percibe en su cabeza. En un ritmo medido, Rock va construyendo el escenario perfecto para admirar la vida con claras reminiscencias a la experiencia de Thoreau que Caroline y Padre llevan (incluso, la novela comienza con un epígrafe del filósofo), pero también para notar que hay algo que no cierra del todo en esa especie de vínculo. Las partes en las que Caroline cuenta que sólo duerme segura cuando su pierna se apoya en la pierna peluda de Padre rápidamente ubica al lector en un panorama de atención y cuidado.
Por un error de Caroline (quien lleva ese nombre para recordar a la madre ya fallecida), un tipo que hace running cerca del bosque nota su presencia y llama a las autoridades, quienes rápidamente ubican a Padre y a la hija para llevarlos a diversos centros e investigarlos. El caso toma relevancia, la prensa se hace un festín con la noticia, y progresivamente ese mundo ideal que formaba uno con la naturaleza se deshace para que entre el trabajo, las obligaciones civiles y, en lo que respecta a Caroline, la escuela. Los exámenes que la psicóloga especialista le realiza demuestran que ella está por encima de la media de su edad en lo que se refiere a los conocimientos básicos escolares, pero entiende que no se trata sólo de materias en la institución escolar, sino también de prácticas de sociabilidad imprescindibles en una niña que está comenzando a notar cómo su cuerpo está cambiando, cómo está dejando de ser una pequeña para ingresar en la adolescencia y sus vaivenes. El conflicto es claro: Rock usa la experiencia de Caroline para meditar en torno a las obligaciones del mundo occidental y sus modos de sociabilidad, y hasta qué punto habría que dejar a estos dos, a Padre y a su (ya no tan) niña, en la cabaña improvisada, con sus largas caminatas y sumidos en un silencio puntual que apenas se rompe para decir lo justo. Esa, sin embargo, es la impresión de los primeros capítulos. Mi abandono es una obra que sorprende porque Rock parece hacerse cargo de todo el ideario libertario en la estela de Thoreau para desarmarlo por dentro, deconstruirlo pero sin gestos ampulosos: ¿está realmente bien la vida que estas dos personas llevan? ¿No hay algo poco claro en lo que Padre dice acerca de su hija? ¿No hay algo no del todo dicho en el vínculo que tienen? ¿Qué significa o puede implicar vivir “en la intemperie”?
Desde las editoriales independientes, pasando por los ensayos de pensadores actuales y terminando en trabajos literarios que se apoyan en sus ideas, la obra de Thoreau parece un mundo cautivante que alimenta el imaginario contemporáneo de una manear u otra. El problema central sería revisar hasta qué punto las premisas de un Estado reducido, de una vida individualista, o de un pretendido retiro a la naturaleza no conforman las trampas y la lógica de los modos de subjetivación y, por lo tanto, fetichización de los individuos contemporáneos. Volver sobre el mito de Thoreau, leer su obra, para encontrar hasta qué punto son validos sus postulados, se vuelve algo imprescindible: ¿podemos decir que la prensa es apenas un montón de palabras sin sustancia dichas porque sí, o puede llegar a ser un instrumento de reflexión sobre los modos de sometimiento? ¿Realmente podemos sostener, en un país latinoamericano, que el Estado es nuestro enemigo, en lugar de verlo como una posible vía de equiparación social y de redistribución de la ganancia? Es bastante obvio que es urgente repensar nuevos modelos de "retiro" de las ciudades para cambiar el mundo y reconciliarse con la naturaleza. Que es otro modo de cambiarse a sí mismo. Y a los demás.


Esta es la terrible historia de Felipe-. Ignacio Semmelweis. Puede parecer un poco árida y a pri- mera vista repeler, a causa de los de- talles y de las cifras, ...


Ignaz Semmelweis: el doctor al que metieron al manicomio por insistir en la importancia de lavarse las manos
Serie "Science Stories"
Hospital St. GeorgeDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLos hospitales, como el St. Georges en Londres, eran conocidos como "casas de la muerte".
En 1825, al visitar a un paciente que se estaba recuperando de una fractura compuesta en el Hospital St. George en Londres, sus familiares lo vieron acostado sobre sábanas húmedas y sucias llenas de hongos y gusanos.
Ni el afligido hombre, ni los demás que compartían el espacio, se habían quejado de las condiciones pues creían que eran normales.
Quienes tenían la mala suerte de ser admitidos en ese u otros hospitales de la época estaban acostumbrados a los horrores que residían en su interior.
Todo apestaba a orina, vómito y otros fluidos corporales. El olor era tan ofensivo que el personal a veces caminaba con pañuelos apretados contra sus narices.
Los doctores, por su lado, tampoco olían exactamente a rosas. Raramente se lavaban las manos o los instrumentos y dejaban a su paso lo que la profesión alegremente denominaba "el tradicional hedor hospitalario"Fin de las recomendaciones.
Los quirófanos eran tan sucios como los cirujanos que trabajaban en ellos. En medio de la habitación solía haber una mesa de madera manchada con reveladoras huellas de carnicerías pasadas, mientras que el piso estaba cubierto de aserrín para absorber la sangre.
La clínica de Gross de Thomas EakinsDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption"La clínica de Gross" fue pintada por el estadounidense Thomas Eakins en 1875, justo antes de la adopción de un entorno quirúrgico higiénico y por eso a menudo se contrasta con la pintura posterior de Eakins, "La clínica de Agnew" (1889), que verás más abajo en este artículo.
Y había alguien a quien le pagaban más que a los doctores: el "cazador de insectos en jefe". Su trabajo era librar los colchones de piojos.
Los hospitales eran caldo de cultivo para la infección y solo proporcionaban las instalaciones más primitivas para los enfermos y moribundos, muchos de los cuales estaban alojados en salas con poca ventilación o acceso a agua limpia.
En este período, era más seguro ser tratado en casa que en un hospital, donde las tasas de mortalidad eran de tres a cinco veces más altas que en entornos domésticos.
Como resultado de esta miseria, se les conocía como "Casas de la Muerte".

Favor lavarse las manos

En medio de ese mundo que aún no entendía los gérmenes, un hombre intentó aplicar la ciencia para detener la propagación de la infección.
Se llamaba Ignaz Semmelweis.
Retrato de Ignaz SemmelweisDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionAunque Semmelweis llegó a la conclusión de que había que lavarse las manos entre procedimientos mediante un vigoroso análisis estadístico, no podía explicar por qué: aún no se sabía nada de los gérmenes.
Este médico húngaro trató de implementar un sistema de lavado de manos en Viena en la década de 1840 para reducir las tasas de mortalidad en las salas de maternidad.
Fue un intento digno pero fallido, pues fue demonizado por sus colegas.
Pero eventualmente llegó a ser conocido como el "Salvador de las Madres".

Un mundo sin gérmenes

Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde la muerte acechaba las salas tan regularmente como en cualquier otro hospital de la época.
Antes del triunfo de la teoría de los gérmenes en la segunda mitad del siglo XIX, la idea de que las condiciones miserables en los hospitales desempeñaran un papel en la propagación de la infección no pasaba por la mente de muchos médicos.
"La clínica de Agnew" (1889), de Thomas EakinsDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEste óleo es "La clínica de Agnew" (1889), de Thomas Eakins, al que se compara con "La clínica de Gross" pues que representa un quirófano más limpio, con los participantes en "batas blancas". Más tarde, las medidas higiénicas serían más drásticas, hasta llegar a los quirófanos que conocemos.
"Es difícil para nosotros imaginarnos un mundo en el que no se sabía de la existencia de gérmenes ni bacterias", le dijo a la BBC el doctor Barron H. Lerner, miembro de la facultad de la Escuela Langone de Medicina de la Universidad de Nueva York.
"A mediados del siglo XIX, se pensaba que las enfermedades se propagaban a través de nubes de un vapor venenoso en el que estaban suspendidas partículas de materia en descomposición llamadas 'miasmas'".

Desequilibrio notable

Entre las personas con mayor riesgo estaban las mujeres embarazadas, particularmente las que sufrían desgarros vaginales durante el parto, pues las heridas abiertas eran el hábitat ideal para las bacterias que médicos y cirujanos llevaban de un lado al otro.
Lo primero que notó Semmelweis fue una discrepancia interesante entre las dos salas obstétricas del Hospital General de Viena, cuyas instalaciones eran idénticas.
Una era atendida por estudiantes de medicina masculinos, mientras que la otra estaba bajo el cuidado de parteras.
La que era supervisada por los estudiantes de medicina tenía una tasa de mortalidad 3 veces más alta.
Tabla de mortalidad por fiebre puerperalDerechos de autor de la imagenPOWER.CORRUPTS
Image captionLa Primera Clínica era el servicio de enseñanza para estudiantes de medicina; la Segunda Clínica había sido seleccionada en 1841 solo para instrucción de parteras.
Quienes se habían dado cuenta de ese desequilibrio antes lo habían atribuido a que los estudiantes varones eran más rudos en su trato con las pacientes que las comadronas. Creían que eso comprometía la vitalidad de las madres, haciéndolas más susceptibles a desarrollar fiebre puerperal.
Pero a Semmelweis no le convencía esa explicación.

El sacerdote o la mugre

Poco después, notó que cada vez que una mujer moría de fiebre infantil, un sacerdote caminaba lentamente por la sala de médicos con un asistente tocando una campana.
Semmelweis teorizó que ese ritual aterrorizaba tanto a las mujeres después dar a luz que desarrollaban una fiebre, se enfermaban y morían.
Después de hacer que el sacerdote tomara otra ruta y abandonara la campana comprobó, frustrado, que el cambio no había surtido ningún efecto.
Streptococcus pyogenesDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEsta era la causa que en ese tiempo no se podía ver: la bacteria Streptococcus pyogenes.
Pero en 1847, la muerte de uno de sus colegas por una cortada que se había hecho en la mano durante un examen post mortem, le dio la pista que necesitaba.

Una leve herida fatal

Cortar cadáveres abiertos en ese tiempo conllevaba riesgos físicos, muchos de ellos fatales.
Cualquier herida o grieta en la piel producida por el cuchillo de disección, por leve que fuera, era un peligro siempre presente, incluso para anatomistas más experimentados, como el tío de Charles Darwin -con el mismo nombre-, quien murió en 1778 después de sufrir una lesión mientras diseccionaba a un niño.
Mientras su colega moría, Semmelweis notó que sus síntomas eran muy similares a los de mujeres con fiebre puerperal.
¿Sería que los médicos que trabajan en la sala de disección llevaban "partículas cadavéricas" con ellos a las salas de parto?
El toque, placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements"Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLos doctores, como se ve en esta placa de las "Nouvelles dmonstrations d'accouchements" (Nuevas demostraciones de partos) de Jacques-Pierre Maygrier, 1840, usaban sus manos al atender partos, pero no solían estar tan limpias como en esta ilustración.
Después de todo, Semmelweis observó que muchos de los jóvenes iban directamente de una autopsia a atender a las mujeres.
Como no se usaban guantes ni otras formas de equipo de protección en la sala de disección, no era raro ver estudiantes de medicina con trozos de carne, tripas o cerebros pegados a su ropa después de que las clases hubieran terminado.
La gran diferencia entre la sala de médicos y la de parteras era que los médicos realizaban autopsias y las parteras, no.
¿Sería esa la clave del misterio que atormentaba a Semmelweis?

Tumbar y reconstruir

Antes de que se entendiera bien el asunto de los gérmenes, era difícil encontrar un remedio para la miseria en los hospitales.
El obstetra James Y. Simpson (1811-1870) -el primer médico en demostrar las propiedades anestésicas del cloroformo en humanos- argumentó que si la contaminación cruzada no se podía controlar, los hospitales debían ser periódicamente destruidos y construidos de nuevo.
El cirujano John Eric Erichsen (1818-1896) -autor de "Ciencia y el arte de la cirugía"- concordaba: "Una vez que un hospital se ha vuelto incurablemente afectado por la piemia (infección purulenta), es tan imposible desinfectarlo por cualquier medio higiénico conocido, como lo es desinfectar un viejo queso de los gusanos que se han generado en él", escribió.
Sólo había una solución: la demolición.
Semmelweiss no creía que fueran necesarias medidas tan drásticas.

Sólo tres palabras

Tras concluir que la fiebre puerperal era causada por "material infeccioso" de un cadáver, instaló una cuenca llena de solución de cal clorada en el hospital y comenzó a salvar vidas de mujeres con tres simples palabras: "lávese las manos".
Ignaz Semmelweis se lava las manos con agua de cal clorada antes de operar.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionIgnaz Semmelweis lavándose las manos con agua de cal clorada antes de operar.
Aquellos que pasaban de la sala de disección a las salas de parto tenían que usar la solución antiséptica antes de atender a pacientes vivos.
Las tasas de mortalidad en la sala de estudiantes de medicina se desplomó.
En abril de 1847, la tasa era del 18,3%.
Inmediatamente después de un mes de instituido el lavado de manos, las tasas cayeron a poco más del 2% en mayo.

Triunfo sin laureles

El experimento continuó; los resultados de Semmelweis eran muy convincentes, sus datos habían sido recogidos minuciosamente y sin duda salvó la vida de muchas madres durante ese periodo.
No obstante, no pudo convencer a todos sus colegas de los méritos de su teoría de que los incidentes de la fiebre puerperal se relacionaban con la contaminación causada por el contacto con cuerpos muertos.
Aquellos dispuestos a poner a prueba sus métodos a menudo lo hacían de manera inadecuada, produciendo resultados desalentadores.
Tabla de mortalidad antes y después del lavado de manosDerechos de autor de la imagenPOWER.CORRUPTS
Image captionLos datos eran incontrovertibles: las tasas de mortalidad de fiebre puerperal para la Primera Clínica en la Institución de Maternidad de Viena cayeron notablemente cuando Semmelweis implementó el lavado de manos a mediados de mayo de 1847.
"Hay que tener en cuenta que lo que él estaba diciendo -aunque no en esas palabras- era que los estudiantes de medicina estaban matando mujeres, y eso era muy difícil de aceptar", explica Lerner.
Tras varias críticas negativas de un libro que publicó sobre el tema, Semmelweis arremetió contra sus críticos y llegó a tildar a médicos que no se lavaban las manos de "Asesinos".

El futuro que no llegó a ver

Cuando no le renovaron el contrato en el hospital de Viena, Semmelweis retornó a su nativa Hungría, donde asumió el cargo de médico honorario relativamente insignificante y no remunerado de la sala obstétrica del pequeño Hospital Szent Rókus de Pest.
Tanto ahí como en la clínica de maternidad de la Universidad de Pest, donde más tarde fue profesor, la propagación de la fiebre puerperal era rampante hasta que él virtualmente la eliminó.
Pero ni las críticas contra su teoría ni la ira de Semmelweis hacia la falta de voluntad de sus colegas para adoptar sus métodos de lavado de manos se apaciguaron.
Placa en honor a Ignaz SemmelweisDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionSólo después de su muerte logró el reconocimiento que le habría alegrado la vida.
Su comportamiento se volvió errático. A partir de 1861 empezó a sufrir de depresión severa y se volvió distraído. Y cada conversación lo llevaba al tema de la fiebre puerperal.
Un día, un colega lo llevó al Asilo de locos vienés con el pretexto de visitar un nuevo instituto médico.
Cuando Semmelweis se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y trató de irse, los guardas lo golpearon severamente, le pusieron una camisa de fuerza y ​​lo confinaron a una celda oscura.
Dos semanas después, Semmelweis murió porque una herida en su mano derecha se había vuelto gangrenosa. Tenía 47 años.
Lamentablemente, nunca jugó ningún papel en los cambios que, en última instancia, serían llevados a cabo por pioneros anteriores a la teoría de los gérmenes, como Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.
Una de las últimas cosas que Semmelweis escribió son inquietantes:
"Cuando reviso el pasado, sólo puedo disipar la tristeza que me invade imaginando ese futuro feliz en el que la infección será desterrada... La convicción de que ese momento tiene que llega inevitablemente tarde o temprano alegrará mi hora de morir".