La edición de “Sobre la teoría de la historia y la libertad” nos trae las clases que dictó el filósofo alemán de origen judío en 1965 en la Universidad de Frankfurt. Allí pensó la relación entre el devenir histórico, la necesidad y los actos humanos.

Un tren lanza su humo blanco saliendo de un túnel, una máquina de hilar gigantesca hace mover el algodón, en un tubo de pruebas se descubren pócimas sanadoras; las postales de las conquistas de Occidente en los últimos siglos son muy diversas, y le han valido su lugar de predominancia en el planeta Tierra. Ante estas evidencias, ¿quién se atrevería a negar la idea de progreso? Algunos lo hicieron por tradicionalismo, otros tras ver que la técnica era también la de la destrucción de la bomba atómica o el gas mostaza de la Primera Guerra Mundial. Pero la idea de progreso ha sobrevivido al juicio de los escépticos. Ponerla en duda es cuestionar la forma en que nos pensamos en el tiempo, y justificamos nuestros actos.
En el año 1965, Theodor Adorno dedicó un semestre de sus clases en la Universidad de Frankfurt a pensar la relación entre el devenir histórico, la necesidad y los actos humanos. Sobre la teoría de la historia y la libertad (Eterna Cadencia), cuya destacada traducción estuvo a cargo de Miguel Vedda, compila estas lecciones. Su título contiene, aunque no lo parezca, una oposición. ¿Son combinables la teoría de la historia y la libertad? Se trata de un problema que, no por nada, nació a la par de la revolución industrial y la lenta muerte de la idea de Dios. ¿Pero qué tienen que ver Dios y las máquinas con el tiempo de la historia? Antes, en el Occidente cristiano, los hombres pertenecían al orden de la realización de la divinidad en el mundo; las historias múltiples de los seres terrenos se unían al final con la nueva llegada del mesías y la finalización de los tiempos. Pero en el camino de la secularización, la idea de Dios como regulador del acontecer humano perdió fuerza, si bien el abandono de esta idea fue paulatino. Hegel, el mayor representante de la Filosofía de la Historia moderna, sigue siendo subsidiario, en última instancia, de una idea de divinidad más o menos coincidente con el espíritu que deviene en el mundo.
Desde el siglo XVIII al menos, la idea de progreso ayudó a modificar la antigua temporalidad, donde el fin (el juicio de Dios sobre los hombres) era lo certero. Ahora el progreso supone un final abierto, pero más importante aún, tiñe todo lo que hacemos con una pátina benéfica, principalmente lo que se presenta como nuevo. Pero denunciar esta falsedad podría implicar, a la vez, poner en cuestión las verdaderas conquistas de lo que habitualmente se entiende como humanidad. Adorno no fue el primero ni el único en señalarlo; su precursor más directo se llamó Walter Benjamin. Es por eso que en un pasaje de estas lecciones, pasados veinticinco años de la muerte de su colega, Adorno regresa por un momento -como en tantos de sus pensamientos- a Benjamin. En este caso, a las Tesis del concepto de historia, último escrito que Benjamin -aunque con cierto recelo- dejó a la posteridad.
El progreso, se dice en estas tesis, es el viento de la historia que empuja hacia delante a un famoso ángel. Este ángel de la historia quisiera detenerse a salvar lo que pueda de la destrucción. Esa detención es imposible; el tiempo se ha acelerado y no se lo permite, debe seguir adelante. Lo que empuja es precisamente la tormenta del progreso. Esa misma idea de progreso hace que la amenaza del presente, como claramente ocurría en 1940, se vea con una pátina de benevolencia aunque todo lo que nos rodea lo contradiga. Puesto que nos hemos declarado en medio de un avance, lo malo del presente parece un espejismo. Adorno acentuará esta idea de la historia como una acumulación de destrucción al decir: progreso, acaso, equivalga simplemente a evitar la catástrofe.
La discusión pone en juego la posibilidad de una humanidad, tal como las actuales discusiones sobre la ecología (incluida su dimensión política y su participación en la desigualdad del mundo) nos recuerdan a diario. La idea misma de humanidad propiamente dicha, plena, además de su supervivencia física, está en juego. Ser crítico del concepto de progreso, sin embargo, podría confundirse con un acto de mero conservadurismo, con una abjuración abierta de la técnica o una renuncia a la razón. Según nos recuerda Adorno, esta última renuncia es imposible. Ya lo había establecido en un temprano libro, Dialéctica del Iluminismo. De modo que su crítica deberá tomar otros carriles. El problema del concepto de historia dominante es aquel que hace del avance del tiempo el movimiento de una totalidad. Se llamó “historia universal”, y su protagonista es, en Hegel, el espíritu. Dado que el espíritu está en avance -su nombre secular es el progreso, podríamos decir-, y que sus etapas equivalen a mejoras, el precio a pagar por estos progresivos beneficios siempre estará justificado. El mismo Hegel concede que, a nivel personal y de los seres humanos en su individualidad, la Historia no es más que un matadero; pero este es el nivel que habría que abandonar para entenderla. Su avance es visible desde lo general, y desde lo general se trata de un progreso, y será celebrado ante cualquiera de sus detractores.
Durante el dictado de las lecciones recogidas en este libro, Adorno atravesaba la etapa final de redacción de su obra teórica y especulativa mayor, la Dialéctica negativa; las coincidencias textuales son muchas. Ya en otros de sus libros y ensayos había sometido a Hegel a una crítica insistente sobre esa idea de totalidad. El mismo concepto de una dialéctica negativa significaba, precisamente, renunciar a ese momento de totalidad y dejar el camino del pensamiento en un estado de incompletud que lo salvara de ser cómplice, en palabras de Adorno, “de lo existente”. Como ocurre en buena parte de su pensamiento, Adorno adjudica a este concepto una dimensión social. Entonces, la totalidad es equiparada a la sociedad moderna, con sus coacciones y con su amenaza sobre los individuos, y tiene su contraparte en la lógica, por la voluntad oclusiva de toda afirmación total.
Si la reflexión sobre Hegel marcaba uno de los pilares sobre los que se levanta la dialéctica negativa, el otro, casi necesariamente, será Kant. Ya en lecciones anteriores sobre la moral, Adorno había determinado, algo provocativamente, a esos dos autores como el campo de la filosofía por excelencia. Si se ha de desarmar el todo en favor de lo particular, hace falta entonces entender cómo ese particular actúa en el mundo, y esa ya deja de ser una pregunta de la filosofía de la historia, y pasa a ser una de la ética. Es por eso que estas clases acuden a la filosofía kantiana. El individuo, lo particular, la aparente contingencia, esos elementos que forman el conjunto del todo, ¿cómo han de conservar su libertad si, finalmente, están destinados a cumplir una función determinada en el gran engranaje de las leyes de la naturaleza y de la historia?
Esta, dice Adorno, es una pregunta de la mayor dignidad filosófica. Encierra un problema no sólo humano, sino de la lógica del mundo pensable. Si renunciamos a la libertad caemos en el determinismo, si renunciamos al determinismo de las leyes naturales e históricas, caemos en la irracionalidad. Esta dicotomía, en parte, no ha de cerrarse. La dialéctica negativa, como muestran estas clases, está menos para resolverla que para recorrerla en todas sus partes.
Entrar al progreso, reflexiona Adorno, es en realidad salir del hechizo. La totalidad nos ha hecho reducir lo positivo y progresivo de ese devenir abierto a la mera técnica, a la evolución de “las capacidades y los inventos”, mientras que el verdadero progreso no puede formularse sin la idea misma de humanidad. Esta idea no ha sido realizada aún. La catástrofe circundante, la extensión en el mundo de la violencia y la miseria, es un recordatorio de la tarea pendiente.

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/theodor-adorno-posibilidad-humanidad-medio-progreso_0_hnE7lzr8x.html

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THEODOR W. ADORNO



Theodor Wiesengrund Adorno nació el año 1903. Entre 1918 y 1919, cuando tenía 15 años, fue alumno de Siegfried Kracauer. Al terminar sus estudios en el Gymnasium, se matriculó en la universidad de Francfort, donde estudió filosofía, sociología, psicología y música.
En 1924 se doctoró en filosofía y el año siguiente se trasladó a Viena para estudiar composición musical bajo la dirección de Alban Berg. Al mismo tiempo empezó a publicar artículos sobre música en general y sobre Schönberg en particular.

Desencantado con el "irracionalismo" del Círculo de Viena, Adorno volvió a Francfort y allí preparó una tesis sobre Kant y Freud, El concepto del incosciente en la teoría trascendental de la mente, que no fue aceptada, por lo que escribió otra sobre Kierkegaard, La construcción de la estética, que fue publicada el año 1933, coincidiendo con el ascenso de Hitler al poder.
La aprobación de este trabajo le permitió a Adorno entrar en el Instituto de Investigación Social de Francfort, dirigido entonces por Max Horkheimer, pero enseguida tuvo que emigrar a Inglaterra para escapar del nazismo. El propio Instituto se trasladó a Zurich en 1934.

Cuatro años más tarde, en 1938, Adorno se reincorporó al Instituto, que se había instalado en Nueva York, y allí trabajó en varios proyectos, entre los que destacan su investigación sobre Doctor Faustus, en colaboración con Thomas Mann, y la redacción de la famosa obra Dialéctica de la Ilustración, junto con Max Horkheimer, que fue publicada por primera vez en 1947.
En 1953, a la edad de 50 años, Adorno abandonó los Estados Unidos y regresó para trabajar en el Instituto, que se había vuelto a instalar en Francfort, del que llegó a ser director en 1959, tras la jubilación de Horkheimer.

Adorno murió el año 1969 en Suiza, cuando estaba trabajando en la redacción de su obra, Teoría de la Estética. Además de ésta, sus obras más importantes son: Dialéctica de la Ilustración (en colaboración con Horkheimer), Minima moralia y Dialéctica negativa.

La filosofía de Adorno se enmarca en la corriente básica hegeliano-marxista en que se mueven todos los miembros de la teoría crítica. Según Adorno, la sociedad industrializada presenta una estructura que niega al pensamiento su tarea más genuina: la tarea crítica. En esta situación, la filosofía se hace cada vez más necesaria, como pensamiento crítico para disipar la apariencia de libertad, mostrar la cosificación reinante y crear una conciencia progresiva.


El texto propuesto en el programa para lectura y comentario, "Opinión, demencia y sociedad", aparece publicado en la edición española de Filosofía y superstición, un conjunto de artículos y trabajos que vieron la luz en diferentes circunstancias. En él Adorno contrapone la opinión a la reflexión crítica y propugna una recta comprensión de la verdad para poder hacer frente con éxito a las diversas ideologías que intentan ocupar el sitio que deja libre la disolución de la verdad. Lo cual se consigue en un proceso de "dialéctica negativa", en oposición a la opinión dominante y al pensamiento positivo y satisfecho de sí mismo.

http://www.antroposmoderno.com/biografias/Adorno.html

Wolfram Eilenberger, autor de este libro, retrata la década de 1920 protagonizada por las luces de Benjamin, Wittgenstein, Heidegger y Cassirer.


JOSÉ FERNÁNDEZ VEGA
Davos también era un afamado centro turístico cuando en marzo de 1929, según relata este libro, recibió a un conjunto de pensadores convocados para discutir un tema eterno: ¿qué es el hombre? La pregunta constituye uno de los tres o cuatro grandes interrogantes con los que el propio Immanuel Kant intentó sintetizar sus indagaciones filosóficas. Apenas finalizada la temporada de esquí, fue en el lujoso hotel Belvédere de Davos donde cruzaron espadas el emergente Martin Heidegger y el establecido Ernest Cassirer. El resultado de la vibrante disputa señaló la consolidación de la hegemonía del primero en el ámbito filosófico de habla alemana.

Ludwig Wittgenstein
Ludwig Wittgenstein
El ameno relato de Tiempo de magos desemboca en esas singulares jornadas alpinas. El libro traza unos audaces paralelismos biográficos entre cuatro figuras intelectuales de primer nivel a lo largo de la intensa década de 1920 en la que se incubaron tanto el stalinismo como el fascismo. Los personajes de esta historia son los ya mencionados Cassirer y Heidegger –ambos profesores titulares— y los hasta cierto punto marginales Walter Benjamin (jamás obtuvo un cargo) y Ludwig Wittgenstein.
Afinidades no elegidas
El periplo de este último es incomparable. Hijo de una poderosa familia austríaca, Wittgenstein estudió ingeniería en Inglaterra, se alistó como voluntario en la Gran Guerra para convertirse en maestro rural tras la desmovilización y su renuncia a una formidable herencia. En una de sus frecuentes crisis golpeó a un pequeño alumno. Abandonó entonces el cargo e intentó ser admitido en un convento. Rechazado, acabó diseñando una casa para su hermana, que sigue siendo emblemática en Viena. Sus antiguos amigos de Cambridge, Bertrand Russell y John M. Keynes entre ellos, hicieron lo imposible por recuperarlo y lo lograron. Lo consideraban a menudo intratable, pero siempre genial.
Benjamin, en contraste, no obtuvo en vida el reconocimiento que unas tres décadas después de su muerte se le comenzó a prodigar por todas partes. También él hijo de una familia acaudalada, dilapidó su herencia y puso fin a sus días en un hotel de frontera, exhausto de su lucha por el sustento a la que se agregó la persecución racial. La discriminación había afectado también a Cassirer, el personaje “normal” de este cuarteto filosófico, puesto que no registra neurosis evidentes, estallidos temperamentales, decisiones aciagas, urgencias económicas ni enredos sentimentales. Este correcto profesor, el más afamado en su momento, custodio del legado de Goethe y Kant y defensor liberal de la tempestuosa República de Weimar, pudo ser el símbolo una Alemania satisfecha si el antisemitismo no hubiera postergado su promoción y al final lo hubiese obligado al exilio.
Tiempo de magos no se limita a contar los avatares vitales de unos filósofos que –fuera del choque entre Heidegger y Cassirer en Davos— no mantuvieron contacto entre sí. Intenta asimismo hallar conexiones entre sus preocupaciones teóricas. Algo difícil a primera vista puesto que tampoco en el plano especulativo tuvieron mucho en común, fuera del idioma y de la terrible época que compartieron: un mundo de entreguerras donde parecía que todo se derrumbaba. Con todo, este libro encuentra una fructífera manera de hilvanar pensamientos en apariencia tan divergentes.

Retiro. Martin Heidegger en su casa en la Selva Negra.
Retiro. Martin Heidegger en su casa en la Selva Negra.
Obsesionados por el lenguaje, estos cuatro filósofos, cada uno a su manera personal, reflexionaron sobre su potencia y también sobre sus límites. Excepto (una vez más) Cassirer, quien afirmó que podía expresar todo cuanto necesitaba decir, los otros tres consideraron al lenguaje un instrumento maravilloso pero problemático. Otro asunto que consumió a estos pensadores fue el problema del sentido de la existencia. Heidegger derivó hacia la consideración de la angustia como un modo de ser, el camino hacia la resolución personal y la vida auténtica. Wittgenstein osciló entre la lógica y la mística; Benjamin se inspiró en la sabiduría de la tradición hebrea e intentó trasponerla en términos políticos.
Hace casi un siglo cada uno de ellos comenzó a componer libros que fundaron escuelas y cuya gravitación todavía se deja sentir vivamente en nuestros días. La práctica institucional del ámbito en el que se movían solo les suscitaba desprecio. Fuera de Cassirer, tanto el recientemente establecido profesor Heidegger como el díscolo enseñante Wittgenstein o el frustrado aspirante a académico Benjamin no esperaban nada de la vida universitaria. Heidegger se sentía asfixiado por su ambiente burgués, Wittgenstein jamás aceptó las convenciones y Benjamin parecía conspirar contra sí mismo cuando buscaba un puesto entre los que llamó, de manera un poco rimbombante, “lacayos superfluos de la burguesía internacional”.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/reunion-cumbre-filosofica_0_2fwbRVi4t.html

Wolfram Eilenberger: “Es peligroso creer que la filosofía ayuda a conseguir la felicidad”

El ensayista cruza en su trabajo las obras de Benjamin, Wittgenstein, Heidegger y Cassirer 

Madrid 

Eilenberger, este lunes, en Madrid.
Eilenberger, este lunes, en Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ
Como en una de esas novelas en las que todas las piezas encajan, el ensayo Tiempo de magos sitúa las vidas cruzadas de cuatro pensadores (Walter BenjaminErnst CassirerMartin Heidegger y Ludwig Wittgenstein) en la deslumbrante constelación de la Alemania de los años veinte. Es decir, y según afirma el subtítulo, en La gran década de la filosofía, tiempo que va de la proclamación en 1919 de la República de Weimar al crack del 29. O, en cuanto a producción teórica, del Tractatus logico-philosophicus, de Wittgenstein, a La filosofía de las formas simbólicas, de Cassirer.
El autor, Wolfram Eilenberger, de 46 años, escogió a sus personajes por la vigencia de su pensamiento, además de por su centralidad en la historia del siglo XX. “La filosofía contemporánea hunde sus raíces en aquella época”, explicó ayer Eilenberger en la sede de la editorial Taurus, en una entrevista realizada en inglés con retazos del español que aprendió mientras vivía en Jerez de la Frontera. “Los cuatro son los padres fundadores de las escuelas que aún dominan la discusión: Heidegger, del existencialismo, la hermenéutica y la deconstrucción; Benjamin, de la teoría crítica y la Escuela de Fráncfort. Wittgenstein, de la filosofía analítica. Y creo que los estudios culturales no serían lo mismo sin Cassirer”.
En la elección del marco temporal también tuvo que ver el presente. “Los años veinte se parecen a nuestra época en que fueron tiempos acelerados en los que explotó el mercado de los medios, lo que, sumado al descrédito de las instituciones, generó un montón de eso que ahora llamaríamos fake news”, recuerda el autor. “La globalización se acentuó, y las democracias cedieron al empuje de las amenazas extremistas. Pese a que la fotografía se parece bastante a la actual me niego a establecer un paralelismo con lo que vino después. Eso crea una expectativa, una relación vinculante que implica el fascismo y la destrucción de Europa. Aquello sucedió, pero no tenía por qué haber sucedido. Propongo pensar en los años veinte como quien se inyecta una vacuna”.
El problema es que la filosofía se enseña como si fuera una ciencia
La historia de Tiempo de magos arranca en realidad por el final; en Cambridge, en junio de 1929, con “el que tal vez fuera el examen de doctorado más peculiar de la historia”. Hacía 10 años que Wittgenstein había terminado su Tractatus, que hizo de él un pensador tan hermético como influyente, pero carecía del título necesario para poder trabajar (pese a tratar sistemas de pensamiento abstractos, el libro no escatima en el relato prosaico de las estrecheces que atenazaron a sus creadores). Aquel año fue también el de “la disputa de Davos” entre Cassirer (el judío creyente en el poder igualitario de los signos) y Heidegger (el antisemita autor, dos años antes, de Ser y tiempo). Aquellos eran días en los que la estación suiza de esquí no servía de punto de reunión de los poderosos del mundo, sino que albergaba seminarios que reformulaban la pregunta kantiana de “¿qué es el hombre?” a la luz de Darwin y de las teorías de Einstein. El encuentro sirvió para enfrentar a ambos pensadores, así como para certificar la crisis de la filosofía académica y la desmembración de la conciencia moderna y del sentido del tiempo.
Desde la izquierda, Wittgenstein, Cassirer, Heidegger y Benjamin, vistos por Sciammarella.
Desde la izquierda, Wittgenstein, Cassirer, Heidegger y Benjamin, vistos por Sciammarella.
Eilenberger entrelaza relato vital e historia de las ideas con un admirable pulso narrativo y sin caer en el biografismo, a base de masticar para el lector poco entrenado algunas de las cumbres más temibles de la filosofía del siglo XX. Al mismo tiempo, otorga a cada uno de los protagonistas su ración justa de construcción mítica: ahí está Benjamin, dotado de un extraordinario talento para tomar siempre las decisiones vitales equivocadas (“Era un Weimar de un solo hombre”); Wittgenstein, cachorro de la Viena más acomodada que renunció tras volver de la I Guerra Mundial a la riqueza familiar para reinventarse como maestro rural; Heidegger, su turbulento matrimonio y las feroces tormentas, también de ideas, en la célebre cabaña de la Selva Negra; y Cassirer, el más convencional (y más viejo) del cuarteto, “el único al que la sexualidad no alteró seriamente la existencia, y el único que jamás sufrió una crisis nerviosa”.

Fútbol e ideas

Este libro es la culminación de la exitosa carrera de un autor, filósofo de formación, que navega entre el periodismo y el ensayo a base de conectar “las ideas académicas con el gran público”, en la tradición alemana de los suplementos culturales que no rehúyen la teoría y de divulgadores filosóficos como Rüdiger Safranski. Columnista de periódicos, donde también escribe de fútbol (a la intersección entre deporte y filosofía llegó a través del camino abierto por “los artículos de Javier Marías y las crónicas de fútbol en EL PAÍS”), Eilenberger fue director durante siete años de la versión alemana de la revista Philosophie, que cuenta con una tirada de 70.000 ejemplares. “Es innegable que hay un interés creciente en el pensamiento. Tal vez se deba a la situación política”, admite el escritor. “Ahora bien, conviene no confundir la filosofía con la autoayuda. La filosofía no ayuda a conseguir la felicidad. También me preocupa su banalización. Desconfío de quienes dicen que es posible explicar a Wittgenstein en 10 minutos. También creo que pedir a un pensador soluciones reales es peligroso, y Heidegger [que simpatizó con el nazismo] es el ejemplo perfecto”.
Alemania no se ha recuperado de la desaparición de su tradición judía
Pese a las modas, Eilenberger considera que vivimos en una época “pobre en términos de producción filosófica”. Sobre todo en Alemania. “La década de los veinte fue la última en la que la lengua de la filosofía fue el alemán. Hoy es el inglés por razones que tienen más que ver con el mercado que con la potencia de las ideas. En la historia de la filosofía hay épocas cumbre, como los veinte, y épocas valle, y la nuestra es de las segundas. Parte del problema tiene que ver con la universidad, en la que enseñan la filosofía como una ciencia. La pobreza que vemos en la escena filosófica actual en Alemania se debe también a que el país nunca se recuperó de la desaparición de la gran tradición cultural judía alemana”.
¿Y qué opina de la última estrella del pensamiento de su país, el coreano Byung-chul Han? “Es demasiado dramático. Me recuerda a un pájaro carpintero que incide continuamente en una porción muy estrecha de un tronco muy grueso. Encontró un tema y desde luego tiene un estilo, basado en un alemán que, como extranjero, emplea con bella simplicidad. Dicho lo cual, creo que ya es hora de que cambie de asunto”.

En esta grabación de un concierto de Wembley están resumidos los poderes del líder de Queen



01:25
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"Nunca he visto a un hombre atrapar el mundo entero en la palma de su mano de esa forma". Así describe Peter Freestone, asistente personal de Freddie Mercury (Tanzania, 1946 – Londres, 1991) todo lo que sucedió el 12 de julio de 1986 en el estadio de Wembley, de Londres. El concierto pasaría a la historia de la música y de la cultura popular: el mundo dejó de girar durante tres horas y toda una generación asociaría para siempre al líder de Queen con esa chaqueta amarilla, ese mostacho y ese éxtasis musical casi religioso.
Lo más fascinante de aquel espectáculo es que se puede percibir cómo el cantante es perfectamente consciente de que está haciendo historia. Tanto, que ni siquiera le hizo falta una canción de verdad para despertar el fervor de 70.000 creyentes: le bastó con una improvisación de apenas 2 minutos. Hoy esa aparentemente intrascendente improvisación condensa todo lo que convirtió a Freddie Mercury en una leyenda.

Durante un minuto y 57 segundos, Mercury consigue parar el mundo de nuevo. Y eso es lo más cerca que se puede estar de la inmortalidad

Así se domina con chulería y elegancia un escenario

Era el escenario más grande construido hasta el momento, y se le quedaba pequeño. Mercury se pasea como un animal que sabe que conquista inmediatamente el terreno que pisa, y en ningún momento parece intimidado ante la responsabilidad de seducir a 70.000 personas. Resulta tan chulesco como entrañable. Sus posturas triunfales mientras improvisa, a medio camino entre la ópera y la verbena de pueblo, generaron una corriente eléctrica que consiguió que el público no sintiese que estaba repitiendo cantos tiroleses, sino que formaba parte de la historia de la música.

Siempre cantando como si fuera la última vez en su vida

"No puedo llegar tan alto, vamos a bajar otra vez", reconoce el cantante en el vídeo. Pero enseguida vuelve a elevar su voz con una magnitud que no cabía en Wembley. A pesar de que el rango vocal de Mercury llegaba a la estratosfera como pocos cantantes masculinos han logrado, daba la sensación de que su vigor no nacía de la técnica, sino de las entrañas. El público respondió entusiasmado a sus gorgoritos, porque Freddie se lo estaba tomando tan en serio como si se tratase de la última canción de su vida.


Mercury se arrodilla ante Brian May en el concierto de Wembley de 1986.
Mercury se arrodilla ante Brian May en el concierto de Wembley de 1986. Getty


Líder de masas

El flautista de Hamelin era un aficionado al lado de Mercury. Aquella masa entregada había pagado 17 euros por la entrada, en la que sin duda es la mejor inversión de toda su vida. Y se dejaron llevar por la euforia de Queen. La indumentaria de Mercury le hace parecer un líder militar sacado de un sueño, y sostiene su característico micrófono con la actitud épica de quien ostenta un cetro. Le falta la corona, pero ya se encarga él de comportarse como si fuera el rey del mundo. El público estaba tan a sus pies que si al terminar el concierto Freddie llega a proponer invadir Polonia, esas 70000 personas le habrían seguido sin pensarlo dos veces.

Un anfitrión divertido que invita a todo el mundo a la fiesta

Despedir el numerito con ese "que os jodan" y recibir una ovación como respuesta es algo que solo pueden permitirse las estrellas de verdad. Mercury se ha metido a Wembley entero en el bolsillo, y lo ha conseguido porque la arrogancia solo es carismática cuando nace de la positividad y no de la prepotencia. El cantante arranca su improvisación con un mini/cachi/maceta en la mano, que le haría parecer el borracho de turno de la fiesta si no fuera porque su presencia es majestuosa. Él es el primero en sorprenderse por lo receptivo que está el público, y parece querer poner a prueba la obediencia de sus fieles, pero no lo hace con superioridad (aunque la disfruta), sino invitando a todo el mundo a la fiesta.

Sí, soy estrafalario, y si no te gusta me importa un carajo

La estrambótica energía de Mercury sobre el escenario despertó multitud de comentarios acerca de su sexualidad, pero a él no podía importarle menos. Otros artistas habrían sentido pudor, pero Freddie se dejaba llevar por la teatralidad y grandilocuencia, siempre buscando sacar adelante el mayor espectáculo del mundo. Él sabía que el problema lo tenían los demás. Si un artista se pasa de prudente y pisa el freno, conseguirá pasar desapercibido, pero nunca hará historia.

Despreocupadamente atractivo

Freddie Mercury no era guapo, pero exhibía el bigote como pocos. Sus pantalones ajustados, su apego por las camisetas de tirantes y lo empapado que terminaba en cada actuación resultaba asombrosamente atractivo, precisamente gracias a que no le preocupaba lo más mínimo.

Un minuto y 58 segundos donde se para el mundo

Poco antes de su muerte, Mercury lanzó The show must go on (El espectáculo debe continuar), y se convirtió en un credo. Para él no era una frase hecha, sino una forma de vida. El espectáculo siguió, pero no le dejó atrás. Pasó sus últimos días obsesionado con seguir componiendo y grabando, sentía la necesidad de alimentar su legado. Lo cierto es que cuando murió aquel 24 de noviembre de 1991, Freddie Mercury ya era mucho más que un cantante: formaba parte de la vida de millones de personas. Recuperar hoy aquel espontáneo y entrañable juego entre el rey y sus súbditos hace que, durante un minuto y 57 segundos, Freddie Mercury consiga parar el mundo de nuevo. Y eso es lo más cerca que se puede estar de la inmortalidad.