Sinopsis:
Es el día de la Epifanía de 1904 y está a punto de comenzar una de las celebraciones más concurridas de Dublín, la fiesta de las señoritas Morkan. Entre los invitados se encuentra Gabriel Conroy, sobrino de las anfitrionas y marido de Gretta, una de las mujeres más bellas del país. Es una noche maravillosa y los asistentes disfrutan de una magnífica velada. Gabriel, enamorado de su esposa, la contempla detenidamente cuando suena una antigua canción de amor. De vuelta a casa, Gretta le confiesa que aquella canción ha despertado en ella el recuerdo de un amor de juventud, que se vio truncado por la muerte del amado. Nunca antes le había contado a su marido esta historia. (FILMAFFINITY)

Escena de Gabriel Conroy, y su mujer Gretta
Dublineses es la redención de un hombre frente a la muerte, un hombre que se apaga lentamente. Su final es inminente y próximo. Pronto no estará entre nosotros, dejará de escuchar la música y las voces de sus seres queridos, dejará de bailar, de beber, de comer y de disfrutar de los placeres de la vida. Y ahora, cuando todo eso está a punto de desaparecer, quiere sentarse y reir. Quiere abstenerse de conversaciones reflexivas y, sobre todo, quiere ser escuchado. Dejemos de vivir engañados creyendo en las dificultades y hagamos que lo imposible sea posible. Un segundo puede valer más que toda una vida. Quizá cuando nos arrepintamos sea demasiado tarde.
http://www.escuela-tai.com/blog/dublineses-los-muertos-una-nostalgica-mirada-a-toda-una-vida/



El monólogo final de "Dublineses" de John Huston, cuya historia se basa en el relato "La muerte" (The Dead), de James Joyce. Está en inglés subtitulado al español.



El sello de John Huston en lo fílmico y la base literaria escrita por Jame Joyce hacen que no sea necesario decir ni una palabra más para que nos animemos a disfrutar de esta película. Una confidencia basada en el amor y en el pasado es la base de una sencilla reflexión sobre la propia existencia. Tony Huston, hijo del mítico director, hizo la adaptación de un relato corto de Joyce (“Los muertos”, del libro “Dublineses”) a guión cinematográfico. Con la salud deteriorada, su padre dirigió esta magistral película, cuyo estreno no llegó a ver, por lo que siempre se asocia esta obra al legado de uno de los directores más respetados de la historia del cine. La maestría de Huston fue el complemento esencial al entusiasmo del joven James Joyce, que tenía 25 años al escribir la historia original."(...)
"El hijo de nuestro director, Tony Huston, preparó una adaptación cuyo momento cumbre sería la confesión de un antiguo amor por parte de Gretta (Anjelica Huston) a su marido, un sosegado personaje (Gabriel, interpretado por Donal McCann). No es casual que coincida nuestra fecha de proyección con el 14 de febrero. El recuerdo de un amor, la vida y la muerte se abrazan en toda esa carga de profundidad que rescata la esencia del cuento “Los muertos”, perteneciente al libro “Dublineses”, de Joyce. Ya habían colaborado con Huston otros grandes de la literatura, como Truman Capote (La burla del diablo, 1953 ) o Sartre (Freud, pasión secreta; 1962)."
Fuente de los datos: http://www.filmaffinity.com
Textos de la reseña: Rafael Marfil.
Premios
Críticas
  • Elegida por los críticos españoles como la mejor película de los ochenta, "Dublineses" es una de esas joyas que hace de la simplicidad y la transparencia su mejor virtud. Huston eligió el soberbio relato de Joyce para realizar su testamento cinematográfico, un film lleno de sinceridad y nostalgia con un final tan inesperado como conmovedor. Talento, humildad y emoción para una obra maestra absoluta, un oasis de clasicismo hollywoodiense a finales de la peor década de la historia del cine americano.
    Daniel Andreas: FILMAFFINITY 
  • "Gran testamento cinematográfico de Huston, que rodó en silla de ruedas y con máscara de oxígeno"
    Javier Ocaña: Cinemanía 
  • "Una reflexión acerca del paso del tiempo, de lo inevitable de la decadencia y de la muerte y, en especial, de la nostalgia por lo irrecuperable. Una declaración de amor al cine"
    Miguel Ángel Palomo: Diario El País 

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EL TESTAMENTO DE JOHN HUSTON
Por Albert Galera

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Probablemente una de las películas más bellas jamás realizadas,Dublineses supone el film póstumo de un maestro: John Huston. Un film de extrema delicadeza realizada por un director veterano y moribundo; durante el transcurso de su rodaje, el autor de clásicos inmortales como La reina de África (1951) o El hombre que pudo reinar (1975) se encontraba en los últimos días de su existencia y orquestaba la batuta mientras inhalaba oxígeno. Pero ni la edad ni el terrible estado de salud del mítico realizador restaron ni un solo ápice a la impresionante lucidez que ofrece este exquisito ensayo cinematográfico basado en un relato corto del legendario James Joyce.
En el fin de sus días, John Huston quiso despedirse homenajeando sus orígenes irlandeses, no solo adaptando a uno de los escritores irish más importantes de la literatura universal, sino que lo hizo fijándose en una tierna, romántica y nostálgica obra que habla de la vida y la muerte, del amor y la familia o del paso del tiempo, a través de una gran fuerza de sabiduría. Todos estos aspectos fueron reunidos por el doblemente oscarizado cineasta de El tesoro de Sierra Madre (1947), para confeccionar una película envolvente y cálida donde su debate personal entre la vida y la muerte resulta fundamental y en la que ese espíritu tan familiar adquiere una doble dimensión personal con la decisiva participación de dos de sus hijos: Tony Huston como encargado de escribir la excelente adaptación —reconocida con una nominación al Oscar®— y Anjelica Huston como integrante del reparto coral del film y gran protagonista del emotivo tramo final.

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La cena de celebración cristiana del día de la Epifanía forma parte de la esencia del film, el ritual de la llegada de los invitados, el baile previo a la cena, la posterior degustación de la elaborada comida, la excesiva debilidad por el whisky de algunos de ellos, las filosóficas discusiones tras la cena y la majestuosa despedida de invitados, todo ello está ejecutado con una poderosa elegancia, con una solemnidad asombrosa y con un tacto encomiable. Con una puesta en escena que, en ocasiones, recuerda El gatopardo (1963), es fácil intuir el interés por los detalles del debilitado realizador, exaltando aspectos tan majestuosos como el hecho de que el tiempo de espera antes de la cena, los asistentes a la cita escuchen atentamente la interpretación al piano de canciones tradicionales o participen de elegantes bailes. Asimismo, Huston acentúa la intimidad de los personajes, sus miedos, sus frustraciones, los conflictos familiares, pero también sus ilusiones, la bondad o generosidad de las hermanas anfitrionas, el agradecimiento de los invitados y las lágrimas incontenidas que provocan las palabras personalizadas del personaje de Donal McCann mientras propone un brindis de gran calidez.
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   Dublineses es una joya cinematográfica cuya exquisitez radica en el enorme tacto de todos y cada uno de los aspectos que forman su conjunto. Las interpretaciones de todo el reparto es sencillamente soberbio, encabezado por Anjelica Huston y Donal McCann, destacan ilustres veteranos irlandeses o británicos como Dan O’Herlihy, Marie Kean, Donal Donnelly o Sean McClory, además de actores convertidos en posteriores rostros habituales, como Colm Meaney. Resulta especialmente reconfortante disfrutar de todo su diseño de producción, del maravilloso diseño de vestuario, también nominado al Oscar® y obra de la ya por aquel entonces veterana Dortohy Jeakins —colaboradora habitual del realizador y uno de cuyos tres Oscar® conquistados durante su longeva carrera lo ganó precisamente por un film de John Huston, La noche de la iguana(1964)—, así como la extrodinaria fotografía de Fred Murphy, un trabajo en el que destaca la increíble iluminación de cada espacio de la casa donde transcurre casi la totalidad de la película, con el justo contraste de las breves escenas de exterior en una Dublín sucumbida a una gran nevada. Y el complemento final y decisivo es el aportado por el mítico y añorado Alex North, el compositor que tan bien conocía a Huston y que no podía faltar a esta última cita, creando para la ocasión una bellísima partitura que se cumplimenta a la perfección con la inclusión de algunos temas tradicionales irlandeses, entre los que destaca sobremanera The Lass of Augrhim, una hermosísima balada cantada por Frank Patterson —quien por cierto también forma parte del reparto, interpretando a Bartell D’Arcy, aunque su interpretación de esta canción la realiza fuera de escena— que da pie a una de las mejores secuencias de la película y, si se me permite, diría que también es uno de los grandes momentos del cine de John Huston y, por supuesto, del cine contemporáneo. Al compás de esta delicada pieza musical, Anjelica Huston y el desaparecido Donal McCann protagonizan un plano contra plano, sencillo de ejecución, pero que consigue trasmitir una emoción como pocas veces se ha generado; durante el transcurso de unos breves minutos, la Gretta Conroy que interpreta la Huston queda absorbida, paralizada, totalmente abducida por el sonido de ese suave y romántico sonido musical mientras se mantiene en la parte superior de las escaleras interiores del hogar donde acaban de celebrar la cena de Epifanía; su marido queda absorto ante la inmovilidad y el rostro hipnotizado de su esposa. Pocos minutos más tarde, conoceremos el significado de esa escena mediante una poética resolución que transmite unas emociones difícilmente igualables.
   Resulta difícil de imaginar un epílogo tan perfecto como Dublineses para cerrar de la mejor forma posible una de las filmografías más brillantes que se recuerdan. Para quienes cuestionan la excesiva americanización de John Huston,Dublineses es también la demostración definitiva de su afinidad hacia el pueblo irlandés, además de un sentido homenaje a sus antepasados. Y por lo que se refiere al aficionado al cine, tan solo queda agradecer la gestación de esta película, la capacidad del maestro irlandés-americano para redondear esta joya y dejar este mundo con una sobriedad envidiable.•
Cada vez me emociona más el final de Los muertos, tanto el de la película como el de Dublineses. No creo que sea por ser más viejo y sentimental, ni por tener más cerca mi muerte, ni por las que me pesan ya. Quizá sea porque Joyce y Huston supieron expresarse a un nivel más poético que racional, y la buena poesía, como la buena música, cala cada vez más hondo.
Tampoco el protagonista de la historia entiende muy bien sus sentimientos. Inesperadamente, su esposa le ha revelado la existencia de Michael Furey, un muchacho que la había amado hasta llegar a morir de frío por no resignarse a perderla.The lass of Aughrim, la canción que han escuchado en la velada pasada en casa de sus ancianas tías, ha reavivado su recuerdo y su dolor.
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If you’ll be the lass of Aughrim
As I am taking you mean to be
Tell me the first token
That passed between you and me
O don’t you remember
That night on yon lean hill
When we both met together
Which I am sorry now to tell
The rain falls on my heavy locks
And the dew wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
But none will let me in
Si eres la chica de Aughrim  como veo que dices ser, dime cuál fue la primera prenda que se cruzó entre nosotros. Oh, ¿no recuerdas la noche en aquella colina cuando nos encontramos, de la que ahora me apena hablar? La lluvia cae sobre mis pesados mechones y el rocío humedece mi piel; mi hijo yace aterido en mis brazos; pero nadie me deja entrar.
Luego, cuando ella ya duerme, se le agolpan las emociones y reflexiona sobre aquel amor y el suyo, sobre aquella joven que había tenido un amor así en su vida y sobre ellos dos, que se iban convirtiendo ambos en sombras.  Y al pensar en cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo, siente por ella algo nuevo que sólo puede llamarse amor, y que le aproxima a Michael Furey y a esa región donde moran las huestes de los muertos. Y el relato concluye con uno de los párrafos más emocionantes que se han escrito nunca:
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.
Suficiente para abandonar cualquier prevención derivada de malas experiencias con elUlises de Joyce y leer Dublineses, un extraordinario fresco de la clase media del Dublín de inicios del siglo XX, cuyo último relato es Los muertos.  Como los cuadros de la época azul de Picasso, gusta mucho también a los que no se entusiasman con las obras más emblemáticas de estos artistas.
Pero ni Huston ni tampoco Donal MacCann desmerecen:

   El pintor de la soledad

Noviembre 2014



Edward Hopper, el extraordinario pintor neoyorquino, vivió inmerso en esa soledad profunda que se aloja en la cultura norteamericana. Hopper fue un hombre solitario, tímido e introvertido que solo podía escapar de su cárcel interior por medio de la pintura. Sus cuadros destilan una atmósfera de soledades urbanas mustias y deprimentes. La obra de Hopper refleja con una gran fuerza esa condición triste que supuestamente define la identidad nacional de muchos países. Sin embargo, rara vez representó la pose típica del melancólico, con la mano apoyada en la mejilla. La melancolía flotó en muchos de sus cuadros más famosos, como en las mujeres que pintó en habitaciones de hotel (Hotel room, 1931), en las personas tomando su trago en la barra de un bar triste (Nighthawks, 1942) o en la joven que bebe sola su café en un restaurante automático (Automat, 1927). Pero hay un cuadro de 1939, New York movie, donde pinta a la acomodadora de un cine en la actitud melancólica clásica. Ella está de pie, apoyada en la pared, en espera solitaria de que termine la película que se ve a la izquierda, donde dos actores se miran románticamente. Me gustaría imaginar que son Cary Grant y Katharine Hepburn.
A Hopper le encantaba ir al cine, donde se reunía con una masa de espectadores aislados. En este cuadro la acomodadora rubia, vestida de azul, con su lámpara en una mano y con la mejilla apoyada en la otra, representa una imagen de la incomunicación dentro del templo moderno de los medios masivos de comunicación, el cine.
Hopper vivió una larga y penosa incomunicación con su esposa Jo, también pintora. Ella fue la modelo de todas las mujeres que retrató en sus pinturas, incluyendo a la acomodadora triste en el cine de Nueva York. Siempre son mujeres que, aun en compañía, viven el aislamiento, mirando sin esperanza al suelo, leyendo un libro o contemplando por la ventana un paisaje vacío. Jo cuenta en sus diarios que Hopper estaba dominado por tres impulsos: el arte, el sexo y el deseo de manejar un auto. El arte era su principal medio de expresión; era poco conversador y con su obra lograba romper su encierro. Manejar fue para él una obsesión; buscaba temas para sus cuadros durante largos viajes en coche por Estados Unidos (y México). Esta obsesión, tan norteamericana, quedó plasmada en la célebre novela En el camino (1957), de Jack Kerouac.
El sexo fue una urgencia que siempre desconcertó a Jo, que se sentía marginada por los hábitos eróticos de su marido. Ella había llegado virgen al matrimonio y enseguida se percató de que el sexo para Hopper solo funcionaba para él mismo, y que en realidad era un placer solitario para el cual ella era un mero instrumento. Hopper era un solitario que pintaba la soledad. Pero además enfrentó con frecuencia periodos de depresión. Su amigo y compañero Walter Tittle, en su autobiografía inédita, se refiere a lo que llamó su “solemnidad semifuneraria” y lo recuerda así: “sufría por largos períodos de una inercia invencible, sentado durante días seguidos frente a su caballete sumido en una desdicha sin remedio, incapaz de levantar una mano para romper el hechizo” (véase el libro de Gail Levin, Edward Hopper: An intimate biography, 1995).
Aunque algunos críticos vieron en la obra de Hopper una expresión de la identidad norteamericana –la llamada “American scene”, según la expresión de Henry James–, él siempre rechazó a los pintores que caricaturizaban al país mediante imágenes “típicas”. Declaró que nunca quiso pintar una “escena americana”, de la misma forma en que los franceses nunca quisieron pintar una “escena francesa”. Sin embargo, Hopper recogió la veta sombría del puritanismo que reconocía la desolación de la existencia humana, que tan profundamente había marcado la cultura de Estados Unidos. ~
http://letraslibres.com/revista/columnas/el-pintor-de-la-soledad

'El emperador', Ryszard Kapuscinski

Antes de que Ryszard Kapuscinski muriera, la Academia Sueca estuvo valorando la posibilidad de darle el Premio Nobel de Literatura, dado que querían ampliar el concepto literatura para que abarcara otros géneros, como el periodístico.

En 2003 el jurado de los Premios Príncipe de Asturias reconoció la trayectoria de este gran periodista y escritor polaco con el Premio de Comunicación y Humanidades. En el acta del jurado constó lo siguiente: "Ryszard Kapuscinski, escritor polaco de dilatada trayectoria, ha sido durante medio siglo un modelo de periodista independiente que ha dado cuenta veraz, hasta con el riesgo de su propia vida, de numerosos y trascendentales conflictos de nuestro tiempo en diversos continentes. No se ha limitado a describir externamente los hechos sino que ha indagado sus causas y analizado las repercusiones, sobre todo entre los más humildes, con los que se siente hondamente comprometido. Sus trabajos son valiosos reportajes, agudas reflexiones sobre la realidad circundante y, al mismo tiempo, ejemplos de ética personal y profesional, en un mundo en que la información libre y no manipulada se hace más necesaria que nunca".

No cabe la menor duda de que Kapuscinski era un auténtico maestro del reportaje. Como bien apunta el acta del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, este periodista no se limitaba a dar detalles externos sobre los conflictos o dictaduras del mundo, sino que ahondaba en el corazón de las situaciones que pretendía conocer y sobre las que quería escribir. Un ejemplo claro de ello es, sin ir más lejos, el libro El emperador, que relata los últimos años del Imperio de Haile Selassie de Etiopía. Al leer el libro nos damos cuenta del valor periodístico de este trabajo, dado que Kapuscinski se mete, literalmente, en el palacio del emperador.

Es decir, no solamente ha tenido la oportunidad de compartir cena y desayuno con la corte imperial, sino que, una vez muerto Selassie, emprende un proceso exhaustivo de documentación que lo lleva a entrevistar a los etíopes que vivieron en primera persona el desarrollo del gobierno de Selassie; es decir, los que servían en palacio.

Si nos fijamos en el modo en que está escrito El emperador, veremos que el reportaje está estructurado en declaraciones de los entrevistados y en breves conclusiones del autor que va completando el relato. Apenas se percibe la presencia del entrevistador a menos que los entrevistados hablen directamente al periodista –“señor Kapuscinski” o “señor Richard”-, cuando notamos la presencia del autor es precisamente cuando habla él en primera persona. Esas intervenciones aparecen en cursivas, como si él estuviera realmente al margen de lo que investiga. Hablando en plata: el periodista hace lo que debe hacer un profesional de la comunicación, hablar lo mínimo y dejar que sean los afectados/interesados los que hablen, los que muestren la realidad que se intenta reflejar.

Muchos profesionales del periodismo han repetido hasta la saciedad que un buen reportaje no tiene porque estar lleno de intervenciones del autor, puede que dejando que la realidad hable por sí misma, sea suficiente para que los lectores nos hagamos una idea clara de lo que está ocurriendo u ocurrió en un momento dado en un lugar determinado. Es como si para hacer un reportaje de radio limitásemos las voces en off y dejáramos que se alternaran declaraciones de personas distintas.

Volviendo al acta del jurado de los Premios Príncipe de Asturias, Kapuscinski es un “ejemplo de ética personal y profesional, en un mundo en que la información libre y no manipulada se hace más necesaria que nunca”. La clave está en la expresión “no manipulada”. Es decir, lo que decíamos anteriormente, intervenir lo mínimo para no tergiversar la esencia de lo que se quiere relatar. Es más, las intervenciones que hace el autor/periodista, deben ser humildes, sencillas y sinceras. Decía el propio Kapuscinski: "El comportamiento del reportero tiene que ser sencillo, sincero y humilde. La gente es muy susceptible ante la arrogancia. Nuestro interlocutor es primero un ser humano, no es nuestro tema, es alguien que tiene su propio mundo".

Y añadía: "Al reportear, el primer contacto siempre es importante; 15 minutos de nuestro comportamiento definen qué vamos a hacer. El primer contacto tiene que ser de una relación muy intensa".

Estas dos citas implican unos detalles importantes: no olvidar que nuestros interlocutores –como periodistas- son, ante todo, seres humanos; que al entrevistarlos, nos adentramos en su mundo; que tan importantes es el primer contacto con ese ser humano como el desarrollo de la entrevista.

Por lo tanto, Kapuscinski lleva a cabo un trabajo periodístico en mayúsculas, ya que prescinde de lo externamente palpable, para adentrarse en el alma del conflicto sobre el que escribe el reportaje. En este caso, ya lo hemos dicho, el gobierno de Selassie. Sabe cómo tratar sus fuentes –otro tema amplio podríamos tratar sobre este tema de los fuentes, pero nos apartaríamos del camino- y como utilizar la información que obtiene. Pero lo que me interesa discutir ahora no es si el trabajo de Kapuscinski es buen periodismo o no, dado que mi voz es, solamente, una de tantas que reconocen su impecable mirada periodística.

Retomando el hilo del principio, me gustaría reflexionar sobre si además de periodismo, El emperador –como cualquier otro título del autor- es también literatura.

Los que defienden que la literatura es puramente ficción, evidentemente rechazarán que la obra periodística de Kapuscinski quede enmarcada dentro del término literatura. Pero los que valoran algo más que la simple ficción, sí darían una oportunidad a El emperador como obra literaria.

Atendamos a lo que decía el propio autor sobre este tema: "Como representantes de esa nueva rama de la literatura (el periodismo) tenemos dos grandes enemigos:

1. Los escritores de ficción que no quieren admitir a los reporteros en su casa.

2. Los ‘periodistas puros’, la gente que mueve todo el mundo de los medios, pero que por varias razones no tienen esta gana de hacer algo que no sea pura noticia, pura información. Son los que tratan el periodismo simplemente como una manera de ganarse la vida o pasan con la edad a ser funcionarios o empresarios."

Es decir, los que no calificarían la obra de Kapuscinski como literatura son los propios escritores de ficción y los periodistas que solamente creen en el periodismo como forma de ganarse. Resumiendo estas ideas, podríamos decir que los que no creen que la obra del autor polaco sea literatura son los devoradores de ficción –sean editores, escritores, lectores…- y los periodistas que no quieren que el periodismo sea algo más que simple periodismo (por muy redundante que parezca). Cuántas veces habremos escuchado eso de “esto no es periodismo, es pura literatura”.

Personalmente, y tomando al toro por los cuernos, creo que la obra de Kapuscinski sí podríamos enmarcarla dentro del género literario. Pero teniendo en cuenta que el concepto literatura abarca mucho más que la simple ficción. De hecho, considero que la ficción es el terreno más sencillo de la literatura, porque inventar e imaginar es sencillo, lo realmente difícil es rastrear una realidad y mostrarla a los lectores. Claro está, el trabajo de Kapuscinski no se limita a reunir documentos y entrevistas, encuadernarlos y mandarlos a la editorial, sino que detrás hay un trabajo metódico para que el lector lea con atención y de una forma amena una historia sobre personas y lugares reales. El lector asiste a un relato –en este caso un reportaje- que ha sido pensado para ser leído como una historia amena: las declaraciones sustituyen a los diálogos, la voz del periodista es la del narrador y las personas reales –en este caso, el servicio, el monarca…- son los personajes de cualquier novela. El trabajo de Kapuscinski, por lo tanto, tiene todos los requisitos para ser calificado también como literatura. Al igual que podríamos decirlo de A sangre fría, de Truman Capote y que extrañamente hay menos discusión sobre si es también literatura o solo periodismo. Quizá el autor polaco necesite la perspectiva del tiempo para que algunos califiquen su obra como literaria (además de periodística).

Pero no nos equivoquemos, no todos los reportajes son literatura, sino los que cumplen los requisitos que hemos descrito anteriormente y, sobre todo, los que están escritos con sobriedad y la maestría que demuestra en El emperador, Ryszard Kapuscinski. Dejemos una vez más que hable el propio autor: "Claro, no todo el periodismo es literatura. El primer criterio es la calidad del texto". Calidad a Kapuscinski no le falta. Está claro, está dicho. Debió ganar el Nobel de literatura.

http://paginasdebabel.blogspot.com/search/label/Ryszard%20Kapuscinski

Por Hernán Lara Zavala

La vida rota de Lowry no le impidió escribir una obra maestra, Bajo el volcán, señuelo de tantos autores que buscan en México su perdición heroica. Lara Zavala reconstruye el itinerario vital y creativo de este autor irrepetible
Enero 2008
Resultado de imagen para Malcolm Lowry; una obra maestra, Bajo el volcán
Malcom Lowry y Jan Gabrial 
I
Malcolm Lowry, a quien le gustaba contemplar el universo como un arcano, un criptograma lleno de “correspondencias mágicas” o “coincidencias misteriosas y fatales”, vio marcada su vida por dos mujeres, tres hombres y un país. Las mujeres fueron sus esposas Jan Gabrial y Margerie Bonner; los hombres el escritor norteamericano Conrad Aiken, que fungió como su tutor, guardián, maestro, preceptor, padre putativo, cómplice, doble y rival; Nordhal Grieg, novelista noruego con quien se identificó por sus experiencias marítimas; y Albert Erskine, editor estadounidense de Bajo el volcán y amigo leal que creyó como nadie en su talento. El país fue, por supuesto, México y, más específicamente, Cuernavaca o Quauhnáhuac como a él le gustaba nombrarla, escenario de su gran novela.
Una de las dos grandes biografías de Lowry se basa, principal aunque no exclusivamente, en los testimonios de Margerie Bonner, Malcolm Lowry, una biografía de Douglas Day (1973), traducida por el Fondo de Cultura Económica en 1983; la otra toma más en cuenta los recuerdos y experiencias de Jan Gabrial, Perseguido por los demoniosde Gordon Bowker (1993), por publicarse próximamente también a cargo del FCE. La primera es obra de un autor norteamericano, la segunda de un inglés. La de Day intenta emular la estructura de la novela y comienza, una vez que Lowry ha muerto, evocando los últimos días del autor para narrar su vida a partir de ahí; la segunda, sobria, ampliamente documentada y escrita con la tradicional amenidad de la biografía inglesa, sigue una anécdota cronológica sin que por ello desmerezca su contenido, que casi duplica al de Day, y aporta nuevos e interesantes datos, pues Bowker se dio a la tarea de localizar a Jan Gabrial, la primera esposa, que se había mantenido en el anonimato durante años. Ambas biografías son magníficas, se complementan y contraponen, dado que cada una muestra lo subjetivo, interpretativo y arbitrario que puede resultar el género biográfico según las simpatías y apreciaciones de los informantes. Pero lo que dejan muy en claro las dos obras es cuán compleja, autodestructiva, errática, azarosa, caótica, intensa, pero sobre todo trágica fue la vida de Malcolm Lowry.
Detrás de los hombres y mujeres que signaron la vida del escritor se encontraban ocultas las figuras paterna y materna: Arthur, su padre, próspero comerciante en algodón, puritano de la iglesia metodista y abstemio convencido; Evelyn, su madre, que tuvo a Malcolm, el menor de sus cuatro hijos varones, a los 36 años y del que se mantuvo distante por motivos de salud y temperamento a pesar de que para Malcolm, en sus cartas, ella fuera “my dear darling precious little mother” (“mi querida, amada y preciosa madrecita”).
Bowker relata al inicio de Perseguido por los demonioscómo Malcolm decidió, desde niño y de manera inconsciente, su futura inclinación hacia el alcohol como rechazo al puritanismo y a la rigidez paterna. En uno de sus cuentos de juventud, Lowry narra que todas las mañanas acompañaba en el automóvil de la familia a su padre para que abordara el ferry en el que cruzaba el Mersey para dirigirse a sus oficinas en la ciudad de Liverpool. En el camino se encontraban invariablemente a un vecino que hacía el mismo recorrido que ellos a pie. Se trataba de un abogado que, al verlos pasar, saludaba con su bastón de manera un tanto burlona ante la total indiferencia del padre. Cuando Malcolm preguntó por qué no respondía al saludo, el padre le contestó que ese hombre era un borracho sin autodisciplina. La epifanía del cuento la revela el propio niño que funge como narrador: “Él ignoraba que secretamente yo había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor.”
Como suele suceder con muchos escritores, la figura materna desempeñó un papel definitivo en la formación de la sensibilidad y carácter de Lowry, pues su línea emocional provenía de Evelyn, su madre, la cual solía quejarse de que nunca volvió a ser la misma después del nacimiento de Malcolm. Esa frase la usaban los hermanos para burlarse de sí mismos ante cualquier pequeño percance que se suscitaba en la familia. Lo cierto es que Malcolm, el menor de cuatro varones, creció con una madre emocionalmente ausente, consentido y sobreprotegido por nanas, institutrices y la servidumbre, quienes, según él, lo dormían dándole una copita de vino. Al igual que sus hermanos, a los siete años Malcolm ingresó a un internado, alejándose para siempre del ambiente familiar.
Lowry invirtió su vida intelectual y emocional en la búsqueda de padres sustitutos. En el terreno masculino recurría a escritores mayores que pudieran iluminarlo y guiarlo en su carrera literaria y fungieran como guardianes frente a su padre, eterno y distante proveedor, que lo libraba de todos sus problemas; pese a ello, cuando Malcolm cumplió veintiún años y su padre le pidió que hiciera un brindis, Lowry contestó que para él su infancia significaba un sufrimiento perpetuo en que la mayor parte del tiempo se sintió ciego, tullido o constipado. Entre las mujeres Malcolm buscaba, o bien a la madre amante (“a mother who was a good lay”, según Jan Gabrial, ) o a “la mártir” (como Margerie, según Day), a manera de paliativo del amor materno que siempre añoró y nunca tuvo. En ambos casos su relación de pareja resultó desastrosa, en parte por su dipsomanía y en parte por sus instintos, que iban del suicida al homicida (“Déjelo”, le recomendaron a Margerie en el Hospital Americano en París, “si no lo hace la va a matar o se va a suicidar”). Lowry lo sabía internamente y así lo sintetiza en la frase final de su cuento “In Le Havre”: “Tú sólo amas tu propia miseria.”
La literatura, la música, el alcohol, el deporte, el amor, el mar y los barcos se fueron entremezclando de manera azarosa en su vida. Desde joven Malcolm mostró una natural predisposición a escribir cuentos y poemas, aprendió a tocar un instrumento un tanto ridículo –el ukelele o taropatch, como parte de su gusto por el chárleston y el jazz– integrándolo fetichistamente a su dislocada personalidad; fue destacado golfista –ganó varios torneos–, infatigable nadador (como su padre) hasta el final de sus días, además de tenista, jugador de ping-pong y aficionado a la lucha libre. Cuando tenía dieciocho años empezó a escribir Ultramarine como resultado de un viaje que hiciera a Shanghái y Yokohama a bordo del carguero ssPyrrus, que se publicitó en los periódicos como el rechazo de un niño rico a la vida regalada (“Yo no quiero cojines de seda, quiero ver el mundo, rozarme con sus particularidades, adquirir experiencia en la vida antes de ingresar en la Universidad de Cambridge”). Al volver del viaje, experimentó la primera de las grandes revelaciones literarias de su vida, la cual cambiaría para siempre su destino como escritor y ser humano. Russell, su hermano más próximo en edad, sacó de la biblioteca pública una novela cuyo título captó su atención, Blue Voyage, pensando que se trataba de un libro marítimo. Pronto el estilo del autor lo desconcertó por sus pirotecnias estilísticas y prefirió pasárselo a Malcolm diciéndole: “Este libro es más para ti que para mí.” Lowry se quedó prendado de la novela que devoró y calificó como “de genio satánico y maravilloso”.
El autor de Blue Voyage era Conrad Aiken, que le doblaba la edad. Malcolm empezó a cartearse con él y le propuso que antes de ingresar a Cambridge, donde ya había sido aceptado en Saint Catherine’s College, lo recibiera como pupilo y huésped en su casa de Boston, a cambio de una paga. Aiken aceptó. Ambos compartían la misma sensación de desarraigo y acaso por ello se identificaron de inmediato e iniciaron lo que Aiken llamó “una bella amistad” que, llena de conflictos y tropezones, duró hasta el final de sus días. Comenzaron entablando una relación entre tutor y aprendiz de escritor que luego se desvió hacia padre e hijo y finalmente a la de alcahuete frente a las exigencias paternas. Con el tiempo se convirtió en una relación de colegas literarios y, por consiguiente, rivales y competidores, en la que buscaban reconocimiento uno del otro, saqueándose ideas y ejerciendo indistintamente el canibalismo y el vampirismo. Cuando Malcolm le propuso a su padre que contrataran a Aiken como su tutor, the old man aceptó, pues se trataba de un poeta y novelista renombrado, con varios libros publicados, amigo de T.S. Eliot, conocedor y émulo de la obra de Joyce y profesor de Harvard.
Ese encuentro marcó el inicio de la carrera de Lowry como escritor. Bowker llama a la figura de Aiken el “ángel sombrío” de Lowry, pues representaba lo más opuesto al padre de Malcolm: Aiken era mujeriego, lo habían expulsado de Harvard por conducta inmoral (“moral turpitude”), era frecuentador de prostitutas, bebedor compulsivo, admirador de Freud y un psicoanalista aficionado que diagnosticó que Malcolm padecía esquizofrenia. La amistad entre ellos duró veinticinco años y se distinguió por ser a veces simbiótica, a veces parasitaria, con frecuencia destructiva, impregnada de alcohol, de bromas obscenas y de violencia, al grado de que en una fiesta Lowry le fracturó el cráneo a Aiken con la tapa de un inodoro jugando luchas. Aiken no era, pues, ninguna perita en dulce: se había quedado huérfano a los nueve años, luego de presenciar el asesinato de su madre a manos de su padre por un ataque de celos, para terminar suicidándose frente a su hijo. Aiken era más poeta que narrador. Influido por Joyce y por Eliot, su método consistía en subjetivizar las acciones mediante monólogos interiores en busca de la exploración interna de sus personajes. A Malcolm no le importaba servirse de la obra de Aiken, pues tenía como pretexto que, cuando se conocieron, su guardián le comentó que, si le gustaba tantoBlue Voyage, era seguramente porque Lowry “lo había escrito en otra vida”.
La segunda figura masculina importante en la vida de Lowry fue el escritor noruego Nordhal Grieg, cuya novela The Ship Sails On tuvo en su imaginario un impacto semejante al deBlue Voyage. La novela de Grieg le sirvió a Malcolm como antídoto para frenar la incontenible influencia que la obra de Aiken estaba ejerciendo sobre Ultramarine, que por entonces corregían juntos. Bowker identifica a Grieg como el “ángel luminoso”. Igual que con Aiken, Lowry salió en su búsqueda hasta Noruega, en 1931, y lo halló de manera casi providencial. La lectura e influencia de Grieg benefició a Lowry en tanto que logró bajarle a Ultramarine el tono lírico aikeniano y darle un carácter más personal y realista. Los préstamos de Grieg obedecían más a una identificación con la experiencia del viaje marítimo y con un tipo de imaginación que compartía genuinamente con el noruego.
Años más tarde Malcolm reconoció que, debido a una “identificación histérica” con Aiken y con Grieg, su novela se había nutrido de ellos mediante un “plagio disfrazado”. Lowry efectivamente se inspiró en párrafos de The Ship Sails On que adaptó a Ultramarine y, sin embargo, cuando se lo confesó abiertamente a Grieg, él simplemente se rió sin hacerle el menor caso. A la distancia es interesante observar cómo un escritor de la experiencia, dotes y talla de Aiken fue sucumbiendo paulatinamente ante la ferocidad y el talento de Lowry, pues Ultramarine fue finalmente aceptada para su publicación, mientras que la misma editorial rechazó The Great Circle, novela que Aiken escribía a la par de su discípulo.
Ultramarine apareció en 1933, luego de una serie de percances típicamente lowrinianos. La novela, que le había llevado seis años de trabajo e infinitas revisiones, modificaciones, préstamos y añadidos, fue sustraída del automóvil convertible de Ian Parsons, uno de los editores de la casa Chatto and Windus, una vez que ya había sido aceptada para su publicación (“original y poética sin ser oscura”). Lo peor es que Lowry no había tenido el cuidado de guardar una “copia al carbón”. Su reacción ante la noticia del robo fue desconcertante: se comprometió a reescribirla y empezó a buscar por todos lados los fragmentos rescatables para volverla a armar. Milagrosamente, su amigo Martin Case, que lo había ayudado a mecanografiar la versión final, tuvo la previsión de recoger los borradores del basurero y eso les permitió reescribir la novela para su eventual publicación, aunque finalmente no apareciera en Chatto and Windus, como se lo habían propuesto inicialmente, sino en Jonathan Cape. La recepción en Inglaterra podría sintetizarse en lo que V.S. Pritchett comentara sobre ella, criticando la monotonía de los escritores demasiado conscientes de su oficio y salvando a Ultramarine por sus acciones y descripciones, sin aludir ni a Aiken ni a Grieg.
II
En 1933, Conrad Aiken junto con Clarissa, su segunda esposa, y el pintor Edward Burra conminaron a Lowry a ir de vacaciones a España. Él aceptó y a principios de abril salieron rumbo al Peñón de Gibraltar. Lowry llevaba consigo las galeras de Ultramarine para su revisión, un ejemplar del Ulises de Joyce, que hasta entonces no había leído y que resultaría definitivo para su Volcán, su adaptación dramática de la novela de Grieg, y su ukelele a manera de fetiche. Con los años la relación entre Aiken y Lowry se había deteriorado sensiblemente y durante el viaje llegó a su punto álgido. De Gibraltar viajaron a Ronda y de ahí a Granada, donde se hospedaron en la Villa Carmona, cerca de la Alhambra. El 19 de mayo Malcolm Lowry experimentó otra de las revelaciones importantes de su vida, cuando vio aparecer en la pensión a una bella norteamericana de baja estatura con sombrero de ala ancha. En su ensayo autobiográfico Ushant, Aiken describe la escena de la siguiente manera: “A la sombra del volcán y al sonido del repicar de los tacones de Nita [Jan], esos inmisericordes y duros taconcitos repercutiendo sobre los mosaicos del corredor, Nita a la que D. [Aiken] le había presentado en la Alhambra con la esperanza de que esa bella y elusiva criatura fuera la cura que él [Malcolm] necesitaba, ahí, ese doble de William Blackstone y también de D., se involucró simultáneamente en forjar su visión apocalíptica, siempre enraizada en esas correspondencias místicas tan suyas y en las intrincadas resonancias y cadencias de lenguaje que un día llegaría a dominar.”
Lowry lo ignoraba entonces, pero el diagnóstico de su preceptor resultaría, hasta cierto punto, más que acertado: Jan se convertiría en su esposa y musa. Con ella viajaría a México y a la postre la convertiría en el personaje de Yvonne, que insufló el mito fáustico y de amor atormentado y frustrado Bajo el volcán, inyectándole tensión dramática, pasión amorosa y fatalidad.
Malcolm y Jan
Malcolm y Jan se conocen, pues, en Granada gracias a Clarissa, la esposa de Aiken que actúa como Celestina bajo los consejos perversos de su marido, el cual aspiraba a compartirla con su discípulo. Gracias a los buenos oficios de Clarissa, la flamante pareja se va de paseo a los jardines del Generalife, donde Malcolm se prenda inmediatamente de Jan. Cuando ella le confiesa que tiene aspiraciones de escritora, él le presta sus galeras de Ultramarine para que las lea. Esa noche tienen un primer encuentro luego del cual ella duda: “Adoro al escritor… pero, ¿siento igual devoción por el hombre?” El cortejo duró escasos meses y no resultó sencillo para ninguno, pues Jan era un ser elusivo, exigente y atractivo “de ojos feroces y distantes”. De Granada ella continuó su viaje y se fue a Portugal, Mallorca, Barcelona, el sur de Francia, Florencia, Capri y París, y aceptó libremente flirteos y pretendientes mientras Malcolm volvía a sus francachelas en Londres. Desde el mismísimo primer día Malcolm avasalló a Jan con su arma más potente: sus intensas, interminables, extravagantes y apasionadas cartas en las que ella percibió un lenguaje “alusivo, poético, urgente e intoxicante”. No obstante, cuando a finales de septiembre Jan llegó por fin a su encuentro en Victoria Station en Londres para reunirse con su apasionado “writing paper lover”, después de cuatro meses de no verse, él no fue a recibirla y no aparecería sino cuatro días después, arguyendo todo tipo de pretextos. Fue hasta noviembre, y bajo los efectos del alcohol, cuando Lowry le propuso matrimonio: “Casémonos”, le dijo, y elaborando una de sus típicas hipérboles profetizó: “y juntos haremos arder a la literatura”. Jan y Malcolm se casaron en París el 6 de enero de 1934, en una ceremonia casi privada en donde no hubo anillo ni regalos ni luna de miel. A la pregunta de si Lowry aceptaba a Jan como esposa Malcolm contestó: “Ça va, ça va.”
Jan
                   

Lo que siguió fue el inicio de la tragedia marital: una vida íntima en París que conllevó el descubrimiento de Jan de la dipsomanía de su esposo, del desorden de su vida y el misticismo implícito en todo lo que hacía; ella tuvo un aborto y huyó por primera vez a Nueva York, con el pretexto de ver a su madre y con la promesa de volver para instalarse a escribir en algún lugar de Francia. Lowry volvió a la carga con sus apasionadas cartas de donde surge el leitmotivsobre el que construiría al personaje de Yvonne: “Nunca supo cuánto la había querido hasta que se fue y nunca debió dejarla ir pues la vida se había convertido en un infierno sin ella”. Malcolm viaja de Francia a Inglaterra, “¿Dónde estás?”, le contesta Jan, “Tu reciente carta está escrita en París pero la enviaste desde Londres”. En la que fuera la última reunión personal que Malcolm Lowry sostuviera con su padre, lo enfrentó para confesarle que se había casado con una norteamericana en París y que ella se encontraba en Nueva York. A pesar de que el padre se puso furioso, finalmente se compadeció del hijo pródigo y accedió a comprarle un pasaje caro para que pudiera reencontrarse con su esposa y, en caso dado, cambiara el billete para buscar una tarifa más económica y volver con Jan a Europa. El 28 de julio, día de su cumpleaños, Malcolm Lowry, se embarcó en el Aquitania en Southhampton rumbo a Estados Unidos, donde en el muelle lo esperaban Jan y su madre. Cuando su suegra, complacida ante su flamante yerno inglés, lo invitó a hospedarse con ella en Long Island, Lowry declinó diciendo que saldría en busca de la “ballena blanca”. Y así sucedió: en 1936 Malcolm tuvo que salir de Estados Unidos para renovar su visa y, en compañía de Jan, se dirigió a México emulando los pasos de su héroe D. H. Lawrence.

III
Lo que sigue configura la complejísima historia de la escritura de Bajo el volcán, obra maestra que justificaría la atribulada vida de Malcolm Lowry al cumplir con su destino literario, de acuerdo con la idea de Cyril Connolly. La novela se inicia como un cuento (“Fiesta at Chapultepec”); el primer borrador de la novela, que tuve oportunidad de revisar en la biblioteca de la Universidad de British Columbia, abre ya con la frase “Era el día de los muertos” (“It was the day of the dead”). Las versiones subsiguientes le costarían a Lowry años de trabajo, innumerables reescrituras, el abandono definitivo de Jan, la caída brutal en su dipsomanía, su “noche oscura del alma” en Oaxaca, la expulsión de México, su encuentro hollywoodesco con Margerie Bonner, su intermezzo en el paraíso en su cabaña de Eridanus en Vancúver, su temporal recuperación del alcoholismo, el divorcio de Jan, su matrimonio con Margerie y su colaboración en la corrección de su novela, el incendio de su cabaña en Dollarton, la pérdida del manuscrito In Ballast to the White Sea y la heroica recuperación del enésimo borrador de Bajo el Volcán por parte de Margerie, la conclusión de la novela en la navidad de 1944, su retorno a la escena del crimen, México, en compañía de Margerie, el rechazo de Jonathan Cape, la encendida carta de defensa de su novela por parte de Lowry y, finalmente, la publicación de Bajo el volcán en 1947 casi simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos.
Margerie Bonner Lowry
Vale la pena detenerse a reflexionar sobre la influencia que Margerie Bonner ejerció en Malcolm Lowry. Si Jan fue la mujer fatal (the good lay) que sirvió de modelo a Lowry y que tuvo que pasar por una serie de transformaciones literarias hasta cristalizar en el personaje de Yvonne, Margerie resultó la esposa abnegada y sobreprotectora (cuatro años mayor que él), la mártir que sobrellevó los excesos alcohólicos, las frecuentes escapadas (“paseítos”, como los llamaba Malcolm) que duraban días, los malos humores, los arranques autodestructivos y su vida accidentada, además de las actitudes bufonescas que hacían tan compleja la personalidad tragicómica de Malcolm. En la última parte de su vida en Canadá, el Dr. Raymond le confió a Margerie que su esposo le tenía miedo prácticamente a todo: a la vida, al sexo, al fracaso literario, a la autoridad. En vida, Lowry sólo publicó dos libros:Ultramarine, que le llevó seis años, y Bajo el volcán, al que le invirtió casi diez. No obstante, frente su amigo y editor Albert Erskine fantaseaba sobre grandes proyectos que nunca llegó a concluir, como fue el caso de El viaje interminable, en cuyo centro estaría colocado Bajo el volcán, y que estaría integrado por la trilogía Oscuro como la tumba donde yace mi amigoEridanus y La mordida, así como por Lunar Caustic y el libro de cuentos de Escúchanos Señor desde el cielo, tu morada. Este plan constituyó, en vida de Lowry, más motivo de innumerables comentarios y reflexiones que de avance real en su escritura. Y de todo sólo se publicaron, póstumamente y editadas por Margerie,Oscuro como la tumba donde yace mi amigoOctober Ferry to Gabriola y el libro de cuentos Escúchanos Señor de donde sólo son rescatables los relatos “The Forest Path to the Spring” y “Lunar Caustic”.
Sea como fuere, sin la intervención de Margerie la obra maestra de Malcolm Lowry nunca habría visto la luz. Ella fue efectivamente la madre sustituta que trabajó, en colaboración con su esposo, los múltiples borradores que dieron como resultado el milagro de Bajo el volcán y que tuvo que pagar compartiendo el infierno cotidiano del cónyuge.
Ambas biografías, la de Day y la de Bowker, colocan un signo de interrogación sobre las causas de la muerte de Malcolm Lowry a los cuarenta y siete años en su “White Cottage” en Ripe, Inglaterra, el 27 de junio de 1957. Day se cura en salud al ofrecer en su biografía la versión de Margerie sobre las circunstancias de su muerte (“Lo que sigue es, en esencia, la versión de Margerie de lo ocurrido”). El parte del forense en Inglaterra declaró “death by misadventure”, es decir, “muerte accidental”. En el libro de Day se plantea el dilema, ¿se ahogó Lowry en su propio vómito o ingirió un frasco de barbitúricos para provocarse la muerte? Con cierta suspicacia, Day deja abiertas las diversas posibilidades y no obvia las contradicciones en las que incurrió Margerie al explicar lo sucedido durante esa noche en la que supuestamente Malcolm amenazó con asesinarla. Bowker, más desconfiado, llega tan lejos como para insinuar la posibilidad de un asesinato (“¿la va a matar o se va a suicidar si usted no lo mata primero?”), pero admite que, de haber sido así, Margerie se llevó a la tumba su oscuro secreto.
Popocatepetl volcano from Mexico City
IV
El otro gran “sacrificado” por la personalidad y el talento de Lowry fue su editor Albert Erskine, quien, deslumbrado con la lectura de Bajo el volcán, lo apoyó con todos los medios a su alcance. Erskine, primero desde la editorial Reynal & Hitchcock y luego desde Random House, fungió reiteradamente como editor y promotor, además de amigo y confidente, para terminar en una especie de mecenas –otra vez la figura sustituta del padre, que para entonces ya había muerto– gracias a la fe que tenía en el talento de Lowry. Su gran capacidad editorial dio pie a la magnífica recepción casi unánime de Bajo el volcán por parte de los más destacados críticos norteamericanos, como Malcolm Cowley, Alfred Kazin, Mark Shorer, Robert Penn Warren, James Agee, John Woodburn y el mismo Aiken, que se volcaron en elogios reconociendo la novela como una de las más interesantes del siglo después de Joyce y Lawrence. Prueba de la eficiencia y entusiasmo de Erskine fue la tibia recepción que, en contraste, tuvo la novela en Inglaterra, no obstante que el Times Literary Supplement reconociera su dimensión trágica y la originalidad del tratamiento a pesar del tema de la dipsomanía. Erskine fungió en vida de Lowry como el consejero invaluable que impidió, por ejemplo, que su autor incluyera una introducción a Bajo el volcán. Una vez publicada la obra y como prueba de fe en su talento, Erskine le consiguió un generoso contrato con un anticipo de cinco mil dólares, a razón de ciento cincuenta dólares mensuales, que abarcaría desde 1952 hasta finales de 1956, mediante el cual Malcolm podría haberse dedicado a escribir sin mayores problemas financieros (“Bajo el volcánes uno de los libros más extraordinarios que he leído y la obra en la que trabaja actualmente su autor resulta muy prometedora para afianzar su reputación. Lowry es un escritor lento y cuidadoso y el trabajo que ha realizado hasta ahora lo ha tenido que sobrellevar en penosas circunstancias económicas”). La única condición de la editorial para mantener esos adelantos era la entrega por parte de Lowry de sus ambiciosos proyectos literarios de acuerdo con las fechas límite acordadas. Lowry pagó los esfuerzos y la confianza de Erskine poniendo todo tipo de excusas, pretextos y mentiras. Luego de muchas dilaciones, envió por fin el manuscrito de October Ferry to Gabriola, que resultó un fiasco. Erskine, sin elementos para seguir protegiéndolo, no pudo evitar que le suspendieran los pagos, lo cual resultó un golpe fatal a la imagen que Malcolm tenía de sí mismo como escritor. Como siempre, Lowry contestó con una carta a su editor, pero esta vez resultó infructuosa.
La pregunta pertinente para culminar un perfil de estas dimensiones la ha planteado Muriel Bradbrook en los siguientes términos: ¿Perfección en la vida o en la obra? En este caso la respuesta es evidente, pues pocas vidas tan tristes y tan atribuladas como la de Malcolm Lowry.
En lo personal estoy en contra de la actitud que priva en esta época “bushiana” en cuanto a que los artistas tienen que ser asépticos, impolutos y ejemplares en su vida personal para merecer el reconocimiento público de su obra. Pocas novelas del siglo XX han despertado tan encendidas polémicas como Bajo el volcán, que cuenta hasta la fecha con innumerables y devotos admiradores, aunque también con exaltados y furibundos detractores, como fue el caso de Katherine Ann Porter que, contra la opinión de su ex marido Albert Erskine, opinaba que se trataba de un “libro maligno”.
Yo me declaro en favor de la perfección en la obra, pues Bajo el volcán es una novela imbuida de un profundo sentido mítico y religioso, que permite que aun los que abjuran del alcoholismo puedan sentir la carga de la angustia existencial del Cónsul; es una novela que nos brinda una dolorosa imagen de la caída del hombre, de su lucha consigo mismo observada con penetrante lucidez y sentido crítico, no exento, por cierto, de sentido del humor. Es también una historia que plantea la imposibilidad del amor, la soledad innata del hombre, del vano anhelo de ir más allá de sus capacidades humanas y de la condenación a la que está sujeta cualquier persona por el solo hecho de vivir en este mundo que, a veces, puede asemejarse a un infierno. ~