Reportaje
A primera vista, lo que más te impresiona mientras avanzas por los casi cinco kilómetros de largo de la Commercial Street de Provincetown, estado de Massachusetts, es la cantidad de parejas que pasean cogidas de la mano, hombres de cabeza rapada, jóvenes de aspecto universitario, tipos de mediana edad...
Es la estampa típica de esta coqueta localidad del extremo de Cape Cod, donde las casas son de madera y la Isla del Fuego parece fundirse con Lesbos. No es el enclave en el que una imagine encontrar al escritor más macho de Norteamérica.

Reportaje
El día anterior a nuestra entrevista, tras un paseo por la playa frente a los porches blanqueados de las casas más modestas, pertenecientes a los viejos heterosexuales del lugar, me encontré con este escritor de New Jersey. Conseguí cazarlo cuando se agachaba, apoyándose con esfuerzo sobre el bastón mientras intentaba recoger del suelo las llaves de su coche. Me sentí como si se tratara de una emboscada, quizá lo mejor habría sido pasar de largo. Desconcertada, tuve un momento de duda, pero me miró y decidí que mi única salida era presentarme. Al acercarme hacia Norman no percibí esa sensación de inquietud tan habitual entre los famosos. Me pareció un hombre tranquilo, relajado y sin barreras a su alrededor. Todo el mundo en Provincetown le conoce. Su primera visita a la localidad se remonta a 1942, cuando ya tenía fama de ser un lugar liberal, hedonista y bohemio, que carecía de ese aire clasista de otras vecinas localidades costeras como Martha´s Vineyard o Nantucket, donde veraneaban las estrellas de cine y los presidentes de Estados Unidos. Por aquella época, Dos Passos y O´Neill pasaban el tiempo aquí, mientras Tennesse Williams escribía en el Atlantic Bar El zoológico de cristal (1945) y Un tranvía llamado deseo (1947). Provincetown, por la especial atmósfera que crea su luz, siempre ha sido punto de referencia para pintores: Hans Hoffman, Franz Kline y Robert Motherwell residieron aquí durante una larga temporada, pero se fueron. Mailer ha permanecido fiel a este lugar y ha escrito la mayoría de sus obras en él.
A sus 77 años, el escritor reside en la localidad todo el año, mientras que tres de sus nueve hijos -fruto de las relaciones con sus seis esposas- han ocupado su apartamento en Brooklyn. La casa de Provincetown es elegante, recoleta, con azaleas y un tejado semioculto entre ramas de glicinia blanca. En su interior sorprende la luminosidad que llena el salón, que proviene de una pared de cristal que conduce a una enorme terraza desde la que se divisa el azul del mar. Hay varias pinturas coloristas de artistas locales, mobiliario blanco y una mesa de proporciones bíblicas con fotografías familiares.
Me recibe Bárbara, como la llama su marido, o Norris, nombre que adoptó en sus tiempos de modelo. Es la número seis y lleva casada con él un cuarto de siglo. A sus 50 años, esta mujer alta y delgada, de cabello castaño rojizo, dulce sonrisa y elegantes modales conserva todo su atractivo. Hace unos años descubrió que Mailer le había sido infiel, regresó a Arkansas y sólo aceptó volver tras exigir un precio: tendría lugar un cambio de poder y ella mandaría en el hogar de los Mailer. Bárbara irrumpió en el mundo literario el pasado mes de junio con una novela autobiográfica,Windchill Summer, publicada por Random House, que también es la editorial de su marido. Por lo tanto, cuando la pareja llegue al Reino Unido para promocionar el libro, el señor Mailer cederá a su esposa el papel protagonista. Existió una época en la que Mailer declaraba que la ficción escrita por mujeres carecía de valor, que no alcanzaba el nivel de lo escrito por un hombre. Ahora, claro está, opina de otro modo.
Norman me ofrece un sillón de respaldo alto para que me siente. Él se instala en una silla de mimbre blanco, de espaldas al sol. Comienza a hablarme de la tradición local del sábado por la noche a finales de los 50 y principios de los 60, cuando todo aquel que quería emborracharse se encaminaba hacia las colinas que hay tras la localidad, donde se celebraban bacanales hasta el amanecer. "Digamos que cualquier noche de aquellas podían nacer matrimonios o echarse a perder con gran facilidad. No era raro encontrar a una mujer que, tras no haber podido encontrar una canguro, subía a la colina con sus hijos, incapaz de resistirse a la atracción del lugar. A nadie le importaba lo que hicieras. Se daba por sentado que la vida era muy dura, así que sólo pretendíamos pasar un buen rato".
Pasamos de la vida a la obra, si es que se pueden separar. Su primera novela, Los desnudos y los muertos (1948) , se nutrió de su experiencia como fusilero en Filipinas, convirtiéndose en un éxito instantáneo. En Inglaterra, el Sunday Times, a pesar de enfatizar las brillantes dotes de Mailer como escritor, sugirió que la publicación fuese retirada inmediatamente por el "tosco y grosero" lenguaje de los hombres. Decía el rotativo que "ningún hombre que se precie de ser decente debería dejar este libro suelto por la casa, o no sentir vergüenza en el caso de que lo lean las mujeres de su hogar". He leído el libro y es cierto que los hombres se dicen entre ellos "joder" la mayor parte del tiempo, eso cuando no están evocando los grandes polvos que han echado. Pero es visceralmente realista en la descripción del terror y la ambigüedad moral de los hombres en situación de combate, y retrata esa extraña humildad que a veces acompaña a los actos de heroísmo. Mailer sólo tenía 24 años cuando lo escribió.

"ME LANZABAN UNA PALABRA QUE YO TENÍA QUE ASOCIAR CON OTRA. ELLOS DECÍAN `ROJO' Y YO RESPONDÍA `VERDE', ELLOS DECÍAN `FRÍO' Y YO `CALIENTE', HASTA QUE EL PSIQUIATRA DIJO `FOLLAR' Y YO RESPONDÍ `ÉXITO'. HUBO UNA PAUSA. YO PENSÉ: DIOS MÍO, HE METIDO LA PATA. AL FINAL, ESCAPÉ DEL PSIQUIÁTRICO"
Mientras lanza una diatriba contra la "mierda tecnológica" que ha tomado el control de este mundo: los excrementos del petróleo, las multinacionales, la arquitectura de los rascacielos, las superautopistas, la publicidad o el deterioro del lenguaje, me da la impresión de que no siente ningún rencor hacia todo ello. No se resiste a reflexionar, uniendo literatura y pensamiento: "Lo maravilloso de escribir novelas es que descubres cosas que ni tú mismo tenías conciencia de que conocías. A veces, cuando leo un viejo libro, me encuentro con algo que me hace pensar: ¿cómo pude saber eso por aquel entonces? Resulta asombroso. Es como si existiera una parte del subconsciente que va 20 años por delante de ti, y ésa es la parte que en muchas ocasiones se encarga de escribir".
Le pregunto si le puede poner una dedicatoria a mi libro. Agacha la cabeza y reflexiona, susurra las palabras en voz alta mientras escribe. Firma como "Normal Mailer, alias El Sobornador del Jurado. A continuación le digo, sabiendo que se sentirá adulado, que mi marido me ha advertido que me ande con cuidado cerca de él. "Bueno, siempre se podría juntar con mi esposa", me dice. "Venga, Norman", le respondo, "no me creo que siga intercambiando parejas". "No, para nada. No me atrevería, mi mujer se pone cada día más dura".
Su segunda novela, Costa bárbara (1951), escrita bajo la influencia de Jean Malaquais, un colega político e intelectual al que dedica el libro, fue vapuleada por la crítica. Siguiendo la tradición de Faulkner y otros novelistas norteamericanos, Mailer se marchó a Hollywood para probar fortuna escribiendo guiones, pero fracasó. Su tercera novela, El parque de los ciervos (1955), inspirada en sus aventuras en la ciudad del celuloide, no corrió mejor suerte. La remitió a su héroe, Hemingway, pero no obtuvo respuesta. Después a Graham Greene, a Cyril Connolly y a una docena más de notables literatos. El único escritor que estuvo dispuesto a evaluar su novela fue Alberto Moravia, y sólo después de que Mailer le asegurara que sus comentarios no serían utilizados para promocionarla.
Llegamos al humillante episodio en The Time of Our Time (1998), una muy resumida colección de sus ensayos que fue publicada con motivo de su 750 cumpleaños. En el capítulo titulado Dolor y oprobio literario, escrito a finales de los 50, se encuentra una cita que parece adquirir más resonancia con el paso del tiempo: "Ahora se me ocurre que debo de haber albergado esa memoria como si se tratara de una callada vergüenza que me empujó hacia el siguiente medio año de audaces aseveraciones, trabajos completados a medias, heroísmos desequilibrados y una extraña notoriedad de mi propio designio. Estaba al borde de muchas cosas y en mi interior albergaba algo más que un poco de violencia". En 1960 apuñaló a Adele Morales, su tercera esposa, con un cortaplumas sucio en el transcurso de una fiesta desenfrenada, errando por muy poco su corazón.
A pesar de que ha escrito dos obras sobre Marilyn Monroe -Marylin (1973) y Of Women and their Elegance (1980)-, opina que "la repetición aniquila el alma", por lo que siempre ha intentado abrir nuevos caminos en sus grandes novelas. Desde el oscuro corazón de la CIA en El fantasma de Harlot (1991), al Egipto escatológico de Noches de la Antigüedad (1983) hasta llegar a su última novela, El evangelio según el hijo (1997), en la que Mailer encarna nada menos que a Jesucristo. Tal vez en su próxima obra él mismo sea Dios, pero se resiste a desvelar cuál será el argumento.
No hay obra de este polifacético autor que cause indiferencia. Obtuvo sus dos premios Pulitzer por obras geniales, ajenas a la ficción: Los ejércitos de la noche (1968) es una visión desde el interior de la marcha hacia el Pentágono contra la Guerra de Vietnam, donde el autor se convierte en personaje. La canción del verdugo (1979), por su parte, es una obra dramática sobre la vida de Gary Gilmore, un asesino profesional. Mailer encuadra estos ensayos en el terreno de la ficción, puesto que siempre se ha empeñado en que se le reconozca por su faceta de novelista. Pero más bien se sitúan en una franja entre ambos géneros, en la línea de A sangre fría, de Truman Capote. ¿Le molestaría ser recordado como un escritor de no ficción? "Eso es algo que sólo me molestará mientras siga vivo. Hay gente en América que dice: `Mailer es un escritor muy bueno, pero en el fondo no escribe ficción demasiado bien, es básicamente un escritor de no ficción'. Pero eso no es cierto, ¡mira las novelas que he escrito!".
Le pregunto si se considera el mejor escritor vivo de América, puesto que durante muchos años anduvo por ahí afirmando que era el número uno. "Sí, me considero el mejor, pero hay otros 20 tipos en América que se sienten de la misma forma". ¿Significa eso que ha cumplido la promesa que se hizo al principio? "Bueno, nunca llegas a alcanzar el nivel que te fijas, pero la pregunta es: ¿te has acercado lo suficiente como para no sentirte decepcionado? Yo diría que sí, que me he acercado lo suficiente, aunque no alcancé mi propósito por completo, pues hice promesas que no he cumplido". Mailer se pone juguetón cuando intento descubrir alguna pista sobre su nueva novela. Sólo declara que se ha pasado un año y medio documentándose, que comenzará a escribir a finales del verano y que tardará dos años en completarla. "La posibilidad de terminarla es del 50 por ciento. La mitad de mi mente me dice que estoy preparado para escribir, es la parte que ha adquirido un poco de sabiduría, pero la otra mitad es la que se hace más vieja cada día que pasa y condiciona mi labor creativa".

"LA REVOLUCIÓN FEMINISTA HA CONVERTIDO A LA MUJER EN ESE TIPO DE HOMBRE QUE A MÍ ME ENTRISTECÍA CUANDO ERA JOVEN, ESE QUE TENÍA QUE TRABAJAR DE NUEVE A CINCO DE MANERA ABURRIDA Y NUNCA ERA DUEÑO DE SU DESTINO. AHÍ ES DONDE ACABÓ SU REVOLUCIÓN, SU ASALTO AL PODER"
Tom Wolfe, sempiterno contrincante de Mailer en las páginas literarias neoyorquinas, sufre ataques al corazón y agotamiento crónico debido a sus incursiones en el campo de la ficción. Me pregunto si el oficio de escribir tiene el mismo efecto sobre Mailer. "Sí, es algo que te deja totalmente agotado. Tienes que estar en muy buena forma antes de comenzar una novela. Ahora sufro de artritis, me he sometido a una operación de cadera y mis rodillas se encuentran en muy mal estado. A medida que escribes te vas erosionando y, si no te cuidas, es muy fácil enfermar. Por eso siempre me ha fascinado el boxeo: es muy distinto al ejercicio de escribir y, además, muy parecido. Para convertirte en alguien realmente bueno tienes que usar tu cuerpo de una forma que no es en absoluto beneficiosa para tu salud. Un buen boxeador es un artista".
Hasta que cumplió los 60 fue un empedernido bebedor, drogata y seductor de mujeres. ¿Con qué se pone hoy en día? "Beber whisky es uno de mis pasatiempos favoritos, pero ya no puedo beber como antes, los huesos no me lo permiten". ¿Marihuana? "Es posible que en los últimos diez años haya fumado en tres ocasiones. Antes fumaba mucho y me encantaba, pero la marihuana es una pasión muy letal y muy perra. Para mí era algo intensamente dramático, como el LSD. Si abusaba de la droga me pasaba dos o tres días sin poder trabajar, estaba completamente agotado". ¿La libido? "No está demasiado a menudo pero sigue ahí. Es algo que me alegra el día".
Sobre el papel, tal vez aparente ser menos vigoroso de lo que resulta en persona. La atracción que producía de joven no le ha abandonado. Parte de ese atractivo reside en su cara de luchador, en esos curiosos ojos azules y esa sonrisa con la que muestra sus dientes. Una se siente estimulada por su energía, pero cuando se levanta encorvado hay un elemento conmovedor, deseas que ésa sea la postura del boxeador que hay dentro de él y no la de un viejo artrítico. Presientes que en su interior todavía tiene muchos caminos que recorrer y romances que escribir. A sus 77 años, ha dejado muchas y muy profundas huellas: sus años en Harvard, la Segunda Guerra Mundial, su paso por la Sorbona, cinco volátiles matrimonios, numerosos líos de faldas, su candidatura para la alcaldía de Nueva York, sus entrenamientos con Mohammed Ali en el Grammercy Gym, el cabezazo que le asestó a Gore Vidal en el camerino de un estudio de televisión, el puñetazo que le dio a un hostil crítico literario cuando tenía más de 60 años... Existen algunos capítulos menos conocidos que otros, pero Mailer está del suficiente buen humor como para hablar sobre ellos...

Hace un par de años, Adele Morales escribió un libro sobre el episodio del apuñalamiento. Su ex marido prefiere no hablar del asunto, pero está dispuesto a comentar el encierro de tres semanas en el Hospital Mental Bellevue. "No era un lugar tan terrible. Yo me encontraba en el ala de los peligrosos, éramos unos 50. Al igual que otros escritores, soy sensible a mi entorno, por lo que si me colocas permanentemente entre locos..., sabía que existía la posibilidad de que nunca volviera a salir. De ahí que fuese muy importante escapar y enfrentarme a la medicina. Pero también pensé: si acabo en la prisión no resultará tan malo, por lo menos podré escribir sobre ello. Lo cierto es que los psiquiatras me hicieron unas pruebas asociativas. Me lanzaban una palabra que yo tenía que asociar con otra. Resultó muy fácil y procuré ser lo más aburrido posible en mis respuestas. Ellos decían `rojo' y yo respondía `verde', ellos decían `frío' y yo `caliente', hasta que el psiquiatra dijo `follar' y yo respondí `éxito'. Hubo una pausa. Yo pensé: Dios mío, he metido la pata. Al final, conseguí escapar del psiquiátrico gracias a que Adele se mantuvo a mi lado; bueno, tanto como pudo desde la cama del hospital". Imagino que se había pasado con las drogas y el alcohol, le pregunto. "Hay muchas cosas de las que prefiero no dar detalles. Tal vez algún día las escriba".

A los años salvajes con Adele siguió su relación con Lady Jeanne Campbell (Jeannie). Se conocieron en una fiesta organizada por Gore Vidal. No fue fácil para este rudo hijo de Brooklyn adaptarse al refinamiento de la clase alta británica. Su esposa le pidió el divorcio, pero él tardó en romper con ella porque lo pasaba muy bien, sobre todo con su suegra, con la que paseaba en helicóptero por la campiña inglesa. El matrimonio duró un año. Siento curiosidad por saber lo que pensaba de la aristocracia británica. "Algunos de los miembros del club eran muy inteligentes, otros no tanto. Obviamente, yo disfrutaba porque estaba a su altura. Tenía que estar utilizando constantemente el ingenio". ¿No se sentía intimidado por ellos? "Sufrí esa sensación de nerviosismo típica de los que se relacionan por primera vez con la aristocracia británica, pero la fui venciendo. Después surgió en mí un sentimiento de superioridad. Empecé a pensar: puede que yo sea mejor que ellos".
A Mailer nunca le han atraído las ideas de las mujeres. Durante la década de los 70 estuvo en la lista negra del movimiento de la liberación de la mujer. Ha dejado un aforismo: "Lo que es bueno para nosotros es bueno, lo que es bueno para ellas no es bueno", y una obra de tintes machistas, El prisionero del sexo (1971). "Las feministas se fueron a por los hombres equivocados. No se manifestaron contra los hombres sureños para decirles: `Los hombres sois unos cerdos, unos sexistas', no. Prefirieron atacar a los encantadores bohemios de Nueva York, que nos conformábamos con estar a la altura de nuestra mujer". Y añade: "La revolución feminista ha convertido a la mujer en el tipo de hombre que a mí me entristecía cuando era joven, ese que tenía que trabajar de nueve a cinco de manera aburrida y nunca era dueño de su destino. Ahora, la mujer trabaja igual que aquellos hombres, con sus camisas blancas y sus trajes negros. Ahí es donde acabó la revolución de la mujer, su asalto al poder".

Ve a la mujer y al hombre enzarzados en una interminable pugna por la superioridad, pero algo parecido pasa entre los hombres. "Los escritores son tan competitivos como cualquier buen atleta. Cuando un buen atleta observa a otro compitiendo, no sólo está admirando su capacidad, siempre alberga en su interior una oscura y poderosa pregunta: `¿Soy capaz de hacerlo mejor?'". De los tiempos en que él y Arthur Miller vivían en el mismo edificio de Brooklyn -Miller escribía Muerte de un vendedor (1945) en un piso y Mailer Los desnudos y los muertos (1948) en otro-, recuerda que se cruzaban por el pasillo para recoger el correo y cada uno se alejaba pensando: vaya, ese tipo no llegará a nada. Wolfe debe de estar deseando matarle después de la crítica que hizo de su última novela. "Es posible que sueñe con ello. El caso es que mis palabras se asociaron con otras más duras de John Updyke, por lo que Wolfe respondió a ambos afirmando que éramos un par de vejestorios celosos".

La homosexualidad es un tema que siempre le ha preocupado. ¿ Cómo se siente viviendo en una localidad tan exuberantemente gay? "En los viejos tiempos pensaba que el hombre debía ser vigoroso, mis concepciones masculinas provenían de Hemingway. Pero en los últimos diez o 20 años he cambiado, ahora soy mucho más tolerante". Dígame, ¿acaso no ha sentido alguna vez el temor de que pudieras ser gay? "No conozco a ningún hombre que no haya sentido eso. Es el terror oculto de cada macho". ¿A qué se debe la postura de Clinton hacia los gays en el ejército de Estados Unidos? "Si Clinton hubiera pasado una semana en el ejército habría aprendido que es inútil discriminarlos. Hay hombres que necesitan algún tipo de camaradería entre ellos porque las únicas muestras de cariño que recibieron en su vida vinieron de otros hombres. El ejército les permite vivir de tal manera que no tienen que considerarse homosexuales".
Si le hubiera conocido en un bar de Provincetown en sus tiempos de duro bebedor, el veredicto pudiera ser muy distinto, pero ahora pienso que es un tipo increíble al que todavía le quedan fuerzas para seguir dando guerra. Ya de camino a la puerta, le pregunto si es verdad que en el transcurso de una cena a la que asistió la duquesa de York, ésta le preguntó sobre qué trataba su próxima novela, y su respuesta fue coños. "Sí, es cierto. Ella se quedó encantada pero la anfitriona no me ha vuelto a dirigir la palabra. Ja, ja, ja ...". 

GINNY DOUGARY ha sido votada mejor entrevistadora del año por la prensa británica por su trabajo en el diario The Times.
Direcciones en Internet:

Todas las obras del autor, en: http://www.catharton.com/authors/195.htm
Sobre su vida, su obra y sus declaraciones más provocativas, en: http://www.iol.ie/~kic/index.html 


https://www.elmundo.es/magazine/m46/textos/norman1.html

Norman Mailer, el autor que golpeó la conciencia de tres generaciones

  • Ya desde su primer libro 'Los desnudos y los muertos' tuvo un éxito arrollador
  • Su segundo Pultizter llegó 11 años después del primero, con 'The Executioners Song'
Foto: William Coupon
Foto: William Coupon
Actualizado domingo 11/11/2007 
DAVID TORRES
MADRID.- Novelista, periodista, ensayista, cineasta a ratos, hombre de letras de la cabeza a los pies, Norman Mailer era el último vástago de una tradición genuinamente americana: el heredero directo de una estirpe que también dio a Jack London y a Hemingway. Ha muerto el 10 de noviembre de 2007 en Nueva York a los 84 años.
En su famoso libro sobre la pelea entre los boxeadores Ali y Frazier, 'El rey de la montaña', Mailer escribió que el ego era el gran sustantivo del siglo XX, la palabra más importante añadida a la potencia esencial del idioma. Pocos escritores del pasado siglo pueden vanagloriarse de un ego semejante al de Mailer, que se convirtió a sí mismo, a todo lo largo de su escritura, en el martillo, el yunque y el fuego.
Nacido en Long Branch, New Jersey, en 1923, en el seno de una familia judía, pasó la adolescencia en Brooklyn y se diplomó en Mecánica Aeronáutica en Harvard en 1943. Reclutado por la Armada en 1944, luchó en el frente del Pacífico, una experiencia que reflejaría en 'Los desnudos y los muertos', probablemente uno de los mejores libros sobre la Segunda Guerra Mundial y tal vez su mejor novela. Publicada en 1948, la obra supuso para el joven debutante un clamoroso éxito de crítica y público y, desde entonces, su nombre pasó a formar parte de una brillante y múltiple constelación de escritores (Truman Capote, John Updike, Saul Bellow, Philip Roth) que acabaría por formar la vanguardia de las letras estadounidenses.
En 1951 publicó 'Costa bárbara' y en 1955 'El parque de los ciervos', novelas ambas que no alcanzaron ni de lejos la resonancia de su libro bélico. Volcado hacia el periodismo, fundó el semanario neoyorquino 'The Village Voice', donde publicó en 1956 su celebérrimo reportaje 'El negro blanco: reflexiones superficiales sobre el hipster', un ensayo incendiario con una peculiar visión de los problemas raciales y una demoledora exaltación de la violencia. Al tiempo que apoyaba a Kennedy y tronaba contra la Guerra de Vietnam, Mailer se iba transformando, si no en la conciencia fetal de EEUU, sí en el Pepito Grillo más vocinglero y meticón de toda la intelectualidad norteamericana, la voz más agria de la contracultura.
Servidos en una prosa fastuosa, subversiva y delirante, sus trabajos de campo sobre las convenciones demócratas y republicanas de finales de los 50 y comienzos de los 60 (recogidas, en parte, en Los papeles presidenciales), y el reportaje sobre la marcha pacifista sobre el Pentágono (Los ejércitos de la noche, 1967) le convirtieron, en palabras de Robert Lowell, en "el mejor periodista de América".
Mientras tanto, en el terreno privado, su vida seguía los mismos derroteros contradictorios, virulentos y salvajes que su escritura. Enemigo declarado de cualquier método anticonceptivo, tuvo nueve hijos a lo largo de seis matrimonios, arrastrando una larga serie de pensiones de divorcio y una agitada trayectoria conyugal que culminaría en 1960 con el apuñalamiento de su segunda esposa, Adele Morales, durante una borrachera bastante subida de tono. La agresión se saldó con una breve visita del escritor a un hospital psiquiátrico y con un libro escrito por la ex de Mailer en 1997, 'La última fiesta'.
Quizá no sea casualidad que dos de sus mejores novelas ('Los hombres duros no bailan' y 'Un sueño americano') alberguen fantasías sobre esposas asesinadas. Ambos libros también participan de la vertiente filosófica de Mailer: una visión sumamente personal del existencialismo que gira en torno a la idea de un demiurgo imperfecto, una especie de dios exhausto cuya creación se le ha ido de las manos como una alocada novela donde los personajes se desmandan, seducidos por un astuto diablo encarnado en el plástico y el cáncer. Dentro del volumen 'Caníbales y cristianos', los ensayos 'La metafísica de la barriga' y 'La economía política del tiempo' presentan algunas de sus ideas más excitantes, profundas y polémicas.
A comienzos de los 70, Mailer realizó algunas películas experimentales (la más conocida es 'Maidstone'), pero en el cine tuvo tan poco éxito como en su carrera política: se presentó varias veces a la alcaldía de Nueva York y confesó (en A'dvertisements for Myself') que en varias ocasiones se había presentado como candidato a presidente "en la intimidad de mi mente". Milos Forman aprovechó su aspecto inconfundible (baja estatura, melena explosiva, ojos llameantes) para un breve papel en 'Ragtime' (1981). Pero Mailer daba mucho más juego en la televisión y en las apariciones públicas, donde mantuvo sonadas broncas con otros colegas de profesión.
En 1958 desafió a una pelea a puñetazos al novelista William Styron por una supuesta burla que éste había hecho de su segunda esposa, Adele Morales. En 1971 la sangre llegó al río con Gore Vidal, a quien agredió públicamente porque lo había comparado con Charles Manson. Pero la más célebre y rocambolesca de sus trifulcas -mantenida a lo largo de décadas, como un tormentoso noviazgo- fue la relación de amor y odio con Truman Capote, uno de los pocos escritores a quienes Mailer respetaba (llegó a decir que era "el escritor perfecto de mi generación") y con quien mantuvo agrias polémicas prácticamente por cualquier cosa: desde Kerouac y los beatnik (a quienes Capote despreciaba) hasta 'La canción del verdugo' (1979), la monumental novela por la que Mailer ganó por segunda vez el Pulitzer. Basada en la vida del asesino Gary Gilmore y escrita a la manera de un gran reportaje de investigación, el libro demuestra la influencia del nuevo periodismo y sobre todo de la obra maestra de Capote, 'A sangre fría'. Pero también supuso un triunfo personal de Mailer que, por una vez, abandonó su propio ego durante centenares de páginas para lanzarse a un exacto y descarnado ejercicio de objetivismo.
Obsesionado por la masculinidad, como London y Hemingway, Mailer también era un devoto del boxeo que siguió atentamente la carrera del mejor peso pesado de su época, Muhammad Ali. En 1973 viajó hasta Kinshasa (El Congo) para presenciar el fenomenal combate entre Ali y Foreman, y la crónica que escribió del mismo ha quedado como una de las leyendas imborrables de la profesión periodística y de la literatura deportiva. Otro tanto ocurre con el 'Homenaje a El Loco', amplio reportaje sobre un torero mexicano, donde su preciso y coloreado instrumental de escritor encuentra un terreno abonado para sus espléndidas metáforas. En cambio, a pesar de sus estudios de ingeniería aeronáutica en Harvard, 'Un fuego en la luna' (un ambicioso reportaje sobre la misión del Apolo XI), carece de ese inigualable toque de exaltación y maestría que posee Mailer cuando un tema le apasiona.
Eterno candidato al Nobel durante varias décadas, su fama de bocazas y de provocador nato lo alejaron siempre de las quinielas de ganador. Machista acérrimo, profeta aficionado, bufón a ratos, intelectual de pura raza, Mailer quiso ser y fue toda su vida un incordio, un agitador de conciencias, la encarnación misma de lo políticamente incorrecto: una piedra de escándalo para el feminismo rampante y una afrenta viva para varios presidentes, de Johnson a Bush Jr., pasando por Nixon y Carter.
Poseído de una curiosidad omnívora de la que da cuenta una amplísima bibliografía que incluye, además de docenas de libros, centenares de columnas, artículos y reseñas, hicieron época su defensa dostoievskiana de 'American Psycho' y su ataque descarnado contra Tom Wolfe. En 1983 publicó 'Noches de la antigüedad', una ambiciosa y voluminosa novela sobre el Antiguo Egipto, que incluye cuatro reencarnaciones de un personaje, y en 1991, 'El fantasma de Harlot', una novela, no menos voluminosa y ambiciosa, sobre el funcionamiento interno de la CIA.
Mailer nunca dejó el centro del cuadrilátero, ni siquiera en estos últimos años en que, viejo y enfermo, no dejaba de acudir a lecturas y encuentros con universitarios. El pasado octubre, fue sometido a una operación de pulmón de la que pocos confiaban en que pudiera recuperarse. Murió el 10 de noviembre, a los 84 años, en el hospital Monte Sinaí de Nueva York. En sus últimos libros se atrevió a sacar a la palestra a Cristo, a Hitler, y al mismísimo diablo, adversarios que él, quizá, consideraba a su altura.

1957. Traducción : Martín Abadía



I

Probablemente nunca seremos capaces de determinar el deterioro psíquico que los campos de concentración y la bomba atómica han ocasionado en el inconsciente de casi todos los que estamos vivos en estos años. Por primera vez en la historia de la civilización -tal vez por primera vez en toda nuestra historia-, nos hemos visto forzados a vivir bajo la inhibición de las más pequeñas facetas de nuestras personalidades y con la menor proyección de nuestras ideas, o verdaderamente, en un vaciamiento tal con respecto a nuestras ideas y personalidades que quizás acabe condenándonos a morir como una cifra en una vasta operación estadística en la cual todos nuestros dientes están contados, nuestro pelo a salvo, pero nuestra muerte es anónima, deshonrosa, irrelevante; ya no una muerte que podría esperarse con dignidad como posible consecuencia de las acciones que hemos cometido, sino una muerte deux ex maquina en una cámara de gas o en una ciudad radioactiva. Así, en el centro mismo de la civilización, la civilización fundada sobre la urgencia faustiana de dominar a la naturaleza al adueñarnos del tiempo y por ende, adueñarnos de los vínculos de causa y efecto, en el medio de una civilización económica fundada en la confianza de que el tiempo podría verdaderamente ser sometido a nuestra voluntad, nuestra psiquis fue a su vez sometida a la ansiedad intolerable que sostiene que si no hay razón para morir, tampoco la hay para vivir, y que el tiempo, privado de relaciones de causa y efecto, finalmente va a llegar a su fin.

La Segunda Guerra Mundial puso un espejo frente a la condición humana que cegó a todo aquel que se mirase en él. Por cada diez millones de bajas en los campos de concentración bajo la inexorable agonía y las contracciones de super estados basados en la siempre insoluble contradicción de la justicia, uno se vio obligado aún a ver que no importaba qué tan derruido y pervertido pudiera devenir, a imagen del hombre, la sociedad que éste había creado, que de manera alguna se asustaba de su creación, de su creación colectiva (al menos su creación colectiva pasada); y que en suma, si la sociedad era tan criminal, ¿quién podría ignorar entonces las cuestiones más ocultas de su naturaleza?

Es peor. Uno apenas puede mantener su valor en tanto individuo y hablar con voz propia; los años en los que uno podía aceptarse complacientemente como parte de una elite al ser radical se han ido para siempre. El hombre intuyó que cada vez que disentía, se le enviaría una notificación de que sería convocado en cualquier año de crisis. No te preguntes luego qué fueron los años de la conformidad y la depresión. El miedo fétido ha salido de cada poro de la vida norteamericana y sufrimos una crisis colectiva de valor. El único valor, con raras excepciones, que hemos atestiguado fue el valor aislado de la gente aislada.

II

Es en esta desolada escena que el fenómeno tuvo aparición: el existencialista norteamericano, el hipster, el hombre que sabe que si nuestra condición colectiva es vivir bajo el miedo de una muerte instantánea a causa de la guerra atómica, muerte relativamente rápida desde un Estado visto como univers concentrationnaire, o muerte lenta por la conformidad que sofoca todo instinto rebelde y creativo, si el destino del hombre del siglo XX es vivir con la muerte desde la adolescencia hasta la madurez, por qué entonces no iba a ser la única respuesta esperanzadora aceptar los términos de la muerte, vivir en su inminente peligro, divorciarse de la sociedad, existir sin raíces e iniciarse en el viaje no ordinario de los imperativas rebeliones del ser. En suma, tanto si la vida es criminal como si no lo es, la decisión es despertar al psicópata dentro de uno mismo, explorar ese dominio de la experiencia donde la seguridad es aburrimiento y consecuentemente, enfermedad, y al uno existir sólo en el presente, en ese enorme presente sin pasado ni futuro, recuerdos o planes, la vida es la de un hombre que debe seguir hasta ser abatido ("beat"), vida en la que apostar sus energías frente a las grandes y pequeñas crisis de valor y en la que las inesperadas situaciones que hostigan cada uno de sus días todo se reduce a estar en ello ("with it") o a verse condenado a no moverse ("to swing"). La esencia impermanente del Hip, su brillantez psicopática, se estremece con el conocimiento de que las nuevas victorias que incrementan su poder son consecuentemente nuevas formas de percepción; y así, las derrotas, las nuevas derrotas, atacan su cuerpo y aprisionan su energía hasta encarcelarlo en la atmósfera de los hábitos que no le son propios, en las derrotas ajenas, en el aburrimiento, la desesperación tranquila y la furia helada y muda de la autodestrucción. Uno ha de ser "Hip" o "Square" -alternativa que cada nueva generación que se adentra en la vida americana está empezando a sentir-, uno es rebelde o uno se conforma, uno es un fronterizo en el lado más salvaje de la noche norteamericana o es una celda cuadrada ("square"), atrapado en el tejido totalitario de la sociedad, condenado a la fuerza del conformismo que lo catapulte al éxito.

Una sociedad totalitaria ejerce demandas enormes en el ánimo de los hombres, y una parcialmente totalitaria ejerce aún más grandes demandas con el fin de que la ansiedad general crezca. Verdaderamente, si uno se persigna en ser un hombre, es frecuente que todas las acciones convencionales precisen de un ánimo desproporcional, de modo que no es accidental que la fuente del Hip sea el Negro ya que éste ha vivido en la frontera lindera entre totalitarismo y la democracia durante dos siglos. No obstante, la presencia del Hip en tanto filosofía proletaria de los submundos de la vida norteamericana se debe al jazz y su aguda entrada en la cultura, su subliminal pero penetrante influencia (en algunos casos consciente, en otros por ósmosis) sobre la generación de la vanguardia, aquella generación de aventureros de la post-guerra que absorbiera la lección de disgusto y desilusión que trajeron los años veinte, la Depresión y la Guerra. Al compartir una descreencia colectiva frente a las palabras de aquéllos que tenían ya demasiado dinero, ya demasiado control, juzgaron igualmente poderoso el descreer en la monolíticas ideas del hombre común, la solidez de la familia y el respetable amor por la vida; y si bien el antecendente intelectual de esta generación podría ser trazado a partir de las más diversas influencias -desde D.H Lawrence y Henry Miller hasta Wilhelm Reich- fue la filosofía de Hemingway la que se creyó más viable: en un mundo fatal -como Hemingway lo dijera una y otra vez- no existe amor ni caridad ni piedad ni justicia a menos que un hombre sepa mantener su valor. Pero aún más precisamente, sería el imperativo categorial hemingwayano de que aquello que te hace sentir bien es, consecuentemente, El Bien, lo que encajara mejor en la necesidad del nuevo aventurero.

Así que no hay duda de que en ciertas ciudades de Norteamérica, como New York, New Orleans, Chicago, San Francisco y Los Ángeles, como en otras ciudades "norteamericanas" como París y México D.F, iba conformándose una nueva generación atraída por lo que el Negro tenía para ofrecer. Y en lugares como Greenwich Village se completaba este ménage-a-trois: el bohemio y el delincuente juvenil se encontraban cara a cara con el Negro. Así el hipster se hizo realidad en la vida norteamericana. Si la marihuana era el anillo de bodas, el primogénito era el lenguaje del Hip, cuyo argot daba forma a estados y sentimientos abstractos que todos eran capaces de compartir, o al menos todos aquellos que fueran Hip, y en esta boda del blanco con el Negro, era éste último quien aportaba la dote cultural.

Todo Negro que se persigne en sobrevivir ha de hacerlo bajo el peligro desde sus primeros días y ninguna experiencia se le antoja casual; de hecho, ningún Negro puede pasearse tranquilamente por la calle sin la certeza real de que la violencia no habrá de visitarlo en su paseo. Los cameos de seguridad del blanco promedio -la madre, el hogar, la familia, la posición- no constituyen de ninguna forma una broma para el Negro; solamente le son imposibles. El Negro, en suma, tiene la más simple de las alternativas: o bien vivir una vida de humillación permanente o bien ofrecerse al peligro de por vida. En un momento en que la paranoia es tan vital para la supervivencia como la sangre, el Negro debe sobrevivir y crecer siguiendo la necesidad de su cuerpo allí donde le es posible. Al saber en la cárcel de la existencia que la vida es la guerra y nada más que la guerra, el Negro -salvo excepciones- raramente puede costearse las sofisticas inhibiciones de la civilización, de modo que dirige su superviviencia hacia el arte de lo primitivo, vive en el inmenso presente, subsiste por la emoción de otro sábado por la noche, abandona los placeres de la mente por los obligatorios placeres del cuerpo, y en su música le da voz al carácter y a la calidad de su existencia, a su furia y a las infinitas variaciones de alegría, lujuria, languidez, contracción, estremecimiento y desesperación del orgasmo. Si el jazz es el orgasmo, la música del orgasmo, del buen y del mal orgasmo, y si se expresa a través de toda la nación y tiene el poder de comunicar incluso allí donde se lo corrompe, se lo perturba y hasta se lo suprime, si habla sin importarle en qué registros populares para describir estados de existencia instantánea a los que algunos blancos puedan responder, "yo lo siento, así que tú lo sientes también", se trata definitivamente de un arte de la comunicación. De esta manera, una nueva raza de aventureros se abría paso, aventureros urbanos que naufragaban en la noche buscando la acción a través del código de los negros. El hipster había absorbido la sinapsis existencialista del Negro y desde un punto de vista práctico, podía ser considerado como un Negro Blanco.

Para ser existencialista, uno debe ser capaz de sentirse a sí mismo -uno debe conocer su propio deseo, su propia ira, su propia angustia; uno debe conocer el motivo de la frustración de su deseo y saber cómo satisfacerlo. El hombre civilizado puede sólo ser existencialista al forjarse un estilo y abortar ese mismo estilo en la presencia de uno nuevo. Para ser un verdadero existencialista (Sartre, por cierto, admite lo contrario) uno debe ser religioso, ser consciente de un "propósito" - sea cual fuere; pero una vida dirigida por la fe de uno en la necesidad de acción no es sino una vida confinada a la idea de que el substractum de la existencia es la búsqueda -el misterioso aunque significativo fin-, de modo que es imposible vivir una vida de estas características a menos que las emociones de uno actúen con profunda convicción. Sólo los franceses, alienados más allá de la alienación de su propio inconsciente, pudieron percibir una filosofía existencial sin haberla conocido en absoluto: verdaderamente, sólo un francés, al declarar que la inconsciencia no tiene lugar, puede darse a explorar las delicadas involuciones de ella, la microscópica aunque inefable sensualidad de las frissons del devenir mental, con el objeto de crear luego una teología del ateísmo y en consecuencia aceptar que en un mundo de absurdos, el absurdo existencial es el más coherente.

En el diálogo entre un místico y un ateo, el ateo se posiciona del lado de la vida racional, de la vida no dialéctica, ya que, al concibir la muerte como vacío, no puede desear nada más que más vida, pese a cuán extraño y desesperado pueda esto parecer; su orgullo se afinca en no trasponer su debilidad y su fatiga espiritual en un anhelo romántico para con la muerte, ya que el aprecio por la muerte lo conduciría a elaborar en su imaginación un universo fundado en una estructura de sentido y, consecuentemente, de cierta orquestación moral. No obstante, la virilidad de este argumento puede significar bastante poco para el místico. El místico puede aceptar la descripción del ateo en su debilidad, puede estar de acuerdo en que su misticismo es una respuesta a la desesperación, pero en última instancia, él, el místico, revelaría que ha escogido vivir con la muerte, que la muerte es su experiencia, mientras que el ateo, al evitar la ilimitada dimensión de un profundo desamparo, se vio incapaz de juzgarla de esta manera. La verdadera discusión que el místico debe siempre afrontar es la intensidad de su visión particular y el valor de su argumento depende precisamente de la intensidad de esta visión ya que le ha sido tan extraordinaria que lo privó de toda racionalidad, de todo "océano de sentimientos", y ciertamente, supo alejarlo de cualquier reducción escépctica que pudiera explicar lo que para él se ha convertido en una realidad aún más real que aquella que sostiene la razón lógica. Su experiencia interior con respecto a las posibilidades de la muerte es su propia razón lógica y al igual que para el existencialista, el psicópata, el santo, el torero y el amante, el denominador común es la ardiente consciencia del presente, o más exactamente, la incandescente consciencia frente a las posibilidades que la muerte ha despertado en todos ellos. Existe ciertamente un agravante de desesperación en aquella condición que descapacita al ser al resistirse al compromiso de la muerte, pero su consuelo no es sino el conocimiento de que aquello que ocurre en cada momento del presente eléctrico pueda ser bueno o malo, bueno y malo para su causa, para su amor, su acción, su necesidad.

 Este conocimiento es el que alimenta el sentimiento curioso de estar en el mundo del hipster, un callado y especial despertar religioso, sin duda. Pero el elemento que se nos aparece excitante, perturbador y atemorizante quizás, es que los incompatibles han quedado atrás, se han ido a dormir, y que la vida interior y la vida violenta, la orgía y el sueño del amor, el deseo de matar y el deseo de crear, toda una nueva concepción dialéctica de la existencia con cierto gusto por el poder, una oscura, romántica e innegablemente dinámica postura frente a la existencia se abre paso concibiendo a cada hombre y a cada mujer en tanto individuos en movimiento en cada momento de la vida hacia la evolución o bien hacia a la muerte.

III

Tal vez nos resultaría fructífero considerar al hipster como un psicópata filosófico, un hombre interesado no sólo en los riesgosos imperativos de su psicopatía, sino también en codificar, al menos para sí mismo, los supuestos en los que se construye su propio universo interior. Siguiendo esta premisa, el hipster es un psicópata y, a la vez, la negación del psicópata ya que posee el dejo narcisista del filósofo, esa propensión por ahondar en sus motivaciones personales, la cual es ajena al manejo irracional del psicópata. En un país que forja unos nueve millones de psicópatas por año, moldeados en el acuñarse de nuestra contradictoria cultura popular -en la que el sexo es el pecado y el paraíso a la vez-, pareciera que hubiese ya lugar para el desarrollo de un psicópata antitético que extrapolara desde su propia identidad, desde la certeza íntima de sentir justa su rebelión, una visión radical del universo que lo separase consecuentemente de la ignorancia general, de los prejuicios reaccionarios y del dubitar del psicópata convencional. habiendo convertido la experiencia inconsciente en conocimiento consciente, el hipster trasladó el foco de su deseo de un gratificación inmediata hacia una amplia pasión en favor de un poder futuro, poder que es la marca del hombre civilizado. Resiste, no obstante, una diferencia irreductible. La clave, para el Hip, reside en la sofistificación de una cultura primitiva en una jungla gigante, y en su atractivo, lo cual está más allá del hombre civilizado. Si hay unos diez millones de norteamericanos que son más o menos psicopáticos (y la figura es apenas modesta), probablemente haya muchos más de cien mil hombres y mujeres que se vean conscientemente como hipsters; pero su importancia reside en su potencial implacable en tanto elite y en un lenguaje que la mayoría de los adolescentes pueden entender instintivamente ya que la intensa visión de la existencia del hipster apunta a la experiencia y al deseo de rebelarse.

Antes que digamos algo más sobre hipster, obviamente hay bastante que decir acerca del estado psíquico del psicópata -clínicamente, la personalidad psicopática. Por razones que sean aún más curiosas que el parecido de las palabras, muchas personas de orientación psicopática confunden a menudo al psicópata con el psicótico. Los términos, sin embargo, son polos opuestos. El psicópito es legalmente insano, el psicópata no lo es; el psicótico es casi incapaz de descargar mediante un acto físico la rabia de su frustración mientras que el psicópata, llevado a su extremo, es virtualmente incapaz de reprimir su violencia. El psicótico habita en un mundo tan brumoso que aquello que está sucediendo en cada momento de su vida no le parece real, en tanto que el psicópata rara vez conoce algún otro tipo de realidad más que el rostro, la voz, el ser mismo de la gente entre la que se encuentra en todo momento. Sheldom y Eleanor Glueck lo describen de la siguiente manera:

(. ) el psicópata puede ser distinguido de la persona que se desliza o que escala hacia un estado verdaderamente psicopático por la larga y dura persistencia de su actitud antisocial, su comportamiento y la ausencia de alucinaciones, desilusiones, ráfagas de manías, confusión, desorientación y otros dramáticos signos de psicósis.

Robert Lindner, uno de los expertos en la materia, en su libro Rebelde sin causa - Hipnoanálisis del psicópata criminal, presente parte de su definición así:

(.) el psicópata es un rebelde sin causa, un agitador sin slogan, un revolucionario sin programa; en otras palabras, su rebeldía se dirige a lograr metas que le sean satisfactoriamente personales; es incapaz de esforzarse por el bien de los demás. Todos sus esfuerzos se ocultan detrás de cualquier disfraz para satisfacer sus deseos y anhelos inmediatos. El psicópata, como un niño, no puede postergar los placeres que lo gratifican; éste es uno de los rasgos más característicos que lo describen. No puede esperar la gratificación erótica que convencionalmente se cree que debería preceder al acto de matar: él debe violar. No espera obtener prestigio alguno en la sociedad: sus ambiciones egoístas lo conducen a saltar a los titulares mediante actos atrevidos. Como un hilo rojo, este predominio en el mecanismo de la satisfacción inmediata corre a lo largo del historial de todo psicópata y explica no sólo su comportamiento, sino también la naturaleza violenta de sus actos .

Pero incluso Lindner, quien fuera el más imaginativo y aún el más compasivo de los psicoanalistas que estudiaran la personalidad psicopática, no estaba listo para proyectarse a sí mismo en lo más profundo de la compasión - la cual designaría al psicópata verazmente como a un pervertido y peligroso enclave de este nuevo tipo de personalidad que pudiese convertirse en la expresión central de la naturaleza humana antes del fin del siglo XX. Para que el psicópata pueda poner por encima de la violencia y el amor que la civilización nos ha demandado las inhibiciones contradictorias que lo afectan, y a su vez recordar que no todo psicópata constituye un caso extremo, que la condición psicopática se presenta en un sinfín de personas incluyendo políticos, soldados, columnistas de diarios, presentadores, artistas, músicos de jazz, prostitutas, homosexuales promiscuos y la mitad de los ejecutivos de Hollywood, la televisión y la publicidad, debe considerarse que hay aspectos de la psicopatía que son producto de una determinada influencia cultural.

Lo que caracteriza casi a la totalidad de los psicópatas es que intentan crear en sí mismos un nuevo sistema nervioso. Generalmente, nos obligamos a actuar dentro de un sistema nervioso que fue conformándose desde la infancia y que acarrea, en el interior de su circuito, las contradicciones de nuestros padres y de nuestro medio. Por tanto, muchos de nosotros, somos obligados a compaginar el tempo del presente y el del futuro con los reflejos y ritmos que recibimos del pasado. No se trata solamente del "peso muerto de las instituciones del pasado", sino verdaderamente del ineficiente y a menudo anticuado circuito nervioso del pasado que asfixia todo nuestro potencial de respuesta frente a las nuevas posibilidades que podrían estimular nuestro crecimiento personal.

A lo largo de la historia moderna, la "sublimación" fue posible: a expensas de expresar sólo una pequeña parte de nuestro ser, éste podía expresarse con intensidad. Pero la sublimación depende de un razonable tempo histórico. Si la vida colectiva de toda una generación se ha movido demasiado rápidamente, el "pasado" por el que los hombres y las mujeres de esa generación funcionan no es, digamos, de una extensión de treinta años, sino de unos cien o doscientos años estimativamente. Es así que el sistema nervioso se tensiona bajo la posibilidad de ciertos compromisos de sublimación, especialmente desde que los requisitos para la sublimación de los valores de clase media han sido destruídos en nuestro tiempo, al menos en tanto valores que nos conformen libres de dudas o confusiones. Frente a tal crisis de aceleración de los tiempos históricos y el deterioro de valores, la neurosis tiende a ser reemplazada por la psicopatía y el ascenso del psicoanálisis (que sólo unos diez años atrás ya prometía convertirse en una fuerza directa superior) ha disminuido dada su incapacidad congénita para lidiar con pacientes más complejos, más experimentales y más atrevidos que los que suponía el análisis mismo. En la práctica, el psicoanálisis al día de hoy no ha devenido más que una suerte de hemorragia. El paciente no cambia con el tiempo y las fantasías infantiles que se le piden exteriorizar, están condenadas a agotarse frente a la reacción sin respuesta del analista. El resultado para muchos pacientes es una disminución, un apesadumbramiento de sus vicios y sus cualidades más interesantes. El paciente, de hecho, no percibe un cambio sino una prevención -logra ser menos bueno, menos malo, menos brillante, menos voluntarioso, menos destructivo, menos creativo. De esta manera, llega a conformarse con la intolerable sociedad contradictoria que hubo de crear su neurosis en un principio. No puede más que conformarse con el asco ya que no posee ya la pasión para sentir asco con intensidad.

El psicópata, notoriamente, es difícil de analizar ya que la decisión fundamental de su naturaleza es intentar vivir su fantasía infantil, y en esta decisión (dada la alternativa del psicoanálisis) hay buena parte de conocimiento instintivo.

Existe así una dialéctica para el cambio de naturaleza, la dialéctica que impone todo método psicoanalítico: el conocimiento de que, con el fin de cambiar los hábitos del momento, se debe sino volver a la fuente de su creación; así es como el psicópata explora en retrospectiva el camino del homosexual, del obseso, del drogadicto, del violador, del ladrón, e intenta rastrear ejes paralelos a la violencia y a las contradicciones sin sentido que frecuentemente se conocen siendo niño. Al enfrentar una situación paralela a la que atraviesa, tiene la oportunidad de actuar como nunca lo había hecho antes y, en caso de satisfacer la frustración, debe pasar al sustituto simbólico que supone la cárcel del incesto. Dejando que se exprese el niño interior, puede aliviar la tensión de los deseos infantiles y liberarse para recomponer su sistema nervioso al menos un poco. Al igual que el neurótico, el psicópata busca una oportunidad para volver a crecer, pero sabe instintivamente que expresar un impulso prohibido de manera activa es mucho más beneficioso que meramente confesar el deseo en la seguridad del consultorio médico. El psicópata es básicamente ambicioso, tanto como para cambiar su retorcida y brillante concepción de una posible victoria en vida por algo lúgubre, si siente el agotamiento calmo que produce el diván del analista, de manera que su viaje de asociaciones al pasado vive en el teatro del presente, y el sujeto existe sólo para esas ampulosas situaciones en las que sus sentidos están tan vivos que puede estar activamente consciente de lo que son sus hábitos hasta incluso llegar a avizorar la forma de cambiarlos. La fuerza del psicópata consiste en que sabe (mientras que la mayoría de nosotros podemos sólo presumirlo) lo que es bueno y lo que es malo para él en esos instantes en los que un viejo y atroz hábito ha sido de tal manera atacado por la experiencia que su potencial se presta a cambiarlo, reemplazando un miedo vacío y negativo de acción exterior aún si - y aquí obedezco a la lógica del psicópata extremo- el miedo es hacia sí mismo y la acción, el asesinato. El psicópata asesina -si tiene el coraje de hacerlo- más allá de la necesidad de purgar su violencia, ya que es al no poder vaciar su odio que no puede amar, y su ser se congela tras una implacable cobardía autodestructiva. (Por supuesto, huelga decir que hace falta cierto coraje en dos bravucones de dieciocho años para llegar a golpear a un kiosquero, pero verdaderamente el acto -incluso bajo la lógica del psicópata- no trae aparejado para con la víctima una terapéutica que nos haga considerarlo igual a la psicopatía. De todas maneras, es necesario cierto coraje, pero no sólo para que uno llegue a asesinar a un débil viejo de cincuenta años, sino también para violar una institución o una propiedad privada, entrar en conflicto con la policía y así meter en nuestra vida un peligro hasta entonces inédito. El bravucón, por tanto, desafía lo desconocido, de modo que no importa que tan brutal sea el acto, nunca es enteramente cobarde.)

En suma, el drama del psicópata es la búsqueda de amor. No la búsqueda del amor en un individuo, sino de un orgasmo siempre más apocalíptico que el anterior. El orgasmo es su terapia y sabe dentro de su ser que un buen orgasmo abre el camino y un mal orgasmo lo obstaculiza. Pero en esta búsqueda, el psicópata se convierte en la encarnación de las extremas contradicciones de la sociedad que hubo de formar su carácter y es el orgasmo apocalíptico el que a menudo se muestra tan remoto como el mismo Santo Grial ya que todo tipo de tapujos de violencia anidan en sus propias necesidad y en los desquites que existen en los hombres y mujeres entre los que vive su vida. De modo que, aún desagotando su odio en un acto u otro, las condiciones de su vida vuelve a restablecer su odio hasta que el drama de su accionar cobran un parecido casi irónico con un rana que intenta saltar fuera del pozo sólo para luego volver a caer en él.

Algo resta decirse acerca de la búsqueda del buen orgasmo: cuando uno vive en un mundo civilizado y aún así no puede disfrutar del néctar cultural de él ya que las paradojas en las que se ha fundado exige que se sostenga una reserva inculta y alienada de material humano explotable, la lógica de devenir un marginado sexual (si las raíces psicológicas de uno yacen en esa reserva) consiste en que uno tiene al menos la oportunidad de competir por no ser psíquicamente insano en tanto se mantenga vivo. Por tanto, no es accidental que el psicopatía sea aún más común que el Negro. Detestado por su medio y en consecuencia, detestado por su propia persona, el Negro se vio forzado a explorar la moral salvaje de la vida civilizada que el Square condena alternativamente delincuencial, malvada, inmadura, mórbida, autodestructiva o corrupta. (En realidad, los términos tienen igual peso. Depende del lente cultural por el que el Square sostenga su universo, lo "malvado" y lo "inmaduro" se ven como términos de condena igualmente fuertes.) Pero el Negro, al no verse privilegiado de gratificar su autoestima con la embriagadora satisfacción de una condena categorial, escoge moverse en cambio en otra dirección en la que todas las situaciones son idénticamente válidas, y en la peor de las perversiones, en la promiscuidad, en el mundo proxeneta, de la drogadicción, la violación, los navajazos y la rotura de botellas, el Negro descubre y elabora una moralidad de los confines, una diferenciación ética entre el bien y el mal en cada actividad humana, desde el buscavidas (opuesto al vago) hasta el poco fiable traficante o la prostituta. Agreguen a ésto el ingenio del lenguaje, las abstractas y ambiguas alternativas por las que, dado el peligro de la opresión, han aprendido a hablar ("Bueno, ya, hombre, estoy buscando una gatita que me caliente") y agreguen además la profunda sensibilidad del Negro jazzman, quien fuera el mentor cultural del pueblo, lo que ayuda a creer que el lenguaje del Hip, cuya evolución se da desde la astucia y se forma a través de una experiencia intensa, logra apartarse del argot blanco que hubo de conformarse entre los soldados de igual manera, al punto de poder diferenciar en el énfasis de palabras como "ass" o "shit" los diversos estados de ánimo del hombre enrolado. Lo que hace especial al lenguaje del Hip es el hecho de que no puede enseñarse dado que si uno no comparte ninguna de las experiencias de euforia o agotamiento de las que se vale para describir, parece ser meramente vulgar o irritante. Se trata de un lenguaje pictórico, pero pictórico en tanto arte subjetivo, imbuído a una dialética de pequeños pero intensos cambios, un lenguaje del microcosmos ya que asume las experiencias inmediatas de cada hombre que pasa y magnifica la dinámica de sus movimientos, no específica sino abstractamente, de modo que pueda verse más como un vector en una red de fuerzas que como un personaje estático en una campo de cristalizaciones (el cual es el punto de vista del snob.) Pero tomemos por caso, hay una dificultad enorme en tratar de encontrale un substituto hip a la palabra "Stubborn" (tenaz, terco). Lo mejor que podría ocurrírseme sería: "Esa gata nunca se saldrá del surco, viejo". Pero surco implica movimiento, pero desplazamiento alguno. Realmente no hay manera de describir a alguien que no se desplaza en absoluto. Incluso un cretino ha de hacerlo, aún con los movimientos más exasperantes de los gatos más fríos.

IV

Como los niños, los hipsters van detrás de los dulces y su lenguaje es una colección de indicios sutiles hacia el éxito o hacia el fracaso en la búsqueda del placer. Tácita aunque obvia es la sensación social de que no hay suficientes dulces para todos. De modo que los dulces están destinados al victorioso, al mejor, al hombre que más sabe sobre cómo hallar su energía y cómo no perderla. El énfasis está puesto en la energía dado que el psicópata y el hipster no son nada sin ella y que no tienen la protección de una posición o clase con la que contar cuando ha ido demasiado lejos. El lenguaje del Hip es enérgico, cómo hallar y cómo no perder la energía. Pero veamos. Mientras que yo he anotado quizás una docena de palabras, el Hip probablemente las haga durar con un mínimo de variación. Las palabras son man, go, put down, make, beat, cool, swing, with it, crazy, dig, flip, creep, hip, square. Todas sirven para una larga variedad de propósitos y el matiz de la voz es el matiz conveniente a la situación para diferenciar contextos sutiles. Si el hipster se mueve a través de la noche y a través de su vida en una constante búsqueda y vislumbre de una Mecca a través de diversas experiencias (Mecca en tanto orgasmo apocalíptico) y si todos quienes habitan en el mundo civilizado son al menos en un pequeño grado lisiados sexuales, el hipster vive con el conocimiento de dónde puede hallarse sexualmente lisiado y donde sexualmente vivo, y las facetas de la experiencia por las que la vida se le presenta se comprometen cada día, se desligan o se abortan tanto como sus necesidad y su humanidad lo preven posible. Dado que la vida es un concurso en el que generalmente el victorioso se recupera rápidamente y el perdedor tarda en sanar, surge una competición de exploradores que colisionan permanentemente, competición en la que uno debe avanzar o bien pagar el precio de seguir siendo el mismo (pagar con enfermedad, depresión, angustia por la oportunidad perdida) pero siempre pagar o avanzar.

Por tanto, uno encuentra palabras como go ("sigue") o make it ("hazlo") o with it ("en ello") y swing ("moverse"): "Go", en el sentido de que, luego de horas o días o meses o años de monotonía, aburrimiento y depresión, uno tiene finalmente su oportunidad, ha acumulado suficiente energía para enfrentarse a ella con todo el talento necesario para arrojarse ("flip") hacia arriba o hacia abajo; uno ya está listo para ir ("go"), listo para apostar. El movimiento siempre es preferido frente a la inacción. En él, el hombre tiene una oportunidad, su cuerpo se calienta, sus instintos se agilizan y cuando la crisis llega -en forma violenta o afectiva- puede hacerlo ("make it"), puede ganar, puede liberar un poco más de energía ya que se odia un poco menos, puede mejorar su sistema nervioso, puede intentarlo una vez más, más rápido esa próxima vez, con más ímpetu, y así hallar más gente con las que poder moverse ("swing"), en tanto que moverse es comunicarse, es congeniar el ritmo del propio ser al de un amante, un amigo, o una audiencia y de igual manera, ser capaz de sentir el ritmo de la respuesta. Moverse al ritmo del otro es enriquecerse -el concepto de aprendizaje subterráneo del Hip consiste en que no se puede entender verdaderamente hasta llegar a que uno contenga el ritmo implícito de la materia o de la persona en cuestión. Pongamos por ejemplo, recuerdo que una vez escuché a un Negro en una fiesta sostener una discusión intelectual de media hora con una chica blanca que sólo unos años atrás había acabado la universidad. El Negro, literalmente, no sabía leer ni escribir pero tenía un oído extraordinario y un fino sentido del mimetismo. Así que mientras la chica hablaba, él detectaba las incertidumbres particulares de su discurso y en un agradable (y suavemente sureño) acento inglés, respondía a todas las facetas de sus dudas. Cuando ella acabó el relato de lo que pensaba que era una idea muy bien articulada, él le sonrió tímidamente y le dijo, "hay otra dirección. ¿no crees?", "Bueno. no," tartamudeó ella, "ahora que vuelves a ello, hay algo que me parece desagradable," y arremetió nuevamente unos cinco minutos más. Por supuesto, el Negro no estaba aprendiendo nada acerca de los méritos y deméritos de la discusión, pero aprendía bastante de un tipo de chica con el que nunca se había encontrado antes y que eso era lo que quería. Al ser incapaz de leer y escribir, apenas podía interesarse en ideas como interesarse en la misma humanidad, de modo que se abstenía de obedecer a cualquier tipo de precisión o de imprecisión en el lenguaje de la chica y en cambio, se disponía a sentir su carácter (y el valor de su tipo social) al moverse en el matiz de su voz.

Así que moverse ("swing") es ser capaz de aprender y aprender implica un paso hacia la acción, hacia la creación. Lo creado es infinitamente menos importante para la creencia del hipster que el hecho mismo de hacerlo, ser capaz de echar mano a lo que sea, incluso a una autodisciplina. Lo que debe hacer luego es hallar su valor en el momento de la violencia, o conseguirlo igualmente en el acto del amor, encontrar un poco más de sí mismo, crear algo más entre él y su mujer, o de hecho, entre él y un amigo (dado que muchos hipsters son bisexuales), pero lo primordial, lo imperativo, es la necesidad de hacerlo ya que, en el hacer, uno forma un nuevo hábito, desentierra un nuevo talento que la vieja frustración antes negaba.

Tanto si eres un holgazán (la peor palabra para el Hip - "goof") o si recaes en el ser de un niñito asustado, como si te arrojas y pierdes el control, revelas la más débil, oculta y femenina parte de tu naturaleza, por tanto es más difícil que vayas a moverte otra vez y tus oídos estarán menos vivos, tu hábito al derroche de energía a la larga se confirma y al final ya estás bastante lejos de estar en ello ("with it"). Pero estar en ello es obtener la gracia, es acercarse a los secretos de esa inconsciente vida interior que ha de nutrirte si te prestas a oírla, la manera de estar más cerca de ese Dios que cada hipster cree localizado en los sentidos de su cuerpo, ese tramposo, despojado y en sentido alguno megalómano Dios que es ello, que es la energía, la vida, el sexo, la fuerza, el prana del Yoga, el órgano reichiano, la sangre lawrenceana, el bien hemingwayano, el vigor shaviano; "ello"; no el Dios de las iglesias sino el inalcanzable susurro del misterio que conlleva el sexo, el paraíso de energía ilimitada y la percepción que reside más allá de la nueva ola que trae el nuevo orgasmo. 
A lo que cualquier gato replicaría, "Crazy, man !" ya que, después de todo, lo que puedo ofrecer es una hipótesis, nada más, y no hay hipster vivo que no haya sido absorbido por sus propias y tumultuosas hipótesis. La mía interesa, mi forma de salir (en la avenida del misterio que lleva a "ello") aunque sólo sea un gato en un mundo de gatos gélidos y todo lo interesante sea loco ("crazy") o al menos es lo que dirían todos los Square que no saben cómo moverse.

(Y aún loca es la ironía protectora del hipster. Al vivir con preguntas y no con respuestas, él es tan diferente en su aislamiento y en el objetivo lejano de su imaginación de casi todos con los que lidia en el mundo exterior de los Square, y a su vez, se encuentra generalmente con la animosidad, la competencia y el odio en el mundo del Hip, es decir que su aislamiento está siempre en peligro de volverse sobre sí mismo y dejarlo verdaderamente así, loco.)

Sin embargo, si estás de acuerdo con mi hipótesis, si como cualquier otro gato buscas una salida ("a way out"), y estamos todos en el mismo surco (y podemos ver el universo como series de rayos que se extienden desde un centro) simplemente lo captas ("dig it"). Dado que ni el conocimiento ni la imaginación llegan fácilmente sino que se entierran en el dolor de una olvidada experiencia personal, uno debe intentar hallarlo, uno debe ocasionalmente extenuarse por captarlo en el interior del ser con el fin de percibir lo que hay fuera de él. Y verdaderamente, hace falta captar lo más que se pueda, ya que si no lo captas pierdes tu superioridad por sobre los Square y estás menos próximo a ser cool (es decir, estar en control de la situación ya que te mueves allí donde no lo hacen los Square, o permitirte la entrada consciente al dolor, la culpa, la verguenza o el deseo, entrada que los demás no tienen el valor de enfrentar.) Ser cool significa estar dotado, y si estás dotado es más difícil que el gato que esté cercano a ti logre abatirte ("put down"). Por supuesto, uno difícilmente pueda puede dejar que ésto suceda, o bien uno es ya alguien abatido ("beat"), ya que ha perdido la confianza, ha perdido la voluntad y se encuentra impotente frente al mundo de la acción y próximo al degradante salto que lo haría convertise en un extraño ("queer"), o verdaderamente próximo a la muerte; por tanto, volver a recobrar la energía para intentarlo una vez más se vuelve más difícil ya que una vez un gato se encuentra abatido no tiene nada que dar y nadie ya se interesa en tratar de hacerlo ("make it") con él. Éste es el terror del hipster -ser abatido ("to be beat")- dado que una vez que el dulce del sexo lo ha desolado, él debe continuar y no abandonar la búsqueda. Huelga decir que no está garantizado que el hipster vaya a envejecer con gracia; ha sido capturado muy temprano por el viejo sueño del poder, la fuente dorada de Ponce de León, fuente de la juventud donde todo el oro reside en el orgasmo.

Ser beat , por tanto, es haber sido capaz de arrojarse ("flip") y consuma algo que va más allá de la experiencia personal, imposible de anticipar -de hecho, en el vocabulario corriente del Hip, existe otro significado para flip, mientras que yo aquí sólo lo he confinado a sólo unas cuantas connotaciones. Como en todos los vocabularios primitivos, cada palabra es primordialmente un símbolo y sirve a docenas o cientos de funciones de comunicación; en la dialéctica instintiva por la que el hipster percibe su experiencia, se ejecutan continuamente diferenciaciones instantáneas de la existencia en las que uno está siempre en movimiento hacia algo más o retrayéndose hacia algo menos.

V

Es imposible concebir una nueva filosofía hasta que ésta se exprese por un nuevo lenguaje que le sea propio, pero un nuevo lenguaje popular, al tiempo que contiene una nueva filosofía, puede no necesariamente presentar su filosofía de forma abierta. Podemos entonces preguntarnos qué hay de único en la cosmovisión del Hip que hace que su argot se eleve por sobre los transitorios antojos verbales de la bohemia y el lumpenproletariado. 
Quizás la respuesta esté en el elemento psicopático del Hip, el cual no parece tener interés alguno en la observación de la naturaleza humana, o mejor dicho, en juzgar a la naturaleza humana a partir de una serie de standars concebidos a priori con respecto a la experiencia, standars lógicamente heredados del pasado. Al tiempo que el Hip avizora de inmediato en cada respuesta una nueva alternativa y una nueva pregunta, su énfasis se aloja en la complejidad más que en la simplicidad -complejidad de un lenguaje que precisa del esclarecimiento de la voz y las articulaciones del rostro y el cuerpo, sin los que devendría irremediablemente incomunicativo. Dado este énfaisis, el Hip abdica toda responsabilidad moral convencional ya que refuta que el resultado de nuestras acciones sea previsible, en razón de que no nos es posible saber si hacemos bien o mal, y más aún, en el sentido joyceano de bien y mal, no nos es posible siquiera saber con certeza sobre esta imprevisibilidad o sobre la energía que le conferimos a nuestras acciones ya que, en última instancia, en caso de hacerlo, no tenemos idea alguna de lo que ellas llegarían a hacer con esta energía.

Por tanto, los hombres no son vistos como buenos o malos -que son buenos-y-malos es tomado como un hecho- sino más bien como una colección de posibilidades, algunas más posibles que otras (visión del carácter implícito del Hip) y así algunos seres humanos son considerados más capaces que otros al alcanzar más posibilidades en menor tiempo, siempre y cuando -y en ésto consiste la dinámica del Hip- su carácter personal sepa moverse ("swing") en el momento adecuado. Es aquí donde el sentido que el Hip da al contexto se diferencia abiertamente de aquel que le da el Square.

El Hip ve al contexto como aquello que domina al hombre ya que concibe a su carácter como menos significativo que el contexto en el que debe funcionar. Dado que, de manera arbitraria, la exigencia al completar una acción en contexto desfavorable es 5 veces mayor que en un favorable, el carácter del hombre no es nada sin el contexto en el que actúa, ya que el éxito o fracaso de una acción en un contexto dado recae inevitablemente sobre su carácter y en consecuencia afecta su accionar en contextos futuros. En líneas generales, lo que parece dominar tanto al carácter como al contexto no es sino la energía disponible en el momento mismo en que ambos entran en juego de forma intensa. Al ser visto el carácter como lo perpetuamente ambivalente y dinámico, éste entra en una relatividad absoluta en la que no existen otras verdades más que las verdades aisladas que cada uno siente a cada instante de la existencia. Para adentrarnos quizás en un injustificada extrapolación metafísica, es como si el Universo, que siempre ha existido conceptualmente como un hecho (inclusive si el hecho fuera el Dios de Berkeley), hecho cuyo objeto la filosofía y la ciencia se disponen a revelar, se convirtiera en una realidad versátil cuyas leyes se rehiciesen a cada momento en manos de todo aquel que se encuentra vivo y muy en particular en manos de aquellos que se encaminan hacia una nueva cumbre medieval en la que la verdad no consiste en lo que uno hubo de sentir ayer o lo que espera sentir mañana, sino básicamente en lo que uno siente en el climax permanente del presente. Consecuencia de este cambio es el divorcio del hombre y sus valores, la emancipación del ser frente al Super-Ego de la sociedad. La única moralidad del Hip (moralidad, por supuesto, de lo que siempre presente) consiste en hacer lo que uno siente cuando sea y allí donde sea posible, y así -aquí empieza la guerra entre el Hip y el Square- abrir los límites de lo posible en uno para uno mismo solamente, ya que ésa es su verdadera necesidad. Al separar las arenas de lo posible, uno las separa recíprocamente para los demás, de modo que el cumplimiento nihilista de los deseos de cada hombre contiene su antítesis de cooperación humana. 
Si la ética se reduce a conocerse uno mismo y por uno mismo, lo que hace radicalmente diferente al Hip de la moderación socrática y su inflexible respeto conservador por la experiencia del pasado, es que la ética del Hip es la inmoderación, adoración infantil por el presente, entendiendo a la vez que el respeto por el pasado significa que uno debe respetar sus horrendas consecuencias en tanto crímenes colectivos cometidos por el Estado. Es esta adoración por el presente lo que afirma al Hip dado que lo fundamental de su lógica supera aún la inolvidable solución del Marqués de Sade frente al problema del sexo, la propiedad privada y la familia, bajo la cual todos los hombres y mujeres tienen derecho absoluto, aunque temporario, sobre los cuerpos de sus iguales. El nihilismo del Hip propone como tendencia básica que cada restricción social y cada categoría sea removida amparándose en la afirmación implícita de que el hombre es capaz de probarse más creativo que criminal y que, de esta manera, puede conseguir no autodestruirse, lo que separa ampliamente al Hip de las filosofías autoritarias que hoy día llaman tanto la atención al espíritu liberal y conservador - la idea de que, a mediados del siglo XX, se ha perdido toda fe en el hombre y que el llamado de la autoridad no debe sino refrenarnos. La afirmación del Hip, a no importa qué precio de violencia individual, se vuelca a devolvernos a nosotros mismos, y se presenta como una afirmación bárbara, ya que conlleva la idea pasional de que los actos de violencia individual serán siempre preferidos a la violencia colectiva ejercida por el Estado, lo cual exige cierta fe en las posibilidades creativas del ser al afrontar cada acto de violencia como una catarsis que prepare su evolución.

De índole diferente es la idea de que el deseo de una libertad sexual absoluta del hipster contenga una concepción genuina de un mundo diferente; y deviene sólo posible en tanto que el hipster, al convivir con su odio, pueda ser parte de una elite de cofrades revoltosos preparados para seguir al primer líder magnético cuya visión del asesinato en masa logre consumar un lenguaje que sostenga sus emociones. Pero dada su condición de marginal psíquico, el hipster es igualmente candidato de la más radical y reaccionaria de las revueltas ya que, en tanto su crisis vaya profundizándose, podría llegar a una comprensión tal del horror que produce la sociedad que desviaría el objeto de su aventura sexual hacia la implacable animosidad social que se construyó negándolo, y así alcanzar la misma amarga comprensión frente a la lenta inhumanidad del poder conservador que hubo de controlarlo por dentro y por fuera, que la de cualquier otro rebelde corriente al afirmar su callada disención a través de la frustración que las oportunidades negadas y los años de penurias hubieron de producirle. Al ser de tal forma controlado, negado y reducido al desgaste de la conformidad, el hipster podría verdaderamente llegar a ver que su condición no es sino una exageración de la condición humana y que, de hecho, si él aspira a ser libre, todos en consecuencia, deberían serlo. Es posible a la vez que, al darse tal énfasis en el valor frente al momento de la crisis, éste contenga en sí mismo (al igual que aquello que explica su existencia) el deseo de llevar la vida más allá de lo que siempre ha sido. Obviamente, no podemos especular agudamente cuál será el futuro del hipster. Sin embargo, una posibilidad se yergue frente a otras: la idea central de que el crecimiento orgánico del Hip depende en gran medida de la emergencia del Negro como una fuerza dominante en la vida americana. Dado que el Negro sabe más que el blanco sobre el horror y el peligro de la vida, es probable que, en caso de lograr una igualdad, pueda poseer una superioridad potencial, superioridad tan temible que el miedo mismo devenga el trasfondo dramático de la política local. En tanto que para toda política conservadora el miedo reside en lo imprevisible de las consecuencias, la igualdad del Negro partiría en dos la psicología, la sexualidad y la imaginación moral de cualquier blanco.

Con la posible emergencia del Negro, el Hip irrumpiría como una rebelión psíquica cuyos imperativos sexuales avasallarían la fundación anti-sexual de todo poder establecido en Norteamérica, e introduciría tal animosidad en la atmósfera, tales antipatías y tantos nuevos conflictos de interés que el vacío significado de la hipocresía del conformismo masivo no podría ya sostenerse. Tiempos de violencia, de nueva histeria, confusión y rebelión reemplazarían probablemente a la era del conformismo. En ellos, podría darse el caso de que el liberal se dispusiera a probar que verdaderamente cada tendencia tiene lugar en la armonía de la vida americana, por lo que el Hip sólo acabaría siendo absorbido como una colorida figura en el paisaje; pero si no fuese así, y lo económico, lo social, lo psicológico y finalmente lo moral entran en crisis junto con la emergencia del negro, la armonía se corroboraría insoportable y una nueva era devendría en la que se depondrían las recetas de todo político y millones de liberales habrían de afrontar, en los términos de una cosmovisión de la naturaleza humana que nunca quisieron aceptar, los dilemas que tan exitosamente habían eludido en el pasado.

Para tomar como ejemplo la abolición de la secregación en las escuelas del Sur, es bastante probable que el reaccionario vea la realidad de manera más cercana que el liberal al argumentar que el problema más complejo no es la abolición sino el mestizaje (como radical que soy me encuentro por supuesto en dirección opuesta a los Consejales Blancos -creo obviamente que es un derecho absoluto que el Negro se funda con el blanco, y que el mestizaje sería más que suficiente para cambiar la vida). Pero para el liberal promedio, cuya mentalidad ha sido embotada por la hipocresía del comité de liberales profesionales, el mestizaje no es un problema ya que se le ha dicho que el Negro no lo desea. De modo que, con su llegada, el mestizaje provocaría un terror comparable quizás al desarreglo que produciera la caída de los íconos stalinistas en los Comunistas Norteamericanos. El norteamaericano comunista sostenía el mito de Stalin por razones que muy poco tenían que ver con la política, sino más bien con una cierta necesidad psíquica. En este sentido, una necesidad psíquica de iguales magnitudes es lo que lleva al liberal a pensar que el Negro y aún al reaccionario blanco del Sur, fundamental e igualmente gente como él, devendrían buenos liberales también si les fuese dado el ser alcanzados por una justa razón liberal. Lo que el liberal no puede llegar a admitir es el odio oculto detrás de la piel de una sociedad tan injusta que la suma de violencia colectiva alojada en la gente es tal vez ya incapaz de ser detenida. De modo que si uno quiere un mundo mejor, es mejor que contenga el aliento ya que un mundo peor llegará antes, mundo cuyo dilema consiste en que, frente a tal situación de odio, éste ha de volcarse nihilísticamente sobre sí mismo o bien caer en las manos frías y asesinas de un estado totalitario.

VI

Más allá de los horrores que ha provocado, el Siglo Veinte es ampliamente interesante dada su tendencia a reducir la vida a sus últimas alternativas. Uno puede bien preguntarse si la próxima guerra será entre blancos y negros, hombres y mujeres, feos y bellos, saqueadores y gerentes, o rebeldes y opresores. Lo que, por supuesto, ha llevado la especulación más allá de donde aún la especulación es algo serio y aún la desesperación por la monotonía y el desconsuelo del futuro, y se ha vuelto tan arraigado en el espíritu radical que éste está en peligro de abdicar toda imaginación. Aquello que siente el hombre es el impulso por un esfuerzo creativo, y si un instinto ajeno - aunque nada apasionado- para con el sentido de la vida ha surgido tan inesperadamente de gente virtualmente iletrada, es debido a que proviene de las condiciones más intensas de explotación, crueldad, violencia, frustración y ansia de poder, pese a ser la insurgencia de gente que sigue aún siendo torturada en vida.

De manera que es probable que sea el Negro quien se sujete mejor a una verdad del tamaño de un elefante que el radical; y si esto es así, el radical humanista no podría más que anidar en el fenómeno. Dado que un tiempo revolucionario debería estar acercándose una vez más, una diferencia crucial parece asentarse si alguien ha ya delineado el calculus neomarxista que se emplea en comprender cada circuito y proceder social como las comunicaciones de la energía humana toda - calculus capaz de traducir las relaciones económicas del hombre en relaciones psicológicas y luego, de igual manera, las relaciones productivas en relaciones sexuales, hasta que las crisis del capitalismo del Siglo Veinte sean al fin comprendidas como las adaptaciones inconscientes que ejerce una sociedad para resolver el desequilibrio económico a expensas de un nuevo desequilibrio de raíz psicológica. Está aún más allá de nuestra imaginación concebir el trabajo al que se liga el drama de la energía humana; y aún una teoría de sus corrientes sociales y sus disipaciones, sus condenas, sus expresiones y sus pérdidas trágicas, teoría que describa la gigantesca síntesis de la acción humana en donde el cuerpo del pensamiento marxista, y particularmente la grandiosa épica de El Capital (aquella fundamental psicología en el acercamiento al misterio de la crueldad social, tan simple y práctica como para decir que somos un cuerpo colectivo de humanos cuya energía vital es desperdiciada, desplazada y procedentemente robada mientras pasa de unos a otros) encuentre su lugar en un visión de la injusticia e injusticia humana aún más gloriosa y más crucial, de los procesos íntimos e institucionales que acarrean a todas nuestras creaciones y desastres, nuestra evolución, rebelión y agotamiento.




Nota acerca de la traducción : dado que, entre otras, una problemática linguística ocupa a El Negro Blanco, en muchos casos los términos escogidos no son los que se me revelaron como más indicados. No obstante, para ciertas voces del inglés que cobran múltiples significados en la jerga de la Beat Generation -y aún en nuestra lengua- me dejé llevar por la traducción que creí más apropiada en función del texto de Norman Mailer. De todas formas, para estos casos, he adjuntado entre paréntesis el término original en inglés.