¿Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?
Por Nicholas Carr


¿Está Google volviéndonos estúpidos? • Nunca un sistema de comunicación ha ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos como hace hoy Internet. Pero a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura

“Dave, para. Para, por favor. Para, Dave. ¿Vas a parar, Dave?” Así suplica la supercomputadora HAL al implacable astronauta Dave Bowman en una famosa y fantásticamente conmovedora escena casi al final de 2001: Una odisea del espacio de Stanley Kubrick. Bowman, tras haber sido enviado a la muerte en el espacio interplanetario por la máquina descompuesta, está tranquila y fríamente desconectando los circuitos de memoria que controlan su “cerebro” artificial. “Dave, estoy perdiendo la mente —dice HAL, con tristeza—. Me estoy dando cuenta. Lo estoy sintiendo.”

Yo también me estoy dando cuenta, lo estoy sintiendo. En los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con mi cerebro, cambiando el esquema de su circuito neural, reprogramando la memoria. No es que esté
perdiendo la mente —hasta donde puedo decir—, pero me está cambiando. No estoy pensando del modo que antes lo hacía.
Me doy cuenta sobre todo cuando leo. Antes me era fácil sumergirme en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en la narración o en los giros de los argumentos y pasaba horas paseando por largos tramos de prosa. Ahora casi nunca es así. Ahora mi concentración casi siempre comienza a disiparse después de dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha.

Creo que sé qué está pasando. Desde hace ya más de una década, he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet. La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos “clics” rápidos en hiperenlaces(1) y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que andaba buscando. Incluso sin estar trabajando, es muy probable que esté hurgando en la espesura de la información de la Red: leyendo y escribiendo correos, escaneando titulares y blogs,viendo videos y escuchando podcasts o sencillamente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas al pie, a las que muchas veces se asimilan, los hiperenlaces no sólo señalan obras que guardan relación con el tema, sino que lo lanzan a uno a ellas.)
Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto de casi toda la información que fluye a mis ojos y oídos y entra en mi mente. Las ventajas de tener acceso inmediato a un almacén tan increíblemente rico de información son muchas y éstas han sido ampliamente descritas y debidamente aplaudidas. Clive Thomson escribió en Wired: “La retentiva perfecta de la memoria de silicón puede ser una enorme ayuda al pensamiento.”

Pero la ayuda tiene un precio. Como señaló el teórico de los medios de difusión Marshall McLuhan en los años sesenta, éstos no son sólo canales pasivos de información. Suministran la materia para el pensamiento, pero también conforman el proceso del pensamiento. Y lo que la Red parece estar haciendo es socavar mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente espera ahora captar la
información del modo en que la Red la distribuye: en una corriente de partículas en rápido movimiento. En un tiempo fui un submarinista en el mar de palabras. Ahora me deslizo por la superficie como un tipo en una moto acuática. No soy el único. Cuando les menciono mis problemas con la lectura a amigos y
conocidos —la mayoría de ellos hombres de letras— muchos dicen estar experimentando algo similar. Mientras más usan la Red, más tienen que luchar para concentrarse en escritos largos. Algunos de los bloggers que sigo también han comenzado a mencionar el fenómeno. Scout Karp, quien escribe un blog sobre los medios de difusión en línea, confesó hace poco que ha dejado por completo de leer libros. “Hice el master en literatura en la universidad y era un voraz lector de libros —escribió—. ¿Qué ha pasado?” Y especula la respuesta: “¿Y si todo lo que leo es en la red, no se debe a que la forma en que leo haya cambiado, o sea, que esté sólo en busca
de comodidad, sino porque mi forma de PENSAR ha cambiado?”
Bruce Friedman, quien escribe regularmente blogs sobre el uso de las computadoras en la medicina, también ha descrito la forma en que Internet ha cambiado sus hábitos mentales. “He perdido casi por entero la capacidad de leer y absorber un artículo largo en la red o impreso”, escribió a principios de año.Friedman, patólogo miembro de larga data de la facultad de la Escuela de Medicina de
la Universidad de Michigan, amplió su comentario en una conversación telefónica conmigo. Su forma de pensar, dijo, ha tomado una calidad de “staccato”, que refleja la forma en que escanea con rapidez pasajes cortos de texto de muchas fuentes en línea. Ya no puedo volver a leer La guerra y la paz —admitió—. He perdido la capacidad de hacerlo. Me resulta difícil absorber incluso un blog de más de tres o cuatro párrafos. Lo leo por encima.”
Las anécdotas por sí solas no demuestran mucho. Y todavía estamos en espera de experimentos neurológicos y psicológicos a largo plazo que brinden una imagen definitiva de la forma en que el uso de Internet afecta la cognición. Pero un estudio recién publicado de los hábitos de investigación en línea, realizado por académicos del University College de Londres, indican que muy bien podemos estar en medio de un cambio radical en la forma en que leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, los estudiosos examinaron registros de computación que documentan el comportamiento de visitantes de dos populares sitios de investigación, uno operado por la Biblioteca Británica y el otro por un consorcio educacional del Reino Unido, que brindan acceso a artículos de revistas, libros electrónicos y otras fuentes de información escrita. Encontraron que las personas
que usan los sitios exhibían “una forma de actividad como de quien está echando una ojeada”, en que saltaban de una fuente a otra y pocas veces regresaban a una que ya hubieran visitado. Típicamente leían sólo una o dos páginas de un artículo o libro antes de “saltar” a otro sitio. A veces salvaban un artículo largo, pero no hay pruebas de que regresaran a él y lo leyeran de verdad. Los autores del estudio informan: Es evidente que los usuarios no leen en línea en el sentido tradicional; de hecho hay indicios de que están surgiendo nuevas formas de “leer” según los usuarios navegan horizontalmente por los títulos, los índices y los resúmenes buscando ganar rapidez. Casi parece que van en línea para evitar leer en el sentido tradicional.
Gracias a la ubicuidad del texto en Internet, por no mencionar la popularidad de los mensajes de texto en los teléfonos celulares, pudiéramos estar leyendo más hoy que en los años setenta u ochenta, cuando la televisión era nuestro medio preferido. Pero es un tipo distinto de lectura y detrás de él hay un tipo distinto de pensamiento… tal vez incluso un nuevo sentido del ser. “No sólo somos lo que leemos —dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo de la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (Proust y el calamar: La historia y la ciencia del cerebro lector)—. Somos como leemos.” A Woolf le preocupa que el estilo de lectura que promueve la Red, un estilo que coloca la “eficiencia” y la “inmediatez” por encima de todo lo demás, esté debilitando tal vez nuestra capacidad para el tipo de lectura profunda que emergió cuando una tecnología anterior, la prensa impresa, hizo comunes y corrientes las largas y complejas obras de prosa. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros descodificadores de información”. Nuestra capacidad de interpretar textos, de hacer las
ricas conexiones mentales que se forman cuando leemos con profundidad y sin distracción, sigue en gran medida desconectada.
Leer, explica Wolf, no es una habilidad instintiva de los seres humanos. No está grabada en nuestros genes del modo que lo está el discurso. Tenemos que enseñar a nuestras mentes a traducir los caracteres simbólicos que vemos al lenguaje que comprendemos.
Y los demás medios u otras tecnologías que usamos al aprender y practicar el arte de la lectura desempeñan un papel importante en la conformación de los circuitos neurales que se encuentran en el interior de nuestros cerebros. Los experimentos demuestran que los lectores de ideogramas, como los chinos, desarrollan un sistema de circuitos mentales para la lectura muy diferente del sistema que se encuentra en quienes, como nosotros, cuya lengua escrita emplea el alfabeto. Las variaciones se extienden a lo largo de muchas regiones del cerebro, incluidas las que rigen funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Podemos también prever que los circuitos tejidos por nuestro uso de la Red sean distintos a los tejidos por nuestra lectura de libros y otras obras impresas.
En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir: una Malling-Hansen Writing Bal, para mayor precisión. Le fallaba la vista y mantener los ojos enfocados en la página se le había hecho agotador y doloroso y muchas veces le
provocaba fuertes dolores de cabeza. Se había visto obligado a reducir su escritura y temía que pronto le sería necesario abandonarla. La máquina de escribir lo rescató, al menos de momento. Una vez dominada la mecanografía al tacto, podía escribir con los ojos cerrados, usando sólo las yemas de los dedos. Las palabras podían fluir de nuevo de su mente a la página.
Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, observó un cambio en su estilo de escribir. Su prosa, ya de por sí tersa, se había hecho más comprimida, más telegráfica. “Puede que con este instrumento incluso te adaptes a nuevos giros idiomáticos —le escribió el amigo en una carta observando que, en su propia obra, sus “«ideas» en música y lenguaje solían depender de la calidad de la pluma y el papel”.Tienes razón —repuso Nietzsche—, nuestro equipo de escribir participa en la formación de nuestros pensamientos.
Bajo el influjo de la máquina, escribe el académico alemán de los medios de difusión Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche “cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, del estilo retórico al telegráfico.”
El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente pensaba que nuestro engranaje mental —las densas conexiones que se forman entre los 100 billones de neuronas que se encuentran dentro de nuestros cráneos— estaba en gran medida fijado para el momento en que alcanzábamos la edad adulta. Pero los investigadores del cerebro han descubierto que no es así. James Olds, profesor de neurociencia que dirige el Instituto Krasnow de Estudios Avanzados en la Universidad George Mason, afirma que incluso la mente adulta “es muy plástica”. Las neuronas normalmente rompen conexiones viejas y forman nuevas. Según Olds, “el cerebro tiene la capacidad de reprogramarse a la carrera, cambiando la forma en que funciona.”
Según usamos lo que el sociólogo Daniel Bell ha llamado nuestras “tecnologías individuales” —los instrumentos que amplían nuestras capacidades mentales más bien que físicas— inevitablemente comenzamos a adoptar las cualidades de esas tecnologías.
El reloj mecánico, que comenzó a usarse corrientemente en el siglo XIV, brinda un ejemplo convincente. En Technics and Civilization (Técnicas y civilización), el historiador y crítico de la cultura Lewis Mumford describió la forma en que el reloj “desasoció el tiempo de los sucesos humanos y contribuyó a crear la idea de un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. El “marco abstracto de tiempo dividido” se convirtió en “el punto de referencia de la acción y el pensamiento”.
El tictac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente científica y del científico, pero también se llevó algo. Como observó el difunto científico de computación del MIT(2) Joseph Weizenbaum en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (El poder de la computadora y la razón humana: del juicio al cálculo), la concepción del mundo que surgió del empleo extendido de los instrumentos de llevar el tiempo “sigue siendo una versión empobrecida del antiguo, porque descansa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base de la antigua realidad y, de hecho, la constituían.” Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir, levantarse, dejamos de escuchar a nuestros sentidos y comenzamos a obedecer el reloj.

El proceso de adaptación a nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas que usamos para explicarnos a nosotros mismos. Cuando llegó el reloj mecánico, las personas comenzaron a pensar que sus cerebros operaban “como mecanismos de relojería”. Hoy, en la era del software, hemos llegado a pensar que operan “como computadoras”. Pero los cambios, nos dicen las neurociencias, son mucho más profundos que la metáfora. Gracias a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación se produce también en el nivel biológico.
Internet promete tener efectos de especial alcance en la cognición. En un trabajo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing demostró que era posible programar una computadora digital, que en aquella época existía sólo como máquina teórica, para que realizara la función de cualquier otro dispositivo de procesamiento de información. Eso es lo que estamos presenciando hoy. Internet, un sistema de computación inconmensurablemente poderoso, está subsumiendo la mayoría de nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra imprenta y nuestra máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono,nuestro radio y nuestra televisión.
Cuando la Red absorbe un medio, ese medio se recrea a la imagen de la Red. Inyecta el contenido del medio con hiperenlaces, anuncios de parpadeo y otras baratijas digitales y rodea el contenido con el contenido de todos los demás medios que ha absorbido. Un mensaje nuevo de correos, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras estamos revisando los últimos titulares de un sitio de prensa. El resultado es dispersar nuestra atención y difundir nuestra concentración. Tampoco termina la influencia de la Red en los márgenes de la pantalla de la computadora. Al irse sintonizando las mentes de las personas al enloquecido conjunto de medios de Internet, los medios tradicionales deben adaptarse a las nuevas expectativas del público. Los programas de televisión añaden textos que se deslizan por la pantalla y anuncios que surgen de repente; revistas y diarios acortan sus artículos, introducen resúmenes en cápsulas y rellenan sus páginas con fragmentos de información fáciles de rastrear.
Cuando en marzo de este año The New York Times decidió dedicar la segunda y tercera páginas de cada edición a resúmenes de artículos, su director de diseño Tom Bodkin explicó que los “atajos” darían a los lectores atribulados un “tanteo” rápido de las
noticias del día ahorrándoles el método “menos eficiente” de volver las páginas y leer los artículos. Los medios antiguos tienen poca opción más que jugar con las reglas de los medios nuevos.
Nunca ha desempeñado un sistema de comunicación tantos papeles en nuestras vidas —o ejercido una influencia tan amplia sobre nuestros pensamientos— como hace hoy Internet. Pero, a pesar de todo lo que se ha escrito sobre la Red, se ha pensado poco en cómo exactamente nos está reprogramando. La ética intelectual de la Red sigue siendo oscura. Aproximadamente por el tiempo en que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un joven serio llamado Frederick Winslow Taylor fue con un cronómetro a la planta Midvale Steel de Filadelfia y comenzó una histórica serie de experimentos destinada a mejorar la eficiencia de sus maquinistas. Con aprobación de los propietarios de Midvale, tomó a un grupo de obreros, los puso a trabajar en varias máquinas de elaborado de metales y registró y midió el tiempo de cada uno de sus movimientos así como las operaciones de las máquinas. Dividiendo cada tarea en una secuencia de pequeños pasos discretos y luego ensayando formas distintas de realizar cada una,
Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas —un “algoritmo” pudiéramos decir hoy— de cómo debía trabajar cada obrero.
Los empleados de Midvale rezongaron sobre el estricto régimen nuevo, diciendo que los convertía en poco más que autómatas, pero la productividad de la fábrica se disparó.
Más de cien años después de la invención del motor de vapor, la Revolución Industrial al fin había encontrado sus bases filosóficas y su filósofo. La apretada coreografía industrial de Taylor —su “sistema”, como le agradaba llamarlo— fue aceptada por fabricantes de todo el país y, con el tiempo, de todo el mundo. Procurando la mayor rapidez, eficiencia y producción, los dueños de fábricas utilizaban los estudios de tiempo y movimiento para organizar el trabajo y configurar las tareas de sus trabajadores.
El objetivo, como definió Taylor en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Los principios de la gestión moderna), era identificar y adoptar, para cada tarea, “un mejor método” de trabajo y con ello efectuar “la sustitución gradual
de la ciencia por la regla empírica en todas las artes mecánicas”. Una vez que se aplicara este sistema en todos los actos de trabajo manual, aseguró Taylor a sus seguidores, brindaría una reestructuración no sólo de la industria, sino de la sociedad, creando la utopía de la eficiencia perfecta. “En el pasado el hombre había sido lo primero —declaró—, en el futuro lo será el sistema.”
El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la ética de la manufactura industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros en computación y codificadores de software ejercen sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir también la esfera de la mente. Internet es una máquina diseñada para la recolección, transmisión y manipulación automatizada de información y sus legiones de programadores están concentrados en encontrar el “mejor método
 único” —el algoritmo perfecto— para llevar a cabo cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como “trabajo de conocimiento”.
La sede de Google, en Moutain View, California —el Googleplex— es el santuario supremo de Internet y la religión que se practica dentro de sus paredes es el taylorismo. Google, al decir de su ejecutivo principal, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición” y se esfuerza en “sistematizar todo” lo que hace. Según el Harvard Business Review, haciendo uso de los terabytes de datos de conducta que recoge mediante su motor de búsqueda(3) y otros sitios, realiza miles de experimentos diarios y utiliza los resultados para refinar los algoritmos que controlan cada vez más la forma en que las personas encuentran información y extraen significado de ella. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo mental.
La compañía ha declarado que su misión es “organizar la información mundial y hacerla universalmente accesible y útil”. Procura desarrollar “el motor de búsqueda perfecto” al que define como algo que “entiende exactamente lo que uno quiere decir y le devuelve exactamente lo que desea”. Al entender de Google, la información es un tipo de producto, un recurso utilitario que puede extraerse y procesarse con eficiencia industrial. Mientras más sean las piezas de información a las que uno pueda “acceder” y mientras con mayor rapidez podamos extraer lo esencial de ellas, más productivos nos hacemos como pensadores.

¿Dónde termina esto? Sergey Brin y Larry Page, los dotados jóvenes que fundaron Google cuando hacían su doctorado en ciencias de computación en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su motor de búsqueda en una inteligencia artificial, una máquina al estilo de HAL que sea posible conectar directamente a nuestros cerebros. “El motor de búsqueda supremo es tan inteligente como las personas… o más—afirmó Page hace unos años en un discurso—. Para nosotros, trabajar en búsqueda es
una forma de trabajar en inteligencia artificial.”
En una entrevista concedida a Newsweek en 2004, Brin comentó: “No hay dudas de que si uno tuviera toda la información del mundo unida directamente al cerebro, o un cerebro artificial que fuera más listo que el propio, estaría uno mejor.” El año pasado Page dijo en una convención de científicos que Google “en realidad trata de construir una inteligencia artificial y de hacerlo en gran escala”.
Una ambición de este tipo es natural, incluso admirable, para un par de genios matemáticos con vastas cantidades de dinero a su disposición y un pequeño ejército de científicos de computación en su empleo. Google, una empresa fundamentalmente científica, está motivada por un deseo de usar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para solucionar problemas que nunca antes se han solucionado” y la inteligencia artificial es el problema más difícil que hay. ¿Por qué no habrían de ser Brin y Page quienes lo resolvieran? De todos modos, su suposición fácil de que estaríamos “mucho mejor” si una inteligencia artificial complementara, o incluso sustituyera, nuestros cerebros resulta inquietante. Ésta indica una creencia en que la inteligencia es producto de un proceso
mecánico, una serie de pasos discretos que es posible aislar, medir, optimizar. En el mundo de Google, el mundo en que entramos al entrar en línea, hay poco espacio para la falta de claridad de la contemplación. La ambigüedad no es una apertura para la visión, sino una falla que debe arreglarse. El cerebro humano es sólo una computadora anticuada que necesita un procesador más rápido y un disco duro mayor. La idea de que nuestras mentes deben operar como máquinas de procesamiento de datos de alta velocidad no sólo está incorporada al funcionamiento de Internet, sino que es
también el modelo comercial reinante de la red. Mientras con mayor rapidez naveguemos por la Red —mientras más enlaces podamos cliquear y más páginas veamos— más oportunidades ganan Google y otras empresas de recopilar información sobre nosotros y alimentarnos anuncios.
La mayoría de los propietarios de Internet comercial tienen interés financiero en recopilar los mendrugos de datos que dejamos atrás cuando revoloteamos de enlace en enlace… mientras más mendrugos, mejor. Lo último que desean estas empresas es fomentar la lectura pausada o el pensamiento concentrado, lento. Es interés económico suyo llevarnos a la distracción. Puede que yo sea sólo una persona que se preocupa más de lo debido. Del mismo modo que existe una tendencia a glorificar el avance tecnológico, existe una tendencia opuesta a esperar lo peor de todo instrumento o máquina nueva. En la Fedra de Platón, Sócrates se lamentaba del desarrollo de la escritura. Temía que, según las personas comenzaran a confiar en la palabra escrita como sustituto del
conocimiento que antes llevaban dentro de las cabezas, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejaran de ejercitar su memoria y se hicieran olvidadizas”. Y como podrían “recibir una cantidad de información sin instrucción adecuada”, se les “considerara muy conocedores cuando la mayoría es bien ignorante”. Estarían “llenas de la presunción de sabiduría en lugar de verdadera sabiduría”. Sócrates no se equivocaba —la nueva tecnología muchas veces tuvo los efectos que temió—, pero fue miope. No podía prever las muchas formas en que la escritura y la lectura servirían para extender la información, estimular ideas nuevas y expandir el conocimiento (cuando no la sabiduría) humana. La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV provocó otra ronda de rechinamiento de dientes. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que a disponibilidad fácil de los libros condujera a pereza intelectual, haciendo a los hombres “menos estudiosos” y debilitando sus mentes. Otros aducían que los libros y publicaciones impresas baratas socavarían la autoridad religiosa, degradarían el trabajo de eruditos y escribas y extenderían la sedición y el libertinaje. Como observa el profesor de la Universidad de Nueva York Clay Shirky: “La mayoría de los argumentos que se opusieron a la imprenta fueron correctos, incluso proféticos.” Pero, de nuevo, los agoreros no fueron capaces de imaginar la miríada de bendiciones que brindaría la palabra impresa. De modo que sí, deben mostrarse escépticos hacia mi escepticismo. Puede que aquellos que descarten a quienes critican Internet por considerarlos luditas o nostalgistas tengan
la razón y de nuestras mentes hiperactivas, alimentadas de datos, surja una era dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Pero, de nuevo, la Red no es el alfabeto y aunque pueda sustituir a la imprenta produce algo por completo diferente. El tipo de lectura profunda que promueve una secuencia de páginas impresas es valiosa no sólo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor, sino por las vibraciones intelectuales que esas palabras desencadenan en nuestras propias mentes. En los espacios de calma abiertos por la lectura sostenida, sin distracción, de un libro o, si a eso vamos, por cualquier otro acto de contemplación, realizamos nuestras asociaciones, trazamos nuestras propias inferencias y analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como afirma Maryanne Wolf, es indistinguible del pensamiento profundo. Si perdemos esos espacios de quietud o los llenamos de “contenido”, sacrificaremos
algo importante no sólo de nuestro propio ser, sino de nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman describió con elocuencia lo que está en juego: “Procedo de una tradición de cultura occidental en que el ideal (mi ideal) era la
estructura compleja, densa, como una catedral de la personalidad de alta educación y expresión, el hombre o mujer que llevaba dentro de sí una versión individualmente construida y singular del patrimonio completo de Occidente.[Pero ahora] veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de la compleja densidad interna por un nuevo tipo de ser que evoluciona bajo la presión de la sobrecarga de información y la tecnología de lo “instantáneamente disponible”.Según se nos drena de nuestro “repertorio interno de denso patrimonio cultural”, concluyó Foreman, nos arriesgamos a convertirnos en “gente tan extendida y fina como una crepa según nos conectamos con la vasta red de información a la que se accede tan sólo tocando un botón.”
Me persigue esa escena de 2001. Lo que la hace tan conmovedora, y tan extraña, es la respuesta emocional de la computadora al desmonte de su mente: su desesperación cuando se va oscureciendo un circuito tras otro, su súplica infantil al astronauta —“Lo estoy sintiendo. Lo estoy sintiendo. Tengo miedo”— y su reversión final a lo que sólo puede recibir el nombre de estado de inocencia. La emanación de sentimientos de HAL contrasta con la impasibilidad que caracteriza a las figuras humanas del film, que hacen lo que tienen que hacer con eficiencia casi robótica. Sus pensamientos y acciones parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo.
En el mundo de 2001, las personas se han hecho tan similares a máquinas que el carácter más humano resulta ser la máquina. Esa es la esencia de la oscura profecía de Kubrick: según confiemos en las computadoras para mediar nuestra comprensión del mundo es nuestra propia inteligencia la que se aplana hasta convertirse en inteligencia artificial.

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El libro más reciente de Nicholas Carr, The Big Switch: Rewiring the World, from

Edison to Google, se publicó en el año 2008.

Notas:

1.- Hyperlink (hiperenlace, hipervínculo, nexo) Puntero existente en un documento

hipertexto que apunta (enlaza) a otro documento que puede ser o no otro documento

hipertexto. [Fuente: RFCALVO]

2.- Instituto Tecnológico de Massachussets.

3.- Search engine (motor de búsqueda, buscador, indexador de información) Servicio

WWW que permite al usuario acceder a información sobre un tema determinado

contenida en un servidor de información Internet (WWW, FTP, Gopher, Usenet,

Newsgroups...) a través de palabras de búsqueda introducidas por él. Los más conocidos

son Yahoo, WebCrawler, Lycos, Altavista, DejaNews... En España empiezan a existir

indexadores en lengua castellana, con nombres tan castizos como Ole y Ozú. [Fuente:

RFCALVO].



"¿QUÉ LE ESTÁ HACIENDO INTERNET A NUESTROS CEREBROS?" (NICHOLAS CARR, 2008)

POSTED 12:09 by FRANCISCO REY in ETIQUETAS: 

"¿Qué le está haciendo Internet a nuestros cerebros?" (extracto)

(Nicholas Carr, 2008)

Entrevista a Nicholas Carr (EL PAIS)

¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Nicholas Carr

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La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Nicholas Carr, en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011) reflexiona sobre el fenómeno. “En mi opinión- afirma en una entrevista-, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad.

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Nicholas Carr, en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011) reflexiona sobre el fenómeno. “En mi opinión- afirma en una entrevista-, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso es ser conscientes de ello”.



[Selección: pgs. 250-266] Cuando un carpintero coge un martillo, el martillo se convierte, por lo que a su cerebro se refiere, en parte de su mano. Cuando un soldado se lleva unos prismáticos a la vista, su cerebro ve a través de un nuevo par de ojos, adaptándose instantáneamente a un campo visual muy diferente. [...]  Nuestra habilidad para combinar todo tipo de herramientas es una de las cualidades que más nos distinguen como especie. También es lo que nos hace tan buenos a la hora de inventarlas. Nuestros cerebros pueden imaginar la mecánica y los beneficios de utilizar un nuevo dispositivo antes de que el dispositivo exista. [...] Toda herramienta impone limitaciones, aunque también abra posibilidades. Cuanto más la usemos, más nos amoldaremos a su forma y función. [...] Marshall McLuhan escribió que nuestras herramientas acaban por “adormecer” cualquiera de las partes de nuestro cuerpo que “amplifican”. Cuando extendemos una parte de nosotros mismos de forma artificial, también nos distanciamos de la parte así amplificada y de sus funciones naturales. Cuando se inventó el telar mecánico, los tejedores pudieron fabricar en una jornada laboral mucha más tela de la que habían podido hacer a mano, pero sacrificaron parte de su destreza manual, por no hablar de su “sensación” del tejido. Sus dedos, en términos de McLuhan, se adormecieron. De manera similar, [...] al volante de nuestro coche podemos cubrir una distancia mucho mayor de la que recorreríamos a pie, pero perdemos esa íntima conexión del caminante con la tierra.


[...] Las herramientas de la mente amplifican y a la vez adormecen las más íntimas y humanas de nuestras capacidades naturales: las de la razón, la percepción, la memoria, la emoción. El reloj mecánico, por muchas bendiciones que otorgara, nos apartó del flujo natural del tiempo. Cuando Lewis Mumford describió cómo los relojes modernos habían ayudado a “crear la creencia en un mundo independiente hecho de secuencias matemáticamente mensurables”, también subrayó que, en consecuencia los relojes “habían desvinculado el tiempo de los acontecimientos humanos”. Wizenbaum argumentaba que la concepción del mundo surgida de los instrumentos de medida del tiempo “era y sigue siendo una versión empobrecida de la anterior, ya que se basa en un rechazo de las experiencias directas que formaban la base y de hecho constituían la vieja realidad”. Al decidir cuándo comer, trabajar, dormir o despertar, dejamos de escuchar nuestros sentidos y comenzamos a obedecer al reloj. Nos volvimos mucho más científicos, pero también nos hicimos un poco más mecánicos. Incluso una herramienta tan aparentemente simple y benigna como el mapa tuvo un efecto anestésico. Las habilidades de navegación de nuestros antepasados se ampliaron enormemente con la cartografía. La gente pudo recorrer con confianza tierras y mares que nunca había visto, avance que impulsó una expansión histórica de la exploración, el comercio y la guerra. [...] El mapa es una representación abstracta, bidimensional, del espacio, que se interpone entre el lector de mapas y su percepción real de la Tierra. [...]


Al explicar cómo las tecnologías adormecen las mismas facultades que amplifican, McLuhan no trataba de idealizar la sociedad tal como era antes de la invención de los mapas, los relojes o los telares mecánicos. La alienación, entendía él, es un inevitable subproducto del uso de la tecnología. Siempre que utilizamos una herramienta para ejercer un mayor control sobre el mundo exterior, cambiamos nuestra relación con ese mundo. [...] El argumento de McLuhan es que una evaluación honrada de cualquier nueva tecnología, o del progreso en general, requiere una sensibilidad hacia lo que se ha perdido, así como para lo ganado. No debemos permitir que las glorias de la tecnología nos cieguen ante la posibilidad de que hayamos adormecido una parte esencial de nuestro ser.


Como medio universal, como extensión sumamente versátil de nuestros sentidos, nuestro conocimiento y nuestra memoria, el ordenador conectado a la Red es un amplificador neuronal de un alcance particularmente grande. Sus efectos adormecedores son igualmente fuertes. Norman Doidge explica que “el ordenador extiende las capacidades de procesamiento de nuestro sistema nervioso central”; y durante ese proceso, “también lo altera”. Los medios de comunicación electrónicos “son tan efectivos en la alteración del sistema nervioso porque ambos funcionan de manera similar, son básicamente compatibles y pueden vincularse con facilidad”. Gracias a su plasticidad, el sistema nervioso “puede aprovecharse de esta compatibilidad y combinarse con los medios de comunicación electrónicos, construyendo un solo sistema más grande”.  [...] A medida que “externalizamos” la resolución de problemas y otras tareas cognitivas a nuestros ordenadores, vamos reduciendo la capacidad de nuestro cerebro “para construir estructuras estables de conocimientos” –esquemas, en otras palabras- que luego puedan aplicarse a nuevas situaciones”. [...] Queremos programas amables y serviciales. ¿Por qué no íbamos a quererlos? Sin embargo, a medida que vamos cediendo al silicio la fatiga del pensar, lo más probable es que estemos mermando el potencial de nuestro cerebro de maneras sutiles pero significativas. Cuando un obrero que se dedica a cavar zanjas cambia su pala por una excavadora, los músculos de su brazo se debilitan, por más que él multiplique su eficacia. Un intercambio muy similar a éste podría estar llevándose a cabo cuando automatizamos el trabajo de la mente.


[...] Los estímulos de la Red, como los de la ciudad, pueden ser vigorizantes, estimulantes. No queremos renunciar a ellos. Pero también son una agotadora y constante distracción. Fácilmente pueden, como entendió Hawthorne, acallar toda forma de pensamiento más tranquilo. Uno de los mayores riesgos a que nos enfrentamos al automatizar el trabajo de nuestras mentes, cuando cedemos el control sobre el flujo de nuestros pensamientos y recuerdos a un sistema electrónico de gran alcance, es el que suscita los temores del científico Joseph Weizenbaum y el artista Richard Foreman: una lenta erosión de nuestra humanidad. No sólo el pensamiento profundo requiere una mente tranquila, atenta. También la empatía y la compasión. [...] En un experimento reciente, Damasio y sus colegas pusieron a sus voluntarios a escuchar historias que describían a personas que padecían dolor físico o psicológico. A continuación, los sujetos del experimento fueron introducidos en una máquina de resonancia magnética y sus cerebros escaneados mientras se les pedía que recordaran las historias escuchadas. El experimento reveló que mientras que el cerebro humano reacciona muy rápidamente a las manifestaciones de dolor físico, el proceso mental más sofisticado de empatía con el sufrimiento psicológico se desarrolla mucho más lentamente. Se necesita tiempo, descubrieron los investigadores, para que el cerebro “trascienda más allá de la participación inmediata del cuerpo y empiece a entender y sentir “las dimensiones psicológicas y morales de una situación”.


El experimento indica, dicen los estudiosos, que cuanto más distraídos nos volvemos, menos capaces somos de experimentar las formas más sutiles y más claramente humanas de la empatía, la compasión y otras emociones. Si las cosas están sucediendo demasiado rápido, no siempre se pueden asimilar bien las emociones acerca de los estados psicológicos de otras personas.

Sería temerario saltar a la conclusión de que Internet está minando nuestro sentido moral. Pero no sería aventurado sugerir que, a medida que la Red redibuja nuestro camino vital y disminuye nuestra capacidad para la contemplación, está alterando la profundidad de nuestras emociones y nuestros pensamientos.



selección del libro: Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Madrid, Taurus, 2011. 340 p. (pgs. 250-266)


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EL ASESINO ENTRE NOSOTROS: M, DE FRITZ LANG



“¿Quién es el asesino? ¿Cuál es su aspecto? ¿Dónde se oculta? Nadie lo conoce, y sin embargo está entre nosotros, y cualquiera que esté sentado a nuestro lado puede serlo…”
-Apartes de un aviso de prensa en M

En El desprecio (Le Mépris, 1963), el director Jean-Luc Godard incluyó un pequeño pero significativo papel para Fritz Lang, en ese entonces ya con 73 años de edad. En este filme el veterano director alemán se representaba a sí mismo: un realizador clásico enfrentado a la ordinariez de los deseos de un productor que no entiende su arte. Hay en El desprecio una breve línea de diálogo que quiero recordar: el guionista Paul Javal (Michel Piccoli, debutando en el cine) le presenta a Lang a su esposa Camille (nadie menos que Brigitte Bardot) diciéndole a ella que Lang “es el que hizo ese western con Marlene Dietrich”. A lo que este responde sin aspavientos que “Prefiero M”.
Ya habían pasado 32 años desde el estreno de M, Lang había hecho 22 películas más en su etapa norteamericana, había vuelto a Alemania, y realizado allá Los mil ojos del Dr. Mabuse (Die 1000 Augen des Dr. Mabuse, 1960), y sin embargo M seguía y seguiría siendo su película preferida. No son difíciles de entender los motivos de ese favoritismo: M (1931) representa una anhelada libertad creativa y es a su vez la concreción de muchos de los hallazgos e intuiciones de su cine previo, pero que en este punto alcanzan un desarrollo y una madurez que hacen de este filme una experiencia tan lograda y moderna como se alcanzaba en pocas de las cintas contemporáneas a ella.
M (1931)
M (1931)
La mencionada libertad para hacer el filme explica parte del milagro. En entrevista con Bernard Rosenberg y Harry Silverstein realizada en 1970, Lang recordaba que en ese momento de su carrera en Alemania estaba teniendo problemas contractuales con la productora UFA y hasta había decidido abandonar el cine y volverse químico: “De cualquier forma, alguien más me pidió que hiciera una película para él. Yo me rehusé porqué no quería trabajar con él. De un lado tenía una demanda civil con la UFA Y de otro lado este hombre venía y venía y venía cada fin de semana hasta que sucumbí: ‘Muy bien, pero con una condición. Podré hacer cualquier cosa que quiera y usted no podrá decir nada’. En ese momento estaba casado y le pregunté a mi esposa ‘¿Cuál es el más despreciable crimen que puedas imaginar?’. Empezamos a hablar sobre la idea y repentinamente pensé, ‘Un asesino con una desviación sexual que mata un niño’ ” (1).
Como en casi todas sus obras el guion lo escribió junto a su segunda esposa, Thea von Harbou, guionista, novelista exitosa y activista militante del ascendente Partido Nacional Socialista. Se inspiraron en casos reales de asesinos seriales como Haarmann, Grossmann, Denke y sobre todo en las andanzas de Peter Kürten, el “monstruo de Dusseldorf” (aunque Lang afirmaba que el guion del filme estuvo listo antes que este hubiese sido capturado). El título iba a ser Mörder unter uns (El asesino entre nosotros), pero cuando el director quiso rodar en los hangares Zeppelinhalle, ahora convertidos en estudio, su gerente le señaló que no podía hacerlo, tal como rememoraba Lang ante Peter Bogdanovich: “Él dijo ‘No, no queremos alquilártelo’. Dije ‘¿Por qué no? ‘. Dijo ‘Tu sabes’. Le dije ‘¿Qué quieres decir con “tú sabes”? No seas estúpido, Uhoo, tengo mucho que hacer’. Dijo: ‘No, no. Y de paso creo que no deberías hacer este película’. ‘¿Qué? ‘, le dije. Dijo: ‘Sí, creo que no deberías hacer este película. Tú sabes por qué. Herirás los sentimientos de muchos que son importantes. Será muy malo para tí’. Dije: ‘Dime, ¿por qué una historia sobre un asesino de niños heriría los sentimientos de nadie? No hay historia de amor, te lo garantizo…’. Él dijo: ‘¿Qué? ¿Sobre qué trata esta historia?’. Dije: ‘¡Sobre un asesino de niños! ‘. Y en ese momento le agarré la solapa y noté algo, le di la vuelta y allí estaba una esvástica: era un miembro del partido nazi. Y creían –ciegamente- que el título Asesino entre nosotros quería decir una película contra los nazis” (2). De ahí que prefiriera cambiar el título, haciendo ahora referencia a la “M” de tiza que al asesino le pintan inadvertidamente en la parte posterior de su abrigo para reconocerlo.
M (1931)
M (1931)
La película sería protagonizada por el húngaro Peter Lorre, prácticamente un desconocido en el cine, pero que había alcanzado alguna notoriedad en la escena teatral berlinesa gracias a su trabajo para Bertold Brecht. Precisamente preparaba una obra con este autor simultáneamente al rodaje de M, por lo que no es raro que Brecht haya influido directamente en la concepción que el actor hizo de su personaje, el psicópata Hans Beckert, sin mencionar el influjo que obras suyas como La opera de los tres centavos tuvieron sobre el guion del filme, algo que el propio Lang reconocía abiertamente. Lorre interpretó a un hombre aparentemente pusilánime, de una vida gris y secundaria, que al ver a una niña parece poseído por una pulsión interna incontrolable y más grande que él mismo que lo obliga a matar. Su papel es absolutamente contenido, para explotar en la secuencia cumbre en que es detenido por los criminales de la ciudad y explica -entre lágrimas, gritos y súplicas- la naturaleza del fuego interior que lo domina. “Yo tenía a Peter Lorre en mente cuando estaba escribiendo el guion. Era un actor que estaba surgiendo y había actuado en dos o tres cosas en el teatro en Berlín, pero nunca antes en la pantalla. No le hice un screen test, yo estaba convencido que era adecuado para el rol. Fue muy difícil saber como dirigirlo; pienso que un buen director no es el que impone su personalidad sobre la del actor; pienso que un buen director es aquel que obtiene lo mejor de su actor” (3), explicaba Lang en una entrevista. Lorre continuaría una carrera exitosa en Europa y en Hollywood, donde siempre interpretó a personajes con un toque de introspección y psicopatía como lo demuestran sus brillantes intervenciones en El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much, 1934), El halcón maltés (The Maltese Falcon, 1941), Casablanca (1942) o La burla del diablo(Beat the Devil, 1953): todos lobos enfundados en piel de oveja.
M (1931)
M (1931)
Esa falta de características patológicas externas constituyen el punto de partida del filme, que tiene al cuerpo de policía sin pistas claras y tratando de encontrar al criminal, explorando muy de cerca al bajo mundo. Los ladrones, contrabandistas, traficantes, apostadores y prostitutas ya no pueden llevar una vida “normal” ante el asedio constante de la ley y por eso deciden organizar una búsqueda independiente del asesino para encontrarlo y sacarlo de en medio. Así, M es en realidad la descripción de dos búsquedas paralelas, la de los detectives y la del hampa, unidos por única vez en un singular propósito común.
Lang relata esta historia impregnándola de miedo y paranoia. La comunidad tiene pánico y ve sospechosos en cualquier parte; los hampones tienen pavor de las frecuentes incursiones policiales; la ley teme que continúen los crímenes de niñas sin poder encontrar al esquivo culpable. Todos esos temores se reflejan en una puesta en escena lúgubre, fría, nocturna, donde la Alemania festiva de finales de los años veinte no se ve y sólo quedan calles lóbregas, refugios de mendigos, comisarías llenas de humo, salones clandestinos, edificios abandonados, lumpen social: el verdadero reflejo de la inflación, especulación y amoralidad que caracterizaban igualmente al país, a esa decadente República de Weimar dando sus últimos estertores. Ese panorama urbano es el verdadero protagonista de la película, pues el personaje de Beckert es más una ausencia que una presencia, más un enigma que una certeza. Tom Gunning en su texto sobre este director afirma que “Lang imagina a Beckert de alguna manera como abstracto e insustancial”(4) y anotemos que la primera vez que el asesino aparece es sólo su sombra lo que vemos. De ahí que sea la descripción de la ciudad y sus habitantes la que está en el centro del relato, por eso la película también se conoce con el subtítulo de Una ciudad busca a un asesino, uno que sin duda estaba entre ellos, que era fruto de un profundo malestar social que Lang no dudó en describirnos: ante nuestra mirada yace el esqueleto amoral de una sociedad que se moría por dentro, mientras en el exterior se vivía una fiesta que el director se negó a mostrarnos, como anticipándose al terror que se incubaba desde las esferas políticas estatales.
M (1931)
M (1931)
Todos los recursos visuales expresionistas que Lang conocía bien están puestos ahora al servicio (y a la vez beneficiados) del sonido. En este, su primer filme sonoro, el director aborda esta novedad como algo orgánico y sustancial al cuerpo narrativo de su filme, algo que le aporta cualidades dramáticas más allá de la anécdota técnica. Es tan inteligente el uso que Lang hace de este, que no parece que el sonido fuera un elemento nuevo para él. Y lo utiliza en una película de suspenso criminal donde una melodía de Grieg silbada por un psicópata anticipa un asesinato; donde una voz de una escena siguiente lee un anuncio de una escena previa; donde el grito de una madre llamando a su hija resuena en el vacío; donde la tonada que unos niños cantan parece anticipar la tragedia; donde oímos lo que un ciego oye y lo dejamos de oír cuando él se tapa los oídos.
El sonido expande en M las posibilidades expresivas de una cinta llena de maravillosas sorpresas visuales y auditivas. El montaje incluyó ambos elementos con absoluta maestría: la voz de un madre que reclama la presencia de su hija ausente se oye en su ámbito cercano y luego atraviesa espacios y continua en off en otros sitios, completamente solitarios, que hacen eco del dolor que se anticipa cuando vemos una pelota que termina de rodar y se detiene en un descampado y un globo con forma humana se enreda en unos cables de energía. Son el balón y el globo que la niña, que esta madre llama a gritos, tenía antes de desaparecer de la mano de Hans Beckert, el asesino que silva a Grieg (como curiosidad, Lorre no sabía silbar y a quien se oye es al propio Lang). Otro momento especialmente brillante del montaje ocurre cuando los líderes del hampa se reúnen para discutir como atrapar al asesino. Simultáneamente los detectives se reúnen en otro lugar para hacer lo mismo. Lang y su montador Paul Falkenberg muestran ambas reuniones en paralelo, con una característica notoria: la frase que empieza un grupo la termina el otro, con una precisión y un ajuste magistrales, conformando un único diálogo, una única empresa: atrapar al asesino.
M (1931)
M (1931)
Lang afirmaba que cada película tiene una dinámica propia, unas necesidades específicas, unas reglas o leyes únicas que hacían posible para un filme, como lo expresaba Lotte Eisner en su bello texto sobre el director; “desarrollar su propio estilo de acuerdo a su tema” (5). En M la cámara de Fritz Arno Wagner es más que una testigo, es una protagonista igualmente contagiada de la angustia del relato: se mueve sin restricciones, husmea, nos mira desde lo alto, parece ella misma querer encontrar a Beckert. Ya lo decía Eisner: “No hay plano en Lang que sea exclusivamente festivo o gratuito; sus composiciones siempre revelan algo”(6) y aquí el director intenta algo arriesgado: confeccionar un relato realista pero contado con medios visuales elaborados y extremadamente modernos, con metáforas visuales, con movimientos y posiciones de la cámara más dinámicos y menos aplicados a la gramática realista, esa donde la lente se dedica sólo a registrar sin otra intervención. Por el contrario en M la cámara opina, editorializa, da cuenta del desasosiego de la gente, de su percepción alterada, de su paranoia creciente.
M (1931)
Veamos la escena inicial del filme, que ya hemos mencionado previamente dos veces en este texto: Elsie no llega de la escuela y la madre se torna más desesperada. La cámara registra con precisión clínica sus reacciones, sus falsas ilusiones, su voz interior que le dice que algo extraño está pasando con su hija ausente ya para siempre, y en ese momento la imagen se hace de símbolos para reflejar esa ausencia: un hueco interminable de escaleras, un patio con ropa tendida, un plato servido en una mesa. Pero hay mucho más en este filme asombroso: un anciano sospechoso de ser el asesino tiene un careo callejero con un hombre que lo acusa. La cámara amplifica la diferencia de estatura de ambos: el sospechoso se ve empequeñecido, el acusador se antoja enorme; la policía hace una redada en un antro subterráneo y puede verse el desespero de los ocupantes del lugar intentando salir atropellándose por el mismo sitio por donde la policía está entrando; el inspector Lohmann está sentado en su oficina tras una noche en vela y la cámara –que lo ha mostrado de frente en su escritorio- de repente lo enfoca desde abajo, con un ángulo que lo deforma y lo magnifica, enfatizando sus genitales entre sus piernas abiertas; luego imágenes sucesivas, silenciosas y cuasi forenses del destrozo que dejaron los criminales de la ciudad en su búsqueda de Beckert: vigilantes amordazados en el suelo, puertas destrozadas, boquetes en las paredes, huecos en los techos; al final Beckert capturado se descubre aterrorizado ante un enorme tribunal del pueblo mientras una panorámica eterna nos muestra a todo el conjunto de criminales en pleno que lo buscaban para hacer justicia con su propia mano…
Imagen del rodaje de M (1931)
Imagen del rodaje de M (1931)
A propósito de esta captura informal y del juicio que hará la ley, Lang siempre afirmó que “Sin embargo el tenor del filme no es la sentencia del asesino, sino la advertencia a las madres: Tienen que cuidar mejor a sus hijos” (7), como anticipándose a la reacción del público ante el final abierto del filme y a la presencia en el último plano (no siempre disponible en algunas copias incompletas del filme) de tres mujeres de luto, llorando la pérdida de sus hijas y lamentando no haberlas cuidado mejor. Debían sin embargo continuar atentas, el asesino –la historia lo confirmaría- seguía entre ellos. No es sino leer lo que Joseph Goebbels escribía en su diario luego de haber visto la película para que lo entendamos con claridad: “¡Fantástica!. Contra el sollozo humanitario. A favor de la pena de muerte. Bien hecha. Lang será nuestro director algún día” (8).
La pesadilla aún no había comenzado.
Referencias:
1. Bernard Rosenberg y Harry Silverstein, “Interview with Fritz Lang”, en: Barry Keith Grant, ed., Fritz Lang Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2003, p. 136
2. Peter Bogdanovich, Fritz Lang en América, 3ª ed., Madrid, Editorial Fundamentos, 1991, p. 119
3. Alexander Walker, “Interview with Fritz Lang”, en: Barry Keith Grant, ed., Fritz Lang Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2003, p. 78
4. Tom Gunning, The films of Fritz Lang. Allegories of vision and modernity, 2a reimpresión, Londres, British Film Institute, 2006, p. 172
5. Lotte Eisner, Fritz Lang, Nueva York, Da Capo Press, 1976, p. 140
6. Ibíd., p. 116
7. Gero Gandert, “Fritz Lang on M: An interview”, en: Barry Keith Grant, ed., Fritz Lang Interviews, Jackson, University Press of Mississippi, 2003, p. 34
8. J. Hoberman, “Strange Bird”, Film Comment, Nueva York, vol. 41 No. 6 , noviembre-diciembre de 2005, p. 40
Publicado en el libro Imágenes escritas: Obras maestras del cine, Fondo editorial Universidad Eafit, Medellín, 2014, p. 95-102
©Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2014
©Todos los textos de www.tiempodecine.co son de la autoría de Juan Carlos González A.
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