El investigador Evgeny Morozov sostiene que la primigenia pureza de las redes nunca existió, pues fueron promovidas por el Pentágono y Wall Street. Y esto solo se arregla con política

Tim Berners-Lee, inventor de la World Wide Web, en 2004.  WIREIMAGE/ GETTY IMAGES


Uno se siente tentado de añorar los tiempos más sencillos y optimistas anteriores a Cambridge Analytica, a los atentados terroristas transmitidos por Internet, o a la omnipresente amenaza de los ciberataques contra infraestructuras clave ahora que ya han pasado las celebraciones del 30º aniversario de la creación de la World Wide Web, el 12 de marzo de 1989, por Tim Berners-Lee. En un manifiesto publicado en septiembre de 2018, el propio Berners-Lee reconocía que “a pesar de todo lo bueno que hemos conseguido, la Red se ha convertido en un motor de desigualdad y división bajo la influencia de poderosas fuerzas que la utilizan para sus propios fines oscuros”.
Resulta fácil entender e identificarse con esta nostalgia por la antigua Red de navegadores lentos y páginas burdamente diseñadas, en la que los amos eran los frikis de eBay y no los autómatas impecablemente vestidos de las sucursales de Amazon. Estos sentimientos no hacen sino intensificarse cada día que pasa, a medida que el terreno virtual antes ocupado por los artesanos y los aficionados digitales deja paso a las cuantiosas inversiones de los fondos soberanos y a la mano dura de los Gobiernos (la disputa de Washington con Pekín y sus posibles clientes por el futuro del protocolo de la red 5G es un ejemplo que viene al caso).
Sin que la mayoría de los observadores lo sepan o se den cuenta, lo que en el pasado se denominaba alegremente “ciberespacio” —un ente inmaterial, virtual y efímero— se ha convertido en el sector de la economía que más capital concentra, y cuya cohesión depende de centros de datos, cables submarinos de datos e infraestructuras activadas con sensores, todos ellos de lo más material, que se extienden de punta a punta de nuestras ciudades. De hecho, en 2018, los cuatro gigantes de Internet —Google, Facebook, Amazon y Microsoft— invirtieron más capital que las cuatro mayores petroleras —Shell, Exxon, BP y Chevron—, con un total de 77.600 millones de dólares y 71.500 millones de dólares, respectivamente.
Cabe esperar que estas cifras astronómicas convenzan a aquellos que siguen aferrándose a la idea de que la aventura tiene algo de inmaterial, y no digamos ya de virtual. ¿Qué puede haber más material que un sector que invierte más dinero que las petroleras en llevar todos esos servicios aparentemente gratuitos a nuestros dispositivos? Y difícilmente podemos imaginar como algo virtual el impacto ambiental palpable de sus operaciones: gran parte del capital invertido se ha destinado a financiar centros de datos que son grandes consumidores de energía.
La idea de que en los años noventa los usuarios tenían algún poder que ahora hay que restaurar es ilusoria
Dado el proceso de “colonización” del otrora impoluto ciberespacio por parte de las fuerzas del capital y el poder político, la añoranza de otros tiempos más simples es perdonable. Lo difícil de perdonar son los esfuerzos políticos por devolvernos a esa época imaginaria por medio de astutos trucos legales y tecnológicos.
El manifiesto de Berners-Lee, que dio mucho que hablar al coincidir con el 30º aniversario de la Red, es un buen ejemplo de esta clase de lógica del salvador tecnocrático. Si damos por hecho que los ingenieros nos han defraudado —cómo iban ellos a prever en 1989 el desastre que sería Facebook—, deberían ser ellos también los que vengan a salvarnos. Con este fin, Berners-Lee y la Fundación Web que él preside proponen una innovadora plataforma tecnológica, llamada Solid, para “restaurar” —una palabra clave en la declaración— “el poder y la capacidad de intervención de los individuos en la Red”.
Los detalles técnicos de la solución de Berners-Lee son muchos y no especialmente relevantes. Baste decir que, en teoría, Solid permitirá a los usuarios determinar, entre otras cosas, qué pasará con los datos que generan y quién tendrá acceso a ellos. Por sí misma, la plataforma constituye un refrescante alejamiento del actual modelo caótico en el que las empresas con mayor capacidad extractiva acaban monopolizando el acceso a los datos de los usuarios. A lo mejor contribuye incluso a evitar un futuro desastre como el de Cambridge Analytica.
Google, Facebook, Amazon y Microsoft invirtieron en 2018 más capital que las cuatro mayores petroleras
El problema de este planteamiento de Berners-Lee es que se basa en la misma historiografía errónea de la Red que prácticamente ha paralizado cualquier acción política eficaz para oponer resistencia al ascenso de los gigantes digitales o a la aparición de dos polos tecnológicos rivales —China y Estados Unidos—. Berners-Lee y sus acólitos de la Fundación Web suelen envolver sus programas tecnocráticos en la retórica noble y grandilocuente del nuevo “contrato social”, e incluso de la “Carta Magna” digital. Sin embargo, nada remotamente tan transformador puede nacer de sus iniciativas, que reducen toda la historia de la Red a una transición de una tecnología buena —el protocolo HTTP desarrollado por Tim Berners-Lee— a otra tecnología buena —Solid—, y en la que las décadas intermedias no constituyen sino un entreacto pasajero.
Este relato parte precisamente de la idea de un territorio sin mácula, el ciberespacio, habitado en el pasado por ingenieros bienintencionados, frikis y aficionados. Lo malo llegó cuando la plebe —instigada por los capitalistas, por supuesto— se asentó en él y el vecindario virtual de los viejos tiempos empezó a gentrificarse. Y a medida que las masas se asentaban, los Gobiernos —en especial sus servicios secretos y sus departamentos de vigilancia— las seguían.
Al revés de como lo presenta este relato, las redes de datos originales fueron desarrolladas y promovidas por el Pentágono y Wall Street. Los Gobiernos estuvieron presentes en ellas desde el primer momento, no solo a través de sus servicios secretos, sino también a través de los departamentos del Tesoro y de Comercio, al menos en el caso de Estados Unidos. Estos fueron los que determinaron las prioridades comerciales y financieras mundiales para asegurarse el dominio del sector informático estadounidense. Los anunciantes no se subieron al carro digital en la década de los dos mil, sino ya a principios de la de 1990, cuando aparecieron los primeros navegadores.
No basta con crear un protocolo ingenioso que devuelva al ciudadano el control de sus datos
Por consiguiente, ese monumental eufemismo que es la Red ya nació con limitaciones impuestas por los intereses de los Gobiernos, por una parte, y de las empresas capitalistas, por otra, con la única diferencia de que su tamaño, entonces relativamente pequeño, no justificaba grandes inversiones de capital. Ahora, en cambio, sí las justifica, lo cual explica por qué Arabia Saudí prefiere poner su dinero en empresas tecnológicas como Uber a invertirlo en sectores más tradicionales.
La idea de que, allá por 1990, los usuarios tenían algún poder que ahora hay que “restaurar” es sencillamente ilusoria. Estamos confundiendo la temporal falta de interés por parte de los capitalistas y de los Gobiernos — lo que permitió una autonomía reducida a quienes la perseguían— con un orden constitucional legítimamente establecido que consolide unos derechos y unas libertades inalienables, cualesquiera que sean los costes que ello imponga a las empresas o los Gobiernos. Este orden constitucional nunca ha existido. Nuestra libertad en Internet no era más que un subproducto de un negocio y unos modelos de vigilancia poco desarrollados.
Un plan para una verdadera transmisión de poder requeriría mucho más que otro ingenioso protocolo para la cesión de datos; esta clase de intervencionismo tecnocrático es lo que alimenta la ira populista en todo el mundo. No hay empoderamiento digital sin empoderamiento político, y este último solamente se puede alcanzar concibiendo la Red no como un medio o una herramienta, sino como un conjunto de infraestructuras para facilitar la vida, el trabajo y la cooperación.
Antes que nada, necesitamos una política para estas infraestructuras que abarque cuestiones relacionadas con su economía política, con el reparto de la propiedad y de los riesgos entre los diferentes actores públicos y privados. Solo entonces podremos centrarnos en las tareas más prosaicas de encontrar las plataformas y los protocolos apropiados para dar cohesión a las partes interconectadas. De lo contrario, cuando dentro de 10 años celebremos el 40º aniversario de la Red, puede que descubramos que tenemos todos los protocolos necesarios para darnos el poder, pero que nos vemos privados de este por el hecho de que todos ellos son propiedad de Mark Zuckerberg, Xi Jinping o Mohamed Bin Salmán.
Evgeny Morozov es editor asociado en ‘New Republic’ y autor de ‘La locura del solucionismo tecnológico’ (Katz).

Paolo di Paolo, leyenda de la fotografía que solo ejerció durante 16 años, expone a sus 93 años un relato desmitificado e íntimo de la Italia del 'boom' económico

Pier Paolo Pasolini, en el monte del Testaccio. 


La serie de verano se llamaría La larga carretera de arena, un viaje de norte a sur de Italia a través de sus playas. Un ensayo fotográfico sobre las costumbres vacacionales de un país en plena mutación social para el semanal Il Tempo. Pero aquel año, en el asiento de copiloto del MG del fotógrafo Paolo di Paolo (Larino, 1925) se sentó un tal Pier Paolo Pasolini, un intelectual que apenas había escrito algunos libros de poesía y una novela y que no abrió la boca en siete días de viaje. Miraba, paseaba, se quedaba absorto en segundo plano. No bebía, tampoco hablaba de mujeres, claro. Solo al llegar a Cinquale, la playa frecuentada por Thomas Mann o Malaparte, cuando el fotógrafo recitó un poema de Rilke, comenzó a forjarse una amistad, a la manera que uno podía ser amigo de Pasolini. De aquello salio también un libro y un reportaje maravilloso, cuyas mejores imágenes muestra el propio Di Paulo, a los 93 años, paseando con su bastón y una tranquila elegancia por los rincones de su Mundo perdido, la exposición que el MAXXI le dedica en Roma.
Anna Magnani, tumbada al sol en su casa del Circeo. ampliar foto
Anna Magnani, tumbada al sol en su casa del Circeo. PAOLO DI PAOLO
Di Paolo fue una estrella fugada de un oficio que solo ejerció durante 16 años por pánico a tropezar en el abismo de la decadencia. Un buen día, con solo 46, disparó por última vez. En lugar de explotar su valioso trabajo, enterró sus mejores fotos temiendo perjudicar a unos protagonistas demasiado cercanos. Sucedió con la decena de negativos de Oriana Fallaci bailando en la orilla de una playa de Venecia donde solo pasaba René Clair un mañana de resaca del festival. “¿Alguna vez la había visto sonreír? Ahí la tiene”, muestra orgulloso Di Paolo. Lo mismo ocurrió con el trabajo que Anna Magnani le encargó en su villa del Circeo: la primera vez que alguien fotografiaba a su hijo discapacitado. O con el único reportaje que existe de Pasolini, paseando por el arrabal del Testaccio y permitiendo hacerle la que quizá fue su mejor fotografía. Todas esas imágenes fueron a parar a una caja que su hija Silvia encontró en el viejo desván de casa con 250.000 negativos de entre 1954 y 1968, la mayoría inéditos.
La casualidad marcó también el inicio. Di Paolo, que solo quería ser profesor de filosofía hasta que la víspera de su graduación se topó con una Leica III C en un escaparate, fue siempre un intelectual con una cámara colgada al cuello. Un artista a veces más preocupado por la ética que la estética de su obra. Una anomalía en una época en la que florecían los paparazzi y el oficio se llenaba de cazarrecompensas en la puerta de los restaurantes caros. Él siempre lo odió. Cuando llegaba una actriz a Roma, de hecho, él le hacía llegar un ramo de flores y una tarjetita pidiéndole fotografiarla. Así retrató a Kim Novak saltándose el tumulto que esperaba en la puerta de su hotel. “Lo de los paparazis fue un fenómeno alimentado por Fellini. No había ni uno cuando yo empecé, pero él creó un modelo que luego copiaron. ¿La Dolce Vita? No existió nunca. También es una invención suya y de su publicista. Pero la gente venía de todas partes para vivir ese fenómeno en la Via Veneto y, al final, ellos eran el paisaje”, señala mostrando una foto de tres jeques sentados en la serpenteante avenida romana.
Un buen día, con 46 años y tras 16 de carrera, realizó su último disparo
La “fotografía laica” de la generación de Di Paolo transitó a través del rastro de las huellas de Henri Cartier-Bresson tratando de ir algo más allá. “Teníamos esa presunción no confesada. Para él el elemento humano era compositivo, no había interpretación o profundización de un personaje. Las personas son instrumentos al servicio de la composición. Recuerdo que estuvo en Scanno (Abbruzzo) haciendo un reportaje… son fotos espléndidas, pero ve a esas mujeres vestidas de negro una al lado del otro como si las hubiera puesto él. No es una crítica, él es insuperable. Pero su límite era ese”, explica mientras ilustra su teoría con algunos ejemplos de su exposición.
Una familia de agricultores en día de la inauguración de la Auopista del Sol en 1962.
Una familia de agricultores en día de la inauguración de la Auopista del Sol en 1962. PAOLO DI PAOLO
Italia temblaba ya con las primeras explosiones del boom económico que la transformó. Pero Di Paolo muestra también una sociedad que salía fatigosamente de la pobreza y del analfabetismo. Un inestable equilibrio entre las desigualdades y el impulso renovador de unos años fundamentales para entender un país que enterraba su pasado, literalmente ilustrada en la foto del funeral del secretario general del PCE, Palmiro Togliatti. O en la inauguración de la Autopista del Sol, eje vertebrador de una nueva Italia que ahondaría en las heridas entre norte y sur. Ese día, en lugar de fotografiar al obispo y el alcalde cortando la cinta, Di Paolo se fue a lo alto de una colina y retrató de espaldas a una familia que vivía en una chabola observando cómo el primer automóvil acuchillaba el paisaje de olivos y campos que el país se disponía a dejar atrás.
Su casa guardaba 250.000 negativos de entre 1954 y 1968 nunca publicados
Una Italia alejada del relato pomposo y artificial de la Via Veneto que despreciaba. “Explotaba la creatividad en todos los campos. Y yo me sentí un afortunado artífice de esa generación. Pudimos atravesar ese periodo siendo jóvenes, fue un despertar, un segundo Renacimiento para Italia. Sentíamos dentro algo extraordinario. No teníamos dinero, era difícil trabajar. Pero teníamos una felicidad extraordinaria por poder desarrollar el sentido de libertad y creatividad. Eso nos ayudó a algunos colegas a aventurarnos en la fotografía sin saber nada de fotografía. Esa fue la Dolce Vita para mí”. Pero fue breve.
El 8 de marzo de 1966, el día que cerró Il Tempo, Di Paolo mandó un telegrama a su histórico director, Mario Pannunzio. “Para mí y para otros amigos muere hoy la ambición de ser fotógrafo”. No era una manera de hablar, en aquel instante, justo cuando más brillaba, liquidó su carrera. “¿Quién me iba a publicar? La televisión había quemado la posibilidad de hacer reportajes largos y elaborados. Un día me vino a ver un director de periódico y me dijo: ‘Cualquier cosa que tenga algo de picante, tráemela: tienes las puertas abiertas’. Salí de su despacho y esas puertas se me cerraron a la espalda. El mundo del scoop y los escándalos no eran el mío. Habría empezado el declive y hoy seguramente no existiría esta muestra”. Y algunos podrían seguir soñando con la Dolce Vita.

A tres años de su muerte, siguen saliendo materiales discográficos y bibliográficos del músico inglés que redefinió el pop. Bowie por Bowie compila entrevistas de toda una vida y Bowie: una biografía es un rayo que lo trae al presente.

Con la hipnosis que provocan sus ojos de diferente color, Bowie, esquelético como salido de una pintura de Egon Schiele engatusa tanto con sus canciones, como lo hace con sus palabras y su figura.

Nicolás Pichersky

03/05/2019
Miren aquí arriba, estoy en el cielo… todo el mundo me conoce ahora”. La letra es de “Lazarus” (que por su tono y clima noir, parece extrapolada del disco Wish de The Cure) y es del opus final de Bowie, Blackstar. David Bowie, el hombre que contrató al zeitgeist de cada década del rock como su agente de prensa, vuelve. O, mejor dicho, nunca se fue. Sí: a poco más de tres años de la muerte del artista, Bowie es ubicuo y hasta a los lactantes que andan a cochecitos Quinny o Chicco les colocan esas remeras con su rostro y cabello atravesado del icónico rayo color mermelada (del disco Aladin Sane). El hombre que compuso “The man who sold te world”, fue vendido a todo tipo de marketing. Sin embargo, hay homenajes, discos colaterales de sus exmúsicos, proyectos de películas y, sobre todo, dos libros notables.
Efectivamente Bowie, nacido para ser póstumo hoy tiene hasta su propia app (no es gratuita y se baja de cualquier negocio digital): “David Bowie is”, disponible este año desde su fecha de nacimiento, 8 de enero. Se trata de una adaptación on-line de la famosa muestra del Victoria and Albert Museum que recorrió el mundo (nunca llegó a estas costas) durante cinco años. La voz del actor Gary Oldam (vampírica, nocturna y británica, como la del cantante) narra en off un tour inmersivo a través de sus disfraces, puestas en escena y hasta manuscritos. Genial hallazgo, el tono de voz de Oldman es notablemente parecido al de Bowie: haga la prueba el lector y busque en YouTube la versión del actor interpretando “The man who sold the world”. La relación entre ambos venía de cuando Oldman protagonizó el controvertido video de “The next day” en el que interpretaba a un cura… en un burdel junto a Bowie como figura mesiánica.
Pero, hay, sobre todo, dos nuevos libros. Oh, cositas hermosas: estos no son libros sobre el Bowie de Ziggy, la lunar “Space Oddity” o el perogrullo de hablar, nuevamente, sobre alter egos. Todos perosanjes reales que Bowie creó, pero demasiado transitados por la prensa como si se tratara de los heterónimos de Fernando Pessoa, como si el rock necesitara validarse con los procedimientos de la literatura. No: tanto Bowie por Bowie, entrevista y encuentros, como el libro de dibujos y textos, Bowie: una biografía, narran el sonido y la visión del rockero más alienígena a través del original laberinto que conduce al país de las maravillas de sus canciones y poética.
El primero, editado por el periodista Sean Hagan, incluye más de treinta conversaciones del músico con revistas de música como NME Express, Melody Maker y Rolling Stone, pero también con Q, Mojo o The face que se acercan de otra manera al ¿entrevistado? Es que en esas casi 400 páginas Bowie se manifiesta como un contestador elegante, culto y divertido. Y como si el mismo fuera el periodista (o al menos lo que un buen periodista debería ser), nada escapa a su curiosidad.
Fuera de los lugares comunes, aquí hay espacio para las confesiones sobre el hermano esquizofrénico de Bowie (y como este lo introdujo al jazz disruptivo de Eric Dolphy o Charles Mingus) a su venerado Jacques Brel o para canciones maravillosas y angulares, la menos estudiadas, como “Alwayscrashingthesamecar (una influenciaballardiana que llega al Radiohead de OKComputer), “Bringmethediscoking” o “Fashion”.
Atrapa leer, en retrospectiva, como en los primeros años los periodistas afirman sin atisbo de duda que “David Bowie va a ser una super estrella, va a ser enorme”. Bowie en sus respuestas y reflexiones (hace muchas repreguntas al entrevistador) sabe, en cada época, de qué está hablando: catalizador de todas las décadas desde los 70, alaba a Pixies tempranamente (y sospecha el cercano y futuro desvanecimiento de Nirvana), comenta sus lecturas de George Steiner, se entusiasma en conocer al director R. W. Fassbinder para realizar un filme juntos y Duchamp parece habitarlo siempre. También hay gemas o acaso disgustos: para los que no toleran a los puristas de los géneros musicales, confiesa como detesta el reggae y la música country.
Y cuando el hombre de la pupila dilatada no dice algo nuevo, al menos lo expresa con elegancia, como “Lou Reed fue para mí como Chuck Berry para The Rolling Stones”. Las conversaciones nos permiten saber que ya en 1976, personajes como Rod Stewart, Ringo Starr o Neil Sedaka hacían cola para verlo y saludarlo. Entrevista tras entrevista Bowie, sabiendo que la pregunta es inevitable, vuelve a disculparse por su exabrupto fascista en el que declaró que Gran Bretaña necesitaba un dictador mientras levantaba el brazo haciendo el saludo nazi, pregonando que “Hitler fue la primera estrella de rock n roll” y con un uniforme militar a tono (“pero era de lana”, aclara Bowie, rebelde, rebelde). “Soy apolítico”, dice en una entrevista de fines de los 70, haciendo suyas las declaraciones e intenciones de sus queridos Ray Davies y de Pete Townshend, de dejar la política a los que saben, tanto si se trata de apoyar candidatos como de participar de recitales benéficos.
En el lector quedará juzgar si aquel acto se trató fruto de peligrosísima ingenuidad y soberbia reaccionaria o de un hombre que iba más allá del nivel de flotación media intelectual y habiendo ideado un disco inspirado en 1984 de George Orwell, jugaba (duchampianamente) sus cartas más allá del espacio pactado de escucha. Después de todo, a The Residents y Pink Floyd en sus respectivos discos The Third Reich ‘n Roll y The Wall la cosa no les salió mal… Capítulo aparte alcanzan algunas citas majestuosas de Bowie, como su decepción de que los glam-rockers nunca hayan entendido que el espíritu del género era “la suma de la obra Cabaret con la película Metropolis”. El glam como abstracción de cuero, piel y metal. Y hay más: “Yo dejo la parte cerebral a los Enos y los Fripps de este mundo, porque soy mucho más táctil”, “Sigo tratando de encontrar al Duchamp que hay en mi” o –magistral– “Soy un heterosexual de armario”.
Autoconsciente, con la hipnosis que provocan sus ojos de diferente color (de diferente forma en verdad), Bowie, duende y clown, esquelético como salido de una pintura de Egon Schiele engatusa (el escritor Martin Amis en una excelente crónica de los 80 caracterizó a Mick Jagger como canino y a David Bowie como felino) tanto con sus canciones, como lo hace con sus palabras y su figura. Ordenadas cronológicamente, las entrevistas subrayan también un amplio contraste de los que no hace tanto (la antología llega a 2013) podía el periodismo cultural impreso: reportajes de brillante prosa, glosados y de hasta siete páginas y con introducción.
Bowie: una biografía, con ilustraciones de Maria Hesse y texto de Franz Ruiz narra su vida, pero de una manera singular: como si él músico que protagonizó la película The Man Who Fell to Earth, hubiera tenido esa misma experiencia en la vida real. Ficción y realidad en Bowie parecen indistinguible en la vida de Bowie y los autores aclaran la entrañable premisa de que no todo lo que se contará es cierto, y sin embargo no hay allí nada falso: David Jones / Bowie es en realidad un ET, un Doppelgänger de otro niño del espacio exterior llamado Z que un día aparece en su ventana y lo aventura la música.
Excelentemente documentado, el libro describe cada uno de los momentos de la vida de Bowie sin evitar sus debacles o su adicción a la cocaína. Y, sin embargo, acompañado de mayores, también lo pueden leer chicos desde aproximadamente diez años que se interesen por su obra (lo cual es muy probable teniendo en cuenta que sus canciones musicalizaron un arco que va de la película Laberinto a la serie Gilmore Girls o Guardians of the Galaxy). Entre el estilo naif y el surrealismo, Hesse pinta en el pecho de Bowie corazones de los que brotan ramas y hojas negras y rojas, que se ramifican como una conexión umbilical, como un lazo de sangre, con sus fans. Una simple pero perfecta metáfora de lo que sentimos escuchando sus canciones.
“El futuro no es lo que solía ser”, apunta un Bowie sabio en una de las entrevistas de Bowie por Bowie. Acaso hoy la nostalgia tampoco. Y por suerte ninguno de estos libros recae en ella: sería un sinsentido hacerlo con el hombre que cambió el mundo de la música

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