Ángelus Novus. Paul Klee (1897-1940).-
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“Hay un cuadro de Klee (1920) que se titula Ángelus Novus. Se ve en él a un Ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desencajado, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso”. (Walter Benajamin).-
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Walter Benjamin (1892/1940).-
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Con esta metáfora, Walter Benjamin intenta explicar el marco de la modernidad sobre la cual la sociedad ha construido una ilusión de progreso ascendente donde los viejos esquemas quedan atrás y la promesa de un futuro pleno se abre en el horizonte. Entre las ruinas queda la religión como algo superado y sobre el cual el ser mítico quisiera regresar, buscando quizá la vieja certidumbre de un orden que se imponga al caos que vive en la tempestad. El Ángelus Novus no es otra cosa que la imagen que la sociedad moderna se ha construido de sí misma. La metáfora es poderosamente sugestiva para abordar el tema de la secularización. Por un lado parece imponerse el esquema de la razón ascendente sobre cualquier otra mirada del mundo. Por otro, y de manera simultánea, es el ángel quien voltea sobre las ruinas, no para regresar, sino para tener un sentido del rumbo de su vuelo. Si no pudiera reconocer la distancia que le separa de las ruinas no podría establecer su ruta, no distinguiría entre el cielo y la tierra. Es en la metáfora de la tormenta que las ciencias sociales intentan explicar el despegue del vuelo y los asideros confiables para alcanzar la promesa de un supuesto Paraíso. La secularización es en este caso el interregno (por demás ambiguo) que separa lo religioso de la razón, lo tradicional de lo moderno, la decadencia de lo inédito. Sobre la categoría secularización se ha construido gran parte de la semántica de la modernidad, señalándola en diferentes direcciones: diferenciación de esferas sociales, privatización, individuación, transposición de creencias y modelos de comportamiento, desinterés de la sociedad por la religión y desacralización del mundo. Vista de esta manera, lo sagrado quedaba como una etapa superada por el desarrollo de la modernidad. Sin embargo, el incremento recurrente de acontecimientos donde la religión es central ha dado al traste con esta idealización de un progreso lineal y secular. Tenemos que dar cuenta del por qué lo religioso se nos presenta más vivo que nunca, cuando había sido fijado como ruina del pasado. El problema no es entonces de la religión, sino de los esquemas heurísticos sobre los que las ciencias sociales han hecho sus diagnósticos de la modernidad.
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Paul Klee´s Angelus Novus:

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Notas y Periplo del “Ángelus Novus”:
En 1921 Benjamin compró la acuarela de Paul Klee titulada: Angelus Novus. Por unos meses permanece en Münich en casa de G. Scholem y luego es llevada a Berlín. En 1932 Benjamin pensó en suicidarse y dejar de herencia la pintura a su amigo Scholem. En 1935 Benjamin emigra a París y lleva la pintura consigo. En 1940 antes de partir a los Pirineos para intentar escapar de los nazis deja la acuarela a resguardo de  Bataille en la Biblioteca Nacional de París. Al terminar la Segunda Guerra Mundial es llevada a Estados Unidos en donde queda en manos de Thedor Adorno que a su regreso a Frankfurt la lleva consigo. En la actualidad la acuarela está en el Museo de Israel en Jerusalen. Fue legada por la viuda de Scholem.


Paul Auster - ¿Por qué escribir?

1

  Una amiga alemana me narra las circunstancias que precedieron al nacimiento de sus dos hijas.

  Hace diecinueve años, A., que estaba embarazada y había salido de cuentas hacía dos semanas, se sentó en el sofá de su salón y encendió el televisor. Quiso la suerte que aparecieran los títulos de crédito de una película que estaba empezando. Se trataba de Historia de una monja, un drama hollywoodense de los años cincuenta protagonizado por Audrey Hepburn. Contenta por haber encontrado esa distracción, A. se arrellanó para mirar la película, y de inmediato quedó embelesada por ella. A mitad de película se puso de parto. Su marido la llevó en coche al hospital, y jamás llegó a averiguar cómo acababa la cinta.

  Tres años después, estando embarazada de su segunda hija, A. se sentó en el sofá y volvió a encender el televisor. De nuevo ponían una película, y otra vez era la Historia de una monja, con Audrey Hepburn. Pero lo más extraordinario (y A. puso mucho énfasis en ese punto) fue que la película estaba en el preciso momento en que había dejado de verla tres años antes. En aquella ocasión la vio hasta el final. Menos de quince minutos después de que acabara, rompió aguas, y se dirigió al hospital a dar a luz a su segunda hija.

  A. no tuvo más hijos. El primer parto fue en extremo difícil (mi amiga casi no lo cuenta, y después pasó muchos meses enferma), pero el segundo fue rápido y sin complicaciones de ningún tipo.


2

  Hace cinco años, pasé el verano en Vermont con mi esposa y mis hijos; alquilamos una vieja y aislada granja en la cumbre de una montaña. Un día, una mujer del pueblo vecino se detuvo a visitarnos acompañada de sus dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dieciocho meses. Mi hija Sophie acababa de cumplir tres, y ella y la niña disfrutaban de poder jugar juntas. Mi esposa y yo nos sentamos en la cocina con nuestra invitada, y los niños salieron fuera a divertirse.

  Al cabo de cinco minutos, oímos un estrépito. El pequeño había entrado en el vestíbulo principal, situado al otro extremo de la casa, y como mi mujer había colocado allí un jarrón con flores no hacía ni dos horas, no era difícil imaginar lo que había pasado. Ni siquiera tuve que mirar para saber que el suelo estaba cubierto de vidrios rotos y charquitos de agua, además de los tallos y pétalos de una docena de flores desperdigadas.

  Me enfadé. Malditos críos, me dije. Malditos padres, con sus malditos y torpes críos. ¿Quién les da derecho a ir de visita sin llamar antes?

  Le dije a mi esposa que limpiaría aquel desastre, y así ella y nuestra visita podrían continuar su conversación. Agarré la escoba, el recogedor y unas servilletas de papel, y me dirigí a la parte delantera de la casa.

  Mi esposa había colocado las flores sobre un baúl de madera que estaba justo debajo del pasamanos de la escalera. Ésta era especialmente estrecha y empinada, y había una ventana a no más de un metro del pie de la escalera. Menciono estos datos geográficos porque son importantes. La situación de cada cosa guarda una relación muy estrecha con lo que pasó a continuación.

  Mientras estaba limpiando aquel estropicio, mi hija salió corriendo de su habitación, que se hallaba en el descansillo de la segunda planta. Yo estaba lo bastante cerca del pie de la escalera para poder verla (un par de pasos más atrás, y habría quedado oculta a mis ojos), y en ese fugaz momento vi que tenía esa expresión de júbilo, de absoluta felicidad, que ha llenado mis años de madurez de una tremenda alegría. Entonces, al cabo de un instante, antes de que pudiera decirle hola, tropezó. La punta de su zapatilla de deportes se dobló contra el suelo, y así, sin más, sin previo aviso ni darle tiempo a gritar, salió volando por los aires. No estoy diciendo que cayera o rodara o rebotara por los escalones. Lo que quiero decir es que estaba volando. El impacto del traspié la había lanzado por el espacio, y por la trayectoria del vuelo me di cuenta de que se dirigía directamente a la ventana.

  ¿Qué hice? No sé qué hice. Cuando la vi tropezar yo me encontraba en un lugar desde el que no podía hacer nada, pero cuando ella se hallaba a mitad de camino entre el descansillo y la ventana, yo ya había llegado al peldaño inferior de la escalera. ¿Cómo llegué allí? Debía de mediar menos de un metro de distancia, pero parece imposible cubrir esa distancia en un intervalo tan breve: una milésima de milésima de fracción de segundo. Sin embargo, yo estaba allí, y en el momento en que llegué a ese lugar levanté la vista, abrí los brazos y la atrapé.


3

  Yo tenía catorce años. Era el tercer año seguido que mis padres me enviaban a un campamento de verano en el estado de Nueva York. Allí pasaba la mayor parte del tiempo jugando al baloncesto y al béisbol, pero como era un campamento mixto también había otras actividades: veladas «sociales», los primeros magreos con chicas, incursiones para cazar bragas, las tonterías adolescentes de costumbre. También recuerdo que fumábamos cigarrillos baratos a escondidas, que aprendíamos a doblar la sábana de encima de la cama de tal manera que la víctima, al meterse dentro, quedaba con las piernas atrapadas, y que hacíamos grandes batallas con globos llenos de agua.

  Nada de esto es importante. Simplemente quiero subrayar que los catorce años puede ser una edad muy vulnerable. Ya no eres un niño, pero tampoco un adulto, y vas rebotando entre lo que eres y lo que estás a punto de ser. En mi caso, aún era lo bastante joven para pensar que tenía posibilidades de llegar a jugar en la liga profesional, pero lo bastante mayor para cuestionar la existencia de Dios. Había leído el Manifiesto comunista, aunque aún me gustaba ver los dibujos animados del sábado por la mañana. Cada vez que veía mi cara en el espejo, me parecía estar viendo a otra persona.

  En mi grupo había dieciséis o dieciocho chicos. Casi todos llevábamos juntos varios años, pero aquel verano se nos habían unido algunos recién llegados. Uno se llamaba Ralph. Era un chico tranquilo, que no demostraba mucho entusiasmo por hacer regates con la pelota de baloncesto ni practicar lanzamientos con la de béisbol, y aunque no es que nadie se las hiciera pasar canutas, le costaba un poco integrarse. Aquel año había suspendido un par de asignaturas, y casi todo el tiempo que tenía libre lo pasaba tomando clases particulares con uno de los monitores. Era una pena, y a mí me daba un poco de lástima, pero tampoco demasiada, no la suficiente como para hacerme perder el sueño.

  Los monitores eran todos estudiantes de la Universidad de Nueva York, y originarios de Brooklyn y Queens. Chicos ocurrentes que jugaban al baloncesto y que en el futuro serían dentistas, contables y maestros; chavales de ciudad hasta la médula. La parafernalia de lo que es un campamento de verano tradicional les era tan ajena como la IRT[Compañía de metro y ferrocarriles elevados de Nueva York] para un granjero de Iowa. Las canoas, los acolladores, el escalar montañas, montar tiendas de campaña, cantar alrededor de un fuego de campamento, eran cosas que no se hallaban entre el inventario de sus intereses. Eran capaces de instruirnos en cómo hacer un bloqueo o luchar por un rebote, pero por lo demás se dedicaban a alborotar y a contar chistes.

  Imaginaos nuestra sorpresa, entonces, cuando, una tarde, nuestro monitor anunció que íbamos a dar un paseo por el bosque. Le había venido esa inspiración, y no iba a permitir que nadie le hiciera cambiar de idea. Ya está bien de baloncesto, dijo. Estamos en plena naturaleza, y ya va siendo hora de que la aprovechemos y demostremos que sabemos ir de acampada… o algo parecido. Y así, después del período de descanso que seguía al almuerzo, todo el grupo de dieciséis o dieciocho muchachos, junto con dos o tres monitores, puso rumbo al bosque.

  Era finales de julio de 1961. Recuerdo que todos estábamos bastante animados, y después de caminar una media hora casi todo el mundo estaba de acuerdo en que aquella excursión había sido una buena idea. Nadie llevaba brújula, por supuesto, ni tenía la más remota idea de adónde nos dirigíamos, pero lo estábamos pasando en grande, y si acabábamos perdiéndonos, ¿qué más daba? Tarde o temprano encontraríamos el camino de vuelta.

  Entonces se puso a llover. Al principio casi ni nos dimos cuenta, apenas cuatro gotas entre las hojas y las ramas, nada preocupante. Seguimos caminando, pues no íbamos a permitir que una llovizna insignificante nos estropeara la diversión, pero al cabo de pocos minutos comenzó a caer un buen chaparrón. Todos acabamos empapados, y los monitores decidieron dar media vuelta y regresar. El único problema era que nadie sabía dónde estaba el campamento. El bosque era espeso, poblado de racimos de árboles y arbustos espinosos, y habíamos caminado sin rumbo, cambiando bruscamente de dirección siempre que aparecía algún obstáculo en el camino. Y, para colmo, la visibilidad era cada vez menor. Primero porque el bosque era oscuro, y luego por la lluvia que caía y por lo negro que estaba el cielo: parecía que fuera de noche, y no las tres o las cuatro de la tarde.

  Llegaron los relámpagos. Y enseguida, los truenos. La tormenta estaba justo encima de nosotros, y resultó ser una tormenta de verano de padre y muy señor mío. Jamás había visto ni he vuelto a ver nada semejante. La lluvia caía con tanta fuerza que hacía daño; cada vez que retumbaba un trueno, sentías el ruido vibrando en tu propio cuerpo. Inmediatamente después venía el rayo, y uno tras otro caían a nuestro alrededor como lanzas. Era como si las armas se materializaran de la nada: un súbito resplandor que lo volvía todo de un vivo blanco espectral. Alcanzaron algunos árboles, y las ramas comenzaron a prender. Todo se oscurecía por un instante, a continuación se oía otro estrépito en el cielo, y el rayo regresaba por un lugar diferente.

  Naturalmente, lo que nos asustaba eran los rayos. Habría sido de estúpidos no tener miedo, y, presa del pánico, intentábamos huir de ellos. Pero la tormenta cubría una gran extensión, y allí donde íbamos sólo encontrábamos más rayos. Era una huida en desbandada, una carrera en círculos. Entonces, de pronto, alguien divisó un claro en el bosque. Se inició una breve disputa acerca de si era más seguro permanecer en un espacio abierto o seguir bajo los árboles. Ganaron los que estaban a favor del claro, y hacia allí corrimos.

  Era un pequeño prado, probablemente un pastizal perteneciente a algún granjero de la zona, y para llegar tuvimos que arrastrarnos bajo una alambrada. Uno a uno, nos pusimos barriga abajo y reptamos lentamente. Yo estaba en mitad de la línea, justo detrás de Ralph. En el momento en que él pasaba por debajo de la alambrada, hubo otro destello. Yo me hallaba a menos de un metro de él, pero como la lluvia me azotaba los párpados, casi no veía lo que pasaba. Lo único que vi fue que Ralph había dejado de moverse. Me imaginé que había quedado aturdido, de modo que le adelanté. En cuanto estuve al otro lado, le agarré del brazo y le arrastré.

  No sé cuánto permanecimos en aquel campo. Imagino que una hora, y ni la lluvia, ni los truenos ni los relámpagos cesaron un momento. Parecía una tormenta sacada de las páginas de la Biblia, y seguía y seguía, como si jamás fuera a acabar.

  Dos o tres chicos estaban heridos —quizá les tocó un rayo, quizá simplemente fue el impacto del rayo al dar en la tierra junto a ellos—, y el prado comenzó a llenarse de lamentos. Otros chicos lloraban y rezaban. Y otros, con miedo en la voz, procuraban dar consejos sensatos. Desembarazaos de todo lo que sea metálico, decían, el metal atrae el rayo. Todos nos sacamos el cinturón y lo arrojamos bien lejos.

  No recuerdo haber abierto la boca. No recuerdo haber llorado. Otro chico y yo intentábamos cuidar de Ralph. Seguía inconsciente. Le frotamos los brazos y las manos, le sujetamos la lengua para que no se la tragara, le dijimos palabras de ánimo. Al cabo de un rato, su piel comenzó a adquirir un tinte azul. El cuerpo estaba frío, pero a pesar de la acumulación de detalles ni se me ocurrió pensar que ya no volvería a levantarse. Yo sólo tenía catorce años, después de todo, ¿y qué sabía? Jamás había visto un muerto.

  Supongo que la culpa fue de la alambrada. Los otros chicos heridos por el rayo estaban como atontados, sintieron dolor en las extremidades durante una hora más o menos, y luego se recuperaron. Pero Ralph estaba bajo la alambrada cuando cayó el rayo, y quedó electrocutado en el acto.

  Más tarde, cuando me dijeron que había muerto, me enteré de que tenía una quemadura de veinte centímetros en la espalda. Recuerdo que intenté asimilar esa noticia, y que me dije que la vida, para mí, nunca volvería a ser lo mismo. Y por extraño que parezca, ni se me ocurrió pensar en lo cerca que estaba de él cuando pasó aquello. No pensé: uno o dos segundos después, y me habría tocado a mí. Lo único que recordaba era que le había sujetado la lengua y le había mirado los dientes. La boca le formaba una leve mueca, y tenía los labios un tanto separados: yo me había pasado una hora mirándole la punta de los dientes. Treinta y cuatro años después, aún los recuerdo. Y sus ojos medio cerrados, medio abiertos. También los recuerdo.


4

  No hace muchos años, recibí una carta de una mujer que vive en Bruselas. En ella me contaba la historia de un amigo suyo, un hombre al que conoce desde niña.

  En 1940, este hombre se alistó en el ejército belga. Cuando ese mismo año el país cayó en manos de los alemanes lo capturaron y lo metieron en un campo de prisioneros. Permaneció allí hasta el fin de la guerra, en 1945.

  A los prisioneros se les permitía escribirse con los colaboradores de la Cruz Roja de Bélgica. Al hombre, de manera arbitraria, se le asignó una amiga por correspondencia —una enfermera de la Cruz Roja de Bruselas—, y durante los cinco años siguientes él y esa mujer se estuvieron escribiendo cada mes. Con el tiempo se hicieron grandes amigos. Hubo un momento (no estoy seguro del todo de cómo ocurrió) en que se dieron cuenta de que aquello era más que amistad. Siguieron escribiéndose, cada vez con mayor intimidad, y al final se declararon su amor. ¿Era eso posible? Nunca se habían visto, no habían pasado ni un minuto el uno en compañía del otro.

  Cuando la guerra acabó, el hombre fue liberado del campamento y regresó a Bruselas. Conoció a la enfermera, la enfermera le conoció a él, y ninguno quedó decepcionado. Poco después se casaron.

  Pasaron los años. Tuvieron hijos, se hicieron mayores, y el mundo se volvió un poco distinto de lo que era. Su hijo acabó sus estudios en Bélgica y fue a Alemania a hacer un curso de posgrado. Allí, en la universidad, se enamoró de una joven alemana. Les escribió a sus padres y les dijo que pretendía casarse con ella.

  Los padres del novio y la novia estaban de lo más felices. Las dos familias decidieron que tenían que conocerse, y el día señalado la familia alemana se presentó en Bruselas, en casa de la familia belga. Mientras el padre alemán entraba en el salón y el belga se levantaba para darle la bienvenida, los dos se miraron a los ojos y se reconocieron. Habían pasado muchos años, pero los dos sabían perfectamente quién era el otro. En una época de sus vidas, se habían visto cada día. El padre alemán había sido guardián del campo de prisioneros en el que el padre belga había pasado la guerra.

  Como se apresuró a añadir la mujer que me escribió la carta, no había resentimiento entre ellos. Por monstruoso que pudiera haber sido el régimen alemán, durante aquellos cinco años el padre alemán no había hecho nada para enemistarse con el padre belga.

  Sea como fuere, esos dos hombres son ahora dos grandes amigos. Y la mayor alegría de sus vidas es el nieto que tienen en común.


5

  Yo tenía ocho años. En aquel momento de mi vida, nada me importaba más que el béisbol. Mi equipo era el New York Giants, y seguía las actividades de aquellos hombres de gorra naranja y negro con la devoción de un verdadero creyente. Incluso ahora, al recordar ese equipo que ya no existe, que jugaba en un estadio que ya no existe, soy capaz de recitar los nombres de casi todos los jugadores. Alvin Dark, Whitey Lockman, Don Mueller, Johnny Antonelli, Monte Irvin, Hoyt Wilhelm. Pero ninguno era tan grande, tan perfecto ni tan digno de veneración como Willie Mays, el incandescente Say-Hey Kid.

  Aquella primavera me llevaron a mi primer partido de liga. Unos amigos de mi padre tenían asientos de tribuna en el Polo Grounds, y una noche de abril fui con mis padres y sus amigos a ver a los Giants contra los Milwakee Braves. No sé quién ganó, no recuerdo un solo detalle del partido, pero sí recuerdo que, cuando acabó, mis padres y sus amigos se quedaron charlando en sus asientos hasta que todos los espectadores se hubieron marchado. Se nos hizo tan tarde que tuvimos que cruzar el campo y salir por una de las puertas centrales, que era la única que estaba abierta. Y dio la casualidad de que esa salida estaba justo debajo de los vestuarios de los jugadores.

  En el momento en que nos acercamos a la puerta, atisbé a Willie Mays. No había duda alguna de que era él. Se trataba de Willie Mays en persona, ya sin el uniforme del equipo, vestido con ropa de calle a menos de tres metros de mí. Conseguí que mis piernas me llevaran hacia él, y a continuación, haciendo acopio de todo mi valor, hice que las palabras me salieran de la boca:

  —Señor Mays —le dije—, ¿podría firmarme un autógrafo?

  Mays debía de tener unos veinticuatro años, pero fui incapaz de llamarle por su nombre de pila.

  Su respuesta a mi pregunta fue brusca pero amigable.

  —Claro, chaval —dijo—. ¿Tienes un lápiz?

  Recuerdo que estaba tan lleno de vida, hasta tal punto rebosaba juventud y energía, que no dejaba de dar saltitos mientras hablaba.

  Pero yo no llevaba lápiz, de modo que le pedí a mi padre si podía prestarme el suyo. Él tampoco llevaba. Ni mi madre. Y resultó que los demás adultos tampoco.

  El gran Willie Mays seguía allí, mirándome en silencio. Cuando quedó claro que no había nadie en el grupo que llevara nada con lo que escribir, se volvió hacia mí y se encogió de hombros.

  —Lo siento, chaval —dijo—. Si no tienes lápiz, no puedo firmarte un autógrafo.

  Y salió del estadio perdiéndose en la noche.

  No quería llorar, pero las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas, y no pude hacer nada para impedirlo. Y lo peor fue que seguí llorando en el coche hasta que llegamos a casa. Sí, estaba abatido, decepcionado, pero también irritado conmigo mismo por no ser capaz de controlar las lágrimas. No era ningún crío. Tenía ocho años, y se suponía que un muchacho de esa edad no debía llorar por algo así. No sólo no tenía el autógrafo de Willie Mays, sino que tampoco tenía nada más. La vida me había puesto a prueba, y yo no había sabido dar la talla.

  Después de aquella noche, comencé a llevar un lápiz conmigo allí donde iba. Adquirí la costumbre de no salir de casa sin antes asegurarme de que llevaba un lápiz en el bolsillo. No es que planeara hacer nada con él, pero no quería que me pillaran otra vez desprevenido. En una ocasión ya me habían pillado con las manos vacías, y no iba a permitir que eso volviera a pasarme.

  Cuando menos, los años me han enseñado esto: si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.

  Como me gusta decirles a mis hijos, así es como me hice escritor.








T. S. Eliot - Sobre la función social de la poesía


El título de este ensayo tiene tantas probabilidades de sugerir cosas diferentes a diferentes personas, que tal vez se me excuse si antes de explicar qué es lo que quiere decir explico qué es lo que no quiere decir. Es posible que, cuando hablamos de la "función" de algo, estemos pensando en lo que ese algo debería hacer, antes que en lo que efectivamente hace o ha hecho. La distinción es importante, porque yo no pretendo hablar de lo que en mi opinión tendría que hacer la poesía. Quienes nos hablan de esto, sobre todo si son poetas, por lo general tienen en mente la clase particular de poesía que les gustaría escribir a ellos. Siempre es posible, desde luego, que en el futuro le quepa a la poesía una tarea distinta de la que le ha cabido en el pasado; pero aun siendo así, vale la pena decidir primero qué función ha tenido en ese pasado, tanto en diferentes épocas e idiomas como universalmente. Me sería fácil escribir sobre lo que hago con la poesía, o lo que me gustaría hacer, y luego intentar persuadirlos de que es exactamente lo que todos los buenos poetas del pasado han intentado o habrían debido hacer -salvo que no lo han conseguido del todo, aunque quizá no sea culpa de ellos. Pero me parece probable que si la poesía - y hablo de toda gran poesía- no ha tenido función social alguna en el pasado, es difícil que vaya a tenerla en el futuro.

Si digo toda gran poesía es para eludir otra manera de tratar el tema. Se podrían abordar las diversas clases de poesía, una tras otra, y discutir la función social de cada una de ellas sin alcanzar la cuestión general de cuál es la función de la poesía como tal. Yo quiero distinguir entre las funciones general y particular, de modo que sepamos de qué no estábamos hablando. La poesía puede tener una función social consciente, deliberada. En las formas más primitivas este propósito suele estar muy claro. Están, por ejemplo, las runas y cánticos tempranos, algunos de los cuales tenían propósitos mágicos muy prácticos: evitar el mal de ojo, curar cierta enfermedad o propiciar cierto demonio. La poesía se utiliza muy pronto en los rituales religiosos, y cuando cantamos un himno aún estamos usándola para un propósito social concreto. Acaso las formas tempranas de la épica y las sagas hayan transmitido lo que se tenía por historia antes de sobrevivir como pura forma de entretenimiento comunitario; y la forma en verso tiene que haber sido extremadamente útil para la memoria antes de la aparición del lenguaje escrito y la memoria de los bardos, narradores y estudiosos primitivos tiene que haber sido prodigiosa. En sociedades avanzadas, como la de la Grecia antigua, las funciones reconocidas de la poesía son también muy conspicuas. El drama griego deriva de ritos religiosos, y se mantiene como ceremonia pública formal asociada a las celebraciones religiosas tradicionales; la oda pindárica se desarrolla en relación a un evento social particular. No cabe duda de que estos usos definidos dieron a la poesía un marco que le hizo posible alcanzar la perfección dentro de tipos específicos.

Algunas de estas formas subsisten en ejemplos poéticos más modernos, tales como el himno religioso que ya he mencionado. El significado del término didáctica ha sufrido ciertos cambios. Didáctica puede querer decir "que transmite información", o bien "que proporciona instrucción moral", o bien algo que abarca los dos significados anteriores. LasGeórgicas de Virgilio, por ejemplo, son poesía muy bella, y contienen información muy sensata sobre cómo trabajar bien la tierra. Pero en nuestro tiempo se antojaría imposible escribir un libro de agricultura actualizado que también fuera excelente poesía: por un lado, el tema en sí se ha vuelto mucho más complicado y científico; por otro, la prosa permite manejarlo más fácilmente. Tampoco deberíamos nosotros escribir, como los romanos, tratados astronómicos y cosmológicos en verso. El poema, cuya meta ostensible es transmitir información, ha sido reemplazado por la prosa. Poco a poco la poesía didáctica ha ido quedando limitada a la poesía de exhortación moral, o a la que se propone persuadir al lector del punto de vista del autor con respecto a algo. Por lo tanto incluye buena cantidad de lo que podría llamarse sátira, aunque la sátira rebosa de caricatura y parodia, el fin principal de las cuales es causar risa. Algunos poemas de Dryden, en el siglo diecisiete, son sátiras en el sentido de que tienden a ridiculizar los objetos contra los cuales se dirigen, y también didácticas en la intención de inclinar al lector hacia determinado punto de vista político o religioso; y para esto se valen también del método alegórico de disfrazar la realidad de ficción. Su obra más notable de este tipo es The Hind an the Panther, que quiere persuadir al lector de que el bien estaba de parte de la Iglesia de Roma contra la Iglesia de Inglaterra. En el siglo diecinueve buena parte de la poesía de Shelley se inspira en el fervor por las reformas sociales y políticas.

En cuanto a la poesía dramática, tiene una función social de un tipo actualmente peculiar a ella. Pues mientras la mayor parte de la poesía de hoy se escribe para ser leída en soledad, o en voz alta en compañía de pocos, sólo el verso dramático está pensado para causar una impresión inmediata, colectiva, en un gran número de personas reunidas para mirar un episodio imaginario representado en un escenario. La poesía dramática es distinta de cualquier otra, pero como sus leyes especiales son las del drama, su función se funde con la del drama en general, y aquí no me estoy ocupando de la función social específica del drama.

En cuanto a la función específica de la poesía filosófica, demandaría un análisis y un resumen histórico de cierta amplitud. Ya he mencionado, creo, suficientes clases de poesía como para dejar en claro que la función específica de cada una se relaciona con alguna otra función: la de la poesía dramática con la del drama, la de la poesía didáctica de información con la de su tema, la de la poesía didáctica filosófica, religiosa, política o moral con la del asunto respectivo. Podríamos considerar la función de cualquiera de estas especies sin tocar siquiera la cuestión de la función de la poesía. Pues todos estos asuntos pueden tratarse en prosa.

Pero antes de seguir adelante quiero descartar una objeción que acaso se suscite. A veces la gente sospecha de cualquier poesía que tenga un propósito particular: de la poesía en la cual el poeta abogue por enfoques sociales, morales, políticos o religiosos. Y tanto más se inclina a decir que no es poesía cuando esos enfoques le desagradan; del mismo modo que otros acostumbran pensar que algo es verdadera poesía porque expresa un punto de vista que les gusta. Yo diría que la cuestión no tiene importancia. Puede que malos versos se pongan en boga transitoriamente si el poeta refleja una actitud social del momento; pero la verdadera poesía sobrevive no sólo a los cambios de opinión popular sino a la extinción completa del interés en los temas que preocupaban apasionadamente al poeta. El poema de Lucrecio sigue siendo un gran poema por más que sus nociones de física y astronomía estén obsoletas; lo mismo el de Dryden, aunque ya no nos importen las disputas políticas del siglo diecisiete; del mismo modo que cualquier gran poema del pasado puede seguir dándonos placer aunque el tema de que se ocupa deba tratarse hoy en prosa.

Ahora bien, para descubrir cuál es la función social esencial de la poesía hemos de observar primero sus funciones más obvias, aquellas que debe desempeñar si es que debe desempeñar alguna. Creo que en primer lugar podemos estar seguros de que tiene que dar placer. Si me preguntan qué clase de placer, sólo puedo contestar: la clase de placer que da la poesía; por la sencilla razón de que cualquier otra respuesta nos llevaría muy lejos en el terreno de la estética, y en la cuestión general de la naturaleza del arte.

Se aceptará, supongo, que todo buen poeta, sea un gran poeta o no, tiene algo que darnos además de placer: porque si sólo fuera placer, ese placer en sí no podría ser de la especie más alta. Más allá de cualquier intención específica, como las que acabo de ejemplificar en diversos tipos de poesía, siempre está la comunicación de una experiencia nueva, o de una comprensión renovada de lo familiar, o la expresión de algo que hemos experimentado y para lo cual carecemos de palabras, que nos amplía la conciencia y nos refina la sensibilidad. Pero no es de ese beneficio individual de la poesía, ni tampoco de la cualidad del placer individual, que se ocupa este artículo. Todos comprendemos, pienso, tanto la clase de placer que da la poesía como el modo en que, más allá del placer, vuelve nuestras vidas diferentes. Si no produce estos dos efectos sencillamente no es poesía. Quizá lo reconozcamos, pero al mismo tiempo pasamos por alto algo que la poesía hace por nosotros colectivamente, como sociedad. Y digo esto en el sentido más amplio. Porque me parece importante que todo pueblo tenga su propia poesía, no sólo para quienes disfrutan de ella -éstos siempre tendrán la posibilidad de aprender otras lenguas- sino porque realmente marca una diferencia para la sociedad en conjunto, es decir incluso para los que no disfrutan de la poesía. Incluso para los que no conocen los nombres de sus poetas nacionales. He aquí el verdadero tema de este artículo.

Observamos que la poesía se diferencia de todas las demás artes en que tiene para la raza y el idioma del poeta un valor que puede no tener para otros. Es cierto que hasta la música y la pintura poseen carácter local y racial: pero sin duda al extranjero le es mucho menos difícil apreciar estas artes. También es cierto que los escritos en prosa tienen en su propio idioma una significancia que en la traducción se pierde; pero todos sentimos que se pierde mucho menos al leer una novela que un poema traducidos; y que en la traducción de ciertos tipos de trabajos científicos la pérdida es virtualmente nula. Que la poesía es mucho más local que la prosa es algo que se advierte en la historia de las lenguas europeas. Durante toda la Edad Media, y hasta hace cientos de años, el latín fue el idioma de la filosofía, la teología y la ciencia. La tendencia al uso literario de las lenguas de los pueblos se inició con la poesía. Lo cual parece perfectamente natural cuando comprendemos que la poesía tiene que ver sobre todo con el sentimiento y la emoción; y que el sentimiento y la emoción son particulares, mientras que el pensamiento es general. Es mucho más fácil pensar que sentir en un idioma extranjero. Por lo tanto, no hay arte más porfiadamente nacional que la poesía. Es posible despojar a un pueblo de su idioma, suprimírselo, e imponerle otro idioma en las escuelas; pero, a menos que se le enseñe a sentir en un idioma nuevo, el viejo no habrá sido erradicado y reaparecerá en la poesía, que es el vehículo del sentimiento. Cando digo "sentir en un idioma nuevo", aludo a algo más que el mero "expresar los sentimientos en un idioma nuevo". Un pensamiento expresado en un idioma diferente puede ser prácticamente el mismo, pero un sentimiento o una emoción expresados en otro idioma no lo son. Una de las razones para aprender al menos un idioma extranjero es que adquirimos una suerte de personalidad suplementaria; una de las razones para no adquirir un idioma nuevo en lugar del propio es que casi nadie quiere convertirse en otra persona. Difícilmente se podrá exterminar un idioma superior si no es exterminando a la gente que lo habla. Por lo general, si un idioma reemplaza a otro es porque posee ventajas que lo recomiendan, y que ofrecen no una mera diferencia sino un alcance más amplio y más refinado, no sólo a las ideas sino al sentimiento, que el del idioma más primitivo.

Donde mejor se expresan la emoción y el sentimiento, pues, es en la lengua común del pueblo; es decir en la lengua común a todas las clases: la estructura, el ritmo, el sonido, los modismos de una lengua expresan la personalidad del pueblo que la habla. Cuando digo que la expresión de la emoción y el sentimiento conciernen más a la poesía que a la prosa, no quiero decir que la poesía no necesite contenido o significado intelectual, o que la gran poesía no contenga más de ese significado que la poesía menor. Pero desarrollar esta investigación me apartaría de mi cometido inmediato. Daré por sentado que un pueblo encuentra la expresión consciente de sus sentimientos más hondos más en la poesía de su propio idioma que en otras artes o en la poesía de idiomas ajenos. Esto no significa, por supuesto, que la verdadera poesía se limite a sentimientos que todos pueden reconocer y entender; no hemos de limitar la poesía a la poesía popular. Basta con que, en un pueblo homogéneo, los sentimientos de las más refinados y complejos tengan con los de los más toscos y simples algo en común que no tienen con gentes de su mismo nivel que hablan otro idioma. Y, cuando una civilización es saludable, el gran poeta tendrá algo que decirles a sus compatriotas de todos los niveles de instrucción.

Podemos decir que sólo indirectamente el deber del poeta, como poeta, es para con su pueblo; su deber directo es para con su lengua: consiste primero en preservarla, y segundo en extenderla y mejorarla. Al expresar lo que sienten otros también cambia el sentimiento, porque lo vuelve más consciente; permite que las personas se apropien de lo que sentían, y por lo tanto les enseña algo sobre sí mismas. Pero no es que sólo sea más consciente que los demás; también es individualmente distinto, de la gente y de los otros poetas, y puede dar a sus lectores la posibilidad de compartir sentimientos que no hayan experimentado nunca. En ello radica la diferencia entre el escritor meramente excéntrico o loco y el poeta genuino. Tal vez aquél tenga sentimientos únicos, pero imposibles de compartir y por lo tanto inútiles; éste descubre nuevas variaciones de la sensibilidad de las que pueden apropiarse otros. Y expresándolas desarrolla y enriquece el idioma en que habla.

He dicho bastante sobre las impalpables diferencias de sentimiento entre diversos pueblos, diferencias que se afirman en sus diferentes idiomas y son desarrolladas por ellos. Pero la gente no sólo experimenta el mundo de forma diferente en diferentes lugares, sino también en diferentes épocas. De hecho, nuestra sensibilidad se transforma de continuo, como se transforma el mundo que nos rodea: el nuestro no es igual al de los chinos o los hindúes, pero tampoco es igual al de nuestros ancestros de hace varios siglos. Esto es evidente; menos evidente, con todo, es que aquí estribe la razón de que no podamos permitirnos dejar de escribir poesía. La mayoría de las personas educadas se enorgullecen en cierta medida de los grandes autores de su lengua, aunque tal vez no los lean nunca, del mismo modo que se enorgullecen de cualquier otra distinción de su país: algunos autores se vuelven incluso lo bastante célebres como para ser nombrados de vez en cuando en los discursos políticos. Pero la mayoría de las personas no comprenden que con eso no alcanza; que, a menos que sigan produciendo grandes autores, su lengua se deteriorará, se deteriora su cultura y acaso acabe absorbida por otra más fuerte.

Una cuestión, por supuesto, es que si carecemos de literatura viva nos volveremos cada vez más ajenos a la literatura del pasado; a menos que mantengamos la continuidad, nuestra literatura pasada si nos volverá más y más remota hasta que nos resulte tan extraña como la de un pueblo extranjero. Porque nuestro idioma no cesa de cambiar; cambia nuestro modo de vida, bajo presión de toda suerte de cambios materiales en el entorno; y, salvo que contemos con esos pocos hombres que combinan una sensibilidad excepcional con un excepcional poder sobre las palabras, degenerará nuestra capacidad, no ya para expresar, sino incluso para sentir algo más que las emociones más toscas.

Importa poco si un poeta tiene o no un público vasto en su época. Lo que importa es que siempre tenga al menos un público reducido en cada generación. No obstante, lo que acabo de decir sugiere que la importancia de un poeta cuenta para su propia época, o bien que los poetas muertos dejan de servir de algo a menos que también haya poetas vivos. Llevaré aún más lejos mi primera afirmación, diciendo que la circunstancia de que un poeta adquiera un público vasto muy rápidamente es bastante sospechosa: pues nos lleva a temer que no esté haciendo algo realmente nuevo, que sólo le esté dando a la gente algo a lo que ya está habituada, y que por lo tanto ya había recibido de los poetas de la generación precedente. Pero que un poeta tenga el público adecuado, pequeño, en su propio tiempo es importante. Siempre debería haber una reducida vanguardia, capaz de apreciar la poesía, que sea independiente y se adelante un poco a su época y esté dispuesta a asimilar con mayor rapidez las novedades. Que la cultura se desarrolle no significa que todo el mundo deba estar en primera línea, lo cual se reduce a conseguir que todos mantengan el paso; significa que se mantenga una élite tal, con el cuerpo principal y más pasivo de lectores a no más de una generación de distancia. Los cambios y desarrollos de la sensibilidad que se manifiestan primero en algunos se abrirán paulatino paso en el lenguaje, mediante la influencia de ellos en otros, más prontamente populares; y cuando también ellos hayan llegado a establecerse, se hará preciso un nuevo avance. Es a través de los autores vivos, por lo demás, que perduran los muertos. Un poeta como Shakespeare ha influido muy profundamente en el idioma inglés, no sólo por el efecto en sus sucesores inmediatos. Porque en los grandes poetas hay aspectos que no surgen a la luz en seguida; y, al ejercer influencia directa en poetas de varios siglos después, continúan repercutiendo en el idioma vivo. Sin duda, si un poeta inglés quiere aprender a usar las palabras en nuestra época, deberá estudiar rigurosamente a aquellos que las usaron mejor en la suya; a aquellos que, en su día, renovaron el idioma.

Hasta aquí no he hecho más que sugerir el punto último al cual, en mi opinión, puede decirse que alcanza la influencia de la poesía; y acaso esto se exprese mejor con el aserto de que, a la larga, el hecho de que se lea y disfrute o no la poesía tiene repercusiones en el habla, en la sensibilidad, en las vidas de todos los miembros de una sociedad, en todos los miembros de la comunidad, en el pueblo entero; y hasta las tiene, de hecho, que conozcan o no los nombres de sus grandes poetas. En la periferia más lejana la influencia de la poesía es, por supuesto, muy difusa, muy indirecta y muy difícil de demostrar. Es como seguir el curso de un pájaro o un avión en un cielo transparente: si uno lo ha visto cuando estaba muy cerca, y no le quita el ojo a medida que se aleja cada vez más, lo seguirá viendo aún a gran distancia, una distancia a la cual otra persona no podrá divisarlo por más que uno procure señalárselo. Así, si siguen ustedes la influencia de la poesía, de los lectores más afectados por ella a esa gente que no la lee nunca, la encontraran presente por doquier. Al menos la encontrarán si la cultura nacional está viva y sana, porque en una sociedad sana existen una influencia recíproca y una interacción continuas entre cada parte y las demás. Y es esto lo que quiero decir cuando hablo de la función social de la poesía en su sentido más amplio: que, en proporción a su excelencia y vigor, afecta al lenguaje y la sensibilidad de la nación entera.

No imaginen ustedes que digo que el idioma que hablamos está exclusivamente determinado por nuestros poetas. La conformación de la cultura es mucho más compleja. En igual medida será verdad, por cierto, que la calidad de nuestra poesía depende de cómo la gente use su idioma: pues el material de un poeta debe ser el idioma propio tal como se habla realmente a su alrededor. Si el idioma está mejorando, el poeta se beneficiará; si se está deteriorando, tendrá que extraerle lo mejor que pueda. Hasta cierto punto la poesía puede preservar, e incluso restituir, la belleza de una lengua; también puede ayudarle a desarrollarse, a ser tan sutil y precisa, en las condiciones más complicadas y para los cambiantes propósitos de la vida moderna, como lo fuera en y para una época más simple. Pero la poesía, como cualquier otro elemento de esa misteriosa personalidad social que denominamos nuestra "cultura", ha de depender de muchísimas circunstancias que escapan a su control.

Lo cual me conduce a algunas reflexiones de naturaleza más general. Hasta aquí he hecho hincapié en la función nacional y local de la poesía; y habrá que modificar esto. No quiero dejar la impresión de que el contenido de la poesía sea separar a unos pueblos de otros, porque no creo que las culturas de los varios pueblos de Europa puedan florecer aisladas entre sí. Altas civilizaciones del pasado, sin duda, produjeron gran arte, pensamiento y literatura pese a haberse desarrollado en el aislamiento. No puedo hablar de esto con seguridad, porque acaso algunas no hayan estado tan aisladas como parece en principio. Pero en la historia de Europa no ha sido así. Hasta la Grecia antigua le debió mucho a Egipto, y algo a las fronteras asiáticas; y en las relaciones entre estados griegos, con sus diferentes dialectos y sus hábitos diferentes, encontramos influencias y estímulos recíprocos que son análogos a las que existen entre los países de Europa. Pero la historia de la literatura Europea no manifiesta que alguno de estos países haya sido independiente de los demás; sino, más bien, que ha habido un intercambio constante, y que cada uno se ha visto periódicamente revitalizado por estímulos exteriores. En la cultura, la autarquía general simplemente no da resultado: la esperanza de perpetuar la cultura de un país reside en la comunicación con los demás. Pero si la separación de culturas dentro de la unidad de Europa es un peligro, también lo sería una unificación que deviniera uniformidad. La diversidad es tan esencial como la fusión. Por ejemplo, hay mucho que decir sobre el uso, para fines limitados, de una lingua franca universal como el esperanto o el inglés básico. ¡Pues qué imperfecta sería la comunicación entre naciones si se realizara totalmente a través de una lengua tan artificial! O bien la adecuación sería completa en algunos aspectos, y en otros habría una incomunicación total. La poesía nos recuerda cuántas cosas hay que sólo pueden decirse en un idioma y son intraducibles. La comunicación espiritual entre pueblo y pueblo no se cumple sin individuos que se tomen el trabajo de aprender al menos un idioma aparte del suyo, y que por lo tanto sean capaces, en mayor o menos grado, de sentir en otra lengua. Y, de este modo, la comprensión que tenemos de otro pueblo necesita suplirse con la de los individuos de ese pueblo que se han tomado la molestia de aprender nuestro idioma.

Incidentalmente, el estudio de la poesía de otro pueblo es particularmente instructivo. He dicho que hay cualidades de la poesía de cada lengua que sólo los nativos de esa lengua pueden entender. Pero esto tiene otro costado. A veces, intentando leer en un idioma que no conozco muy bien, he descubierto que no comprendía bien un fragmento en prosa hasta que aplicaba los patrones del maestro de escuela: es decir, tenía que estar seguro del significado de cada palabra, aprehender la gramática y la sintaxis y entonces podía pensar el pasaje en inglés. Pero también he descubierto a veces que una pieza poética que era incapaz de traducir, que contenía muchas palabras para mí desconocidas y oraciones que no podía construir, transmitía algo vívido e inmediato que era único, diferente de cualquier cosa que exista en inglés: algo que yo sentía que estaba comprendiendo aunque no pudiera ponerlo en palabras. Y al aprender mejor ese idioma me daba cuanta de que la impresión no era ilusoria, algo, no imaginado, sino que realmente estaba allí. De modo que en la poesía uno puede entrar de vez en cuando en otro país, por así decir, antes de tener el pasaporte y el billete.

De modo que la pregunta sobre la función social de la poesía nos lleva, quizá inesperadamente, a la cuestión toda de la relación entre países de distinto lenguaje, pero cultura vinculada, dentro del ámbito de Europa. Sin duda no pretendo pasar de este punto a cuestiones puramente políticas; pero desearía que quienes se ocupan de cuestiones políticas frecuentasen más las que yo acabo de considerar. Pues éstas son la cara espiritual de unos problemas cuya cara material concierne a los políticos. En mi lado de la frontera uno se ocupa de cosas vivas que tienen leyes propias de crecimiento, que no siempre son razonables, pero que la razón debe aceptar de todos modos: cosas que no pueden planificarse claramente y que no aceptan la disciplina más que los vientos y las lluvias y las estaciones.

Si, finalmente, acierto creyendo que la poesía desempeña una "función social" para todo el pueblo del idioma de un poeta, sea o no consciente de la existencia de éste, puede deducirse que a cada pueblo de Europa le importa que los otros sigan teniendo poesía. Yo no puedo leer poesía noruega, pero si me dijesen que ya no se escribe poesía en lengua noruega sentiría una alarma que sería algo más que comprensión generosa. Lo consideraría un brote de enfermedad capaz de extenderse por todo el continente; el comienzo de una decadencia cuyo significado sería que gentes de todas partes ya no podrían expresar, y por lo tanto sentir, las emociones de los seres civilizados. Es algo, por supuesto, que podría suceder. Por todas partes se ha hablado mucho de la decadencia de la sensibilidad religiosa. El problema de la época moderna no es la mera incapacidad de creer ciertas cosas sobre Dios y el hombre que creían nuestros padres, sino la incapacidad de sentir como ellos respecto a Dios y al hombre. Una creencia en la que ya no se cree es, hasta cierto punto, algo todavía comprensible; pero cuando desaparece el sentimiento religioso, las palabras en las que los hombres se han esforzado por expresarlo pierden sentido. Es cierto, lo mismo que el poético, el sentimiento religioso varía naturalmente de un país a otro y de una época a otra; el sentimiento varía, aun cuando la creencia, la doctrina, sigue siendo la misma. Pero esta es una condición de la vida humana, y lo que a mí me causa aprensión es la muerte. Es bien posible que el sentimiento de la poesía, y los sentimientos que son la materia de la poesía, desaparezcan en todas partes: lo que acaso ayude a facilitar la unificación que algunos consideran deseable en bien del mundo.


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