El autor polaco analiza los populismos actuales, la polarización, la eficacia y los errores de los mecanismos electorales. A veces, dice, les demandamos demasiado. 

Aún hay 68 países que no conocen el cambio de gobierno a través de una elección, dice Adam Przeworski. Foto: María Eugenia Cerutti


La primera elección que se hizo en la historia para definir representantes por un período limitado fue en 1788. Desde entonces, en el mundo las personas han votado unas tres mil veces, aunque algunos países –para ser más precisos, 68–nunca experimentaron un cambio de gobierno a través del sufragio. ¿Por qué le pedimos tanto a la democracia entonces?, se pregunta Adam Przeworski en su último libro, una suerte de genealogía que nos habla de un fenómeno que, en realidad, es bastante joven y al que, sin embargo, parece demandársele demasiadas cosas. Publicado por Siglo XXI, el ensayo ¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones? Pequeño manual para entender el funcionamiento de la democracia arroja un sinfín de ejemplos históricos y observaciones de diversos estudios, con los que el politólogo polaco vuelve sobre el problema de la democracia, desandando lugares comunes y viejas prescripciones. Las preguntas que asoman son varias. ¿Constituyen las elecciones la mejor alternativa que tenemos? ¿Se puede fortalecer la legitimidad de los sistemas representativos? ¿Qué esperar, y que no, de un régimen democrático?¿Es acaso nuestra única opción? Profesor de la Universidad de Nueva York y autor de numerosas publicaciones sobre el tema, Przeworski aceptó conversar con Ñ desde París sobre estas cuestiones y otras que aparecen como correlatos necesarios, desde el problema del fraude o las dudas sobre el voto electrónico, hasta la incertidumbre que a veces parece imperar después del resultado, cuando el nombre del “candidato favorito” no es el que arrojan las urnas.
–Retomo el título del libro que, por lo menos en la edición en español, es bastante provocador. “¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?”.
–En realidad es la traducción del título original, Why bother with elections… En el libro parto de una premisa, creo que hay que tomarse las democracias como son. Frente a esto, me pregunto para qué sirven las elecciones. Lo que hago entonces no es ni más ni menos que intentar responder esta pregunta con las variables que la atraviesan, desde el tema de la toma de decisiones hasta sus posibles efectos en la desigualdad y en los procesos de desarrollo, o en el manejo de los conflictos sociales.

Las mujeres votaron en la Argentina por primera vez en 1951: fue un verdadero hito democrático.
Foto: AGN
Las mujeres votaron en la Argentina por primera vez en 1951: fue un verdadero hito democrático. Foto: AGN
–La pregunta entonces sería, ¿sirve la institución electoral por sí sola para garantizar un régimen democrático?
–Creo que hablar de “garantizar” es demasiado decir. Lo que podemos afirmar es que, bajo determinadas condiciones, las elecciones nos permiten justamente eso: manejar varios tipos de conflicto de una manera pacífica. Creo que esa es la virtud más grande que tienen las democracias. Y si bien es cierto que este mecanismo no siempre funciona muy bien, hoy en día hemos logrado convivir con la democracia de una manera rutinaria.
–Sin embargo, el desencanto también parece crecer. En el libro, sin ir más lejos, cita una encuesta donde un gran número de personas reconoce que ya no la considera “tan esencial”.
–A ver, después de las dictaduras aquí, en Latinoamérica, se pensaba en la democracia como una situación idílica. Pero casi inmediatamente, ya en 1987, Guillermo O’ Donnell advirtió en un ensayo que esta situación no era tan así. Yo no pienso la democracia en los términos que la explicaba Alfonsín, como algo que da cosas porque, en primer lugar, la democracia está limitada por las condiciones sociales y económicas de una sociedad, y no es muy efectiva para cambiar esas condiciones. La historia nos demuestra la imposibilidad de las democracias para reducir desigualdades. En este sentido, creo que tuvimos esperanzas exageradas y aprendimos que la democracia no puede todo, o mejor dicho no puede mucho. Lo que sí considero como un valor esencial de ella es que podemos tener conflictos sociales que no se traducen en violencia.
SEGUÍ 
–Justamente cita a O’Donnell, que hacía una lectura bastante crítica a través del concepto de “democracia delegativa”. Usted también se pregunta la cuestión de la representación. En países con escenarios tan polarizados, como sucede por ejemplo en la Argentina o en Brasil, ¿cómo se pone en juego este concepto?
–Vivimos en sociedades divididas, con conflictos económicos, de clase, o étnicos. No podemos esperar que todo el mundo quede satisfecho con un resultado electoral. En varias de las presentaciones del libro le pregunté al auditorio cuántos habían votado al gobierno que ganó, y el 50 por ciento respondió que no. Después redoblé la apuesta, y pregunté cuántos de los que lo votaron, estaban satisfechos, y realmente eran unos pocos. Es decir, es muy común que la mayoría generalmente no esté satisfecha. Pero justamente si pensamos en términos democráticos, tenemos que tomar este rasgo como algo normal. Claramente hoy estamos viviendo un clima de polarización más grande que en el pasado, o lo que es más preciso, una polarización planteada de manera distinta. Desde ese punto de vista, vivimos una época bastante difícil. Pero entonces tenemos que tomar esa condición, no como algo negativo, sino como un punto de partida.
–¿Podemos afirmar que cuánto más antagonizada está una sociedad, menos efectivo puede ser el proceso electoral?
–Es que para que funcione, la mayoría tiene que respetar los derechos y los intereses de la minoría, y la minoría tiene que admitir eso que la mayoría decidió y que es diferente. La polarización tiene dos aspectos que la gente no distingue. Por un lado, la distancia que existe entre lo que los diferentes grupos quieren y, por otro, cómo se vincula la gente que quiere cosas distintas. Esta segunda dimensión es muy importante y, sin embargo, no suele tenerse en cuenta. Antes, cuando la dimensión de conflictos era la dimensión de clase, había enormes diferencias pero existía una comprensión de que era necesario hacer compromisos. Ahora, varios datos indican que estas divisiones se plantean en una dimensión más individual, y ahí está el problema.
–¿Esta dispersión sirve para explicar la emergencia de figuras como Donald Trump, que en realidad no responden en muchos aspectos a la identidad política que representan?
–Sí, totalmente. Los sistemas tradicionales de partidos se están fragmentando en varios países, también pasa en Europa occidental. Antes, en casi todas las democracias teníamos un partido de centro-derecha y uno de centro-izquierda. Ahora, la socialdemocracia ya casi no existe, y aparecen partidos nuevos. El sistema institucionalizado como mecanismo de transmisión de intereses, de deseos y de valores se debilitó muchísimo, y entonces aparecen personajes como Trump o Bolsonaro. Es decir, regímenes populistas en el sentido de que plantean una relación directa entre ese líder y el pueblo, sin que medien otras construcciones.
–En una nota de hace ochos años ya advertía cómo “la política se estaba electoralizando”…
–Pero no lo afirmaría actualmente. Es decir, en un sentido sí es cierto que las campañas no paran nunca. Tenemos una elección y a las dos semanas los partidos ya están pensando en las próximas elecciones. Pero, por otro lado, con esta aparición de nuevos partidos, la relación se hizo muy inestable, el escenario pasó a estar muy abierto.
–En el libro, nos recuerda además que en realidad estamos hablando de procesos que son bastante novedosos en la historia política…
–Sin ir más lejos, actualmente todavía hay 68 países que no han experimentado el fenómeno de un cambio de gobierno a través de una elección. Para Putin o instituciones como el Partido Comunista Chino no es algo aceptable, porque dejar el poder significa mucho, hasta un asunto de vida o muerte. Sencillamente, no pueden exponerse al riesgo de perder.
–¿Qué pasa en América Latina donde pareciera prevalecer una política refundacionalista? ¿Esto no desgasta al sistema político?
–Creo que las elecciones sirven para que la gente tenga oportunidad de validar el proyecto de un gobierno. De hecho, es la demanda tradicional de todo populismo, tener elecciones frecuentes. Cuando se discutía la Constitución norteamericana, los populistas anti-federalistas querían elecciones anuales.
–¿Y qué pasa con el fraude, cuán común es hoy?
–Hoy es menor de lo que se piensa, o mejor dicho no creo que sea frecuente para nada que una elección se defina por fraude. Hay un trabajo interesante de un autor colombiano, Eduardo Posada Carbó, donde se expone cómo el fraude no es algo que un gobierno puede implementar de manera sencilla, requiere de un mecanismo, hay que prepararlo. Por ejemplo, hoy hay muchas dudas sobre el voto electrónico, debates que son muy técnicos. Lo que me molesta o da miedo de ese sistema no es tanto que haya fraude como las posibilidades que ofrece para que los perdedores acusen fraude.
–¿A qué se refiere?
–Al no haber mecanismo de validación, cualquiera puede poner en duda luego el proceso. Creo, en este sentido, que el voto electrónico deslegitimiza las elecciones.
–En conclusión, la pregunta entonces no pasa tanto por cuánto nos puede dar la democracia sino más bien si existe otra alternativa…
–(Suspira) Es un asunto muy difícil. En este momento, hay muchos países donde existe cierta reivindicación de una transformación institucional o se analizan qué cambios pueden implementar para dar más voz a la gente. Sin embargo, muchas veces la gente focaliza su falta de satisfacción en otras cosas responsabilizando a un gobierno o al propio sistema. Tomemos el ejemplo del “movimiento de chalecos amarillas” en Francia, se quejan absolutamente de todo. Y lo peor es que es un movimiento destinado a agotarse, porque no ha encontrado su institucionalización política.
–Una de las cuestiones en las que se detiene a reflexionar es en el lugar que debe tener una oposición para fortalecer un proceso democrático y no volverse mero obstáculo…
–Bueno, en Francia este movimiento ha tenido eso sí un impacto profundo y forzó al gobierno a pensar su proyecto original. Creo que la gestión de Macron deberá responder con reformas institucionales. El problema en términos más generales es que hoy los sistemas políticos están tan desestructurados que en muchos países ni siquiera existe una oposición claramente organizada y entonces, retomando lo que planteábamos al comienzo, se plantea una gran pregunta para las democracias. En definitiva se trata de pensar eso, ¿hasta dónde el sistema funciona para organizar conflictos?
Resultado de imagen para Adam Przeworski
Adam Przeworski , nacido el 5 de mayo de 1940 en Varsovia (Polonia), es un profesor de Ciencia Política y uno de los principales teóricos y analistas de temas relacionados con la democracia y la economía política. Actualmente tiene nacionalidad estadounidense y ejerce de profesor titular en el Wilf Family Department of Politics de la Universidad de Nueva York.
Przeworski se graduó en la Universidad de Varsovia en 1961. Poco después se trasladó a los Estados Unidos, donde recibió su Doctor Philosophiae en la Universidad de Northwestern en 1966. Fue profesor en la Universidad de Chicago, donde fue galardonado como profesor de distinguido servicio con el título de Martin A. Ryerson. También ocupó cargos de visita en la India, Chile, Reino Unido, Francia, Alemania, España (Instituto Juan March) y Suiza. Desde 1991, Przeworski ha sido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y en 2001 compartió el Premio Woodrow Wilson por su libro Democracy and Development. En 2010 fue galardonado con el Premio Johan Skytte por "elevar los estándares científicos con respecto al análisis de las relaciones entre la democracia, el capitalismo y el desarrollo económico". Hasta la fecha, es autor de 13 libros y numerosos artículos.
Przeworski fue además miembro del Grupo de septiembre de los marxistas analíticos, pero abandonó el grupo en 1993

Obras en español

  • El proceso de formación de clase (polémica, con Hornero Saltalamacchia), Universidad Autónoma Metropolitana, 1984.
  • Socialismo y democracia: un análisis histórico, PSOE, 1984
  • Capitalismo y socialdemocracia, Alianza, 1988
  • Democracia y Mercado, Cambrdge University Press, 1995.
  • Qué esperar de la democracia: límites y posibilidades del autogobierno, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2010.