Umbrales distantes

El 1 de febrero de 2019 se cumplieron exactamente quinientos años del inicio de la Conquista de México, período histórico que culminó el 13 de agosto de 1521; sin embargo –y por lo visto en Roma– es claro que cinco siglos no ha tenido el “punch” suficiente para que el proceso civilizador de México haya logrado hacer justicia a los habitantes de sus culturas originales.
Cristóbal Colón no se había equivocado, al menos no del todo, cuando en 1492 pensó que había llegado a las Indias Occidentales. Esa es la razón por la que llamó indios a las personas de un continente cuyos remotos descendientes provenían de Asia. Aquellos seres formaban parte de una diáspora que durante la última glaciación, hará unos quince mil años, atravesó el brazo de mar que une a Siberia con el extremo noroccidental de América en Alaska. El descubrimiento del esqueleto de Naia, en una cueva submarina de Tulum, Quintana Roo, confirmó los vínculos de Asia con los grupos indígenas contemporáneos de América. El INAH informó que Naia era una chica que, al momento de su muerte, tenía entre quince y dieciséis años. Es muy probable que esa muchacha sea una de las remotas antecesoras de Cleo, de Yalitza Aparicio y de millones de mujeres que han recorrido y habitado este asombroso continente llamado América. Tal vez este sea el origen remoto que explica su delicado modo de andar, su dulzura y elegancia, pero también la fuerza y sabiduría de esas indígenas mexicanas que grandes artistas plásticos y fotógrafos han registrado. Además de ser la obra de arte más reciente que documenta esos hechos estéticos, Roma es la historia de Cleo, una historia de las nómadas de todos los tiempos.

Muchachas invisibles

En alguna parte de El laberinto de la soledad, Octavio Paz escribió que en una ocasión escuchó que alguien tocaba a la puerta de su casa; al preguntarle a la mujer del servicio doméstico quién era, ella se limitó a decir: “Nadie, soy yo.” Esa frase resume la situación de Cleo, situación que han vivido y siguen viviendo miles de trabajadoras domésticas indígenas, niñas, muchachas y mujeres que “nuestra altiva –y cínica– señora sociedad”, aparentemente humanista, ha borrado del mapa convirtiéndolas en mujeres dóciles, más bien invisibles, en mujeres que apenas y hablan, o en chicas que limpian circularmente el teléfono antes de pasarlo a sus patrones, en una elipsis cinematográfica insoportable que nos transporta quinientos años atrás.

Nanas: chachas o muchachas

Las “sirvientas-niñeras mexicanas” poseen una fama histórica como “excelentes trabajadoras de tiempo completo”, al mismo tiempo que son “nanas” –nombre adoptado de las nanas o canciones de cuna que les cantan a los bebés y a los niños para serenarlos. Este trabajo, asumido por muchachas indígenas, a quienes un gran número de mexicanos y mexicanas les llama “chachas”, pasó a formar parte de la gran jerga segregacionista nacional, a tal grado que miles de jóvenes de la clase media prefieren no ser llamadas muchachas porque esto las vincula con el trabajo de la servidumbre endémica; antípoda de “El sí de las muchachas”, tema del gran poeta Odysseas Elytis, quien recordando las palabras de una trabajadora doméstica dijo que su lengua era “un traslado del sueño al idioma hablado”, o de este famoso poema de César Vallejo: “Y si supiera si ha de volver;/ y si supiera que mañana entrará/ a entregarme las ropas lavadas, mi aquella/ lavandera del alma. Qué mañana entrará/ satisfecha, capulí de obrería, dichosa/ de probar que sí sabe, que sí puede/ ¡cómo no va a poder!/ azular y planchar todos los caos…” También Cleo es una lavandera del alma, capaz de azular el cielo, es decir, de lavar y quitar el polvo que medio siglo acumuló en el piso de la casa de la mente de Alfonso Cuarón. Porque Cleo tiene el poder para quitar la opacidad y hacer que brille otra vez el espejo, es decir, la pantalla de cine donde “vamos a vernos ver” (Juan Gelman), reflejados en una cinta donde con una gran cubetada de agua se activan las pulsiones de vida, símbolo del amor y el erotismo sintetizados en el avión –o falo volador– que cruza por el cielo del filme, símbolo viril que veremos en distintos momentos de la historia, oponiéndose a la inexorable desaparición del padre y, con él, a la inmadurez de todos los hombres, que en Roma no son más que adolescentes en fuga. Por eso nunca se menciona al padre de Cleo, al médico y padre de los niños que es incapaz de asistirla en el hospital (aunque la muchacha se encarga de cuidar a los hijos que aquél abandonó), o lo vemos fugándose con otra muchacha jugando a las pistolitas, instrumentos de muerte que por cierto aparecen con mucha frecuencia en el filme, y que son el instrumento real y simbólico con el que el “novio” de Cleo, aprendiz de fascista, asesina a su propio hijo; pistolitas con las que juegan los niños para “estar muertos”, juguetitos con los que se divierten los dueños de la hacienda y finalmente con los que asesinan a los jóvenes estudiantes en San Cosme. Es interesante observar cómo coincide la imagen de un avión nazi en picada justo con el momento en el que Fermín deja de acariciar a Cleo, cuando ella le dice que está embarazada. Sin embargo, a pesar de todas esas adversidades, como la muchacha de César Vallejo, Cleo también es capaz de arreglar “todos los caos” de una familia disfuncional, incluido el caos que está a punto de terminar en tragedia en las aguas del Golfo de México.

El cine, la radio y la tele

Las canciones nimban la historia afectiva y sensitiva de Cleo, canciones que sonaban en la radio, seleccionadas de manera increíble por Lynn Fainchtein, que además subrayan la extraordinaria movilidad que tenían los radios de transistores; a diferencia de una TV rígida que preside una de las escasas escenas en donde, aparentemente, no hay alteraciones neuróticas de los miembros de esa familia. Primero porque, aunque precaria, la presencia del padre establece un orden psicológico y emocional, y, segundo, porque todos permanecen atentos al mensaje que está “dictando” la tele en un programa, altamente significativo, llamado Ensalada de locos. Otra escena reveladora de la tele es cuando la vemos “incrustada” compartiendo el altar con los santitos en una lonchería. Ambos medios fueron escenarios cruciales donde se decidió –casi siempre utilizados en la industria de la manipulación y el entretenimiento– la parte más importante de la cultura popular en México, medios culturales que medio siglo después son disputados por internet, los dispositivos digitales y las redes sociales que desde hace varios años han revolucionado y democratizado los procesos de comunicación. Justamente la plataforma Netflix es un ejemplo de cómo, con la trasmisión de Roma, utilizada entre otros sectores por miles de trabajadoras domésticas, ha democratizado el acceso a la cultura, que combinada con la exhibición de la cinta en cines y espacios públicos, ha propiciado el boom social y cultural llamado Roma.

Cleo y el éxodo de tierra adentro, la sexualidad y el sistema patriarcal

Aunque en Roma no vemos la infancia de Cleo, podemos imaginarla fácilmente. ¿Quién no ha visto a niñas indígenas deambular en las calles de las grandes ciudades de México? Seguramente Cleo, después de algunos años de vivir en un mundo real y mental aparte –aunque articulado desde abajo con el mundo hegemónico, llamémosle occidental– vemos cómo se convierte en objeto del deseo sexual de un personaje que por necesidad se ha vuelto un paramilitar fascista, en un contexto de ese totalitarismo a la mexicana, que inmediatamente después del Movimiento de 1968 desató las fuerzas vivas (institucionales o metainstitucionales) que Roma deja ver en pintas y carteles que contextualizan el momento de la guerra soterrada que viven no sólo los campesinos o las indígenas de la época, sino los estudiantes pobres y la misma clase media que finalmente es atacada con kendos, rifles y pistolas el 10 de junio; el mismo Jueves de Corpus que suele ser una fecha inexistente en la mayoría de ensayos de la derecha ilustrada. (La banda militar que pasa tocando por la calle de Tepic hizo que recordara el uniforme de soldadito –especialmente la cachuchita– que en aquellos años tenía que llevar a la secundaria.) Así es como durante todo el filme late una violencia patriarcal que, durante medio siglo, impuso el sistema macho de la dictadura filantrópica, sistema patriarcal que al mismo tiempo que sometía a mujeres, jóvenes y niños, obligaba a que “arriaran banderas”, de una exigencia democrática, indígenas, trabajadores y estudiantes.

Dolor y resistencia: el origen de Cleo, terapeuta ancestral

Aparentemente las mujeres indígenas han sido capaces de soportar mejor el dolor, no en balde sus antepasadas fueron sometidas y obligadas a renegar de su lengua y cultura, es decir, de ellas mismas, a través de inimaginables procedimientos empleados por conquistadores y miembros de la Santa Inquisición, por encomenderos y finqueros o por hacendados y patrones de distintas industrias. Lo que realmente sorprende es que después de cinco siglos permanezcan y sigan hablando (aunque bajito) su propia lengua. ¿En qué piensa Cleo, de qué manera puede medirse su trabajo terapéutico, oficio de origen casi mágico, aplicado a la vida de todos los días, oficio de madres amorosas (tal vez toman inspiración de Guadalupe Tonantzin) –que sustituye a las madres biológicas, sumergidas 
en sus neurosis, borracheras y duelos? Después de ver Roma, supimos que también a miles y miles de mexicanos nos importaba saber cuál era la situación psicológica y existencial de ese grupo de mexicanas “amorosamente silenciosas” que además son mixtecas, zoques, chontales, wabes, zapotecas, mixes, triquis, nahuas, mayas, en fin, que pertenecen al gran arco iris multicultural mesoamericano, para así tratar de entender la cosmovisión de esas delicadas –y dedicadas- mujeres que bañan, dan de comer, juegan, escuchan, cantan, arrullan, curan, duermen, pero sobre todo ayudan a conservar la salud mental, la esperanza y el despertar de los hijos de miles de parejas fallidas. En el éxito histórico de las nanas indígenas mexicanas se basa la biografía infantil de Alfonso Cuarón. También es el éxito de Roma, de esta obra de arte como testimonio incuestionable de la calidad humana de Cleo, de un Alfonso Cuarón que desde niño también pertenecía a un mundo aparte, regido por una “ley de gravedad” distinta, en la que, junto a otros niños “tocados” por el hechizo del cine (como el que aparece “flotando” en Neza), un día, a la manera de Marcel Proust (sólo que en lugar de tomar té con magdalenas toma Chocomilk con Gansitos), decide recuperar el tiempo perdido, para, después de dar vueltas en Gravity, “hacer tierra” en el patio de la casa donde Cleo limpia el espejo en donde correrá la cinta de la memoria. Esa Cleo amiga de el Borras y de otros perros con los que se comunica, tal vez con el inframundo precolombino, o con el inconsciente colectivo de un país reprimido política y culturalmente; esa Cleo que, hasta antes de que la amenace de muerte el muchachito fascista, es capaz de mantener una posición de yoga que sólo “iniciados y grandes maestros son capaces de hacer”. Esa Cleo que, en la última subida al cielo del filme, es nimbada por la gracia de unos murmullos y por el sonido de unas campanas mientras corren los créditos y, al final, tres veces escrita la palabra sánscrita shanti, que significa paz.

Neorrealismo mexicano

Algunos de los antecedentes cinematográficos de Roma –además de encontrarlos en Los olvidados, los vislumbramos en películas de Ismael Rodríguez, particularmente en Nosotros los pobres, o en Canoa de Felipe Cazals–, se encuentran también en la película Romacittà aperta de Roberto Rossellini, cinta que inaugura el neorrealismo Italiano. Esta película fue realizada al concluir la segunda guerra mundial, en un momento en el que Italia se encontraba devastada por la violencia y después de haber sido sometida durante años por el dictador Mussolini.
Al igual que Cuarón en Roma, Rossellini, trabajó con artistas no profesionales abordando temas de las clases desfavorecidas y marginales. De manera semejante al del neorrealismo italiano, en nuestra Roma mexicana, Alfonso Cuarón apostó de manera magistral por un estilo sobrio, dejando que brotara la sensibilidad y expresión de una actriz sorprendente, para lo cual recurrió a una técnica inédita, con un arte que tiene que ver con algo que parece brotar de “lo espontáneo e inexplorado”.

Preguntando se llega a Roma

Poco antes de que comenzara la segunda guerra mundial, Sigmund Freud se preguntaba por qué –después de tantos años y fracasos– no lograba entrar a Roma. Fue necesario que analizara sus sueños para que lograra destrabar hondas represiones infantiles, y sólo entonces pudo “entrar” para conocer la “ciudad abierta”. Entonces dijo: “Me resulta muy natural encontrarme en Roma, ni la sombra de una impresión de ser un extranjero aquí.” Me temo que, en el fondo, Roma es un espacio sagrado erigido en el plexo solar de quien sueña, en el piso brillando en la casa de la mente de un director mexicano, humilde y extraordinario, y en la pupila secreta de sus espectadores.
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