Una gran antología del ensayista italiano, pionero de las literaturas comparadas y de los cruces entre las artes y la ficción.    

Su mirada caída era la de alguien que venía, una vez y otra, de contener apenas la emoción tras una relectura. O quizá era simplemente ese efecto de lagrimeo que produce subir y bajar colinas en bicicleta, en un clima toscano más desparejo y menos confiable que su paisaje. Los ojos del precoz veterano y ciclista ocasional Mario Praz, con sus párpados a media asta, quizá estaban en duelo permanente por la pérdida de gustos y estilos –en arte, en literatura– que creía irrecuperables. Ese anhelo había vuelto coleccionista –de cuadros, objetos, ejemplares– a quien se acusaba de poseer el “malocchio”, de ojear voluntaria o involuntariamente a quien mirara fijo.
Lo cierto es que Praz tenía una visión certera tanto para el detalle como para lo panorámico; lo demuestran las piezas de su casa (hoy el Museo Praz de Roma) y los párrafos de sus trabajos de apariencia más enciclopédica, igual que su largometraje en dos tomos sobre literatura inglesa. Una ilación simbiótica, constante, entre el matiz microscópico y el plano general. Mientras estudia al pintor Fuseli, anota: “Una época no sólo se juzga por lo que produce, sino también, y quizá más aún, por lo que valora, y sobre todo por lo que revaloriza del pasado. Porque hay genios supremos y también maestros menores… No son éstos los índices del gusto, sino los excéntricos cuya cotización, para decirlo en términos bursátiles, sufre violentas oscilaciones”.
Praz era de los que mantienen el pasado cerca, la compañía de una sombra orientativa. Parece de otra era, y sin embargo en sus cruces geográficos –los parentescos literarios entre Italia e Inglaterra– y en sus posicionamientos temáticos –el paralelismo entre literatura y artes visuales, por caso– anticipaba una actualidad que nunca terminará de poner su reloj en hora. Sus admirados son sus mecenas, los auspiciantes de su escritura. El pacto con la serpiente reúne textos sobre E. A. Poe, Vernon Lee, Max Beerbohm, Baron Corvo, los Rossetti, Swinburne, John Ruskin, Walter Pater, Oscar Wilde, Walter de la Mare, Gabriele D’Annunzio, Marcel Proust.
Alguno dirá que son salones sin aire acondicionado (como los que Praz describe amorosamente en La casa de la vida). El elenco evidencia su afición por lo descentrado y extravagante, que nunca lo corrió de su ecuanimidad valorativa. La disparidad de gustos en un crítico puede resultar letal para quien empieza a admirarlo, o una muestra de generoso ecumenismo (que termina revelando una secreta armonía articulada). Una de las características más seductoras de Praz es la manera en que coloca en la balanza fortalezas y debilidades de un autor. No desconocía que entrar en la matriz mental de un escritor es entrar, también, en lo que éste consentía como omisiones o vacíos deliberados.
Para mejor, la exigencia de Praz no estaba desprovista de ironía y aun de comicidad: “La máquina lógica de Poe poseía su propia nobleza, y no hay que pensar en las novelitas policíacas de hoy, que ocupan un lugar parecido al que corresponde a los reconstituyentes y a las pociones que los farmacéuticos preparan para restablecer el equilibrio de las solteras insatisfechas”. Y tenía en grado sumo lo mínimo que se le exige a un crítico: delicados y gratos modos de elogiar. En el estilo de Walter Pater subrayó “el ritmo lento de sus periodos, apenas variado por bruscas transiciones del pasado al presente histórico, los profundos repliegues de sus frases, los incisos, los movimientos a simple vista más retorcidos y envarados, todo ellos e ve arrebatado por la onda de una música envolvente y cautivadora, que apenas se desprende de un fondo ininterrumpido de bajo continuo, de un lamento profundo como el del mar”.
Quizá fue la posesión de una susceptibilidad tremendamente prolífica (que reacciona por uno, son demasiado rápidos sus reflejos) la que logró que Praz permaneciera siempre atento a los vaivenes de una reputación, dentro y fuera del país de origen de un escritor. Indicó que “un autor es popular en la medida que se presta para ser interpretado en los términos de una moda actual”. A propósito del auge de Maquiavelo señaló “en qué medida la difusión de un escritor es propulsada no sólo por su genio sino también (uno casi podría decir: primero que todo) por el entusiasmo del que goza su país entre extranjeros en su época”. No dejó de advertir un recurso todavía útil, dormido: “Sería interesante tratar de establecer una clasificación extranjera de los escritores de cada país”.
Es curioso: mientras buena parte de los intelectuales y académicos argentinos del siglo XX se arrodillaban ante astutos y volátiles cráneos franceses, ignoraban alegremente a pares italianos de noble madera: Giovanni Macchia, Gianfranco Contini, Emilio Cecchi, Cesare Garboli, Cristina Campo, Giorgio Manganelli, Paolo Milano, el mismo Praz. Hay algo inasible en críticos como ellos, de calidad fácil de detectar y difícil de delinear. “Ese no sé qué ondulante”, sugería Praz, que nunca tiene prisa (cita largamente) y su paciencia se nota incluso en textos breves. Acaso un gran crítico es alguien que se dice a sí mismo, como en una plegaria: no tengo sueño, y no tengo apuro.
El pacto con la serpiente, Mario Praz. Trad. J.R. Monreal. Acantilado, 661 págs.
https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/mario-praz-veleidad-gusto-propio_0_ZHHrZJnsM.html


Mario Praz (1896-1982). Nacido en Roma, catedrático en las Universidades de Liverpool y Manchester, Caballero del Imperio Británico y Doctor Honoris Causa por las Universidades de Cambridge y la Sorbona, Praz fue un especialista en arte y literatura. De su extensa bibliografía cabe destacar Gusto neoclásicoLa casa de la vida, y La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica (Acantilado, 1999).