El autor polaco analiza los populismos actuales, la polarización, la eficacia y los errores de los mecanismos electorales. A veces, dice, les demandamos demasiado. 

Aún hay 68 países que no conocen el cambio de gobierno a través de una elección, dice Adam Przeworski. Foto: María Eugenia Cerutti


La primera elección que se hizo en la historia para definir representantes por un período limitado fue en 1788. Desde entonces, en el mundo las personas han votado unas tres mil veces, aunque algunos países –para ser más precisos, 68–nunca experimentaron un cambio de gobierno a través del sufragio. ¿Por qué le pedimos tanto a la democracia entonces?, se pregunta Adam Przeworski en su último libro, una suerte de genealogía que nos habla de un fenómeno que, en realidad, es bastante joven y al que, sin embargo, parece demandársele demasiadas cosas. Publicado por Siglo XXI, el ensayo ¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones? Pequeño manual para entender el funcionamiento de la democracia arroja un sinfín de ejemplos históricos y observaciones de diversos estudios, con los que el politólogo polaco vuelve sobre el problema de la democracia, desandando lugares comunes y viejas prescripciones. Las preguntas que asoman son varias. ¿Constituyen las elecciones la mejor alternativa que tenemos? ¿Se puede fortalecer la legitimidad de los sistemas representativos? ¿Qué esperar, y que no, de un régimen democrático?¿Es acaso nuestra única opción? Profesor de la Universidad de Nueva York y autor de numerosas publicaciones sobre el tema, Przeworski aceptó conversar con Ñ desde París sobre estas cuestiones y otras que aparecen como correlatos necesarios, desde el problema del fraude o las dudas sobre el voto electrónico, hasta la incertidumbre que a veces parece imperar después del resultado, cuando el nombre del “candidato favorito” no es el que arrojan las urnas.
–Retomo el título del libro que, por lo menos en la edición en español, es bastante provocador. “¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?”.
–En realidad es la traducción del título original, Why bother with elections… En el libro parto de una premisa, creo que hay que tomarse las democracias como son. Frente a esto, me pregunto para qué sirven las elecciones. Lo que hago entonces no es ni más ni menos que intentar responder esta pregunta con las variables que la atraviesan, desde el tema de la toma de decisiones hasta sus posibles efectos en la desigualdad y en los procesos de desarrollo, o en el manejo de los conflictos sociales.

Las mujeres votaron en la Argentina por primera vez en 1951: fue un verdadero hito democrático.
Foto: AGN
Las mujeres votaron en la Argentina por primera vez en 1951: fue un verdadero hito democrático. Foto: AGN
–La pregunta entonces sería, ¿sirve la institución electoral por sí sola para garantizar un régimen democrático?
–Creo que hablar de “garantizar” es demasiado decir. Lo que podemos afirmar es que, bajo determinadas condiciones, las elecciones nos permiten justamente eso: manejar varios tipos de conflicto de una manera pacífica. Creo que esa es la virtud más grande que tienen las democracias. Y si bien es cierto que este mecanismo no siempre funciona muy bien, hoy en día hemos logrado convivir con la democracia de una manera rutinaria.
–Sin embargo, el desencanto también parece crecer. En el libro, sin ir más lejos, cita una encuesta donde un gran número de personas reconoce que ya no la considera “tan esencial”.
–A ver, después de las dictaduras aquí, en Latinoamérica, se pensaba en la democracia como una situación idílica. Pero casi inmediatamente, ya en 1987, Guillermo O’ Donnell advirtió en un ensayo que esta situación no era tan así. Yo no pienso la democracia en los términos que la explicaba Alfonsín, como algo que da cosas porque, en primer lugar, la democracia está limitada por las condiciones sociales y económicas de una sociedad, y no es muy efectiva para cambiar esas condiciones. La historia nos demuestra la imposibilidad de las democracias para reducir desigualdades. En este sentido, creo que tuvimos esperanzas exageradas y aprendimos que la democracia no puede todo, o mejor dicho no puede mucho. Lo que sí considero como un valor esencial de ella es que podemos tener conflictos sociales que no se traducen en violencia.
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–Justamente cita a O’Donnell, que hacía una lectura bastante crítica a través del concepto de “democracia delegativa”. Usted también se pregunta la cuestión de la representación. En países con escenarios tan polarizados, como sucede por ejemplo en la Argentina o en Brasil, ¿cómo se pone en juego este concepto?
–Vivimos en sociedades divididas, con conflictos económicos, de clase, o étnicos. No podemos esperar que todo el mundo quede satisfecho con un resultado electoral. En varias de las presentaciones del libro le pregunté al auditorio cuántos habían votado al gobierno que ganó, y el 50 por ciento respondió que no. Después redoblé la apuesta, y pregunté cuántos de los que lo votaron, estaban satisfechos, y realmente eran unos pocos. Es decir, es muy común que la mayoría generalmente no esté satisfecha. Pero justamente si pensamos en términos democráticos, tenemos que tomar este rasgo como algo normal. Claramente hoy estamos viviendo un clima de polarización más grande que en el pasado, o lo que es más preciso, una polarización planteada de manera distinta. Desde ese punto de vista, vivimos una época bastante difícil. Pero entonces tenemos que tomar esa condición, no como algo negativo, sino como un punto de partida.
–¿Podemos afirmar que cuánto más antagonizada está una sociedad, menos efectivo puede ser el proceso electoral?
–Es que para que funcione, la mayoría tiene que respetar los derechos y los intereses de la minoría, y la minoría tiene que admitir eso que la mayoría decidió y que es diferente. La polarización tiene dos aspectos que la gente no distingue. Por un lado, la distancia que existe entre lo que los diferentes grupos quieren y, por otro, cómo se vincula la gente que quiere cosas distintas. Esta segunda dimensión es muy importante y, sin embargo, no suele tenerse en cuenta. Antes, cuando la dimensión de conflictos era la dimensión de clase, había enormes diferencias pero existía una comprensión de que era necesario hacer compromisos. Ahora, varios datos indican que estas divisiones se plantean en una dimensión más individual, y ahí está el problema.
–¿Esta dispersión sirve para explicar la emergencia de figuras como Donald Trump, que en realidad no responden en muchos aspectos a la identidad política que representan?
–Sí, totalmente. Los sistemas tradicionales de partidos se están fragmentando en varios países, también pasa en Europa occidental. Antes, en casi todas las democracias teníamos un partido de centro-derecha y uno de centro-izquierda. Ahora, la socialdemocracia ya casi no existe, y aparecen partidos nuevos. El sistema institucionalizado como mecanismo de transmisión de intereses, de deseos y de valores se debilitó muchísimo, y entonces aparecen personajes como Trump o Bolsonaro. Es decir, regímenes populistas en el sentido de que plantean una relación directa entre ese líder y el pueblo, sin que medien otras construcciones.
–En una nota de hace ochos años ya advertía cómo “la política se estaba electoralizando”…
–Pero no lo afirmaría actualmente. Es decir, en un sentido sí es cierto que las campañas no paran nunca. Tenemos una elección y a las dos semanas los partidos ya están pensando en las próximas elecciones. Pero, por otro lado, con esta aparición de nuevos partidos, la relación se hizo muy inestable, el escenario pasó a estar muy abierto.
–En el libro, nos recuerda además que en realidad estamos hablando de procesos que son bastante novedosos en la historia política…
–Sin ir más lejos, actualmente todavía hay 68 países que no han experimentado el fenómeno de un cambio de gobierno a través de una elección. Para Putin o instituciones como el Partido Comunista Chino no es algo aceptable, porque dejar el poder significa mucho, hasta un asunto de vida o muerte. Sencillamente, no pueden exponerse al riesgo de perder.
–¿Qué pasa en América Latina donde pareciera prevalecer una política refundacionalista? ¿Esto no desgasta al sistema político?
–Creo que las elecciones sirven para que la gente tenga oportunidad de validar el proyecto de un gobierno. De hecho, es la demanda tradicional de todo populismo, tener elecciones frecuentes. Cuando se discutía la Constitución norteamericana, los populistas anti-federalistas querían elecciones anuales.
–¿Y qué pasa con el fraude, cuán común es hoy?
–Hoy es menor de lo que se piensa, o mejor dicho no creo que sea frecuente para nada que una elección se defina por fraude. Hay un trabajo interesante de un autor colombiano, Eduardo Posada Carbó, donde se expone cómo el fraude no es algo que un gobierno puede implementar de manera sencilla, requiere de un mecanismo, hay que prepararlo. Por ejemplo, hoy hay muchas dudas sobre el voto electrónico, debates que son muy técnicos. Lo que me molesta o da miedo de ese sistema no es tanto que haya fraude como las posibilidades que ofrece para que los perdedores acusen fraude.
–¿A qué se refiere?
–Al no haber mecanismo de validación, cualquiera puede poner en duda luego el proceso. Creo, en este sentido, que el voto electrónico deslegitimiza las elecciones.
–En conclusión, la pregunta entonces no pasa tanto por cuánto nos puede dar la democracia sino más bien si existe otra alternativa…
–(Suspira) Es un asunto muy difícil. En este momento, hay muchos países donde existe cierta reivindicación de una transformación institucional o se analizan qué cambios pueden implementar para dar más voz a la gente. Sin embargo, muchas veces la gente focaliza su falta de satisfacción en otras cosas responsabilizando a un gobierno o al propio sistema. Tomemos el ejemplo del “movimiento de chalecos amarillas” en Francia, se quejan absolutamente de todo. Y lo peor es que es un movimiento destinado a agotarse, porque no ha encontrado su institucionalización política.
–Una de las cuestiones en las que se detiene a reflexionar es en el lugar que debe tener una oposición para fortalecer un proceso democrático y no volverse mero obstáculo…
–Bueno, en Francia este movimiento ha tenido eso sí un impacto profundo y forzó al gobierno a pensar su proyecto original. Creo que la gestión de Macron deberá responder con reformas institucionales. El problema en términos más generales es que hoy los sistemas políticos están tan desestructurados que en muchos países ni siquiera existe una oposición claramente organizada y entonces, retomando lo que planteábamos al comienzo, se plantea una gran pregunta para las democracias. En definitiva se trata de pensar eso, ¿hasta dónde el sistema funciona para organizar conflictos?
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Adam Przeworski , nacido el 5 de mayo de 1940 en Varsovia (Polonia), es un profesor de Ciencia Política y uno de los principales teóricos y analistas de temas relacionados con la democracia y la economía política. Actualmente tiene nacionalidad estadounidense y ejerce de profesor titular en el Wilf Family Department of Politics de la Universidad de Nueva York.
Przeworski se graduó en la Universidad de Varsovia en 1961. Poco después se trasladó a los Estados Unidos, donde recibió su Doctor Philosophiae en la Universidad de Northwestern en 1966. Fue profesor en la Universidad de Chicago, donde fue galardonado como profesor de distinguido servicio con el título de Martin A. Ryerson. También ocupó cargos de visita en la India, Chile, Reino Unido, Francia, Alemania, España (Instituto Juan March) y Suiza. Desde 1991, Przeworski ha sido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias y en 2001 compartió el Premio Woodrow Wilson por su libro Democracy and Development. En 2010 fue galardonado con el Premio Johan Skytte por "elevar los estándares científicos con respecto al análisis de las relaciones entre la democracia, el capitalismo y el desarrollo económico". Hasta la fecha, es autor de 13 libros y numerosos artículos.
Przeworski fue además miembro del Grupo de septiembre de los marxistas analíticos, pero abandonó el grupo en 1993

Obras en español

  • El proceso de formación de clase (polémica, con Hornero Saltalamacchia), Universidad Autónoma Metropolitana, 1984.
  • Socialismo y democracia: un análisis histórico, PSOE, 1984
  • Capitalismo y socialdemocracia, Alianza, 1988
  • Democracia y Mercado, Cambrdge University Press, 1995.
  • Qué esperar de la democracia: límites y posibilidades del autogobierno, Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2010.


El año que más cerca estuvo Haruki Murakami de obtener el Premio Nobel de Literatura, según encuestas a nivel internacional, fue 2012. Pero si en algo no ha tenido suerte Murakami es en los grandes premios… ni siquiera el Akutagawa, ostentado por prácticamente todos los autores prestigiados de Japón. Poco antes de darse a conocer al ganador de aquel año, estalló el conflicto entre Japón y China por la posesión de tres de las islas Sensaku (Diayu, para los chinos), que por su ubicación geográfica corresponden a ambos países. Los chinos reaccionaron con inusitado enojo ante la resolución de sus vecinos de comprar dichos territorios, armónicamente habitados por chinos y japoneses, y su respuesta fue incendiar cuanto Toyota, Honda y Subaru le saliera al paso en las calles de Beijing. Aún caldeados los ánimos por la designación de Liu Xiabo como Nobel de la Paz en 2010, que produjo una fuerte crisis política, concretamente entre China y Noruega, con quien los chinos estuvieron a punto de romper relaciones comerciales, la veleidosa Academia Sueca se lo concedió al chino, políticamente correcto (no uno de tantos exiliados como Gao Xingjian, que radica en París y escribe en francés) ¡y desprevenido! Mo Yan. Radio Francia Internacional hizo público el secreto a voces de que aquel inesperado y estratégico canje de ganadores tenía la finalidad de apaciguar los ánimos de los chinos.
Y como si leyera la mente del lector: ¿qué más da si Murakami gana el Nobel o no? A Borges tampoco se lo dieron… y la lista es infinita, pero cito concretamente a Borges porque Murakami se ha reconocido admirador suyo, por mucho que insistan en compararlo con Gabriel García Márquez, cuyo único vínculo real es que mientras en Occidente el japonés cuenta con su más nutrido grupo de admiradores, sus paisanos lo son del colombiano.
Murakami recargado

Pero al grano: publicada por Tusquets recientemente, la más reciente obra de Haruki Murakami, dividida en dos tomos, La muerte del comendador no es, como afirman sus reseñistas, la mejor de sus novelas (por lo que a mí respecta, la mejor sigue siendo Kafka a la orilla, seguida de cerca por la también entregada en dos tomos 1Q84), pero nos presenta a un Murakami, por así decirlo, recargado, que si no fuera porque no luce resentido en lo absoluto, y ha proclamado a los cuatro vientos que el Nobel lo tiene sin cuidado, no así el Akutagawa, haría sospechar que se trata de su máximo acto de rebeldía. Los detractores del kiotense de setenta años (que tiene casi tantos detractores como admiradores, dentro y fuera de su país), la mayoría de los cuales carecen de nociones de literatura japonesa, no digamos de la cultura, pretende exhibir a Murakami como un autor “de fórmula”, reciclador del “realismo mágico”, pretencioso, indigno de representar a la cultura japonesa (un autor que aspire a representar a la cultura de su país, en estos tiempos, está perdido)…. ¡A Vargas Llosa no le gusta Murakami! (“Me parece frívolo y superficial”).
La muerte del comendador –que desde el título, tomado de la ópera Don Giovanni, de Mozart, puede incitar críticas por la “obsesión occidental” de Murakami, que es la misma de cualquier japonés– tiene un solo yerro: a diferencia de 1Q84, cuyo primer tomo nos deja anhelando la continuación, no sin dejar atados algunos cabos, el primer libro de La muerte…., que apareció en noviembre, tiene un cierre intempestivo, como cercenado en forma arbitraria. No me dejó “esperando más” como 1Q84; incluso llegué a preguntarme si los editores españoles habían optado por simplemente partirla a la mitad. Pero el libro 2 me hizo olvidar mi contrariedad, en particular porque el autor tiene la delicadeza de recordarnos, a través de flashbacks, varios deja-vu o reiteraciones, lo acontecido en el primero. El protagonista narrador sin nombre es un poco convencional retratista, pese a que el simple hecho de ser “pintor de retratos” en la era Instragram parece una extravagancia. Él requiere de profundizar en la psique de sus clientes antes de proceder a plasmarlos, de manera que los propios modelos reconocen no sólo sus facciones, sino también aspectos de su alma en los que no habían reparado. Al pintor le gusta su trabajo, pero lamenta no poder dedicarse a crear “verdadero arte”. En medio de esta crisis vocacional, su esposa, Yuzu, con quien lleva una buena relación en todo sentido, lo coge por completo desprevenido al confesarle que se ha enamorado de otro hombre. No quiere engañarlo y prefiere el divorcio. Al cabo de unos minutos, el joven pintor se encuentra conduciendo sin rumbo definido, pese a llegar a un acuerdo más que civilizado con Yuzu. Entonces su mejor amigo le hace una oferta imposible de desairar: instalarse por tiempo indefinido y sin pagar renta en la que fuera casa (o refugio) de su padre, el enigmático pintor Tomohiko Amada, de quien se cree que abandonó su oficio tras un traumático suceso familiar, y languidece en una residencia para ancianos. El pintor, hombre cauteloso, educado, prototipo del japonés promedio, solicita permiso de su amigo para disfrutar de la gran colección discográfica del otrora gran artista –la música: elemento omnipresente en la narrativa del Murakami melómano–, compuesta en su mayoría por óperas, género al que el joven pintor, no tan versado en el tema como el autor, empieza a aficionarse. Sucesos extraños, más atribuibles al destino que a la magia, no tardan en incorporarse al gran rompecabezas. La súbita aparición de un fascinante vecino, un hombre atractivo y elegante de cabello completamente blanco con un nombre extraño, incluso para los japoneses, Menshiki, aparece ante su puerta solicitando un retrato. El pintor, que en su esfuerzo de dejarlo todo atrás ha renunciado a continuar haciendo retratos para consagrarse a la enseñanza y a su propia pintura, termina aceptando no tanto gracias a la formidable cantidad que se le ofrece, sino a una irrefrenable curiosidad hacia ese hombre gentil que podría esconder tanto como la caja de Pandora. Es gracias a sus extensas charlas con su imprevisto modelo, que además de hablarle sobre sí mismo conoce al dedillo la historia atrapada en aquella casa, que el pintor comete su primera indiscreción al buscar en el sótano la obra maestra desconocida de Tomohiko Amada y se topa con una sangrienta recreación de la muerte de Don Giovanni, que involucra personajes con ropajes y peinados del período Asuka. Lejos está el pintor de suponer que, al instante de destapar aquel cuadro que yace en el último rincón de la lujosa casa, desencadenará una serie de sucesos curiosos –tratándose de japoneses me cuesta trabajo calificarlos como “paranormales”, porque si una cultura está familiarizada con los fantasmas es la nipona–, que incluyen el sonido de una campana que alguien hace sonar cada día, en punto de las dos de la madrugada; la aparición de seres pequeños que forman parte de la escena plasmada por Amada –y traen a la mente a las “personitas” de 1Q84–, y otra extraña solicitud de Menshiki con respecto a inmortalizar en un retrato a una jovencita de nombre Marie que, sospecha, es su hija biológica, y quien adquirirá gran relevancia en el Libro 2.
A japonizar Occidente

Entre los “defectos” que sus detractores encuentran en Haruki Murakami, está el de ser “presuntuoso” por ostentar sus lecturas “occidentales” y sus conocimientos musicales. Cualquier autor echa mano a temas que domina, y algo que caracteriza a literatos y mangakkas es introducir asuntos de carácter universal en sus obras. Quien critique a Murakami por poner a sus personajes a comentar sobre literatura rusa o estadunidense, no ha leído a Mishima (subyugado por la literatura francesa), ni a Oé, ni a la maravillosa Yoko Ogawa y su obsesión por Anna Frank. En La muerte del comendador se recurre a un libro de Akinari Ueda (1734-1809), Cuentos de lluvia de primavera, para encontrar una posible explicación a la campana de las dos de la mañana, y cuya localización reavivará, junto con la interpretación de la pintura, el doloroso pasado del gran pintor Tomohiko Amada.
Creo, en todo caso, que Murakami nos ha japonizado a varios occidentales.

http://semanal.jornada.com.mx/2019/03/17/haruki-murakami-y-la-irracionalidad-de-la-belleza-8987.html

Historia del crimen
En su biografía Al Capone, Deirdre Bair recupera la leyenda del mafioso que mata por dinero, pero con la coartada de proteger a la familia. Escrita con rigor y atenta a la reconstrucción anecdótica, la autora también analiza el impacto de lo italiano como una influencia extranjerizante en el capitalismo norteamericano.

La mafia cautiva más de lo que repele. La fascinación que todo el mundo presenta por películas como El padrino o series como Los Soprano responden tanto a la buena factura, mérito de sus directores y productores, como a la construcción y recuperación del mito del mafioso que tanto ha sorprendido al mundo occidental, mejor, al mundo todo. Nadie escapa a esa especie de encanto que rige sobre la mayoría la presencia de figuras como Vito o Michael Corleone, o como Tony Soprano en la gran o pequeña pantalla; la misma que en su momento supo convocar Antonio “Tony” Camonte, el personaje que en la original Scarface (1932), de Howard Hawks, terminó por convertirse en el primer intento de llevar la vida del gángster más conocido de todos los tiempos al cine. Claro, hablamos de Alphonse “Al” Capone, también conocido con el sobrenombre de “Scarface” por una cicatriz que trataba de ocultar en el rostro, y por ser el responsable de una de las asociaciones delictivas más importantes de la historia de la humanidad. La biografía de Deirdre Bair, Al Capone: Su vida, su legado, su leyenda, es un largo trabajo que busca dar testimonio tanto de la leyenda y su influencia como de su vida basándose, sobre todo, en los testimonios de sus herederos. Aunque, para hablar de Capone, bien habría que decir: sus sobrevivientes. 

El libro retrata, en primer lugar, la dura realidad de los inmigrantes italianos en New York, lugar en donde nacería Capone, hijo de Gabriele y Teresa. El padre, un barbero que trataba de ayudar a sus compatriotas, es casi el resumen del arduo trabajador que viene a hacerse un lugar dentro del sueño americano. De sus numerosos hijos, tres se dedicarían a los negocios turbios: Ralph “Bottles” (“Botellas”) y Frank, junto con Al mismo, claro. Frank moriría antes del ascenso meteórico de su hermano, mientras que Ralph lo acompañaría como figurilla de fachada que buscaba blanquear los negocios oscuros de Al, organizando una empresa embotelladora tanto de bebidas  con y sin alcohol. Esto último, ya entrando en el territorio de la ilegalidad, a partir de la Ley Volstead, mejor conocida como “Ley seca”, promulgada en 1919. Esa prohibición llevaría a que el crimen organizado se hiciera cargo de un negocio millonario, catapultando a Al Capone, que pasó de ser un hombre bastante torpe, bruto, que le gustaban las fiestas y las peleas, a ser la cabeza principal de un negocio que valía varios millones de dólares anuales en su momento (un número que hoy, perfectamente, puede compararse con los negocios que mueven miles de millones). 

De la leyenda que implica el nombre de Capone, Bair parece moverse en tres registros muy específicos: por un lado, hace el clásico juego de mostrar a la despiadada cabeza criminal como un hombre de familia, preocupado siempre por su esposa y su hijo, Sonny. Por el otro, insistir en la idea de que ese imperio criminal era un negocio por demás rentable, con una estructura que hasta fue estudiada por expertos de Harvard, todo con el fin de entender las estrategias de negocios de “Scarface”. Y, finalmente, esa densa fascinación por un espíritu que poco tiene que ver con los mandatos morales del mundo norteamericano. Y ahí reside el punto más interesante de esta biografía que, si bien se encuentra repleta de datos, no deja de moverse en muchas ocasiones en el territorio de la anécdota, ya sea recuperada por un familiar todavía vivo o a los fines de mostrar los rasgos del carácter de Capone. 

Bair no deja de ser una digna representante del espíritu biografísta “Wasp” (blanco y protestante), intrigada por el mundo de lo italiano, situado en el corazón mismo de New York y Chicago, dos de las ciudades más importantes del país del norte. Constantemente está tratando de ingresar y entender comportamientos del mundo mafioso y de la cultura de los italianos inmigrantes en sí: la protección de la familia como núcleo de organización, la construcción de un sistema económico basado en reglas puntuales de honor, fidelidad y hasta respeto por los modos de administración de la violencia, etc. La cultura norteamericana, en su afán de comprensión, parece mirar azorada a la bestia europea que trata de hacerse fuerte, condenando su violencia, sin revisar sus propios modos puritanos de organización, que van desde la fantochada histórica de la citada “Ley seca” hasta los desastres en política internacional que la suelen caracterizar, ya desde ese momento. Se asquean por la violencia frontal y organizada de los “mafiosos”, pero no tiemblan en bombardear territorio civil en una guerra cualquiera, digamos. Leer a contrapelo esta biografía es descubrir, también, cómo el mito “Capone” es tanto motivo de atracción y repulsión para esa idea de lo italiano en Norteamérica como la contrapartida dialéctica de los propios modos de la violencia estadounidense: moviéndonos en el tiempo, la de las bombas nucleares a distancia, la del dron, la del magnicidio orquestado por la CIA, y un largo etcétera. 

Por qué sigue siendo necesario hablar de Al Capone? En lugar de conformarse con esa fetichización recurrente por parte de la industria cultural norteamericana del Pater Familias que cuida con violencia a los suyos, habría que ver qué tipo de síntoma es esa idea de “mafia” en el seno de la cultura norteamericana. Qué revela, en espejo, acerca de su violencia. Es interesante pensar que, mientras el mafioso dominaba el imaginario de lo italiano en el Estados Unidos de comienzos de siglo XX, el “cocoliche” operaba con fuerza en lo que va de finales del siglo XIX a comienzos del XX en nuestro país. Los dos son retratos complejos, y hasta injustos, de una realidad: la de la inmigración de italianos necesitados de un nuevo mundo, de nuevas formas de sobrevivir, en un período poco amable para los que no tenían recursos. Retratados como violentos o como brutos, pareciera ser que aún hoy insisten esos modos de representación que a veces fascinan más de lo que llevan a reflexionar. Si el espíritu oligárquico de finales del XIX construyó a la figura popular del “cocoliche”, ¿qué tipo de ideología se enfrascó con Il capo sanguinario que todo parece hacerlo por el bienestar de los suyos? Al Capone, de Deirdre Bair, es un libro que conformará al que busca datos sobre la vida de uno de los mafiosos de mayor renombre, sin dudas: Capone, Corleone, Soprano, hasta Montana. Pero, también, es una puerta posible para pensar las operaciones mitológicas del espíritu capitalista norteamericano, sus propias tradiciones, espejadas, que respiran en cada retrato de lo italiano.


Al Capone: Su vida, su legado, su leyenda Deirdre Bair 544 páginas Anagrama

Debora Campos

Publicó su novela Fóllame a los 25 y fue censurada, prohibida, amada. Teoría King Kong, un ensayo biográfico, se anticipó al grito colectivo contra el patriarcado y se convirtió en contraseña y bestséller. Hoy integra la Academia Goncourt y se reeditan sus libros. 

Teoría King Kong, un ensayo biográfico, se anticipó al grito colectivo contra el patriarcado y se convirtió en contraseña y bestséller.

Un eccema en todo el cuerpo la había empujado a la casa de sus padres para que la ayudaran a curarse. Pero ellos se fueron de vacaciones y la dejaron sola. Era 1992, tenía 23 años y hacía muchos que no vivía con su familia. Era alcohólica, solo conseguía trabajos marginales que combinaba ocasionalmente con la prostitución para sobrevivir. De manera que ese mes, mientras la dermatitis iba desapareciendo, ella, Virginie Despentes, escribió su primera novela, Baise-moi (Fóllame, en la traducción al español de Madrid). El libro es duro: dos mujeres jóvenes, que se parecen a la autora en un juego de espejos que deforman y reflejan, escapan después de asesinar a alguien. Una es una prostituta. La otra, una actriz porno. Y la huida fue muchas veces comparada con la de Thelma & Louise, la road movie de Ridley Scott. Pero los personajes de Manu y Sabine no tienen nada de Susan Sarandon o Geena Davis. Están rabiosas y devuelven violencia contra la violencia. Fóllame está escrito desde las tripas de una veinteañera francesa harta de todo. “Para la crítica fue un shock descubrir que estos pensamientos sobre el sexo podrían salir del cerebro de una mujer. Era demasiado para ellos”, dice ahora, casi 30 años después de aquello.
Pero antes de que los comentaristas tuvieran ocasión de leerlo, el libro fracasó. Fracasó en serio. Desde la casa tomada en la que vivía en París después de abandonar a sus padres, después de ser internada en un psiquiátrico en la adolescencia y de ser violada, Despentes intentó publicarlo. Hizo copias pero nueve editoriales la rechazaron. Sin embargo, las versiones de su manuscrito conocían un éxito singular: pasaban de mano en mano entre sus amigos del ambiente post-punk. Uno de ellos fue el enlace con un editor. Fue un boom. Generó pasiones, odios y escándalos en igual medida. Sexo, violencia, mujeres y una autora punk marginal salvada de la droga y la prostitución por la literatura. Porque el sistema literario francés, frente a tanta intensidad, necesitaba de una moraleja.

La escritora francesa Virginie Despentes autora de la trilogía "Vernon Subutex", durante una entrevista con Efe.
La escritora francesa Virginie Despentes autora de la trilogía "Vernon Subutex", durante una entrevista con Efe.
Pero a Virginie Despentes las moralejas la agobian. Y lo dejó en claro en cuanto los medios se acercaron a entrevistarla. “No veo diferencia entre prostituirme y someterme a las preguntas de los periodistas”, exageró. Era una chica dura. Lo sigue siendo. A pesar de que vende miles de libros, de que dirigió la versión cinematográfica de su primera novela en dupla con la actriz porno Coralie Trinh Thi, a pesar también de que integra desde 2016 la Academia Goncourt (la crème de la crème literaria francesa que cada año catapulta a la fama mundial a un premiado), y a pesar, incluso, de que el año pasado, finalmente, se compró un departamento. A los 49 años. En el camino, desde los 30 dejó de tomar y es lesbiana.
Fóllame llegó esta semana a las librerías argentinas, reeditada por Penguin Random House, junto al ensayo feminista que la volvió bestséller mundial: Teoría King KongSu trilogía completa Vernon Subutex también será parte del corpus en los siguientes meses. De esta manera, la obra de Despentes se podrá conseguir en el país tres décadas después de su lanzamiento pero con una actualidad sorprendente.
Despentes reside en París pero va seguido a Barcelona: prefirió responder las preguntas de Ñ en castellano y por escrito. Y aunque sus explicaciones conservan la estructura de su francés nativo, el salvajismo de su expresividad cruza las fronteras de cualquier lengua: “Tenemos que abrir centros de aborto en cada calle. Que los heteros se esterilicen masivamente. ¿Siete mil millones de esta mierda de humanos? Hay que pararlo urgentemente”, anota.
Fóllame irrumpió con una temática y una música muy disruptivas para la sociedad francesa de los años 90. ¿Por qué el aspecto político de la novela fue tan poco comentado y todo parece reducirse al sexo?
–Creo que es porque soy mujer. Cuando publiqué esta novela, yo era joven y a la crítica literaria no le parecía esperable que una mujer tuviera opinión política. Sobre todo, si no había pasado por la universidad. Por todo eso, fue un shock imaginar en aquel momento que estos pensamientos sobre el sexo podrían salir del cerebro de una chica. Era demasiado. También hay que considerar que la gran mayoría de las críticas y entrevistas fueron hechas por cerebros masculinos. Y he observado que cuando se trata de sexo, la luz desaparece de los cerebros de los machos. No quieren oír hablar de sus propias prácticas. Y aún menos verlas desde el punto de vista de una autora. Es por eso que el silencio de la prostituta es fundamental. De todos modos, cuando escribí el libro, yo no pensaba en el lado escandaloso o sexual. Estaba en ese momento muy centrada en una rabia proletaria, y muy consciente de lo que me pasaba. En Fóllame intento describir un mundo donde cuidarte es imposible porque la violencia económica y política te pesa demasiado y te come la imaginación hasta el punto en que la única respuesta posible es un baño de sangre y de nihilismo. Lo más difícil, tal como lo pienso en el libro, es asumir que no puedes tampoco cuidar a los que amas. Los ves caer uno detrás de otro. Y eso es lo que te hace perder la dignidad.

"Cuando publiqué esta novela, yo era joven y a la crítica literaria no le parecía esperable que una mujer tuviera opinión política. Sobre todo, si no había pasado por la universidad", dice Virginie Despentes.
"Cuando publiqué esta novela, yo era joven y a la crítica literaria no le parecía esperable que una mujer tuviera opinión política. Sobre todo, si no había pasado por la universidad", dice Virginie Despentes.
–También su ensayo Teoría King Kong causó un enorme impacto. Era el año 2006 y la obra fue presentada como un “manifiesto del nuevo feminismo”. ¿Ese nuevo feminismo ya llegó?
–En la época de Teoría King Kong, se hablaba de la cuarta ola feminista. Supongo y espero que lo que llega hoy en día sea más un tsunami internacional que otra ola más. Y lo espero porque, si se tratara solamente de una ola, el backlash será fatal, mientras que un tsunami no dejaría nada de las viejas creencias, imposibilitando la venganza.
–En ese libro usted señalaba que los hombres también padecen el patriarcado. ¿Cómo es eso?
–Pues para empezar, trabajan para un orden patriarcal del que disfruta un determinado porcentaje de la población mientras que todos los demás son tratados como esclavos modernos. Los hombres se obsesionan con la autoridad y la autoridad no la tienen ellos: la tiene los grandes jefes de empresas o sus accionistas. Los hombres se someten a un orden que no es un orden justo y son capaces de morir para defender fronteras o valores que no son beneficiosos para ellos. Son los máximos tontos, se comen las migas de los poderosos y disfrutan en casa de una pequeña autoridad y de la posibilidad de la violencia doméstica. Eso no es una vida, es una sumisión absurda. Y por eso, por ser obedientes y cargar con lo que el patriarcado espera de ellos, aceptan mutilarse de la posibilidad de sentirse vulnerables, de la posibilidad de tener deseo propio. Es una lástima. Y lo siento mucho por ellos, que creen que luchan por sus propios intereses.
–A los 30 años dejó de beber y a los 35 abandonó la heterosexualidad para “transformarse en lesbiana”, según explicó. ¿Cuál de esas decisiones fue más difícil y qué resultado han tenido en su vida personal y profesional?
–Parar de beber es extremamente difícil. Abandonar la heterosexualidad es una fiesta. La ausencia de castigo en estos últimos diez años fue una fiesta deliciosa. Parar de beber es otro asunto, es un luto temible y una confrontación brutal contigo misma.

Virginie Despentes asegura: "El lesbianismo no te ayuda a entender mejor el feminismo, sino a ser feminista en la alegría".
Virginie Despentes asegura: "El lesbianismo no te ayuda a entender mejor el feminismo, sino a ser feminista en la alegría".
–¿El lesbianismo permite entender mejor el feminismo?
–El lesbianismo no te ayuda a entender mejor el feminismo, sino a ser feminista en la alegría. Lo veo mucho más difícil para las pobres heterosexuales que tienen que tener en cuenta sus propios problemas y además encargarse con toda la mierda de la masculinidad heterosexual, que es una catástrofe internacional extrema.
–¿Cómo es su vínculo con la maternidad?
–Afortunadamente no he tenido hijos. Ahora que tengo casi cincuenta años, me parece una catástrofe la experiencia de ser padres. Odio la estructura familiar. Odio el sentimiento de pertenencia que tienen los padres hacia sus niños. Odio la transferencia de neurosis de padres a hijos. Odio la manera en la que tener hijos te obliga a trabajar el doble para conseguir el dinero y tener una vida de mierda para mantenerlos porque nadie te ayuda para nada cuando eres padre. Y más que todo, odiaría tener ahora un adolescente en mi casa y decirle: “Este es el mundo en el que vas a vivir”. Es un mundo feísimo, brutal, absurdo, grotesco, violento, asesino. Es urgente que las mujeres y los hombres dejen de dar a luz. Y paradójicamente, nunca la idea de “ser padres” –y más específicamente de “ser madre”– fue tan glorificada. ¡Más de 7 mil millones de putos humanos! ¡Peor que las cucarachas! Agresivos, destructores, crueles. ¡Más de 7 mil millones! Y seguimos con la propaganda idiota de “qué maravilla dar a luz”. Qué horror.
–En su país, Francia, ha surgido un grupo de mujeres que publicaron un manifiesto en contra de algunas prácticas, como el escrache, y credos del movimiento MeToo: entre ellas, Catherine Deneuve y Catherine Millet. Ellas disienten en que toda mujer es, por definición, una víctima, y además alertan contra el puritanismo sexual que conllevan las denuncias de acoso. ¿Qué piensa sobre esas críticas?
–Lo más difícil para las francesas no fue la presencia en la lista de Catherine Deneuve y Catherine Millet: ahí estaba también la maravillosa Brigitte Lahaye, presentadora de radio y antigua actriz porno, y eso sí ha sido doloroso... No puedo decir que haya entendido muy bien el texto. Denuncian la sexofobia dentro del ámbito cultural y también que es más y más difícil escribir sobre pornografía o trabajar en películas con sexo explícito, fuera del gueto del porno. Sin embargo, no me pareció que las feministas tuvieran demasiado que ver con esta situación. Primero, lo analicé como algo propio de la clase alta. Eran todas mujeres heterosexuales, hijas y esposas de poderosos que venían a defender los derechos de los más poderosos y su derecho a abusar de sus poderes. Justo estamos en una época de Europa en la que los poderosos no soportan los límites. Al final creo que se trata también del temor. Estos hombres de clase alta piensan que merecen las más dóciles putas del mundo y así enseñan que tienen poder.

Virginie Despentes: "puedes vomitar tu odio en las redes sociales mientras no muestres una teta. Hay robots cazatetas...".
Virginie Despentes: "puedes vomitar tu odio en las redes sociales mientras no muestres una teta. Hay robots cazatetas...".
–Vivimos con la impresión de que impera una gran libertad sexual. Pero usted dice que “el problema es la sexofobia”. ¿A qué se refiere?
–Me refiero al hecho de que puedes vomitar tu odio en las redes sociales mientras no muestres una teta. Hay robots cazatetas... Como si fuera lo único capaz de poner en peligro el orden social. Tetas. Eso es sexofobia. Miedo irracional al cuerpo de la mujer y de la sexualización que conlleva. Me refiero al hecho de que miles de adolescentes han sufrido acoso online o en la vida real porque habían chupado una pija o se habían dejado grabar mientras cogían. Si hubiera una gran libertad sexual, seríamos incapaces en 2019 de llamar a una chica “puta” por tener deseos. Y sería impensable tratar mal a alguien porque le guste el sexo. La libertad sexual no puede pasar si no viene con una desestigmatización de la sexualidad de las calentonas, de las sinvergüenzas, de las que disfrutan de coger sin tener que justificarse con motivaciones románticas o reproductivas. No hemos salido de la sexofobia que ha caracterizado a los monoteísmos. Y no saldremos si no hacemos una revolución de género total, con la abolición de la idea misma de géneros.
–¿La joven que usted fue en sus comienzos literarios hubiera imaginado que se transformaría en miembro de la Academia Goncourt?
–No he sentido una metamorfosis radical cuando entré en ella. No me han invitado a formar parte del jurado para que cambiara lo que soy. Lo que me ha cambiado, y mucho, fue vender tantos libros con Apocalypse bebe Vernon Subutex porque hace casi diez años que la cuestión del dinero se convirtió para mí en una no-cuestión. He comprado, el año pasado, el departamento en el que vivo. Convertirme en propietaria, esto sí me ha cambiado mucho. Me da una sensación de tranquilidad económica profunda, que cambia todo mi sistema de pensamiento aunque no puedo dejar de ver que los refugiados se mueren literalemente en la miseria a doscientos metros de mi casa y eso hace que no me sienta cómoda con esta posición de nueva proprietaria. No sé lo que la joven que fui habría pensado de Virginie Despentes... Las escritoras me parecían muy lejanas. Pero me acuerdo que me parecía muy gracioso leer el Hollywood de Bukowski, cuando el pobre hombre empezaba a pensar en invertir para no pagar impuestos. Y no me parecía mal. Porque sus libros no habían perdido el tono. Espero no perder mi tono tampoco.

"Puedes hacerlo sin formación universitaria, pero te costará más. El trabajo de escritor pide disciplina, y ésta la aprendes en la universidad", dice Despentes.
"Puedes hacerlo sin formación universitaria, pero te costará más. El trabajo de escritor pide disciplina, y ésta la aprendes en la universidad", dice Despentes.
–En un mundo fuertemente institucionalizado, usted desarrolló una formación sobre todo autodidacta. ¿No sirven la escuela/universidad en la actualidad?
–Sirven un montón, sí. Puedes hacerlo sin formación universitaria, pero te costará más. El trabajo de escritor pide disciplina, y ésta la aprendes en la universidad. Es genial pasar tu juventud en los bares escuchando punk rock y hardcore pero no te prepara para nada en lo que respecta al trabajo de la escritura. La formación universitaria también te prepara para ser juzgada todo el tiempo y soportarlo. Y te enseña a respetar las estructuras de la autoridad, y a tragar las injusticias sin gritar como una rabiosa. Todo esto he tenido que aprenderlo muy tarde, y me cuesta.

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