Sabiendo ya de qué va el asunto ,me desocupé del argumento y me fijé en las pequeñas cosas que son en definitiva La Gran Belleza que buscaba el protagonista ,Gambardela ,pero que no había podido descubrir hasta que el aldabonazo de los 65 años le refrescan la memoria con esta frase importante: termina todo en la vida pero antes hubo vida. Y es en este sentido que me fijé en esa imagen , Elisa ,el primer amor de Gambardela ,a la luz de un faro en la costa adriática .Tuvieron que pasar muchos años hasta que este recuerdo recuperase su verdadera importancia y ahora es cuando curiosamente el escritor de una sola obra ,quizás se anime a escribir la segunda teniendo en cuenta que "la vida no se escribe,ni se cuenta,ni se fotografía ,se vive " y Gambardela está en el momento de escribir sobre la nada.
No se si Gambardela escribiría ese segundo libro pero Sorrentino sí que hizo en esta película una reflexión sobre la tragedia de vivir ,soportada a través del disimulo.
Tremendísima esta película

(http://www.forodecine.com/showthread.php/15768-La-Gran-Belleza)
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Sinopsis: Roma, un verano en todo su esplendor. Los turistas acuden en masa a la colina Janículo: un visitante japonés se desvanece al observar tanta belleza. Jep Gambardella (Toni Servillo) es un hombre atractivo y seductor irresistible, que te hace ignorar sus primeros signos de envejecimiento. Jep disfruta al máximo de la vida social de la ciudad. Asiste a cenas y fiestas chic, donde su ingenio y deliciosa compañía son siempre bienvenidos. Periodista de éxito y seductor innato, escribió una novela de juventud con la que consiguió un premio literario y su reputación de escritor frustrado. Esconde su desencanto tras una actitud cínica que le lleva a ver el mundo con cierta lucidez amarga.


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En la terraza de su apartamento en Roma, con vistas al Coliseo, organiza fiestas donde "el aparato humano" --título de su famosa novela -- se muestra en toda su desnudez mientras se desarrolla la gran "comedia de la nada". Cansado de su estilo de vida, Jep sueña con volver a escribir, aferrándose a las memorias de un joven amor en el que sigue anclado. ¿Lo conseguirá? ¿Será capaz de sobrevivir a esta profunda repulsión que siente hacia sí mismo y hacia los demás, en una ciudad cuya belleza, a veces, lleva a la parálisis?
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Premios 2013: Oscars: Nominada a mejor película de habla no inglesa 2013: Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa 2013: Festival de Sevilla: Mejor actor (Servillo) 2013: 4 Premios del Cine Europeo: incluyendo Mejor película y director Título original La grande belleza 2013 - Italia - 142 min. Director: Paolo Sorrentino Reparto: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio









EN FOCO. Michel Houellebecq volvió con Serotonina
Maldición, lo hizo de nuevo
Después de un periodo de caos y fobia derivado de la publicación de su novela sobre el islamismo en simultáneo con la masacre de Charlie Hebdo, Michel Houellebecq volvió a someter al público francés –y ahora extiende sus dominios a los países de habla hispana– a la fascinación hipnótica con una suerte de regreso a sus orígenes satíricos. En Serotonina, un personaje que se le parece mucho asume su voz desencantada y arremete con todo, y otra vez, proféticamente, imagina una revuelta campesina justo cuando los chalecos amarillos se lanzaban a las calles.

“Empiezo las novelas con humor, pero me canso rápido”, dijo Michel Houellebecq en alguna de sus innumerables entrevistas, ésas que, según anunció hace un par de meses, no dará más en su país. Y con Serotonina, el nuevo best seller del autor francés que la gente ama odiar y odia amar, vuelve a sus orígenes satíricos luego de Sumisión, distopía de una Francia gobernada y arruinada por una coalición musulmana que lo metió en muchos problemas. Después de la masacre de Charlie Hebdo el mismo día del lanzamiento de su novela, el escritor aterrado desapareció de la escena pública, en medio del rumor de haber sido abducido por fundamentalistas islámicos. Pero su ausencia no fue por secuestro sino por una depresión más prolongada de lo habitual. De ese pozo emergió con Serotonina, su octava novela en la que regresa con un narrador houellebecquiano recargado para explayarse sobre sus temas favoritos: la decadencia de las socialdemocracias en general, la de Francia en particular, y la imposibilidad de felicidad de un individuo que cambia deseo erótico por pastillas en un mundo sin lugar para el verdadero amor ni salvación, algo que a Houellebecq, que anda coqueteando con el catolicismo, parece preocuparle. 
“He conocido la felicidad, sé lo que es, estoy capacitado para describirla, conozco también su final, lo que sigue habitualmente. Nos falta una sola persona y todo está despoblado, el mundo está muerto, o bien transformado en una figurilla de cerámica, y los demás también son figurillas, un aislante perfecto desde los puntos de vista térmico y eléctrico, así que ya nada puede afectarte, salvo los sufrimientos interiores, emanados de la desintegración de tu cuerpo”, dice Florent-Claude Lebrouste, un agrónomo de 46 con sensibilidad literaria y depresión clínica, nostálgico de esos tiempos en que ser un hombre blanco heterosexual de clase media alta era más que suficiente para el bienestar.
Crisis productiva por las fronteras abiertas europeas; extranjerización de la tierra; poscapitalismo; la vida como supermercado; el ecologismo, el feminismo y el movimiento español Indignados como quimeras infantiles; y hasta las políticas de devaluación monetaria del macrismo, acompañan la deriva existencial y geográfica del protagonista. Y como si todo esto fuera poco, para  seguir con una costumbre suya bastante perturbadora, el escritor se anticipa a la actualidad, poniendo en escena la crisis agraria de Francia –una de las partes más interesantes y sensibles del libro– con revueltas del campesinado, minutos antes del estallido social de los chalecos amarillos.
Lo mejor que puede pasarle a los lectores de Serotonina es tomarla como farsa y leerla en clave de comedia. Al menos así se disfruta la primera parte de una novela que hace agua no tanto por la insistencia del autor en provocar (los chistes antifeministas y comentarios homofóbicos del narrador se parecen más a lo que diría un abuelo senil que un enfant terrible) sino por caprichos de la trama que se torna inconsistente. Con momentos de escritura que brillan en una suerte de gran monólogo sobre el amor cuando- el narrador hace un repaso de todas las relaciones de su vida,  y una mirada que suele dar en el clavo sobre el malestar de las clases medias, Serotonina reenvía a Ampliación del campo de batalla (1994) y Las partículas elementales (1998), sus primeras y mejores obras. Pero el derrumbe del narrador coincide con el de la novela, que hacia el final se pierde entre disquisiciones médicas delirantes y reflexiones literarias sobre Proust, Thomas Mann y Goethe poco verosímiles para un personaje que, no se entiende por qué (¿será el catolicismo?) elige seguir viviendo a pesar de todo. 
Algo hace que la escritura de Houellebecq genere adicción. Todo lo que ha publicado se vuelve oro. Sólo en Francia, donde una tirada regular es de 5.000 ejemplares, la primera edición de Serotonina salió tuvo la cifra inédita de 320.000. Su versión original salió a la venta el 4 de enero, y tan solo unos días después en múltiples traducciones. En las librerías francesas hubo cola para comprar el libro. Probablemente ayude la atención mediática y que se “filtrara” información sobre la crisis agraria como telón de fondo y lo profético de la novela en un clima de disturbios. O que Houellebecq se haya casado hace un par de meses con una estudiante de su obra, ocupando las portadas de todas las revistas del corazón con fotos “filtradas” de una boda en la que cantaron karaoke desde Nicholas Sarkozy hasta Emmanuel Carrère y que tuvo como padrino al insufrible Fréderic Beigbeder, escritor-estrella de televisión y mejor amigo del festejado. A falta de reportaje, el semanario Inrocks le volvió a declarar su amor dedicándole otro número especial con una recopilación de sus entrevistas; la revista de derecha Le Figaro lo puso en portada con una crítica de… Fréderic Beigbeder, donde da detalles de la fiesta exclusiva; Le Monde ya lleva publicados al menos tres notas diferentes sobre la novela y el progresista diario Libération también lo celebra, aunque desaprueba el machismo y la homofobia habitual en su obra. Pero, más allá del circo, hay algo en su literatura que viene haciendo clic con los lectores desde hace 25 años y que fue redundando en la crítica, que le otorgó el Premio Goncourt en 2010 por El mapa y el territorio y lo ha comparado con Ferdinand Céline, Albert Camus, Georges Perec y una larga lista de autores que no se parecen en nada entre sí. Como si fuera poco, a principio de este mes, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor, la máxima condecoración de Francia. Así que ni polémico ni chico terrible, y menos que menos punk (como lo sigue calificando su amigo Beigbeder) ahora mismo Houellebecq es el amo en un país donde, por suerte, también existen voces como la de su compañera de generación literaria Virginie Despentes, lesbiana feminista que brilló a nivel mundial con su trilogía de realismo sucio Vernon Subutex, donde muestra otra posibilidad de antihéroe francés.
En varias ocasiones, Houellebecq ha dicho que sus faros literarios son, sobre todo, Balzac y Baudelaire. No es muy difícil adivinarlo: los nombra todo el tiempo en sus novelas (Serotonina incluida) y su estilo está marcado por la alternancia de descripciones de tinte naturalista con análisis sociológico y pasajes de un lirismo espeso, casi sobrepasado. Quizás sea esta la fórmula que tanto éxito le ha asegurado al escritor en una sociedad como la francesa, que ama mirarse al espejo, aunque el reflejo sea monstruoso.
Serotonina Michel Houellebecq Anagrama 282 páginas

Título Original: The four loves
Autor: C.S. Lewis
Idioma: Español
Fecha de publicación:
ISBN: 956-11-0640-2
Referencia: 4959 bkp
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Sinopsis
Los Cuatro Amores es el título en español del libro The Four Loves escrito por C. S. Lewis y publicado por primera vez en 1960 en Londres​ y Nueva York. En este ensayo, Lewis aborda el tema del amor dividiéndolo en cuatro categorías, con la ayuda de los conceptos que toma prestados del idioma griego: Cariño (gr.: Στoργη´), amistad (gr.: Φιλíα), eros (gr.: ´Ερος) y caridad (gr.: Αγα´πη), al que él mismo llama "ese amor que Dios es".  Según Lewis, el amor en todas sus formas es -en virtud de su naturaleza- de dos tipos: De dádiva y de necesidad. Su idea era "escribir algunos panegíricos bastante fáciles sobre el primer tipo de amor, y desestimaciones sobre el segundo (...), no puedo negar el nombre amor al amor de necesidad. (...) La realidad es bastante más complicada de lo que supuse".​ Lewis postula que las primeras tres categorías de amor no son autosustentables y que tienden a ser autodestructivas como producto de la imperfección humana, y que sólo el amor divino -la cuarta forma de amor mencionada arriba- puede rescatarlos de su fin. Este punto lo desarrolla a lo largo de toda la obra, explicando en el capítulo dedicado a cada forma de amor cómo ese amor se auto destruiría si no fuera por la intervención o influencia del "amor que Dios es".​ Ya que dicho amor divino es de una ética elevada, y en vista de que -con la excepción de Dios mismo- los objetos de nuestro amor son susceptibles al cambio, la corrupción y la desaparición, el autor advierte que amar nos expone a sufrimiento y sacrificio casi inevitables. Con todo, dice él, es mejor aceptar esos riesgos, porque la otra opción es no amar en absoluto: Cosa que es sinónimo concluyente y contundente de infelicidad. En sus palabras, "la alternativa en vez de la tragedia, o al menos en vez del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único lugar fuera del cielo donde se puede estar perfectamente a salvo de los peligros y perturbaciones del amor es el infierno"
Acerca del autor
Clive Staples Lewis (Belfast, Irlanda del Norte, 29 de noviembre de 1898-Oxford, Inglaterra, 22 de noviembre de 1963), popularmente conocido como C. S. Lewis, y llamado Jack por sus amigos, fue un medievalista, apologista cristiano, crítico literario, novelista, académico, locutor de radio y ensayista británico, reconocido por sus novelas de ficción, especialmente por las Cartas del diablo a su sobrino, Las crónicas de Narnia y la Trilogía cósmica, y también por sus ensayos apologéticos (mayormente en forma de libro) como Mero Cristianismo, Milagros y El problema del dolor, entre otros. Lewis fue un amigo cercano de J. R. R. Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos. Ambos autores fueron prominentes figuras de la facultad de inglés de la Universidad de Oxford y miembros activos del grupo literario informal de Oxford conocido como los "Inklings". En 1956 contrajo matrimonio con la escritora estadounidense Joy Gresham, 17 años menor que él, que falleció cuatro años después a causa de un cáncer óseo, a la edad de 45 años. Lewis murió tres años después de su esposa, en 1963, debido a una insuficiencia renal.



Arquitecto y sociólogo de la Escuela de Frankfurt –se lo considera un precursor de Theodor Adorno, Horkheimer y Ben-jamin–, Siegfried Kracauer escribió una novela sobre los efectos de la Gran Guerra en la constitución de los individuos como masa. Ginster no es propiamente una novela bélica sino la vida de un antihéroe de guerra narrada por él mismo.

Por Mariano Dorr

Llama la atención que en la “biografía coral de la Escuela de Frankfurt” de Stuart Jeffries (Gran Hotel Abismo, un texto de 2016 cuya edición en español es de comienzos de 2018) la figura de Siegfried Kracauer sea apenas abordada, de lejos, como “el mentor” de Theodor Adorno y Walter Benjamin. En ningún momento se profundiza en la obra de Kracauer. Al lector no le queda más remedio que creerle a Jeffries y seguir adelante. El Ginster de Kracauer –una novela escrita entre 1927 y 1928– da cuenta por sí mismo de la enorme influencia que produjera su autor en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt. Si una de las tesis más repetidas de Benjamin es aquella que afirma la clausura de la experiencia como tal luego de que los soldados sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial regresaran a sus casas enmudecidos, empobrecidos en términos de “experiencia vivida”, la novela de Kracauer bucea en ese acontecimiento fundamental a partir del cual el mundo, la vida y la muerte dejaron de ser lo que eran para convertirse en otra cosa completamente diferente. La Gran Guerra es un quiebre en la historia de la humanidad, una grieta que se tragó a millones y millones de vidas en medio de la locura de las cifras y la fiebre de la maquinaria guerrera.

Ginster –como Kracauer mismo– es un arquitecto que acaba de graduarse al momento del estallido del conflicto bélico; ante la multitud agolpada en la plaza principal con motivo de la declaración de guerra, siente extrañeza, rechazo. Sin embargo, se ve “arrastrado por la marea humana” que se fusiona en un “nosotros” que a Ginster le resulta completamente ajeno: “Todo eso era ahora un pueblo. Ginster jamás había conocido pueblos, siempre tan solo a personas, a individuos”, escribe el autor. El advenimiento de la sociedad de masas –tema frankfurtiano por excelencia– irrumpe en la novela desde las primeras páginas. La construcción de una identidad colectiva frente al enemigo extranjero domina a las conciencias como un bloque de pensamiento intersubjetivo. La propia familia de Ginster lo presiona para presentarse como voluntario. Su amigo más cercano –Otto, un estudiante de filología clásic– se incorpora al ejército como voluntario y Ginster no tiene más remedio que “ocuparse más de la guerra. Desde que la habían declarado, la gente estaba trastornada, ya nadie hablaba de cuestiones importantes”. Desde el punto de vista de Ginster, los hombres marchaban a la guerra para tener algo en qué ocupar el vacío de la existencia. De un día para el otro todo el mundo desea “recuperar el terruño del Este” que fue ocupado por el enemigo, y las vidas de los hijos es “sacrificada” por la Patria. Ginster intenta alistarse como voluntario pero es rechazado por inepto. En este sentido, la novela de Kracauer no termina nunca de ser realmente una “novela de guerra”, puesto que las muertes, batallas y tanques permanecen siempre lejos del horizonte de la narración. Ginster es el antihéroe de la guerra. Colabora en un grupo de sanidad como enfermero y su madre le exige que –ya que no puede ir al frente– consiga de una vez un trabajo que le proporcione dinero. Así, Ginster ingresa como empleado en un estudio de arquitectura.

Hay algo de Chaplin en Ginster. Le interesan más las líneas y figuras que componen un plano arquitectónico que el resultado “real” en un edificio. Cuando observa la realidad, Ginster abstrae de los cuerpos las figuras, líneas y curvas. Querría que los objetos y construcciones fueran el punto de partida para llegar a los planos y no al revés. Cuando se cruza a un militar, lo que ve es “un uniforme”. Los militares no son para él otra cosa que rectángulos uniformes. Su propio amigo, Otto, ahora uniformado, acaba por convertirse (a los ojos de Ginster) en un autómata: “lo comprimieron dentro de ángulos rectos, pensó Ginster; un autómata. Frente a uno de cada dos uniformes, levantaba el brazo. No era Otto el que levantaba el brazo, sino que este se alzaba por sí mismo. Otto no habría reconocido los uniformes. Debían de haberle instalado ese brazo en el cuerpo, con pequeñas ruedas. El sistema era operado a distancia por los uniformes. No era posible apagarlo y tal vez habría funcionado mucho mejor sin Otto”, escribe Kracauer. A medida que pasan los años y las cifras de caídos se incrementan, las autoridades se ven obligadas a convocar para el combate a aquellos que habían sido rechazados por ineptitud. Es entonces el turno de Ginster. ¿Qué es la guerra para él? La constatación de que “las piernas estaban solas en el mundo. Rompían el suelo en retazos y seguían moviéndose sin puntos de apoyo. A menudo marchaban sobre el cielo nublado, cuyos agujeros azules vadeaban. Como siempre caminaban en línea recta, la tierra giraba de acuerdo con sus necesidades (...). Ginster se dividió en dos partes, pierna derecha, pierna izquierda (...) Cuando conseguía, alguna vez, escapar de sus piernas, entraba en la carabina. Era como un hombrecito de fósforos, hecho con tres trazos”. Los uniformes, a su vez, para mantenerlo activo, lo obligan a “barrer” la carabina con su cepillo de dientes.

Esta primera edición en español de Ginster. Escrito por él mismo es el resultado del incansable trabajo de traducción a cargo de Miguel Vedda (Profesor titular plenario de Literatura Alemana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA e investigador del Conicet), que desde hace años viene publicando material de enorme valor (los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, de Karl Marx, Colihue, entre otros). En su “Introducción” a la novela, Vedda escribe: “Ginster es un arquitecto dotado, ante todo, de un extraordinario talento para la demolición, interesado –como los alegoristas barrocos– en convertir las construcciones y las ciudades en ruinas”. 

El desenmascaramiento ideológico de   la clase media que abrazó a la Gran  Guerra desde el primer día es la tarea que Kracauer supo enhebrar en su novela, dando un testimonio singular del despedazamiento de la cultura.


Ginster Escrito por él mismo Siegfried Kracauer 320 páginas

https://www.pagina12.com.ar/169465-antiheroe-de-guerra

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SIEGFRIED KRACAUER (1889-1966) es una de las figuras fundamentales de la cultura alemana del siglo xx. En la universidad entabló amistad con destacados intelectuales de su tiempo, como Ernst Bloch, Erich Fromm y T. W. Adorno. En 1922 se convirtió en el redactor de cine y literatura del Frankfurter Zeitung. Reconocido como uno de los grandes críticos culturales del momento, su primera novela, Ginster, recibió excelentes críticas de Joseph Roth y Thomas Mann. En 1930, publicó Die Angestellten, que fue elogiada por Benjamin. Después del ascenso al poder de los nazis, se exilió a EE. UU., donde comenzó a trabajar en el MoMA de Nueva York. Su ensayo De Caligari a Hitler: una historia psicológica del cine alemán (1947) supuso un hito en la teoría y la sociología del cine.


"La gente en tu vida tiene que ser más interesante que los celulares", opina Mayim Bialik, la única de pie, junto al resto del elenco de "The Big Ban Theory". (Erik Voake/CBS via AP

Cómo afecta el cerebro el celular

Ser conscientes de que todo puede buscarse en la Web, desalienta el trabajo mental, afirma Mayim Bialik, neurocientífica y actriz.


Tres cosas que deberías saber. Uno. Que nuestros celulares existan significa que la distracción está siempre a un paso. Esto nos distrae de nuestras tareas de maneras que tal vez no podamos entender completamente. Por ejemplo, un estudio científico demostró que la gente se equivocaba en tareas cognitivas cuanto más cerca estaban sus celulares.

Quienes tenían sus teléfonos más cerca no pudieron resolver tareas cognitivas y los que lo hicieron correctamente habían dejado su celular en otra habitación. En otro estudio, a las personas que sentían cómo sus celulares recibían notificaciones y que no se les permitía revisarlos, les aumentaba la presión sanguínea y otros índices de ansiedad.

Dos. Los celulares no son personas. ¿Estamos seguros de esto? Se siente como si lo fueran. Me di cuenta que para mucha gente y para mí, una parte del tiempo, la mente parece estar en otro lado, incluso cuando estoy con personas que amo. La principal razón es porque estoy constantemente tentada a mirar mensajes, fotos y redes de personas que ni siquiera son cercanos.
Mayim Bialik como Amy Farrah Fowler. Foto: nocookie.net
Mayim Bialik como Amy Farrah Fowler. Foto: nocookie.net

Mis hijos me señalaron que mi uso del teléfono aumentó. Empecé a usarlo en la mesa al cenar y ellos tenían que recordarme que lo apagara. La conclusión es: la gente en tu vida, en persona, tiene que ser más interesante que la de nuestros celulares.

Tres. El efecto Google. Incluso cuando tener un teléfono hace sentir que se posee toda la información lista para acceder en cualquier momento, algunos sociólogos sostienen que pensar que la información está disponible hace que sea menos probable que la recuerdes de forma consciente. Esto es “el efecto Google” y la premisa básica es: cuanto más pensás que podés googlear la información, tu cerebro tiene que trabajar menos.

Entonces si querés buscar en qué año fue la Guerra Civil Española, y sabiendo que podés googlearla, hay un proceso cerebral diferente al que ocurre cuando buscás la información en el cerebro. Ya que no podés depender del hecho de que va a ser siempre “googleable”.

Somos una generación que siente que sabe más que cualquier otra generación anterior, cuando en realidad podríamos estar viviendo en una generación donde las personas saben mucho menos de lo que se sabía antes. Un gran ejemplo de esto es cuando me encuentro con personas que crecieron en la era de los celulares y veo que no pueden viajar a ningún lado sin sus celulares diciéndoles donde ir.

En nuestro caso, que crecimos usando mapas y necesitando recordar dónde íbamos sin buscar en el teléfono, nuestro hipocampo tenía que trabajar realmente duro para recordar esa información.

Tenemos que evaluar si necesitamos hacer algunos cambios. Sé que los necesito, desde que, al hacer algunos cambios, mis hijos se dieron cuenta de que estoy menos pendiente de mi celular. Y quiero empezar a hacer más avances, como dejar mi teléfono en casa en vez de llevarlo siempre conmigo.

Quiero ir a restaurantes y no sentirme como que siempre estoy tentada a ver en mi teléfono. Yo sigo amando mi teléfono por los lugares que a los que puede llevarme, tanto literal como figurativamente, pero no quiero perder de vista de donde vengo y donde es que quiero ir.

Disponible en https://goo.gl/fnbmW6 y subido por Soporte técnico

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/afecta-cerebro-celular_0_oalJMXiiy.html
Una pila de cambios. El primer teléfono inteligente fue el Iphone nacido en 2007 (Tony Cenicola/The New York Times).

Testimonio

Diario de una desconectada

Algunos argentinos miran el celular 200 veces por día. Aquí, la experiencia de alguien que “dejó” las redes sociales: “Bajó mi ansiedad, leí mucho más, estoy durmiendo mejor. Sobreviví”, cuenta.

Son las dos de la mañana y es martes. Estoy en la cama con la luz apagada. Hace por lo menos una hora que miro la pantalla del celular. Lo mismo hice el día anterior, lo mismo haré miércoles, jueves, la semana que viene. No miro nada en especial, voy de Instagram a Twitter, a Facebook, al mail y a Whatsapp.
Para el momento en que termino la ronda (aun cuando me lleve en total 20 segundos) ya hay actualizaciones en casi todas las plataformas, así que vuelvo a empezar. Este ciclo, que cualquiera puede reconocer, puede durar horas y ocurrir en cualquier parte. Debe terminar para mí.

Hace 49 días y algunas horas que no entro a ninguno de mis perfiles en las redes sociales. Esa es la medida de mi valentía. No entro a las plataformas ni para buscar una dirección. No sé qué contestaron a mi mensaje de despedida. Como con la mayoría de las separaciones dolorosas, recuerdo cada detalle.

Fue el miércoles 12 de septiembre a la vuelta del gimnasio. Estaba tranquila y entusiasmada con la decisión pero me di cuenta de que muchos conocidos no iban a saber qué había pasado e iba a perder contacto. Me dijeron: para qué vas a avisar si en una semana estás de vuelta, pero también me dijeron que avisara, así me daba más vergüenza volver a los tres días.
Estoy bien, gracias. Pero, ¿y si todo empeora?, ¿y si tengo una recaída?, ¿y si nadie se entera de que me fui? Algunos argentinos miran el celular 200 veces por día. Tengo la sensación de que duplico ese número. Siempre me gustaron las redes, me hacen reír, me estimulan, me sirven, me entretienen. Escalé una montaña alucinante por algo que vi de casualidad en Facebook y tengo un grupo de amigas nuevas muy queridas que conocí gracias a un tuit.
Pero pasaron cosas. Lo que empezó como una leve sospecha o intuición de que tenía que irme fue ganando fuerza hasta volverse una manía, una urgencia, un “no podemos seguir ni un minuto más”.
La primera: sorpresa, el tiempo es finito. Vi lo uniforme que se estaba volviendo mi día regido por el celular. Era lo mismo caminar por la calle que estar en el trabajo, el sábado a la noche que el miércoles al mediodía.
¿Para qué esperar el fin de semana si voy a estar mirando video recetas de un minuto o frases ingeniosas en Twitter. ¿Cuándo se supone que voy a hacer las cosas que quiero? ¿Cuándo creo que voy a escribir, correr, dormir, mirar al techo, ver a mis amigos?
Dejar las redes ya es, como todo, una tendencia. Hay libros con instrucciones para hacerlo, famosos que cerraron sus perfiles, una tribu urbana (“los desconectados”), centros de rehabilitación. Es un deseo que parece compartir la mayoría de las personas con las que hablo. Es también un trabajo a tiempo completo.
La mayoría de las cosas que consumo están ahí así que me tengo que obligar y tengo que tener cuidado para evitar recaídas. Mis amigos están advertidos y me ayudan. En este tiempo me dedicaron una selección de memes por mail, mensajes de aliento, sonrisas irónicas, fotos de hijos por mail, noticias de actualidad, capturas de pantalla.
Me costó enterarme de cosas que están pasando en el país (¡y qué difícil seguir el fútbol sin Twitter!) o les están pasando a mis amigas, me perdí cosas relevantes de trabajo, me costó encontrar una dirección a la que tenía que ir.
A mí, que era una stalker profesional, me costó encontrar al chico que le había gustado a una amiga en una fiesta. Con la buena voluntad de amigos y compañeros de trabajo puedo sortear esas dificultades. Bajó mi ansiedad, leí mucho más, estoy durmiendo mejor. Sobreviví.
El problema es que me cuesta soltar, sigo pendiente de las notificaciones. Y hay más: tengo tendinitis, o eso me dijo Google cuando le pregunté por el dolor que siento en la mano derecha. Dejo las redes sociales para estar más calmada, me da tendinitis, mi cuerpo tiene un gran sentido del humor.
Hice todo ese esfuerzo, ¿mi vida no iba a mejorar dramáticamente? Para no tener una recaída me recomiendan volver al mundo material. Hacer ejercicio, aprender a coser, a cocinar, hacer meditación, estar al aire libre.
Una opción que estuve investigando es la de dejar el celular. No para siempre (no sobreviviría), ni durante el día (no sobreviviría mi contrato laboral), pero sí siguiendo alguna estrategia. No hacen falta estudios que digan que las personas que no tienen el celular a la vista están más calmadas y son más productivas.
Es un ejercicio que se puede hacer en cualquier momento del día. Guardar el celular después de las 21, cuando estoy en mi casa, no llevarlo cuando voy a comprar algo, apagarlo durante reuniones con amigos. Suena bien. Menos radical, más práctico, ¿más efectivo?
Me pregunto si no es una idea que se me ocurrió para volver a conectarme.

Julieta Correa es periodista. Escribe cartas los martes en tinyletter.com/castorbomba



https://www.blogger.com/u/1/blogger.g?blogID=4878216270233219277#editor/target=post;postID=5711008717630519217
Diferencias. "Tipear no es lo mismo que conversar"; "Si usted me enviara 10 preguntas por email, usted tendría respuestas mías muy diferentes", afirma Turkle.


La psicóloga y profesora del MIT analiza en este diálogo la necesidad de preservar espacios de encuentro, donde no entren los dispositivos electrónicos. 


Durante 30 años, Sherry Turkle, profesora de Psicología social en el MIT, ha explorado los efectos de los mundos digitales en el comportamiento humano. Sus libros, El segundo yo: las computadoras y el espíritu humanoLa vida en la pantalla, y Alone Together, han organizado las seducciones de las “máquinas íntimas “, el avance de las redes y la realidad virtual, Internet que todo lo invade, y el efecto que han tenido en nuestra cultura y nuestras vidas.
Su libro En defensa de la conversación (Ático de los libros), es un llamado a detener las consecuencias dañinas de no alejarse nunca del e-mail, Whatsapp, Twitter, o Facebook, en particular, del impacto que tiene esto en la vida familiar, en la educación, el amor y las posibilidades de soledad. Su antídoto es simple: necesitamos conversar más.
–Usted escribe acerca de estos temas desde hace mucho tiempo. ¿Siempre lo sintió como una batalla perdida?
–Ahora menos. Al comienzo, pensaba que le estaba diciendo a la gente cosas que no querían escuchar. Creo que hoy en día la gente ve que algo pasa y que no le gusta, aunque no saben qué hacer con eso. Una estadística señala que el 89% de los estadounidenses admiten que sacaron su teléfono en su última reunión social –y el 82% dice que sienten que la conversación se deterioró después de que sacaran el teléfono–. Está representado en una historia que cuento acerca de una niña que dice: “¡Papi! ¡Basta de googlear! Quiero hablar con vos”.
–Es interesante observar que mucha de la antipatía que hay hacia el hecho de estar “siempre conectado“ no proviene de los adultos, sino de los niños.
–Quedé muy impresionada por los niños que dijeron: “No quiero criar a mis hijos de la misma manera que me criaron a mí, sino de la manera en que mis padres creen que me han criado: en una casa con conversación”. Fue sorprendente.
–¿Pero qué pasa si los niños no tuvieron la experiencia de sentarse alrededor de la mesa de la cena, o de conversar con sus amigos sin un iPhone a mano? ¿Cómo saben lo que se están perdiendo?
–Ese es el peligro. Aunque creo que somos resilientes. Me gusta el estudio que muestra que después de cinco días de paseo en un campamento, sin conexiones, se ve que aparecen los indicadores de empatía entre los niños. La capacidad de reconocer las emociones de alguien en un video o un cuento, reaparecen. Creo que estamos preparados para conversar. Es algo darwiniano.
–También creo que estamos preparados para la novedad y la distracción...
–Sí. Pero creo que ahora hemos creado un ambiente que nos distraerá hacia la distracción. Mi respuesta no incluye dejar mi teléfono. Es demasiado útil. Pero sí significa no utilizarlo en ocasiones como estas, cuando estoy tratando de poner toda mi atención en hablar con usted. La voz humana ocupa mucho ancho de banda si uno la escucha correctamente. Si yo estuviera enviando un mensaje de texto, usted no captaría el sentido de lo que digo.
–Trabajo en una redacción desde hace 20 años. En ese tiempo todo se hizo más silencioso. Antes, todos hablaban por teléfono, ahora se envían mensajes. ¿Qué se perdió con esto?
–Si usted me enviara 10 preguntas por email, usted tendría respuestas mías muy diferentes. Tipear no es lo mismo que conversar. Los estudiantes cada vez más me dicen que no me quieren ver personalmente, me quieren enviar mensajes escritos. Cuando les pregunto por el motivo, simplemente me dicen que quieren que sus preguntas sean perfectas, para que yo les pueda dar respuestas perfectas. Quieren mi perfección.
–Obviamente que hay enormes intereses comerciales en ese cambio. Y a pesar del entendimiento ampliamente difundido de sus implicancias, del fin de la privacidad, y otras cosas, parece que la mayoría de la gente cree que es un precio que vale la pena pagar.
–Quiero ser parte del cambio. Me reuní con ingenieros y personas en la industria que han dicho, ya sabe, que también se puede hacer dinero permitiéndonos tener tiempo libre alejados de nuestros teléfonos. La pregunta es: ¿cómo tienen que ser los costos de no hacer eso? ¿Y si empezamos a ver espinas en cuestiones ambientales? ¿Cuándo la gente se olvida de conversar entre sí?
–Usted misma no es inmune a la atracción de estos dispositivos.
–Siento todo eso. Tengo que luchar contra el impulso de utilizar mi teléfono como reloj despertador en lugar de dejarlo en otra habitación. Si no lo hago, me despierto en la mitad de la noche y pienso: Voy a chequear mis mensajes. O los números de mi libro en Amazon. Si empiezo a chequear mi teléfono a las dos de la mañana, en seguida me doy cuenta que son las cuatro y que me tengo que levantar en dos horas.
–Quizás los escritores buscan la distracción más que la mayoría de las personas.
–Tal vez. Es como Zadie Smith agradeciendo a Freedom, el programa que te permite apagar el wifi, por dejarle terminar su último libro. Entrevisté a varias personas que dicen que ahora tienen que ir a cabinas remotas para concentrarse en el trabajo que están haciendo. Entonces se ven manejando por el barrio y tratando con desesperación, de encontrar una señal de wifi desbloqueada. Golpeando puertas.
–Lo más atemorizante es que estas personas son adultas. Los niños tienen mucha menos oportunidad de autocontrolarse.
–Sí, pero la idea central de mi argumento no es que tenemos un dispositivo que tenga conversación constante. Es el hecho de que no hay límites para eso. Un padre lee sus mensajes mientras baña a su hija de dos años, cuando antes jugaba con ella. Esas son las conversaciones perdidas que me preocupan. El hecho es que necesitamos diseñar en base a nuestras vulnerabilidades.
–Pero no hay una sensación de que las corporaciones que ganan miles de millones de dólares a partir de estos hábitos vayan a adoptar esa idea de buen grado.
–Me gusta observar a la industria de la alimentación y cómo ha evolucionado. Mi madre, cuando yo iba creciendo, me adoraba, pero también me daba de comer pan blanco, verduras enlatadas, papas que hacía a partir de copos, cenas mirando la TV. Era un tipo de maquinaria industrial centrada en obtener ganancias lo que la llevaba a mi madre a hacer eso. Pero una madre joven actual –si eso es lo que le daba de comer a su hijo– se sabría que no estaba con el programa. ¿Cómo cambiamos eso? Realmente no fue porque la industria alimenticia dijo “Ohh!”. Esto se dio porque la gente vio los efectos de esta dieta. Y esto creo que será igual. Hay estudios tras estudios que dicen lo mismo: conversen, experimenten la soledad, el aburrimiento. El aburrimiento es tu imaginación que te llama. Creo que sucederá lentamente.
–Supongo que en el caso de la nutrición, sin embargo, hay efectos físicos que se pueden medir; ¿esto no es más intangible?
–No estoy segura de que los efectos de no conversar sean difíciles de medir. En las entrevistas que hice en marcos empresariales, la gente decía que los demás se dirigen a ellos buscando empleos y literalmente no saben cómo tener una conversación. Si usted tiene un bebé y lo pone en una silla para bebés que tiene una ranura para un iPad, en lugar de hacer contacto visual y leerle, después va a la escuela donde la mayor parte de las instrucciones están en una pantalla, ¿por qué sorprenderse cuando aparecen alumnos de primer año de secundaria que miran el piso y no pueden hablar? Yo me encontré con muchos chicos que hacen la tarea escolar en las tablets, pero no se pueden concentrar en la lectura hasta que no están frente al texto impreso. Soy condescendiente con eso. Sé que es horrible tratar de leer cosas complicadas en una máquina que también me da acceso a cualquier otra cosa en mi vida. Le pedimos a los niños que lean su tarea escolar en un dispositivo que también les da acceso a todo aquello que les importa: Facebook. Es triste ser testigo de esa lucha.
–¿Cómo negoció esto con su propia hija?
–Hicimos lo del espacio sagrado. Y en general, funcionó. Nada de computadoras ni teléfonos en la cocina, en la mesa del comedor, ni en el auto. Esos son los lugares donde se crean los espacios familiares. Y por supuesto, es esencial que aplique las mismas reglas de espacios sagrados para usted y para ellos. La cuestión no es que su hijo adore usar la pantalla para escribir. El tema es que no debe hacerlo cuando está conversando con usted. Nunca acepté la amistad de mi hija en Facebook; ese no era nuestro espacio para compartir cosas. En cambio, cenaba con ella casi todas las noches. No estoy en contra de la tecnología, estoy a favor de la conversación.
©The Guardian. Traducción: Patricia Sar.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/sherry-turkle-tecnologia-favor-conversacion_0_GRX95ekNB.html

Nomofobia. Esta palabra que refiere a la fobia a no encontrar el celular fue elegida por el Diccionario Cambridge como la palabra de 2018. Foto: Maciej Luczniewski/Nur.

Tendencias

Nostalgia de la vida sin enchufes

Tras dos décadas del siglo hipertecnológico y surge la necesidad de volver al trato humano sin mediaciones electrónicas. Dejar las tecnoadicciones es una preocupación. 


A punto de terminar la segunda década del siglo XXI, nadie parece sorprenderse ante la idea de una conectividad constante, ante la imagen de una persona “enchufada” a infinitos soportes y dispositivos como un estado natural.

Y aunque –en apariencia y para una parte del mundo– esta condición se percibe como una especie de grillete electrónico (recordemos que el primer celular inteligente lo fabricó hace no más de diez años la marca Blackberry, una palabra que remite a la bola de hierro sujetada a los tobillos de los presos) no deja de ser aceptada con resignación.

Justamente, el término que define el miedo o preocupación por la ausencia del teléfono celular o la imposibilidad de utilizarlo es nomofobia y fue definida como la palabra del año 2018 por el Diccionario Cambridge. De acuerdo con un boletín emitido por esa institución, el primer uso documentado de la palabra nomofobia fue en 2008, en un informe encargado por la Oficina Postal de Reino Unido. Es una abreviatura de la expresión inglesa no-mobile-phone phobia.

¿Alguien desea revertir la tendencia de acople sinfín? Incluso más, si esto fuera posible ¿En qué condiciones podríamos desconectarnos? O mejor dicho ¿estamos en condiciones de hacerlo? El tenor de los cuestionamientos contra las nuevas tecnologías tiene antecedente:en los años 60 se criticaba el impacto “narcotizante” de los medios masivos.
El municipio chino de Chongqing copió la idea de un programa de tevé estadounidense y desde 2014 separa en carriles diferentes a paseantes con celular y sin él, para alentar a no tuitear mientras se camina. Foto: AP
El municipio chino de Chongqing copió la idea de un programa de tevé estadounidense y desde 2014 separa en carriles diferentes a paseantes con celular y sin él, para alentar a no tuitear mientras se camina. Foto: AP

En los resultados de la Encuesta de Consumos Culturales 2017 (secretaría de Cultura de la Nación) se subraya el crecimiento del consumo de Internet “pasamos algo más de 4 horas diarias conectados y dedicamos en promedio casi 3 horas por día a las redes sociales”. La encuesta revela que casi un 65% de la población tiene cuenta en Facebook y un 30%, en Instagram.

Desde hace tiempo se estudia y se trata la adicción que genera la tecnología, ya existen clínicas de rehabilitación que incorporaron un departamento dedicado al tratamiento de la dependencia con el celular con terapeutas especializados en el tema.

Al tratar la relación con el dispositivo como podría tratarse cualquier vínculo con un tóxico, se generan estrategias para abandonar el objeto pernicioso. Es más, Apple –por ejemplo– en la última actualización de los sistemas informáticos de sus soportes notifica, una vez por semana, el tiempo que el usuario pasa conectado a las redes sociales desde el teléfono celular.

En el “Reporte semanal disponible” aparecen mensajes tales como “tu tiempo en pantalla bajó 25% la semana pasada, con un promedio de 4 horas, 54 minutos al día”, haciendo hincapié en el aumento o en la baja del uso. La opción puede deshabilitarse manualmente. Como cualquier adicción, no todas las personas sufren sus efectos de la misma manera.
Perfectos desconocidos.
Un fotograma de la película en la cual los secretos que cada quien guarda en su celular revelan su verdadera identidad.

Perfectos desconocidos. Un fotograma de la película en la cual los secretos que cada quien guarda en su celular revelan su verdadera identidad


Narrados como informes de investigación o como crónicas en primera persona, son muchos los relatos acerca de la relación problemática, sino patológica con el dispositivo. Ni siquiera el cine ha quedado fuera de esta tendencia. Perfectos desconocidos es una película italiana estrenada en el 2016 por Paolo Genovese.

En Netflix se puede ver la versión francesa titulada Le Jeu. La historia es simple: un grupo de amigos se junta a cenar con la condición de que cada uno deje su celular sobre la mesa y comparta, con los demás, los mensajes que lleguen a cada teléfono. La (im)probable situación generó tanta expectativa que meses después, el director español Alex de la Iglesia hizo su versión. Aquí se compraron los derechos en formato teatral y la obra está en cartel, dirigida por Guillermo Francella.

¿Qué fascina tanto del argumento? ¿La intromisión en la intimidad ajena? Sí, pero eso es apenas la punta del iceberg de dos cuestiones mucho más complejas: una especie de alerta constante ante la dependencia hacia el pequeño dispositivo y la ansiedad y el suspenso que producen los avisos (los propios y en este caso, también los ajenos).

Vibraciones, timbres, luces y otros estímulos que ya son equiparados por los psiquiatras con sustancias químicas. Casi sin darnos cuenta, el celular se transformó en un proveedor de suspenso a la carta.

Por obvias razones, son las nuevas generaciones, las llamadas “nativas digitales” las que más sufren las consecuencias de la hiperconexión y la exposición constante a las pantallas. Jean Marie Twenge, una reconocida psicóloga de la Universidad de Chicago, identifica a estos jóvenes como la generación IGen definiéndolos como “la primera que habrá vivido toda su adolescencia en la era de los teléfonos inteligentes”.
El "zapatófono" del Superagente 86 (1965-1969): solo a los espías cabía la utopía de estar siempre comunicados.
El "zapatófono" del Superagente 86 (1965-1969): solo a los espías cabía la utopía de estar siempre comunicados.


Este grupo etario, a diferencia de sus padres, ha pasado gran parte de su vida conectado a una pantalla, en detrimento de actividades al aire libre. Twenge verifica no solo una adicción que provocaría ansiedad en el futuro, sino que, al caracterizar a las prácticas virtuales como patológicas, no queda otra opción que buscar el remedio.

La dicotomía que propone es tan simplista como engañosa, porque al oponer vida virtual a vida real, niega la dimensión tecnológica del entorno contemporáneo.

Supone que existe una especie de esencia “natural” en el hombre que las tecnologías niegan y obturan, y que los problemas de ansiedad y cualquier otra patología asociada con la tecnología se resolverían con eliminar, alejar o disminuir el tóxico. En última instancia, alejarse del dispositivo. Un elemento hecho de sustancias externas a esa esencia humana, como lo podría ser el tabaco, el alcohol o cualquier estupefaciente.

En esta línea puede comprenderse la emergencia de los llamados “desconectados”, una tribu urbana que surgida oficialmente en España pero que encuentra réplicas en distintas partes del mundo. Tanto fue así que, en el 2016, el escritor y filósofo español Enric Puig Punyet publicó La gran adicción; cómo sobrevivir sin Internet y no aislarse del mundo, un libro que bien podría incluirse en el género de autoayuda porque, en primera instancia, vuelve a definir a Internet y al sin límite tecnológico como un tóxico del que hay que recuperarse.

Con una prosa sencilla detecta que cada vez son más las personas que deciden dejar de navegar en el mar de la hiperconexión. La metáfora del agua y del barco no es casual ni inocente porque le permite mostrar cómo aquellos que salen a tiempo se salvan del inexorable naufragio.

En esta nueva versión, los hundidos son los que flotan como zombies en un mar de datos inútiles, mientras que los posibles salvados serán los que salten a tiempo y naden a tierra firme. Los primeros, están condenados porque cuánta más información se reciba, menos se hará con ella, salvo consumirla de manera pasiva.

Esta postura recupera algunos supuestos de las primeras teorías de la comunicación, aquellas que para la década del 60 vaticinaban narcotización de los sentidos frente a las incipientes pantallas de TV. En nuestro país, fue Heriberto Muraro (especializado en Sociología de la comunicación), entre otros, quien desarrolló el concepto de “disfunción narcotizante”, entendiéndola como un efecto no deseado de la sociedad de masas en el siglo pasado.


La mayor cantidad de información recibida no solo produce anomia y falta de atención, sino que genera mayor pasividad. Si este diagnóstico sombrío valía a mediados del siglo pasado, cuando los medios de comunicación de masas eran unidireccionales (radio, televisión, periódicos), sus hipótesis se convirtieron en verdaderos axiomas con la llegada de Internet y la posibilidad de generar, difundir y viralizar, contenidos propios y ajenos.

Mientras que la figura predominante del siglo XX fue la del televidente hundido en un sillón frente a la pantalla del aparato, la del siglo XXI es la de un tipo de cyborg compuesto de piel, tendones, chips y pan tallas táctiles.

Al suspender la distancia entre lo visto, lo dicho y lo expuesto, la narcotización se produciría por vía intravenosa y con efectos menos visibles en el corto plazo. Las fake news, las noticias falsas de rápida circulación, podrían ser una de las principales consecuencias de este nuevo cybor, un cuerpo que acumula información con el solo fin de retransmitirla sin pasar a la acción concreta.

Los sobrevivientes del naufragio, en cambio, logran no solo quitarse esta segunda piel, sino que, al depurarse de las sustancias tóxicas, se sienten mucho más saludables. Según Puig Punyet, la desconexión no se da por nostalgia ni es un gesto de falso romanticismo, sino que se elige, en principio por razones de salud mental.

La conexión constante, afirma el español, produce una desorientación en los marcos de referencia dificultando las relaciones interpersonales, en especial las que se producen cara a cara. Por eso, en España ya existe un circuito de fiestas “de boca en boca” a las que solo se accede por comunicación directa y en donde, como era de esperarse, no se puede llevar ningún dispositivo electrónico.

No hace falta ser especialista en comunicación para preguntarse si esta tendencia no es más que una moda pasajera. Emparentados con aquellos que solo consumen productos de huertas orgánicas, y que solo se cepillan los dientes con dentífrico sin químicos, no usan luz eléctrica o deciden parir a sus hijos en el living de sus casas, el gesto de desconexión voluntaria puede confundirse con una especie de resistencia impostada por un grupo de esnobs que, como en tantos otros temas, han dado “la vuelta”.

Las dudas, además, aparecen cuando se advierte que la conexión es más (o menos) que una adicción. En la medida que gran parte de las actividades diarias, incluidas las laborales, están determinadas por ella, desde el envío de correos electrónicos hasta la circulación de mensajes directos –por la plataforma que sea– cuesta imaginarse las estrategias para evitarlas.

Y aunque cualquier persona nacida en el siglo pasado recuerda los discos de los teléfonos, las copias escritas a máquina y los pesados sobres enviados por correo, nadie podría negar que reemplazarlos por los envíos virtuales redundó en ahorro de tiempo y de dinero (que para el caso es algo parecido).

Esta evidencia nos enfrenta con una disyuntiva que, tal vez, sea falsa o por lo menos no deba tomarse de manera tan literal. Si la conexión constante se concibe como patológica, la desconexión absoluta tampoco puede ser la respuesta en un mundo que se sostiene política, económica, social y culturalmente por medio de relaciones virtuales.

En los censos nacionales, el acceso a Internet es una variable que mide la clase socioeconómica. Según Peter Sloterdijk el hombre nunca ha estado ni ha podido sobrevivir en el mundo con las manos vacías. Primero dispuso de piedras, después de herramientas, armas, teclas y hasta de pantallas táctiles y entornos virtuales.

De manera que si existe algo llamado humanidad ella ha subsistido y desarrollado gracias a lo que el historiador estadounidense Murray Boockchin ha denominado matriz social de la técnica: un entramado cultural que permite que el hombre intercambie información con su entorno y desarrolle herramientas para la subsistencia.

Admitir que la técnica no es mala ni buena por sí misma, sino que es apenas, y sobre todo, una consecuencia de lo que el hombre hace con sí mismo y con su entorno, salvaría a muchos del naufragio sin necesidad de alejarse de la orilla. Mientras tanto, cualquier salvavidas resultará de plomo, como el Blackberry.

I. Sarchman es investigadora del Instituto Gino Germani (Fac. de Ciencias Sociales, UBA). Integra el comité editorial de la Revista Artefacto y el seminario Informática y Sociedad de la carrera de Comunicación (UBA).