«Nada es más asombroso que la verdad», el periodismo frenético de Kisch

Egon Erwin Kisch es uno de los grandes periodistas del siglo XX. En sus artículos, reportajes, entrevistas y hasta ensayos cuenta el devenir de la Historia y sus asuntos. Un maestro

El periodista checo Ego Erwin Kisch sobre el estrado


Actualizado:
Egon Erwin Kisch (1885-1948) es uno de los grandes maestros del periodismo. Y escribo «es» y no «fue», porque su obra está en plena vigencia tanto por el estilo como por los contenidos. Con respecto al estilo mezcló como nadie los géneros periodísticos (reportaje, entrevista, articulismo literario) y los literarios (narrativa, ensayo y una buena dosis de espíritu poético). Y los contenidos nos siguen atañendo muy de cerca: las guerras, sobre todo las llevadas a cabo entre europeos a lo largo del siglo XX; la vida cotidiana; los viajes; la política; la cultura en todas sus manifestaciones; e incluso sus reflexiones sobre la propia profesión y su futuro. Kisch era hijo de un comerciante praguense. Él mismo se definió como checo, praguense de buena familia, judío, comunista… Yo añadiría que fue, fundamentalmente, un sobreviviente en medio de revoluciones y guerras mundiales. Hablaba checo, alemán y yídish, además de manejar inglés y francés. Estudió periodismo en Berlín. Trabajó en el periódico «Bohemia», el más importante en lengua alemana, de Praga.

Detenido en Australia

Durante la Primera Guerra Mundial fue soldado en el Ejército Real e Imperial. Fue condecorado y uno de sus hermanos murió en el frente. Parte de la guerra la pasó en el Servicio de prensa militar en Viena junto a Zweig,Werfel, Musil, Hofmannsthal o Leo Perutz. Y hace ahora un siglo, en 1918, formó parte del Consejo de obreros y soldados y fue el primer comandante de los Guardias Rojos de Viena. Según Karl Kraus (otro maestro del periodismo-literatura y el pensamiento), Kisch era un comunista de ida y vuelta. Colaboró con los comunistas sobre todo en los primeros años, aunque en sus escritos no es muy exaltado, ni proselitista, ni fanático. Koestler decía que rehuía las discusiones diciendo «Yo no pienso, Stalin lo hace por mí». Como tantos otros no se fue a vivir nunca a la URSS, por algo sería. Kisch lo que defiende, fundamentalmente, es el pacifismo. No fue un ortodoxo comunista ni estalinista sino más bien un socialista. De hecho el Partido Comunista checo y el resto de los partidos comunistas de la misma raíz en el mundo desconfiaban de él, de su desencantamiento. Eso sí, fue anticapitalista, anticolonialista, antiimperialista y antifascista.
Su obra está en plena vigenciatanto por el estilo como por los contenidos.
Kisch vivió en Berlín y viajó por la URSS, USA, China, México y Australia. En Australia fue detenido al participar como Delegado del congreso contra el fascismo. En 1933 fue detenido en Berlín y deportado a Praga. Posteriormente vivió en París y, en 1939, viajó a España para contar la Guerra Civil. En 1946 regresó de México a Praga y poco tiempo después, falleció. Kisch fue además novelista («El pastor de las niñas» causó conmoción al hablar de la prostitución en Praga), autor teatral, ensayista , y periodista «nada más asombroso que la verdad. Nada más exótico que lo que nos rodea, nada más ficticio que la realidad» escribió en «El reportero frenético». Kisch fue un periodista objetivo, fiel a la verdad informativa, lo que no le impidió darle a sus reportajes un inteligente toque de suspense narrativo.
En «El mercado de las sensaciones» se adentró en el memorialismo, estando ya exiliado en México, antes de regresar a Europa, a su patria. Él defiende esa mezcla entre el periodismo y la literatura y pone ejemplos como los de Balzac, Flaubert o Zola. Defiende Kisch el reporterismo basándose en los siguientes puntos: no solo hay que saber escribir sino también y, sobre todo, tener estilo, tener capacidad investigadora; describir la realidad sin perder la imaginación; no hace falta ser un artista ni intelectual pero sí una persona bien preparada. Kisch diferencia muy claramente la novela y el reportaje.

Censura y chantaje

En España Kisch estuvo con la República y apoyó a las Brigadas Internacionales. Estuvo en el II Congreso Internacional de Escritores. Un hermano médico lo fue en el hospital de Benicasim. En« Cómo me enteré de que Redl era un espía» se refiere a Alfred Redl, jefe del Servicio de Inteligencia Militar del Imperio Austrohúngaro que se suicida al descubrirse que era un agente zarista. Había sido chantajeado por ser homosexual. El relato periodístico se va transformando en una especie de novela negra. El propio Kisch tuvo muchas dificultades para publicar esta primicia. La censura actuó contra él. La historia comenzó en 1913 y no se resolvió hasta 1924, ya desaparecida la monarquía austrohúngara. Muchos de estos relatos se asemejan a la novela picaresca española. «En el estudio de Charlie Chaplin» cuenta su visita a Hollywood. «En las mazmorras de Spandau» cuenta como en un diario su detención y prisión al día siguiente del incendio del Reichstag. Son los primeros días del Tercer Reich. Le acusan, nada menos, de ser uno de los causantes del incendio.

«Las tres vacas» y «El Prado desalojado» son los textos que dedica a la Guerra Civil española... Todos los estudiantes de Periodismo deberían leer este libro y, por supuesto, sus profesores. Todo lo que es y debe ser el periodismo y también la literatura está aquí explicado. Pero el simple lector encontrará pasajes memorables de la historia del siglo XX contados por unos de sus mejores cronistas.
https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-nada-mas-asombroso-verdad-periodismo-201802070158_noticia.html
Resultado de imagen para diarios de la Primera Guerra Mundial del periodista judío Egon Kisch

Llegará un día

El librito de Minúscula sobre Kisch. Nada es más asombroso que la verdad. Grandes reportajes. Y un punto de vista impecable. Algunas pruebas:
«El ideal del folletinista es la lírica. El peor de los folletinistas encubrirá los hechos; si no puede prescindir de ellos, tratará de aparentar que solo los conoce vagamente, dando así a entender que su exposición es puramente especulativa y sensitiva, que está por encima de los acontecimientos y que ha sido escrita sin esfuerzo alguno. Estas ocultaciones e inexactitudes deliberadas son aún más reprobables que el alarde de información presente en esos artículos que apenas aportan una sucesión arbitraria y confusa de datos y citas».
«El periodista no solo se sitúa en un grado intermedio entre el artista y el ciudadano, esto es, el burgués -lo que le resulta incómodo a los dos-, sino que ejerce además de mediador entre ambos».
«¿Mi opinión sobre el reportaje?  Creo que es el alimento literario del futuro. Claro que solo el reportaje de calidad. La novela no tiene futuro. Ya no habrá más novelas, más libros con trama inventada. (...)  El reportaje es una cuestión candente. Yo creo que llegará un día en que lo único que la gente querrá leer sobre el mundo será la verdad».
Aunque.
Aquella carta de Ana Nuño, de hace ya 11 años, la primera vez que lo nombré.
«Por cierto, tu referencia a Egon Erwin Kisch: ¿a qué viene?
Contemporáneo de Musil tres o cuatro años más o menos, este judío praguense se alejó tozudamente de los hechos y su interpretación después de la Primera Guerra Mundial, años estos que coincidieron con su militancia comunista (que nunca abandonó).
Ahí están para probarlo las complacientes y sumisas crónicas que escribió desde la URSS (15 años antes del viaje de vuelta de Gide, pero casi contemporáneas del libro pionero de Russell escrito en denuncia del recién fraguado totalitarismo soviético). Tuve la oportunidad de leer algunas de las crónicas soviéticas de Kisch, cuando las ranas ni siquiera soñaban con criar pelos, en una antología editada en USA y hoy desaparecida que estaba en la biblioteca de mi padre.
Por no decir nada de su tránsito por la España de la Guerra Civil, tan fugaz cuan útil para la causa estalinista.
En fin, es cierto que los nazis quemaron sus libros y que estuvo preso en Spandau, pero sobre su actuación en Praga tras su retorno poco después de la instauración del régimen comunista en Praga, aún planea alguna sombrita de duda».
https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2018/02/02/llegara-un-dia.html
Resultado de imagen para egon erwin kisch en las trincheras pdf

Egon Erwin Kisch (1885-1948)

  

Egon Erwin Kisch nació en Praga y era hijo de un próspero comerciante judío de telas. Cursó algunas materias de Ingeniería y de Historia y Filología en la Universidad de Praga. En 1904 abandonó estos estudios y se matriculó en una escuela de periodismo en Berlín. Entre 1906 y 1913 trabajó como reportero local en el diario de Praga en lengua alemana Bohemia, escribiendo reportajes sobre las duras condiciones de vida en los barrios bajos de la capital checoeslovaca. Combatió como voluntario en la Primera Guerra Mundial y cayó herido. Se convirtió en pacifista, iniciando un periodo de activismo político fundando una asociación ilegal de obreros y soldados. Participó en la huelga general de enero de 1918 e ingresó en el Partido Comunista de Austria. Expulsado por subversivo de Austria, se afincó en Berlín donde vivió hasta 1933, cuando los nazis tomaron el poder. En estos años se incrementó su actividad periodística y literaria. En 1923 publicó una antología, Klassischer Journalismus (Periodismo clásico). Viajó por Europa, Asia, África y América. El 28 de febrero de 1933 fue detenido como sospechoso de provocar el incendio del Reichstag, pero liberado y expulsado a Praga gracias a la intervención del gobierno checo. En la guerra de España trabajó como reportero de las Brigadas Internacionales. Cuando se inició la Segunda Guerra MUndial, rechazada su petición de asilo en EEUU, se exilió en México, donde trabajó como redactor de un periódico fundado por exiliados, Freies Deutschland. En el mismo país centroamericano fundó la editorial El Libro Libre, escribió reportajes sobre sus viajes por el país y en 1942 un libro de memorias, Marktplatz der Sensationen (El mercado de las sensaciones). Tras la guerra volvió a Praga donde continuó trabajando en el sector periodístico y editorial. Falleció en su ciudad natal el 31 de marzo de 1948 como consecuencia de un derrame cerebral.
El lema de Kisch era “Nada es más excitante que la verdad”. Se le considera el creador del reportaje literario en lengua alemana. Hoy en día, los reportajes de Kisch son todavía un modelo en las escuelas de periodismo de Alemania y Austria.
Resultado de imagen para El cabo Kisch

El cabo Kisch en la Primera Guerra Mundial

La editorial Xordica publica los diarios de la Primera Guerra Mundial del periodista judío Egon Kisch, figura esencial de la intelectualidad europea de entreguerras: "Vuelvo a iniciar la redacción de un diario, movido por la sensación de estar viviendo una época histórica".


Ergon Erwin Kisch nació en Praga en 1885, en una familia de comerciantes judíos. Intelectual esencial de la Europa de los años veinte y treinta, era conocido como el Reportero frenético. Vivió en Berlín, París, Estados Unidos, México y Praga, donde participó en la revolución de Viena de 1918. En la Guerra Civil española se unió a las Brigadas Internacionales. Murió en Praga en 1948.
Durante la Primera Guerra Mundial luchó como cabo y trabajó como cronista del Ejército austrohúngaro entre julio de 1914 (en el frente serbio) y marzo de 1915 (en el frente ruso), donde fue herido gravemente. A lo largo del conflicto, escribió un diario de guerra que consiguió burlar la censura militar. La editorial Xordica publica una selección, que avanzamos aquí.

Viernes, 31 de julio de 1914
Cuando tenía diez años comencé a redactar un diario. Hoy, con veinte años más y otras posibilidades expresivas, vuelvo a iniciar la redacción de un diario, movido por varias razones: la sensación de estar viviendo una época histórica, la imposibilidad de exponer ahora desde la óptica periodística las más importantes de mis experiencias y los acontecimientos personales relacionados con la situación política que me han afectado durante los últimos días y que despiertan en mí la esperanza de que continuarán.
De todas formas, las experiencias de estos últimos días son en su mayor parte de naturaleza dolorosamente erótica, con lo que la introducción a mis anotaciones bélicas se asemejará, valga la expresión, a las memorias de un Casanova de triste figura.
Debido a las noticias alarmantes procedentes de Binz, Rügen, el martes 28 de este mes partí hacia Berlín. El miércoles recibí una carta urgente de mi hermano para comunicarme que tenía que presentarse sin demora en el regimiento. Recogí en el consulado imperial y real mi acreditación para el viaje gratuito y una dieta de un marco y cincuenta y cinco pfennings. Mi novia Trude me dijo al despedirse que tenía que confesarme algo, pues no le gustaría que entre nosotros mediara una mentira cuando partía a la guerra. Durante un buen rato no se atrevió a hablar, luego me reconoció que un día tuvo que operarse.
A las 11 horas 13 minutos de la noche salí hacia Praga desde la estación de Anhalt. En el andén, miles de personas, los alemanes cantaban Die Wacht am Rhein (La guardia del Rin). Tras muchas vueltas, paradas y desvíos, el tren llegó por fin a Praga el jueves a las once de la mañana. Ya en Bodenbach había leído los carteles amarillos que advertían que todos los reservistas pertenecientes al 8.º Cuerpo de Ejército debían presentarse en su unidad. Hasta ese momento pensaba que había que esperar al llamamiento a filas; también me lo comunicaron en el consulado de Berlín. Ahora los carteles me traían una doble noticia: en cualquier caso iré a la guerra, pero, además, seguramente seré castigado por no haberme presentado el domingo en mi unidad, el Regimiento de Infantería Imperial y Real n.º 11 de Pisek, del que soy cabo en la reserva.
Desde la estación viajé inmediatamente a casa y recogí mis cosas, tantas como para llenar un diminuto maletín que suelo llevar a las excursiones. Un cepillo de dientes, peine, jabón, cuatro pañuelos, tres camisas y dos calzoncillos. Mi madre quiso meter, además, un tercer calzoncillo y un camisón, pero me negué: “¿Te crees que me voy a la Guerra de los Treinta Años?”.
Luego me encaminé al barrio de Schmichov a ver a Klara. Llevaba seis meses sin verla, pero en lugar de levantarse con un salto de alegría, se quedó blanca como el papel. “¿Por qué te asustas tanto?”, le pregunté. Ella apenas era capaz de responderme, así que tuve que insistir: “¿No me has sido fiel?”. Ella, sin mirarme, me enseñó el anillo que llevaba en la mano izquierda. “¿De modo que estás prometida?” Asintió. Al cabo de un momento empezó a hablar: yo le escribía tan poco, y en mis escasas cartas la animaba siempre a que bailase, conversase y saliera de excursión, así que hace tiempo le dio la impresión de que ya no la quería. Eso era una verdad a medias. En cualquier caso, yo le había escrito tan poco con toda deliberación, para que no se sintiera atada a mí y disfrutase de libertad mientras yo me entretenía en Berlín. Pero en mi fuero interno creía que ella me sería fiel aunque conociera a otros hombres y participase en diferentes diversiones.
Mi tren partía a Pisek a las seis y veinte de la tarde. Comí en casa y hablé con mis hermanos, que no han sido llamados a filas porque pertenecen a cuerpos que no han sido movilizados. Bromeamos para disipar los temores de mi madre y, a continuación, me dirigí al tren. Allí cientos de reservistas se apiñaban alrededor de la taquilla, en medio de ellos, una chica bonita.
Me ofrecí para sacarle el billete, lo que aceptó gustosa. Entablamos conversación y, mientras nos sentábamos juntos, apretados como sardinas en lata, contó que viajaba a Pisek, donde al día siguiente iba a contraer matrimonio de guerra con un oficial de la reserva que también marchaba al frente. Solo temía que su novio no estuviera esperándola en la estación, porque en Correos habían rechazado su telegrama y los trenes no circulaban con regularidad. Su temor aumentó cuando supo por los demás pasajeros que en Pisek los trenes paraban en dos estaciones, “Pisek Apeadero” y “Pisek Ciudad”, y que quedaba completamente descartado conseguir una habitación en el hotel, porque la ciudad estaba abarrotada de oficiales y cada habitación la ocupaban siete u ocho personas. Ahora estaba desesperada por llegar a horas tan intempestivas y quizá verse obligada a vagar sola por la ciudad durante toda la noche, pues no lograría encontrar el número 217 de Pisek y –en caso de encontrarlo– no iba a molestar a una casa desconocida. Los pasajeros le aconsejaron interrumpir el viaje en Pribram, pasar allí la noche y continuar a las seis de la mañana. Yo también acepté esta sugerencia y declaré mi intención de hacer lo mismo, para no pasar la noche en las calles de Pisek. Al llegar a Pribram, me apeé del vagón con ella, fuimos al hotel más cercano y cenamos. Ella ganó confianza conmigo, me habló de su relación de muchos años con su novio, con el que se mostró bastante crítica, aunque deseaba casarse, sobre todo porque él tenía derecho a pensión. Por lo demás, deduje de la conversación, sobre todo de su descripción de las escenas de celos y reproches que le hizo el novio, que la joven tampoco era un angelito. Desvié entonces la conversación a asuntos más divertidos y soborné al camarero para que dijera que solo disponían de una única habitación con dos camas, pero ninguna de una sola cama.
A las seis horas de la mañana partimos a Pisek. Yo me dirigí de inmediato al cuartel. Por el patio pululaban cientos de reservistas, algunos uniformados y otros no. Un sinnúmero de viejos conocidos. ¡Pero cuánto había cambiado la mayoría desde nuestro tiempo juntos de servicio! Los que entonces no habrían salido del cuartel sin el cordón perfumado y habían demostrado su coquetería incluso en la colocación de las estrellas del rango ya no consideraban que mereciera la pena coserse un botón colgante o hacer el dobladillo a unas mangas demasiado largas. Tenían un aspecto desastrado; la vida civil, que antaño tanto habían anhelado, los había tratado peor que el sargento. Estaban envejecidos, se habían dejado barba y estaban convertidos en padres de familia; me causó una impresión extraña que un antiguo colega de la Compañía, que había sido un pícaro tremendo y había pasado conmigo meses de arresto, contase que era padre de cinco niños.
Se hablaba de Serbia, del suicidio del oficial encargado del almacén, el capitán Thoma, del que ha corrido el rumor de que se había matado por los desfalcos. En realidad parece que el almacén estaba en orden y Thoma cometió su acción por puro nerviosismo y miedo al follón.
Por la tarde anunciaron por carteles que el káiser había ordenado la movilización general. Pensé en mi madre y en que seguramente iban a llamar a filas a mis cuatro hermanos; se me encogió el corazón al imaginar cómo estarían ahora en casa con una horrible zozobra por tener que partir a la guerra. La gente leía el cartel funesto sin comprender: “Está bien que también les toque a los demás países”. “Esto significa que también serán movilizados los batallones de cazadores”, etc. Por la noche tuve que hacer el petate y atar arriba el capote. ¡Buf, menudo trabajo! Creo que preferiría helarme “en campaña” a ponerme el capote, por no tener que volver a enrollarlo.
Sábado, 1 de agosto de 1914
He pasado la tarde en casa de un comerciante al que conozco desde que era funcionario del partido socialdemócrata en Praga. Me agasajó, fanfarroneó delante de su mujer de sus relaciones con el mundo literario y me puso como testigo. Contó que, tres o cuatro años antes, se iba todas las noches de juerga con Hugo Salus y que le había prestado veinte coronas en un burdel; Salus se gastó el dinero en bebida, pero no se lo devolvió. ¡El bueno de Salus! Seguramente en toda tu vida te has gastado veinte coronas en bebida, ¡muchísimo menos prestadas! La mujer del comerciante temía que movilizaran a su marido por ser miembro de la reserva territorial. Él mismo confirmaba sus temores con consuelos deliberadamente torpes para dárselas de guerrero y fortalecer su amor mediante el temor. Así que me tocó la penosa tarea de consolar a la mujer, mientras el marido insistía en el peligro que corría.
Por la mañana, en la Compañía, recogí mi fusil y las cartucheras. Me eché encima el petate y el resto del armamento tambaleándome bajo el peso. ¡Y eso que todavía no había empaquetado los cartuchos de guerra! También nos entregaron la cápsula de identificación, un botiquín y un saquito de sal.
Por la mañana nos mandaron formar; soy el jefe del segundo grupo de la cuarta sección y jefe de la cuarta escuadra. Tengo doce personas bajo mi mando. Por la tarde cada hombre recibió doscientos cartuchos de guerra y yo, por ser jefe de escuadrón, solo cuarenta. Ahora me parece una suerte, porque no sé cómo habría transportado semejante peso de plomo junto con las demás cargas.
En Pisek un alférez de avituallamiento murió en la plaza del mercado de un ataque al corazón. Un soldado de la Milicia Nacional se pegó un tiro, un cadete de artillería está ingresado en el hospital con una herida mortal por un disparo. La esposa de un reservista de Purkraditz ha enloquecido. A pesar de enterarnos de tales acontecimientos estamos de un humor inmejorable. Más que humor negro es inconsciencia y, acaso, desconocimiento de la situación. También aquí se juntan la máxima estupidez con la máxima inteligencia:¿qué mejor que despreocuparse? Es una suerte que el buen humor sea contagioso. El café instantáneo que han distribuido lo repartimos entre los jóvenes del pueblo. El pétreo biscote y la carne en conserva los guardamos en el morral, los no fumadores hacen un floreciente negocio con la ración de tabaco. En Pisek no se pueden conseguir estrellas de rango, por eso los cabos y sargentos se han pintado con tiza o lápiz los distintivos. El hotelero Seltmann de Praga, que acaba de llegar en automóvil, cuenta que Jaurès ha sido asesinado por su oposición a la guerra y que el Lovcen ha sido tomado por los austriacos al tercer asalto. Me niego a dar crédito a estas noticias.
En el mercado prestamos juramento a las siete de la mañana. En la plaza no cabía la gente; estábamos apretujados como sardinas en lata. El teniente coronel Haluska abrazó a los viejos soldados de su compañía, desde las ventanas del ayuntamiento arrojaron flores y todos los pobres reservistas que el día anterior habían sido arrancados, presos de la desesperación, de los brazos de sus mujeres e hijos, daban por sentado que los besos que arrojaban las damas elegantes iban dirigidos a ellos, así que los devolvían. Cuando llevaron a la plaza la bandera del regimiento a los sones del himno nacional, la excitación aumentó y, en la pausa entre las dos órdenes «Rindan armas» y «Retiren armas» seguro que casi todos rezaron una jaculatoria, a pesar de que en los cientos de repeticiones de ese ejercicio a nadie se le dijo nunca que en ese lapso de tiempo tuviera que rezar una plegaria. Tras una misa breve, el capitán Turner leyó con gallardía y voz grandilocuente y pasmosa el juramento en alemán para la tropa germana, que lo repitió; le sucedió el juramento en checo. No formar un batallón con los alemanes y jurar separados de los demás se debió a una mala organización. Así, en cada juramento, la tropa de la nación no participante permaneció con la cabeza cubierta en posición de descanso. Además, la fórmula del juramento estaba redactada con unas frases y un estilo penoso, las pausas eran absurdas y el lenguaje, enfático y rimbombante. Al terminar esto, el nuevo jefe del regimiento, el coronel Karl Wokoun hizo un discurso, inspirado en el manifiesto imperial, que fue traducido al checo por el comandante Lasek. A continuación, el coronel dio un hurra por el káiser, la tropa agitó las gorras, los oficiales desenvainaron sus sables y el público en las ventanas agitó sombreros y pañuelos. Después de que el alcalde adornase la bandera con una cinta roja y blanca, comenzó la partida; de algunas ventanas llovían flores, entre el público, las mujeres y los viejos lloraban, y la excitación se contagió a la tropa, que se esforzó por ocultar su emoción con comentarios cínicos.
¡Escríbelo, Kisch!, publicado por Xordica, llega el 19 de noviembre a las librerías.

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/literatura/el-cabo-kisch-en-la-primera-guerra-mundial




"What is the matter with the day?" said Wimsey. "Is the world coming to an end?"
"No", said Parker, "it is the eclipse".

 Dorothy L. Sayers, Unnatural Death




Antes de intentar hablar de las singularidades de nuestro presente o de los cambios que podría traer el futuro, mencionemos al menos una constante del pasado que sigue perviviendo hoy y que sin duda durará tanto como nosotros mismos: la de que nada impresiona tanto a los humanos como sus propias convenciones.
El hombre primitivo prefería enfrentarse a cualquier fiera antes que profanar la tierra sagrada donde enterraba a sus muertos; en el Japón clásico, cometer una torpeza involuntaria en el protocolo de una recepción podía desembocar en suicidio (no nos riamos, porque la guerra de Troya fue motivada por algo tan "convencional" como un adulterio); una falta de ortografía o una equivocación trivial en los tiempos verbales basta hoy para descalificar socialmente a cualquiera; en la época de Franco, la censura prohibía con fervor que una mujer blanca mostrase públicamente sus senos aunque admitía que en documentales más o menos folclóricos apareciesen mujeres negras desnudas de cintura para arriba (si no me equivoco, Juan Pablo II también expulsa de la Basílica de San Pedro a las mujeres demasiado escotadas pero bendice a las que con muy sucinta indumentaria le dan la bienvenida en sus visitas pastorales a África... para luego, eso sí, recomendarles no utilizar la píldora anti-baby). Hay gente capaz de envenenar a su vecino pero que temblaría ante la posibilidad de eructar ruidosamente en un concierto de Mozart. Por no hablar de la convención fundamental de la modernidad, el dinero: individuos que poseen más de lo que podrían gastar en diez vidas se consideran felices si aumentan su capital y se ponen tristes si lo ven disminuir por poco que sea... 
     Las convenciones cronológicas despiertan especial inquietud. Incluso las personas con menos prejuicios hacen interiormente propósitos constructivos cada Año Nuevo o se sienten notablemente más ancianos el día que cumplen cincuenta años que la víspera. ¡Y ahora nos acercamos a un nuevo milenio! El año mil estuvo marcado por múltiples espantos prospectivos (la tesis doctoral de Ortega y Gasset versó precisamente sobre Los terrores del año mil) y el 2000, aunque en tono menos apocalíptico, también va a llegar rodeado de profecías, sobresaltos, augurios de bienaventuranza o negros indicios decadentistas. Desde luego parece que en esta ocasión hay más de espectáculo comercial (¡vender nuevo milenio es buen negocio!) que de teología en el asunto. Incluso hay más tecnología que otra cosa, lo cual no tiene nada de extraño puesto que la tecnología es hoy la heredera más directa de los fervores teológicos del ayer: el nuevo jinete del Apocalipsis es la alteración de los ordenadores por un cambio de dígitos para el que sus programadores no les habían preparado... Pero sea como sea la convención sigue imponiéndose y tres ceros en el calendario nos parecen un augurio más significativo o más inquietante, en cualquier caso más digno de atención, que el hecho ya sabido de que 1,300 millones de seres humanos intentan vivir hoy mismo con un ingreso inferior a un dólar diario. ¡Por lo visto no hay realidad capaz de emocionarnos tanto como las ilusiones normativas establecidas por nosotros mismos... tal como el niño que juega a disfrazarse de vampiro se asusta al verse casualmente en el espejo!
     Por tanto reverenciemos otra vez la convención y sintámonos convencionalmente preocupados ante el cambio de milenio. La primera reflexión (y sin duda la más trivial) es que la convención misma no parece estar demasiado clara. ¿Debemos sentir la especial conmoción milenarista el uno de enero del año 2000 o un año más tarde, al comenzar el año 2001? En un largo milenio la verdad es que 365 días no cuentan demasiado, pero en la vida de un ser humano no son magnitud desdeñable. Y no quisiera yo preocuparme con excesiva antelación o con tanto retraso... Como otras disputas meramente convencionales, la que enfrenta a los milenaristas del 2000 con los milenaristas del 2001 es a la vez apasionada e insoluble, según ha demostrado con erudición y humor Stephen Jay Gould en un libro (Millenium) dedicado al caso. 
     Los partidarios del 2001 cuentan con los argumentos más doctos y con los abogados más insignes, de Rafael Sánchez Ferlosio a Arthur C. Clarke. Resulta por lo demás evidente que si uno tiene mil pesetas (mejor dicho: mil euros) no se quedará del todo sin dinero cuando se haya gastado 999, sino cuando logre invertir las mil unidades monetarias. Y comenzará a derrochar su segundo millar al gastarse la peseta (¡o el euro!) 1,001, la cifra predilecta de Sherezade. Pero no es tan fácil zanjar el asunto, porque en cambio los años de nuestra vida los vivimos a partir de cero, no a partir de uno. Nos sentimos abrumados por los cuarenta o los cincuenta el día que los cumplimos, no cuando ya han transcurrido y cumplimos 41 o 51. En las biografías, es el cero el que marca la entrada en una nueva época. Y resulta que la convención de los siglos o los milenios tiene más que ver en nuestra imaginación con lo biográfico que con cualquier otro respetable aspecto de nuestro sistema de pesas y medidas. De modo que apuesto por la victoria final en el imaginario colectivo de los tres ceros del 2000. Creo que los partidarios del 2001 son mejores matemáticos pero peores psicólogos...
     Sigamos adelante. Ortega y otros muchos hablaron de los terrores del año mil. Ahora por todas partes oímos discutir sobre los temores o al menos las preocupaciones del año 2000. Un poco más adelante ofreceremos un somero catálogo de tales disturbios poco o mucho conjeturales. Antes, otra cuestión previa: ¿por qué se trata ante todo de sobresaltos, amenazas y negros presagios? ¿Por qué no oímos prioritariamente celebrar las conquistas y los logros de nuestro milenio? Es innegable que algunos beatos conmemoran llegado el caso con ingenuo entusiasmo la invención de la imprenta, la abolición de la esclavitud, la Declaración de Derechos Humanos, los viajes espaciales o Internet. Pero son escuchados por la mayoría con conmiseración, impaciencia y —si insisten demasiado— con franca irritación. ¿Cómo se atreven? ¿Es que acaso no ven los males atroces del mundo en que vivimos ni son capaces de vislumbrar los escalofriantes síntomas del empeoramiento que nos acecha? 
     Desde luego nadie mínimamente sensato y por tanto sensible al dolor y la injusticia puede estar realmente satisfecho del mundo en que le ha tocado vivir. Pero esta constatación es igualmente válida para cualquier siglo y cualquier época. La nuestra es indudablemente mala pero no por cierto peor que otras, aunque lógicamente nosotros estemos mucho más familiarizados con sus deficiencias y espantos que con los del pasado. Habrá quien arguya, no sin buenas razones, que quizás antaño se confiaba más en una justicia divina capaz de compensar en otra vida las miserias de ésta, al menos a quienes lo mereciesen: una fe tan consoladora como hoy universalmente debilitada. Y sin embargo también en el cristianísimo año mil prevalecieron aparentemente los terrores sobre las esperanzas... Otros señalan, no menos fundadamente, que es la noción misma de progreso —esa versión laica de la Providencia— la que ha entrado definitivamente en quiebra tras un efímero reinado que se extendió desde finales del siglo xviii hasta la primera gran guerra mundial. Y sin embargo, según han documentado historiadores como Jean-Pierre Rioux y otros, tampoco el último cambio de siglo ni el anterior dejaron de estar presididos por notables voces de alarma. Por cierto que los vigías que alertaban sobre los nubarrones venideros a finales del XIX previnieron contra horrores tan veniales como la moda de incinerar los cadáveres o contra ideólogos tan escasamente atroces como los neokantianos (Rioux dixit), pero no vislumbraron la amenaza del nacionalismo o del racismo, que habían de traer dos guerras mundiales y el exterminio de millones de inocentes. Apliquémonos la lección, ahora que intentamos profetizar las peores sombras que nos aguardan a la vuelta del 2000. 
     ¿Por qué somos más sensibles a los males que suponemos próximos que a los bienes de los que ya disfrutamos? No forzosamente porque éstos sean más escasos o menos relevantes que aquéllos. Más bien se diría que es la propia condición activa del ser humano la que le obliga a concebir siempre la realidad existente como un fiasco que debe ser corregido y no como un milagro que debe ser exaltado. Lo que está bien nos hace pararnos (por ejemplo, Alain señaló que "la belleza no es lo que nos gusta ni nos disgusta sino lo que nos detiene") mientras que lo malo nos acicatea, nos estimula, nos convoca, nos mantiene en marcha. Las imágenes recordadas de la Divina Comedia son las correspondientes al infierno y al purgatorio, punzantemente perturbadoras porque se trata de sufrimientos contra los que la iniciativa humana nada puede emprender. Nadie llama "dantescas" a las imágenes de contento y beatitud, de modo que el paseo del poeta toscano por el paraíso ha dejado sin duda menos huella. Quizá la mejor explicación del fenómeno la ofrece una de las voces menos conformistas de nuestra época, la del muy heterodoxo psicoanalista y pensador Thomas Szasz:

En la eterna lucha entre el bien y el mal, el bien tiene una irreductible desventaja: no tiene futuro, mientras que el mal sí. Como los humanos estamos fundamentalmente orientados hacia el futuro, tenemos un insaciable incentivo para ser orientados por el mal en todas sus formas, esto es por la culpa y el arrepentimiento, la pobreza y la estupidez, el crimen, el pecado y la locura. Cada uno de estos daños es susceptible, al menos en principio, de ser remediado o corregido de una forma u otra. Pero ¿qué puede hacer una persona con lo que está bien salvo admirarlo? El bien frustra así precisamente esa ambición terapéutica en el alma humana que el mal satisface tan perfectamente. Por tanto lo que Voltaire debería haber dicho es que si no hubiese diablo, habría que inventarlo.
Al mirar hacia el futuro, es por tanto casi inevitable que sea la denuncia o premonición de los males lo que prevalezca sobre la celebración de los bienes. ¿Cuáles son los que hoy —cara al mañana— más nos preocupan? Por lo general las sombras siniestras que se alargan desde el presente hacia el inmediato porvenir suelen darse por parejas opuestamente amenazadoras. La mayoría de los que tocan a rebato contra uno de los perjuicios previsibles permanecen tenazmente ciegos ante el otro, denunciado con no menor brío por quienes en cambio no reputan como temible el fantasma anterior. De modo que la mayoría de nuestras Casandras son hemipléjicas. Salvemos al no tan reducido número de quienes —olvidadizos, inconsecuentes o partidarios de los dilemas agónicos— tanto nos previenen hoy contra uno de los extremos malignos como mañana alertan no menos urgentemente ante la inminencia de su contrario. Por decirlo del modo menos comprometido frente a los denunciantes y más comprometedor frente a lo denunciado, puede que todos tengan su parte de razón...
     La amenaza número uno incluye dos espectros antagónicos: por un lado la homogeneización universal como consecuencia de la llamada mundialización y, por otro, la creciente heterofobia que convierte cada diferencia humana en pretexto de hostilidad o exclusión. Por culpa de la primera, el mundo se va uniformizando y por tanto empobreciendo, desaparecen las diferencias que constituyen la sal cultural de la vida, por mucho que viajemos siempre encontramos los mismos programas de televisión y los mismos anuncios de refrescos, nos dirigimos a marchas forzadas hacia un hamburguesamiento cósmico, etc. Por culpa de la segunda, aumentan los desmanes del racismo, la xenofobia, el nacionalismo y la intolerancia religiosa. Crece la hostilidad al mestizaje, principio fecundo de las edades de oro culturales y de toda innovación (hasta de nuestra vida misma: la reproducción sexual —a diferencia de las mitosis clónicas de organismos inferiores— impone un mestizaje genético obligado). Se mitologiza hagiográficamente lo originario, lo puro, las raíces; la autodeterminación se convierte en un pretexto para que una parte de la población determine "quién" debe vivir y "cómo" debe vivirse en un territorio determinado; se decretan identidades culturales y se las acoraza frente a las demás, etcétera. 
     La segunda pareja antitética de espantos pudieran formarla, por un lado, la proliferación ciegamente destructiva del terrorismo y por otro el establecimiento agobiante de un orden mundial con su capital en EE.UU. y el pensamiento único neoliberal como dogma ideológico. En el primero de los casos, gracias a la sofisticación y manejabilidad cada vez mayores de las armas de destrucción masiva, las sociedades democráticas se encontrarán a merced de fanáticos que practican no sólo una violencia instrumental —destinada a conseguir lo que quieren— sino ante todo expresiva—cuyo fin es afirmar trágicamente lo que son—, los cuales, a fin de cuentas, terminarán por lograr literalmente imponer lo que quieran ser... o por no dejar títere con cabeza. Esta es la perspectiva de perpetua guerra civil de la que nos previno Hans Magnus Enzensberger o el mundo que se resigna a la generalización del asesinato en cadena, según el irónico cuadro dibujado por el autor de ciencia-ficción Stanislaw Lem en su trágicamente divertida novela El congreso de futurología. En el extremo opuesto, están quienes advierten el posible triunfo de un control mundial manejado por el omnímodo poder oligárquico de quienes representan los intereses de los más privilegiados, aquellos que disponen de la información, la propaganda, los medios electrónicos de vigilancia de las vidas privadas y los más feroces elementos punitivos de represión colectiva. También de la legitimación para actuar: ayer la rebelión era un pecado contra el poder emanado de Dios, mañana puede convertirse en un crimen contra la humanidad... según lo entiendan quienes hablan en su nombre y decida el gendarme universal que desde Washington castiga o sostiene tiranos siempre en beneficio propio.
     La tercera plaga enfrenta la dualidad entre la creciente multitud de los miserables, a la vez dignos de compasión y objeto de temor por su vehemencia reivindicativa, y la extensión cada vez más general del bienestar sin alma de una abundancia consumista que convierte a sus supuestos beneficiarios en meros compradores o usuariosdesprovistos de sosiego espiritual. Según la primera y alarmante perspectiva, se va haciendo más ancho el abismo que se abre en el mundo finisecular entre los pobres y los ricos. A quienes no tienen casi nada les resulta más fácil perder eso poco que conseguir algo más, porque la riqueza ya no sólo es cuestión de dotes personales ni de falta de escrúpulos sino también de poseer la información adecuada en el momento adecuado... para lo cual hay que estar enchufado en la red comunicacional pertinente. La multitud de los miserables pone su esperanza en llegar a acercarse a los lugares donde es posible medrar un poco y recibir cierta protección social, por lo que se desborda invasora hacia los países más pudientes. En cambio la inquietud opuesta profetiza la metástasis de un irrefrenable supermercado planetario en el que cada cual obtendrá más y más productos pero disfrutará de menos y menos alma, sentimiento, solidaridad, compañía comprensiva... hasta que llegue a quedar definitivamente anestesiada, a fuerza de cosas poseídas, la capacidad humana de rebelarse contra la embrutecedora acumulación: ¡el agobio del ser por el tener o, mejor dicho, por el adquirir!
     Cuarto dilema atroz: por una parte, las pandemias contagiosas de diferentes plagas ligadas a un uso vicioso de la libertad individual, desde el sida y la droga hasta la adicción estupidizante a la pequeña pantalla de la que recibimos órdenes y estímulos; por otra, la imposición obligatoria de cierto tipo de salud pública física o mental por un paternalismo despótico que se considera autorizado para establecer lo que ha de sentar bien a cada cual. La primera denuncia la perversión de lo humano por promiscuidad, pedofilia, la droga que todo lo corrompe o la televisión que todo lo hipnotiza. Nuestros cuerpos están amenazados por los manipuladores psíquicos a través de la vía libidinal, química o catódica, favorecidos por medios que rebasan todas las fronteras y son difícilmente controlables. La segunda insiste en que gubernamentalmente sólo se entiende la vida como mero funcionamiento genérico de acuerdo a patrones de ortodoxia productiva y no como experimento personal. Así se pretende establecer de antemano un catálogo universal de "vicios" que han de ser extirpados por todos los medios, incluidos la eugenesia y la restricción supuestamente bienintencionada de la libertad de cada cual, de modo que sólo lo certificado como "sano" tenga socialmente derecho a existir. En algunos casos,siendo quizá el más evidente la cruzada contra las drogas, las contraindicaciones del remedio se demuestran peores que cualquier supuesta enfermedad...
     Este catálogo de amenazas contrapuestas podría sin duda extenderse aún bastante, incluyendo lúgubres perspectivas ecológicas o demográficas, etcétera. Todos los casos mencionados (y otros semejante que añadiésemos) comparten dos características: primera, la de no ser cada uno de ambos extremos tan incompatible con el otro como pudiera creerse a primera vista. Quizá sean, en cierto modo, complementarios y uno de ellos nazca precisamente como reacción exagerada contra su inverso. En segundo lugar, lo que se contrapone en todos los ejemplos es por un lado la pretensión de establecer pautas comunes universales que garanticen cierta armonía entre las sociedades ultramasificadas y por otro la exasperación de lo diverso y particular, que reivindica la irreductible variedad de las formas de entender lo humano. Por un lado, los peligros de la excesiva variedad, que impide la armonía y alimenta los antagonismos; por otro, los de una hegemonía que impone el beneficio o los ideales de unos cuantos a costa de todos los demás. ¿Pueden intentarse propuestas que favorezcan la reconciliación de intereses a tan gran escala? Supongo que en eso consiste la principal tarea política y aun ética que deberemos afrontar a comienzos del nuevo milenio.
     Permítanme una breve digresión sobre el fundamento de la concordia entre seres pensantes. En las disputas científicas o filosóficas el entramado causal de la realidad física, lo que llamamos el "mundo exterior", es a fin de cuentas el arbitraje decisivo entre las diversas teorías propuestas. Por muy posmoderna que sea nuestra perspectiva y por más flexibles o relativos que sean nuestros criterios de verificación, la última instancia sigue siendo la adecuación o no de lo que profesamos con la terca realidad. Sólo las descripciones que se parecen al mundo logran funcionar en él. Pero, en cambio, cuando se trata de valores éticos o políticos (y desde luego también hay valores políticos, más allá de la simple apetencia de conquistar el poder y conservarlo a toda costa) falta ese último tribunal de apelación: en el terreno moral no hay algo análogo a la causalidad física o al "mundo exterior", aunque muchos moralistas postulan un arbitraje semejante acudiendo a Dios —del que sabemos poco— o a la Naturaleza, cuyos propósitos normativos conocemos aún peor. Como bien ha señalado Bernard Williams, cuando la pregunta es "¿qué debo creer?" (por ejemplo sobre la altura del Mont Blanc o acerca de si el estroncio es un metal) cabe una respuesta en tercera persona basada en la realidad física; pero en lo tocante a la razón práctica, es decir a la pregunta "¿qué debo hacer?", sólo puedo ofrecer razonamientos en primera persona que justifiquen mis motivos de actuar. Tales argumentaciones también procuran apoyarse en lo real aunque siempre de un modo mucho más aleatorio que en el caso de las ciencias; busco ganarme las adhesiones razonables de mis interlocutores pero no puedo aspirar —salvo superstición, es decir, salvo imponer una estructura valorativa arbitraria universal— a un árbitro objetivo y no meramente intersubjetivo que zanje suficientemente la disparidad de criterios. En los valores no todo es meramente relativo pero nada resulta inequívocamente absoluto: el mejor razonamiento en este campo nunca excluye sino que toma en cuenta tras el debido debate las razones del otro. 
     Tras declarar este planteamiento, voy a atreverme a proponer ciertas orientaciones sobre la forma de afrontar en la práctica los temores convencionales que marcan el cambio de milenio. Creo que todas las culturas, desde la más primitiva hasta la tecnológicamente más desarrollada, tienen dimensiones que las cierran sobre sí mismas hasta llegar a blindarlas frente a las otras (la acertada expresión es de Giacomo Marramao). La proclamación defensiva o agresiva de "identidades culturales" responde a este repliegue belicoso, siempre basado en el neurótico esquema entre lo "nuestro" y lo "ajeno", lo "propio" y lo "impropio", etc... Pero las culturas no tienen como única función identificar a los miembros de un grupo: también sirven para desarrollar idiosincrásicamente lo que no pertenece a ningún grupo en concreto, aquello que nos identifica con lo distinto y no sólo con lo próximo y lo igual, en una palabra lo que nos abre a la pluralidad universal de lo humano. En cada cultura la superstición, el capricho o el afán de rapiña alejan de los otros, pero la creación artística, el conocimiento científico o la compasión moral nos aproximan al resto de nuestros congéneres. Podemos llamar "culta" a la persona que conoce bien su propia tradición cultural y quizá los rasgos importantes de algunas más; pero sólo es "civilizado" quien desde su propia cultura o desde varias aspira a reconocer, fomentar y reconciliar lo que tienen en común todos los seres humanos. Las culturas y subculturas son —y deben ser, tal es su encanto— voluntariosamente distintas; pero la civilización humana ya no puede ser más que una en lo esencial y tal vez en ello estriba lo más noble de la por tantas otras razones sospechosa mundialización. Posiblemente el reto del próximo siglo (me resisto a hablar del próximo milenio, porque mil años no me parecen medida adecuada para proyectos humanos... ¡sólo la inhumanidad de los nazis pretendió un Reich de mil años!) consista en potenciar la civilización a partir de cada una de las culturas y no cada cultura en detrimento de la común civilización...
     Hay un vínculo estrecho entre civilización y ciudadanía, entendida como el derecho de cada persona a su autonomía, inviolabilidad y dignidad propia, sea cual fuere su origen étnico, su nacionalidad, su sexo, su comunidad cultural de pertenencia. No es que la civilización exalte a los individuos como independientes de sus grupos culturales, sino que entiende tales grupos a partir de los individuos que los forman y a éstos como nunca del todo reducibles a sus rasgos de identificación colectiva. Tal es precisamente el sentido de la Declaración de Derechos Humanos, cuya prueba de fuego estriba en reconocérselos no a los compatriotas o a quienes nos son más próximos y parecidos, sino al que viene de fuera: al inmigrante, al exilado, al apátrida, al distinto y distante, a quien no tiene el respaldo de su afiliación a un país poderoso sino sólo su pertenencia inerme a la humanidad que los demás han de confirmarle. Sin duda, los derechos humanos implican una concepción de lo social profundamente subversiva de prejuicios atávicos y modos de pensar tradicionales. Sus críticos los consideran meramente una imposición imperialista del etnocentrismo occidental y reivindican el derecho frente a ellos a la autoafirmación de colectivismos tribales, olvidando que en su raíz revolucionaria (se impusieron por primera vez en América gracias a una sublevación y en Francia tras cortar la cabeza a un rey) esos principios universalistas tambiénsubvirtieron a los viejos regímenes europeos y siguen hoy subvirtiendo cuando se los reclama de veras el propio tribalismo consumista, acumulativo, depredador y excluyente del modelo occidental de sociedad.

Un mundo de ciudadanos no es meramente un conjunto de átomos regidos por el principio seudodarwinista de la ley del más fuerte sino un campo abierto en el que las determinaciones tradicionales influyen pero no constriñen hasta la asfixia. Un pensador actual (Z. Bauman) habla de una pluralidad de hábitats de significado personales que se solapan y coexisten dentro de cada una de las áreas culturales y cuya proliferación armónica podría ser precisamente la cifra de esa civilización a la que aspiramos. Por supuesto, desde la vieja democracia ateniense sabemos que no puede haber ciudadanía efectiva sin un mínimo económico garantizado: la miseria sin remedio ni esperanza convierte a las democracias en parodia y a los ciudadanos en esclavos o marionetas. Por muy personal e individual que sea la iniciativa que enriquece a los unos, la creación misma de abundancia es un proceso social del que nadie debe verse plenamente descartado por sus circunstancias personales o por las exigencias del mercado. De modo que la exigencia de una renta básica de ciudadanía, un ingreso mínimo común garantizado a todos como un derecho y no como forma de caridad, es uno de los objetivos irrenunciables de la civilización venidera. Permitiría además que cada cual regulase de acuerdo con sus preferencias su entrega a la productividad y al ocio, favoreciendo el reparto del trabajo que en muchos países aparece como la única alternativa digna imaginable (frente a la aniquilación de las garantías sociales y la degradación de la mano de obra) ante el paro endémico de las sociedades altamente industrializadas. 
     Una última indicación: hablar del futuro de las culturas y de la civilización implica, necesariamente, hablar de educación. Mientras millones de niños en todos los continentes carezcan de los elementos básicos del conocimiento laico y racional, mientras crezcan desatendidos por sus mayores, abandonados a su suerte o aun peor —utilizados como minisoldados, como mano de obra barata, como esclavos del placer de adultos sin escrúpulos—, la civilización seguirá siendo un sueño impotente o una vil coartada para que las multinacionales extiendan la red de sus negocios. Y esa es la sombra más oscura que lanza sus tinieblas sobre el nuevo milenio, como entenebrece ya nuestro presente ahora mismo. -

https://www.letraslibres.com/mexico/las-culturas-la-civilizacion