Se edita al fin la novela de Lenz sobre un desertor de guerra, censurada en su época.

Su novela "Lección de alemán" está considerada un clásico.

Cómo se autoengañan ustedes, los alemanes, cuando piensan que el abismo es un peligro para los otros”. Es el último verano de la última Guerra Mundial. Y quien juzga así a sus excompatriotas es Wolfgang, exsoldado del Tercer Reich pasado a las filas de la guerrilla polaca y del ejército soviético. Otro tanto hace Walter Proska, angustioso, angustiante protagonista de la novela póstuma de Siegfried Lenz, El desertor.

Lenz conoció el éxito con su novela Azores en el aire, muy leída como folletín, bien reseñada como libro. Terminada en 1951 El desertor, buscó publicarla. Con amanerada cortesía no exenta de brutal determinación, fue rechazada por los editores. Los lectores editoriales externos, que informaron sobre el texto, propusieron censuras y reescrituras que acaso podrían salvar la publicación.

El trabajo sobre el texto de Lenz por el Dr. Otto Görner, lector editorial, combina por igual, de un modo que acaso solo pueda encontrarse en Alemania, un manifiesto y probado profesionalismo, de calidad suprema, con un soterrado, atrincherado, inexpreso prejuicio. Görner fue secante: la novela El desertor solo se podía publicar si se cercenaba completa la parte en la que se hablaba de deserción. Publicar el texto sin mutilarlo era indeseable –es más, inoportuno, sugería Görner– en tiempos de la Reconstrucción y del Milagro Alemán del democristiano premier Konrad Adenauer.

La novela era antipatriótica, concluía, porque el autor prescindió de tomar todos los recaudos para tratar el pasado nazi con el debido cuidado. Los 50 eran los tiempos más calientes de la Guerra Fría, y esto le ganaba a la novela otra condena: que el protagonista desertara al Ejército Rojo era una indeseable –es más, intempestiva– celebración de la Unión Soviética. Lenz guardó la novela en un cajón, donde fue encontrada después de su muerte. En 2016 publicó El desertor Hoffmann und Campe, la misma editorial de Hamburgo que medio siglo antes había acabado por rechazar la novela.

Resulta tan desaconsejable como imposible leer El desertor sin atender a los pormenores de la antigua censura y tardía publicación de la novela que, ha dicho la crítica alemana, es una de las mejores de Lenz, y por tanto una de las mejores novelas alemanas del siglo XX.

Al avanzar se hace difícil detectar qué despertó aquellas alarmas o irritaciones tan graves que hicieron que recién hoy podamos leerla. No es una novela política, ni incurre en revisionismo histórico urticante. Es más bien “existencialista”, formula preguntas sobre cómo debe obrar el individuo aislado, y la acción colectiva no parece ser una respuesta que ofrezca el autor, o que encuentre el personaje.

Como en otras novelas de Lenz, el tema y problema de El desertor es la progresiva toma de posición ética por una conciencia media, que se hace posible –o irremediable– al hallarse el protagonista en una suerte de paréntesis, de temporario vacío, en una relativa, forzada soledad.

En Lección de alemán, la más famosa entre ellas, del próspero y turbulento año 1968, el protagonista, el alumno castigado y encerrado que debe escribir una composición, empieza a ponerse en claro, a pasarse en limpio, qué es el nazismo. Es un estudiante secundario, y la lección de alemán del título es el equivalente de la tradicional, rutinaria clase u hora de Castellano en nuestras escuelas secundarias. El estilo de Lenz es lúcido, su arte narrativa es deliberadamente despojada, de un sobrio neo-realismo, guiado por una noción de la responsabilidad de la literatura que presupone sus bodas indisolubles con la inteligencia, o la inteligibilidad.

El sesgo crítico del futuro desertor Proska va creciendo con el verano y la finalización de la guerra en que le tocó combatir, pero sus cuestionamientos y sus interrogantes, tan escasamente específicos, se verían justificados en cualquier otro conflicto.

Si hoy, fecha en que El desertor se publica, un escritor emprendiera una novela histórica sobre los conflictos de Proska, y la situara en el mismo tiempo y el mismo espacio, tal vez compondría de modo más rico en detalles el entorno narrativo. Pero en 1951 ese paisaje aún no había sido sepultado por la Unión Europea y el entero público lector había conocido de primera mano esa Guerra.

El gran escenario de las deserciones estivales de una tropa a la deriva, durante un verano particularmente inclemente, es el Frente Oriental, el más minado de explosivos y escamoteos para la memoria alemana.

El desertor, Siegfried Lenz. Trad. Consuelo Rubio Alcover. Impedimenta, 366 págs.

https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/siegfried-lenz-primer-verano-todas-derrotas_0_6G6oVM9kg.html


Los cuerpos de los fieles de Jim Jones, en la selva de Guyana. 

Ocurrió en 1978 y la indujo el pastor Jim Jones. Hubo 919 muertos. 


A 40 años de la masacre de Guyana, el delirio místico de Jim Jamesy su secta sigue causando espanto. Fue el mayor suicidio colectivo del que se tiene conocimiento: más de 900 personas, muchas de ellas junto a sus hijos, acataron la orden del líder y bebieron un letal cóctel de cianuro. La sórdida historia en la pantanosa selva del pequeño país sudamericano sacudió al mundo el 18 de noviembre de 1978.

Un mundo que, por otra parte, ya estaba convulsionado por otros personajes tan alienados, o más, que el pastor estadounidense. Ese año, la Argentina padecía atroces operativos de la dictadura y ocultaba campos de exterminio mientras la Selección se quedaba con Mundial, en un triunfo que no alcanzaba a disimular el horror. En Nicaragua, Somoza daba los últimos estertores antes de caer bajo la revolución Sandinista; en Chile, Pinochet perseguía a los sobrevivientes del golpe contra Allende.


Los vasos con que tomaron el cianuro aún sobre la mesa.

Todos eran hechos cruentos y determinantes, pero la alegórica historia de Jim Jones, donde el frenesí religioso, la megalomanía y el mesianismo se combinaban de manera monstruosa, acaparaba la atención y se multiplicaba en las páginas de los diarios de todo el mundo. Otra época, donde las noticias eran papel y tinta. Internet apenas comenzaba a pensarse en los ámbitos académicos.A Europa no le iba mejor. Ese año, las Brigadas Rojas asesinaban a Aldo Moro en Italia; y en el Vaticano moría misteriosamente Juan Pablo I, el papa bueno, a quien una misteriosa taza de té le arrebató el pontificado a 33 días de la asunción.
Otra imagen de la masacre en Guyana.

Las audiencias seguían incrédulas lo ocurrido en la jungla de Guyana. Decenas de periodistas viajaron a su capital, Georgetown, ex colonia francesa y holandesa. Clarín, pionero en esas coberturas, mandó a un enviado especial. Al cuarto día de conocerse el hecho, Carlos Marcelo Thiery se encontraba en el lugar describiendo el escenario de la masacre.

Cuando arribó al aeropuerto, el número de muertos era confuso. Se hablaba de alrededor de 300. Luego se encontraron los demás cadáveres diseminados en la jungla, rodeando el predio de 140 hectáreas que tenía el “Templo del Pueblo”. En total había 919 cuerpos, de los cuales 276 eran chicos. Todos habían bebido un brebaje a base de jugo y cianuro, preparado con las proporciones adecuadas por el médico Harry Schacht.
Jim Jones, el pastor mesiánico que provocó la masacre.

Jim Jones, un pastor carismático del movimiento pentecostal, había formado una importante comunidad religiosa en California. Más del 70% de sus seguidores eran negros, resultado de su prédica contra el racismo en un país donde la xenofobia aún estaba muy presente. Con la paranoia propia de la Guerra Fría, el reverendo estaba convencido de que una guerra nuclear era inevitable.

Por eso decidió abandonar EE.UU. y establecerse en la selva de Guyana, donde quedaría a salvo de la hecatombe. A 160 km de Georgetown fundo su comunidad, a la que llamó, como buen ególatra, Jonestown (pueblo Jones). Estaba casado y tenía un hijo de 19 años.

Según contaron a Clarín los sobrevivientes, Jones hacía trabajar a sus seguidores “entre 14 y 16 horas diarias cultivando la tierra, cuidando cerdos o criando gallinas, y las jornadas de descanso consistían en escucharlo durante 7 u 8 horas seguidas”. Era autoritario y violento con quienes lo desobedecían. Les aplicaba palizas públicas, los encerraba en jaulas subterráneas o los azotaba frente a todos.
Un poco más de 80 fieles decidieron no tomar el cianuro y huyeron a la selva. Fueron los únicos sobrevivientes. (AP)
Los fieles debían entregarle cuanto poseían,y él les daba un sueldo de dos dólares semanales. La prédica religiosa rendía sus frutos. Después se supo que tenía cuentas en Europa, América latina y California por cerca de 10 millones de dólares.

La crisis se desencadenó cuando un senador estadounidense, Leo Ryan, decidió comprobar si eran ciertas las denuncias de malos tratos en la comunidad. Ryan viajó a Jonestown junto a tres periodistas y varios colaboradores. Fue recibido con una fiesta por Jones y su gente. Sin embargo, algunos fieles le pidieron al senador que los ayudara a huir, porque estaban bajo el poder de un déspota. Esto enfureció al reverendo.


Los cuerpos del senador Ryan y sus acompañantes, en el aeropuerto de Georgetown. (AP)

Ante el giro del caso, Ryan intentó regresar rápidamente a su país junto a los desertores. No pudo hacerlo: un grupo de hombres de Jones -a los que se conocía como “Los Angeles” del líder- lo interceptó en el aeropuerto y asesinó a todo el grupo. Para demostrar su odio, a Ryan le dispararon varios tiros en la cara.

Jones se dio cuenta de que la situación no tenía salida. Durante siete días dispuso una diabólica vigilia mortal, hasta concretar el suicidio colectivo. Varias veces había “ensayado” ese final.

El doctor Schacht, junto a dos enfermeras, preparó el cianuro en un barril y el líder comenzó a distribuirlo. “El reverendo Jones estaba de pie rodeado de guardianes y ayudantes. Parecía no importarle que la gente gritara, llorara e implorara, ni que los niños presintieran la muerte. El reverendo parecía tranquilo y feliz mientras repartía las dosis de veneno en vasos, o las hacía dar en inyecciones intravenosas a quienes se resistían”, relató un testigo en las páginas de Clarín.

Poco más de 80 fieles rechazaron la orden y huyeron a la jungla, mientras “los ángeles” les disparaban. 

Las frases demenciales de Jones cerraban la escena: “No griten y mueran con dignidad”; “Te veré en la otra vida hermano”; “Hagan tomar a sus hijos primero”; “Por fin hemos conseguido la paz”. Una vez que todos tomaron el cianuro, Jones se mató de un disparo en la cabeza.

La exaltación mística del reverendo Jones se había contagiado a sus seguidores. Así de persuasiva puede ser la locura.

https://www.clarin.com/mundo/40-anos-guyana-suicidio-colectivo-grande-historia_0_R917LIas4.html