En los tempranos 90, su novela Trainspotting elevó la voz de una generación y un lugar, Edimburgo, para dar cuenta de la desilusión y el vacío de una manera alternativa y furiosa que la apartaba de lamentos y elegías de libros similares. La película consolidó la fama de Irvine Welsh, quien siguió escribiendo novelas en la misma tónica. Hace poco estuvo en Buenos Aires como uno de los invitados notables del FILBA número diez, algo que coincidió con la publicación en castellano de su última novela, Un polvo en condiciones (Anagrama), donde ahora la adicción se relaciona con el sexo. En esta entrevista, Welsh compara las distintas experiencias generacionales de los 90 a la actualidad y cuenta de su feliz actuación como Dj en Buenos Aires.


En los 90 fue Trainspotting y el libro se hizo carne. Corolario del tatcherismo y del punk de los 80, la primera novela de Irvine Welsh se metía en el lado B de una Escocia no apta para el turismo castillero. La lengua de los barrios bajos, ese gaélico de los yonkis que rebautizaban a Edimburgo como la capital europea de las drogas y del sida, cifraba un material que el propio Welsh pensó impublicable. La Escocia-escoria,  protagonista de la novela, se convirtió primero en un acontecimiento literario y luego en espejo de la decadencia que traspasó todas las fronteras cuando Trainspotting llegó a ser película deviniendo en ritual y rezo de la generación del vacío. Generación que veía agonizar el canto de libertad y goce sexual de los 80 para tener que vérselas con la pandemia del VIH, mientras saludada con una mueca tan joven como escéptica al nuevo orden de la globalización, a la era posindustrial que llegaba con su abismo tecnológico para terminar de barrernos de las calles, para decirnos que tal vez era cierto, que no había que elegir tanto la vida porque la vida era el día a día de la desocupación local, el neoliberalismo arrasando cualquier consigna de igualdad y fraternidad, cualquier resto de pasión setentista por el hombre nuevo para ponernos a mirar a través de una pantalla las últimas noticias de la muerte en los Balcanes, para entrenarnos en clave apocalíptica cuando las computadoras estallaran al llegar el año dos mil. Como contrapartida, la generación del vacío buscaba desesperada algún sentido en la exploración de lo alternativo, apellido musical de las fusiones que surgieron en una década en la que el rock y el metal vivieron su momento de apogeo con el álbum negro de Metállica, el surgimiento del hard core, el grunge, el rave, Guns y PJ Harvey, Nirvana, Bjork y Portishead, un eclecticismo que acá se llamó Babasónicos, Los Brujos, Divididos, La Portuaria. Una generación nihilista que no llegaba a tener una impronta identitaria como sus antecesoras y que en Reality bites –a pesar de su liviandad espumante marca MTV– reunió a un público que recibiría la obra welsheana como un grito de hastío más contundente contra la oferta de un futuro que nunca antes había homologado tan descaradamente éxito y consumo.
A más de 20 años de su primer gran éxito, Irvine Welsh pasa la mayor parte del tiempo en Miami, vive de rentas, de su propia productora de cine y vuelve a Escocia varias veces al año no solo para visitar a la familia sino también para no perder la jerga vernácula de los pubs y de las calles donde viven sus personajes. Hijo de obreros, criado entre los monoblocks de Muirhouse –el Lugano 1 y 2 del norte Edimburgo– donde transcurren la mayoría de sus historias de Trainspotting en adelante, a los dieciséis Welsh dejó la escuela y migró a Londres buscando en el movimiento punk lo que no había encontrado en el barrio ni en la escuela ni en la decena de trabajos de los que fue expulsado por su adicción a la heroína. Tocó la guitarra y cantó en varias bandas sin éxito ni talento hasta que un accidente de tránsito le salvó la vida: “En esos días estaba limpio, había ido a Escocia para ver un partido de fútbol y el colectivo en el que viajaba chocó contra otro y yo me caí. Me dieron dos mil libras en compensación. Si hubiera ocurrido unos meses antes me lo habría gastado en drogas, pero en vez de eso saqué una hipoteca y me compré un depto en Hackney por ocho mil. Al año y medio lo vendí por quince, era el boom inmobiliario en Inglaterra y yo me subí a ese tren”.
Welsh irrumpió en la escena literaria escocesa con una voz y un paisaje que no había sido tenido en cuenta hasta el momento, la Escocia que nadie quería ver: una generación entera que se estaba suicidando de sobredosis o en el contagio intravenoso de las jeringas compartidas. “Yo quería mostrar personajes que no veía en la ficción pero que habían estado y aún estaban a mi alrededor. Habíamos cambiado de ser una economía basada en el empleo a una economía basada en las drogas, y eso no se reflejaba en la ficción de aquel momento. Yo creo que los personajes de Trainspotting son universales, solo que están traducidos en clave de una cultura específica. Por otro lado había una energía en el estilo de la prosa que salía directamente de las calles mientras que mucha ficción literaria manejaba un lenguaje más rígido, menos vivo. Esa combinación de factores creó algo. De todas formas, cuando escribís un libro estás inmerso en el mundo que creaste. No tenés idea de quién lo va a leer y cómo se va a recibir”.
¿Y cuál fue el desafío después de que tu primera novela se convirtiera en un fenómeno cultural?
–Ninguno. Para mi fue pura diversión, fue como decir: ¡es esto, es esto! Estoy haciendo lo que me gusta hacer y lo que debí haber hecho mucho antes, lo que vine a hacer con mi vida. Fue fabuloso, fue como llegar a mi casa. Porque siempre me había sentido un viejo, toda la vida me pasó eso. Cuando tenía 28 años me sentía muy desgastado, imaginate a los 30: ya estaba muriéndome. Y creo que hay solo dos edades importantes en el envejecimiento horizontal de la vida, son las que están en los dos extremos: el momento de nacer y de morir. Cualquier cosa que pase en el medio de esa línea simplemente ocurre, no hay mucho que puedas hacer al respecto. Por eso creo que lo peor es el envejecimiento vertical. Y a los 28 yo me sentía extremadamente viejo. Tenía un gran trabajo, me pagaban muy bien, una esposa hermosa, era maravillosa, una casa linda, un buen auto, pero yo era más infeliz que la mierda porque no estaba haciendo lo que quería, yo quería hacer algo creativo. Y cuando publicaron Trainspotting y pasó lo que pasó, de pronto me vi viviendo la vida que quería. En mis propios términos.
Diste el primer paso pero también tuviste suerte, la vida te eligió a vos
–Definitivamente. En principio tuve mucha suerte de haber vuelto a vivir a Edimburgo en un momento culturalmente clave. Había escritores como Kevin Williamson, Duncan McLean, el poeta Rodney Relax y cruzarme con ellos me influyó por completo. En los 90 había mucha gente en Edimburgo tocando en pubs, leyendo poesía en las calles, tuve la suerte de estar ahí en ese momento. Muchos fueron agarrados por editoriales grandes de Londres que iban a buscar sangre nueva a Escocia porque había mucho talento ahí. Es interesante lo que pasa ahora entre los que fueron publicados por grandes sellos y los que no, los que siguen haciendo la suya, hay cierta tensión. Muchos celos también. Yo siempre había querido hacer algo creativo, incluso cuando consumía y tocaba en bandas horribles de punk en Londres pero en las que me divertí muchísimo. No quería ir a trabajar cada mañana de mi vida de 9 a 5. No podía hacer eso, pero también quería estar en un lugar en el que no tuviera que preocuparme por llegar a fin de mes. Odio todo eso, todos lo odiamos. Entonces estar en una posición en la vida en la que no tenés que preocuparte más por eso y encima hacer lo que te gusta, es lo más parecido al paraíso. Especialmente si venís de una clase y de una generación que no tenía muchas opciones en el horizonte más que el consumo de drogas y el desempleo. Yo nunca pude entender a la gente que habiendo hecho algo de dinero quieren abrir sus propias empresas, probarse que pueden ser buenos emprendedores. Fuck all that. Hay que vivir la vida y disfrutarla.

DJ en Buenos Aires

Welsh estuvo en Buenos Aires para participar de la programación del FILBA, que este año celebró su décimo aniversario y lo festejó a lo grande con invitados como Anne Carson, Catherine Millet, David Leavitt y que tuvo a Welsh como Dj de la fiesta de cierre en Niceto Club. Y aunque dejó a la audiencia con ganas de bailar alguno de los temas de la  banda sonora de Trainspotting, hubo una comunión generacional entre el dj escritor y los lectores danzantes que lo acompañaron en la pista al grito de MMLPQTP seguido por el olé-olé-Irivne-Irvine cuando en lo mejor de la secuencia techno que estaba pasando se cortó la luz. Irvine por supuesto adoró ese momento tan argento y lo comentó en su cuenta de Twitter como lo mejor de la noche. Y a pesar de que por momentos le cansa hablar de sus personajes más famosos –digámoslo, de su mejor obra– sabe tanto como sus lectores que con ese único gran libro podría haber justificado su carrera como escritor y que, como toda primera obra, tiene mucho de autobiográfico repartido entre los distintos chicos de la banda. 
Renton también se vuelve DJ en Dead Men´s trousers, te sentís cerca de tu primer gran narrador?
–Sí, tiene mucho de mi. Cuando escribo como él lo hago desde un lugar más tímido, Renton es en cierto modo muy auténtico. Renton ha cambiado con los años, se volvió más exitoso, siente que logró hacer algo con su vida y eso es algo que él quería, pero al mismo tiempo, cuando está solo, no se siente satisfecho. Es un malestar común que la gente siente. Buscan algo, lo consiguen y luego piensan: ¿qué carajo fue todo eso? ¿Valió la pena gastar tanto tiempo y energía en esta búsqueda? Yo ahora por ejemplo estoy haciendo un álbum de techno. Mi manager me dijo que voy a tocar en Glastonbury el año que viene. Es genial, hace años que estoy intentando hacer música y de repente está sucediendo ahora. Tengo que ser sincero: no mejoré como músico desde mis años de punk, pero ahora para mí es más fácil escribir canciones gracias a la tecnología. Siempre fui un músico pobre: no podía tocar bien la guitarra, ni el bajo ni cantar muy bien. Y con la tecnología ya no necesitás las mismas habilidades musicales de antes, pero sí tenes que saber cómo escribir una canción. Yo dependo mucho de la tecnología, nunca habría escrito un libro sin mi procesador de texto. Jamás. Y cuando apareció sentí que  podía escribir un libro. La tecnología me hizo escritor. Y siento lo mismo con la música ahora: puedo poner tonos, juntarlos, puedo escribir coros, armonías en el teclado, samplear.
  Anagrama acaba de traducir al español su última novela, Un polvo en condiciones, publicada en Reino Unido en el 2015. La crítica la catalogó como su novela más obscena, una comedia negra en la que un taxista adicto, esta vez al sexo, enhebra las vidas de quienes se suben a su auto mientras comparte la voz narradora con un personaje entrañable que recuerda al Benjy de El sonido y la furia y un empresario yanki que bien podría ser un joven Trump en ascenso. Todos su personajes se vinculan a través del sexo y donde el amor, o el cariño, cuando no escasea está por completo ausente. La explotación del cuerpo ya sea a través de la industria del porno (en la que está lejanamente presente Sick Boy) de la prostitución, o del abuso sexual intrafamiliar está en un continuo primer plano que exacerba la soledad de sus personajes, verdadera protagonista de la historia. 
La tecnología ocupó ese lugar de las creencias morales, se convirtió en el vector que nos dice de qué manera vincularnos, sobre todo en lo sexual.
–Sí, creo que se ha mercantilizado, como todo lo demás. la gente se cita y sabe que va a tener sexo. Ya es algo que está asegurado. Yo, generacionalmente no podría tener ese acercamiento. 
¿Por eso tu protagonista taxista es de la vieja escuela?
–Sí, él disfruta de la seducción, de la charla, y de cosas así. Igual la está pasando mal. Siente que de alguna manera se engaña a sí mismo. El romance hoy se da pero está atravesado por la tecnología. Yo decidí no incluir este tipo de escenas simplemente porque me parecen aburridas. La gente escribiendo en la pantalla y arreglando para encontrarse a coger, se mandan fotos, se muestran todo, se exhiben como modelos, como si fueran un producto de alta gama entonces el hecho de que dos personas finalmente se junten es una cuestión de vidriera. Agentes literarios, representantes,  gerentes, taxistas, editores, todos están en eso. No es lo mío, yo prefiero encarar a alguien en la barra, borracho o no, y ver qué pasa. Creo que tiene que ver con que le tenemos aversión al riesgo. Nos volvimos una sociedad muy controlada. Nos controlan desde los algoritmos, todas nuestras interacciones están siendo monitoreadas. No hay mucho espacio para transgredir. Por otro lado las citas son más seguras: te las eligen los algoritmos. En la vida real tal vez no encuentres exactamente lo que buscás, pero tampoco vas a encontrarte con nada que te friquee, que no tenga nada que ver con vos, con un absoluto desastre. Yo creo que deberíamos darle lugar al desastre absoluto. Creo que es cuando más crecés, son experiencias necesarias. Es algo emocionante cuando te encontrás con alguien y te das la oportunidad de estar, tal vez una semana, tal vez te encerrás tres días en una habitación y de pronto ambos se dan cuenta que el otro está completamente loco, y que no podrías compartir más de lo que compartiste, pero al mismo tiempo puede ser el mejor sexo de tu vida, o una gran charla, un momento único. No sé, creo que el error puede ser un lugar maravilloso, una experiencia luminosa que los algoritmos nos están robando, el hecho de que puedas elegir lo que creés que es lo más parecido a vos, lo mejor de la góndola de supermercado, eso es algo absolutamente bizarro.

Sick Boy no ha muerto

“Algunas personas odian a los ingleses. Yo no. Solo son unos pajeros. Nosotros, por otro lado, somos colonizados por esos pajeros. Es un lugar de mierda y todo el aire fresco del mundo no hará ninguna puta diferencia”. A pesar de que las nuevas generaciones ya no podrían repetir el monólogo de Mark Renton sobre el ser escocés, sobre Escocia y su relación con Inglaterra sin sentirlo como una pose de otros tiempos, estas mismas generaciones, adictas ahora a la pantalla, son lectoras de Welsh y de alguna manera se reflejan en ese Trainspotting de los 90. “Es increíble porque ya pasó tanto tiempo, tantas cosas en el mundo. Creo que por eso mismo buscan algo del bagaje cultural de entonces, porque necesitan romper con algo pero no tienen con qué. Hubo un estancamiento de la cultura, creo que de hecho la cultura se terminó en el año dos mil, cuando dejó de haber una identificación masiva con cierto tipo de cosas: libros, música, creencias, no hubo más tribus urbanas y creo que la gente todavía quiere sentir eso, lo necesita”. 
La obra de Welsh no siempre es bien recibida y cuando esto sucede no suele ser por el motivo correcto. Es cierto que corrige poco –y muchas veces se nota– y de hecho se define él mismo como un escritor impulsivo y con poca paciencia, entrega los borradores y ya está comenzando otro proyecto para poder salir del que acaba de terminar. En una especie de autojustificación entroniza al borrador como el momento de mayor libertad a la hora de escribir: “es el punto más alto al que podés llegar porque no hay reglas que seguir”, dice.
Todavía te critican por los temas y el tono con el que escribís, sin embargo hay un tratamiento de la redención en tus personajes, en tus historias.
–La gente en UK se shockea muy fácilmente. Creo que todo depende del personaje, si armás al personaje de cierta manera y lo que está haciendo es creíble entonces podés escribir lo que quieras siempre y cuando tu personaje lo permita. Ese es el límite. Cuando el personaje hace algo fuera de su construcción, eso es lo que no se siente bien, entonces se lee algo que está ahí para provocar, para generar un shock. Yo dejé de leer reseñas  desde hace un tiempo, porque todas terminan siendo iguales. Todo pasa por si les gustó o no el libro. Entonces son adulonas o terribles. Lo miden desde sus reacciones físicas, lo que les provocó el libro, no van más allá. O están en shock o se ríen, esa es la medida de las reseñas. 
¿Te han acusado como autor por tus personajes misóginos?
–No, no realmente. Al estar escribiendo un libro sobre hombres postindustriales, tipos que perdieron todo, no podés tener mujeres muy fuertes a su alrededor porque las mujeres que están bien paradas no estarían con tipos así de conflictuados, de desastrosos. Entonces tenés que apegarte a la realidad, hacer justicia y que estas mujeres no aparezcan. Ese es un elemento. El otro es que hay muchas mujeres que se me acercaron para decirme: ¿Sabés que salí con un forro así hace poco? Porque claro, si vos sos el forro no te vas a ver reflejado. Los hombres me dicen: “tengo un amigo igual a tu personaje”. No se miran a sí mismos. En realidad nadie lo hace, no nos conocemos. Miramos a los demás pero no nos miramos a nosotros mismos. Podemos reconocer a un cagador cuando lo vemos pero no podemos vernos así a nosotros mismos. No nos enseñan a mirarnos. Es fácil para una mujer leer un libro sobre un tipo extraño y disfuncional más que leer uno sobre una mujer así, porque vos podrías ser una de esas mujeres. A mi me acusan más de subestimar a los hombres que de misógino. Me preguntan: ¿Por qué odiás tanto a los hombres? Pero sobre la redención, tengo un sentimiento intuitivo cuando escribo, pero también ha sido mi experiencia en la vida, creo que todos estamos acá tratando de lograr la mejor versión de nosotros mismos. Me gusta poner a mis personajes en la oscuridad pero siempre, a tientas, buscando el interruptor de la luz.
https://www.pagina12.com.ar/153028-la-era-del-vacio-global

La recolección automatizada y masiva de datos habilita una gestión de la realidad cuyas consecuencias apenas alcanzamos a dimensionar.

La digitalización del mundo en tiempo real es un fenómeno inusitado en el que la administración de datos y la economía de plataforma posibilitan nuevas formas de conocimiento y control. (AFP / Halldor KOLBEINS)



En Hola América, J.G. Ballard vaticinó que la desindustrialización occidental acontecería a fines del siglo XX, producto de la crisis energética y el cambio climático. Estados Unidos se convierte en un amplio desierto y sus habitantes se ven obligados a emigrar a diversas latitudes. Un puñado de nativos habitan el territorio: los Ejecutivos, los Gangsters y las Divorciadas. Sabemos que la historia aconteció diferente y ningún cataclismo arrasó las praderas estadounidenses. No obstante, las iluminaciones de Ballard acertaron en un punto: crisis ecológica y crisis económica son los estados metaestables y coexistentes de nuestro tiempo. Ahora bien, ¿cómo gestionar una situación de crisis permanente? ¿Cómo devolverle vitalidad a un capitalismo en dificultades? Y más aun, ¿qué técnicas de gobierno se despliegan frente a ello? La respuesta, mi amigo, está en los datos.
Una vez que penetramos en el siglo XXI, el capitalismo se volcó a los datos como estrategia para afrontar las diversas crisis que se ciernen sobre su modelo de acumulación. Esta mutación se sostiene gracias a dos fenómenos: la digitalización del mundo y el procesamiento de datos. El datamining procesa en tiempo real la totalidad de la realidad (desde fábricas a comportamientos de consumo) a partir de una perspectiva probabilística a-subjetiva, que prescinde de hipótesis previa e interpretación posterior. ¿Qué resulta de esto? La perfilización y la anticipación de los comportamientos individuales, sociales, naturales y maquínicos. Estamos frente a un fenómeno inusitado que aspira a gobernar la totalidad de lo existente.
En Capitalismo de plataformas (Caja Negra, 2018) Nick Srnicek apunta las condiciones históricas que posibilitaron la organización social contemporánea. En clave neomarxista, identifica tres momentos esenciales en la emergencia de la economía digital: la recesión de los años 70, el boom y caída de los años 90, y la respuesta a la crisis del 2008.
La crisis de sobreproducción de los años 70 se sorteó con el desmantelamiento del modelo fordista estadounidense. La producción a gran escala fue suplantada por la fabricación a pedido del modelo toyotista japonés, abaratando costos de stock, almacenamiento y mano de obra. Con los años 90 llegó el boom de la comercialización de Internet y una expansión global de tecnologías que favoreció la deslocalización y tercerización. Por aquellos años nació el “Designed by Apple in California. Assembled in China”: el diseño y el marketing se manejan desde las economías de altos ingresos, mientras que la manufactura se deslocaliza hacia las economías emergentes. ¿El resultado? La crisis global de fines de los años 90. Estados Unidos superó ese caos con “keynesianismo financiero”: el Banco Central bajó estrepitosamente su tasa de interés, lo que propició que los Hedge Funds (fondos especulativos) colocaran dinero en inversiones de riesgo. Esa política evitó el gasto estatal y eximió a la industria de ser competitiva. Los flujos de inversión viraron hacia el mercado inmobiliario y las empresas de tecnología. Las consecuencias, años después, son archiconocidas: se desencadenó la burbuja inmobiliaria que estalló en el año 2008, y se propició el crecimiento de industrias vinculadas al desarrollo de plataformas (como Facebook y Google), capaces de extraer y controlar una inmensa cantidad de datos.
Al igual que su predecesor demócrata Bill Clinton, Obama propició un nuevo flujo de inversión financiera hacia las empresas de plataforma al llevar las tasas de interés a cero. De esta forma, el capitalismo del siglo XXI profundizó las tendencias de austeridad y deslocalización de los años 70 y 90 y, a la vez, inauguró un modelo de extracción y procesamiento intensivo de datos. Esta información constituye la principal commodity de la actualidad, gracias a la cual se sostiene el crecimiento económico y la vitalidad de cara al inerte sector de la producción. Industrias orientadas a la extracción de datos (Google, Facebook) y a la optimización de modelos de producción (Siemens, Amazon, GE) tuvieron un desarrollo que no dejó de acelerar hasta la actualidad.
Gobiernos no coercitivos
Fue cuestión de tiempo para que este modelo encontrara su expresión política. Beth Noveck, exdirectora de la Iniciativa de Gobierno Abierto de la gestión Obama, sostiene que “las mismas tecnologías que nos permiten trabajar juntos a pesar de la distancia están creando la expectativa de gobernarnos a nosotros mismos cada vez mejor”. Asistimos a la emergencia de una racionalidad (a)normativa que reposa sobre la recolección, la agrupación y el análisis automatizado de una cantidad masiva de datos, de manera que pueda modelizar, anticipar y afectar por adelantado todos los comportamientos posibles. Aquello que asoma detrás de los simpáticos doodles, o a través de los intercambios de likes y fluidos en Tinder, es un proyecto de gubernamentalidad algorítmica. Una forma de ejercer poder de manera no coercitiva, atmosférica, que actúa en torno a las fuerzas que se despliegan en la sociedad.
La operatoria de estas técnicas de gobierno no busca establecer leyes universales, sino realizar predicciones únicas y localizadas. Una voluntad de gestión de lo predecible, que aspira más al gobierno de lo ingobernable que a su destrucción u ordenamiento violento. Inaugura un poder móvil, horizontal y dinámico que mapea con precisión el comportamiento cotidiano de grandes masas de datos. En este sentido, podemos afirmar que las prácticas de gobierno se identifican cada vez menos con la soberanía del Estado y cada vez más con la economía de plataforma y la gestión de datos. Es decir, con la coordinación racional de los flujos de información que operan sobre la interconexión entre personas, objetos y máquinas, así como con la libre circulación de los datos que generan.
La economía de plataformas y el gobierno algorítmico producen, además, su propia humanidad. Para Javier Blanco, director de la Maestría en Tecnología, Políticas y Culturas de la UNC, “la gubernamentalidad algorítmica” elide al “sujeto ilustrado”. Emerge un “sujeto protésico, inseparable de diversos y crecientes vínculos con tecnologías digitales”. Una humanidad appificada, que puede entenderse en función de la generación y procesamiento de datos.
El ascenso de este proyecto gubernamental entra en relación con los procesos de subjetivación. Para el investigador del CONICET y autor de Historia de la información (Capital Intelectual), Pablo E. Rodríguez, “en la medida de que la vida social se digitaliza y registra, estos archivos están disponibles para conocer tendencias e influir sobre ellas. La ampliación del registro permite que nos veamos en ese espejo y que operemos en el scoring social (clasificación, valoración, aceptación y rechazo). Esto pertenece de lleno al campo de la gubernamentalidad algorítmica en la medida en que esos registros no son neutros ni objetivos, sino que están procesados según algoritmos que señalan y orientan hacia dónde se dirige lo que uno ve y hace en las redes”. En este sentido, cartografiar las tendencias que operan bajo la naturalización del dato es dar cuenta de los procesos de subjetivación en curso. Y un pequeño paso hacia la creación de narrativas divergentes.
F. Carmona participa del proyecto de investigación Maneras de leer en la era digital de SECRIT/CONICET.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/algoritmo-canibal_0_BJKZRCCVR.html

Encabeza el ránking de países con más incidencia de pedofilia en el clero católico. Las ONGs de víctimas esperan muy pronto una catarata de denuncias. 

El obispo Ronald Gainer de la diócesis de Harrisburg en Pensilvania participó de misa de perdón tras la revelación de cientos de casos de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos. AP Photo/Matt Rourke


Un informe de la justicia de Pensilvania reveló los casos de más de 300 curas abusadores y 1.000 víctimas solo en seis de sus diócesis. La semana pasada se sumó Washington, que informó sobre 31 abusos. Esto pone el país a la cabeza del mundo en las denuncias de abusos sexuales cometidos por el clero. Y promete multiplicarse.
Se trata del mayor informe sobre abuso sexual a menores dentro de la Iglesia católica: después de dos años de investigación, un gran jurado del estado de Pensilvania reveló en septiembre pasado que solo en seis de las ocho diócesis locales se identificó a más de 300 curas abusadores y a por lo menos mil víctimas. Es, hasta hoy, la mayor denuncia en los Estados Unidos y en el mundo. Es también, dicen las organizaciones de víctimas y la Justicia, apenas la punta del iceberg.
“Nosotros, los miembros de este gran Jurado, necesitamos que oigan esto (…). Hubo otros informes sobre abuso sexual a niños dentro de la Iglesia católica. Pero nunca a esta escala. Para muchos de nosotros, todas esas historias sucedían en otra parte, lejos.
Ahora sabemos la verdad: sucedían en todas partes”. Así comienzan las 1.300 páginas que, además de los números escalofriantes, revelan el manual escrito para el encubrimiento. Confirman, de paso, que esto pasa desde hace 70 años y que lo saben los obispos y todo el Vaticano. Así lo ratificó el procurador General de Pensilvania, Josh Shapiro, responsable máximo de la investigación y encargado de darlo a conocer.
“Pensilvania desnudó el hecho de que todos saben y entienden que el abuso sexual sistemático en esas seis diócesis ocurre en cada una de las diócesis católicas en el mundo”, dice a Ñ Tim Lennon, presidente de la mayor ONG de víctimas de abuso eclesiástico, SNAP –en inglés Survivors Network of those Abused by Priests; en español Red de sobrevivientes de abusos de sacerdotes pedófilos–.
Fundada hace 30 años, hoy está presente en 67 países y reúne a más de 25 mil integrantes.
Un, dos, muchos Spotlight El primer gran escándalo en los Estados Unidos fue en 1985, cuando un sacerdote de Louisiana llamado Gilbert Gauthe admitió haber abusado de más de 300 chicos. Le siguieron más denuncias, pero esa ola fue controlada desde el Vaticano.
Pocos años después, en 1992, los medios y también la Iglesia supieron de algo llamado SNAP.
Fue cuando un grupo de personas se presentó en la Conferencia Nacional de Obispos Católicos en Washington: querían hablar con ellos para presentar sus denuncias. Al frente estaba la creadora de la organización –y presidenta hasta su muerte en 2017–, Barbara Blaine. Abusada en su adolescencia en la escuela católica a la que asistía en Ohio, en 1988 había decidido crear una organización cuando conoció a otras víctimas.
Todavía la Iglesia podía hablar de casos aislados y responsabilidades personales. Y así lo hizo por casi dos décadas. Ahora esa política ya no es sustentable. La sistematicidad de los abusos y el encubrimiento quedó demostrada y expuesta en 2002, cuando una investigación del diario The Boston Globe publicó una serie de más de 800 historias sobre abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos. La investigación periodística ganó el Pulitzer y años después, mientras las denuncias se multiplicaban en otras ciudades estadounidenses, llegó la película Spotlight, ganadora del Oscar 2016.
En 2005 y 2011, la investigación judicial en Filadelfia reveló patrones similares de abuso sexual infantil en las arquidiócesis locales. Un estudio de 2014 encargado por la Iglesia estableció que eran más de 4 mil los sacerdotes estadounidenses que enfrentaron acusaciones de abuso sexual en los últimos 50 años, y estimó que al menos diez mil niños habían sido víctimas. Entonces llegó el informe Pensilvania.
El Papa Francisco aceptó la renuncia del Cardenal Donald Wuerl luego de haber sido acusado por abuso y encubrimiento. /AP /David Goldman
El Papa Francisco aceptó la renuncia del Cardenal Donald Wuerl luego de haber sido acusado por abuso y encubrimiento. /AP /David Goldman
Y con él, lo que podría ser el inicio de una catarata: el 12 de octubre el Papa Francisco aceptó la renuncia del arzobispo de Washington, el cardenal Donald Wuerl, luego de que se supiera que aparece mencionado varias veces en el informe. Y halagó su gesto de “no intentar una defensa” aun cuando consideró que “tiene elementos suficientes para justificar sus acciones y distinguir entre lo que significa encubrir crímenes o no ocuparse de problemas o cometer algunos errores”. Algo que genera dudas, a juzgar por lo ocurrido tres días después. El 15 de octubre la arquidiócesis de Washington publicó una lista con 31 nombres de antiguos sacerdotes “acusados creíblemente de abusos sexuales” desde 1948, 17 de ellos ya fallecidos. Resta saber si esto llegará a desencadenar una investigación mayor.
“Ningún niño está a salvo”
“Ha caído el velo para que todos puedan ver la vil corrupción del abuso sexual. Todo el mundo sabe que lo que estuvo expuesto en este informe sucede en todas partes. Cada diócesis guarda secretos ocultos”, afirma Lennon, actual titular de SNAP. Y explica por qué lo que se sabe hasta hoy es sólo una parte de lo que ha pasado y ocurre: “Ellos mienten. Ellos encubren”.
Para Barbara Dorris, durante muchos años también una autoridad de SNAP y también víctima, el informe Pensilvania es importante no solo por el número, sino porque deja expuesto el sistema de protección. “Y sobre todo, porque ha alentado a otros procuradores generales a comenzar sus propias investigaciones. Sería imprudente suponer que estos crímenes solo tuvieron lugar en Pensilvania. Debemos recordar que, si bien la violencia sexual infantil es un pecado, también es un delito y debe ser manejada por las autoridades civiles”, dice.
Lennon coincide en la multiplicación de los casos y en la complicidad de las autoridades, cuya línea de encubrimiento llega hasta el Vaticano, antes y ahora: “Hay una disputa interna en Roma y el ala derecha persigue al Papa porque es vulnerable en este tema. Pero el Papa continúa disculpándose, condenando, poniendo excusas, etc. Los gestos y las palabras no protegen a los niños. El Papa no ha actuado y, por lo tanto, es cómplice”, acusa sin vueltas Lennon. Y concluye: “Las investigaciones en los Estados Unidos, Chile, Australia e Irlanda prueban esta verdad. Se comprobó que mintieron. Ninguna comunidad es segura, ningún niño está a salvo”.
Más de cien mil víctimas
Bishop Accountability, otra ONG estadounidense que lleva la cuenta nacional e internacional de las denuncias con el foco puesto en la responsabilidad de los obispos, habla de más de cien mil víctimas. “Miles de clérigos y religiosos católicos han violado y sodomizado a decenas de miles de niños, tal vez más de 100 mil, desde 1950. Estos crímenes fueron cometidos en secreto y los obispos alimentaron ese secreto”. De ellos, dice la organización, son más de 17 mil los que ya rompieron el silencio.
Tanto desde SNAP como desde Bishop Accountability, estiman que la edad común para los sobrevivientes que se presentan es cuando llegan a la mitad de sus cuarenta años. De ahí que la mayoría de las personas abusadas desde principios de los años 80 todavía no hayan denunciado y eso “hace parecer” que el abuso es cosa del pasado. “Y no es así. Muchos aún no denunciaron. Y muchos nunca lo harán. Porque temen no ser creídos: muchos sienten culpa y vergüenza, y a menudo se han automedicado con drogas y alcohol.
Contarlo nunca es fácil y las víctimas se presentan cuando sienten que se les creerá y que hay una posibilidad de justicia”, subraya Dorris, que ha hablado con miles de víctimas y familiares. Por eso, es optimista sobre la multiplicación que puede traer el informe de Pensilvania: “Les ha dado a los sobrevivientes la esperanza de que se escuchen sus historias, y sus depredadores rindan cuentas, que tengan un poco de justicia”.
También Lennon estima que detrás de lo denunciado hay mucho más: “En base a lo que las investigaciones bien hechas demuestran, entre 9 y un 12 por ciento de todos los curas son abusadores”, concluye.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/ola-masiva-salpica-francisco_0_id5-471a_.html

Fascinante volumen de ensayos de uno de los más reconocidos expertos en mitología, autor del clásico El héroe de las mil caras.

Campbell (1904-1987). George Lucas admitió que La guerra de las galaxias estaba inspirada en su obra más célebre.


Para quien está conforme, sin pensarlo mucho, con la idea de que el mito es una producción simbólica de la infancia de la humanidad y que nada tiene para decir hoy, la lectura de La dimensión mítica es una experiencia sobrecogedora. Las páginas de Joseph Campbell –en esta cuidada edición– están destinadas a hacernos ver que en apariencia “el hombre no puede mantenerse en el universo sin creer en alguna versión de ese legado mítico”.
Al mismo tiempo que nos pasea por esa galería temible de imágenes, números y respuestas del misterio de la vida y la muerte, del que somos únicos poseedores, aventura valoraciones sobre el servicio que la actitud de cada creencia hace a la comprensión de la vida humana. Interpreta los problemas de nuestra propia cultura y conecta el impulso mítico con el impulso artístico de una manera tan persuasiva que se llega al final de la lectura de estos ensayos selectos con la cabeza llena de dudas y con la boca abierta.
Por ejemplo, en la primera parte sostiene la persistente intención de discutir la interpretación literal que las religiones instituidas (principalmente las relacionadas con los mitos judeocristianos) han hecho de los mitos como resultantes de un evento histórico puntual: en lugar de comprender el mito como la versión poética de una realidad psíquica, la idea de que Dios le habló a un pueblo en un momento de la prehistoria y “transmitió un programa único para la totalidad de la raza humana, el cual será administrado por los representantes de esa tradición visionaria”, domina a las religiones de verdades reveladas una forma peligrosa de interpretación de las tradiciones.
“Cada vez que un mito se interpreta literalmente se pervierte”, advierte Campbell, y es probable que un pueblo guiado por una interpretación semejante tenga la preferencia de transformar su propia vida y la de sus vecinos “en un infierno en nombre de algún dios violento, en lugar de aceptar agradecido la copiosa opulencia del mundo”.
Pero como decimos, el análisis de las tradiciones religiosas no solo sirve para esclarecer líneas de tensión y conflictos históricos, sino también para “sacar a luz problemas de esta extraña civilización nuestra”, en la que conviven una tradición como la griega (que pone al hombre por encima de los dioses) y la tradición de un dios despótico como Yahvé. Esa convivencia conduce necesariamente a la neurosis: “Honramos los valores humanistas de Grecia y Roma durante seis días a la semana y luego, en el séptimo, durante una media hora más o menos confesamos nuestra culpa ante un celoso dios del Levante. Después nos asombra que tantos tengamos que recurrir al psicoanalista”.
La primera parte del libro, dedicada a la mitología y la historia, hace un viaje profuso por algunas de las formas que asume la dimensión mítica en distintas civilizaciones, llegando a conclusiones que oscilan entre la descripción histórica (en sus variantes, las mitologías son señales supranormales, “productos de un arte para gobierno de la naturaleza”, que conjuran el “misterio terrible y fascinante” de la vida y la muerte y permiten al niño transformarse en hombre) y una hipótesis a la que es difícil adjetivar, una hipótesis acerca de la existencia de una sabiduría liberada por la imaginación humana y que conecta al hombre con la totalidad de lo existente: “¿En qué consiste, entonces, la sabiduría que aprende quien destroza en su interior los temores que atan a los otros miembros de su tribu a sus mezquinos ritos? ¿En qué consiste la sabiduría que transmite la voz de Sila? (…) ‘lo que dice es: ¡No tengáis miedo del universo!’”.
Joseph Campbell analiza, además, la obra del alemán Johann Jakob Bachofen y el desarrollo de su concepción de la evolución histórica como evolución espiritual (el paso de una comprensión femenina del universo a una masculina, que tiene su momento clave en Roma y que permite interpretar la aniquilación de Cartago como un choque de ideas espirituales y no sólo como un conflicto económico y político) y termina esta primera mitad con un extraordinario recorrido por las reapariciones de la diosa madre en distintas culturas lejanas entre sí, pero que han estado evidentemente conectadas.
Ese mito ancla en una serie de cálculos matemáticos que conectan las estrellas con el cuerpo humano: la persistencia del número 432 y su conversión en 9 y su presencia en todas estas culturas es asombrosa y anuda las Eddas islandeses con los desarrollos pitagóricos, los cultos sumerios, la obra de Dante y un etcétera inmenso, para llegar a una conclusión hermosa que es hija del sentido del drama y la belleza de Campbell: “En el pensamiento mítico, tanto metafórica como históricamente, el Dios que está más allá de Dios es la Madre de Dios”.
La segunda parte del libro se titula “La mitología y las artes”, y reúne ensayos atravesados por la idea del arte como una deriva contemporánea de la producción simbólica que correspondió al mito en civilizaciones anteriores. En estos ensayos Campbell vuelve con insistencia sobre una intuición que recorre todo el volumen.
El ego, el apego a lo mundano, el temor a los guardianes del Edén, la interferencia de lo que no está conectado con esa voz de todas las cosas, son obstáculos que impiden el acceso a esa dimensión de sabiduría, necesaria para que los ensueños del artista impacten en la imaginación humana: “No es posible transitar los senderos del Bosque de las aventuras hasta no superar a estos guardianes, y la manera de superarlos es darse cuenta de que su aparente poder es una ilusión, producto del ámbito restringido de la conciencia egocéntrica”.
Desde allí, Joseph Campbell (que en el medio se burla de la comprensión –en su opinión, mediocre– que Freud tiene de los símbolos religiosos y míticos, y por lo tanto del arte en general) piensa y utiliza las obras de Joyce y Thomas Mann, recuperando la concepción joyceana de la emoción estética como una experiencia extática, que conduce a la celebración de todo lo que es, porque “la revelación del arte no es la ética ni ningún juicio, sino un reconocimiento maravillado de la radiante Forma de las formas que brilla en todas las cosas”.
La dimensión mítica, Joseph Campbell. Trad. Elena Marengo. El Hilo de Ariadna, 430 págs.
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El héroe de las mil caras. PSICOANÁLISIS DEL MITO. FONDO DE CULTURA ...... un camino que había sido adornado por los dioses y que tenía mil ciento ..

La historia del centro de estudios que reunió a  Theodor Adorno, Walter Benjamin y otros grandes pensadores.  

El filósofo y profesor Adorno, autor de "Minima moralia".

La polémica Biografía coral de la Escuela de Frankfurt, firmada por el crítico inglés Stuart Jeffries, toma su título de una frase de Georg Lukács a propósito de la inscripción política de los miembros del Institut für Sozialforschung, fundado en 1924 por Theodor Adorno: “Están alojados en el Gran Hotel Abismo”, un hermoso lugar residencial “equipado con toda clase de lujos, al borde de un abismo, de la vacuidad, del absurdo”.
Apropiándose de esa irónica metáfora, con lábil prosa periodística y espíritu de divulgación, Jeffries articula los derroteros biográficos de los autores de la célebre escuela filosófica en el contexto político e intelectual del siglo XX. Pero también narra con minucia la formación y el desarrollo teórico de ese pensamiento crítico que marcó el siglo sentando las bases de las reflexiones contemporáneas sobre el paradigma poshistórico y el orden disciplinario del capitalismo tardío, globalizado como “sociedad de consumo”.
La descripción de Jeffries es generosa y exhaustiva. En las casi quinientas páginas del volumen, hace foco en el cambiante contexto histórico en que fue creado el Centro de Investigación Social (que llegó a congregar a pensadores hoy reverenciados, como Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer, así como figuras de la talla de Herbert Marcuse, Erich Fromm, Leo Löwenthal, Friedrich Pollock y Franz Neumann): el apogeo de la República de Weimar, la incertidumbre tras el final de la Primera Guerra Mundial, la seducción del experimento revolucionario Espartaco. Y, por supuesto, tras analizar su colocación en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el “discutible” exilio americano y la disidencia de posiciones ante las movilizaciones estudiantiles de los años 60, se proyecta incluso hasta ya entrados los 70, cuando desajustes entre la teoría y la práctica política comienzan a definir rupturas y distanciamientos.
Que la edificación teórica de “un marxismo no revolucionario” (con ascendencia en Max Weber y Freud) que llegaría a ser emblema de la crítica a las formaciones totalitarias y al capitalismo globalizado, haya tenido por primer emplazamiento físico un majestuoso edificio diseñado por un arquitecto nazi y por primer mecenas a un acaudalado comerciante germano-argentino (Félix Weil), es casi una ironía de la historia. Pero Jeffries se apoya en esos rasgos paradójicos para estructurar el relato que historiza la formación en diversos planos.
Con esa intención subraya el carácter decimonónico de ese grupo de autores que, criados en una cultura germana cosmopolita (en el seno de una emergente burguesía industrial de familias judías), y formados en el corazón de la universidad germana, desplegaron desde el marxismo una crítica radical del sistema social capitalista. Y con esa intención se detiene también en la tensión entre los posicionamientos políticos derivados de sus opciones concretas por la teoría y/o por la praxis –frente a lo que Lukács concebía como “una articulación dialéctica irrecusable–”. Del lado de la praxis, el angelado y redentor salto del materialismo dialéctico de Benjamin y el vehemente compromiso político de Marcuse; del lado de la teoría, la enérgica posición de Adorno, espantado por la extor-sión militante del movimiento estudiantil y la Nueva Izquierda.
Convencido de que la teoría era el único espacio en que el orden del Capital podía ser inculpado, si no derrocado, el autor de Minima moralia llegó a sostener que, pese a su no-libertad, la teoría era la única garante de la libertad en medio de la no-libertad establecida. Que en esas palabras se leyera una resignada pérdida de esperanza en la transformación real antes que un indeleble dejo de melancolía, no llama la atención. El éxito del pensamiento posmoderno radica en su perversa disposición a convertir toda derrota histórica en un ejemplo de fatalidad.
Gran Hotel Abismo. Biografía coral de la Escuela de Frankfurt, Stuart Jeffries. Turner, 484 págs.
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