El experto sostiene que se extinguen los puestos con ingresos medios y, por el contrario, crecen los altos y los bajos. 

"Esta población está compitiendo por trabajos mal pagos, de bajo nivel salarial", sostiene Carl Benedikt Frey Foto: Constanza Niscovolos



Qué implica la Cuarta Revolución Industrial en el mercado de trabajo global. Cómo se garantiza la igualdad de oportunidades en un mundo absolutamente desigual. Esas fueron algunas de las cuestiones analizadas en esta entrevista por Carl Benedikt Frey, especialista en el cambio estructural del mundo del trabajo en la era de la robotización. El mundo ha atravesado ya tres revoluciones tecnológicas: la agraria, la industrial y la informática. La cuarta es la neurotecnológica, liderada por la implementación de la inteligencia artificial y las redes neuronales.
Frey es el coautor del estudio que en 2013 dio una alarma mundial al pronosticar que un 47% de los empleos podría desaparecer en los siguientes 15 ó 20 años debido a la automatización del trabajo. Es, además, investigador del Programa de Empleo, Equidad y Crecimiento del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico de la Universidad de Oxford, y llegó a Buenos Aires invitado por la Secretaría de Cultura de la Nación para el ciclo Ideas, pensando juntos el mundo.
–¿Cómo se transforma el mundo del trabajo con esta cuarta revolución tecnológica?
–Una de las tendencias que vemos, no sólo en países desarrollados sino también en los que están en vías de desarrollarse, en términos de los mercados laborales específicamente, es que están desapareciendo los puestos de trabajo que tienen un ingreso intermedio. Las personas que gozan de un título universitario son las que tienen acceso a puestos de trabajo bien pagos, relacionados con las industrias tecnológicas y los servicios profesionales. Quienes no están equipados con esos conocimientos terminan tomando –porque no les queda otra– puestos de trabajo bajos en su salario.
–¿Qué va a pasar con esa masa de población, que es la mayoría de la población mundial?
–Esta población está compitiendo por trabajos mal pagos, de bajo nivel salarial. El problema no es que no haya suficientes trabajos, el verdadero problema es que no hay suficientes personas con las habilidades adecuadas para llenar ciertos puestos de trabajo: la cuestión no es la tecnología sino la política educativa. Política educativa que ha fracasado porque ha fallado a la hora de equipar a la fuerza laboral con las habilidades necesarias para hacer frente a la economía basada en el conocimiento.
–Entonces los estados son responsables de que esto no pase. ¿Qué políticas estatales están tomando las principales potencias?
–Es muy difícil responder eso de manera general porque depende del Estado o del país: algunas políticas educativas se hacen a nivel local y otras políticas a nivel nacional. Es muy difícil generalizar, pero existe una tendencia, que se ve en todos los países, relacionada con los títulos universitarios. El 50% de la fuerza laboral en Suecia tiene un título universitario. Pero la verdad es que no se puede generalizar teniendo en cuenta sólo la variable del título universitario porque la situación depende de toda una diversidad de factores, por ejemplo, del tipo de educación en el cual se invierte, si está basada en las artes o en la física. Eso va a establecer toda una serie de diferencias. Existe también una tendencia a sobrenfatizar las aptitudes cuantitativas y lo que se está observando es que es muy difícil automatizar la interacción humana compleja, por ejemplo, yo enseño en el Reino Unido y la realidad es que la docencia es uno de esos ejemplos y un abordaje importante educativo tiene que ver con esta interdisciplinariedad: desde el punto de vista de las políticas educativas buscar enseñar no solamente las habilidades tecnológicas sino también las habilidades sociales.
–¿Cuál es el papel de las centrales sindicales de todo el mundo y sobre todo del tercer mundo, de los países dependientes?
–Si nosotros consideramos la densidad de los sindicatos a lo largo de los países del mundo vemos que es muy variable. Por ejemplo, en Estados Unidos es del 11% y en Suecia del 85%, es una diferencia muy marcada. Las políticas juegan un rol muy importante en el poder político que van teniendo los sindicatos. Al final de cuentas un sindicato, cualquiera sea, siempre será tan valioso como las aptitudes de las que gozan sus miembros. Creo que la tecnología tiene un papel muy importante a la hora de dar forma al valor relativo de los sindicatos. Tengamos en cuenta lo que pasó en el pasado: sindicatos como el de los faroleros o telefonistas que fueron desapareciendo a medida que estos trabajos se fueron automatizando y sus miembros perdiendo poder adquisitivo. Pero también puede manifestarse la tendencia opuesta: sindicatos que aumentan su valor porque aumenta el valor de las aptitudes de sus miembros.
–¿Qué relación hay entre la distribución de los ingresos y la tendencia a la robotización de los empleos?
–Nos devuelve a lo que decíamos al principio: están sufriendo los puestos de trabajo que generan ingresos intermedios porque ha habido un crecimiento de los puestos de trabajo que involucran bajas habilidades, es decir, no calificados y los que involucran muchas habilidades, altamente calificados. Este crecimiento tan dispar en las dos puntas ha generado un crecimiento de las desigualdades. Antes de la automatización las tecnologías o bien aumentaban las habilidades de las personas que ya eran calificadas o aumentaban las habilidades de las que no estaban calificadas, por ejemplo, con la computadora y el acceso que podían tener a la computadora personas como diseñadores y abogados. Del otro lado del espectro, la máquina de hilar automática estaba diseñada para que pudieran operarla niños. En esa época, la situación de las personas que no tenían tantas aptitudes podía volverse desigual, pero al mismo tiempo había instrumentos que podían mejorar las aptitudes de algunas personas sin tanta calificación. La computadora podía mejorar las habilidades de una persona no calificada poniéndola en una situación mucho más ventajosa con respecto a otros pares no calificados. Los salarios siempre irán en aumento en una situación como la que acabo de ilustrar tanto para los calificados como para los que no. El problema con la automatización es que reemplaza a algunos puestos de trabajo de tal manera que algunos salarios realmente caen estrepitosamente en términos relativos. Esto significa que la era de la automatización va a generar más perdedores en el mercado laboral en comparación con antaño donde la principal inquietud era la desigualdad.
–¿Cómo se contribuye al bienestar general –teniendo en cuenta este concepto básico de los orígenes del liberalismo– si en lugar de aumentar, desaparecen puestos de trabajo?
–Nosotros hemos vivido cambios como rotaciones o renovaciones en el mercado laboral durante varios siglos, de hecho en el siglo XX muchas personas perdieron sus puestos de trabajo debido a estos fenómenos de los que estamos hablando, pero creo que la razón por la cual la gente acepta los cambios tecnológicos es porque piensan que al fin y al cabo van a poder sobreponerse a cualquier problema que eso genere. Uno de los hallazgos más robustos en torno a las investigaciones sobre el bienestar es que las personas que trabajan mucho se sienten más conformes con su vida y están más felices que las personas que no trabajan. Lo que mejor que pueden hacer los gobiernos es crear y mantener mercados laborales dinámicos donde una persona que pierda un trabajo por causa de un avance tecnológico tenga una cantidad suficiente de opciones para poder elegir un nuevo puesto de trabajo. Por ejemplo, en la bonanza que se vivió en EE.UU. en la década del 50 si una persona perdía su trabajo no era tan grave porque enseguida conseguía otro, en cambio en una época recesiva la situación es muchísimo menos auspiciosa.
–Los 50 eran la época dorada de los estados de bienestar, pero ahora estamos transitando una etapa de crisis del capitalismo financiero.
–Es cierto que el estado de bienestar –como tendencia que surge después de la gran depresión y de la Segunda Guerra Mundial– marcó una era donde las personas que estaban pasando vicisitudes aun así estaban en mejor situación en términos relativos comparadas con personas de otras épocas. Pero eso también descansaba en una clase media fuerte y amplia que tenía una lealtad y una afinidad a esa clase a la que pertenecía. El problema con la desaparición de puestos de trabajo de ingreso intermedio es que conduce a cierta desaparición de la clase media y por lo tanto de la lealtad y la afinidad intraclase.
–Una pregunta personal: ¿por qué se dedicó a esta actividad?
–La decisión tiene que ver con una serie de coincidencias. Cuando era chico me interesaba mucho la historia, la tecnología y la economía y esto en gran medida a raíz de algunos libros a los que tuve acceso a través de mi padre. Uno se llamaba The lever of riches (La palanca de los ricos) de Joel Mokyr y el otro, The innovator’s dilema (El dilema del innovador) de Clayton Christensen.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/incertidumbres-trae-cuarta-revolucion-tecnologica_0_FVteb-ASd.html

En esta entrevista de 2005, el célebre escritor peruano habla de La tentación de lo imposible, un ensayo sobre su admirado Victor Hugo. Además, reflexiona sobre el compromiso de los intelectuales y se despacha contra la literatura light a la que considera una tendencia preocupante.

“Hay ciertos libros que directamente vacunan a los lectores contra la buena literatura”, dice el escritor. Foto: David Fernandez.



E l 28 marzo alcanzará los 69 años de residencia en esta tierra. El plan es celebrarlo con toda la familia en París, aprovechando el doctorado Honoris Causa que le entregará la universidad de la Sorbona. Antes estuvo por Lima recibiendo otro doctorado, de menos alcurnia y más doméstico: el que le otorgó la universidad peruana Ricardo Palma a fines de enero. Por esos días, Mario Vargas Llosa se corrió hasta Buenos Aires para ver La señorita de Tacna, una pieza suya estrenada mundialmente en esta ciudad en 1981, y que casi un cuarto de siglo después presenció desde la fila 9 del teatro Maipo, interpretada por la misma actriz de entonces, Norma Aleandro.
“El teatro fue mi primer amor”, dijo el novelista peruano durante una apretada conferencia de prensa previa a la función. Y habrá que creerle: aunque no lo contó entonces, desde hace más de 50 años lleva en su billetera, como un amuleto que morirá con él, los retazos deshilachados y amarillentos del programa de mano de la primer obra de teatro que escribió en su vida: La huida del inca, interpretada por un elenco escolar cuando él tenía 16 años. Correcto, prolijo, disciplinado y formal hasta el último de sus mechones color ceniza, Vargas Llosa no suele revelar estas intimidades frente a un pelotón de periodistas, pero sí fue capaz de sazonar la charla con recuerdos de la tía abuela, que le inspiró La señorita de Tacna, de mecharla con detalles de su nuevo libro,
La tentación de lo imposible (un ensayo sobre Victor Hugo y Los miserables), y de salpicarla con opiniones breves pero contundentes sobre la situación política del Perú, las elecciones en Irak o el Protocolo de Kyoto. A esta altura ya se pueden deducir tres o cuatro cosas del autor de Conversación en la Catedral: que es bastante familiero, que los premios y distinciones –excepto el esquivo Nobel– le llueven como agua de diluvio, que no le da respiro a las páginas de su pasaporte y que profesa la religión del intelectual comprometido con los temas de su tiempo, sin entrar en el detalle de los puertos en los que suele amarrar su ideología. En diálogo a solas con Ñ, Vargas Llosa respira hondo y suelta, impecable e implacable, porciones generosas de su pensamiento.
–Durante las últimas elecciones presidenciales en EE.UU., el escritor Jonathan Franzen dijo que lo mejor que podían hacer los escritores era abstenerse de opinar sobre política; que a la gente no le interesaba su opinión. Usted siempre defendió la idea del intelectual comprometido.
–Hay a quienes no les interesa participar en debates cívicos o políticos, y eso es respetable. Pero todos somos ciudadanos, y como tales debemos tener una responsabilidad moral. Creo que se ha dado un fenómeno muy interesante entre los intelectuales de las sociedades que se han ido democratizando. Nada politiza tanto a los intelectuales y a los artistas como la falta de libertad. En las sociedades autoritarias, los intelectuales generalmente han estado a la vanguardia de la resistencia contra las dictaduras. Esa situación politiza a artistas, a intelectuales y a la cultura en general. Cuando caen las dictaduras y se instala la democracia, hay una despolitización de la cultura, que nadie decide ni ordena, pero que es una consecuencia natural de un nuevo estado de cosas. Porque en una democracia la expresión del descontento, de la crítica, del debate, en todos los campos de la vida social, encuentra otras vías de expresión, y entonces muchos artistas e intelectuales van replegándose de las actividades cívicas y se concentran en su campo específico de creación. Eso a mí me parece que es un error, porque no es bueno que la democracia quede solo en manos de una clase política. No digo que haya que ejercer una militancia política profesional, pero sí que haya algún tipo de compromiso cívico de los artistas e intelectuales. Una cultura que se desinteresa de los problemas del hombre común, a la corta o a la larga se irá destrozando.
–Usted se caracteriza por ser un hombre de obsesiones y también de pasiones. Los dos últimos años concentró su energía en escribir un ensayo sobre Victor Hugo y su novela Los Miserables, que acaba de publicar. ¿En qué se diferencia la pasión que se pone en una obra de estas características, con la que se vuelca al escribir una ficción?
–Bueno, es muy semejante, ¿eh? En un momento dado, una investigación deja de ser un fenómeno puramente racional y se vuelve también un fenómeno afectivo, sentimental; eso me ha pasado con Victor Hugo, que además es un personaje entrañable y fascinante. A mí me deslumbra cómo una persona que se pasó la vida escribiendo, que dejó una obra tan inmensa, al mismo tiempo vivió tanto. Porque Victor Hugo no es un hombre que se la pasara en una biblioteca. No: hizo todo, vivió su época hasta los tuétanos, y a la vez escribió muchísimo y toda su experiencia la volcó en la literatura. Por eso su obra, aunque muy desigual a veces, es una gran obra literaria, un testimonio extraordinario de su época. Y eso es algo que yo admiro muchísimo en un escritor. Y en Los Miserables él volcó prácticamente toda su experiencia vital.
Vargas Llosa y su actual mujer, Isabel Preysler, a su llegada a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias celebrada esta tarde en el Teatro Campoamor de Oviedo, España. EFE/ J. L. Cereijido.
Vargas Llosa y su actual mujer, Isabel Preysler, a su llegada a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias celebrada esta tarde en el Teatro Campoamor de Oviedo, España. EFE/ J. L. Cereijido.
–Cuando avanzó sobre el personaje, ¿nunca tuvo la tentación de llevarlo a la ficción?
–No, bueno... la vida de Victor Hugo es una ficción vivida. Hizo cosas tan diversas, fue tantas personas a la vez, que uno tiene la sensación de estar con un personaje de novela. Es una vida tan subordinada a la historia, a todo lo que es la vida pública, en la que él siempre tuvo un papel descollante no sólo como escritor sino como figura cívica, como una especie de conciencia moral a la que se consultaba y cuya opinión era escuchada en todos los ámbitos. En la figura del escritor encarnada por Victor Hugo la literatura parecía realmente la ciencia de las ciencias, con respuestas para todas las preguntas, todas las inquietudes, todos los interrogantes humanos. Claro que es un personaje que da para una novela, pero esa tentación no la tuve. Aunque sí, en un momento dado, la investigación sobre Los Miserables se convirtió en un trabajo de imaginación, de ficción.
–En la introducción a La tentación... usted defiende que los biógrafos –esos “voyeurs”, los llama–, escarben en la intimidad de un personaje porque así lo humanizan. Hace poco, salió una nueva biografía de Borges de Edwin Williamson, a la que se criticó, justamente, por apoyar el análisis de su obra en aspectos personales. ¿Qué opina de eso?
–Williamson ha hecho un trabajo inmenso, gigantesco, y la obra es muy fascinante, pero digamos que esas interpretaciones que recurren a Freud y al psicoanálisis dejan tanto campo a la imaginación... Tienen una ventaja: no hay manera de verificar si sus análisis son científicos o un ejercicio de la imaginación, así que al final uno tiene que juzgarlos por su poder de persuasión internos. ¿Por qué nos convencen los psicoanálisis de Freud? ¿Porque son ciertos? No lo sé, pero son muy bellos, ¿no? Yo le tengo una inmensa admiración literaria a Freud, porque sus deducciones tienen una fuerza persuasiva admirable, ¡aunque científicamente me dejan muchas veces dubitativo! Una ciencia que no puede ser verificada creo que está mucho más cerca de la literatura que de la ciencia, y eso me pasa con Freud. De todas formas, creo que un biógrafo tiene todo el derecho a escarbar la intimidad, porque allí están muchas veces las fuentes de un creador. Una cosa muy distinta es la interpretación, que es algo que está librado a la competencia o incompetencia del crítico, a la metodología que utilice, a las disciplinas de que se valga, a las ideologías que quiera utilizar como perspectiva, y sobre eso hay un amplio campo para la controversia. El hecho fundamental, y esto lo digo después de haber escrito muchos libros y ensayos críticos, es que en última instancia no hay explicación para el género. Es eso que Dámaso Alonso llamaba “la humedad última” del poema: a la humedad última no llega ni un psicoanalista ni un lingüista. Ahí no se puede llegar a través de la razón, sino a través de la intuición, del contacto directo con la obra maestra. Por eso a uno siempre lo deja perplejo y estupefacto una obra maestra lograda, es algo que nos desconcierta. Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, es un escritor genial; y esa genialidad es una sombra que se nos escurre entre las manos. Pero no se puede entender cabalmente a Borges sin situarlo en su época, en su sociedad, en su momento, sin conocer lo que fue su experiencia vital.
–Sus dos últimas novelas están basadas en personajes reales: La fiesta del Chivo en el dictador dominicano Leónidas Trujillo, y El paraíso en la otra esquina en Paul Gauguin y su abuela Flora Tristán. ¿Esto fue premeditado?
–Reales hay que ponerlo entre comillas, porque están inspiradas en personajes reales, pero son más bien personajes literarios; le deben mucho más a la literatura que a la historia. Están hechos con palabras, están hechos con una dosis muy fuerte de fantasía, de imaginación, más que sobre el material histórico. Y probablemente lo añadido a ellos ha sido mucho más importante que lo tomado de la historia. Así que sí, están basados en personajes reales, pero el proceso de elaboración de la historia ha sido el mismo que cuando invento... Nunca invento todo, siempre hay partes que surgen de experiencias, de recuerdos, de imágenes. Luego, los temas se le imponen a uno, ¿verdad? En realidad son temas que están dando vueltas allí, y sólo cuando estoy terminando un libro y empiezo a sentir la angustia, tú sabes, el vacío de: “Bueno, voy a terminar este libro...” –”¿Y ahora qué?” –”¿Y ahora qué?”. Ese vacío a mí no me gusta nada, es una sensación que detesto. Por eso, cuando termino un libro, procuro inmediatamente comenzar otro.
–O sea que ya está metido de cabeza en su próximo libro.
–¡Claro!, ya tengo el título, si no se me ocurre cambiarlo más adelante: se llamará Travesuras de la niña mala y es una novela de amor. Es la primera vez que me meto con una historia de amor, o sea que es un desafío bastante difícil. Sobre todo en esta época, en la que todo parece estar ya dicho y contado en lo que se refiere al amor, ¿no? Pero será una historia romántica, con el romanticismo propio de nuestro tiempo. Por otra parte, será una novela que está situada en distintas ciudades y en distintas épocas; y sólo es autobiográfica en cuanto a que yo viví en esas ciudades en las épocas en que ocurren estas historias. Son historias completamente inventadas, y al mismo tiempo que son historias autónomas, son capítulos de una historia que las engloba a todas.
–Últimamente, hizo unas declaraciones algo apocalípticas con respecto al género de la novela: dijo que así como la conocemos, no sobrevivirá al siglo XXI.
–Espero equivocarme con eso de que la novela está en peligro, y que sea una profecía totalmente errada. Creo que se empobrecería mucho la vida sin novelas. Pero nosotros hemos vivido en nuestra época fenómenos tan extraordinarios, que nada se puede excluir. Todo puede ocurrir, eso está demostrado. Hoy en día está de moda un tipo de novela ligera, light. Novelas como Los Miserables, como el Ulises de Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann, o como Rayuela Adán Buenosayres en la Argentina, donde hay casi una vida detrás volcada, eso no está de moda. Los escritores hoy están impacientes, escriben rápido, quieren tener éxito cuanto antes. Y el público tampoco está dispuesto a hacer el esfuerzo de una lectura sostenida. Entonces lo que está de moda es la novela light, esa es la realidad. Hay algunas excepciones: ciertas novelas light son magníficas, brillantes, pero la tendencia es un poco preocupante.
–¿Y qué pasa cuando este tipo de novelas, cuyo caso más visible últimamente es quizá El código da Vinci, hacen que la gente se acerque a los libros?
–Eso es muy bueno, eso está muy bien. Es preferible que la gente lea, aunque sea literatura de muy escasa calidad. Ahora, hay un tipo de literatura que en lugar de crear lectores para la buena literatura, los vacuna contra la buena literatura. Si El Código da Vinci al final a ti te produce un extraordinario placer y lo que buscas son obras que sean equivalentes, entonces tú nunca vas a poder leer el Ulises de Joyce, nunca vas a leer a Proust, ni vas a gozar con Borges. Yo creo que esas otras lecturas en cierta forma te vacunan, así como las telenovelas te pueden cancelar completamente la sensibilidad para gozar de un tipo de teatro de gran refinamiento, por ejemplo. Porque esas obras, algunas muy bien hechas, que te capturan la atención muy rápidamente, son obras descomplicadas, que no ponen en ejercicio tu inteligencia ni tu capacidad de raciocinio, que no te plantean dudas o problemas. Son una agradable ensoñación, casi como tomarse un tranquilizante: te descansan, te sedan un poco, pero eso crea lectores pasivos, lectores que son los espectadores de telenovelas. ¿Qué inconveniente tiene eso?: que rápidamente puedes llegar a descubrir que si eso es lo que te interesa, entonces ¿para qué leer? Hay un cine, una TV que te da eso mismo. La buena literatura necesita lectores que sean activos, que estén dispuestos a enfrentarse a la complicación, que trabajen codo a codo con el autor, con su imaginación, con sus conocimientos, para poder disfrutar cabalmente la obra. Cosas como El Código da Vinci están totalmente reñidas con eso, es una literatura de otra naturaleza.
–Aquí surgió un debate entre los escritores que defienden la literatura de la experiencia, más cercana al lector, y una meta-literatura, que apunta más a los escritores y lectores letrados.
–En ambas literaturas hay distintos niveles de calidad. Puede haber una literatura libresca, entre comillas, que sea inmensamente creativa y vital. Es el caso de Borges: sus obras están hechas a partir de libros, su material son muchas veces ideas de filósofos, de poetas, de literatos... Ahora, eso no le resta vitalidad ni frescura. Lo que pasa es que llega a través de experiencias intelectuales, que es la materia que más utilizaba Borges, y eso no se puede decir que sea una literatura cortada de la vida, una literatura para académicos o profesores. Para nada: es un tipo de literatura que exige ciertos conocimientos, que exige un esfuerzo intelectual para poder aprovechar el alimento que contiene, pero que es absolutamente vital. La prueba es que está viva, y cada vez tiene más lectores. Al mismo tiempo tú tienes una literatura hecha de la experiencia que puede ser muy mala, que puede ser muy pobre, muy superficial o mecánica. Es un problema de nivel de calidad en cada uno de estos géneros. Si me preguntas qué tipo de literatura hago yo, creo que es una literatura más fundada en la experiencia vivida, pero eso no me impide disfrutar también de la experiencia leída.
–Como uno de los autores que protagonizó el boom de la literatura latinoamericana, hoy, en perspectiva, ¿cómo siente ese fenómeno?
–Para mí la historia del boom significó el descubrimiento de América latina. Yo no me sentí un escritor latinoamericano hasta que fui a Europa. Antes para mí lo que existía era el Perú, Francia y la novela norteamericana y algunas otras pocas cosas que llegaban desde Buenos Aires a través de la revista Sur. Pero en Europa fue donde yo descubrí que había un mundo al que yo pertenecía, que tenía una historia común con otros autores que estaban produciendo una literatura muy interesante, muy rica, muy diversa. Para mí eso fue el boom: descubrir mi condición de latinoamericano, descubrir una literatura que en ese momento estaba en la vanguardia, sin ninguna duda, una literatura muy creativa desde el punto de vista formal, de la creación técnica, de experimentación. Además fue una época de amistades, de compañerismo. Fue un período muy eufórico. Ahora, lo que ha quedado de eso, pues bueno, el tiempo que va haciendo sus discriminaciones, eliminando ciertas cosas, rescatando otras...
–Hoy la literatura latinoamericana ya no tiene esa proyección...
–Es que ha desaparecido la novedad también, ¿no? En lo años 60 el mundo descubría que América latina existía desde el punto de vista literario. Ese descubrimiento ya se hizo, y lo que hay hoy es una realidad donde América latina sigue generando escritores, algunos destacados, algunos que pasan las fronteras y otros que no, con intereses que van por distintos lugares, pero que mantienen cierta vitalidad.
–Cada año se editan más y más títulos, ¿no se corre el peligro de perderse algo bueno en medio de esa avalancha?
–Sí, ese peligro existe. Y lo más grave es que al mismo tiempo se ha empobrecido tremendamente una crítica que discrimine y oriente al lector. En los años 60 había en América latina una crítica que era notable; los mejores escritores hacían crítica literaria: Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Juan Carlos Onetti... era un placer leer esas críticas inteligentes, lúcidas, instructivas, bien escritas. Eso hoy en día se ha reducido a su mínima expresión. La crítica en España y América latina, con algunas excepciones, ha pasado a ser muy rudimentaria, y eso tiene a los lectores totalmente desorientados. La consecuencia es que se producen confusiones extraordinarias. Como por ejemplo, que El Código da Vinci aparezca como una obra maestra de la literatura.
Publicada originalmente el 5 de febrero de 2005.
E. Martínez. Fue durante años Director General Adjunto de Revista Ñ. Desde 2016, es Director de Programación Cultural de la Biblioteca Nacional.

https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/vargas-llosa-literatura-light_0_NOncMBDre.html





Escribir una biografía de Borges resultó una empresa bastante ardua: una larga caza de documentos, testimonios y fuentes que duró unos nueve años: aproximadamente el doble de lo que había proyectado. Esta caza me llevó varias veces a Buenos Aires para buscar material inédito en hemerotecas y bibliotecas, y para recoger testimonios. Mi investigación, se benefició de amplias entrevistas con personas que trataron a Borges en distintos periodos: familiares, amigos, discípulos, colegas y hasta enemigos. Los datos biográficos que iba recogiendo fueron organizados según un minucioso ordenamiento cronológico de los textos borgeanos, y esta metodología me abrió la posibilidad de establecer un juego dialéctico entre experiencia y escritura, donde la una era capaz de iluminar aspectos insospechados de la otra. Esta manera de proceder producía concentraciones cronológicas de textos a veces sorprendentes, y sacaba a la luz relaciones intrigantes entre textos y vivencias o hilos intertextuales que se cruzaban y entrecruzaban a lo largo de la obra. Poco a poco fueron dibujándose los contornos de la experiencia personal de Borges, hasta que por fin fue posible tomar el pulso del 'corazón que late en la hondura' de sus textos [...].


Borges era un hombre que sufrió agudos conflictos internos. No obstante, se enfrentó a estas dificultades con una lucidez y un coraje realmente impresionantes. En gran medida concebía la creación literaria como un proceso de autorrealización y, de hecho, hay cierta dimensión autobiográfica en sus textos donde sondea e interroga constantemente su propia realidad psicológica. A la larga, escribir le ofreció una salida a estos conflictos: a mediados de los años sesenta, esta turbulenta lucha interna culminó en una extraordinaria liberación de las trabas y contradicciones que lo habían oprimido desde la infancia.
Si los textos de Borges registran indirectamente los conflictos de su mundo interior, tampoco son inocentes de las realidades externas. Sorprendentemente quizá para los que quieren tener a Borges encerrado en una 'biblioteca total'; fue un intelectual público durante toda su vida. Desde un principio mostró un gran afán de protagonismo en el mundo literario, y mi estudio sigue en detalle sus aventuras en las vanguardias española y argentina. También he analizado sus creencias y actividades políticas, desde su temprana simpatía por los bolcheviques hasta su pacifismo último, pasando por su afiliación al Partido Radical, su obstinada lucha antifascista, su antiperonismo acérrimo y su apoyo a las dictaduras militares. Lo que he procurado hacer es analizar la lógica de estos cambios en el contexto de la historia argentina para llegar a comprender lo que él veía como la constancia fundamental de sus valores políticos. El hecho es que, lejos de vivir de espaldas a las grandes cuestiones de su tiempo, Borges estaba imbuido de una fuerte conciencia de la responsabilidad del escritor ante la historia: tenía un sentido muy hondo de la patria y hasta el final de su vida se comprometió con el destino de la Argentina. Por eso, aunque sus temas literarios no fueran políticos, fue un escritor engagé a su manera [...].
Enamoramientos y frustraciones

La partida de Norah Lange [1928] había dejado a Borges en un estado de abatimiento absoluto, y en ausencia de la amada, su sentido de la 'nadería de la personalidad' amenazaba con invadirlo una vez más. Aunque continuó con su costumbre de explorar los barrios de Buenos Aires después de su operación de la vista, ahora había un toque de desesperación en sus vagabundeos: se aventuraba en plena noche en las zonas de peor fama, lugares donde los delincuentes iban armados con cuchillos y pistolas y donde se sabía que había perros feroces que atacaban a los transeúntes. En una ocasión escapó por poco al daño corporal grave mientras caminaba con Ulyses Petit de Murat y Sixto Pondal Ríos en el Bajo de Belgrano, una zona desagradable de criaderos y establos de caballos, refugio notorio de criminales. [...].
Después de su rechazo definitivo por Norah Lange, Borges estaba asediado por las pesadillas y el insomnio y estuvo a punto de matarse. Trató de sobrellevar ese sufrimiento dedicándose por entero a su trabajo en Crítica. Dos cuentos que iba a publicar en Crítica nos dan cierta perspectiva sobre la gravedad de su crisis personal. Los dos fueron escritos con el seudónimo 'Alex Ander', y su estilo melodramático, crudamente escrito, es difícil de reconciliar con la elegancia de la escritura posterior de Borges, pero era consonante con el populismo amarillista de Crítica y tiene que haberse debido en no poca medida a la angustia extrema de su autor en ese momento [...].
De los treinta y siete lectores que compraron un ejemplar de Historia de la eternidad, uno fue Adolfo Bioy Casares, un aspirante a escritor. Tal era el apetito del joven por las curiosidades literarias que fue engañado por la reseña falsa de El acercamiento a Almotásim y pidió la novela inexistente a un librero de Londres. Con el tiempo, Bioy Casares se convertiría en uno de los compañeros más cercanos y leales de Borges, así como en el autor, con él, de una serie de cuentos y unos guiones cinematográficos [...].
Crisis suicidas

La pérdida de Haydée [en 1940, Haydée Lange, hermana de Norah y a quien cortejaba Borges, se había enamorado de otro hombre] provocó otra crisis suicida, al menos en su imaginación, porque en la misma libreta de notas en la que había compuesto Tlön, Uqbar, Orbis Tertius bosquejó el siguiente guión: después de desempeñar sus deberes como auxiliar segundo en la biblioteca del suburbio monótono de Boedo, compraba un revólver en un negocio de armas de la calle de Entre Ríos, una novela policial de Ellery Queen que ya había leído, y un pasaje de ida a Adrogué, donde se registraba en el hotel Las Delicias, bebía pero no pagaba dos o tres coñacs y después se pegaba un tiro en una de las habitaciones superiores* [...].
Pero lo peor de todo era que un líder carismático había surgido de entre el conciliábulo de jóvenes oficiales que habían orquestado el golpe de Estado de 1943. Se trataba del coronel Juan Domingo Perón, que, como ministro de Trabajo, estaba construyendo una enorme base de apoyo apartando a los trabajadores de sus sindicatos tradicionales con una serie de medidas populistas. Perón exhibía los atributos de un Mussolini, y no podía pasar mucho tiempo sin que orquestara algún tipo de putsch que le daría el poder para convertir la Argentina en una dictadura fascista" [...].
En 1946 es elegido presidente de Argentina Juan Domingo Perón, político al que Borges detestaba profundamente. Ese mismo año escribió: "... las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?" [...]
Fue la esposa de Bioy, Silvina Ocampo, quien expresó memorablemente la opinión imperante sobre las inclinaciones amorosas de Borges: 'Borges tiene un corazón de alcaucil. Ama a las mujeres hermosas. En especial si son feas, porque entonces puede inventarles la cara con mayor comodidad'. Silvina tenía razón sobre la cualidad imaginativa de sus encaprichamientos, pero se equivocaba si con 'corazón de alcaucil' quería decir que era incapaz de sentimiento auténtico por una mujer en particular. Las dedicatorias literarias de Borges eran muestras de amistad, sin duda sinceras, pero, por cierto, ninguna guía de la profundidad de su aprecio por la dama en cuestión. En cambio, uno debiera distinguir entre las numerosas mujeres que admiraba y otro grupo de mujeres con quienes trató de llevar adelante relaciones serias, y que le provocaron en general mucho sufrimiento [...].

Borges iba tomando conciencia del aprieto que lo acosaría como de hecho acosaría a la política argentina por el resto de su vida. Porque ¿cómo se crea una democracia cuando el sector mayor del electorado elegirá a un líder totalitario que es ideológicamente hostil a la democracia liberal? ¿Debe uno aceptar la 'voluntad del pueblo' sin tener en cuenta los principios o los valores? Borges estaba siendo llevado a una posición por la cual deseaba restaurar la democracia, pero sólo podía confiar en que una elite no representativa lo lograra. Era una contradicción, desde luego, y hay pocas dudas de que era consciente de sus implicaciones, tanto para el país como para él mismo. Perón lo estaba obligando a cuestionar la sabiduría de 'el pueblo', y eso amenazaba con poner en entredicho, si no destruir, su sueño de una Argentina democrática. [...].
Borges no tuvo que esperar mucho para saborear los frutos de la victoria. A semanas de la derrota de Perón, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, nada menos [...].
Un golpe de suerte

La vida de Borges habría seguido por este camino penoso, de no mediar un golpe de suerte que cayó del cielo como un rayo en mayo de 1961. Estaba almorzando un domingo en la casa de Bioy Casares cuando recibió una llamada telefónica informándole de que había obtenido un premio internacional del que nunca antes había oído hablar. Al principio creyó que era una broma, pero resultó ser un premio que habían otorgado por primera vez ese año. Seis firmas editoras —Gallimard de Francia, Einaudi de Italia, Rowohlt de Alemania, la española Seix Barral, Weidenfeld y Nicolson de Londres y Grove Press de Nueva York— habían creado el Premio Internacional de los Editores, que le sería concedido a un autor 'de cualquier nacionalidad, cuya obra pueda llegar a ejercer, en opinión del jurado, una influencia perdurable sobre el desarrollo de la literatura moderna'. El ganador recibiría diez mil dólares y tendría un libro traducido y publicado en cada uno de los países representados por las editoriales patrocinadoras. [...].
Además de componer cuentos y colaborar en escribir proyectos con amigos, tenía sus clases de anglosajón los sábados por la mañana en la Biblioteca Nacional, que seguían atrayendo a un fiel grupo de estudiantes. El año anterior, Borges había invitado a una muchacha llamada María Kodama a unirse al grupo. María había admirado a Borges desde que su padre japonés la había llevado a una de las conferencias de Borges. En esa época tenía apenas doce años, pero un amigo de la familia le había presentado después al escritor, y habían charlado sobre Alicia en el país de las maravillas, el libro favorito de ella. Borges había olvidado aquel primer encuentro, pero unos años después, cuando María era estudiante en la Universidad de Buenos Aires, se anotó en la clase de Borges sobre épica, tema que la había fascinado desde que su padre le hablara sobre los cuentos de los samuráis [...].
Borges estaba bastante impresionado por esa muchacha medio japonesa, cuya belleza frágil la hacía parecer aún más joven de lo que era. Además, tenía una conducta amable, respetuosa, modesta. En una época de turbulencia emocional secreta para él, ella tiene que haber sido una presencia tranquilizadora, y podía pasarse el tiempo haciendo lo que más le gustaba: explayándose sin fin sobre temas literarios mientras María estaba pendiente de cada palabra, sin creer casi que se le hubiera acordado el privilegio de escuchar la sabiduría de su admirado maestro. Predeciblemente, no pasó mucho tiempo sin que su amistad en ciernes con la muchacha se convirtiera en algo más intenso, aunque era difícil definir a esa altura qué era lo que realmente sentía por ella [...].
En 1971, y tras una serie de conferencias en Estados Unidos, voló a Islandia el 13 de abril con Di Giovanni y su esposa, visita que iba a describir como 'la mayor revelación de mi vida' [...].
'Una especie de éxtasis'

Cuando llegó a Islandia, donde María lo estaba esperando, sintió 'una especie de éxtasis'; era un 'sueño hecho realidad' . Quedó impresionado por el paisaje desierto de volcanes cubiertos de nieve y géiseres humeantes. Hubo visitas al Althing, donde vio los restos del Parlamento medieval de jefes tribales, y a la casa de Snorri Sturluson en Borgafjord, así como también a otros lugares históricos, y mientras iba de un lugar a otro, recitando sus pasajes favoritos de las grandes sagas nórdicas, se conmovió hasta las lágrimas por la emoción de todo aquello [...].
Fue en ese estado de intensa emoción que reunió el coraje de declararle sus sentimientos a María, y ella contestó a su vez reconociendo que lo de ella era más que una amistad, era amor. Borges entonces le confesó a María que se sentía como si hubiera estado esperándola toda la vida, y fue en el contexto de un sueño de larga data hecho realidad donde concibió la idea para un cuento que, como le dijo a María en Islandia en esa época, se proponía dedicarle alguna vez. El germen de ese cuento era un encuentro entre un hombre mayor y una mujer joven que le recuerda a una muchacha que lo había rechazado en su juventud; mientras le hace el amor a la mujer, siente que el recuerdo del amor anterior, no correspondido, por fin queda borrado [...].
El 13 de junio [1986], María llamó a un amigo de los dos, el escritor francoargentino Héctor Bianciotti, editor de Borges en Gallimard, quien viajó a Ginebra desde París el mismo día. Esa noche se sentó junto al lecho de Borges mientras María descansaba un poco. Borges había entrado en coma, y en las primeras horas de la mañana, Bianciotti notó que su respiración, que había sido regular durante las últimas diez horas, o más, parecía apagarse. Llamó a María, y ella se sentó junto a Borges. Estuvo junto a él cuando, por fin, él se fue, con su mano en la de ella, hacia el amanecer del sábado 14 de junio.

*Véase Manuscrito hallado en la habitación de un suicida [Hotel Las Delicias, Adrogué, 1940]  -Nota de Florencia Giani-

Extractado de Borges, Una vida, Seix Barral, Madrid, 2006
Publicado en El País, Madrid, 11 de marzo de 2007
Foto: Borges en Austin, 1976, Nettie Lee Benson, Latin American Collection University of Texas
Icluida en en Borges, A Life de Edwin Williamson

http://borgestodoelanio.blogspot.com/2017/05/edwin-williamson-borges-era-su-propio.html