Marx en el siglo XXI
Este año se cumplen dos siglos del nacimiento de Karl Marx. Filósofo, economista, sociólogo, revolucionario y acaso profeta, era un hombre de su tiempo, marcó profundamente el siglo XX y algunas de sus ideas son relevantes en nuestra época. Produjo un análisis del capitalismo que todavía resulta clarividente, combinó la filosofía de Hegel con la economía política y la investigación social, y creó conceptos y teorías que han sido completadas, discutidas o refutadas. Su pensamiento inspiró una corriente política, justificó revoluciones y regímenes opresivos, desarrolló una manera de ver la sociedad y generó una serie de polémicas ásperas, que a veces nos parecen iluminadoras y en otras ocasiones son curiosidades históricas, llenas de ortodoxos y heterodoxos, de inquisidores y apóstatas.

Fue un autor complejo, que cambió de opinión muchas veces, que evolucionó a través de intensas lecturas y de la confrontación con los grandes acontecimientos de su época. Sería un error reducir su pensamiento a una sola interpretación: hay un Marx joven y un Marx maduro, un escritor de periódicos y un crítico de la religión, un heredero de la Ilustración y un activista, un defensor de la capacidad revolucionaria de la burguesía y un campeón del proletariado, un Marx que escribía y agitaba, y un Marx que recrearon sus herederos.

La realidad ha desmentido algunas de sus teorías y ha revelado algunas carencias de su pensamiento: las noticias de la muerte del capitalismo parecían exageradas, su desdén por los derechos individuales es llamativo, la teoría del valor ha sido desmentida, su concepto de la clase ignoraba otras formas de capital, el determinismo de su perspectiva de la historia ha sido criticado. De personalidad atrabiliaria, dedicó mucha energía a pelear con adversarios que ahora nos parecen poco significativos. Pero, en una época obsesionada por lo simbólico, recuerda la importancia de los aspectos materiales y de la racionalidad. En tiempos de ansiedad por el cambio tecnológico, de aumento de la desigualdad, de reconfiguración de las clases sociales y de transformación de la democracia, algunas de sus observaciones resultan extrañamente actuales.


Qué esperar de Marx en el siglo XXI

En su nuevo libro, Eric Hobsbawm, uno de los intelectuales de izquierda más prestigiosos del siglo XX, rescata a Marx como fundador de la moderna ciencia social, por el contenido radical de los problemas que se atrevió a formular.

CAE EL MURO DE BERLIN. Así comenzó, en noviembre de 1989, la reunificación de ambas Alemanias y el fin de la URSS.
El estudio de las ideas, las obras y las acciones de Karl Marx (junto a su camarada y amigo Friedrich Engels), y las del heterogéneo movimiento social, político e intelectual que se desplegó a partir de aquéllas, dieron lugar durante el último siglo y medio a una inmensa biblioteca, en los más variados registros de la filosofía, la economía, la política, la historia y la sociología. Como cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, que acaba de publicar el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm, a sus 93 años de edad, se suma a este catálogo.

La abundante producción de Hobsbawm, desplegada a lo largo de seis décadas, fue dedicada, de una manera u otra, a las circunstancias y las problemáticas históricas dentro de las cuales se produjo el desenvolvimiento del marxismo, con cuya tradición aquél siempre se identificó. Por un lado, la trilogía que presentó los rasgos esenciales del “largo siglo XIX”: La era de la revolución1789-1848La era del capital1848-1875 La era del imperio1875-1914, luego continuada por el examen del “corto siglo” en su Historia del siglo XX1914-1991.

Más específicamente, numerosas reflexiones acerca de las características y el desarrollo del proletariado, el movimiento obrero y las izquierdas, se esparcieron en sus también ya clásicas compilaciones TrabajadoresEl mundo del trabajo o Revolucionarios; en otras, como Marxismo e historia social y Sobre la historia, había avanzado en el análisis de las contribuciones teóricas del impulsor del materialismo histórico.

Este nuevo libro sintoniza con todas estas obras. Puede ubicarse como parte de la travesía de Hobsbawm por desentrañar las claves del mundo contemporáneo burgués y del socialismo marxista como su principal impugnador. Pero le agrega una dimensión eminentemente política y actual, al esbozar elementos de balance del marxismo y sobre sus perspectivas en el siglo XXI.

La mayoría de los dieciséis escritos que configuran la obra son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición.

En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto.
Avatares del marxismo
Un recorrido por algunas de las estaciones que jalonaron la aventura intelectual y el despliegue teórico-político de Marx y Engels durante el siglo XIX es lo que nos propone Hobsbawm en toda la primera parte del libro. En uno de sus capítulos examina el modo en que ambos referentes se posicionaron ante las distintas expresiones del socialismo existente hasta los años 1840, en su triple origen: francés, alemán y británico.

En otro, indaga sobre las maneras en que se fueron configurando las ideas políticas de Marx-Engels acerca del Estado, la transición al socialismo, el carácter de la revolución, la dinámica de la lucha de clases, las estrategias y las formas de organización del movimiento socialista.

Asimismo, la recuperación de ciertos prólogos escritos por el autor permite apreciar un ejemplo de cómo encarar un riguroso examen introductorio de una obra, reconociéndola en sus contextos, determinaciones e influencias. Bajo ese enfoque se ausculta La situación de la clase obrera en Inglaterra (el pionero libro de Engels), se apuntan las diversas lecturas posibles del Manifiesto comunista y se valora en detalle la importancia de los tardíamente descubiertos Grundrisse del Marx maduro, en especial, para la reconceptualización de las formaciones precapitalistas.

Finalmente, se ofrece un mapa e itinerario de notable precisión que buscan responder los interrogantes de qué, cuánto, dónde y cómo se publicaban, traducían, circulaban y leían los textos de los impulsores del comunismo moderno.

El estudio de los rasgos y la dinámica que asumió el marxismo como movimiento intelectual, social y político desde fines del siglo XIX es el eje de la segunda gran sección de la obra. Se trata de una ambiciosa reconstrucción, adecuadamente historizada. Su núcleo duro está concentrado en cuatro extensos capítulos, que van desbrozando los caminos de la difusión, penetración, recepción, apropiación, recreación, crisis y reconstitución de la cultura marxista en el mundo.

En el primero se aborda la influencia del marxismo europeo en la cultura general durante el período de la Segunda Internacional, entre 1880 y 1914. El segundo discurre bajo el ciclo del antifascismo (1929-1945). El tercero se orienta a la etapa de posguerra, desde 1945 hasta 1983, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marx. Son trabajos ya relativamente conocidos. No así el cuarto, un breve ensayo escrito para esta edición, en el que presenta, aunque de un modo algo superficial, lo que el autor entiende como el proceso de un marxismo “en recesión”, desde aquel último año hasta la actualidad, al compás del agotamiento y caída del “socialismo real”. También alcanzan interés otros dos acotados pero eficaces capítulos, donde se analiza a Gramsci como teórico político original y estratégico, y se examina el éxito de su recepción internacional.
Balance y perspectivas
Cómo cambiar el mundo se abre y se cierra con dos capítulos de elaboración reciente, de tono más ensayístico y político, cuya importancia radica en que permiten aproximarse a la mirada actual de Hobsbawm respecto, tanto a la vigencia de Marx y del marxismo, como al balance que puede hacerse de la vinculación de este último con el proletariado, al que siempre entendió como agente esencial de la transformación social.
Quizás, son los trayectos del libro donde menos centellea la clásica erudición con la que el longevo autor sostenía sus anteriores apuestas historiográficas y en donde aparecen expuestas algunas de las mutaciones de su pensamiento, especialmente en las últimas dos décadas.
Como si dialogara en tensión con su propia obra, Hobsbawm alerta acerca de las espinosas relaciones entre el movimiento obrero y el socialismo marxista a lo largo del siglo XX, apuntando sólo la excepcional existencia de una opción proletaria de masas en pos de una alternativa comunista o revolucionaria (en rigor, nos dice, limitada al período de entreguerras europea o a situaciones puntuales del Tercer Mundo).

En su diagnóstico, el siglo y medio del movimiento obrero aparece disbujado bajo el signo del fracaso como variante histórica de superación al capitalismo: donde quedó contenido por regímenes que hablaban en su nombre, acabó disuelto como actor independiente; en Europa occidental, viró al revisionismo reformista, obtuvo conquistas con el Estado benefactor de posguerra, pero también terminó diluyéndose como sujeto y retrocediendo a posiciones adaptadas a la lógica del capital incluso mayores que las preconizadas por Bernstein.

Señala la pervivencia de las irresolubles inequidades del capitalismo y de la lucha de clases, pero no encuentra que el movimiento obrero disponga de las potencialidades para antagonizar y rebasar a un capitalismo que paradójicamente hoy afronta su “crisis más seria desde la era de la catástrofe” (ni siquiera descarta un posible horizonte de “desintegración o desmoronamiento”); tampoco divisa ningún reemplazante en esta ciclópea tarea de sepulturero.

En este impasse radicarían algunas de las mayores desventuras del marxismo, parece sostener Hobsbawm, para quien, al mismo tiempo, no se ha presentado hasta el momento otra ideología radical o de izquierdas capaz de suplantarlo.

De este modo, las viejas certezas y confianzas respecto al marxismo como forma de comprender y transformar el mundo ceden lugar a un planteo más bien defensivo, aunque firme: si Marx, a pesar de su encuadre decimonónico, fue el referente político-intelectual que dejó una de las huellas más indelebles en el siglo XX, todavía puede cumplir ese mismo rol para el siglo XXI. Y esta vigencia la explica por dos razones.

Una, en tanto este inestable capitalismo globalizado fue genialmente anticipado desde el viejo Manifiesto comunista o El Capital, logrando descubrírselo como una modalidad históricamente temporal de la economía humana y pudiendo desentrañar su modus operandi basado en la expansión, concentración, autotransformación y recurrente crisis.

Sin embargo, aquí se extraña una visión más honda y comprensiva de Hobsbawm respecto al origen y dinámica de la actual crisis capitalista, pues el hincapié explicativo está puesto excesivamente en los efectos de la aplicación del necio fundamentalismo de mercado.
La otra razón de la posible perduración de Marx en el futuro que aquí se argumenta es que ahora podría recuperarse la original potencia crítica de su aporte al quedar liberado de su asociación oficial con los fracasados experimentos soviéticos y, también, en buena medida, del reformismo socialdemócrata, transcurridos en el siglo XX.

Pero existe un problema a señalar respecto a este inventario. Hobsbawm aún no ha proporcionado una acabada o convincente explicación teórico-histórica de aquel experimento soviético, más específicamente, del estalinismo (a cuyo universo estuvo vinculado, dada su histórica pertenencia al PC británico).

De este modo, lo que se desprende de su visión, es que lo naufragado y ahora reconocido como alejado del verdadero Marx no fue ya el innombrado y reaccionario fenómeno burocrático del estalinismo, sino, como explícitamente lo enuncia, el “leninismo” y las revoluciones y estrategias conjugadas en torno a ese tipo de proyectos.

Esta homologación, va acompañada, por otra parte, con su habitual indiferencia a toda tradición o corriente ubicada a la izquierda del “comunismo oficial”. Aunque luego parece admitir que el legado de Marx está en disputa, abierto e irresuelto, por lo que tanto Bernstein como Lenin pueden ser considerados o no como sus herederos. El tema es polémico y ameritaría un mayor desarrollo y precisión de lo expuesto sólo en las páginas iniciales y finales del libro.

Una vez enunciados los dilemas de la experiencia histórica y quedando desguarnecidos de proyectos definidos de transformación, Hobsbawm incita a rescatar a un Marx como intérprete del mundo, sobre todo, como pensador económico, guía para la comprensión de la historia humana y padre fundador, junto a Durkheim y Weber, de la moderna ciencia social; en síntesis, como portador de un pensamiento de magnitud universal e integrador de todas las disciplinas. Un Marx vigente no ya en todos los análisis, predicciones y respuestas que esgrimió, sino, por el contenido radical con que formuló las preguntas y los problemas.

En verdad, el resto del propio libro, en sus textos menos recientes, propone una recuperación de Marx y del marxismo con un sentido más vasto, complejo y programático. Este contrapunto quizá sea una vía de entrada para la lectura de una obra que retoma algunos buenos pasajes de uno de los intelectuales de izquierda más importantes del siglo XX, dueño de una incuestionable sabiduría historiográfica. La misma que logra plasmarse en varios de los recorridos de estas páginas.
https://www.clarin.com/rn/ideas/Eric-Hobsbawm-Marx-marxismo_0_r1pLL_C2wXx.html
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El joven Marx: peleas, discusión y una grande pasión


Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. La frase de Salvador Allende –que resurge cada tanto para explicar el habitual estado de excitación subversiva de las nuevas generaciones y para reprochar que otros no lo sientan con la misma intensidad– parece alentar un par de ficciones biográficas dedicadas a la figura de Karl Marx: Le jeune Karl Marx, la película de Raoul Peck (autor también del guion, junto con Pascal Bonitzer) y Young Marx, la obra de teatro de Richard Bean y Clive Coleman, cuya puesta en escena sirvió para inaugurar el Bridge Theatre en Londres. Ambas piezas, estrenadas el año pasado, coinciden en su propósito de retratar a Marx y a Engels como dos agitadores entrañables, pensadores “emergentes” en busca de pleito, y menos como el par de señores que, por cosas de la historia, salen a menudo al lado de Lenin en algunas imágenes de propaganda.
La película de Peck dibuja a un Marx a mitad de sus veinte, cuyos controvertidos artículos en la Gaceta Renana lo obligan a emigrar de Colonia a París. Coleman y Bean se centran en los primeros años en Londres, una vez que Marx ha superado la treintena y se ha instalado junto con su familia en un diminuto departamento en Soho. Los dos periodos, valga la pena repetirlo, estuvieron marcados por las dificultades económicas, los dramas familiares y un febril ritmo de escritura. El tono de farsa con pinceladas de tragedia de la pieza de Bean y Coleman proporciona mejores recursos para representar a un Marx dueño de un agudo sentido del humor y penetrante intelecto y, sin embargo, con importantes puntos ciegos (después de que Marx le confesara a Engels que sentía que la vida lo había tratado con brutalidad, su amigo le recuerda las condiciones de la clase obrera en Manchester, para poner en perspectiva su idea de sufrimiento). Es difícil determinar el centro dramático que proponen Bean y Coleman: puede ser el embarazo de Lenchen, la ama de llaves, que provoca una crisis en el matrimonio de los Marx, o la muerte del "pequeño Fawkes", el hijo enfermo. Pero no importa: la comedia se sostiene con solvencia porque puede contar la historia de los conceptos que más tarde quedarán plasmados en El capital como una trama de persecuciones, espías, celos de pareja y reuniones clandestinas. En ese sentido, la película de Peck es más convencional: elige un punto de inflexión –el encuentro entre Marx y Engels– y concluye con la publicación del Manifiesto comunista, el producto más emblemático de aquella incipiente amistad. La secuencia final –en que algunas fotografías cuentan la historia occidental del siglo XX mientras se escucha "Like a rollling stone" de Bob Dylan– establece una continuidad entre los oprimidos a los que se dirigía el Manifiesto y los de ahora. Se trata, por supuesto, de un epílogo previsible.
Esta necesidad de humanizar a Marx y a Engels a través de dos diferentes lapsos de juventud puede hallar su complemento en El joven Karl Marx (Akal, 2012), de David Leopold, cuyo subtítulo –Filosofía alemana, política moderna y realización humana– parece prometer muchas menos horas de diversión que la pieza teatral y la película. El especialista en teoría política ofrece un acercamiento a las obras que Marx escribió entre los veinticinco y los veintisiete años, en busca no del hombre y su circunstancia sino del profundo pensador político que era ya en aquel momento y cuyas contribuciones se vieron opacadas por su influyente trabajo posterior. No se trata de un volumen biográfico, aunque se apoya en muchos papeles personales, sino eminentemente teórico y, dada la apuesta, termina teniendo un particular encanto. Las rivalidades intelectuales de Marx de aquellos años importan para entender sus ideas, pero también para caracterizar su método de trabajo. Estudiar a quién estaba leyendo y con quién se estaba peleando proporciona al autor estimulantes líneas de interpretación para esclarecer aquel periodo.
Leopold se embarca en una lectura minuciosa de algunos textos –“Sobre la cuestión judía” o la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, por ejemplo– que a su parecer han dado pie a una serie de lugares comunes que merecen más de una precisión. Marx es en cierta medida responsable de esos malentendidos: el estilo oscuro de su prosa ayudó poco, lo mismo su ánimo combativo (para el lector moderno no siempre resulta claro quién es el blanco de esta o aquella diatriba). El esfuerzo, sin duda, es importante. Da la impresión de que la imagen del filósofo descansa en algunos veredictos –la influencia hegeliana, el desprecio por los derechos humanos, la abolición de la política una vez que se alcance la emancipación– bastante debatibles. Leopold pone sobre la mesa un puñado de ideas a contracorriente para ilustrar lo que todavía falta por discutir a ese respecto.
Como sucede con el resto de los jóvenes, una de las partes más desafiantes y difíciles de enfrentarse al joven Marx tiene que ver con encontrar ánimos y herramientas para entenderlo. A la par de una revisión a conciencia de sus adversarios, Leopold identifica aquellos procedimientos retóricos que a menudo operan en detrimento de su claridad, el anacronismo con que ahora leemos algunos de sus conceptos sustanciales –objetivación, alienación– y el carácter desigual de sus escritos –los publicados, los que no se publicaron pese a que fueron redactados con ese propósito, las anotaciones personales de lectura–. Sus argumentos resultan persuasivos en diversos grados: es extraordinariamente consistente para explicar por qué un periodista dedicado a asuntos como el robo de madera en Mosela dio un giro en sus preocupaciones para hablar de la pantanosa filosofía hegeliana, pero se enfrenta a problemas mayores cuando quiere identificar el lugar que ocupan los derechos humanos en su pensamiento. En ocasiones, tiene que ensanchar el criterio, atender detalles más dispersos. Los distintos sentidos que Marx atribuye a una misma palabra, sin duda, dificultan la comprensión, pero Leopold demuestra que hay una sólida coherencia en el primer Marx y que es posible establecer cuándo un concepto –digamos: el Estado– está siendo usado desde un punto de vista amplio y cuándo desde uno restringido, de acuerdo con el contexto. En ese plano, su “retrato” escarba zonas de la personalidad, las circunstancias históricas y el intelecto de Marx a las que el cine o el teatro son incapaces de llegar.
Hay algo particularmente atractivo en que las versiones Young y Jeune del filósofo rastreen en su juventud el ánimo subversivo, doméstico, en fin, humano, que pueda conectar al autor del Manifiesto comunista con el público actual. El drama del escritor freelance, angustiado por las fechas de entrega y la falta de dinero, obligado a compartir su hogar con un montón de personas mientras persigue sus propios intereses intelectuales, es la condición milénial por excelencia. Su vigencia como personaje no es tan complicada de lograr.
Pero hay todavía un camino más estimulante. La lucha por los escritos tempranos de Marx no puede considerarse el tipo de pasatiempo que tienen algunos investigadores, cuando han agotado las obras de madurez. Aquellos textos no solo sufrieron un accidentado y tardío proceso de edición sino que se dieron a conocer en un momento poco propicio, cuando todavía se identificaba al marxismo con el régimen soviético. Su entrada en escena produjo dos reacciones en abierto antagonismo: un bando consideró justo el olvido en que habían caído y el otro halló en ellos una clave que obligaba a releer a Marx con otros ojos. “El lenguaje y las inquietudes de los primeros escritos no tenían cabida en la versión autorizada del marxismo”, cuenta Leopold, quien en su libro busca apartarse de ambas posturas. Esa labor de tomarse en serio los escritos de un joven de veinticinco años, incluso si se trataba de Marx, termina por ser un inesperado homenaje a su espíritu rebelde, en particular si supone desestabilizar la ortodoxia alrededor de su obra y librar batallas contra expertos “más dados a imitar el estilo del joven Marx que a ayudar a los lectores modernos a comprender lo que quería decir en realidad”. ~
La obra de teatro Young Marx, de Richard Bean and Clive Coleman, podrá verse subtitulada en el Lunario del Auditorio Nacional, los días 20 y 21 de mayo. 
https://www.letraslibres.com/mexico/revista/el-joven-marx-peleas-discusion-y-una-grande-pasion

La Escuela de Frankfurt: Los marxistas melancólicos


Stuart Jeffries


Gran Hotel Abismo
Traducción de José Adrián Vitier Madrid, Turner, 2018, 484 pp






Georg Lukács. En 1962, el filósofo marxista Georg Lukács escribió en un prefacio a su célebre Teoría de la novela que una parte de la intelligentsia alemana, entre ellos Theodor Adorno, vivía en un “Gran Hotel Abismo”, una referencia a su crítica de Schopenhauer. Es un “bonito hotel, equipado con todas las comodidades, al borde de un abismo de nada, de absurdo. Y la contemplación del abismo, entre comidas excelentes y entretenimientos artísticos, solo puede aumentar el disfrute de las sutiles comodidades ofrecidas”. Lukács fue un marxista mucho más ortodoxo que quienes formaron la llamada Escuela de Frankfurt. Sin embargo, aportó una base teórica importante a la escuela al crear el concepto de “reificación” a partir de la idea del “fetichismo de la mercancía”, de la que habla Marx en El capital. La identidad del individuo moderno no se construye en el siglo XX a partir del trabajo sino del consumo. Estamos “enamorados” de nuestras lavadoras y smartphones. O como diría Adorno, hay una catéxis (un término del psicoanálisis que se refiere a una especie de carga simbólica que uno proyecta sobre algo o alguien) libidinal en el vínculo con los objetos no humanos, igual que con las personas amadas. Es algo que resultaría clave en obras como El hombre unidimensional de Marcuse, que tanta influencia tuvo en los años sesenta y setenta, y cuyas ideas siguen presentes en Banksy o en las viñetas o memes virales (paradójicamente) sobre nuestra obsesión con la tecnología.
Al centrarse en la falsa conciencia o alienación del proletariado, Lukács abriría un nuevo campo de estudio: con estos pensadores, el marxismo se combinó con el psicoanálisis y dio un giro cultural. Stuart Jeffries afirma que el enfoque en la “reificación” hizo virar al marxismo del “optimismo agitador del Manifiesto comunista a la resignación melancólica que se filtra a través de la Escuela de Frankfurt”.
Max Horkheimer. El Instituto de Investigación Social se creó en Frankfurt para reflexionar sobre el fracaso de la revolución comunista en Alemania en 1918. Pero bajo la dirección de Horkheimer, a partir de 1931, dejó de lado el análisis del capitalismo exclusivamente como un sistema económico y se centró en estudiar su superestructura: el capitalismo es también un sistema de dominación cultural, que oprime al proletariado de maneras sutiles a través de la cultura de masas. Esto provocó una paradoja que todavía no se ha resuelto y que los críticos con la Escuela de Frankfurt siempre recuerdan: estamos todos atrapados y alienados excepto, claro, quienes nos avisan de que estamos todos atrapados y alienados. Marcuse, Horkheimer, Adorno están woke, como dicen en las guerras culturales de internet. Es decir, están concienciados, saben ver tras el velo sutil de la opresión cultural y su obligación moral es avisarnos. “Es como si el proletariado hubiera sido hallado deficiente como agente revolucionario y hubiera sido reemplazado por teóricos críticos”, dice Jeffries. Es decir, por académicos. Como escribió la filósofa británica Gillian Rose, la Escuela de Frankfurt “en vez de politizar la academia, academizó la política”.
Walter Benjamin. Fue quizá el más melancólico, sentimental y pesimista de Frankfurt. No supo hacerse nunca ni un huevo frito y vivió de las rentas de su familia, aunque esta fue una característica común de los teóricos críticos. Era un nostálgico de su infancia idílica en Berlín, y a menudo sus reflexiones sobre la memoria lo acercan más a Proust que a otros teóricos marxistas. Sentía una enorme atracción por lo decadente y le fascinaba la aparente armonía de la vida comunitaria de ciudades como Nápoles, quizá por el gran contraste que presenta con Alemania. Fue quizá el más místico y en cierto modo reaccionario de los teóricos críticos: su paso del judaísmo al marxismo forma parte de su búsqueda de redención y del absoluto. Como escribe J. M. Coetzee en The New York Review of Books, algunas de sus teorías eran incomprensibles o demasiado espirituales para determinados amigos marxistas. El dramaturgo Brecht escribió en su diario: “Benjamin dice: cuando sientes que la mirada del otro se posa en ti, incluso cuando estás de espaldas, respondes (!). La expectativa de que cualquier cosa que observas te observa a ti crea el aura… Es todo muy místico, a pesar de sus actitudes antimísticas. ¡Esta es la manera en la que debe hacerse el análisis materialista! Es bastante espantoso.”
Hoy Benjamin es un pensador de moda. Hay exposiciones sobre él, se reeditan sus obras y los críticos culturales citan sus reflexiones sobre estética, fotografía y cine. Da la sensación de que no podrían existir los estudios culturales sin los análisis literarios de Benjamin, en los que es capaz de combinar a Baudelaire, Mallarmé y demás poetas simbolistas con el marxismo: muchos de sus textos –como “El autor como productor”– son el intento, a veces poco convincente, de justificar esto tan aparentemente contradictorio.
Su prosa influye en esa atracción. En cierto modo, para Benjamin y demás teóricos críticos, la escritura refleja el pensamiento. Y como el pensamiento ha de ser dialéctico, la prosa ha de seguir esa lógica: es un follaje que hay que desbrozar hasta alcanzar el sentido. Su famosa teoría del progreso de la historia a partir del cuadro Angelus Novus de Paul Klee (que Benjamin adquirió y tenía en su despacho) es una idea más o menos sencilla sobre el historicismo expresada con una prosa enrevesada e incomprensible.
Stuart Jeffries no esconde su atracción por Benjamin. Dedica buena parte del libro a sus viajes, su suicidio en 1940 en Portbou tras escapar de la Francia ocupada por los nazis, y sus problemas edípicos. Casi todos los pensadores de la Escuela de Frankfurt eran hijos de judíos burgueses, y casi todos se rebelaron contra sus padres y lo que representaban: el espíritu comercial y pequeñoburgués, los valores de la Ilustración, la ciencia y el positivismo. A veces esa rebelión edípica era ridícula y adolescente, como explica Jeffries: “Si el padre es un judío practicante, el hijo se rebela expresando su ateísmo; si el padre es un judío ateo sumergido en el nacionalismo alemán, el hijo se rebela reclamando su herencia religiosa judía o abrazando el creciente movimiento político del sionismo.”
Theodor Adorno. El jazz, que para los existencialistas era la cumbre de la fenomenología y una forma casi de libertad radical, era para Adorno un ejemplo del arte mercantilizado del capitalismo. En su ensayo On jazz, que ha envejecido muy mal, habla de que es un arte sadomasoquista que recuerda a la eyaculación precoz. Pero es un poco injusto reducir a Adorno a estas teorías. La personalidad autoritaria, publicado en 1950, donde analiza las características psicológicas que explican el apoyo al fascismo, es una obra que todavía influye en los estudios sobre por qué se vota a partidos y líderes autoritarios. Es una obra que se centra en el fascismo, lo que en plena Guerra Fría provocó críticas en Estados Unidos, ya que no mencionaba al enemigo soviético. También recibió críticas porque en cierto modo comparaba el conservadurismo con el autoritarismo.
Su crítica al individualismo como la esencia de la dominación capitalista es similar a la que expone con Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, donde los dos teóricos elaboran una dura crítica contra el positivismo y la razón instrumental. Y van más allá. Para ambos, como explica Jeffries, “el fascismo no es una abolición del capitalismo, sino más bien el medio de asegurar su existencia continuada”.
Herbert Marcuse. Fue el héroe del 68 y el demonio de la derecha reaccionaria y la alt-right. Unió la represión freudiana con la alienación marxista para proclamar una revolución libidinal y erótica que acabara con las estructuras del capitalismo y el liberalismo, especialmente la estructura familiar tradicional. Aunque apoyó a los estudiantes en 1968, su melancolía y pesimismo frankfurtianos acabaron imponiéndose. Marcuse terminó pensando que el sistema capitalista utilizó la revolución sexual como un instrumento de dominación. Fue una “revolución divertida”, por usar el término de Ramón González Férriz, una rebelión que acabó perfectamente normalizada en el sistema y que no cambió nada de raíz. 
Marcuse consideró igual de negativa la represión sexual que su liberación: como buen frankfurtiano, pensaba que no había solución obvia. El hombre unidimensional, su célebre obra, destapa una lógica que está muy extendida en la crítica cultural contemporánea: vivimos una represión sutil que (y aquí viene el salto hiperbólico) es más peligrosa que la explícita porque la hemos interiorizado. El coreano Byung-Chul Han, el filósofo de moda y heredero claro de Frankfurt, hace un análisis similar hoy: el emprendedor que es su propio jefe tiene interiorizada la opresión capitalista, la ejerce sobre sí mismo.
Jürgen Habermas. Es el frankfurtiano heterodoxo, quizá el más marxista de todos en su juventud y luego el mayor defensor de la democracia liberal, el reformismo, la Unión Europea y los valores de la Ilustración. Aunque lideró una rebelión “edípica” contra la herencia del nazismo en Alemania que lo acercó a los movimientos sesentayochistas, denunció el “fascismo de izquierdas” de algunos revolucionarios. Más adelante, se convirtió en un gran crítico del posmodernismo.
Jeffries afirma que “nunca desde Kant o Hegel un filósofo y teórico social alemán ha desarrollado un sistema intelectual tan elaborado. Y sin embargo este sistema multidisciplinar se basa en una idea simple: que a través de la comunicación racional podemos superar nuestros sesgos, nuestras perspectivas egocéntricas y etnocéntricas, y alcanzar un consenso o una comunidad racional”. Suena utópico leer sobre comunicación racional y una esfera pública que delibera en una época de tribalismo político y guerras culturales online. Es una utopía que busca rescatar la razón de quienes la consideran totalitaria o al menos algo a lo que no merece la pena aspirar: “No comparto la premisa básica de la Teoría Crítica”, afirmó en los años setenta, “la premisa de que la razón instrumental ha ganado tal dominio que no hay salida de un sistema total de engaño, en el que el conocimiento solo lo consiguen a través de ráfagas unos individuos aislados”. Si vivimos en un sistema ilusorio, la salida no se obtiene con el colapso de la sociedad industrial avanzada y la llegada del socialismo, sino a través del reformismo y el gradualismo dentro del sistema.
Stuart Jeffries. El autor de Gran Hotel Abismo, crítico cultural y colaborador del Guardian y el Financial Times, se sentía amenazado por las ideas densas y profundas de la Escuela de Frankfurt. Se propuso escribir este libro para conocerlas. Siguiendo la tradición del ensayo de ideas anglosajón (recuerda al también excelente En el café de los existencialistas, de Sarah Bakewell), Gran Hotel Abismo es una obra repleta de debates apasionantes e historias novelescas. Es también una guía profunda, clara y didáctica sobre la historia y el desarrollo de las ideas que han formado intelectualmente a una buena parte de la izquierda actual: no pueden entenderse la políticas de la identidad contemporáneas, por ejemplo, sin las teorías de la Escuela de Frankfurt.
En cierto modo, seguimos teorizando sobre lo que teorizaron Adorno, Horkheimer, Marcuse o Habermas, pero a menudo peor o a partir de lecturas equivocadas. Como escribió Adorno a Marcuse en 1969, deprimido por la interpretación que los estudiantes revolucionarios hicieron de sus ideas, “[los estudiantes] han sintetizado su práctica con una teoría inexistente, y por lo tanto expresado un decisionismo que evoca recuerdos terribles”. Hay muchas revoluciones que se hacen a partir de malas lecturas o simplificaciones. Gran Hotel Abismo explica lo que hay detrás de los eslóganes y la prosa grandilocuente y enmarañada. ~

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/la-escuela-frankfurt-los-marxistas-melancolicos

Marx en el siglo XXI

TRIBUNA





AJUBEL

El 5 de mayo se conmemora el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, filósofo, economista, historiador, sociólogo, periodista, político y profeta del comunismo, bajo cuya advocación se hicieron las revoluciones rusa y china, amén de otras tampoco despreciables. Hace ya más de un cuarto de siglo que el comunismo se derrumbó con estruendo en Rusia y Europa oriental. En los países donde subsiste, unos (China, Vietnam) han restaurado la economía de mercado con éxito asombroso; otros (Cuba, Venezuela) se han aferrado a la economía colectivista, y viven en crisis y depresión crónicas. ¿Está justificado, por tanto, celebrar esta efeméride? ¿No sería mejor echar siete llaves al sepulcro de Marx?
En mi modesta opinión, con todos sus errores y defectos, Marx fue un gran pensador que ha dejado una huella imborrable, y en gran parte positiva, en la historia contemporánea. No debemos olvidar que, junto con Darwin y Freud, forma ese gran trío de luminarias que hicieron con respecto a la especie humana lo que los grandes astrónomos y físicos de la llamada Revolución Científica (siglos XVI-XVII) hicieron con respecto al planeta Tierra. Copérnico, Galileo, Kepler y otros genios demostraron que la Tierra no era el centro del universo, como hasta entonces se había pensado, sino un simple planeta girando alrededor de una estrella no muy grande de entre las innumerables que hay dentro de una galaxia de las muchas existentes.
Por su parte, Darwin, Marx y Freud demostraron que el ser humano, lejos de ser una suerte de ángel creado directamente por Dios para cumplir un programa ético y ejemplar (y que el resto de los animales han sido puestos en la Tierra para acompañar y servir al hombre en el centro de la Creación), es un animal más, más inteligente sin duda, pero perteneciente al mismo árbol genealógico que el resto de los seres terráqueos. Y, además, que se mueve históricamente por intereses predominantemente económicos e, individualmente, por impulsos animales, en parte, sexuales. Este gran trío nos dio una versión del ser humano mucho más realista que la hasta entonces predominante (aunque a muchos les chocara esta nueva versión y se resistieran largamente a aceptarla) y sus teorías marcaron el triunfo del materialismo sobre el idealismo.





¿Cuál es el legado de Marx como científico social? De entrada, quiero afirmar que su teoría económica es absolutamente inservible. Como dijo Schumpeter, está "muerta y enterrada". Keynes fue igualmente severo: en una carta a Bernard Shaw afirmaba que "sea cual sea el valor sociológico [de El Capital...] su valor económico contemporáneo [...] es nulo". Lo cierto es que la economía de Marx estaba desfasada ya mucho antes de su muerte en 1883. Quizá por eso no acabó El Capital. Además, sus errores económicos afectaron negativamente al resto de su visión social. Porque su teoría de la Ley de Bronce de los Salarios (basada en un absurdo sofisma), que afirmaba que en una economía de mercado éstos nunca estarían por encima del nivel mínimo de subsistencia, le impedía aceptar la posibilidad de que las condiciones de vida del obrero mejorasen y pudiera llegarse a una situación en que el proletariado progresara y, por medio del sufragio universal, llegara a compartir el poder con la burguesía. En una palabra, su anticuada teoría económica le impidió aceptar plenamente la posibilidad de una evolución hacia el socialismo democrático. Fueron su discípulo alemán Eduard Bernstein y la Sociedad Fabiana británica los que marcaron el camino hacia la socialdemocracia, que acabó triunfando tras la Primera Guerra Mundial, no sin haber sufrido toda clase de denuestos de los marxistas ortodoxos y, en especial, de Lenin. Sin duda Marx, vecino que era de Londres, advirtió la mejora del nivel de vida de los trabajadores ingleses y, probablemente, se dio también cuenta de los serios problemas de que su teoría económica adolecía, pero no tuvo la energía para replanteársela radicalmente, y por eso no se decidió a publicar los volúmenes dos y tres de El Capital después de haber dado a la luz el primero en 1867. El caso es que, si bien en El Manifiesto Comunista (1848) y en El Capital profetiza una revolución violenta que "expropiaría a los expropiadores", también pueden espigarse en su correspondencia y en escritos ocasionales afirmaciones que encierran augurios socialdemócratas.
¿Qué queda entonces? Queda el "materialismo histórico", es decir, lo que se resume en la afirmación con que se inicia el primer capítulo del Manifiesto Comunista: "la historia es la historia de la lucha de clases". Hegel, de quien Marx se consideraba discípulo, había sostenido que lo que mueve la historia es "el Espíritu", frase un tanto misteriosa que puede interpretarse como que son las ideas las que mueven la historia (idealismo). Marx sostenía lo contrario: son los intereses materiales lo que sustenta las ideas. En sus propias palabras: "Para Hegel, el proceso de pensamiento [...] es el demiurgo de lo real [...] Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre. [...] La dialéctica aparece en [Hegel] invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho, ponerla de pie, y en seguida se descubre, bajo la corteza mística, la semilla racional". Estos malabarismos intelectuales significan, en la práctica, que para comprender la historia hay que buscar los intereses materiales que persiguen los principales grupos sociales, cuyo modo de vida configura su visión del mundo.
Las tres grandes clases sociales en la historia moderna y contemporánea son la aristocracia, la burguesía y el proletariado, que son propietarias de los tres grandes factores de producción: la tierra, el capital y el trabajo. Marx aplicó este método en sus estudios históricos y produjo brillantes ensayos como El 18 Brumario de Luis BonaparteLas luchas de clases en Francia o incluso sus artículos periodísticos sobre la España del siglo XIX o la Guerra de Secesión de Estados Unidos. La verdad es que el materialismo histórico de Marx caló profundamente en la historiografía posterior, sobre todo, en el siglo XX, y resultó una herramienta muy útil (aunque hoy algo desfasada). Yo creo que permite comprender claramente los grandes perfiles de la historia contemporánea, cosa que he tratado de mostrar en mi Capitalismo y Revolución. Sin duda, aunque la mayor parte de los historiadores económicos de hoy no se consideren seguidores de Marx, el auge de la historia económica ha debido mucho a la influencia de su pensamiento. Yo me atrevería a decir que hoy todos somos un poco darwinianos, freudianos y marxistas, en el sentido de que hemos absorbido intelectualmente sus ideas aunque no las demos todas por buenas. ¿Quién no habla hoy, casi sin pensar, de la "selección natural", de la "libido" o del "complejo de Edipo", de la "plusvalía" o de la "superestructura"? A Marx, incluso, le han salido discípulos inesperados en la política reciente, como el consejero del presidente Clinton, James Carville ("Es la economía, estúpido"), o el presidente Rajoy ("No me voy a distraer de lo importante; es decir, la economía"). Qué vueltas da el mundo.





Marx nunca vio su revolución, pero en el siglo XX hubo varias. Las más de ellas no se ajustaron en absoluto a sus profecías. Las revoluciones en China, Cuba o Irán no fueron obra del proletariado, sino más bien de los campesinos. Pero sí hubo dos revoluciones europeas que pueden relacionarse con el marxismo: la rusa y la socialdemócrata en la Europa occidental tras la Primera Guerra Mundial. La primera fue un fracaso estrepitoso, que más que a Marx debe adjudicarse a Lenin. La segunda, el gran éxito político, económico y social del siglo XX, sí podría atribuirse en parte a Marx.
Y otra cosa hay que agradecerle: frente a la pura barbarie de los fundamentalistas islámicos o la bazofia intelectual de los nacionalismos, de los populismos o de lo políticamente correcto, Marx trató de construir una interpretación subversiva pero racional de la sociedad y la historia. Se le ha llamado "socialismo científico", lo cual suena rimbombante, pero él pretendía construir un análisis económico-social revolucionario, basado en evidencia, y por métodos científicos. Y, aunque el capitalismo que Marx esperaba ver derrumbarse en el siglo XIX ha sobrevivido y está más fuerte que nunca en el siglo XXI, es cierto que esta supervivencia ha sido posible porque durante el siglo XX el capitalismo se sometió a una profunda reforma, a un injerto socialdemocrático que debe mucho a las ideas de Marx.
Gabriel Tortella es economista e historiador, autor de Capitalismo y Revolución. Un ensayo de historia económica y social contemporánea (Gadir, 2017).

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