Activista, político pop y autor torrencial, canceló su viaje al país, en otro capítulo de la performance en que convirtió su vida. ¿Qué representa su figura hoy? 

Escritor prolífico, su perfil político va de lo reaccionario al reclamo por los derechos humanos. AFP PHOTO / KIRILL KUDRYAVTSEV


Muy cerca del Volga, Rusia, en el campo de prisioneros Engels, nuestro personaje, Eduard Limónov, condenado entre 2001 y 2004 por terrorismo, posesión ilegal de armas, e incitación a actividades extremistas, observa los sanitarios que usan los reclusos como él. El diseño funcional y agradable dista del imaginario –y de la realidad más frecuente- sobre la lúgubre arquitectura, en especial de los baños, y cualquier cosa que pueda resultar un poco linda o cómoda, en una cárcel. Y a Limónov –“un gran escritor, y uno de los más importantes de Rusia”, como lo define por teléfono otro escritor, Peter Pomeranstev– le recuerdan, porque se le parecen, y él es capaz de establecer esa relación que otros reclusos no, a los artefactos creados por el diseñador francés Philippe Starck. Limónov los había visto en un hotel cinco estrellas, en New York, donde vivió entre 1974 y 1982. De aquella época surgieron sus primeros libros (Soy yo, Edicha, Memorias de un punk ruso, entre otros). Pero en 2018 él necesita aclarar, por mail: “Ya era escritor a los 15 años, cuando empecé como poeta”. Y además decir: “También me detuvieron por cosas pequeñas y fui sentenciado unas 37 veces, por 10, 15 días, algo así”. Nadie se lo preguntó: la información está disponible en varios sitios. Él, sin embargo, responde a mis preguntas con otras respuestas; como si corrigiera los interrogantes en su mente.
Eduard Limónov, el hombre que fue soldado voluntario en la República Serbia de Krajina, había acordado asistir al Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. Y fue anunciado como una de las figuras más relevantes; una excéntrica celebridad. Eduard Limónov, el hombre que dice no, el hombre que se desdice, el escritor que me dirá: “Ya no me interesa la literatura, tiré todas las novelas de mi biblioteca hace 30 años”; el político ¿molesto?¿marginal? ¿incorrecto?¿peligroso?¿inofensivo?.
Artista de los cambios, por mail había dicho sí, hagamos la entrevista telefónica antes del viaje y del panel de FILBA; dijo: “Escucharé tu voz el viernes”, luego dijo no lo sé, “tengo algunos problemas de salud”; y, al fin, días después, canceló su viaje. Y cambió la entrevista telefónica por el mail; la oralidad por la escritura: “No puedo hablar, Sonia, tengo la lengua hinchada”. Ese es el síntoma confesado por quien vive de atizar con su discurso; el orador ácido, el narrador voraz, tiene la lengua enferma, dañada. Cuando la bielorusa Svetlana Aleksiévich ganó el Nobel de Literatura, declaró, como escribió en revista Anfibia el especialista Alejandro González: “No es más que un ama de casa inofensiva que ha recibido el premio. Pasiones verdaderas desataban Bunin, Pasternak, Shólojov y Solzhenitsin. Ya cuando lo obtuvo Brodski no se produjo tanto revuelo”. La declaración es literaria, machista, pero casi amable en comparación a otras. Ahora dice no recordar por qué lo dijo: escribe demasiado, no tiene presente cada cosa que ha dicho. Aunque a veces agudas, sus intervenciones pueden ser desmesuradas, violentas. Hace más de 20 años pudo combatir en la materialidad del terreno; con el cuerpo, en la guerra (reiteración: fue por propia voluntad, porque así lo quiso, sin ser militar). ¿Luego solo queda la palabra?
Frecuentó grupos disidentes soviéticos, trabajó como mayordomo durante su exilio en Nueva York, luego fue vagabundo; en sus 14 años de residencia en Francia pasó hambre y se volvió hit literario, obtuvo la residencia y fue, me dice, “muy cercano al gran filósofo de derecha Alain de Benoit”.
De vuelta en Rusia es considerado artista original –nadie publicaba novelas así, señalan los críticos–, y un político para algunos peligroso, para otros, inofensivo. ¿Pero qué significa en estos días su actuación política, entre el activismo por la libertad de expresión y sus diatribas contra los inmigrantes? ¿De qué nos habla la figura de Limónov, con su barba chiva a lo Trotsky pero que defiende una mezcla de nacionalismo y comunismo, sobre la Rusia histórica y la actual?
Ultimo congreso del partido la otra Rusia que Limonov lidera, en Septiembre de 2018. /Gentileza Eduard Limonov.
Ultimo congreso del partido la otra Rusia que Limonov lidera, en Septiembre de 2018. /Gentileza Eduard Limonov.
La escena Stark relatada por el escritor francés Emmanuel Carrère en su formidable biografía Limónov, por el cual su protagonista ganó fama –y que ya lleva 16 ediciones solo en español– es gráfica. Limónov es el hombre capaz de urdir la coincidencia estética y escatológica en dos geografías alejadas –Estados Unidos y Rusia; en libertad y en prisión, a décadas de distancia–. Sus peripecias jamás fueron lineales ni previsibles. A Carrère, narrarlas, le llevan casi 400 apretadas y adictivas páginas; y llega hasta 2009. Ese relato le valió al personaje adjetivaciones que corren el riesgo de vaciarse de sentido por reiterativas, y más aún a sus 75 años: punk, polémico, provocador.
En el prefacio de la versión en inglés de Diario de un perdedor, el traductor Alexei Pavlenko afirma que pertenece a una gran tradición de escritores rusos rebeldes y que, en su caso, “se vuelve más desafiante con la edad”. Le pregunto a Limónov qué opina y, cortante, se excusa con un “no leo las críticas”. Y cuando le pregunto qué personaje le resulta inspirador contesta: “Los revolucionarios, como aquellos siete que mataron a Alexander II, por ejemplo”. En una elogiosa reseña publicada en The Guardian, el inglés Julian Barnes escribió, sobre el libro de Carrère, que el personaje le resultaba inverosímil, y hasta duda, en broma, de su existencia. ¿Qué piensa el biografiado?¿Le gusta el estilo de su biógrafo? “Por supuesto, solo me gusta mi propio estilo literario. Carrère es un escritor francés burgués. Tu pregunta es naive, Sonia”. Okey. ¿Y entonces, dado que casi todos lo conocen a través de esa versión, ¿habría algo que quisiera corregir?¿Algo que le gusta especialmente? “En general, el libro consiste en sus fantasías sobre un hombre real, Eduard Limónov. Por eso no hay nada que corregir. Es SU versión”. Las mayúsculas son suyas y sí, habla de sí mismo en tercera persona. ¿Y está de acuerdo con el paralelismo establecido por Carrère entre Putin, el presidente de Rusia y él? “En alguno de mis libros sugerí el mismo paralelismo, así que no es una idea de Carrère, es mía”. Tampoco, dice, corregiría ninguna de sus publicaciones: porque “no es mi estilo de comportamiento literario. Escribo nuevos libros, nunca releo los viejos”. Amaga con negarse a hablar del que escribe hoy: “Porque nunca lo hago”, pero por fin anticipa: se llama Filosofía de la acción política y es acerca de Jacques Roux, (Seguei) Necháyev, gente de ese tipo”.
Batalla contra la hipérbole
A diez minutos a pie desde el turístico y glamoroso café Pushkin se llega al edificio donde vive Limónov en el centro de Moscú. La historia de ese lugar nace del eco simple de creaciones y realidades: un francés, Gilbert Bécaud, compuso “Natalie”, una canción sobre un encuentro amoroso allí. El tema se hizo tan famoso que los franceses en viaje a Moscú lo buscaban, creyéndolo real. Pero el bar no existía. Hasta que alguien lo edificó y hoy sí existe gracias al relato mítico del francés. Algo así, pero esquivo, espejado y quebradizo, sucede entre Carrère y Limónov .
El departamento del ruso, cerca de la estación Mayakovski, cuya pequeña plaza exhibe una estatua monumental del poeta, también está próxima a la avenida Tverskaya. Por ella se llega a la Plaza Roja, donde quiso participar, en los 90, de un fallido golpe de Estado contra Borís Yeltsin. Ahora, mientras me escribe, Limónov mira a través de su ventana, apenas a dos metros de la computadora, los amarillos y verdes de las ramas del árbol de lima. Es otoño en su lado del mundo.
¿Podría definirse su figura, en una operación casi lúdica, en clave argentina? Limónov sería prolífico cual César Aira. Bravucón como un Fogwill. De fuerte impronta política como un David Viñas, y también como él, gran seductor (sus tres esposas no fueron solo bellas según los parámetros canónicos impuestos, sino talentosas, aguerridas). Mediático al modo de un Jorge Asís, no solo asiste a programas de TV, sino que además escribe tres artículos por semana (“yo también soy periodista”, dice) en medios rusos, incluida la versión en ese idioma del estatal Russia Today. Y este dato, desde ya, complejiza la lectura de su relación con el gobierno de Putin: ha sabido estar en protestas en su contra y fue ferviente opositor. Lo detuvieron varias veces por participar, por ejemplo, de las “marchas 31”, en favor de la libertad de reunión, derecho señalado en el artículo 31 de la Constitución rusa, y que se realizan los días 31.
El ruso y la época
Alejandro González, premiado traductor y especialista en literatura rusa lo define como “analista extraordinario, despojado y ácido de la realidad rusa, pero también es cierto que se ocupó mucho de crear un personaje”. Y cuenta: “Zajar Prilepin, uno de los escritores más leídos en la actualidad, se reconoce discípulo suyo”.
Rusos salen a la calle en protesta contra el presidente electo reelecto en las ultimas elecciones presidenciales. Detienen a Limonov. / AFP PHOTO / KIRILL KUDRYAVTSEV
Rusos salen a la calle en protesta contra el presidente electo reelecto en las ultimas elecciones presidenciales. Detienen a Limonov. / AFP PHOTO / KIRILL KUDRYAVTSEV
Autor de 73 libros –en géneros que van de la autobiografía, a la novela y al ensayo–, su figura permite leer ciertas contradicciones de los últimos cincuenta años de la historia rusa y los avatares de la post Perestroika. Aunque el personaje conlleva el riesgo de replicar ciertos lugares comunes sobre lo ruso construido desde Occidente: lo exagerado, exótico, intenso y trágico. El libro de Carrère empieza con una frase de Putin: “El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo extrañe no tiene corazón”. Cito y él dice: “Es falsa”. Aunque así figura en el libro, él corrige: en realidad, “Putin dijo URSS”. Limónov reafirma lo que podemos leer en su Libro de las aguas: “Después de 1990 no tuve años de paz”. Rusia tampoco.
En aquella década las mafias se convirtieron en una fuerza paraestatal, surgió una nueva clase de megamillonarios, la corrupción invadió todos los planos de la vida social y cotidiana, crecieron los excluidos por la hecatombe económica traída por la apertura y una novedosa cultura corporativa y neoliberal se apropió hasta de los modos de hablar, como describe Peter Pomeranstev en La nueva Rusia. En ese contexto, precisamente en 1993, Limónov fundó el partido Nacional Bolchevique. Por teléfono, Pomeranstev lo define como “antiliberal, y mitad nazi, mitad estalinista”. Según él, “Limónov hizo lo contrario a lo que cualquier sociedad educada piensa que está bien. En la década de 1990 disparó en Srebrenica con el luego presidente y genocida serbio Radovan Karadžić. Volvió a Rusia y fundó el Nacional Bolchevismo. Luego, cuando mucha gente era pro Putin, él fue anti. El juego se vuelve previsible y, francamente, desagradable”.
En la Argentina, me confirma, había pedido ir al Museo Evita y otros lugares históricos. “¿Por qué me interesa Perón? Porque el Partido –mi partido– se estableció como derechista e izquierdista, y en los principios de la justicia nacional y social”.
Si uno chequea, varios lo sitúan incluso en lo que llaman una “tercera posición”. Contradictorio al fin, Limónov se alió al pro Occidente Garry Kaspárov, aun cuando se consideran opuestos. Su frente nacionalista se llama La otra Rusia. La plataforma, publicada en ruso, desarrolla 10 puntos.
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Entre otros, aboga por la “tenencia legal de armas para cualquier persona mentalmente sana”, la liberación de presos políticos, la nacionalización de “los principales sectores estratégicos de la economía” y terminar con la inmigración indiscriminada. “Soy imperialista, y mucho peor que Putin”, me dice: es su definición política más actual. Aunque su fuerza no está inscripta de modo oficial por decisión del gobierno, el 22 de septiembre realizó un congreso partidario. Sacaron dos resoluciones, en días en los que el Parlamento discute subir la edad jubilatoria. “La primera es reemplazar los acuerdos de Minsk por una unión de los países cuyos territorios se mantienen por Ucrania como colonias (que son Polonia, Rusia, Hungría, Rumania, Eslovaquia). En segundo lugar, consideramos que la edad de adultez debe establecerse a los 14 años. A esa edad, los jóvenes deben poder casarse, tener derecho a votar y trabajar. En vez de prolongar la edad de retiro hasta los 65 años, proponemos comenzar la vida adulta mucho antes”.
Como si parafraseara a Frank Sinatra, Limónov dice: “Siempre viví mi vida en mi propia manera, sin mirar a los otros. Sobre mi juventud no tengo arrepentimientos”. Anda con guardaespaldas desde hace años y dice tener muchos enemigos pero no responde quiénes son. “Incluso quienes hayan leído el texto de Carrère se dan cuenta de que los tengo”, dice, elusivo. Su bello Libro de las aguas –elogiado por su biógrafo– pronto se publicará en castellano. Allí narra sus vivencias en relación a lagunas, mares, ríos, estanques, océanos. El Atlántico, el Mediterráneo, el Adriático balcánico que recorrió fusil en mano, o el Hudson neoyorquino. Intentó, cuenta, capturar cosas esenciales para él y descubrió que no pudo encontrar más que “guerra y mujeres”. El libro, mitad Diario de Bolivia del Che, y las Memorias de Casanova configura un peculiar aguafuerte sobre el paso del tiempo. Ahora, por mail, recuerda: cinco agentes literarios suyos y tres de sus esposas murieron. Mientras escribía ese hermoso texto, “muy bueno, y simple”, en la cárcel de Lefortovo, dice “creía que me darían 14 ó 15 años de sentencia. Por eso es tan lúcido”. ¿Cómo hace para lidiar con su ego? “Me saludo a mí mismo frente al espejo”. Le cito una entrevista de hace unos años, donde dijo que su generación lo envidiaba por su fama. Le pregunto cuáles son sus desafíos ahora. Y escribe, con su lengua averiada (¿deberíamos creerle?): “Morir decentemente, no destruir mi vida con una muerte inarmónica”. La tesis de Peter Pomeranstev es seductora. “Se volvió él mismo una extraña obra de arte”. Arrecia el tiempo, y la noción suya que tanto aparece en el libro de Carrère: las convenciones del honor, la dignidad que corroe ante su falta; el ascetismo y el exceso de la intensidad, esa rudeza extrema y guapa de creer que, mejor, morir en la batalla. Aunque no resulte fácil delimitar su terreno.
Sonia Budassi publicó, entre otros, los libros de ficción "Periodismo", "Los domingos son para dormir" y de no ficción "La frontera imposible". Moderó el panel de FILBA donde iba a participar Eduard Limónov.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/ultimas-batallas-imperialista-ruso_0_NYAno0I2b.html

El libro de las aguas

Un inédito de Eduard Limonov

Un fragmento de uno de los mejores libros de Eduard Limonov.

El libro se publicará en español, próximamente por la editorial por el sello Fulgencio Pimentel.
17/10/2018 
El mar Adriático / La desembocadura del río Karišnica
Llegamos allí con un destacamento de la policía militar, tras descender de unas pedregosas mesetas en las que los serbios tenían sus posiciones. Era la primavera de 1993. Salimos al lugar del que acababan de marcharse los franceses. La culpa de que anduviese por aquellos parajes la tuvo la televisión. Al volver de Moscú a París, me pasaba el día entero metido en casa, bebiendo vino y lamentándome de mi fracaso. En enero se había derrumbado el Partido Liberal Democrático de Rusia, fundado el 22 de noviembre de 92, en el billar de la dacha de Liosha Mitrofánov. Los camaradas del partido habían cometido una tremenda gilipollez.
Me pasaba el rato sentado, poniendo a parir a Arjípov y a Zharíkov. A Mitrofánov y a Vengerovsky, los ponía algo menos a parir, y a Kurski y a Búzov, menos aún... En fin, que me dedicaba a poner a parir a todo el afamado antiguo gabinete en la sombra. Al mismo que había fracasado como partido.
Por la tele transmitían imágenes de Croacia: un puente de pontones que los señorones croatas habían tendido en Novigradsko ždrilo –así me parece que se llamaba aquel poco espacioso lugar. En todo caso, se trataba del mar de Novigrad, un golfo estrecho del Adriático que se incrustaba en la tierra allí. Se pudo ver también a un teniente coronel de artillería serbio, apellidado Uzelaç. Explicaba con satisfacción que habían aguardado a que los croatas terminasen su puente para bombardearlo en ese preciso momento.
Ordenó “¡Fuego!”, y vimos un proyectil impactando exactamente en mitad del puente.
Por la tarde, volvieron a emitir el mismo reportaje. Entonces ya podía verse con claridad que lo único que había quedado del puente eran unos pedazos en ambas orillas. “¡Allí sí que está todo perfectamente claro, sin tanta gilipollez!” –me dije a mí mismo. Metí las cosas en la bolsa, cogí dinero y fui al aeropuerto. En el aeropuerto, compré un billete París-Budapest de la compañía aérea Air France. Los serbios ya me estaban esperando en Budapest. Varios días después me hallaba en un punto de reconocimiento, bajo un grueso cobertizo de troncos, mirando el mar de Novigrad –el ždrilo (una especie de garganta, supongo)–, a través de un periscopio de artillería, mientras que el propio teniente coronel Uzelaç me explicaba que los croatas habían empezado a construir otro puente. “¡Que lo construyan! No tenemos prisa.” El oficial llevaba un casco.
Si el teniente coronel y yo hubiésemos caminado hasta el mar de Novigrad, es decir hasta el golfo del Adriático que se incrustaba en las profundidades de aquella tierra vetusta, y hubiésemos cogido una lancha o una barca, pronto habríamos estado en mar abierto. Y si hubiésemos recorrido unos doscientos kilómetros más, nos habríamos encontrado en Italia. El camino recto nos habría conducido a Rímini, y uno torcido, a Venecia. Diez años antes, en 1982, pasé por Venecia en compañía de gente bastante rara; algo de aquello ha quedado reflejado en mi libro La muerte de los héroes de nuestro tiempo. Pero tanto al teniente coronel como a mí nos estaba vedado –allí, al borde del golfo, se hallaban los croatas. No disponíamos de fuerza suficiente para arrollarlos. Defendíamos aquellas pedregosas mesetas nuestras sobre el Adriático. Nada más.
Fue en otro sitio donde bajé hasta el Adriático. Sucedió en la desembocadura del río Karišnica. Antes de que llegásemos nosotros, hubo allí un campamento de cascos azules, del batallón francés, el UNPRAFOR (no consigo recordar qué coño significaban esas siglas). Aquellos chavales se desplazaban en BTR blancos con siglas azules, llevaban cascos azules y vivían en casitas blancas desmontables. Las paredes eran de un plástico ligero que daba calor, por eso en muchas ocasiones vi a los serbios enterrando esas casitas para convertirlas en habitáculos subterráneos. Por alguna razón, el agua del riachuelo Karišnica era completamente verdosa.
Al lado de las casitas abandonadas y rotas habían quedado montañas de basura; escarbé en ella y encontré bastantes libros en francés –novelas baratas de acción. En las cubiertas, musculosos Rambos con boina asían gigantescos fusiles de asalto. Los libros estaban hinchados por el agua. Ahora bien, la basura de primera categoría eran las botellas vacías de vino y aquellas latas de conservas… ¡Mis añoradas conservas francesas! El Adriático, había marea baja, exhibía aquí un agua tan verdosa como la del Karišnica; por ese mar, en lancha, se llegaba a Venecia en poquísimo tiempo. Pero ni yo ni los chavales del destacamento de policía militar de la República Serbia de Kninska Krajina estábamos para viajes a Venecia.
Partidarios de Eduard Limonov marchas en protesta por la capitulacion del gobierno en Chechenia. AFP PHOTO
Partidarios de Eduard Limonov marchas en protesta por la capitulacion del gobierno en Chechenia. AFP PHOTO
Los franceses del UNPRAFOR ya habían vendido los serbios a los croatas en varias ocasiones. El caso era que el batallón, aunque bajo bandera francesa, contaba con numerosos soldados de la Legión Extranjera, incluyendo croatas de nacionalidad, e incluso a varios oficiales croatas. Aquellos “franceses” no eran imparciales. Se dio el caso, sin ir más lejos, de que los franceses les pasaron a los croatas dos de sus BTR blancos, de modo que estos pudieron entrar libremente en las posiciones de los serbios y abrir fuego allá por sorpresa. La policía militar le habría pegado un tiro en las pelotas con muchísimo gusto a algún que otro conciudadano mío (llevaba en el bolsillo mi pasaporte francés). Creo que eso mismo fue lo que pensábamos hacer en la desembocadura del río Karišnica, pero los franceses se habían desvanecido entre la naturaleza de aquellos parajes. En la zona costera se hallaban los chalés de los potentados de Zagreb, la capital croata, y también de Belgrado, porque hacía solo un par de años el país todavía permanecía unido. Ahora aquellos chalés habían quedado desiertos, y casi todos habían sido saqueados, a pesar de las amenazas que propagaban las autoridades del ejército. Los suelos de parqué estaban desmantelados.
Hacía demasiado frío como para bañarse. Así que me quité las botas, me remangué los pantalones hasta las rodillas, y tal y como estaba, con el fusil de asalto y la pistola al cinto, con mi abrigo militar forrado, entré en el Adriático hasta la rodilla, ¡desposándome así con la mar como un dux veneciano! Los soldados sonreían, incapaces de entender lo que estaba haciendo. El caso es que, allá por 1972, había hecho promesa de bañarme en todas las aguas que me se me pusieran por delante. Y lo que hacía era cumplir esa promesa.
Después fuimos hacia arriba, ascendimos hasta la recia meseta pedregosa, en la que muchas generaciones de serbios se habían partido los cuernos luchando contra las piedras por sus minúsculas huertas. A medida que íbamos subiendo, las aguas del Adriático que se dejaban ver entre las rocas y las copas de las coníferas perdían su color verde, se volvían azules y luego grises como el acero.

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/inedito-eduard-limonov_0_KqMRivN9N.html