Cesare Pavese: cenar a solas
Las sociedades contemporáneas han impulsado una infatigable cruzada contra la soledad que ha impedido que los individuos alcancen el autoconocimiento que bien podría librarlos del yugo que los somete durante su existencia. La soledad, en nuestro tiempo, se impone como un castigo o una deficiencia del carácter, y pocas veces se entiende como un fase de plenitud en la que cada quien es capaz de vivir conscientemente. La religión, el sistema educativo, el concepto de familia y (ahora) el dominio omnipresente de internet, nos han implantado la necesidad de estar “acompañados” para huir frenéticamente de nosotros mismos.
En un lúcido y breve poema titulado “Manía de soledad”, el poeta italiano Cesare Pavese asumía la soledad como una experiencia espiritual en donde todos sus sentidos despertaban a la reflexión y conocimiento profundos desde uno de los rituales que más ha mancillado la colectividad: la cena: “Ceno cualquier cosa junto a la clara ventana./ El cuarto tiene ya la oscuridad del cielo./ Al salir, las calles tranquilas conducen,/ en pocos pasos, al campo abierto./ […] Basta un poco de silencio para que todo se detenga/ en su lugar real, como ahora mi cuerpo./ Toda cosa se aísla frente a mis sentidos/ que la aceptan sin corromperse: un murmullo de silencio./ Puedo saberlo todo en la oscuridad,/ como sé que la sangre corre por mis venas./ […] Oigo a mis alimentos nutrirme las venas/ de todas las cosas que viven sobre esta llanura./ No importa la noche. El cuadrado del cielo/ me susurra todos los fragores y una estrella pequeña se debate en el vacío, lejana de los alimentos,/ de las casas, distinta. No se basta a sí misma, necesita demasiadas compañeras. Aquí, en la oscuridad, solo,/ mi cuerpo está tranquilo y se siente señor.”
Diecisiete años después de publicar este gran poema, Cesare Pavese se suicidó a los cuarenta y dos años, quizá como una última forma de ejercer ese derecho a estar a solas y encontrar el sentido último de la libertad. Más que provocar conmiseración, su acto es admirable porque pocos como él, en esa solitaria cena descrita en “Manía de soledad”, han comulgado con todas las cosas del universo, alcanzando la totalidad en su silenciosa y oscura soledad, sintiendo cómo el ser encuentra el sitio exacto en su sagrado continente: el cuerpo, diferenciándose de la suntuosa estrella que “No se basta a sí misma” porque “necesita demasiadas compañeras.”

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Dwight Garner
Retrato. El perfil más crudo que se haya realizado de Naipaul es el que efectuó Patrick French en su biografía, autorizada por el propio escritor. Foto: Chris Ison/PA via AP


Cronista de viajes pionero, tenazmente antipático, tuvo una intensa y polémica relación con la Argentina, sobre la que publicó El regreso de Eva Perón.

 V. S. Naipaul, el premio Nobel que murió el sábado a los 85 años, tenía tantas dotes como escritor –flexibilidad, ingenio y un ojo incomparable para los detalles– que aparentemente podía hacer lo que quisiese. Lo que sí quiso –quedó bien claro– era rara vez complacer a nadie que no fuera él mismo. Lectores de todo el mundo se precipitaron en rebaño hacia sus numerosas novelas y libros de viajes por su “puntilloso desprecio”, como escribió el crítico australiano Clive James, “no por su gran corazón”. Por su obvia grandeza, por las duras verdades con las que trataba, Naipaul atraía y rechazaba.

Era una bolsa ambulante de contradicciones, en cierto modo el escritor arquetípico del siglo XX, proteico y migratorio. Su vida fue una serie de viajes entre el mundo viejo y el nuevo. Fue un frío mediador entre continentes, a veces irritable. Nacido en Trinidad, se educó en el University College de Oxford y vivió en Londres, donde llegó a usar trajes elegantes y a moverse en círculos sociales de élite. “Cuando digo ser exiliado o refugiado no estoy usando una metáfora”, afirmaba. “Hablo literalmente”.

El libro que lo hizo trascender, luego de tres historietas ambientadas en el Caribe, fue Una casa para el señor Biswas(1961), obra maestra que Naipaul escribió cuando tenía 29 años. El libro no ha perdido nada de su vuelo y su pícaro humor. Trata de un personaje, basado en el padre de Naipaul, que empieza su vida como pintor de carteles en Trinidad y Tobago y sorprendentemente va ascendiendo hasta convertirse en periodista. El primer cartel que pinta, con palabras que el laborioso Naipaul parece haber tomado muy en serio, dice: “HOLGAZANES ALEJARSE POR DECRETO”.

Los libros de ficción más ricos y dignos de releerse de Naipaul después de Una casa para el señor Biswas incluyen En un Estado libre, una serie de cuentos relacionados con el colonialismo y los caprichos del poder. Ambientado en Egipto, América, África e Inglaterra, obtuvo el premio Booker en 1971.

Guerrillas fue considerada “probablemente la mejor novela de 1975” por los editores de The New York Times Book Review. Es el libro más poderoso de Naipaul. Ambientado en un país caribeño anónimo cuya atmósfera está cargada de dominación británica poscolonial, traza un complejo retrato del comportamiento y los motivos de los revolucionarios del Tercer Mundo. Es una meditación asombrosa sobre el desplazamiento. Nunca se sabe hacia dónde se dirige la novela. El autor diría más tarde: “La trama es para quienes ya conocen el mundo; la narrativa es para quienes quieren descubrirlo”. Su última gran novela, que se desarrolla en el África Central poscolonial, puede haber sido Un recodo en el río(1979).

Es un error reducir a todo escritor talentoso –quizá especialmente a un autor como Naipaul– a su visión política. Sus dotes de observador son sencillamente inmensas. Pero los temas políticos siempre saltan a la vista. Su instintiva defensa de los habitantes locales, con sus vidas restringidas por el colonialismo, entraba en conflicto decisivo con la visión sombría que el escritor tenía de sus sociedades. La novela caribeña optimista, de colores pastel, constructiva, no era lo suyo. Naipaul fue siempre pesimista en cuanto a la ilusión de un cambio político radical.

Un susceptible sentido de la vergüenza ha atravesado sus ficciones. “Lo más difícil de superar para mí fue haber nacido en Trinidad”, dijo. “¡Ese lugar de veraneo demencial! ¿Cómo diablos puede salir una escritura seria de un lugar de veraneo demencial?”. Pudo obtener el Premio Nobel en 2001, sí, pero desde el principio fue un laureado en humillación.

Empezó a escribir en la década de 1960 sobre sus viajes hacia los mundos de sus pares coloniales. Escribió sobre India (Una zona de oscuridad), Argentina (El regreso de Eva Perón), Trinidad, Congo (La máscara de África), Indonesia, Irán, Pakistán y Malasia (Entre los creyentes). Recorrió América desde la línea Mason-Dixon hacia el sur para hacer un libro esclarecedor, titulado A Turn in the South, en el cual comentaba: “No hay paisaje como el paisaje de nuestra niñez”.

Fue envidiado por sus éxitos. “Por tener la cara negra”, le escribió el novelista británico Evelyn Waugh en 1963 a su colega Nancy Mitford cuando Naipaul ganó un nuevo premio. Naipaul era consciente de la clase de racismo que lo rodeaba. Cierta vez reescribió un lema racista, “Keep Britain White” (aproximadamente, “Mantengamos una Gran Bretaña blanca”), agregándole una coma: “Keep Britain, White” (cambiando el sentido a “Quédense con Gran Bretaña, blancos”).

La mirada reprobatoria de Naipaul sobre la vida poscolonial lo convirtió en uno de los escritores más controvertidos de su época. Ningún blanco occidental podría haber hablado como lo hizo él. Escribió acerca del “primitivismo” y la “barbarie” de las sociedades africanas. Se obsesionaba con la falta de instalaciones sanitarias en India: “Defecan en las colinas; defecan en las orillas de los ríos; defecan en las calles”. Denigraba a su país natal: “Nací allí, sí. Creo que fue un error”. Era crítico con el Islam.

Los intelectuales del Tercer Mundo lo detestaban y le decían, entre otras cosas, “restaurador de los mitos que reconfortan a la raza blanca” (Chinua Achebe), “detestable lacayo del neocolonialismo” (H.B. Singh) y “poeta frío y lleno de desprecio” (Eric Roach).

Se hacía de enemigos con la misma facilidad con que tomaba té. Dijo: “Leo un fragmento escrito y en uno o dos párrafos sé si lo hizo una mujer o no. Creo que está en otro nivel”. Abusó físicamente de Margaret Murray, amante suya durante muchos años. Sostenía abiertamente que le desagradaba la gente con sobrepeso y admitía que visitaba a prostitutas. Un lunar bindi en la frente de una mujer, dijo, significa “Mi cabeza está vacía”.

Tenía otros tantos defensores ardientes. Ian Buruma, editor de The New York Review of Books, pensaba que era un error considerar a Naipaul “un hombre oscuro que imita los prejuicios de los imperialistas blancos”. Según escribió Buruma, “esta visión no solo es superficial, está equivocada. La rabia de Naipaul no es resultado de que no pueda percibir la grave situación de los nativos; al contrario, tiene rabia porque la percibe muy intensamente”.

En su mejor momento, la obra de Naipaul hizo que estas cuestiones se volviesen debatibles. A su manera, fue a su manera un heredero de Joseph Conrad, un heredero legítimo. “Esto es lo que yo le preguntaría a un escritor”, dijo una vez. “¿Cuánto del mundo moderno hay en su trabajo?”. En la obra de Naipaul había una enormidad: conceptos superpuestos y sutiles, muy pocas veces expresados con tosquedad.

V.S. Naipaul es protagonista de una excelente biografía, El mundo es así (2008), de Patrick French, un buen punto de partida, junto con Una casa para el señor Biwas, para los interesados en la obra de Naipaul.

Era un hombre difícil. Cultivaba cierto aire de arrogancia. Trataba a los entrevistadores como los gatos tratan a los ratones, con superioridad, y atacaba, según su modo de ver, las preguntas ridículas e ingenuas de los periodistas. No obstante, quienes lo conocían también hablaban de su calidez personal.

Basta con un ejemplo. En su nueva autobiografía, A Life of My Own, la excelente biógrafa inglesa Claire Tomalin se refiere a haberse sentido descompuesta en un almuerzo con Naipaul, a principios de la década de 1980. Naipaul canceló lo que habían encargado cada uno de ellos y pidió una tetera llena de té y una jarra de leche caliente que compartieron los dos antes de que él propusiera un paseo reparador junto al río. “Decidí que Vidia no sólo era uno de los grandes escritores de su generación”, escribió Tomalin, “también era uno de los hombres más amables”.

Naipaul superó gran cantidad de obstáculos, incluidos años de abandono, antes de triunfar como escritor. Tuvo decisión y un fuerte sentido de su destino. “Sabía cuál era la puerta que me interesaba”, escribió. “Fue esa la que golpeé”.

© New York Times / Traducción: Román García Azcárate

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