DETRÁS DEL VOLCÁN / MALCOLM LOWRY

PRÓLOGO / CORRESPONDENCIA



«Aquí todos tenemos la impresión de que su libro tiene integridad e importancia, pero que sería una pena que saliese en su estado actual» escribió Jonathan Cape a Malcolm Lowry el 29 de noviembre de 1945. El editor inglés adjuntaba a su carta un informe de lectura en el que las primeras páginas del libro de Lowry —cuyo título, por cierto, era Bajo el volcán— eran calificadas como «lentas» y tediosas y se criticaban «la debilidad en el trazo de los personajes», las presuntas «excentricidades lingüísticas» y el «excesivo flujo de conciencia» que caracterizarían la obra, así como el exceso de «divagaciones» por parte del narrador; es decir, y en palabras de Douglas Day, biógrafo del escritor inglés, exactamente lo que los defensores de aquel libro iban a encontrar admirable en él cuando viese finalmente la luz. No eran las primeras objeciones que se hacían a la novela, sin embargo: Harold Matson, su agente, había admitido en una carta dirigida a Lowry el 31 de julio de 1945 que le parecía «demasiado larga y demasiado llena de diálogo» y le había advertido que su opinión era compartida por Cap Pearse, de Duell, Sloan and Pearce, quien le había dicho a Matson que el material requería «una forma más clara y narrativa», la misma observación que le hacía el informante anónimo de Jonathan Cape, para quien la novela hubiese podido ser «mucho más efectiva de haberse reducido a la mitad o a las dos terceras partes de su extensión actual». Lowry no pensaba lo mismo: tenía treinta y siete años, sabía nadar, tocar el ukelele, jugar al golf y beber, especialmente beber; también sabía escribir, naturalmente, pero la novela en la que había estado trabajando durante años, y que, como sostenía en una carta al escritor estadounidense Conrad Aiken fechada en diciembre de 1944, había revisado «más o menos sobriamente» durante «tres años y tres meses, ocho horas al día», había sido ya rechazada por doce editores. «Lowry estaba frustrado: se le pedía que cortara su novela casi a la mitad, y que extirpara lo que él sentía era lo mejor», sostiene Day. El 2 de enero de 1946 Lowry comenzó una carta dirigida a Cape en la que defendía y justificaba su novela y es el testimonio más importante del que disponemos de su confianza en sí mismo y en su obra; su escritura, sin embargo, no impidió que la noche del 10 de enero de 1946, en el transcurso de una borrachera con mezcal, acabara cortándose las venas: fue salvado por su mujer y por un médico del vecindario.

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«Cape no decía que no publicaría la novela si no se efectuaba una revisión más, pero garantizaba la publicación si Lowry revisaba de nuevo el libro», observa Day. No hay testimonios de que el escritor haya considerado seriamente esta posibilidad, probablemente lo más razonable para alguien cuya obra había sido rechazada ya en doce ocasiones. En lugar de reescribir total o parcialmente su novela —lo que quizás resulte comprensible, teniendo en cuenta que la que había enviado a Cape era su cuarta versión: en México, en 1936, había escrito la primera, que había reelaborado en Los Ángeles dos años después para componer una tercera en 1940 en la Columbia Británica que su mujer rescató del incendio accidental de su casa del 7 de junio de 1944 y una cuarta versión terminada en Canadá en 1945, perdida en un bar mexicano algún tiempo después y recuperada azarosamente—, Lowry le envió a Cape una carta en la que se esforzaba por defenderla de las objeciones que se le habían hecho y la comparaba tácitamente con obras de la importancia de El idiota de Fiódor Dostoievski, Moby Dick de Herman Melville y Cumbres borrascosas de Emily Brontë, una impertinencia y una demostración casi fanática de confianza en sí mismo viniendo de un autor cuya obra sólo había suscitado desconfianza y rechazo hasta el momento. Aunque Day sostiene que lo más importante de esta carta no son los argumentos que Lowry trae a colación para defender la novela sino que en ésta «subraya los temas esenciales del libro: el deseo de bondad que tienen los personajes [y] las ideas de culpa individual y de responsabilidad», son esos argumentos los que monopolizan, al menos, la primera parte de su carta. En ella Lowry justifica la lentitud del comienzo de la novela afirmando que se trata de su final, lo que, por cierto, no parece una justificación adecuada, como tampoco lo es su reconocimiento de que en ella empleó la técnica del flujo de conciencia debido a que no había «encontrado otra manera de resolver ciertos problemas». Uno de los aspectos más singulares y menos discutidos de esta carta es que los argumentos a los que recurre Lowry no parecen los más idóneos para torcer una opinión editorial desfavorable y sin embargo lo hicieron. Al enfrentarse a la acusación de que sus personajes no están bien desarrollados, por ejemplo, el escritor sostiene que así es, y que lo es porque él no ha tenido ninguna intención de desarrollarlos, ya que los cuatro personajes principales del libro son «aspectos de un mismo hombre, o del espíritu humano», un tipo de argumentación que evidentemente podía enriquecer la visión que Cape tuviera de la obra pero de ninguna manera satisfacía su deseo de hacer «modificaciones» para aligerarla y facilitar su aceptación por parte del público mayoritario, como tampoco lo hacía su afirmación —algo presuntuosa, aunque rigurosamente cierta— de que «hay mil escritores que pueden crear personajes convincentes hasta la perfección por cada uno que pueda decir algo nuevo sobre el fuego del infierno, y lo que he escrito es algo nuevo sobre el fuego del infierno».

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Al tiempo que admite en su carta su incapacidad para hacerlo de otra manera, Lowry afirma contradictoriamente que «buena parte de lo que puede parecer inorgánico resulta necesario en relación con toda la estructura churrigueresca que he concebido». A pesar de esforzarse por refutar las acusaciones de que su obra era al menos parcialmente «tediosa», «demasiado larga, vacilante» y «poco convincente», e incluso de negarse a aceptar el único elogio que le hacía el lector de Cape —el del carácter «muy bien logrado» de la ambientación mexicana—, en la segunda parte de su carta, Lowry concentra todos sus esfuerzos en demostrar la solidez de su planteamiento y el carácter no contingente y fundamental de todos y cada uno de los elementos de su obra, lo que constituye una pésima estrategia si se considera que se lo acusaba de oscuridad y que su forma de refutar esa acusación es sostener que su novela está compuesta por «densidades y penumbras, cartas extraídas del Tarot, extraños lemas políticos y místicos, disonancias» y apelar a la Cábala judía y a los doce trabajos de Hércules, lo que a Cape —cuya reacción a esta carta desconocemos, más allá de que finalmente publicó la obra— debe haberle parecido desconcertante. En su carta, Lowry afirma, siguiendo a Charles Baudelaire, que «la vida es un bosque de símbolos» y que él no desea que se le reproche que «los árboles impiden ver el bosque», pero a continuación pasa a describir prolija y exhaustivamente cada uno de esos «árboles». No es la única contradicción existente en ella: aunque Lowry afirma inicialmente que los significados y las alusiones profundos de su obra sólo son visibles «si el lector, impulsado por su instinto de curiosidad, se preocupa en invocarlos», más tarde agrega: «aunque nada lo impulse a la búsqueda, esos sentidos se le revelarán con toda seguridad». «¿Es excesivo suponer que todos estos temas, planteados y resueltos, aunque ningún lector pueda aprehenderlos de manera consciente en una primera, ni siquiera en una cuarta, lectura, contribuyen, sin embargo, inconscientemente a darle su peso final al libro?», se pregunta; la respuesta es que posiblemente sí.

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«Si algo en él [Bajo el volcán] parece débilmente expresado desde el punto de vista literario estoy de acuerdo en que se suprima, ¿pero cómo estar seguros de que debido a un corte, profundo en este caso, especialmente si altera profundamente la forma, no se minen los fundamentos del libro, la estructura básica sin la cual su lector no podría leerlo de ninguna manera?» se pregunta Lowry, y esta pregunta está en el centro de su carta a Cape. Lowry había concebido su novela como parte de un ciclo novelesco titulado El viaje que nunca termina del que Bajo el volcánera el Infierno, la extraordinaria Lunar caustic el Purgatorio y En lastre hacia el Mar Blanco el Paraíso. Aunque esta última se perdió —de ella sólo se salvaron catorce páginas del borrador manuscrito y dos páginas del capítulo primero ya mecanografiadas, así como un resumen bastante incomprensible en una carta—, para su autor era imprescindible dejar claro a Cape que Bajo el volcán tenía unos fundamentos sólidos que no sólo apuntalaban ese libro sino toda su obra; pero el problema es que esa obra no existía aún, al menos no para Cape. En su prólogo a la edición de 1971 de esta carta, Jorge Semprún afirmó que Bajo el volcán es el libro «en torno al cual gira, satélite desbocado, toda su vida, y todo el resto de su obra, comprensible y legible principalmente como borrador, fragmento desprendido, comentario o nostalgia de aquel libro perfecto», lo cual nos parece evidente hoy en día pero no lo era en absoluto por entonces. De hecho, Cape no respondió a Lowry sino hasta el 6 de abril, cuando el escritor y su mujer se encontraban en medio de una situación burocrática incomprensible y violenta originada, según Day, por no haber pagado una «mordida» a unos policías de inmigración y que terminó el 4 de mayo de 1946 con la expulsión de Lowry de México: su respuesta fue la aceptación de la novela sin condicionantes.

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La sumisión por parte de tantos editores a los intereses económicos de las empresas para las que trabajan y su insistencia en comercializar como literatura aquello que no parece serlo en absoluto hacen que esto nos parezca improbable, pero el hecho es que un autor también puede salvarse escribiendo una obra profunda y compleja y poniéndola en las manos adecuadas. En ese sentido, esta carta —una introducción extraordinaria a los significados profundos de Bajo el volcán, así como una invitación a su lectura— es un homenaje a la determinación de un autor pero también a la inteligencia y a la visión de un editor, y a la valentía de ambos, ya que, como escribió a su agente Margerie Bonner, la segunda mujer de Lowry, «por alguna razón, la obra de arte excepcional siempre provoca, o el rechazo explícito de las primeras personas que la ven, o, y antes que el tiempo la haya puesto en su sitio en el mundo del arte, cae simplemente en una completa incomprensión». Malcolm Lowry, quien fue un pésimo crítico de su obra —una afirmación que debería, por cierto, hacerse extensiva a cualquier escritor de literatura de ficción toda vez que éste dice algo sobre su trabajo—, también parece haber sabido esto, pero aun así escribió esta carta a Cape a modo de defensa de su novela. Su carta sigue siendo un documento extraordinario por varias razones (1), la principal de las cuales es que pone de manifiesto la confianza en su obra que todo autor debe poseer incluso en las peores circunstancias. También, por supuesto, porque, a pesar de lo inadecuado de los argumentos esgrimidos en su defensa, Bajo el volcán fue publicada por Cape poco después y sin grandes cambios, lo cual tal vez no se explique tanto por la supuesta capacidad de convencimiento evidenciada por Lowry en su carta sino por algo que éste pone de manifiesto de forma implícita en su alegato y que destaca una vez más de forma explícita al afirmar que su libro «no obedece a las leyes de otros libros, sino a las que él mismo va creando al avanzar»: Bajo el volcánno es una novela al uso. No lo es hoy en día, cuando aún sigue inquietando al lector al recordarle que permanecen agazapadas en él las que su autor denomina las «fuerzas existentes en el interior del hombre que le producen terror de sí mismo», y lo era aun menos en su época, y esto es expuesto una y otra vez a lo largo de la carta, en la que también queda claro que su autor no lo era y que, por consiguiente, requería —y esto debió resultar evidente para el propio Cape— un editor que, en tanto primer lector y valedor de la obra, tampoco lo fuera. Malcolm Lowry encontró ese editor en Jonathan Cape: el hecho de que su novela haya sido publicada finalmente por él y haya alcanzado el reconocimiento en el que su autor confiaba prácticamente a ciegas parece haber hecho que este libro fuera para su autor —el desmesurado, enfermo, desgraciado Malcolm Lowry— lo que era para su protagonista, El Cónsul: un «ascenso incesante hacia la luz bajo el peso del pasado». Aquí tenemos uno de los episodios más apasionantes de ese ascenso.

Notas

(1) Un calificativo que debe extenderse a las muy interesantes cartas dirigidas por Lowry al crítico estadounidense Jacques Barzun y al escritor canadiense Derek Pethick, así como la enviada al futuro novelista David Markson, quien, en palabras de Day, escribió «el mejor estudio del simbolismo de la novela». Véase la edición de sus cartas bajo el título de El viaje que nunca termina: Correspondencia (1926-1957). Edición, prólogo y traducción de Carmen Virgili. Barcelona: Tusquets, 2000.


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DOMINGO, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2015

UN VOLCÁN EN ERUPCIÓN

 Por Paula Pérez Alonso
El caso de Malcolm Lowry con Bajo el volcán rompió el molde en la lista de rechazos célebres en la historia de la literatura, en la que figuran Joyce, Proust, Faulkner, Fitzgerald, Nabokov, Doris Lessing, Kennedy Toole, García Márquez (y siguen los nombres). Cuando Lowry recibe una carta de Jonathan Cape en la que le pone condiciones para publicarla —una serie de correcciones drásticas—, y a pesar de que ya ha recibido doce rechazos de editoriales importantes, se planta y arma una defensa arrebatadora. Cape confía en que si sigue los cambios que él propone, como recortar la novela a la mitad o la tercera parte, mejorará “en el plano estético”, será más legible para un público mayor, pero Lowry está convencido de que el Volcán, como le gustaba llamarla, tiene que conocerse así tal cual él la concibió.
Con un esfuerzo descomunal, seguro de que si sigue los consejos del editor arruinará su novela, Lowry discute punto por punto como si luchara por su vida; desarma de forma apabullante cada uno de los argumentos que ignoran el trabajo de armonía entre forma y fondo que él ha realizado durante años. Su novela tiene varios planos y cada una de las piezas sostiene una construcción que define el peso final del libro. No puede alterar lo medular.
La novela podía leerse como el último día en la vida de un borracho incurable, extraordinario, cónsul en Quauhnáhuac, y su muerte en la noche de festejo por los Muertos; y también podía leerse en la densidad de sus otros planos. Lowry traduce a su editor: el tránsito del cónsul es “el ascenso incesante hacia la luz bajo el peso del pasado, y de su último destino”. Le había llevado doce años terminarla, era su segunda novela, no era un escritor famoso, pero tenía la convicción de que lo que argumentaban el editor y el lector —al que se le encargó la lectura y confección de un pormenorizado informe que nunca se dio a conocer—, iba en contra de lo que él se propuso como escritor, era producto de no haber entendido el corazón de su ficción.
La principal crítica es que el comienzo es muy largo, tarda demasiado en empezar, el temor es que el potencial lector de ese libro abandone antes de que ese largo comienzo haga sentido.
Lowry sabe que la mayoría de las veces trata con sordos, la sordera es parte de la vida cotidiana y profesional. Lo que intenta en su defensa es que su editor oiga. Cuando se habla de musicalidad en la literatura de ficción remite a una mirada política, a la importancia de los tonos, de las pausas, de la notación que se puede palpar y ver en la sintaxis y en las palabras, si el que lee afina o agudiza sus sentidos. Sabe que su trazo no está perfectamente delineado pero no se mecaniza nunca; está dispuesto a defender una lectura que no sea convencional, legible, transparente.
No se trata de vanidad, de negación o falta de autocrítica: la versión que ha enviado a Cape no es la primera sino la cuarta, durante tres años y tres meses la revisó, más o menos sobriamente.
Le critican sus “excentricidades lingüísticas” y le reprochan que los personajes no están bien construidos. El argumenta que no se lo ha propuesto: está lleno de escritores que pueden construir personajes bien desarrollados con la mayor eficacia, “convincentes hasta la perfección, por cada uno que pueda decir algo nuevo sobre el fuego del infierno. Y lo que digo es algo nuevo sobre el fuego del infierno”.
Admite que la novela se pone en marcha grave y lentamente pero el lector podrá intuir que esta gravedad tendrá sus compensaciones. Y para esto sugiere “condicionarlo” aunque sea un poco, desde un prólogo o la solapa, para que esté advertido y considere inevitable la lentitud del arranque. El primer capítulo es necesario tal como está ya que establece la atmósfera y el tono del libro, así como el lento, melancólico y trágico ritmo del mismo México —su tristeza—, y sobre todo el ámbito en que todo va a transcurrir. Y se pregunta con cuántos libros no ha sucedido lo mismo y se ha deseado llegar al final, y cita a Los demonios, El idiota, Moby Dick, Cumbres borrascosas... La catedral que él ha construido —en un momento habla de estilo churrigueresco— es imperfecta pero hermosa en su conjunto.
Hace unos años, Clément Rosset escribió un tratado sobre la idiotez en su acepción original, como “lo único” y singular. Su ensayo arranca con la narración, perfectamente modulada, de la escena de Bajo el volcán en la que llega a Quauhnáhuac la ex mujer del Cónsul, Yvonne, y los dos comienzan el peregrinaje determinado y azaroso de un día intenso, su último día. Cita a Lowry en su descripción de la forma en que el Cónsul e Yvonne se desplazan: “andaban de todas formas, de una cierta forma” (as somehow, anyhow, they moved on: de un modo necesariamente cualquiera, necesariamente fortuito). Rosset siente que expresa la paradoja que afecta no sólo a las forma en que caminan los hombres, estén o no borrachos, sino al destino de todas las cosas. Mimetizado con la excepcional escritura de Lowry, muestra cómo ese texto sensual, moroso y cautivante no viene de ningún lado ni va a ningún otro, y sin embargo es imbatible: la desazón, lo incierto, la condición única del Cónsul en su ámbito, condensados en el “somehow/anyhow” que envolverá toda la novela, son suficientes. Nada tiene que ser transparente ni ofrecer una moral o un sentido. Ya que no hay camino ni dirección porque hay todos los caminos o las direcciones, tan determinados como azarosos.
Esta carta de Lowry a su editor, de cincuenta páginas, articulada y ejemplar en su argumentación, y en el contexto de sus antecedentes y su repercusión posterior, que se publicó en forma de libro con el nombre de Detrás de volcán por la editorial Gallo Nero y con prólogo de Patricio Pron, incita a la relectura del Volcán.
Tuvo la suerte Lowry de dar con un editor como Cape, que desechó su propuesta de recorte y editing y la publicó sin condiciones. En el ascenso hacia la luz bajo el peso del pasado que transita el Cónsul, Lowry no se equivocó, Bajo el volcán siguió vendiendo y es una de las novelas más importantes del siglo XX. Además, “envejeció” bien: todavía hoy irradia la potencia de lo perturbador.

https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-10914-2015-09-24.html









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Resumen y sinópsis de Bajo el volcán de Malcolm Lowry

El Día de Muertos de 1938 es una jornada aciaga para el ex cónsul británico en México, Geoffrey Firmin, un hombre alcohólico, arruinado por los fantasmas de su mente y de su pasado y cuyos oscuros sentimientos de culpabilidad alimentan una soterrada voluntad de autodestrucción. Incapaz de reaccionar al regreso de su ex mujer, Yvonne, el cónsul deja que ella se acerque de nuevo a su hermanastro Hugh, trotamundos implicado en actividades políticas. Y durante las veinticuatro horas en que transcurre la novela, en un México que simboliza al tiempo el paraíso y el infierno terrenales, se suceden alejamientos, malentendidos y encuentros conflictivos, y hasta violentos, con personajes de toda índole. Un funesto augurio un indio moribundo al borde de un camino da la primera señal de alarma. Mientras Geoffrey, cada vez más ensimismado, naufraga lentamente en sus delirios etílicos ante los ojos de Yvonne y Hugh, éstos asisten impotentes a los estragos de su trágica caída




malcom lowry bajo el volcan

Malcolm Lowry



I
Malcolm Lowry, a quien le gustaba contemplar el universo como un arcano, un criptograma lleno de “correspondencias mágicas” o “coincidencias misteriosas y fatales”, vio marcada su vida por dos mujeres, tres hombres y un país. Las mujeres fueron sus esposas Jan Gabrial y Margerie Bonner; los hombres el escritor norteamericano Conrad Aiken, que fungió como su tutor, guardián, maestro, preceptor, padre putativo, cómplice, doble y rival; Nordhal Grieg, novelista noruego con quien se identificó por sus experiencias marítimas; y Albert Erskine, editor estadounidense de Bajo el volcán y amigo leal que creyó como nadie en su talento. El país fue, por supuesto, México y, más específicamente, Cuernavaca o Quauhnáhuac como a él le gustaba nombrarla, escenario de su gran novela.
Una de las dos grandes biografías de Lowry se basa, principal aunque no exclusivamente, en los testimonios de Margerie Bonner, Malcolm Lowry, una biografía de Douglas Day (1973), traducida por el Fondo de Cultura Económica en 1983; la otra toma más en cuenta los recuerdos y experiencias de Jan Gabrial, Perseguido por los demonios de Gordon Bowker (1993), por publicarse próximamente también a cargo del FCE. La primera es obra de un autor norteamericano, la segunda de un inglés. La de Day intenta emular la estructura de la novela y comienza, una vez que Lowry ha muerto, evocando los últimos días del autor para narrar su vida a partir de ahí; la segunda, sobria, ampliamente documentada y escrita con la tradicional amenidad de la biografía inglesa, sigue una anécdota cronológica sin que por ello desmerezca su contenido, que casi duplica al de Day, y aporta nuevos e interesantes datos, pues Bowker se dio a la tarea de localizar a Jan Gabrial, la primera esposa, que se había mantenido en el anonimato durante años. Ambas biografías son magníficas, se complementan y contraponen, dado que cada una muestra lo subjetivo, interpretativo y arbitrario que puede resultar el género biográfico según las simpatías y apreciaciones de los informantes. Pero lo que dejan muy en claro las dos obras es cuán compleja, autodestructiva, errática, azarosa, caótica, intensa, pero sobre todo trágica fue la vida de Malcolm Lowry.
Detrás de los hombres y mujeres que signaron la vida del escritor se encontraban ocultas las figuras paterna y materna: Arthur, su padre, próspero comerciante en algodón, puritano de la iglesia metodista y abstemio convencido; Evelyn, su madre, que tuvo a Malcolm, el menor de sus cuatro hijos varones, a los 36 años y del que se mantuvo distante por motivos de salud y temperamento a pesar de que para Malcolm, en sus cartas, ella fuera “my dear darling precious little mother” (“mi querida, amada y preciosa madrecita”).
Bowker relata al inicio de Perseguido por los demonios cómo Malcolm decidió, desde niño y de manera inconsciente, su futura inclinación hacia el alcohol como rechazo al puritanismo y a la rigidez paterna. En uno de sus cuentos de juventud, Lowry narra que todas las mañanas acompañaba en el automóvil de la familia a su padre para que abordara el ferry en el que cruzaba el Mersey para dirigirse a sus oficinas en la ciudad de Liverpool. En el camino se encontraban invariablemente a un vecino que hacía el mismo recorrido que ellos a pie. Se trataba de un abogado que, al verlos pasar, saludaba con su bastón de manera un tanto burlona ante la total indiferencia del padre. Cuando Malcolm preguntó por qué no respondía al saludo, el padre le contestó que ese hombre era un borracho sin autodisciplina. La epifanía del cuento la revela el propio niño que funge como narrador: “Él ignoraba que secretamente yo había decidido convertirme en borracho cuando fuera mayor.”
Como suele suceder con muchos escritores, la figura materna desempeñó un papel definitivo en la formación de la sensibilidad y carácter de Lowry, pues su línea emocional provenía de Evelyn, su madre, la cual solía quejarse de que nunca volvió a ser la misma después del nacimiento de Malcolm. Esa frase la usaban los hermanos para burlarse de sí mismos ante cualquier pequeño percance que se suscitaba en la familia. Lo cierto es que Malcolm, el menor de cuatro varones, creció con una madre emocionalmente ausente, consentido y sobreprotegido por nanas, institutrices y la servidumbre, quienes, según él, lo dormían dándole una copita de vino. Al igual que sus hermanos, a los siete años Malcolm ingresó a un internado, alejándose para siempre del ambiente familiar.
Lowry invirtió su vida intelectual y emocional en la búsqueda de padres sustitutos. En el terreno masculino recurría a escritores mayores que pudieran iluminarlo y guiarlo en su carrera literaria y fungieran como guardianes frente a su padre, eterno y distante proveedor, que lo libraba de todos sus problemas; pese a ello, cuando Malcolm cumplió veintiún años y su padre le pidió que hiciera un brindis, Lowry contestó que para él su infancia significaba un sufrimiento perpetuo en que la mayor parte del tiempo se sintió ciego, tullido o constipado. Entre las mujeres Malcolm buscaba, o bien a la madre amante (“a mother who was a good lay”, según Jan Gabrial, ) o a “la mártir” (como Margerie, según Day), a manera de paliativo del amor materno que siempre añoró y nunca tuvo. En ambos casos su relación de pareja resultó desastrosa, en parte por su dipsomanía y en parte por sus instintos, que iban del suicida al homicida (“Déjelo”, le recomendaron a Margerie en el Hospital Americano en París, “si no lo hace la va a matar o se va a suicidar”). Lowry lo sabía internamente y así lo sintetiza en la frase final de su cuento “In Le Havre”: “Tú sólo amas tu propia miseria.”
La literatura, la música, el alcohol, el deporte, el amor, el mar y los barcos se fueron entremezclando de manera azarosa en su vida. Desde joven Malcolm mostró una natural predisposición a escribir cuentos y poemas, aprendió a tocar un instrumento un tanto ridículo –el ukelele o taropatch, como parte de su gusto por el chárleston y el jazz– integrándolo fetichistamente a su dislocada personalidad; fue destacado golfista –ganó varios torneos–, infatigable nadador (como su padre) hasta el final de sus días, además de tenista, jugador de ping-pong y aficionado a la lucha libre. Cuando tenía dieciocho años empezó a escribir Ultramarine como resultado de un viaje que hiciera a Shanghái y Yokohama a bordo del carguero ss Pyrrus, que se publicitó en los periódicos como el rechazo de un niño rico a la vida regalada (“Yo no quiero cojines de seda, quiero ver el mundo, rozarme con sus particularidades, adquirir experiencia en la vida antes de ingresar en la Universidad de Cambridge”). Al volver del viaje, experimentó la primera de las grandes revelaciones literarias de su vida, la cual cambiaría para siempre su destino como escritor y ser humano. Russell, su hermano más próximo en edad, sacó de la biblioteca pública una novela cuyo título captó su atención, Blue Voyage, pensando que se trataba de un libro marítimo. Pronto el estilo del autor lo desconcertó por sus pirotecnias estilísticas y prefirió pasárselo a Malcolm diciéndole: “Este libro es más para ti que para mí.” Lowry se quedó prendado de la novela que devoró y calificó como “de genio satánico y maravilloso”.
El autor de Blue Voyage era Conrad Aiken, que le doblaba la edad. Malcolm empezó a cartearse con él y le propuso que antes de ingresar a Cambridge, donde ya había sido aceptado en Saint Catherine’s College, lo recibiera como pupilo y huésped en su casa de Boston, a cambio de una paga. Aiken aceptó. Ambos compartían la misma sensación de desarraigo y acaso por ello se identificaron de inmediato e iniciaron lo que Aiken llamó “una bella amistad” que, llena de conflictos y tropezones, duró hasta el final de sus días. Comenzaron entablando una relación entre tutor y aprendiz de escritor que luego se desvió hacia padre e hijo y finalmente a la de alcahuete frente a las exigencias paternas. Con el tiempo se convirtió en una relación de colegas literarios y, por consiguiente, rivales y competidores, en la que buscaban reconocimiento uno del otro, saqueándose ideas y ejerciendo indistintamente el canibalismo y el vampirismo. Cuando Malcolm le propuso a su padre que contrataran a Aiken como su tutor, the old man aceptó, pues se trataba de un poeta y novelista renombrado, con varios libros publicados, amigo de T.S. Eliot, conocedor y émulo de la obra de Joyce y profesor de Harvard.
Ese encuentro marcó el inicio de la carrera de Lowry como escritor. Bowker llama a la figura de Aiken el “ángel sombrío” de Lowry, pues representaba lo más opuesto al padre de Malcolm: Aiken era mujeriego, lo habían expulsado de Harvard por conducta inmoral (“moral turpitude”), era frecuentador de prostitutas, bebedor compulsivo, admirador de Freud y un psicoanalista aficionado que diagnosticó que Malcolm padecía esquizofrenia. La amistad entre ellos duró veinticinco años y se distinguió por ser a veces simbiótica, a veces parasitaria, con frecuencia destructiva, impregnada de alcohol, de bromas obscenas y de violencia, al grado de que en una fiesta Lowry le fracturó el cráneo a Aiken con la tapa de un inodoro jugando luchas. Aiken no era, pues, ninguna perita en dulce: se había quedado huérfano a los nueve años, luego de presenciar el asesinato de su madre a manos de su padre por un ataque de celos, para terminar suicidándose frente a su hijo. Aiken era más poeta que narrador. Influido por Joyce y por Eliot, su método consistía en subjetivizar las acciones mediante monólogos interiores en busca de la exploración interna de sus personajes. A Malcolm no le importaba servirse de la obra de Aiken, pues tenía como pretexto que, cuando se conocieron, su guardián le comentó que, si le gustaba tanto Blue Voyage, era seguramente porque Lowry “lo había escrito en otra vida”.
La segunda figura masculina importante en la vida de Lowry fue el escritor noruego Nordhal Grieg, cuya novela The Ship Sails On tuvo en su imaginario un impacto semejante al de Blue Voyage. La novela de Grieg le sirvió a Malcolm como antídoto para frenar la incontenible influencia que la obra de Aiken estaba ejerciendo sobre Ultramarine, que por entonces corregían juntos. Bowker identifica a Grieg como el “ángel luminoso”. Igual que con Aiken, Lowry salió en su búsqueda hasta Noruega, en 1931, y lo halló de manera casi providencial. La lectura e influencia de Grieg benefició a Lowry en tanto que logró bajarle a Ultramarine el tono lírico aikeniano y darle un carácter más personal y realista. Los préstamos de Grieg obedecían más a una identificación con la experiencia del viaje marítimo y con un tipo de imaginación que compartía genuinamente con el noruego.
Años más tarde Malcolm reconoció que, debido a una “identificación histérica” con Aiken y con Grieg, su novela se había nutrido de ellos mediante un “plagio disfrazado”. Lowry efectivamente se inspiró en párrafos de The Ship Sails On que adaptó a Ultramarine y, sin embargo, cuando se lo confesó abiertamente a Grieg, él simplemente se rió sin hacerle el menor caso. A la distancia es interesante observar cómo un escritor de la experiencia, dotes y talla de Aiken fue sucumbiendo paulatinamente ante la ferocidad y el talento de Lowry, pues Ultramarine fue finalmente aceptada para su publicación, mientras que la misma editorial rechazó The Great Circle, novela que Aiken escribía a la par de su discípulo.
Ultramarine apareció en 1933, luego de una serie de percances típicamente lowrinianos. La novela, que le había llevado seis años de trabajo e infinitas revisiones, modificaciones, préstamos y añadidos, fue sustraída del automóvil convertible de Ian Parsons, uno de los editores de la casa Chatto and Windus, una vez que ya había sido aceptada para su publicación (“original y poética sin ser oscura”). Lo peor es que Lowry no había tenido el cuidado de guardar una “copia al carbón”. Su reacción ante la noticia del robo fue desconcertante: se comprometió a reescribirla y empezó a buscar por todos lados los fragmentos rescatables para volverla a armar. Milagrosamente, su amigo Martin Case, que lo había ayudado a mecanografiar la versión final, tuvo la previsión de recoger los borradores del basurero y eso les permitió reescribir la novela para su eventual publicación, aunque finalmente no apareciera en Chatto and Windus, como se lo habían propuesto inicialmente, sino en Jonathan Cape. La recepción en Inglaterra podría sintetizarse en lo que V.S. Pritchett comentara sobre ella, criticando la monotonía de los escritores demasiado conscientes de su oficio y salvando a Ultramarine por sus acciones y descripciones, sin aludir ni a Aiken ni a Grieg.
II
En 1933, Conrad Aiken junto con Clarissa, su segunda esposa, y el pintor Edward Burra conminaron a Lowry a ir de vacaciones a España. Él aceptó y a principios de abril salieron rumbo al Peñón de Gibraltar. Lowry llevaba consigo las galeras de Ultramarine para su revisión, un ejemplar del Ulises de Joyce, que hasta entonces no había leído y que resultaría definitivo para su Volcán, su adaptación dramática de la novela de Grieg, y su ukelele a manera de fetiche. Con los años la relación entre Aiken y Lowry se había deteriorado sensiblemente y durante el viaje llegó a su punto álgido. De Gibraltar viajaron a Ronda y de ahí a Granada, donde se hospedaron en la Villa Carmona, cerca de la Alhambra. El 19 de mayo Malcolm Lowry experimentó otra de las revelaciones importantes de su vida, cuando vio aparecer en la pensión a una bella norteamericana de baja estatura con sombrero de ala ancha. En su ensayo autobiográfico Ushant, Aiken describe la escena de la siguiente manera: “A la sombra del volcán y al sonido del repicar de los tacones de Nita [Jan], esos inmisericordes y duros taconcitos repercutiendo sobre los mosaicos del corredor, Nita a la que D. [Aiken] le había presentado en la Alhambra con la esperanza de que esa bella y elusiva criatura fuera la cura que él [Malcolm] necesitaba, ahí, ese doble de William Blackstone y también de D., se involucró simultáneamente en forjar su visión apocalíptica, siempre enraizada en esas correspondencias místicas tan suyas y en las intrincadas resonancias y cadencias de lenguaje que un día llegaría a dominar.”
Lowry lo ignoraba entonces, pero el diagnóstico de su preceptor resultaría, hasta cierto punto, más que acertado: Jan se convertiría en su esposa y musa. Con ella viajaría a México y a la postre la convertiría en el personaje de Yvonne, que insufló el mito fáustico y de amor atormentado y frustrado Bajo el volcán, inyectándole tensión dramática, pasión amorosa y fatalidad.
Malcolm y Jan se conocen, pues, en Granada gracias a Clarissa, la esposa de Aiken que actúa como Celestina bajo los consejos perversos de su marido, el cual aspiraba a compartirla con su discípulo. Gracias a los buenos oficios de Clarissa, la flamante pareja se va de paseo a los jardines del Generalife, donde Malcolm se prenda inmediatamente de Jan. Cuando ella le confiesa que tiene aspiraciones de escritora, él le presta sus galeras de Ultramarine para que las lea. Esa noche tienen un primer encuentro luego del cual ella duda: “Adoro al escritor… pero, ¿siento igual devoción por el hombre?” El cortejo duró escasos meses y no resultó sencillo para ninguno, pues Jan era un ser elusivo, exigente y atractivo “de ojos feroces y distantes”. De Granada ella continuó su viaje y se fue a Portugal, Mallorca, Barcelona, el sur de Francia, Florencia, Capri y París, y aceptó libremente flirteos y pretendientes mientras Malcolm volvía a sus francachelas en Londres. Desde el mismísimo primer día Malcolm avasalló a Jan con su arma más potente: sus intensas, interminables, extravagantes y apasionadas cartas en las que ella percibió un lenguaje “alusivo, poético, urgente e intoxicante”. No obstante, cuando a finales de septiembre Jan llegó por fin a su encuentro en Victoria Station en Londres para reunirse con su apasionado “writing paper lover”, después de cuatro meses de no verse, él no fue a recibirla y no aparecería sino cuatro días después, arguyendo todo tipo de pretextos. Fue hasta noviembre, y bajo los efectos del alcohol, cuando Lowry le propuso matrimonio: “Casémonos”, le dijo, y elaborando una de sus típicas hipérboles profetizó: “y juntos haremos arder a la literatura”. Jan y Malcolm se casaron en París el 6 de enero de 1934, en una ceremonia casi privada en donde no hubo anillo ni regalos ni luna de miel. A la pregunta de si Lowry aceptaba a Jan como esposa Malcolm contestó: “Ça va, ça va.”
Lo que siguió fue el inicio de la tragedia marital: una vida íntima en París que conllevó el descubrimiento de Jan de la dipsomanía de su esposo, del desorden de su vida y el misticismo implícito en todo lo que hacía; ella tuvo un aborto y huyó por primera vez a Nueva York, con el pretexto de ver a su madre y con la promesa de volver para instalarse a escribir en algún lugar de Francia. Lowry volvió a la carga con sus apasionadas cartas de donde surge el leitmotiv sobre el que construiría al personaje de Yvonne: “Nunca supo cuánto la había querido hasta que se fue y nunca debió dejarla ir pues la vida se había convertido en un infierno sin ella”. Malcolm viaja de Francia a Inglaterra, “¿Dónde estás?”, le contesta Jan, “Tu reciente carta está escrita en París pero la enviaste desde Londres”. En la que fuera la última reunión personal que Malcolm Lowry sostuviera con su padre, lo enfrentó para confesarle que se había casado con una norteamericana en París y que ella se encontraba en Nueva York. A pesar de que el padre se puso furioso, finalmente se compadeció del hijo pródigo y accedió a comprarle un pasaje caro para que pudiera reencontrarse con su esposa y, en caso dado, cambiara el billete para buscar una tarifa más económica y volver con Jan a Europa. El 28 de julio, día de su cumpleaños, Malcolm Lowry, se embarcó en el Aquitania en Southhampton rumbo a Estados Unidos, donde en el muelle lo esperaban Jan y su madre. Cuando su suegra, complacida ante su flamante yerno inglés, lo invitó a hospedarse con ella en Long Island, Lowry declinó diciendo que saldría en busca de la “ballena blanca”. Y así sucedió: en 1936 Malcolm tuvo que salir de Estados Unidos para renovar su visa y, en compañía de Jan, se dirigió a México emulando los pasos de su héroe D. H. Lawrence.

III
Lo que sigue configura la complejísima historia de la escritura de Bajo el volcán, obra maestra que justificaría la atribulada vida de Malcolm Lowry al cumplir con su destino literario, de acuerdo con la idea de Cyril Connolly. La novela se inicia como un cuento (“Fiesta at Chapultepec”); el primer borrador de la novela, que tuve oportunidad de revisar en la biblioteca de la Universidad de British Columbia, abre ya con la frase “Era el día de los muertos” (“It was the day of the dead”). Las versiones subsiguientes le costarían a Lowry años de trabajo, innumerables reescrituras, el abandono definitivo de Jan, la caída brutal en su dipsomanía, su “noche oscura del alma” en Oaxaca, la expulsión de México, su encuentro hollywoodesco con Margerie Bonner, su intermezzo en el paraíso en su cabaña de Eridanus en Vancúver, su temporal recuperación del alcoholismo, el divorcio de Jan, su matrimonio con Margerie y su colaboración en la corrección de su novela, el incendio de su cabaña en Dollarton, la pérdida del manuscrito In Ballast to the White Sea y la heroica recuperación del enésimo borrador de Bajo el Volcán por parte de Margerie, la conclusión de la novela en la navidad de 1944, su retorno a la escena del crimen, México, en compañía de Margerie, el rechazo de Jonathan Cape, la encendida carta de defensa de su novela por parte de Lowry y, finalmente, la publicación de Bajo el volcán en 1947 casi simultáneamente en Inglaterra y Estados Unidos.
Vale la pena detenerse a reflexionar sobre la influencia que Margerie Bonner ejerció en Malcolm Lowry. Si Jan fue la mujer fatal (the good lay) que sirvió de modelo a Lowry y que tuvo que pasar por una serie de transformaciones literarias hasta cristalizar en el personaje de Yvonne, Margerie resultó la esposa abnegada y sobreprotectora (cuatro años mayor que él), la mártir que sobrellevó los excesos alcohólicos, las frecuentes escapadas (“paseítos”, como los llamaba Malcolm) que duraban días, los malos humores, los arranques autodestructivos y su vida accidentada, además de las actitudes bufonescas que hacían tan compleja la personalidad tragicómica de Malcolm. En la última parte de su vida en Canadá, el Dr. Raymond le confió a Margerie que su esposo le tenía miedo prácticamente a todo: a la vida, al sexo, al fracaso literario, a la autoridad. En vida, Lowry sólo publicó dos libros: Ultramarine, que le llevó seis años, y Bajo el volcán, al que le invirtió casi diez. No obstante, frente su amigo y editor Albert Erskine fantaseaba sobre grandes proyectos que nunca llegó a concluir, como fue el caso de El viaje interminable, en cuyo centro estaría colocado Bajo el volcán, y que estaría integrado por la trilogía Oscuro como la tumba donde yace mi amigoEridanus y La mordida, así como por Lunar Caustic y el libro de cuentos de Escúchanos Señor desde el cielo, tu morada. Este plan constituyó, en vida de Lowry, más motivo de innumerables comentarios y reflexiones que de avance real en su escritura. Y de todo sólo se publicaron, póstumamente y editadas por Margerie, Oscuro como la tumba donde yace mi amigoOctober Ferry to Gabriola y el libro de cuentos Escúchanos Señor de donde sólo son rescatables los relatos “The Forest Path to the Spring” y “Lunar Caustic”.
Sea como fuere, sin la intervención de Margerie la obra maestra de Malcolm Lowry nunca habría visto la luz. Ella fue efectivamente la madre sustituta que trabajó, en colaboración con su esposo, los múltiples borradores que dieron como resultado el milagro de Bajo el volcán y que tuvo que pagar compartiendo el infierno cotidiano del cónyuge.
Ambas biografías, la de Day y la de Bowker, colocan un signo de interrogación sobre las causas de la muerte de Malcolm Lowry a los cuarenta y siete años en su “White Cottage” en Ripe, Inglaterra, el 27 de junio de 1957. Day se cura en salud al ofrecer en su biografía la versión de Margerie sobre las circunstancias de su muerte (“Lo que sigue es, en esencia, la versión de Margerie de lo ocurrido”). El parte del forense en Inglaterra declaró “death by misadventure”, es decir, “muerte accidental”. En el libro de Day se plantea el dilema, ¿se ahogó Lowry en su propio vómito o ingirió un frasco de barbitúricos para provocarse la muerte? Con cierta suspicacia, Day deja abiertas las diversas posibilidades y no obvia las contradicciones en las que incurrió Margerie al explicar lo sucedido durante esa noche en la que supuestamente Malcolm amenazó con asesinarla. Bowker, más desconfiado, llega tan lejos como para insinuar la posibilidad de un asesinato (“¿la va a matar o se va a suicidar si usted no lo mata primero?”), pero admite que, de haber sido así, Margerie se llevó a la tumba su oscuro secreto.

IV
El otro gran “sacrificado” por la personalidad y el talento de Lowry fue su editor Albert Erskine, quien, deslumbrado con la lectura de Bajo el volcán, lo apoyó con todos los medios a su alcance. Erskine, primero desde la editorial Reynal & Hitchcock y luego desde Random House, fungió reiteradamente como editor y promotor, además de amigo y confidente, para terminar en una especie de mecenas –otra vez la figura sustituta del padre, que para entonces ya había muerto– gracias a la fe que tenía en el talento de Lowry. Su gran capacidad editorial dio pie a la magnífica recepción casi unánime de Bajo el volcán por parte de los más destacados críticos norteamericanos, como Malcolm Cowley, Alfred Kazin, Mark Shorer, Robert Penn Warren, James Agee, John Woodburn y el mismo Aiken, que se volcaron en elogios reconociendo la novela como una de las más interesantes del siglo después de Joyce y Lawrence. Prueba de la eficiencia y entusiasmo de Erskine fue la tibia recepción que, en contraste, tuvo la novela en Inglaterra, no obstante que el Times Literary Supplement reconociera su dimensión trágica y la originalidad del tratamiento a pesar del tema de la dipsomanía. Erskine fungió en vida de Lowry como el consejero invaluable que impidió, por ejemplo, que su autor incluyera una introducción a Bajo el volcán. Una vez publicada la obra y como prueba de fe en su talento, Erskine le consiguió un generoso contrato con un anticipo de cinco mil dólares, a razón de ciento cincuenta dólares mensuales, que abarcaría desde 1952 hasta finales de 1956, mediante el cual Malcolm podría haberse dedicado a escribir sin mayores problemas financieros (“Bajo el volcán es uno de los libros más extraordinarios que he leído y la obra en la que trabaja actualmente su autor resulta muy prometedora para afianzar su reputación. Lowry es un escritor lento y cuidadoso y el trabajo que ha realizado hasta ahora lo ha tenido que sobrellevar en penosas circunstancias económicas”). La única condición de la editorial para mantener esos adelantos era la entrega por parte de Lowry de sus ambiciosos proyectos literarios de acuerdo con las fechas límite acordadas. Lowry pagó los esfuerzos y la confianza de Erskine poniendo todo tipo de excusas, pretextos y mentiras. Luego de muchas dilaciones, envió por fin el manuscrito de October Ferry to Gabriola, que resultó un fiasco. Erskine, sin elementos para seguir protegiéndolo, no pudo evitar que le suspendieran los pagos, lo cual resultó un golpe fatal a la imagen que Malcolm tenía de sí mismo como escritor. Como siempre, Lowry contestó con una carta a su editor, pero esta vez resultó infructuosa.
La pregunta pertinente para culminar un perfil de estas dimensiones la ha planteado Muriel Bradbrook en los siguientes términos: ¿Perfección en la vida o en la obra? En este caso la respuesta es evidente, pues pocas vidas tan tristes y tan atribuladas como la de Malcolm Lowry.
En lo personal estoy en contra de la actitud que priva en esta época “bushiana” en cuanto a que los artistas tienen que ser asépticos, impolutos y ejemplares en su vida personal para merecer el reconocimiento público de su obra. Pocas novelas del siglo XX han despertado tan encendidas polémicas como Bajo el volcán, que cuenta hasta la fecha con innumerables y devotos admiradores, aunque también con exaltados y furibundos detractores, como fue el caso de Katherine Ann Porter que, contra la opinión de su ex marido Albert Erskine, opinaba que se trataba de un “libro maligno”.
Yo me declaro en favor de la perfección en la obra, pues Bajo el volcán es una novela imbuida de un profundo sentido mítico y religioso, que permite que aun los que abjuran del alcoholismo puedan sentir la carga de la angustia existencial del Cónsul; es una novela que nos brinda una dolorosa imagen de la caída del hombre, de su lucha consigo mismo observada con penetrante lucidez y sentido crítico, no exento, por cierto, de sentido del humor. Es también una historia que plantea la imposibilidad del amor, la soledad innata del hombre, del vano anhelo de ir más allá de sus capacidades humanas y de la condenación a la que está sujeta cualquier persona por el solo hecho de vivir en este mundo que, a veces, puede asemejarse a un infierno. ~


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Por Marco Antonio CamposPrevious