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Rebelión

Título. La joven de las naranjas.
Autor: Jostein Gaarder.
Editorial: Ediciones Siruela.
Traducción del Noruego: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.
España 2003. Páginas 163.


“Algunas veces en la vida tenemos que saber echar de menos”. 
“Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”
(Jostein Gaarder)

A sus quince años, Georg Roed, descubre que su padre muerto, hace más de una década, le dejó una extensa carta escrita antes de morir. Su madre (la joven de las naranjas) casada ya con otro hombre, sorprendida por el descubrimiento encontrado dentro del forro de la silla en donde paseaban a su hijo, espera con ansias, mientras Georg lee encerrado en su cuarto el inesperado mensaje. ¿Qué dice la carta? ¿Qué puede decir una carta para un hijo escrita por un padre antes de morir? ¿Qué descubre? Ese es el libro. Atrapa desde el principio. ¿Qué lector no querrá saber ese misterio? 
El libro es un relato escrito a dos manos, el niño que cuenta cómo le impactó esa comunicación de su padre, y lo hace en primera persona y la carta misma que va siendo develada entre comentarios del niño: “Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a saber nada de él, pero ahora estamos escribiendo un libro juntos …” 
El trasfondo de esta reciente novela de Jostein Gaarder es la intensidad de la Vida, y por supuesto es también sobre la muerte. Aborda el tiempo y trata de indagar en la profundidad de lo que somos en verdad y de qué hacemos en este inescrutable universo. En la carta le formula al hijo la pregunta: ¿Elegirías nacer, y conocer la vida en toda su intensidad sabiendo que quizá sea para permanecer sólo un instante en ella? O ¿Rechazaríamos la oferta? Las respuestas a esa pregunta son exquisitas y sin duda nos dejará con un gran ánimo por vivir y un deseo enorme de abrazar y dar un beso a quienes amamos. Georg, a sus quince años es un gran apasionado por las estrellas y todo lo que hay en el universo, en ese ambiente encuentra la carta de su padre escrita antes de morir. 
La carta es la historia de amor de su padre con la joven de las naranjas, su madre, y cómo lo concibieron, en ella le formula esas preguntas que debe el niño responder, y mientras le responde Georg ha escrito este libro. 
¿Qué sentido tiene vivir? ¿Vale la pena arriesgarlo todo por amor? La trama y el contenido mismo de esta novela va directamente al corazón de quien la lea, es sobre el amor y a esas dudas permanentes de los seres humanos. ¿Valió la pena mi opción? ¿Tiene sentido todo esto que estoy viviendo? ¿Qué debo elegir? Para esas personas que cayeron en el tedio de su amor o los atrapo la cotidianidad en una telaraña de necesidades y problemas, convirtiendo en desdichas su amor, es una buena oportunidad para encontrarse. Ese dilema que habita en toda la existencia: ¿Cuál es la mirada que debemos adoptar para mirar el mundo? son preguntas a las que encontraremos respuestas en esta novela. 
La joven de las naranjas. 
“Estas cómodo, Georg? Es importante que estés bien sentado, porque voy a contarte una inquietante historia. Pero tal vez te hayas acomodado ya en el sofá de piel amarillo. Bueno, si es que no lo habéis cambiado por uno nuevo, qué se yo. O también puedes haberte sentado en la vieja mecedora del jardín de invierno que tanto te gustaba….. varias veces he intentado imaginarme cómo será el mundo dentro de unos años, pero nunca he conseguido forjarme una buena imagen de ti y de cómo eres ahora. Sólo se que fuiste. Ni siquiera sé la edad que tienes a leer esto..” así comienza la carta que le deja el padre. Es la historia de amor de él con su esposa, cómo la conoció, cómo la sedujo, el enamoramiento, la pasión entre ambos, es una linda historia de dos jóvenes que lo dan todo y se entregan de verdad y de cómo cada uno fue buscando al otro hasta encontrarse. La joven de las naranjas es ella, pues cuando la conoció, en un tren, iba cargando una bolsa con enormes naranjas y la segunda vez que la ve también va cargada con una enorme bolsa de naranjas, para qué tantas naranjas, al final, cuando ya se aman descubre que ella era pintora y estaba pintando una cesta de naranjas, de ahí el título de la novela. También habla de otros novios anteriores de la joven de las naranjas, uno de ellos será luego el padrastro de Georg, y será uno de los grandes misterios que se irán descubriendo en el relato. 
La Novela 
Es una novela exquisita, sabrosa, es un deleite, si se les puede calificar con eruditos pero para mí fue un deleite, un verdadero disfrute mientras mi hija jugaba a saltar la cuerda y correteaba a su mascota, leer una historia en donde el papá, a punto de morir de una enfermedad terminal, le escribe a su hijo a quien dejará y no volverá a ver, y él al momento de escribir –a sabiendas que va a morir- dice que lo hace mientras su hijo juega con su tren en el piso y yo ,mientras leo, – a sabiendo que tengo que vivir- lo hago mientras ella juega. Esos son los juegos de la literatura. 
Lo exquisito es que habla de la vida misma desde la muerte. Eso no es fácil, lograrlo con musicalidad y ternura en el lenguaje escrito esa es la magia que logra el autor. Las preguntas que le va formulando a su hijo son indudablemente para el lector y así como el hijo las responde nosotros tendremos también que respondérnoslas. 
Los grandes temas: 
El tiempo

- Llegaría primero la tarde y luego la noche, pues el día tiene su propio ritmo, su propio ritmo cíclico, pero el día siguiente podría empezar exactamente donde empezó el anterior.

- Pero ¿qué es un ser humano,? ¿Cuál es el valor de un ser humano? No somos más que polvo que se levanta del suelo y se esparce por el mundo? - ¿Qué es este gran cuento en el que vivimos y del que cada uno de nosotros sólo podrá disfrutar un breve tiempo? 
Vida 
- Ya no siento necesidad de ver o vivir más cosas de las que he vivido. Lo que sí desearía fervientemente es mantener lo que tengo… porque estoy muriendo. Unos huéspedes que jamás han sido invitados han empezado a chuparme la energía vital.

- El agitado juego de la vida no tiene espacio para el recuerdo ni para la reflexión, tiene de sobra consigo mismo. - Cada individuo es un arca de tesoros viva, repleta de pensamientos y recuerdos, sueños y deseos. - Algunas veces en la vida tenemos que aprender a echar de menos. Intenté darte fuerzas para que esperaras un poco más. Esa frase es interesante porque surge en un momento en que él se le declara y ella le dice que tiene que esperar, el fenomenal diálogo es este:


“Y pregunto. “¿Cuándo podemos volver a vernos?. Ella permanece un instante observando el asfalto antes de levantar la vista y mirarme. Sus pupilas bailan intranquilas, me parece ver temblar sus labios. Y me propone un acertijo sobre el que reflexioné mucho. Dice:

¿Cuánto tiempo puedes esperar?

¿Qué podía responder a esa pregunta, Georg? Tal vez fuera una trampa. Si contestara que dos o tres días, sería demostrarme demasiado impaciente, y si contestara “toda la vida”, pensaría que no la quería de verdad o simplemente que no era sincero. De modo que tuve que ingeniarme algo intermedio.

Contesté: “Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”.

Sonrió algo indecisa y me acarició los labios con un dedo. Luego preguntó:

“¿Cuánto tiempo es eso?”

Hice un gesto de desesperación con la cabeza y opté por decir la verdad: “Tal vez sólo cinco minutos”, dije.

Pareció alegrarse por lo que acababa de oír, pero susurró: “Estaría bien si pudieras aguantar un poco más…” Ahora me tocó a mí pedir una respuesta. Pregunté:

¿Cuánto?

“Tendrás que ser capaz de esperarme seis meses”, Creo que dejé escapar un suspiro.

¿Por qué tanto tiempo?.

“Porque es exactamente el tiempo que tendrás que esperar… Si lo consigues, podremos estar juntos todos los días…”

- Sólo estamos en este mundo una vez. Estamos aquí ahora.


Qué les parece, sencillamente es sabroso. He leído muchos diálogos en literatura pero ninguno tan excelente como éste. Hacer diálogos que parecen reales en literatura no es fácil, incluso cuando un autor abusa del diálogo y se excede –como hay muchos- cae en lo chocarrero, ( otra cosa es el teatro) pero en narrativa lograr un diálogo perfecto sólo es posible en los escritores que saben lo que hacen. Jostein es uno de ellos. 
Sobre el amor a la joven de las naranjas: 
- No sabía quien era ni cómo se llamaba, pero desde el primer momento ejerció sobre mí un inquietante poder. - Cómo por arte de magia ella había conseguido meterse entre yo y el resto del mundo. - Me dedicó una cálida sonrisa, y esa sonrisa, Georg, podría haber derretido el mundo entero, porque si el mundo entero la hubiera visto, ella habría tenido la fuerza suficiente para acabar con todas las guerras y toda la enemistad del planeta o al menos habría dado lugar a una tremenda tregua. No me quedaba otro remedio tenía que acercarme a ella. - Es como si todo el resplandor navideño se hubiera concentrado en una sola mujer. - No existe una intimidad más grande que la de dos miradas que se encuentran con firmeza y determinación, y sencillamente se niegan a apartarse. - No podemos ser dueños del pasado del otro, la cuestión es si tenemos un futuro juntos. - Me enseñó a descubrir los pequeños intrígulos de la naturaleza. Hay muchos. Cuando cogíamos flores en el campo, nos quedábamos a veces mucho rato estudiando los pequeños milagros. ¿No es el mundo en sí un increíble cuento?… Espero que tú también hayas heredado una mente receptiva a esos pequeños misterios. No son menos sugerentes que las estrellas y galaxias en el cielo. Creo que se precisa más inteligencia para crear un abejorro que para hacer un agujero negro. Mi padre fue quien me abrió esa perspectiva. El me enseñó a levantar la mirada de todas las miserias de aquí abajo. Sus ojos habían visto algo que nadie más había visto. 
Recomendación 
¡Qué puedo yo decir de una novela excelente! ¿Para qué hacer una reseña? Sólo invitarles a que la lean. Entre las toneladas de páginas que se publican a diario de repente surgen milagros como este. Este libro es de esos sorbos que la vida nos da a leer de vez en cuando. Al final el hijo optó por la vida, aunque sepa que estará en este mundo por un corto tiempo. 
El autor 
Jostein Gaarder nació en 1954 en Oslo, Noruega. Durante 11 años fue profesor de Filosofía e Historia de las Ideas en un instituto de Bergen, en Noruega. Se casó y tiene dos hijos. Siempre escribió cuentos, El Misterio del Solitario recibió el premio de la crítica literaria de Noruega, pero fue la publicación de El Mundo de Sofía en 1991, con 25 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo y traducido a cuarenta y cuatro idiomas, el que le dió a conocer internacionalmente. Con los beneficios ha montado una fundación ecologista, la Fundación Sofía. 
Jostein Gaarder, publicó en 1986 «El diagnóstico», una colección de relatos al que siguieron dos libros para jóvenes: «Los chicos de Sukhavati» (1987) y «El palacio de la rana» (1988). En 1990 recibió el Premio Nacional de Crítica Literaria en Noruega y el Premio Literario del Ministerio de Asuntos Sociales y Científicos por «El misterio del solitario» y al año siguiente el Premio Europeo de Literatura Juvenil. En España, Jostein Gaarder ha recibido los premios Arzobispo Juan de San Clemente y Conde de Barcelona. En 1992 publicó «El misterio de la Navidad» y al «año siguiente escribió El enigma y el espejo». Otras obras suyas son: Maya y Vita Brevis, entre otras.




La joven

www.instmonterrey.edu.mx/tareas/MEXICO/lajoven.pdf
Jostein GaarderLa joven de las naranjas. 5. Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a sa er nada de él, pero ahora ...


Resumen y sinópsis de La joven de las naranjas de Jostein Gaarder

Tras consolidar su éxito con obras para público juvenil y adulto, publica La joven de las naranjas, primera novela dirigida a los más jóvenes desde hace diez años. En ella plantea preguntas esenciales sobre la vida y cuál es la mirada que debemos adoptar ante el mundo, con una historia de amor de fondo. El narrador, Georg, tiene 15 años y vive con su madre, profesora de Bellas Artes, su padrastro, policía judicial, y su hermana Miriam. Chico brillante, tímido con las chicas y aficionado a la astronomía. Su vida es normal, hasta que recibe una carta de su padre fechada el día que murió, cuando tenía cuatro años. Hasta ese momento, las imágenes que tenía se reducían a fotos y películas. Su padre le cuenta una historia de amor, la que le surgió cuando conoció a una joven que llevaba una bolsa lleno de naranjas, y le hace a Georg una misteriosa pregunta sobre la vida y de la muerte.


• Convertir el arte en ideología o tener una excesiva preocupación por el estilo, o ponerlo todo en función del éxito, es el gran error en el que puede caer el cine.

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Tender hacia la sencillez es tender a la profundidad de la vida representada pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas en un proceso de creación.

• Durante la infancia se vive, y en adelante se sobrevive

• Para Iván, como para Kelvin o Alexander, el regreso al hogar es un fin imposible.

• La película (El espejo) hay que verla como se observan las estrellas.

• La verdad nace fundamentalmente del diálogo.

• El espectador debe añadir a la unidad de la película añadiendo elementos propios

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La poesía es un modo de ver el mundo, una forma especial de ver la realidad

• Si se ama la vida también se siente la necesidad inaplazable de reconocer esa vida, de transformarla, de contribuir a que sea mejor.

Normalmente el encuentro con la fuente concreta de los recuerdos destruye el carácter poético de éstos

• El arte y la ciencia son formas de apropiarse del mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la verdad absoluta.

El arte proporciona la posibilidad de que lo infinito sea perceptible.

• Las condiciones indispensables para la lucha del artista hasta llegar a su propio arte son la fe en sí mismo, la disposición de servir y la falta de compromisos externos.

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• El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño.

• La cultura de masas pensada para el consumidor, mutila las almas, cierra al hombre el camino hacia las cuestiones fundamentales de su existencia, hacia el tomar conciencia de su propia identidad como ser espiritual.

• cuando el hombre se topa con una obra maestra comienza a escuchar dentro de sí mismo la voz que inspiró al artista.

• Cuanto más escondidas estén las intenciones del autor, tanto mejor para el arte.

Una obra de arte es tanto más elevada cuanto más inaccesible es a un juicio.

• Gracias al cine el hombre habría encontrado por primera vez la posibilidad de fijar el tiempo, pudiendo reproducirlo todas las veces que quisiera.

La representación del tiempo es el cine, eso y nada más que eso.

• La pureza del cine no está en la agudeza simbólica, sino en el hecho de que las imágenes muestren la concreción e irrepetibilidad de un hecho real.

La verdad hay que vivirla no aprenderla.

• Un trabajo cinematográficamente creativo exige el interés por la observación inmediata del mundo vivo, cambiante, en continuo movimiento.

El ritmo de la película surge por analogía con el tiempo que transcurre dentro del plano.

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• Cuando alguien se orienta deliberadamente por el público, estamos ante un producto de la industria del entretenimiento, nunca ante arte.

• Es bien sabido que para Cézanne, admirado e idolatrado por sus colegas, era una catástrofe que su vecino no le viera por un pintor.

• Uno solo puede dar respuestas inteligentes cuando le son planteadas preguntas inteligentes. Goethe

El espectador solo es responsable en parte de su mal gusto; pues la vida no nos concede igualdad de oportunidades para perfeccionar nuestros criterios estéticos.

• Si el arte no se utiliza según su meta, muere.

Una idea realmente artística es siempre para el artista algo atormentador, casi algo peligroso para su vida.

•Un artista de verdad solo tiene derecho para su actividad artística si para él es una necesidad vital.

La  sociedad tiende a la estabilidad, el artista a la eternidad.

· Una crisis interior siempre es un intento de volver a encontrar el propio yo. Entra en un estado de crisis todo aquel que se plantea problemas intelectuales. 

Dikoobras llegó a aquel lugar ansiado pidiendo que su hermano, de cuya muerte él era culpable, volviera a la vida. Pero cuando Dikoobras volvió de la habitación a su casa, se encontró repentinamente enriquecido. La zona le había regalado su verdadero deseo íntimo, y  no aquello que había pretendido desear. Por eso, Dikoobras se ahorcó.




PDF]Tarkovsky Andrei - el cine signo

https://elcinesigno.files.wordpress.com/.../tarkovsky-andrei-esculpir-en-el-tiempo.pdf
Andrei Tarkovski se ha convertido en uno de los maestros del cine contemporáneo. El carácter perfeccionista del director y los problemas surgidos a lo largo de ..

.Esculpir en el tiempo acompañó a Tarkovski los últimos 15 años de su vida y en él expone no sólo su visión del cine como medio, sino su visión sobre el papel que éste, y el arte en general, juegan en el contexto mas amplio de la sociedad. Su total sinceridad y el hecho de que fuese la obra en la que mas trabajó, hasta semanas antes de su muerte, convierten al libro en un testamento cuya índole seguramente sorprenderá a sus lectores, donde se reflejan unas confesiones de cineasta de todo punto excepcionales por su honestidad, franqueza y sabiduría del oficio que lo han convertido en uno de los mejores libros sobre cine y arte en general que jamás se hayan escrito.


En Berkeley, California, una pequeña ciudad universitaria junto a San Francisco, entrevisté a Robert Hass en su despacho de la universidad. El encuentro, que debía durar unos cuarenta y cinco minutos, se extendió por más de dos horas, hacia el largo crepúsculo californiano. Con una voz pausada y suave, pero a la vez apasionada y firme, me regaló una muestra de su vasta erudición en materia poética, estableciendo relaciones lúcidas e impensadas a lo largo y a lo ancho de la tradición de Occidente y Oriente, y me deslumbró recitándome de memoria poema tras poema. A pesar de la fascinación, que me hizo olvidar fotografiarlo, me complace haber logrado mantener a raya sus constantes intentos por transformar la entrevista en un ecuánime diálogo.


¿Cómo empezaste a leer poesía? ¿Fue un descubrimiento o un gusto adquirido?
A una de mis abuelas le gustaba recitar poesía, así que era una música que yo tenía en la cabeza. Mi hermano mayor leía a Coleridge o a Wordsworth, y me decía: “Escucha esto, está muy bien.” Pero según recuerdo ocurrió antes, con las revistas populares a las que mis padres estaban suscritos. En ellas venían versos cómicos, que mi hermano mayor y yo leíamos y que después tratábamos de imitar. Les mandamos nuestros poemas escritos a lápiz, pero nunca nos contestaron.
¿Qué edad tenías cuando leías estas revistas?
Diez, once. Recuerdo que gané el segundo premio de un concurso, que consistía en un certificado de regalo de una librería. Elegí A comprehensive anthology of American poetry, tal vez porque la palabra comprehensive [“integral”] me sonaba muy importante. No entendía nada. Pero uno de los poemas tenía una música que me fascinó, y eso me quedó en la cabeza. Años después supe que el autor era Wallace Stevens. Se llamaba “Dominación del negro”, un poema de su primera época escrito a la manera del simbolismo francés.
En el colegio, leí un poco de Walt Whitman. Me acuerdo de un fragmento de un poema de Tennyson que decía: “Sopla, sopla, clarín, haz que el eco salvaje emprenda el vuelo”, y el eco le responde: “suelo, suelo, suelo”. Es de mala calidad, pero en aquel momento me sonaba increíble.
“La abadía de Tintern”, de Wordsworth, me sonaba muy humano y eso me llamó la atención. También en la preparatoria leí “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, de T. S. Eliot, que les rompe la cabeza a todos los adolescentes de Estados Unidos. Creo que tenía solo veintidós años cuando escribió eso. Y pensar que ese símil luego representaría al modernismo de la misma manera en que Las señoritas de Avignon lo representa. Es interesantísimo. Lo gracioso es que se trata de un joven que habla con la voz de un hombre maduro que lo ha visto todo, alguien que vive en un medio social de clase alta, de modo que hay que identificar su identidad de clase con su total hastío. Recuerdo el entusiasmo que me provocó, y no sabía nada de la vida. También recuerdo cuando leí en el periódico que Aullido, de Allen Ginsberg, se enfrentaba a un juicio por obscenidad.
Lo mismo le ocurrió a Gil Orlovitz por aquella época, y un alumno mío encontró en los archivos cartas furiosas de Orlovitz a Ferlinghetti, en las que le decía: “Hijo de la chingada, a mí también me procesaron, y tú solo hiciste famoso a Ginsberg, ¿por qué no me hiciste famoso a mí?” Mi alumno está investigando por qué Ginsberg tuvo tanta publicidad y Orlovitz no. Es gracioso, como una novela de Bolaño, el personaje oscuro y patético de la leyenda de Aullido. En cualquier caso, en su momento compré Aullido pero no me llamó tanto la atención.
¿Cómo empezaste a escribir poesía?
En la universidad. Cuando estaba en la universidad intenté escribir ficción, cuentos, ensayos, y leí un montón de poesía, aunque no estudié letras. John Donne me impresionó muchísimo, pero en ese momento todos estábamos leyendo a los beats y a los modernistas. Una de las novelas de Jack Kerouac, Los subterráneos, comienza: “Éramos jóvenes, cool, y nos gustaban Pound y Miles.” Así que se suponía que nos tenían que gustar. Claro, cuando leí a Ezra Pound por primera vez, sus primeros poemas son bastante anticuados, al estilo de Robert Browning, con temas medievales, así que yo no entendía qué tenían de cool esos viejos poemas, sextinas puestas en la boca de trovadores provenzales. Había una antología llamada Fifteen modern American poets, con poemas de Robert Lowell, Theodore Roethke, John Berryman, Elizabeth Bishop, Muriel Rukeyser. Descubrí los ensayos de Camus y de James Baldwin, y esa idea tan maravillosa del ensayo a la vez personal, lírico y filosófico, y me puse a intentar cosas distintas, pero de manera muy amorfa. Me tomé un año de la universidad, traté de escribir una novela faulkneriana sobre California, cuyo manuscrito por fortuna extravié.
Y después fuiste a Stanford...
Sí. Había un curso de escritura creativa, que daba un poeta extremadamente conservador, en términos estéticos, llamado Yvor Winters. Estudié literatura principalmente para no estudiar derecho y tener que usar traje y pasarme el día sentado en una oficina. No estaba de acuerdo con casi nada de lo que decía Winters, pero nunca había escuchado a nadie hablar con tanta pasión de nada, recitaba poemas en voz alta, y descubrí muchas revistas de poesía moderna.
Recuerdo que T. S. Eliot, al reflexionar sobre el estado de la poesía estadounidense, dijo que era tierra de nadie. Pero cuando le tocó a mi generación observar el estado de la poesía estadounidense, estaban los beats, Snyder, Kerouac no como poeta sino como figura literaria. Estaban los escritores del área de la bahía de San Francisco, como Jack Spicer, Robert Duncan y William Everson. La Escuela de Nueva York, especialmente Frank O’Hara y John Ashbery, Kenneth Koch, James Schuyler, Barbara Guest. Poetas que estaban traduciendo a poetas latinoamericanos, como W. S. Merwin y Robert Bly, James Wright, Galway Kinnell. Había poetas feministas, como Sylvia Plath, Denise Levertov, Adrienne Rich. Los poetas del Black Mountain College: Bob Creeley, Charles Olson. Había una gran variedad de escritores excelentes, así que trataba de terminar de estudiar lo más rápido posible para meterme en la biblioteca a leer poesía.
Y en aquella época, cuando leía poesía, se me ocurrían versos y los escribía, y pensaba: “Esto tal vez sea un poema”, y luego ves cómo eso va transformándose en un poema, y después te vas a hacer otra cosa. Ya estaba casado, tenía un bebé... me sentaba a cenar, bañaba a mi hijo, lo acostaba y después me iba a mi escritorio, sacaba estos papelitos y me ponía a escuchar lo que sonaba en mi cabeza, ese momento de total felicidad al comienzo de la escritura.
¿Cómo llegaste a que te publicaran?
Tenía 23 o 24 años, y conocí a gente que también escribía poesía, y vi un número de The Hudson Review en donde habían salido algunos de los últimos Cantares de Ezra Pound. Decían que iban a publicar más en un próximo número. Y a mí me pareció que sería realmente cool que me publicaran con él, así que mandé cinco poemas a The Hudson Review, creo que en total había escrito seis, y me aceptaron tres. Pero no salieron en el mismo número que Pound. También publiqué en una revista anarquista de Berkeley, Steps. Dos de esos poemas fueron a parar a Field guide, mi primer libro, que publiqué en 1973, a los 31 años.
Cuando terminé en Stanford me fui a la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo, donde conseguí mi primer trabajo como profesor de literatura. Escribí mi tesis sobre la política de la novela. Pero lo que me interesaba era la poesía... Olson, Creeley y John Logan estaban en Búfalo; la ciudad estaba llena de poetas, que a menudo se dividían en varios grupos. Estaba Irving Feldman, que acababa de publicar un libro sobre el Holocausto, The Pripet marshes and other poems. Stanford era un lugar muy conservador poéticamente. Había poetas interesantes con los que había mantenido amistad durante esos años, pero de pronto estaba en un lugar donde la gente se la pasaba escribiendo poesía y había lecturas todo el tiempo, en bares, en restaurantes, y pude escuchar a Duncan, a Ginsberg, a Bly, a Wright, a Kinnell, a Rich, a Merwin, a Berryman...
Paul Carroll, poeta y editor de la revista Big Table de Chicago, me dijo que estaba armando una antología de poetas jóvenes. Corría 1967, yo tenía 25 o 26 años. Le mandé unos poemas y los publicó en The young American poets. Organizó lecturas en Nueva York para promocionar el libro, en las casas y lofts de artistas y novelistas muy famosos. Louise Glück y yo leímos en casa de Norman Mailer. Y algunos de los otros poetas –Ted Berrigan y Ron Padgett– leyeron en el loft de Jasper Johns. Yo todavía no había publicado mi primer libro, y pude codearme con esta segunda generación de la Escuela de Nueva York.
Terminé mi segundo libro, Praise, seis años después. En aquella época, una de las revistas literarias más interesantes de Nueva York era Antaeus, editada por Daniel Halpern. Se creó en parte a instancias de Paul Bowles y algunos más, pretendía tener un alcance internacional y publicó a Mark Strand. Halpern abrió la editorial Ecco Press. Era más joven que yo, y el primer libro que editó fue el segundo de Louise Glück. Louise era mi amiga y me escribió para preguntarme si le convenía elegir Ecco Press, de la que nadie había oído hablar, o New American Writing, una editorial comercial mucho más grande. Le dije: “Una vez que te publiquen a ti, van a empezar a hablar de la editorial.” Reeditaron los primeros libros de Ashbery, que estaban agotados, y después a Louise, y de pronto había surgido una editorial de poesía. Halpern también publicó los primeros textos de Cormac McCarthy, Raymond Carver, Tobias Wolff y de muchos otros escritores interesantes. Lo conocí, mandé poemas a la revista y hace más de treinta años que es mi amigo y editor.
Praise me atormentaba porque los poemas me resultaban muy parecidos a los de Field guide. Halpern me dijo: “Tienes que sacar un libro nuevo, te has pasado una hora leyendo poemas que no conocía.” Y yo le respondí: “Hay un grupo de poemas, pero no forman un conjunto coherente.” Y fuimos a su penthouse en la Quinta Avenida y colocó todos los poemas en el piso, tomó el que yo había puesto al final y dijo: “Pongámoslo al principio.” Pensé: “No puedes hacer eso, ese no fue el orden en que los compuse.” Empezó a jugar con el orden de los poemas, y yo me sentí tan mal que tuve que ir al baño a vomitar. Luego volví y vi lo que había hecho y pensé: “A decir verdad, tiene mucho sentido.” Desde entonces publico mis libros a un ritmo muy lento.

¿Qué importancia tiene la técnica para ti? ¿Cómo la aprendiste?

Me gustaba la poesía que sonaba muy natural, con una voz muy poderosa y en la que la técnica no era del todo visible, a diferencia de los poetas que eran elevados y vanguardistas o empleaban la técnica tradicional. A Miłosz le gustaba decir: “El principal propósito de la forma en poesía es como la refrigeración: una buena manera de conservar la carne pasada.” Tenía un manejo técnico excelente, pero era muy desdeñoso al respecto. Por otro lado, si uno escribe poesía, la técnica es todo.

Has traducido a Horacio, a Miłosz, haikus...

Traducir poesía es una forma intensiva de estudiarla. Te acercas a ella y lo que te ofrece, como artista, es la posibilidad de asimilar sus trucos, enriquece tu repertorio. Y es bueno traducir a grandes poetas, ser exigente y rodearse de gente interesante. Eso también ocurre al traducir a poetas contemporáneos, algo que no he hecho a menudo. Sí he traducido, con un amigo, poemas de Adam Zagajewski, y allí sucede algo particular, porque tú eres la primera persona en trasladar esa voz a tu lengua, para que la gente pueda conocerla. Y si el poeta es muy bueno, tal vez surjan nuevos traductores, de modo que en esos casos no tengo que preocuparme porque salga perfecto, sino por ponerlo en circulación. Si uno traduce haikus, o a Horacio, existen muchas traducciones, y el asunto es llevar a la lengua de destino algo que uno ve en el original, pero que no ha visto en las traducciones disponibles.

¿Cómo influyó la traducción a tu propia escritura?

Una manera de acercarse al haiku sería desde la distinción que hace Jakobson entre metonimia y metáfora cuando habla sobre dos tipos de afasia del lenguaje. Lo interesante de la metonimia, y del haiku, es que en cierto nivel es simbólico sin ser metafórico. Tomemos un poema de Kobayashi Issa: “Es mediodía. / Cantan aves. El río / corre en silencio.” Si uno lee una novela que empieza una noche de invierno, el invierno tiene resonancias simbólicas pero no es un símbolo; si uno dice “mediodía”, se hace alusión a algo que ocurre a mediodía, pero si se dice con determinada potencia de repente se está hablando de la mitad de la vida. El río corre rápido, porque es una isla montañosa, con aguas de deshielo, y los ríos corren lentos en otoño. Lo único que hace es describir una escena, y el momento del día, que el sol está alto, y es la época del año en que los pájaros cantan en el huerto.
¿Cómo se traduce eso en mi propia escritura? No tengo idea. Uno trata de hacer ciertas cosas, uno aprende y reflexiona, y eso también implica cierta atención por parte del lector. Por ejemplo, las Odas elementales, de Neruda, seguramente vienen de la letanía católica, con elementos barrocos, pero también es como combinar cien haikus y cantarlos a coro.
Algo que aprendí de Miłosz fue a aceptar cualquier reto, de la manera en que fuera posible hacerlo. Para él era mejor escribir un mal poema que no escribirlo. Pero también se contradecía a sí mismo constantemente en casi todo. Apenas escribía algo, ya pensaba lo contrario, así que muchos de sus poemas tienen muchas voces distintas, algo que a mí me fascina.

Te criaste en el área de la bahía de San Francisco, donde pareciera que la ciudad emerge de entre las grietas de la naturaleza. ¿Cómo piensas que esto afectó tu sensibilidad y tu escritura?

Cito unos versos de Blake: “Tales eran los deleites / cuando, varones y niñas, / en la infancia nos veían / en el prado de los ecos.” Cuando estaba fuera de casa me sentía en éxtasis, se abría un mundo de imágenes, olores y sonidos. Siempre estaba con gente, hacía deportes. Una vez invité a Miłosz a un programa de escritura en la naturaleza, y me dijo: “Para mí, la naturaleza es puro horror, el sufrimiento interminable de incontables animales comiéndose los unos a los otros.” Le respondí: “Pero hace un rato me hablabas del valle de Napa, de cómo acababan de florecer las flores salvajes.” Y me dijo: “Sí, pero la belleza es otra cosa.”
Otra cuestión es que en Estados Unidos, después del boom, posterior a 1950, la naturaleza con la que la gente había crecido estaba desapareciendo. Y, en mi caso, había un tercer factor: los libros que leíamos en la escuela estaban editados en Nueva York y en Boston, así que cuando un niño salía a jugar se ponía las botas e iba a la nieve. Mi mundo no estaba representado. Acabé por descubrir a los poetas californianos –Rexroth, Duncan, Jeffers–, pero a la vez me sentía cómodo, me ofrecía un tema, porque ese ambiente que tanto me gustaba no había sido descrito. Praise trataba fundamentalmente de la confusión erótica, del deseo, de las formas que adopta y, de algún modo, del lugar donde vivía, que era el mundo natural de California.

Pero también escribiste sobre historia y política...

Sí, me parecía importante, soy de la generación de los movimientos contra la guerra y por los derechos civiles, y California hace la vista gorda con la historia en muchos sentidos, en parte porque es un lugar nuevo, y eso tiene que ver con el lenguaje. El español no llegó a arraigarse de manera muy profunda. Una de las cosas que quería hacer en Field guide era contar parte de esa historia, marcar los paralelos entre la guerra hispano-estadounidense de 1898, en tanto invasión injustificada, y la de Vietnam.
Muchos de los poetas que admiraba reflexionaban sobre la política y la justicia y ensayaban una respuesta a la realidad de su mundo, como el gran poema “Londres”, de Blake, y la oda, no tan notable, de Neruda, sobre la United Fruit Company. También soy consciente de que una de las poetas más importantes de Estados Unidos, Emily Dickinson, vivió en la terrible época de la Guerra de Secesión, rodeada de gente que participó en el conflicto, como su propio hermano, y escribió poemas vaya uno a saber sobre qué, sobre cómo tu cuñada te hiere, o sobre un amante imposible, y son poemas extraordinarios.
La mayoría de los grandes poetas del siglo XX tenían intenciones muy nobles, pero sus posiciones políticas fueron lamentables. La convivencia con el fascismo debería haberles enseñado algo de humildad. Neruda, Vallejo, Hickman, McDermott, Éluard, Aragon, Ritsos, todos le escribieron odas a un genocida, aunque no eran precisamente fascistas, con excepción de Pound. Si se piensa en el arte de la política, en sus invenciones –como la separación de los poderes del Estado contemplada en la Constitución o el plebiscito–, un poeta no tiene por qué tener talento para eso. De modo que tal vez la poesía tenga una potencia social antes que política. Admiro mucho los ensayos de Octavio Paz, porque usa el adjetivo “político” con mucho cuidado, y él mismo tenía una filiación política y era consciente de la pasmosa facilidad con que los escritores tienden a apoyar al candidato equivocado, encandilados por el deseo de justicia. Así que, sea quien haya sido aquel crítico ruso que declaró que la función del arte era convertir la piedra en piedra y la hierba en hierba, al liberarnos del automatismo de la percepción, los poetas pueden hacer eso, los poetas pueden despertar en la gente un deseo de ecuanimidad, pueden prestar testimonio de la crueldad, reírse de las autoridades. Pueden atraer la atención de la inteligencia social de un modo tal que pueda producir efectos políticos.

Tus poemas me parecen poderosamente líricos pero también muy reflexivos. ¿De dónde piensas que viene eso?

Lo lírico, si está, me viene del oído, de mi primera fascinación musical con la poesía, con el sonido de una voz. Y lo meditativo es ciertamente la tradición más arraigada en la poesía anglosajona. La introspección de la poesía comienza con los sonetos que se interesan por la psicología del amante. Y en el siglo XVII esa tradición se formaliza, en parte con los tratados sobre meditación que llegan de España: los de Ignacio de Loyola, por ejemplo. Preparan el terreno para los poetas religiosos que fueron el modelo de los románticos del siglo xix, que enseñan a emprender una travesía interior y a volver transformados de ella. El interés modernista por la psicología humana viene de Freud y Jung. Escribí un poema que se llama “Meditación en Lagunitas”, y a raíz de eso se escribieron muchos ensayos acerca de mi relación con la tradición meditativa, pero a mí me resultaba de lo más natural empezar un poema con una reflexión sobre algo. Los poemas de Neruda en Residencia en la tierra son, de algún modo extraño, poemas reflexivos. Hace poco estuve en Myanmar, donde Neruda quedó varado un tiempo, y leí ese poema extraordinario que es el “Tango del viudo”, que empieza diciéndole a la amada: “Ya estarás mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre” –ojalá recordara la cita exacta–, y luego la describe orinando de noche en el fondo de la casa. Creo que los adjetivos que utiliza son “trémula, argentina y obstinada”, una descripción erótica y terriblemente precisa de una mujer haciendo pis, y allí es donde el poema hace una afirmación, luego va hacia adentro y finalmente sale, a la manera de la tradición meditativa, en tanto opuesta a la dramática y a la narrativa.
¿Y no ves ese componente narrativo en tu poesía?
Una vez leí poemas de Human wishes en presencia de Robert Bly, que afirmaba que la poesía estadounidense era demasiado realista, demasiado preocupada por imaginar lo concreto. Me dijo: “No sé, Robert, veo mucho contenido anecdótico.” No supe qué responderle. Contar historias es parte de mi manera de conocer el mundo. Con suerte, para mí es una extensión del método del haiku, un método metonímico. Una mujer te mira y te pregunta: “¿Estás triste por algo?” ¿Acaso no se cifran en eso la mayor parte de las cosas de la vida? Escuché a alguien en el mercado decir: “No pensó que debiera pero yo pensé que sí.” ¿De qué estaban hablando? Captar pequeños fragmentos de relatos puede producir el mismo efecto que “Es mediodía. / Cantan aves. El río / corre en silencio.”
Hace un rato hablabas de Neruda. ¿Qué importancia tuvieron para ti los poetas españoles y latinoamericanos?
Es complicado, porque yo me crié en un hogar católico, y cuando uno lee a Lorca, a Machado, a Jiménez, a Hernández, a Paz, a Neruda, a Vallejo, a los principales poetas que los jóvenes estadounidenses leían, el vocabulario es mucho más acotado que en la poesía en inglés. Hay más corazones, nubes, árboles, ese procedimiento que viene de las letanías, que consiste en apilar imágenes y metáforas muy ricas, algo que a mí me recordaba las oraciones católicas. Algo básico, repetitivo, que en ambos casos debe de tener que ver con su origen barroco, con la misa. En inglés está en Whitman, que lo extrajo de la Biblia, tal vez en testimonio de una idea muy antigua de la poesía, que tiene que ver con la alabanza de un poder con el que se busca estar en buenos términos. Es interesante que Neruda haya elegido para su libro un título como Odas elementales, porque en la raíz de la poesía hay algo muy elemental, estas canciones, esta táctica de rezar para relacionarse con el mundo. Fue muy importante leer poesía latinoamericana, aunque la asimilé muy lentamente porque las primeras traducciones de Neruda no eran muy buenas. Ben Belitt tradujo libremente los poemas de Neruda. Y luego las traducciones al inglés de Vallejo, de Poemas humanos y Trilce, que es un libro difícil, fueron ganando cada vez más importancia.
Además de ser poeta, participas en política y eres un militante ambientalista. ¿Cómo te involucraste con eso?
Hace quince años, cuando me nombraron poeta laureado, pensé: “¿Qué hago con la proyección que me va a dar el cargo?” Escribí una columna para un periódico durante cuatro años, en la que hablaba de poesía a diario, para tratar de mostrar su vigencia y vitalidad, e inauguré un programa de escritura poética ambientalista en las escuelas.
En los últimos tiempos surgió el movimiento Occupy Wall Street, que fue el primer signo en años en la sociedad estadounidense de que los jóvenes estaban buscando formas de responder a la desigualdad, a los gobiernos disfuncionales, y yo quise brindarles mi apoyo.
Finalmente, algo que también está ocurriendo y que se venía anticipando, en relación con el cambio climático, es que con el alza del costo del petróleo aparecen nuevas tecnologías muy destructivas que son económicamente viables: minería de remoción de cimas, fracturación hidráulica, arenas bituminosas... Pareciera que va a haber suficiente petróleo contaminante para repetir el siglo XX durante todo el XXI, y existe el impulso económico para hacerlo. Para mantener nuestros hábitos de vida es algo colosal. Bill McKibben fundó una organización que se llama 350, para promover el activismo y para concientizar a la gente de que existen mejores alternativas. Nos esposamos a las rejas de la Casa Blanca y la policía de Washington D.C. nos detuvo de manera muy educada y nos encerró. Pagamos una multa y nos fuimos. Fue una protesta simbólica y ceremoniosa, a diferencia de mi participación en el movimiento Occupy, donde sí me llevé un par de golpes de los garrotes de la policía. El activismo es el equivalente político del sadhu, la idea hinduista de que luego de criar a tus hijos y asegurarte de que todos hayan estudiado, tienes que salir a cultivar tu vida espiritual. Se puede hacer de distintas maneras, pero una es salir a manifestarse en la calle.
¿Cómo ves el futuro de la poesía estadounidense?
Hay siglos enteros en que directamente no hay poesía que merezca ser leída. No conozco a ningún poeta español del siglo XVIII, tal vez a dos ingleses. ¿Qué ocurrió en la poesía inglesa durante los siglos XIII y XIV? No mucho. Tal vez la poesía estadounidense del siglo XXI caiga en desgracia, al punto que no quede nada digno de ser leído, tal vez se produzca un florecimiento espectacular, ¿quién sabe lo que pueda ocurrir con la poesía argentina o con la brasileña? En cualquier caso, creo que las nuevas tecnologías van a tener interesantes consecuencias formales. En Estados Unidos hay poetas performers que se presentan en antros, poetas concretos o artistas visuales que usan la palabra, artistas conceptuales, gente que está escribiendo poemas que incluyen fotos, otros que mezclan videos con recitados. Una poeta vietnamita estadounidense, Cathy Park Hong, una escritora muy interesante e ingeniosa, acaba de subir a internet el video de una performance que hizo en colaboración con un videoartista de Los Ángeles. Siempre me viene a la cabeza la imagen de Chéjov, que escribía para los primeros libros de chistes que salieron en Rusia. Conocí a un poeta chino, Xi Chuan, que me dijo que sus primeras influencias habían sido Borges y Tranströmer. Creo que la poesía siempre se va a deber a su lengua, pero que se va a internacionalizar mucho más rápido, de modo que la gente va a poder prestar atención a lo que está sucediendo. Tú vas a verlo mejor que yo y, si existe el más allá, me cuentas qué pasó. Siempre pienso en lo que dijo Tranströmer: “Si existe el más allá, nuestros e-mails por fin podrían tener respuesta”. ~

https://www.letraslibres.com/mexico-espana/entrevista-robert-hass

Dos poemas de Robert Hass



RUSIA EN 1931

El arzobispo de San Salvador ha muerto, lo asesinó quién sabe quién. La izquierda dice que la derecha; la derecha, que es obra de provocadores.

Pero las familias en los barrios duermen con sus hijos al lado, y un trinche o un rifle si lo tienen.

Y la posteridad husmea entre las notas al pie de página para averiguar quién fue aquel obispo,

en espera del poeta para que vuelva a lo suyo. Bueno, pues helo aquí:

sus pechos son del color de piedras ocre bajo la luz de la luna, y más pálidos bajo una luz así.

Y eso los contendrá un tiempo. El obispo ha muerto. La poesía no propone soluciones: dice que la justicia es el agua del pozo de la ciudad de Novgorod, negra y dulce.

César Vallejo murió un jueves. Puede que de malaria, nadie está seguro; arrasó con el pequeño pueblo de Santiago de Chuco en un valle de los Andes cuando era niño; puede muy bien haberle flameado por las venas en París un día de lluvia;

y nueve meses después Osip Mandelstam fue visto por última vez buscando comida entre la basura apilada en un campo transitorio cerca de Vladivostok.

A lo mejor se conocieron en Leningrado en 1931, en una esquina; dos hombres a los cuarenta; a lo mejor compararon sus canas en las sienes o sus notas críticas de Trilce y Tristia en 1922.

¡Qué francés habrían hablado! Y lo que uno pensó que salvaría a España mató al otro.

“No tengo sangre de lobo”, escribió Mandelstam ese año. “Sólo un igual podría quebrarme”.

Y Vallejo: “Y pensar en los desempleados. Pensar en las cuarenta millones de familias muertas de hambre”.  



UN CUENTO EN TORNO AL CUERPO


El joven compositor, huésped aquel verano en una colonia de artistas, la había estado observando toda una semana. Era japonesa, pintora, de unos sesenta años, y creyó que se había enamorado de ella. Le encantaba su trabajo, y su trabajo era la manera en que movía el cuerpo, usaba las manos, se le quedaba viendo a él directamente cuando ofrecía divertidas y consideradas respuestas a sus preguntas.  Una noche, de regreso del concierto, al llegar a su puerta, ella volteó a verlo y dijo: “Creo que te gustaría poseerme. A mí me gustaría también, pero he de decirte que me han hecho una doble mastectomía” y, al ver su perplejidad, “he perdido mis dos pechos”. El esplendor que él había llevado en el vientre y en la cavidad del pecho –como la música– se marchitó muy rápidamente, e hizo un esfuerzo para mirarla a los ojos cuando dijo: “Lo siento. No me creo capaz”. Regresó caminando a su propia cabaña entre los pinos, y en la mañana halló un pequeño tazón azul en el porche, junto a su puerta. Parecía lleno de pétalos de rosa, pero se dio cuenta al levantarlo que los pétalos de rosa sólo estaban encima; el resto del tazón –seguramente ella había barrido los rincones de su estudio– estaba lleno de abejas muertas.     


De Alabanza. Deseos humanos (UNAM, 1995)
Traducción de Pura López Colomé

http://pajaroslanzallamas.blogspot.com/2016/07/dos-poemas-de-robert-hass.html

Donald Trump ha llegado más lejos de lo que nadie esperaba en su carrera hacia la presidencia. Su éxito obedece a una crisis cultural que ha debilitado la credibilidad de instituciones y autoridades.

1

Ningún periodista, comentarista político o historiador respetado predijo un modesto éxito político para Donald J. Trump: es algo que resulta asombroso. El propio Trump siempre ha alardeado de sus ambiciones presidenciales, del mismo modo que se jactaba de su riqueza. Ha pensado en temas vinculados a la Casa Blanca desde la década de los ochenta. Pero nadie lo tomó en serio.

Incluso después de que empezasen las elecciones primarias republicanas y de que la imponente escala de sus victorias resultara obvia, todo el mundo estaba de acuerdo en que sus éxitos solo eran una moda, y en que la nominación republicana sería finalmente para un republicano y no para Donald Trump, el intruso.
Los líderes y los sabios republicanos fueron igual de ciegos. Un extraordinario grupo de republicanos, Jeb Bush y todos los demás, ofrecieron sus candidaturas: dieciséis personas, en total, muchas de ellas visiblemente talentosas, entrenadas por curtidos veteranos del partido, cuyas experiencias se remontaban a los tiempos de Richard Nixon, el más astuto de todos los políticos estadounidenses. Y ni uno de ellos parece haber sospechado que Trump, el candidato diecisiete, el bárbaro, iba a aplastarlos a todos. Los republicanos lo trataron como a una mascota y ahora todos deben estar arrepentidos. Quizá podrían haberlo detenido, si hubieran visto su potencial. Pero no lo hicieron.
¿Cómo se ha producido este fracaso a la hora de reconocer el peligro? Creo que se debe a que Trump se presentó como el héroe de su propia mitología, extraña y llena de capas; y la mitología –que resultó atractiva para una porción del público– carecía de una dimensión política y por tanto fue invisible para la clase política. Es, por supuesto, una mitología de la riqueza. Es la historia de un poderoso multimillonario del sector inmobiliario de Nueva York cuyas maneras brutales y cuya arrogancia personal denotan un genio sobrehumano para el juicio empresarial y la acción ejecutiva: las maneras de un dios de los negocios cuya superioridad ha atraído a las rubias despampanantes que van de su brazo, un tema central de la fama inicial de Trump. El millonario, además, ha envuelto ese relato básico en una segunda mitología, y lo ha hecho persiguiendo una carrera adicional como estrella de reality shows. En su programa televisivo, Trump se presenta como Donald Trump, que encarna a un ficticio multimillonario neoyorquino llamado “Donald Trump”, quien demuestra su genio visionario y su superioridad personal despidiendo a sus empleados en actos de crueldad gratuita.
De nuevo, en sus negocios reales, Trump ha colocado otra mitología sobre su mitología presentando comentarios sobre sus negocios. El concepto central de su imperio empresarial ha sido decorar el paisaje con su propio nombre, como en la Trump Tower, los hoteles Trump y los campos de golf Trump. Son negocios que llevan su nombre porque él es el dueño, o porque otro es el dueño y ha alquilado el nombre de Trump para fingir que Trump es el dueño. Se supone que la propiedad de Trump significa buena calidad, como muestra el césped de sus campos de golf, combinada con un gusto execrable. Quedarse en un hotel Trump o jugar en un campo de golf Trump es para reírse de uno mismo o quizá burlarse de uno mismo por arrodillarse en el santuario de Trump. Y, en caso de que alguien no vea la invitación al desprecio a uno mismo, Trump ha comercializado en ocasiones objetos que animan a los compradores a identificarse como víctimas desdichadas de un grotesco culto a la personalidad. Ha vendido una loción bajo la etiqueta ridículamente agresiva “Trump: la fragancia para los hombres”, junto con un perfume masculino llamado “Éxito: Trump”, junto a “Trump”, el vodka.
Trump se ha presentado, en suma, como un estafador que desea ser visto como un estafador, y que desea que te reconozcas como su víctima. En la Convención Nacional Demócrata, Michael Bloomberg, el exalcalde de Nueva York, que es a su vez un multimillonario (a mayor escala que Trump) creador de su propia mitología, lo denunció como estafador. Pero Trump no necesita que Bloomberg haga esto. The New York Times ha informado que el imperio empresarial de Trump está construido sobre una montaña de deuda, lo que no sorprenderá a nadie. Trump es famoso por declararse en bancarrota, lo que significa que es famoso por estafar a sus compañeros y por no pagar sus cuentas pendientes. Y ha llamado la atención sobre este tipo de cosas al negarse a revelar sus datos fiscales aunque, en los tiempos modernos, haya sido una costumbre de los candidatos a presidente dar a conocer sus declaraciones de impuestos.
Naturalmente, reconoce que, al negarse a seguir la costumbre, invita a todo el mundo a preguntarse qué está ocultando. Quizás intente encubrir que su imperio empresarial es menor de lo que ha sugerido, lo que sería una muestra de inferioridad. Una ansiedad por este asunto encajaría con el hecho delirante de que, en los debates republicanos, alardeó de su pene, mientras mostraba inseguridad sobre el tamaño de sus dedos, que estaban a la vista de todos. De nuevo, al negarse a revelar sus declaraciones de impuestos, quizás invitaba al público a especular sobre posibilidades más agradables. ¿Acaso Trump no paga impuestos en absoluto? Eso sería una señal más de su superioridad sobrehumana. ¿Tiene negocios con oligarcas y gánsteres rusos? Esto también sería una señal de superioridad, al estilo gánster, a la altura de la jactancia sobre su pene.
En cualquier caso, la clase política nunca ha sabido tratar con la mitología envuelta en mitología. Esto no se debe a su naturaleza teatral per se. Ronald Reagan era todavía más histriónico, y recurría a su experiencia como estrella de Hollywood. Pero Reagan también era un hombre serio, en términos políticos, y utilizaba su talento teatral para presentarse como la democracia encarnada: el hombre modesto de orígenes humildes, sin pretensiones y amable, el virtuoso vecino, impermeable a las seducciones de los timadores de la ciudad y dispuesto, si es necesario, a tirar a un matón soberbio de su caballo.
Nada de esto está en Donald Trump. Es el anti-Reagan: el rugiente señor del crimen, el aristócrata arrogante, el legitimista. Es, en pocas palabras, todo lo que la tradición política estadounidense ha detestado siempre. El propósito de las campañas políticas estadounidenses durante los últimos doscientos años ha sido etiquetar al otro candidato como una caricatura similar a Trump: el plutócrata malvado y deshonesto, que carece de valores morales y de decencia común, arrogante, corrupto, cínico y falto de patriotismo. La clase política siempre lo ve con claridad perfecta. Pero la sabiduría de una clase política consiste en razonar a través de la analogía histórica.
Y, de este modo, la clase política estadounidense –y me incluyo en ella– miró a Trump, contempló la historia de Estados Unidos y concluyó: No. Estados Unidos es un país en el que la gente como Donald Trump no gana la nominación de los partidos políticos importantes.

2

No hace falta decir que, cada vez que ocurre algo inédito e imprevisto, una legión de respetables eruditos, aferrados a las ciencias sociales, se apresura a señalar que, al contrario de lo que indican las apariencias, todo era previsible, aunque nada se predijera. En el ejemplo presente, en cuanto Trump empezó a cosechar sus sorprendentes victorias, los sociólogos y los economistas explicaron que había conectado con la infelicidad de la clase trabajadora blanca, afectada por los salarios estancados o decrecientes y por la desaparición de las viejas industrias, y que no hay nada insólito en el fenómeno Trump.
Pero nunca he visto la lógica de ese análisis. El primer concepto político que Trump expresó en la campaña fue su aborrecimiento hacia los inmigrantes mexicanos en Estados Unidos. Ese odio lo llevó a acusar a México de mandar a violadores y criminales a Estados Unidos; y lo hizo proponer reunir a once millones de inmigrantes ilegales y deportarlos; y lo condujo a plantear la idea de construir un muro en la frontera entre Estados Unidos y México y hacer que el gobierno mexicano lo pague; y lo impulsó a denunciar a un juez mexicanoestadounidense por su origen étnico. Fue la animosidad contra los inmigrantes mexicanos lo que generó la inicial y duradera oleada de apoyo por Trump: una animosidad que ha llevado a la gente que asiste a sus mítines a aclamar la construcción del muro. Y, sin embargo, ¿qué sentido tienen en realidad esas ovaciones?
La tasa de desempleo entre los trabajadores blancos es excepcionalmente baja (un 4.3%), lo que significa que la gente que busca trabajo no descubre que la competición de los inmigrantes esté arruinando su vida. Tampoco hay razón para pensar que los inmigrantes mexicanos están contribuyendo a una oleada de crímenes en Estados Unidos. El crimen en Estados Unidos lleva tiempo disminuyendo, en general, aunque no en todas partes; y los barrios de inmigrantes mexicanos no han sido un foco del crimen en particular. Tampoco hay razón para suponer que los blancos estadounidenses y los inmigrantes mexicanos se estén disputando el terreno. Existen todos los motivos para pensar, por otro lado, que los inmigrantes mexicanos realizan una enorme contribución a la economía estadounidense. Si Trump fuera elegido presidente y lograra reunir a los ilegales y deportarlos, industrias enteras entrarían en crisis. Además, en tiempos recientes más mexicanos han regresado a México de los que han llegado a Estados Unidos.
¿Por qué aclamar al muro, entonces? Creo que la gente lo hace para expresar una especie de odio muy extraño: un odio sin conexión significativa con los intereses o las ansiedades económicas, un odio casi arbitrario que se dirige contra los inmigrantes mexicanos pero podría estar tranquilamente dirigido contra otros. El propio Trump llegó a vacilar en torno a su propuesta de deportar a millones de personas, como si, en su cabeza, nunca hubiera habido una razón concreta para proponer algo así. Imagino que, si vacila en los próximos días o incluso abandona ese plan, podría desanimar a sus partidarios, pero solo porque ya no sabrán quién aplaude qué.
Sus simpatizantes perderán lo que de verdad les ha dado, el permiso para regresar al tipo de odios racistas que, en décadas recientes, se han considerado inaceptables en Estados Unidos. Pero supongo que no decepcionará mucho tiempo a sus agitados seguidores y que pronto se le ocurrirá otra manera de mantener el agua hirviendo. Sin duda a estas alturas reconoce que sectores completos de la población ansían su permiso para gritar cosas repulsivas e inaceptables. Son personas que lo apoyan precisamente porque es grosero, arrogante y violento, lo que permite que ellas también lo sean. Lo miran como su liberador, como el hombre que les permite, al fin, dar rienda suelta a los odios que expresan su angustia y su infelicidad. Solo que, ¿cuál es el origen de su angustia y su infelicidad? ¿Los salarios que no crecen o se reducen? Quizá. ¿O la oleada de drogadicción, la oleada de obesidad, la fragilidad del matrimonio? Estas también son posibilidades, aunque no sé por qué la ira por esas cosas llevaría a masas de gente a votar por alguien tan repulsivo como Donald Trump.

3

Pienso que el apoyo a Trump no deriva de una crisis económica, sino de una crisis cultural. Es una crisis de la autoridad y la información, y ha vuelto a mucha gente incapaz de identificar su propia situación o de imaginar formas realistas de afrontarla, incapaz incluso de reconocer lo extraño e inapropiado que es su impulso de votar por Donald Trump.
Todos los periodistas estadounidenses entienden de manera intuitiva un aspecto de esta crisis, que es el colapso de la industria periodística. Los días en que cada localidad mediana en Estados Unidos tenía un periódico, y en los que cada ciudad tenía dos, han desaparecido. Ni siquiera el puñado de periódicos de las ciudades que sobreviven tienen los grandes equipos que tenían, y lo mismo puede decirse de los noticieros de televisión. De nuevo, mucha gente prestaba atención a los sindicatos, que aportaban su propia interpretación autorizada de las noticias; pero el destino de los periódicos ha sido el destino de los sindicatos.
O quizá la crisis está en el aire, sin ningún aspecto institucional particular. En las universidades de élite, los profesores han lanzado un ataque contra los conceptos de la verdad autorizada y de la tradición política estadounidense, con el efecto final de que el director del periódico de la ciudad pequeña y el equipo del noticiario televisivo y el líder sindical, el catedrático de universidad y su discípulo, el profesor de instituto, han perdido cualquier autoridad que habrían podido tener. Y en lugar de todo se ha alzado la tecnología infernal que considera que cualquier cosa tiene la misma validez que otra.
Este es el mundo de Trump. Su primer gran éxito político, anterior a la campaña de 2016, fue difamar a Barack Obama diciendo que no era ciudadano estadounidense: la insinuación de que Obama, nacido en Estados Unidos, había nacido en Kenia (una mentira), y por tanto no podía ser legalmente presidente. El presidente Obama hizo caso omiso a las acusaciones de Trump al principio, o las despreció como un chiste. Y, sin embargo, al final el presidente se vio obligado a reconocer que mucha gente parecía creer las acusaciones de internet, y tuvo que tomarse la molestia de conseguir su certificado de nacimiento para demostrar su ciudadanía. Esta fue una de las victorias de Trump que los comentaristas sofisticados tardaron en aceptar. Con su campaña de difamaciones, Trump consiguió poner en entredicho la legitimidad de un presidente afroamericano. Y Trump pudo trasladar a la discusión general una ficción derivada del mundo de las teorías de la conspiración de internet, y logró hacerlo con impunidad, ahora que las jerarquías del prestigio social y político se han disuelto y las viejas instituciones del periodismo ya no están en posición de emitir refutaciones contundentes.
Incluso ahora, en plena campaña contra Hillary Clinton, es evidente que Trump pasa una buena parte del día en Twitter, leyendo y enviando mensajes. Puede ser que, frente a la maquinaria de los Clinton y del Partido Demócrata, su cuenta de Twitter y su inmersión en el mundo online no basten, como ocurrió durante las primarias republicanas. Pero sus fracasos en los días pasados parecen haberlo llevado a hacer cambios cuestionables. Ha tenido que despedir al primero de los jefes de su campaña, y al segundo, y ahora ha recurrido a un tercer equipo que está al menos parcialmente dominado por el director de un sitio web de extrema derecha llamado Breitbart. Y, en este momento, la crisis cultural puede estar a punto de tragarse al propio Trump.
Esto se debe a que la crisis de la autoridad cultural y el periodismo ha socavado una institución estadounidense en particular, el Partido Republicano. Los núcleos periodísticos de la vieja escuela eran los semanarios National Review y The Weekly Standard, junto al Wall Street Journal y varios periódicos regionales. Pero la influencia de esos medios fue superada hace unos años por la cadena de televisión Fox, desacomplejadamente derechista y periodísticamente inferior. Y, a su vez, Fox se ha visto superada por Breitbart, una mera expresión de las teorías de la conspiración de internet y de la difamación desatada. Breitbart presenta los comentarios de gente de la alt-right, lo que quiere decir “derecha alternativa”, donde tienen cabida ultraderechistas influidos por el nazismo y racistas del Ku Klux Klan, cuyo mundo nunca fue exactamente el de Trump, aunque de manera consistente él se ha aventurado a promover las teorías de la alt-right. Ahora ha tenido que apelar a Breitbart para que le ayude en su campaña. De este modo, la campaña republicana bajo Trump ha terminado resucitando a una extrema derecha estadounidense cuya edad de oro fueron los años veinte, con un momento de resurgimiento bajo el infame senador Joseph McCarthy a principios de los años cincuenta. Aquí, al fin, hay un mundo político en el que los racismos explícitos de toda clase pueden manifestarse sin complejos ni inhibiciones. En algún momento, el propio Trump podría desear no ir demasiado lejos en esas direcciones. Por lo pronto, ha dejado claro que quiere evitar cualquier deslizamiento hacia el mayor de todos los racismos antiestadounidenses, el odio abierto y violento hacia los afroamericanos. Pero se han abierto las esclusas, y quizá, bajo la presión de la maquinaria de los Clinton y los demócratas, Trump pierda el control de su propio barco, y se deslice corriente abajo, donde lo espera el fango de las teorías de conspiración.
Las encuestas hacen ahora mismo difícil imaginar que Trump gane la elección. Su campaña resultará, aun así, el episodio más delirante de la historia política estadounidense. Habrá dado un golpe terrible al Partido Republicano. Habrá devuelto la vida a las doctrinas moribundas del anticuado racismo estadounidense. Habrá hecho más que nadie en la historia de Estados Unidos por promover la cultura de la teoría de la conspiración. Habrá dado un golpe al prestigio de Estados Unidos en todo el mundo, especialmente en las regiones musulmanas, entre los países que bordean Rusia y en la frontera sur de Estados Unidos. Y quizá habrá enseñado al mundo que un colapso cultural, que ya ha ocurrido en el Partido Republicano de Estados Unidos, puede producirse en cualquier sitio. ~
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Traducción del inglés de Daniel Gascón




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