Exponemos ahora una lista con los países en los que es legal consumir marihuana.

1. Portugal

Portugal es uno de los primeros países europeos que legalizó la marihuana, aunquesu consumo se limita a los 25 gramos. La persona que exceda este límite se enfrenta a sanciones administrativas. Por otra parte, está estrictamente prohibido en público.

2. Holanda

Una de las cosas que más me sorprendió al visitar Holanda fue que, a pesar de la normalización del consumo de la marihuana, los problemas con la delincuencia relacionada son mínimos o inexistentes. Su consumo está limitado a los Coffe Shopsaprovechando un vacío legal.
Resulta curioso que el cultivo, la provisión y posesión de marihuana constituyen delitos criminales. Resulta una contradicción similar a la que se da en la prostitución: en Holanda, mientras no molestes a los demás, todo está permitido.

3. Corea del Norte

Uno de esos países que nunca se ha planteado delimitar los marcos legales en los que se incluye la marihuana. Su consumo es casi nulo y, en consecuencia, ni el opio ni el cánnabis son considerados como drogas.

4. Colombia

Igual que en muchos países que han regulado la venta de María, su consumo se limita a 5 gramos. Colombia es uno de los lugares más permisivos con las drogas, y es que el consumo de la cocaína también es legal siempre que no exceda el gramo.

5. Canadá

Uno de los primeros países en valorar el uso medicinal de la marihuana para su legalización. Las persones enfermas pueden fumarla siempre que reciban un permiso especial del gobierno. La producción comercial y venta, por otro lado, están penadas con delitos de prisión.
Cultivo de marihuana en Colombia.
Cultivo de marihuana en Colombia. IMAGEN DE: VICE.

6. Suiza

Fumar marihuana es legal en Suiza desde el 1 de octubre de 2013, siempre en el ámbito privado y para cualquier persona mayor de 18 años. El límite son 10 gramos, algo más de lo que se permite en muchos lugares de Europa.

7. Estados Unidos

Cada uno de los estados de Estados Unidos desarrolla su propia legislación, también sobre la marihuana. Es el caso, por ejemplo, de Colorado y Washington, que permiten su consumo, su cultivo e incluso su venta. La distribución siempre está regulada por las autoridades.

8. Argentina

La Corte Suprema de Justicia dictaminó, en 2009, que el consumo de la marihuana está permitido en personas mayores de 18 años, en el ámbito privado y siempre que no suponga un riesgo para la salud de terceros.

9. Bélgica

Otro de los países europeos sin límites en el consumo de la marihuana, aunque su uso está multado en el ámbito público.
Chile es uno de esos países que está dando sus primeros pasos en la despenalización de la marihuana. Aunque fumar cannabis se permite en el ámbito privado, la venta y el cultivo del mismo suponen un delito. Se prevé que en un futuro se regularicen estos aspectos.


William Gibson sacudió en los ochenta las bases de la ficción científica con 'Neuromante'

“Confundimos con videncia del futuro la capacidad de reconocer la extrañeza de la actualidad”

Aquel porvenir marcado por la cibernética ya es una realidad

William Gibson, en una imagen de 2010. 

Cuando conocí a William Gibson, en 1990, faltaban ocho años para que empezara a funcionar el motor de búsqueda de Google y Art Futura era el súmmum de la modernidad. El mundo era infinitamente más sencillo y rectilíneo, pero él ya avizoraba cosas que lo complicarían un montón y que los mortales comunes no podíamos imaginar, verbigracia: el ciberespacio. Ya entonces, Gibson —como todos los grandes del género— desbordaba el concepto común e injustamente restrictivo que se tiene de un escritor de ciencia ficción. Ni astronaves ni extraterrestres ni rayos de la muerte, Gibson (Conway, Estados Unidos, 1948) fue de los primeros en observar que los alienígenas somos nosotros y que nuestro mundo si bien (o mal) se mira es lo suficientemente extraño e impredecible para que no haga falta inventarse otro. Cuestión de enfocarlo con los ojos adecuados. En aquel remoto 1990, el autor estadounidense era el hombre que había escrito Neuromante, publicada en castellano el año antes por Minotauro, una novela extraordinaria, llena de intuiciones —como la omnipresencia y a la vez la continua obsolescencia de la tecnología informática— que devino inmediatamente obra de culto.
La siguiente vez que vi a William Gibson fue en 2002 y las cosas habían cambiado tanto que le habrían sorprendido incluso a Case, el hacker cibercowboyprotagonista de Neuromante: habían caído las Torres Gemelas. Gibson estaba entregado a un proceso muy curioso: a medida que el tiempo discurría, él no se alejaba hacia el futuro sino que se acercaba más y más al presente. Ahora, su última novela, la novena, Historia Cero (Plata/Urano), centrada en una trama de corte conspirativo no exenta de humor cuyo eje es ¡una misteriosa marca de ropa!, sucede en una contemporaneidad alucinada en la que nuestra propia realidad de iPhones, Mc Airs, Twitters, Caffès Nero, grafitis de Banksy, Pilates, drones o huesos artificiales de madera de ratán (¡que existen!) se describe —y se lee— como si fuera ciencia ficción. Con decirles que el fantástico “miniavión ekranoplano Orlyonok” del relato no solo es real sino que es una antigualla creada en 1972 y concebida en la URSS para misiones militares de asalto… En la novela incluso sale un catalán que parece un marciano. Símbolo de (sus) nuestros tiempos y homenaje si se piensa a Neuromante, esta tercera entrevista con William Gibson se realiza por Internet. O sea, una cita en el ciberespacio.
PREGUNTA. Vaya sorpresa reencontrarle escribiendo una historia alrededor de unos pantalones vaqueros. Claro que los Sabuesos de Gabriel, esa ambicionada marca secreta, son mucho más que eso ¿no?
RESPUESTA. La manera en que nos vestimos implica complejos códigos culturales, incluso aunque nos enorgullezcamos de no tener nada que ver con la moda. Mi novela trata la industria de la indumentaria como una industria de información.

La relación entre moda y ejército es real. Es una de las cosas más extrañas que no he tenido que inventar en mi novela"

P. En todo caso, es curioso verle metido en el mundo de las tendencias y de la psicología del consumo de marcas caras. ¿Qué le atrae del mundo de la moda? Es asombroso el ascendente que ha cobrado en la cultura del siglo XXI, ¿no cree?
R. Me interesan los subtextos, más que los mensajes que los diseñadores y fabricantes podrían querer transmitirnos.
P. Antes fue la tecnología informática la que centraba sus tramas de conspiraciones, ahora la moda. ¿Es imaginable que juegue ese papel? ¿Intereses militares detrás de la moda? Me ha encantado ver a miembros de las Fuerzas Especiales involucrados en un asunto de pantalones.
R. La relación entre moda y ejército descrita en la novela es real, aunque la he ensalzado y exagerado ligeramente. Es una de las cosas más extrañas que no he tenido que inventar. Lo descubrí cuando me pidieron que participara en los encuentros de creación de marca de una nueva línea de un importante fabricante de ropa deportiva. Al principio no pude creerlo, pero era cierto.
P. Muestra un mundo en el que el mercado es de una naturaleza cada vez más virtual. ¿Lo ve así?
R. Si es cierto que somos, como nos han dicho durante varias décadas, una sociedad posindustrial, entonces el marketing es el grueso de lo que hacemos.
P. Volvemos a encontrar a algunos personajes de Mundo espejo (Minotauro, 2004) y País de espías (Plata, 2010), como el dueño de la agencia de publicidad La Hormiga Azul, Hubertus Bigend, el ofuscado y rehabilitado Milgrim, el osado Gareth y la excantante de la banda de culto The Curfew reciclada en escritora e investigadora de moda Hollis Henry —“una versión armada de Françoise Hardy”(!)—. Sus personajes protagonistas favoritos son solitarios, perdedores, antihéroes: ¿los siente cercanos? Como lector he de confesarle que se les coge gran aprecio.
R. Mi relación con ellos es distinta, pero es gratificante trabajar junto a ellos durante tanto tiempo, en un arco narrativo extenso.
P. Al igual que con Neuromante, Conde Cero y Mona Lisa acelerada o las novelas que componen la serie Bridge nos encontramos ante una especie de trilogía. ¿Por qué se mueve en ese formato?
R. En realidad es por accidente. No lo planeé así, y me habría dado por satisfecho si la primera novela de cada serie hubiera sido unitaria. En realidad yo las considero todas como obras unitarias y espero que puedan leerse como tales. Pero las historias que se narran tienden a fusionarse con las del libro anterior.
P. Historia Cero, como sus últimas novelas, transcurre en el presente. ¿Ha abandonado la ciencia ficción más futurista definitivamente? ¿Qué opina del género?, ¿ya no sirve?

Nuestras ideologías son reacciones a nuestras tecnologías. Marx respondía a la realidad de la industrialización"

R. Los últimos tres libros representan un intento de utilizar la caja de herramientas de la ciencia ficción para analizar el presente. Después de todo, se trata de un presente con un fuerte componente de ciencia ficción. Así que creo que el género no solo es útil, sino que es más útil que en tiempos anteriores. También creo que nos hemos vuelto más sofisticados respecto de las funciones culturales de los futuros imaginarios.
P. De nuevo la trama tiene un componente de investigación y de novela negra. ¿Qué opina del florecimiento del género? ¿Es lector de esa clase de literatura? Bueno, de joven le encantaba Sherlock Holmes ¿no?
R. Entiendo que la novela detectivesca negra (que, claramente, fue en un principio un formato norteamericano) es donde se ubicó la modalidad del naturalismo literario en la modernidad. Los hermanos Goncourt querían utilizar la ficción como una herramienta de una investigación social radical. En Estados Unidos, eso mismo hicieron Hammett y Chandler. Es cierto que Doyle me gustaba mucho de niño, pero en su obra no hay ninguna investigación social radical; más bien una compleja celebración del statu quo.
P. Cada vez veo más parecido entre su escritura y la de Ballard. El sentimiento de enajenación de la realidad por las descripciones: lo cotidiano se vuelve extraño y extravagante simplemente por una cuestión de foco. ¿No era Ballard el que decía que la tierra es el verdadero planeta alienígena? Es la mirada, ¿verdad?
R. Ahora pienso menos en Ballard. Tal vez debido a que él era tan bueno en lo que hacía. Hoy en día me parece que habitamos su mundo sin darnos cuenta. La cultura de la “televisión de la realidad” (reality shows), por ejemplo, da la impresión de que existe porque él la imaginó en los setenta.
P. En su fascinante colección de ensayos Distrust that particular flavor (Putnam, 2012), que he leído con muchísimo interés, habla en un texto de su estancia en Barcelona a finales de los ochenta. Es como si se refiriera a otra vida. En el diario consultábamos enciclopedias de papel. Le recuerdo entonces con abundante cabello y un guión para Alien III bajo el brazo. ¿Qué recuerdos tiene de aquella época?
R. Visité Barcelona por primera vez en 1971, una época muy diferente. Fue fascinante regresar, para Art Futura, a la realidad pos-Franco, con esa potente sensación de posibilidad y cambio. Barcelona siempre me deja una impresión muy profunda.
P. ¿Le parece que las drogas han retrocedido en el escenario social en proporción inversa al ascenso de un progresivo sentido de la irrealidad fomentado por las nuevas tecnologías? Usted menciona unas cuantas en sus libros: de la dextroanfetamina brasileña al antagonista paradójico.


Gibson fue de los primeros en observar que los alienígenas somos nosotros.ampliar foto
Gibson fue de los primeros en observar que los alienígenas somos nosotros. MARK STEVENSON (GETTY / STOCKTREK)


R. Para mí la mejor manera de analizar las drogas es como medio de alterar lo que recibimos de lo que nos rodea. Se convierten en un problema cuando decidimos que constituyen información (o datos). La retórica de los sesenta suponía que, por ejemplo, el LSD era información. Pero hoy diría que eso equivale a creer literalmente que la camarera es más guapa después de la tercera cerveza.
P. ¿Y qué opina de la cirugía estética? Usted ya avanzó su expansión en forma de implantes.
R. En mis primeros relatos sugiero que la cirugía cosmética tendrá como resultado una uniformidad realzada, una relativa falta de variedad. Creo que hoy en día podemos verlo, hasta cierto punto. Los países interesantes para observar en ese sentido serán las economías emergentes. India y Brasil, por ejemplo.
P. Perdonará que le pregunte por el ciberespacio, el suyo de 1981 y el de ahora. ¿Cuál es su relación actual con las nuevas tecnologías? ¿Twitter? ¿Qué opina de Google y su papel en el conocimiento?
R. Cuando empezó era sin duda más fácil ver esas cosas objetivamente, desde fuera. Todavía no constituían nuestra cultura, como sí lo hacen hoy. Ahora me he convertido en una persona a la que le resulta difícil imaginar (o recordar) el mundo antes de Internet. Como nos pasa a la mayoría. Todavía nos cuesta aprehender la profundidad del cambio.
P. ¿Es el libro electrónico el verdadero Fahrenheit 451?
R. El e-book no es más que una nueva plataforma para el medio masivo más antiguo. Los editores (en el sentido tradicional) ya no gozan de un relativo monopolio sobre los medios de producción. Pero no estoy seguro de cuál será el futuro de esto.
P. La web: he leído que le gusta más la metáfora de pescar que la de surfear o discurrir por la autopista de la información.
R. Yo siento que soy un flâneur de Internet. El “arte de la deriva” de los situacionistas ha adoptado una realidad muy diferente, para nosotros.
P. En la protagonista de Historia Cero, que ha permanecido ajena al sistema por una década, me parece discernir una añoranza de sus tiempos underground.¿Continúa admirando a William S. Burroughs, a Ginsberg, la contracultura? ¿Qué opina de los antisistema?
R. Creo que nunca llegamos a conocer un sistema tan plenamente como cuando hemos estado fuera de él, en algún sentido. Pero el sistema fuera del sistema siempre es otro sistema. Sospecho que los bohemios ya no son posibles de la misma manera, puesto que ahora los utilizamos como herramientas de marketing, fuentes de curiosidad, apenas nos enteramos de su existencia.
P. Ha usado la hermosa frase de Gene Wolfe —¡ah, Severian el Torturador!— acerca de que un niño que pierde a sus padres es como un superviviente de Atlantis para definirse a sí mismo, huérfano de padre a los seis —murió atragantado, es curioso que hay una mención a la maniobra Heimlich en Historia Cero— y de madre en la adolescencia. ¿Es ese el trauma que hay en la raíz de su carrera de escritor?
R. En la raíz de mi experiencia de vida, sin duda, ¡pero espero que lo que soy no se reduzca a eso!
P. ¿Qué ha sido del ciberpunk? A usted nunca le gustó la etiqueta, que era una forma de meterles en el sistema.
R. Se convirtió en un sabor particular de la cultura popular, un ejemplo de una etiqueta periodística que termina devorando aquello que se inventó para describir. De todas maneras me parece que el impulso original ha sobrevivido a esa etiqueta carnívora. Hoy en día prosperan impulsos de escritura similares al ciberpunk.
P. ¿Persiste su interés por Japón? Estuve en Chiba y no pude dejar de musitar el inicio de Neuromante, una novela que venero: “El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”. De Casio a Muji parece haber pasado más tiempo que desde el shogunato.
P. Japón siempre me interesa, porque su historia del siglo anterior fue tan surrealista. No se puede tener esa historia y ser aburrido.
P. ¿Cuando mira hacia atrás se da cuenta de alguna manera de la trascendencia de lo que ha escrito? ¿Es consciente de esa propiedad oracular de sus novelas?
R. Dedico un tiempo exagerado a negar lo oracular en mi obra. Confundimos la capacidad de reconocer lo extraño del momento actual (el futuro que ha llegado) con una especie de videncia del futuro. Yo no soy un vidente, sino alguien que sabe mirar lo extraño de la existencia. Cuando leo historia, lo que me atrapa es lo extraño, no la familiaridad de una narrativa conocida. Aunque creo que la historia nunca es una narrativa: es una construcción especulativa, como la ciencia.
P. Esa obsesión por lo militar infiltrado conspirativamente en el tejido social, ¿de dónde le viene?
R. En la década posterior al 11-S estuvo presente más de lo habitual en Estados Unidos. Estos tres libros son un intento de registrar el zeitgeist de esa era.
P. El siglo XXI ha arrancado más extraño y variopinto que cualquier siglo XXI de ciencia ficción, ¿dónde deja eso al género?
R. Creo que el género es problemático, pero la ciencia ficción no. La ciencia ficción prospera, pero no necesariamente dentro del género.
P. ¿En qué manera los cambios tecnológicos condicionan la cultura?
R. Las tecnologías emergentes han sido los impulsos centrales del cambio cultural humano. Nuestras ideologías son reacciones a nuestras tecnologías. Marx respondía a las realidades sociales de las tecnologías de la industrialización. Marx estaba impulsado por la tecnología.
P. Usted nunca ha creído que el papel de la ciencia ficción sea imaginar el futuro, pero qué piensa que nos va a traer este a medio plazo: ¿teleportación?, ¿vida artificial?
R. Es menos imaginable que nunca.
P. ¿Viven los jóvenes, con su inmersión en lo digital, en un tiempo diferente de las generaciones adultas?
R. Sí, pero eso no tiene nada de nuevo. La radio y la televisión fueron algo muy importante a su manera.
P. Parece que lo de los teléfonos móviles se les ha escapado a todos los escritores de ciencia ficción: ¿tan difíciles eran de imaginar?
R. Dick Tracy tenía radios de muñeca en los años treinta. Sospecho que los teléfonos portátiles nunca han sido una herramienta de la ficción futurista porque les habrían dado demasiado trabajo a los escritores, puesto que interfieren con demasiados elementos de la estructura narrativa tradicional.
P. La ciencia ficción fue su primera cultura literaria. ¿Lee aún ciencia ficción? Recomiéndenos algo. ¿Se puede hacer SF en la actualidad o queda obsoleta enseguida? ¿Qué opiniones tiene de la ciencia ficción clásica, Asimov, Clarke, Bradbury, Ursula K. Leguin, Philip K. Dick. Me ha encantado leer que La máquina del tiempo —con su versión cinematográfica— y Wells en general significan tanto para usted. Y Orwell.
R. Cualquier cosa de Charles Stross. Zoo City, del joven novelista sudafricano Lauren Beukes. Angelmaker de Nick Harkaway. La obsolescencia de cada futuro imaginado es uno de mis mayores placeres cuando leo ciencia ficción. Me deleitaba cuando yo era un niño y leía la ciencia ficción de los cuarenta.
P. ¿Qué me dice del cine? ¿Qué hay de nuevo que le haya gustado?
R. Disfruté mucho de Origen; de Splice de Vincenzo Natali, y de las dos películas de Duncan Jones, Moon y Código Fuente.
P. ¿Qué opina de la crisis financiera global? ¿No le parece un escenario de ciencia ficción, con un país, Grecia, hundido por algo tan abstracto como un porcentaje de déficit?
R. Podría decirse que es la primera crisis posmoderna, ya que los instrumentos financieros parecen brutalmente posmodernos en sus raíces evidentes. ¡El pensamiento de quienes los crearon se asemeja más que ninguna otra cosa a la teoría literaria posestructuralista!  


'THRILLER' TECNOLÓGICO EN TORNO A UNOS 'JEANS'


J. A.
Historia Cero
William Gibson
Traducción de Rafael Marín Trechera Ediciones Plata / Urano. Barcelona, 2012
480 páginas. 21 euros (electrónico: 10,99)
Casi tres décadas después de Neuromante, que transcurría en 2030, Historia Cero, la última novela de William Gibson, nos devuelve al presente. Transcurre en el Londres y París de ahora mismo y recicla un buen número de personajes de sus dos novelas anteriores, Mundo espejo, que abordaba el 11-S y mostraba ¡la excavación de un Stuka!, y País de espías, lo que puede resultar algo enervante para los que no las hayan leído. Historia Cero se centra en la investigación encargada por el manipulador Bigend, director de una agencia de “publicidad global”, para descubrir al diseñador de una secretísima marca de ropa vaquera de culto, denominada Sabuesos de Gabriel. La firma fabrica, entre otras prendas, y ese es el Macguffin, los jeans perfectos (esos que todos querríamos tener). La cosa se complica porque la pesquisa revela turbias conexiones entre el mundo de la moda, el lobby militar y los contratistas y traficantes de armas, vía el diseño de ropa de combate guay (!). Por si no lo sabían, los colores militares fashion son el verde alfa y el marrón coyote, y que te guste la ropa militar se llama “fetichismo de equipamiento”. Gibson nos mete en una aventura llena de acción, paranoia, tecnología, espionaje industrial, códigos, marcas y realidad fluctuante, en la que los grandes protagonistas (las historias de los cuales van alternándose) son la exídolo rockera Hollis Henry y el traductor de ruso en proceso de desintoxicación de drogas Milgrim. A ellos se va agregando una galería de tipos inenarrables, nuevos y de las novelas anteriores, que incluye a la contundente exbatería del grupo de Hollis, el novio de la cantante especialista en performances suicidas, un peligroso excomandante de las Fuerzas Especiales, una agente del Departamento de Defensa de Estados Unidos obsesa de los tuits, el ladrón de coches catalán Pep y hasta un gurka, Charlie (y un pingüino volador, en serio). La novela es de lectura compleja y me atrevo a decir que puede resultar desconcertante para los que no conozcan el mundo de Gibson. A diferencia de las dos anteriores me ha parecido sin embargo más ligera, menos trascendente, con algo de divertimento y muchos guiños (un ascensor steampunk). Por supuesto en ella uno puede disfrutar de la inconfundible y estimulante prosa de Gibson.


https://elpais.com/cultura/2012/03/21/actualidad/1332343728_403857.html
21 de junio de 20
Quién desee entender la transformación que la cultura digital e internet produjeron en la sociedad postindustrial, más que recurrir a algún tratado actual de sociología cultural, encontrará la descripción más precisa del presente en la serie de novelas que William Gibson (Conway, Carolina del Sur, 1948) comenzó a publicar desde las últimas décadas del siglo XX. Después del nuevo horizonte artístico que autores como Philip K. Dick y J. G. Ballard imprimieron a la ciencia ficción, Gibson es quién anticipó con mayor lucidez los cambios tecnológicos que darían nueva forma a la vida humana, tanto en el modo de producción y circulación de la información, como en el diseño de nuevas identidades y la complejización de una matriz económica y de control social, en esa "alucinación colectiva", según sus palabras, que llamamos realidad virtual.

Neuromante

(1984)

Una de las razones por las que Gibson parece hablar del presente tecnológico mejor que cualquier otro es que sus relatos no solo acertaron en su imaginación prospectiva, sino que influyeron en la propia conceptualización del mundo informático desde antes de que las redes alcanzaran escala global. Tal es el caso del concepto mismo de "ciberespacio", acuñado por el autor estadounidense en "Quemando cromo", un cuento breve de 1982, pero que alcanzaría su sentido más profundo en su primera novela,Neuromante. Ganadora de los mayores premios del género, el Philip K. Dick, el Nébula y el Hugo, la novela cuenta los afanes de Case, un ciber-vaquero –lo que hoy se definiría como un hacker—, a quien se le ha extirpado, por dedicarse al espionaje empresarial, el enlace neuronal que permite entrar al ciberespacio. Mientras sobrevive en la corrupta ciudad japonesa de Chiba City, es contratado por un oscuro personaje, Armitage, quien financia su asistencia médica para poder contar con sus habilidades en una misión secreta. Más allá de su estructura, y algo del estilo chandleriano, del policial negro, la potencia de Neuromante está en el mundo que diseña, desde las descomunales "ciudades corredor" que ocupan buena parte de los territorios nacionales, como el "ensanche" lumpen que va desde Boston hasta Atlanta, hasta las estaciones espaciales en las que los clanes familiares económicos administran sus fortunas en un ciclo temporal ilimitado, garantizado por las clonaciones que les dan cuerpos perdurables.

Conde Cero

(1986)
Del cruce que inauguró Neuromante entre ciencia ficción, novela de aventuras y policial negro, tecnología sofisticada y clases bajas y lumpenizadas, mafias, conspiraciones políticas y económicas, hackers, ciborgs y clones, surgiría a su vez todo un subgénero, elciberpunk. En esa nueva veta estética de la ciencia ficción, Gibson escribe su "trilogía del Sprawl" o el "Ensanche" como denomina a las grandes y continuas masas urbanas que rodean a las ciudades del futuro. Además de Neuromante, la trilogía incluye Conde Cero y Mona Lisa acelerada (1988), que comparten escenarios, temas y personajes. Conde cero es el seudónimo de Boby Newmark, un joven hacker amateur que casi muere al probar un software de hackeo de dudosa fuente. El episodio lo conducirá paulatinamente a involucrarse en la red de violencia y espionaje de las corporaciones multinacionales Maas Biolabs y Hosaka, que compiten por controlar un nuevo y poderoso biochip. El mundo del ciberpunk alcanza aquí una escala aún más asombrosa, en la que la inteligencia artificial toma la forma de deidades originadas en la red. Uno de los más fuertes antecedentes narrativos de la serie de films Matrix, de los hermanos Wachowski la "matriz" misma es otro concepto acuñado por Gibson—.

La máquina diferencial

(1990)
Además de ser uno de los principales autores del cyberpunk, Gibson también se acercó a su contracara retrofuturista y paródica: el steampunk. Se trata de una forma particular de la ucronía centrada en la cultura de la máquina de vapor de la decimonónica época victoriana. Las hipótesis del steampunk llevan al extremo la ingeniería del vapor hacia una desarrollo teconológico similar al de la informática del siglo XX, para ensayar qué versiones alternativas de la historia podrían haber surgido de esa ciencia contrafáctica. En La máquina diferencial, que Gibson escribió junto con Bruce Sterling, un Lord Byron sobreviviente de la guerra de independencia griega se convierte en el líder del Partido Industrial Radical, a la cabeza del imperio Británico. El matemático Charles Babbage logra construir la calculadora de funciones polinómicas que fue su proyecto fallido en la realidad. La máquina diferencial se convierte en la punta de lanza de una sofisticada tecnología militar de vapor que contribuye a que el Imperio Británico sostenga su poderío mundial, frustrando la unificación de los Estados Unidos, que se divide en pequeñas república como la de Texas, California, la comuna socialista de Manhattan o la "América rusa", que mantiene el dominio zarista sobre Alaska.

Idoru

(1996)
Durante los noventa, Gibson cambia su acercamiento a la ciencia ficción para apostar por un futuro más cercano, situado en el comienzo del siglo XXI. En ese tiempo se centra la Trilogía del puente, que comienza con la regular Luz virtual (1993) y que mejora con Idoru Todas las fiestas de mañana (1999), titulo tomado de una célebre canción de The Velvet Underground. Situadas en la costa oeste de los Estados Unidos y en Japón, ambas regiones asoladas por terremotos y reconstruidas a partir de nanotecnología, las novelas apuestan por un enfoque sociológico más fino en la concepción de un mundo en el que las corporaciones buscan el control del flujo de información en las redes, para lograr un completo dominio de las vidas de los ciudadanos, convertidos en puros consumidores. El protagonista de Idoru es Colin Laney, un hacker con una asombrosa capacidad para detectar nodos de importancia en grandes flujos de información. Laney es contratado por los agentes artísticos de Rez, la megaestrella de un grupo musical de rock que planea casarse con Rei Toei, una idoru, idolo prefabricado del pop japonés, pero que, en este caso, no es una persona real sino una "personalidad sintética".

Mundo espejo

(2003)
Casi como si le fuera imperioso explicar hasta que punto su visión del futuro es una mirada lúcida sobre el presente, Gibson abandonó momentáneamente la ciencia ficción para escribir Mundo espejo ( Pattern recognition). Cayce Pollard, una joven consultora de mercado es contratada para seguir el rastro de unos breves films anónimos que se han vuelto virales en la red. La novela se convierte así en un minucioso análisis del modo en el que fenómenos como la moda generan los sentidos sociales a partir de la búsqueda de patrones y la creación de subtextos que definen las opciones de personalidad posibles, esa colección de gestos y consumos que configuran nuestras identidades, allí donde creemos que existe el individuo singular. La lectura de Gibson de los prisiones informáticas y tecnológicas que el hombre ha creado para sí no se detiene, y vuelve a proyectar su prosa lírica hacia un futuro mucho más lejano en su última novela, The Peripheral (2014), cuya traducción al español aún se demora.
No maps for these territories, el documental de Mark Neale, realizado en 2000, acompaña a William Gibson en un viaje por los Estados Unidos en el que desarrolla sus ideas sobre el cambio tecnológico.
https://www.lanacion.com.ar/1911104-5-libros-para-conocer-a-william-gibson


EL MENSAJE DE CARMEN HERMOSILLO ("HUMDOG") ES AÚN MÁS RELEVANTE HOY EN DÍA, DE HECHO, 23 AÑOS DESPUÉS, ES DIFÍCIL ENCONTRAR ALGO MÁS ATINADO
En 1994 el Internet estaba empezando a convertirse en un medio masivo de comunicación. La mayoría de las personas pensaban que iba a generar una nueva cultura, más libre, mejor informada y una economía y un poder más descentralizado. Esto es lo que hacen las redes, se decía, distribuyen la información, el capital y el poder. Se sentía el entusiasmo utópico en el aire, ciertamente conectado con una sensación similar en los 60, donde la contracultura se imaginaba que iba a cambiar al mundo y que se acercaba una revolución a través del individualismo y la autoexpresión. Y, de hecho, muchas de las ideas de los hippies fueron centrales para lanzar la nueva era electrónica -y algunos de sus principales actores, como Tim Leary-, defendían el Internet como la nueva gran expansión de la conciencia.
Dentro de esta burbuja de entusiasmo era muy difícil notar que, en realidad, Internet no era una utopía, sino una materialización más sutil de la distopia imaginada por Aldous Huxley, Philip K. Dick o por William Gibson (es importante notar que el ciberespacio en la obra de Gibson era una distopia, aunque luego fuera rebrandeado como una utopía). Marshall McLuhan notó que los nuevos medios son extensiones de nuestros sentidos y de nuestro sistema nervioso y que, cuando se efectúa un cambio intenso o novedoso, el ser humano y la sociedad misma generan paralelamente un proceso de anestesia o represión en el área que se ve afectada. Llamó a esto "autohipnosis narcótica narcisista, un síndrome con el que el ser humano permanece inconsciente de los efectos psíquicos y sociales de una nueva tecnología como un pez del agua en la que nada". De una manera mucho más burda podemos decir que nos vemos deslumbrados por lo que hace una nueva tecnología, como un nuevo juguete mágico y no nos damos cuenta de lo que nos hace dejar de hacer o de sus efectos colaterales. Más veloz que la capacidad de reflexión es la capacidad de adoptar un nuevo hábito o una nueva prótesis.
Quizás con mayor claridad y previsión que nadie, una mujer llamada Carmen Hermosillo, que utilizaba el seudónimo de humdog (entre otros), notó lo que iba a pasar con las redes sociales, entendiendo de una manera asombrosa la esencia de lo que serían las redes sociales como Facebook mucho antes de que naciera incluso el concepto de social media. Hay que decir que en ese entonces algunos de los más brillantes e importantes críticos de Internet de la actualidad, como Douglas Rushkoff, Jaron Lanier o Andrew Keen, no tenían idea de lo que sucedería y se encontraban navegando la cresta de la ola de la euforia, ola que navegarían también los mercados hacia la famosa ruptura de la burbuja del dotcom, ruptura que, por otro lado, no impidió que el capitalismo digital se consolidará cada vez más (en realidad sólo fue eliminando la diversidad de las compañías para dejar el oligopolio de los gigantes actuales). Es posible que Carmen Hermosillo haya sido la primera voz crítica de Internet, el primer gran heraldo de la distopia con conocimiento de causa. Humdog, quien era miembro activa de lo que entonces se llamaban "comunidades electrónicas", que se parecían más a foros o tablones de boletines que proveían servicios de mensajes, escribió un memorable ensayo en 1994 llamado "Pandora’s Vox: On Community in Cyberspace". Increíblemente, este ensayo no es muy conocido y, aparentemente, no está traducido al español (hemos traducido algunos fragmentos relevantes aquí). A diferencia del pez en el agua que no puede notar y menos cuestionar la naturaleza del mar por estar tan inmiscuido en él, Carmen, aunque estaba completamente involucrada en las dinámicas del ciberespacio -e incluso llegaría a desarrollar una obsesión con comunidades virtuales dentro de Second Life que algunos consideran la llevó a la muerte, a un "suicidio pasivo"-, pudo ver más allá de la euforia y el encandilamiento colectivo. McLuhan escribió que sólo los artistas son capaces de entender lo que ocurre en el presente, y ver que éste contiene ya, en germen, el futuro: un nuevo mundo. Los demás, por el contrario, somos víctimas de lo que llamó una "visión de retrovisor" y sólo podemos reflexionar sobre las cosas una vez que ya pasaron y son consensuadas. Carmen tenía algo de esto, era poeta y estaba igualmente empapada de la filosofía de Jean Baudrillard, la cual le dio las herramientas para expresar lo que observaba que sucedía en las entrañas fantasmagóricas de la máquina. Lamentablemente no le dio las herramientas necesarias para escapar de los peligros del simulacro y la enajenación de la vida virtual, pero al menos logró alertar sobre sus peligros. Carmen, como el brillante hacktivista Aaron Swartz, es uno de los mártires de la Web, brillantes testigos/víctimas de este nuevo poder no-humano.
Carmen Hermosillo preclaramente entendió que los usuarios de Internet se convertirían en productos, que su información, sus opiniones y emociones serían mercantilizadas (commodified) por las grandes compañías dueñas del capital, de las cuales serían no sólo productos, sino también obreros, generando mercancía con su tiempo en línea. Supo tempranamente que todo lo que hiciéramos en línea sería indeleble y nos podría perseguir. Que al recibir un servicio aparentemente gratuito con el que podían hacer uso de la libertad de expresión -como nunca antes-  los usuarios estarían entregando otras libertades, como la privacidad, y así fortaleciendo todo un sistema de vigilancia y creando una nueva forma de capitalismo cuyo modelo era la sociedad del espectáculo o del entretenimiento. Hoy en día a esto le llamamos la economía de la atención, donde cada momento de atención es capitalizado, y para captar cada vez más atención (la gasolina de la nueva economía) se diseñan plataformas cada vez más atractivas, llenas de trucos para distraer a las personas y capturar la moneda de su atención. Carmen había visto surgir ya en 1994 la economía del valor simbólico, donde la comunicación en línea en sí misma se convertía en "un mercado para el consumo de valor simbólico". El valor simbólico denota el valor de un objeto medido no en su valor material per se sino en el prestigio o estatus social que confiere. Ya entrevía lo que serian los likes, los influencers, y el narcisismo de redes sociales como Instagram. Carmen incluso predijo que las redes sociales no fomentarían la inclusión, la diversidad de ideas, ni el debate entre públicos diversos -exactamente lo que hoy llamamos la "cámara de ecos" y la "burbuja de los filtros". Su ensayo sutilmente implica que al aceptar el simulacro de la libertad  -bajo la guisa  de la libertad de expresión, de la vox populi en su expresión más voraz- estaríamos abriendo una caja de Pandora. Realmente vale la pena leer las palabras de humdog, este visionario sabueso del rumor de fondo del castillo digital.
Vox de Pandora: sobre las comunidades en el ciberespacio (fragmentos)
Sospecho que el ciberespacio existe porque es la manifestación más pura de la masa, como la describe Jean Baudrillard. Es un agujero negro: absorbe energía y personalidad y luego la re-presenta como espectáculo...
Está de moda sugerir que el ciberespacio es una especie de isla paradisiaca donde las personas son libres para indulgir en y expresar su individualidad. Algunos escriben del ciberespacio como si fuera una utopía de los 60. En realidad eso no es verdad. Los grandes servicios en línea, como Compuserv y American Online, regulan, guían y censuran el discurso. Incluso algunos foros supuestamente radicalmente libres (aunque políticamente correctos) como The WELL censuran el discurso. La diferencia tiene que ver sólo en el grado y en el método con el que lo hacen. Lo que me interesa sobre esto es que, para las masas el debate sobre la libertad de expresión existe sólo en términos de sí puedes decir fuck o ver fotos sexualmente explícitas. Tengo una visión más anticuada que me lleva a pensar que discutir la habilidad de escribir fucko preocuparse sobre la libertad de ver fotos de actos sexuales constituye el menor de nuestros problemas en torno a la libertad de expresión.
He visto a muchas personas ventilar hasta sus entrañas en línea, y yo también lo lo hacía hasta que me di cuenta que me había mercantilizado (commodified) a mí misma. La mercantilización significa que conviertes algo en un producto que tiene un valor monetario. En el siglo XIX, las mercancías eran hechas en las fábricas, que Marx llama "los medios de producción". Los capitalistas eran personas que poseían los medios de producción y las mercancías eran hechas por los obreros que eran mayormente explotados. Yo cree mis pensamientos internos como un medio de producción para la corporación a la que le pertenece el foro en el que postee, y la mercancía estaba siendo vendida a los otras entidades o consumidores/mercancía en la forma de entrenimiento. Eso significa que vendí mi alma como una zapatilla deportiva y no obtuve ninguna ganancia por vender mi alma.
Por si eso fuera poco, todas mis palabras están haciéndose inmortales por medio de respaldos. Asimismo, estaba pagando dos dólares por hora por el privilegio de mercantilizar y exponerme a mí misma. Peor aún, me estaba sometiendo al escrutinio de personajes tan amigables como el FBI. Pueden y han descargado casi cualquier cosa que desean. La retórica del ciberespacio es un discurso de liberación. La realidad es que el ciberespacio es una herramienta cada vez más eficiente de vigilancia con la cual las personas tienen una relación voluntaria.
Defensores de estas llamadas ciber-comunidades rara vez enfatizan la naturaleza económica, orientada al negocio, de la comunidad: muchas ciber-comunidades son negocios que dependen de la mercantilización de la interacción humana. El marketing de sus negocios apela a la misma identificación histérica y al fetichismo que las corporaciones que nos trajeron la zapatilla deportiva de 200 dólares. Los proponentes de las ciber-comunidades no suelen mencionar que estos sistemas de conferencia rara vez son cultural o étnicamente diversos, aunque no tardan en abrazar la idea de diversidad cultural o étnica.
La ideología de las comunidades electrónicas tiene tres elementos esenciales. Primero, la idea de lo social, segundo, la eco-conciencia y tercero la suposición que la tecnología iguala al progreso en un sentido decimonónico. Todas estas ideas se resquebrajan bajo el análisis como formas de banalidad.
Como Baudrillard dijo, la socialización se mide en relación a la cantidad de exposición a la información, específicamente exposición a los medios. Lo social en sí mismo es un dinosaurio: las personas se están retrayendo en actividades que son más sobre el consumo que sobre otra cosa. Incluso el maligno Newt [¿Gingrich?] lo dice (Yo vi su clase). Las llamadas comunidades electrónicas fomentan la participación en microgrupos fragmentados, más o menos silenciosos que, sobre todo, se envuelven en diálogos de auto-congratulación. En otras palabras, la mayoría de las personas merodea y los que postean, lo hacen para satisfacerse a sí mismos.
Estéticamente, la comunidad electrónica, del tipo que es ensalzada en la gentil prensa new-age, contiene elementos de la resistencia modernista a la profundidad y la atracción a la superficie, combinados con la estética posmoderna del fragmento. La comunidad electrónica deja un registro permanente abierto al escrutinio y a la vez mantiene la ilusión de lo transitorio. Al hacer esto se satisfacen las necesidades del psico-arqueólogo orwelliano...
Muchas veces, en el ciberespacio, sentí la necesidad de decir que era humano. Una vez, se me dijo que existía primordialmente como una voz en la cabeza de alguien. Muchas veces, necesité ver la letra manuscrita en papel o una foto o una conversación por teléfono para confirmar la humanidad de la voz. Pero así soy yo. Me resisto a ser metida en una caja, en un inventario, y creo que tomo a William Gibson en serio cuando habla de la inteligencia de las máquinas y los constructos. Sospecho que mis palabras han sido minadas y cuando este ensayo aparezca, serán minadas un poco más. Cuando dejé el ciberespacio, me fui temprano una mañana y olvidé sacar la basura. Dos amigos me llamaron por teléfono después y dijeron, hummie, tu directorio sigue allí. Y yo dije "Oh". Y ellos sabían y yo sabía que era posible que otras personas se estaban entreteniendo con los contenidos de mis directorios. La diversión nunca termina, como dice Peter Gabriel. Tal vez alguna vez volveré a despotricar, si algo interesante surge. Mientras, denle mi amor al FBI.

Twitter del autor: @alepholo

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