Medio siglo después, Francia aún debate qué dejó la revuelta estudiantil.


Domingo, 29 Abril 2018

El paso de los años no solo hacen más viejas a las personas, también sirven para idealizar o desmitificar acontecimientos que marcaron una época. Por estos días se cumplen 50 años de la revuelta estudiantil que el mundo conoce como el Mayo del 68.
Se trató de una serie de acontecimientos que durante semanas pusieron patas arriba a toda Francia e hicieron tambalear al gobierno de Charles De Gaulle, en un año que ya venía marcado por el creciente descontento en Estados Unidos con la guerra en Vietnam, la ventana que algunos creían que se abría con la "primavera de Praga", y el asesinato del líder negro Martin Luther King; y que seguiría con otros hechos grabados a fuego: el asesinato de Robert Kennedy, la invasión soviética a Checoslovaquia que aplastó al "comunismo con rostro humano", y la llegada de Richard Nixon a la Casa Blanca, solo por mencionar algunos mojones.
¿Cuál es el legado del Mayo del 68 pasado medio siglo? Las opiniones varían.
Entre las voces más autorizadas de la época, Eric J. Hobsbawn, en su obra Historia del siglo XX, señala que Mayo del 68 "distó mucho de ser una revolución, pero fue mucho más que el psicodrama o el teatro callejero desdeñado por observadores poco afectos como Raymond Aron. Al fin y al cabo —dice Hobsbawm—, 1968 marcó el fin de la época del general De Gaulle en Francia, de la época de los presidentes demócratas en los Estados Unidos, de las esperanzas de los comunistas liberales en el comunismo centroeuropeo y (mediante los silenciosos efectos posteriores de la matanza estudiantil de Tlatelolco) el principio de una nueva época de la política mexicana".
Sin embargo, según un estudio de la socióloga Julie Pagis, la abrumadora mayoría de los protagonismos que marcaron el Mayo del 68 se mantienen fieles a sus ideas. "Cuando investigamos a las personas anónimas que participaron en el movimiento, nos damos cuenta de que la idea de que la generación de Mayo del 68 dio la espalda a la causa es completamente falta", dice Pagis, analista del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia.
Entre las 170 familias que examinó Pagis para un libro sobre el tema, "solo una persona" viró hacia la derecha. "Hay una gran fidelidad a la izquierda o a la extrema izquierda", afirma. "Aun quieren, por diferentes medios, cambiar el mundo".
El historiador Pascal Ory afirma que el espíritu de Mayo del 68 se ve hoy reflejado en nuevos combates "influenciados por perspectivas libertarias" como el feminismo, el ecologismo o el antirracismo. "En los diez años que siguieron se pasó de una izquierda generalista a izquierdas especializadas: feminista, homosexual, ecologista, regionalista, anticomunista, etc.", explicó Ory al semanario LExpress.
Para Olivier Fillieule, profesor de la universidad suiza de Lausana, la mayoría de los miembros de la generación de Mayo del 68 pagaron un precio por su activismo político, en términos de rechazo social o disminución de las perspectivas de empleo. "El estereotipo del estudiante del 68 que dio la espalda a sus ideas no tiene ningún fundamento" y es a menudo defendido por personas que buscan "culpar de todos los males de nuestra sociedad desde hace 50 años a un supuesto pensamiento del 68", agrega.
Entre los que piensan así están los que culpan al Mayo del 68 de todos los males de la sociedad francesa. Como el caso del expresidente Nicolás Sarkozy (2007-2012), que llamó a "liquidar" los legados de aquella época y acusó a sus líderes de "dar lecciones que no siguen ni ellos mismos". Una izquierda, dice, que ha olvidado a los trabajadores "porque rechaza el valor del trabajo". En 2007, Sarkozy acusó al Mayo del 68 de haber "liquidado la escuela del mérito y del respeto" y "sentado las bases del capitalismo sin escrúpulos ni ética".
El filósofo francés Luc Ferry le da parte de razón y afirma que el Mayo del 68 preparó el terreno al capitalismo. "El movimiento no estaba en contra de la sociedad de consumo", dice Ferry, citando algunos de los eslóganes de la época: "Disfrutar sin obstáculo", "Bajo los adoquines, la playa", por ejemplo. "Había que destruir los valores tradicionales para que el capitalismo globalizado floreciera", señala.
"Lo que ha sucedido en muchas de nuestras sociedades desde entonces se produjo en contra de Mayo del 68", estima Henri Weber, protagonismo de esa época y exlíder de la Liga comunista, que se convirtió en senador y diputado socialista. "El individualismo democrático de izquierda, que de ninguna manera se oponía a lo colectivo, se volvió conservador-liberal después del colapso de la utopía comunista", dice. Y concluye: el fracaso de Mayo del 68 es que hoy "ya no hay utopías". CON INFORMACIÓN DE AFP

LOS HECHOS QUE MARCARON EL AÑO 1968.

Checoslovaquia - Primavera de Pragan

El l 5 de enero es electo Alexander Dubcek a la cabeza del Partido Comunista checo. Dubcek proponía un "socialismo con rostro humano", sin censura y sin presos políticos, con la esperanza de sacar a su país de la profunda crisis en que había caído como consecuencia de las rigideces de los planes quinquenales dictados por una economía centralizada comunista.

La guerra en Vietnam - Matanza de My Lain

Fue el 16 de marzo. Soldados de Estados Unidos matan a 504 personas en la aldea de My Lai, la mayoría de las víctimas eran mujeres y niños.

Asesinato racista - Martin Luther Kingn

El 4 de abril es asesinado el líder negro Martin Luther King en un hotel en Memphis, Tennessee. Medio siglo después, Estados Unidos sigue sin superar los debates sobre racismo, ahora reavivados por la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. "No soy racista", tuvo que afirmar el presidente, coincidiendo con el aniversario del nacimiento de King, el 15 de enero.

Estudiantes a la calle - El Mayo Francésn

Fue una sucesión de protestas entre mayo y junio que pusieron en apuros al gobierno de Charles de Gaulle, que tuvo que adelantar las elecciones.

Asesinato político - Robert Kennedy

El 5 de junio, el senador Robert F. Kennedy, entonces candidato demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, es baleado en el Hotel Ambassador de Los Ángeles cuando se retiraba de un acto político. El gatillo lo apretó un joven de ascendencia palestina. Robert, hermano del también asesinado John F. Kennedy en 1963, murió al otro día, el 6 de junio. Tenía 42 años.

Uruguay violento - Pacheco, MLN, Arcen

El 13 de junio, el presidente Jorge Pacheco Areco implantó las medidas prontas de seguridad. El MLN estaba activo y Uruguay vivía tiempos violentos. El 12 de agosto, fue herido de un disparo en las inmediaciones de la Facultad de Veterinaria el estudiante Líber Arce, en el marco de una protesta contra las medidas aplicadas por Pacheco. Arce fallece el 14 de agosto.

Invasión soviética - Fin de la Primavera de Praga

La noche del 20 al 21 de agosto unos 200.000 soldados y más de 2.000 tanques de los ejércitos invadieron Checoslovaquia. Fin de la Primavera de Praga.

2001 - Odisea del espacio

La película 2001, Odisea del Espacio, del director Stanley Kubrick, se estrenó en abril y fue el acontecimiento cinematográfico del año. Hoy es una película de culto del género de ciencia ficción. Fue producida por la Metro-Goldwyn-Mayer. El guión fue escrito por Kubrick y el novelista Arthur C. Clarke, basándose en un cuento de este último titulado El centinela, escrito en 1948.

México - Matanza de Tlatelolco

El 2 de octubre en la Plaza de Tlatelolco o de las Tres Culturas se congregaron casi 50.000 estudiantes. Entre 250 y 300 murieron en los choques con la policía.

Richard Nixon - Elecciones en EE.UU.

Hasta ahora es el único presidente de Estados Unidos que se vio obligado a dimitir. Richard Nixon, derrotado en las elecciones de 1960 por J.F.K, tuvo su día de gloria el 5 de noviembre de 1968, y volvería a repetir la victoria cuatro años después cuando fue reelecto. Pero sus días en la Casa Blanca estaban contados, y el caso Watergate terminó con su presidencia en 1974.
PERFIL

"Dany el Rojo", la voz de los estudiantes

Daniel Cohn-Bendit fue el líder más representativo de la revuelta estudiantil del Mayo del 68. Nacido en Francia en 1945 de padres alemanes que habían escapado del régimen nazi, "Dany el Rojo" es hoy un eurodiputado que abrazó la causa ecologista. Hace 50 años era un joven anarquista, con actitudes irreverentes que lo hicieron famoso entre sus compañeros de universidad.

Su salto a la fama lo dio el 8 de enero de 1968, en la primera protesta en la Universidad de Nanterre. Ese día desafío al ministro de la Juventud y Deporte, François Missoffe, en oportunidad de la inauguración de una piscina olímpica en la universidad. Dany le recriminó que un informe oficial no hiciera ninguna mención a la sexualidad.

"Con la pinta que usted tiene, seguramente sabe mucho del tema. ¿Por qué no se tira a la pileta y así se saca la calentura?", le dijo el ministro Missoffe.

"Monsieur le ministre, ahora ya tenemos una respuesta, una respuesta digna del ministro de la Juventud de Hitler", le respondió Cohn-Bendit, recuerda el periodista argentino Gustavo Sierra en su libro El 68. El año que marcó a fuego a la Argentina y el mundo.

Cohn-Bendit no solo era uno de los líderes de la revuelta, su imagen se hizo famosa en los diarios y su nombre conocido en todo el mundo.

El gobierno se lo tomó muy en serio, y aprovechando un viaje suyo a Alemania en medio de la revuelta de mayo, le prohibió la entrada a Francia cuando regresaba. Igual entró con el pelo teñido y apareció en la Sorbona donde fue aclamado por los estudiantes, que ocupaban la universidad. "¡Todos somos judíos alemanes!", gritaban en su honor.

El gobierno de De Gaulle lo trató de "anarquista alemán", y algunos funcionarios lo llamaron "judío colorado", y los medios de extrema derecha pedían que lo deportaran a Alemania.

Tampoco contaba con la simpatía del Partido Comunista francés o de la central sindical CGT, que no apoyaron su regreso.

La revuelta terminó sin él en Francia, que había escapado a Alemania para evitar la cárcel poco antes de que la Universidad de Nanterre fuera desalojada por la policía a mediados de junio.

En el año 1975, publicó El gran bazar, y en 1986 La revolución, y nosotros que la quisimos tanto, donde hace una mirada de esa época.
https://www.elpais.com.uy/mundo/mayo-legado-vigente-culpa-todos-males.html
Publicado el 06/05/2018


Manifestaciones. Ésta es una de las fotos más emblemáticas de las manifestaciones estudiantiles de Mayo del 68. | ARCHIVO












Charles De Gaulle, Felipe Sahagún
”No conozco otro episodio de la historia de Francia que me haya dejado el mismo sentimiento de irracionalidad”, escribió Raymond Aron. “Lo importante es que se haya producido cuando todo el mundo lo creía impensable y, si ocurrió una vez, puede volver a ocurrir”, dijo Jean-Paul Sartre.
Como la Revolución Francesa y las conquistas napoleónicas dos siglos antes, las revueltas estudiantiles y las huelgas masivas que sacudieron Francia en mayo del 68, a las que se refieren desde atalayas tan alejadas los dos pensadores, fracasaron finalmente en los campos de batalla, pero sus efectos cambiaron la vida de generaciones.
En la crisis, huelga, protesta, contestación, efervescencia, revuelta o revolución conocida vulgarmente como el Mayo francés coincidieron actores tan dispares como los universitarios desencantados por un horizonte sin futuro laboral, los trabajadores descontentos por su marginación del boom económico de los sesenta, millones de jóvenes movilizados contra la guerra de Vietnam y pueblos de los cinco continentes deseosos de libertad. El polvorín social y económico en el que prende la chispa es la sociedad opulenta denunciada por Kenneth Galbraith en 1958 y su hija pródiga, la cultura hippy.
El polvorín político fue una guerra ilegal e injusta como la de Vietnam, un Tercer Mundo recién nacido a la independencia y ahogado en la miseria, un sistema internacional partido en dos bloques enfrentados y basado en la amenaza del suicidio nuclear, y sociedades civiles embrionarias sin voz ni parte en las principales decisiones de sus gobernantes.
El polvorín ideológico fue la amalgama de las corrientes antiimperialistas, anticapitalistas, neomarxistas, troskistas, castristas, maoístas, estructuralistas y freudianas que desembocan en “El hombre unidimensional” de Herbert Marcuse (1964) y en la Teoría Crítica de Theodor Adorno. Aunque, como señaló el politólogo Fernando Vallespín en “Foreign Policy” (edición española) en otro aniversario, la mayor parte de los protagonistas del Mayo francés seguramente nunca habían leído a Galbraith, Marcuse o Adorno, eran un arsenal maduro para que prendiera la chispa de la rebelión.
En el “Mayo francés” coincidieron actores tan dispares como los universitarios desencantados, los trabajadores descontentos, millones de jóvenes movilizados contra la guerra de Vietnam y pueblos de los cinco continentes deseosos de libertad.
Las grandes manifestaciones, protestas y huelgas tuvieron lugar entre el 3 y el 30 de mayo, pero su origen está en las reformas universitarias de 1967, que no contentaron a nadie. Un grupo de estudiantes de la facultad de Letras de Nanterre, en las afueras de París, dirigidos por Daniel Cohn-Bendit, Dany el Rojo, forma un grupo Movimiento 22 de marzo, convoca a la movilización y aprueba un programa de reformas educativas y de exigencias políticas radicales.
Cerrada su universidad y detenidos algunos de sus dirigentes, se trasladan a la Sorbona, se enfrentan a la Policía en el Barrio Latino y piden ayuda a todos los sindicatos estudiantiles y obreros. Las protestas se multiplican, el centro de París se llena de barricadas y en la noche del 10 de mayo la Policía lanza un asalto masivo para intentar recuperar el control. Fracasa, en el choque resultan heridas más de mil personas, 400 de ellas graves y, en respuesta, los sindicatos principales convocan una huelga general para el día 13. El seguimiento fue desigual, pero a la manifestación de París acudió el mismo día más de un millón de franceses. Las reivindicaciones estudiantiles se eclipsan y los sindicatos convocan nueva huelga general e indefinida a partir del 17 que, esta vez sí, paraliza el país. De nueve a 10 millones se sumaron a ella.
“Las revueltas resultaron eficaces fuera de proporción (…) y, sin embargo, no fueron auténticas revoluciones”, escribe Eric Hobsbawm en su “Historia del siglo XX”. “Para los trabajadores, allí donde tomaron parte en ellas, fueron sólo una oportunidad para descubrir el poder de negociación industrial que habían acumulado, sin darse cuenta, en los 20 años anteriores”. Efectivamente, los estudiantes no eran revolucionarios. Al menos los del primer mundo, como señala Hobsbawm, “rara vez se interesaban en cosas tales como derrocar gobiernos y tomar el poder, aunque, de hecho, los franceses estuvieron a punto de derrocar al general De Gaulle”. No lo lograron, pero el presidente De Gaulle, el 27 de mayo, concedió a los sindicatos, a cambio de desconvocar la huelga y dejar aislados a los estudiantes, un aumento salarial del 14 por ciento, reducciones sustanciales de la jornada laboral y garantías de empleo y jubilación.
Aunque algunas fábricas emblemáticas, como la Renault de Boulogne-Billancourt (6.000 trabajadores), rechazan en un primer momento el acuerdo, arrastrando con ella a otras muchas, el día 30 De Gaulle se reúne con los mandos militares, disuelve la Asamblea Nacional, convoca nuevas elecciones, confirma al Gobierno de Pompidou y pide por televisión el apoyo de los franceses “contra la amenaza del comunismo totalitario”.

Cuál es el legado
Entre las voces más autorizadas de la época, Eric J. Hobsbawn, en su obra “Historia del siglo XX”, señala que Mayo del 68 “distó mucho de ser una revolución, pero fue mucho más que el psicodrama o el teatro callejero desdeñado por observadores poco afectos como Raymond Aron. Al fin y al cabo, 1968 marcó el fin de la época del general De Gaulle en Francia, de la época de los presidentes demócratas en los Estados Unidos, de las esperanzas de los comunistas liberales en el comunismo centroeuropeo y (mediante los silenciosos efectos posteriores de la matanza estudiantil de Tlatelolco) el principio de una nueva época de la política mexicana”.
Sin embargo, según un estudio de la socióloga Julie Pagis, la abrumadora mayoría de los protagonismos que marcaron el Mayo del 68 se mantienen fieles a sus ideas. “Cuando investigamos a las personas anónimas que participaron en el movimiento, nos damos cuenta de que la idea de que la generación de Mayo del 68 dio la espalda a la causa es completamente falta”, dice Pagis, analista del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia.
Entre las 170 familias que examinó Pagis para un libro sobre el tema, “sólo una persona” viró hacia la derecha. “Hay una gran fidelidad a la izquierda o a la extrema izquierda”, afirma. “Aún quieren, por diferentes medios, cambiar el mundo”.

Nuevos combates
El historiador Pascal Ory afirma que el espíritu de Mayo del 68 se ve hoy reflejado en nuevos combates “influenciados por perspectivas libertarias” como el feminismo, el ecologismo o el antirracismo. “En los diez años que siguieron se pasó de una izquierda generalista a izquierdas especializadas: feminista, homosexual, ecologista, regionalista, anticomunista, etc.”, explicó Ory al semanario L’Express.
Para Olivier Fillieule, profesor de la universidad suiza de Lausana, la mayoría de los miembros de la generación de Mayo del 68 pagaron un precio por su activismo político, en términos de rechazo social o disminución de las perspectivas de empleo. “El estereotipo del estudiante del 68 que dio la espalda a sus ideas no tiene ningún fundamento” y es a menudo defendido por personas que buscan “culpar de todos los males de nuestra sociedad desde hace 50 años a un supuesto pensamiento del 68”, agrega.
Entre los que piensan así están los que culpan al Mayo del 68 de todos los males de la sociedad francesa. Como el caso del expresidente Nicolás Sarkozy (2007-2012), que llamó a “liquidar” los legados de aquella época y acusó a sus líderes de “dar lecciones que no siguen ni ellos mismos”. Una izquierda, dice, que ha olvidado a los trabajadores “porque rechaza el valor del trabajo”. En 2007, Sarkozy acusó al Mayo del 68 de haber “liquidado la escuela del mérito y del respeto” y “sentado las bases del capitalismo sin escrúpulos ni ética”.
El filósofo francés Luc Ferry le da parte de razón y afirma que el Mayo del 68 preparó el terreno al capitalismo. “El movimiento no estaba en contra de la sociedad de consumo”, dice Ferry, citando algunos de los eslóganes de la época: “Disfrutar sin obstáculo”, “Bajo los adoquines, la playa”, por ejemplo. “Había que destruir los valores tradicionales para que el capitalismo globalizado floreciera”, señala.
“Lo que ha sucedido en muchas de nuestras sociedades desde entonces se produjo en contra de Mayo del 68”, estima Henri Weber, protagonismo de esa época y exlíder de la Liga comunista, que se convirtió en senador y diputado socialista.
(CON INFORMACIÓN DE AFP)

09.jpg





Daniel Cohn-Bendit. Fue identificado como uno de los principales líderes dentro la revuelta estudiantil, nació en Francia pero sus padres eran alemanes.



ARCHIVO

“Dany el Rojo”, la voz de los estudiantes
Daniel Cohn-Bendit fue el líder más representativo de la revuelta estudiantil del Mayo del 68. Nacido en Francia en 1945 de padres alemanes que habían escapado del régimen nazi, “Dany el Rojo” es hoy un eurodiputado que abrazó la causa ecologista. Hace 50 años era un joven anarquista, con actitudes irreverentes que lo hicieron famoso entre sus compañeros de universidad.
Su salto a la fama lo dio el 8 de enero de 1968, en la primera protesta en la Universidad de Nanterre. Ese día desafío al ministro de la Juventud y Deporte, François Missoffe, en oportunidad de la inauguración de una piscina olímpica en la universidad. Dany le recriminó que un informe oficial no hiciera ninguna mención a la sexualidad.
“Con la pinta que usted tiene, seguramente sabe mucho del tema. ¿Por qué no se tira a la pileta y así se saca la calentura?”, le dijo el ministro Missoffe.
“Monsieur le ministre, ahora ya tenemos una respuesta, una respuesta digna del ministro de la Juventud de Hitler”, le respondió Cohn-Bendit, recuerda el periodista argentino Gustavo Sierra en su libro “El 68. El año que marcó a fuego a la Argentina y el mundo”.
Cohn-Bendit no sólo era uno de los líderes de la revuelta, su imagen se hizo famosa en los diarios y su nombre conocido en todo el mundo.
El Gobierno se lo tomó muy en serio, y aprovechando un viaje suyo a Alemania en medio de la revuelta de mayo, le prohibió la entrada a Francia cuando regresaba. Igual entró con el pelo teñido y apareció en la Sorbona donde fue aclamado por los estudiantes, que ocupaban la universidad. “¡Todos somos judíos alemanes!”, gritaban en su honor.
El Gobierno de De Gaulle lo trató de “anarquista alemán”, y algunos funcionarios lo llamaron “judío colorado”, y los medios de extrema derecha pedían que lo deportaran a Alemania.
Tampoco contaba con la simpatía del Partido Comunista francés o de la central sindical CGT, que no apoyaron su regreso.
La revuelta terminó sin él en Francia, que había escapado a Alemania para evitar la cárcel poco antes de que la Universidad de Nanterre fuera desalojada por la policía a mediados de junio.
En el año 1975, publicó “El gran bazar”, y en 1986 “La revolución”, y nosotros que la quisimos tanto, donde hace una mirada de esa época.

1945
Nace “Dani el Rojo”
Nació en Francia debido a que sus padres tuvieron que escapar del régimen nazi en Alemania.

“El individualismo democrático de izquierda, que de ninguna manera se oponía a lo colectivo, se volvió conservador-liberal después del colapso de la utopía comunista. El fracaso de Mayo del 68 es que hoy ya no hay utopías”.
Henri Weber
Protagonista de la época

 http://www.lostiempos.com/doble-click/cultura/20180506/mayo-1968-hechos-opiniones-protagonistas-analistas-efecto-revolucion


1)Perturbador aspecto en la zona gris de las mujeres en la “cotidianidad”  del campo-exterminio-concentración Birkenau Auschtwitz (II)[1];  tras el parto a las mujeres se les enviaba a la cámara de gas con su hijo recién nacido, pero si el niño nacía muerto o prematuro las madres regresaban a los barracones. E aquí una zona gris brutal para las enfermeras, o matar al niño y salvar a la madre o dejar que murieran los dos.  Otras ya no sabían lo que era ser mujer.
“Las cinco encargadas de ayudar a traer estos niños al mundo —al mundo de Birkenau-Auschwitz— sentíamos el peso de esta conclusión monstruosa que rompía con toda ley humana o moral. […] Un día decidimos que ya habíamos sido débiles mucho tiempo. Deberíamos salvar por lo menos a la madres. Para conseguirlo tendríamos que hacer pasar a los niños por prematuros muertos en el parto. Desde entonces cuando nos decían que una mujer había comenzado los dolores del parto durante el día, no la llevábamos a la enfermería. La tendíamos en una manta en una de las Koias (literas de tres pisos donde dormían los prisioneros)  inferiores de la barraca en presencia de sus vecinas. Si los dolores comenzaban por la noche nos atrevíamos a llevarla al hospital, porque por la noche podíamos actuar sin que nos observaran… Desgraciadamente la suerte del bebé siempre era la misma. Tomando todo tipo de precauciones, le tapábamos las ventanas de la nariz y cuando abría la boca para respirar, le dábamos una dosis de un producto letal. Una inyección hubiese sido más rápida, pero el pinchazo dejaría huellas y no nos atrevíamos a que los alemanes sospechasen la verdad. Colocábamos al niño en una caja que habíamos traído de la barraca. A efectos de la administración del campo había nacido muerto.
Y así es como los alemanes lograron hacer de nosotros mismas unas asesinas. Hasta el día de hoy, me persigue la imagen de estos niños asesinados. Nuestros propios niños habían muerto en la cámara de gas, habían ardido en los hornos de Birkenau y nosotras arrebatamos la vida de otros antes de que sus pulmones hubiesen emitido sus primeros gritos.” O. Lengyel, (1983), Five Chimneys: The Story of Auschwitz [1947], New York, Howard Fertig. pp. 99-100. Extraido del libro El corazón de la zona gris. Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz. De Paz Moreno Feliu (2010). España, Editorial Trotta. pp. 108 y 109.

¿Si esto es una mujer?….
“[…] poco después de llegar, casi todas tuvimos la regla y nos dieron unas compresas sanitarias. Fue la última vez que las usé durante mucho, muchísimo tiempo, porque la naturaleza nos ayudó a no sufrir esa dificultad añadida. Esto, el pelo afeitado, y parecer un hombre en pantalones, hizo que ya no me creyese un mujer, ni que pudiera volver a serlo de nuevo.” L. Shelley (e.d.) (1992), Auschwitz: The nazi civilization: Twenty-Three Women Prisoners Account: Auschwitz Camp Administration and SS Enterprises and Workshops, New York, University Press of America. pp.106. Extraido del libro El corazón de la zona gris. Una lectura etnográfica de los campos de Auschwitz. De Paz Moreno Feliu (2010). España, Editorial Trotta. pp. 102

2) El deterioro de Michael K. (pieza literaria de J.M. Coetzee) lo hace cuestionarse qué clase de hombre es, luego de pasar por los campos de concentración en Sudáfrica.
“Me estoy convirtiendo en otra clase de hombre, pensó, suponiendo que haya dos clases de hombres. Si me cortara, pensó, levantando las muñecas y mirándolas, la sangre ya no saldría a borbotones sino gota a gota, y después de gotear algo, se secaría y cicatrizaría. Cada día me vuelvo más pequeño, más duro y más seco. Si tuviera que morirme aquí, sentando en la boca de la cueva, mirando la meseta con la barbilla apoyada en la rodillas, el viento me secaría completamente en un día, me conservaría entero, como a alguien hundido en la arena del desierto.” J.M. Coetzee. Vida y época de Michael K. España, Debolsillo. pp.74
3) La disyuntiva entre (des)obedecer ordenes en la guerra de los Boers. Guerra que marcó los linderos de la historia bélica del siglo XX.  Escena de la película Breaker Morant, donde, el abogado Maj. J.F. Thomas (Jack Thompson), defiende a los soldados (The Bushveldt Carbineers) acusados de asesinar a los prisoneros de guerra Boers. Dice en su última línea de defensa lo siguiente:
“An further, no one denies the admirable fighting qualities of the Boers, nor, in general, their sense of honor. However, those Boers fighting in the Northern Transvaal in commando groups are outlaws, renegades. Often without any recognized form of control. Addicted to the wrecking of trains, the looting of farms. Lord Kitchener himself recognized the unorthodox nature of this warfare when he formed a special squad to deal with it. The Bushveldt Carbineers. Now, when the rules and customs of war, are departed from by one side, one must expect the same sort of behavior from the other. Accordingly, offices of the Carbineers should be, and up until now, have been, given the widest possible discretion in their treatment of the enemy. Now I don’t ask for proclamations condoning distasteful methods of war. But I do say that we must take for granted that it does happen. Let’s not give our officers hazy, vague instructions. Let’s not reprimand them on the one hand for hampering the column with prisoners, and at another time, and another place haul them up as murderers for obeying orders.
Lieutenant Morant shot no prisoners before the death of Captain Hunt. He then changed a good deal and adopted the sternest possible measures against the enemy. Yet there is no evidence to suggest that Lieutenant Morant has an intrinsically barbarous nature. On the contrary, the fact of the matter is that war changes men’s natures. The barbarities of war are seldom committed by abnormal men. The tragedy of war is that these horrors are committed by normal men in abnormal situations. Situations in which the ebb and flow of everyday life have departed, and have been replaced by a constant round of fear and anger and blood and death. Soldiers at war are not to be judged by civilian rules. As the prosecution is attempting to do. Even though the commit acts, which, calmly viewed afterwards, could only be seems as unchristian and brutal. And if in every war, particularly guerrilla war, all the men who committed reprisals were to be charged and tried, as murderers, court-martial like this one would be in permanent session. Would they not? I say that we cannot hope to judge such matters unless we ourselves have been submitted to the same pressures, the same provocations as these men whose actions are on trial.” Minuto 1:21:00 al 1:26:00, Breaker Morant, 1980.
Amílcar V. Orrusti Ramos.  24/1/2014
https://aorrusti.wordpress.com/2014/01/24/tres-citas-a-proposito-de-la-zona-gris-de-primo-levi/



En líneas generales, la historia da muchas satisfacciones a quienes gustan de contemplarla de acuerdo con períodos bien delimitados, pero a veces parece compadecerse de ellos. 1968 es una fecha de igual importancia en la historia de los tres mundos que los observadores acostumbran a distinguir en la época de la guerra fría: el «primer mundo» del capitalismo occidental, «segundo mundo» de los estados comunistas y el «tercer mundo» de Asia, África e Hispanoamérica. Esta fecha parece haber sido concebida para servir de punto de referencia a los historiadores.
Ninguno de aquellos que vivieron en el 1968 lo podrá olvidar. Para todos contiene acontecimientos tan perturbadores como había sido para los estadounidenses (pero sólo para ellos) el asesinato del presidente J. F. Kennedy. Esos acontecimientos están presentes en nuestra memoria, no simplemente a la manera de titulares periodísticos o de imágenes televisivas, sino como una parte de la textura misma de nuestras vidas individuales. Mientras escribo, veo de nuevo el torrente humano que afluye a las calles de París cuando, a principios de mayo, tienen lugar las manifestaciones de los estudiantes y que arrastra con él la silueta respetable y encorbatada de un amugo Albert Soboul, historiador de la Revolución, en profundo desacuerdo con la contracultura y la izquierda heterodoxa, pero moralmente obligado a seguir «cuando el pueblo se echa a la calle». A mi mismo me veo recorriendo un vale desnudo del País de gales una mañana de agosto, atónito e incrédulo tras el anuncio en la radio de la invasión de Checoslovaquia por la Unión Soviética. Al simple enunciado de «1968», nosotros, de nuevo en ese año singular.
Pero aquellos para quienes 1968 en un recuerdo vivo se encuentran hoy en la edad madura o en la vejez. Haber estado presente en 1968 significa tener al menos treinta años hoy. Muy pocas personas de menos de cuarenta y cinco años pueden considerar realmente este gran año como parte de sus vidas subjetivas de hombre y mujeres. Así pues, para las generaciones posteriores al 68 sin duda es útil empezar a recordar lo que ocurrió verdaderamente en el curso de esos doce meses extraordinarios.
Casi todo se produjo sin previo aviso. Las economías de los países occidentales desarrollados se encontraban en la cima de lo que algunos observadores franceses iban a llamar los «treinta gloriosos»: el más fuerte período de prosperidad y crecimiento de la historia del mundo industrializado. Lo último que podían imaginar los políticos, e incluso el establishment intelectual, eran los tumultos en ciudades como París y la conversión, aparentemente súbita, de una multitud de chicas y chicos de la clases medias a la causa revolucionaria. No menos sorprendentes, tanto en el interior como en el exterior del mundo comunista, fueron los acontecimientos de Checoslovaquia: un partido comunista en el gobierno abrazaba oficialmente un pluralismo tolerante. Y si es cierto que ya entonces se podía predecir que los Estados Unidos, a pesar de su poder planetario, no se mantendría eternamente en Vietnam, ¿quién podía prever en diciembre de 1967 la ofensiva del Tet y sus repercusiones espectaculares, casi inmediatas en la política exterior estadounidense?
Ese carácter súbito e inesperado es lo que hizo que los acontecimientos de 1968 fueran impactantes y dramáticos. Y fue un año sumamente rico es acontecimientos. Empezó con la ofensiva suicida de los vietnamitas el día del Tet, que, como hoy sabemos, quebró la voluntad de las fuerzas armadas estadounidenses y determinó definitivamente su derrota. Esto comportó casi inmediatamente a decisión de L. B. Johnson de no presentarse a las elecciones, en gran parte bajo la presión de las manifestaciones de los estudiantes contra la guerra. Dicha decisión está en el origen de la elección, el mismo año, de Richard Nixon como presidente. En la mismas semanas, Alexander Dubcek tomó las riendas del partido comunista checoslovaco. La dimisión del presidente Novotny fue seguida por las reformas de la Primavera de Praga y la tentativa de instaurar un «comunismo con rostro humano», que iba a ser aplastada en el 20 y el 21 de agosto con la invasión de la pequeña republica. El triunfo de los reformadores de Praga provocó en Polonia manifestaciones estudiantiles que fueron severamente reprimidas, y que el clan ultranacionalista, predominante en el gobierno, imputó a los judíos. La mayor parte de los varios miles de judíos todavía residentes en el país fueron expulsados.
La primavera fue también un momento de crisis para Francia. Los «acontecimientos de mayo» no sólo constituyeron la mayor movilización de estudiantes que este país ha conocido, sino que además se propagaron mediante una huelga general que podría ser igualmente las más grande de su historia. Se ha discutido mucho, en nuestro tiempo, para saber si este extraordinario levantamiento habría podido desembocar en la primera revolución occidental, en tiempos de paz, desde la guerra civil española. Probablemente no. Pero, aunque el general De Gaulle sobrevivió a la crisis, su marcha el año siguiente fue con toda seguridad consecuencia directa, aunque retardada, de mayo de 1968, como lo fue la restauración de la unión de la izquierda en torno a un programa común a principios de la década siguiente. Los «acontecimientos de mayo» fueron seguidos casi inmediatamente, en Yugoslavia, por manifestaciones de estudiantes a favor de las reformas, que el presidente Tito consiguió calmar el 9 de junio. La casi simultaneidad de los movimientos estudiantiles a uno y otro lado de los que entonces se llamaba el telón de acero es uno de los aspectos más significativos y más imprevistos de 1968.
El movimiento estudiantil no se limitó a Europa. Cuando, en otoño, la chispa cruzó el Atlántico y prendió en México, el episodio más dramático fue la matanza de estudiantes —y no sólo de estudiantes— en el curso de una gran concentración pública en la ciudad de México, poco antes de los Juegos Olímpicos, punto culminante de una importante agitación estudiantil y popular en el país. Aunque ésta chocó inmediatamente con una represión brutal, la política del gobierno mexicano registró un giro a la izquierda bajo el presidente (que había sido responsable de la represión como ministro de Interior).
En Hispanoamérica tuvo lugar otra repercusión. La muerte del Che Guevara, en 1967, había marcado el fin de la tentativa cubana, muy criticada, de extender la revolución castrista exportando la guerrilla al continente, y al hacerlo había trasformado la imagen del Che en un icono político universal. No obstante, ahora las guerrillas parecían suplantadas por golpes de estado de signo progresista y antiimperialista. (Los golpes de estado conservadores eran relativamente habituales en Hispanoamérica y en otros sitios: en Brasil, y poco antes del período que nos ocupa, en 1967, en Grecia). El del general Omar Torrijos en Panamá había conducido a una confrontación a la vez enconada y larga con los Estados Unidos. El de la junta del general Velasco en el Perú, más importante, había comportado la reforma agraria más considerable acometida por un régimen no revolucionario en el hemisferio occidental.
Por último, de nuevo en Europa, el otoño 1968 marca también el inicio de los combates en Irlanda del Norte, con los incidentes de Londonderry entre la policía y los manifestantes a favor de los derechos civiles. En el mismo momento, en Alemania Federal, la tentativa de asesinar al líder estudiantil Rudy Dutschke desencadenaba un período de agitación estudiantil en masa, mientras que en Italia, la combinación de manifestaciones y tumultos estudiantiles con la huelga general de 24 horas de los obreros anunciaba ya el gran movimiento que iba alcanzar su apogeo en el «otoño caliente» de 1969.
A estos acontecimientos dramáticos hay que sumar los que, aun siendo de consecuencias menos graves, ocupaban las primeras páginas de los periódicos, como el asesinato de Martin Luther King o el de Robert Kennedy en los Estados Unidos, el levantamiento —tan imprevisto como los otros— de Watts, barrio negro de la prospera ciudad de los Los Angeles, e incluso los actos simbólicos de radicalización afroamericanos, como el saludo, puño en alto, de los atletas negros en los Juegos Olímpicos en México. Pero no hay que olvidar cuatro procesos que sucedieron durante todo el año y le imprimieron su sello.
El primero es la Gran Revolución cultural de Mao en China, que entonces alcanzaba su apogeo. Es un episodio que los chinos preferirían olvidar, pero que en Occidente, donde China era poco conocida, inspiró un breve período de entusiasmo por el maoísmo, sobre todo entre los intelectuales jóvenes, atraídos por las llamadas del Gran Timonel a la revolución sin fin. El segundo proceso es la continuación del conflicto de Oriente Medio. Después de la victoria delos israelíes en la guerra de los Seis Diás en 1967, la acción armada de los comandos palestinos tomó un giro cada vez más dramático, exactamente igual que el contraterrorismo israelí. El tercer proceso es la trágica guerra civil de Nigeria, desencadenada por el intento secesionista de una de sus regiones 1967. Se prolongó durante todo el año 1968, hasta la derrota de la Biafra secesionista, debida, con carácter terminante, al aislamiento diplomático de que ésta fue objeto. Por último — acontecimiento tan sonoro como visible— está el seísmo contracultural, la gran revolución cultural del mundo occidental : 1967-69 fueron los años de los grandes festivales de rock —de Monterrey a Woodstock y Altamont— y 1968 fie su epicentro.
Los historiadores que vivieron 1968 evocaron entonces, como no podía ser por menos, otro año descrito en términos poético-estacionales como la «primavera de los pueblos»: 1848, el año de las revoluciones europeas. Como éste, terminó en decepción. A la postre, los dramáticos acontecimientos de la escena pública desembocaron en contadísimos avances concretos. Tal vez es en parte por eso por lo que 1968 se ha prestado al reportaje fotográfico. La fotografía registra el momento vivo, la manera como la gente vive la historia, pero no las consecuencias históricas, aunque Magnum supo captar mejor que cualquier agencia fotográfica el tono histórico y el clima de la época. En los mejores casos, y tal vez de la manera más espectacular, esas fotos concentran en una sola imagen la complejidad y las contradicciones de una situación; así ocurre, por ejemplo, en la foto de Don McCullin en la que una mujer de Biafra lleva sobre la cabeza una carga de cartuchos de artillería como si fuera un cántaro o un racimo de plátanos. O el pequeño burgués de Henrí Cartie-Bresson, que contempla los graffiti de las paredes de mayo. Sin embargo, son imágenes que sólo pueden evocar un contexto e ignoran las consecuencias. Si el fotógrafo de Magnum hubiera estado presente en Waterloo, habría captado la batalla desde el punto de vista del Fabrice de La cartuja de Parma antes que desde el de Napoleón, Wellington o Talleyrand. En cualquier caso, ese precursor de nuestros reporteros casi con toda seguridad habría considerado decisiones menos interesantes, visualmente, que la acción sobre el terreno, salvo para hacer un retrato ecuestre. Pero, ¿exactamente quién tomaba las grandes decisiones en 1968? Los movimientos más característicos de este año hacían de la espontaneidad un ideal y eran alérgicos a las directrices, a las estructuras y a las estrategias. Su ideología natural debería haber sido el anarquismo, y no los simulacros de Marx, Lenin, Mao y el Che que sus miembros más politizados preferían. El arma natural de la rebelión de 1968 no era ni el fusil, ni la resolución política, sino los grafffiti, el cartel improvisado y el micro.
No obstante, sería un error considerar 1968 como un año revolución o revoluciones fallidas, o, para retomar la fórmula de un historiador a propósito de 1848, como «un curva en la que Europa erró la maniobra». Bajo la iluminación más favorable, era un signo de que los cimientos de la edad de oro de la economía occidental estaban hundiéndose, exactamente igual que lo de as economías centralizadas de tipo soviético, cuyas debilidades se hacían cada vez más evidentes. Sin embargo, como demostrará el aplastamiento de la Primavera de Praga por los carros de combate soviéticos, para el Este aún no había llegado el momento de la desintegración del imperio, aunque después de 1968 era evidente que sólo la pronta intervención de Moscú había salvado el status quo.
En los países occidentales desarrollados, la edad de oro del crecimiento económico y del Estado-providencia keynesiano llegó a su fin antes del derrumbe del comunismo —1973 marca la gran inflexión— sin que nadie lo hubiera previsto. Ninguna de las grandes corrientes políticas —y los partidos socialistas europeos menos que los otros— contaba seriamente con un cambio de régimen económico; es más, nada permitía vislumbrar su posibilidad. En Occidente, la revuelta estudiantil, aunque parecía hablar un lenguaje político, era un fenómeno ajeno a la economía y la política. Exceptuada su contribución a la lucha contra la guerra de Vietnam, su impacto en la política, o en la luchas obreras, no era intencionado. Su alcance cultural fue mucho más grande que su impacto político, a diferencia de los que ocurría en el mismo momento en los países comunistas y en otras dictaduras.
Lo que hace de 1968 una fecha esencial en la historia del siglo XX es la explosión cultural después de veinte años de transformaciones económicas y sociales sin precedentes. Este año vio estallar la revolución en la educación que, en los tres «mundos», transformaba la población estudiantil, formada entonces por élites salidas de las clases medias, en ejércitos inmensos. En Francia su número se había triplicado en el curso de los años sesenta hasta llegar a 650,000. 1968 presenció la mundialización explosiva de las comunicaciones, con la difusión en unas semanas de los mismos iconos, de las mismas barreras, de campus en campus, a través de continentes y océanos. Puso de manifiesto de manera rotunda una prosperidad sin precedentes que se traducía en el poder adquisitivo de una capa social emergente, la «juventud», cultural y económicamente autónoma. La industria del disco podía contar ya, en el 75% de su cifra en negocios, con el rock, seguido masivamente por los jóvenes de 14 a 24 años. 1968 hizo estallar la falla (en las tradiciones, el comportamiento, los temores, las esperanzas y las expectativas) entre las generaciones anterior y posterior a 1950. Y tal vez por encima de todo, el año 1968 aceleró la dispersión, el alcance de los cambios en los comportamientos públicos y privados, en las relaciones entre las generaciones y los sexos, que habían empezado en los años sesenta. Ésta fue la década en la que, dentro de la industria francesa del prêt à porter femenino, por primera vez se produjeron más pantalones que faldas, la década en la que las vocaciones sacerdotales cayeron verticalmente, la década de la contracultura militante.
Éstos no eran fenómenos políticos en el sentido tradicional del término, aunque, como todos los grandes cambios socioeconómicos y culturales, hayan tenido repercusiones políticas y se hayan expresado, entre otros lenguajes, en el tradicional de la política, que continua hoy. Pero su en la retórica de 1968 no había una diferencia clara entre el amor, tomar LSD o hacer la revolución, la conversión de John Lennon a una especie de radicalismo político que llevará al FBI a abrir un voluminoso expediente sobre él, no constituye el episodio más interesante del rock en general y de la historia de los Beatles en particular. Lo que 1968 puso de manifiesto de manera espectacular en Occidente, menos dramáticamente en la Europa comunista — y menos aún en el tercer mundo—, es la extraordinaria aceleración de las transformaciones sociales en el curso de las décadas posteriores a 1945, período que los historiadores terminarán por definir como el más revolucionario de la historia mundial.
1998, Éditions Hazan, Paris
1998, Lunwerg Editores, Barcelona, Magnum Photos
traducción Ramón Ibero.
Advertisements


30 Septiembre 2005
Durante los años sesenta y setenta del siglo pasado, tuvo lugar en Europa una eclosión cultural sin precedentes. No sólo por sus dimensiones y su rápida difusión, sino porque ponía en solfa precisamente el concepto de cultura entonces en circulación. En el transcurso de apenas quince años, de 1965 a 1980, aparecerían la mayoría de las obras más significativas del siglo XX en el campo de la teoría cultural. Los nombres de Lacan, Foucault, Levi-Strauss, Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Derrida, Jean-François Lyotard, Julia Kristeva, Jürgen Habermas, Edward W. Said o Raymond Williams trascendían las fronteras culturales, que sus obras contribuirían a borrar definitivamente. Esas obras, hoy célebres, no sólo interpretaban el mundo, sino que proponían un modelo cultural nuevo. Un modelo de acción política, un modelo de relaciones sexuales, un modelo de interpretación de los textos, y en la mayoría de las ocasiones todo a la vez, para lo que según Terry Eagleton existía entonces el caldo de cultivo apropiado. Caldo de cultivo compuesto en buena parte por los distintos movimientos libertarios que rechazaban por principio cualquier principio de autoridad, y que no sólo actuaba como cadena de transmisión de ideas, sino como generador de las mismas. Este proceso, con sus complicidades y sus desafecciones, desembocó en lo que Terry Eagleton llama la teoría cultural, que no es otra cosa que una reflexión crítica y autocrítica, tanto sobre los fundamentos de su práctica como sobre los objetivos de la misma. Cuando en la década de los 70 en el lenguaje político la palabra revolución fue sustituida por la palabra reforma, ya se había consumado un cambio en la sociedad que hacía no sólo posible sino necesaria esa sustitución.
     La nueva teoría cultural se convirtió rápidamente en una cultura de la teoría en la que todavía hoy seguimos inmersos. Su orientación anticapitalista era en sus inicios más que obvia, y la podríamos resumir brevemente en sus temas casi obsesivos del deseo, el placer, la locura, el cuerpo, el texto, o el inconsciente, por poner sólo un puñado de ejemplos paradigmáticos. Este nuevo universo conceptual, por así decirlo, el comunismo oficial, todavía pujante por aquellos años en muchos países, no sólo fue incapaz de incorporarlo a su programa cultural, sino que lo condenó abiertamente, mientras que el capitalismo, el blanco por antonomasia de todas las críticas, lo incorporaba a la enseñanza en sus universidades, lo promocionaba, lo fagocitaba, y lo hacía propio. En su ansia por exculpar al marxismo, Terry Eagleton cae en algunas flagrantes contradicciones. "Es cierto —dice— que el movimiento comunista había guardado un silencio culpable respecto de algunas cuestiones centrales". Y este reconocimiento le honraría si no escribiera a continuación: "Pero el marxismo no es una filosofía de la vida ni un secreto del universo que se sienta con el deber de pronunciarse sobre todas las cosas, desde cómo cocer un huevo hasta el método más rápido para despiojar a un cocker spaniel. (...) No es ninguna deficiencia del marxismo el hecho de que no tenga nada interesante que decir acerca de si el mejor método para adelgazar es el ejercicio físico o la inmovilización de las mandíbulas". Una salida de tono ingeniosa sin duda, pero el caso es que nadie estaba hablando de cocer huevos ni de métodos para adelgazar, sino de "cuestiones centrales" precisamente. Además de que el marxismo sí es una filosofía de la vida. Y esas cuestiones centrales, cuestiones por ejemplo sobre el estatuto del poder, o sobre la transmisión del saber, eran las que abordaban por entonces en sus obras los citados pensadores del principio. Pensadores todos ellos de izquierda no siempre bien vistos por la izquierda. Muchos de ellos porque tras el hundimiento del marxismo derivaron su teoría cultural hacia otros horizontes, cosa, creo yo, que no debería reprochárseles sino todo lo contrario. Pero Terry Eagleton se los reprocha. Ve en el posmodernismo, y también en el pragmatismo, que él entiende como una especie de posmodernismo más, aunque yo creo que aquí se equivoca, algo más que un cambio de rumbo, cosa que sin duda ya le parecería suficientemente grave. Ve oportunismo, ve cinismo, ve superchería. Y seguramente no le falta razón en algunos casos. Y ve, sobre todo, en sus manifestaciones más conspicuas, un peligroso alejamiento de la realidad. Pero no todo lo que no es marxismo es posmodernismo.
     Una de las tesis que sostiene Terry Eagleton en este libro, que comparte con otros críticos de la cultura, es que la teoría cultural, un invento relativamente reciente de los citados pensadores de los años 60, acabó definitivamente con una idea de la cultura dominante (dominante la idea y dominante la cultura). Aunque el precio que hubo que pagar fue una jerga bastante incomprensible para hablar, al parecer con conocimiento de causa, de las cuestiones culturales. Se produjo entonces una curiosa situación. Quienes habían abogado por una democratización de la cultura, por una cultura popular y plural, acabaron convirtiéndola, a su pesar, en un exclusivo asunto de supuestos especialistas. Eagleton trata de convencernos, y posiblemente él mismo lo esté, de que si no todo el mundo está en condiciones de comprender la estructura orgánica de los decápodos, no tiene porque estarlo de comprender el Ulises. Pero yo creo que aquí se está planteando erróneamente, una vez más, un problema que a lo mejor no es ni tan complejo ni tan simple. Si llegara un día en que los novelistas no escribieran más que novelas que sólo pudieran ser comprendidas por otros novelistas y teóricos de la literatura, se habría acabado la novela. Con los estudios de los decápodos esa es en cambio la norma. Por lo demás, sus ensayos, los de Terry Eagleton, son perfectamente comprensibles. Y la explicación de que el lenguaje del arte se aparta radicalmente del lenguaje de la vida cotidiana tampoco resulta muy convincente para explicar este fenómeno. "Algunas veces la gente puede haber hablado un poco como en Adam Bede (la famosa novela de George Eliot), pero nadie ha hablado nunca como en Finnegans Wake". En esto también se equivoca Terry Eagleton. A lo mejor en su Irlanda natal nadie habla como en Finnegans Wake, pero aquí, en España, yo podría presentarle a más de uno.
     Digamos, para resumir, que efectivamente hay muchas cuestiones de interés para todos, y que, como dice nuestro autor, no tienen porqué ser necesariamente simples. Aunque tampoco tendrían porqué ser necesariamente complejas. La cultura es indudablemente una de esas muchas cuestiones, pero yo dudo de que se le pueda comparar con el hígado y los pulmones, cuestiones que también son de interés general como él dice. Dejando aparte estas comparaciones humorísticas, que abundan a lo largo de todo el libro, y algunas matizaciones quizá sobre la interpretación de algunos acontecimientos políticos de la época estudiada, el libro de Terry Eagleton es, como todos los suyos por lo demás, un libro inteligente y honesto, además de un libro refrescante, que no vacila ante las cuestiones morales que plantea, y aborda temas que la nueva teoría cultural había abandonado, como son los de la verdad, la virtud, y la objetividad, temas que uno no esperaría encontrar en el repertorio de un radical. Y es que Terry Eagleton tiene las virtudes del crítico y las del teórico a la vez, y trata de evitar sus vicios: no dar nada por supuesto, examinar siempre los dos lados de una cuestión, y no cortar nunca la rama en la que se está sentado. -

http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/despues-la-teoria-terry-eagleton

Resultado de imagen para Terry eagleton pdf

[PDF]LA ESTÉTICA COMO IDEOLOGÍA DE Terry Eagleton - walcero


https://walcero.files.wordpress.com/.../la-estc3a9tica-como-ideologc3ada-de-terry-eagl...
enseñar los dientes, parece lógico que el «terrible Terry Eagleton» ... chazo, como también dice Eagleton: por un lado, el rechazo de las grandes cuestiones ...