Ya a medio camino hacia Bedwell Junction habíamos encontrado una gama enorme de temas por discutir, tras comenzar con bollos y el tiempo, habíamos pasado a la política, el gobierno, los asuntos extranjeros, la bomba atómica y, a lo largo de un curso inevitable, Dios. Sin embargo, no caímos en mostrarnos mordientes o ácidos. Mi compañero, ahora sentado frente a mí, un tanto inclinado hacia adelante, de modo que nuestras rodillas casi se tocaban, daba tal impresión de serenidad que habría sido imposible pelearse con él, no importa cuán diferentes fuesen nuestros puntos de vista, que en verdad se diferenciaban profundamente.
Pronto me di cuenta de que hablaba con un católico romano, alguien que creía —¿cómo lo expresan?— en una deidad omnipotente y omnisciente, mientras que yo soy lo que con imprecisión llaman un agnóstico. Tengo cierta intuición (en la cual no confío, porque bien puede estar fundada en experiencias y necesidades infantiles) de que existe un Dios, y en ocasiones caigo por sorpresa en creer llevado por las coincidencias extraordinarias que complican nuestra senda como las trampas dispuestas para los leopardos en la selva; pero intelectualmente me repugna toda esa idea de un Dios que puede abandonar de tal manera a sus criaturas a las atrocidades del libre albedrío. Me descubrí expresando ese punto de vista a mi acompañante, quien escuchó en silencio y con respeto. Ningún intento hizo de interrumpirme, nada mostró de esa impaciencia o de esa arrogancia intelectual que he terminado por esperar de los católicos; cuando las luces de una estación de paso le cruzaban el rostro, que hasta el momento había escapado a los rayos del único globo encendido en el compartimiento, capté de pronto un asomo de… ¿qué? Dejé de hablar debido a lo fuerte de la impresión. Regresé diez años, hasta el otro lado de un gran conflicto inútil, a un pueblecito de Normandía, Gisors. Por un momento caminé de nuevo por las antiguas murallas almenadas, la mirada descendiendo hacia los tejados grises, hasta que por alguna razón mis ojos cayeron en una de las muchas casas de piedra, donde el rostro de un hombre maduro presionaba contra el cristal (supongo que esa cara ha dejado de existir ya, tal y como todo ese pueblo, lleno de memorias medievales, ha quedado reducido a cascajo). Recuerdo haberme dicho con asombro: «Ese hombre es feliz, completamente feliz». Miré a mi compañero de viaje, sentado al otro lado del compartimiento, pero su rostro estaba en sombras nuevamente. Dije con voz débil: «Cuando se piensa en lo que Dios —si lo hay— permite. No tan sólo los sufrimientos físicos, sino la corrupción, incluso de niños…».
Dijo: «Nuestra visión es tan limitada» y me decepcionó lo convencional de la respuesta. Debió de percibir mi decepción (parecía que nuestros pensamientos estuvieran tan próximos como nosotros a la busca de calor), pues agregó: «Desde luego, no hay respuesta para esto. Pescamos indicios…», y entonces el tren penetró con un rugido en otro túnel y las luces volvieron a apagarse. Fue el túnel más largo hasta ese momento; lo cruzamos meciéndonos y el frío parecía hacerse más intenso con la oscuridad, como una niebla helada (cuando nos roban un sentido —la vista—, los otros se agudizan). Al surgir al simplemente gris de la noche y el globo volver a encenderse, vi que mi compañero se reclinaba en el respaldo de su asiento.
Repetí como pregunta su última palabra: «¿Indicios?».
—Oh, significan muy poco en la frialdad de lo impreso… o de lo hablado —dijo temblando bajo el abrigo—. Y nada significan para otro ser humano que no sea el que los pesca. No son pruebas científicas… o incluso pruebas de ningún tipo. Sucesos que, de alguna manera, no resultan como los intentaban… los actores humanos, quiero decir, o el objeto detrás de los actores humanos.
—¿Objeto?
—La palabra Satanás es tan antropomórfica —tuve que inclinarme entonces hacia adelante: quería escuchar lo que tuviera que decir. Estoy (en verdad estoy, Dios bien lo sabe) dispuesto a la convicción. Dijo—: Nuestras palabras son tan torpes, pero a veces siento piedad por ese objeto. Continuamente encuentra el arma adecuada para usar contra su Enemigo y el arma se le rompe contra su propio pecho. En ocasiones me parece tan… impotente. Acaba usted de decir algo acerca de la corrupción de niños. Me recuerda algo sucedido en mi infancia. Es usted la primera persona —excepción hecha de otra más— a quien he pensado contárselo, tal vez porque usted es anónimo. No es una historia muy larga y, en cierto sentido, es pertinente.
Dije: «Me gustaría oírla».
—No espere demasiado significado. Pero, me parece, hay en ella un indicio. Eso es todo. Un indicio.
Lentamente volvió el rostro hacia el cristal, aunque nada podía ver en el convulsionado mundo externo fuera de una misional lámpara de señales, la luz de una ventana, una estacioncilla campirana impulsada hacia atrás por nuestra prisa, eligiendo sus palabras con precisión. Dijo: «De niño me enseñaron a servir en la misa. Era una iglesia pequeña, pues había muy pocos católicos donde yo vivía. Era una ciudad en East Anglia, rodeada por llanuras gredosas y zanjas, tantísimas zanjas. No creo que en total haya habido cincuenta católicos y, por alguna razón, la tradición era mostrarse hostiles con nosotros. Tal vez comenzara con la quema de un mártir protestante en el siglo XVI; una piedra señalaba el lugar, cerca de donde se ponían los miércoles los puestos de carne. Yo captaba a medias la enemistad, aunque sabía que mi mote escolar de ‘Popey’ Martin algo tenía que ver con mi religión, y había oído decir que a mi padre casi lo excluyen del Club Constitucional cuando llegó a la ciudad.
»Cada domingo vestía mi sobrepelliz y ayudaba en la misa. Lo odiaba… siempre odié vestirme formalmente para lo que fuera (lo cual no deja de ser curioso, cuando se piensa), y nunca dejé de tener miedo de perder el puesto en el servicio y de hacer algo que me pusiera en ridículo. Nuestros servicios eran a horas distintas que los anglicanos, y cuando nuestro pequeño y nada selecto grupo salía de la horrible capilla, todo el mundo parecía en camino a la iglesia adecuada… siempre la consideré la iglesia adecuada. Teníamos que pasar ante el desfile de sus ojos indiferentes, altaneros, burlones. No imagina cuán seriamente se toma la religión en una ciudad pequeña… aunque solo sea por razones sociales.
»Había un hombre en lo particular, uno de los dos panaderos de la ciudad, al que mi familia no le compraba. Creo que ninguno de los católicos le compraba porque se lo consideraba librepensador… extraño título porque, pobre hombre, ningún pensamiento menos libre que el suyo. Estaba cercado por su odio, su odio hacia nosotros. Era muy feo de ver, con un ojo estrábico y la cabeza en forma de nabo, la coronilla limpia de cabello y soltero. No tenía intereses, al parecer, excepto su pan y su odio, aunque ahora —de más edad— comienzo a verle otros ángulos a su naturaleza… sí incluía, tal vez, un cierto amor furtivo. A veces, de pronto, nos tropezábamos con él en una caminata por el campo, en especial si se iba solo y era domingo. Era como si surgiera de las zanjas y las embarraduras de greda en su ropa nos recordaban la harina de sus overoles de trabajo. Llevaba un palo en la mano y apuñalaba los setos; si estaba de humor muy negro, nos lanzaba abruptamente palabras extrañas que parecían de una lengua extranjera… Hoy, desde luego, sé el significado de esas palabras. En una ocasión la policía fue a su casa por lo que un muchacho decía haber visto, pero nada sucedió excepto que el odio lo encadenó aún más. Se llamaba Blacker y me aterrorizaba.
»Creo que mostraba un odio especial por mi padre, no sé por qué. Mi padre era gerente del banco Midland y es posible que en alguna época Blacker tuviera experiencias insatisfactorias con el banco… Mi padre fue un hombre muy cauto, que sufrió toda su vida de ansiedad acerca del dinero, suyo o de los otros. Si trato de imaginarme a Blacker ahora, lo veo caminando por una senda estrecha entre elevados muros sin ventanas, y al final de la senda está un muchachillo de diez años: yo. No sé si es una imagen simbólica o el recuerdo de uno de nuestros encuentros… que de algún modo se fueron haciendo más y más frecuentes. Acaba de hablar usted acerca de la corrupción de niños. Aquel pobre hombre se preparaba para vengarse de todo lo que odiaba —mi padre, los católicos, el Dios a quien la gente persistía en acreditar— corrompiéndome. Había ideado un plan horrible e ingenioso.
»Recuerdo la primera vez que tuve de él una palabra amistosa. Pasaba por su tienda tan rápido como me era posible, cuando escuché su voz llamando con una especie de subordinación astuta, como si fuera un sirviente ínfimo: “Amo David”, llamaba, “amo David”, y yo aceleré el paso. Pero la siguiente vez que pasé estaba a la puerta (debió verme venir), un pastelito de esos que llamamos Chelsea en la mano. No quería tomarlo, pero me obligó y entonces no pude sino mostrarme cortés cuando me invitó a ir a la trastienda y ver algo muy especial.
»Era un trenecito eléctrico, raro de ver en aquellos días, e insistió en mostrarme cómo funcionaba. Me hizo mover los interruptores para detenerlo y ponerlo en marcha, y me dijo que podía ir cualquier mañana y jugar con él. Usó la palabra “jugar” como si fuera algo secreto, y es cierto que jamás conté a mi familia de aquella invitación y de cómo, tal vez dos veces a la semana en esas vacaciones, el deseo de controlar el trenecito terminó siendo subyugador, así que tras mirar calle abajo y calle arriba para ver si me observaban, me zambullía en la tienda».
Nuestro tren adulto, más largo y sucio, penetró en un túnel y la luz se apagó. Sentado en la oscuridad y en silencio, el ruido del tren bloqueaba nuestros oídos con cera. Tras salir, no hablamos de inmediato y tuve que instigarlo a continuar.
—Una seducción muy trabajada —dije.
—No piense que sus planes eran así de sencillos —dijo mi compañero— o primitivos. Pobre hombre, había mucho más odio que amor en su naturaleza. ¿Puede odiarse algo en lo que no se cree? Y sin embargo, se consideraba librepensador. Qué paradoja imposible, ser libre y estar así obsesionado. Día con día a lo largo de aquellas vacaciones su obsesión había crecido, pero mantenía el control, esperando el momento oportuno. Tal vez ese objeto del que hablé le dio la fuerza y la sabiduría. Solo una semana antes de finalizar las vacaciones me habló de aquello que le concernía tan hondamente.
»Lo escuché detrás de mí cuando me hincaba en el piso, uniendo dos vagones. Dijo: “No podrá hacer esto, amo David, cuando empiece la escuela”. No era oración que necesitara de mí comentario alguno, como tampoco la siguiente: “Debería tenerlo como propio, en verdad”, y cuán hábil y tenuemente había sembrado el anhelo, la idea de una posibilidad… Entonces iba a la trastienda todas los días; comprenda que tenía que aprovechar cada oportunidad antes de que comenzara la maldita escuela, y supongo que me estaba acostumbrando a Blacker, al ojo estrábico, a la cabeza de nabo, a ese servilismo repugnante. El papa, usted lo sabe, se describe como “el sirviente de los sirvientes de Dios” y Blacker… A veces pienso que Blacker era “el sirviente de los sirvientes de…”, bueno, no importa.
»Al día siguiente, de pie en la puerta observándome jugar, comenzó a hablarme de religión. Dijo, con mentira que incluso yo reconocí, cuánto admiraba a los católicos; que ojalá y pudiera creer así, pero ¿cómo podía creer un panadero? Acentuó “panadero” como pudiera decirse biólogo, y el diminuto tren daba vueltas por la vía marcada O. Dijo: “Puedo hornear las cosas que ustedes comen igual de bien que cualquier católico”, y desapareció en la tienda. No tenía yo ni la menor idea de lo que quería decirme. Pronto regresó, una galletita en la mano. “Tome”, dijo, “cómala y dígame…”. Cuando me la puse en la boca, comprendí que estaba hecha del mismo modo que nuestras obleas para la comunión. La forma le había salido un tanto mal, pero eso era todo y me sentí culpable e irracionalmente asustado. “Dígame”, pidió, “¿hay alguna diferencia?”.
»—¿Diferencia? —pregunté.
»—¿No es justo la misma que come en la iglesia?
»Dije afectadamente: “No ha sido consagrada”.
»Dijo: “Si pongo las dos bajo un microscopio, ¿cree que podría diferenciarlas?”. Pero incluso a los diez tenía la respuesta para esa pregunta: “No”, dije, “los… accidentes no cambian”, con un titubeo en la palabra “accidente”, que de pronto me había transmitido la idea de muertes y heridas.
»Blacker dijo con intensidad súbita: “Cómo me gustaría llevarme una de las suyas a la boca, solo por ver…”.
»Tal vez le parezca extraño, pero fue esta la primera vez que la idea de transubstanciación en verdad habitó en mi mente. Todo lo había aprendido de memoria, había crecido con la idea. La misa estaba para mí tan falta de vida como las oraciones en De Bello Gallico, la comunión una rutina como los ejercicios en el patio de la escuela; pero aquí, de pronto, me encontraba en presencia de un hombre que lo tomaba en serio, tan en serio como el sacerdote que, naturalmente, no contaba, pues era su trabajo. Me sentí más asustado que nunca.
»Dijo: “Es una tontería, pero me gustaría tenerla en la boca”.
»—Podría si fuera católico —dije ingenuamente. Me miró con su ojo sano, como un cíclope. Dijo: “Ayuda con la misa, ¿no? Le sería fácil conseguir una de esas cosas. Le hago una propuesta: le cambio el tren eléctrico por una de sus hostias, pero consagrada. Tiene que ser consagrada”.
»—Podría traerle una de la caja —dije. Creo que aún pensaba que su interés era el de un panadero… ver cómo estaban hechas.
»—Oh, no —dijo—, quiero ver a qué sabe su Dios.
»—No puedo hacerlo.
»—¿Ni por un tren eléctrico, todo para usted? No tendría problemas en casa. Lo empacaría y dentro pondría una tarjeta que su padre pudiera ver. “Para el hijo del gerente de mi banco, un cliente agradecido”. Eso lo dejaría tan contento como Punch.
»Ahora que somos adultos parece una tentación trivial, ¿no? Pero trate de recordar su infancia. Había a nuestros pies un circuito de rieles completo, rieles rectos y rieles curvos, y una estacioncita con maleteros y pasajeros, un túnel, un puente de peatones, un cruce, dos postes de señales, parachoques, claro y, sobre todo, una plataforma giratoria. Lágrimas de anhelo me vinieron a los ojos cuando vi la plataforma giratoria. Era mi pieza favorita, pues parecía tan fea y práctica y verdadera. Dije con voz débil: “No sabría cómo”.
»Cuán cuidadosamente había estado estudiando el terreno. Debió escurrirse varias veces cuando la misa, al fondo de la iglesia. No habría servido, comprende usted, presentarse a comunión en una ciudad pequeña como aquella. Todos sabían lo que era. Me dijo: “Cuando le hayan dado la comunión, podría colocársela bajo la lengua por un ratito. Primero atiende a usted y a los otros muchachos, y una vez lo vi a usted irse tras la cortina de inmediato. Se le había olvidado una de esas botellitas”.
»—La ampolla —dije.
»—Sal y pimienta —me sonrió jovialmente y yo… bueno, miré el trenecillo con el que ya no podría jugar cuando comenzaran las clases. Dije: “Simplemente se la tragaría, ¿verdad?”.
»—Oh, sí —dijo—, simplemente me la tragaría.
»Por alguna razón ya no quise jugar con el tren aquel día. Me puse de pie y busqué la puerta, pero me detuvo, asiéndome por la solapa. Dijo: “Será un secreto entre usted y yo. Mañana es domingo. Véngase por aquí en la tarde. Póngala en un sobre y déjela en el buzón. El lunes por la mañana entregarán el tren clareando, muy temprano”.
»—Mañana no —le imploré.
»—No me interesa ningún otro domingo —dijo—. Es su única oportunidad —me sacudió suavemente hacia atrás y hacia adelante—. Siempre tendrá que ser un secreto entre usted y yo —dijo—. Si alguien se enterara, le quitarían el tren y luego se las vería conmigo. Lo haría sangrar espantosamente. Ya sabe cómo ando siempre por ahí en los paseos del domingo. No puede esquivarse a un hombre como yo. Aparezco de pronto. Ni siquiera en su casa estaría a salvo. Sé modos de entrar en las casas cuando todos duermen —me arrastró hasta la tienda y abrió un cajón. En el cajón había una llave extraña y una navaja de peluquero. Dijo—: Esa es una llave maestra que abre todas las cerraduras y esa… con esa sangro a la gente —y me acarició la mejilla con sus harinosos dedos gordezuelos y dijo—: Olvídelo. Usted y yo somos amigos.
»Aquella misa del domingo está en mi cabeza, con todos sus detalles, como si hubiera ocurrido apenas la semana pasada. Del momento de la confesión al momento de la consagración tuvo una importancia terrible. Solo otra misa ha sido igual de importante para mí… pero incluso ni esa, pues se trató de una misa solitaria que nunca podrá suceder de nuevo. Pareció tan definitiva como el último sacramento cuando el sacerdote, inclinándose, puso la hostia en mi boca allí donde estaba hincado ante el altar con el otro monaguillo.
»Supongo que me había decidido a cometer ese acto terrible —porque sabrá usted que para nosotros siempre será un acto terrible— en el momento de ver a Blacker observándome desde el fondo de la iglesia. Se había puesto su mejor ropa de domingo y, como si le fuera imposible escapar del todo a la marca de su profesión, tenía en la mejilla una marca de talco seco, que presumiblemente se había aplicado tras usar su navaja de peluquero. Me miraba cuidadosamente todo el tiempo y creo que fue miedo —miedo a esa cosa indefinida llamada sagrado— así como la codicia, los que me llevaron a cumplir las instrucciones.
»Mi compañero de funciones se puso de pie vivamente y, tomando el plato de la comunión, precedió al padre Carey hacia la barandilla del altar, donde estaban hincados los otros comulgantes. Tenía yo la hostia colocada bajo la lengua: parecía una ampolla. Me levanté y dirigí a la cortina en busca de la botella, que de propósito había dejado en la sacristía. Ya en ella, miré rápidamente en rededor por un escondite y vi sobre una silla un número atrasado de Universe. Saqué de mi boca la hostia y la inserté entre dos páginas: una húmeda masilla. Pensé entonces: tal vez el padre Carey sacó el periódico con algún propósito y encontrará la hostia antes de tener yo tiempo de retirarla, y la enormidad de lo hecho comenzó a penetrarme cuando traté de imaginar el castigo que merecía. El asesinato es lo bastante trivial como para tener su castigo adecuado, pero con un acto así la mente retrocede ante el pensamiento de cualquier retribución. Intenté retirar la hostia pero se había pegado viscosamente entre las páginas y, desesperado, desgarré un trozo de periódico y, envolviéndolo todo, lo puse en un bolsillo del pantalón. Cuando volví cruzando la cortina y con la ampolla, mis ojos se encontraron con los de Blacker. Me hizo un gesto de ánimo e infelicidad; sí, estoy seguro, de infelicidad. ¿Sucedía tal vez que el pobre hombre buscaba todo el tiempo algo incorruptible?
»Muy poco más recuerdo de aquel día. Creo que tenía la mente en choque y aturdida, además de verme atrapado en el bullicio familiar de los domingos. En una ciudad provinciana, el domingo es el día para las relaciones. Toda la familia viene a casa y sucede que primos y tíos alejados lleguen apretujados en los asientos traseros de los autos de otras personas. Recuerdo que una muchedumbre parecida cayó sobre nosotros, expulsando temporalmente a Blacker del primer plano de mi mente. Había alguien llamada la tía Lucy, de escandalosa risa hueca que llenaba la casa de alborozo mecánico, como el sonido de una risa grabada escuchada en el interior de una casa de espejos, y no tuve oportunidad de salir solo aunque lo hubiera deseado. Al llegar las seis e irse la tía Lucy y los primos, retornando la paz, era demasiado tarde para ir donde Blacker y a las ocho era mi hora de acostarme.
»Creo que me había olvidado a medias de lo que tenía en el bolsillo. Al vaciarlo, el envoltorio de papel periódico trajo de vuelta y sin tardanza la misa, el sacerdote inclinado hacia mí, el gesto de Blacker. Puse el paquete en la silla junto a mi cama y procuré dormirme, pero me acosaban las sombras de la pared donde las cortinas se movían, el rechinido de los muebles, los susurros en la chimenea, acosado por la presencia de Dios allí, en la silla. Para mí, la hostia siempre había sido… bueno, pues la hostia. Como ya dije, teóricamente sabía lo que tenía que creer, pero de pronto, mientras algo silbaba allá afuera en la calle, silbaba ocultamente y puesto en el secreto, supe que aquello al lado de mi cama era algo de valor infinito, algo por lo que un hombre pagaría perdiendo su tranquilidad mental, algo tan odiado que se lo podía amar como se ama a un proscrito o a un niño intimidado. Son estas palabras de adulto, y un niño de diez años el que yacía en cama atemorizado, escuchando el silbido llegado de la calle, el silbido de Blacker, pero creo que sentí con bastante claridad lo que ahora estoy describiendo. Esto quería expresar cuando dije que la Cosa, no importa lo que sea, hace toda forma posible contra Dios pero siempre, en todos los lugares, se ve frustrada en el momento del triunfo. Debió sentirse tan segura de mí como Blacker. También debió sentirse segura de Blacker. Pero me pregunto, sabiendo lo que luego sucedió con ese pobre hombre, si no descubriremos de nuevo que el arma se volvió contra el pecho de la Cosa.
»Finalmente no pude soportar ya aquel silbido y abandoné la cama. Abrí las cortinas un poco y allí, justo bajo mi ventana, la luz de la luna sobre el rostro, estaba Blacker. Si hubiera estirado mi mano, los dedos de Blacker hubieran tocado los míos de levantar su brazo. Me miró, su único ojo brillante, con hambre. Comprendo ahora que la cercanía del triunfo debe haberle desarrollado la obsesión al punto de la locura. La desesperación lo había llevado a mi casa. Susurró: “David, ¿dónde está?”.
»Con la cabeza hice una señal hacia el cuarto. “Dámela”, dijo, “rápido. Tendrás el tren por la mañana”.
»Sacudí la cabeza. Dijo: “Tengo aquí la navaja, y la llave. Es mejor que me la entregues”.
»—Váyase —dije, pero el miedo apenas me dejaba hablar.
»—Te desangraré primero y luego de todos modos la tendré.
»—Ah, no, de ninguna manera —dije. Fui hasta la silla y recogí la hostia. Solo en un lugar estaría a salvo. No pude separar la hostia del papel, así que me tragué los dos. Lo impreso se pegó como una ciruela pasa a mi garganta, pero lo hice descender con agua del aguamanil. Entonces volví a la ventana y miré a Blacker. Comenzó a engatusarme: “¿Qué has hecho con ella, David? ¿Por qué tanto lío? Solo es un trocito de pan”, y me miraba tan anhelante y suplicantemente que incluso siendo niño me pregunté si en verdad podía él pensar aquello y, sin embargo, desearlo tanto.
»—Me la tragué —dije.
»—¿Te la tragaste?
»—Sí —dije—. Váyase —entonces ocurrió algo que ahora me parece más terrible que su deseo de corromperme o mi acto irreflexivo: Blacker comenzó a llorar, las lágrimas corrían abundantes de su único ojo y sacudía los hombros. Solo vi su cara un momento antes de que se inclinara la cabeza y desapareciera, la calva cabeza de nabo sacudiéndosele, en la oscuridad. Cuando ahora pienso en ello, es casi como si hubiera visto a la Cosa llorando su derrota inevitable. Había tratado de usarme como arma y ahora yo me había roto en sus manos y ella lloraba entonces lágrimas desesperadas por uno de los ojos de Blacker.
Los negros hornos de Bedwell Junction aparecieron a lo largo de la línea. El cambiavías funcionó y nos enviaron de una vía a otra. Una nube de chispas, una luz de señales que cambió a rojo, altas chimeneas levantándose contra el ciclo gris, los chorros de vapor de las máquinas estacionadas: la mitad de aquel frío viaje terminaba y no quedaba sino la espera larga por el lento tren que iría a campo traviesa. Dije: «Es una historia interesante. Creo que le hubiera dado a Blacker lo que deseaba. Me pregunto qué habría hecho con ella».
—En verdad pienso —dijo mi acompañante— que en primer lugar la hubiera puesto bajo el microscopio, antes de hacer con ella las demás cosas que supongo planeaba.
—¿Y el indicio? —pregunté—. No entiendo del todo lo que quiere decir con eso.
—Oh, bueno —dijo vagamente—, para mí fue un extraño comienzo, aquel asunto, cuando lo pienso bien —pero nunca habría sabido lo que quería decir si su abrigo, al levantarse para tomar su maleta de la rejilla, no se hubiera abierto y revelara el alzacuello de un sacerdote.
Dije: «Supongo que en su opinión le debe mucho a Blacker».
—Sí —dijo—. Soy un hombre muy feliz, ¿comprende?
[1948]
© Graham Greene: The Hint of an Explanation (Un indicio de explicación). Publicado en Twenty-One Stories, 1954. Traducción de: Federico Patón.
En enero de 1945, cuando la guerra de Hitler tocaba ya a su fin, una campesina de Turingia soñó que su hijo la llamaba desde el campo de batalla. Ebria de sueño, salió al patio y creyó ver al hijo bebiendo junto a la bomba de agua. Mas, al ir a dirigirle la palabra, se percató de que se trataba en realidad de uno de los prisioneros de guerra rusos que realizaban trabajos forzados en la granja. Días más tarde le sucedió a la campesina algo muy extraño. Acababa de llevarles la comida a los prisioneros, que se encontraban en un bosquecillo próximo ocupados en desenterrar tocones. Al iniciar el camino de regreso se le ocurrió mirar hacia atrás, y allí estaba otra vez el muchacho —un ser de aspecto enfermizo— con el rostro vuelto hacia la escudilla de sopa que alguien le tendía en aquel momento. Y aquel rostro, que no parecía demostrar demasiado entusiasmo, se transformó de pronto en el de su propio hijo. Durante los días siguientes se repitieron con mayor frecuencia aquellas visiones, en las que el rostro del muchacho se transfiguraba repentina y fugazmente en el del hijo de la campesina.
Un día el prisionero cayó enfermo y se quedó tendido en el granero sin que nadie en la granja se ocupara de él. La mujer sentía un creciente deseo de llevarle algo vivificante, pero se lo impedía su hermano, un inválido de guerra que estaba al frente de la granja y trataba con rudeza a los prisioneros, sobre todo en aquel momento en que las cosas empezaban a ir mal y el pueblo comenzaba a tener miedo de aquellos hombres. La misma granjera no podía desoír los argumentos de su hermano; sabía que no estaba bien ayudar a aquellos infrahombres de quienes se contaban las cosas más espeluznantes. Vivía temblando por lo que el enemigo pudiera hacerle a su hijo, que se hallaba combatiendo en el frente oriental. De modo que no había llevado aún a cabo su débil propósito de ayudar a aquel prisionero totalmente desamparado, cuando una noche sorprendió en la nevada huerta a un grupo de rusos que discutían acaloradamente. Estaba claro que se habían reunido allí, desafiando el frío, para evitar que los descubrieran. El muchacho estaba también presente en la reunión, estremecido por la fiebre, y tal vez fuese su estado de extrema debilidad la causa de que se sobresaltara de aquel modo al verla aparecer. En el momento más intenso de su sobresalto se produjo de nuevo la extraña transfiguración del rostro del muchacho, de suerte que la granjera volvió a ver en él las facciones de su hijo, totalmente desencajadas por el terror.
Aquella nueva visión la preocupó seriamente, y aunque, en cumplimiento de su deber, informó a su hermano de la conversación que había sorprendido en la huerta, la granjera resolvió llevarle al prisionero la corteza de tocino que para él había preparado. La operación —como tantas buenas acciones llevadas a cabo en el Tercer Reich— resultó ser extremadamente difícil y peligrosa. Tenía en aquella empresa a su propio hermano por enemigo, y ni siquiera de los otros rusos podía estar segura. No obstante, todo le salió bien. Al propio tiempo descubrió que los prisioneros proyectaban realmente darse a la fuga, pues cada día que pasaba y conforme avanzaba el ejército rojo, crecía para ellos el peligro de que los transportaran a un lugar más al oeste todavía, o simplemente de que los asesinaran. No pudiendo desatender ciertos deseos del joven prisionero, que le fueron formulados a base de gestos y de unas migajas de alemán, la granjera se vio poco a poco complicada en los planes de fuga. La mujer les consiguió una chaqueta y una cizalla. Extrañamente, a partir de aquel momento no volvió a repetirse la transfiguración del rostro del joven ruso; la granjera se limitaba a ayudar ahora a un extranjero. Grande fue, por consiguiente, su sorpresa cuando una mañana de finales de febrero llamaron a la ventana, y a través del cristal, en la media luz del amanecer, apareció el rostro de su propio hijo. Esta vez no le cabía duda alguna de que era él. Llevaba el uniforme de las SS hecho jirones, su batallón había sido aniquilado, y con gran excitación el muchacho comunicó a su madre que los rusos se hallaban a pocos kilómetros de la aldea. Nadie debía enterarse de su regreso. En una especie de consejo de guerra que celebraron la granjera, su hermano y el hijo en un rincón del desván se llegó a la conclusión de que convenía deshacerse cuanto antes de los prisioneros, pues era posible que hubiesen visto al hombre de las SS, y sobre todo porque era previsible que hiciesen alguna declaración sobre el trato recibido. Había cerca de allí una cantera. El hombre de las SS insistía en que aquella misma noche debían sacarlos del granero uno a uno mediante el engaño para así eliminarlos. Luego podrían ocultar sus cadáveres en la cantera. Para mejor lograr su propósito se comenzaría ofreciéndoles a los rusos unas cuantas raciones de aguardiente. En opinión del hermano, esto no debía sorprenderlos demasiado, pues últimamente tanto él como los peones de la granja se habían mostrado sobremanera amables con los rusos, a quienes así trataban de predisponer favorablemente. Mientras elaboraban su plan, el joven SS pudo advertir cómo su madre se echaba de pronto a temblar. Los hombres decidieron entonces mantenerla alejada del granero. Llena de pavor, la granjera aguardó la noche. Los rusos aceptaron el aguardiente que se les ofrecía con visible gratitud, y la mujer los oyó cantar, borrachos, sus melancólicas canciones. Mas cuando el hijo se presentó en el granero a eso de las once, los prisioneros ya no estaban. Habían fingido una borrachera: la forzada amabilidad de los ocupantes de la granja había servido para convencerles de que el ejército rojo andaba ya cerca. Cuando, bien entrada la noche, llegaron por fin los rusos, el hijo yacía en el desván, completamente borracho, mientras la pobre granjera, presa del pánico, trataba de quemar su uniforme de las SS. Como también su hermano había cogido una buena borrachera, la mujer no tuvo más remedio que salir personalmente a recibir y dar de comer a los soldados rusos. Su rostro parecía petrificado. A la mañana siguiente, los rusos se pusieron de nuevo en camino; el ejército rojo proseguía su avance. Mientras tanto, el hijo, todo ojeroso, pedía más aguardiente al tiempo que manifestaba su firme intención de abrirse paso hasta los restos del ejército alemán, que ya se batía en retirada, para continuar el combate. La granjera no se molestó en persuadirle con buenas razones de que seguir luchando equivalía al desastre total, sino que, desesperada, se arrojó a sus pies y trató de retenerle físicamente. El muchacho la apartó de en medio, arrojándola violentamente sobre la paja. Al incorporarse, la mujer sintió en su mano una vara de carro. La asió con fuerza y golpeó con ella a aquel demente. Aquella misma mañana, una campesina llegó conduciendo su carreta a la aldea más próxima. Allí se presentó al comandante ruso para hacerle entrega de su hijo, al que traía atado de pies y manos. La mujer intentó explicar a través de un intérprete que lo entregaba como prisionero de guerra para salvarle la vida.
1946
© Bertolt Brecht: Die zwei Söhne (Los dos hijos). Publicado en Kalendergeschichten (Historias de Almanaque), 1949. Traducción de Joaquín Rábago.
Egbert entró en el gabinete, espacioso y sucintamente iluminado, con el aire de un hombre que no está seguro de si se adentra en un palomar o en una fábrica de bombas y se halla preparado para ambas eventualidades. El insignificante altercado doméstico habido ante la mesa del almuerzo habíase disputado sin llegar a término definitivo y el problema era saber hasta qué punto lady Anne se hallaba en disposición de reiniciar o cesar las hostilidades. Su postura en el sofá, junto a la mesa del té, era de una rigidez un tanto artificiosa; en la penumbra de un atardecer de diciembre los quevedos de Egbert no le eran materialmente de gran utilidad para distinguir la expresión de su rostro.
En un intento por romper cualquier hielo que pudiera flotar en la superficie formuló una observación acerca de una tenue luz litúrgica. Lady Anne o él mismo solían hacer esta observación entre las 4.30 y las 6 de las tardes de invierno o de fines de otoño; formaba parte de su vida conyugal. No existía una réplica establecida para ella y lady Anne no dio ninguna. Don Tarquinio estaba tumbado sobre la alfombra, al amor de la chimenea, con una soberbia indiferencia ante el posible malhumor de lady Anne. Su pedigree era tan intachablemente persa como el de la alfombra y su piloso collarín entraba en la gloria de su segundo invierno. El joven criado, que tenía tendencias renacentistas, le había acristianado como Don Tarquinio. Abandonados a sí mismos, Egbert y lady Anne infaliblemente le habrían puesto Fluff, pero no eran obstinados.
Egbert se sirvió un poco de té. Como no había la menor traza de que el silencio se rompiera a iniciativa de lady Anne, se armó de valor para realizar otro yermáqueo esfuerzo[1].
—La observación que hice durante el almuerzo tenía una intención puramente académica —anunció—; pareces atribuirle una significación innecesariamente personal.
Lady Anne mantuvo su defensiva barrera de silencio. Displicentemente, el pinzón real colmó el intervalo con un aire de Ifigenia en Táuride. Egbert lo reconoció inmediatamente, ya que era el único aire que silbaba el pinzón y había llegado a sus manos con la reputación de silbarla. Tanto Egbert como lady Anne hubieran preferido algo de The Yeoman of the Guard[2], que era su ópera favorita. En materia de arte tenían un gusto similar. Ambos se inclinaban por lo sincero y explícito en arte; un cuadro, por ejemplo, que lo dijera todo por sí mismo, con la generosa ayuda de su título. Un corcel de guerra sin jinete, con el arnés en evidente estrago que irrumpe dando tumbos por un patio lleno de pálidas y desfallecientes mujeres y con la anotación, al margen, de “Malas noticias”, sugería a sus mentes una meridiana interpretación de catástrofe militar. Les permitía apreciar lo que se trataba de transmitir y explicárselo a sus amigos de inteligencia más obtusa.
El silencio se prolongaba. Por regla general, el enojo de lady Anne se tornaba articulado y acentuadamente voluble al cabo de cuatro minutos de mutismo introductorio. Egbert tomó la jarra de la leche y vertió parte de su contenido en el platillo de Don Tarquinio; como el platillo ya estaba lleno hasta los bordes el resultado fue un patético rebosamiento. Don Tarquinio lo contempló con un sorprendido interés que se desvaneció en una artificiosa impasibilidad cuando fue requerido por Egbert para acercarse y engullir parte de la sustancia derramada. Don Tarquinio estaba preparado para desempeñar muchos papeles en la vida pero el de aspiradora en la limpieza de alfombras no era uno de ellos.
—¿No crees que nos estamos portando como unos tontos? —dijo Egbert jovialmente.
Si lady Anne lo creía así no lo dijo.
—Me atrevo a decir que en parte la culpa ha sido mía —prosiguió Egbert con una jovialidad que se evaporaba—. Después de todo, tan sólo soy humano, tú lo sabes. Pareces olvidar que tan sólo soy humano.
Insistía sobre este punto como si hubiera habido infundadas insinuaciones de que en su conformación había rasgos satíricos, con apéndices caprinos allí donde lo humano terminaba. El pinzón real comenzó de nuevo su aire de Ifigenia en Táuride. Egbert empezó a sentirse deprimido. Lady Anne no se tomaba su té. Tal vez se sintiera indispuesta. Sin embargo, cuando lady Anne se sentía indispuesta no solía ser reticente al respecto. “Nadie sabe lo que sufro a causa de la indigestión”, era una de sus aseveraciones favoritas; pero la falta de conocimiento sólo podía deberse a una defectuosa audición; el montante de la información disponible sobre el tema habría proporcionado material suficiente para una monografía. Evidentemente lady Anne no se sentía indispuesta.
Egbert empezó a considerar que estaba siendo tratado de un modo poco razonable; naturalmente, empezó a hacer concesiones.
—Me atrevo a decir —observó, adoptando una posición sobre la alfombra situada ante la chimenea tan centrada como logró persuadir a Don Tarquinio que le permitiese—, que se me puede censurar. Estoy dispuesto, si con ello puedo restablecer las cosas en una situación más feliz, a intentar enmendarme.
Se preguntaba vagamente cómo sería posible tal cosa. Las tentaciones se le presentaban, en su madurez, de forma esporádica y no muy acuciantes, como un desmañado aprendiz de carnicero que pide un regalo navideño en febrero sin una razón más halagüeña que el no haberlo recibido en diciembre. No tenía más intención de sucumbir a aquéllas que de comprar los cubiertos de pescado o las estolas de piel que las señoras se veían obligadas a sacrificar por medio de las columnas de anuncios a lo largo de los doce meses del año. Sin embargo, había algo de impresionante en esta renuncia no solicitada a unos excesos posiblemente latentes.
Lady Anne no dio la menor muestra de estar impresionada.
Egbert la miró nerviosamente a través de sus lentes. Llevar la peor parte en una controversia con ella no era una experiencia nueva. Llevar la peor parte en un monólogo era una humillante novedad.
—Iré a vestirme para la cena —anunció con una voz en la que intentó deslizar un cierto deje de severidad.
Ya en la puerta, un postrer acceso de debilidad le impulsó a hacer una ulterior apelación.
—¿No estaremos siendo muy tontos?
—Un memo —fue el comentario mental de Don Tarquinio al cerrarse la puerta tras la retirada de Egbert. Luego, alzó al aire sus aterciopeladas garras delanteras y brincó con agilidad a una estantería situada justamente debajo de la jaula del pinzón real. Era la primera vez que parecía advertir la existencia del pájaro, pero desplegaba un plan de acción preconcebido, con la precisión de una madura deliberación. El pinzón real, que se imaginaba a sí mismo como algo parecido a un déspota, súbitamente se confinó en una tercera parte de su radio de acción normal para sumirse luego en un desvalido aleteo y en un estridente piar. Había costado veintisiete chelines, jaula aparte, pero lady Anne no hizo el menor gesto de ir a intervenir. Llevaba muerta dos horas.

[1] A Yermak effort, en el original. Saki era un gran conocedor de la historia de Rusia, sobre el origen de cuyo imperio asiático escribió un libro. De aquí esta pedantesca y pintoresca referencia. Yermak Timofeyevich fue el jefe cosaco que en el siglo XVI comandó las avanzadillas de la penetración rusa en Siberia y consiguió algunas victorias parciales gracias a que sus hombres portaban armas de fuego, algo nunca visto por los tártaros armados de flechas que se les enfrentaron. Murió ahogado en el río Irtysh en agosto de 1584, durante una retirada ante las tribus locales, a causa del peso de la cota de malla que vestía, regalo del zar Iván IV. La expresión de Saki, obviamente irónica, podría tener su equivalente en nuestro “hercúleo” esfuerzo; de ahí el adjetivo con el que doy cuenta de ella. (N. del T.)
[2] Famosa opereta sentimental y patriotera de Gilbert y Sullivan, muy popular entre los ingleses y especialmente los londinenses (su acción transcurre en la Torre de Londres). (N. del T.)
© Saki (Hector Hugh Munro): The Reticence of Lady Anne (La reticencia de lady Anne). Publicado en Reginald in Russia and Other Sketches, 1910. Traducción de Jesús Cabanillas.

https://lecturia.org/cuentos-y-relatos/saki-la-reticencia-de-lady-anne/2194/

Graham Greene: escritor, viajero y espía
El escritor británico Graham Greene, fotografiado en mayo de 1964 por Karsh of Ottawa. / BABELIA / ZARDOYA
Rebuscando en la estantería de los libros, he encontrado varias novelas del escritor británicoGraham Greene (1904-1991) que leí hace mucho tiempo. Son apasionantes historias que ocurren en el Haití del dictador François Duvalier, la Cuba de Fulgencio Batista, la Indochina francesa o el México de las guerras Cristeras. Casi todas ellas han sido llevadas al cine. A mí me enseñaron a viajar.

Graham Greene nunca le concedieron el Nobel de Literatura, a pesar de que fue perpetuo candidato. Tampoco mostró demasiado interés en recibir el galardón: 'Soy demasiado popular para ganarlo; yo no escribo cosas complicadas', solía decir.
Una simplicidad engañosa, resultado de su dominio de la técnica narrativa y que, como en el caso de su compatriota John Le Carré, nos devuelve el gusto por las historias bien contadas, esas que se leen de un tirón y saben a poco. Sus personajes también distan de ser chatas figuras creadas para hilvanar una trama. El Harry Lime de El tercer hombre, el padre José de El poder y la gloria, el Jones de Los comediantes se ven arrastrados a la acción por circunstancias que los sobrepasan, para acabar convertidos, a su pesar, en héroescobardesmártirestraidores.
Viajero en el filo de la navaja, fascinado por el peligro y la muerte --según cuenta en su autobiografía, en su juventud jugó varias veces a la ruleta rusatras un desengaño amoroso--, los lugares donde transcurren sus historias y que visitó como corresponsal de guerra, como espía, o simplemente para satisfacer esa necesidad de huida que le empujaba tanto a viajar como a escribir para, según sus palabras, "escapar de la locura y la melancolía, del terror inherente a la condición humana", adquieren en sus novelas una presencia casi física.
De las páginas de El americano tranquilo, por citar una de sus obras más redondas, se sale con el aroma del opio de las sórdidas fumeries de Saigónpegado a la ropa. Leyendo a Greene, he paseado por las calles de una Habanacálida y dulce como el pecado; he temblado en un calabozo de Puerto Príncipe; me he sobresaltado con la explosión de una mina en los arrozales de Phat Diem. Y a veces he vuelto, esta vez físicamente, para reencontrarme con aquellos lugares que ya conocía por sus libros.


El poder y la gloria (1940)

Para muchos, la mejor novela de Greene, en la que se dan los elementos más significativos de su obra: los escenarios exóticos, en este caso el estado mexicano de Chiapas durante el mandato del presidente Plutarco Elías Calles, el conflicto interior, y la sutil línea que separa el bien del mal y el valor de la cobardía.

Greene, Graham - El poder y la gloria.pdf - Google Drive

https://docs.google.com/open?id=0B3Vkz_zf9W...
Page 2 of 127. El poder y la gloria: Índice Graham Greene. 2. EL PODER Y LA. GLORIA. (The Power and the Glory, 1940). Graham Greene. ÍNDICE. Nota del ...

El revés de la trama (1948)
En una colonia británica de África occidental, el mayor Henry Scobie malvive acompañado de otros funcionarios y de su mujer, ansiosa por regresar a Inglaterra. La llegada de una atractiva joven lo sumirá en una tórrida aventura amorosa que trastocará toda su existencia. Una reflexión sobre el amor, elpecado y el sentimiento de culpa que le valió a su autor el calificativo de "escritor católico", etiqueta que Greene siempre rechazó.



El tercer hombre (1950)

Concebida inicialmente como guión cinematográficoEl tercer hombre está ambientada en la Viena de la posguerra. Una ciudad que siempre asociaremos al rostro de Orson Welles (el cínico y difunto Harry Lime), a la cítara de Anton Karas y a una frase: "Los suizos llevan más de 500 años de paz y prosperidad, y ¿qué han inventado?, el reloj de cuco".


El americano tranquilo (1955) 

Fowler, el corresponsal de un diario londinense en Saigón, aparece en esta novela como alter ego de Graham Greene, quien realmente cubrió el conflictoentre las tropas francesas y el Vietminh como reportero de la revista LIFE. La idea de la intervención de una "tercera fuerza" que mediase en el conflicto de laIndochina francesa, y el ingenuo asesor estadounidense que da nombre a la novela, tan cargado de buenas intenciones como peligroso, se anticipan a laintervención americana en Vietnam.


Nuestro hombre en La Habana (1958)

Wormold, un pacífico ciudadano británico que se dedica a vender aspiradoras en la Cuba prerrevolucionaria, se ve reclutado a su pesar por los servicios secretosde su país. Con gran sentido del humor, se va desarrollando una atípica historia de espías que tiene como escenario La Habana de Batista: la de los gángsterestraficantes de droga, los burdeles y salas de juego, y las redadas y torturasde la policía política.


Un caso acabado (1961)

Como en El corazón de las tinieblas, de Conrad, un hombre remonta el río Congo para encontrarse con su destino. Querry, un arquitecto en la cima del éxito, una especie de Le Corbusier minado por la indiferencia ante el arte y la vida, renuncia a su carrera para trabajar en una leprosería en el interior de lajungla congoleña. Allí, al tiempo que alcanza el equilibrio interior, tropezará con la hipocresía y el puritanismo de los colonos belgas.


Los comediantes (1967)

El Haití siniestro de Papá Doc y los Tontons Macoute, los paramilitares que sembraron el terror en la república caribeña, es el escenario en el que transcurre esta historia de perdedores: Brown, propietario de un hotel de lujo donde ya no recala ningún turista; Jones, un impostor que se hace pasar por asesor militar británico. La atmósfera espesa de Puerto Príncipe, la violencia política, el vudú, aparecen en esta brillante novela que consiguió enfurecer a Duvalier.


El cónsul honorario (1973)

En una ciudad imaginaria del norte de Argentina, el cónsul británico es secuestrado por un grupo de guerrilleros para exigir la liberación de varios presos políticos. Entre los raptores se encuentra su mejor amigo, hijo de uno de los detenidos. Aquí aparece uno de los temas recurrentes de Greene: el conflicto entre la lealtad a una causa y la amistad, en un territorio políticamente revolucionado: el de Argentina en los años previos a la dictadura militar.
https://elpais.com/elpais/2014/11/27/viajero_astuto/1417100765_141710.html

Graham Greene

(Berkhamstead, Reino Unido, 1904 - Vevey, Suiza, 1991) Novelista y periodista británico. Estudió historia en Oxford y en 1926 inició su trayectoria periodística en The Times, del que más tarde sería subdirector. Posteriormente ejerció como crítico cinematográfico y director literario de la revista The Spectator; durante la Segunda Guerra Mundial trabajó para el ministerio de Asuntos Exteriores británico.

Graham Greene
En sus primeras novelas, entre las cuales destacan Orient Express (1932) y Una pistola en venta (1936), Graham Greene combinó las técnicas de la narrativa de espionaje con un hábil tratamiento de la psicología de los personajes. A estas obras siguieron Brighton, parque de atracciones (1938), El poder y la gloria(1940), El revés de la trama (1948), El tercer hombre (1950) y El fin de la aventura (1951).

Todas ellas presentan personajes presionados por el factor ambiental, que luchan por su liberación o su afirmación. La problemática católica -el autor se convirtió al catolicismo en su juventud- no afecta ni entorpece el curso ágil de sus tramas argumentales ni convierte la acción redentora de los personajes en una lección moral. El tercer hombre es quizá su novela más conocida, debido a la adaptación cinematográfica de Carol Reed (con guión del propio Greene), en la que Orson Welles interpretó magistralmente a Harry Lime, una de las grandes creaciones del escritor.

Graham Greene acentuó la visión pesimista que tenía de la condición humana en novelas posteriores como El americano impasible (1955), Nuestro hombre en La Habana (1958), Un caso acabado (1961), El cónsul honorario (1973) y El factor humano (1978). Autor prolífico, también cultivó el relato y el drama; El cuarto de estar (1951) es su pieza teatral más conocida.
5 libros para conocer a Graham Greene
20 de julio de 2016  • 17:30
Casi que puede tomárselo como uno de los paradigmas de escritor inglés del siglo pasado. Pero, contra la opinión corriente, Graham Greene (1904-1991) es uno de los representantes más originales y, al mismo tiempo, menos obvios de la literatura británica. El malentendido surge de la vastedad de su influencia, que excede ampliamente uno de sus territorios: el mundo de los espías. Comenzó con algunas novelas de corte romántico, pasó por un período de realismo político, pero, de a poco, su conversión al catolicismo fue marcando los conflictos morales de muchos de sus contradictorios personajes, entre los que abundan los fugitivos, los ladrones honestos, los canallas llenos de ternura, los moralistas dudosos y los supersticiosos sin religión. Trabajó como periodista, crítico de cine e incluso en el círculo de los servicios secretos, actividades que marcarían sus ficciones en las que proliferan los escenarios geográficos de las más diversas latitudes, pero siempre poblados por el tedio vital, la desilusión y la política.

El poder y la gloria

(1940)

Dos personajes interactúan como dobles opuestos en esta novela situada en México, en el estado de Tabasco, durante los años treinta: se llaman simplemente el Cura y el Teniente. El primero tiene un hijo ilegítimo y cede con frecuencia al alcohol, mientras busca cumplir con su misión religión en una provincia donde ésta está prohibida. El segundo lo persigue, aunque a pesar de su odio y tenacidad, no carece de idealismo. Aunque El poder y la gloria se propone como una novela alegórica, logra algo mucho más importante: a pesar del sufrimiento íntimo por su condición de evidentes pecadores, sus personajes se abocan en un mundo caótico al heroísmo del día a día, s.

El tercer hombre

(1949)
El libro más famoso de Greene es casi efecto del azar laboral. Contratado para escribir un guión de cine, el novelista decidió antes esbozar, por comodidad, una nouvelle en la que basarse. Ese texto fue el punto de partida de la famosa película filmada por Carol Reed en la que Orson Welles encarna, en una breve y fulgurante aparición, al inolvidable Harry Lime. Ubicada en el turbio ambiente de la Viena de posguerra ocupada por los aliados, donde medran las redes de espías y el mercado negro, el rastreo de Lime por parte de su amigo, el periodista Holly Martins, y el elíptico relato sobre su infame conversión sigue siendo la mejor versión condensada del arte del suspenso que tan bien manejaba el escritor inglés.
Trailer de El tercer hombre, de Carol Reed

El americano impasible

(1955)
Greene estuvo como periodista en Vietnam cuando Francia buscaba retener esa región colonial y El americano impasible se nutre magistralmente de ese conocimiento de primera mano. La novela, narrada por el corresponsal Thomas Fowler, se centra en Alden Pyle, un joven diplomático estadounidense, de aire ingenuo pero tenaz, convencido de las bondades de la política exterior americana y del que, ya en las primeras líneas, se sabe que fue asesinado. Con la lucha política colonial de fondo, y la descripción de las primeras operaciones encubiertas norteamericanas, El americano impasible sirve para el analisis de los problemas morales de los personajes y sugiere una certeza: que en tiempos difíciles, aunque cueste, se debe tomar posición. Una mujer local se interpone entre Fowler y Pyle, dándole una cuota pasional al relato, mientras que el final, sorpresivo, propone algo más que una vuelta de tuerca.

Nuestro hombre en La Habana

(1958)
Con su tono de comedia, esta desopilante novela sobre los servicios secretos es una de las más veneradas del escritor. En la capital de Cuba, y en el clima algo absurdo de comienzos de la guerra fría, antes de la caída de Batista, un agente británico recluta como informante a un vendedor de aspiradoras, Wormold, que, para justificar su paga ante sus misteriosos empleadores, inventa una serie de complejos complots para dejarlos satisfechos. Wormold logrará salir indemne en esta obra que reflexiona con ironía sobre los vínculos entre política, realidad y ficción. La trama es tan deliberadamente absurda que se volvió profética: los complots fantaseados por el protagonista se parecen notoriamente a la posterior crisis de los misiles entre Cuba, Estados Unidos y la URSS.

El cónsul honorario

(1973)
Una de las novelas centrales de la última etapa de Greene, El consul honorario tiene la particularidad de transcurrir en la Argentina, más precisamente en la provincia de Corrientes. Como en otras de sus narraciones, el error de cálculo ocupa un lugar decisivo en la peripecia: en vez del embajador norteamericano, de visita en la ciudad, un grupo de secuestradores captura a un modesto cónsul británico, Charles Fortnum. Narrada por un argentino descendiente de ingleses, con una intriga romántica y el clásico mundo de lealtades en tensión, Greene -que se inspiró en una visita al país a comienzos de los setenta y un secuestro real- capturó sin proponérselo el clima de violencia política que ya rondaba estas latitudes.
Una escena de la película El consul honorario (1983), con Richard Gere y Michael Caine
https://www.lanacion.com.ar/1920231-5-libros-para-conocer-a-graham-greene

1

Fue la víspera del Día Feriado de Agosto cuando el último recluta se convirtió en el jefe de la pandilla de Wormsley Common. A ninguno le causó sorpresa excepto a Mike; pero a Mike, a los nueve años, todo le causaba sorpresa. «Si no cierras la boca», le dijeron un día, «se te va a meter una mosca». Desde entonces Mike mantenía los dientes cerrados como una ostra, salvo cuando la sorpresa era demasiado grande.
El nuevo recluta había estado con la pandilla desde el principio de las vacaciones de verano, y todos le veían posibilidades a su caviloso silencio. Nunca usaba una palabra de más, ni aun para decir su nombre, a menos que así lo exigieran las reglas. Cuando dijo: «Trevor», señaló un hecho, no reveló vergüenza o desafío, como lo habían hecho los demás. Tampoco se rio nadie, excepto Mike quien, al no verse secundado y toparse con la oscura mirada del recién llegado, abrió la boca y en seguida guardó silencio. Había muchas razones por las que «T.», como se le llamaría después, podía ser objeto de burla. Su nombre, por ejemplo (lo sustituyeron por una inicial porque de otro modo no había excusa para no reírse de él), o el hecho de que su padre, antes arquitecto y ahora empleado, «se había ido a pique», y su madre se consideraba de mejor clase que sus vecinos. ¿Qué fue sino una de esas raras circunstancias asociadas con el peligro, con lo impredecible, lo que permitió su ingreso en la pandilla sin pasar por una innoble ceremonia de iniciación?
La pandilla se reunía cada mañana en un lote baldío improvisado como estacionamiento, el sitio donde había caído la última bomba del primer ataque aéreo de la guerra. El jefe, conocido como Blackie, aseguraba que la había oído caer, y ninguno reparaba lo suficiente en las fechas para señalar que por entonces Blackie había tenido sólo un año de edad y estado profundamente dormido en el andén más bajo de la estación del metro de Wormsley Common. A un lado del baldío se inclinaba la primera de las casas aún ocupadas, el número 3 de la destrozada calle, de Northwood Terrace —literalmente se inclinaba, pues la explosión de la bomba la había dañado de tal manera que sus costados estaban apuntalados con maderos. Una bomba más pequeña y otras incendiarias habían caído un poco más allá dejándola como una enorme muela cariada. Uno de sus muros exteriores aún retenía, pegadas, reliquias de lo que había sido la casa de junto: un pedazo de friso y trozos de chimenea. T., cuyas palabras se limitaban casi a votar «sí» o «no» al plan de operaciones propuesto cada día por Blackie, una vez sorprendió a todos al observar meditativamente: «Wren construyó esa casa, dice mi padre».
—¿Quién es Wren?
—El hombre que construyó la catedral de St. Paul.
—¿Y a quién le importa? —replicó Blackie—. No es más que la casa del Viejo Miserias.
El «Viejo Miserias» —cuyo verdadero nombre era Thomas— había sido arquitecto y decorador. Vivía solo en la maltrecha casa, haciendo de todo: cada semana se le podía ver cruzar el baldío trayendo consigo pan y verduras, y una vez, cuando los chicos se encontraban jugando, puso su cabeza sobre la derruida barda de su jardín para mirarlos.
—Acaba de salir del «ret» —observó uno de los chicos, pues todos sabían que, desde la caída de aquellas bombas, algo andaba mal en las cañerías, y el Viejo Miserias era demasiado tacaño para meterle dinero a la propiedad. Hacía la redecoración, que le salía al costo, pero no sabía nada de plomería. El «ret»— el retrete —era un cobertizo de madera con un agujero en forma de estrella en la puerta, al fondo del estrecho jardín: había escapado de la explosión que había destruido la casa de junto y arrancado los postigos de las ventanas de la número 3.
La otra ocasión en que la pandilla supo del señor Thomas fue más sorprendente. Blackie, Mike y un chico flaco y amarillento a quien, por alguna razón, se le llamaba por su apellido —Summers—, se lo encontraron en el baldío cuando regresaba del mercado. El señor Thomas los llamó. Malhumorado, les preguntó: «¿Son ustedes de ese grupo que juega en el estacionamiento?».
Mike estaba a punto de responder cuando Blackie se lo impidió. Como jefe de la pandilla, conocía sus responsabilidades: «Supongamos que sí», dijo ambiguamente.
—Traigo algunos chocolates —dijo entonces el señor Thomas—. A mí no me gustan. Tengan. Aunque no van a alcanzar para todos, supongo. Nunca alcanzan —agregó con sombría seguridad, a la vez que les tendía tres paquetitos de Smarties.
Toda la pandilla se sintió sorprendida y perturbada por esa acción y trató de explicársela. «Apuesto que alguien los tiró y él los recogió», sugirió uno.
—Se las robó y luego no pudo aguantar el jodido miedo —pensó en voz alta otro.
—Nos quiere sobornar —terció Summers—. Quiere que dejemos de rebotar pelotas en su pared.
—Le demostraremos que no aceptamos sobornos —dijo Blackie, y sacrificaron la mañana entera rebotando pelotas en la pared, un juego que sólo Mike, por ser el más pequeño de todos, disfrutaba. Ni rastro del señor Thomas.
A la mañana siguiente T. los asombró a todos. Llegó tarde a la reunión, y la votación para la hazaña del día se realizó en su ausencia. A sugerencia de Blackie, la pandilla se dispersaría en pares, tomaría autobuses al azar, a ver cuántos paseos gratis podían sacarles a conductores distraídos (la operación se llevaría a cabo en pares para evitar trampas). Estaban designando acompañantes por sorteo cuando llegó T.
—¿Dónde andabas, T.? —preguntó Blackie—. Ya no puedes votar. Conoces las reglas.
—Estuve allí —dijo T. Dirigió la vista al suelo, como si quisiera esconder algún pensamiento.
—¿Dónde?
—En la casa del Viejo Miserias —la boca de Mike se abrió, para de inmediato cerrarse con un ruidito. Recordó lo de la mosca.
—¿La del Viejo Miserias? —repitió Blackie. No había ninguna regla que lo prohibiera, pero tenía la sensación de que T. andaba pisando terreno peligroso. Preguntó esperanzado—: ¿Forzaste las cerraduras?
—No. Toqué la campanilla.
—¿Y luego qué hiciste?
—Le dije que quería ver su casa.
—¿Y él qué hizo?
—Me la enseñó.
—¿Te clavaste algo?
—No.
—¿Para qué fuiste, entonces?
La pandilla se había juntado alrededor: era como si un tribunal improvisado estuviera a punto de formarse para tratar un caso delictivo. T. dijo: «Es una bella casa», y con los ojos aún fijos en el suelo, sin ver a ninguno, se pasó la lengua por los labios, primero hacia la izquierda, luego hacia la derecha.
—¿Qué quieres decir con «una bella casa»? —preguntó Blackie con desdén.
—Tiene una escalera de doscientos años, en forma de sacacorchos. No se sostiene en nada.
—¿Qué quieres decir con «no se sostiene en nada»? ¿Flota?
—Tiene que ver con el equilibrio de fuerzas, me dijo el Viejo Miserias.
—¿Y qué más?
—Hay entrepaños.
—¿Como en El Jabalí Azul?
—De doscientos años.
—¿Tendrá el Viejo Miserias doscientos años?
Mike rio intempestivamente pero en seguida se calló. Había una atmósfera de seriedad en la reunión. Por primera vez desde que T. había llegado al baldío aquel primer día de vacaciones, su posición estaba en peligro. Que simplemente se mencionara su nombre completo, y no se quitaría a la pandilla entera de encima.
—¿Para qué hiciste eso? —preguntó Blackie. Estaba siendo justo, no le tenía envidia, quería conservar a T. en la pandilla si podía. Era la palabra «bella» lo que le preocupaba; pertenecía a una clase que uno aún podía ver parodiada en el Teatro Empire de Wormsley Common por un cómico que aparecía con sombrero de copa y monóculo, con un acento para doblarse de risa. Se vio tentado a decirle: «Mi querido Trevor, viejo amigo…» y soltarle la jauría—. Si te hubieras metido por la fuerza… —dijo con desconsuelo—, esa sí que hubiera sido una hazaña digna de la pandilla.
—Esto fue mejor —dijo T.—. Averigüé cosas —continuó con la vista puesta en sus pies, sin cruzarla con los ojos de ninguno, como absorto en un sueño que no quería, o le avergonzaba, compartir.
—¿Qué cosas?
—El Viejo Miserias no va a estar mañana ni el Feriado de Agosto.
Blackie preguntó, aliviado: «¿Quieres decir que podríamos metemos?».
—¿Y clavarnos cosas? —preguntó alguien más.
—Nadie va a clavarse nada —dijo Blackie—. Entrar es suficiente, ¿o no? No queremos líos con la justicia.
—Yo no quiero clavarme nada —dijo T.—. Tengo una idea mejor.
—¿Cuál es?
T. alzó los ojos, tan grises y alterados como aquel triste día de agosto: «Tirar la casa», respondió. «Destruirla».
Blackie soltó una risilla de lechuza y luego, como Mike, recobró la serenidad, intimado por la grave, implacable mirada. «Y mientras, ¿qué con la policía?», dijo.
—Nunca lo sabrá. Lo haremos desde dentro. Ya sé por dónde entrar. —Luego dijo con cierta intensidad—: ¿No lo ven? Seremos como gusanos en una manzana. Para cuando salgamos no quedará nada allí, ni escalera, ni entrepaños ni nada, sólo muros, y después derribaremos los muros de algún modo.
—Iríamos a la cárcel —dijo Blackie.
—¿Quién va a probar nada? Y además, no nos habremos llevado ni un alfiler. —Luego añadió, ya sin el menor destello de gozo—: No habrá nada que llevarnos cuando hayamos terminado.
—Yo nunca oí que metieran a la cárcel por romper cosas —dijo Summers.
—No tendríamos tiempo —dijo Blackie—. He visto cómo trabajan los que demuelen casas.
—Somos doce —dijo T.—. Podemos organizarnos.
—Ninguno de nosotros sabe cómo…
—Yo sí sé —dijo T. Luego miró directamente a Blackie—. ¿Tienes una idea mejor?
—Hoy —dijo Mike sin ningún tacto—, vamos a conseguirnos paseos gratis…
—Paseos gratis —dijo T.—. Eso es para niños. No tienes que participar. Blackie, si lo que quieres…
—La pandilla tiene que votar.
—Que vote entonces.
Blackie dijo con inquietud: «Se propone que mañana y el lunes destruyamos la casa del Viejo Miserias».
—Oigan, oigan… —dijo un chico gordo llamado Joe—. ¿Quién está a favor?
T. dijo: «Está decidido».
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Summers.
—Que él te diga —le respondió Blackie. Era el fin de su liderazgo. Se fue al fondo del estacionamiento y se puso a patear una piedra, haciéndola rodar sin dirección fija. Solo había un viejo Morris en el lote; aparte de algunas vagonetas, pocos carros se estacionaban allí: no habiendo cuidador, no había seguridad. Blackie le largó un puntapié al Morris, raspándole algo de pintura al guardafango trasero. Más allá, no poniendo más atención en él que en un extraño, la pandilla se reunió alrededor de T. Blackie se dio cuenta vagamente de lo fácil que era caer en desgracia. Pensó en irse a casa, en nunca volver, en dejarlos descubrir la precariedad del liderazgo de T., pero supongamos, después de todo, que lo que propuso T. sea posible. Nada parecido se había hecho antes. De seguro la fama de la pandilla del estacionamiento de Wormsley Common se extendería por todo Londres. Saldrían encabezados en los periódicos. Hasta las pandillas de muchachos más grandes que manejaban las apuestas en la lucha libre, o vendían objetos desde sus carritos verían con respeto cómo había sido destruida la casa del Viejo Miserias. Impulsado por el simple, puro y altruista deseo de fama para la pandilla, Blackie regresó a donde T. se encontraba, a la sombra de uno de los muros de la casa del Viejo Miserias.
T. daba órdenes con decisión: era como si esta idea lo hubiera acompañado toda su vida, madurando con las estaciones y cristalizando ahora, a sus quince años, con las angustias de la pubertad. «Tú», le dijo a Mike, «consigue algunos clavos grandes —los más grandes que encuentres— y un martillo. El que pueda, mejor que traiga un martillo y un destornillador. Necesitaremos muchos. Cinceles también. Tantos como sea posible. ¿Puede alguien conseguir una sierra?».
—Yo puedo —dijo Mike.
—Pero no una sierra de niños —dijo T.—. Una de verdad.
Blackie se vio levantando la mano como cualquier otro miembro de la pandilla.
—Bien, Blackie. Tráela tú. Pero hay un problema. Necesitamos una sierra de arco.
—¿Qué es una sierra de arco? —preguntó alguien.
—Las venden en Woolworth’s —indicó Summers.
El chico gordo llamado Joe dijo con desaliento: «Ya sabía que esto iba a terminar en una colecta».
—Traeré la sierra yo mismo —dijo T.—. No necesito tu dinero. Pero no puedo comprar un marro.
Blackie dijo: «Hay algunos trabajadores en el número 15. Sé dónde guardan sus triques hasta después del Feriado de Agosto».
—Ya está, entonces —concluyó T.—. Nos reuniremos aquí a las nueve en punto.
—Tengo que ir a misa —dijo Mike.
—Salta la barda y silba. Nosotros te abrimos.

2

El domingo por la mañana todos llegaron puntuales, excepto Blackie. Hasta Mike. Mike había tenido un golpe de suerte. Su madre no se sentía bien, su padre estaba cansado tras la desvelada del sábado, y le dijeron que fuera a misa él solo, no sin advertirle repetidamente lo que le pasaría si se iba a otra parte. Blackie tuvo dificultades para sacar la sierra a escondidas, y luego para encontrar el marro en el número 15. Llegó a la casa del Viejo Miserias por la vereda que pasaba detrás del jardín, temeroso de toparse con el policía que hacía su ronda por la calle principal. Los abatidos siempre verdes árboles de la vereda mantenían a raya un sol tormentoso: desde el Atlántico amenazaba otro Día Feriado de Agosto con lluvia, anunciado ya por las oleadas de polvo levantándose por todas partes. Blackie escaló la barda del jardín del Viejo Miserias y saltó dentro.
Ni rastro de nadie, por ningún lado. El «ret» se alzaba como una tumba en un cementerio abandonado. Las cortinas, corridas. La casa, dormida. Blackie se acercó, caminando pesadamente con la sierra y el marro. Quizá ninguno había venido, después de todo: el plan era una locura: habían recapacitado. Pero cuando se acercó más a la puerta posterior, oyó una confusión de ruidos apenas más audibles que los de un avispero agitado: un clac, clac, un pum, pum, un ruido rasposo, otro de algo cuarteándose —un súbito, doloroso crac. Pensó: era cierto. Silbó.
Le abrieron la puerta trasera y entró. Inmediatamente tuvo la impresión de que se trabajaba con organización, algo muy diferente al «cada quien haga lo que quiera» de cuando él era jefe. Durante un rato anduvo subiendo y bajando escaleras buscando a T. Nadie le hablaba. Experimentó una sensación de urgencia: ya empezaba a ver claramente el plan. Todo en el interior estaba siendo destruido cuidadosamente, sin tocar las paredes. Summers rompía a martillo y cincel las tiras de zoclo del comedor en la planta baja: ya había despedazado los entrepaños de la puerta. Allí mismo Joc arrancaba por bloques el parquet, dejando al descubierto las duelas que techaban el sótano. Del zoclo dañado brotaban serpentinas de cables eléctricos y Mike, sentado feliz en el suelo, los cortaba en trozos.
En la curva escalera otros dos chicos trabajaban con afán tratando de cortar el pasamanos con una inadecuada sierra de juguete. Cuando vieron que Blackie traía una sierra de arco se la pidieron con un simple ademán. La próxima vez que los vio, una cuarta parte del pasamanos yacía tirado en el vestíbulo. Por fin encontró a T. Estaba en el baño. Sentado taciturnamente en el menos cuidado cuarto de la casa, escuchaba ruido que ascendía de la planta baja.
—De veras lo hiciste —le dijo Blackie con temor reverente—. ¿Cómo irá a terminar?
—Apenas hemos empezado —dijo T. Luego, con una mirada al marro, dio sus instrucciones—. Tú quédate aquí y despedaza la taza y el lavabo. No te preocupes por las tuberías. Esas, después.
Mike apareció en la puerta: «Ya acabé con los cables, T.», dijo.
—Muy bien. Ahora anda por ahí. La cocina está en el sótano. Quiebra toda la porcelana, las copas y las botellas que encuentres. No abras las llaves del agua: no queremos una inundación; todavía no. Luego recorre todos los cuartos de la casa y saca todos las cajones. Si están cerrados con llave, llama a alguien y que rompa las cerraduras. Rompe todos los papeles que encuentres y despedaza los adornos. Consíguete un cuchillo cebollero en la cocina, para que te ayudes. Aquí en frente está la recámara. Desbarata las almohadas y tasajea las sábanas. Eso será suficiente por el momento. Y tú, Blackie, cuando termines aquí, pulveriza en el corredor todo el yeso de las paredes con tu marro.
—¿Y tú qué vas a hacer? —le preguntó Blackie.
—Pensaré en algo especial —respondió T.
Era casi hora del almuerzo cuando Blackie terminó y fue en busca de T. La destrucción iba avanzada. La cocina era un montón de porcelana y vidrios rotos. Al comedor no le quedaba una sola tira de parquet, todo el zoclo había sido arrancado, la puerta desprendida de sus bisagras, y los destructores habían pasado al piso de arriba. Rayos de luz se filtraban a través de las persianas cerradas, donde los chicos trabajaban con una seriedad de creadores. La destrucción era una forma de creación, después de todo. Alguna mente imaginativa había concebido esa casa tal como se encontraba ahora.
Mike dijo: «Tengo que ir a casa, a comer».
—¿Quién más tiene que ir a comer? —preguntó entonces T., pero todos, con un pretexto u otro, habían traído su bastimento.
Se sentaron en medio de aquella ruina de cuarto e intercambiaron los sándwiches que no querían. Media hora para el lunch, y volvieron al trabajo. Para cuando Mike regresó de comer ya estaban todos en el piso de arriba. Hacia las seis habían completado todo el daño preliminar: puertas arrancadas, zoclos despegados, muebles destrozados, rasgados y aplastados —si alguien hubiera deseado dormir allí, habría tenido que hacerlo sobre una pila de escombros—. Las instrucciones de T. fueron: a las ocho en punto de la mañana el día siguiente. Para salir inadvertidos, saltaron, uno a la vez, la barda del jardín. Solo quedaron Blackie y T. No había ya luz del día y, cuando probaron con un interruptor, ninguna luz eléctrica. Mike había hecho su trabajo concienzudamente.
—¿Ya pensaste en algo especial? —preguntó Blackie.
T. asintió con la cabeza. «Ven», dijo, «Mira esto». De ambos bolsillos se sacó montones de libras esterlinas. «Los ahorros del Viejo Miserias», indicó. «Mike tasajeó los colchones, pero no las vio».
—¿Qué vas a hacer con ellas? ¿Repartirlas?
—No somos ningunos ladrones —dijo T.—. Nadie va a robarse nada de esta casa. Las guardé para ti y para mí; para que celebremos —se arrodilló en el suelo y contó los billetes; había 70 libras en total—. Las quemaremos —dijo luego— una por una —y, por turnos, sostuvieron verticalmente un billete a la vez, le prendieron fuego por la parte de arriba y esperaron a que la llama lo consumiera lentamente hasta tocar casi sus dedos. Una nube de finas cenizas grises flotaba y caía sobre sus cabezas enrojeciéndolas—. Me gustaría ver la cara del Viejo Miserias cuando hayamos terminado —dijo T.
—¿Lo odias mucho? —preguntó Blackie.
—Claro que no lo odio —respondió T.—: ¿Qué chiste tendría esto si lo odiara? —La llama del último billete quemado iluminó su rostro sumido en la reflexión—. Todo esto del amor y el odio son ñoñerías, mentiras. No hay sino cosas, Blackie —y miró alrededor del cuarto apretujado con las sombras extrañas de cosas a medias, cosas aplastadas, cosas que habían sido y ya no eran—. Echemos una carrera hasta tu casa, Blackie —dijo entonces.

3

A la mañana siguiente comenzó la destrucción final. Dos chicos no llegaron. —Mike y otro, cuyos padres habían salido a pasear a Southend y Brighton no obstante que las primeras gotas de lluvia lenta y tibia habían empezado a caer y el eco de relámpagos río abajo empezaban a oírse como un lejano cañoneo en tiempos de guerra. «Tenemos que darnos prisa», dijo T.
Summers mostró inquietud. «¿No hemos hecho ya suficiente?», preguntó. «Mis papás me dieron un chelín para jugar en las máquinas tragamonedas. Esto es como trabajar».
—Apenas hemos empezado —dijo T.—. Ve: nos falta todo el piso y la escalera; no hemos arrancado una sola ventana. Votaste a favor, como todos. Vamos a destruir esta casa. Terminaremos cuando no quede piedra sobre piedra.
Y la emprendieron nuevamente, arrancando las duelas del piso de la planta baja adyacente a los muros exteriores, dejando al descubierto las vigas debajo. Luego serraron las vigas y, como lo que quedaba del piso se inclinara y se hundiera, pasaron al vestíbulo. Esta vez, ya con más práctica, hicieron hundir el piso con mayor eficiencia. Hacia el final de la tarde los envolvió un extraño regocijo al mirar aquel gran agujero que era el interior de la casa. Corrían riesgos y cometían errores: cuando se acordaron de las ventanas ya era demasiado tarde. «¡Caray!», dijo Joe dejando caer una moneda de a centavo al fondo de aquel agujero lleno de escombros. Sonó y botó entre los vidrios rotos.
—¿Cómo es que hicimos esto? —preguntó Summers asombrado.
T., dentro del hoyo ya, apartaba escombros, haciendo espacio junto al muro exterior: —Abran todas las llaves del agua— ordenó. —Ya está lo bastante oscuro para que nadie se dé cuenta; mañana, a nadie le importará.
El agua los rebasó escaleras abajo y empezó a inundar las habitaciones sin suelo. Fue entonces cuando oyeron el silbido de Mike desde el jardín. «Algo anda mal», dijo Blackie. Podían escuchar el agitado resuello de Mike al abrir la puerta.
—¿El coco? —preguntó Summers.
—No —respondió Mike—. El Viejo Miserias. Viene para acá —puso la cabeza entre las rodillas y tuvo arcadas—. Corrí todo el tiempo —dijo con orgullo.
—¿Pero, cómo? —dijo T.—: Me dijo… —protestó con la furia de ese niño que nunca había sido—. No es justo.
—Andaba en Southend —dijo Mike— y estaba en el tren que venía para acá. Dijo que el clima estaba demasiado húmedo y frío —hizo una pausa y miró el agua, azorado—. Caray, les ha caído una tormenta. ¿Gotea el techo?
—¿En cuánto tiempo estará aquí?
—Cinco minutos. Me le escapé a mamá y vine corriendo.
—Mejor nos largamos —dijo Summers—. De todos modos ya hemos hecho suficiente.
—Oh, no. Nos falta. Esto, cualquiera podría hacerlo —«esto» era el cascarón de la casa, sin nada salvo los muros. Con todo, si se preservaban fachada y muros, se la podría reconstruir interiormente y dejarla incluso más bonita de lo que era. Podría volver a ser un hogar—. No —dijo T. con enojo—; tenemos que terminar. No se mueva nadie. Déjenme pensar.
—Ya no hay tiempo —dijo un chico.
—Tiene que haber alguna manera —dijo T.—: No hemos llegado tan lejos para…
—Hicimos bastante —dijo Blackie.
—No, no es bastante. A ver, que alguien vigile la entrada.
—Ya no podemos hacer más.
—Podría llegar por la parte de atrás.
—Vigile alguien la entrada de atrás, también —comenzó a suplicar T.—. Denme sólo un minuto y arreglo el asunto. Juro que lo arreglo —pero su autoridad se había diluido con su ambigüedad. Era tan solo uno de la pandilla—. Por favor —agregó.
—Por favor —lo remedó Summers y a manera de puntilla, atacó a fondo con el nombre fatal—. Anda, Trevor, vete a casa.
T. quedó recargado contra los escombros como un boxeador aturdido contra las cuerdas. Quedó sin palabras mientras sus sueños se derrumbaban y desaparecían. Justamente entonces intervino Blackie antes de que la pandilla comenzara a reírse. «Yo vigilaré la entrada, T.», ofreció, haciendo a Summers a un lado de un empujón. Cautelosamente entreabrió los postigos del vestíbulo. En frente se extendía el baldío mojado y gris, con la luz de los arbotantes reflejada en los charcos. «Allá viene alguien, T.», dijo. «No, no es él. ¿Cuál es el plan, T.?».
—Dile a Mike que salga y se esconda a un lado del «ret». Cuando me oiga silbar, que cuente hasta diez y empiece a gritar.
—¿A gritar qué?
—Oh, «auxilio», cualquier cosa.
—Ya lo oíste, Mike —dijo Blackie. Era el jefe otra vez. Echó un rápido vistazo entre los postigos—. Ahí viene, T.
—Rápido, Mike. Al ret. Tú quédate aquí, Blackie, todos quédense, hasta que me oigan gritar.
—¿Adónde vas, T.?
—No se preocupen. Yo me encargo. Dije que lo haría ¿o no?
El Viejo Miserias salió renqueando del baldío. Tenía lodo en los zapatos y se detuvo a desprenderlo raspando las suelas en el borde de la acera. No quería manchar su casa, que se erguía oscura entre los hoyos de bombas, salvada de la destrucción por un milagro. Aún el tragaluz en abanico de la entrada había quedado intacto. Alguien silbó por allí cerca. El Viejo Miserias miró atento en rededor. Desconfiaba de los silbidos. Un chico empezó a gritar: los gritos parecían venir de su propio jardín. Otro chico llegó corriendo del estacionamiento. «¡Señor Thomas!», lo llamó, «¡señor Thomas!».
—¿Qué pasa?
—Estoy terriblemente apenado, señor Thomas. Uno de nosotros ya no aguantaba y pensamos que usted no tendría inconveniente y ahora no puede salir.
—¿Qué estás diciendo, muchacho?
—Que se quedó encerrado en el ret.
—Nada se le perdió… ¿No te he visto antes?
—Sí. Me mostró usted su casa.
—Ah, sí, sí. Bueno, eso no les da el derecho de…
—Dése prisa, señor Thomas. Se va a asfixiar allí dentro.
—Tonterías. No puede asfixiarse. Espera a que deje mi bolsa en casa.
—Se la llevo yo.
—Oh, no. Yo me encargo de mis propias cosas.
—Por aquí, señor Thomas.
—No. No se puede llegar al jardín por allí. Hay que atravesar la casa.
—Sí se puede, señor Thomas. Nosotros lo hemos hecho muchas veces.
—¿Ah, sí? —entre escandalizado y fascinado siguió al chico—. ¿Cuándo? ¿Con qué derecho…?
—¿Ve? La barda está bajita.
—No voy a trepar bardas para entrar a mi propio jardín. Sería absurdo.
—Así es como lo hacemos. Vea: un pie aquí, el otro acá y arriba —encaramado, el chico lo miró. Uno de sus brazos se estiró hacia abajo y cuando el señor Thomas se dio cuenta, su bolsa había sido tomada y depositada en el otro lado.
—Devuélveme esa bolsa —ordenó el señor Thomas. En el retrete el otro chico gritaba y gritaba—. Voy a llamar a la policía.
—Su bolsa está segura, señor Thomas. Ande. Ponga un pie allí. A su derecha. Ahora un poco más arriba, a su izquierda —el señor Thomas escaló finalmente la barda de su propio jardín—. Aquí está su bolsa, señor Thomas.
—Haré más alta esta barda —dijo—. No quiero que entren aquí y usen mi baño.
Se tropezó de pronto, pero el chico lo asió del codo, sosteniéndolo. «Gracias, gracias, muchacho», murmuró automáticamente. Alguien volvió a gritar cn la oscuridad. «Ya voy, ya voy», respondió el señor Thomas. Luego le dijo al chico que iba a su lado: «No es que me ponga irrazonable. Yo también fui niño. Pero hay mejores maneras de hacer las cosas. No tengo inconveniente en que jueguen por aquí los sábados por la mañana. A veces me gusta tener compañía. Pero hay que hacer las cosas como se debe. Que uno de ustedes me pida permiso y se lo daré. A veces diré no, si así lo decido. Pero tendrán que entrar por donde se entra. Nada de saltar bardas».
—Sáquelo de allí, por favor, señor Thomas.
—No va a pasarle nada en mi baño —dijo el señor Thomas, trastabillando lentamente a través del jardín—. Estas reumas —se quejó—. Siempre me vienen en días feriados. Debo pisar con cuidado. Hay grava suelta por aquí. Dame una mano. ¿Sabes lo que decía mi horóscopo ayer? «Absténgase de hacer transacciones durante la primera mitad de la semana. Peligro de quedar en bancarrota». Podría tener que ver con este caminito —continuó el señor Thomas—. Los de los horóscopos hablan en parábolas y en doble sentido —se detuvo frente a la puerta del retrete.
—¿Qué es lo que está pasando allí? —preguntó. No hubo respuesta.
—Tal vez se desmayó —le dijo el chico.
—¿En mi baño? Nunca. A ver, tú, sal de ahí —dijo, a la vez que tiraba violentamente de la puerta. Esta se abrió tan dócilmente que el señor Thomas casi se cae de espaldas. Una mano lo sostuvo primero y luego le dio un fuerte empujón. Su cabeza golpeó la pared opuesta y el señor Thomas se deslizó hasta caer pesadamente sentado. Su bolsa le golpeó los pies. Una mano arrancó la llave de la cerradura interior y la puerta se cerró—. Déjenme salir —gritó, oyendo la llave cerrar por fuera—. Quedar en bancarrota —pensó tembloroso, confuso y sintiéndose un anciano.
Una voz le habló suavemente a través del agujero en forma de estrella de la puerta. «No se preocupe, señor Thomas», le dijo. «No le haremos daño, a menos que se porte mal».
El señor Thomas puso la cabeza entre sus manos y examinó su situación. Había notado que había sólo una vagoneta en el estacionamiento, y estaba seguro de que el chofer no vendría por ella hasta el día siguiente. Nadie podría oírlo desde la calle de enfrente y casi nadie pasaba por el callejón de atrás. Cualquiera que pasara por allí, lo haría de prisa y no se detendría ante los gritos pues, seguramente, pensaría no serían sino los de algún borracho. Y aun si gritara «¡Auxilio!», ¿quién, en el solitario atardecer de un día feriado, se animaría a ver qué pasaba? El señor Thomas se sentó en el inodoro reconsiderando el caso con la actitud de un viejo filósofo.
Luego de un rato le pareció escuchar ruidos en medio del silencio. Apenas se oían y parecían venir de la casa. Se puso en pie y se asomó por el agujero de ventilación. Entre las rendijas de una de las persianas alcanzó a ver una luz, no la de una lámpara, sino una parpadeante, como de vela. En seguida creyó oír golpes de martillo, cosas raspando y quebrándose. Pensó en ladrones —quizá habían empleado al chico como explorador. Pero si eran ladrones ¿por qué se aplicaban tanto a lo que parecía más bien un furtivo trabajo de carpintería? El señor Thomas dejó salir un grito a manera de experimento. No hubo respuesta. Probablemente sus enemigos ni siquiera alcanzaron a oír su voz.

4

Mike se había ido a casa a dormir, pero los demás se quedaron. La cuestión de quién era el jefe ya no preocupaba a la pandilla. Armados con clavos, cinceles, destornilladores y cualquier cosa punzocortante arremetían ahora contra el mortero entre los ladrillos de los muros. Trabajaban muy arriba, hasta que Blackie se dio cuenta de que, atacando las junturas justo por encima de la línea de mampostería, reducirían el trabajo a la mitad. Fue una tarea dura y nada divertida, pero al fin quedó terminada. Y allí quedó la destripada casa, apenas pegada a su base por unas cuantas pulgadas de mortero.
Quedaba por hacer la tarea más peligrosa de todas, fuera y a la vista, junto al sitio donde habían caído las bombas. Se envió a Summers a vigilar la calle, y pronto el señor Thomas, sentado en el inodoro, empezó a oír claramente el ruido de sierras cortando madera. Ya no venía de la casa, y esto lo tranquilizó un poco. Se sintió menos preocupado. Tal vez tampoco los ruidos que había oído antes significaban nada.
Una voz le habló a través del agujero: «señor Thomas».
—Déjenme salir —dijo enérgicamente.
—Aquí tiene una manta —respondió la voz, y una gran salchicha gris metida por el hoyo le cayó desparramándosele sobre la cabeza.
—No tenemos nada en contra suya —agregó la voz—. Queremos que pase una noche cómoda.
—Una noche cómoda —repitió el señor Thomas incrédulo.
—Agárrelos —dijo la voz—. Son bollos, les hemos untado mantequilla, y rollitos de salchicha. No queremos que pase hambre, señor Thomas.
—Ya basta de bromas, muchacho —suplicó el señor Thomas desesperado—. Déjenme salir y no diré una sola palabra. Padezco de reumas. Debo dormir en una cama cálida.
—No encontraría ninguna en su casa. No, señor Thomas. Ya no.
—¿Qué quieres decir con eso, muchacho? —pero los pasos se alejaron. No quedó sino el silencio de la noche. Ni las sierras se oían ya. El señor Thomas probó a gritar de nuevo, pero el silencio lo intimidó y rechazó; lejos, el débil ulular de un búho que en seguida se alejó en vuelo sordo en medio del silencio universal.
A las siete de la mañana del día siguiente vino el chofer por su camioneta. Se puso al volante y trató de poner en marcha el motor. Percibió vagamente una voz que gritaba, pero no le dio importancia. Por fin el motor respondió y él puso el carro en reversa hasta tocar el grueso borde de madera sobre el que descansaban los muros de la casa. De esa manera podía alcanzar la calle yendo hacia adelante. El carro avanzó unos metros, se detuvo momentáneamente impedido como si algo lo jalara por detrás, y avanzó de nuevo, seguido por un terrible estruendo. El hombre quedó azorado viendo volar ladrillos frente a sí y oyendo caer piedras contra el techo de su auto. Frenó de golpe. Al apearse, encontró que de pronto el paisaje se había alterado. Junto al estacionamiento no había casa ninguna, solo un montón de escombros. Al revisar la parte trasera de su carro para ver si había resultado dañado, encontró una soga atada allí, cuyo otro extremo aún se encontraba amarrado alrededor de uno de los soportes de la casa.
Otra vez oyó el chofer los gritos de alguien. El grito provenía del cobertizo de madera, que era lo más parecido a una casa en las inmediaciones de aquel desolado montón de ladrillos. El chofer saltó la barda y abrió la puerta. El señor Thomas salió del baño, envuelto en una cobija gris pringada con migajas de pan. «Mi casa», exclamó en medio de un sollozo, «¿dónde está mi casa?».
—A mí puede esculcarme —dijo el chofer. Sus ojos dieron con los restos del baño y lo que alguna vez había sido el tocador y se echó a reír. Nada quedaba en ningún sitio.
—¿Cómo se atreve a reír? —dijo el señor Thomas—. Esa era mi casa. Mi casa.
—Créame que lo siento —dijo el chofer, haciendo esfuerzos sobrehumanos para contenerse; pero cuando recordó el súbito tirón del carro y la subsecuente lluvia de piedras y ladrillos, no aguantó más y echó a reír otra vez. Primero estaba ahí la casa, aún erguida entre los hoyos de bomba con la dignidad de un hombre con sombrero de copa y luego, de pronto, ¡crash! Nada quedaba, absolutamente nada—. Lo siento de veras, señor Thomas. Créame que no es nada personal. Es solo que, bueno, tiene usted que admitir que no deja de ser gracioso.
[1954]
© Graham Greene: The destructors (Los destructores). Picture Post, 1954. Traducción de Guillermo Quintero.
https://lecturia.org/cuentos-y-relatos/graham-greene-los-destructores/859/