A partir de la novela original de Cesare Zavattini "Totó el bueno", la película explica la historia de un hombre que trae la alegría a un pueblo dominado por la tristeza y la melancolía, ayudado para ello con una anciana que vigila desde el cielo. El resultado es una obra que consiguió el gran premio en el festival de Cannes de 1952.
Miracolo a Milano
Año
Duración
92 min.
País
Italia Italia
Dirección
Guion
Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi D'Amico, Mario Chiari, Adolfo Franci
Música
Alessandro Cicognini
Fotografía
G. R. Aldo
Reparto
, , , ,, , , , ,
Productora
Produzioni De Sica (PDS) / Ente Nazionale Industrie Cinematografiche (ENIC)
Género
ComediaDrama | PobrezaNeorrealismo
Sinopsis
Totó es un bondadoso huérfano que vive, igual que otros muchos desharrapados, en un mísero barrio de chabolas en las afueras de Milán. Cuando en los terrenos donde viven se descubre petróleo, Totó, tan ingenuo como bienintencionado, decide enfrentarse al poderoso señor Mobbi, el dueño del suelo. Aunque contiene elementos fantásticos, constituye con "Ladrón de bicicletas" y "Umberto D." la gran trilogía neorrealista de De Sica. (FILMAFFINITY)
Premios
1951: Festival de Cannes: Palma de Oro mejor película
1951: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
1951: National Board of Review: Top Mejores películas extranjeras








Jorge Luis Borges (Georgie para los amigos) nació en Buenos Aires hace cien años. De ello han hablado todos los periódicos que se precian. Claro que éste que tienen entre manos es un periódico ficticio, adjetivo derivado de ficción, y bueno es saber que Ficciones es una de las obras maestras de Borges y del siglo veinte, o sea que andamos dándole vueltas al autor y a la efeméride con los medios que tenemos a nuestro alcance. Puesto que la prensa --que él confesó no leer demasiado-- es uno de ellos, y puesto que la prensa se destina a dar eco y divulgar cuanto acontece, nos atrevimos a engendrar este impreso con la intención de que, en tan gozoso centenario, la palabra borgiana se difunda a nuestro alrededor.

Bueno, hay que reconocer que en este mundo, y en éste siglo, existen dos tipos de palabras: la palabra escrita, y la palabra hablada. A la palabra escrita de Borges hay que buscarla (y celebrarla, y admirarla, y leerla, y guardarla, y...) en sus libros. O quizás, porqué no, descubrirla o remembrarla en la exposición que estos días se alberga en el Centro Cultural Koldo Mitxelena. Les invitamos encarecidamente a hacerlo. Allí encontrarán ustedes la quinta esencia de su prosa y de su personalidad literaria. Aquello que hizo de Jorge Luis Borges uno de los grandes de este siglo. Tan grande que no es posible imaginar la futura literatura universal del siglo XXI sin su huella.

A la otra palabra, a la hablada, la pueden ustedes encontrar aquí, en este pliego de papel, transcrita directamente a partir de las mil y una conversaciones y entrevistas que mantuvo, coloquialmente, en las mesas de los cafés, ante las cámaras televisivas o entre amigos. Claro está que se pierden ustedes su voz cadenciosa, sus pausas, sus titubeos, sus interrogativas... Pero para esto nos quedan algunos videos  y grabaciones; este feliz invento tan de hoy, tan propio del tipo de memoria del siglo XX.

Su siglo fue también, de algún modo, nuestro siglo. Se cumple ahora un siglo desde que él nació. Se cierra ahora un siglo sobre el que él opinó. Su opinión sobre los avatares de este siglo es la que les invitamos, desde las páginas de este periódico ficticio, a compartir con él, debatiendo amigablemente mientras se toman un café o una cerveza.

Ocurre, sin embargo, que, cuando a un personaje destacado de cualquier órbita cultural -poeta, cantante, futbolista, cocinero, actor...—se le saca de su especialidad para hacerle representar el papel de portavoz cultural omnisapiente, se le mete en un callejón sin salida donde corre el riesgo de meter la pata más a menudo de lo que él -y nosotros-quisiera o quisiéramos. Sin embargo, y precisamente por este punto flaco, su palabra puede resultar más entrañable sobre todo para aquellos que no alcanzamos a valorar en toda su enjundia su tarea como escritor.

En el fondo, alentamos el propósito de distinguir, a través de dos espacios complementarios, a la persona Borges y al escritor Borges valiéndonos tanto de lo que él redactó como de lo que él opinó, con el fin de establecer una correlación entre la magnitud de su obra inmortal y la fragilidad de su vida cotidiana, que transcurrió muy paralela a la nuestra.

Es usual que en las celebraciones de los centenarios u otros aniversarios de personajes preclaros, se tienda a ensalzarlos en ceremonias panegíricas que rayan la idolatría. Nada más alejado de nuestro objetivo.  Cien años después de su nacimiento, queremos ofrecer al público donostiarra fragmentos de un Georgie innegablemente  humano, ni mejor ni peor de lo que fue, pero que, por ser quien fue como narrador, pensador y poeta, con el alto nombre de Jorge Luis Borges, despierta y merece un permanente interés cultural que no debería consumirse como se va a consumir este texto que me obligan a firmar.

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Lenguas
 El idioma alemán es algo que he conquistado por mi mismo y por esto me siento más orgulloso. El Inglés y el español son los idomas de mi niñez. Y el latín es un idioma que amo, pero que es fácilmente olvidable, qué lástima. En español hay algo muy importante, que son los verbos ser  y estar, que no existen en ningún otro idioma. “Ser triste” o “estar triste”, etc. Y luego hay otra ventaja, y es que el adjetivo es movible. En español usted puede decir “la roja casa” o “la casa roja” y hay un matiz muy importante para un escritor. Luego, la sintáxis es elástica: esto da un mayor libertad cuando se escribe  Pienso en ese cargo de la Academia Argentina de las Letras. Son dos o tres horas de tedio cada quince días. Me pagan veinte mil pesos, me llevan y me traen, y nos dan el café más rico de Buenos Aires 

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Literatura

Uno escribe aquellos temas que se imponen. Yo no busco el tema: dejo que él me persiga, me busque y sólo entonces lo escribo. Imaginar un cuento es como entrever una isla. Veo las dos puntas, sé el principio y el fin. Lo que sucede entre ambos extremos tengo que ir inventándolo, descubriéndolo. Todo este proceso me causa placer.  Cuando me hablan de merecer el premio Nobel pienso que en el mundo debe haber quinientos escritores más dignos de merecer el premio que yo. Aunque me vendría muy bien. Por lo pronto perdería el puesto de “futuro candidato” que llevo desde hace algunos años. En mi época no había best-sellers y no podíamos prostituirnos. No había quien comprara nuestra prostitución.  Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Eso de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante. 
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Ciencias
Sé que soy ignorante. Me gustaría saber algo de química, traté de aprender algo de física. Me gustaría saber y moriré sin saberlo, qué es un automóvil, una bicicleta. ¡Qué raro! Yo me pregunto a veces, pensar que no sé qué es una bicicleta, pero sin embargo puedo saber qué es el Universo o el Tiempo.  Tengo alguna cultura filosófica y literaria, pero cultura científica no tengo ninguna, salvo el álgebra, que me gusta mucho y la geografía, que me interesó algo también. Pero de ciencias naturales no sé nada. 

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Deportes

El fútbol me parece una forma de tedio. Creo que a nadie le interesa el fútbol. A la gente que va al fútbol le interesa que gane tal o cual cuadro: el fútbol en sí, no. Es un juego brutal que no requiere un coraje especial, porque nadie se juega la vida. Me gustan los juegos solitarios: el ajedrez, la equitación, la natación. Detesto los deportes masivos como el fútbol y el cóctel. 
  
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Diarios

Yo no he leído un periódico en toda mi vida. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un Ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria. 
  
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Mujer

El matrimonio es un destino pobre para la mujer.  Con cierta tristeza descubro que toda la vida me la pasé pensando en una y otra mujer. Creí ver países, ciudades, pero siempre hubo una mujer para hacer de pantalla entre los objetos y yo. 
  
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Cine

Hollywood, sin quererlo, ha salvado la poesía épica que fue la primera forma de poesía. Hollywood ha tenido el mérito de crear esa mitología del caballero solitario, del vaquero de las grandes explanadas. Recuerdo que en Rusia hicieron dos films sobre Iván el Terrible:uno, al comienzo (el bueno) contra el zarismo; el otro cuando Stalin se había convertido en un nuevo Zar, en favor del zarismo...  Charles Chaplin es uno de los dioses más seguros de la mitología de nuestro tiempo. Como cineasta una porquería. Sólo “La quimera del oro” era un lindo film. El cine ha progresado y Chaplin ha permanecido tan malo como al principio. En cambio Buster Keaton era un caballero.  El primer amor (ideal, por cierto), de mi vida fue la actriz Ava Gardner. Solía ver sus películas dos veces por día. Apenas terminada la función, deseaba que llegara el día siguiente para volver a verla. El amor exige pruebas. Yo he sdio fiel a Mary Pickford y a Katherine Hepburn.  La película que más recuerdo es “Ser o no ser” de Lubitsch. Creo que nadie la conoce, ¿no?  Vi “El ciudadano Kane” cuando se estrenó. No me gustó. Me parecía una imitación de Joseph Von Sternberg. Von Sternberg lo hacía mejor. Después la vi otra vez y pensé: “Bueno, Orson Welles, ha inventado el cine moderno”. Me pareció una película muy hermosa. 

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Música

El único músico al cual yo me he acercado con toda la humildad y la ignorancia:Brahms.  El tango tiene un significado que no he alcanzado a averiguar.  Los tangos actuales no me gustan nada. Ya con Gardel, con Filiberto, empieza la decadencia del tango. Los tangos se vuelven quejosos, lacrimosos. La tristeza de los tangos me parece innoble. La tristeza de los blues no: corresponde a los hombres mejores.  Me pidieron que fuese a un concierto. Entonces fui y de repente sentí una especie de vértigo que descendía sobre mi y al salir todos nos sentíamos muy, muy amigos y nos dábamos golpecitos en la espalda y nos reíamos sin razón alguna. La culpa era de Stravinsky.  Todas las artes aspiran a la condición de la música, el único arte que no es otra cosa que forma. Es decir que es estrictamente voluntario, y por lo tanto, la música, podría existir aunque no  hubiera mundo o ser la primera de las artes.  Yo escribo milongas porque me gustan. La milonga es valiente. el tango, en cambio... Mi sobrino me dijo una vez: Vas a oír un disco. ¿Qué es? Le pregunté. No voy a decírtelo, me contestó. Puso el disco, lo oí y quedé muy enternecido. Eran los Beatles.  Un día Ulises Petit de Murat me hizo escuchar Saint-Louis Blues. Cuando concluyó yo tenía los ojos llenos de lágrimas. “Eso es lo que vos no querías oir”, me dijo. 
  
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Credos

No podría definirme como ateo, porque declararme ateo corresponde a una certidumbre que no poseo. A fin de cuentas, el universo es tan extraño que todo es posible, hasta un Dios que es uno y que es tres.  Creo que basta un dolor de muelas para negar la existencia de un Dios todopoderoso.  Dios es tan generoso con el hombre, que le da todo, hasta la posibilidad del Infierno. Pero quién sabe si esis regalos convienen, ¿no?  El budismo me parece ligeramente menos imposible que el critianismo,. bueno, quizá crea en el Karma. Ahora, que haya cielo e infierno, eso no.  Dios... ¡Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología. La idea de ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es realmente fantástica. 
  
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Psicología

Cuando uno sueña, el pensamiento toma formas dramáticas. De noche, cuando soñamos, somos el actor, el autor, el espectador y el teatro. Somos todo.  Pienso que Freud es una especie de loco ¿no? Un hombre trabajando sobre una obsesión sexual. Al fin y al cabo, el mundo es demasiado complejo para ser llevado a un esquema absoluto tan simple. Mientras que enJung se nota una mente más amplia y hospitalaria.  No sólo sueñan las personas en particular, también lo hacen los pueblos. Los argentinos tiene sueños muy particulares. Uno de esos sueños, que yo definiría como recurrente, es la figura de Carlos Gardel.  ¿Supersticioso? Lo soy. Muchísimo. El número 4 me trae una mala suerte tremenda. ¿Sabe que en Japón es sinónimo de muerte? prefiero el 3 o el 5. Es más, para mayor seguridad, el 2 o el 6.  A mí, de chico, me llamaba la atención que los recién nacidos no se asustasen de la señoras. Porque venir de pronto a un mundo donde hay gente con una cabeza, dos ojos y una boca es algo que debiera causarles espanto. ¡Ah, los laberintos! ¡Ah, los símbolos! Al final de cada año me hago una promesa: el año próximo renunciaré a los laberintos, a los tigres, a los cuchillos, a los espejos. Pero no hay nada que hacer, es algo más fuerte que yo.  Lo esencial es que no sabemos definir. ¿Cómo definir el color amarillo, como definir el amor, la patria, el sabor del café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede. ¿Cuál es mi fe? 

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Placeres

Mis comidas favoritas son los copos de maíz, el arroz con manteca y queso, los dulces criollos, el jamón con huevos. Mi mayor “calaverada” es un plato de ravioles con manteca de queso, pero sin salsa. Y el café, sobre todo el colombiano, que es suave.  Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor a café y la prosa de Stevenson.  No tengo colores favoritos, pues solo veo el amarillo, que se parecea al oro y a los crepúsculos.  Biológicamente, físicamente me gusta el frío. En el verano me siento como una especie de canalla realmente, en cambio en invierno, me siento como una persona decente. En mi juventud probé la mescalina y la cocaína pero enseguida me pasé a las pastillas de menta que me parecieron más estimulantes. Si las drogas producen el mismo efecto que el alcohol, no me interesan.  A mi me gustan las uvas, las bananas también, sólo que la banana no me parece una fruta. Otra fruta que no me parece una fruta es la manzana; no entiendo por qué tiene tanto prestigio. Mi alimento preferido es el arroz. Cierta vez, aquí en España, me preguntaron si me gustaba la paella que me habían servido. “Sí -dije- es buena, porque cada arroz ha mantenido su individualidad”. Algunos rieron pero gastronómicamente debe ser así, ¿no? 
  
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Política

No pertenezco a ningún partido político y no he hecho política activa. Descreo de las fronteras, y también de los países, ese mito tan peligroso. Sé que existen y espero que desaparezcan las diferencias angustiosas en el reparto de la riqueza. Ojalá alguna vez tengamos un mundo sin fronteras y sin injusticias.  No voy a recepciones de la embajada soviética, donde sirven vodka u caviar. No sigo ese régimen.  ¿El peronismo? Algo inverosímil. Yo no puedo hablar con imparcialidad; mi madre, mi hermana y mi sobrino estuvieron en la cárcel. A mi me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca de las afueras.  Me han enseñado a pensar siempre que el individuo deber ser fuerte y el Estado débil. No puede entusiasmarme una teoría en la que el Estado sea más importante que el individuo. Me acuerdo también que mi padre se definía cono un anarquista individualista. Y creo que yo también me defino como un anarquista individualista.  Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor.



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Y bueno, ¿qué se puede esperar de alguien como Jorge Luis Borges?

De alguien que nació el 24 de agosto de 1899 no en cualquier lugar de Buenos Aires, sino precisamente en aquella eufónica esquina donde se cruzan Tucumán y Esmeralda...

De alguien fruto de un cruce entre patricios y militares argentinos puesto que entre sus antepasados se encuentra el presidente del Congreso que  declaró la Independencia de Argentina, y el fundador de la ciudad de Córdoba...

De alguien que a los seis años (1906), y habiendo aprendido antes a leer en inglés que en español, proclama “Yo voy a ser escritor” puesto que siempre confesó que esto estaba decidido aún antes de aprender a escribir..

De alguien que a los nueve años  (1908) ya ve publicada en el bonaerense rotativo El País su traducción del cuento El príncipe feliz de Oscar Wilde, aunque como la firmo como Jorge Borges todo el mundo la atribuyó a su padre...

De alguien que pasó su adolescencia en Ginebra, donde permaneció durante el entero período de la Primera Guerra Mundial deleitándose con los grandes autores franceses e ingleses: Baudelaire, Flaubert, Hugo, Verlaine, Zola, Chesterton, Whitman, De Quincey...

De alguien que en 1918, ya en Lugano y bachiller, opta por estudiar a fondo el alemán “puesto que es la lengua de los filósofos”, y esto ya define hasta que punto se apasionó por Nietzche y Schopenhauer...

De alguien que, siguiendo a sus padres, se instala en Mallorca durante el bienio 1919-1921, participando y colaborando con las revistas y reuniones intelectuales más vanguardistas y ultraístas...

De alguien que, a su regreso a Buenos Aires (1921), donde el paraíso de la biblioteca paterna ha sido dispersado, se refugiará en la Biblioteca Nacional leyendo día tras día y al azar, los artículos de la Encyclopaedia Britannica...

De alguien que tras darse a conocer como poeta en 1923 con Fervor de Buenos Aires, en 1925 con Luna de enfrente y en 1929 con Cuaderno de San Martin; como ensayista en 1925 con Inquisiciones  o El idioma de los argentinos (1928); y como biógrafo con  Evaristo Carriego (1930), entra en 1931 a formar parte de la revista Sur, fundada por Victoria Ocampo, que durante cuarenta años ejercerá una notable influencia en la vida intelectual argentina...

De alguien que ya es “ese alguien que tiene ese algo” en sus relatos cortos cuando 1938 se cruza en su destino arrebatándole el padre en febrero, y, la víspera de Navidad, golpeando su sien con un postigo de la ventana al subir la escalera de su casa; pequeña herida que, infectada, provocó una septicemia que le mantuvo durante días entre la vida y la muerte, tan enfebrecido e ido que sólo volvió a la realidad redactando, de memoria, el cuento Pierre Menard, autor del Quijote...

De alguien que, del mismo modo en qué Pierre Menard reinventó el Quijote, reinvento el cuento al publicar, éste y otros seis relatos, con el título Ficciones en 1945.

De alguien a quien Perón humilló, en 1946, al destituirle de su puesto subalterno como bibliotecario, y nombrarle funcionario inspector de pollos y conejos en el mercado municipal. Y no le humilló porque los pollos sean nocivos, sino porque lo son los poetas cuando hay una dictadura...

De alguien que, a partir de aquí, junto con Bioy Casares, y otros nombres y firmas, no cesa de dirigir nuevas revistas literarias --Anales de Buenos Aires—ni de publicar ensayos o espléndidos cuentos y poemas, lo que motivará su elección como presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, hostil al general justicialista...

De alguien que en 1955 --¡ay¡ casi ciego pues la ceguera precoz era endémica en la familia desde cinco generaciones--, tras la caída de Perón, es rehabilitado por el nuevo gobierno y nombrado director de la Biblioteca Nacional y miembro de la Academia argentina de las Letras, profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1956...

De alguien a quien, en 1961, el Congreso Internacional de Editores concede el premio Formentor --ex-aequo con Samuel Beckett—lo que contribuyó enormemente a que fuese conocida y divulgada su obra entre los lectores europeos...

De alguien que a partir de 1963, emprende frenéticamente un viaje tras otro, visitando las ciudades de Madrid, París, Ginebra, Londres, y Berlín las universidades de Oxford y Cambridge, los territorios de Perú, Estados Unidos, Chile...

De alguien que se casa en 1967 con su primer amor, Elsa Astete Millán, cuando ella enviuda, y de la que se divorciará en 1970, después de haber ocupado la cátedra de poesía en Harvard, de haber realizado una serie de conferencias en Tel Aviv y Jerusalén y de haber presidido el Symposium Borges en la Universidad de Oklahoma...

De alguien que tiene en su haber, cuando se inicia la publicación de sus obras completas en 1974, obras narrativas tan imprescindibles para la historia de la literatura como  Historia universal de la infamia,  Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, o El libro de arena; ensayos como Evaristo Carriego, Historia de la Eternidad, Discusion y Otras Inquisiciones, doce libros de poemas con los memorables El otro, el mismo o El oro de los tigres, setenta y cuatro prólogos de libros muy queridos haciendo del prólogo un arte, y muchas otras obras maestras...

De alguien sobre quien, a partir la década de los 70, llueven los títulos de Doctor Honoris Causa, los honores y homenajes,  y a quien se conceden los más prestigiosos premios literarios internacionales (entre ellos el premio Cervantes en 1980) excepto uno, al que siempre fue candidato, el Nobel...

De alguien cuya salud empieza a declinar en 1984, aunque continúe viajando y recibiendo homenajes y honores acompañado por María Kodama, con quien se instala en Ginebra en diciembre de 1985, y con quien se casa en abril de 1986, antes de fallecer el 11 de junio de 1986, de un enfisema pulmonar, según la prensa europea, de un cáncer hepático según su agente literario...

Y, bueno, no se sabe qué más pueda esperarse de Jorge Luis Borges, como no sea aspirar a ser –y ojalá así sea—ese lector al que su obra aguarda.

Teresa Duran.

http://jorgeluisborges.gipuzkoakultura.net/jorge_luis_borges_siglo_eu.php




Una noche de verano (One Summer Night) es un relato de terror del escritor norteamericano Ambrose Bierce (1842-1914), publicado originalmente en la edición de marzo de 1906 de la revista Cosmopolitan, y luego en la reedición de 1910 de la clásica antología de 1893: ¿Pueden existir estas cosas? (Can Such Things Be?).

Una noche de verano, tal vez uno de los cuentos de Ambrose Bierce más interesantes de aquellos años, relata la historia de Henry Amstrong, un hombre difícil de persuadir, según el autor, quien ni siquiera al darse cuenta que está dentro de un ataúd, perfectamente enterrado bajo tierra, asume la posibilidad de que haya muerto.

El cuento es breve y sumamente eficaz, como suelen serlo los relatos de Ambrose Bierce. En este caso en particular, se detecta cierta ironía en relación al clásico de Edgar Allan Poe: El entierro prematuro (The Premature Burial).

En Una noche de verano, contrariamente a lo que sucede en el cuento de E.A. Poe, la historia no se limita a las fantasías neuróticas de un hombre que teme ser enterrado vivo; y sitúa al protagonista realmente bajo tierra.




Una noche de verano.
One Summer Night, 
Ambrose Bierce (1842-1914)

El hecho de que Henry Armstrong estuviera enterrado no era motivo suficientemente convincente como para demostrarle que estaba muerto: siempre había sido un hombre difícil de persuadir. El testimonio de sus sentidos le obligaba a admitir que estaba realmente enterrado. Su posición —tendido boca arriba con las manos cruzadas sobre su estómago y atadas, que rompió fácilmente sin que se alterase la situación—, el estricto confinamiento de toda su persona, la negra oscuridad y el profundo silencio, constituían una evidencia imposible de contradecir y Armstrong lo aceptó sin perderse en cavilaciones.

Pero, muerto... no.

Sólo estaba enfermo, muy enfermo, aunque, con la apatía del inválido, no se preocupó demasiado por la extraña suerte que le había correspondido. No era un filósofo, sino simplemente una persona vulgar, dotada en aquel momento de una patológica indiferencia; el órgano que le había dado ocasión de inquietarse estaba ahora aletargado. De modo que sin ninguna aprensión por lo que se refiriera a su futuro inmediato, se quedó dormido y todo fue paz para Henry Armstrong.

Pero algo todavía se movía en la superficie.

Era aquella una oscura noche de verano, rasgada por frecuentes relámpagos que iluminaban unas nubes, las cuales avanzaban por el este preñadas de tormenta. Aquellos breves y relampagueantes fulgores proyectaban una fantasmal claridad sobre los monumentos y lápidas del camposanto. No era una noche propicia para que una persona normal anduviera vagabundeando alrededor de un cementerio, de modo que los tres hombres que estaban allí, cavando en la tumba de Henry Armstrong, se sentían razonablemente seguros.

Dos de ellos eran jóvenes estudiantes de una Facultad de Medicina que se hallaba a unas millas de distancia; el tercero era un gigantesco negro llamado Jess. Desde hacía muchos años Jess estaba empleado en el cementerio en calidad de sepulturero, y su chanza favorita era la de que conocía todas las ánimas del lugar.

Por la naturaleza de lo que ahora estaba haciendo, podía inferirse que el lugar no estaba tan poblado como su libro de registro podía hacer suponer.

Al otro lado del muro, apartados de la carretera, podían verse un caballo y un carruaje ligero, esperando. El trabajo de excavación no resultaba difícil; la tierra con la cual había sido rellenada la tumba unas horas antes ofrecía poca resistencia, y no tardó en quedarse amontonada a uno de los lados de la fosa. El levantar la tapadera del ataúd requirió más esfuerzo, pero Jess era práctico en la tarea y terminó por colocar cuidadosamente la tapadera sobre el montón de tierra, dejando al descubierto el cadáver, ataviado con pantalones negros y camisa blanca.

En aquel preciso instante, un relámpago zigzagueó en el aire, desgarrando la oscuridad, y casi inmediatamente estalló un fragoroso trueno. Arrancado de su sueño, Henry Armstrong incorporó tranquilamente la mitad superior de su cuerpo hasta quedar sentado.

Profiriendo gritos inarticulados, los hombres huyeron, poseídos por el terror, cada uno de ellos en una dirección distinta. Dos de los fugitivos no hubieran regresado por nada del mundo. Pero Jess estaba hecho de otra pasta. Con las primeras luces del amanecer, los dos estudiantes, pálidos de ansiedad y con el terror de su aventura latiendo aún tumultuosamente en su sangre, llegaron a la Facultad.

—¿Lo has visto? —exclamó uno de ellos.

—¡Dios! Sí. ¿Qué vamos a hacer?

Se encaminaron a la parte de atrás del edificio, donde vieron un carruaje ligero con un caballo uncido y atado por el ronzar a una verja, cerca de la sala de disección. Maquinalmente, los dos jóvenes entraron en la sala. Sentado en un banco, a oscuras, vieron al negro Jess. El negro se puso de pie, sonriendo, todo ojos y dientes.

—Estoy esperando mi paga —dijo.

Desnudo sobre una larga mesa, yacía el cadáver de Henry Armstrong. Tenía la cabeza manchada de sangre y arcilla por haber recibido un golpe de azada.

Ambrose Bierce (1842-1914)

http://elespejogotico.blogspot.com/2010/02/una-noche-de-verano-ambrose-bierce.html
Por: Juan Pablo Bertazza


4 de febrero de 2018  
"Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es". En el caso de Gustav Meyrink ese momento de industria borgeana sucedió el 14 de agosto de 1892: tenía 24 años y estaba solo en su habitación, a punto de disparar la pistola con la que había decidido suicidarse. Entonces escuchó un ruido y enseguida vio que deslizaban bajo la puerta un folleto que llevaba un título sugestivo: La vida que vendrá. A partir de esa experiencia, que él mismo cuenta en su relato autobiográfico "El piloto", Meyrink se dedica obsesivamente al estudio y la práctica del ocultismo, la Cábala, la alquimia, el yoga y otras yerbas.
El nacimiento de Meyrink, del cual están por cumplirse ya 150 años, ocurrió el 19 de enero de 1868 en Viena. Fue el hijo ilegítimo de la actriz María Meyer y del aristócrata alemán Friedrich Karl Varnbüler, quien mantuvo en secreto el nacimiento de su hijo para evitar un escándalo.
En su obra abundan sociedades secretas, fantasmas, incestos -como en los excepcionales relatos del libro Murciélagos-, viejas leyendas y tradiciones -como la que se retoma en La noche de Walburga cuando se produce un levantamiento popular-, herencias que cambian el destino, reencarnaciones y enterrados vivos -como sucede en su última novela El ángel de la ventana de Occidente en la cual el narrador toma la personalidad del famoso alquimista inglés John Dee, uno de los personajes más enigmáticos del Renacimiento-.
El nudo entre su vida y su literatura, ajustado por extrañas coincidencias y múltiples atribuciones, es tan fuerte que no se puede desatar. Por ejemplo, aseguraba que en 1895 se le apareció en sueños a su amigo el pintor Artur von Rimay, o que en 1901 logró comunicarse a través de un espejo con Philomena Bernt, su segunda esposa y prima del poeta Rainer Maria Rilke.
Bastardo con gloria y con penas, la marca de Meyrink en la literatura es tan profunda que inspiró, en un mismo movimiento, las historias de escritores como Kafka y Borges, algunas de las teorías de C. J. Jung y hasta podría pensarse como un antecedente literario del cine de David Lynch.
Aunque no se conoce demasiado sobre su infancia y juventud, algunos testimonios dan cuenta de su inteligencia y personalidad. Entre 1883 y 1888, obtuvo brillantes calificaciones en el instituto de enseñanza media de Praga, ciudad a la que llegó a los quince años junto a su madre que, debido al vencimiento de su contrato, se mudaría de ciudad pocos años después, dejándolo a su hijo totalmente solo.
Praga fue para Meyrink una tierra prometida en la que vivió veinte años y de donde se terminó yendo por la puerta de atrás. Y a pesar de que mantuvo con Praga una tumultuosa relación de amor-odio, es sin dudas la ciudad que más aparece en su obra, aun cuando nunca más haya vuelto, aun cuando muchas veces se refiera a ella sin nombrarla. En El ángel de la ventana de Occidente uno de los personajes la recorre incluso antes de visitarla: "soñé a menudo con una ciudad vieja y sombría, con tal exactitud y claridad que con el tiempo me fue posible pasear por ella y buscar con gran seguridad calles, plazas y casas; y siempre encontré lo que buscaba, de modo que apenas podía decir que lo había soñado.".
Meyrink fundó y dirigió en Praga el banco Meyer y Morgenstern hasta que se produjo una abrupta y, acaso, injusta quiebra. En Praga transcurrió aquel intento de suicidio, en Praga conoció a su amada Philomena Bernt, en el extinto Café Continental de Praga, entre tableros de ajedrez y botellas de licor, pontificaba Meyrink sobre ocultismo ante un séquito de místicos, charlatanes, estafadores, lacayos y sabios.
Cuando lo conoció en 1902, Max Brod cayó rendido ante su hipnótica personalidad y fulgurante prosa: "Era el anfitrión más amable que pueda existir y su casa estaba repleta de un mobiliario extraño y lujoso, entre sus amigos había un coleccionista de moscas muertas y un comerciante que vendía libros de segunda mano solo con el consentimiento de un cuervo domesticado."
La fama entre excéntrica y adivinatoria de Meyrink comenzó a dispararse a tal punto que un grupo de conocidos le pidió que adelantara, tres días antes, el precio que alcanzarían en Bolsa algunas acciones. Meyrink aceptó y les predijo el valor de veinte acciones. Aunque muchos se burlaron, cuando la Bolsa anunció finalmente las cotizaciones, tuvieron que reconocer que dieciséis de los valores predichos por Meyrink resultaron exactos.
En la misma época, como solía hacer con frecuencia, retó a duelo a un oficial por una cuestión menor -el hombre no había saludado a su esposa-y, aunque algunos aseguran que fue por miedo, el militar rechazó batirse argumentando el origen bastardo de Meyrink. El conflicto desembocó en un largo proceso jurídico: el escritor pasó dos meses en la cárcel y nunca pudo recuperarse de la bancarrota, la amargura y la falta de confianza que, se supone, debe tener, en principio, todo banquero.
Por todo eso decide irse de Praga en 1904 recalando en ciudades como Viena o Múnich, donde nace su único hijo Harro Fortunat, cuya vida iba a desmentir rotundamente ese segundo nombre.

Insoportablemente vivo

Fuera de Praga y, cada vez con menos ingresos, un amigo lo convence de probar suerte con la literatura. Sus primeros relatos aparecen en la prestigiosa revista Simplicíssimusde Múnich con buena repercusión. Mientras tanto, traduce las obras completas de Dickens y El libro de los muertos egipcio. Pero fue el gran éxito de su primera novela El golem (1915) lo que lo situó en un primer plano literario. Uno de sus más fanáticos lectores fue el propio Kafka quien no dudó en decir que: " El golem reproduce maravillosamente la atmósfera del viejo barrio judío de Praga". Efectivamente, la novela está ambientada en el antiguo gueto antes de su demolición en 1890 que tuvo como objeto terminar con los focos de infección y epidemias. Recreación libre de una leyenda antigua que se remonta a fines del siglo XVII, El golem habla más de una búsqueda interior que de aquel ser creado con barro del Moldava por decisión de un rabino. Y empieza, dicho sea de paso, con un error: el momento en que el narrador se lleva de un café el sombrero de un tal Athanasius Pernath, tallador de piedras preciosas que padece una extraña amnesia que le hace ver parte de su infancia y juventud como "una casa con habitaciones inaccesibles".
A partir de varios encuentros con personajes de toda calaña y la siempre palpitante atmósfera del gueto judío, Pernath atraviesa un sinuoso camino iniciático en el que no faltarán tramas policiales, enamoramientos, una temporada en la cárcel y la manifestación de sus más profundos monstruos con el objetivo de abrir por fin esas habitaciones cerradas.
A pesar de su persistente éxito, El golem no llevó tranquilidad económica a su autor que, acuciado por serios problemas financieros, se vio obligado a vender muy rápido los derechos de la novela. Pero peor era lo que el libro, en otra retorcida articulación entre vida y obra, anunciaba. El final del personaje del estudiante Charousek anticipó la terrible muerte de Harro Fortunat, el 12 de julio de 1932. Luego de quedar paralítico tras haber tenido un accidente de esquí, el único hijo de Meyrink decide quitarse la vida a los veinticuatro años, la misma edad que tenía su padre cuando intentó matarse.
En el prólogo al compilado de relatos de Meyrink que incluyó en su colección de literatura fantástica La biblioteca de Babel, Borges cuenta que una baronesa de Praga le dio un ejemplar de "un libro reciente y de índole fantástica": El golem. Unas líneas más abajo revela que, en el año 1929, le hace llegar a Meyrink su traducción del relato "J. H. Obereit visita el país de los devoradores del tiempo", la historia de un hombre que descubre una sociedad secreta que se remonta al antiguo Egipto, a partir de una visita a la tumba de su abuelo donde, encerradas en una cruz, cuatro letras formaban la palabra VIVO (expresión latina que significa eso: "yo vivo").
Meyrink le responde con una carta ponderando su traducción y un retrato que genera en Borges una impresión profunda: "No olvidaré los finos rasgos del rostro envejecido y doliente, el bigote caído y el vago parecido con nuestro Macedonio Fernández".
Meyrink murió el 4 de diciembre de 1932, poco después de la muerte de su hijo y apenas un año antes de la llegada al poder del nazismo que, al igual que sucedería luego con el comunismo, se iba a encargar de prohibir su obra. Recién en la década del noventa sus libros volvieron a circular en buena parte de Europa.
Meyrink está enterrado en el cementerio de Starnberg, Alemania, junto a su mujer y su hijo. En su epitafio se lee una palabra: VIVO.
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GUSTAV MEYRINK. Sueño. La luz de la luna cae al pie de mi cama y se queda allí como una piedra grande, lisa y blanca. Cuando la luna llena empieza a 
JORGE LUIS BORGES - GUSTAV MEYRINK


Gustav Meyrink
Los hechos de la vida de Meyrink son menos problemáticos que su obra. Nació en 1868, en una ciudad de Baviera. Su madre fue una actriz. (Es demasiado fácil comprobar que su obra literaria es histriónica.) Munich, Praga y Hamburgo se reparten sus años de juventud. Sabemos que fue empleado de banco, y que abominó ese trabajo. También sabemos que ensayó dos desquites o dos maneras de evasión: el estudio confuso de las confusas «ciencias ocultas» y la composición de escritos satíricos. Atacó en ellos el ejército, las universidades, la banca, el arte regional. («Arte -escribió- de donde está ausente lo artístico y donde lo regional es falsificado.») Desde 1899, la famosa revista «Simplizissimus» publicó sus escritos. De esa época data su traducción de ciertas novelas de Dickens y de ciertos relatos de Poe. Hacia 1910 reunió una cincuentena de cuentos bajo el nombre paródico El cuerno mágico del burgués alemán, en 1915 publicó El Golem.
El Golem es una novela fantástica. Novalis anheló alguna  vez «narraciones oníricas, narraciones inconsecuentes,  regidas por asociación, como sueños». Tan fácil es  componer narraciones de ésas como imposible es  componerlas de modo que no sean ilegibles. El Golem - increíblemente- es onírico y es lo contrario de ilegible. Es la  vertiginosa historia de un sueño. En los primeros capítulos  (los mejores) el estilo es admirablemente visual; en los  últimos arrecian los milagros de folletín, el influjo de Baedeker es más fuerte que el de Edgar Allan Poe, y  penetramos sin placer en un mundo de excitada tipografía,  habitado de vanos asteriscos y de incontinentes  mayúsculas... No sé si El Golem es un libro importante; sé que es un libro único. Inútilmente tratan de parecérsele las otras novelas de  Meyrink: La noche de Walpurgis, El rostro verde, El ángel de la ventana occidental.
Gustav Meyrink es asimismo autor de Murciélagos -una  recopilación de cuentos fantásticos- y de un fragmento de novela que se titula  El emperador secreto.
[29 de abril de 1938]

Textos cautivos / Jorge Luis Borges. - Madrid: Alianza, 1998.  - 343 p.; 18 cm. - (El libro de bolsillo. Biblioteca de autor; 24 ) (Biblioteca Borges).


Gustav Meyrink

El otro monstruo de Gustav Meyrink
A Bocha, Silvia y Piki, en viaje a Praga.
Hasta donde yo sé, la novela El Golem (1915) de Gustav Meyrink ha sido alabada mayoritariamente por sus climas inquietantes de horror, fantasía y pesadilla. Así Borges —que la tradujo al castellano— pudo decir: “Harta de sonoras noticias militares, Alemania acogió con gratitud sus fabulosas páginas, que le permitían olvidar el presente”.Por tanto, me propongo aquí manifestar otras virtudes que en el libro hallo y que se relacionan con su potencia alegórica, su carácter anticipatorio y su aguda percepción de la realidad social.
El Golem transcurre en la Praga de comienzos del siglo XX, cuando la ciudad del Moldava era la capital del reino de Bohemia, uno de los estados vasallos del Imperio Austro-Húngaro. Cuenta la tradición que en su famosa judería tuvo lugar en el siglo XVI un acto demiúrgico llamado a provocar, como toda acción irresponsable de ejercicio del poder, terribles consecuencias:
(...)
Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.
(...)
Sediento de saber lo que Dios sabe
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el nombre que es la clave.
(...)
El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. “¿Cómo —se dijo—
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?”.2
Pero el mal ya estaba hecho. La criatura iba a aparecer cada 33 años por la ventana de una habitación redonda e inaccesible del ghetto, avisando crímenes y males a los hombres.
La entreverada trama de El Golem concita sueños que se desdoblan en otros sueños, pesadillas, especulaciones metafísicas y también lo necesario para hacerla atractiva a los grandes públicos: ocultismo, exotismo, amor y un asesinato misterioso. Bien construida, enigmática o irónica según lo requiera el pulso de la narración, es capaz de pasar de sus cumbres de irrealidad al sosiego engañoso (por conocido) de nuestra vida cotidiana, allí donde creemos hallarnos a salvo de las atrocidades del fabulador.
Provocar esa ilusión, tal vez, sea el mayor de sus méritos.
...
Las circunstancias personales de un autor nunca resultan absolutamente ajenas a sus creaciones, ni pueden afectar indiferencia por la sociedad y su tiempo. Aunque se trate de literatura de evasión o de género, las buenas letras siempre o casi siempre terminarán reflejando su entorno y aun serán capaces de proyectarse a los días venideros. La crítica ha señalado esa capacidad del artista para entresacar —en forma inconsciente o deliberada— elementos que suelen pasar inadvertidos para la mayoría.
El artista suele ser anticipador. Su sensibilidad capta las crisis cuando aún no están manifiestamente definitivas, a la vez que suelen chocar con él, conflictualmente, los contenidos pasados.3
Gustav Meyrink nació como Gustav Meier en Viena en 1868, y murió en Starnberg en 1932. Es decir, que conoció el esplendor y la ruina de Austria-Hungría. Si intentamos un ejercicio de composición política y social del Imperio de los Habsburgo en la época de El Golem, daremos con ciertas variables que explican su eventual disolución política así como un avanzado estado de descomposición social. Meyrink debió, por lo menos, intuir esas variables.
El centenario Reino de Bohemia fue establecido en el siglo XIII en el marco del Sacro Romano Imperio y permaneció en éste hasta que la dinámica de las guerras napoleónicas determinó su extinción. Entre 1806 y 1867 formó parte de Austria, año en que fue asignado a esta parte de la corona dual por el Compromiso Austrohúngaro. (A tan agitada historia política, signada por la subordinación, debemos la principal acepción del término de raíz latina defenestración, que recuerda la poca paciencia de los habitantes de Praga —husitas en 1419, aristócratas en 1618—, quienes zanjaron diferencias con sus enemigos tirándolos por la ventana. A los comunistas se les achacaría la misma afición en 1948). El carácter a la vez aluvional y residual del nuevo Estado determinaría una frágil coexistencia —por la diversidad étnica, religiosa y cultural— entre húngaros, alemanes, checos, ucranianos, eslovacos, croatas, italianos, serbios, eslovenos, rumanos y polacos, los que a su vez debían fidelidad al emperador pero también al reino, a la ciudad libre, al condado, al ducado, al magraviato, al condado principesco o al Estado en que residían.
Se ha señalado que el Golem “es a la vez el otro yo del narrador y un símbolo incorpóreo de las generaciones de la secular judería”;la primera aseveración hace a la estructura del libro mientras que la segunda se refiere a su interpretación. Aunque es fácil coincidir con ambas, en especial desde el punto de vista de la tradición, cuesta no ver asimismo en el rescate del mito los conflictos reprimidos en amenazadora latencia, propios del mosaico de intereses contrapuestos del imperio.
Así planteadas las cosas, adivino una objeción del que lee: si tal fuera, el libro no sería sino un registro tardío del estallido de esas fuerzas contrapuestas, porque cuando salió a la venta ya se luchaba en todos los frentes de la Gran Guerra. Esto tiene mucho de verdad visto a la distancia, pero no lo entendieron así los contemporáneos, que encontraron en la fantástica narración una vía de escape al agobio del presente. Este dato de la realidad no hace mella en la formidable potencia alegórica de El Golem sino que, antes bien, demuestra que sus primeros lectores dejaron pasar esas constataciones por obvias o porque ya no eran una simple amenaza. Ingenuamente aceptaron el presente griego de la novela como los políticos dictaron el Tratado de Versalles, sin advertir que aquélla vislumbraba lo que éste ayudaba a parir: la etapa más negra de la Civilización.
...
Pero volvamos a los años en que transcurre la acción de El Golem, a uno cualquiera de ellos, digamos 1909 o 1910. Las grandes ciudades del imperio ven desfilar a diario una miríada de provincianos arribados en busca de fortuna y se convierten en escenario de su fracaso: buscavidas, prostitutas, delincuentes de toda laya, artistas fracasados, estudiantes crónicos, vagos. Uno de estos ejemplares pasea su desesperación por las calles de Praga:
—Maestro Pernath, soy tan pobre que ni yo, casi, puedo comprenderlo, mire, me veo obligado a ir medio desnudo y como un vagabundo, y, sin embargo, soy un estudiante de medicina..., ¡un hombre con formación!
Se abrió la capa y vi, con asombro, que no llevaba camisa ni chaqueta, vestía el abrigo sobre la piel desnuda.5
Al mismo tiempo, en Viena, otro estudiante fracasado arrastra su miseria:
...en noviembre de 1909 (...) se vio en la necesidad de abandonar el cuarto amueblado en que vivía (...) por carecer de dinero para cubrir el alquiler correspondiente. Después de varias noches de dormir en los bancos de los parques públicos o en algún café, encontró una cama en un dormitorio público (...), en un apartado barrio al sudoeste de la ciudad.6
El primero de los individuos es Charousek, el estudiante bohemio y protagonista central de El Golem; el segundo, un pintor austríaco mediocre llamado Adolf Hitler. Ambos vuelcan su resentimiento en la profesión de odios irracionales envenenados por el racismo.
Charousek:
—Animales de rapiña, degenerados y sin dientes, a los que se les ha quitado su fuerza y sus armas —dijo Charousek mirándome dubitativo. (...)
—Aaron Wassertrum, por ejemplo, es millonario, posee casi un tercio del barrio judío. ¿No lo sabía usted, señor Pernath?7
Hitler:
Así, pues descubrí finalmente quiénes eran los espíritus perversos que guiaban equivocadamente a nuestro pueblo (...). Conforme conocía mejor a los judíos, más disculpaba a los trabajadores.8
Eso, a pesar de compartir penas y recibir beneficios de los judíos.
—Quería (Wassertrum) regalarme un abrigo —continuó Charousek en voz alta—. Lo he rechazado, agradecido, por supuesto. Ya me calienta bastante mi propia piel (...).9
(...) en 1910, a la edad de 21 años (...), Hitler usaba un abrigo negro, muy viejo, que le había regalado Neumann, un judío húngaro huésped del asilo para varones.10
Ambos comparten el delirio paranoico y la decadencia física.
—Ya era así de pobre cuando provoqué la caída de esa bestia, de ese todopoderoso y famoso doctor Wassory, y aún no hay nadie que sospeche de mí (...).
Miré horrorizado a Charousek. ¿Estaría loco? Debían ser fantasías febriles las que lo hacían inventar tales cosas (...). Está tísico y las fiebres de la muerte dan vueltas en su cerebro.11
En tanto, un hombre de “...cara huesuda y hambrienta (...) sobre la que los ojos grandes y saltones constituían el rasgo dominante. En suma (...) una aparición que se ve muy de vez en cuando entre cristianos”, se preguntaba: “¿Existe algún negocio sucio, alguna inmundicia, principalmente entre el mundo oculto, en la que no participen o participe cuando menos un judío?”.12
Estos paralelismos confluyen siniestra y simbólicamente en un elemento: la sangre. La sangre como factor de discordia entre razas, la sangre como provocada por el encono homicida, la sangre como vector de enfermedades contagiosas y mortales, la sangre como resultado del coito.
Por ejemplo, Hitler y Charousek comparten la duda acerca de sus orígenes y, consecuentemente el odio hacia una sangre “impura” que temen o fabulan sea la propia:
—¿Odio?, Charousek rió convulsivamente. Odio no es la expresión. Todavía está por crearse la palabra que pueda expresar mis sentimientos hacia él. Odio su sangre. ¿Comprende usted esto? La huelo como un animal salvaje, aun cuando haya una sola gota de su sangre en las venas de un hombre... y —apretó sus dientes— y eso me sucede a veces aquí en el ghetto. (...) ...Y... que mi propio cuerpo... —se volvió para que yo no viera su rostro— está lleno de su asquerosa sangre... sí, Pernath, ¿por qué no lo va a saber usted? ¡él es mi padre!...13
Como casi todos, el biógrafo de Hitler que seguimos, Allan Bullock, establece que “con toda probabilidad, nunca sabremos quien fue el abuelo de Adolfo Hitler, el padre de Alois. Se ha sugerido, sin comprobación de ninguna clase, que puede haber sido un judío. Sin embargo, esto puede ser verdad”.14
Parece evidente que el antisemitismo, el chauvinismo y la intolerancia religiosa han respondido, en el caso de los pueblos de Austria-Hungría, al miedo a la hibridación. En efecto, en una sociedad tan diversa y cambiante, la pertenencia a un grupo “puro” debió verse como garantía de seguridad entre los pobres y las clases medias así como de llave de acceso al poder económico y político entre las clases altas. Penosamente, nadie vio que lo único que dejaba contentos a todos, en ausencia de estimulantes soluciones de los conflictos sociales, era el fascismo. Los ricos siguieron así en la cumbre de la sociedad y los miserables se creyeron parte de una nueva era que los reconocía mejores que los judíos, los gitanos, los eslavos, los homosexuales, los negros, los enfermos. Mejores que alguien, en suma.
Para terminar esta relación del personaje y el hombre que vemos como su reflejo, una breve noticia de la muerte de ambos. El estudiante bohemio Charousek termina sus días abriéndose las venas y descargando (orgiástica u orgásmicamente) su sangre en la tumba de su presunto padre; quien sería llamado el “cabo bohemio”, porque remontaban el origen de su apellido al checo Hidler o Hiedler, famosamente se dio muerte con cianuro y bala inmediatamente después de casarse en extraño himeneo, a la vez erótico y tanático.
...
En 1915, Gustav Meyrink rescató una vieja leyenda judía para componer una novela de horrores que distrajo a los pueblos centroeuropeos de otro horror, más cercano y tangible. Pero, queriéndolo o no, junto al monstruo medieval puso otro que hace posible rastrear la matriz y el perfil de futuros espantos. Casi al mismo tiempo, Paul Wegener, con la película del mismo nombre del libro, inauguró lo que Krakauer denominaría una “procesión de tiranos”15 que, pasando por el doctor Caligari, terminaría en el Tercer Reich. Casualmente, El gabinete del doctor Caligari fue escrita por el austríaco (como Hitler) Carl Mayer y por el bohemio (como Charousek) Hans Janowitz.
¿Habrá en nuestros días, en algún lugar especialmente convulsionado del mundo, nuevo Golem y nuevo Charousek qué indagar, o será nuestro destino resignarnos a la tragedia y a la caza tardía de reflejos históricos?

Referencias
  1. Biblioteca Personal, “Prólogo”, Hyspamerica, Madrid, 1985.
  2. “El Golem”, El otro, el mismo, Emecé, Buenos Aires, 1964.
  3. Mahieu, José Agustín, Breve historia del cine argentino, Eudeba, Buenos Aires, 1966, pág. 48.
  4. Borges, Jorge Luis, ibídem.
  5. Meyrink, Gustav, Der Golem, cap. “Praga”.
  6. Bullock, Alan, Hitler, Ed. Bruguera, Barcelona, 1969, Primer Volumen, pág. 18.
  7. Meyrink, ib.
  8. Bullock, ib, págs. 26 y 27.
  9. Meyrink, ib. Cap. “Necesidad”.
  10. Bullock, ib. Pág. 20.
  11. Meyrink, ib. (5).
  12. Bullock, ib. Págs. 20 y 25.
  13. Meyrink, ib. (9).
  14. Bullock, ib. Págs. 10 y 11.
  15. Krakauer, Sigfried, De Caligari a Hitler, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1961, pág. 93, y pág. 41, “Presagios”.


https://letralia.com/267/articulo05.htm

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Meyrink, Gustav (1868-1932).

Narrador austríaco, nacido en Viena en 1868 y fallecido en Stranberg (Baviera) en 1932. Autor de una fecunda producción narrativa que discurre por los cauces de la novela y el cuento, dejó impreso un brillante legado literario en el que los ingredientes grotescos y los elementos absurdos se incorporan a un trasfondo místico que siembra la inquietud, el desconcierto y la duda en el lector. En general, toda la obra de Gustav Meyrink constituye una ácida sátira de la clase burguesa, siempre caracterizada en sus relatos y novelas por su feroz hipocresía y su cerril defensa de una espesa burocracia que impide el libre desarrollo de los seres más espirituales.
Teórico y practicante a ultranza de este desarrollo espiritual del ser humano, Gustav Meyrink se convirtió al budismo en 1927, con lo que pasó a ser uno de los primeros intelectuales occidentales que implantaron en la Europa del siglo XX el ascetismo religioso y filosófico de las culturas de Oriente. El campo abonado para esta transformación espiritual estaba ya presente en el misticismo patente en algunas de las narraciones que el escritor vienés venía publicando desde hacía más de diez años, en las que la dureza irónica y sarcástica con que se expresaba la crítica contra la sociedad burguesa occidental solía acaban dando pie a una honda y melancólica meditación existencial.
Entre las novelas más célebres de Gustav Meyrink, resulta obligado recordar la titulada Der Golem (El Golem, 1915), en la que se dan cita una serie de extraños elementos fantásticos (el mundo onírico, los desdoblamientos de la personalidad, las visiones alucinadas, los secretos del universo cabalístico y, entre otros muchos ingredientes de naturaleza similar, la magia del tarot) para arropar la antigua leyenda de los judíos de Praga acerca del golem, un autómata de barro que, alimentado por una voluntad ajena, es utilizado para sembrar el miedo y el dolor entre los hombres. El éxito de esta narración propició, al cabo de cinco años de su salida a la calle, una versión cinematográfica rodada por los directores alemanes Paul Wegener y Karl Boese (1920), obra maestra del cine mudo que fue objeto de una nueva adaptación quince años después, realizada esta vez en Checoslovaquia por el cineasta francés Julien Duvivier.
Entre el resto de la producción narrativa del escritor vienés sobresalen las novelas tituladas Das grüne Gesicht (El rostro verde, 1916), Walpurgisnacht (La noche de Walpurgis, 1917) y Der weisse Dominikaner (El dominio blanco, 1921), así como la colección de relatos breves publicada en tres volúmenes bajo el título de Das Deutsches Spiessers Wunderhorn (El cuerno maravillosos del burgués alemán, 1913). En estos cuentos y, sobre todo, en los que publicó al cabo de diez años en el volumen titulado Goldmachergeschichten (Historias de alquimistas, 1925), Gustav Meyrink volvió a recurrir al universo onírico, las visiones apocalípticas, el mundo de los seres irreales y las antiguas leyendas fantásticas praguenses para construir un alucinante espacio imaginario en el que son patentes también las huellas de otros grandes maestros del género, como el alemán Ernst Theodor Amadeus Hoffmann o el estadounidense Edgar Allan Poe.

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=meyrink-gustav

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Frases de El Golem

por Gustav Meyrink



“La vida ya es demasiado triste como para amargarla además con odio.”



“¿No es posible que haya un "viento" incomprensible e invisible que nos llevara de un lado para otro, y determinara nuestras acciones, mientras que nosotros, en nuestra simpleza, creemos vivir bajo nuestra propia y libre voluntad?”



“De pronto comprendí en lo más profundo de su ser a esas criaturas misteriosas que viven a mi alrededor: Se mueven sin voluntad por su existencia, agitadas por una corriente magnética invisible igual que hace un momento flotaba el ramo de novia, arrastrado por el arroyo de mugre.”


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Convirtiendo al rey en un payaso

Lo que tu espíritu quiere que permanezca grabado en tu memoria, eso es lo que aprenderás, porque tu espíritu eoncontrará alegría en ello.  Pero el maestro de escuela es como el domador:  éste piensa que es importante que los leones salten a través de los aros, aquél inculca en los niños que el glorioso Aníbal perdió su ojo izquierdo en las Lagunas Pontinas; uno convierte al rey del desierto en un payaso, el otro hace de una flor divina un manojo de perejil.

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El dominico blanco: Gustav Meyrink

El dominico blanco (Der weiße dominikaner) es una novela de terror del escritor austríaco Gustav Meyrink, publicada en 1921.

Se trata de la obra más esotérica de Gustav Meyrink. Su trama roza varias facetas de la sabiduría mística, aunque la que mayor influencia tiene sobre el conjunto de la historia es el Tao.

La novela nos ubica en la ciudad de Wasserburg, Bavaria, un sitio rodeado de colinas y por el río Inn; y describe la evolución de un héroe, quien, guiado por diferentes figuras místicas, entre las que se encuentra el espectro pálido de un dominico y el espíritu de su amada, huye de los materialismos en busca de lo trascendental.

El dominico blanco posee un fuerte simbolismo esotérico; pero a pesar de sus hermetismos, la historia puede seguirse sin mayores problemas. Su núcleo puede resumirse como una búsqueda de la trascendencia y de verdadera individualidad, la cual no tiene nada que ver con el aislamiento o el cultivo del yo, sino con una amplitud hacia el universo y sus extraños caprichos.

PDF]El dominico blanco - Libro Esoterico

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uando Gustav Meyrink publicó en. 1921 su novela El dominico blanco, había vivido ya la mayor parte de su agitada existencia. Entre su nacimiento (ilegítimo).
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