Pasajes es el nombre del Memorial que el artista israelita Dani Karavan realizó en Portbou en homenaje a Walter Benjamin, con motivo del 50 aniversario de su muerte. Financiado por el Gobierno de la Generalitat de Catalunya y el Gobierno de la República Federal de Alemania, fue inaugurado el 15 de mayo de 1994.

El Memorial Walter Benjamin en Portbou se sitúa en las realizaciones integradas plenamente en el paisaje. Karavan posee una sensibilidad extraordinaria para dotar de vida propia los espacios urbanos y naturales en los cuales trabaja. Sabe captar su historicidad y disponer los elementos para que ésta misma aflore. Más que incorporar el paisaje, este se convierte en el activador de la obra misma. Intervenida por Karavan, la naturaleza agreste de los acantilados de la Costa Brava y los elementos propiamente mediterráneos como el olivo, la piedra y el viento, configuran un relato sobre su pasado como lugar de exilio y, al mismo tiempo, un ejercicio de memoria contemporánea.

El nombre escogido por Karavan, Pasajes, no sólo es una referencia al fatídico paso de Benjamin por Portbou, sinó también a la obra inconclusa de Benjamin, Passagenwek, obra monumental e inacabada en la cual el autor, desde 1927, reunía textos e imágenes para ilustrar los tránsitos y pasajes de la vida urbana y contemporánea. En su Memorial, Karavan trabajó en un sentido plenamente benjaminiano: conectando los rastros de dolor del pasado, la memoria y el exilio con la posibilidad de un futuro renovado. De hecho, el Memorial incorpora algunos de los conceptos más propios de este pensador: la filosofía de la historia, la necesidad de la experiencia, la idea de límite, el paisaje como aura y la necesidad de la memoria.

Cuando su autor recibió el encargo de la realización del Memorial, aunque se le advirtió que el presupuesto era reducido, Karavan no dudó: Benjamin era un espíritu afín. Pese a no querer ilustrar directamente el pensamiento del filósofo, pese a no ser un experto en éste, el artista israelita consiguió dar forma visual a una experiencia propiamente benjaminiana. En los Pasajes de Dani Karavan están los Pasajes de Walter Benjamin.

Vista desde el aire, la obra de Karavan se integra como pocas en el paisaje: se convierte en un pliegue más del paisaje mismo, un paisaje oxidado y granítico, una tierra seca y árida de rocas duras y grisáceas. Vista desde su interior, Karavan propone al visitante una verdadera experiencia: un trayecto a través de tres puntos de la montaña de Portbou allá donde ésta acoge el cementerio, tres pasajes que exigen la construcción de un itinerario propio. Su autor no quería imponer un único recorrido, deseaba dar plena libertad a cada cual para transitar y construir su propia experiencia. Sin moral, sin mensaje. Y de este modo sus tres pasajes (un túnel y una escalera con remolino de mar al fondo, un viejo olivo y una plataforma de meditación abierta al horizonte) configuran una rueda de sentimientos: exilio y soledad, lección de supervivencia y conformidad. Karavan consigue abrir posibilidades de experiencia y, con ello, revocar aquello que Benjamin atribuía como uno de los efectos más funestos del dolor del siglo XX: la imposibilidad de la experiencia.



Primer pasaje

Un pasadizo en una pendiente pronunciada, con 87 peldaños que llevan desde la pequeña plaza de entrada al cementerio hasta el mar. El pasadizo no ofrece ninguna ayuda al visitante, sólo puede ser recorrido con una atención concentrada. Es una estrecha escalera metálica encajonada entre planchas de hierro oxidado de 2,35 m de altura en un corredor que, igual que un túnel, ha sido excavado en la pendiente. Cuando se lleva recorrido un 75% del trayecto, un cristal se interpone en el camino impidiendo seguir la ruta. Al fondo, un remolino de mar, tan cercano como inaccesible. Y en el cristal, una cita que interpela el peso del pasado y la memoria. Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres humanos anónimos que no la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de aquellos que no tienen nombre. Karavan seleccionó esta cita de Benjamin de los trabajos preliminares de la tesis Sobre el concepto de la historia.

Segundo pasaje

Una vez deshecho el camino, a la salida, se abre un sendero escarpado y pedregoso que lleva de la pequeña plaza del cementerio a los otros elementos del Memorial de Karavan. El artista ha integrado su obra en este camino natural, que es el camino de acceso a la parte de atrás del cementerio, la zona no católica. El camino se asoma a un viejo olivo, vegetación autóctona en la cual el destino, el viento y el sol han impreso su huella, en formas sinuosas. Un árbol utilizado reiteradamente por Karavan como signo de reconciliación. La estrecha plataforma situada al pie del olivo invita a detenerse en el paisaje: Pirineos y Mediterráneo. Y al fondo, la visión del antiguo paso fronterizo.

Tercer pasaje

El camino, estrecho y pedregoso, lleva a una pequeña explanada donde se sitúa una plataforma cuadrada de 16 m2, en la cual un cubo de piedra situado en medio invita a la pausa. La explanada está abierta al mar y al horizonte. Sin embargo, una reja metálica se interpone entre el caminante y el horizonte, es la verja vieja del cementerio. El recorrido finaliza en el cementerio, donde Benjamin está enterrado en una fosa común.


Fuente: http://walterbenjaminportbou.cat/es/content/lobra

viernes, 6 de octubre de 2017


VIOLETA PARRA, GRACIAS A LA VIDA POR SUS CANCIONES

Además de su faceta como compositora y cantautora, la artista chilena destacó como pintora, bordadora, escultora, ceramista y también ejerció de activista social


Violeta Parra es un icono para la cultura chilena, pero su legado tiene gran influencia y trascendencia en toda Latinoamérica. Hoy se cumple el centenario del nacimiento de la polifacética artista y los actos de homenaje y recuerdo se multiplican en su país natal, Chile. En todo el continente se celebran múltiples actos, programados y espontáneos, para rendir tributo a quien tanto se dedicó en su vida al folclore popular y que promovió la Nueva Canción Chilena. La conmemoración de su nacimiento, el 4 de octubre, también fue elegido hace algunos años como Día Nacional de la Música en Chile.

Violeta del Carmen Parra Sandoval nació tal día como hoy en 1917 en la provincia de Ñuble, al sur de Chile. Creció en el seno de una familia de artistas y creadores, de hecho es hija de una modista y de un profesor de música. A todos los hermanos les inculcaron desde pequeños el amor por las artes, y en especial por el canto y la música. Uno de ellos, Roberto, también destacó como cantante popular, y el más reconocido, Nicanor Parra, como poeta.

Violeta Parra, de salud frágil desde niña, pasó su niñez en el campo, aprendió a tocar la guitarra a los nueve años y a los 12 compuso sus primeras canciones. Su familia se trasladó a la localidad de Chillán por problemas económicos en 1927 y cuatro años más tarde murió su padre. Violeta viaja entonces a Santiago de Chile invitada por su hermano Nicanor, pero está menos de un año en la escuela porque ya tiene clara su vocación: la canción.

Tras abandonar los estudios, la joven Violeta Parra lideró un dúo musical con su hermana Hilda: las Hermanas Parra. Sus hermanos Clara, Roberto y Eduardo se unirían más tarde a la formación, que pasó a llamarse Los Parra. Todos ellos cantaban en boliches del barrio Mapocho, interpretaban boleros, rancheras, corridos mexicanos y otros estilos musicales a la vez que trabajan en circos, bares y quintas de recreo.

En esa etapa Violeta Parra conoció a Luis Cereceda, ferroviario de la estación de Yungay, con quien se casó en 1938 y tuvo dos hijos: Isabel y Ángel. El matrimonio pronto presentó dificultades por el carácter intrépido y creador de Violeta, que en esos años se unió a una compañía de teatro que realizaba giras por todo el país y con la que ella cantaba canciones españolas haciéndose llamar Violeta de Mayo.

El matrimonio, sin embargo, marcó su ideología, ya que su marido era un militante comunista que la introdujo en ambientes políticos de izquierda hasta apoyar la campaña presidencial de Videla. Violeta Parra volvió a casarse, esta vez con un carpintero, Luis Arce. Con él tuvo dos hijas, Carmen Luisa y Rosita Clara, que murió a los dos años. Tras su muerte, el matrimonio volvió a fracasar.

Desde 1952 Violeta Parra trabajó en circos populares y junto a sus hijos realizó giras por el país y por los alrededores de Santiago. Animada por su hermano Nicanor, comienza a rescatar, recopilar e investigar la auténtica música folclórica chilena y a realizar recitales en las universidades. Esta investigación hace que descubra la poesía y el canto popular de los lugares más diversos de Chile. Violeta Parra termina convirtiéndose en una recuperadora de la cultura popular, un hecho que determina su trayectoria artística. A partir de ese momento se producen sus primeras intervenciones en la radio chilena y conoce a intelectuales chilenos como Pablo Neruda.

En 1954 Violeta Parra recibió el premio Caupolicán, y a mediados de los años cincuenta su carrera resulta imparable. Viaja por primera vez a Europa invitada al V Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de Varsovia. Desde allí se trasladó a París, ciudad en la que vivió dos años, llevando a cabo presentaciones y realizando contactos para difundir su trabajo.

Violeta Parra graba en la Fonoteca Nacional del Musée de l’Homme de La Sorbonne. Allí deja un guitarrón y cintas de sus recopilaciones de folclore chileno. En 1956, ya de regreso a Chile, grabó el primer álbum de la colección El folclore de Chile, serie que garantizaría la conservación de multitud de temas populares anónimos. Fue nombrada directora del Museo de Arte Popular de la Universidad de Concepción y retomó sus actuaciones en la Radio Chilena.

Violeta Parra pasó los primeros años de la década de 1960 en Europa, donde realizó actuaciones en diversos países y cultivó más aún sus aficiones artísticas. En 1964 tuvo la oportunidad de organizar una exposición individual de su obra plástica en el Museo del Louvre de París, la primera realizada por un artista latinoamericano. Estudiosa del folclore chileno y de las costumbres de su pueblo, reunió a lo largo de su vida alrededor de 3.000 canciones populares y gestó el libro Cantos Folklóricos Chilenos, origen de lo que posteriormente se denominaría Nueva Canción Chilena.

Cuando regresó a Chile en 1965 decidió establecer una carpa con la intención de convertirla en un importante centro de cultura folclórica, ahora se conoce como Centro Cultural La Carpa de La Reina.

A pesar de contar con una carrera exitosa y de ser una referente musical para propios y extraños, Parra comenzó a sufrir una fuerte depresión que desembocaría en su suicidio. En esa carpa, Violeta Parra se quitó la vida a los 49 años con un disparo.

Algunos atribuyen esa dramática decisión al fracaso que resultó la instalación de la carpa cultural en la comuna de la Reina. Otros sostienen que fue el desengaño amoroso que sufrió con el antropólogo suizo Gilbert Favre el que marcó su estado depresivo, unido al fallecimiento de su hija y a su frágil salud.

Violeta Parra había estrenado su famosa canción Gracias a la vida hacía poco más de un año, considerada por muchos un himno humanista, pero hay quien asegura que eligió despedirse a tiempo con aquella bella y profunda pieza.

Hoy Google homenaje al icono de la música tradicional latinoamericana dedicándole un doodle para conmemorar el centenario de su nacimiento. La imagen está inspirada en El árbol de la vida, una obra suya sobre la arpillera de color verde que se puede ver en el museo que lleva su nombre en Santiago de Chile.

Fuente: El País

Letra de ‘Gracias a la vida’


Gracias a la vida, que me ha dado tanto

Me dio dos luceros, que cuando los abro

Perfecto distingo, lo negro de lo blanco

Y en el alto cielo su fondo estrellado

Y en las multitudes el hombre que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado el oído que en todo su ancho

Graba noche y día, grillos y canarios

Martillos, turbinas, ladridos, chubascos

Y la voz tan tierna de mi bien amado

Gracias a la vida, que me ha dado tanto

Me ha dado el sonido del abecedario

Con él las palabras que pienso y declaro

Madre amigo hermano y luz alumbrando

La ruta del alma del que estoy amando

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado la marcha de mis pies cansados

Con ellos anduve ciudades y charcos

Playas y desiertos, montañas y llanos

Y la casa tuya, tu calle y tu patio

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me dio el corazón que agita su marco

Cuando miro el fruto del cerebro humano

Cuando miro al bueno tan lejos del malo

Cuando miro al fondo de tus ojos claros

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Me ha dado la risa y me ha dado el llanto

Así yo distingo dicha de quebranto

Los do materiales que forman mi canto

Y el canto de ustedes que es mi mismo canto

Y el canto de todos que es mi propio canto

Gracias a la vida que me ha dado tanto

Walter Benjamin, el filósofo que venció al olvido

Tras una existencia de intensos pesares que incluyeron el ostracismo profesional y el exilio, la potente figura intelectual del filósofo y pensador alemán Walter Benjamin conocería póstumamente el reconocimiento que se le negó en vida. La reciente publicación de varias de sus obras y de libros sobre su vida, así como su influencia en otras disciplinas, resaltan claramente la amplia influencia que su pensamiento ejerce en la actualidad.

ANDRÉS SEOANE | 25/01/2018 


Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional de Frankfurt en 1939
Despreciado intelectualmente por las instituciones alemanas y la élite cultural parisina, forzado al exilio errante y vagabundo por el delirio megalómano y racista de su patria, borracha de nazismo, y muerto finalmente en un pueblo perdido de la frontera hispanofrancesa donde se suicidó debido a la desesperación. La vida de Walter Benjamin (Berlín, 1892-Portbou, 1940) fue fiel reflejo de la época que le tocó vivir, esa brutal primera mitad del siglo XX donde tantas cosas desaparecerían para no volver jamás. Pero entre tanta oscuridad, el filósofo alemán fue capaz de alumbrar una obra límpida y luminosa cuya influencia ha ido creciendo exponencialmente tras su muerte hasta ser capital en la actualidad.

El pensamiento de Benjamin, que enlazaba a través de iluminaciones o chispazos el pasado y el presente formando constelaciones críticas, ha determinado que su obra sea discontinua y poliédrica, además de vasta si se tiene en cuenta que fue realizada en breves, traumáticos y apresurados años. Su pensamiento se vierte sobre todos los ámbitos imaginables: la literatura y la sociedad, la religión y el arte, la historia y la teoría, las instituciones... Nada es demasiado grande ni demasiado pequeño como para no hallar en el lenguaje benjaminiano un instante de atención o una tentativa.

Aunque su brillantez sea inimitable, su método ha influido en el modo de investigar de varias generaciones, inspirando algunos extractos de pequeños ensayos trayectorias intelectuales enteras. En su estela, la fascinación ha suscitado multitud de proyectos editoriales como los que ahora inunda nuestras librerías.

La brecha para acercar a Benjamin al lector español fue abierta en 2006 por la editorial Abada, que se propuso reunir la dispersa y ecléctica obra del autor en once volúmenes (van por el sexto) que desplegaran el pensamiento del filósofo alemán en sus múltiples registros, de la extensa indagación estética al aforismo, del relato autobiográfico al ensayo o a la narración. Pero entre la nueva hornada de publicaciones destacan obras como Mediaciones, una colección de fragmentos y misceláneas seleccionados por Pilar Carrera y Jenaro Talenspublicada por Malpaso, que además alumbra como complemento Las moradas de Walter Benjamin, un exhaustivo ensayo de la propia Carrera sobre la escurridiza escritura del autor.

Por su parte, Eterna Cadencia, que el año pasado lanzaba Carrusel Benjamin, un ensayo de la argentina Mariana Dimópulos que se adentra en la dialéctica entre materialismo y teología desarrollada por el alemán, recupera ahora el conocido texto La tarea del crítico, que refleja el afán de reconocimiento de Benjamin en este campo. La nueva editorial La Moderna (en digital e impresión bajo demanda) propone también una nueva traducción de José Aníbal Campos de uno de sus ensayos más emblemáticos, La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica. Y viajando del ensayo a la novela, la escritora Roser Amills opta por la ficción en Asja. Un amor de dirección única (Comanegra) para poner de relieve la figura de la directora de teatro letona Asja Lacis, que fue amante de Benjamin en los años 20 y a la que llegaría a visitar en Moscú y Riga.

Benjamin en España: refugio y tumba

Entre toda esta avalancha destacan dos libros que se ocupan de las estancias de Benjamin en nuestro país, una fecunda y la otra fatal. Periférica reedita Experiecia y pobreza, la recreación que hace Vicente Valero de los pasos ibicencos de Benjamin, que estuvo en la isla en dos periodos en los años 32 y 33. "Ibiza fue para Benjamin una especie de de tregua entre su vida previa y lo que vendría después, fue el comienzo de su exilio, y él parece consciente ya de ello en todo momento mientras pasea por la isla", asegura el escritor. Para el alemán, su estancia en la isla supuso "un inesperado viaje a la memoria del Mediterráneo y un encuentro fértil y creativo con la naturaleza, que para un pensador urbano como él significó una rara inflexión en la trayectoria de sus escritos".


Una de las escasas fotografías que testimonian la estancia de Benjamin en Ibiza
También supuso un cambio a nivel creativo, pues durante su época ibicenca, Benjamin se ocupó más de literatura que de filosofía. "Se dedicó a reflexionar sobre el arte de narrar y puso en práctica sus teorías, se convirtió en narrador y escribió siete relatos. Además, se ocupó de la memoria y de la infancia, y en Ibiza surgieron, primero, el libro Crónica de Berlín y poco después, los primeros capítulos de Infancia en Berlín hacia 1900". Sin embargo, Benjamin desarrolló asimismo el embrión de ideas que expandiría años más tarde, "como su concepto de que para él implicaba memoria viva y había tenido siempre en la narración a uno de sus transmisores más importantes, y que aparece extensamente en su largo ensayo El narrador".

De los felices días de Ibiza pasamos a un momento trágico ocurrido en septiembre de 1940, cuando Benjamin llega a Portbou y le es denegada la salida de España, causa última de su trágico suicidio. Hasta el pueblo pirenaico en busca del rastro del escritor viaja Álex Chico en Un final para Walter Benjamin, un cruce entre crónica de viajes, ensayo y novela que convierte un viaje detectivesco en una aguda reflexión sobre la ética y la estética benjaminianas. "Descubrí que autor y territorio podían explicarse mutuamente, como si ambos se hubieran estado esperando durante mucho tiempo", explica el escritor, "me di cuenta de que Portbou podía explicar a Benjamin, que parte de su imaginario encontraba un espléndido correlato con la geografía y la historia de ese pueblo fronterizo".

Para Chico, Benjamin, que pasó su vida huyendo, es "un desplazado, alguien condenado a la movilidad". De todas formas, sin el exilio, la pobreza o la falta de reconocimiento que marcaron su vida, "Benjamin seguiría siendo un gran autor, porque su pensamiento puede abordarse desde perspectivas muy variadas. Quizás ahí resida una de sus grandes aportaciones, en la forma en que logró construir una obra que pueda ser analizada desde múltiples campos", opina el autor, que sin embargo se muestra cauto a la hora de responder quién fue realmente Walter Benjamin. "Afortunadamente nunca habrá una única respuesta a esa pregunta, porque si la hubiera no sentiríamos la necesidad de volver a él una y otra vez". Sobre su final, asegura que "Benjamin muere de una forma muy parecida a lo que había imaginado sobre la muerte, como si la escritura fuera un augurio o un anticipo de su manera de desaparecer del mundo".


Tumba de Walter Benjamin ubicada en el cementerio de Portbou

Del papel a las tablas

Pero no solamente en las letras se deja sentir en nuestro país la influencia de Benjamin. Amigo íntimo de un titán de la escena como Bertolt Brecht, quien heredaría maletas, baúles y manuscritos del filósofo, la filosofía y el pensamiento de Benjamin han inspirado recientemente a algunos de nuestros maestros teatrales. En una reciente entrevista concedida a El Cultural con motivo de su exitosa obra La autora de Las meninasErnesto Caballeroaseguraba que el autor "dio en el clavo cuando afirmó que el arte perdería su 'aura' por la promiscuidad reproductiva. Creo que Benjamin fue también quien dijo que ese aura se traspasaría de la obra al autor. Tal subjetividad es una conquista de la modernidad y está detrás de las constituciones occidentales".

Por su parte Juan Mayorga exploraba en El cartógrafo, de la que pronto se cumple un año, la intención benjaminiana de rehabilitar la voz muda de los excluidos de la historia, pues el alemán pensaba que existía un pasado con dos caras: un pasado reservado a los vencedores, que es celebrado y enseñado, y un pasado abandonado a los vencidos, que se niega y olvida. Además afirma que la enseñanza más valiosa del filósofo es "su actitud radicalmente crítica, que se vuelve siempre contra su propio discurso. En su obra, tan vacilante, tan tensa, nunca hay un sí sin un pero". En esa misma línea indaga Sanchis Sinisterra, que en su próxima producción El lugar donde rezan las putas o que lo dicho sea, que estrena en marzo en el Teatro Español, establece también una reivindicación de la exigencia moral benjaminiana de recordar a las víctimas y a los silenciados de la historia. 

http://www.elcultural.com/noticias/letras/Walter-Benjamin-el-filosofo-que-vencio-al-olvido/11694

Walter Benjamin, el primer ‘freelancer’ de nuestra era
Por JORGE CARRIÓN 29 de abril de 2018

¿Por qué Walter Benjamin es el filósofo del siglo XX que genera más novedades editoriales en el siglo XXI? No solo se editan incesantemente sus obras, también proliferan cada año los libros que abordan directa o indirectamente su figura y su legado. Tanto desde la filosofía como —quizá sobre todo— en clave literaria.

Como si su cadáver alemán y suicida, enterrado en 1940 en el cementerio marino de Portbou (un pequeño pueblo fronterizo entre España y Francia), irradiara la frecuencia de un futuro que ignora los límites entre el pensamiento, la crítica cultural y la creación literaria.

Hasta Portbou, precisamente, se trasladó el poeta y narrador español Álex Chico, con la intención de reconstruir los últimos momentos del filósofo alemán (cuando intentó huir de la persecución nazi y se encontró con la imposibilidad de cruzar hacia Portugal). Pero luego de frecuentar el pueblo, Chico se dio cuenta de que la historia que nadie había contado era la de Portbou, cuya importancia no ha hecho más que decrecer durante los últimos veinte años, a causa de la supresión de la frontera y del trazado por el interior de la línea del tren de alta velocidad.

Del cambio de foco nació una novela ensayística con pulso poético, Un final para Benjamin Walter, que apunta hacia uno de los motivos por los que el autor de Calle de sentido único sigue tan vivo: su condición de enorme lector espacial y urbano.



El filósofo y ensayista alemán, Walter Benjamin Credit Agence France-Presse — Getty Images

Por eso otro poeta, el estadounidense Kenneth Goldsmith, eligió como modelo para su ambicioso proyecto conceptual Capital, sobre Nueva York como centro simbólico del siglo XX, el proyecto inacabado de Benjamin sobre París como capital del siglo XIX. Su Obra de los pasajes es una arqueología del pasado metropolitano que, en realidad, es una máquina para leer las megalópolis del futuro.

“Arrastraron las sillas. Miss Ángela, alias Baldomero, les pidió que las levantaran, pero ellas arrastraron las sillas sobre su voz áurea de Angelus Novus”, leemos en Mandíbula, la nueva novela de Mónica Ojeda. Y prosigue: “Voz de ángel-dormido-de-la-historia dictando el pasado, aunque inevitablemente empujado por el presente —como las sillas— hacia una promesa de futuro de veintitrés faldas, cinco sonrisas con brackets, tres relojes Tory Burch, veintiún iPhones, trece iPads y un rosario”.

Si la joven escritora ecuatoriana transforma —iconoclasta— el célebre fragmento de las Tesis sobre la filosofía de la historia (en el que Benjamin convierte un cuadro de Paul Klee en símbolo del progreso), en una enumeración irónica y salvaje de objetos posmodernos es, en parte, gracias a otra virtud benjaminiana —a la luz incierta de nuestro siglo XXI—. Me refiero a su ambigüedad. O, en otras palabras, a su polisemia.

Todavía no nos ponemos de acuerdo sobre qué significa el Angelus Novus. Ni sobre qué entendía Benjamin por aura. No solo su sistema de pensamiento era fragmentario y abierto, su estilo de escritura era tan literario que es imposible determinar en sus palabras un sentido unívoco (ni dos ni tres). Su obra no se deja atrapar, por eso no cesa de seducir y de provocar reescrituras.

“Su incertidumbre nómada es la nuestra, la de sus inesperados contemporáneos”.

En la literatura hispanoamericana, desde los argentinos Ricardo Piglia y Beatriz Sarlo, nacidos en los años cuarenta, hasta los españoles Miguel Ángel Hernández Navarro o César Rendueles, que podrían ser sus hijos, se podría mapear la obsesión intergeneracional y transatlántica por el autor de Infancia en Berlín hacia 1900. Si abrimos el campo hacia la creación internacional, la topografía se vuelve inabarcable.

Benjamin pasó parte de 1932 y 1933 en la isla de Ibiza. Allí era conocido como “el Miserable” —nos lo cuenta otro poeta experto en su obra, Vicente Valero, en su extraordinario ensayo Experiencia y pobreza— por su aspecto de vagabundo. Ese adjetivo subraya una tercera razón de su vigencia en nuestra época, junto con sus estrategias de lectura del espacio y la apertura semántica de su prosa literaria: la precariedad.


Fue uno de los primeros freelancers. Un periodista, traductor, editor buscavidas: un trabajador autónomo de la lectura y de la escritura. Su incertidumbre nómada es la nuestra, la de sus inesperados contemporáneos.

https://www.nytimes.com/es/2018/04/29/walter-benjamin-filosofia-cultura/












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“Progreso e historia. La concepción de la historia de Walter Benjamin”: Michael Löwy
11/06/2014

Acostumbramos a clasificar las diferentes filosofías de la historia según su carácter progresista o conservador, revolucionario o nostálgico del pasado. Walter Benjamin escapa a estas clasificaciones. Es un crítico revolucionario de la filosofía del progreso, un adversario marxista del “progresismo”, un nostálgico del pasado que sueña en el futuro.



La acogida de Benjamin, sobre todo en Francia y en EEUU, se interesó prioritariamente por la vertiente estética de su obra, con una cierta propensión a considerarlo sobre todo como un historiador de la cultura o un crítico literario. Ahora bien, sin despreciar este aspecto de su obra, hay que destacar el alcance bastante más amplio de su pensamiento, que se dirige nada menos que hacia una nueva comprensión de la historia humana. Los escritos sobre el arte o la literatura no se pueden comprender sino en relación con esta visión de conjunto que los ilumina desde el interior.



La filosofía de la historia de Walter Benjamin se basa en tres fuentes muy distintas: el romanticismo alemán, el mesianismo judío y el marxismo. No es una combinación o “síntesis” de estas tres perspectivas (aparentemente) incompatibles, sino la invención, a partir de ellas, de una nueva concepción, profundamente original.



La expresión “filosofía de la historia” tiene el riesgo de inducir a error. En Benjamin no hay un sistema filosófico: toda su reflexión toma la forma del ensayo o del fragmento – cuando no de la cita, pura y simple, de pasajes arrancados de su contexto, puestos al servicio de su propio planteamiento. Toda tentativa de sistematización es por lo tanto, problemática e incierta. Los breves comentarios que siguen son algunas pistas de investigación.



Nos encontramos a menudo en la literatura sobre Benjamin con dos errores simétricos que hay que evitar a cualquier precio: el primero consiste en disociar, mediante una operación (en el sentido clínico del término) de “corte epistemológico”, la obra “idealista” y teológica de juventud, de la “materialista” y revolucionaria de su madurez; el segundo, al contrario, contempla su obra como un todo homogéneo y no tiene en cuenta para nada la profunda convulsión que implica, hacia mediados de la década de los 20, su descubrimiento del marxismo. Para comprender el movimiento de su pensamiento hay que considerar pues simultáneamente la continuidad de algunos términos esenciales y los distintos giros y rupturas que jalonan su trayectoria intelectual y política.



Se podría tomar como punto de partida la conferencia de 1914 sobre “La vida de los estudiantes”, que presenta de entrada, algunas de las principales líneas de fuerza de esta trayectoria. Las observaciones que abren este ensayo contienen un anuncio sorprendente de su filosofía mesiánica de la historia: “Confiada en lo infinito del tiempo, una cierta concepción de la historia solamente discierne el ritmo más o menos rápido según el cual hombres y épocas avanzan por la vía del progreso. De ahí el carácter incoherente, impreciso, sin rigor, de la exigencia dirigida al presente. Aquí, al contrario, como lo han hecho siempre los pensadores presentando imágenes utópicas, vamos a considerar la historia a la luz de una situación determinada que la resume como un punto focal. Los elementos de la situación final no se presentan como una deforme tendencia progresista, sino que, a título de creaciones e ideas en muy gran peligro, muy criticadas y escarnecidas, se incorporan de manera profunda en todo presente. (…) Esta situación (…) no es asible más que en su estructura metafísica, como el reino mesiánico o como la idea revolucionaria en el sentido del 89”1.



Las imágenes utópicas – mesiánicas o revolucionarias – contra esta deforme tendencia progresista: he aquí planteadas en resumen, los términos del debate que Benjamin va a proseguir a través de toda su obra. ¿Cómo esta primera intuición va a articularse más tarde con el materialismo histórico? A partir de 1924, cuando lee la Historia y Conciencia de Clase de Lukacs – y el descubrimiento del comunismo a través de los ojos de Asja Lacis – el marxismo se convertirá gradualmente en un elemento clave de su concepción de la historia. Aun en 1929, Benjamin se refiere el ensayo de Lukacs como a uno de los raros libros que siguen vivos y actuales: “La obra más acabada de la literatura marxista. Su singularidad se basa en la seguridad con la que él aprehendió por un lado la situación crítica de la lucha de clases en la situación crítica de la filosofía, y por otro, la revolución, ya concretamente madura, como la precondición absoluta, es decir, el cumplimiento y realización del conocimiento teórico.”2



Este texto muestra cuál es el aspecto del marxismo que más interesa a Benjamin y que va a iluminar como un nuevo día, su visión del procesus histórico: la lucha de clases. Pero el materialismo histórico no va a sustituir sus visiones “anti-progresistas”, de inspiración romántica y mesiánica: va a articularse con ellas, adquiriendo así una cualidad crítica que la distingue radicalmente del marxismo “oficial” por entonces vigente.



Esta articulación se manifiesta por primera vez en el libro Sentido Único, escrito entre 1923 y 1926, donde encontramos, bajo el título “Alarma de incendios”, esta premonición histórica de las amenazas del progreso: si el derrocamiento de la burguesía por el proletariado “no se cumple antes de un momento casi calculable de la evolución técnica y científica (señala la inflación y la guerra química), todo está perdido. Hay que cortar la mecha prendida antes de que la chispa alcance la dinamita.”3



Contrariamente al marxismo evolucionista vulgar, Benjamin no concibe la revolución como resultado “natural” o “inevitable” del progreso económico y técnico (o de la “contradicción entre fuerzas y relaciones de producción”), sino como interrupción de una evolución histórica que lleva a la catástrofe.



Por eso, porque percibe este peligro catastrófico Benjamin se reclama, en su artículo sobre el surrealismo de 1929, pesimista- un pesimismo revolucionario que no tiene nada que ver con la resignación fatalista, y menos aun con el Kulturpessimismus alemán, conservador, reaccionario y prefascista (Carl Schmitt, Oswald Spengler, Moeller van der Bruck): aquí el pesimismo está al servicio de la emancipación de las clases oprimidas. Su preocupación no es el “declive” de las élites, o de la nación, sino las amenazas que se ciernen sobre la humanidad con el progreso técnico y económico promovido por el capitalismo.



Nada hay más ridículo a los ojos de Benjamin que el optimismo de los partidos burgueses y de la social-democracia, cuyo programa político no es más que “un mal poema de primavera”. Contra ese “optimismo sin consciencia”, ese “optimismo de los diletantes”, inspirado en la ideología del progreso lineal, él descubre en el pesimismo el punto de convergencia efectivo entre surrealismo y comunismo4. Ni que decir tiene que no se trata de un sentimiento contemplativo, sino de un pesimismo activo, “organizado”, práctico, totalmente dirigido hacia el objetivo de impedir, por todos los medios posibles, el advenimiento de lo peor.



Nos preguntamos ¿a qué puede hacer referencia el concepto de pesimismo aplicado a los comunistas cuando su doctrina en 1928, en plena celebración de los triunfos de la construcción del socialismo y la inminente caída del capitalismo, no es precisamente un ejemplo de ilusión optimista? De hecho Benjamin tomó prestado el concepto de “organización del pesimismo” de una obra que él califica de “excelente”, La Revolución y los intelectuales (1926), del comunista disidente Pierre Naville. Naville había hecho la opción de compromiso político en el partido comunista francés del que quería hacer partícipes a sus amigos.



Ahora bien, para Pierre Naville el pesimismo, que constituye “la fuente del método revolucionario de Marx”, es el único medio de “escapar a los fallos y decepciones de una época de compromiso”. Rechazando el “tosco optimismo” de un Herbert Spencer – al que despacha con el amable calificativo de “cerebro monstruosamente estrecho” – o de un Anatole France, cuyas “insoportables bromas” no aguanta, concluye: “hay que organizar el pesimismo”, “la organización del pesimismo es la única consigna que nos impide fracasar.”5



Inútil decir que esta apología apasionada del pesimismo era poco representativa de la cultura política del comunismo francés de aquella época. De hecho, Pierre Naville pronto (1928) iba a ser excluido del Partido: la lógica de su anti-optimismo lo llevará a las filas de la oposición comunista de izquierda (“trotskista”), de la que llegará a ser uno de los principales dirigentes.



La filosofía pesimista de la historia de Benjamin se manifiesta de manera particularmente aguda en su visión del porvenir europeo: “Pesimismo en toda la línea. Sí, por cierto, y totalmente. Desconfianza en cuanto al destino de la literatura, desconfianza en cuanto al destino de la libertad, desconfianza en cuanto al destino del hombre europeo, pero sobre todo, desconfianza ante el entendimiento entre las clases, entre los pueblos, entre los individuos. Y confianza ilimitada únicamente en el I.G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de la Luftwaffe.” 6



Esta visión crítica permite a Benjamin percibir –intuitivamente pero con una rara agudeza – las catástrofes que esperaban a Europa, perfectamente resumidas en la frase irónica sobre la “confianza ilimitada”. Por supuesto, él mismo, el más pesimista de todos, no podía prever las destrucciones que la Luftwaffe iba a infligir a las ciudades y a la población civil europeas; y menos aun podía imaginar que el I.G. Farben iba, apenas doce años más tarde, a hacerse célebre por la fabricación del gas Zyklon B utilizado para “racionalizar” el genocidio, ni que sus factorías iban a emplear, por cientos de miles, mano de obra de los campos de concentración. Sin embargo, único entre todos los pensadores y dirigentes marxistas de entonces, Benjamin tuvo la premonición de los monstruosos desastres que podía producir una civilización industrial/burguesa en crisis.



Fue sobre todo en el Libro de los Pasajes Parisinos y en diferentes textos de los años 1936-40 donde Benjamin va a desarrollar su visión de la historia, apartándose, cada vez con mayor radicalidad, de las “ilusiones del progreso” hegemónicas dentro del pensamiento de izquierda alemán y europeo. En un artículo publicado en 1937 en la célebre Zeitschrift für Sozialforschung, la revista de l’École de Francfort (ya exiliado en USA), dedicado al historiador y coleccionista Edouard Fuchs, arremete contra el marxismo socialdemócrata, mezcla de positivismo, de evolucionismo darwinista y de culto al progreso. “”No podía ver en la evolución de la técnica más que el progreso de las ciencias naturales y no la regresión social (…) Las energías que la técnica desarrolla más allá de este umbral son destructoras. Ponen en primera línea la técnica de la guerra y su preparación por la prensa7.



El objetivo de Benjamin es profundizar y radicalizar la oposición entre marxismo y las filosofías burguesas de la historia, agudizar su potencial revolucionario y elevar su contenido crítico. Es en este espíritu como, de una manera radical, define la ambición del proyecto de los Pasajes Parisinos: “Se puede considerar también como fin metodológicamente buscado en este trabajo, la posibilidad de un materialismo histórico que aniquile (annihiliert) en sí mismo la idea de progreso. Es justamente oponiéndose a los hábitos del pensamiento burgués como el materialismo encuentra sus fuentes”8. Un programa así, no implicaba ningún “revisionismo” sino más bien, como lo había intentado Karl Korsch en su libro – una de las principales referencias de Benjamin – una vuelta al mismísimo Marx.

Benjamin era consciente de que esta lectura del marxismo hundía sus raíces en la crítica romántica de la civilización industrial, pero estaba convencido de que el mismo Marx también había encontrado su inspiración en esta fuente. Encuentra un apoyo a esta interpretación heterodoxa de los orígenes del marxismo en el Karl Marx (1938) de Korsch: “ Muy acertadamente, y no sin hacernos pensar en Maistre y en Bonald, Korchs dice así: Así en la teoría del movimiento obrero moderno también, hay una buena parte de la “desilusión” que, después de la gran Revolución Francesa, fue proclamada por los primero teóricos de la contra-revolución y enseguida por los románticos alemanes y que, gracias a Hegel, tuvo una fuerte influencia sobre Marx”9.



La formulación más sorprendente y radical de la nueva filosofía de la historia – marxista y mesiánica – de Walter Benjamín se encuentra sin duda en las Tesis sobre el concepto de historia de 1940, uno de los documentos más importantes del pensamiento revolucionario después de las Tesis sobre Feuerbach de 1845.



La exigencia fundamental de Benjamin es la de escribir la historia “a contrapelo”, es decir, desde el punto de vista de los vencidos – en contra de la tradición conformista del historicismo alemán cuyos partidarios entran siempre “en empatía con el vencedor” (Tesis VII).10

Obviamente la palabra “vencedor” no hace referencia a las batallas o a las guerras habituales, sino a la “guerra de clases” en la que uno de los campos, la clase dirigente, “no ha cesado de ganar” (Tesis VII) sobre los oprimidos – desde Espartaco, el gladiador rebelde, hasta el grupo Spartacus de Rosa Luxemburgo, y desde el Imperio romano hasta el Tercer Imperio Nazi. El historicismo se identifica empáticamente (Einfühlung) con las clases dominantes. Ve la historia como una sucesión gloriosa de grandes hechos políticos y militares. Al hacer el elogio de los dirigentes y al rendirles homenaje, les confiere el status de « herederos » de la historia pasada. En otras palabras, participa – como esos personajes que ponen la corona de laurel encima de la cabeza del vencedor – en “ese cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo” (TesisVII).



La crítica que Benjamin formula contra el historicismo se inspira en la filosofía marxista de la historia, pero tiene también un origen nietzscheano. En una de sus obras de juventud, De la utilidad y de la inconveniencia de la historia (citada en la Tesis XII), Nietzsche ridiculiza la “admiración ingenua del éxito” de los historiadores, su “idolatría hacia lo factual” (Götzerdienste des Tatsächlichen) y su tendencia a inclinarse ante el “poder de la historia”. Puesto que el Diablo es el amo del éxito y del progreso, la verdadera virtud consiste en levantarse contra la tiranía de la realidad y nadar contra la corriente histórica.




Hay un lazo evidente entre este panfleto nietzscheano y la exhortación de Benjamin a escribir la historia gegen den Strich [a contrapelo]. Pero las diferencias no son menos importantes: mientras que la crítica de Nietzsche contra el historicismo se hace en nombre de la “Vida” o del “individuo heroico”, la de Benjamin habla en nombre de los vencidos. En tanto que marxista, éste último se sitúa en las antípodas del elitismo aristocrático del primero y opta por identificarse con los “condenados de la tierra”, los que yacen bajo las ruedas de los carros majestuosos y magníficos llamados Civilización o Progreso.



Al rechazar el culto moderno a la Diosa Progreso, Benjamin pone en el centro de su filosofía de la historia el concepto de catástrofe. En una nota preparatoria de las Tesis de 1940, observa: “La catástrofe es el progreso, el progreso es la catástrofe. La catástrofe es el continuum de la historia”11.



La asimilación entre progreso y catástrofe tiene en principio una significación histórica: el pasado no es, desde el punto de vista de los oprimidos, más que una serie interminable de derrotas catastróficas. La revuelta de los esclavos, la guerra de los campesinos, junio 1848, la Comuna de París, el levantamiento berlinés de enero de 1919 – son ejemplos que aparecen a menudo en los escritos de Benjamin, para quien “este enemigo no ha dejado de vencer” (tesis VI). Pero esta ecuación tiene también un significado eminentemente actual, porque, “a la hora de hoy, el enemigo no ha terminado de triunfar” (Tesis VI): derrota de la España republicana, el Pacto Molotov-Ribbentrop, la victoriosa invasión nazi en Europa.



El fascismo ocupa un lugar muy evidente en la reflexión histórica de Benjamin en las Tesis. Para él no se trata de un accidente de la historia, de un “estado de excepción”, algo imposible en el siglo XX, un absurdo desde el punto de vista del progreso: al rechazar este tipo de ilusión, Benjamin apela con todas sus fuerzas a “una teoría de la historia a partir de la cual el fascismo pueda ser percibido”12, es decir, una teoría que comprenda que los irracionalismos del fascismo no son más que el reverso de la racionalidad instrumental moderna. El fascismo lleva hasta sus últimas consecuencias la combinación típicamente moderna entre progreso técnico y regresión social.



Mientras que Marx y Engels, según Benjamin, habían tenido en sus pronósticos sobre la evolución del capitalismo13, “la intuición fulgurante” de la barbarie que venía, sus epígonos del siglo XX han sido incapaces de comprender – y por ende de resistirle con eficacia – una barbarie moderna industrial, dinámica, instalada en el corazón mismo del progreso técnico y científico.

Buscando las raíces, los fundamentos metodológicos de esta incomprensión catastrófica, que ha contribuido a la derrota del movimiento obrero alemán en 1933, Benjamin la emprende contra la ideología del progreso en todas sus componentes: el evolucionismo darwinista, el determinismo de tipo científico-natural, el ciego optimismo – dogma de la victoria “inevitable” del Partido – la convicción de “nadar a favor de la corriente” (el desarrollo técnico); en una palabra, la creencia confortable en un progreso automático, continuo, infinito, fundado en la acumulación cuantitativa, el desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento del dominio sobre la naturaleza. Cree detectar detrás de estas manifestaciones múltiples un hilo conductor que él somete a una crítica radical: la concepción homogénea, vacía y mecánica (como un movimiento de relojería) del tiempo histórico.



A esta visión lineal y cuantitativa, Benjamin opone una percepción cualitativa de la temporalidad, fundada por un lado en la rememoración, y por otro en la ruptura mesiánica/revolucionaria de la continuidad. La revolución es lo “correspondiente” (en el sentido baudelairiano de la palabra) profano de la interrupción mesiánica de la historia, de la “detención mesiánica del acaecer” (Tesis XVII): las clases revolucionarias, dice en la Tesis XV, son conscientes, en el momento de su acción, de estar “rompiendo el continuum de la historia”. La interrupción revolucionaria es pues la respuesta de Benjamin a las amenazas que se ciernen sobre la especie humana con la búsqueda de esa tormenta maléfica que llaman “Progreso”, una tormenta que acumula ruina sobre ruina y prepara nuevas catástrofes (Tesis XII). Era el año 1940, poco antes de Auschwitz y Hiroshima…



Según Habermas, hay una contradicción entre la filosofía de la historia de Benjamin y el materialismo histórico. El error de Benjamin fue, según él, haber querido imponer –“como una capucha de monje sobre la cabeza” – al materialismo histórico marxiano, “que sí tiene en cuenta los progresos no sólo en el ámbito de las fuerzas productivas sino también en el de la dominación”, “una concepción histórica anti-evolucionista.”14



En realidad, una interpretación dialéctica y no evolucionista de la historia, que tenga en cuenta a la vez los progresos y las regresiones – como lo han hecho Benjamin y sus amigos de la Escuela de Fráncfort –puede basarse en varios escritos de Marx. Sin embargo, es verdad que entra en conflicto con las interpretaciones dominantes del materialismo histórico desarrolladas a lo largo del siglo XX. Lo que piensa Habermas que es un error, es precisamente la fuente del valor singular de la filosofía benjamiana de la historia y de su capacidad para comprender un siglo caracterizado por la estrecha imbricación de la modernidad y la barbarie.




Traducción para Marxismo Crítico de  J.Mª Fdez. Criado

*Progrès et catastrophe. La conception de l’histoire de Walter Benjamin
Michael Löwy
1W.Benjamin, La vie des etudiants, 1915, en Mythe et ViolenceLettres Nouvelles, 1971, p. 37.
2W.Benjamin, Gesammelte Schriften, Francfort, Suhrkamp Verlag, 1980, III, p. 171.
3W.Benjamin, Sens Unique, Paris, Lettres Nouvelles / Maurice Nadeau, 1978, pp. 205-206.
4W.Benjamin, Le surrealisme. Le dernier instantané de l’intelligence europeenneMythe et Violence, p. 312.
5Pierre Naville, La révolution et les intellectuels, Paris, Gallimard, 1965 , pp. 76-77, 110-117.
6W.Benjamin, Le surrealisme, p. 312. [El Edificio IG Farben Gebäude, del arquitecto alemán Hans Poelzig, se levantó en la ciudad de Fráncfort del Meno para la industria química IG Farben en 1931. Durante la Segunda Guerra Mundial, bajo el poderío alemán nazi, se sirvió de mano de obra esclava judía. Luftwaffe: Fuerzas Aéreas de la Alemania Nazi. N. del T.]
7W.Benjamin, Gesammelte Schriften, III, p. 474.
8W.Benjamin, Passagenwerk – Gesammelte Schriften V, p. 574.
9W.Benjamin, Ibid., p. 820.
10 Las citas de las Tesis sobre la filosofía de la historia están sacadas de la traducción de Bolívar Echeverría « Tesis sobre la historia y otros fragmentos ». Ed. Itaca, 2008.
11 W.Benjamin, G.Schriften, I, 3, p. 1244 (notas preparatorias para las Tesis).
12 W.Benjamin, G.S., I, 3, p.1244 (notes preparatoires).
13 W.Benjamin, G.S., II, 2, p. 488.
14 J.Habermas, L’actualite de W. Benjamin. La critique: prise de conscience ou preservationRevue d’esthétique nÆ 1, 1981, p. 121.



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Walter Benjamin, 70 años de la muerte del filósofo odiado por los nazis

El pensador, crítico literario y traductor judío berlinés falleció la noche del 26 al 27 de septiembre de 1940 en una modesta fonda de Port Bou


25/09/2010
Berlín. (EFE).- El filósofo alemán Walter Benjamin, uno de los grandes teóricos de la modernidad, murió en la noche del 26 al 27 de septiembre de 1940 en una modesta fonda de la localidad de Port Bou, en la provincia de Girona, exactamente 70 años atrás, dejando a su muerte un misterio aún por resolver. 
El pensador, crítico literario y traductor de origen judío y nacido en Berlín, falleció esa noche por una sobredosis de morfina, en lo que según algunas voces fue un suicidio ante el acoso de los nazis o, según una teoría más reciente, un asesinato por agentes de Stalin. Sin embargo, para el doctor español Pedro Gorgot, que certificó entonces su muerte, se trató de una "hemorragia cerebral".
El hombre, de 48 años, que soñaba con una cultura europea universal, más justa y humana, alejada de los autoritarismos y el consumismo, expiró en esa modesta pensión con mínimas posesiones. Una maleta de piel, un reloj de oro, una pipa, un pasaporte expedido en Marsella por el American Foreign Service, seis fotografías tamaño de carné, una radiografía, unas gafas, varias revistas, diversas cartas, unos cuantos papeles y algo de dinero: éstas eran sus pertenencias, según la documentación del juez que firmó su muerte. 
Ese dinero sirvió para pagar el entierro en el nicho 563 de la zona católica del cementerio de Port Bou (en la provincia española de Girona), así como la factura del "Hotel Francia", según la documentación reunida por David Mauas en su documental Quién mató a Walter Benjamin, rodado en esa localidad española. Amigo de Bertolt Brecht y Theodoro Adorno, así como colaborador de la Escuela de Fráncfort, la figura del pensador berlinés que intentó fusionar el marxismo y el judaísmo permaneció casi oculta para el común de los mortales hasta su recuperación en 1994. 
Fue entonces cuando el artista judío Dani Karavan reactivó la figura del pensador al instalar en Port Bou su escultura Pasajes en homenaje a Benjamin; "unas escaleras que van a dar al mar y hablan de horizontes y viajes", en definición del autor. Benjamin se convertía en un símbolo de los miles de alemanes, judíos o no, que en 1933 tuvieron que marchar al exilio ante la presión del nacionalsocialismo. 
Este fin de semana diversos actos en Alemania y un coloquio internacional en Port Bou conmemorarán la desaparición de Benjamin. En la localidad fronteriza intervendrán, entre otros, Jörg Zimmer, de la Universidad de Girona, y Erdmut Wizisla, del Archivo Walter Benjamin de Berlín. El 25 de septiembre de 1940, cuando un enfermo Benjamin llega a España con un grupo de exiliados tras cruzar los Pirineos, ya había publicado sus grandes obras (La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica, de 1936, y El origen del drama barroco alemán, de 1928), si bien Tesis sobre la Filosofía de la Historia vio la luz póstumamente, en 1959. 
Ya en 1940, en el inicio de la II Guerra Mundial y después de varios años de conflicto civil en España, Benjamin había pergeñado su tesis del Ángel de la Historia o Angelus Novus. Contempla ahí desolado las ruinas de la Historia arrasada por el huracán del progreso destructor y aniquilante, del que el hombre no puede escapar y que le arrastra hacia un futuro aterrador construido sobre las cenizas de la Humanidad. 
El 26 de septiembre de 1940, con tres policías del régimen franquista en la puerta, tras serle negada la posibilidad de cruzar España y viajar en barco desde Lisboa hasta Estados Unidos, Benjamin muere solo en su habitación del "Hotel Francia". En una nota que dejó a su compañera de viaje Henny Gurland, fotógrafa que años después se casaría con el psicólogo Erich Fromm, Benjamin escribió: "En una situación sin salida no tengo más opción que ponerle fin". 


http://www.lavanguardia.com/cultura/20100925/54012009784/walter-benjamin-70-anos-de-la-muerte-del-filosofo-odiado-por-los-nazis.html


Walter Benjamin
Walter Benjamin

Walter Benjamin (Berlín, 1892 – Port Bou, 1940). Filósofo, crítico literario, traductor y ensayista alemán. En su época de estudiante universitario en Berlín presidió la Unión de Estudiantes Libres. A su paso por distintas universidades conoció a Rainer Maria Rilke, Gershom Scholem y Ernst Bloch. Se doctoró en 1919 con una tesis titulada El concepto de la crítica de arte en el romanticismo alemán.

Crítico implacable del nazismo, próximo a la teología judía y estudioso de las tendencias artísticas vanguardistas y surrealistas, cultivó un marxismo singular, con tintes románticos y libertarios. En 1933 ante la persecución nazi de comunistas y judíos se exilió en Francia y pasó temporadas en casa de Bertolt Brecht, exiliado en Dinamarca. El 26 de septiembre de 1940 fue interceptado en Port Bou por la policía franquista y ante la amenaza de ser entregado a la Gestapo murió tras ingerir una fuerte dosis de morfina.


De su abundantes trabajos, traducidos al castellano en los volúmenes de sus Obras Completas, cabe destacar La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), los ensayos literarios agrupados en los volúmenes titulados Iluminaciones –Imaginación y sociedad, Poesía y capitalismo, Tentativas sobre Brecht- y los textos filosóficos recogidos en el volumen Discurso interrumpidos, del que forman parte sus Tesis sobre la filosofía de la historia (1940).

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Libro de los pasajes, de Walter Benjamin
 Sergio Raúl Arroyo 31 marzo 2006


“El fragmento es el material más noble de la creación barroca”, advirtió Walter Benjamin en el Origen del drama barroco alemán. Interpolar lo minúsculo para que “los pequeños particulares momentos” descubran “el acontecimiento histórico total” fue la divisa con la que intentó hallar los orígenes del presente.

Imaginado primero como el proyecto de un texto que compartiría con su amigo Franz Hessel, luego como idea central de un ensayo jamás escrito –Pasajes de París. Un cuento de hadas dialéctico– y más tarde como continuación de Calle de un solo sentido, el libro de Los pasajes (Das passagen - Werk), la insólita empresa intelectual, nunca redactada, con la que Walter Benjamin pretendía trazar las coordenadas para crear una filosofía material de la historia del siglo XIX es quizá la obra más ambiciosa y audaz que acuñara pensador alguno en torno a la crítica de la modernidad. Durante trece años, comprendidos entre 1927 y 1940 (año de su suicidio en Port Bou, a la sombra de la persecución nacionalsocialista), Benjamin acumuló los materiales de lo que más tarde sería un enorme rompecabezas, objeto de infinitas especulaciones, un mapa inconcluso de los fenómenos sociales del mundo moderno sobre el que Rolff Tiedemann, editor de la publicación, fijó “algunas de las experiencias que se le impusieron en el curso de un trabajo de varios años [...] con la esperanza de ayudar al lector orientándole sumariamente en el laberinto que seguro le parecerá este libro”.

Apuntes, notas referenciales, citas, comentarios diseminados escritos en papeles de diferente tipo y formato, incluyendo algunas páginas de periódi-co, constituyen el bagaje documental de un proyecto cuyos registros oscilaban entre las ensoñaciones arquitectónicas de Haussmann y la publicidad, entre la figura del flâneur y todo tipo de rarezas que formaban parte de un entramado prácticamente invisible para quienes hasta entonces habían analizado ese universo social, Marx incluido (“No se trata de exponer la génesis económica de la cultura, sino la expresión de la economía en la cultura”). En ese territorio encuentra Benjamin los soportes elementales que deberían provocar “el despertar de un sueño”, el sueño hechizado del capitalismo, encarnado en la parafernalia seductora y voraz de la vida parisina, en asuntos tan disímiles en apariencia como proyectos urbanísticos, muebles, poemas, novelas, folletos, fachadas y, de forma decisiva, en la presencia de la calle como consumación de una nueva y gigantesca escenografía.

La edición de Los pasajes, por vez primera en lengua castellana, no es un mero compendio de “brillantes aforismos e inquietantes fragmentos”, sino una extraordinaria red de pistas y testimonios que, no obstante su trama inacabada, revelan la clara aspiración por renovar los instrumentos y los métodos para penetrar un ámbito profundamente fetichizado. La montaña de documentos que forma el libro pone frente a nosotros la erudición y la fantasía desmesuradas de Benjamin, y nos deja ver en él a un pensador promiscuo que alterna la filosofía con la novela policíaca, la teología con el marxismo, la psicología con el urbanismo. Se trata de alguien que, sin vislumbrar contradicción alguna, combina el mesianismo judaico con la utopía. Él y Hassel tradujeron al alemán los tres primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido. De esa novela Benjamin desprende una lección axial, viva a lo largo del libro de Los pasajes: aquélla relativa al hecho de que el pasado puede hacerse presente si el azar pone a nuestro alcance el objeto material donde quedó prisionero, puesto que el encuentro con el objeto libera al pasado que quedó atrapado en él. Bajo esta luz, es posible afirmar que la impronta de la literatura domina buena parte del horizonte teórico de la obra. Entre las fuentes primarias de las que surge el proyecto están Le paysan de Paris de Louis Aragon; lo mismo que Bouvard y Pécuchet, la también inconclusa obra de Flaubert, en la que el autor deseaba incluir un registro de los episodios más descabellados y heterogéneos tomados de la literatura y la historia de Francia para ser leídos por sus dos personajes protagónicos. No está de más decir que Benjamin convirtió esta obra inacabada en su libro de cabecera.

A través de Los pasajes se percibe el aura de la prosa baudeleriana, el ceremonial luctuoso del barroco, la rebelión romántica y el vértigo de las vanguardias. Las ciudades son vastos depósitos de historia que pueden ser leídos como un libro si se cuenta con un código apropiado; son como sueños colectivos cuyo contenido latente se puede descifrar; espacios simbólicos a los que Jung y los surrealistas se habían asomado incipientemente. Los pasajes son cruceros no sólo de transeúntes y cosas, sino de pensamientos y voluntades con múltiples orígenes. Es justamente ahí, en este eclecticismo, donde Benjamin encuentra la vacuna contra las ortodoxias.

Tal como sucedía con Foustel de Coulanges en La ciudad antigua, es muy probable que Benjamin viera en París el emblema paradójico de un mundo que, si bien había dado lugar a fenómenos inéditos, también era una continuación de las metrópolis fundacionales del pasado. Las ciudades levantadas por los modernos son también “topografías míticas” movidas simultáneamente por la fascinación y el desencanto, máquinas que seducen con interminables promesas frecuentemente incumplidas. Los territorios citadinos están unidos por un hilo civilizatorio que se proyecta en el tiempo, pero se distinguen en la sociedad burguesa por su estado siempre provisional. Allí se encuentran los tinglados de tránsito y realización donde se entrecruzan amos y esclavos, formando con su vida la peripecia cotidiana que da contenido y dimensión a la existencia común, dejando a su paso una profusa constelación de signos casi siempre imperceptibles para quien se encuentra inmerso en ellos.

Dentro del horizonte geográfico e histórico del París de la segunda mitad del XIX, Benjamin se propuso una de las mayores aventuras intelectuales de la modernidad: reconocer el edificio de la sociedad burguesa mediante cada una de las partículas con que estaba construido. Toda sutileza, la más pequeña expresión de vida, se había de sustraer de la abstracción para aspirar a una construcción teórica consciente y coherente. En ese despliegue analítico se encontraba el núcleo de la civilización y su base material, así como la posibilidad de fundamentar –una vez reconstruida conscientemente esa materialidad– la verdadera crítica de una época. Se trata de una arqueología atípica que prescinde de la ruina, o se anticipa a ella, para entender y prefigurar su desmoronamiento.

Los pasajes comerciales de la ciudad son el escaparate metafórico de un tiempo y una contundente señal de la apoteosis de una casta social y su ideología. En este universo dominado por la moda, el protagonismo de la masa, el espectáculo de la calle, la prensa, el surgimiento de las grandes vías de comunicación, el tedio (aspecto que Baudelaire convirtió en un tema central), el coleccionismo, la prostitución, el teatro de revista y la fe ciega en el futuro, no hay sino un enorme amasijo de fragmentos, objetos y asuntos diversos que deberían ser articulados por la teoría para desentrañar el fondo universal-histórico de esa sociedad: “Quien trate de acercarse a su propio pasado debe comportarse como un hombre que cava [...] Pues los estados de las cosas son sólo almacenamientos, capas, que sólo después de la más cuidadosa exploración, entregan lo que son los auténticos valores que se esconden en el interior de la tierra”, nos dice Benjamin en su Crónica de Berlín.

Esa forma de proceder nos permite intuir una inclinación que hace único y especialmente corrosivo al pensamiento benjaminiano, ubicándolo en los márgenes de marxismo de su época y también del posterior: la constatación de que el materialismo histórico se encontraba en un callejón sin salida, falto de fundamentación teórica, alejado de la experiencia específica e intransferible de los hombres y mujeres concretos de una sociedad de la que se preparaba su caída; una teoría abstracto-conceptual incapaz de recopilar los escombros de ese mundo y su cultura, un pensamiento absorto, ensimismado en planteamientos cada vez menos conectados con la realidad.

Es probable, como se ha dicho, que en una publicación póstuma, las Tesis de filosofía de la historia, se encuentren los fundamentos del misterioso libro de Los pasajes, el alma de sus bases metodológicas y el mejor sendero para acceder con cabalidad a su lógica y a su particular perspectiva de la trama social. En esas tesis Benjamin escribió: “No existe ningún documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de la barbarie”, sentencia que, como reparo y vaticinio, hace visibles los frágiles linderos de la condición humana.


“Perderse en la ciudad como per-derse en un bosque.” Las ciudades también son lugares inventados por la voluntad y el deseo, por la escritura, por la multitud desconocida. En ellas el Angelus Novus extiende sus alas y sobre un plano señala el umbral del laberinto. ~

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OBRAS COMPLETAS DE WALTER BENJAMIN EN PDF (DESCARGA GRATUITA)

Correspondencia Auerbach-Benjamin (portada)
Discursos interrumpidos I de Benjamin (portada)
El autor como productor de Walter Benjamin (portada)
La obra de arte en la época de su reproducción mecánica
El Libro de los Pasajes de Benjamin (portada)
Breve historia de la fotografía
Tesis sobre la historia y otros fragmentos de Walter Benjamin (portada)
Walter Benjamin 2
Fuente: Alejandría digital