IMÁGENES CONGELADAS
[Don DeLillo, Cero K, Seix Barral, trad.: Javier Calvo, 2016, págs. 320]

Estamos aquí para aprender el poder de la soledad. Estamos aquí para replantearnos todo lo que tenga que ver con el fin de la vida. Y para emerger con forma ciberhumana en un universo que nos hablará de un modo muy distinto.

-DeLillo, Cero K, p. 78-

Hace tiempo que Don DeLillo no necesita demostrar nada. No es solo el mejor escritor norteamericano vivo junto con Thomas Pynchon, sino uno de los grandes escritores mundiales que han vivido lo suficiente como para trasladar todo su bagaje de un siglo a otro sin perder lucidez ni agudeza.
Cada nueva novela de DeLillo nos enfrenta, a quienes empezamos a leerlo a finales del siglo pasado, al mismo dilema radical: cómo puede sobrevivir a la devastación del tiempo una mirada sobre el mundo que se formó en los terrores atómicos de la guerra fría, creció con las antinomias morales del existencialismo, construyó su identidad literaria en sintonía con los espejismos y laberintos postmodernos y atravesó la reveladora catástrofe del 11-S para renacer como novelista aún más inteligente e irónico.
Qué sino ironía puede haber en la historia de un potentado multimillonario (Ross Lockhart es su nombre falsario) que por amor a una mujer más joven (Artis Martineau) invierte una fortuna en un proyecto internacional de criogenización de cuerpos humanos (una intrigante iniciativa situada entre la biopolítica transhumanista y apocalíptica y el culto religioso new age que se llama la “Convergencia”). Ella tiene una enfermedad terminal y él, en tan buena forma como solo puede estarlo un plutócrata con todos los adelantos de la medicina, la farmacopea y el deporte consagrados a preservar su vigorosa salud, decide acompañarla en el tránsito a ese futuro prometido por la ciencia capitalista en que los cuerpos podrán ser tratados y curados por las biotecnologías más sofisticadas y alcanzar la vida eterna.
Qué sino inteligencia puede haber en el punto de vista del narrador que cuenta esta estrambótica historia de amor más allá de la muerte: Jeff Lockhart, el hijo único de un primer matrimonio del millonario corporativo y heredero de su imperio financiero. Pero Jeff, en su desconcierto existencial, no solo no asume su condición de tal sino que se muestra escéptico y desdeñoso hacia todo lo que la experiencia paterna le permite ver y comprender del extraño experimento científico en el que los extremos de la vida y la muerte convergen, más allá de los rigores de la temperatura,  en una forma utópica de inmortalidad. La congelación constituye el grado cero de la vida, un estado intermedio entre la vida y la muerte, un purgatorio neutro, aséptico, donde el cuerpo clínicamente muerto no es en absoluto un cadáver entregado a la putrefacción o la incineración purificadora, más bien un cuerpo glorioso que solo aspira a la resurrección artificial de la tecnología.
No es la trascendencia, sin embargo, sino el miedo a la vida como reverso del miedo a la muerte lo que perturba íntimamente al narrador delilliano, tan parecido al autor. Ese escritor exacto y evasivo, inquietante y seguro de su estilo y sus modos de revisar las dimensiones de la realidad sin violencia, desmenuzando la película de las palabras y las cosas sin miedo al deslizamiento en los intersticios, sin terror a ese vasto mundo de sinsentido que habita entre ellas como una amenaza larvada, preguntándose qué hay más acá de la vida, en esa inmanencia inalcanzable de los nombres, los seres, los cuerpos y las superficies, sin cuya fricción múltiple no existiría nada.
Quizá sea esta la novela más visionaria de DeLillo: una ficción especulativa, como La Estrella de Ratner, su precedente novelesco más obvio, que somete los fundamentos de la filosofía tradicional al escrutinio irónico de la ciencia y la tecnología. ¿Y si todas las (in)fundadas preguntas sobre la vida y la muerte que se han hecho la mente y las culturas humanas desde el comienzo de los tiempos solo estuvieran esperando alcanzar el estadio de una civilización de alta tecnología para encontrar una respuesta tan pragmática en lo económico como selectiva en lo social?
Con Cero K, la prosa de DeLillo alcanza grados sublimes de cristalización verbal, una galería infinita de imágenes congeladas, como la epifanía telúrica (digna de Heidegger) que clausura la novela: ese alineamiento providencial de los rayos solares y el trazado urbano de Manhattan “encontrando el asombro más puro en el contacto íntimo de tierra y sol”. 

http://juanfranciscoferre.blogspot.com/2016/05/imagenes-congeladas.html




Don Delillo, cruzada contra el tiempo
El colosal autor neoyorquino publica «Cero K», una novela sobre la muerte, «como todas las que he escrito», llena de intensidad, congoja moral y gran literatura.


Ulises Fuente. 


Hablan de lo raro que es entrevistar a DeLillo, de sus manías legendarias. Que no tiene teléfono móvil ni dirección de email, que desde hace años entrega si le piden unas tarjetas de visita que ya no puede dejar de llevar al ser presa de su propia broma y en las que apenas aparece su nombre y esta leyenda: «Prefiero no hablar de ello». Don DeLillo (Nueva York, 1936) es un gigante literario con la edad de un Rolling Stone y a pesar de su conocida alergia a las entrevistas se ha sometido estos días en España a un baño mediático que Mick Jagger jamás toleraría, hasta quedarse sin voz de tanto responder, como casi le ocurrió con este periodista. Son 79 años y una carrera literaria descomunal que mantiene la exigencia en «Cero K», su última novela, que presenta en España creando la misma incertidumbre que una visita de Paul McCartney. ¿Cuánto tiempo más podremos estar en su presencia? De eso trata la novela. Del tiempo, la muerte y ese punto donde el pasado y el futuro parecen la misma cosa.

La historia arranca con un multimillonario, Ross, que es accionista de una compañía que investiga la criogénesis, es decir, esa técnica que pretende suspender la vida humana por congelación del cuerpo y de los órganos (incluso éstos, por separado) y reactivar la existencia cuando la ciencia haya avanzado lo suficiente como para garantizar una extensión de la vida o se conozcan curas para enfermedades sin ella. Hablamos de la vida eterna, la promesa que las religiones han ofrecido durante siglos, convertida en la gran oferta de una nueva fe: la tecnología y la ciencia. El hijo de este billonario, Jeffrey, acude al encuentro de su padre en un terreno remoto de Uzbekistán, donde una misteriosa instalación semienterrada ensaya las «suspensiones vitales». De las «resucitaciones» ni Ross ni Jefrey ni nosotros sabemos nada, pero ahí están las promesas. En la historia, la segunda mujer de uno y madrastra del otro se va a someter a la criogénesis con inciertos resultados y ahí comienzan los torniquetes morales y éticos que mueven la literatura de Delillo. Por ejemplo, ¿puede la ciencia acabar con las religiones robándoles su mayor oferta? «No lo creo. No se sabe qué puede pasar cuando este sistema esté perfeccionado, si es que se logra algún día, pero las religiones están instaladas de manera muy profunda en gente de muchas partes del mundo. Aunque habrá algunos lugares en los que sí tendría un efecto, pienso que tanto los que creen como los que no anhelan la inmortalidad de maneras diferentes y paralelas».

El escritor no carga las tintas contra los que ven en la ciencia la respuesta a los problemas de la humanidad: «Opino que a menudo se nos promete que la ciencia dará respuesta a todo, pero no es así. En muchos casos, la medicina por ejemplo sólo provee soluciones mientras uno se tome los medicamentos prescritos, no como una solución a largo plazo, lo que equivale a decir que la ciencia, en la mayor parte de los casos, sólo trata de hacernos sentir mejor». Hay una diferencia sustancial, además. La religión promete la salvación eterna a cambio de cumplir un código de conducta, unos mandamientos beneficiosos socialmente.

El precio de la vida

En la novela de Delillo la paradoja es que conseguir la vida tras la vida sólo cuesta una cosa: dinero. ¿Es éste el punto álgido de una sociedad injusta a la que tendemos? «Bien podría serlo. Es una de las situaciones que quería plantear, como las que mueven las intenciones del millonario a someterse él mismo a la criogénesis a pesar de estar sano, que es algo por lo que no me preguntan mucho. Y si está sano, estamos hablando de un asesinato en rigor, no de un tratamiento a alguien enfermo sin cura. Es un crimen y un sacrificio romántico al mismo tiempo», comenta. Ahí tenemos otra cuestión para preguntarnos, porque también podría ser puro egoísmo, querer la vida eterna como Ponce de León. «Puede ser, no quería hacer hincapié en esa posibilidad... ¿Sabe que tampoco hice mucha investigación científica al respecto? Algo sí, desde luego. Hay tanto... no sé, demasiado de instalaciones criogénicas, conozco una en Arizona, en EE UU, gracias a que está allí el cuerpo de un jugador de béisbol famoso. ¡Y me enteré después que también Walt Disney!».

Delillo carraspea y su fragilidad física es evidente, pero no piensa en la retirada: si puede volverá a publicar. Y hablando de la carne mortal, «sé que algún día me moriré, pero no pienso demasiado en ello. Menos que cuando tenía 50 años, y la verdad es que al respecto no tengo más que decir». Saber que uno va a trascender puede que ayude. «No voy a trascender». Sí, sí que lo hará, replico. «Bueno, mis novelas contienen la idea de morirse. No sé cómo defender esta afirmación, pero, para mí, cada libro incorpora la noción de la muerte. Están movidos por ella, no es que tenga que aparecer expresamente. Y el final de una novela es una forma de morir. “Submundo” me llevó cinco años y no es que me sintiera como si hubiera muerto, sino que me sentí aliviado, aunque algo era diferente. Después de tanto tiempo para 800 páginas y muchas, muchas cajas de páginas de bocetos y correcciones... Algo es diferente y puede que en un buen sentido. Eres más viejo en el significado exagerado del plazo que has tardado en escribir». Por cierto, que cuando DeLillo dice cajas y cajas de bocetos lo dice en sentido literal, porque sigue escribiendo a máquina. Otro de esos tópicos que tanto gustan sobre él como los que mencionábamos al principio. Es una Olympia, la segunda que ha tenido en su vida y que, admite, tiene que llevar a «revisión porque empieza a hacer un poco de ruido...». Así que DeLillo escribe novelas futuristas (ésta transcurre entre 2030 y 2050) en un viejo cacharro de 1975, según su memoria. «En mis novelas siempre se mezclan pasado y futuro», aclara. Quizá la máquina es responsable de su estilo, intenso y escultórico. «Escribo una página en la máquina o un párrafo y la saco. La corrijo a bolígrafo, la lleno de tachones, de escritura por el margen, la emborrono. Y después la reescribo a máquina», cuenta.

Y las páginas descartadas pasan a la caja de las correcciones, que transportan las versiones alternativas de sus novelas. «Todas se guardan en el Harry Ransom Center de Austin (Texas, EE UU). Es como una especie de archivo donde acogen el material que los escritores queremos enviar. Y un día, si quisiera, podría ir allí a ver lo que tienen mío», dice DeLillo mientras pone cara de que eso sería lo último que le apetece. Es decir, que sus páginas están criogenizadas en Texas, igual que los personajes de su novela. «(Risas) Desde luego, ¡también lo están las de James Joyce!», exclama.


No se lleven la impresión equivocada. «Cero K» no es una novela sobre ciencia, sino literatura perversa y concentrada sobre sentimientos, sobre las cargas que llevamos y que no son otras que nuestro pasado y el deseo de borrarlo (¿por qué sólo guardamos los malos recuerdos?), sobre librarnos del signo de nuestros padres o encajar en la sociedad. El miedo e incluso el terror y hasta el terrorismo, el lenguaje, la presión de una sociedad que ha conseguido esclavos por propia voluntad por el miedo al fracaso. La validez y el sentido del arte e incluso la manera en que se consume, el dinero y el poder y los medios de comunicación. Y la belleza que el autor es capaz de desplegar, como sólo los guías mestizos te saben llevar a los mejores acantilados. ¿Saben que dos veces al año el sol se pone en perfecta sincronía con la cuadrícula de calles que atraviesan Manhattan de norte a sur? El ángulo es exacto y los locales conocen el fenómeno como «Manhattanhenge». DeLillo sitúa este atardecer en la novela, uno de sus dos territorios. El otro, como él mismo dice, es el que habita «sólo un chico del Bronx».

https://www.larazon.es/cultura/don-delillo-cruzada-contra-el-tiempo-KN12868147



[Este texto ensambla sin solución de continuidad las diversas respuestas a un cuestionario propuesto por la periodista Rebeca Yanke para El Mundo sobre la muerte e internet.]

Nos guste o no reconocerlo hay una dimensión de la tecnología que colinda con los límites de la vida y, por tanto, nos aproxima a los dominios de la muerte. Quizá por eso los nuevos medios y sus prolongaciones humanistas como las redes sociales se han transformado con el tiempo en ágoras o foros donde el diálogo con los difuntos, la expresión del dolor hacia los muertos y, en definitiva, nuestra íntima relación con la mortalidad encuentran un lugar más propicio que en el ruido diario de la calle o el incómodo cara a cara de los cuerpos y los nombres. Como novelistas, DeLillo y Pynchon lo anticiparon antes de la universalización de internet en Ruido de fondo y Vineland, respectivamente. Internet y la muerte, he ahí otro gran motivo de los tiempos tecnológicos en que vivimos.

Sin duda ninguna, la muerte de ciertos personajes que estaban ahí desde hace mucho tiempo y cuyo peso se hacía sentir en sus dominios respectivos (en el caso de Bowie la música y el espectáculo en general, en el de Eco la semiótica, el pensamiento y la novela) genera un vacío que quizá no se había sentido en otros momentos con la misma agudeza. En este sentido, la muerte de Borges hoy no sería igual que hace treinta años, cuando realmente se produjo. Los medios se hacen eco de la orfandad, sin duda, en que se sumen los sujetos de una cultura que va perdiendo sus referentes nominales con rostro humano mientras se imponen cada vez más los logos corporativos y las marcas comerciales sobre la realidad de todos los días como entes más o menos potentes.




La mediación de la tecnología facilita todo, desde el insulto a la declaración amorosa, desde la expresión desvergonzada a la dicción más pedante, demostrando así que los seres humanos siempre hemos necesitado instrumentos codificados para encuadrar nuestras necesidades expresivas. Y en el terreno del duelo y de la negociación con el dolor de la pérdida y la toma de conciencia de la muerte no podía ser menos. Una película reciente como Eliminado ha hecho por Facebook lo mismo que Paranormal Activity hizo en su momento por las cámaras de seguridad: transformar una tecnología o su espacio visualmente acotado en un territorio terrorífico donde la muerte caza presas como un depredador. Así que esta dimensión fantasmal explicaría también, desde otro ángulo, por qué las redes sociales espolean la reflexión sobre la mortalidad. En una sociedad tecnológica, la realidad de la muerte es aún más intolerable e inconcebible, carece de sentido y de explicación, nos sume en el desconcierto, como si la promesa de la tecnología nos hubiera salvado de la violencia de la biología, esto es, de la secuencia temporal que nos conduce, como organismos individuales, a la extinción. Y es lógico, hasta cierto punto, que sea en los dominios tecnológicos, que actúan como pantalla eficaz, donde se produzca el nuevo duelo como forma de digerir la intragable experiencia del otro y predisponerse a la propia.

En mayor o menor medida, todos hemos incorporado la experiencia mediatizada en nuestros hábitos y es evidente que diluir el impacto negativo de la muerte en un cúmulo de posts, tuits o cualquier otro formato cibernético podría mitigarlo, pero también banalizarlo. La banalidad es un efecto de la reiteración, algo de lo que los medios, o sus manipuladores, no son siempre conscientes.  Por desgracia, nuestra época ha renunciado a una de las armas más eficaces contra todo mal: el silencio radical, el vacío retórico. El exceso expresivo en que vivimos nos convierte no ya en actores sino en payasos de nuestra vida y de nuestra muerte.

Sí, desde luego, pornografía emocional como afirmación obscena del yo. Las redes e internet le han dado al pequeño ego de cualquier ciudadano del presente un poder de amplificación con el que solo soñaron en el pasado dictadores fascistas como Mussolini o Hitler. Y esto tiene un efecto benéfico indudable, de democratización definitiva, que es la promesa última de la tecnología, su utopía colectiva si lo prefieres: multiplicando al infinito la pequeñez de los egos que expresan en todo momento y hacen proliferar por las redes tecnológicas sus más mínimas vivencias o sentimientos, afectos o experiencias, se impide el surgimiento incontrolado de figuras autoritarias de poder. Pero también se crea un monstruo ególatra, esta vez colectivo, que puede devorar uno por uno a los individuos, o destruirlos, si no les da su respaldo y anuencia inmediata.

La saturación de los medios hace tiempo que niveló nuestras percepciones, allanó nuestras emociones, pero creo que el nuevo terrorismo que estamos padeciendo en los últimos años, la muerte ejecutada en el corazón palpitante de las grandes ciudades, ha demostrado que los seres humanos al final saben hacer la diferencia. Existe algo parecido a un inconsciente trágico que se activa cuando realmente sucede un acontecimiento catártico que acaba de golpe con la banalidad y la trivialidad de la existencia posmoderna.

La necesidad de integrarnos en grupos que diluyan la angustia individual se reconoce con más facilidad con la muerte de las estrellas musicales o cinematográficas, desde luego. Pero también en el fenómeno fan, en la fusión corporal de los conciertos, en las aglomeraciones de admiradores. El individuo contemporáneo tiene una pulsión de afirmarse, que se extiende a los medios y requiere confirmación de los otros mediante el feedback, pero también una pulsión paralela de confundirse con el grupo o con la masa, según los casos, para aliviar el peso insoportable de la soledad, que es la verdadera tragedia de nuestro tiempo. El crecimiento exponencial de la soledad es el gran tema oculto de internet y las redes sociales. La soledad como antesala o prefiguración de la muerte.

http://juanfranciscoferre.blogspot.com/2016/06/la-muerte-y-la-red_85.html
Fernando García Ramírez



Un largo sábado. (http://www.gandhi.com.mx/un-largo-sabado-1)
,
Los bárbaros son los otros, los que no son como yo, los que no hablan mi lengua, los que no tienen mis gustos, los que no son de aquí. Lo mejor es levantar un muro. Es triste saber que la mayor empresa humana en la historia ha sido la construcción de una muralla. En su mejor momento la muralla china llegó a medir poco más de 21 mil kilómetros. Para darnos una idea: la distancia de México a Nueva York es de 3 mil 359 kilómetros. Un gran muro para contener a los otros. Es muy triste también que xenofobia sea una palabra de uso tan común y que su contrario, xenofilia, haya desaparecido. Este desprecio por lo diferente se da paradójicamente en tiempos de la globalización y de su mayor traducción tecnológica: el Internet. Más conectados sí, pero también muros más altos.

Comentaba de los bárbaros. Para los orgullosos europeos los bárbaros son los morenos sudamericanos, los negros de África, los amarillos de Asia, los adoradores de Mahoma. Y sin embrago, “entre el mes de agosto de 1914 y el mes de mayo de 1945, en Europa… más de 100 millones de hombres, mujeres y niños fueron masacrados por las guerras.” ¿Quiénes son los bárbaros? “El milagro es que haya algo que sobreviviera a la mayor masacre de la historia.” El que señala esto es George Steiner, quizás el mayor intelectual europeo vivo. Steiner –que nació en Viena, creció en París y se educó en la Universidad de Chicago, en Harvard, en Oxford y en Princeton, y que ha sido profesor en las mejores universidades del mundo–, nos recuerda que los campos de Hitler y de Stalin, que “las grandes masacres no han venido del desierto del Gobi; se deben a la alta civilización rusa y europea.” Lo que señala es monstruoso, el lado oscuro de los ideales de la Ilustración. Entre más cultura, mayor salvajismo. ¿No debería ser al revés?

“¿Es posible que, tal vez, las humanidades puedan volverle a uno inhumano?”, se pregunta Steiner en su libro más reciente: Un largo sábado (Siruela, 2016). ¿Es posible que la cultura “lejos de hacernos mejores, lejos de afinar nuestra sensibilidad moral, la atenúen?”.

El gran Picasso, que pintó en su Guernica el horror de la guerra, es el mismo “que defiende a Stalin en un momento en que el horror del Gulag y de las masacres estalinistas era innegable.” T.S. Eliot fue antisemita, Ezra Pound fascista, Luis Ferdinand Celine un filonazi. En Roma, en el Museo del fascismo, puede verse la dedicatoria de Freud a Mussolini en La interpretación de los sueños: “Al Duce, a quien debemos tanto por haber restaurado el esplendor de la Antigua Roma”.

Martin Heidegger, quizá la mayor inteligencia filosófica del siglo XX, apoyó el nazismo, como Jean Paul Sartre, enorme figura moral, el comunismo y, en los últimos años de su vida, el maoísmo, de la mano de gran parte de la intelectualidad francesa. De Hannah Arendt, que acuñó el muy cuestionable concepto de la banalidad del mal, comenta Steiner: “¿Una mujer que escribe un libro voluminoso sobre los orígenes del totalitarismo sin decir una sola palabra sobre Stalin porque su marido era un verdadero comunista-estalinista? No, gracias.” No es de extrañar, señala Steiner, que “los jóvenes estén hartos de la alta cultura, de la alta civilización que no fue capaz de oponerse a la barbarie, o que más de una vez se puso a su servicio.” Martín Luis Guzmán y Salvador Novo no vieron mal la matanza de Tlatelolco. Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares enviaron un telegrama de apoyo a Díaz Ordaz, para no quedarse fuera de la historia universal de la infamia.

Pese a todo hay que seguir, dice Steiner en la mayoría de sus libros pero especialmente en éste. “Somos los invitados de la vida para seguir luchando, para intentar que las cosas mejoren un poco.” Decir: sólo puedo amar a los que son como yo, “es propio de almas innobles”, comenta Steiner ya en el ocaso de su vida. Somos, según Heidegger, los invitados de la vida. “Un buen invitado, un invitado digno, deja el lugar en el que ha sido hospedado, algo más limpio, algo más hermoso, algo más interesante de cómo lo encontró”. 

Dante en su comedia imagina el último viaje de Ulises. Ya viejo, de regreso a Ítaca, anima a sus viejos marinos para que se lancen de nuevo al mar. “Les recordó su origen, les recordó que no habían nacido para vivir como los brutos, sino para buscar la virtud y el conocimiento”, dice Borges (Nueve ensayos dantescos). Esta lección es importante para nosotros, hoy en México. Para Aristóteles, señala Steiner, “el idiotés es una persona que se queda en su casa y deja que gobiernen los bandidos… el idiotés es el que quiere mantenerse en su vida privada.” A sus 87 años, Steiner nos dice: “Si nos gobierna la mafia es porque no hemos querido entrar en política.” Esta es la gran paradoja de la quiebra de la democracia. “Si no queremos participar en política, ¿quién tiene la culpa?”.


Twitter:@Fernandogr

http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/fernando-garcia-ramirez/dejaremos-que-gobiernen-los-bandidos




MÁS DEMOCRACIA

[Noam Chomsky, Réquiem por el sueño americano, Sexto-Piso, trad.: Magdalena Palmer, 2017, págs. 160]


En principio, esto no fue un libro. En principio Chomsky concibió un texto que serviría de guión en un documental cinematográfico pensado para alertar sobre el mal que está destruyendo tanto la realidad americana como el mismo ideal que le dio origen y fundamento. Ese ideal, como han creído millones de inmigrantes a lo largo de la historia, estaba basado en la prosperidad económica y la increíble libertad de un país como Estados Unidos.
Y ese ideal, como analiza Chomsky, hace tiempo que naufraga con estrépito. La bancarrota del sueño americano estaba inscrita desde su nacimiento en el genoma nacional por un ideario mercantil y comercial que no solo ha consumido sus recursos sino que ha comenzado a devorarse a sí mismo y se encamina ya hacia su autodestrucción. Estados Unidos es un país donde los mismos poderes (la banca y las corporaciones) que hundieron la economía en nombre del neoliberalismo mantienen sus privilegios y aumentan sus beneficios, donde una mafia política de profesionales del derecho y las finanzas somete la maquinaria estatal a sus intereses, con la ayuda del ejército y la policía, o donde cualquier ciudadano, sobre todo si pertenece a alguna minoría racial, puede perder en cuestión de horas sus derechos civiles.
Tras la elección de Trump todo esto se agrava y un intelectual y activista de la talla de Chomsky ha necesitado realizar una suerte de examen de conciencia que le permita poner en limpio sus ideas de regeneración política y afrontar, con un instructivo soporte de documentos, los vicios sistémicos que aquejan a la sociedad americana actual. Chomsky aborda aquí, como aclara el subtítulo del libro, los “diez principios de la concentración de la riqueza y el poder”.

Esta idea nociva que aglutina sus reflexiones afecta tanto al funcionamiento de la democracia como al control de la economía, la solidaridad inexistente y la fiscalidad cargante, la perniciosa fabricación del consenso, el desempleo rampante, la degradación educativa y el desprestigio de lo público, la ecología del desastre, el hundimiento de la clase media y el dominio de una clase privilegiada, esa élite económica que controla al gobierno federal y le impone políticas y políticos. En su diagnóstico radical, Chomsky no olvida tampoco que en Estados Unidos es donde con más pureza se han comprobado los perjuicios reales de lo que Walter Benjamin denominaba la “religión del capitalismo”, un sistema basado en la perpetuación de la culpa individual.
Si hacemos una lectura optimista, como la que intenta Chomsky pese a todo, cabe creer que ampliando los mecanismos y virtudes del sistema democrático es posible volver al buen camino y reencontrarse con la riqueza indeleble del sueño americano. Con una visión más pesimista, sin embargo, se puede acabar pensando en cuánto tardará en aplicarse ese modelo de gestión a territorios como Europa donde son muchos los que han convertido al decadente imperio americano en el mito ideológico que alimenta sus fantasías conservadoras.
En tal contexto crítico, la lectura de este libro informado y lúcido resulta imprescindible para entender por qué los agentes que toman decisiones, aquí como allí, solo buscan preservar el sistema económico de la amenaza del colapso, destruyendo el sector público y favoreciendo a los bancos y corporaciones financieras causantes de la crisis más grave de la historia moderna.
De ese modo, las polémicas lecciones de Chomsky sobre la América regresiva de Trump trascienden los límites nacionales y nos enfrentan a los infundios de un sistema de organización de la realidad interesado en convencernos de que la única elección posible es entre el capitalismo neoliberal o la catástrofe planetaria.

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5 libros para conocer a Nabokov


La carrera literaria de Vladimir Nabokov (1899-1977) se dio en dos idiomas, el ruso y el inglés, por los avatares de la historia. Hijo de una acomodada familia petersburguesa, estudió en Inglaterra y luego pasó a Berlín, donde se había instalado con los padres y hermanos tras la revolución bolchevique. Allí se convirtió en uno de los autores clave, aunque también controvertido, de la diáspora rusa. El ascenso de Hitler lo llevó luego a París y más tarde, poco antes de la ocupación nazi, a Estados Unidos, donde en un comienzo se ganó la vida por medio de una de sus pasiones: el estudio científico de las mariposas. La publicación de Lolita (1957) lo convirtió en un escritor estrella y, también le facilitó recursos: gracias a las ganancias (que incluyen las derivadas de la versión fílmica del libro, realizada por Stanley Kubrick), pudo dedicarse exclusivamente a la literatura. Para ello, se trasladó a vivir a Suiza, donde residió durante casi veinte años en las habitaciones de un tradicional hotel alpino.

La verdadera vida de Sebastian Knight
(1941)

Nabokov había publicado cuentos, obras de teatro y una decena de novelas en ruso ( El ojo, La defensa, La dádiva), cuando, todavía en Francia, decidió lanzarse a escribir en inglés, el idioma en que lo habían educado sus institutrices. El resultado fue La verdadera vida de Sebastian Knight, una obra maestra en miniatura. En ella, un narrador trata de reconstruir la vida de otro escritor, su hermano, el Sebastian Knight del título, contactando a las mujeres que lo conocieron. Busca refutar una biografía escrita por la secretaría de Sebastian, a la que considera errónea. En esa peripecia detectivesca, no sólo aprovechará para contar las novelas publicadas por su hermano, sino también para toparse con secretos impensados.

Lolita
(1957)

Por su tema, la obra clave del escritor ruso fue rechazada por los editores americanos y británicos. Sólo encontró refugio en Olympia Press, una editorial parisina de dudosa reputación. La novela cuenta la pasión de Humbert-Humbert, el maduro narrador, por Dolores Haze (Lolita), la hija de su segunda mujer. Maravillosamente escrita, pródiga en retruécanos y otros juegos verbales, sigue siendo una historia todavía desconcertante. Siempre existió la tentación de leerla alegóricamente: Humbert-Humbert, en esa interpretación, sería la vieja Europa fascinada por la inocencia americana de Lolita, a la que sólo puede corromper. Resulta absurdo hoy, a cincuenta años de su publicación, que Lolita haya sido considerada en su momento pornográfica, incluso erótica, cuando se trata de una historia de la más absoluta desolación.

Una escena de Lolita, de Stanley Kubrick
Pálido fuego
(1962)

Si Lolita es una novela de secreta arquitectura perfecta, Pálido fuego es la visible puesta en acto de Nabokov como prestidigitador literario. La novela comienza con un prefacio, sigue con un poema de 999 versos escritos por un tal John Francis Shade y luego con las notas a la obra -una verdadera proeza verbal- de ese supuesto autor norteamericano, ya fallecido, realizadas por el crítico y vecino de Shade, Charles Kinbote. Esa exégesis en apariencia desinteresada del poema poco a poco va tomando otro cariz cuando Kinbote empieza a filtrar elementos de su vida hasta volverse un narrador nada digno de confianza. Parodia del trabajo erudito y académico, Pálido fuego es una jocosa fiesta literaria, pero también una profunda meditación sobre el arte y sus lazos con la realidad.

Ada o el ardor
(1969)

La más extensa y más ambiciosa novela de Nabokov es también un homenaje a la novela rusa del siglo XIX, como sugiere su primera frase, que remite a Tolstoi y su Ana Karenina. En esta complicada crónica familiar, irónicamente incestuosa, se cuenta la historia de amor, con sus idas y vueltas, de Van Veen y su prima Ada, que en realidad resulta ser su hermana. Ubicada en un siglo XIX de aliento prerrevolucionario y, paralelamente, en una Antiterra con ecos de ciencia ficción, la novela se va revelando como las memorias de un Van Veen ya nonagenario, con intromisiones de la propia Ada y de un editor. En ella aparecen muchas de las pasiones de Nabokov, desde sus múltiples referencias culturales y lingüísticas hasta su erudito conocimiento de las mariposas.


Cuentos completos

Nabokov escribió muy pocos cuentos en su lengua de adopción, el inglés, pero después del éxito de Lolita se dedicó a traducir con su hijo Dimitri el casi medio centenar que había escrito en ruso. Los fue reuniendo en periódicas colecciones ( Nabokov's Dozen, Una belleza rusa, El tiranicida, Detalles de un crepúsculo) que dejaron en evidencia su absoluto y virtuoso dominio del género. Los Cuentos completos -que agregaron algunos inéditos que habían quedado en el desván- fueron publicados en un solo volumen recién en los años noventa, bastante después de su muerte. La reunión en un solo tomo ya no dejó dudas. La mayoría de los cuentos son obras maestras. Para comprobarlo basta agarrar el tomo, sentarse en un cómodo sillón y leer "Una cuestión de suerte", "Érase una vez en Aleppo...", "Signos y símbolos" o "Las hermanas Vane".



Lou: 

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. 
Nunca he conocido a una persona más pobre que tú. 
Ignorante, pero con mucho ingenio. 
Capaz de aprovechar al máximo lo que conoce.
Sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia.
Sincera y justa en minucias, por tozuda en general, en una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: Insincera
Sin la menor sensibilidad para dar o recibir.
Carente de espíritu e incapaz de amar.
En afectos, siempre enferma y al borde de la locura. Sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…
En particular:
Nada fiable.
De mal comportamiento.
Grosera en cuestiones de honor…
Un cerebro con incipientes indicios de alma.
El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico.
Nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles.
Fuerte voluntad pero no un gran objeto.
Sin diligencia ni pureza.
Sensualidad cruelmente desplazada.
Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual.
Sin amor por las personas pero enamorada de Dios.
Con necesidad de expansión.
Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo.

Friedrich Nietzsche.

Mucho se ha escrito sobre la vida sentimental y amorosa de Friedrich Nietzsche, un filósofo -huérfano de padre a los cuatro años de edad- siempre rodeado de mujeres: su abuela, su madre, su hermana, sus tías y sus numerosas amigas que, a lo largo de su vida, lo estimaron y sobreprotegieron, tal vez de manera agobiante y excesiva...

Algunos biógrafos insinúan su atracción inconfesada e inconfesable por su propia hermana, la celosísima “Lisbeth” (Elisabeth). Thomas Mann llega a afirmar que Nietzsche estuvo durante toda su vida “prisionero de un amor casi incestuoso por Elisabeth, que está presente en la mayoría de los acontecimientos de su vida”.

Sin embargo, la mayoría de sus biógrafos sostienen que, sin lugar a dudas, fue Lou von Salomé, su verdadero amor. Mujer atractiva e inteligente, que enamoró de verdad al solitario y atormentado filósofo de Röcken y que ejerció una intensa fascinación en él, atraído por su sensualidad contenida, su vigoroso intelecto y su fuerte personalidad.

Cuando apenas tenía veinte años logró conquistar el corazón de Nietzsche; sería la única mujer de la que lograría enamorarse en su vida. Pero también el filósofo Paul Ree, el poeta Rainer Maria Rilke y el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, el sociólogo Ferdinand Tonnier, el psicólogo experimental Herman Ebbnghaus y otros muchos se sintieron atraidos por Lou Salomé.

Fue a través de Paul Ree que Lou Salomé conoció a Nietzsche. Lou era la eterna amiga de Ree, intelectualmente sintonizaban, pero ella sentía repugnancia física hacia él. En 1901 se suicidó justo en el lugar en donde Lou Salomé le había rechazado veinte años antes; el tiempo jamás consiguió disolver todo el amor que sintió por ella.

Otro tanto ocurrió con Nietzsche, si bien el poeta-filósofo logró sublimar la atracción que sentía en una obra singular, "Así habló Zarathustra".

Hoy, tras la publicación de la correspondencia con Paul Ree, se sabe lo que sentía Nietzsche en aquella época: "Sino encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido".

Cuando Nietzsche conoció a aquella jovencita que daba muestras de una singular madurez e inteligencia, y que, por lo demás era excepcionalmente atractiva, se sintió inmediatamente seducido por ella. Pero Lou solo amaba el pensamiento de Nietzsche, en absoluto al hombre. Lo rechazó una y otra vez. Finalmente, en 1882, el filósofo perdió toda esperanza. Unas semanas después se encerró en su pequeña habitaciíon; era el mes de febrero de 1883. En pocos días, Nietzsche compuso su gran poema filosófico que nació como fruto del desengaño y la frustración por un amor imposible.

"Zarathustra" salvó de la locura a Nietzsche durante unos años. Tras la ruptura con Lou, habló de suicidarse; sacó fuerzas de flaqueza, rechazó la posibilidad de cualquier otro amor e intentó transmutar en fuerza interior su soledad. Seis años después se derrumbaría. A partir de 1889 su locura sería irreversible. Moriría dos años después.

Fuente: El club de los libros perdidos, Nov., 2016





Nietzsche y Lou Andreas-Salomé

Un infernal verano

Friedrich Nietzsche, 100 años de su muerte

Lou nos recibió en un cenador campestre. Estaba con August Endell, autor de unos olvidados libros sobre estética. Quisieron inmortalizar el momento y me pidieron que les sacase una fotografía. Lou está apoyada en una pequeña varanda, bella, sonriente y serena.



JOSÉ ANTONIO MARINA | 21/06/2000 |  Edición impresa



Nietzsche y Lou Andreas-Salomé, por Grau Santos
Vi por última vez a Nietzsche en 1897.Ya hacía ocho años que la locura le había secuestrado en Turín, mientras lloraba abrazado al cuello de un caballo. Su hermana Elisabeth me contó algunas historias conmovedoras. Flashes de lucidez. Un día vio que Friedrich miraba con mucha atención un libro que ella acababa de cerrar. Se lo entregó. Con voz de niño inseguro que busca confirmación, preguntó: “También yo escribí libros bonitos, ¿verdad?”.

Fui un admirador precoz de la obra de Nietzsche tras escuchar a Geor Brandès hablar de él en Copenhague en 1888. Gracias a él conocí también la existencia de una inquietante muchacha rusa, Lou Andreas-Salomé, especialista en romper las cañas tronchadas y apagar los pábilos humeantes. Educado en la disciplina kantiana, siempre pensé que todo lo que Nietzsche había escrito no era ciencia, sino autobiografía. Me lo confirmó un texto suyo. Consideraba que la filosofía era “una confesión de su autor, una especie de memorias involuntarias”. Quise saber a qué secreto biográfico respondía Así habló Zaratustra, y por eso visité a su hermana. Y a él de paso. Elisabeth no mostró ningún interés en hablar del invierno de 1883. Pero en la conversación apareció, acompañado de algún epíteto que no recuerdo, el nombre de Lou Andreas-Salomé. Y decidí ir a visitarla.

Sabía que había estado hospedada en casa de una pariente mía, la baronesa Frieda von Bölow, en Munich. Ella me acompañó al nuevo domicilio de Lou, una casa cerca de la montaña, en Wolfratshausen. Vivía allí con un joven poeta, que después alcanzó gran notoriedad, llamado Rainer Maria Rilke. Era un joven de ojos grandes y mentón pequeño, que me pareció demasiado ocupado consigo mismo. Lou nos recibió en un cenador campestre.

Estaba también August Endell, autor de unos olvidados libros sobre estética. Quisieron inmortalizar el momento y me pidieron que les sacase una fotografía. Lou está apoyada en una pequeña varanda, bella, sonriente y serena, como quien contempla el mar desde la orilla. Me pareció fría y feliz.

Después de tomar el té, y por consideración a mi tía, accedió a hablar sin mucho interés de Nietzsche.

“Creo que podría borrarle con el pensamiento de mi vida”, me dijo. De hecho, años después, cuando publicó sus memorias, dejó claro que el personaje importante para ella en aquel momento fue Paul Reé.

-¿Cómo conoció a Nietzsche?

-Yo estaba en Roma con mi madre. Tenía algo más de veinte años. Deseaba fervientemente aprender. Conocí a Paul Reé, quien me habló de un amigo suyo a quien admiraba, Friedrich. Una mañana, en San Pedro, mientras Paul trabajaba dentro de un confesionario, Nietzsche vino hacia mí y me preguntó: “¿En virtud de qué estrellas hemos ido a encontrarnos los dos aquí?” El tono ceremonioso tuvo que impresionar irremediablemente a una muchacha.

-¿Qué le contestó?

-Que yo venía de Zurich, y nos echamos a reír.

-¿Cómo era Nietzsche?

-Era de mediana estatura, de aspecto tranquilo y cabellos negros peinados hacia atrás, modestamente vestido aunque sumamente cuidado. Los rasgos finos y muy expresivos de su boca estaban casi completamente cubiertos por un espeso bigote. Podía perfectamente pasar desapercibido. Sus manos, sin embargo, conquistaban las miradas. Eran incomparablemente hermosas y finas, y el propio Nietzsche decía que revelaban su genio. Casi no veía, pero su vista enferma cubría sus rasgos con un encanto mágico, tenía la mirada volcada hacia adentro, porque toda su actividad no era más que una exploración del alma humana en busca de nuevos horizontes, en busca de esas “posibilidades no agotadas” que no se cansaba nunca de crear y transformar en el fondo de su pensamiento.

-Antes de conocerla, Nietzsche estaba dando vueltas a su Zaratustra ¿Qué recuerda de ese tiempo?

-Friedrich era ante todo una personalidad religiosa. Sólo comprendiéndolo será posible arrojar algo de luz sobre el sentido profundo de su obra, de sus sufrimientos y de sus apoteosis. Anunció con terror la muerte de Dios, y pretendió descubrir un sustituto del dios muerto. “Muertos están todos los dioses, grita Zaratustra: ahora queremos que viva el superhombre”. Me habló horrorizado del eterno retorno. Pensó que era una trágica revelación. Sus sufrimientos podían volverse interminables. Se sentía llamado a predicar una nueva religión. Cuando le conocí, quería dejar de escribir durante diez años para luego volver a retomar su misión.

“Friedrich era ante todo una personalidad religiosa. Sólo comprendiéndolo será posible arrojar algo de luz sobre el sentido profundo de su obra, de sus sufrimientos y de sus apoteosis”, recuerda Lou

Con usted? -Sí, creo que pensó en que yo le acompañara en su epifanía. Pero todo se estropeó porque a los pocos días de conocerme me pidió en matrimonio. Paul Reé también lo había hecho. Les dije que no a ambos. No quería casarme. Mi sueño era un cuarto de trabajo agradable, lleno de libros y flores, flanqueado por dos dormitorios y -entrando y saliendo de nuestra casa- camaradas de trabajo reunidos en un círculo alegre y serio. Mis cinco años con Paul Reé se asemejaron mucho a eso. Pero Friedrich era distinto. Quería otras cosas. Y, además, su hermana consiguió que nos enemistáramos. Le conocí en marzo y nos vimos por última vez creo que en octubre. Durante una excursión al Monte Sacro quizá le besé. Eso fue todo.

No quiso hablar más. Siguió una velada agradable, en la que Rainer Maria Rilke nos recitó -mejor dicho, le recitó a Lou, olvidándose de que nosotros estábamos allí-, un poema que no sé si hablaba de Dios:

Con mano trémula te construimos]
y apilamos átomo sobre átomo.
Pero ¿quién podrá terminarte?
Oh, catedral:

Volví a Berlín y continué indagando. La separación de Lou fue muy dolorosa para Nietzsche. Se sintió traicionado y humillado. Aquel trío en que había puesto grandes esperanzas, que le había proporcionado una energía desconocida, se había deshecho en un embrollo de equívocos. Abandonó Alemania, y se refugió en Rapallo. “Mi salud era mala; el invierno fue frío y lluvioso; un pequeño albergue, situado al borde mismo del mar, tan cerca de ella que las olas me impedían dormir, me ofreció un abrigo insatisfactorio desde todos los puntos de vista. A pesar de ello -y esto es un ejemplo de que lo que es decisivo llega “a pesar de “- fue durante este invierno y en esta incomodidad cuando nació mi Zaratustra. Por la mañana, trepaba hacia el sur, por la carretera que asciende hacia Zoagli, entre los pinos y dominando el inmenso mar; al mediodía iba, contorneando la bahía de Santa Margarita, hasta Portofino. En esos dos caminos me llegó la primera parte de Zaratustra; mejor aún, Zaratustra mismo como tipo; más exactamente, él cayó sobre mí”.

En esta obra no se menciona, curiosamente, el eterno retorno, del que tanto había hablado a Lou. Tal vez el desdichado Friedrich Nietzsche no quiso pensar que aquel engañoso verano podía suceder de nuevo, eternamente. Si he de ser sincero, creo que Nietzsche sólo quiso a una mujer en su vida. Cósima Wagner, la mujer de su admirado enemigo. A ella dirigió algunas de las últimas misivas cuando la enfermedad nublaba ya su alma. Pero esa es otra historia. 


Guillaume Apollinaire - Selección poética

Este poeta polémico e inconformista, capaz de las más espectaculares innovaciones formales, así como de expresarse en un tono sencillo y emotivo nos presenta en esta obra sus poemas más representativos, extraídos de AlcoholesOndasCaligramasEstandartesPoemas a Madelaine y otros.


Guillaume Apollinaire

(Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky; Roma, 1880 - París, 1918) Poeta francés que tuvo una influencia decisiva en la formación de las vanguardias de principios de siglo XX.

Guillaume Apollinaire
Hijo de una aristócrata polaca y de padre desconocido (acaso el oficial italiano Francesco d'Aspermont o un príncipe de la Iglesia), después de estudiar en liceos de Mónaco, Cannes y Niza viajó junto a su madre a París, pero las dificultades para encontrar empleo le obligaron a colocarse como preceptor de una familia en Alemania durante dos años.
Apollinaire frecuentó los círculos artísticos y literarios de la capital francesa, donde adquirió cierta notoriedad. Trabajó como contable en la Bolsa y como crítico para varias revistas, desde las que teorizó en defensa de las nuevas tendencias, como el cubismo de sus amigos Pablo Picasso y Georges Braque y el fauvismo de Henri Matisse, con los que compartió la vida bohemia de la época.
El núcleo de su obra fue la poesía, a la que entendía como un arte inseparable del conjunto de experiencias de la vida cotidiana. Fue una pieza clave en el paralelismo entre pintura y poesía que fracturó la problemática estética de las décadas anteriores y generó nuevas prácticas de vanguardia en la literatura y el arte modernos. Desde sus primeros poemas, escritos en 1897, expresó su inquietud por temas como el recuerdo, la angustia, el amor, la melancolía y el erotismo, y su intento de innovación literaria lo situó como una figura de transición entre el movimiento simbolista y el surrealista.
Apollinaire dirigió y editó una colección de clásicos eróticos (Los maestros del amor, 1909), colaboró en numerosas publicaciones, como París-midiMercure de France y Les Marges, en las que hacia 1909 firmaba con el seudónimo de Louise Lalane, y fundó las revistas Le Festin d'Esope (1903) y Les Soirées de París(1912). Escribió las novelas eróticas Las once mil vergas (1908) y Las hazañas de un joven Don Juan (1908), y las prosas de El encantador en putrefacción (1909), obra basada en la leyenda de Merlín y Viviana al que siguieron una serie de relatos de contenido fabuloso.
Su libro de poemas El bestiario o el Cortejo de Orfeo (1911) refleja la influencia del simbolismo, al tiempo que introduce ya importantes innovaciones formales; el reconocimiento de la crítica le llegó con Alcoholes (1913), poemario que establecerá un singular puente entre las experiencias del simbolismo y las inmediatas vanguardias. En los años siguientes publicó La antitradición futurista(1913), Los pintores cubistas (1913), defensa encendida del nuevo movimiento como superación del realismo, La Roma de los Borgia (1914) y El poeta asesinado(1916), texto fantástico iniciado en 1900 en el que aplicó su refinada ironía en la propuesta de una campaña para exterminar a todos los poetas del mundo.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se alistó como voluntario en el ejército francés, donde obtuvo el grado de teniente y la condecoración de la Cruz de Guerra. El 17 de marzo de 1916 recibió una herida de metralla en la cabeza que dejó secuelas en su salud, y durante su convalecencia escribió algunos de sus textos más recordados, como los poemas gráficos de Caligramas (1918), "ideogramas líricos" que abrirán el camino a los experimentos de la poesía visual durante el resto del siglo, y los dramas surrealistas Los pezones de Tiresias (1917) y El color del tiempo (1918). El 2 de mayo de 1918 contrajo matrimonio con Jacqueline Kolb, y el 9 de noviembre del mismo año murió víctima de la epidemia de gripe que azotaba París.
En los poemas de Caligramas, aparecidos póstumamente, Guillaume Apollinaire llevó al extremo la experimentación formal de sus anteriores obras, preludiando la escritura automática surrealista al romper deliberadamente la estructura lógica y sintáctica del poema. Son célebres, por otro lado, sus «ideogramas», en que la tipografía servía para «dibujar» objetos con el texto mismo del poema, en un intento de aproximarse al cubismo y como expresión del afán vanguardista de romper las distinciones de géneros y artes.