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Entre los días 2 y 30 de mayo de 1968, París fue el epicentro político del mundo entero cuando, encabezados por los estudiantes, la clase trabajadora y muchos otros sectores sociales protagonizaron una escalada de protestas contra el gobierno de Charles de Gaulle pero, a un nivel más allá de la coyuntura, contra lo que tiempo después –es decir hoy en día– sería conocido como capitalismo salvaje o neoliberalismo. Aquellas revueltas sacudirían al mundo occidental y tendrían una larga serie de réplicas, una de las cuales tuvo lugar en México muy poco tiempo después. Uno de los emblemas de aquel Mayo Francés fue sin duda la gráfica desplegada en carteles, que asimismo revolucionó en buena medida la plástica en todo el mundo y abrió amplios espacios a la cultura popular y la libre expresión. Esta entrega conmemora aquellos acontecimientos que, hace medio siglo, fueron un parteaguas en la historia contemporánea.

Para evocar los eventos ocurridos en Francia en mayo de 1968, la palabra “revolución” es muy rara vez utilizada. Es, sin embargo, una palabra que, conforme a la in-flación general del vocabulario, se utiliza a diestra y siniestra cuando no a tontas y a locas: revolución de la moda, de la cocina, de la perfumería… Pero el respeto a la Historia hace comprender con claridad que la palabra “revolución” significa el derrocamiento de un poder y del sistema que lo sostenía, para dejar el lugar a otro poder y a la instalación de otro régimen: revolución francesa de 1789, mexicana de 1910 o rusa de 1917… Ahora bien, justo después del mes de mayo de 1968, el general Charles de Gaulle, fundador y presidente de la V república, quien encarnaba el poder, tomó la decisión de disolver la Asamblea Nacional con el fin de provocar nuevas elecciones que le permitiesen obtener una mayoría superior a la que poseía antes de los acontecimientos. Así pues, si se habla debidamente, no hubo revolución. El escritor André Malraux, fiel gaullista, entonces ministro de la cultura, veía otra prueba, según él, para rechazar la palabra revolución: no hubo muertos en mayo del ’68, por tanto no hubo revolución. El autor de La condición humana, naturalmente inclinado a la solemnidad, contemplaba la Historia como una tragedia sangrienta que arrastraba el destino de las sociedades.
Revolución y poder
¿Mayo del ’68 inventó un objeto no iden-tificado, una especie de ovni político, es decir: una revolución sin revolución? Esto sería un verdadero evento histórico inédito, pero es quizás también la cuestión que plantea las interrogantes más radicales. Este movimiento insurreccional, imprevisible e inesperado, sorprendió tanto a los observadores de la época como a los responsables polí-ticos, lo mismo De Gaulle que Mitterrand, quienes no comprendieron de entrada el sentido de lo que sucedía y se perdieron en el análisis de comportamientos improvisados y contradictorios.
¿Querían tomar el poder los estudiantes insurrectos? No. Ellos afirmaban lo contrario. El poder no les interesaba. En sus manifestaciones, seguían con atención itinerarios que los desviasen tanto del Palacio del Eliseo como del edificio de la Asamblea Nacional, lugares representativos del poder que parecían haber olvidado o al menos preferían ignorar. Entonces, ¿qué deseaban? ¿Qué podía significar una revolución sin toma del poder? –pregunta que, dicho entre paréntesis, hice a José Revueltas durante el movimiento estudiantil de 1968 en México. Era ahí, precisamente, donde residía la novedad del movimiento de mayo en Francia. Un pensamiento naciente se formaba y se abría camino esparciéndose por todos lados durante esa primavera del ’68. Los insurgentes, más allá de todas sus diferencias, compartían una opinión común: si, en parte, todo poder es amenazador, por otra parte se ve amenazado por su propio abuso: abuso del poder como avatar final e ineluctable. Sin duda, no hay poder legítimo. “Ni Dios, ni amo”. Entre los manifestantes, la ideología libertaria y anarquista choca de manera frontal tanto con la antigua teoría marxista, como con las prácticas revolucionarias de la toma del poder leninista. Los muros de la Sorbona, ocupada por los estudiantes in-surrectos, se encuentran por completo cubiertos con los retratos de figuras reconocidas y célebres; el póster del Che Guevara se vuelve poco a poco un icono. Al mismo tiempo, la impugnación de todas las formas de poder, e incluso las formas de poderes que se reivindican emanadas de la revolución, eran sometidas a la crítica más radical. Los manifestantes se sublevaban contra toda forma de culto, incluso revolucionario. “Todo poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”: el pensamiento de Lord Acton, conocido por haberse opuesto a la infalibilidad pontifical, realizó un sorprendente retorno al reaparecer en el espíritu de los herederos más inesperados: los estudiantes insurrectos. Así, los más resueltos adversarios del movimiento de mayo no fueron solamente los ministros del poder gaullista, sino también los dirigentes del Partido Comunista Francés, acostumbrados a la disciplina de un partido que aún no había renunciado al programa de la dictadura del proletariado. Georges Marchais, secretario general del Partido Comunista, no encontró palabras demasiado duras para denunciar a quienes designaba como “aventuristas”: esos estudiantes que hacían correr el riesgo de arrastrar a la clase obrera a acciones que iban contra sus intereses de clase. Los sindicatos afiliados a este partido político temían una alianza entre los estudiantes rebeldes y la clase obrera.
Caída (y levantamiento) de las divisiones
Empero, no era cuestión de salirse del concepto de la lucha de clases, motor absoluto de todas las luchas llevadas a cabo por los proletarios y sus dirigentes. Es ahí donde se produce el acontecimiento más imprevisible e inesperado cuando, en pleno mes de mayo, después de algunos días de motines, ocho millones de obreros entraron en huelga por solidaridad con los estudiantes que habían osado levantar barricadas y lanzar adoquines en el Barrio Latino. La represión siguió de inmediato: gases lacrimógenos, matracas, detenciones, procesos judiciales. La clase obrera, sin olvidar sus propias reivindicaciones, se solidarizó con los pequeñoburgueses aventuristas denunciados por los dirigentes del Partido Comunista. Este fenómeno cambiaba toda la configuración de las relaciones de fuerza y daba una dimensión gigantesca al movimiento. A pesar de la separación de clases sociales, un momento de unidad de todo el pueblo triunfó sobre las divisiones. No obstante, éstas no iban a desaparecer: la magia del aceleramiento de la Historia no siempre produce milagros. Bastaría, por ejemplo, detenerse un instante en el precipicio abismal que separaba a quienes tenían la reputación de ser intelectuales y quienes se autoproclamaron los “katangais”, un grupo más bien violento y orgullosamente analfabeto, para ver que las diferencias de origen y cultura no se borran de golpe. Los ingenuos katangais se habían instalado en la Sorbona. Los estudiantes los expulsaron. La igualdad y la fraternidad pueden inscribirse más fácilmente en lo alto de las fachadas de los monumentos republicanos que en la realidad de la vida diaria.
El cineasta Pier Paolo Pasolini compartió este punto de vista cuando dijo: “Hay más hijos de obreros entre los policías que entre los estudiantes pequeñoburgueses”.
El principio general que se impuso, más allá de las reivindicaciones particulares, fue la puesta en cuestión de cualquier forma de poder o de autoridad. En la Universidad, el curso magistral fue considerado un abuso autoritario de poder, y a veces con la insolente ironía de los jóvenes que escribían, en los muros de la Sor-bona, leyendas como: “¡Profesores, ustedes nos hacen envejecer!” Este movimiento de impugnación de la autoridad de los profesores podía conducir hasta el resquebrajamiento de toda posibilidad de enseñanza. Los maestros se veían tildados con motes del tipo “sujetos supuestos saber”, lo cual generaba una sos-pecha sobre cualquier forma del conocimiento. El muy antiguo debate entre las corrientes opuestas del pensamiento sobre los mejores principios de educación y formación por el trabajo y los estudios, Montaigne-Rabelais (cabeza bien hecha, más bien que cabeza bien llena) y Rousseau-Voltaire (el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe), encontraron una nueva ilustración que inquietaba a los partidarios más preocupados por las transmisión del saber que por las utopías libertarias de la tabla rasa.
De espíritu surrealista
Si el escritor surrealista André Breton había muerto en 1966, poco antes de los acontecimientos de mayo del ’68 que no pudo conocer, había sin embargo numerosos acentos surrealistas en el oleaje agitado de esta primavera. Como hubo también numerosas consignas venidas del grupo de los situacionistas. Esto enlazaba el movimiento con la más antigua tradición literaria francesa: el espíritu de rebelión, de subversión, la sospecha suscitada por cualquier autoridad.
En 1968, Charles de Gaulle representaba una encarnación, incluso física, de la autoridad. Figura paternal y patriarcal, los múltiples afiches impresos por los estudiantes y los artistas de la Escuela de Bellas Artes caricaturizaban con ingenio, originalidad y talento esta figura tan representativa del orden establecido. Imagen del padre, del jefe de familia, era el blanco ideal para los disparos de los estudiantes. Esta revolución que no era revolución, logró quizás algo más perturbador que la conquista del poder: sometió a un terremoto devastador las reglas del poder, sus principios y el sentido mismo de este concepto oscuro. Sólo la imaginación debía estar en el poder; igual da decir que el poder no debía ser de este mundo 





Hace 50 años el mundo pudo cambiar
El año de la esperanza
En 1968 comenzó un ciclo de alza de la lucha de clases en todo el capitalismo occidental que constituyó el mayor desafío al sistema desde la Revolución Rusa de 1917.
Por Eduardo Lucita

Medio siglo atrás convergieron una serie de movilizaciones en distintos países y regiones que conmovieron al mundo. La posibilidad de una ruptura con el sistema del capital quedó grabada con tinta indeleble en la historia de los pueblos. Recuperarla hoy, en tiempos tan distintos, es una forma de recuperar la esperanza. 

Hace cincuenta años las jornadas revolucionarias que se expandieron desde Checoslovaquia y Polonia a Italia, pasando por Francia, aunque su influencia traspaso las fronteras de esos estados, llegando un año después a nuestro país, resultó en un ciclo de alza de la lucha de clases (1968/1976) en todo el capitalismo occidental que constituyó el mayor desafío al sistema desde la Revolución Rusa de 1917. 

El aire de aquellos tiempos 
Aquel ciclo no inició de la nada ni espontáneamente. Fue el resultado de la acumulación de luchas nacionales y de clase, también de contradicciones que se fueron desenvolviendo en la onda larga del capitalismo nacida luego de la segunda Guerra Mundial. Quienes protagonizaron aquel tiempo de luchas y esperanzas fueron los nacidos y crecidos en el período de la posguerra en el marco de la llamada “Guerra Fría”, que enfrentaba a dos bloques con formas de propiedad, relaciones de producción y organización social distintas. Esa relación de confrontación-colaboración estuvo en 1962 a punto de desembocar en una guerra nuclear. Fue la crisis de los cohetes en Cuba.

Fue el dirigente inglés Chris Hartman quién bautizó aquel tiempo como “de la triple crisis”. Definía así el contexto en que se desarrollaron los acontecimientos hace 50 años: una clase obrera ampliada y un movimiento estudiantil que se levantaban contra el despotismo patronal y la opresión cultural en Occidente y el autoritarismo en el Este, contra la intervención norteamericana en Vietnam y contra el estalinismo en Checoslovaquia y Polonia. Pero antes habían ocurrido el fin del orden colonial, Argelia (1956) que inicia la descolonización del África; antes aún India (1946) y luego las Revoluciones China (1949) y Cubana (1959).

La emergencia de los nuevos movimientos sociales y de la nueva izquierda revolucionaria se afirmaba en un fuerte sentimiento antiimperialista –desde Praga a Berlín, desde Tokio a México y Argentina…– que cuestionaba la hegemonía económica y militar de EE.UU., junto con una posición crítica frente al comunismo oficial de la URSS y su política de coexistencia pacífica. Estas dos tendencias a las que se sumó el movimiento contestatario al interior de los países centrales se expresó también en la aparición de una verdadera contracultura en las artes, en las letras y en la vida cotidiana –vestimenta, relaciones sexuales, familia– que cuestionaba la cultura dominante. Un emblema del internacionalismo de aquellos tiempos fue la figura del Che –que habiendo renunciado al poder en Cuba volvió al combate llano– ondeando en todas las manifestaciones y en todos los países. Ese fue el marco en que toda esa generación de jóvenes se incorporó masivamente a la militancia política en abierta ruptura con el reformismo de la socialdemocracia y de los partidos comunistas.

De la primavera a los otoños
Todo dio inicio en enero de 1968 con la Primavera de Praga. Cuando la sociedad accionó contra la censura y por libertad de expresión y en las empresas surgió, ya en 1969, un movimiento autogestionario que tomo la forma de “consejos obreros”, en lo que se conoció como el “otoño caliente checoslovaco”. Finalmente los tanques soviéticos, como antes lo habían hecho en Hungría, invadieron Checoslovaquia y pusieron fin a la rebelión política.

Quienes impulsaban y participaban de esas movilizaciones no renunciaban al socialismo pero sí querían formas democráticas de vida. Se emparentaban así con las luchas que los obreros y estudiantes polacos y húngaros desenvolvieron en 1956 contra la opresión estalinista en sus países.

Combativas y continuadas movilizaciones por reivindicaciones obreras y en solidaridad con la revolución argelina, y en el plano internacional la ofensiva del Tet en Vietnam y la ocupación de la embajada de EE.UU. en Saigón, fueron los antecedentes más recordados del Mayo Francés. Los famosos grafitis “Seamos realistas, pidamos lo imposible” o “Nosotros somos el poder” entre tantos otros expusieron la imaginación sin límites (querían llevarla al poder) del movimiento juvenil empoderado en las barricadas que se juntó a la ocupación de fábricas por millones de obreros bajo las banderas rojas, a pesar de la resistencia a sumarse del PCF, solo lo hizo tardíamente.

Los sucesos del mayo francés impactaron decididamente en Italia que también tuvo su Mayo Italiano, sustentado en la acumulación de conflictos fabriles anteriores y en el surgimiento de nuevas corrientes de izquierda que confluyeron en las movilizaciones estudiantiles y obreras, especialmente de las fábricas Fiat y Pirelli, hasta generalizarse y llegar a producir su propio “otoño caliente” en 1969. En él se cuestionó el control de las empresas y la organización capitalista del trabajo pasando por arriba de las estructuras sindicales, en ese entonces dominadas por el PCI.

Una visión descafeinada, muy común en estos días y propia del posmodernismo, centra toda la actividad de aquellas jornadas en el accionar de estudiantes e intelectuales que exigían mayores libertades cotidianas y de pensamiento, esta visión oculta la participación decidida de la clase obrera como tal. Tanto en el mayo francés como en los otoños calientes italiano y checoslovaco, las huelgas con ocupaciones de fábricas y los comités obreros fueron decisivos. La huelga general en Francia de la que participaron más de diez millones de trabajadores es aún hoy recordada como una de las mayores en la historia europea.

Nosotros tuvimos también nuestro propio mayo, la protesta obrero-estudiantil que fue un eslabón más de aquella cadena de acontecimientos que para quiénes aún a la distancia, la seguían, seguíamos, con pasión, era parte indisoluble de un continuum que culminaría en la revolución mundial. El Cordobazo fue expresión de ese proceso y también parte constitutiva del mismo, resultó catalizador de grandes luchas del momento bajo la forma de puebladas (Casilda y Gral. Roca), manifestaciones estudiantiles (Resistencia, Corrientes y Rosario) y procesos insurreccionales (Córdoba y nuevamente Rosario) que hicieron de aquel 1969 nuestro 68. 

La ruptura en los bordes
A ese proceso histórico, cuya influencia mundial fue mucho más amplia de lo que aquí es sintetizado, es lo que el historiador argentino-mexicano Adolfo Gilly llamó “La ruptura en los bordes”. Se preguntaba “¿Hubo en 1968 y en sus prolegómenos un peligro o una amenaza de ruptura del orden global existente? Concluía que no pero que sí hubo “…un desafío generalizado al orden mundial existente, el establecido en los acuerdos de Yalta, un desafío no deseado por ninguno de los firmantes de ese acuerdo”. Como se sabe los firmantes fueron los jefes de gobierno de la URSS, EE.UU. y Gran Bretaña.

Aquel proceso concluyó sin triunfos, pero nada sería igual a partir de entonces. Luego el reflujo ha sido muy profundo. El sistema resultó tener más reservas que las pensadas, aunque también fue decisivo el colaboracionismo de luchar por pequeñas reformas sin impugnar el todo de comunistas y socialistas así como la política de coexistencia pacífica de la URSS.

Sin embargo, aquellos jóvenes estudiantes y obreros abrieron puertas y nuevos senderos a explorar. Demostraron, aunque se quedaran en los bordes, que era posible desafiar el orden existente y amenazar con su ruptura, que había otra forma de organizar el trabajo y las relaciones sociales, que se podía conciliar socialismo y democracia. Aquellos sueños y esperanzas no cumplidas siguen vigentes en otro contexto, con nuevas dificultades y muchas incertezas, pero hoy como hace medio siglo alimentan nuestras esperanzas. 


 Integrante del colectivo EDI -Economistas de Izquierda.














El surgimiento de la juventud como sujeto político y el cuestionamiento al orden establecido

Fenómeno global

Las protestas atravesaron de diferentes maneras a la juventud de los países centrales y de los periféricos. En México la protesta fue reprimida en lo que se conoce como la masacre de Tlatelolco.
Por Telma Luzzani

El 2 de mayo de 1968, las autoridades de la Universidad de Nanterre cerraron la facultad para evitar otra revuelta como la que se había registrado días, el 22 de marzo.

Fue inútil. Las protestas se multiplicaron y se esparcieron rápidamente desde Nanterre, en el oeste parisino, hasta ocupar completamente París, con foco en el Barrio latino, y finalmente insubordinar a toda Francia. Los reclamos eran diversos y, en muchos casos, imprecisos, pero tuvieron en vilo al gobierno del general Charles De Gaulle quien se quejaba de la “efebocracia que se ha adueñado del país”.

En el caso de los estudiantes, había razones objetivas que explicaban el enojo. En una década (1958-1968), los universitarios franceses pasaron de ser 196.000 a 570.000 y las Escuelas de Altos Estudios seguían pensadas para formar a los hijos de la élite como clase dirigente. Pero había mucho más: eran tiempos de profundos cuestionamientos a las pautas culturales heredadas y al mundo de guerras y explotación que le estaban dejando los mayores.

Por eso, aunque este acontecimiento histórico se conoce con el título del “mayo del 68”, la realidad es que se trató de un fenómeno global, que atravesó de diferentes maneras a un sector de la sociedad –la juventud– de los países centrales y de los periféricos. 

Para el intelectual norteamericano Immanuel Wallerstein se trató de una revolución con estallidos de manifestaciones, desórdenes y violencia en muchas partes del mundo pero advirtió: “No lo analizamos correctamente si nos quedamos con las circunstancias particulares. Es cierto que los factores locales condicionaron los detalles de las luchas políticas y sociales de cada lugar, pero se trató de un fenómeno global y un punto de inflexión en la historia de nuestro sistema/mundo moderno. Con esto quiero decir que este acontecimiento es la cristalización de tendencias estructurales de larga duración y que, con él, las realidades cultural/ideológicas han sido cambiadas de manera definitiva”.

El rasgo general de aquellos años fue una necesidad de transformación profunda en el estado de las cosas. Había quienes profesaban el pacifismo y quienes defendían la revolución armada. Quienes cuestionaban las jerarquías, las tradiciones heredadas y la familia como organización básica de la sociedad y quienes exigían absoluta libertad sexual y de elección para sus propios destinos. Simultáneamente estaban quienes militaban por un profundo cambio cultural desde la literatura o la música experimentando, incluso, a veces, con el propio cuerpo hasta la muerte. 

La otra característica novedosa de este momento de cambio fue que sus actores pertenecían a un sector de la sociedad que se presenta a sí mismo como una nueva identidad. Surge un nuevo sujeto político y social: los jóvenes, con nuevos discursos, nuevas prácticas y nuevas formas de sociabilidad.

En el caso de Francia los profesores, padres y políticos –el mundo adulto, en general– contemplaban, entre el escándalo y la desesperación, ese nuevo escenario urbano hecho de gases, fuego y adoquines que volaban directo desde el coqueto bulevar Saint Germain a los cascos de los gendarmes. En una esquina un grupo cantaba “La Internacional”. En la otra, se repartían panfletos o alguna de las decenas de nuevas publicaciones que emergieron en aquellos días. En las paredes aparecían los graffitti que luego se harían famosos: “La imaginación al poder”; “Prohibido prohibir” o “Seamos realistas pidamos lo imposible”.

Intelectuales como Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre o políticos como François Mitterrand se solidarizaron con los estudiantes. El movimiento fue tan poderoso que crecía a pesar de la represión. Los obreros de las principales industrias francesas se sumaron a la lucha, reclamando además aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo. Las grandes centrales sindicales llamaron a una exitosa huelga general en toda Francia. El 21 de mayo había diez millones de trabajadores en paro, los estudiantes habían tomado la Sorbona y la habían declarado comuna libre. El 30 de mayo De Gaulle habló al país, disolvió la Asamblea y llamó a elecciones. Esta jugada política y la represión empezaron a hacer efecto. Los trabajadores volvieron paulatinamente al trabajo y De Gaulle fue reelegido en las elecciones de junio.

Pero la efervescencia no era sólo francesa. La Revolución Cubana había impactado fuertemente en Occidente y, como explicó muy bien Noam Chomsky, en los 60, el mundo atravesaba un período de significativa democratización. “Sectores de la población que solían ser pasivos, se organizaron y empezaron a presionar a favor de sus demandas. Se involucraron cada vez más en la toma de decisiones y en el activismo”.

Estados Unidos fue, sin ninguna duda, el lugar donde la revolución sesentista fue más profunda e influyente. “La conciencia había cambiado en muchos sentidos”, continúa Chomsky. Las minorías negras y las mujeres empezaron a pelear por sus derechos; crecía la preocupación por el medio ambiente y la existencia de armas nucleares; se repudiaba la explotación de los trabajadores y la opresión de otros pueblos como el de Vietnam. Se le decía No a la guerra. Un líder negro como Martin Luther King cuestionaba el sistema político y económico: “Algún día habrá que hacerse la pregunta de por qué hay 40 millones de pobres en EE.UU. Cuando surja esa pregunta esteramos cuestionando el sistema económico y nos estaremos planteando una mejor redistribución de la riqueza”. ML King fue asesinado en abril de 1968.

La guerra de Vietnam significó uno de los puntos más alto de conciencia popular. “No hay suceso comparable en la historia norteamericana ni en la de la mayoría de los países”, escribió el intelectual paquistaní Tariq Ali. “El movimiento antiguerra fue tan profundo que los soldados blancos y negros se rebelaron y se negaron a pelear. El Pentágono estaba derrotado. Sabían que no podían continuar la guerra porque habían perdido la confianza de sus reclutas.”

Las primeras protestas fueron en 1964. Un hombre quemó públicamente el telegrama que lo convocaba al frente y fue imitado por más y más jóvenes cada semana. En 1965, hubo protestas frente al Pentágono y un joven se quemó a lo bonzo. En 1966 hubo huelgas, protestas y sentadas en todas las universidades de EE.UU. En 1967, las encuestas ya reflejaban que la mayoría de los norteamericanos pensaban que la guerra era un callejón sin salida. Los veteranos, en sillas de rueda o en muletas, tiraban sus condecoraciones en la vereda del Pentágono. El 21 de octubre de 1967 tuvo lugar en Washington, primero en el monumento a Lincoln y luego rodeando al Pentágono, una de las marchas más multitudinarias, luego reflejada por el escritor Norman Mailer en su libro Los ejércitos de la noche. Al año siguiente, hubo otra inmensa en Chicago, frente a la Convención Demócrata. Robert Kennedy expresó su rechazo a la guerra y ganó las internas como candidato a la presidencia. Fue asesinado en junio de 1968. Las elecciones las ganó el republicano Richard Nixon.

Hubo episodios equivalentes en Japón, Praga, Berlín (que comenzó con el intento de asesinato de un líder juvenil, Rudi Dutschke) en 1968 y en Italia (Otoño caliente) y Argentina (Cordobazo) en 1969, entre muchos otros países.

Uno de los más sangrientos se registró en México, donde la protesta juvenil fue reprimida brutalmente en lo que se conoce como “la masacre de Tlatelolco” del 2 de octubre de 1968 con un número aún no determinado de muertos, aunque se supone que podrían llegar a mil. La escritora Elena Poniatowska, autora de La noche de Tlatelolco asegura que “si en Francia la falta de oportunidades fue el objetivo estudiantil, en México, los factores que detonaron las movilizaciones fueron la corrupción del poder y el autoritarismo. Los muchachos pidieron la disolución del cuerpo policiaco de los granaderos, así como la de los absurdos delitos de “disolución social” y “ataques a las vías públicas” por lo cual varios estudiantes habían caído presos”.


Luego, en los 70, el mundo cambió dramáticamente. EE.UU. abandonó el patrón oro y, lentamente, las instituciones financieras empezaron a ser el eje de la economía mundial. En Chile, la dictadura de Augusto Pinochet se prestó como laboratorio para lo que, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se conocería como neoliberalismo. No obstante, el vaticinio de uno de los líderes del Mayo Francés, Daniel Cohn-Bendit, se cumplió cabalmente: “Después de lo que hemos vivido en estos días ni el mundo ni la vida volverán a ser lo que eran”.






9 de mayo de 2018
A medio siglo del movimiento que puso en tela de juicio las tradiciones
Una liberación inolvidable
Mayo del 68 persiste en la memoria colectiva como un hecho que cambió la historia moderna de Francia. En cada aniversario vuelve a empezar como un libro de lecturas infinitas donde cada lector vuelca sus sueños o sus aversiones.
Por Eduardo Febbro


Desde París

No existen placas conmemorativas, ni monumentos, ni las fechas están inscriptas en ninguna celebración oficial. Sin embargo, 50 años después y a pesar de los esfuerzos persistentes de un grupo de conservadores y ex izquierdistas que cambiaron su fusil de mano, Mayo de 1968 persiste en la memoria colectiva como un hecho que cambió la historia moderna de Francia. Decenas y decenas de ensayos, profusos debates en los medios y un agitado contexto político propulsaron el cincuentenario del mayo francés a un primer plano permanente. La que hoy se denomina “la revolución de los abuelos” no perdió su vigencia como punto de reflexión aunque no como articulación de un modelo. Mayo es París, la juventud enfrascada que rompió las barreras, los obreros mal pagados y la convergencia entre ambos en un movimiento que le sacó el fórceps a la sociedad y renovó parte del modelo francés. “Salarios livianos, tanques pesados”, decía uno de los célebres carteles de esos años. De aquello no queda nada. Las geografías urbanas de París donde se desplegó la revuelta que nació en la Universidad de Nanterre han sido ocupadas por los emblemas de la sociedad de consumo contra la cual los jóvenes del 68 salieron a la calle: el Barrio Latino es hoy una sinfonía repetitiva de boutiques de grandes marcas mundiales de ropa o de comida rápida que se tragaron a las librerías. Los más de 500 afiches del Mayo francés pintados en el 68 en Atelier Populaire (así se rebautizó a L’Ecole des Beaux Arts en aquellos tiempos) son ahora un objeto subastado por los que se pagan varios miles de dólares. La empresa de remates Artcurial puso en venta buena parte de ese patrimonio (Mai 68 en 500 affiches) al mismo tiempo que, sin fines de lucro, la Escuela de Beaux Arts organizó una exposición con los carteles, con obras de arte, pinturas, esculturas y películas (La Culture visuelle de l’extrême gauche en France, 1968-1974) con la cual busca mostrar “la historia política de lo visual”. 

El Mayo francés resistió a todo, empezando por la contra ofensiva lanzada por los intelectuales de izquierda que participaron en aquellas revueltas o las respaldaron: Régis Debray, Alain Finkielkraut, Pascal Bruckner, Jean-Pierre Le Goff. Los conservadores, desde luego, con el ex presidente Nicolas Sarkozy. Cuando empezó a emerger con fuerza en el horizonte político Sarkozy activó la artillería pesada contra los valores heredados del mayo francés. En 2007, Nicolas Sarkozy llamó a sus electores a “liquidar de una buena vez por todas” las herencias de mayo mientras los ultras conservadores remaban para restaurar “la pérdida de valores y la moral” enterradas, según ellos, en los adoquines de París. La batalla por el mayo pasó de lo político a lo cultural. Pero la fecha siguió en pie. Críticos de adentro o de afuera no pudieron con él. Al contrario. Resistió y aún lo hace ante el pelotón de fusilamiento de los neoconservadores que retratan al mayo con burlas y caricaturas. El mayo fue el grito “del pueblo adolescente” (Jean-Pierre Le Goff, La France d’hier) de una sociedad que había dejado de ser tradicional y aún no era moderna. Obreros y estudiantes, en las calles, la precipitaron a la modernidad. Tal vez por ello una aplastante mayoría de franceses no lo rechaza sino que lo reivindica. Un estudio de opinión realizado a principios de mayo de 2018 por la consultora Viavoice para el matutino Libération muestra que el 70 por ciento juzga positivamente la herencia del Mayo del 68. “De los ejecutivos a los obreros, de los testigos directos de los acontecimientos a los jóvenes de hoy, todos comparten en su mayoría una posición positiva a propósito de Mayo del 68”, explica Aurélien Preud’homme, director de estudios políticos de Viavoice. La encuesta también revela otros datos significativos: 51 por ciento de los franceses considera que lo ocurrido en el 68, especialmente las exigencias de emancipación, no son una cuestión nostálgica sino un hecho de mucha actualidad. 

Pese a estos datos, la fecha es objeto de un proceso permanente orquestado por el batallón de periodistas y analistas neo conservadores. La primera acta de acusación consiste en decir que sus líderes “traicionaron la causa”. Cuatro se destacan: Alain Geismar, Jacques Sauvageot, Daniel Cohn-Bendit y Serge July. Nada es más falso. Geismar fue maoísta y luego integró las filas de los movimientos de izquierda más clásicos. Sauvageot trabajó como maestro y, desde un anonimato voluntario, nunca dejó de promover los ideales del Mayo. Daniel Cohn-Bendit, el famoso Dany El Rojo, jamás dejó las filas de los movimientos alternativos, a los que se unió en Alemania antes de convertirse en diputado ecologista en el Parlamento Europeo. Serge July fue el único que, de alguna manera, llegó al poder cuando asumió la dirección del diario Libération fundado por Jean-Paul Sartre en los años 70 (lo dirigió durante 33 años). Daniel Cohn-Bendit suele decir con mucha razón: “contrariamente a lo que se dice, ninguno de las personas del 68 se volvió ministro o presidente”. En cuanto a los intelectuales que fueron la cabeza teórica del movimiento y los padres del pensamiento crítico, a ninguno se los puede procesar por traidores: Jean-Paul Sartre, Guy Debord, Louis Althusser, Herbert Marcuse, Henri Lefebvre (Gilles Deleuze o Michel Foucault intervinieron mucho más tarde). El segundo proceso se arraiga no en el Mayo mismo sino en el devenir de la generación que lo protagonizó. En el libro de Jean-Pierre Le Goff La France d’hier el autor la califica como una generación que “pasó de la contracultura al conformismo social” y dejó “una herencia imposible’. Esa es la crítica más expandida y está perfectamente resumida por la filósofa feminista norteamericana Nancy Fraser en las páginas del semanario Le Nouvel Observateur. Fraser explica allí que aquellos jóvenes que iban de Mao al Che terminaron acuñando el pensamiento “neoliberal progresista” que impera hoy. En suma, que fue la generación del 68 la que, a partir de los años 90, ofreció “los códigos culturales” sin los cuales el neoliberalismo no se hubiese impuesto. Fraser sostiene que “los militantes progresistas pactaron con el neoliberalismo”. Al Mayo francés le disparan de todos lados: la extrema izquierda sectaria lo acusa de conformista y traidor, la derecha de haber roto la “cohesión de los valores” y los neoconservadores de hoy de ser el responsable de todo, desde la inmigración hasta la dimensión multicultural de las sociedades. 

El famoso Mayo del 68 está en todas partes y en ninguna. No tiene un centro, ni una placa. Atraviesa todos los fantasmas y los anhelos, es un relato abierto a todas las interpretaciones. La actualidad política marcada por las reformas de corte liberal del Presidente Emmanuel Macron agregaron ingredientes y coincidencias. El movimiento comenzó de hecho el 22 de marzo de 1968, el mismo día que, 50 años después, se inició la huelga en la función pública contra las reformas de Macron. En en 68, en la Rue Saint Guillaume donde está la sede del centro de estudios más elitista del país, la Universidad de Ciencias Políticas, los estudiantes colgaron un cartel que decía: “No a la dictadura”. Medio Siglo más tarde, hay otro cartel que denuncia “la dictadura macronista”. Sería imposible pensar hoy una repetición de aquel mayo. Lo que se repudió en las calle es objeto de una fascinación planetaria: el consumo masivo y destructor del planeta. Hoy hay plataformas, líderes, sistemas de comunicación muy organizados. En el Mayo inicial nada de eso existía. Serge July lo relata con mucha modestia en el diario Libération: no sólo se trató de un movimiento “en el que nadie quería líderes” sino también de una revuelta “que sorprendió a todo el mundo. Desde la cumbre del Estado hasta los analistas más finos, pasando por todos los líderes de las organizaciones revolucionarias. Cada día fue una sorpresa”. Y sobre la verdadera identidad de las revueltas, July explica que “a nadie se le ocurrió la idea de que íbamos a tomar el poder. En Francia, por lo esencial, el 68 fue una revuelta cultural y social, muy poco política”. Hay tantas leyendas buenas y malas que todo cabe como sentido y falsas afirmaciones. Serge July, por ejemplo, cuenta que “nunca hubo una insurrección. Existe un cliché que hay que destruir. En el momento de las barricadas, el movimiento de los estudiantes fue desbordado. Durante los enfrentamientos (en el Barrio Latino) mucha gente distinta se unía a nosotros: obreros, transeúntes, vecinos que nos traían sándwiches y bebidas”. Protagonistas centrales, simples estudiantes de aquella época, profesores que simpatizaban con ellos, obreros o empleados, cuando se los interroga hoy sobre lo que piensan del Mayo francés, antes que la ideología o las reformas sociales o los cambios culturales, todos evocan una momento envuelto en magia colectiva: “tengo el recuerdo de un momento de libertad, de efervescencia, libertario en todos los planos. Fue un largo momento de estupefacción. La libertad colectiva era mágica. Todo el mundo le hablaba a todo el mundo” (Serge July). A veces, harto de que siempre le pregunten lo mismo, Daniel Cohn-Bendit suele decir: “me pasé 49 años hablando de Mayo del 68. Ahora ya es un poco aburrido”. Dany el Rojo, contrariamente a otros, no reniega de su liderazgo de aquellos años ni de lo que aportó el Mayo francés, que está envuelto en muchas cosas: “Mayo del 68 desgarró el paisaje tradicional de muestras sociedades. Mayo del 68 puso en movimiento a la sociedad. Luego se desarrollaron los movimientos de mujeres, de homosexuales, los movimientos ecologistas. Mayo del 68 es el inicio de una puesta en tela de juicio de las tradiciones de nuestras sociedades. Hoy, a la derecha se ve un deseo más o menos consiente de una revancha sobre el 68. Suelo tener la impresión de que la derecha quiere volver a una época anterior a la del 68. No lo logrará”. A su manera, 1968 vuelve a empezar como un libro de lecturas infinitas donde cada lector vuelca sus sueños o sus aversiones. El Mayo es un camaleón que aparece allí donde no se lo espera. Así surgió hace 50 años, precedido por uno de los artículos más famosos de la historia del periodismo francés publicado en primera plana por el vespertino Le Monde el 15 de marzo de 1968. Lo firmó el periodista Pierre Viansson-Ponté. El autor hacía un análisis de la Francia de entonces, una Francia en estado de letargo, burguesa, nada festiva, que vivía en paz, sin guerras ni conflictos ni desgarraduras. La conclusión de Pierre Viansson-Ponté fue escribir: “Francia se aburre”. No se sabe si acertó o se equivocó porque una semana más tarde, el 22 de mayo de 1968, se gestó lo que se sigue celebrado 50 años después como una liberación inolvidable. 


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La barricada que abrió el futuro
Por Sergio Wischñevsky

El Mayo Francés de 1968 es la coordenada precisa y singular de un movimiento que de por sí, fue mucho más extenso. No fue sólo en mayo, no fue solo francés y no fue solo en 1968. Se cumplen 50 años de una revuelta que más allá de las mil interpretaciones posibles fue sin duda el mayor movimiento estudiantil en la historia de Francia, y conjugó sus fuerzas con la más poderosa ola huelguística que los trabajadores franceses hayan protagonizado. 

La historia a veces es sólo una mirada con un poco más de perspectiva. Los jóvenes que se apoderaron del Barrio Latino llenándolo de barricadas, enfrentaron a la brava policía de Charles De Gaulle, con piedras, bombas Molotov, canciones y grafittis que se convirtieron en legendarios, las paredes se transformaron en hojas de un libro colectivo. La sociedad francesa miró con simpatía esta aparición de la juventud como sujeto social, portadora de múltiples novedades. El rock estaba en su apogeo, y todavía tenía ese aura transgresor que fue perdiendo de la mano de su éxito; la revolución sexual explotó en medio de una sociedad, que aún pacata, hacía una sonrisa de Gioconda a los hervores juveniles que le hacían decir a las paredes “Cuando pienso en la revolución, me dan ganas de hacer el amor”. Los cafés eran puntos de reuniones y debates, circulaban lecturas de Louis Althusser, Herbert Marcuse, Guy Debord, Jean- Paul Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros, que contrastaban con los programas conservadores y caducos del mundo académico predominante. 

Pero ninguna revolución nace desde los claustros universitarios. O tal vez sería más correcto preguntar ¿Qué tipo de revolución puede surgir desde allí? Los acontecimientos se precipitaron a partir del 13 de mayo, cuando la CGT lanza una huelga general con movilizaciones y tomas de fábricas que implican a nueve millones de trabajadores franceses. El largo bienestar económico de la posguerra estaba llegando a su fin y desde los sectores dominantes quieren ponerle fin al Estado de Bienestar. La conflictividad venía creciendo desde inicios de los sesenta. La Francia industrial estuvo paralizada por las huelgas, y aquí, tal vez, se logró la mayor conquista inmediata de todas estas jornadas, el gobierno accedió a otorgar un aumento salarial del 35 por ciento para los dos millones de trabajadores que cobraban el salario mínimo, y un 12 por ciento a todos los demás. Números inéditos para Francia. Los lugares públicos viven la teatralidad de la unión de obreros y estudiantes, y el principal dirigente opositor, François Miterrand, pide la renuncia del presidente. La calle parece mandar por sobre el palacio. Las paredes festejan “La barricada corta la calle, pero abre el futuro”.

Pero este climax es solo un espejismo. De Gaulle sabe manejarse en la adversidad, los gaullistas convocan para el 30 de mayo una manifestación “En defensa de la República” en los Campos Elíseos, a la que acuden más de 300.000 personas mostrando su apoyo al Presidente. Esa noche el presidente anuncia por cadena nacional que no renunciará y convoca a elecciones anticipadas. Nadie parece estar dispuesto a tomar el poder en forma revolucionaria. La sociedad acompañó los reclamos, pero no estaba dispuesta a hacer saltar por los aires a la Quinta República, que apenas estaba cumpliendo diez años. El impulso pareció detenerse. El gran NO al gobierno había unido fuerzas multitudinarias que empezaron a disgregarse ni bien quedó claro que había que ponerse de acuerdo en definir propuestas y alianzas electorales. Las turbulencias no se calmaron del todo y el gobierno acudió, sin disimulo, a una batería de medidas represivas que dejaron visiblemente aislados a los grupos de propuestas más radicalizadas. Las manifestaciones callejeras quedaron prohibidas por dieciocho meses. 

Con solo cuarenta días de campaña, los días 23 y 30 de junio se hicieron las elecciones legislativas, en las que la gaullista Unión de Demócratas por la República salió fortalecida con un 38 por ciento de los votos y 293 diputados, contando con sus aliados. El Partido Comunista, por su parte, sufrió un fuerte descenso. François Mitterrand, perdió la mitad de sus diputados. 

La revolución no tuvo lugar, pero se aproximan grandes cambios. Tras las elecciones, el gobierno reconoció la necesidad de emprender una política de reformas profundas para hacer frente al malestar social existente en el país. En abril de 1969 se celebró un referéndum sobre el proyecto de regionalización, una de las principales reivindicaciones políticas de aquellos momentos era una mayor descentralización del Estado y la reforma del Senado, que De Gaulle planteó como un plebiscito sobre su gestión al anunciar que abandonaría la presidencia si no triunfaba el SÍ. Sin embargo, los franceses votaron mayoritariamente por el no, provocando la retirada de De Gaulle de la escena política. Estos resultados mostraron que De Gaulle y su generación no eran, para la población francesa, los que podían llevar a cabo la reforma social y política que necesitaba el país. Esta derrota marca el inicio del fin de la generación de líderes políticos que habían dirigido Europa Occidental desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. 


Los protagonistas más visibles del Mayo Francés, esos jóvenes estudiantes y también los jóvenes obreros marcaron con tinta indeleble un cambio de rumbo muy nítido en la cultura y la política de aquella época, sin duda no fue la revolución que imaginaron protagonizar, pero la palabra revolución es ampliamente polisémica.

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Muestra de afiches, 1968 el Mayo Francés en el Museo del Mar. mar del Plata. Noche d elas ideas. Revista Ñ. mar del plata muestra de afiches sobre el mayo frances muestras exposiciones