Osvaldo Baigorria

Se publica la primera traducción de la célebre conferencia que el poeta, dramaturgo y ensayista francés no llegó a pronunciar completa.  

Artaud. Mômo puede ser visto como una sobreactuación burlesca de la demencia del portador,


Hechizos indígenas en México, persecuciones en Dublín, influencias tenebrosas y posesiones mágicas en los asilos franceses eran argumentos de la denuncia antisocial que Antonin Artaud se había dispuesto a presentar en el Teatro de Vieux-Colombier de París el 13 de enero de 1947. Pero la mayor parte de esa conferencia nunca terminó de ser leída en público.
Artaud había salido siete meses antes de Rodez, último de los manicomios en los que fue aislado nueve años contra su voluntad, atravesando la totalidad de la guerra y la ocupación nazi. En ellos sufrió tantos electroshocks, miseria y dolor a causa de un cáncer no diagnosticado, y de la ausencia de láudano y heroína, que había envejecido de golpe y perdido casi todos sus dientes. Su conferencia trunca es un relato de ese suplicio, en el que no falta humor, como en los diálogos entre el paciente y el psiquiatra que lo acusa de delirios persecutorios y lo amenaza con la tortura eléctrica cada vez que pronuncia la palabra “encantamiento” para referirse a esos hechizos que el narrador-autor decía haber constatado durante su viaje a los tarahumaras y a lo largo de toda su vida.
Pero aun despojado del referente autoral que se presenta con fecha de nacimiento y datos vitales básicos, este texto pide que se lo tome “en serio”, no en serie. Y ese es justamente el problema. Para el racionalismo hegemónico en aquella Europa paradójicamente arrasada por la barbarie, ese racionalismo que supone que todo se puede explicar y poner bajo control, como un delirio de la luz de la razón, la tenacidad con la que este discurso insiste en la existencia de una realidad oscura bajo la conciencia habitual era algo semejante a la blasfemia. El orden psiquiátrico basado en el encierro y la administración forzada de electroshocks no era sino otro dispositivo de ese poder insondable al que el francotirador de Marsella proponía “atacar a mano armada”.
Un discurso que alerta sobre las maniobras ocultas que cada tanto ponen en marcha a poblaciones enteras en “hileras de hombres y mujeres confundidos”, maniobras que mantienen a la conciencia humana “en el embrutecimiento en el que no podemos dejar de verla hundirse cada vez más”, está consagrado a la incomodidad, salvo que se lo lea desde el diagnóstico tranquilizador pero vulgar de “Artaud estaba loco”, o finalmente como ficción, teatro, poesía, un destino descarriado frente al intento de superación de la dicotomía obra-vida que proponía su autor.
Había que atreverse a subir a un escenario para decir lo que este se había propuesto decir en aquel momento. En el documental La veritable histoire de Artaud le Mômo, de Gérard Mordillat y Jérome Prieur, los testigos coinciden. Paule Thévenin informa que su amigo Antonin le había preguntado si le iban a dejar expresar todo lo que quería. Por supuesto, ya no había censura. Pero cuando llegó el día de su conferencia, anunciada como el retorno del poeta-actor en un “Tête à tête con Antonin Artaud”, no pudo hacerlo. La sala estaba llena, con unas setecientas personas, entre ellas Gide y Breton, entre toda la crema parisina de la época. Artaud se presentó, balbuceó por un rato y luego se calló. Pánico escénico.
La crítica literaria Marthe Robert dijo que el performer en un momento miró hacia la sala y no pudo continuar. Para el artista plástico Gustav Bolin fue una noche trágica, en la que Artaud se quebró sobre el escenario. El editor y explorador Alain Gheerbrant contó que el actor de pronto sacó un pequeño cuchillo plegable y empezó a golpearse el cráneo con la punta mientras profería insultos contra los monjes tibetanos. Cuando un estudiante en la audiencia intentó intervenir, lo invitó a retirarse de la sala, “si esto va más allá de lo que usted puede entender o seguir”. En general, no hubo contacto ni buena relación con una audiencia que al principio había sido muy amigable y luego empezó a retirarse. En un momento de silencio, alguien gritó: “Diga algo, cualquier cosa, que igual lo adoramos”. Artaud le respondió con aspereza: “¿Y quién le pidió su consejo?”.
La máscara de Mômo, una expresión que en dialecto de Marsella podía significar “niño”, “tonto”, “ridículo”, y otras acepciones que discute el traductor Ariel Dilon en Historia vivida de Artaud-Mômo, también puede ser vista como una sobreactuación burlesca de la demencia del portador, de su carácter de alienado, de extraterritorial. Esa mascarada enfrentó a aquella audiencia y a sus lectores post mortem con el misterio de la locura, de lo que se ha dado en llamar locura, de la pérdida de la razón, del juicio. Fue la performance trágica de un rebelde solitario y furioso que se presentó en escena como alguien que llegó a ver algo que el resto de la sociedad no puede o no quiere ver y que por su insistencia lo castiga. Y aunque las formas del castigo cambien o sean más leves, en el orden actual del mundo lo que se rotula como locura continúa estando del lado del mal y del desorden.
Gracias a la edición de Mardulce ahora podemos acceder en castellano por primera vez a un discurso que se expone a continuar bajo la marca de la demencia, aun concediéndole su “verdad poética” o su potencia testimonial, por razones que nunca dejan de ser inquietantes.
Historia vivida de Artaud-Mômo, Antonin Artaud. Trad. Ariel Dilon. Mardulce. 80 págs.

Alejandra Varela

Desde Cornell. Sostiene que estas nuevas expresiones políticas no tienen consistencia ideológica

El historiador alerta sobre las políticas reaccionarias que cruzan Europa.

Hay quienes sostienen que la derecha vuelve a poner en riesgo al mundo cuando desde el poder se pone en marcha un mecanismo de sustitución de problemas. Por ejemplo: la falta de trabajo se resolvería expulsando inmigrantes mientras que los factores económicos que provocan catástrofes en la vida de millones de personas se oscurecen. El historiador italiano Enzo Traverso encuentra en esta posición ideológica que hoy se expresa en EE.UU. y Europa restos dispersos de un fascismo que ya no tiene consistencia ideológica. Su armadura está rota, a veces disimulada en la adopción de políticas o eslóganes que no pertenecen a su tradición.
Las nuevas caras de la derecha (Siglo XXI Editores) es un libro que le permite a Traverso ensayar una reconfiguración de las herramientas de análisis capaces de enmarcar este proceso de transformación. Allí sostiene que el posfascismo surge como una noción para caracterizar esta tendencia que encuentra su legitimidad en todas las penurias que el neoliberalismo genera. Marine Le Pen o Donald Trump declaran oponerse al neoliberalismo de Emmanuel Macron o Hillary Clinton pero proponen dañar aún más el campo social con sus medidas de exclusión. El neoliberalismo se ocupa de generar las condiciones para que esta fuerza extrema aparezca.
La falta de alternativas a un modelo empresarial que, en su versión institucional, destruye la política al plantear el ideal de una sociedad homogénea, sin confrontaciones ni divisiones, abre el camino a la aplicación de una forma totalitaria sostenida en una apariencia democrática, asegura el ensayista desde su estudio en la universidad de Cornell (EE.UU.), vía correo electrónico. El libro está estructurado en entrevistas donde expone sus ideas en un estado de elaboración, como preámbulo de una obra que podrá terminar de desarrollarse cuando la realidad apruebe o refute sus teorías.
–Usted establece una relación entre posfascismo y despolitización. ¿No se corre el riesgo de pensar que estas formas políticas son más superficiales de lo que parecen? El proceso de desideologización suele ser un arma política muy poderosa.
–Vivimos, desde hace más de dos décadas, en un mundo post ideológico en el que las ideologías fuertes del siglo XX dejaron el lugar a una aceptación más o menos consensuada de la democracia liberal. Esto concierne también a la extrema derecha de países occidentales que no organizan más milicias armadas pero buscan un sustento electoral. Dejar constancia de esto no significa dar una apreciación positiva de su acción. Significa constatar la degradación y el descrédito de la democracia. Una democracia que permite a Trump conquistar el poder y a posfascistas como Marine Le Pen en Francia dominar la escena política, es una democracia débil. El fascismo es la matriz de varios de estos movimientos, pero su éxito se sostiene en su capacidad de emanciparse de sus orígenes. Se oponen a la globalización sobre bases nacionalistas y proteccionistas, quieren redefinir la democracia sobre bases étnicas. Combatirlos como si ellos fueran una nueva máscara del fascismo corre el riesgo de ser completamente ineficaz. Esto puede movilizar a una parte de la izquierda, pero deja totalmente indiferente a sus electores, sectores populares, golpeados por la crisis y las políticas neoliberales. Para combatirlos, es necesario tener un proyecto alternativo, igualitario, solidario, de globalización, y repensar las bases de la democracia. No se trata de repetir la Guerra Civil Española ochenta años más tarde.
–El ethos neoliberal que en Francia se expresa en un dirigente como Macron tiene que ver con llevar el modelo empresarial a la vida social y personal, el homo oeconomicus que ingresa a la política como una conquista cultural del neoliberalismo. El posfascismo, al oponerse en su discurso a este modelo, ¿no actúa como un factor de confusión en la contienda política?
–La clave del éxito de la extrema derecha se sostiene en hacer creer que ella constituye una alternativa regresiva a la globalización encarnada por líderes como Macron. Hay una nueva ideología que se construye alrededor de ese ethos neoliberal y que toma la forma de un populismo ni de derecha ni de izquierda. La alternativa, a medio término, se ubica entre la globalización neoliberal y la globalización igualitaria, entre el individualismo competitivo y la justicia social global, entre la libertad de mercado y la igualdad de los seres humanos. Allí donde se manifiesta una alternativa de izquierda a esta globalización neoliberal, la extrema derecha nacionalista retrocede. Lo constatamos en Grecia con Syriza, en España con Podemos y en el Reino Unido con Jeremy Corbin. La vitalidad de la izquierda se sostiene en el vigor de su lucha contra el neoliberalismo, no por el alcance de su campaña antifascista. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que el fascismo se aloja en la matriz de estos movimientos de extrema derecha. En el caso de una crisis económica internacional mayor y de una disolución de la Unión Europea, los nacionalismos pueden radicalizarse y convertirse en una alternativa global. Ellos podrían volver a mostrar sus orígenes y adoptar un discurso abiertamente antidemocrático. Pero este no es su objetivo.
–La derecha aparece en un proceso de transformación que todavía no se termina de definir. ¿Diríamos que la izquierda permanece como una fuerza más tradicional, más cargada de ideología y por lo tanto menos moderna?
–La extrema derecha se modernizó y transformó. La transición más contundente que analizo en mi libro es el abandono de su antisemitismo histórico para la adopción de una islamofobia radical como eje de su proyecto de sociedad. Eso significa removilizar un pasado racista y colonial y una visión monolítica y excluyente de la sociedad. La izquierda tiene que reinventarse. Eso no significa rechazar su pasado sino reelaborarlo críticamente para superarlo. Esa es la demanda que surge de todos los movimientos poderosos como Occupy Wall Street, el Movimiento 15M en España, la Nuit Debout en Francia. Hace una década, América Latina aparecía como una alternativa posible para la izquierda global. Hoy se enfrenta a los mismos desafíos.
–Usted sostiene que lo que puede frenar a estas nuevas derechas es un populismo de izquierda, inspirado en el pensamiento de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. ¿Cómo explica que en los países donde los gobiernos se acercaron a estas ideas, las derechas volvieron a ganar las elecciones?
–No soy discípulo de Laclau y Mouffe y no creo que nos dejaran la llave para renovar la izquierda de hoy pero su manera de repensar al populismo, que está muy vinculada a la experiencia latinoamericana y argentina en particular, es una contribución fundamental al debate para reinventar una izquierda a la altura de los desafíos del siglo XXI. El papel histórico de la socialdemocracia clásica se agotó hace casi treinta años. Durante la Guerra Fría, el capitalismo se “humanizó” porque se pensaba en competencia con otro sistema social. En los países occidentales, más desarrollados, la socialdemocracia jugó este papel de “humanización” del capitalismo, con reformas sociales significativas. Con el fin de la Guerra Fría, el capitalismo tomó una cara neoliberal y se volvió salvaje. Las desigualdades económicas y sociales, en una escala global, volvieron al nivel del Antiguo Régimen, y la socialdemocracia acompañó este proceso. La reinvención de la izquierda significa sobrepasar los modelos agotados del comunismo y de la socialdemocracia.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/fantasmas-posfascismo_0_S1yERs2Rf.html

Enzo Traverso

Enzo Traverso (1957, Piamonte, Italia) es historiador. Estudió en la Universidad de Génova. Fue profesor de la Universidad de Picardía y en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París. Actualmente es profesor de historia moderna europea en la Universidad de Cornell, Nueva York.
Vivió y trabajó en Francia por más de veinte años. En Italia fue militante de la organización Potere Operario y se formó en la escuela del autonomismo marxista italiano.
Es uno de los más importantes historiadores de las ideas del siglo XX.
Entre su obra cabe destacar Siegfried Krakauer. Itinerario de un intelectual nómada (1994), La historia desgarrada. Ensayo sobre Auswitz y los intelectuales (2001), El totalitarismo. Historia de un debate (2001), La violencia nazi. Una genealogía (2003), Los marxistas y la cuestión judía. Historia de un debate (2003), Cosmópolis. Figuras del exilio judeo-alemán (2004), Los Judíos y Alemania. Ensayo sobre la simbiosis judío-alemana (2005), El pasado. Instrucciones de uso. Historia, memoria, política (2005), A sangre y fuego. La guerra civil europea 1914-1945(2007), La historia como un campo de batalla. Interpretar la violencia del siglo XX (2011), ¿Dónde están los intelectuales? (2013), El fin de la modernidad judía: historia de un giro conservador  (2013) y Mélancolie de gauche (2016).

“La izquierda es una historia de derrotas”: Enzo Traverso

17/02/2017
5052765_7_68f4_enzo-traverso-2016_17c947a87ce33cc2af6908c008291b9fLa renovación no vendrá del Partido Socialista, según el historiador de las ideas Enzo Traverso. Para reinventarse, la izquierda debe sacar fuerzas de una de sus dimensiones fundamentales: la energía de la melancolía. Las nuevas derechas que, ellas sí, saben ganar, evolucionan hacia un movimiento “post-fascista”. ¿Como Trump?
Uno tras otro, Enzo Traverso, publica dos libros que él mismo considera partes de un díptico. En Les nouveaux visages du fascisme (de próxima aparición, Ed. Textuel), el historiador de las ideas define el concepto de “post-fascismo” para revelar la naturaleza cambiante de las nuevas corrientes populistas y xenófobas, de Trump a Le Pen. En Mélancolie de gauche, la force d’une tradition cachée (publicado en noviembre, Ed. La Découverte), Traverso explica porqué la izquierda debería sacar fuerzas de su melancolía inherente, una fuerza para reinventarse. Nacido en Italia, ex-universitario francés, antiguo militante de extrema izquierda, hoy profesor en la Universidad de Cornell en los Estados Unidos, Enzo Traverso sitúa las pasiones políticas francesas -de la reconstrucción de la izquierda a la tentación populista- en el corazón del debate internacional.
¿Cómo analiza las primarias de la izquierda?
No creo que la renovación de la izquierda francesa venga del Partido Socialista. Lo hemos visto con la emergencia de Jeremy Corbyn o de Bernie Sanders. Los movimientos exteriores a los órganos políticos tradicionales no han hecho más que utilizar a los partidos. En los EEUU, un movimiento, encarnado sobre todo por Occupy Wall Street, se ha aprovechado de las primarias demócratas para influir en la escena política votando por Sanders… pero no necesariamente por Hillary Clinton frente a Donald Trump unos meses más tarde. En Gran Bretaña, Corbyn ha sabido aglutinar a una masa de jóvenes que se han afiliado al Labour para poder elegirlo en cabeza… sin hacerse ninguna ilusión sobre el partido. Esta es una de las características de los nuevos movimientos de izquierda: no creen en los partidos pero los “utilizan”.
Sanders y Corbyn han representado una dinámica nacida en el exterior de sus partidos. No veo nada comparable en el Partido Socialista francés.
La victoria probable de Benoît Hamon en las primarias del partido expresan el descontento existente en su seno; es el reflejo de una mutación en los equilibrios internos, no el  signo de una renovación. Si Hamon acaba siendo candidato, quedará atrapado entre el neoliberalismo defendido por Macron y el antiliberalismo de Mélenchon, más creíble en su posición a la izquierda de Hollande.
¿Servirá esto para crear una alternativa? ¿Hay algo que esperar de la izquierda?
En Europa, como en los EEUU, la izquierda está confrontada a una mutación histórica. El ciclo iniciado con la revolución rusa finalizó en 1989 y los efectos de este agotamiento aparecen en la actualidad. La izquierda se enfrenta a un mundo totalmente nuevo con herramientas heredadas del siglo XX. El modelo de la revolución rusa, que ha dominado el siglo pasado, ha dejado de ser operativo. La socialdemocracia, por su parte, no hace más que gestionar la regresión social. El hundimiento del comunismo ha paralizado el proceso de transmisión de la memoria de la izquierda y su cultura ha entrado en crisis. No solo los nuevos movimientos como Podemos, Syriza, los Indignados, Occupy Wall Street o Nuit Debout han surgido en un mundo sin “horizonte de expectativas”, tomando la expresión del historiador Reinhart Koselleck, y son incapaces de proyectarse hacia el futuro, además, se encuentran cada vez más huérfanos, no pueden inscribirse en una continuidad histórica.
1989 habría barrido la memoria de la revolución rusa, pero también la de otros modelos posibles como la Comuna de París, la Guerra Civil Española…
Durante un corto periodo de tiempo, el fin del socialismo real generó la ilusión de una liberación para la izquierda. Creímos brevemente que nos librábamos de una hipoteca y que un socialismo diferente iba a ser posible. En realidad, el naufragio del comunismo soviético se llevó con él toda una serie de otras corrientes heréticas: antiestalinistas, libertarias… La historia del comunismo se encuentra reducida a su dimensión totalitaria.
La “cultura de izquierda ha sido pura y simplemente rechazada”, escribe usted…
La izquierda no ha sabido reinventarse. No obstante, empezamos a enfocar ciertos elementos del pasado con otra mirada. Usted citaba la Comuna de París. Durante un siglo la Comuna ha sido iconizada como la primera etapa de un movimiento que conducía a las revoluciones rusa, después china, después cubana… Hoy la descubrimos bajo otra luz: la Comuna es una historia de autogobierno que se presenta finalmente cercana a los movimientos de izquierda actuales. Los comuneros no eran obreros de Billancourt sino trabajadores precarios, artesanos, subalternos, entre los cuales había muchos artistas e intelectuales bohemios. Un perfil sociológico heterogéneo parecido a la pulverización social de los jóvenes movilizados hoy en día.
Pero la Comuna sigue siendo una derrota. La izquierda podrá alguna vez aspirar a otra cosa que a los fracasos?
La izquierda es una historia de derrotas! E incluso cuando los revolucionarios han conseguido el poder, las cosas han acabado mal… Esta es la razón por la cual la melancolía es una dimensión fundamental de la cultura de la izquierda. Esta dimensión ha sido largamente rechazada prefiriendo una visión dialéctica de la historia: las derrotas, por más dolorosas que fueran, no cuestionaban nunca la idea que el socialismo era el horizonte inevitable. La historia nos pertenecía. Esto permitía superar las derrotas. Estas fuentes están hoy agotadas y la melancolía de izquierda vuelve a brotar a la vista de todos. Esta tradición escondida ya se encontraba en las memorias de Louise Michel, en los textos de Rosa Luxemburg, la víspera de su asesinato, o en el Entierro en Ornans de Gustave Coubet, extraordinaria alegoría de los funerales de la revolución de 1848. Una melancolía consoladora, inseparable de la esperanza, que podía incluso reforzar sus convicciones.
gustave_courbet_-_a_burial_at_ornans_-_google_art_project_2¿En qué puede ser inspiradora esta melancolía y no solo una fuente de resignación?
Existe una visión freudiana de la melancolía que tendemos a simplificar según la cual se trataría de un duelo patológico, de la incapacidad de separarse del objeto querido y perdido, un obstáculo que nos dificulta seguir adelante. Contrariamente a ello, pienso que la melancolía puede ser una forma de resistencia, nutrida por una sensibilidad reflexiva. Para Koselleck, la historia escrita por los vencidos es una historia crítica, al contrario de la historia apologética de los vencedores. La melancolía es un recurso para saber, conocer e intervenir en el presente. En la izquierda existe a menudo la tendencia a considerar que “hace falta recomenzar todo de nuevo”. Esta ausencia de memoria fragiliza. Una cosa es inventar el socialismo del siglo XIX. Algo muy diferente es reinventarlo a principios del XXI, como si no hubiera pasado nada.
Y los nuevos movimientos no consiguen converger.
En otro tiempo, eran los aparatos políticos los que hacían la unión. En 1968, la convergencia es objetiva entre las barricadas de París, la primavera de Praga y la ofensiva del Têt en Vietnam sin que los actores de estos movimientos tengan ninguna experiencia de diálogo entre ellos. Actualmente, los activistas de El Cairo, Estambul y Nueva York pueden compartir y además lo hacen espontáneamente. Pero existe tal diferencia cultural… En lo años 60, un pensamiento crítico común alimentaba los combates sociales. Los escritos de Sartre se leían en Asia o África. Hoy en día, los nombres de las grandes figuras críticas del poscolonialismo, por ejemplo, no dicen nada a los actores de las primaveras árabes. Reinventar el tejido global de una cultura alternativa no es tarea sencilla.
Los partidos de extrema derecha saben ganar. Usted los reagrupa bajo el nombre de “post-fascismo”. ¿Por qué?
El concepto de “post-fascismo” pretende mostrar que se trata de un proceso de transición. Nos ayuda a entender las nuevas derechas contemporáneas, que son un fenómeno cambiante, heterogéneo, en plena mutación. Algunas de ellas provienen del neofascismo, como Jobbik en Hungría o Alba Dorada en Grecia. Otras, como el Frente Nacional, han iniciado una metamorfosis. La mayoría de estos partidos tienen una matriz histórica fascista. En mi opinión este es el caso del FN en sus orígenes. Sin embargo, al FN actual no lo podemos tachar de fascista: la retórica de su líder se ha vuelto republicana. En cuanto a Trump, es un líder post-fascista sin fascismo. Es el retrato típico, ideal, de la personalidad autoritaria, tal como la definió Adorno en 1950. Varias de sus declaraciones públicas recuerdan incluso el antisemitismo fascista: las virtudes de un pueblo enraizado en su territorio contra las élites urbanas, desarraigadas, intelectuales, cosmopolitas y judías (las finanzas de Wall Street, los medios de comunicación de Nueva York, los políticos corruptos de Washington). Pero su programa está lejos del estatismo y expansionismo de los partidos de extrema derecha de los años 30. Y sobre todo, detrás suyo, no hay un movimiento fascista.
¿Por qué no hablar de movimientos populistas?
Desconfío mucho de la noción de “populismo” -que sería una forma de antipolítica- porque reúne, en el uso que se hace de ella, ideologías políticas a las antípodas unas de otras. Para la mayoría de comentaristas, el populismo es el Movimiento Cinco Estrellas de Bepe Grillo y la Liga Norte, Marine Le Pen y Jean Luc Mélenchon, Trump y Sanders.
El movimiento Podemos reivindica la palabra “populismo”…
En los países hispanohablantes, el “populismo” impregna la historia de la izquierda latinoamericana. Toma un sentido diferente: reintegrar las clases sociales populares en un sistema político que las excluye. Para Podemos, el populismo permitiría superar la caduca división derecha-izquierda. En el resto de Europa, este término no se puede usar del mismo modo. El populismo de los movimientos post-fascistas pretende unir el pueblo contra las élites pero por la vía de la exclusión de las minorías procedentes de la inmigración. Congregar el pueblo excluyendo a una parte del mismo.
¿El término “populismo” dice más de quien lo pronuncia que a quien designa?
Es una artimaña que persigue vaciar cualquier interrogante sobre las causas del “populismo”. ¿Por qué los movimientos que utilizan la demagogia y la mentira se encuentran en plena expansión? Porque ocupan un vacío creado por los que están en el poder. El rechazo de la política surgió a final del siglo XX cuando se vació de su sustancia ideológica para convertirse en una pura y simple gestión del poder. Cuando la política se reduce a la “impolítica”. Estos últimos años, todos los países de Europa occidental han visto alternar diversas fuerzas políticas sin poder distinguir bien las diferencias en términos de política económica, por ejemplo. Esta concepción de la política no puede más que suscitar el rechazo y, en ausencia de “horizontes de expectativas” y de utopías de izquierda, los partidos post-fascistas son quienes ocupan la vacante. Tienen una larga experiencia de rechazo de las instituciones!
Usted escribe que en los discursos post-fascistas “la identidad nacional” ha sustituido a la “nación”.
La nación es una forma históricamente caducada, todo el mundo puede hoy experimentar un mundo global. En la época del fascismo, el nacionalismo era agresivo, pasaba por el expansionismo militar y las conquistas territoriales y coloniales. Las derechas radicales actuales reconocen implícitamente el arcaísmo de estos discursos. Su xenofobia se centra en las minorías de origen post-colonial, no de otras naciones. Todas admiten también que no volveremos al Estado-nación tal como existió en el pasado. En el plano retórico, la nación es en adelante reformulada como “identidad nacional”.
Una de las particularidades del post-fascismo es, según su planteamiento, que no conocemos su desenlace.
El post-fascismo tiene un contenido ideológico fluctuante, inestable, a veces contradictorio… todavía no se ha cristalizado. El Frente Nacional busca actualmente presentarse como una alternativa política “normal” antes que presentarse como una fuerza subversiva. Pero si mañana la Unión Europea se hunde, una crisis económica se encadena a escala continental, en un clima de profunda inestabilidad política, los partidos post-fascistas como el FN podrían radicalizarse, llegando a adoptar rasgos del neofascismo.
Entrevista a cargo de Sonya Faure para Libération.
Traducción para Marxismo Crítico de Ivan Gordillo