DESDE HACE TIEMPO LAS REDES SOCIALES FUNCIONAN COMO CONFESIONARIOS PÚBLICOS, ¿PERO QUÉ EFECTO TIENE ESO SOBRE NUESTRAS EMOCIONES?

Casi desde el momento mismo en que irrumpieron en nuestro presente, las redes sociales tomaron una práctica muy específica y de inmediato muy popularizada: servir como una bitácora de la cotidianidad de sus usuarios. Hoy en día, la mayoría estamos tan familiarizados con ese uso que nos parece “normal” y acaso incluso incuestionable. ¿Para eso sirven las redes, no? Las selfies, las imágenes de lo que comemos, el check-in de los lugares que visitamos y a veces incluso los pensamientos y ocurrencias que pasan por nuestra cabeza. Todo, de una forma u otra, puede encontrar expresión puntual en un post de Facebook, de Instagram o de Twitter.
En cierta forma, este fenómeno era previsible y posiblemente también fue calculado. Basta recordar que las redes sociales surgieron en el marco de la llamada Web 2.0, cuyo cambio fundamental fue el paso al usuario como protagonista del Internet. Los llamados medios sociales fueron diseñados para otorgar al usuario la generación del contenido y que fuera él mismo quien mantuviera en marcha la maquinaria que otros se encargarían de administrar. 
Si bien en un inicio el esfuerzo no estuvo exento de nobleza, con el tiempo se convirtió en lo que conocemos tan bien. Quizá nadie imaginó que la hiperindividualización de la cultura dominante resultaría en esa “feria de las vanidades” que es ahora Internet, un recurso que alguna vez se pensó como un medio de capacidad inédita en nuestra historia para intercambiar saber y conocimiento pero que ahora vive ahogado en las aguas pantanosas del narcisismo humano.
Las redes sociales, en ese sentido, llegaron a ocupar otro lugar profundamente simbólico en la cultura occidental: el confesionario. 
Es probable que la mayoría de nosotros haya visto o acaso incluso firmado alguna publicación de tipo confesional en Facebook o Twitter o cualquier otro medio: una queja contra nuestro jefe en la oficina, una declaración pasivo-agresiva contra una de nuestras exparejas, una frase que transmite ambiguamente la tristeza en la que nos encontramos, etc. El repertorio es amplio, aunque también trivial –porque la vida cotidiana así es: anodina, común, similar a la de miles o millones de personas en todo el mundo, salvo para quien la vive y menos aún en una época como la nuestra, que tanto hincha el amor propio–.
En La intimidad como espectáculo –una obra del 2008 que ahora, con el paso de los años, podría considerarse precursora pero es un referente que no ha perdido vigencia– la socióloga brasileña Paula Sibilia señaló el tratamiento “espectacular” que las personas estaban dando a su vida íntima, entendiendo ésta sí en su vertiente un poco tremebunda de “lo secreto” y “lo inconfesable”, pero también en eso simple y sencillo con que se teje día a día nuestra existencia. Eso también es la intimidad. Y eso, precisamente, es lo que toma la maquinaria de las redes sociales como materia prima para su funcionamiento y que nosotros le entregamos voluntariamente y hasta con gusto.
Y todos, en nuestra vida íntima y cotidiana, podemos tener uno de esos momentos de crisis en que necesitamos decir lo indecible. Necesitamos decir que odiamos a nuestro jefe, que extrañamos a nuestra antigua pareja, que nos sentimos solos, etc. La pregunta, en este caso, es por qué acudimos a las redes sociales a decirlo. ¿Sólo porque están a nuestra disposición? 
No es sólo porque las redes estén a nuestro alcance inmediato que las usamos como confesionario público. Es, más bien, porque la confesión es uno de los recursos de un comportamiento un tanto más amplio que solemos poner en marcha ante lo que nos sucede: evadir la responsabilidad de entenderlo y eventualmente cambiarlo.
Particularmente en la confesión católica, el mecanismo es de una efectividad pasmosa: quien ha pecado y siente culpa por sus acciones acude al confesionario, en donde al otro lado un confesor –un sacerdote– escucha la relación detallada de su remordimiento. El pecador se confiesa esencialmente porque el confesor tiene la autoridad para eximirlo de su culpa. De ahí también que, jurídicamente, la confesión sea una acción de “descargo”: literalmente, libera de una carga.
¿Qué significa esa “liberación”? En esencia, que el sujeto no tiene nada más que hacer con las acciones que resultaron en su “pecado”. Basta confesar, cumplir la penitencia impuesta, acaso prometer y prometerse no volver a hacerlo, pero… como el espíritu está pronto pero la carne flaquea, la confesión y el confesor siempre estarán ahí, para liberarnos de la responsabilidad de nuestros actos.
La confesión en redes sociales no es muy distinta. Esos “exabruptos” subjetivos en que a veces se incurre y que toman la forma de un tweet o un post de Facebook son, con cierta frecuencia, el intento de liberarse de algo que se quiere eludir. Esa, de hecho, es la reacción emocional inmediata al dar clic al botón de “Publicar”: el sujeto siente un alivio instantáneo a su crisis. Y con el alivio parece que puede, de momento, “pasar a otra cosa”. También por esto las redes sociales se han adherido con facilidad a los patrones adictivos de las personas, pues como el alcohol, la comida, las compras u otros goces, permiten al sujeto lidiar parcialmente con lo que busca evitar: su tristeza, su soledad, la incomprensión de ciertos hechos de su vida… En una palabra, su angustia.
Como en el catolicismo, la confesión en las redes sociales comparte ese descargo de responsabilidad que siente el sujeto ante su propia vida. Con la confesión, el pecador queda eximido de preguntarse por qué hizo lo que hizo, qué de sí mismo lo llevó a actuar de esa manera, y lo mismo con estas “confesiones sociales”. 

Es más fácil o más cómodo, en este sentido, lanzar un tweet sobre lo horrible que es el mundo, lo desgraciados que son todos o lo triste que estoy, que hacerse cargo de las palabras propias e intentar responder la pregunta subjetiva detrás de ese malestar.


Mayo francés, ¿el fin de la utopía revolucionaria?
Hector Pavon

Cuánto duró el 68? Fue mucho más que doce meses, fue un espíritu de época combinado en espacios disímiles pero conflictivamente comunes. Fue el epicentro político y cultural de una década fuera de todo almanaque. Tuvo revolución, rock y arte. Sueños y también muerte. Y en su ocaso asomaron nubarrones densos que adelantaban el peor escenario en Praga, los países de la ex URSS, Asia, África y en la muy golpeada Latinoamérica.

El 68, año clave de la política de la década del 60, encuentra raíces en varios hechos históricos repartidos por el mundo. La Argentina no fue la excepción, por el contrario se convirtió en escenario clave. En el caso argentino, 1958 marca el fin de la etapa militar autodenominada Revolución Libertadora que con un golpe de Estado había derribado al gobierno de Juan Perón en 1955. Las elecciones traían una democracia débil con la ausencia del peronismo, proscripto por el gobierno militar. La era frondicista inauguraba el panorama de un país en ebullición que recuperó los espacios prohibidos y las palabras censuradas. Faltaba muy poco para que la Revolución Cubana se transformara en el faro que iba a iluminar y a provocar un ensueño permanente en casi toda América Latina en las juventudes políticas y en las que buscaban su paraíso perdido. La famosa foto del Che que Korda le tomó iba a ser mucho más que una bandera y una remera. A ese momento de énfasis e ímpetu internacional Eric Hobsbawm denominó “Revolución Cultural” para referirse a cómo la juventud protagonizó en esa década luchas y cambios sociales, políticos y culturales. Y en ese arco, el historiador incluyó la Revolución Cubana, el Mayo Francés, la Primavera de Praga y el Cordobazo, las luchas en Estados Unidos, entre muchas otras por todo el mundo.

En Estados Unidos las protestas contra la participación en la guerra de Vietnam se multiplican con el correr de los 60. El 22 de noviembre de 1963 se produce un hecho que parte en dos la historia de EE.UU. del sigo XX: el asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy en Dallas. De ese modo, asumió el vicepresidente Lyndon Johnson y automáticamente aumentó la escalada militar en Vietnam hasta que las fuerzas estadounidenses fueron derrotadas en 1973. Las protestas pacifistas tuvieron uno de sus mayores impactos durante la Convención Nacional Demócrata de 1968. El Movimiento por los derechos civiles sufrió ese mismo año el asesinato de dos líderes fundamentales: Martin Luther King y Robert Kennedy. Tres años antes había sido acribillado el líder negro Malcolm X.

En el 1963 argentino asume la presidencia Arturo Illia, quien caerá en otro golpe que llevó al militar Juan Carlos Onganía al poder tres años después. En Buenos Aires se ensayan cruelmente maniobras represivas como ocurrió con La Noche de los Bastones largos en 1966 cuando la flamante dictadura de Onganía apaleó docentes, estudiantes e investigadores. A continuación, miles de ellos emigraron y la mayoría nunca volvió ya al país. “Los largos sesenta fueron, así, bisagra del decurso histórico; trastocaron las certezas propias de la modernidad; golpearon a la puerta del estancado dogmatismo de los grandes corpus doctrinarios –marxismo, psicoanálisis– que renacieron con ímpetu nuevo”, escribió Alberto Giudice en el catálogo de la muestra Arte y política en los 60 que se realizó en el Palais de Glace en el año 2002.

La Primavera de Praga, con su propuesta de socialismo de rostro humano, suele ser interpretado como desencadenante o incentivo del movimiento del Mayo Francés. Fue un período de “liberalización política” en Checoslovaquia, durante la Guerra Fría, entre el 5 de enero y el 20 de agosto de 1968, cuando el país fue invadido por la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia (salvo Rumania y Albania). La represión soviética fue un golpe muy duro para la opinión progresista occidental. El objetivo del movimiento era reformar los aspectos totalitarios y burocráticos que el régimen soviético tenía en Checoslovaquia y avanzar hacia una forma no totalitaria de socialismo, legalizando la existencia de múltiples partidos políticos y sindicatos, promoviendo la libertad de prensa, de expresión, el derecho a huelga, etc. En síntesis, una vía democrática socialista comandada por Alexander Dubcek, líder del partido y del movimiento reformador que fuera remplazado en abril de 1969, expulsado del Partido Comunista y confinado como guardabosque.

Praga. Un ejército de 200.000 soldados y 2.300 tanques de los países del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia y pusieron fin a esta primavera de “liberalización política” .Foto: AP

Un ejército de 200.000 soldados y 2.300 tanques invadieron Checoslovaquia y pusieron fin a esta Primavera. Casi no hubo críticas desde Occidente; escritores de izquierda, como Tariq Ali, argumentaron que esto se debía a que los estados de Occidente veían en el “socialismo humano y democrático” de Checoslovaquia una tercera vía, es decir, “una amenaza más grande a los intereses capitalistas en Occidente” de lo que lo era el comunismo soviético, para aquel entonces ya mundialmente desacreditado.

Por su parte, México se desangraba en la matanza de la plaza de Tlatelolco que coincidió con el año en que se celebraron los Juegos Olímpicos. Estudiantes universitarios junto con profesores, intelectuales, amas de casa, obreros y profesionales en la Ciudad de México y otros estados como Puebla salieron a luchar por la libertad de presos políticos y la reducción o eliminación del autoritarismo. De fondo, el movimiento buscaba un cambio democrático en el país, mayores libertades políticas y civiles, menor desigualdad y la renuncia del gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al que consideraban autoritario.
ID:2537087 MÉXICO-TLATELOLCO - MEX09. CIUDAD DE EMÉXICO (MÉXICO); 01/06/08.- Imagen fechada en el año de 1968 en Ciudad de México. El movimiento estudiantil mexicano de 1968, que culminó con la matanza de Tlatelolco, celebra este año su XL Aniversario, y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lo conmemorará con diversos actos culturales para reflexionar sobre el impacto de estos hechos en la actualidad informó hoy, 01 de julio de 2008 el coordinador de Difusión de la UNAM, Sealtiel Alatriste. EFE//Acervo Comité 68/SOLO USO EDITORIAL
Tlatelolco. Masacre de casi 300 jóvenes en la capital mexicana que pedían reformas políticas y sociales. Se perpetró el 2 de octubre de 1968. Foto: EFE

El movimiento fue reprimido en varios episodios, hasta que el gobierno perpetró el 2 de octubre de 1968 la “matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco” lo disolvió en diciembre de ese año. La acción militar fue un ataque conjunto denominado Operación Galeana en la que participaron el grupo paramilitar Batallón Olimpia y otras fuerzas de seguridad. Aún se desconoce la cifra exacta de muertos y heridos. El gobierno mexicano de entonces sostuvo que sólo hubo veinte muertos durante la represión. Tres años más tarde, Elena Poniatowska, en su libro La noche de Tlatelolco, publicó la entrevista de una madre que buscó entre los cadáveres a su hijo y reveló que por lo menos había contado 65 muertos en un solo lugar.​ El periodista inglés John Rodda entrevistó a sobrevivientes y testigos en los hospitales y calculó que los muertos habían sido 325.​ Años más tarde, en una segunda investigación, el número se establecería en 250.

En la Argentina el 68 se extendió un año más –por lo menos– y precisamente el 29 de mayo de 1969 estalló una de las mayores protestas de origen obrero estudiantil en Córdoba y por eso se la conoce como Cordobazo. Fue liderada por Elpidio Torres y Atilio López, secretarios generales de los sindicatos SMATA (mecánicos) y Unión Tranviarios Automotor, pertenecientes a la Confederación General del Trabajo (CGT), y Agustín Toscodel sindicato deLuz y Fuerzade laCGT de los Argentinos. El Cordobazo formó parte de una serie depuebladas ocurridas entre 1969 y 1972contra la dictadura. Estas revueltas de 1969 y comienzos de 1970 debilitaron al gobierno militar y fueron un factor fundamental (especialmente la ocurrida en Córdoba) que llevaron al golpe dentro de las fuerzas armadas que terminaron sacando del poder a Onganíaen junio de 1970. Así se abrió una puerta electoral que terminó concretándose con laselecciones de 1973 en las que triunfó Héctor Cámpora. En el Cordobazo hubo cuatro muertos a manos de las fuerzas de seguridad y 104 personas fueron juzgadas por la justicia militar. El movimiento se propagó a Rosario (Rosariazo) y Mendoza (Mendozazo) y dos años después se produjo otra protesta bautizada como elViborazo.
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Cordobazo. Una de las protestas y revueltas más importantes de la historia argentina en el centro del país. Movilizada por los sindicatos también convocó a estudiantes universitarios y provocó la caída de Onganía.Foto: Archivo La Razón

La escritora estadounidense Joan Didion escribió en el libro El álbum blanco que “en un sentido los sesenta terminaron abruptamente el 9 de agosto de 1969; terminaron en el momento exacto en que la noticia de los asesinatos en Cielo Drive viajó como un fuego arrasador por la comunidad”. Se refería a los crímenes del Clan Manson. En otros escenarios del mundo también se percibía el fin de una época. Los sueños empezaban a terminarse. Algunos se volvieron pesadillas.

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/recuerdos-utopias-tragedias_0_SJ86cBBoG.html



Italia

El falso bienestar de la posguerra italiana


Un boom económico que no se daba causó dos años de revueltas, uno protagonizado por estudiantes, otro por trabajadores.


Marina Artusa




En la marcha de universitarios de Roma a Valle Giulia hubo enfrentamientos con la policía. Pier Paolo Pasolini publicó un criticado poema a partir de eso.
En la marcha de universitarios de Roma a Valle Giulia hubo enfrentamientos con la policía. Pier Paolo Pasolini publicó un criticado poema a partir de eso.





Bolonia. "El 68, para nosotros, nunca existió. No creas que te estoy tomando el pelo”, le dice a su hijo de 14 años en una carta que se transformó en libro –Carta a mi hijo sobre el Sesenta y ocho– Mario Capanna, el Daniel Cohn-Bendit italiano que lideró, como estudiante de filosofía, las revueltas en la Universidad Católica de Milán. “Con esta paradoja intento afirmar que, en lo que respecta a Italia, se debe hablar de dos años de grandes luchas y transformaciones: 1968 como el año principalmente (pero no exclusivamente) de los jóvenes, de los estudiantes, y 1969 como el año principalmente (pero no exclusivamente) de los obreros y de los trabajadores”.
En Italia, el Vietato vietare (Prohibido prohibir), versión vernácula del Il est interdit d’interdire! –grito de batalla del mayo francés– tuvo matices propios. El reclamo desbocado de los estudiantes que hacía foco en la revisión de los programas de estudio ministeriales, la necesidad de nuevos métodos didácticos y el derecho a extender el acceso al estudio a las clases menos favorecidas desembocó en la ocupación de la primera universidad tomada, la de Trento, en 1967. Siguieron la Católica de Milán y la de Letras de Turín. Por primera vez, los estudiantes tomaban conciencia y sentido de pertenencia a un movimiento que se desperezaba y despertaba en los principales países industrializados de Occidente. “El 68 en Italia comenzó un año antes y terminó un año después”, suele ironizar Capanna.
En Roma, las tomas, los desalojos y las ocupaciones de las facultades de Letras y de Arquitectura se transformaron en una cotidianeidad con vaivén de marea.
La facultad de Arquitectura, fuera de la ciudad universitaria y vecina a Villa Borghese, en una zona parquizada llamada Valle Giulia, fue escenario de una marcha de universitarios que llegó desde el centro de Roma en apoyo a los ocupantes y terminó en un enfrentamiento entre estudiantes y policías.
Tal vez perdiendo lucidez sobre la distinción entre poética y política, Pier Paolo Pasolini le dedicó unos cuestionados versos al episodio que aún hoy Italia recuerda como “la batalla de Valle Giulia”: “Tenéis cara de hijos de papá./Buena raza no miente./ Tenéis el mismo mal ojo./ Sois temerosos, inciertos, desesperados/ (buenísimo) pero sabéis también cómo/ ser/ prepotentes, extorsionadores y seguros:/ prerrogativas de pequeños burgueses, amigos./ Cuando ayer en Valle Giulia les dieron/ golpes/ a los policías,/ yo simpatizaba con los policías!/ Porque los policías son hijos de pobres”.
Los versos, que Pasolini intentó luego aguar de ironía, le valieron meses más tarde una lluvia, literal, de repudio que los estudiantes escupieron sobre él durante un encuentro en la Universidad de Venecia.
Páginas de Marx, Rosa de Luxemburgo y Lenin guiaban la hoja de ruta de la ocupación de La Sapienza de Pisa. Sus estudiantes tomaban su propia fábrica de ideas para pedir reformas e inclusión.
Un poco antes se había publicado en La zanzara (El mosquito), el diario estudiantil del Liceo Parini milanés, la investigación “La posición de la mujer en la sociedad italiana” que se permitía, con soltura y sin pudor, algunos juicios sobre la educación sexual y las relaciones prematrimoniales. El escándalo derivó en un juicio contra los autores del artículo, el director del diario estudiantil y el del instituto, acusados de obscenidad. Al final fueron absueltos. Italia vivía revuelta y sobresaltada. Los reclamos que los estudiantes pregonaban a gritos por las calles dieron envión a la clase obrera que de aquel boom económico del que todo el mundo hablaba no había visto un gesto simbólico. Ni un centavo. Así, los trabajadores salieron a conquistar sus derechos: pedían la renovación de los contratos de trabajo, aumento de salarios, disminución de los turnos y jubilaciones.
En Turín, los operarios de la Fiat, la fábrica emblemática del bienestar de la postguerra, decretaron tres meses de huelga. Hubo suspensión de salarios y la térmica en la ciudad ardió hasta que la fábrica cedió y comunicó que estaba dispuesta a aceptar casi todas las condiciones con las que presionaban los sindicatos. El movimiento obrero obtenía, con plena lucidez y conciencia, dignidad y poder.
“La revolución de 1968 no tiene precedentes porque no tenía como objetivo la toma del poder, según los cánones de una revolución clásica, pero sí la radical puesta en discusión de los presupuestos sobre los que el poder, en cualquiera de sus formas, ha sido construido históricamente”, reflexiona Capanna, que luego fue parlamentario europeo en los 80 y diputado nacional entre 1983 y 1992.
Entrevista con Toni Capuozzo: lugar y símbolo
Para honrar los 50 años de aquel estallido social que introdujo nuevos modos de organización política como la autogestión y la asamblea, el periodista Toni Capuozzo propone en su último libro,Andare per i luoghi del 68 (Andar por los lugares del 68) –editado en Italia por Il Mulino–, un peregrinaje por las escenografías que vieron despabilar el fervor por la vida en comunidad, la minifalda, el pelo largo y el megáfono: Trento, Milán, Roma, Turín y Pisa son algunos escenarios del itinerario.
–¿Qué valor, simbólico y concreto, tienen los lugares donde transcurrieron las protestas o las marchas del 68 en Italia?
–Los lugares son importantes. Son el chip de la memoria. En Italia no es difícil dar con los lugares que han sido teatro de hechos históricos. Suele haber una placa, un monumento. O la tradición. Se cree, por ejemplo, que Garibaldi habló desde cuanto balcón se ve en Italia. Pero el 68 ha sido muy inmaterial. En un aula magna donde se celebró una asamblea no hay rastros, queda bien poco. Por lo tanto para mí el desafío era intentar contar el 68 a través de la memoria que se ha depositado en esos lugares y que no ha dejado rastros. Ha sido un movimiento muy inmaterial, muy verbal, de palabra, intangible. Fue una feliz comedia en una Italia muy inmóvil, donde aún no había llegado el divorcio, por ejemplo. Una comedia a la italiana con una escenografía de cartón. Una vez terminada, no es demasiado lo que queda.
–¿Cuál fue la principal característica en Italia?
–Respecto de lo que sucedió en otros países, el 68 en Italia coincidió con la escolarización en masa. Se dio el ingreso de una generación completa, muy numerosa, de los hijos del dopoguerra, a la educación superior. La escuela comenzaba a funcionar claramente y por primera vez como ascensor social. Un obrero comprendía que, haciendo sacrificio, su hijo podía acceder a una vida mejor que la suya. Podía ser un doctor, un abogado. En este sentido era un ascensor social, sin revolución. Hoy, por el contrario, todo el mundo puede tener acceso a cualquier nivel de instrucción pero, sin embargo, el obrero, por más sacrificio que haga, no está del todo seguro de que su hijo doctor tendrá una vida mejor que la suya porque, tal vez, será doctor pero estará desocupado.
–Hay quienes aseguran que luego del 68 nada volvió a ser igual. ¿Cree que es así?

–En algunos aspectos culturales, sí. Pero no lo digo con orgullo. También desarrollamos ideas negativas como la negación del mérito. Por otra parte, cualquier Parlamento de hoy se parece mucho a una asamblea del 68: mucha verborragia, muy ideológico pero menos divertido. Y quedó una idea de la política proclamatoria y poco reformista. Eso también fue el 68.

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/falso-bienestar-posguerra-italiana_0_Hyll0SKiM.html

1968 - El año en que se rebelaron los jóvenes en todo el mundo

No empezó en París pero allí tuvo su centro y su principal derrota. La rebelión juvenil mundial de 1968 dejó una marca en la cultura. Fue una revolución contra el autoritarismo y las costumbres, con objetivos distintos y con diversos resultados: en países como Polonia, por ejemplo, significó el comienzo de movimientos que produjeron luego la caída de los soviets. En su conjunto, situó de nuevo al hombre frente a los desafíos que enfrenta su libertad. Sobre este fenómeno escriben aquí el ex líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit, el filósofo Slavoj Zizek y los escritores Paul Auster, Juan Villoro, Horacio Tarcus y Nicolás Casullo, entre otros. 

Por: Josep Ramoneda
PARIS, ciudad símbolo de la protesta juvenil. A pesar de las barricadas y la represión, hubo un solo muerto, por la caída desde un puente, en varias semanas de lucha.

El 68 fue en diversos lugares del mundo un año de "efervescencia revolucionaria". La expresión es de Claude Lefort y me parece que define mucho mejor la realidad de los hechos que la palabra revolución. Ni en Berkeley ni en Tokio ni en Roma ni en Berlín ni en París ni en Varsovia ni en México, por citar los principales escenarios de aquella movida, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaban las calles con sus protestas. La única excepción fue Praga, pero no se trataba de un proyecto revolucionario sino de un proceso de cambio desde el poder. Y fue la contrarrevolución –la ocupación del país por los tanques del Pacto de Varsovia, dirigida desde el Kremlin– la que echó a los que pretendían que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas, en sintonía con los ciudadanos.

A lo sumo podría hablarse de revolución cultural, como hizo Fernand Braudel, en la medida en que los tres ámbitos principales de la cultura –la familia, los media y la enseñanza– sufrieron una sacudida que les cambiaría profundamente. La gran movida fue breve y en la mayoría de los lugares se impuso el retorno al orden, la reacción restauradora. De forma brutal en Polonia y en Checoslovaquia, de forma democrática en Occidente: basta recordar que en junio el general De Gaulle arrasó en las urnas y, en noviembre, Nixon gana las elecciones en Estados Unidos. La revuelta por tanto se saldó con un fracaso. Pero se había puesto en marcha un proceso, lento pero imparable, de cambio de costumbres y modos de vida, cuyos efectos políticos y legales se fueron concretando lentamente.

Hoy todavía se está dando cuerpo jurídico (en España en la pasada legislatura, por ejemplo) a derechos y libertades que tienen su origen en aquel impulso. El año 1968 fue el inicio de la transición liberal que culminaría en el año 1989 con la caída de los regímenes de tipo soviético. Después vino la revolución conservadora que ha hecho de la supuesta herencia de mayo el enemigo a batir. Con la cristalización de una nueva hegemonía autoritaria se cierra, a los cuarenta años de su inicio, el paradigma que entonces se abrió.


La dimensión universal 

Aquella efervescencia revolucionaria mundial tenía obviamente peculiaridades específicas en cada lugar. En plena Guerra Fría, con el mundo dividido en dos bloques, la gran contestación se enfrentaba a dos formas de poder, el imperialismo americano y el imperialismo soviético. De modo que distintas eran las formas de opresión contra las que se movilizaban unos y otros y distintas eran las condiciones en que la agitación se producía.

El periodista polaco Adam Michnick, en una entrevista en Le Monde, lo explicaba así: "Los eslóganes que se gritaban en La Sorbona o en Berlín oeste estaban dirigidos contra el capitalismo, la sociedad de consumo, la democracia burguesa y también contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam. Para nosotros era una lucha por la libertad en la cultura, en las ciencias, en la memoria histórica, por la democracia parlamentaria y, en fin, especialmente visible en Checoslovaquia, contra el imperialismo soviético, no el americano".

Muchas de aquellas movidas tuvieron su origen en el mundo universitario. Así fue en Berlín, donde desde el año anterior se habían producido múltiples acciones estudiantiles por la reforma de la Universidad, contra la gran coalición que gobernaba Alemania y contra la guerra de Vietnam. Un grave incidente, la muerte de Benno Ohnesorg a tiros de un policía, durante una manifestación, el 2 de junio de 1967, radicalizó el proceso. Los estudiantes lanzaron una dura campaña contra los medios de comunicación del grupo Springer a los que acusaron de manipular los hechos: la prensa entraba en el campo de visión de los contestatarios. Un año más tarde, en abril de 1968, el principal líder del movimiento, Rudi Dutschke, sufrió un atentado perpetrado por un joven ultraderechista, Josef Bachman.

En México, también fueron los estudiantes con voluntad de liberalizar el mundo universitario los que protagonizaron las movilizaciones que acabarían trágicamente el 2 de octubre del 68 con la matanza de la plaza de Tlatelolco, en vigilias de los Juegos Olímpicos. Nunca se ha sabido el número de personas que murieron allí, cuando un Batallón Olimpia progubernamental empezó a disparar contra la multitud. También ,en Estados Unidos, los estudiantes del campus de Berkeley tuvieron un protagonismo destacado en una movida de carácter contracultural. Pero la guerra de Vietnam y la cuestión de los derechos civiles desbordaron en mucho el ámbito universitario. En 1964, bajo la presidencia de Lyndon Johnson, se aprobó la Civil Rights Act, que reconocía a los negros los derechos de los que estaban desposeídos.

Fueron años en que las organizaciones pro derechos civiles adquirieron mucha fuerza en la lucha por los derechos de las minorías. Pero el 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado por James Earl Ray en Memphis, un atentado que nunca ha quedado plenamente esclarecido. El 17 de octubre, en los Juegos Olímpicos de México, los atletas americanos Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en doscientos metros lisos, al subir al podio levantaron el puño con un guante negro, mientras sonaba el himno americano, para manifestar su pertinencia al Black Power.

Por supuesto, en París fue la Universidad, Nanterre, concretamente, el motor de la movida por cuestiones que tenían que ver con la liberalización de las costumbres. Las primeras protestas fueron contra la separación de sexos en las habitaciones de la residencia de estudiantes. El 22 de marzo la ocupación de la Universidad acabó con una acción disciplinaria contra algunos líderes estudiantiles. Ante un tribunal universitario, según ha relatado Alain Touraine, que ejerció de defensor, se dio este diálogo entre el presidente y Daniel Cohn- Bendit:

-¿Estaba usted el 22 de marzo en la Facultad?
-No, no estaba en la Facultad.
-¿Dónde estaba entonces?
-En mi casa.
-¿Y qué hacía usted en su casa a las tres de la tarde?
-Hacía el amor, señor presidente, algo que a usted seguramente no le ha ocurrido nunca.

Después, el movimiento iría creciendo, ocupó La Sorbona, se hizo fuerte en las calles y callejuelas del Barrio Latino, consiguió la alianza con los trabajadores que dio lugar a una huelga general sorpresa y a la gran manifestación del 13 de mayo.

Incluso en Polonia, el origen de las movilizaciones estuvo en los estudiantes y los intelectuales. Fue la suspensión de la representación teatral de una obra de Adam Mickiewicz, el más reconocido de los autores polacos, en el Teatro Nacional de Varsovia, la que desencadenó un movimiento contra la dictadura comunista que fue liquidado en tres semanas con una fuerte represión.

Pero, con todas sus peculiaridades y diferencias, había un doble factor común a casi todas estas contestaciones, que es el que permite hablar de una gran contestación liberal: la crítica al autoritarismo y el antisovietismo. Y una doble novedad: el protagonismo de los jóvenes y el carácter civil –alejado de las estructuras de poder– de la revuelta.


El nuevo sujeto político 

Por primera vez, los jóvenes, en diversos lugares del mundo asumían el papel de sujetos del cambio social. Sin duda, tiene ello que ver con el bienestar de los años de posguerra, con la demografía ¿que consolidaba la juventud como un periodo singularizado de la vida? y con la extensión social de la enseñanza superior. Casi todas las movidas del 68 tienen en las universidades su punto de partida. Casi todas ellas eran la reacción frente a formas cristalizadas de autoritarismo.

Hay cierta tradición filosófica que explica la sociedad como un compuesto de tres partes: el ámbito familiar (la vida privada); el espacio intermedio en que los individuos tejen relaciones e intercambian mercancías e ideas (lo que se acostumbra a denominar como sociedad civil) y el ámbito del poder político (el espacio público por antonomasia). La contestación del 68 fue un intento, desde este espacio civil intermedio, de romper la presión asfixiante de un espacio familiar y un espacio político claramente retardatarios, que empezaban a ser un obstáculo para el desarrollo de las sociedades modernas. Estados Unidos y Europa vivían momentos de expansión económica. Una generación de jóvenes se encontraba ante la posibilidad de pensar en algo más que los problemas de subsistencia, pero chocaba con una cultura y unas costumbres muy rígidas a derecha e izquierda (la moral de la cultura comunista, incluso en Europa occidental, no era menos restrictiva que la moral de la cultura conservadora).

Las universidades crecían y se masificaban y el choque entre los estudiantes y el viejo orden académico era inevitable. La sociedad cambiaba pero el mundo familiar y el mundo político se regían por normas cada vez más obsoletas. Los estudiantes buscaban crear espacios libres donde romper los esquemas de la moral dominante. El Barrio Latino parisino se convertía así en una metáfora topológica: un lugar común en el que cada cual pudiera actuar con plena autonomía. La contestación terminó mal en todas partes, pero la liberalización de las costumbres, la desjerarquización de las relaciones sociales y la consolidación de los movimientos en defensa de los derechos civiles no dejaron de hacer camino desde aquel momento.

Es verdad que en las movidas europeas había un importante componente anticapitalista en el discurso y una empanada ideológica en la que coincidían los acentos libertarios con diversas familias de extrema izquierda, desde el trotskismo hasta el maoísmo, con discursos situacionistas y con muchas dosis de espontaneísmo crítico. Pero el principal elemento común era el antiautoritarismo, en todos los ámbitos: familiar, social y político. Lo que se traducía en una desconfianza en las instituciones, empezando por el Estado. Naturalmente, en los países comunistas el antiautoritarismo apuntaba directamente a los regímenes de tipo soviético y el marco de la contestación era la respuesta desesperada a la opresión totalitaria. Pero en Europa occidental, donde la revolución, como dijo Raymond Aron, tenía algo de quermés, el antisovietismo acompañaba al discurso anticapitalista, especialmente en aquellos países en que los partidos comunistas eran muy fuertes –como Italia y Francia– y se les consideraba parte del mismo establishment retardatario contra el que iban las movilizaciones. En ambos países, los partidos comunistas jugaron un papel fundamental en la restauración del orden.


Las derrotas 

La contestación terminó mal en todas partes. Si de una revolución convencional se hubiese tratado, habría que decir que la derrota fue total y absoluta. Puesto que distintas eran las circunstancias, distintas fueron las derrotas y sus consecuencias.

En los países del Este se impuso la represión. Pero en Varsovia –aunque el movimiento fue desmantelado en sólo tres semanas– aquellas movilizaciones están en el inicio de lo que después sería el sindicalismo cristiano tan decisivo en la caída del régimen comunista. En Checoslovaquia, el retroceso fue extraordinario. La sustitución de Dubcek por el colaboracionista Husak un año después de la entrada de los tanques impuso una brutal normalización que hundió al país en una especie de purgatorio. Pero Checoslovaquia era realmente diferente de los demás porque allí sí que lo que estaba en juego era el poder, el intento de transformar el socialismo iniciado por un grupo de dirigentes comunistas.

En Estados Unidos, la tensión se desplazó a la guerra de Vietnam. 1968 fue el año de la matanza de My Lai. La tremenda herida, todavía hoy no suturada, del desastre de Vietnam marcó un par de generaciones americanas. La movilización universitaria perdió fuerza y los movimientos de derechos civiles también. La victoria electoral de Nixon cerró las esperanzas de una década que había empezado con el optimismo kennedyano. Los setenta fueron años muy amargos en los EE. UU.

Los acuerdos entre el gobierno y los sindicatos dinamitaron Mayo del 68 en Francia al sacar a los trabajadores de la movida. La derecha ganó arrolladoramente las elecciones, después de una masiva manifestación de apelación al orden en cuya primera fila resulta todavía hoy llamativa la presencia de un rebelde convertido al gaullismo como André Malraux. De Gaulle, herido de muerte, se fue un año más tarde. Y con él quizás el símbolo más imponente de la vieja cultura social y política. Una parte de los jóvenes de Mayo alimentó a los partidos de extrema izquierda, que todavía hoy tienen presencia electoral en Francia. Algunos grupúsculos desaparecieron pronto, como los encuadrados en el delirio maoísta, pero nos dejaron la imagen de Sartre inculpado por vender La Cause du Peuple y una frase memorable del general De Gaulle: "No se puede condenar a Voltaire". Otros buscaron la ruptura con la sociedad en el mundo rural, donde todavía quedan restos de las comunas de la época. La violencia política no cuajó. Action Directe, el grupúsculo terrorista más importante, tuvo vida efímera.

Donde el día después resultó más doloroso fue en Alemania y, especialmente, en Italia. En Alemania, la Baader-Meinhoff puso el terrorismo en escena, aunque fue un fenómeno limitado a un número pequeño de personas. Italia viviría la experiencia de los años de plomo, en que la violencia de extrema izquierda y de extrema derecha hizo estragos en una espiral que degradó profundamente la vida civil y alcanzó las tripas del Estado italiano, ya por sí muy corrupto.

La matanza de la plaza de las Tres Culturas de México fue en cierto modo el anuncio de una enorme contracción autoritaria en América latina.

La gran contestación del 68 fue una sorpresa. Había una cierta sensación de estancamiento, de inmovilismo, en la Europa de las treinta gloriosas, un balneario protegido por el paraguas nuclear de la Guerra Fría. De maneras distintas, Daniel Bell y Herbert Marcuse advirtieron sobre la capacidad del sistema de integrar sus contradicciones. El desenlace de la efervescencia revolucionaria del 68 confirmó sus hipótesis. El sistema fue perfectamente capaz de asumir, trillar y triturar aquella negatividad que por unos meses alimentó el sueño del gran cambio. Y el proceso de liberalización que se puso entonces en marcha siguió caminos a veces contradictorios y, a menudo, lejanos de aquel impulso inicial. El discurso del 68 tenía mucho de libertario y de crítico con el Estado, más tarde la crítica del Estado, en manos de los liberales conservadores que pusieron en marcha la revolución de los ochenta y noventa –ésta sí que concernía directamente a la conquista del poder– se convirtió en desprestigio y debilitación del Estado en lo económico y en despliegue del control social en lo político.

La amalgama ideológica era tal que se hace difícil establecer los referentes ideológicos de aquellas movidas. Las apelaciones al marxismo, al trotskismo y al leninismo eran abundantes. Pero fue significativo el énfasis en la relación entre sexo, psicología y política que llevó a nombres como los de Freud o Reich. También el situacionismo tuvo su voz. Y en América cuajó la vía contraculturalista que acompaña a la cultura hippie. Herbert Marcuse por sus análisis de la relación entre economía, tecnología, cultura y subjetividad y por su crítica al marxismo ortodoxo fue considerado uno de los referentes. Raymond Aron habla de Les heritiers , de Pierre Bourdieu, como libro de cabecera de la movida francesa. También de la noción de grupo de fusión de la Crítica de la razón dialéctic a, de Sartre. En cualquier caso, los filósofos de la sospecha, el trío Marx- Freud-Nietzsche, articularon, especialmente en Francia, buena parte del pensamiento de la época.

Aquella experiencia marcó a la generación de los que en el año 68 rondábamos los veinte. Por un lado, pesó sobre nosotros –digo, porque es mi generación– el habernos autoungido como la generación moderna por excelencia. Costó entender que el tiempo pasa para todos y que la patente de modernidad no tiene dueño. Por otra parte, la pulsión antiautoritaria –tal vez la mejor herencia de aquellos años– también generó monstruos.

He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos –en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres– que padres –en la medida en que no hemos osado plantar cara a nuestros hijos–. Con nuestra actitud –y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene– les hemos dejado sin espacio para la transgresión. Otros perdedores, víctimas de cierta frivolidad que acompañó a la contestación, de los que nunca se habla, son la generación de la droga, los que pensaron que la fiesta continuaba en la heroína y lo pagaron con la vida.


La restauración 

El paradigma que se abrió hace cuarenta años con la contestación de las formas de autoridad dominantes, a uno y otro lado de la Guerra Fría, se ha agotado. La transición liberal culminó con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético y con la fantasía de que el triunfo de la democracia liberal significaba el fin de la historia.

Después vino la restauración conservadora que se estrelló en la guerra contra Irak tras imponer el discurso de la seguridad como forma del autoritarismo en la sociedad de la información. Como ha escrito Fred Halliday, "la invasión norteamericana de Irak en 2003 supuso para los ideales y para la legalidad de la intervención humanitaria lo mismo que supuso la invasión de Hungría en 1956 y de Checoslovaquia en 1968 para el comunismo internacional". Un ciclo se cierra.

Para mí, lo mejor de la herencia del 68 es la cultura de la sospecha, la actitud que consiste en poner siempre en cuestión cualquier enunciado que se nos ponga por delante y no dar nunca por definitivas las ideas recibidas; y el acento libertario, la autonomía del individuo frente a todas las promesas comunitaristas, culturales o religiosas. Cuarenta años después estas dos actitudes se echan de menos a la hora de romper las nuevas formas de autoritarismo basadas en el triángulo que forman la seguridad como ideología, la competitividad como principio de vida y el sálvese quien pueda como destino.


(c) El País y Clarín 
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