Vallejo y el dinero, el libro de Enrique Foffani
El valor de la poesía
De la abundante bibliografía sobre César Vallejo, el flamante libro del crítico y docente Enrique Foffani, Vallejo y el dinero (publicado por la editorial Cátedra Vallejo), pone el foco en un aspecto poco transitado en el estudio de su obra: las relaciones entre poesía y dinero, en el marco de una modernidad que aúna a Vallejo con Baudelaire, al escritor bajado de la sierra con aquel que se afincó en París, capital del mundo. Aquí se publican algunos fragmentos de este trabajo singular que viene a recolocar la figura siempre atractiva de César Vallejo, el peruano universal, en la literatura latinoamericana.

Baudelaire y Vallejo son poetas-padres de los poetas que les sucederán en la escritura de la poesía de sus lenguas. Son poetas de formación católica: el francés hijo y el peruano nieto de sacerdotes católicos. Son, además, poetas sin hijos, es decir, poetas que mantuvieron un complejo vínculo con la temporalidad del futuro, ya que ambos se hallan, en determinados periodos de sus vidas, y por motivos bien diferentes, preocupados por las urgencias y las deudas del presente, por la miseria del ahora que se va ahondando, por el vínculo angustioso que genera el dinero que siempre falta, nunca alcanza y los hostiga a convertirse en poetas mendicantes de sus círculos afectivos, el de los amigos o los parientes. Por eso, el dinero los sitúa en el espacio de la ciudad y de un modo angustiante su falta o su ausencia funciona como la máquina de hacer poemas con el lenguaje alienado de la prosa, según Charles Baudelaire, que aun así le arranca el ritmo si no lírico el que corresponde a los tiempos que corren y, según Vallejo, incorporando al discurso de la poesía el dinero contante y sonante, una instancia que, entrañada en la tradición secular americana del oro desde las crónicas de Indias y la poesía barroca colonial, se retraduce a términos capitalistas. Por lo tanto, el dinero no es sólo tema o motivo sino la compleja articulación retórica de principios formales como un lúcido trabajo de las palabras y las posiciones ideológicas pregnantes relativas a las diversas etapas del proyecto lírico desde los Poemas juveniles a España, aparta de mí este cáliz. El dinero que no se posee desestabiliza el verso y busca en la prosa la contundencia del valor ya no semántico sino del valor adquisitivo: todo es cuestión de economía para el poeta moderno. En Vallejo, la desestabilización del verso como capital de lo sublime no es nunca aniquilado por el capitalismo: el sublime vallejiano perdura porque es el férreo reaseguro de las energías emocionales, la fuerza de las entrañas, el poder de lo orgánico, el cuerpo físico de la palabra.Otra contigüidad inquietante en Vallejo es la relación entre dolor y dinero. Hay un pasaje radical en su poética en el uso del nombre propio, tal como ocurre en el poema en prosa “Voy a hablar de la esperanza”. En esta composición hay un desplazamiento entre el nombrarse como sujeto a través del nombre propio y el nombrarse tan solo como sujeto tácito, como sujeto sin huella, sujeto a la des-subjetivación. Si la novedad de Baudelaire es identificar al poeta con el hombre común y el precio, la pérdida del aura, a diferencia del francés, Vallejo pierde el nombre propio para ser uno más entre todos y uno menos al mismo tiempo: su huella es tan solo desinencial; no se deja vacío al yo sino que se lo llena y se lo ocupa con una subjetividad tácita. Es el ausente que deja rastros de sí en silencio. Pero esta pérdida del nombre propio no es el proceso de un autodespojamiento sino la condición misma del sujeto. Por eso la poesía de Vallejo es radical: para ser poeta no basta con perder el aura, para serlo hay que llegar al extremo de no serlo. Vallejo arroja la poesía por fuera de la poesía. Anticipa a Nicanor Parra y también lo supera en su poética: no la antipoesía cuyo riesgo es caer en la situación que la antipoesía se vuelva otra vez poesía, más bien lo que propone Vallejo es la poesía llevada al límite de ya no ser poesía. Se acerca bastante –y es otra vez Gutiérrez Girardot, ese lector monstruoso de la literatura latinoamericana atravesada por el deseo crítico de cotejarla y ponerla en relación de parigualdad con la poesía universal– a la propuesta estética de Paul Celan cuando escribe que no encuentra diferencia entre escribir un poema y un apretón de mano. Es en relación con las grandes ciudades que a Vallejo le impele escribir poesía: poeta campesino en la ciudad como lo definió el crítico colombiano recién nombrado o como escribió Thomas Merton: “Toda su vida pensó y se expresó como un peruano de los Andes, aunque se hizo un ‘cosmopolita’ entre los muchos otros poetas que vivían en medio de la pobreza en la margen izquierda del Sena, a fines de los años veinte y principios de los treinta”. El serrano en la ciudad es, como habremos de analizar, el núcleo de la estructura enunciativa de su poesía, lo que Nicolás Rosa (1990) y a propósito de Sarmiento, llamó “la topoelocutiva” que, en el espacio textual de la lírica, se vuelve una nominación fundamental desde el momento en que el género justamente genera una topografía recurrente compuesta de una familia de espacios que se intersectan y se entrecruzan como conformación de una poética. Sin embargo, es necesario enmendar, con todo respeto, la evaluación de Thomas Merton para contraproponer que sí pensó y se expresó toda la vida como un peruano de los Andes, pero incluso en el mismo Perú. Vallejo es el poeta migrante, como lo fueron para la misma época, Valdelomar, Mariátegui, de manera paradójica Martín Adán, un limeño autoemigrado en el Hospital Psiquiátrico de Lima por propia decisión donde vivió por más de veinte años, o como décadas después, lo fue José María Arguedas. La topoelocutiva lírica de Vallejo expresa la experiencia del desgarro de la tensión sierra-ciudad: el topos de su locución será siempre la ciudad y la sierra, el polo presente de la ausencia o para decirlo con la lengua que se desgarra en la nostalgia de no estar allí donde el sujeto sabe que es su lugar de pertenencia: la tonada andina que no falla, las orejas del burro percibidas un domingo en París, el estar atento al pie del Ande y ser “indio después del hombre y antes de él” (“Telúrica y Magnética”); por tanto, son todas expresiones de un sujeto serrano que escribe y trascribe tales percepciones en el ámbito de lo urbano. La escritura poética lidia con esta condición de la enunciación al tiempo que es porosa con la experiencia urbana en palimpsesto con la serrana.   

La escena contemporánea del dinero 
Roland Barthes ha escrito uno de los ensayos más penetrantes sobre el autor de La mujer pobre y, como suele ocurrir, condensa su pensamiento en una frase, en un abigarrado núcleo de ideas, que necesita ser desplegado para reconocer en él toda la potencialidad: “Para León Bloy el dinero ha sido la gran única idea de toda su obra”. Hay una carta de León Bloy dirigida a un amigo en enero de 1900 desde la ciudad protestante de Kolding en Dinamarca que reúne todas las instancias desgraciadas que afectan a los artistas en el capitalismo y que, de alguna manera, se hallan indisolublemente cada una concatenada a la otra: la falta de dinero como la experiencia dostoievskiana de «ofendidos y humillados»; su presencia constante como el gran único tema o motivo de la literatura o la poesía; la mención de la burguesía siempre desde la negatividad; y el cauce del capitalismo como economía dineraria. Recordamos este fragmento epistolar de Bloy porque nos parece la condensación del capitalismo tal como lo vivió Vallejo desde el inicio de sus trabajos en el Perú hasta su situación en Europa. El dinero resulta una comparecencia permanente que compele al sujeto a la posición de reo, de alguien en falta, además de ser un sujeto de la falta. Como poetas católicos, tanto Baudelaire como Vallejo ligan el dinero al pecado original y el sentimiento de culpa se liga a la deuda; en un paisaje parecido a lo que Kafka llamó el proceso, la situación del sujeto es siempre la del acorralado por los acreedores, esos personajes que persiguen al deudor, queriendo obtener el cobro pero en el mundo pedestre de lo real y no tanto en el mundo penitente de la conciencia. Vallejo tendrá que apelar a diversos ardides para burlar la custodia panóptica de los conserjes si quiere huir del hotel que no puede pagar. 

Los poetas modernos que no tienen dinero se vuelven sujetos insolventes y mendigos de sus amigos. Desde cierta perspectiva, la lucidez de León Bloy es espeluznante: queda claro que la humillación de que es objeto por carecer del dinero que necesita, le hace escribir cartas. No hay otro recurso cuando se es pobre y se está bajo las garras del capitalismo que dirigirse a los amigos para obtener la moneda que pueda resolver la situación. En la modernidad del capitalismo hay que leer la escritura epistolar también como la escritura-salvoconducto: cada carta se juega la última carta, esa que te salva o te hunde para siempre. Se trata de la carta como la letra de cambio y no sólo como el intercambio personal de esa comunicación a dúo. Letra de cambio que liga la lettre (carta) con el dinero. Ante el callejón sin salida de la pobreza extrema, la escritura de una carta puede advenir como otro equivalente general. La aporía en la que se halla el sujeto pobre en la economía capitalista convierte la carta en la posibilidad de un crédito a corto o mediano plazo. O de un rescate financiero, siempre provisorio. En este aspecto, la formación católica de Vallejo provee al dinero de un sentido providencial, auténtico escándalo para el capitalismo canjear deuda económica por el plan divino, una intangibilidad que necesita de la fe, es decir, del crédito y que el evangelio imagina bajo la imagen de la añadidura y promete como cierto si se busca el reino de dios y su justicia. 

Por lo tanto, las cartas tienen el poder de ser escritas para obtener a cambio el dinero que se necesita: ¿Y los poemas? ¿Cómo pueden obtener dinero con la poesía los poetas como Vallejo que viven en la precariedad? ¿La poesía da dinero? Hans Magnus Enzensberger (1999) dice que es el único género que refracta el valor dinero porque no entra en el mercado. Los poetas y el dinero condensan una escena moderna que va más allá de la bohemia y el dandismo porque se trata de una relación que puede llegar a tener un matiz trágico: la poesía no obtiene dinero pero puede hablar de él, puede incluirlo en el poema temática o retóricamente, someterlo a la ironía, ejercitar su vida de paradoja, execrar su existencia de metal, practicar la burla contra su poder, canjear drama personal e íntimo por una experiencia conmiserativa, hacer de la falta de dinero una escena de ternura dedicada al prójimo. Y todo eso y mucho más hace Vallejo con la carencia económica. 

Es casi una obviedad acentuar el valor que adquieren, a partir de la modernidad capitalista, los epistolarios de los poetas, sobre todo cuando estos son pobres. ¿Puede pensarse que la poesía necesita del epistolario para encontrar la consistencia corroborable de la experiencia que el poema pierde para poder escribirse (inscribirse) como poema o como espacio imaginario? Hay un exceso, y no nos estamos refiriendo sólo a la plusvalía sino a las energías puestas en un trabajo cuyo rédito no es un medio sino un fin en sí mismo. Es el valor de la poesía, la enorme potencia que se genera en el interior de la lengua a través de un trabajo solo remunerado por el talento de la creación. Si la escritura epistolar de los poetas en la modernidad es intervenida por una fuerza que busca resistir el capitalismo solo con la palabra como valor de cambio, la poesía en esa pelea parece asumir el rol de David frente a Goliat. Lo sabemos: “las tretas del débil” no siempre encuentran la derrota, como Josefina Ludmer leyó en las artimañas un poco picarescas de Sor Juana –después de todo Juana de Asbaje era una criolla y como toda criolla una pícara– en el modo artero de explotar el recurso de la falsa modestia. 

En Vallejo, tres siglos después, las tretas del pícaro no pueden ser leídas por fuera del capitalismo. De allí que el capital simbólico de la lengua poética emerja frecuentemente a través de la ironía, como procedimiento y como gesto típicamente moderno, que pone de manifiesto la conciencia crítica del sujeto. Como recurso, la ironía se dispone a no abandonar ni por un instante la pelea verbal que entabla entre lo que dice y lo que piensa, puesto que con tal de expresarlo todo y sabiendo de antemano que le será imposible, se alía a veces con el sarcasmo, el cinismo y hasta la parodia y, otras, cae rendido al fascinante juego de las palabras, que es la única materia prima con la que cuenta para mostrar las ideas que anidan en el fondo del pensamiento, al que intenta figurar. Los poetas hacen figurar el pensamiento, por medio de los recursos retóricos y entonces, como le pasa a Vallejo, a falta de recursos económicos, buenos son los recursos retóricos, aun cuando el peruano, en cuestiones de poética, tuviera cierto recelo contra la retórica.

Vallejo en los años 60 

A la luz de la publicación de la poesía completa por Losada en 1949, cuya circulación reivindicaba con justicia la obra todavía desconocida de Vallejo a nivel continental, la mayoría de los poetas de fines de los 50 y de los 60 relacionaron la figura de poeta –que leen obviamente a partir de sus particulares estéticas– con la pobreza, como un modo de traducirla a la esfera de lo social, esto es, un modo de transferir esa imagen a términos existenciales –incluso podríamos decir a términos existencialistas– dada la presencia de Sartre en el campo intelectual latinoamericano de los años 60. Por lo tanto, la lectura y recepción de Vallejo por parte de los poetas del sesenta significaba una reconexión a la vanguardia, no ciertamente con la histórica de los años 20 y 30, sino la que surgía de una serie de acontecimientos históricos que no solo se circunscribía a la Revolución Cubana sino que se expandía hacia otros episodios que desafiaban, al poeta de cara a la Historia, tensionado entre la liberación que prometían las revoluciones y la represión que ya se vislumbraba en el horizonte a mitad y, más claramente, hacia finales de década. 

La relación entre poesía y pobreza recubre en la sociedad capitalista otra: la establecida entre poesía y dinero. Esta sobreimpresión reside fundamentalmente en el modo de concebir la causa de la pobreza material ya no como un factor psicológico (aquello de Paul Bourget cuando afirma que se es pobre por falta de carácter) sino, en términos de la Filosofía del dinero de Georg Simmel ya que la pobreza en la inflexión de una economía dineraria como es el capitalismo es el resultado fehaciente de una falta de dinero, pues la vida de las ciudades se organizan alrededor de la mercancía, de las mercancías por antonomasia. Si las grandes ciudades, según Simmel, son las sedes del dinero, vivir en ellas, habitarlas (y Vallejo vivió, desde el momento que dejó la sierra peruana, siempre en las grandes ciudades: Lima, París, Madrid, Moscú), implica depender de él, lección que ya Edgar Allan Poe había sabido captar en su relato «El hombre de la multitud». El capitalismo leído en el cuerpo humano podría ser una de las claves de la poesía de Vallejo: desde una fisiología del poema, una poética orgánica, al ejercicio dandy de la pobreza. 

Para los poetas del sesenta, Vallejo aparecía como una figura social alejada de los centros de poder que, pese al exilio, mantiene con la lengua materna una relación tan íntima que la distancia geográfica no vulnera el trabajo con la entonación latinoamericana: “¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!” –escribía el peruano desde París.  

En consecuencia, para los poetas del sesenta es evidente que Vallejo reúne en sí la imagen del poeta inmerso en la experiencia social y al mismo tiempo en la poesía pura, como si pudiera aunar al poeta comprometido con el defensor de la autonomía y desvinculado de todo acto que no redunde en la concreción de la obra. Podríamos decir que se posicionan en ese lugar típicamente vallejiano de los márgenes y al sesgo de las instituciones. Para decirlo con palabras de Claudia Gilman en su notable libro La pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina, el rol del poeta de cara a la sociedad se insertaba en el debate de “los criterios normativos del arte y la relación entre los intelectuales y el poder”, tal como podía leerse en el libro de Vallejo El arte y la revolución. Pero Vallejo había defendido la autonomía del arte sin evadir el compromiso y además contaba con la experiencia de pobreza que lo definía como un artista del hambre, para parafrasear a Kafka, que supo poner al abrigo del capitalismo la dignidad del escritor. Un compromiso que se situaba la margen de las instituciones, en su condición de extranjero pero no de la injusticia ni de la lucha contra el capitalismo o el fascismo durante la Guerra Civil Española 

Ya en la década del veinte y los treinta, las reflexiones de Vallejo habían puesto en crisis las complejas relaciones entre la poesía y la política y en uno de sus escritos de ese tiempo, aparecido póstumamente en El arte y la revolución, había elegido nada menos que un poeta como Mallarmé ligado a la poesía pura precisamente para dilucidar el arduo dilema entre poesía y política que era lo que se debatía, justamente, en los sesenta: “Mallarmé vivió en perpetua abstención política, neutral ante el flujo y reflujo de los parlamentos y ausente de los comicios, asambleas y partidos políticos. ¿Se colegirá de aquí que ‘La siesta de un fauno’ carece de espíritu político y de sentido social? Evidentemente, no”. La respuesta contundente de Vallejo apunta, entre otras cuestiones, a situar la experiencia del sujeto en el espesor histórico del lenguaje, no sólo porque es allí donde se constituye como tal en el acto de enunciación (el hablante deviene, por tanto, persona) sino también porque es en el lenguaje donde el poeta encuentra su ligamen con lo social ya que no depende tanto de los temas para volverse social porque este estatuto es inherente a la lengua misma.

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Alfred Jarry 


Esta rama demasiado olvidada de la antropología, la antropofagia, no se muere; la antropofagia no ha muerto. Hay, como se sabe, dos formas de practicar la antropofagia: comer seres humanos o ser comido por ellos. Hay también dos maneras de probar que uno ha sido comido. Por el momento sólo examinaremos una: si La Patrie del 17 de febrero no ha disimulado la verdad, la misión antropofágica enviada por el diario a Nueva Guinea habría logrado un éxito total, tanto que ninguno de sus miembros habría regresado, excepción hecha, como corresponde, de dos o tres especímenes que los caníbales tienen la costumbre de dejar con vida para encargarles trasmitir sus saludos a la Sociedad de Geografía. Antes de la llegada de la misión de antropofagia, es verosímil pensar que, entre los papúes, esta ciencia se hallaba en pañales: le faltaban los primeros elementos, los materiales, nos atreveríamos a decir. En efecto, los salvajes no se comen entre ellos. Más aún, se desprende de varios ensayos de nuestros valerosos exploradores militares en África que las razas de color no son comestibles. No debe extrañarnos pues el recibimiento solícito que los caníbales dieron a los blancos. Sería un grave error, sin embargo, no ver en la carnicería de la misión europea más que una baja glotonería y un puro interés culinario. Este hecho, a nuestro entender, pone de manifiesto uno de los más nobles impulsos del espíritu humano: su propensión a asimilar todo aquello que encuentra bueno. Constituye una vieja tradición, en la mayor parte de los pueblos guerreros, devorar tal o cual parte del cuerpo de los prisioneros, en la suposición de que encierra diversas virtudes: la bondad, la valentía, la buena vista, la perspicacia, etc. El nombre de la reina Pomaré significa «comeojo». Esta costumbre ha sido algo abandonada cuando se empezó a creer en localizaciones menos simples. Pero se la vuelve a encontrar en los sacramentos de varias religiones basadas en la teofagia. Cuando los papúes devoran exploradores de raza blanca entienden practicar una comunión con su civilización. Si algunas vagas concupiscencias sensuales se han mezclado en el cumplimiento del rito es porque las sugirió el propio jefe de la misión antropofágica, el Sr. Henri Rouyer. Se ha observado que habla insistentemente, en su relato, de su amigo «el buen gordo Sr. de Vriés». Los papúes, a menos que se los suponga excesivamente ininteligentes, lo han interpretado de esta manera: bueno, es decir, bueno para comer; gordo, es decir, habrá para todo el mundo. Es difícil que no se hicieran del Sr. de Vriés la idea de una reserva de alimento vivo prevista para los exploradores. ¿Cómo éstos hubieran dicho que era bueno si no hubieran apreciado su calidad y la cantidad de su corpulencia? Por otra parte, está demostrado, para cualquiera que haya leído relatos de viajes, que los exploradores sólo sueñan con comidas. El Sr. Rouyer confiesa que ciertos días de hambre «abastecían sus estómagos con orugas, gusanos, langostas, hembras de termitas…, insectos de una especie aún rara para la ciencia». Esta búsqueda de insectos raros ha debido parecer a los indígenas un refinamiento de glotonería; en cuanto a las cajas de colecciones, era imposible que no las tomaran por extraordinarias conservas reclamadas por estómagos pervertidos, tal como nos imaginamos nosotros, hombres civilizados, el estómago de los antropófagos. Fuatar, jefe de los papúes, propuso al Sr. Rouyer el cambio de dos prisioneros de guerra por el Sr. de Vriés y el boy Aripan. El Sr. Rouyer rechazó esta oferta horrorizado… Pero se apodera clandestinamente de los dos prisioneros de guerra. No vemos ninguna diferencia entre esta actitud y la del ratero que rechazara, no menos horrorizado, la invitación a pagar una cierta suma por la adquisición de una o varias piernas de carnero, pero que hurtara, ausente el carnicero, esos miembros comestibles. El Sr. Rouyer ha tomado dos prisioneros. ¿Qué ha hecho el Sr. Fuatar, jefe de los papúes, al estipular el precio de la liberación del boy y del Sr. de Vriés sino establecer el monto legítimo de su factura? Hay, decíamos al comienzo, una segunda manera, para una misión antropofágica, de no volver, y este método es el más rápido y más seguro: que la misión no parta

En Costumbres de los ahogados


Las obras sucesivas de un escritor son como las ciudades que se construyen sobre las ruinas de las anteriores: aunque nuevas prolongan cierta inmortalidad, asegurada por leyendas antiguas, por hombres de la misma raza, por las mismas puestas de sol, por pasiones semejantes, por ojos y rostros que retornan.

Cuando se hace una excavación en la obra de Jorge Luis Borges, aparecen fósiles dispares: manuscritos de heresiarcas, naipes de truco, Quevedo y Stevenson, letras de tango, demostraciones matemáticas, Lewis Carroll, aporías eleáticas, Franz Kafka, laberintos cretenses, arrabales porteños, Stuart Millde Quincyy guapos de chambergo requintado. La mezcla es aparente: son siempre las mismas ocupaciones metafísicas, con diferente ropaje: un partido de truco puede ser la inmortalidad, una biblioteca puede ser el eterno retorno, un compadrito de Fray Bentos justifica a Hume. A Borges le gusta confundir al lector: uno cree estar leyendo un relato policial y de pronto se encuentra con Dios o con el falso Basílides.

Las causas eficientes de la obra borgiana son, desde el comienzo, las mismas. Parece que en los relatos que forman Ficciones la materia ha alcanzado su forma perfecta y lo potencial se ha hecho actual. La influencia que Borges ha ido teniendo sobre Borges parece insuperable. ¿Estará destinado, de ahora en adelante, a plagiarse a sí mismo?

En el prólogo a La invención de Morel, Borges se queja de que en las novelas llamadas psicológicas la libertad se convierte en absoluta arbitrariedad: asesinos que matan por piedad, enamorados que se separan por amor; y arguye que sólo en las novelas llamadas de aventuras existe el rigor. Creo que esto es cierto, pero no puede ser aceptado como una crítica: a lo más, es una definición. Sólo en ciertas novelas de aventuras —preferentemente en las policiales, inauguradas por Poe— existe ese rigor que se puede lograr mediante un sistema de convenciones simples, como en una geometría o en una dinámica; pero ese rigor implica la supresión de los caracteres verdaderamente humanos. Si en la realidad humana hay una Trama o Ley, debe ser infinitamente compleja para que pueda ser aparente.

La necesidad y el rigor son atributos de la lógica y de la matemática. Pero ¿cómo ha de ser posible aplicarlos a la psicología si ni siquiera son aptos para aprehender la realidad física? Como dice Russell, la física es matemática no porque sepamos mucho del mundo exterior sino porque lo que sabemos es demasiado poco.

Si se comparan algunos de los laberintos de Ficciones con los de Kafka, se ve esta diferencia: los de Borges son de tipo geométrico o ajedrecístico y producen una angustia intelectual, como los problemas de Zenón, que nacen de una absoluta lucidez de los elementos puestos en juego; los de Kafka, en cambio, son corredores oscuros, sin fondo, inescrutables, y la angustia es una angustia de pesadilla, nacida de un absoluto desconocimiento de las fuerzas en juego. En los primeros hay elementos a-humanos, en los segundos los elementos son simplemente humanos. El detective Erik Lönnrot no es un ser de carne y hueso: es un títere simbólico que obedece ciegamente —o lúcidamente, es lo mismo— a una Ley Matemática; no se resiste, como la hipotenusa no puede resistirse a que se demuestre con ella el teorema de Pitágoras; su belleza reside, justamente, en que no puede resistir. En Kafka hay también una Ley inexorable, pero infinitamente ignorada; sus personajes se angustian porque sospechan la existencia de algo, se resisten como se resiste uno en las pesadillas nocturnas, luchan contra el Destino; su belleza está, justamente, en esa resistencia que es vana.

También se podría decir que Borges hace álgebra, no aritmética (como pasa con el Teste o el Leonardo deValéry). El memorioso de Fray Bentos podía ser de Calcuta o de Dinamarca. Induce a error la necesidad —inevitable, por convención literaria— de dar nombres precisos a los personajes y lugares. Se ve que Borges siente esta limitación como una falla. No pudiendo llamar alfa, ene o kappa a sus personajes, los hace lo menos locales posible: prefiere remotos húngaros y, en este último tiempo, abundantes escandinavos.

La escuela de Viena asegura que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Esta afirmación pone de mal humor a los meta-físicos y de excelente ánimo a Borges: los juegos metafísicos abundan en sus libros. En rigor, creo que todo lo ve Borges bajo especie metafísica: ha hecho la ontología del truco y la teología del crimen orillero; las hipóstasis de su Realidad, suelen ser una Biblioteca, un Laberinto, una Lotería, un Sueño, una Novela Policial; la historia y la geografía son meras degradaciones espacio-temporales de alguna eternidad regida por un Gran Bibliotecario.

En Tres versiones de Judas, Borges nos dice —y le creemos— que para Nils Runeberg, su interpretación de Judas fue la clave que descifra un misterio central de la teología, fue motivo de soberbia, de júbilo y de terror: justificó y desbarató su vida. Podemos agregar: también por ella, quizá, habría aceptado la hoguera.

Para Borges, en cambio, esas tesis son “ligeros ejercicios inútiles de la negligencia o de la blasfemia”. Con la misma alegría —o con la misma tristeza, que da la falta de cualquier fe— Borges enunciará la tesis de Runeberg y la contraria, la defenderá o la refutará y, naturalmente, no aceptará la hoguera ni por una ni por otra. Borges admira al hombre capaz de todas las opiniones, lo que equivale a cierta especie de monismo. Alguna vez planeó un cuento en que un teólogo lucha toda su vida contra un heresiarca, lo refuta y finalmente lo hace quemar: después de muerto, ve que el heresiarca y él forman una sola persona. También Judas refleja de alguna manera a Jesús. Pero tampoco se dejaría quemar Borges por este monismo, porque también es dualista y pluralista.

La teología de Borges es el juego de un descreído y es motivo de una hermosa literatura. ¿Cómo explicar, entonces, su admiración por Léon Bloy? ¿No admirará en él, nostálgicamente, la fe y la fuerza? Siempre me ha llamado la atención que admire a compadres y a guapos de facón en la cintura.

Por eso planteo estas cuestiones:

¿Le falta una fe a Borges?}

¿No estarán condenados a algún Infierno los que descreen?
¿No será Borges ese Infierno?


A usted, Borges, heresiarca del arrabal porteño, latinista del lunfardo, suma de infinitos bibliotecarios hipostáticos, mezcla rara de Asia Menor y Palermo, de Chesterton y Carriego, de Kafka y Martín Fierro; a usted, Borges, lo veo ante todo como un Gran Poeta.

Y luego, así: arbitrario, genial, tierno, relojero, débil, grande, triunfante, arriesgado, temeroso, fracasado, magnífico, infeliz, limitado, infantil e inmortal.



En Uno y el Universo

«Nada es más asombroso que la verdad», el periodismo frenético de Kisch

Egon Erwin Kisch es uno de los grandes periodistas del siglo XX. En sus artículos, reportajes, entrevistas y hasta ensayos cuenta el devenir de la Historia y sus asuntos. Un maestro

El periodista checo Ego Erwin Kisch sobre el estrado


Actualizado:
Egon Erwin Kisch (1885-1948) es uno de los grandes maestros del periodismo. Y escribo «es» y no «fue», porque su obra está en plena vigencia tanto por el estilo como por los contenidos. Con respecto al estilo mezcló como nadie los géneros periodísticos (reportaje, entrevista, articulismo literario) y los literarios (narrativa, ensayo y una buena dosis de espíritu poético). Y los contenidos nos siguen atañendo muy de cerca: las guerras, sobre todo las llevadas a cabo entre europeos a lo largo del siglo XX; la vida cotidiana; los viajes; la política; la cultura en todas sus manifestaciones; e incluso sus reflexiones sobre la propia profesión y su futuro. Kisch era hijo de un comerciante praguense. Él mismo se definió como checo, praguense de buena familia, judío, comunista… Yo añadiría que fue, fundamentalmente, un sobreviviente en medio de revoluciones y guerras mundiales. Hablaba checo, alemán y yídish, además de manejar inglés y francés. Estudió periodismo en Berlín. Trabajó en el periódico «Bohemia», el más importante en lengua alemana, de Praga.

Detenido en Australia

Durante la Primera Guerra Mundial fue soldado en el Ejército Real e Imperial. Fue condecorado y uno de sus hermanos murió en el frente. Parte de la guerra la pasó en el Servicio de prensa militar en Viena junto a Zweig,Werfel, Musil, Hofmannsthal o Leo Perutz. Y hace ahora un siglo, en 1918, formó parte del Consejo de obreros y soldados y fue el primer comandante de los Guardias Rojos de Viena. Según Karl Kraus (otro maestro del periodismo-literatura y el pensamiento), Kisch era un comunista de ida y vuelta. Colaboró con los comunistas sobre todo en los primeros años, aunque en sus escritos no es muy exaltado, ni proselitista, ni fanático. Koestler decía que rehuía las discusiones diciendo «Yo no pienso, Stalin lo hace por mí». Como tantos otros no se fue a vivir nunca a la URSS, por algo sería. Kisch lo que defiende, fundamentalmente, es el pacifismo. No fue un ortodoxo comunista ni estalinista sino más bien un socialista. De hecho el Partido Comunista checo y el resto de los partidos comunistas de la misma raíz en el mundo desconfiaban de él, de su desencantamiento. Eso sí, fue anticapitalista, anticolonialista, antiimperialista y antifascista.
Su obra está en plena vigenciatanto por el estilo como por los contenidos.
Kisch vivió en Berlín y viajó por la URSS, USA, China, México y Australia. En Australia fue detenido al participar como Delegado del congreso contra el fascismo. En 1933 fue detenido en Berlín y deportado a Praga. Posteriormente vivió en París y, en 1939, viajó a España para contar la Guerra Civil. En 1946 regresó de México a Praga y poco tiempo después, falleció. Kisch fue además novelista («El pastor de las niñas» causó conmoción al hablar de la prostitución en Praga), autor teatral, ensayista , y periodista «nada más asombroso que la verdad. Nada más exótico que lo que nos rodea, nada más ficticio que la realidad» escribió en «El reportero frenético». Kisch fue un periodista objetivo, fiel a la verdad informativa, lo que no le impidió darle a sus reportajes un inteligente toque de suspense narrativo.
En «El mercado de las sensaciones» se adentró en el memorialismo, estando ya exiliado en México, antes de regresar a Europa, a su patria. Él defiende esa mezcla entre el periodismo y la literatura y pone ejemplos como los de Balzac, Flaubert o Zola. Defiende Kisch el reporterismo basándose en los siguientes puntos: no solo hay que saber escribir sino también y, sobre todo, tener estilo, tener capacidad investigadora; describir la realidad sin perder la imaginación; no hace falta ser un artista ni intelectual pero sí una persona bien preparada. Kisch diferencia muy claramente la novela y el reportaje.

Censura y chantaje

En España Kisch estuvo con la República y apoyó a las Brigadas Internacionales. Estuvo en el II Congreso Internacional de Escritores. Un hermano médico lo fue en el hospital de Benicasim. En« Cómo me enteré de que Redl era un espía» se refiere a Alfred Redl, jefe del Servicio de Inteligencia Militar del Imperio Austrohúngaro que se suicida al descubrirse que era un agente zarista. Había sido chantajeado por ser homosexual. El relato periodístico se va transformando en una especie de novela negra. El propio Kisch tuvo muchas dificultades para publicar esta primicia. La censura actuó contra él. La historia comenzó en 1913 y no se resolvió hasta 1924, ya desaparecida la monarquía austrohúngara. Muchos de estos relatos se asemejan a la novela picaresca española. «En el estudio de Charlie Chaplin» cuenta su visita a Hollywood. «En las mazmorras de Spandau» cuenta como en un diario su detención y prisión al día siguiente del incendio del Reichstag. Son los primeros días del Tercer Reich. Le acusan, nada menos, de ser uno de los causantes del incendio.

«Las tres vacas» y «El Prado desalojado» son los textos que dedica a la Guerra Civil española... Todos los estudiantes de Periodismo deberían leer este libro y, por supuesto, sus profesores. Todo lo que es y debe ser el periodismo y también la literatura está aquí explicado. Pero el simple lector encontrará pasajes memorables de la historia del siglo XX contados por unos de sus mejores cronistas.
https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-nada-mas-asombroso-verdad-periodismo-201802070158_noticia.html
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Llegará un día

El librito de Minúscula sobre Kisch. Nada es más asombroso que la verdad. Grandes reportajes. Y un punto de vista impecable. Algunas pruebas:
«El ideal del folletinista es la lírica. El peor de los folletinistas encubrirá los hechos; si no puede prescindir de ellos, tratará de aparentar que solo los conoce vagamente, dando así a entender que su exposición es puramente especulativa y sensitiva, que está por encima de los acontecimientos y que ha sido escrita sin esfuerzo alguno. Estas ocultaciones e inexactitudes deliberadas son aún más reprobables que el alarde de información presente en esos artículos que apenas aportan una sucesión arbitraria y confusa de datos y citas».
«El periodista no solo se sitúa en un grado intermedio entre el artista y el ciudadano, esto es, el burgués -lo que le resulta incómodo a los dos-, sino que ejerce además de mediador entre ambos».
«¿Mi opinión sobre el reportaje?  Creo que es el alimento literario del futuro. Claro que solo el reportaje de calidad. La novela no tiene futuro. Ya no habrá más novelas, más libros con trama inventada. (...)  El reportaje es una cuestión candente. Yo creo que llegará un día en que lo único que la gente querrá leer sobre el mundo será la verdad».
Aunque.
Aquella carta de Ana Nuño, de hace ya 11 años, la primera vez que lo nombré.
«Por cierto, tu referencia a Egon Erwin Kisch: ¿a qué viene?
Contemporáneo de Musil tres o cuatro años más o menos, este judío praguense se alejó tozudamente de los hechos y su interpretación después de la Primera Guerra Mundial, años estos que coincidieron con su militancia comunista (que nunca abandonó).
Ahí están para probarlo las complacientes y sumisas crónicas que escribió desde la URSS (15 años antes del viaje de vuelta de Gide, pero casi contemporáneas del libro pionero de Russell escrito en denuncia del recién fraguado totalitarismo soviético). Tuve la oportunidad de leer algunas de las crónicas soviéticas de Kisch, cuando las ranas ni siquiera soñaban con criar pelos, en una antología editada en USA y hoy desaparecida que estaba en la biblioteca de mi padre.
Por no decir nada de su tránsito por la España de la Guerra Civil, tan fugaz cuan útil para la causa estalinista.
En fin, es cierto que los nazis quemaron sus libros y que estuvo preso en Spandau, pero sobre su actuación en Praga tras su retorno poco después de la instauración del régimen comunista en Praga, aún planea alguna sombrita de duda».
https://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elmundopordentro/2018/02/02/llegara-un-dia.html
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Egon Erwin Kisch (1885-1948)

  

Egon Erwin Kisch nació en Praga y era hijo de un próspero comerciante judío de telas. Cursó algunas materias de Ingeniería y de Historia y Filología en la Universidad de Praga. En 1904 abandonó estos estudios y se matriculó en una escuela de periodismo en Berlín. Entre 1906 y 1913 trabajó como reportero local en el diario de Praga en lengua alemana Bohemia, escribiendo reportajes sobre las duras condiciones de vida en los barrios bajos de la capital checoeslovaca. Combatió como voluntario en la Primera Guerra Mundial y cayó herido. Se convirtió en pacifista, iniciando un periodo de activismo político fundando una asociación ilegal de obreros y soldados. Participó en la huelga general de enero de 1918 e ingresó en el Partido Comunista de Austria. Expulsado por subversivo de Austria, se afincó en Berlín donde vivió hasta 1933, cuando los nazis tomaron el poder. En estos años se incrementó su actividad periodística y literaria. En 1923 publicó una antología, Klassischer Journalismus (Periodismo clásico). Viajó por Europa, Asia, África y América. El 28 de febrero de 1933 fue detenido como sospechoso de provocar el incendio del Reichstag, pero liberado y expulsado a Praga gracias a la intervención del gobierno checo. En la guerra de España trabajó como reportero de las Brigadas Internacionales. Cuando se inició la Segunda Guerra MUndial, rechazada su petición de asilo en EEUU, se exilió en México, donde trabajó como redactor de un periódico fundado por exiliados, Freies Deutschland. En el mismo país centroamericano fundó la editorial El Libro Libre, escribió reportajes sobre sus viajes por el país y en 1942 un libro de memorias, Marktplatz der Sensationen (El mercado de las sensaciones). Tras la guerra volvió a Praga donde continuó trabajando en el sector periodístico y editorial. Falleció en su ciudad natal el 31 de marzo de 1948 como consecuencia de un derrame cerebral.
El lema de Kisch era “Nada es más excitante que la verdad”. Se le considera el creador del reportaje literario en lengua alemana. Hoy en día, los reportajes de Kisch son todavía un modelo en las escuelas de periodismo de Alemania y Austria.
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El cabo Kisch en la Primera Guerra Mundial

La editorial Xordica publica los diarios de la Primera Guerra Mundial del periodista judío Egon Kisch, figura esencial de la intelectualidad europea de entreguerras: "Vuelvo a iniciar la redacción de un diario, movido por la sensación de estar viviendo una época histórica".


Ergon Erwin Kisch nació en Praga en 1885, en una familia de comerciantes judíos. Intelectual esencial de la Europa de los años veinte y treinta, era conocido como el Reportero frenético. Vivió en Berlín, París, Estados Unidos, México y Praga, donde participó en la revolución de Viena de 1918. En la Guerra Civil española se unió a las Brigadas Internacionales. Murió en Praga en 1948.
Durante la Primera Guerra Mundial luchó como cabo y trabajó como cronista del Ejército austrohúngaro entre julio de 1914 (en el frente serbio) y marzo de 1915 (en el frente ruso), donde fue herido gravemente. A lo largo del conflicto, escribió un diario de guerra que consiguió burlar la censura militar. La editorial Xordica publica una selección, que avanzamos aquí.

Viernes, 31 de julio de 1914
Cuando tenía diez años comencé a redactar un diario. Hoy, con veinte años más y otras posibilidades expresivas, vuelvo a iniciar la redacción de un diario, movido por varias razones: la sensación de estar viviendo una época histórica, la imposibilidad de exponer ahora desde la óptica periodística las más importantes de mis experiencias y los acontecimientos personales relacionados con la situación política que me han afectado durante los últimos días y que despiertan en mí la esperanza de que continuarán.
De todas formas, las experiencias de estos últimos días son en su mayor parte de naturaleza dolorosamente erótica, con lo que la introducción a mis anotaciones bélicas se asemejará, valga la expresión, a las memorias de un Casanova de triste figura.
Debido a las noticias alarmantes procedentes de Binz, Rügen, el martes 28 de este mes partí hacia Berlín. El miércoles recibí una carta urgente de mi hermano para comunicarme que tenía que presentarse sin demora en el regimiento. Recogí en el consulado imperial y real mi acreditación para el viaje gratuito y una dieta de un marco y cincuenta y cinco pfennings. Mi novia Trude me dijo al despedirse que tenía que confesarme algo, pues no le gustaría que entre nosotros mediara una mentira cuando partía a la guerra. Durante un buen rato no se atrevió a hablar, luego me reconoció que un día tuvo que operarse.
A las 11 horas 13 minutos de la noche salí hacia Praga desde la estación de Anhalt. En el andén, miles de personas, los alemanes cantaban Die Wacht am Rhein (La guardia del Rin). Tras muchas vueltas, paradas y desvíos, el tren llegó por fin a Praga el jueves a las once de la mañana. Ya en Bodenbach había leído los carteles amarillos que advertían que todos los reservistas pertenecientes al 8.º Cuerpo de Ejército debían presentarse en su unidad. Hasta ese momento pensaba que había que esperar al llamamiento a filas; también me lo comunicaron en el consulado de Berlín. Ahora los carteles me traían una doble noticia: en cualquier caso iré a la guerra, pero, además, seguramente seré castigado por no haberme presentado el domingo en mi unidad, el Regimiento de Infantería Imperial y Real n.º 11 de Pisek, del que soy cabo en la reserva.
Desde la estación viajé inmediatamente a casa y recogí mis cosas, tantas como para llenar un diminuto maletín que suelo llevar a las excursiones. Un cepillo de dientes, peine, jabón, cuatro pañuelos, tres camisas y dos calzoncillos. Mi madre quiso meter, además, un tercer calzoncillo y un camisón, pero me negué: “¿Te crees que me voy a la Guerra de los Treinta Años?”.
Luego me encaminé al barrio de Schmichov a ver a Klara. Llevaba seis meses sin verla, pero en lugar de levantarse con un salto de alegría, se quedó blanca como el papel. “¿Por qué te asustas tanto?”, le pregunté. Ella apenas era capaz de responderme, así que tuve que insistir: “¿No me has sido fiel?”. Ella, sin mirarme, me enseñó el anillo que llevaba en la mano izquierda. “¿De modo que estás prometida?” Asintió. Al cabo de un momento empezó a hablar: yo le escribía tan poco, y en mis escasas cartas la animaba siempre a que bailase, conversase y saliera de excursión, así que hace tiempo le dio la impresión de que ya no la quería. Eso era una verdad a medias. En cualquier caso, yo le había escrito tan poco con toda deliberación, para que no se sintiera atada a mí y disfrutase de libertad mientras yo me entretenía en Berlín. Pero en mi fuero interno creía que ella me sería fiel aunque conociera a otros hombres y participase en diferentes diversiones.
Mi tren partía a Pisek a las seis y veinte de la tarde. Comí en casa y hablé con mis hermanos, que no han sido llamados a filas porque pertenecen a cuerpos que no han sido movilizados. Bromeamos para disipar los temores de mi madre y, a continuación, me dirigí al tren. Allí cientos de reservistas se apiñaban alrededor de la taquilla, en medio de ellos, una chica bonita.
Me ofrecí para sacarle el billete, lo que aceptó gustosa. Entablamos conversación y, mientras nos sentábamos juntos, apretados como sardinas en lata, contó que viajaba a Pisek, donde al día siguiente iba a contraer matrimonio de guerra con un oficial de la reserva que también marchaba al frente. Solo temía que su novio no estuviera esperándola en la estación, porque en Correos habían rechazado su telegrama y los trenes no circulaban con regularidad. Su temor aumentó cuando supo por los demás pasajeros que en Pisek los trenes paraban en dos estaciones, “Pisek Apeadero” y “Pisek Ciudad”, y que quedaba completamente descartado conseguir una habitación en el hotel, porque la ciudad estaba abarrotada de oficiales y cada habitación la ocupaban siete u ocho personas. Ahora estaba desesperada por llegar a horas tan intempestivas y quizá verse obligada a vagar sola por la ciudad durante toda la noche, pues no lograría encontrar el número 217 de Pisek y –en caso de encontrarlo– no iba a molestar a una casa desconocida. Los pasajeros le aconsejaron interrumpir el viaje en Pribram, pasar allí la noche y continuar a las seis de la mañana. Yo también acepté esta sugerencia y declaré mi intención de hacer lo mismo, para no pasar la noche en las calles de Pisek. Al llegar a Pribram, me apeé del vagón con ella, fuimos al hotel más cercano y cenamos. Ella ganó confianza conmigo, me habló de su relación de muchos años con su novio, con el que se mostró bastante crítica, aunque deseaba casarse, sobre todo porque él tenía derecho a pensión. Por lo demás, deduje de la conversación, sobre todo de su descripción de las escenas de celos y reproches que le hizo el novio, que la joven tampoco era un angelito. Desvié entonces la conversación a asuntos más divertidos y soborné al camarero para que dijera que solo disponían de una única habitación con dos camas, pero ninguna de una sola cama.
A las seis horas de la mañana partimos a Pisek. Yo me dirigí de inmediato al cuartel. Por el patio pululaban cientos de reservistas, algunos uniformados y otros no. Un sinnúmero de viejos conocidos. ¡Pero cuánto había cambiado la mayoría desde nuestro tiempo juntos de servicio! Los que entonces no habrían salido del cuartel sin el cordón perfumado y habían demostrado su coquetería incluso en la colocación de las estrellas del rango ya no consideraban que mereciera la pena coserse un botón colgante o hacer el dobladillo a unas mangas demasiado largas. Tenían un aspecto desastrado; la vida civil, que antaño tanto habían anhelado, los había tratado peor que el sargento. Estaban envejecidos, se habían dejado barba y estaban convertidos en padres de familia; me causó una impresión extraña que un antiguo colega de la Compañía, que había sido un pícaro tremendo y había pasado conmigo meses de arresto, contase que era padre de cinco niños.
Se hablaba de Serbia, del suicidio del oficial encargado del almacén, el capitán Thoma, del que ha corrido el rumor de que se había matado por los desfalcos. En realidad parece que el almacén estaba en orden y Thoma cometió su acción por puro nerviosismo y miedo al follón.
Por la tarde anunciaron por carteles que el káiser había ordenado la movilización general. Pensé en mi madre y en que seguramente iban a llamar a filas a mis cuatro hermanos; se me encogió el corazón al imaginar cómo estarían ahora en casa con una horrible zozobra por tener que partir a la guerra. La gente leía el cartel funesto sin comprender: “Está bien que también les toque a los demás países”. “Esto significa que también serán movilizados los batallones de cazadores”, etc. Por la noche tuve que hacer el petate y atar arriba el capote. ¡Buf, menudo trabajo! Creo que preferiría helarme “en campaña” a ponerme el capote, por no tener que volver a enrollarlo.
Sábado, 1 de agosto de 1914
He pasado la tarde en casa de un comerciante al que conozco desde que era funcionario del partido socialdemócrata en Praga. Me agasajó, fanfarroneó delante de su mujer de sus relaciones con el mundo literario y me puso como testigo. Contó que, tres o cuatro años antes, se iba todas las noches de juerga con Hugo Salus y que le había prestado veinte coronas en un burdel; Salus se gastó el dinero en bebida, pero no se lo devolvió. ¡El bueno de Salus! Seguramente en toda tu vida te has gastado veinte coronas en bebida, ¡muchísimo menos prestadas! La mujer del comerciante temía que movilizaran a su marido por ser miembro de la reserva territorial. Él mismo confirmaba sus temores con consuelos deliberadamente torpes para dárselas de guerrero y fortalecer su amor mediante el temor. Así que me tocó la penosa tarea de consolar a la mujer, mientras el marido insistía en el peligro que corría.
Por la mañana, en la Compañía, recogí mi fusil y las cartucheras. Me eché encima el petate y el resto del armamento tambaleándome bajo el peso. ¡Y eso que todavía no había empaquetado los cartuchos de guerra! También nos entregaron la cápsula de identificación, un botiquín y un saquito de sal.
Por la mañana nos mandaron formar; soy el jefe del segundo grupo de la cuarta sección y jefe de la cuarta escuadra. Tengo doce personas bajo mi mando. Por la tarde cada hombre recibió doscientos cartuchos de guerra y yo, por ser jefe de escuadrón, solo cuarenta. Ahora me parece una suerte, porque no sé cómo habría transportado semejante peso de plomo junto con las demás cargas.
En Pisek un alférez de avituallamiento murió en la plaza del mercado de un ataque al corazón. Un soldado de la Milicia Nacional se pegó un tiro, un cadete de artillería está ingresado en el hospital con una herida mortal por un disparo. La esposa de un reservista de Purkraditz ha enloquecido. A pesar de enterarnos de tales acontecimientos estamos de un humor inmejorable. Más que humor negro es inconsciencia y, acaso, desconocimiento de la situación. También aquí se juntan la máxima estupidez con la máxima inteligencia:¿qué mejor que despreocuparse? Es una suerte que el buen humor sea contagioso. El café instantáneo que han distribuido lo repartimos entre los jóvenes del pueblo. El pétreo biscote y la carne en conserva los guardamos en el morral, los no fumadores hacen un floreciente negocio con la ración de tabaco. En Pisek no se pueden conseguir estrellas de rango, por eso los cabos y sargentos se han pintado con tiza o lápiz los distintivos. El hotelero Seltmann de Praga, que acaba de llegar en automóvil, cuenta que Jaurès ha sido asesinado por su oposición a la guerra y que el Lovcen ha sido tomado por los austriacos al tercer asalto. Me niego a dar crédito a estas noticias.
En el mercado prestamos juramento a las siete de la mañana. En la plaza no cabía la gente; estábamos apretujados como sardinas en lata. El teniente coronel Haluska abrazó a los viejos soldados de su compañía, desde las ventanas del ayuntamiento arrojaron flores y todos los pobres reservistas que el día anterior habían sido arrancados, presos de la desesperación, de los brazos de sus mujeres e hijos, daban por sentado que los besos que arrojaban las damas elegantes iban dirigidos a ellos, así que los devolvían. Cuando llevaron a la plaza la bandera del regimiento a los sones del himno nacional, la excitación aumentó y, en la pausa entre las dos órdenes «Rindan armas» y «Retiren armas» seguro que casi todos rezaron una jaculatoria, a pesar de que en los cientos de repeticiones de ese ejercicio a nadie se le dijo nunca que en ese lapso de tiempo tuviera que rezar una plegaria. Tras una misa breve, el capitán Turner leyó con gallardía y voz grandilocuente y pasmosa el juramento en alemán para la tropa germana, que lo repitió; le sucedió el juramento en checo. No formar un batallón con los alemanes y jurar separados de los demás se debió a una mala organización. Así, en cada juramento, la tropa de la nación no participante permaneció con la cabeza cubierta en posición de descanso. Además, la fórmula del juramento estaba redactada con unas frases y un estilo penoso, las pausas eran absurdas y el lenguaje, enfático y rimbombante. Al terminar esto, el nuevo jefe del regimiento, el coronel Karl Wokoun hizo un discurso, inspirado en el manifiesto imperial, que fue traducido al checo por el comandante Lasek. A continuación, el coronel dio un hurra por el káiser, la tropa agitó las gorras, los oficiales desenvainaron sus sables y el público en las ventanas agitó sombreros y pañuelos. Después de que el alcalde adornase la bandera con una cinta roja y blanca, comenzó la partida; de algunas ventanas llovían flores, entre el público, las mujeres y los viejos lloraban, y la excitación se contagió a la tropa, que se esforzó por ocultar su emoción con comentarios cínicos.
¡Escríbelo, Kisch!, publicado por Xordica, llega el 19 de noviembre a las librerías.

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