El experto sostiene que se extinguen los puestos con ingresos medios y, por el contrario, crecen los altos y los bajos. 

"Esta población está compitiendo por trabajos mal pagos, de bajo nivel salarial", sostiene Carl Benedikt Frey Foto: Constanza Niscovolos



Qué implica la Cuarta Revolución Industrial en el mercado de trabajo global. Cómo se garantiza la igualdad de oportunidades en un mundo absolutamente desigual. Esas fueron algunas de las cuestiones analizadas en esta entrevista por Carl Benedikt Frey, especialista en el cambio estructural del mundo del trabajo en la era de la robotización. El mundo ha atravesado ya tres revoluciones tecnológicas: la agraria, la industrial y la informática. La cuarta es la neurotecnológica, liderada por la implementación de la inteligencia artificial y las redes neuronales.
Frey es el coautor del estudio que en 2013 dio una alarma mundial al pronosticar que un 47% de los empleos podría desaparecer en los siguientes 15 ó 20 años debido a la automatización del trabajo. Es, además, investigador del Programa de Empleo, Equidad y Crecimiento del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico de la Universidad de Oxford, y llegó a Buenos Aires invitado por la Secretaría de Cultura de la Nación para el ciclo Ideas, pensando juntos el mundo.
–¿Cómo se transforma el mundo del trabajo con esta cuarta revolución tecnológica?
–Una de las tendencias que vemos, no sólo en países desarrollados sino también en los que están en vías de desarrollarse, en términos de los mercados laborales específicamente, es que están desapareciendo los puestos de trabajo que tienen un ingreso intermedio. Las personas que gozan de un título universitario son las que tienen acceso a puestos de trabajo bien pagos, relacionados con las industrias tecnológicas y los servicios profesionales. Quienes no están equipados con esos conocimientos terminan tomando –porque no les queda otra– puestos de trabajo bajos en su salario.
–¿Qué va a pasar con esa masa de población, que es la mayoría de la población mundial?
–Esta población está compitiendo por trabajos mal pagos, de bajo nivel salarial. El problema no es que no haya suficientes trabajos, el verdadero problema es que no hay suficientes personas con las habilidades adecuadas para llenar ciertos puestos de trabajo: la cuestión no es la tecnología sino la política educativa. Política educativa que ha fracasado porque ha fallado a la hora de equipar a la fuerza laboral con las habilidades necesarias para hacer frente a la economía basada en el conocimiento.
–Entonces los estados son responsables de que esto no pase. ¿Qué políticas estatales están tomando las principales potencias?
–Es muy difícil responder eso de manera general porque depende del Estado o del país: algunas políticas educativas se hacen a nivel local y otras políticas a nivel nacional. Es muy difícil generalizar, pero existe una tendencia, que se ve en todos los países, relacionada con los títulos universitarios. El 50% de la fuerza laboral en Suecia tiene un título universitario. Pero la verdad es que no se puede generalizar teniendo en cuenta sólo la variable del título universitario porque la situación depende de toda una diversidad de factores, por ejemplo, del tipo de educación en el cual se invierte, si está basada en las artes o en la física. Eso va a establecer toda una serie de diferencias. Existe también una tendencia a sobrenfatizar las aptitudes cuantitativas y lo que se está observando es que es muy difícil automatizar la interacción humana compleja, por ejemplo, yo enseño en el Reino Unido y la realidad es que la docencia es uno de esos ejemplos y un abordaje importante educativo tiene que ver con esta interdisciplinariedad: desde el punto de vista de las políticas educativas buscar enseñar no solamente las habilidades tecnológicas sino también las habilidades sociales.
–¿Cuál es el papel de las centrales sindicales de todo el mundo y sobre todo del tercer mundo, de los países dependientes?
–Si nosotros consideramos la densidad de los sindicatos a lo largo de los países del mundo vemos que es muy variable. Por ejemplo, en Estados Unidos es del 11% y en Suecia del 85%, es una diferencia muy marcada. Las políticas juegan un rol muy importante en el poder político que van teniendo los sindicatos. Al final de cuentas un sindicato, cualquiera sea, siempre será tan valioso como las aptitudes de las que gozan sus miembros. Creo que la tecnología tiene un papel muy importante a la hora de dar forma al valor relativo de los sindicatos. Tengamos en cuenta lo que pasó en el pasado: sindicatos como el de los faroleros o telefonistas que fueron desapareciendo a medida que estos trabajos se fueron automatizando y sus miembros perdiendo poder adquisitivo. Pero también puede manifestarse la tendencia opuesta: sindicatos que aumentan su valor porque aumenta el valor de las aptitudes de sus miembros.
–¿Qué relación hay entre la distribución de los ingresos y la tendencia a la robotización de los empleos?
–Nos devuelve a lo que decíamos al principio: están sufriendo los puestos de trabajo que generan ingresos intermedios porque ha habido un crecimiento de los puestos de trabajo que involucran bajas habilidades, es decir, no calificados y los que involucran muchas habilidades, altamente calificados. Este crecimiento tan dispar en las dos puntas ha generado un crecimiento de las desigualdades. Antes de la automatización las tecnologías o bien aumentaban las habilidades de las personas que ya eran calificadas o aumentaban las habilidades de las que no estaban calificadas, por ejemplo, con la computadora y el acceso que podían tener a la computadora personas como diseñadores y abogados. Del otro lado del espectro, la máquina de hilar automática estaba diseñada para que pudieran operarla niños. En esa época, la situación de las personas que no tenían tantas aptitudes podía volverse desigual, pero al mismo tiempo había instrumentos que podían mejorar las aptitudes de algunas personas sin tanta calificación. La computadora podía mejorar las habilidades de una persona no calificada poniéndola en una situación mucho más ventajosa con respecto a otros pares no calificados. Los salarios siempre irán en aumento en una situación como la que acabo de ilustrar tanto para los calificados como para los que no. El problema con la automatización es que reemplaza a algunos puestos de trabajo de tal manera que algunos salarios realmente caen estrepitosamente en términos relativos. Esto significa que la era de la automatización va a generar más perdedores en el mercado laboral en comparación con antaño donde la principal inquietud era la desigualdad.
–¿Cómo se contribuye al bienestar general –teniendo en cuenta este concepto básico de los orígenes del liberalismo– si en lugar de aumentar, desaparecen puestos de trabajo?
–Nosotros hemos vivido cambios como rotaciones o renovaciones en el mercado laboral durante varios siglos, de hecho en el siglo XX muchas personas perdieron sus puestos de trabajo debido a estos fenómenos de los que estamos hablando, pero creo que la razón por la cual la gente acepta los cambios tecnológicos es porque piensan que al fin y al cabo van a poder sobreponerse a cualquier problema que eso genere. Uno de los hallazgos más robustos en torno a las investigaciones sobre el bienestar es que las personas que trabajan mucho se sienten más conformes con su vida y están más felices que las personas que no trabajan. Lo que mejor que pueden hacer los gobiernos es crear y mantener mercados laborales dinámicos donde una persona que pierda un trabajo por causa de un avance tecnológico tenga una cantidad suficiente de opciones para poder elegir un nuevo puesto de trabajo. Por ejemplo, en la bonanza que se vivió en EE.UU. en la década del 50 si una persona perdía su trabajo no era tan grave porque enseguida conseguía otro, en cambio en una época recesiva la situación es muchísimo menos auspiciosa.
–Los 50 eran la época dorada de los estados de bienestar, pero ahora estamos transitando una etapa de crisis del capitalismo financiero.
–Es cierto que el estado de bienestar –como tendencia que surge después de la gran depresión y de la Segunda Guerra Mundial– marcó una era donde las personas que estaban pasando vicisitudes aun así estaban en mejor situación en términos relativos comparadas con personas de otras épocas. Pero eso también descansaba en una clase media fuerte y amplia que tenía una lealtad y una afinidad a esa clase a la que pertenecía. El problema con la desaparición de puestos de trabajo de ingreso intermedio es que conduce a cierta desaparición de la clase media y por lo tanto de la lealtad y la afinidad intraclase.
–Una pregunta personal: ¿por qué se dedicó a esta actividad?
–La decisión tiene que ver con una serie de coincidencias. Cuando era chico me interesaba mucho la historia, la tecnología y la economía y esto en gran medida a raíz de algunos libros a los que tuve acceso a través de mi padre. Uno se llamaba The lever of riches (La palanca de los ricos) de Joel Mokyr y el otro, The innovator’s dilema (El dilema del innovador) de Clayton Christensen.
https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/incertidumbres-trae-cuarta-revolucion-tecnologica_0_FVteb-ASd.html

En esta entrevista de 2005, el célebre escritor peruano habla de La tentación de lo imposible, un ensayo sobre su admirado Victor Hugo. Además, reflexiona sobre el compromiso de los intelectuales y se despacha contra la literatura light a la que considera una tendencia preocupante.

“Hay ciertos libros que directamente vacunan a los lectores contra la buena literatura”, dice el escritor. Foto: David Fernandez.



E l 28 marzo alcanzará los 69 años de residencia en esta tierra. El plan es celebrarlo con toda la familia en París, aprovechando el doctorado Honoris Causa que le entregará la universidad de la Sorbona. Antes estuvo por Lima recibiendo otro doctorado, de menos alcurnia y más doméstico: el que le otorgó la universidad peruana Ricardo Palma a fines de enero. Por esos días, Mario Vargas Llosa se corrió hasta Buenos Aires para ver La señorita de Tacna, una pieza suya estrenada mundialmente en esta ciudad en 1981, y que casi un cuarto de siglo después presenció desde la fila 9 del teatro Maipo, interpretada por la misma actriz de entonces, Norma Aleandro.
“El teatro fue mi primer amor”, dijo el novelista peruano durante una apretada conferencia de prensa previa a la función. Y habrá que creerle: aunque no lo contó entonces, desde hace más de 50 años lleva en su billetera, como un amuleto que morirá con él, los retazos deshilachados y amarillentos del programa de mano de la primer obra de teatro que escribió en su vida: La huida del inca, interpretada por un elenco escolar cuando él tenía 16 años. Correcto, prolijo, disciplinado y formal hasta el último de sus mechones color ceniza, Vargas Llosa no suele revelar estas intimidades frente a un pelotón de periodistas, pero sí fue capaz de sazonar la charla con recuerdos de la tía abuela, que le inspiró La señorita de Tacna, de mecharla con detalles de su nuevo libro,
La tentación de lo imposible (un ensayo sobre Victor Hugo y Los miserables), y de salpicarla con opiniones breves pero contundentes sobre la situación política del Perú, las elecciones en Irak o el Protocolo de Kyoto. A esta altura ya se pueden deducir tres o cuatro cosas del autor de Conversación en la Catedral: que es bastante familiero, que los premios y distinciones –excepto el esquivo Nobel– le llueven como agua de diluvio, que no le da respiro a las páginas de su pasaporte y que profesa la religión del intelectual comprometido con los temas de su tiempo, sin entrar en el detalle de los puertos en los que suele amarrar su ideología. En diálogo a solas con Ñ, Vargas Llosa respira hondo y suelta, impecable e implacable, porciones generosas de su pensamiento.
–Durante las últimas elecciones presidenciales en EE.UU., el escritor Jonathan Franzen dijo que lo mejor que podían hacer los escritores era abstenerse de opinar sobre política; que a la gente no le interesaba su opinión. Usted siempre defendió la idea del intelectual comprometido.
–Hay a quienes no les interesa participar en debates cívicos o políticos, y eso es respetable. Pero todos somos ciudadanos, y como tales debemos tener una responsabilidad moral. Creo que se ha dado un fenómeno muy interesante entre los intelectuales de las sociedades que se han ido democratizando. Nada politiza tanto a los intelectuales y a los artistas como la falta de libertad. En las sociedades autoritarias, los intelectuales generalmente han estado a la vanguardia de la resistencia contra las dictaduras. Esa situación politiza a artistas, a intelectuales y a la cultura en general. Cuando caen las dictaduras y se instala la democracia, hay una despolitización de la cultura, que nadie decide ni ordena, pero que es una consecuencia natural de un nuevo estado de cosas. Porque en una democracia la expresión del descontento, de la crítica, del debate, en todos los campos de la vida social, encuentra otras vías de expresión, y entonces muchos artistas e intelectuales van replegándose de las actividades cívicas y se concentran en su campo específico de creación. Eso a mí me parece que es un error, porque no es bueno que la democracia quede solo en manos de una clase política. No digo que haya que ejercer una militancia política profesional, pero sí que haya algún tipo de compromiso cívico de los artistas e intelectuales. Una cultura que se desinteresa de los problemas del hombre común, a la corta o a la larga se irá destrozando.
–Usted se caracteriza por ser un hombre de obsesiones y también de pasiones. Los dos últimos años concentró su energía en escribir un ensayo sobre Victor Hugo y su novela Los Miserables, que acaba de publicar. ¿En qué se diferencia la pasión que se pone en una obra de estas características, con la que se vuelca al escribir una ficción?
–Bueno, es muy semejante, ¿eh? En un momento dado, una investigación deja de ser un fenómeno puramente racional y se vuelve también un fenómeno afectivo, sentimental; eso me ha pasado con Victor Hugo, que además es un personaje entrañable y fascinante. A mí me deslumbra cómo una persona que se pasó la vida escribiendo, que dejó una obra tan inmensa, al mismo tiempo vivió tanto. Porque Victor Hugo no es un hombre que se la pasara en una biblioteca. No: hizo todo, vivió su época hasta los tuétanos, y a la vez escribió muchísimo y toda su experiencia la volcó en la literatura. Por eso su obra, aunque muy desigual a veces, es una gran obra literaria, un testimonio extraordinario de su época. Y eso es algo que yo admiro muchísimo en un escritor. Y en Los Miserables él volcó prácticamente toda su experiencia vital.
Vargas Llosa y su actual mujer, Isabel Preysler, a su llegada a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias celebrada esta tarde en el Teatro Campoamor de Oviedo, España. EFE/ J. L. Cereijido.
Vargas Llosa y su actual mujer, Isabel Preysler, a su llegada a la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias celebrada esta tarde en el Teatro Campoamor de Oviedo, España. EFE/ J. L. Cereijido.
–Cuando avanzó sobre el personaje, ¿nunca tuvo la tentación de llevarlo a la ficción?
–No, bueno... la vida de Victor Hugo es una ficción vivida. Hizo cosas tan diversas, fue tantas personas a la vez, que uno tiene la sensación de estar con un personaje de novela. Es una vida tan subordinada a la historia, a todo lo que es la vida pública, en la que él siempre tuvo un papel descollante no sólo como escritor sino como figura cívica, como una especie de conciencia moral a la que se consultaba y cuya opinión era escuchada en todos los ámbitos. En la figura del escritor encarnada por Victor Hugo la literatura parecía realmente la ciencia de las ciencias, con respuestas para todas las preguntas, todas las inquietudes, todos los interrogantes humanos. Claro que es un personaje que da para una novela, pero esa tentación no la tuve. Aunque sí, en un momento dado, la investigación sobre Los Miserables se convirtió en un trabajo de imaginación, de ficción.
–En la introducción a La tentación... usted defiende que los biógrafos –esos “voyeurs”, los llama–, escarben en la intimidad de un personaje porque así lo humanizan. Hace poco, salió una nueva biografía de Borges de Edwin Williamson, a la que se criticó, justamente, por apoyar el análisis de su obra en aspectos personales. ¿Qué opina de eso?
–Williamson ha hecho un trabajo inmenso, gigantesco, y la obra es muy fascinante, pero digamos que esas interpretaciones que recurren a Freud y al psicoanálisis dejan tanto campo a la imaginación... Tienen una ventaja: no hay manera de verificar si sus análisis son científicos o un ejercicio de la imaginación, así que al final uno tiene que juzgarlos por su poder de persuasión internos. ¿Por qué nos convencen los psicoanálisis de Freud? ¿Porque son ciertos? No lo sé, pero son muy bellos, ¿no? Yo le tengo una inmensa admiración literaria a Freud, porque sus deducciones tienen una fuerza persuasiva admirable, ¡aunque científicamente me dejan muchas veces dubitativo! Una ciencia que no puede ser verificada creo que está mucho más cerca de la literatura que de la ciencia, y eso me pasa con Freud. De todas formas, creo que un biógrafo tiene todo el derecho a escarbar la intimidad, porque allí están muchas veces las fuentes de un creador. Una cosa muy distinta es la interpretación, que es algo que está librado a la competencia o incompetencia del crítico, a la metodología que utilice, a las disciplinas de que se valga, a las ideologías que quiera utilizar como perspectiva, y sobre eso hay un amplio campo para la controversia. El hecho fundamental, y esto lo digo después de haber escrito muchos libros y ensayos críticos, es que en última instancia no hay explicación para el género. Es eso que Dámaso Alonso llamaba “la humedad última” del poema: a la humedad última no llega ni un psicoanalista ni un lingüista. Ahí no se puede llegar a través de la razón, sino a través de la intuición, del contacto directo con la obra maestra. Por eso a uno siempre lo deja perplejo y estupefacto una obra maestra lograda, es algo que nos desconcierta. Borges, que es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo, es un escritor genial; y esa genialidad es una sombra que se nos escurre entre las manos. Pero no se puede entender cabalmente a Borges sin situarlo en su época, en su sociedad, en su momento, sin conocer lo que fue su experiencia vital.
–Sus dos últimas novelas están basadas en personajes reales: La fiesta del Chivo en el dictador dominicano Leónidas Trujillo, y El paraíso en la otra esquina en Paul Gauguin y su abuela Flora Tristán. ¿Esto fue premeditado?
–Reales hay que ponerlo entre comillas, porque están inspiradas en personajes reales, pero son más bien personajes literarios; le deben mucho más a la literatura que a la historia. Están hechos con palabras, están hechos con una dosis muy fuerte de fantasía, de imaginación, más que sobre el material histórico. Y probablemente lo añadido a ellos ha sido mucho más importante que lo tomado de la historia. Así que sí, están basados en personajes reales, pero el proceso de elaboración de la historia ha sido el mismo que cuando invento... Nunca invento todo, siempre hay partes que surgen de experiencias, de recuerdos, de imágenes. Luego, los temas se le imponen a uno, ¿verdad? En realidad son temas que están dando vueltas allí, y sólo cuando estoy terminando un libro y empiezo a sentir la angustia, tú sabes, el vacío de: “Bueno, voy a terminar este libro...” –”¿Y ahora qué?” –”¿Y ahora qué?”. Ese vacío a mí no me gusta nada, es una sensación que detesto. Por eso, cuando termino un libro, procuro inmediatamente comenzar otro.
–O sea que ya está metido de cabeza en su próximo libro.
–¡Claro!, ya tengo el título, si no se me ocurre cambiarlo más adelante: se llamará Travesuras de la niña mala y es una novela de amor. Es la primera vez que me meto con una historia de amor, o sea que es un desafío bastante difícil. Sobre todo en esta época, en la que todo parece estar ya dicho y contado en lo que se refiere al amor, ¿no? Pero será una historia romántica, con el romanticismo propio de nuestro tiempo. Por otra parte, será una novela que está situada en distintas ciudades y en distintas épocas; y sólo es autobiográfica en cuanto a que yo viví en esas ciudades en las épocas en que ocurren estas historias. Son historias completamente inventadas, y al mismo tiempo que son historias autónomas, son capítulos de una historia que las engloba a todas.
–Últimamente, hizo unas declaraciones algo apocalípticas con respecto al género de la novela: dijo que así como la conocemos, no sobrevivirá al siglo XXI.
–Espero equivocarme con eso de que la novela está en peligro, y que sea una profecía totalmente errada. Creo que se empobrecería mucho la vida sin novelas. Pero nosotros hemos vivido en nuestra época fenómenos tan extraordinarios, que nada se puede excluir. Todo puede ocurrir, eso está demostrado. Hoy en día está de moda un tipo de novela ligera, light. Novelas como Los Miserables, como el Ulises de Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann, o como Rayuela Adán Buenosayres en la Argentina, donde hay casi una vida detrás volcada, eso no está de moda. Los escritores hoy están impacientes, escriben rápido, quieren tener éxito cuanto antes. Y el público tampoco está dispuesto a hacer el esfuerzo de una lectura sostenida. Entonces lo que está de moda es la novela light, esa es la realidad. Hay algunas excepciones: ciertas novelas light son magníficas, brillantes, pero la tendencia es un poco preocupante.
–¿Y qué pasa cuando este tipo de novelas, cuyo caso más visible últimamente es quizá El código da Vinci, hacen que la gente se acerque a los libros?
–Eso es muy bueno, eso está muy bien. Es preferible que la gente lea, aunque sea literatura de muy escasa calidad. Ahora, hay un tipo de literatura que en lugar de crear lectores para la buena literatura, los vacuna contra la buena literatura. Si El Código da Vinci al final a ti te produce un extraordinario placer y lo que buscas son obras que sean equivalentes, entonces tú nunca vas a poder leer el Ulises de Joyce, nunca vas a leer a Proust, ni vas a gozar con Borges. Yo creo que esas otras lecturas en cierta forma te vacunan, así como las telenovelas te pueden cancelar completamente la sensibilidad para gozar de un tipo de teatro de gran refinamiento, por ejemplo. Porque esas obras, algunas muy bien hechas, que te capturan la atención muy rápidamente, son obras descomplicadas, que no ponen en ejercicio tu inteligencia ni tu capacidad de raciocinio, que no te plantean dudas o problemas. Son una agradable ensoñación, casi como tomarse un tranquilizante: te descansan, te sedan un poco, pero eso crea lectores pasivos, lectores que son los espectadores de telenovelas. ¿Qué inconveniente tiene eso?: que rápidamente puedes llegar a descubrir que si eso es lo que te interesa, entonces ¿para qué leer? Hay un cine, una TV que te da eso mismo. La buena literatura necesita lectores que sean activos, que estén dispuestos a enfrentarse a la complicación, que trabajen codo a codo con el autor, con su imaginación, con sus conocimientos, para poder disfrutar cabalmente la obra. Cosas como El Código da Vinci están totalmente reñidas con eso, es una literatura de otra naturaleza.
–Aquí surgió un debate entre los escritores que defienden la literatura de la experiencia, más cercana al lector, y una meta-literatura, que apunta más a los escritores y lectores letrados.
–En ambas literaturas hay distintos niveles de calidad. Puede haber una literatura libresca, entre comillas, que sea inmensamente creativa y vital. Es el caso de Borges: sus obras están hechas a partir de libros, su material son muchas veces ideas de filósofos, de poetas, de literatos... Ahora, eso no le resta vitalidad ni frescura. Lo que pasa es que llega a través de experiencias intelectuales, que es la materia que más utilizaba Borges, y eso no se puede decir que sea una literatura cortada de la vida, una literatura para académicos o profesores. Para nada: es un tipo de literatura que exige ciertos conocimientos, que exige un esfuerzo intelectual para poder aprovechar el alimento que contiene, pero que es absolutamente vital. La prueba es que está viva, y cada vez tiene más lectores. Al mismo tiempo tú tienes una literatura hecha de la experiencia que puede ser muy mala, que puede ser muy pobre, muy superficial o mecánica. Es un problema de nivel de calidad en cada uno de estos géneros. Si me preguntas qué tipo de literatura hago yo, creo que es una literatura más fundada en la experiencia vivida, pero eso no me impide disfrutar también de la experiencia leída.
–Como uno de los autores que protagonizó el boom de la literatura latinoamericana, hoy, en perspectiva, ¿cómo siente ese fenómeno?
–Para mí la historia del boom significó el descubrimiento de América latina. Yo no me sentí un escritor latinoamericano hasta que fui a Europa. Antes para mí lo que existía era el Perú, Francia y la novela norteamericana y algunas otras pocas cosas que llegaban desde Buenos Aires a través de la revista Sur. Pero en Europa fue donde yo descubrí que había un mundo al que yo pertenecía, que tenía una historia común con otros autores que estaban produciendo una literatura muy interesante, muy rica, muy diversa. Para mí eso fue el boom: descubrir mi condición de latinoamericano, descubrir una literatura que en ese momento estaba en la vanguardia, sin ninguna duda, una literatura muy creativa desde el punto de vista formal, de la creación técnica, de experimentación. Además fue una época de amistades, de compañerismo. Fue un período muy eufórico. Ahora, lo que ha quedado de eso, pues bueno, el tiempo que va haciendo sus discriminaciones, eliminando ciertas cosas, rescatando otras...
–Hoy la literatura latinoamericana ya no tiene esa proyección...
–Es que ha desaparecido la novedad también, ¿no? En lo años 60 el mundo descubría que América latina existía desde el punto de vista literario. Ese descubrimiento ya se hizo, y lo que hay hoy es una realidad donde América latina sigue generando escritores, algunos destacados, algunos que pasan las fronteras y otros que no, con intereses que van por distintos lugares, pero que mantienen cierta vitalidad.
–Cada año se editan más y más títulos, ¿no se corre el peligro de perderse algo bueno en medio de esa avalancha?
–Sí, ese peligro existe. Y lo más grave es que al mismo tiempo se ha empobrecido tremendamente una crítica que discrimine y oriente al lector. En los años 60 había en América latina una crítica que era notable; los mejores escritores hacían crítica literaria: Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Juan Carlos Onetti... era un placer leer esas críticas inteligentes, lúcidas, instructivas, bien escritas. Eso hoy en día se ha reducido a su mínima expresión. La crítica en España y América latina, con algunas excepciones, ha pasado a ser muy rudimentaria, y eso tiene a los lectores totalmente desorientados. La consecuencia es que se producen confusiones extraordinarias. Como por ejemplo, que El Código da Vinci aparezca como una obra maestra de la literatura.
Publicada originalmente el 5 de febrero de 2005.
E. Martínez. Fue durante años Director General Adjunto de Revista Ñ. Desde 2016, es Director de Programación Cultural de la Biblioteca Nacional.

https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/vargas-llosa-literatura-light_0_NOncMBDre.html





Escribir una biografía de Borges resultó una empresa bastante ardua: una larga caza de documentos, testimonios y fuentes que duró unos nueve años: aproximadamente el doble de lo que había proyectado. Esta caza me llevó varias veces a Buenos Aires para buscar material inédito en hemerotecas y bibliotecas, y para recoger testimonios. Mi investigación, se benefició de amplias entrevistas con personas que trataron a Borges en distintos periodos: familiares, amigos, discípulos, colegas y hasta enemigos. Los datos biográficos que iba recogiendo fueron organizados según un minucioso ordenamiento cronológico de los textos borgeanos, y esta metodología me abrió la posibilidad de establecer un juego dialéctico entre experiencia y escritura, donde la una era capaz de iluminar aspectos insospechados de la otra. Esta manera de proceder producía concentraciones cronológicas de textos a veces sorprendentes, y sacaba a la luz relaciones intrigantes entre textos y vivencias o hilos intertextuales que se cruzaban y entrecruzaban a lo largo de la obra. Poco a poco fueron dibujándose los contornos de la experiencia personal de Borges, hasta que por fin fue posible tomar el pulso del 'corazón que late en la hondura' de sus textos [...].


Borges era un hombre que sufrió agudos conflictos internos. No obstante, se enfrentó a estas dificultades con una lucidez y un coraje realmente impresionantes. En gran medida concebía la creación literaria como un proceso de autorrealización y, de hecho, hay cierta dimensión autobiográfica en sus textos donde sondea e interroga constantemente su propia realidad psicológica. A la larga, escribir le ofreció una salida a estos conflictos: a mediados de los años sesenta, esta turbulenta lucha interna culminó en una extraordinaria liberación de las trabas y contradicciones que lo habían oprimido desde la infancia.
Si los textos de Borges registran indirectamente los conflictos de su mundo interior, tampoco son inocentes de las realidades externas. Sorprendentemente quizá para los que quieren tener a Borges encerrado en una 'biblioteca total'; fue un intelectual público durante toda su vida. Desde un principio mostró un gran afán de protagonismo en el mundo literario, y mi estudio sigue en detalle sus aventuras en las vanguardias española y argentina. También he analizado sus creencias y actividades políticas, desde su temprana simpatía por los bolcheviques hasta su pacifismo último, pasando por su afiliación al Partido Radical, su obstinada lucha antifascista, su antiperonismo acérrimo y su apoyo a las dictaduras militares. Lo que he procurado hacer es analizar la lógica de estos cambios en el contexto de la historia argentina para llegar a comprender lo que él veía como la constancia fundamental de sus valores políticos. El hecho es que, lejos de vivir de espaldas a las grandes cuestiones de su tiempo, Borges estaba imbuido de una fuerte conciencia de la responsabilidad del escritor ante la historia: tenía un sentido muy hondo de la patria y hasta el final de su vida se comprometió con el destino de la Argentina. Por eso, aunque sus temas literarios no fueran políticos, fue un escritor engagé a su manera [...].
Enamoramientos y frustraciones

La partida de Norah Lange [1928] había dejado a Borges en un estado de abatimiento absoluto, y en ausencia de la amada, su sentido de la 'nadería de la personalidad' amenazaba con invadirlo una vez más. Aunque continuó con su costumbre de explorar los barrios de Buenos Aires después de su operación de la vista, ahora había un toque de desesperación en sus vagabundeos: se aventuraba en plena noche en las zonas de peor fama, lugares donde los delincuentes iban armados con cuchillos y pistolas y donde se sabía que había perros feroces que atacaban a los transeúntes. En una ocasión escapó por poco al daño corporal grave mientras caminaba con Ulyses Petit de Murat y Sixto Pondal Ríos en el Bajo de Belgrano, una zona desagradable de criaderos y establos de caballos, refugio notorio de criminales. [...].
Después de su rechazo definitivo por Norah Lange, Borges estaba asediado por las pesadillas y el insomnio y estuvo a punto de matarse. Trató de sobrellevar ese sufrimiento dedicándose por entero a su trabajo en Crítica. Dos cuentos que iba a publicar en Crítica nos dan cierta perspectiva sobre la gravedad de su crisis personal. Los dos fueron escritos con el seudónimo 'Alex Ander', y su estilo melodramático, crudamente escrito, es difícil de reconciliar con la elegancia de la escritura posterior de Borges, pero era consonante con el populismo amarillista de Crítica y tiene que haberse debido en no poca medida a la angustia extrema de su autor en ese momento [...].
De los treinta y siete lectores que compraron un ejemplar de Historia de la eternidad, uno fue Adolfo Bioy Casares, un aspirante a escritor. Tal era el apetito del joven por las curiosidades literarias que fue engañado por la reseña falsa de El acercamiento a Almotásim y pidió la novela inexistente a un librero de Londres. Con el tiempo, Bioy Casares se convertiría en uno de los compañeros más cercanos y leales de Borges, así como en el autor, con él, de una serie de cuentos y unos guiones cinematográficos [...].
Crisis suicidas

La pérdida de Haydée [en 1940, Haydée Lange, hermana de Norah y a quien cortejaba Borges, se había enamorado de otro hombre] provocó otra crisis suicida, al menos en su imaginación, porque en la misma libreta de notas en la que había compuesto Tlön, Uqbar, Orbis Tertius bosquejó el siguiente guión: después de desempeñar sus deberes como auxiliar segundo en la biblioteca del suburbio monótono de Boedo, compraba un revólver en un negocio de armas de la calle de Entre Ríos, una novela policial de Ellery Queen que ya había leído, y un pasaje de ida a Adrogué, donde se registraba en el hotel Las Delicias, bebía pero no pagaba dos o tres coñacs y después se pegaba un tiro en una de las habitaciones superiores* [...].
Pero lo peor de todo era que un líder carismático había surgido de entre el conciliábulo de jóvenes oficiales que habían orquestado el golpe de Estado de 1943. Se trataba del coronel Juan Domingo Perón, que, como ministro de Trabajo, estaba construyendo una enorme base de apoyo apartando a los trabajadores de sus sindicatos tradicionales con una serie de medidas populistas. Perón exhibía los atributos de un Mussolini, y no podía pasar mucho tiempo sin que orquestara algún tipo de putsch que le daría el poder para convertir la Argentina en una dictadura fascista" [...].
En 1946 es elegido presidente de Argentina Juan Domingo Perón, político al que Borges detestaba profundamente. Ese mismo año escribió: "... las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez... Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a lectores del Martín Fierro y de Don Segundo que el individualismo es una vieja virtud argentina?" [...]
Fue la esposa de Bioy, Silvina Ocampo, quien expresó memorablemente la opinión imperante sobre las inclinaciones amorosas de Borges: 'Borges tiene un corazón de alcaucil. Ama a las mujeres hermosas. En especial si son feas, porque entonces puede inventarles la cara con mayor comodidad'. Silvina tenía razón sobre la cualidad imaginativa de sus encaprichamientos, pero se equivocaba si con 'corazón de alcaucil' quería decir que era incapaz de sentimiento auténtico por una mujer en particular. Las dedicatorias literarias de Borges eran muestras de amistad, sin duda sinceras, pero, por cierto, ninguna guía de la profundidad de su aprecio por la dama en cuestión. En cambio, uno debiera distinguir entre las numerosas mujeres que admiraba y otro grupo de mujeres con quienes trató de llevar adelante relaciones serias, y que le provocaron en general mucho sufrimiento [...].

Borges iba tomando conciencia del aprieto que lo acosaría como de hecho acosaría a la política argentina por el resto de su vida. Porque ¿cómo se crea una democracia cuando el sector mayor del electorado elegirá a un líder totalitario que es ideológicamente hostil a la democracia liberal? ¿Debe uno aceptar la 'voluntad del pueblo' sin tener en cuenta los principios o los valores? Borges estaba siendo llevado a una posición por la cual deseaba restaurar la democracia, pero sólo podía confiar en que una elite no representativa lo lograra. Era una contradicción, desde luego, y hay pocas dudas de que era consciente de sus implicaciones, tanto para el país como para él mismo. Perón lo estaba obligando a cuestionar la sabiduría de 'el pueblo', y eso amenazaba con poner en entredicho, si no destruir, su sueño de una Argentina democrática. [...].
Borges no tuvo que esperar mucho para saborear los frutos de la victoria. A semanas de la derrota de Perón, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, nada menos [...].
Un golpe de suerte

La vida de Borges habría seguido por este camino penoso, de no mediar un golpe de suerte que cayó del cielo como un rayo en mayo de 1961. Estaba almorzando un domingo en la casa de Bioy Casares cuando recibió una llamada telefónica informándole de que había obtenido un premio internacional del que nunca antes había oído hablar. Al principio creyó que era una broma, pero resultó ser un premio que habían otorgado por primera vez ese año. Seis firmas editoras —Gallimard de Francia, Einaudi de Italia, Rowohlt de Alemania, la española Seix Barral, Weidenfeld y Nicolson de Londres y Grove Press de Nueva York— habían creado el Premio Internacional de los Editores, que le sería concedido a un autor 'de cualquier nacionalidad, cuya obra pueda llegar a ejercer, en opinión del jurado, una influencia perdurable sobre el desarrollo de la literatura moderna'. El ganador recibiría diez mil dólares y tendría un libro traducido y publicado en cada uno de los países representados por las editoriales patrocinadoras. [...].
Además de componer cuentos y colaborar en escribir proyectos con amigos, tenía sus clases de anglosajón los sábados por la mañana en la Biblioteca Nacional, que seguían atrayendo a un fiel grupo de estudiantes. El año anterior, Borges había invitado a una muchacha llamada María Kodama a unirse al grupo. María había admirado a Borges desde que su padre japonés la había llevado a una de las conferencias de Borges. En esa época tenía apenas doce años, pero un amigo de la familia le había presentado después al escritor, y habían charlado sobre Alicia en el país de las maravillas, el libro favorito de ella. Borges había olvidado aquel primer encuentro, pero unos años después, cuando María era estudiante en la Universidad de Buenos Aires, se anotó en la clase de Borges sobre épica, tema que la había fascinado desde que su padre le hablara sobre los cuentos de los samuráis [...].
Borges estaba bastante impresionado por esa muchacha medio japonesa, cuya belleza frágil la hacía parecer aún más joven de lo que era. Además, tenía una conducta amable, respetuosa, modesta. En una época de turbulencia emocional secreta para él, ella tiene que haber sido una presencia tranquilizadora, y podía pasarse el tiempo haciendo lo que más le gustaba: explayándose sin fin sobre temas literarios mientras María estaba pendiente de cada palabra, sin creer casi que se le hubiera acordado el privilegio de escuchar la sabiduría de su admirado maestro. Predeciblemente, no pasó mucho tiempo sin que su amistad en ciernes con la muchacha se convirtiera en algo más intenso, aunque era difícil definir a esa altura qué era lo que realmente sentía por ella [...].
En 1971, y tras una serie de conferencias en Estados Unidos, voló a Islandia el 13 de abril con Di Giovanni y su esposa, visita que iba a describir como 'la mayor revelación de mi vida' [...].
'Una especie de éxtasis'

Cuando llegó a Islandia, donde María lo estaba esperando, sintió 'una especie de éxtasis'; era un 'sueño hecho realidad' . Quedó impresionado por el paisaje desierto de volcanes cubiertos de nieve y géiseres humeantes. Hubo visitas al Althing, donde vio los restos del Parlamento medieval de jefes tribales, y a la casa de Snorri Sturluson en Borgafjord, así como también a otros lugares históricos, y mientras iba de un lugar a otro, recitando sus pasajes favoritos de las grandes sagas nórdicas, se conmovió hasta las lágrimas por la emoción de todo aquello [...].
Fue en ese estado de intensa emoción que reunió el coraje de declararle sus sentimientos a María, y ella contestó a su vez reconociendo que lo de ella era más que una amistad, era amor. Borges entonces le confesó a María que se sentía como si hubiera estado esperándola toda la vida, y fue en el contexto de un sueño de larga data hecho realidad donde concibió la idea para un cuento que, como le dijo a María en Islandia en esa época, se proponía dedicarle alguna vez. El germen de ese cuento era un encuentro entre un hombre mayor y una mujer joven que le recuerda a una muchacha que lo había rechazado en su juventud; mientras le hace el amor a la mujer, siente que el recuerdo del amor anterior, no correspondido, por fin queda borrado [...].
El 13 de junio [1986], María llamó a un amigo de los dos, el escritor francoargentino Héctor Bianciotti, editor de Borges en Gallimard, quien viajó a Ginebra desde París el mismo día. Esa noche se sentó junto al lecho de Borges mientras María descansaba un poco. Borges había entrado en coma, y en las primeras horas de la mañana, Bianciotti notó que su respiración, que había sido regular durante las últimas diez horas, o más, parecía apagarse. Llamó a María, y ella se sentó junto a Borges. Estuvo junto a él cuando, por fin, él se fue, con su mano en la de ella, hacia el amanecer del sábado 14 de junio.

*Véase Manuscrito hallado en la habitación de un suicida [Hotel Las Delicias, Adrogué, 1940]  -Nota de Florencia Giani-

Extractado de Borges, Una vida, Seix Barral, Madrid, 2006
Publicado en El País, Madrid, 11 de marzo de 2007
Foto: Borges en Austin, 1976, Nettie Lee Benson, Latin American Collection University of Texas
Icluida en en Borges, A Life de Edwin Williamson

http://borgestodoelanio.blogspot.com/2017/05/edwin-williamson-borges-era-su-propio.html



Marx en el siglo XXI
Este año se cumplen dos siglos del nacimiento de Karl Marx. Filósofo, economista, sociólogo, revolucionario y acaso profeta, era un hombre de su tiempo, marcó profundamente el siglo XX y algunas de sus ideas son relevantes en nuestra época. Produjo un análisis del capitalismo que todavía resulta clarividente, combinó la filosofía de Hegel con la economía política y la investigación social, y creó conceptos y teorías que han sido completadas, discutidas o refutadas. Su pensamiento inspiró una corriente política, justificó revoluciones y regímenes opresivos, desarrolló una manera de ver la sociedad y generó una serie de polémicas ásperas, que a veces nos parecen iluminadoras y en otras ocasiones son curiosidades históricas, llenas de ortodoxos y heterodoxos, de inquisidores y apóstatas.

Fue un autor complejo, que cambió de opinión muchas veces, que evolucionó a través de intensas lecturas y de la confrontación con los grandes acontecimientos de su época. Sería un error reducir su pensamiento a una sola interpretación: hay un Marx joven y un Marx maduro, un escritor de periódicos y un crítico de la religión, un heredero de la Ilustración y un activista, un defensor de la capacidad revolucionaria de la burguesía y un campeón del proletariado, un Marx que escribía y agitaba, y un Marx que recrearon sus herederos.

La realidad ha desmentido algunas de sus teorías y ha revelado algunas carencias de su pensamiento: las noticias de la muerte del capitalismo parecían exageradas, su desdén por los derechos individuales es llamativo, la teoría del valor ha sido desmentida, su concepto de la clase ignoraba otras formas de capital, el determinismo de su perspectiva de la historia ha sido criticado. De personalidad atrabiliaria, dedicó mucha energía a pelear con adversarios que ahora nos parecen poco significativos. Pero, en una época obsesionada por lo simbólico, recuerda la importancia de los aspectos materiales y de la racionalidad. En tiempos de ansiedad por el cambio tecnológico, de aumento de la desigualdad, de reconfiguración de las clases sociales y de transformación de la democracia, algunas de sus observaciones resultan extrañamente actuales.


Qué esperar de Marx en el siglo XXI

En su nuevo libro, Eric Hobsbawm, uno de los intelectuales de izquierda más prestigiosos del siglo XX, rescata a Marx como fundador de la moderna ciencia social, por el contenido radical de los problemas que se atrevió a formular.

CAE EL MURO DE BERLIN. Así comenzó, en noviembre de 1989, la reunificación de ambas Alemanias y el fin de la URSS.
El estudio de las ideas, las obras y las acciones de Karl Marx (junto a su camarada y amigo Friedrich Engels), y las del heterogéneo movimiento social, político e intelectual que se desplegó a partir de aquéllas, dieron lugar durante el último siglo y medio a una inmensa biblioteca, en los más variados registros de la filosofía, la economía, la política, la historia y la sociología. Como cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, que acaba de publicar el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm, a sus 93 años de edad, se suma a este catálogo.

La abundante producción de Hobsbawm, desplegada a lo largo de seis décadas, fue dedicada, de una manera u otra, a las circunstancias y las problemáticas históricas dentro de las cuales se produjo el desenvolvimiento del marxismo, con cuya tradición aquél siempre se identificó. Por un lado, la trilogía que presentó los rasgos esenciales del “largo siglo XIX”: La era de la revolución1789-1848La era del capital1848-1875 La era del imperio1875-1914, luego continuada por el examen del “corto siglo” en su Historia del siglo XX1914-1991.

Más específicamente, numerosas reflexiones acerca de las características y el desarrollo del proletariado, el movimiento obrero y las izquierdas, se esparcieron en sus también ya clásicas compilaciones TrabajadoresEl mundo del trabajo o Revolucionarios; en otras, como Marxismo e historia social y Sobre la historia, había avanzado en el análisis de las contribuciones teóricas del impulsor del materialismo histórico.

Este nuevo libro sintoniza con todas estas obras. Puede ubicarse como parte de la travesía de Hobsbawm por desentrañar las claves del mundo contemporáneo burgués y del socialismo marxista como su principal impugnador. Pero le agrega una dimensión eminentemente política y actual, al esbozar elementos de balance del marxismo y sobre sus perspectivas en el siglo XXI.

La mayoría de los dieciséis escritos que configuran la obra son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición.

En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto.
Avatares del marxismo
Un recorrido por algunas de las estaciones que jalonaron la aventura intelectual y el despliegue teórico-político de Marx y Engels durante el siglo XIX es lo que nos propone Hobsbawm en toda la primera parte del libro. En uno de sus capítulos examina el modo en que ambos referentes se posicionaron ante las distintas expresiones del socialismo existente hasta los años 1840, en su triple origen: francés, alemán y británico.

En otro, indaga sobre las maneras en que se fueron configurando las ideas políticas de Marx-Engels acerca del Estado, la transición al socialismo, el carácter de la revolución, la dinámica de la lucha de clases, las estrategias y las formas de organización del movimiento socialista.

Asimismo, la recuperación de ciertos prólogos escritos por el autor permite apreciar un ejemplo de cómo encarar un riguroso examen introductorio de una obra, reconociéndola en sus contextos, determinaciones e influencias. Bajo ese enfoque se ausculta La situación de la clase obrera en Inglaterra (el pionero libro de Engels), se apuntan las diversas lecturas posibles del Manifiesto comunista y se valora en detalle la importancia de los tardíamente descubiertos Grundrisse del Marx maduro, en especial, para la reconceptualización de las formaciones precapitalistas.

Finalmente, se ofrece un mapa e itinerario de notable precisión que buscan responder los interrogantes de qué, cuánto, dónde y cómo se publicaban, traducían, circulaban y leían los textos de los impulsores del comunismo moderno.

El estudio de los rasgos y la dinámica que asumió el marxismo como movimiento intelectual, social y político desde fines del siglo XIX es el eje de la segunda gran sección de la obra. Se trata de una ambiciosa reconstrucción, adecuadamente historizada. Su núcleo duro está concentrado en cuatro extensos capítulos, que van desbrozando los caminos de la difusión, penetración, recepción, apropiación, recreación, crisis y reconstitución de la cultura marxista en el mundo.

En el primero se aborda la influencia del marxismo europeo en la cultura general durante el período de la Segunda Internacional, entre 1880 y 1914. El segundo discurre bajo el ciclo del antifascismo (1929-1945). El tercero se orienta a la etapa de posguerra, desde 1945 hasta 1983, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marx. Son trabajos ya relativamente conocidos. No así el cuarto, un breve ensayo escrito para esta edición, en el que presenta, aunque de un modo algo superficial, lo que el autor entiende como el proceso de un marxismo “en recesión”, desde aquel último año hasta la actualidad, al compás del agotamiento y caída del “socialismo real”. También alcanzan interés otros dos acotados pero eficaces capítulos, donde se analiza a Gramsci como teórico político original y estratégico, y se examina el éxito de su recepción internacional.
Balance y perspectivas
Cómo cambiar el mundo se abre y se cierra con dos capítulos de elaboración reciente, de tono más ensayístico y político, cuya importancia radica en que permiten aproximarse a la mirada actual de Hobsbawm respecto, tanto a la vigencia de Marx y del marxismo, como al balance que puede hacerse de la vinculación de este último con el proletariado, al que siempre entendió como agente esencial de la transformación social.
Quizás, son los trayectos del libro donde menos centellea la clásica erudición con la que el longevo autor sostenía sus anteriores apuestas historiográficas y en donde aparecen expuestas algunas de las mutaciones de su pensamiento, especialmente en las últimas dos décadas.
Como si dialogara en tensión con su propia obra, Hobsbawm alerta acerca de las espinosas relaciones entre el movimiento obrero y el socialismo marxista a lo largo del siglo XX, apuntando sólo la excepcional existencia de una opción proletaria de masas en pos de una alternativa comunista o revolucionaria (en rigor, nos dice, limitada al período de entreguerras europea o a situaciones puntuales del Tercer Mundo).

En su diagnóstico, el siglo y medio del movimiento obrero aparece disbujado bajo el signo del fracaso como variante histórica de superación al capitalismo: donde quedó contenido por regímenes que hablaban en su nombre, acabó disuelto como actor independiente; en Europa occidental, viró al revisionismo reformista, obtuvo conquistas con el Estado benefactor de posguerra, pero también terminó diluyéndose como sujeto y retrocediendo a posiciones adaptadas a la lógica del capital incluso mayores que las preconizadas por Bernstein.

Señala la pervivencia de las irresolubles inequidades del capitalismo y de la lucha de clases, pero no encuentra que el movimiento obrero disponga de las potencialidades para antagonizar y rebasar a un capitalismo que paradójicamente hoy afronta su “crisis más seria desde la era de la catástrofe” (ni siquiera descarta un posible horizonte de “desintegración o desmoronamiento”); tampoco divisa ningún reemplazante en esta ciclópea tarea de sepulturero.

En este impasse radicarían algunas de las mayores desventuras del marxismo, parece sostener Hobsbawm, para quien, al mismo tiempo, no se ha presentado hasta el momento otra ideología radical o de izquierdas capaz de suplantarlo.

De este modo, las viejas certezas y confianzas respecto al marxismo como forma de comprender y transformar el mundo ceden lugar a un planteo más bien defensivo, aunque firme: si Marx, a pesar de su encuadre decimonónico, fue el referente político-intelectual que dejó una de las huellas más indelebles en el siglo XX, todavía puede cumplir ese mismo rol para el siglo XXI. Y esta vigencia la explica por dos razones.

Una, en tanto este inestable capitalismo globalizado fue genialmente anticipado desde el viejo Manifiesto comunista o El Capital, logrando descubrírselo como una modalidad históricamente temporal de la economía humana y pudiendo desentrañar su modus operandi basado en la expansión, concentración, autotransformación y recurrente crisis.

Sin embargo, aquí se extraña una visión más honda y comprensiva de Hobsbawm respecto al origen y dinámica de la actual crisis capitalista, pues el hincapié explicativo está puesto excesivamente en los efectos de la aplicación del necio fundamentalismo de mercado.
La otra razón de la posible perduración de Marx en el futuro que aquí se argumenta es que ahora podría recuperarse la original potencia crítica de su aporte al quedar liberado de su asociación oficial con los fracasados experimentos soviéticos y, también, en buena medida, del reformismo socialdemócrata, transcurridos en el siglo XX.

Pero existe un problema a señalar respecto a este inventario. Hobsbawm aún no ha proporcionado una acabada o convincente explicación teórico-histórica de aquel experimento soviético, más específicamente, del estalinismo (a cuyo universo estuvo vinculado, dada su histórica pertenencia al PC británico).

De este modo, lo que se desprende de su visión, es que lo naufragado y ahora reconocido como alejado del verdadero Marx no fue ya el innombrado y reaccionario fenómeno burocrático del estalinismo, sino, como explícitamente lo enuncia, el “leninismo” y las revoluciones y estrategias conjugadas en torno a ese tipo de proyectos.

Esta homologación, va acompañada, por otra parte, con su habitual indiferencia a toda tradición o corriente ubicada a la izquierda del “comunismo oficial”. Aunque luego parece admitir que el legado de Marx está en disputa, abierto e irresuelto, por lo que tanto Bernstein como Lenin pueden ser considerados o no como sus herederos. El tema es polémico y ameritaría un mayor desarrollo y precisión de lo expuesto sólo en las páginas iniciales y finales del libro.

Una vez enunciados los dilemas de la experiencia histórica y quedando desguarnecidos de proyectos definidos de transformación, Hobsbawm incita a rescatar a un Marx como intérprete del mundo, sobre todo, como pensador económico, guía para la comprensión de la historia humana y padre fundador, junto a Durkheim y Weber, de la moderna ciencia social; en síntesis, como portador de un pensamiento de magnitud universal e integrador de todas las disciplinas. Un Marx vigente no ya en todos los análisis, predicciones y respuestas que esgrimió, sino, por el contenido radical con que formuló las preguntas y los problemas.

En verdad, el resto del propio libro, en sus textos menos recientes, propone una recuperación de Marx y del marxismo con un sentido más vasto, complejo y programático. Este contrapunto quizá sea una vía de entrada para la lectura de una obra que retoma algunos buenos pasajes de uno de los intelectuales de izquierda más importantes del siglo XX, dueño de una incuestionable sabiduría historiográfica. La misma que logra plasmarse en varios de los recorridos de estas páginas.
https://www.clarin.com/rn/ideas/Eric-Hobsbawm-Marx-marxismo_0_r1pLL_C2wXx.html
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El joven Marx: peleas, discusión y una grande pasión


Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. La frase de Salvador Allende –que resurge cada tanto para explicar el habitual estado de excitación subversiva de las nuevas generaciones y para reprochar que otros no lo sientan con la misma intensidad– parece alentar un par de ficciones biográficas dedicadas a la figura de Karl Marx: Le jeune Karl Marx, la película de Raoul Peck (autor también del guion, junto con Pascal Bonitzer) y Young Marx, la obra de teatro de Richard Bean y Clive Coleman, cuya puesta en escena sirvió para inaugurar el Bridge Theatre en Londres. Ambas piezas, estrenadas el año pasado, coinciden en su propósito de retratar a Marx y a Engels como dos agitadores entrañables, pensadores “emergentes” en busca de pleito, y menos como el par de señores que, por cosas de la historia, salen a menudo al lado de Lenin en algunas imágenes de propaganda.
La película de Peck dibuja a un Marx a mitad de sus veinte, cuyos controvertidos artículos en la Gaceta Renana lo obligan a emigrar de Colonia a París. Coleman y Bean se centran en los primeros años en Londres, una vez que Marx ha superado la treintena y se ha instalado junto con su familia en un diminuto departamento en Soho. Los dos periodos, valga la pena repetirlo, estuvieron marcados por las dificultades económicas, los dramas familiares y un febril ritmo de escritura. El tono de farsa con pinceladas de tragedia de la pieza de Bean y Coleman proporciona mejores recursos para representar a un Marx dueño de un agudo sentido del humor y penetrante intelecto y, sin embargo, con importantes puntos ciegos (después de que Marx le confesara a Engels que sentía que la vida lo había tratado con brutalidad, su amigo le recuerda las condiciones de la clase obrera en Manchester, para poner en perspectiva su idea de sufrimiento). Es difícil determinar el centro dramático que proponen Bean y Coleman: puede ser el embarazo de Lenchen, la ama de llaves, que provoca una crisis en el matrimonio de los Marx, o la muerte del "pequeño Fawkes", el hijo enfermo. Pero no importa: la comedia se sostiene con solvencia porque puede contar la historia de los conceptos que más tarde quedarán plasmados en El capital como una trama de persecuciones, espías, celos de pareja y reuniones clandestinas. En ese sentido, la película de Peck es más convencional: elige un punto de inflexión –el encuentro entre Marx y Engels– y concluye con la publicación del Manifiesto comunista, el producto más emblemático de aquella incipiente amistad. La secuencia final –en que algunas fotografías cuentan la historia occidental del siglo XX mientras se escucha "Like a rollling stone" de Bob Dylan– establece una continuidad entre los oprimidos a los que se dirigía el Manifiesto y los de ahora. Se trata, por supuesto, de un epílogo previsible.
Esta necesidad de humanizar a Marx y a Engels a través de dos diferentes lapsos de juventud puede hallar su complemento en El joven Karl Marx (Akal, 2012), de David Leopold, cuyo subtítulo –Filosofía alemana, política moderna y realización humana– parece prometer muchas menos horas de diversión que la pieza teatral y la película. El especialista en teoría política ofrece un acercamiento a las obras que Marx escribió entre los veinticinco y los veintisiete años, en busca no del hombre y su circunstancia sino del profundo pensador político que era ya en aquel momento y cuyas contribuciones se vieron opacadas por su influyente trabajo posterior. No se trata de un volumen biográfico, aunque se apoya en muchos papeles personales, sino eminentemente teórico y, dada la apuesta, termina teniendo un particular encanto. Las rivalidades intelectuales de Marx de aquellos años importan para entender sus ideas, pero también para caracterizar su método de trabajo. Estudiar a quién estaba leyendo y con quién se estaba peleando proporciona al autor estimulantes líneas de interpretación para esclarecer aquel periodo.
Leopold se embarca en una lectura minuciosa de algunos textos –“Sobre la cuestión judía” o la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, por ejemplo– que a su parecer han dado pie a una serie de lugares comunes que merecen más de una precisión. Marx es en cierta medida responsable de esos malentendidos: el estilo oscuro de su prosa ayudó poco, lo mismo su ánimo combativo (para el lector moderno no siempre resulta claro quién es el blanco de esta o aquella diatriba). El esfuerzo, sin duda, es importante. Da la impresión de que la imagen del filósofo descansa en algunos veredictos –la influencia hegeliana, el desprecio por los derechos humanos, la abolición de la política una vez que se alcance la emancipación– bastante debatibles. Leopold pone sobre la mesa un puñado de ideas a contracorriente para ilustrar lo que todavía falta por discutir a ese respecto.
Como sucede con el resto de los jóvenes, una de las partes más desafiantes y difíciles de enfrentarse al joven Marx tiene que ver con encontrar ánimos y herramientas para entenderlo. A la par de una revisión a conciencia de sus adversarios, Leopold identifica aquellos procedimientos retóricos que a menudo operan en detrimento de su claridad, el anacronismo con que ahora leemos algunos de sus conceptos sustanciales –objetivación, alienación– y el carácter desigual de sus escritos –los publicados, los que no se publicaron pese a que fueron redactados con ese propósito, las anotaciones personales de lectura–. Sus argumentos resultan persuasivos en diversos grados: es extraordinariamente consistente para explicar por qué un periodista dedicado a asuntos como el robo de madera en Mosela dio un giro en sus preocupaciones para hablar de la pantanosa filosofía hegeliana, pero se enfrenta a problemas mayores cuando quiere identificar el lugar que ocupan los derechos humanos en su pensamiento. En ocasiones, tiene que ensanchar el criterio, atender detalles más dispersos. Los distintos sentidos que Marx atribuye a una misma palabra, sin duda, dificultan la comprensión, pero Leopold demuestra que hay una sólida coherencia en el primer Marx y que es posible establecer cuándo un concepto –digamos: el Estado– está siendo usado desde un punto de vista amplio y cuándo desde uno restringido, de acuerdo con el contexto. En ese plano, su “retrato” escarba zonas de la personalidad, las circunstancias históricas y el intelecto de Marx a las que el cine o el teatro son incapaces de llegar.
Hay algo particularmente atractivo en que las versiones Young y Jeune del filósofo rastreen en su juventud el ánimo subversivo, doméstico, en fin, humano, que pueda conectar al autor del Manifiesto comunista con el público actual. El drama del escritor freelance, angustiado por las fechas de entrega y la falta de dinero, obligado a compartir su hogar con un montón de personas mientras persigue sus propios intereses intelectuales, es la condición milénial por excelencia. Su vigencia como personaje no es tan complicada de lograr.
Pero hay todavía un camino más estimulante. La lucha por los escritos tempranos de Marx no puede considerarse el tipo de pasatiempo que tienen algunos investigadores, cuando han agotado las obras de madurez. Aquellos textos no solo sufrieron un accidentado y tardío proceso de edición sino que se dieron a conocer en un momento poco propicio, cuando todavía se identificaba al marxismo con el régimen soviético. Su entrada en escena produjo dos reacciones en abierto antagonismo: un bando consideró justo el olvido en que habían caído y el otro halló en ellos una clave que obligaba a releer a Marx con otros ojos. “El lenguaje y las inquietudes de los primeros escritos no tenían cabida en la versión autorizada del marxismo”, cuenta Leopold, quien en su libro busca apartarse de ambas posturas. Esa labor de tomarse en serio los escritos de un joven de veinticinco años, incluso si se trataba de Marx, termina por ser un inesperado homenaje a su espíritu rebelde, en particular si supone desestabilizar la ortodoxia alrededor de su obra y librar batallas contra expertos “más dados a imitar el estilo del joven Marx que a ayudar a los lectores modernos a comprender lo que quería decir en realidad”. ~
La obra de teatro Young Marx, de Richard Bean and Clive Coleman, podrá verse subtitulada en el Lunario del Auditorio Nacional, los días 20 y 21 de mayo. 
https://www.letraslibres.com/mexico/revista/el-joven-marx-peleas-discusion-y-una-grande-pasion

La Escuela de Frankfurt: Los marxistas melancólicos


Stuart Jeffries


Gran Hotel Abismo
Traducción de José Adrián Vitier Madrid, Turner, 2018, 484 pp






Georg Lukács. En 1962, el filósofo marxista Georg Lukács escribió en un prefacio a su célebre Teoría de la novela que una parte de la intelligentsia alemana, entre ellos Theodor Adorno, vivía en un “Gran Hotel Abismo”, una referencia a su crítica de Schopenhauer. Es un “bonito hotel, equipado con todas las comodidades, al borde de un abismo de nada, de absurdo. Y la contemplación del abismo, entre comidas excelentes y entretenimientos artísticos, solo puede aumentar el disfrute de las sutiles comodidades ofrecidas”. Lukács fue un marxista mucho más ortodoxo que quienes formaron la llamada Escuela de Frankfurt. Sin embargo, aportó una base teórica importante a la escuela al crear el concepto de “reificación” a partir de la idea del “fetichismo de la mercancía”, de la que habla Marx en El capital. La identidad del individuo moderno no se construye en el siglo XX a partir del trabajo sino del consumo. Estamos “enamorados” de nuestras lavadoras y smartphones. O como diría Adorno, hay una catéxis (un término del psicoanálisis que se refiere a una especie de carga simbólica que uno proyecta sobre algo o alguien) libidinal en el vínculo con los objetos no humanos, igual que con las personas amadas. Es algo que resultaría clave en obras como El hombre unidimensional de Marcuse, que tanta influencia tuvo en los años sesenta y setenta, y cuyas ideas siguen presentes en Banksy o en las viñetas o memes virales (paradójicamente) sobre nuestra obsesión con la tecnología.
Al centrarse en la falsa conciencia o alienación del proletariado, Lukács abriría un nuevo campo de estudio: con estos pensadores, el marxismo se combinó con el psicoanálisis y dio un giro cultural. Stuart Jeffries afirma que el enfoque en la “reificación” hizo virar al marxismo del “optimismo agitador del Manifiesto comunista a la resignación melancólica que se filtra a través de la Escuela de Frankfurt”.
Max Horkheimer. El Instituto de Investigación Social se creó en Frankfurt para reflexionar sobre el fracaso de la revolución comunista en Alemania en 1918. Pero bajo la dirección de Horkheimer, a partir de 1931, dejó de lado el análisis del capitalismo exclusivamente como un sistema económico y se centró en estudiar su superestructura: el capitalismo es también un sistema de dominación cultural, que oprime al proletariado de maneras sutiles a través de la cultura de masas. Esto provocó una paradoja que todavía no se ha resuelto y que los críticos con la Escuela de Frankfurt siempre recuerdan: estamos todos atrapados y alienados excepto, claro, quienes nos avisan de que estamos todos atrapados y alienados. Marcuse, Horkheimer, Adorno están woke, como dicen en las guerras culturales de internet. Es decir, están concienciados, saben ver tras el velo sutil de la opresión cultural y su obligación moral es avisarnos. “Es como si el proletariado hubiera sido hallado deficiente como agente revolucionario y hubiera sido reemplazado por teóricos críticos”, dice Jeffries. Es decir, por académicos. Como escribió la filósofa británica Gillian Rose, la Escuela de Frankfurt “en vez de politizar la academia, academizó la política”.
Walter Benjamin. Fue quizá el más melancólico, sentimental y pesimista de Frankfurt. No supo hacerse nunca ni un huevo frito y vivió de las rentas de su familia, aunque esta fue una característica común de los teóricos críticos. Era un nostálgico de su infancia idílica en Berlín, y a menudo sus reflexiones sobre la memoria lo acercan más a Proust que a otros teóricos marxistas. Sentía una enorme atracción por lo decadente y le fascinaba la aparente armonía de la vida comunitaria de ciudades como Nápoles, quizá por el gran contraste que presenta con Alemania. Fue quizá el más místico y en cierto modo reaccionario de los teóricos críticos: su paso del judaísmo al marxismo forma parte de su búsqueda de redención y del absoluto. Como escribe J. M. Coetzee en The New York Review of Books, algunas de sus teorías eran incomprensibles o demasiado espirituales para determinados amigos marxistas. El dramaturgo Brecht escribió en su diario: “Benjamin dice: cuando sientes que la mirada del otro se posa en ti, incluso cuando estás de espaldas, respondes (!). La expectativa de que cualquier cosa que observas te observa a ti crea el aura… Es todo muy místico, a pesar de sus actitudes antimísticas. ¡Esta es la manera en la que debe hacerse el análisis materialista! Es bastante espantoso.”
Hoy Benjamin es un pensador de moda. Hay exposiciones sobre él, se reeditan sus obras y los críticos culturales citan sus reflexiones sobre estética, fotografía y cine. Da la sensación de que no podrían existir los estudios culturales sin los análisis literarios de Benjamin, en los que es capaz de combinar a Baudelaire, Mallarmé y demás poetas simbolistas con el marxismo: muchos de sus textos –como “El autor como productor”– son el intento, a veces poco convincente, de justificar esto tan aparentemente contradictorio.
Su prosa influye en esa atracción. En cierto modo, para Benjamin y demás teóricos críticos, la escritura refleja el pensamiento. Y como el pensamiento ha de ser dialéctico, la prosa ha de seguir esa lógica: es un follaje que hay que desbrozar hasta alcanzar el sentido. Su famosa teoría del progreso de la historia a partir del cuadro Angelus Novus de Paul Klee (que Benjamin adquirió y tenía en su despacho) es una idea más o menos sencilla sobre el historicismo expresada con una prosa enrevesada e incomprensible.
Stuart Jeffries no esconde su atracción por Benjamin. Dedica buena parte del libro a sus viajes, su suicidio en 1940 en Portbou tras escapar de la Francia ocupada por los nazis, y sus problemas edípicos. Casi todos los pensadores de la Escuela de Frankfurt eran hijos de judíos burgueses, y casi todos se rebelaron contra sus padres y lo que representaban: el espíritu comercial y pequeñoburgués, los valores de la Ilustración, la ciencia y el positivismo. A veces esa rebelión edípica era ridícula y adolescente, como explica Jeffries: “Si el padre es un judío practicante, el hijo se rebela expresando su ateísmo; si el padre es un judío ateo sumergido en el nacionalismo alemán, el hijo se rebela reclamando su herencia religiosa judía o abrazando el creciente movimiento político del sionismo.”
Theodor Adorno. El jazz, que para los existencialistas era la cumbre de la fenomenología y una forma casi de libertad radical, era para Adorno un ejemplo del arte mercantilizado del capitalismo. En su ensayo On jazz, que ha envejecido muy mal, habla de que es un arte sadomasoquista que recuerda a la eyaculación precoz. Pero es un poco injusto reducir a Adorno a estas teorías. La personalidad autoritaria, publicado en 1950, donde analiza las características psicológicas que explican el apoyo al fascismo, es una obra que todavía influye en los estudios sobre por qué se vota a partidos y líderes autoritarios. Es una obra que se centra en el fascismo, lo que en plena Guerra Fría provocó críticas en Estados Unidos, ya que no mencionaba al enemigo soviético. También recibió críticas porque en cierto modo comparaba el conservadurismo con el autoritarismo.
Su crítica al individualismo como la esencia de la dominación capitalista es similar a la que expone con Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración, donde los dos teóricos elaboran una dura crítica contra el positivismo y la razón instrumental. Y van más allá. Para ambos, como explica Jeffries, “el fascismo no es una abolición del capitalismo, sino más bien el medio de asegurar su existencia continuada”.
Herbert Marcuse. Fue el héroe del 68 y el demonio de la derecha reaccionaria y la alt-right. Unió la represión freudiana con la alienación marxista para proclamar una revolución libidinal y erótica que acabara con las estructuras del capitalismo y el liberalismo, especialmente la estructura familiar tradicional. Aunque apoyó a los estudiantes en 1968, su melancolía y pesimismo frankfurtianos acabaron imponiéndose. Marcuse terminó pensando que el sistema capitalista utilizó la revolución sexual como un instrumento de dominación. Fue una “revolución divertida”, por usar el término de Ramón González Férriz, una rebelión que acabó perfectamente normalizada en el sistema y que no cambió nada de raíz. 
Marcuse consideró igual de negativa la represión sexual que su liberación: como buen frankfurtiano, pensaba que no había solución obvia. El hombre unidimensional, su célebre obra, destapa una lógica que está muy extendida en la crítica cultural contemporánea: vivimos una represión sutil que (y aquí viene el salto hiperbólico) es más peligrosa que la explícita porque la hemos interiorizado. El coreano Byung-Chul Han, el filósofo de moda y heredero claro de Frankfurt, hace un análisis similar hoy: el emprendedor que es su propio jefe tiene interiorizada la opresión capitalista, la ejerce sobre sí mismo.
Jürgen Habermas. Es el frankfurtiano heterodoxo, quizá el más marxista de todos en su juventud y luego el mayor defensor de la democracia liberal, el reformismo, la Unión Europea y los valores de la Ilustración. Aunque lideró una rebelión “edípica” contra la herencia del nazismo en Alemania que lo acercó a los movimientos sesentayochistas, denunció el “fascismo de izquierdas” de algunos revolucionarios. Más adelante, se convirtió en un gran crítico del posmodernismo.
Jeffries afirma que “nunca desde Kant o Hegel un filósofo y teórico social alemán ha desarrollado un sistema intelectual tan elaborado. Y sin embargo este sistema multidisciplinar se basa en una idea simple: que a través de la comunicación racional podemos superar nuestros sesgos, nuestras perspectivas egocéntricas y etnocéntricas, y alcanzar un consenso o una comunidad racional”. Suena utópico leer sobre comunicación racional y una esfera pública que delibera en una época de tribalismo político y guerras culturales online. Es una utopía que busca rescatar la razón de quienes la consideran totalitaria o al menos algo a lo que no merece la pena aspirar: “No comparto la premisa básica de la Teoría Crítica”, afirmó en los años setenta, “la premisa de que la razón instrumental ha ganado tal dominio que no hay salida de un sistema total de engaño, en el que el conocimiento solo lo consiguen a través de ráfagas unos individuos aislados”. Si vivimos en un sistema ilusorio, la salida no se obtiene con el colapso de la sociedad industrial avanzada y la llegada del socialismo, sino a través del reformismo y el gradualismo dentro del sistema.
Stuart Jeffries. El autor de Gran Hotel Abismo, crítico cultural y colaborador del Guardian y el Financial Times, se sentía amenazado por las ideas densas y profundas de la Escuela de Frankfurt. Se propuso escribir este libro para conocerlas. Siguiendo la tradición del ensayo de ideas anglosajón (recuerda al también excelente En el café de los existencialistas, de Sarah Bakewell), Gran Hotel Abismo es una obra repleta de debates apasionantes e historias novelescas. Es también una guía profunda, clara y didáctica sobre la historia y el desarrollo de las ideas que han formado intelectualmente a una buena parte de la izquierda actual: no pueden entenderse la políticas de la identidad contemporáneas, por ejemplo, sin las teorías de la Escuela de Frankfurt.
En cierto modo, seguimos teorizando sobre lo que teorizaron Adorno, Horkheimer, Marcuse o Habermas, pero a menudo peor o a partir de lecturas equivocadas. Como escribió Adorno a Marcuse en 1969, deprimido por la interpretación que los estudiantes revolucionarios hicieron de sus ideas, “[los estudiantes] han sintetizado su práctica con una teoría inexistente, y por lo tanto expresado un decisionismo que evoca recuerdos terribles”. Hay muchas revoluciones que se hacen a partir de malas lecturas o simplificaciones. Gran Hotel Abismo explica lo que hay detrás de los eslóganes y la prosa grandilocuente y enmarañada. ~

https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/la-escuela-frankfurt-los-marxistas-melancolicos

Marx en el siglo XXI

TRIBUNA





AJUBEL

El 5 de mayo se conmemora el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, filósofo, economista, historiador, sociólogo, periodista, político y profeta del comunismo, bajo cuya advocación se hicieron las revoluciones rusa y china, amén de otras tampoco despreciables. Hace ya más de un cuarto de siglo que el comunismo se derrumbó con estruendo en Rusia y Europa oriental. En los países donde subsiste, unos (China, Vietnam) han restaurado la economía de mercado con éxito asombroso; otros (Cuba, Venezuela) se han aferrado a la economía colectivista, y viven en crisis y depresión crónicas. ¿Está justificado, por tanto, celebrar esta efeméride? ¿No sería mejor echar siete llaves al sepulcro de Marx?
En mi modesta opinión, con todos sus errores y defectos, Marx fue un gran pensador que ha dejado una huella imborrable, y en gran parte positiva, en la historia contemporánea. No debemos olvidar que, junto con Darwin y Freud, forma ese gran trío de luminarias que hicieron con respecto a la especie humana lo que los grandes astrónomos y físicos de la llamada Revolución Científica (siglos XVI-XVII) hicieron con respecto al planeta Tierra. Copérnico, Galileo, Kepler y otros genios demostraron que la Tierra no era el centro del universo, como hasta entonces se había pensado, sino un simple planeta girando alrededor de una estrella no muy grande de entre las innumerables que hay dentro de una galaxia de las muchas existentes.
Por su parte, Darwin, Marx y Freud demostraron que el ser humano, lejos de ser una suerte de ángel creado directamente por Dios para cumplir un programa ético y ejemplar (y que el resto de los animales han sido puestos en la Tierra para acompañar y servir al hombre en el centro de la Creación), es un animal más, más inteligente sin duda, pero perteneciente al mismo árbol genealógico que el resto de los seres terráqueos. Y, además, que se mueve históricamente por intereses predominantemente económicos e, individualmente, por impulsos animales, en parte, sexuales. Este gran trío nos dio una versión del ser humano mucho más realista que la hasta entonces predominante (aunque a muchos les chocara esta nueva versión y se resistieran largamente a aceptarla) y sus teorías marcaron el triunfo del materialismo sobre el idealismo.





¿Cuál es el legado de Marx como científico social? De entrada, quiero afirmar que su teoría económica es absolutamente inservible. Como dijo Schumpeter, está "muerta y enterrada". Keynes fue igualmente severo: en una carta a Bernard Shaw afirmaba que "sea cual sea el valor sociológico [de El Capital...] su valor económico contemporáneo [...] es nulo". Lo cierto es que la economía de Marx estaba desfasada ya mucho antes de su muerte en 1883. Quizá por eso no acabó El Capital. Además, sus errores económicos afectaron negativamente al resto de su visión social. Porque su teoría de la Ley de Bronce de los Salarios (basada en un absurdo sofisma), que afirmaba que en una economía de mercado éstos nunca estarían por encima del nivel mínimo de subsistencia, le impedía aceptar la posibilidad de que las condiciones de vida del obrero mejorasen y pudiera llegarse a una situación en que el proletariado progresara y, por medio del sufragio universal, llegara a compartir el poder con la burguesía. En una palabra, su anticuada teoría económica le impidió aceptar plenamente la posibilidad de una evolución hacia el socialismo democrático. Fueron su discípulo alemán Eduard Bernstein y la Sociedad Fabiana británica los que marcaron el camino hacia la socialdemocracia, que acabó triunfando tras la Primera Guerra Mundial, no sin haber sufrido toda clase de denuestos de los marxistas ortodoxos y, en especial, de Lenin. Sin duda Marx, vecino que era de Londres, advirtió la mejora del nivel de vida de los trabajadores ingleses y, probablemente, se dio también cuenta de los serios problemas de que su teoría económica adolecía, pero no tuvo la energía para replanteársela radicalmente, y por eso no se decidió a publicar los volúmenes dos y tres de El Capital después de haber dado a la luz el primero en 1867. El caso es que, si bien en El Manifiesto Comunista (1848) y en El Capital profetiza una revolución violenta que "expropiaría a los expropiadores", también pueden espigarse en su correspondencia y en escritos ocasionales afirmaciones que encierran augurios socialdemócratas.
¿Qué queda entonces? Queda el "materialismo histórico", es decir, lo que se resume en la afirmación con que se inicia el primer capítulo del Manifiesto Comunista: "la historia es la historia de la lucha de clases". Hegel, de quien Marx se consideraba discípulo, había sostenido que lo que mueve la historia es "el Espíritu", frase un tanto misteriosa que puede interpretarse como que son las ideas las que mueven la historia (idealismo). Marx sostenía lo contrario: son los intereses materiales lo que sustenta las ideas. En sus propias palabras: "Para Hegel, el proceso de pensamiento [...] es el demiurgo de lo real [...] Para mí, lo ideal no es, por el contrario, más que lo material traducido y traspuesto a la cabeza del hombre. [...] La dialéctica aparece en [Hegel] invertida, puesta de cabeza. No hay más que darle la vuelta, mejor dicho, ponerla de pie, y en seguida se descubre, bajo la corteza mística, la semilla racional". Estos malabarismos intelectuales significan, en la práctica, que para comprender la historia hay que buscar los intereses materiales que persiguen los principales grupos sociales, cuyo modo de vida configura su visión del mundo.
Las tres grandes clases sociales en la historia moderna y contemporánea son la aristocracia, la burguesía y el proletariado, que son propietarias de los tres grandes factores de producción: la tierra, el capital y el trabajo. Marx aplicó este método en sus estudios históricos y produjo brillantes ensayos como El 18 Brumario de Luis BonaparteLas luchas de clases en Francia o incluso sus artículos periodísticos sobre la España del siglo XIX o la Guerra de Secesión de Estados Unidos. La verdad es que el materialismo histórico de Marx caló profundamente en la historiografía posterior, sobre todo, en el siglo XX, y resultó una herramienta muy útil (aunque hoy algo desfasada). Yo creo que permite comprender claramente los grandes perfiles de la historia contemporánea, cosa que he tratado de mostrar en mi Capitalismo y Revolución. Sin duda, aunque la mayor parte de los historiadores económicos de hoy no se consideren seguidores de Marx, el auge de la historia económica ha debido mucho a la influencia de su pensamiento. Yo me atrevería a decir que hoy todos somos un poco darwinianos, freudianos y marxistas, en el sentido de que hemos absorbido intelectualmente sus ideas aunque no las demos todas por buenas. ¿Quién no habla hoy, casi sin pensar, de la "selección natural", de la "libido" o del "complejo de Edipo", de la "plusvalía" o de la "superestructura"? A Marx, incluso, le han salido discípulos inesperados en la política reciente, como el consejero del presidente Clinton, James Carville ("Es la economía, estúpido"), o el presidente Rajoy ("No me voy a distraer de lo importante; es decir, la economía"). Qué vueltas da el mundo.





Marx nunca vio su revolución, pero en el siglo XX hubo varias. Las más de ellas no se ajustaron en absoluto a sus profecías. Las revoluciones en China, Cuba o Irán no fueron obra del proletariado, sino más bien de los campesinos. Pero sí hubo dos revoluciones europeas que pueden relacionarse con el marxismo: la rusa y la socialdemócrata en la Europa occidental tras la Primera Guerra Mundial. La primera fue un fracaso estrepitoso, que más que a Marx debe adjudicarse a Lenin. La segunda, el gran éxito político, económico y social del siglo XX, sí podría atribuirse en parte a Marx.
Y otra cosa hay que agradecerle: frente a la pura barbarie de los fundamentalistas islámicos o la bazofia intelectual de los nacionalismos, de los populismos o de lo políticamente correcto, Marx trató de construir una interpretación subversiva pero racional de la sociedad y la historia. Se le ha llamado "socialismo científico", lo cual suena rimbombante, pero él pretendía construir un análisis económico-social revolucionario, basado en evidencia, y por métodos científicos. Y, aunque el capitalismo que Marx esperaba ver derrumbarse en el siglo XIX ha sobrevivido y está más fuerte que nunca en el siglo XXI, es cierto que esta supervivencia ha sido posible porque durante el siglo XX el capitalismo se sometió a una profunda reforma, a un injerto socialdemocrático que debe mucho a las ideas de Marx.
Gabriel Tortella es economista e historiador, autor de Capitalismo y Revolución. Un ensayo de historia económica y social contemporánea (Gadir, 2017).

https://www.elmundo.es/opinion/2018/05/11/5af4216ee5fdeae0618b45a7.html