El nuevo museo del cannabis cuenta con más de 20 exhibiciones dedicadas al arte, la historia y la cultura de la marihuana, además de presumir de la cachimba más grande del planeta

Ámsterdam, Montevideo y Barcelona son tres destinos que cuentan con un museo dedicado a. cannabis, si bien ninguno de éstos se asemeja al que acaba de abrir sus puertas en el estado de Nevada. El Cannabition, ubicado en el corazón de Las Vegas, es el primer museo interactivo de marihuana del planeta. Un espacio con más de 20 exhibiciones que celebran el arte, la historia y la cultura relacionados con el uso del cannabis en América y en el mundo.
En cada sala temática los visitantes se internan en el universo de la marihuana: desde la floración de la planta hasta sus diferentes usos y efectos, pasando por las técnicas de extracción.
Pero hay más: el museo acoge la cachimba más grande del mundo. Esta «bongzilla», como la denomina la web del museo, ha sido diseñada y fabricada por Jerome Baker Designs en colaboración con Chihuly Glass. ¿Sus medidas? Alrededor de 730 centímetros. Un tamaño de récord que obliga a utilizar un soplete para iluminarlo y un ascensor para llegar a la boca principal de la cachimba.
Sin embargo, los visitantes no sólo pasarán una día entretenido, sino también cultural. En el Harvest Room (cuarto de cultivo), además de aprender los secretos sobre las técnicas de cultivo de la planta, se muestra cómo la industria del cannabis ha evolucionado en las últimas décadas. De hecho, al principio la marihuana se comercializaba sólo de forma clandestina, mientras que hoy en día se puede adquirir de legalmente en varios países.
El acceso al museo está permitido sólo a mayores de 21 años y quien tenga pensado ir allí para probar el cannabis no podrá hacerlo. En Nevada, consumir marihuana sigue considerándose una práctica no reconocida por la ley. Por eso, en la Ritual Room los visitantes podrán colocarse con un porro gigante de mentira.

http://www.elmundo.es/viajes/america/2018/09/29/5bacaa28e2704e718c8b459b.html



30 SEP. 2018 



Entrevista con el Nobel de Literatura sudafricano, quien cree que «sólo una pequeña minoría» percibe la situación. El autor aborda el maltrato animal y la vejez, temas de su último libro, 'Siete cuentos morales'
La intrahistoria de esta entrevista bien puede reflejar la personalidad del escritor sudafricano. Envié un cuestionario a J. M. Coetzee el pasado julio a través de su editorial en España (Literatura Random House) consciente de que las posibilidades eran casi nulas. Y hasta mediados de este mes, silencio; nada que no estuviese previsto en el guión. Mas surgió la sorpresa. Coetzee respondió pero lo hizo a su modo, es decir: reescribió las preguntas recibidas, obviando algunas, y las contestó. Esta es, según se afirma desde su editorial, la primera entrevista literaria en siete años. El autor de Desgracia tiene muy claro lo que quiere decir y cómo lo quiere decir.
Al Premio Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940), que es profesor, traductor, ensayista, crítico literario y excepcional novelista, lo que le interesa es comentar su último libro, Siete cuentos morales (Literatura Random House/El hilo de Ariadna), editado en mayo. Y nítido queda en la primera pregunta/respuesta:

Por favor, háblenos sobre su nuevo libro, Siete cuentos morales. ¿Por qué escogió este título?
En su mayor parte estos cuentos continúan con la historia de Elizabeth Costello, a quien ya dediqué un libro con el título de Elizabeth Costello: Ocho lecciones. El subtítulo ya sugería un cierto propósito moral o didáctico. Esas lecciones tenían que ver con cuestiones como la manera en la que el escritor de ficción debería representar el mal (¿existe, por ejemplo, una pornografía del mal por la cual el lector experimenta un perverso placer al contemplar actos malvados en una página? Y el escritor, ¿es consciente de esta perversión?). Dos de las lecciones versan sobre el trato que damos a los animales en el mundo moderno, y en concreto sobre la ganadería industrial.
J. M. Coetzee es beligerante en esto. El 30 de junio de hace dos años pronunció una conferencia en el Museo Reina Sofía de Madrid invitado por la asociación Capital Animal, que vela por la defensa y la concienciación de los derechos de los animales. Sólo habló de este tema. Nada raro, dentro de su peculiar personalidad, si tenemos en cuenta que su defensa se ha convertido en una cruzada.
En el texto El matadero de cristal, incluido en Siete cuentos morales, se puede leer: «La gente tolera la matanza de animales porque no ve nada de lo que pasa (...) Si hubiera un matadero en funcionamiento en medio de la ciudad, donde todos pudieran ver y oler y oír lo que pasa adentro, la actitud de la gente podría cambiar».
No se para en tablas el Premio Nobel de 2003, pues páginas después detalla con minuciosidad el calvario que sufriría un cabrito en un mercado. «Estoy en Yibuti, África nororiental (...) El joven del cabrito le hará un gesto a uno de los hombres del matadero, que agarrará el cabrito y lo sujetará manteniendo unidas con fuerza las cuatro patas. Entonces el joven extraerá un cuchillo de la vaina que cuelga contra su muslo y, sin preámbulos, cortará de un tajo la garganta del cabrito; después se quedará mirando los estertores y la sangre que brota a borbotones. Cuando el animal por fin quede inmóvil, le cortará la cabeza, abrirá en canal el abdomen y extraerá las vísceras...».
Nada, por otra parte, que no sepa quien se haya criado en el campo o conozca las tradicionales matanzas de cerdos o corderos en la España rural. Pero Coetzee quiere más, pretende que esa solución final de los animales se reconsidere. Por supuesto, él es vegetariano. Y abstemio. Un hombre de 78 años que quiere tener todo controlado. En un acto celebrado en la Fundación Telefónica, el pasado 26 de mayo, respondió en una charla ante un centenar largo de personas (que no respiraron durante una hora) a una serie de preguntas de Soledad Costantini, editora de El Hilo de Ariadna, sin posibilidad de que algún asistente pudiera intervenir.
Su literatura son latigazos; sus párrafos, escalofrío. No hace concesiones. Su palabra es bisturí que saja. Nos quita el aliento porque sabe dónde herir. Y cuando el lector cree que se ha repuesto, de nuevo se verá abrumado por otra frase que no esperaba. Como el oleaje que tumba una y otra vez al náufrago en la mar hasta que ésta lo abandona derrotado en la playa.
J. M. Coetzee habla en su último libro, y en otros, por boca de un alter ego: Elizabeth Costello, una escritora australiana anciana que ha publicado siete novelas, dos libros de poemas, otro sobre ornitología y «bastante obra periodística», casada dos veces y madre de dos hijos. Esta mujer habría logrado el reconocimiento internacional con una novela sobre la mujer de Leopold Bloom, el protagonista de Ulises de James Joyce. La voz de Elizabeth Costello es la que aborda los temas que inquietan a Coetzee, y no sólo sobre la peliaguda cuestión de los animales sino también sobre la relación entre padres e hijos, la soledad o la vejez. Este personaje va envejeciendo a medida que aparece en sus libros.



En El matadero de cristal, el último de los Siete cuentos morales, parece que se prueban ciertas nociones de forma. No es ni un sermón ni una historia de ficción, pero, sin embargo, utiliza bastante los recursos y las características de ambos. Es ficción didáctica al estilo de su novela de 2003 Elizabeth Costello. La pregunta es: ¿por qué insistir en esto por medio de la ficción, en lugar de hacerlo directamente a través de una disertación? ¿Por qué escribir ficción didáctica?
Es una pregunta importante, o al menos lo es para mí. Soy lo suficientemente aristotélico como para considerar mis ficciones representaciones de un mundo real, y preguntarme a mí mismo qué es lo que estoy representando. En El matadero de cristal represento a una mujer que pasa por una crisis que, en bastante medida, tiene que ver con el hecho de que su muerte está a la vuelta de la esquina.
La crisis tiene dos aspectos. En primer lugar, es una crisis moral: cómo se tiene que comportar -cómo tiene que vivir en el mundo, de hecho- sabiendo lo que sabe del mundo, y en concreto, lo que sabe de las vidas que los animales se ven forzados a llevar. En segundo lugar, es una crisis psicológica: está en lo cierto al pensar que el mundo es un lugar de horror inimaginable que sólo ve una pequeña minoría de personas, mientras los demás están ciegos; o sufre de alucinaciones paranoides que le hacen detectar una malvada conspiración de silencio a su alrededor cuando en realidad no la hay. Me pregunta cuál es la diferencia entre escribir una historia sobre ganadería industrial y escribir una disertación sobre ganadería industrial. La respuesta es que El matadero de cristal no trata sobre ganadería industrial como tal, sino sobre el estado mental de alguien a quien el tema de la ganadería industrial le importa profundamente.
La literatura de Coetzee es inquietante. Y perturbadora. Y rabiosamente personal. Tanto como su biografía, que sólo en parte se puede rastrear en Infancia (1997). En esas páginas evoca los años en que vivía en una urbanización con «extensas parcelas de arcilla rojiza donde nada crece y separadas con alambre de espino»; y en Juventud (2002), libro ambientado ya en Londres y donde aspira a ser escritor, para dejar este comentario con el que marca territorio: «¿Qué ha ocurrido con las ambiciones de los poetas en Gran Bretaña? ¿No han digerido la noticia de que Edward Thomas y su mundo han desparecido para siempre? ¿No han aprendido la lección de Pound y Eliot, por no hablar de Baudelaire y Rimbaud, de los epigramas griegos, de los chinos?». Una de las cumbres de su producción es, sin duda, Desgracia (1999), novela galardonada con el prestigioso Premio Booker y en la que se enfrenta, con toda su crudeza, al pavor del apartheid, al miedo que aturde a una mujer violada por unos hombres negros, víctima (¿como una gallina a punto de ser degollada?) de un hachazo en el desamparo más absoluto.

En esta historia [El matadero de cristal], los síntomas del declive físico experimentado por Elizabeth incluyen momentos en los que ni siquiera recuerda quién es, algo que describe como «una experiencia espeluznante». Aun así es capaz de narrar la experiencia. Temiendo que su muerte esté cerca, y queriendo evitar que su vida y sus pensamientos desaparezcan en el olvido, esta escritora le da sus escritos a su hijo, que se identifica como «no escritor». ¿Puede explicarnos el papel del hijo en esta historia?
El hijo es simplemente un hombre bueno e inteligente que ama a su madre y quiere lo mejor para ella. Al mismo tiempo, es incapaz de entender el estado de ánimo en el que se encuentra. Es verdad que, de algún modo, piensa o sospecha que algo va mal con su madre; por ejemplo, está hipersensible, o desconectada de la realidad. Aun así ella le está haciendo una petición a corazón abierto, que no permita que sus pensamientos mueran con ella. Es evidente que, hasta cierto punto, todos los autores comparten la esperanza de que lo que dejan atrás perviva. Pero la cuestión ardiente para Elizabeth no es que sus escritos como tal pervivan tras su muerte, sino que su visión del mundo, que se da cuenta de que es minoritaria y quizás la de una loca, no se extinga. Así que lo importante para ella no es tanto el ¿me recordarán? como el ¿quién tomará el relevo tras mi muerte?
 Algunas posturas representadas en 'El matadero de cristal' y también en Siete cuentos morales son controvertidas, como la experimentación animal en la ciencia. ¿Podría comentar estos posicionamientos?
Entre la clase media urbana existe un amplio consenso sobre el hecho de que, a grandes rasgos, la ganadería industrial es una práctica vergonzosa y que se debería hacer algo al respecto. Sin embargo, para esa misma clase urbana acabar con la ganadería industrial no es una prioridad. Por eso, el punto controvertido aquí no es tanto la explotación industrial de animales como la apatía moral del público a la hora de utilizar los productos de esa industria. Lo que sí es más claramente controvertido es la experimentación con animales en un laboratorio con el objetivo de aliviar el sufrimiento humano o prolongar la vida humana. Aquí creo que la opinión mayoritaria entre los seres humanos es que las vidas de los animales no son lo suficientemente importantes como para que se tenga que prohibir la vivisección.
Está claro. Pero a J. M. Coetzee no sólo le interesa el trato hacia los animales. Sus preocupaciones literarias a lo largo de su ya larga trayectoria le han llevado a adentrarse en la obra de muy distintos autores. Como vértice está Samuel Beckett, que le deslumbró durante su estancia en Estados Unidos, país del que desde las protestas contra la guerra de Vietnam (llegó a ser detenido por participar en ellas) se encuentra alejado. En los estudios Costas extrañas. Ensayos 1986-1999 (2002) y los dos volúmenes de Las manos de los maestros. Ensayos selectos (2016) da cuenta de una pléyade de nombres nada desdeñable.
De Walt Whitman a Dostoievski (memorable su novela El maestro de Petersburgo(1994), en la que recrea a su modo al autor de Crimen y castigo, quien regresa a esa ciudad -desde el exilio- para descifrar las circunstancias en que han asesinado a su hijastro); del García Márquez de Memoria de mis putas tristes a Kafka y sus traductores (con qué fría pasión hace hincapié en la importancia de una fallida o acertada versión de lo que el autor quiso decir); de Sándor Marai a Amos Oz. Y no olvidemos a Lessing, Borges, Rushdie, Rilke, Musil. Nadie le resulta ajeno.
Y en esa nómina figura Juan Ramón Jiménez a través de Platero y yo. Coetzee acerca al burro a su particular molino: «Platero cobra existencia como individuo -como personaje, de hecho-, dotado de vida y de un mundo de experiencias propias, en el momento en que el hombre al que yo llamo su dueño, el loco, ve que Platero lo ve a él, y en el acto de verlo lo reconoce como a un igual».
¿Tendremos que releer Platero y yo? Prefiero Desgracia Verano (2009), su desolación de la inquietud y su desasosiego, el paisaje árido; una segunda piel invisible incómoda y asfixiante. Literatura de pedernal.


¿Tengo que ir a recoger el Nobel?
Ni siquiera la concesión del Nobel quebró su modo de ser. Se negó a recibir a las cámaras de la televisión sueca y ese día preguntó si su presencia sería imprescindible en la ceremonia. Acudió a Estocolmó, sí, pero habiendo pactado que no habría séquito alguno que lo esperara en el aeropuerto ni, por supuesto, periodistas. «Llegó en silencio y medio a escondidas, tal como se podía esperar», escribió Claudio Lopez Lamadrid en EL MUNDO días después, muy lejos del ruido y la algarabía con que García Márquez celebró el galardón. El colombiano se llevó hasta Suecia una orquestina de cumbia. Coetzee apareció con una mujer, agentes literarios, editores y una librera amiga de Ciudad del Cabo. Su discurso lo convirtió en un relato en el que imaginaba la peripecia de Robinson Crusoe en su regreso a Gran Bretaña.
http://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/09/30/5baba973ca47411f518b457b.html


LA TEORÍA DE LA RESONANCIA MÓRFICA DE RUPERT SHELDRAKE PODRÍA SER UNA DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS MÁS REVOLUCIONARIAS DE LA HISTORIA, SENTANDO LAS BASAES PARA ENTENDER LA INTERDEPENDENCIA EXISTENCIAL. O PODRÍA SER SOLAMENTE UNA VERSIÓN MÁS DEL PENSAMIENTO NEW AGE, SIN BASES EN LA REALIDAD, SÓLO QUE POSTULADA POR UN BIÓLOGO DE CAMBRIDGE.
"Darwin pensaba que los animales y las plantas, más que especies, podían considerarse como hábitos", Rupert Sheldrake.
Cuando en 1981 Rupert Sheldrake publicó su libro Una Nueva Ciencia de la Vida:  La Hipótesis de la Resonancia Mórfica, el editor de la prestigiosa revista Nature, John Maddox, reaccionó diciendo que la obra de Sheldrake era una herejía y sugiriendo que tal vez su libro debería de ser quemado. Quizás, como le sucedió a Galileo, Sheldrake supera el entendimiento de sus coetáneos.
La polémica siempre ha rodeado la obra de este vanguardista biólogo, doctor por la Universidad de Cambridge, quien lo mismo es considerado un hereje seudocientífico que vende humo metafísico, que una de las mentes más brillantes de nuestra época y unos de los pocos científicos suficientemente valientes para aventurarse más allá de lo que el paradigma científico valida.
Años después del anatema  de la revista Nature, que básicamente exilió a Sheldrake a los márgenes de la academia, cuando sus teorías ya se habían popularizado, una nueva controversia lo enfrentó con uno de los científicos más reconocidos de Gran Bretaña y del mundo, Richard Dawkins (autor de la teoría memética del gen egoista). Tanto Sheldrake como Dawkins iban a participar en un documental de televisión en el que se discutirían temas en las fronteras de la ciencia. Al parecer Dawkins se negó a discutir el trabajo de Sheldrake sobre la telepatía, descartando de antemano analizar la evidencia recopilada durante años por Sheldrake, bajo la premisa de que la mera discusión de este tema es irracional.
Sheldrake ha sido ridiculizado por la ciencia mainstream por su trabajo estudiando la telepatía entre animales y sus dueños, la telepatía telefónica o la preciencia de que alguien nos está observando. Pero generalmente estas críticas son más a los temas que Sheldrake investiga que a su trabajo científico, el cual no carece, ciertamente, de rigor.
Hacemos esta introducción biográfica para más o menos establecer un marco equilibrado sobre el cual exponer, en las palabras del mismo Sheldrake, la teoría de la resonancia mórfica, una posible explicación científica a la interconexión que muchas personas  perciben entre sí, a distancia. Esto no es sólo una teoría para explicar la telepatía, sino para explicar la evolución conjunta de una especie influida por campos colectivos de información que van más allá de su mera genética: ideas, pensamientos y acciones que se convierten en hábitos y que van in-formando la memoria que comparte una especie y de esta forma interviniendo en su desarrollo. Tenemos aquí la evolución científica de los conceptos de campos akáshicos de la filosofía védica y del inconsciente colectivo de Carl Jung.
Rupert Sheldrake considera que existen campos mórficos --campos morfogenéticos de información que van moldeando nuestra existencia como parte de una especie. Estos campos son invisibles, como lo es la gravedad, pero pueden ser observados por sus efectos. Quizás una de la razones por las cuales  la teoría de Sheldrake no es considerada seriamente por la ciencia establecida, es debido a que no postula la acción de una fuerza física conocida --y la ciencia se ha esmerado en erradicar todo tipo de acciones misteriosas a distancia y de desacreditar el concepto del éter. Sin embargo, el hecho de que no podamos todavía explicar bien a bien cómo es que ocurre algo no necesariamente significa que ese algo no ocurre. Y aunque no podamos explicar cabalmente cómo es que estamos ligados a una conciencia colectiva, cómo es que en ocasiones podemos conectarnos con los pensamientos de los demás o cómo es que toda la información que genera nuestra especie  nos influye sin entrar en contacto directamente con nosotros, millones de personas en el mundo han experimentado esto, más allá de que la ciencia les diga que esto no es posible dentro de su modelo (dominante y excluyente) del mundo. 
Dejemos que el mismo Sheldrake explique:
La resonancia mórfica es un principio de memoria en la naturaleza. Todo lo similar dentro de un sistema autoorganizado será influido por todo lo que ha sucedido en el pasado, y todo lo que suceda en el futuro en un sistema similar será influido por lo que sucede en el presente. Es una memoria en la naturaleza basada en la similitud, y se aplica a átomos, moléculas, cristales, organismos vivos, animales, plantas, cerebros, sociedades y, también, planetas y galaxias. Así que es un principio de memoria y hábito en la naturaleza.
Curiosamente esta la intuición del poeta Octavio Paz, quien parece coincidir con Sheldrake: "Todo es presencia, todos los siglos son este Presente", verso que hace algunos años fue inscrito en una moneda conmemorativa en México y que forma parte del poema "Fuente" incluido en La estación violenta. Sheldrake va más allá de Bergson, quien postuló que la memoria no estaba solamente en el cerebro, y sugiere que la naturaleza misma es memoria, que el espacio es una especie de inmensa biblioteca que transmite constantemente la información que almacena de manera no-local. Una fracción de segundo en realidad es un fractal de todos los siglos. Todo lo que pasó sigue pasando ...  El ADN, más que el "libro de la vida", es el sintonizador o decodificador de la memoria: el libro de la vida, está inscrito, en su totalidad, en cada cosa.
Esta interconexión a distancia entre los miembros de un grupo, de una especie, de un reino e incluso de un planeta, en diferentes niveles e intensidades, revela una nueva concepción ética que abarca todas las manifestaciones de la existencia:
Un aspecto importante de la resonancia mórfica es que estamos interconectados con otros miembros de un grupo social. Los grupos sociales también tienen campos mórficos, por ejemplo una parvada de aves, un cardúmen de peces o una colonia de hormigas. Los individuos dentro de un grupo social más grande y los mismos  grupos sociales más grandes tienen su propio campo mórfico, sus patrones de organización. Lo mismo aplica para los humanos.
Lo que haces, lo que dices y lo que piensas puede influir a otra persona por resonancia mórfica. Así que somos más responsables de nuestras acciones, palabras y pensamientos bajo este principio que lo seríamos de otra forma. No hay un filtro inmoral en la resonancia mórfica, lo que significa que debemos ser más cuidadosos de lo que estamos pensando si es que nos importa el efecto que tenemos en los demás.
Nuestros pensamientos, dentro de la teoría de Sheldrake, literalmente constituyen una medio ambiente que permea el planeta y pueden en cierta forma contaminarlo o depurarlo; podemos, con una idea o un descubrimiento, detonar toda una ola de creatividad.  

Si alguien aprende una nueva habilidad, dijamos el windsurfing, entonces entre más personas  lo aprenden, lo más fácil que esta actividad se vuelve para todos los demás debido a la resonancia mórfica. Por otro lado, si enseñas a ratas en Los Angeles un truco nuevo, entonces las ratas en todo el mundo deberían de aprender este truco más rápido debido a que el primer grupo de ratas ya lo aprendió. 
La teoría de Shelrdake resuena con la selección natural de la evolución que economiza procesos con una sorprendente eficiencia para seguir avanzando en su complejidad.  Es decir, que un miembro de una especie solo pueda aprender una conducta o generar una nueva mutación a través de la transmisión genética vertical sería una pérdida de tiempo. En cambio la transmisión de una nueva habilidad de manera horizonal, a distancia y difundida entre todos los miembros de una especie a través de la resonancia mórfica muestra una mayor eficiencia, tiene sentido evolutivo y posibilita la aceleración de un proceso de adaptación.
Queda al lector formar su propia opinión y decidir si la teoría de la resonancia mórfica le resuena o es una versión más del pensamiento new age, que sin fundamentos en la realidad busca explicar y espiritualizar el universo como proyección de sus propias creencias. Personalemente me parece que el modelo de Sheldrake --siendo solo un modelo, una imagen que hace la mente del universo-- es uno de los más coherentes que ha formulado el pensamiento contemporáneo para acercarse a entender la relación entre el hombre y la naturaleza, la mente y la materia,  Pero esto es sólo una opinión en base a la intuición y a la experiencia individual; quizás influida por que el modelo de Sheldrake resuena más con una concepción poética y espiritual del universo. Pero esto no debería de ser algo necesariamente desdeñable, ¿acaso no los físicos más reconocidos, incluyendo a Einstein, incluyeron la elegancia y la belleza de una teoría como una de las variables a considerarse dentro de la valía de una teoría científica? Siguiendo lo dicho por Sheldrake, de que las leyes físicas evolucionan, consideró que  posiblemente en este momento en la historia del pensamiento humano, la resonancia mórfica es una de las puntas de lanza para entender lo que nos sucede, uno de los modelos que mejor funcionan en un plano existencial --más allá del cánon científico-- para observarnos en el espejo permeable de memoria, y seguir evolucionando hacia un nuevo entendimiento, en sintonía con las leyes dinámicas del universo.
Citas de Rupert Sheldrake tomadas de Cross Road Times
https://pijamasurf.com/2012/04/ten-cuidado-de-lo-que-piensas-porque-afecta-a-todo-el-mundo-la-resonancia-morfica-de-sheldrake/
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por R Sheldrake - ‎Mencionado por 116 - ‎Artículos relacionados
establecida por resonancia mórfica. Los campos morfogenéticos, es decir, los campos que organizan la génesis de la forma, constituyen una modalidad mayor ...


JUEVES, 10 DE DICIEMBRE DE 2009

La resonancia mórfica, un nuevo enfoque en la biología

La “Resonancia Mórfica”, es una teoría muy interesante del biólogo Rupert Sheldrake y postula que cada especie tiene un «campo» de memoria propio.

Este campo estaría constituido por las formas y actitudes de todos los individuos pasados de dicha especie, y su influencia moldearía a todos sus individuos futuros:
«Cada especie animal, vegetal o mineral posee una memoria colectiva a la que contribuyen todos los miembros de la especie y a la cual conforman. Si un animal aprende un nuevo truco en un lugar (por ejemplo, una rata en Londres), les es más fácil aprender a las ratas en Madrid el mismo truco. A cuantas más ratas londinenses se les enseñe ese truco, canto más fácil y rápido les resultará a las ratas de Madrid aprenderlo.»

Ello permitiría explicar cómo adquieren los animales sus instintos, incluidas las complejísimas habilidades que muestran algunos animales desde pequeños.
También explicaría cómo se reproduce la forma de un organismo de generación en generación.

El código genético, es decir el ADN, sólo describe los aspectos menos sutiles de la herencia, pero no puede explicar por qué determinadas células de nuestro embrión se han diferenciado dando lugar a una oreja, un ojo, el dedo gordo del pie izquierdo, determinado tejido intestinal, etc. Según Sheldrake, adquiriríamos la forma que reconocemos como humana porque las formas de todos los miembros pasados de nuestra especie «resuenan» en nosotros, como ondas en un estanque, organizando la vía de nuestro crecimiento. A la vez, nosotros incorporamos nuestra forma a la memoria colectiva de la especie, engrosándola e incrementando así su influencia. Y al igual que las formas «resonarían» todo tipo de instintos y actitudes.
Estos hábitos de organización serían inherentes a toda la naturaleza. Por ejemplo, si elaboramos un nuevo compuesto químico, debería ser más fácil obtenerlo en otros laboratorios a medida que transcurre el tiempo, porque cuantas más veces haya cristalizado, mayor será su campo de resonancia mórfica. En realidad, hace décadas que los químicos reconocen este hecho.

La revista inglesa New Scientíst convocó en 1982 un concurso de experimentos para probar la hipótesis. El ganador fue un científico de Nottingham, que envió un poema tradicional turco junto con una versión desbaratada del mismo poema que seguía rimando —la resonancia mórfica tendría que hacer mucho más fácil, para quienes no sepan turco, aprender el poema verdadero—. La idea se puso en práctica con tres poemas enviados por un poeta japonés: uno era un poema conocido por miles de niños, los otros dos fueron especialmente compuestos con una estructura parecida al primero. En los experimentos, realizados en Gran Bretaña y Norteamérica, el 62% de los voluntarios encontraron más fácil de aprender el poema original (que no sabían cuál era). Si no existe la resonancia mórfica, la dificultad de aprender los poemas habría de ser la misma para los tres.
En 1986, el Tarrytown Group de Nueva York concedió los premios de otro concurso. El primer premio, de 10.000 dólares, se repartió entre dos pruebas similares. Un psicólogo de Yale enseñó a estudiantes que no sabían hebreo palabras hebreas de tres letras, la mitad reales y la otra mitad falsas. Los estudiantes, que no sabían de qué iba el experimento, encontraron más familiares las palabras verdaderas. Por su parte un psicólogo inglés escogió palabras persas verdaderas y otras con letras mezcladas, y pidió a ochenta estudiantes que las dibujaran tras observarlas unos segundos. Ni ellos ni los jueces conocían el propósito del experimento, pero el 75% de los jueces consideraron mejor reproducidas las palabras verdaderas que las mezcladas.
Se han realizado también detallados experimentos por televisión, que muestran que cuando millones de personas son informadas en un país, por ejemplo Inglaterra, de cuáles son las imágenes ocultas en un dibujo, a los grupos de control que hay en países lejanos se les hace mucho más fácil descubrirlas. Pese a lo sorprendente de estos resultados, Sheldrake todavía considera que para que la "comunidad científica" acepte una hipótesis tan radical, hacen falta pruebas más contundentes, y pasará todavía un tiempo.

Por otra parte, si la naturaleza evoluciona, ¿porqué no habrían de evolucionar también las leves de la naturaleza? ¿Por qué las leves que gobiernan el crecimiento de los naranjos tendrían que estar ahí antes de que existiesen los naranjos? En vez de leyes eternas e inmutables, las regularidades de la naturaleza podrían parecerse más a hábitos, que van modificándose lentamente con el tiempo. Digamos que el universo, considerado como un "organismo" tiene una "forma" de hacer las cosas, hábitos, que los puede ir modificando y adaptando a medida que evoluciona.

EL MISTERIO DE LA MENTE

Todos nosotros hemos crecido con la idea de que los recuerdos están almacenados en el cerebro. Usamos la palabra “cerebro” de manera intercambiable con “mente” o “memoria”. Aunque, como se está comprobando, el cerebro es más un sistema de sintonización que un dispositivo de almacenamiento de memoria.

Uno de los argumentos principales para la localización de la memoria en el cerebro es el hecho de que ciertos tipos de daño cerebral pueden conducir a una pérdida de memoria. Si el cerebro es dañado en un accidente de coche y alguien pierde la memoria, entonces la suposición obvia es que el tejido de la memoria ha debido ser destruido. Pero esto no es necesariamente así.

Si dañara tu aparato de TV para que fueras incapaz de recibir ciertos canales, o si hiciera enmudecer al aparato de TV mediante la destrucción de la parte relacionada con la producción de sonido a fin de que todavía pudieras recibir imágenes pero no sonido, esto no probaría que el sonido o las imágenes estaban almacenadas dentro del aparato de TV. Meramente demostraría que yo había afectado el sistema de sintonización para que tú no pudieras ya recibir la señal correcta. La pérdida de memoria por daño cerebral no prueba ya que la memoria esté almacenada dentro del cerebro. De hecho, la mayor parte de la memoria perdida es temporal: la amnesia que sigue a una conmoción, por ejemplo, es a menudo temporal. Esta recuperación de memoria es muy difícil de explicar en términos de teorías convencionales: si los recuerdos han sido destruidos porque el tejido de memoria ha sido destruido, no deberían regresar de nuevo; y sin embargo a menudo lo hacen.

Los experimentos sobre estimulación eléctrica del cerebro por Wilder Penfield y otros sugieren otro argumento a favor de la localización de la memoria en el interior del cerebro. Penfield estimuló los lóbulos temporales de los cerebros de pacientes epilépticos y encontró que algunos de estos estímulos podían provocar respuestas vívidas que los pacientes interpretaban como recuerdos de cosas que habían hecho en el pasado. Penfield supuso que, de hecho, estaba estimulando recuerdos que estaban almacenados en el córtex. Volviendo de nuevo a la analogía de la TV, si estimulara el circuito de sintonización de tu aparato de TV y saltara a otro canal, esto no probaría que la información estaba almacenada dentro del circuito de sintonización. Es interesante que, en su último libro, The Mistery of the Mind [El Misterio de la Mente], el propio Penfield abandonaba la idea de que los experimentos probaban que la memoria estaba dentro del cerebro. Y llegaba a la conclusión de que la memoria no estaba almacenada en absoluto en el córtex.

Ha habido muchos intentos de localizar trazas de memoria en el interior del cerebro, el más conocido de los cuales fue realizado por Kart Lashley, el gran neurofisiólogo americano. Entrenó ratas para que aprendieran trucos, después cortó pedazos de sus cerebros para determinar si las ratas todavía podían hacer trucos. Para su asombro, encontró que podía retirar más del cincuenta por ciento del cerebro –cualquier 50%– y no había virtualmente ningún efecto en la retención de este aprendizaje. Cuando retiró todo el cerebro, las ratas no podían realizar ya los trucos, así que concluyó que el cerebro era necesario de algún modo a la ejecución de la tarea, lo cual no es precisamente una conclusión muy sorprendente. Lo que fue sorprendente fue cuánto del cerebro podía suprimir sin afectar a la memoria.

Otros investigadores han encontrado resultados similares incluso con invertebrados como el pulpo. Esto condujo a un experimentador a especular con que la memoria estaba tanto en cualquier sitio como en ninguno en particular. El mismo Lashley concluyó que los recuerdos están almacenados de una manera distribuida por todo el cerebro, ya que no pudo encontrar las trazas de memoria que requería la teoría clásica. Su estudiante, Karl Pribram, extendió esta idea con la teoría holográfica del almacenamiento de memoria: la memoria es como una imagen holográfica, almacenada como un patrón de interferencia por todo el cerebro.

Lo que Lashley y Pribram (al menos en alguno de sus escritos) no parecen haber considerado es la posibilidad de que los recuerdos pueden no estar almacenados en el cerebro en absoluto. La idea de que no están almacenados en el interior del cerebro es más consistente con los datos disponibles que con las teorías convencionales o la teoría holográfica.

Han surgido muchas dificultades al tratar de localizar el almacenamiento de memoria en el cerebro; en parte porque el cerebro es mucho más dinámico de lo que previamente se pensaba. Si el cerebro está para servir como almacén de memoria, entonces el sistema de almacenamiento tendría que permanecer estable; sin embargo ahora se sabe que las células nerviosas funcionan mucho más rápidamente de lo que se pensaba previamente. Todas las sustancias químicas en las sinápsis y las estructuras nerviosas y moleculares están funcionando y cambiando todo el tiempo. Con un cerebro muy dinámico, es difícil ver como se almacenan los recuerdos.

Hay también un problema lógico, que varios filósofos han señalado, con las teorías convencionales de almacenamiento de memoria. Todas las teorías convencionales asumen que los recuerdos están de alguna forma codificados y localizados en una memoria almacenada en el cerebro. Cuando son necesarias son recuperadas por un sistema de recuperación. A esto se le llama modelo de codificación, almacenaje y recuperación.

No obstante, para que un sistema de recuperación recupere algo, debe saber lo que quiere recuperar; un sistema de recuperación de memoria debe saber lo que la memoria está buscando. Así debe ser posible reconocer el recuerdo que está intentando recuperar. A fin de reconocerlo, el propio sistema de recuperación debe tener algún tipo de memoria. Por lo tanto, el sistema de recuperación debe tener un sistema de sub-recuperación para recuperar sus recuerdos de su almacén. Esto conduce a una regresión infinita. Varios filósofos argumentan que éste es un fallo lógico fatal en cualquier teoría convencional sobre el almacenamiento de memoria. Sin embargo, en general, los teóricos de la memoria no están demasiado interesados en lo que dicen los filósofos, así que no se molestan en replicar a este argumento. Sin embargo, como argumento, es en verdad bastante poderoso.

Al considerar la teoría de la resonancia mórfica de la memoria, podríamos preguntar: si sintonizamos con nuestros propios recuerdos, entonces ¿por qué no sintonizamos también con los de otras personas? Probablemente lo hacemos, debido a que hay una memoria colectiva con la que todos nosotros estamos sintonizados, la cual conforma un trasfondo contra el cual se desarrolla nuestra experiencia y contra el cual se desarrollan nuestros recuerdos individuales. Este concepto es muy similar a la noción de memoria colectiva.

Jung pensaba en la memoria inconsciente como una memoria colectiva: la memoria colectiva de la humanidad. Pensaba que la gente estaría más sintonizada con miembros de su propia familia y raza y grupo social y cultural, pero que no obstante habría una resonancia de fondo de toda la humanidad: una experiencia común o promediada de cosas básicas que toda la gente experimenta (por ej: la conducta materna y varios patrones sociales y estructuras de experiencia y pensamiento). No sería tanto una memoria de personas particulares del pasado como un promedio de las formas básicas de las estructuras de memoria; estos son los arquetipos. La noción de Jung de inconsciente colectivo tiene extremadamente buen sentido en el contexto del enfoque general de esta nueva manera de ver la biología. La teoría de la resonancia mórfica conduce a una reafirmación radical del concepto junguiano de inconsciente colectivo.

Esto necesita ser reafirmado porque el contexto mecanicista corriente de la biología, la medicina y la psicología convencional niega que pueda haber una cosa tal como el inconsciente colectivo.

El concepto de una memoria colectiva de una raza o una especie ha sido excluido en general, incluso como posibilidad teórica. De acuerdo a la teoría convencional, no puedes tener ninguna herencia de características adquiridas; sólo puedes tener una herencia de mutaciones genéticas. Según las premisas de la biología convencional, no habría modo de que las experiencias y mitos de, por ejemplo, las tribus africanas, tuvieran alguna influencia en los sueños de alguien de descendencia no africana en Suiza; lo cual era el tipo de cosa que Jung pensaba que de hecho ocurría. Desde el punto de vista convencional, esto es bastante imposible, y es la razón por la que la mayoría de biólogos y otros expertos dentro de la corriente dominante de la ciencia no toman en serio la idea de inconsciente colectivo. Se la considera una idea rara y alternativa que puede tener algún valor poético como una especie de metáfora, pero que no tiene ninguna relevancia para la ciencia propiamente dicha, ya que es un concepto completamente insostenible desde el punto de vista de la biología normal.

El concepto de memoria colectiva de la teoria de la resonancia mórfica es muy similar a la idea junguiana de inconsciente colectivo. La diferencia principal es que la idea de Jung se aplicaba principalmente a la experiencia humana y a la memoria colectiva humana. Sin embargo hay un principio muy similar que opera en todo el universo, no sólo en los seres humanos. Si el tipo de cambio radical de paradigma sigue adelante dentro de la biología –si la hipótesis de resonancia mórfica es siquiera aproximadamente correcta– entonces la idea de Jung de inconsciente colectivo se convertiría en una idea dominante: los campos morfogenéticos y el concepto de inconsciente colectivo cambiarían completamente el contexto de la moderna psicología y de la ciencia en general.

Esto indica que también podríamos sintonizar con el inconsciente de otras personas, y ello nos acerca al inconsciente colectivo postulado. La sintonización por resonancia con la memoria reciente de otras personas puede igualmente dar explicación de fenómenos como la telepatía. Otro hecho curioso es que, si la resonancia mórfica facilita el aprendizaje, «en el presente siglo cada vez debería resultar más tácil aprender a ir en bicicleta, a conducir un automóvil, a tocar el piano o a utilizar una máquina de escribir, a causa de la resonancia mórfica acumulada de la gran cantidad de gente que ya ha adquirido estas habilidades».

La resonancia mórfica también tiene poderosas implicaciones: «De acuerdo a esta teoría nuestras ideas y actitudes pueden influir a distancia sobre otras personas, sin que ni ellas ni nosotros lo sepamos...

Verdaderamente la única solución a los problemas sociales (e individuales) es un cambio en nuestra manera de pensar y sentir... Si consideramos que nada podemos hacer y que no importan nuestros sentimientos y acciones, esta actitud puede extenderse e influir sobre otras personas... Pero si creemos en la posibilidad de una nueva manera de pensar, de sentir y experimentar la vida, nuestras acciones serán más positivas y creativas, y tendrán sentido completamente, y esta actitud se transmitirá inevitablemente a los demás».
Inconciente y naturalmente.

http://budacuantico.blogspot.com/2009/12/la-resonancia-morfica-un-nuevo-enfoque.html