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    domingo, 12 de agosto de 2018

    Patrick Modiano La fuga como modo de vida

    Matías Serra Bradford

    El Premio Nobel francés 2014 vuelve con una nueva novela, una primera obra de teatro y el guión de la película Lacombe Lucien, que filmó el director Louis Malle. 

    Un soñador: así calificó Patrick Modiano a más de un personaje suyo. El mote no deja de insinuar un reborde irónico; casi todos esos protagonistas son sus alter ego. Y es una de las manías habituales del soñador obsesionarse por épocas que no vivió o por períodos que atravesó como en estado de hipnosis. El autor de La ronda nocturna cultivó las dos zonas.
    Nacido semanas antes de la liberación de Francia, en julio de 1945, eligió la París ocupada por el nazismo como locación exclusiva de sus tres primeras novelas. Para todas las ficciones y autobiografías enmascaradas que siguieron delimitó un campo magnético que va de fines de los años 50 a mediados de los años 60. No es inoportuno empezar con fechas porque la inquietud invariable de Modiano es el tiempo (y sus modos de intensificarse a cierta edad o bajo ciertas circunstancias).
    En un momento de Recuerdos durmientes el narrador admite que “para mí el tiempo se detuvo en un cierto punto de mi vida”. Como quien no quiere dar por cerrado un caso –contra todas las evidencias, que indican un margen mínimo de progreso– el obstinado Modiano ha vuelto a ese lapso entre sus 15 y 20 años quizá porque fue su período novelesco, incierto y, como se ve, definitivamente incierto, incesantemente fecundo en sus revelaciones parciales, que son como suaves explosiones con un retardo de veinte a sesenta años.
    En Modiano, el pasado no se termina nunca; un libro no conoce clausura. En otras palabras, con tal de no abandonar su oficio de investigador privado –íntimo–, Modiano escribió los libros que escribió, gracias a que de joven se montó a una deriva, se entregó a una indecisión, incluso a una clara desprotección, que luego le resultaría literariamente fructífera. Para componer una treintena de novelas parejamente sugerentes, similares y siempre distintas dentro de una geografía acotada, la interioridad de un escritor debe poseer una amplitud sin línea de horizonte.
    La precaria base de datos de Modiano son sus viejas agendas y las viejas guías telefónicas de París. Para él, una agenda caduca es “una lista de fantasmas” y una guía es poco menos que un oráculo. En ellas duermen los nombres hasta que vuelve a despertarlos una pluma mágica. Es un escritor el que protagoniza Recuerdos durmientes –la novela es su ars poetíca– y como en tantas obras de Modiano busca saber qué se hizo de tal nombre, en qué se convirtió tal apellido falso. Una novela es el trayecto de un nombre semienterrado a otro, de una dirección a otra mal copiada.
    Modiano encontró la vía de la escritura contorneando vidas secretas. Ya en su hermoso libro de conversaciones con Emmanuel Berl admitía su voluntad de “crearme un pasado y una memoria con el pasado y la memoria de otros”. Su método clandestino consiste en volver a proyectar siluetas pasajeras, perdidas, en la pequeña sala privada de la memoria, a deshoras.
    Detrás de esa página arrancada: qué papel jugaron otros en su vida (así apenas la hayan rozado). La escritura como una larga noche blanca dedicada a recordar y reconstruir. (Modiano se especializó en ausencias, especialmente la del padre, pero no es menos cierto lo contrario, que la frecuentación de una persona puede incrementar su misterio). Al lector le parece que va a capturar algo –el silencio de renglones vacíos entre una persona y otra– que acto seguido se esfuma. Lo mismo le sucede a Modiano; no es un autor que haga de la trampa un estilo.
    El libro de cabecera del narrador de Recuerdos durmientes es Los sueños y los modos de dirigirlos de Saint-Denys. No es improbable que pensar en otro sea uno de los modos ideales de la ensoñación. Acaso por eso la biografía resulta, entre otras cosas, un género onírico, y Modiano se ha consagrado a un territorio vecino: la biografía deshilvanada.
    Pero los demás están para eso, para ser preciosamente esquivos en el teatro de una vida, y Modiano confiesa en Recuerdos durmientes que alguna vez soñó con escribir un tratado de la fuga. No es otra cosa lo que ha venido persiguiendo. Pocos como él –y sus maestros Georges Simenon y Emmanuel Bove, dos de los más sutiles que dio el siglo XX– para retratar vidas discontinuas, figuras “de eclipses”, como las llama el propio Modiano.
    En la madrugada invernal o en el crepúsculo que domina su ánimo, prevalecen la casualidad y el desencuentro y sus personajes están perpetuamente de paso. Desaparecen de un momento al siguiente y uno sale años en busca de testigos por una mísera miga de información de apariencia inútil. Uno se hace pasar por otro a pedido (para engañar momentáneamente a un tercero). Reina el pase de documentación, el traslado y la sustracción de valijas ajenas. Modiano remite sus novelas como cartas dirigidas a alguien cuyo rastro el tiempo ha borroneado; una señal para el único o la única que puede descifrarla.
    A estos fines contribuye la serena voz de su narrador, que no delata prisa ni ansiedad. Esto quizá lo hace aparecer a Modiano, erróneamente, como un escritor indolente, o indulgente consigo mismo. De tono levemente desganado, su llaneza, en todo caso, es delicada, es parte constitutiva –podría decirse– de su delicadeza de espíritu. Este devoto de lo ausente es también un experto en la omisión: es más lo que sucede entre las líneas que lo que ellas eligen retener. Hay zonas entre una parte de la novela y otra que equivalen a las zonas neutras, indefinibles, que Modiano dice que sobreviven en París.
    Igual que con Bove y Simenon, estamos ante un encantamiento. Modiano tiene un modo de envolver al lector que tal vez a éste lo vuelve ciego a sus debilidades (es el efecto de la novela de clima más que de estilo virtuoso). Son gestos leves, cortos, los de su prosa, y el lector cree estar más distraído que con otros novelistas, tal es el clima brumoso y flotante, la sensación de no estar leyendo con toda la atención posible. Se lo relee porque nada puede quedar fijado (ese sí es su truco, y el del tiempo) y porque es de los escritores que le confían algo al lector (un lector siempre va a encontrarse en una novela –mejor o peor– del francés). El vértigo de releer a Modiano, de reencontrarse con escenas reescritas, es el que debe padecer él cada vez que redacta su próxima novela.
    En Nuestros comienzos en la vida logra algo infrecuente: hacer entrar el pasado en una pieza de teatro. De la mano de La gaviotade Chéjov –de la que toma prestadas frases como el narrador de Recuerdos durmientes toma prestado cosas oídas al pasar en un café– Modiano monta la recreación de un momento de su juventud en el que su madre actuaba en teatros de París y uno de sus pretendientes buscaba imponerle al joven Modiano una forma de escribir más adornada, menos “llana, insípida”, insistiendo en el uso de metáforas.
    Es el debut –exitoso– de la comicidad en la literatura de Modiano. Y es la puesta en escena de una recurrencia en el autor de El horizonte: el enfrentamiento entre versiones de un mismo recuerdo. (Su obra hace pensar que habría que inventar un psicoanálisis invertido –esta palabra hace aletear a sus profesionales– para frenar los recuerdos de infancia, no para invocarlos). En esta obra de teatro se recorta más claramente la destreza de Modiano para con los diálogos, virtud por la que debe haberlo contratado Louis Malle para el guión de Lacombe Lucien, filme al que Modiano se sumó ya bien avanzado el proyecto, y que ahora en su carácter de libro de una vieja película adquiere un atributo familiar en el mundo de Modiano: la cualidad fantasmal.
    En Más allá del olvido, al protagonista lo tranquiliza llevar una novela querida en el bolsillo de su impermeable. Es justo otra de las satisfacciones que brindan los discretos libros de Patrick Modiano.

    Recuerdos durmientes, P. Modiano. Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Anagrama, 112 págs.
    Nuestros comienzos en la vida, P. Modiano. Trad. M. T. Gallego Urrutia. Anagrama, 112 págs.


    Lacombe Lucien, P. Modiano y Louis Malle. Trad. M. T. Gallego Urrutia. Anagrama, 160 págs.
    https://www.clarin.com/revista-enie/literatura/fuga-modo-vida_0_rJy7swjHX.html

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

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