728x90 AdSpace

alojamiento wordpress
  • Más Nuevos

    miércoles, 1 de agosto de 2018

    José María MARDONES NEOLIBERALISMO Y CULTURA El «espíritu de Davos» y sus consecuencias



    NEOLIBERALISMO Y CULTURA
    El «espíritu de Davos» y sus consecuencias

    José María MARDONES
    Miembro del Instituto de Filosofía del CSIC
    Madrid

    DAOS/FORO-ECONOMICO: Davos es una pequeña ciudad suiza
    donde todos los inviernos, desde 1970, los responsables del planeta, es decir, dos mil «global leaders» (jefes de Estado, banqueros, financieros, patrones de las grandes empresas transnacionales...) y unos cuantos intelectuales invitados se reúnen para ver cómo va la economía de mercado, el librecambio y el pensamiento único. El Foro Económico de Davos es uno de esos pretendidos centros para orientar nuestro desbrujulado mundo; intenta poner un poco de orden en el caos que alimenta y trata de dar sentido definitivo a la globalización. Un intento de escatología hiperliberal para decirnos que lo definitivo es el reino del mercado mundial, de la era postindustrial e informatizada post-Internet y de los valores del individualismo competitivo, adaptado y consumista.
    El espíritu de Davos es el del neoliberalismo, y éste, como toda
    practica dominante que no sólo sea mundial, sino que quiera penetrar todas las realidades, hasta ser cuasi-divina y omnipresente, segrega unos jugos culturales propios de la «sociedad única» en que se convierte el «mercado único» y el «pensamiento único». Una trinidad o cuaternidad—tanto da lo uno como lo otro, según C.G. Jung—que tiene sabores y reminiscencias sacras y divinas.
    ¿En qué consiste este «espíritu de Davos»? ¿Qué cultura y
    valores se desprenden de ahí? La cultura de Davos es la cultura del capitalismo neoliberal que nos toca en suerte en esta modernidad tardía. Tendríamos que ser unos genios como M. Weber para dar con el «quid» de la cuestión. Pero quizá hoy sea más fácil, subidos a los hombros de los gigantes que nos han precedido, ver en qué consiste algo de ese espíritu y sus reflejos en la vida cultural y diaria de las personas. Porque los «espíritus», como bien ha sabido la cultura semita, no se pueden hacer presentes si no es encarnándose de alguna manera. Vamos a tratar de ver algunas de las «incorporaciones» que adopta este «espíritu de Davos» en nuestro mundo. Un discernimiento cultural de la época con el atrevimiento de intentar verlo moverse e impulsarnos a nosotros mismos.

    1. Una visión global:  



    las tensiones y contradicciones que recorren nuestra cultura
    Miremos el conjunto del cuadro: ¿qué figura se dibuja en la cultura
    actual, vista desde nuestra situación occidental, europea y española?
    La mayoría sólo ve sombras a punto de cruzar por el umbral. Se
    dice y nos decimos que estamos en crisis y que la incertidumbre y la perplejidad nublan nuestra visión. Pero la obligación de mirar es más fuerte que la niebla. Por esta razón, vamos a pintar nuestro cuadro impresionista. Esperamos que las manchas de pintura terminen delineando una figura.

    1.1. De la simplicidad a la complejidad 



    El apellido que acompaña a toda la realidad actual es el de
    complejidad. La realidad la «vemos», se nos presenta
    significativamente muy plural y entrelazada como una maraña con
    muchos cabos. Frente a otros momentos históricos y culturales, las
    explicaciones actuales han perdido la linearidad y simplicidad. Hoy, en nuestro mundo tardomoderno, nada es simple ni unívoco ni unilineal, ni responde a una única causa. Estamos rodeados por la complejidad. Invocamos el pluricausalismo y nos ahogamos en la multitud inabarcable de informaciones, razones, hipótesis, etc. Hemos llegado al punto en que la reducción de complejidad se nos hace visible a todos y es el alivio que el estudioso, el técnico, el policía y hasta el catequista toman y emplean para transmitir y comunicar algo: reducir a lo esencial. El político necesita que le resuman las noticias principales, y sospecho que los lectores de esta revista nos utilizan a los que escribimos como sintetizadores y reductores de complejidad.
    Hemos ganado mucho con esta constatación de la complejidad de las cosas: es más difícil caer en determinismos simples; dejarse arrastrar por las grandes visiones o metarrelatos, simplificadores y coherentes; ejercitar el voluntarismo que reduce todo a la propia visión. Pero la incertidumbre que rodea a la complejidad se puede volver sed de reducción, y los determinismos que habíamos lanzado fuera entran de nuevo, trayendo esta vez, como dice la imagen neotestamentaria, otros siete espíritus peores.
    Son tiempos en que los teóricos de la sociedad nos hablan de
    sistemas y de mundos de vida: de los mecanismos anónimos que
    poseen su propia lógica (y es arduo conocerla) y del «mundo de la
    vida» de los sentidos presupuestos y de los que fraguamos en el
    encuentro con los otros.

    1.2. De la estabilidad a la crisis 



    Un segundo rasgo general de nuestra cultura actual es el de la
    inestabilidad. O quizá de la no claridad. Es la bruma de la crisis. Un
    paso de umbral que ya dura mucho y que no se sabe bien hacia
    dónde camina: para unos—neoconservadores, neoliberales—hacia
    un autoexperimentalismo hedonista y narcisista; para
    otros—críticos—hacia una supeditación a la funcionalidad dominante
    del mercado y la tecnología; para los postmodernos, hacia el ocaso
    de los mitos de la modernidad y hacia una multidiferenciación
    creciente; para los «Nuevos Movimientos Sociales», hacia una lenta
    toma de conciencia de los cánceres de la modernidad: el
    productivismo industrial, el militarismo y el patriarcalismo.
    Denominamos «crisis» a este barullo de diagnósticos donde sólo
    queda claro el malestar. Mientras tanto, dejaron de existir los
    «intelectuales universales»: ya no hay Sartres, ni siquiera Marcuses.
    No tenemos voces que se oigan en general. El intelectual ha sido
    sustituido por el especialista. Pero éste no sabe dar una indicación,
    trazar un gesto en el aire y decir hacia dónde van las cosas.
    Mientras, los problemas y las preguntas no cesan: las nuevas
    biotecnologías, el genoma humano, la clonación... ¿Hacia dónde
    vamos? ¿Qué camino tomamos? La ciencia no responde; la ciencia se impone. La cultura—es decir, el sentido, la orientación de la vida—se oculta escuálida detrás de la puerta. El resultado es la incertidumbre como rasgo de nuestro momento cultural. Nadie sabe exactamente hacia dónde vamos. Nos vemos «sin rumbo» (I. Ramonet), «sin proyecto» (S. Nora), donde las grandes «bifurcaciones históricas no se han tomado aún» (E. Morin).

    1.3. De lo local a lo planetario: ida y vuelta 



    Nuestra cultura es mundial. No sólo hay una globalización
    económica; también hay una planetarización de la cultura. Los
    «massmedia» o «multimedia» nos están haciendo real y
    verdaderamente coetáneos de nuestro mundo. Por fin la historia
    contemporánea existe en la realidad, no sólo en las periodizaciones
    de los historiadores. Es decir, tenemos conciencia de lo que sucede
    en cualquier rincón de nuestro globo, y de que éste es uno.
    Esta toma de conciencia de la universalidad ha producido unas
    consecuencia de grueso calibre: todos nos hemos convertido un poco en antropólogos, es decir, en conocedores y observadores de las costumbres diferentes de los demás. Tomamos conciencia de que existen otras formas de dar sentido a la vida, de comportarse, de valorar las cosas..., de que existen otras culturas. La cultura se nos pluraliza no sólo a los estudiosos, sino a todo el mundo. Pero esta toma de conciencia de la existencia de lo diverso rebota y se vuelve mirada refleja sobre mi propia cultura: y la veo una más entre otras, con unas tradiciones, una visión del mundo, del hombre, del bien y del mal. Empiezo a ser reflexivo respecto de las propias tradiciones: sé que las tradiciones son tradiciones, cosa que no sabían todos hasta hace poco. Esto es lo que ciertos analistas actuales, como A. Giddens, denominan la des-tradicionalización. Las consecuencias son enormes, y lo saben —porque lo han experimentado en su propia carne—padres, maestros y catequistas: ya no se pueden presentar las tradiciones como dadas por supuesto, con la garantía de lo aceptado; hay que razonar o justificar unas tradiciones frente a otras; hay que persuadir y convencer, no sólo presentar «verdades».
    Pero la globalización cultural, que nos hace más cosmopolitas,
    produce dialécticamente la mayor conciencia de lo peculiar y de lo
    propio. Redescubro lo local, lo regional, lo nacional. Sé dónde están
    mis raíces y me vuelvo enternecidamente, nostálgicamente y hasta
    compulsivamente hacia «los paisajes de mi niñez». Ya vemos cómo el hombre actual se mueve o puede moverse entre el universalismo y el localismo, y a menudo no es fácil evitar la unilateralidad, en vez del sano equilibrio. Podemos buscar, frente al universalismo uniformador la diferencia, agarrándonos a la identidad de lo local, de lo nacional, a «la sangre y el suelo» propios.
    Entramos así en un orden social post-tradicional, donde se sabe
    que vivimos en conglomerados de sentido heredados, llamados
    «tradiciones». Unos, en unas; y otros, en otras diferentes. O visto
    desde otro ángulo: la llamada «cultura tradicional» de los pueblos, las fiestas religiosas y patrias, los refranes y las supersticiones y, todavía más profundamente, de las creencias y del sentido de la vida y del ser humano, se «racionaliza» (Habermas): se sabe de su carácter transmitido y se le superponen visiones humanistas, científicas o, simplemente, de la cultura de masas de la moda imperante. La coexistencia de culturas se hace perceptible, y la pluralidad de sentidos posibles, también.

    1.4. Del pluralismo al relativismo y a la sed de certezas
    PLURALISMO/RELA RELATIVISMO/PLUMO: Todavía hay que
    pararse un poco más en este giro sin precedentes de la cultura
    actual: la conciencia y constatación del pluralismo. Pluralismo de
    visiones del mundo, pluralismo de tradiciones y pluralismo de culturas.

    El pluralismo desencadena un espectro que recorre todo nuestro
    mundo occidental: el relativismo. Si hay variedad de candidatos a la
    verdad y la objetividad, terminamos declarándolos a todos meros
    aspirantes. Y existen personas que terminan dándoles la espalda y
    procurándose sus propias respuestas. Entramos así en la moral del
    «depende» o de las «marcas», es decir, de la moda al uso. O de
    cualquier otra solución que veamos se prodiga hoy en día.
    RELATIVISMO/FMO FMO/RELATIVISMO LBT/SEGURIDAD: Pero
    no todas las personas se sienten a gusto en una especie de
    exploración de direcciones o dándose a sí mismas el sentido de la
    vida y de la historia. Este ideal nietzscheano parece apto -como ya
    intuyó su creador- sólo para unos pocos pretendidos «espíritus
    fuertes». Los más se sienten abrumados por el peso de la decisión o
    por la desorientación imperante y buscan refugios, protecciones,
    líderes, doctrinas seguras, grupos y grupúsculos donde se les
    asegure la ración de verdad y de certeza que necesita el espíritu
    humano para su equilibrio. ¡Buen tiempo el nuestro para los espíritus protectores! Hallarán seguidores. Nuestro tiempo plural y relativista es, por eso mismo, tiempo de fundamentalismos. Asegurar y dar seguridades, certezas, verdades, aunque sea al precio de la libertad y de la reflexión crítica. Será conveniente que nos vayamos acostumbrando, nos dice U. Beck a convivir con el fundamentalismo. Será bueno que los espíritus abiertos y que cantan con fuerza las excelencias de la libertad y de la crítica tomen nota de que no todo el mundo está dispuesto a encontrar atractiva la libertad. Para muchos es más interesante la seguridad.

    1.5. Del uniformismo funcional al multiculturalismo



    Estamos hablando de la cultura dominante en nuestro mundo del
    capitalismo tardío. Los analistas de la llamada globalización constatan
    que el dinamismo moderno de la producción científico-técnica ha
    expandido por todo el mundo, a través de sus máquinas y
    cachivaches un uniformismo funcionalista: un modo objetivista de ver la realidad; un comportamiento práctico, pragmático y utilitario; una búsqueda de la maximización de la rentabilidad y la eficacia en sus rendimientos o prestaciones. No hay que olvidar esta colonización mundial de la lógica tecnológica y del mercado al hablar de la cultura en nuestro mundo. Está modernizando el mundo y las culturas: la sintoísta, confucionista o sínica, la islámica, la africana... Si hacemos caso a S. Huntington, ésta es la modernidad o modernización que se acepta y aceptará por todos. Esta homogeneización funcionalista e instrumentalista será asumida mundialmente. Y produce trastornos, traumas. Las personas del mundo tradicional y rural se sienten fuera de ella. Si las religiones tradicionales no les ayudan a integrar este dinamismo imparable, habrá malestares, y la gente irá a buscar soluciones a otras formas de sentido: fundamentalistas o místico-esotéricas. Un neoconservador lúcido nos avisa y avisa a las iglesias: con la modernización capitalista no se juega. MASAS/CULTURA: La homogeneidad tecnológica y del mercado tiene otra versión y ayuda: la de la globalización homogeneizadora de los «mass-media» y de las modas del consumo. Occidente—especialmente los Estados Unidos—mundializa el mercado a través de telefilmes, video-clips, divos, canciones, jeans, shirts, shows, hamburgers, cocas, pepsi, selfservices, supermercados, Michael Jordan, Chicago Bulls... Nos «macdonaldizan» a todo el mundo. Se fragua, vende y extiende una cultura de masas que uniforma al mundo en lo trivial y banal, pero que se hace presente desde Singapur hasta El Cabo, desde Moscú hasta Buenos Aires.
    Quizá, como dicen algunos críticos, sea ésta la verdadera cultura
    mundial actual. Es la cultura del «usar y tirar», del consumo de
    modas, de los coleccionismos de cuatro días, de la estandarización
    que todo lo integra: gustos, sabores, estilos. Produce una
    despersonalización que, sin embargo, nos integra en un todo. Es la
    cultura de las ciudades de todo el mundo, con los mismos rostros
    detrás de la misma publicidad y con los mismos guiños incitándonos a obtener la felicidad mediante el consumo, posesión y exhibición de las cosas. Es una cultura con una promesa de fondo: la realización y la felicidad por el tener y degustar, por ir a la moda. La publicidad y la TV, unidas por toneladas de ingenio y de análisis de «marketing», producen el milagro de esta uniformización mundial. Detrás asoman sus cabezas los monstruos de los «multimedia»: Time-Warner y CNN, ABC y la Walt Disney, NBC y Microsoft, los imperios de la comunicación que se fusionan y que nos venderán mañana la publicidad y las noticias de lo que necesitamos...
    Nuestra época es también el momento en que se toma conciencia
    de la diferencia de culturas. Diversidad, incluso, dentro de los
    Estados-nación o ante aquellos miles de grupos que han estado
    sometidos a grandes conjuntos. Estamos ante la multiculturalidad
    como un derecho colectivo, un reconocimiento a reivindicar en las
    constituciones; una dimensión clave de la persona y de sus derechos. Frente a la trivialización general de la cultura de masas que nos cerca y nos salpica, el descubrimiento multicultural—con su utopía—del mestizaje de fondo es una buena noticia.

    1.6. De la cultura material a la desmaterialización de la cultura
    CULTURA/QUE-ES: Cultura, dicen los antropólogos, es todo lo que
    el hombre hace en la construcción de su mundo humano. Cultura es
    la vivienda (la urbanización) y los utensilios (la tecnología), la forma
    de vivir (la organización social, la política) y el sentido de la vida (la
    moral, el arte, la religión, la filosofía)... Cultura es la otra cara, con
    sentido, de la sociedad. Y la sociedad moderna ha sido una sociedad
    que ha representado un salto inmenso de producción de cosas. Con
    la modernidad entramos, literalmente, en la cultura de la abundancia material. Pues bien, ahora estamos ante un nuevo salto: el salto a la cultura desmaterializada.
    Al ritmo trepidante de la revolución tecnológica, asistimos al
    nacimiento del nuevo mito de nuestros días: la comunicación, el
    intercambio comunicativo. Se avista o, mejor, se nos vende la idea de la sociedad planetaria de las pistas y redes de comunicación
    cibernética. Pronto todo estará interrelacionado de modo inmaterial,
    inmediato, permanente y planetario.
    Cuanto más comunicados estemos, tanto más modernos y hasta
    sabios seremos; cuantos más mensajes intercambiemos, tanto más
    estaremos haciendo por la paz del mundo; cuantas más posibilidades de interacción tengamos, tanto más comunicados estaremos, aunque en la realidad nos encontremos aislados y solos. Hermes, el internauta cibernético, aparece dirigiendo mensajes en todas direcciones de forma libre, espontánea, autónoma, en un mundo pacificado gracias a la mmaterialidad de las redes comunicativas. Lo que no se nos dice es que con la informatización de las bolsas apareció la incertidumbre en los mercados ante la realidad de una especulación financiera ilimitada. ¿Sabremos mejor los ciudadanos de la televisión digital, de los video-juegos y del Internet, qué tenemosque hacer y ser?

    2. El tipo de hombre que se va configurando
    A la vista de la situación compleja, incierta, y de las contradicciones
    y tensiones que alberga nuestra cultura, ¿es posible aventurar una
    hipótesis sobre sus patologías?
    * ¿,Es la cultura la que está enferma e inficciona al resto del
    sistema social, especialmente a la economía y la política, como dice elneoconservadurismo?
    * ¿O no es más bien al revés: que la tecnoeconomía coloniza el
    mundo de la vida cultural, de las relaciones humanas.
    funcionalizándolas (J. Habermas, C. Offe) según el modelo de los
    relaciones comerciales (A. Touraine)?
    CAPITALISMO/TIPODE-H: Nos parece que estos últimos ven más
    claro que los primeros. Han sabido captar una serie de relaciones que nos vienen inducidas desde el mercado. Observemos la cultura de este capitalismo tardío funcionalista y universal, de masas y de
    consumo para advertir su penetración en el mundo cultural, su
    atractivo y su distorsión. Va configurando un tipo de hombre con sus valores, sus gustos y hasta sus predisposiciones espirituales.

    2.1. El atractivo del «zapping consumista»
    SENSACIONES/TIPO-DE-H CONSUMO-VORAZ: La cultura de
    masas maneja una serie de fascinaciones que explican su auge.
    Cultivan unas dimensiones del deseo humano que van creando una
    figura de persona: la de quien vive de las sensaciones. Ahora bien, el mercado, la publicidad y la imagen nos indican el modelo o sintaxis de este vivir de sensaciones.

    *SENSACIONES A RITMO DE CLIP: todo se nos presenta y se nos
    ofrece para ser consumido al rápido ritmo de los «spots» cortos. En
    un segundo, dos o tres planos diferentes; no te dejan ver con
    claridad, pero sufres el impacto. Lo que importa es el ritmo, la
    acumulación de sensaciones. La cultura es una degustación
    chispeante, hecha más de sugerencias que de desarrollos. Sugerir,
    provocar, estimular...; ritmo, ritmo. Estamos en la cultura de lo
    instantáneo, lo efimero, lo inmediato. Domina la lógica de la velocidad, de la rapidez instantánea o, mejor, de la elección de lo instantáneo
    (G. Balandier).

    *SENSACIONES SiMPLIFICADAS: hay que acumular sensaciones,
    pero hay que reducirlas, uniformarlas en su estructura, para facilitar
    su asimilación. Todo tiene el mismo sabor de la fórmula secreta de la «coca-cola», pero sin notarse, sin verse el juego. Todos los telefilmes se parecen, todos los «best-sellers» cuentan con idénticos
    ingredientes. Ya puede despotricar H. Bloom y llamar basura a este
    cine, a esta literatura...; lo cierto es que es asequible, que despierta
    emociones digeribles y exportables, -comunicables- a todo el mundo.


    *SENSACIONESINTRASCENDENTES: en la cultura de la trivialidad
    todo aparece en el primer plano. No hay nada que ocultar ni que
    profundizar, porque todo se agota en la superficie de la exhibición, de la exposición, de lo evidente. Esta cultura es un «reality show» sin reservas. No remite a nada más allá de sí misma, del momento de la degustación; carece de evocación. Es una cultura explícita, fácil e intrascendente.
    Esta cultura facilita una «indiferencia» frente al hecho religioso,
    frente a Dios: permite la laicidad arreligiosa que se «sale» de la
    religión institucionalizada y también deja todo el deseo dispuesto para ser invertido en lo sagrado. De ahí que vivamos «tiempos de
    credulidad» (P.L. Berger), en que casi todas las creencias son
    posibles. Especialmente esta cultura trivial y de la sensación es
    propicia para una idea vaga, genérica, neo o pseudo-mística, de Dios.

    El primado de la sensación simple y a ritmo acumulado de «clip» va
    configurando un espíritu de gozadores de sensaciones múltiples y
    variadas. El mercado es necesario, porque el paladar exige el cambio rápido. Se practica el «zapping» cultural, el salto de sensación en sensación. Es el goce del consumidor que no digiere, sino que traga y expulsa en un proceso indetenible.
    La vida se vuelve fluir de sensaciones y cambios (de lo mismo); la
    realidad se espectaculariza. Una vida sin capacidad teatral, expositiva ni exhibitiva no triunfa en esta sociedad y cultura. El simulacro se apodera de la sociedad; la imagen domina a la reflexión; el presentador al mensaje. El hombre es un consumidor empedernido.

    2 2. La ideología de fondo



    Por debajo de la espuma de las sensaciones, lo que se vende es
    un tipo de ser humano. Es el ideal que desea y quiere forjar este
    universalismo neoliberal, que tiene su lógica implacable. Toda cultura tiene su antropología.
    Tienes acceso a este mundo del torrente de sensaciones efímeras
    si puedes consumir y poseer lo que te ofrece este mercado infinito,
    infinito, inacabable. Para ello hay que adaptarse a su lógica, a su
    funcionamiento, a sus exigencias. Aquí se compra y se vende todo, se trafica con todo; se hace uno con todo. Pero—repetimos—la regla
    fundamental es la adaptación, la flexibilidad, aunque haya que
    incurvar a la persona a las exigencias del sistema y abandonar
    derechos del trabajo y de la persona adquiridos tras largas y penosas luchas. Los jóvenes españoles ya van aprendiendo la lección: el 90% está dispuesto a «no tener condiciones de jornada» para tener un trabajo y poder cortar un trozo de la tarta.
    La segunda regla es tan sencilla como la primera: para tener
    acceso al sistema y gozar de sus cuasi-infinitas sensaciones hay que
    ser competitivo. Cada vez más, sospechamos que esta palabra es el
    eufemismo que encubre la vieja moral puritana del orden, el trabajo, la disciplina y el individualismo. Ser competitivo significa trabajar duro, meter los codos y hacerse con un puesto en esta sociedad. Es el eslogan que resume el «evangelio» del neoliberalismo. Con esta «buena noticia» —que hay que «hacer», como la verdad juanea— se alcanzará un puesto de gozador en el cielo de las sensaciones infinitas.
    INDIVIDUALISMO: Y, finalmente, como elemento antropológico
    resumidors, llegamos por este camino al individualismo consumista.
    Ser uno mismo, por sí mismo y para gozar para uno mismo: he ahí el ideal a alcanzar, por el que hay que sudar y luchar, competir y
    adaptarse. A ese ideal humano se le denomina capacidad para
    resolver la propia vida; a la vida realizada, el esfuerzo de toda una
    vida mirando sus propios objetivos para asentarse legalmente sobre
    los otros. Y el cielo prometido será tener, poseer, degustar
    sensaciones: consumir en una variación cuasi-instantánea sin
    término.
    Claro que «el hombre neoliberal» no lo es todo, como tampoco lo
    es la cultura de la degustación consumista. Cada dinamismo crea sus propias reacciones y antagonismos. Hay un cierto cansancio y
    hartazgo de mercado, posesión de cosas, multiplicidad de
    sensaciones, individualismo competitivo. Los mejores espíritus sienten la necesidad del silencio, la distancia reflexiva, la vida sencilla y con pocas cosas, el ansia de solidaridad con los marginados del festín de las sensaciones. Pero son muchos los agarrados por la seducción consumista de sensaciones.

    3. La contaminación espiritual
    Lo peor de los predominios culturales es que contaminan los
    espíritus. La cultura de este capitalismo tardío, neoliberal, que hemos tratado de describir en algunos de sus rasgos, condiciona un modo «espiritual» de ser. El neoliberalismo crea su propio estilo «religioso».
    Dos son los tipos básicos que proceden de esta cultura:

    3.1. La espiritualidad del neoliberal duro
    Como tal conceptúo al tipo de persona que refleja el funcionalismo
    instrumental y el individualismo competitivo de nuestro momento.
    ¿Qué tipo de espiritualidad o de religión es la afín o la que se adecúa a este tipo de hombre?
    Nos lo dicen los intelectuales neoconservadores. S.P. Huntington,
    en su reciente libro sobre El choque de las civilizaciones, quiere
    constatar y justificar el auge del fundamentalismo como la religiosidad que ofrece la connivencia de dos aspectos que no aciertan a asimilar las grandes religiones tradicionales. Se trata de vivir el ritmo «clip» de la modernización: competitivo, de movilidad, cambio, adaptación, flexibilidad (hasta legal-moral), en pro de la rentabilidad y la utilidad, y adecuarlo al ritmo ondular, lento, de la seguridad y los principios claros y distintos, de la vida familiar seria y honorable, del sentido de la vida tradicional. ¿Imposible mezclar el agua y el aceite? ¿Quién dice imposible? Nada hay imposible para la conjunción neoliberal. La prueba está en que se puede ser supermoderno en la trepidación tecnológica y del mercado y tener una mentalidad conservadora y tradicional. Más aún, ahí está el futuro: la penetración del fundamentalismo evangélico en Estados Unidos, Corea, Latinoamérica, ¿no es una señal de su posibilidad? ¿No lleva la modernización consigo? ¿No es esto lo que quiere la mayoría de la gente: los beneficios de la modernización junto con los de la tradición?
    ¿No vemos movimientos eclesiales entre nosotros que, «mutatis
    mutandis», siguen esta lógica?
    Pero—nos preguntamos incrédulos—¿será posible mantener la
    mezcla al margen de la penetración de la modernidad ilustrada del
    espíritu critico? ¿Se puede expender la modernización tecnológica y
    económica al margen de la modernidad crítica? ¿Es deseable incluso
    para la religión y la espiritualidad? Estamos ante un neointegrismo
    que escamotea todos los graves problemas de la interpretación de la tradición y la vivencia cristiana en el mundo actual.

    3.2. La espiritualidad de la degustación



    Quizá tendríamos que afirmar que ésta es la espiritualidad del
    «neoliberal blando», es decir, la que más abunda y está llamada a
    ejercer mayor influencia. Veamos sus rasgos más importantes.
    —El predominio de la sensación. La espiritualidad está centrada en
    la experiencia emocional, interior. Si no hay vivencia, no hay
    experiencia religiosa. Estamos tentados de ver un paralelismo entre el cúmulo de sensaciones de la cultura consumista de masas y esta
    «comercialización de experiencias religiosas», que diría el H. Bloom de Presagio del milenio.
    —En el centro está el individuo con sus problemas, bloqueos,
    miedos, soledades. Y la sociedad contradictoria en la que vive. La
    religión, los ángeles protectores, la adivinación mediante sueños, la
    astrología...: todo está al servicio de la tranquilidad del creyente y de
    sus desbloqueos y armonía interior; de la resolución de los traumas
    de la modernización. Una fe a medio camino entre sentirse bien y los buenos sentimientos.
    —La degustación de sensaciones espirituales es múltiple y variada,
    es decir, ecléctica, sincrética. No importa de qué tradición, religión o
    autor espiritual venga la oferta: todo es bueno y vendible en el
    mercado espiritual. Se envuelve el producto en la coloración
    místico-esotérica, y ya está listo para consumir. El resultado es un
    tanto nebuloso, pero «interesante».
    —La importancia de las técnicas espirituales. En la era de las
    tecnologías avanzadas, la técnica espiritual es importante. La
    transformación de sí mismo se alcanza gracia a las técnicas
    psicocorporales o psicoesotéricas. De ahí la importancia del yoga, la
    meditación, las danzas sagradas, la interpretación de mapas del
    cielo... Es una transformación de los afectos y del cuerpo del sujeto,
    más que de su índole moral (F. Champion).
    En suma, la religiosidad de este neoliberalismo espiritual corre por
    los caminos de la «Nueva Era» o de cualquier era que potencie la
    tranquilidad y el bienestar y permita el disfrute de sensaciones
    interiores. Una religiosidad ajustada al mercado. Nada tiene de
    extraño que también se comercialice.

    4. Conclusión: tiempo de exilio
    EPOCAS-PROFETICAS EPOCAS-SACERDOTALES EPOCAS-SAPIENCIALES:
    Sabemos que hay épocas y tonalidades culturales. Hay épocas
    proféticas aptas para la cólera y la gesta, para el cambio
    transformador y radical. Hay épocas para el asentamiento y la
    institucionalización: épocas sacerdotales y burocráticas. Hay épocas
    para el silencio, la reclusión y la resistencia: épocas sapienciales.
    Nuestra época, momento o tonalidad cultural, sospechamos que es de éstas últimas. No es tiempo de gestos proféticos a lo Amós; es más bien tiempo de gestos cotidianos y cercanos a la vida familiar y
    afectiva, como los de Oseas. Pasó la época de las claridades de
    objetivos y de cuando era posible subvertir el Sistema. Hoy nos rodea la impotencia ante el Gran Imperio, ante la falta de alternativas y ante el cierre de horizontes. Es tiempo de Exilio.
    Los tiempos de exilio son tiempos culturales aptos para la
    purificación y la sabiduría un tanto ácida y desesperanzada. Pero son tiempos del Señor. Hay que estar vigilantes y a la espera del
    Libertador: de Ciro, del Mesías. Aprender, sobre todo, cómo será el
    verdadero Mesías: profético, paciente, amoroso. Practicar el
    mesianismo de la resistencia, del silencio interior y el empeño
    paciente. 

    MARDONES José-MA
    SAL TERRAE 1997/08-09. Págs. 561-573

    http://www.mercaba.org/FICHAS/Sociedad/neoliberalismo_y_cultura.htm

    Santos García Zapata

    Editor del Diario Digital Notivargas.com y varios sitio web más, conductor del programa radial de mayor sintonía del estado Vargas "Contraste con Zapata". Creador del movimiento en pro de los perros de raza Pitbull llamado "NO A LA EXTINCIÓN DE PITT-BULL EN VENEZUELA “con más de 40 mil miembros.Director durante 11 años del diario Puerto.

    Sitio Web: Editor Director

    • Blogger Comments
    • Facebook Comments

    0 comentarios:

    Publicar un comentario

    Item Reviewed: José María MARDONES NEOLIBERALISMO Y CULTURA El «espíritu de Davos» y sus consecuencias Rating: 5 Reviewed By: Santos García Zapata
    Ir Arriba